¿Qué pueden aprender los europeos de la crisis desencadenada por los abusos sexuales en los Estados Unidos?Cuando estalló la crisis por los abusos sexuales cometidos por sacerdotes en los Estados Unidos, la mayoría de los funcionarios del Vaticano y los clérigos europeos la consideraron un problema norteamericano. Más tarde, cuando Canadá e Irlanda vivieron una crisis similar, pasó a ser un problema “de habla inglesa”. En lugar de juzgar a la crisis de los Estados Unidos como una advertencia para poner sus propias casas en orden, muchísimos obispos europeos optaron por seguir como de costumbre; creyeron que la crisis no los afectaría.

Ahora que la crisis ha llegado a Europa, ¿qué pueden aprender los obispos europeos y el Vaticano de la experiencia norteamericana?

Es preciso que el Vaticano haga de la tolerancia cero la ley de la Iglesia universal. Empecemos por el contexto. La crisis por abusos sexuales no empezó en Boston; inicialmente llegó a la opinión pública a mediados de los años ochenta a través de una causa judicial en Lafayette, estado de Luisiana. El Nacional Catholic Reporter cubrió la noticia mucho antes de que el Boston Globe reparara en ella. Por entonces, las compañías aseguradoras advirtieron a los obispos de que esos casos ya no estarían cubiertos por sus seguros de responsabilidad civil. Este dato debería haberle llamado la atención a un director ejecutivo prudente.

 

Un largo camino de aprendizaje

Antes de 1985, fueron pocos los obispos que manejaron bien estos casos. Solían creer al sacerdote cuando afirmaba que jamás lo volvería hacer, y a los psicólogos cuando aseguraban que el sacerdote podía volver al ministerio sin peligro. Los obispos se mostraban compasivos y pastorales para con sus sacerdotes, en tanto olvidaban su responsabilidad de ser pastorales y protectores de su rebaño. Intentaban mantener todo en secreto para no escandalizar a los fieles.

Entre 1985 y 1992, los obispos empezaron a interiorizarse más del problema. En sus reuniones semestrales, mantuvieron sesiones con expertos a puertas cerradas. En una reunión privada, por lo menos un obispo contó a sus pares los errores que había cometido, y los exhortó a no repetirlos. Los abusos disminuyeron durante ese período.

En 1992, bajo el liderazgo del arzobispo Daniel Pilarcyzk, la Conferencia de obispos católicos de los Estados Unidos adoptó una serie de directivas para manejar los casos de abuso sexual. Los datos recabados por los investigadores del colegio John Jay de justicia penal evidencian que la cantidad de casos de abusos cayeron en picada durante los años noventa, indicio de que para entonces la mayoría de los obispos “había entendido”. Sin embargo, el cardenal Bernard Law se opuso a las orientaciones, y éstas fueron ignoradas por otros obispos que tampoco habían captado el problema. Las orientaciones no fueron vinculantes para los obispos y siguieron dejando abierta la posibilidad de que un sacerdote que hubiera cometido abusos retornara al ministerio. Y en una reunión en St. Louis ese mismo año, un grupo de psicólogos que trataban a los sacerdotes urgió a los obispos a dejar abierta la posibilidad de restituirlos en el ministerio. El escándalo de Boston demostró que las orientaciones facultativas resultaban insuficientes. También dejó en claro que nadie confiaba en los obispos (o en sus asesores) al momento de decidir quién podía ser restituido sin peligro al ministerio.

Como resultado, y con el consentimiento de Roma, en 2002 los obispos impusieron normas vinculantes que exigían tolerancia cero frente al abuso, como informar las acusaciones a la policía e instaurar programas de protección infantil en cada diócesis. Conforme la norma de tolerancia cero adoptada en su reunión de Dallas, un sacerdote involucrado en abusos jamás podría volver al ministerio. En la mayoría de los casos se lo expulsaría del sacerdocio, con posibles excepciones para ancianos, retirados o enfermos. Las normas de Dallas también requerían que un comité laico de cada diócesis revisara las acusaciones contra los sacerdotes que quedaran suspendidos del ministerio mientras avanzara la investigación. Las normas fueron controvertidas en cuanto a que muchos sacerdotes consideraban draconiana la ley de tolerancia cero. Temían también acusaciones falsas y que las normas los tornaran culpables hasta tanto se probara su inocencia. Objetaban que Dallas se ocupara solamente de los sacerdotes, y no de los obispos culpables de negligencia.

En todo caso, a los obispos norteamericanos les tomó diecisiete años descifrar cómo proceder, desde el juicio entablado contra la diócesis de Lafayette del estado de Luisana en 1985, hasta la  instauración de la Carta de Dallas para la protección de niños y jóvenes en 2002. Los obispos europeos deben transitar ese mismo terreno muy rápidamente, y es preciso que el Vaticano haga de la tolerancia cero la ley para la Iglesia universal.

 

Qué no hacer

Así como los europeos pueden aprender en qué acertaron los obispos norteamericanos en Dallas, también pueden aprender de los errores que cometieron los norteamericanos durante la crisis.

Desde el comienzo, estos obispos subestimaron la envergadura y la gravedad del problema. Antes de 1993, sólo un tercio de las víctimas había informado del abuso a sus diócesis, de manera que ni siquiera la Iglesia sabía cuán grave era la crisis. La mayoría de las víctimas no quiere que otras personas sepan que han sido abusadas, en especial sus padres, cónyuges, hijos y amigos. La cobertura de los medios sobre abusos del clero alentó y habilitó a las víctimas a presentarse, al reconocer que no estaban solas.

Hoy, los europeos se escandalizan ante los cientos de casos que se conocen. Deberían prepararse para otros miles. En los Estados Unidos, más de 5.000 sacerdotes, es decir, el 4% del clero, fue responsable de 13.000 acusaciones en un período de cincuenta años. No hay razón para pensar que en Europa sea diferente. Esperen lo mejor, pero hagan las cuentas y estén preparados. El peor error de cálculo que cometieron los obispos norteamericanos fue pensar que la crisis pasaría en unos meses.

Buscar refugio y esperar hasta que aclare es una estrategia fallida. A menos que los obispos europeos quieran que la crisis continúe durante años, como ocurrió en los Estados Unidos, tienen que ser transparentes y alentar a las víctimas a presentarse ahora. Es mejor recibir todas las malas noticias lo más pronto posible que dar la apariencia de que se intenta encubrir el asunto.

Una escuela jesuita en Berlín hizo lo correcto. Se enteraron de siete casos de abusos, los hicieron públicos, contrataron a una abogada para que revisara los archivos y se pusiera en contacto con las víctimas; luego escribieron a todos los ex alumnos solicitando que quienes hubieran sido víctimas de abusos, se presentaran. Cuando por lo menos 120 víctimas lo hicieron, afirmando haber sido abusadas en escuelas jesuitas de Alemania, los insensatos llegaron a la conclusión de que la escuela había enloquecido al formular la invitación. Pero no sólo era lo que cristianamente había que hacer, sino que también resultó inteligente en términos de relaciones públicas. Nadie acusa a la actual administración escolar de encubrimiento. Además, en lugar de soportar una publicidad negativa durante años, mientras se presentan una víctima tras otra, concentrarán en unos meses esa publicidad hasta que los medios pasen a otro tema.

Los obispos norteamericanos también cometieron el error de culpar a los medios de comunicación, a la cultura permisiva, e intentaron restar importancia a los abusos cometidos por sacerdotes al señalar que cada año se denuncian entre 90.000 y 150.000 casos de abuso sexual infantil en los Estados Unidos. Si bien todo ello es verdad, resulta contraproducente que los obispos esgriman estos argumentos porque dan la impresión de ser excusas. Más bien, los obispos deberían condenar los abusos, pedir perdón e implementar políticas que aseguren que los niños estén a salvo. Tampoco alcanza con una disculpa. Como un marido que le ha sido infiel a su esposa, los obispos deben disculparse, disculparse y disculparse.

Finalmente, con el pretexto de que cometieron errores, los obispos norteamericanos se excusaron de ser culpables por causa de su ignorancia. Perdón, pero eso no lo cree nadie. Los católicos norteamericanos querían que algunos obispos se levantaran y dijeran: “Cometí un error, trasladé a este sacerdote a otra parroquia, no pensé que iba a volver a cometer abusos, recibí un mal consejo, pero me hago plenamente responsable. Pido perdón y renuncio”.

Si treinta obispos hubieran hecho esto en los Estados Unidos, la crisis no se hubiera prolongado tanto. La gente hubiera dicho: “Bien, eso es lo que se supone que hacen los líderes. Lo entienden. Con un nuevo obispo, podemos sanarnos y seguir adelante”.

Los obispos deben estar dispuestos a sacrificarse por el bien de la Iglesia toda. Es un escándalo que el cardenal Law fuera el único obispo en renunciar a raíz de la crisis. Resulta alentador que cuatro obispos irlandeses presentaran sus renuncias. A menos que la Iglesia quiera que la crisis de Europa persista durante años como ocurrió en los Estados Unidos, algunos obispos tendrán que renunciar por el bien de la Iglesia.

¿Aprenderán los obispos europeos de la experiencia estadounidense? Eso espero.

 

Texto de America, 26 de abril 2010.

 

El autor, sacerdote jesuita, es académico del Centro de Teología Woodstock de Georgetown University. Entre sus libros figura Inside the Vatican: The Politics and Organization of the Catholic Church [El Vaticano por dentro: política y organización de la Iglesia católica]

 

Traducción: Silvina Floria.

 

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1 Readers Commented

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  1. Juan Antonio Espinosa on 29 junio, 2011

    Sorprendente!!!! Claro, tenía que ser un jesuita el autor de este artículo, por eso me caen bien los hijos de Loyola, son sagaces, avanzados, progresistas… así deberían ser todas las congregaciones religiosas, tendrían más vocaciones si así se comportaran. Felicidades a quienes hacen posible la revista, es una maravilla del periodismo de investigación y reflexión. Saludos desde México.

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