La culpa es una forma particular de miedo. Cultivada desde la más temprana infancia, bloquea el desarrollo emocional y provoca estragos en la salud. Desprendernos de sus ataduras nos devuelve la libertad de ser y la alegría de vivir.

El mundo que ves es el sistema ilusorio de aquellos a quienes la culpabilidad ha enloquecido. Este mundo es el símbolo del castigo y todas las leyes que parecen regirlo son las leyes de la muerte. El amor no mata para salvar” (David Bohn).

La mayoría de las personas albergan mucho dolor escondido en su inconsciente. El sufrimiento reprimido es responsable de gran parte de los trastornos y enfermedades.

Resentimientos que supuran, amargura crónica, exagerada vulnerabilidad a las críticas, actitudes corrosivas y paralizantes que condenan a una vida empobrecida y carente de amor.

La culpabilidad es hija del miedo y está omnipresente en la vida de todos nosotros. Experimentamos culpa y no sabemos bien por qué: nos sentimos responsables de las desgracias ajenas y nos negamos a ser quienes somos para no dañar a los demás o culpamos al mundo y a quienes nos rodean de nuestras dificultades e imposibilidades.

Lo cierto es que tenemos una gran afición a sentirnos culpables o a hacer sentir culpables a los demás. Para el inconsciente siempre es culpabilidad, sea que la vivamos interiormente o la proyectemos en el afuera.

Somos adictos a la culpa emocional. El psicoanálisis y la psicología convencional la denominan culpa neurótica. En realidad, lo verdaderamente neurótico son las condiciones en que se nos enseña a vivir y a habitar este mundo, y la culpa es una de sus manifestaciones clave.

Tener paz en nuestros corazones y sosiego en nuestras mentes es el anhelo de todos. Aprender a desprendernos de la negatividad y de la culpa acumulada en nuestro interior nos libera de bloqueos y despeja el camino para la plena realización.

Todo tiene un comienzo

Se dice, y es verdad, que precisamente antes de nuestro nacimiento un ángel de las cavernas apoya un dedo sobre nuestros labios y dice…calla, no digas nada de lo que sabes. Por eso nacemos con una fisura en el labio superior, sin recordar nada del sitio de donde provenimos” (Roderick Mac Leisch).

Una persona que ha experimentado verdadero amor en sus primeros años de vida tendrá menos miedo y un buen comienzo para crecer y desarrollarse. Sin embargo, los sentimientos más cultivados en la infancia continúan siendo el miedo, la desvalorización y la culpa.

El miedo es ausencia de amor. El amor potencia nuestros dones y los multiplica; el miedo es pérdida de potencial.

Todos hemos sido educados en el miedo y bajo el método de la inculpación. Hay lazos familiares que destruyen una vida y existe un bloqueo muy común llamado “fidelidad familiar”: por una culpa invisible pero potente seguimos siendo fieles a mandatos, creencias y tabúes que enferman y nos impiden ser coherentes con lo que pensamos y sentimos. Cuando los padres son inmaduros y carentes culpabilizan a sus hijos de sus propias frustraciones e infelicidad. Se trata de una culpa que silencia la voz del niño, bloquea sus sentimientos y la única manera de huir de su dolorosa verdad es a través del olvido. Pero todo queda almacenado en cada célula del cuerpo, la memoria todo lo graba aún si no recordamos –nada se borra de nuestra alma– y, tarde o temprano, aflorará bajo forma de síntomas y malestares. Toda enfermedad y todo malestar aparecen, precisamente, para que podamos reparar y sanar nuestras heridas y así recuperar el estado natural de salud.

Cuántos secretos familiares, cuántos duelos no resueltos y cuántas situaciones de dolor no asumidas con madurez se transmiten silenciosamente de una generación a otra. Tragedias y enfermedades que se repiten en abuelos, padres e hijos, que viven bajo el peso de una culpa sombría que los empuja a saldar deudas emocionales ajenas e interminables.

Todos, de alguna manera, heredamos los anclajes emocionales de nuestros ancestros, repitiendo errores y dinámicas inconscientes. ¿Para qué se repiten? Para hallar su resolución. Sólo la toma de conciencia nos permite corregirlos y liberarnos.

La culpa emocional lo corroe todo, inhibe nuestra libertad de elegir, socava la autoestima y detiene el crecimiento psicológico y espiritual, ya que un fuerte trasfondo infantil tiñe la afectividad y el modo de entablar los vínculos.

Bloqueo emocional y pequeñez interior

La culpabilidad es un programa muy inconsciente que condiciona nuestras vidas y nos hace vivir situaciones de castigo, sacrificio y sufrimiento. Subyace en conductas autodestructivas, en muchos de los accidentes, en los fracasos repentinos e inexplicables, en la pérdida de relaciones valiosas y fuentes de trabajo y de logros.

Muchos viven sumidos en una niebla gris de descontento y angustia, los carcome una persistente sensación interior que los hace sentir siempre “en falta”, hagan lo que hagan y aún entregando su mayor esfuerzo y dedicación.

La autocondena, la autoinvalidación y un sentimiento de insuficiencia anidan en lo íntimo de personas muy rígidas, hiperexigentes, intolerantes y perfeccionistas en sus vidas diarias.

Pero también hay muchos otros, la gran mayoría, que simplemente se dedican a culpabilizar. Viven culpando al mundo y a quienes los rodean de sus propios infortunios y limitaciones. Su gran recompensa es convertirse en víctimas o mártires y colocar a la otra parte del mundo en el lugar del enemigo o del malvado. Viven con un alto costo emocional porque no advierten su pérdida de libertad y la ciénaga de debilidad e impotencia en la que habitan.

Y hay una enorme mayoría que vive lamentándose del pasado y temiendo el futuro y, por lo tanto, se demuestran incapaces de experimentar alegría en el presente; viven aferrados al dolor porque hay una culpa inconsciente que los acecha permanentemente.

Tanto culpar como autoinculparse son las dos caras de un estado psicológico de inmadurez interior. Es una sensación constante de pequeñez que los hace creer  no merecedores e indignos de una vida rica y plena; un estado que va mermando la capacidad de amar y de confiar en los demás.

Cuanto mayor sea nuestra autovaloración y respeto interior, menos necesitaremos de la aprobación de los demás. Cuanto más pequeños nos sentimos por dentro, mayor cantidad de poder, dinero, apariencia para compensar.

El miedo y la culpa son sentimientos de la infancia, no son los sentimientos propios de un adulto emocional. Desprendernos de la culpa es desprendernos de nuestra pequeñez y recuperar nuestra inocencia innata interior.

El criterio de la felicidad

Existe un impulso inclaudicable en todo ser humano hacia la plenitud, la integridad y su realización. Pero la visión media de la felicidad es extremadamente estrecha y mezquina debido a absurdas creencias profundamente enquistadas en nuestro psiquismo individual y colectivo; creencias que dejan huellas limitantes en nuestras relaciones y en nuestras actitudes vitales.

¿Cómo es posible que se siga creyendo que el sufrimiento, el castigo y el sacrificio nos otorgan valor y madurez? Este mundo está poblado de gente que sufre y se sacrifica y termina ahogándose en un mar de infelicidad, de amargos rencores y de dolor.

El dolor no nos hace más maduros: una persona madura es la que vive en plenitud y experimenta la verdadera felicidad sobre esta tierra.

Nos hemos estado castigando por ignorancia, por ingenuidad y, sobre todo, por falta de educación interior.

La culpa es la roca sobre la cual el egoísmo y la enfermedad edificaron su iglesia.

¿Qué es el egoísmo? Es no poder ver al otro con sus diferencias y no poder aceptarlo tal como es. Es manipular la vida de aquellos a quienes decimos querer y atarlos con la pesada cadena de la culpabilidad porque no cumplen con nuestras expectativas. El amor beneficia a todos, el egoísmo busca sólo el propio beneficio.

La culpa es el gran sentimiento que nos deshereda,  nos sume en un estado de carencia y privación interior y la enfermedad es su manifestación visible. La fibromialgia, la fatiga crónica, la depresión y muchos otros padecimientos son ejemplos de cómo colapsa la vitalidad de una persona por tanta tensión y culpa acumuladas.

Aún hoy, muchos expertos –cuya confusión es apenas más sofisticada que la del resto de la gente– sostienen la absurda creencia de que sentir culpa es beneficioso y saludable.

¿Es posible vivir saludablemente cuando se está atrapado, impotente y sin verdadera libertad interior? ¿Se puede experimentar algún beneficio para el alma cuando se vive juzgando, culpando y controlando la vida de los otros?

Nada está oculto ni puede estarlo, no hay secretos para aquellos que miran con los ojos del corazón. Podemos elegir estar más sensibilizados, más conscientes, más responsables, discernir mejor y liberarnos de una gran cantidad de culpa.

La felicidad es buscada, traficada, robada, coaccionada y negada. Muchos persiguen la felicidad y hay quienes la crean. La felicidad sencillamente es un estado de paz interior.

El poder de elegir

Los ojos de mis ojos están abiertos” (E. Cummings).

¿Por qué tanta infelicidad si estamos dotados para vivir plenos y felices? ¿Por qué si el Reino de los Cielos puede estar en nosotros, nos sentimos como en el infierno?

Cada uno crea su propio cielo o su propio infierno.

La resistencia al cambio o al crecimiento es considerable; no ser conscientes de por qué o para qué nos ocurren las cosas es como vivir dormidos. Nos sensibilizamos o nos infantilizamos. Dejar de inculpar, dejar de ser víctimas y convertirnos en maestros de nuestras vidas es ser conscientes y hacernos responsables de cada pensamiento, de cada palabra y de cada obra que generamos. Nos convierte en creadores y, de esa manera, enriquecemos, apoyamos y estimulamos la vida de nuestros semejantes.

Cuántas personas creen que hacen las cosas por amor a los demás y las hacen como consecuencia del desamor que se tienen a sí mismas. No escuchan su corazón, viven sus vidas al margen de sus sentimientos.

Despertar y recuperar nuestra dignidad intrínseca nos devuelve el poder de elegir.

Nosotros elegimos cómo queremos vivir nuestra vida. Cada momento es un momento de elección y en esa elección determinamos el instante siguiente –al que llamamos futuro–.

Elegir es arriesgarse y si no arriesgamos, no vivimos.

La vida es abundante en sus infinitas posibilidades si dejamos de estar en la carencia y en la privación porque no nos sentimos merecedores. La salud y el bienestar son consecuencias automáticas cuando recuperamos la coherencia emocional. Damos sentido a una vida sin sentido y nos encontramos con nuestra tan anhelada libertad.

Alegría y gratitud

A través de mis errores aprendí aquello que tanto anhelaba, aprendí a amar. Sólo la bondad que nos donamos a nosotros mismos nos libra de la culpa y nos perdona” (Clarice Lispector).

El auténtico perdón y la verdadera reconciliación es con uno mismo; es un acto de amor hacia cada uno por habernos hecho tanto daño. Cuando sanamos la relación, sanamos nuestra relación con el mundo.

En definitiva, las relaciones que entablamos nos enseñan cómo nos relacionamos con nosotros mismos.

Descubrir las continuas oportunidades de crecimiento que se nos presentan en la vida cotidiana es un verdadero don.

La simplicidad es el sello de la madurez afectiva. Más maduramos, más simples y profundos nos volvemos. Entonces, la gratitud y la alegría brotan espontáneamente como cualidades exquisitas de nuestro auténtico ser.

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1 Readers Commented

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  1. María Elvira Marconato on 10 septiembre, 2014

    El sentimiento de culpa puede ser disuelto o aligerado con reflexión,toma de conciencia …y conocimientos acerca del aparato psíquico.La psicoterapia ¡AYUDA!…y la Iglesia tiene que ayudarnos para despejar tanta culpa de nuestra visión del mundo…y enseñar que,siendo limitados y débiles,podemos crecer en responsabilidad y libertad,reparar,comprendernos,perdonarnos, ser más positivos…¡y “sin cara de velorio”!Gracias por el artículo.

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