El conflicto de Crimea, que amenaza extenderse a otras regiones de Ucrania, vuelve a enfrentar a Rusia con Occidente y requiere leer la historia para entender los motivos de Putin.

Hace más de dos décadas, Ucrania fue uno de los tres Estados firmantes del acta de defunción de la Unión Soviética, demostrando así, por un lado, su lealtad histórica al viejo Imperio comunista, pero también su firme decisión de enterrarlo. La historia común (el “Rus” de Kiev y su competencia con su similar de Moscú, el papel de Catalina la Grande, las amenazas polacas y alemanas, el pasado estalinista) y cierto paternalismo cultural que ha ejercido Rusia sobre Ucrania, aunque también una actitud especial y oportunista de ésta en relación a aquélla, son responsables de que el Kremlin, sobre todo bajo el liderazgo del Presidente Putin (2000-2008 y 2012-2016), no renunciara a tal influencia.

Tras un período de cierto impasse en el particular vínculo con Rusia, en cierto modo la continuadora jurídica de la antigua unión, esa aparente dualidad, volvió a hacerse elocuente en el año 2004: protestas civiles y presiones internacionales, bajo el paraguas de la Revolución Naranja, urgieron por una nueva ronda de comicios imparciales y libres al Presidente Yanukovich (aliado del Kremlin ruso) y, meses más tarde, ya en 2005, catapultaron a la dupla Yushenko-Timoshenko al poder, bajo un régimen político semipresidencialista. Facciosidad, corrupción, populismo, la sobreactuación de Yulia Timoshenko (“la princesa del gas”, apodada así a posteriori por un escandaloso contrato energético con Rusia) y otros factores, favorecieron el fin de dicha coalición liberal-demócrata y, con ella, la culminación de las ilusiones pro-occidentalistas.

En 2010, insólitamente, con el apoyo de su viejo archirrival Yushenko, volvió al poder Yanukovich, quien reformó la Constitución para convertir a Ucrania en presidencialista, y tras su categórico triunfo electoral bajo la nueva institucionalidad dos años más tarde, envió a prisión a la líder opositora Timoshenko, con cargos de corrupción. Al igual que la gran mayoría de los países detrás de la ex Cortina de Hierro, Ucrania mostraba un régimen político con fachada democrática, pero nada liberal, con cooptación de los medios de comunicación, clientelismo empresario, corrupción y desigualdad social.

Sin embargo, cuando en noviembre del año pasado Yanukovich, en la soledad del poder y con un contexto económico bastante adverso, decidió no adherir al ingreso a la UE en Vilna (capital de Lituania), estallaron manifestaciones civiles. Inicialmente fueron de menor tenor que en 2004 y con un carácter claramente socioeconómico, protagonizadas por estudiantes, empleados y jubilados.

Duras normativas anti-protestas y la posterior represión fueron la palpable demostración de un gobierno debilitado, que condujo a mayores y más violentas manifestaciones, sin un liderazgo claro. Cuando el ex Presidente aceptó de Rusia un préstamo multimillonario y gas a precio subsidiado, el clima confrontativo empeoró. No sólo el ex campeón mundial de boxeo Vitali Klitschko, recientemente incorporado a la actividad política, al frente del moderado partido UDAR, sino otros grupos de cuño ideológico nacionalista extremo, como “Patria”, “Priviy Sektor” (Sector de Derechas) y “Swoboda” (Libertad), se vieron motivados a actuar, incluso en términos cuasi paramilitares, bajo la expresión “Euromaidan”, en referencia a la Plaza de la Independencia de Kiev.

La caída final de Yanukovich el 22 de febrero y su posterior huida a Rusia, más allá de su legalidad o legitimidad, fue el corolario de una serie de eventos precipitados y no deseados. Durante la madrugada anterior, el “Euromaidan” había sellado un pacto con Rusia y la UE en carácter de garantes, en el que se estipulaba la renuncia de Yanukovich, la conformación de un “gobierno de salvación nacional” (incluyendo al oficialista Partido de las Regiones) y el llamado a elecciones libres en mayo. La presión de la plaza, con líderes de extrema derecha como Dmitri Yarosh que instaba a mantener posiciones paramilitares y expresaba que no había garantías suficientes para cumplir con lo pactado, sumado a las amenazas de muerte al propio Yanukovich, terminaron por expulsarlo del poder y acelerar el proceso, hasta la conformación de un gobierno interino, tecnocrático, más afín a la liberada Timoshenko (nuevo Presidente Turchinov- Primer Ministro Yatseniuk).

Cabe subrayar que la naturaleza de estas protestas fue muy diferente de las de hace una década. Aquellas poseían visos de cierta legalidad, tenían su origen en el reclamo contra  elecciones fraudulentas, guardaban la manifiesta intención de promover el triunfo de Yushenko a través de su coalición política centrista y no ocultaban su preferencia pro-occidentalista. El Euromaidan, en cambio, se presentó con una violencia cuasi anárquica y preocupante: nunca estuvo clara la intencionalidad de grupos tan heterogéneos a quienes los unía la destitución de Yanukovich pero sin ungir a nadie en especial. Finalmente, tampoco mostró un sesgo pro-europeo, ya que entre los manifestantes había grupos tradicionalistas radicalizados, anti Bruselas.

Ciertamente, fue la dinámica política interna la que de manera decisiva influyó en el comportamiento de los actores. Entre 1992 y 2004, Ucrania no fue noticia en los diarios internacionales, gracias al liderazgo de Kravchuk y Kuchma, en el marco de un régimen político semipresidencialista pero oligárquico y corrupto, lejos de los modelos transicionales poliárquicos, checo y polaco. La evolución política ucraniana, populista, clánica y con cierto grado de polarización entre una mitad social pro-europea y otra mitad pro-rusa, es un simple reflejo de la geografía económica y étnica del país, atravesado por tales clivajes. Incluso, en términos industriales, el sudeste ucraniano, de auge en la era comunista y de decadencia “protegida” en la postcomunista, es un reservorio de statu quo que retroalimenta al sistema político.

El gobierno post Euromaidan, anti-ruso, terminó de generar sentimientos opuestos en la población rusa, tanto la étnica (congregada básicamente en la península de Crimea) como la parlante (este y sur del país, es decir, Dniéperpetrovsk y Donetsk). El Parlamento crimeo, el más sensible inicialmente, terminó votando por la necesidad de un referéndum programado para el 16 de marzo último y la población crimea apoyó masivamente la necesidad de separarse de Ucrania y regresar a Rusia.

Un poco de historia

Durante siglos, sobre todo en los tiempos antiguos, Crimea fue escenario de intensas pujas por su dominación por parte del Gran Ducado de Lituania, la Confederación polaca- lituana, el khanato tártaro y Moscovia. Durante la modernidad, los imperios Turco-Otomano, los Habsburgo y los Romanov se disputaron su control. Finalmente, conquistada por los ejércitos rusos de Catalina la Grande a los turcos en el tramo final del siglo XVIII, estuvo bajo dominio imperial ruso en los últimos dos siglos, aunque ni la historiografía zarista ni la bolchevique jamás presentaran a Crimea como una unidad nacional homogénea.1

La obsesión por el acceso a los mares cálidos, la Guerra de Crimea en el siglo XIX y el mito de Sebastopol fueron marcando hitos en la historia rusa, que se repiten por generaciones. Para un pueblo tan sensible a su territorio como el ruso, Crimea ejerce siempre un especial magnetismo, sobre todo para los sectores civilizacionistas, que conciben una Rusia diferente y moralmente superior a Occidente.

En términos objetivos, con más de la mitad de habitantes ruso-parlantes, desde los años noventa hasta marzo pasado los movimientos separatistas en la región habían fracasado. Pero esta vez, la extrema radicalización del Euromaidan, en términos nacionalistas ucranianos anti-rusos, más el aliento político-militar desde Rusia –que pudo ver así plasmada su revancha por la disgregación de la ex hermana eslava, Yugoslavia, favorecida por la OTAN– condujo a una vertiginosa y irreversible dinámica separatista. La misma que hoy se vislumbra en Kharkov y Donetsk, donde el gobierno de Kiev es rechazado por sus políticas pero también por sus claros alineamientos con los repudiados oligarcas, insólitamente elegidos como nuevos gobernadores de las regiones.

Respecto de los actores externos, Rusia siempre ejerció gravitación, negociando la continuidad de la Flota del Mar Negro, el control del armamento nuclear, la moneda común, etc. Tanto en 2004 como en 2006 y 2009, Moscú practicó una insoportable presión sobre el suministro y precio del gas a Kiev. De todos modos, su conducta está lejos de ser interpretada de neoimperialista, como exageradamente es juzgada por los “halcones” de Washington o Estados vecinos rivales como Polonia, República Checa y los Bálticos, tan apegados a la protección de la OTAN.

En el caso de la Unión Europea y los Estados Unidos, sus intereses pueden ser convergentes, en torno a respaldar una Ucrania más autónoma de Moscú, pero al mismo tiempo, las diferencias de énfasis y roles son notorias. Mientras para la primera, la variable económico-comercial y, en segundo lugar, los valores democráticos, pueden llegar a ser prioritarios en la relación con Kiev, para Washington, sólo la seguridad, en términos de la OTAN, en el espacio postsoviético, merecería algún tipo de involucramiento, aunque con cautela, porque la posición de Ucrania, en una esfera tan cercana a Moscú, no amerita decisiones audaces y de incierto costo. También resulta claro, tras una década de la Revolución Naranja, que la UE podría haber contribuido eficazmente al fortalecimiento institucional democrático de Ucrania y, lamentablemente, no lo hizo, comprobándose hoy las consecuencias internas de tal déficit cooperativo.

Pero una vez más, es cierto que Ucrania también ha jugado su propia carta y ha intentado manipular tanto a Moscú como a Bruselas. Alternativamente, los gobiernos ucranianos negociaron precios, transporte y suministro efectivo del gas a Europa en condiciones cuanto menos opacas, usaron demagógicamente la adhesión a la OTAN y a la UE –en este caso, mera vecindad–, dado su carácter de apenas status simbólico y no de solución real a los problemas domésticos. También ilusionaron a Moscú con la incorporación a su bloque comercial regional con países euroasiáticos más Georgia y Bielorrusia: la elite ucraniana, en su intimidad, observa que dichos socios han sido sobrevalorados en comparación con Kiev. En síntesis, Ucrania jugó a dos puntas pero no se ve compensada suficientemente por ninguno de los dos bandos externos que, por otra parte, también son interdependientes, dados sus negocios energéticos conjuntos, demanda de turismo, etc.

Por un lado, la rápida asociación comercial con la UE y las sanciones post referendum de Crimea, impuestas desde Bruselas y Washington a los dirigentes rusos y ucranianos del caído gobierno de Yanukovich, terminan revelando la lejanía e hipocresía de uno y otro actor. La ineficacia de las medidas es manifiesta y sólo sirve para levantar las voces nacionalistas y anti-occidentales que todavía hoy existen en Moscú. La anexión de Crimea es irreversible, aunque resta por mirar la dinámica impensada del este y el sur de Ucrania.

Por todo ello, hasta las elecciones de este mes, habrá que observar detenidamente el proceso político ucraniano: los candidatos a Presidente, incluyendo a los oligarcas Timoshenko y Klitschko, pero también la extrema derecha que cuenta con votos y cierta credibilidad; el gobierno interino, que ahora tiene el insólito apoyo europeo, a pesar de su precaria legalidad inicial; las medidas que se tomen para federalizar más el país y evitar potenciales segregaciones, hiriendo el sentimiento regional pro-ruso o dándole excusas a Moscú para intervenir en defensa de los rusoparlantes. Todos estos factores condicionarán o reencaminarán el proceso político, evitando un improbable rebrote autoritario, un caos político mayor o una indeseada guerra civil. Negociar para generar, sin manipulaciones, un marco donde se rediscuta la reforma constitucional, elecciones realmente imparciales y hasta cierto tutelaje externo, tanto de la UE como de Rusia, puede ser la salida a esta crisis ucraniana, iniciada hace meses y que en algún momento llegó a competir en gravedad con la de Kosovo, desde la caída de la URSS.

1. Los tártaros reivindicaron el nombre de “Crimea”, aunque con autonomía, tras la Revolución de Octubre, pero ésto no fue bien recibido por el Comité Central del Partido Comunista de Moscú y ya en los años treinta, un 20% de tártaros sobre una población de 200 mil, fueron deportados a Siberia. El resto tampoco pudo evitar la nueva deportación de 1944, esta vez a las repúblicas centroasiáticas. Khruschov, en el marco de la desestalinización soviética y en una sesión muy especial del Presidium, con una oposición ausente, revirtió estas políticas, transfirió Crimea a la República Socialista Soviética de Ucrania en 1954 y favoreció el regreso de los tártaros, pero esta vez, ellos tuvieron que convivir con los nuevos habitantes, ruso-parlantes y ucranianos. En ocasión del fin de la URSS, Crimea siguió siendo parte de Ucrania, no obstante el status especial negociado para la Flota rusa del Mar Negro y la guarnición de 20 mil marinos, estacionados en el legendario puerto de Sebastopol.

El autor es Profesor de Política Internacional en la Universidad Nacional de Villa María y consultor de temas internacionales.

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3 Readers Commented

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  1. Tomas on 9 mayo, 2014

    me ha gustado el profundo analisis de esta crisis. No hay que olvidar que Rusia tiene una profunda vocacion imperial, que le viene muchos siglos atras. Y tampoco olvidar la postura hegemonica
    de V.Putin, nada menos que el jefe de la KGB en Alemania Oriental

  2. Marcelo Montes on 9 septiembre, 2017

    no es mi opinión. Esos antecedentes pertenecen a la URSS. Rusia es otro Estado con otra historia y otros liderazgos. Por más que el propio Putin haya tenido su origen en ella, no significa que su actual comportamiento esté determinado por aquéllo.

  3. Marcelo Montes on 9 septiembre, 2017

    aconsejo leer en inglés a Andrei Tsygankov, quien se refiere de manera elocuente a contraargumentar en tal sentido.

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