En agosto de 1833, Charles Darwin se entrevistó con Juan Manuel de Rosas en el campamento desde el que comandaba la Conquista del Desierto. Impresiones y presagios.

Un pie sobre la erudición,
otro sobre la magia, o más exactamente,
y sin metáfora sobre esa
magia simpática que consiste
en transportarse mentalmente
al interior de otro.
Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano

Fue en agosto de 1946. Un azorado chico de diez años entraba por primera vez a la librería El Ateneo, en la entonces recatada calle Florida. Su padre, un catalán empedernido, le dijo a un vendedor alto y severo como un arbotante, algo así: “Este muchacho debe comenzar a leer en serio”. El chico recordó que la semana anterior había terminado Corazón de Edmundo d’ Amicis, mientras el vendedor sonreía y se retiraba para volver prestamente con tresvolúmenes en sus manos. Los dos rojos correspondían a La España musulmana de don Claudio Sánchez Albornoz, editado por El Ateneo en 1946. El libro azul, náuticamente encuadernado, era el Viaje de un naturalista alrededor del mundo de Charles Darwin, de la misma casa, reeditado en 1945, con 120 ilustraciones de la época y una excelente traducción de J. Hubert.

Como es natural, el chico tardó un tiempo en comprender cómo un príncipe omeya, cuyo sobrenombre era “el amnistiado”, podía decir de una mujer que “su talle flexible era una rama que se balanceaba sobre el montón de arena de su cadera”, allá por el 1009. Pero cuando creció y visitó las ciudades andaluzas y el desierto marroquí, intuyó que el deseo no es sólo el asimétrico vértigo de la pasión sino también una armonía de los sentidos, lo que no es poco.

Lentamente, como quien va entrando con algo de temor en un templo desconocido –a cathedral of science,diríaSusanSheets-Pyenson– el chico comenzó a leer el más grande libro de aventuras científicas jamás escrito, el volumen azul de Darwin. Es cierto que Fitz Roy no era Nemo ni Aronnax se parecía a Darwin, pero la emoción de la lectura era casi la misma.

Me disculparán quienes han recorrido esta breve incursión autobiográfica, quizá legitimada por una edad de la vida –como quería Romano Guardini– en que se pasa una melancólica revista a lo que fue porque el futuro se estrecha, y el pasado, sobre todo el de un historiador, debe ser compelido a revelar algunas claves de ese enigma que es la existencia personal. Hoy, en una época en la que mucha gente disfraza su vejez, esos libros siguen estando como un signo de vida en el lugar más preciado de mi biblioteca.

***

Cuando el 27 de diciembre de1831 Charles Robert Darwin partió desde Devonport en su viaje iniciático que duraría casi un lustro, no era ese anciano de barba pluvial que pertenece al imaginario colectivo, sino un joven graduado en Teología por Cambridge de apenas veintidós años. El capitán del airoso velero HMS Beagle, recientemente reacondicionado, tenía sólo cuatro años más. A bordo había tripulantes más jóvenes aún: los grumetes voluntarios de primera clase Musters y Hellyer, de once y doce años respectivamente. AugustEarle, el notable pintor y dibujante de la expedición, formado en la Royal Academy de Londres, doblaba a Darwin y a Fitz Roy, más allá de los cuarenta.

Como los héroes homéricos, los jóvenes desafiaban al destino en el mar donde ya no encontrarían a la seductora Circe ni aquellas “sirenas, endriagos y piedras imanes que enloquecen la brújula”, al decir de nuestro más alto escritor. Ahora oteaban aquel horizonte esquivo que Magallanes persiguió en vano, acicateados por la obsesiva fe bibliolátrica del capitán y la ávida lectura del naturalista sobre los textos de Milton, Byron y más aún el atrevido Lyell, que tanto desconcertaba a Fitz Roy. Durante cinco años se meditaría colectivamente la Biblia cada noche, operación dirigida por el capitán –quizá un bipolar– en el vientre austero de la nave. Durante casi cinco años, Darwin y Fitz Roy discutieron sobre la Creación, a veces con acritud, tal como lo ha narrado magistralmente Harry Thompson en su novela ThisThing Of Darkness, publicada en 2005 y titulada arbitrariamente en nuestro idioma como Hacia los confines del mundo, esquivando la cita shakesperiana y la alusión quizá conradiana del título original.

Entre el 10 y el 17 de agosto de 1833, Darwin viajó del sitio patagónico de El Carmen hacia Bahía Blanca y del 8 al 20 de septiembre de allí, posta a posta, a Buenos Aires. El campamento del general Rosas estaba emplazado alrededor de 80 millas al norte de El Carmen sobre el río Colorado, nos informa Darwin, quien estaba acompañado por un inglés de apellido Harris, vinculado a Fitz Roy, y una escolta de un guía y cinco gauchos, personajes que despertaron la viva admiración del naturalista por su consumado dominio del caballo.

“Las tribus nómadas de indios que utilizaban el caballo, y que siempre han ocupado la mayor parte de este país, atacaban últimamente a cada instante las estancias aisladas, y el gobierno de Buenos Aires ha equipado, hacia algún tiempo, para exterminarlas (exterminating, en el original), un ejército al mando del general Rosas”.1 Darwin percibía claramente el entorno bélico de su aventura.

“El campamento del general Rosas se encuentra muy cerca del rio”, escribe Darwin. “Es un cuadro formado de carretas, de artillería, de chozas de paja, etc. No hay casi mas que caballería, y opino que jamás se ha reunido un ejercito que se pareciera más a una partida de bandoleros. Casi todos los hombres son de raza mestiza; casi todos tienen en las venas sangre española, negra, india. No sé por qué, pero los hombres de tal origen rara vez tienen buena catadura. Me presento enseguida al secretario del general para mostrarle mi pasaporte. Inmediatamente empieza a interrogarme de la manera más altanera y misteriosa. Afortunadamente llevo encima una carta de recomendación que me ha dado el gobierno de Buenos Aires para el comandante de Patagones. Hacen llegar esa carta al general Rosas, que me envía un atentísimo mensaje, y el secretario vuelve a reunirse conmigo, pero esta vez muy cortés y muy amable. Vamos a aposentarnos al rancho, o choza de un anciano español que había servido a las órdenes de Napoleón en la expedición a Rusia”.2

Nuestro naturalista, cuya apreciación de la belleza femenina difería notablemente de la del otro género, anota: “Puede decirse realmente que algunas jóvenes, o chinas, son bellas. Tienen los cabellos ásperos, pero negros y brillantes, y los llevan divididos en dos trenzas que les cuelgan hasta la cintura. Su tez es subida de color y sus ojos muy vivos; sus piernas, pies y brazos, reducidos y de elegante forma; adornan sus tobillos y algunas veces su cintura con anchos brazaletes de abalorios azules”.3

El joven teólogo de Cambridge se manifiesta azorado ante un conflicto que todos consideran como la más justa de las guerras contra los bárbaros. Afirma con fuerza: “…pero ¡cuánto más horrible aún es el hecho cierto de que se da muerte a sangre fría a todas las indias que parecen tenermas de 20 años! Y cuando yo, en nombre de la humanidad, protesté, se me replicó: Sin embargo, ¿Qué otra cosa podemos hacer? ¡Tienen tantos hijos esas salvajes! … ¿Quién podría creer que en nuestra época se cometieran tantas atrocidades en un país cristiano y civilizado? Se perdona a los niños, que son vendidos a cualquier precio para ser de ellos domésticos, o más bien esclavos… pero creo que, en general, se les trata bastante bien”.4

Las justas apreciaciones de Darwin pueden contrastarse –ironías aparte– con la situación laboral inglesa hacia la misma época: “En ciertas fábricas, los niños trabajaban regularmente desde las tres y media de la mañana hasta las 9 y media de la noche en verano; además, dos veces por semana durante toda la noche.”5. El mismo Darwin advirtió en su libro sobre las condiciones de trabajo inhumanas de los mineros chilenos en el yacimiento aurífero de Yaquil.6

“La guerra –continúa el naturalista– se lleva acabo principalmente contra los indios de la Cordillera, porque la mayor parte de las tribus orientales acrecientan el ejército de Rosas. Pero el general, tal como lo hacia Lord Chesterfield, pensando sin duda que sus amigos de hoy pudieran convertirse mañana en sus enemigos, tiene buen cuidado de colocarlos siempre a vanguardia, a fin de que merme el mayor número posible de ellos”.7

Finalmente se produce la entrevista. Darwin describe así a quien un impreso de 1833 muestra “penetrando por la inmensidad del desierto, luchando con la naturaleza y venciendo a los bárbaros…Héroe del desierto”.8:

“El general Rosas expresó el deseo de verme, circunstancia que me proporcionó ocasión para que yo me felicitara andando el tiempo. Es un hombre de extraordinario carácter, que ejerce la más profunda influencia sobre sus compañeros; influencia que sin duda pondrá al servicio de su país para asegurar su prosperidad y su dicha”. En una enfática nota al pie, Darwin, en 1845 con ocasión de la segunda edición de la obra, escribe: “¡Esta profecía, ha resultado una completa y lastimosa equivocación! (Thisprophecy has turnedoutentirely and miserablywrong.)”.Prosigue el naturalista: “Posee según se dice, 74 leguas cuadradas de terreno y alrededor de 300 mil cabezas de ganado vacuno. Dirige admirablemente sus inmensas propiedades y cultiva mucho más trigo que todos los restantes propietarios del país. Las leyes que él ha redactado para sus estancias y un cuerpo de tropa compuesto por muchos centenares de hombres admirablemente disciplinados para poder resistir a los ataques de los indios, fue lo que al principio hizo que todos los ojos se fijaran en él y donde se apoyó su celebridad. Acerca de la rigidez con que el general hacia ejecutar sus órdenes se cuentan muchas anécdotas… El general Rosas es también un perfecto jinete, cualidad muy importante…, adoptando el traje de los gauchos, ha sido como ha adquirido el general Rosas una popularidad ilimitada en el país y como consecuencia un poder despótico… En el curso de la conversación, el general Rosas es entusiasta, pero al mismo tiempo, está lleno de buen sentido y gravedad. Esta, incluso, está llevada al exceso… Mi entrevista con el general terminó sin que él hubiera sonreído una sola vez, pero obtuve un pasaporte y permiso para servirme de los caballos de posta del gobierno, lo que me concedió de la manera mas servicial”.9

Así queda, pues, retratado el adusto terrateniente convertido en estratega del vacío –aquella política contra el desierto, como quería Alberdi en las Bases–, rodeado de dos bufones que relatan crueles anécdotas al sorprendido inglés. No imaginaría que casi dos décadas después se convertiría en un farmer en la Inglaterra victoriana.

Tal como lo había decidido, Darwin se encaminaría a Bahía Blanca y Buenos Aires, posta tras posta, para alojarse en la casa de Mr. Lumb, un comerciante inglés. La semblanza de la ciudad porteña es breve, aunque en una carta dirigida a sus hermanas escribe: “Nuestro principal pasatiempo consistía en cabalgar y admirar a las mujeres locales (Spanish ladies). Después de observar a uno de esos ángeles deslizándose por las calles, nosotros involuntariamente suspirábamos: Qué sosas son las mujeres inglesas… Y por cierto qué feo suenaMiss después de Signorita (sic). Uno no puede ver por detrás sus encantadoras siluetas sin exclamar: ¿Qué hermosas deben ser!”10.

***

Darwin regresaría a Buenos Aires, pero fictivamente. Nunca volvería a dejar Gran Bretaña, cómodamente asentado con una esposa tan expectable –moral y financieramente- como Emma Wedgwood. Ni siquiera se acercaría a Oxford para defender ante el obispo Samuel Wilberforce (Soapy Sam) su libro mayor, El origen de las especies, publicado en 1859 y agotado el mismo día de su aparición. Dejaría que T.H. Huxley, su adalid, defendiera entre gritos opositores, sales para algunas damas desmayadas y la furia del ahora vicealmirante Fitz Roy, sus novedosas hipótesis. A su turno, el ubicuo Disraeli exclamaría: “¿El hombre es mono o ángel? Yo, señor, me pongo del lado de los ángeles”.

Cuando murió en 1882, Darwin fue sepultado en la Abadía, a pesar de la oposición de Huxley y sus amigos. Una sencilla lápida lo recuerda, a poca distancia del monumento funerario de Sir Isaac Newton. Curiosa ciudad es esta vieja Londres, admirablemente historiada por Peter Ackroyd.11. En ella yacen los restos de Charles Robert Darwin, Karl Marx y Sigmund Freud, los grandes maestros de la sospecha.

Pero un joven estudiante de medicina argentino, Eduardo Ladislao Holmberg, fieramente darwinista, trajo nuevamente al maestro en su fantasía científica Dos partidos en lucha en 1875 para dirimir una polémica versión del progreso ochocentista. Pero esta es otra historia que he tratado de indagar en algunas de mis obras. Sólo me resta memorar a un atribulado muchacho de dieciocho años, William Henry Hudson, quien sería el primer lector del Origen en la Argentina, allá por 1859 al amparo de sus veinticinco ombúes. Desde Allá lejos y hace tiempo hasta Días de ocio en la Patagonia, la sombra de Darwin vaga entre las notables intuiciones de este gran y olvidado escritor, precursor –me parece– de una reflexión ecológica.12. En cuanto a Rosas, prefiero citar a Borges13:

“No sé si Rosas

fue un ávido puñal como los abuelos decían;

creo que fue como tú y yo

un hecho entre los hechos

que vivió entre la zozobra cotidiana

y dirigió para exaltaciones y penas

la incertidumbre de otros.”

1. Charles Darwin, Viaje de un naturalista alrededor del mundo, Buenos Aires, El Ateneo, 1945, (reimpr.), p. 101. Tengo a la vista la versióninglesa: Charles Darwin, The voyage of the Beagle, G.B., Woordsworth Editions, 1997. El título original de laobra (1839) esJournal of Researches into Natural History and Geology of the Countries visited during the Voyage of H.M.S. Beagle round the World, under the Command of Captain Fitz Roy, R.N.

2. Charles Darwin, op. cit., pp. 105-6.

3. Charles Darwin, op. cit., p. 106.

4. Charles Darwin, op. cit., pp. 139-140.

5. Édouard Dolléans, Historia del movimiento obrero, Buenos Aires, EUDEBA, vol. 1, p, 107.

6. Charles Darwin, op. cit., pp.321-2.

7. Charles Darwin, op. cit., p.114.

8. José Luis Busaniche, Estampas del pasado, Buenos Aires, Solar/Hachette, 1971 (reimpr.), p. 511.

9. Charles Darwin, op. cit., pp.107-109.

10. Citadapor Alan Morehead, Darwin and the Beagle,Harmondsworth, Penguin Books, 1971 (reimp.), p. 127. La traducción es mía.

11. PeterAckroyd,Londres (Una biografía), Barcelona, Edhasa, 2002.

12. Marcelo Montserrat, “La primera lectura del Origen en la Argentina: el caso de Williams Henry Hudson”, en M.A. Puig-Samper, R. Ruiz y A. Galera (eds.), Evolucionismo y cultura (Darwinismo en Europa e Iberoamérica), Madrid, Doce calles, 2002, pp. 57-64.

13. V. Marcelo Montserrat, “ The Evolutionist Mentality in Argentina: An ideology of progress, en T.F. Glick, M.A. Puig-Samper y R. Ruiz (eds.), The reception of Darwinism in the Iberian World, Dordrecht, Kluwer Academic Publishers, 2001.

14. Jorge Luis Borges, el poema Rosas, en Fervor de Buenos Aires(1923), hoy en Obras completas (1923-1949), Buenos Aires,Emecé, 2007, vol. I, pp. 31-2.

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  1. JUAN DAMONTE on 4 mayo, 2012

    Estimados Editores de Revista Criterio:

    Quiero hacer llegar una calurosa felicitación a Marcelo Montserrat. El artículo espléndido. Desconocía el contacto de Darwin con Rosas. Me gustan también las reflexiones del autor, especialmente la referencia a las tumbas en Londres de importantes autores con la mención :»En ella yacen los restos de Charles Robert Darwin, Karl Marx y Sigmund Frued , los grandes maestros de la sospecha».

    La duda de algunos ha hecho progresar al através de la historia, y esto no va en desmedro de la fe, pues como decía alguien muy querido el Padre Horacio Sosa, del Movimiento de Schoenstatt, cuando la fe es fuerte no se debe temer confrontarla.

    Un saludo afectuoso

    Juan Damonte

  2. Lucio Capece on 4 mayo, 2012

    Este artículo es simplemente maravilloso. Mil gracias a Marcelo Montserrat y a Criterio. Lucio Capece ( desde Berlin)

  3. Sergio Breccia on 4 mayo, 2012

    Excelente artículo!!!

    Dos hombres significativos en primer plano. humanizados.

    Sergio Breccia

  4. Patricia Alemán on 4 mayo, 2012

    Comparto el comentario de Juan Damonte y Lucio Capece, excelente artículo.
    La historia y las reflexiones vertidas constituyen un oasis en medio de mucho vacío en las lecturas de cada día.
    Muy buena oportunidad para actualizar y atesorar conocimientos.
    Gracias y felicitaciones Marcelo Monserrat y Criterio por editar este espectacular artículo.
    Patricia Alemán

  5. Boris Kalnicki on 7 mayo, 2012

    Es un artículo esclarecedor, que ilumina con una visión enriquecedora un mundo tan nuestro y tan tergiversado. Respecto a Juan Manuel de Rosas la imagen es siniestra,señalando su deshumanización en el objetivo bien expresado de exterminar a los pueblos originarios: un verdadero genocida.
    Cabe preguntarse la razón por la que se cargue sobre el Gral. Roca toda la acción de exterminio y Rosas no comparta al menos su responsabilidad. Sabemos que el primero al menos intentó incluir a caudillos y dirigentes de los pueblos originarios dándoles cargos militares, intentando asimilar paulatinamente a esas pueblos errantes dentro de la sociedad organizada. Si se intenta denigrar a Roca retirando su monumento, por razones más evidentes se debe obrar respecto al monumento de Rosas.

    • Norberto Jorge Chiviló on 15 febrero, 2014

      En primer lugar Rosas no fue «siniestro» y tampoco la Campaña al Desierto fué para » exterminar a los pueblos originarios» y Rosas tampoco fue «un verdadero genocida». No fue ni guerra de exterminio ni genocidio. En primer lugar el término «genocidio» es del siglo XX y no podemos aplicarla a hechos ocurridos con anterioridad.
      Nadie desconoce hoy -salvo el Sr. Kalnicky, el gran ascendiente que Rosas tenía sobre los indígenas, una de las grandes bases sobre la que sustentaba su poder -junto a negros y gauchos, como lo afirma Ricardo Rojas y Antonio Dellepiane, entre otros escritores antirrosistas-.
      El cacique Catriel llamaba a Rosas «indio rubio y gigante» y también como «Cacique General» y por el cual la mayoría de los indígenas tenía gran aprecio y verdadera devoción. Allá por 1870 un jefe indio puso de nombre «Manuelita» a su hija en honor a Rosas.
      Si bien la mayoría de los indios le eran fieles y amigos -y no debemos de olvidar que en la Campaña al desierto, formaban su ejército también 600 lanzas indias, con sus «chinas» y sus gurises- había otros que eran enemigos, en cuyas tolderías eran bien recibidos algunos de sus enemigos, como el caso del unitario Baigorria a quien se conocía como «cacique Baigorria».
      Estas tribus hostiles maloneaban en los pueblos de frontera, donde incendiaban todo a su paso, mataban a los hombres y se llevaban cautivas principalmente a las mujeres y a los niños. Con estas mujeres blancas estos indios se cruzaban a fin de lograr tipos de indios más robustos. También estas mujeres les servían a estos indios para sus bajas «diversiones». Uno de los objetivos de la Campaña, fue el de liberar a estos cautivos, lo que se logró en gran parte.
      Por lo general estas tribus hostiles venían del oeste de la cordillera -los araucanos-, muy belicosos y que por haber apoyado en las guerras de la independencia a los españoles, cuando estos perdieron, ellos cruzaron los Andes y desplazaron y exterminaron a otras tribus indias que habitaban al este y que eran más pacíficas, al cual les quitaron su territorio.
      Hoy está de moda hablar de «genocidio» y considerar los conflictos como de blancos contra indios, sin ver que entre los blancos hubo conflictos y lo mismo pasó con los indios. La cosa no es tan sencilla como se pretende hacer creer.
      Diré también que Rosas tenía en sus estancias trabajando a indios a quienes se les enseñó las artes de la agricultura, donde eran bien tratados y se los bautizaba, recuerdo que a uno de ellos incluso le dio su apellido: Mariano Rosas.
      Lo de «exterminio» y «genocidio» no es más que una leyenda sin fundamento científico-histórico alguno.
      Al margen diré que tampoco considero «genocida» al Gral. Roca, a quien los argentinos debemos que la Patagonia al este de los Andes sea argentina y contra el cual se ha lanzado una campaña mediática de denostación.

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