di-stefano-1Un recorrido por los importantes, variados y complejos vínculos entre las diferentes masonerías y catolicismos del río de la Plata.Los relatos históricos predominantes en la historia del catolicismo y en la historia de la masonería concuerdan en establecer nítidas fronteras entre ambos, al punto de presentárnoslos tan incompatibles como el agua y el aceite. Como en todos los relatos esencialistas –y por ende ahistóricos– abundan en ellos los siempres y los nuncas: los católicos dicen que la Iglesia siempre condenó a la masonería; los masones, que la masonería nunca dejó de combatir el “oscurantismo” y el “fanatismo” católicos. Ambos relatos son curiosamente coincidentes no sólo en ese sentido: también concuerdan en adjudicar a la masonería la responsabilidad de demasiadas cosas. Por ejemplo, la de haber motorizado la revolución francesa, que según sabemos hoy exterminó a la masonería en Francia durante su fase jacobina. Por ejemplo, la de haber inspirado la acción de los próceres de la independencia americana, cuando Bolívar prohibió las logias en 1828. La idea del “contubernio judío-masónico-comunista” pasa por alto que hasta la perestroika la masonería estuvo prohibida en los comunistas. Hay un mito masónico, cultivado por ambas partes, que presenta a la masonería como un misterioso titiritero que ha movido los hilos invisibles de la historia occidental.

Por fortuna algunos historiadores de valía han tomado distancia de esos relatos para investigar la trama de una historia que no es simple sino compleja, rica en matices y en vicisitudes, en ambivalencias y en contradicciones. Algunos destacados estudiosos son, llamativamente, jesuitas: es el caso de José Antonio Ferrer Benimeli –que ha hecho escuela y es uno de los más importantes expertos en masonería española–, el de Pedro Álvarez Lázaro y el del uruguayo Julio Fernández Techera.1 En los últimos decenios se han creado centros de estudios especializados y se han multiplicados los congresos sobre el tema.

A buena parte de los católicos y de los masones –iba a poner “a la mayoría”, pero opto por la prudencia– no les gusta que los relatos “canónicos” se vean cuestionados. De allí que no abunden las simpatías hacia el historiador que no los enarbola como propios. En la Argentina, además de los mitos y prejuicios universales, existe un problema adicional que el abnegado investigador deberá enfrentar si desea incursionar en la historia de las relaciones entre catolicismo y masonería: la dificultad del acceso a la documentación. El archivo de la curia se convirtió en cenizas y humo en 1955; la masonería muy raramente abre sus archivos. Es preciso acudir a la información fragmentaria y dispersa que proporcionan los archivos nacionales, los folletos de época y la prensa periódica, por lo que no es extraño que predominen las lagunas.

Sabemos, sin embargo, lo suficiente como para confirmar lo que otros historiadores han constatado estudiando otras latitudes: no hay una masonería ni un catolicismo, sino masonerías y catolicismos, y los vínculos entre ellos han sido intensos, diversos y complejos. Como el historiador uruguayo Arturo Ardao observó hace ya medio siglo, en el Río de la Plata el conflicto entre masonería y catolicismo fue en sus inicios una controversia entre católicos.2 Así ocurrió en Uruguay, donde la masonería se desarrolló más tempranamente, y en la Argentina, donde se difundió un poco más tarde.

Contra los relatos que detectan la presencia de la masonería incluso en época colonial, en la Argentina su presencia orgánica data de la década de 1850.3 Es decir: aunque masones hubo por lo menos desde comienzos del siglo XIX, no consta que hayan estado organizados en logias, o que las logias a las que pertenecían estuvieran orgánicamente adscriptas a una determinada obediencia masónica. En la documentación eclesiástica casi no hay menciones a la masonería antes de 1857, año en que siete “sociedades” porteñas crearon la primera Gran Logia del país. Fue ese mismo año que comenzaron los conflictos.4 El 18 de febrero el obispo monseñor Mariano Escalada publicó una carta pastoral contra las “sociedades secretas” que puso fuera de la Iglesia a los masones. Allí declaraba que “el acto […] de ingresar en la lógia es una esplicitaApostasia del Evangelio y de la Iglesia de Jesu-Cristo, una declarada desobediencia á la autoridad Eclesiástica y una manifiesta adhesion al error y al pecado”.5 Periódicos como La Tribuna y El Nacional expresaron de inmediato el malestar de los masones, que a lo largo de ese año y del siguiente manifestaron por todos los medios posibles su ninguna intención de abandonar la Iglesia.

A comienzos de septiembre de 1858 se produjo un episodio que agravó la situación: el párroco de San Miguel, por orden del obispo, negó los funerales católicos al cadáver del confitero masón Juan Musso. La familia protestó y las logias presentaron al gobierno una representación instándolo a interceder ante el obispo para que respetase los “derechos religiosos” de los masones.6 Ese hecho desató una escalada de agresiones entre las logias y el clero agrupado en torno al obispo. Los masones no se cansaron de manifestar su adhesión a la fe católica y de protestar por su exclusión de la Iglesia, a través de folletos como los firmados por el masón Alejandro Pesce y de artículos publicados en La Tribuna, El Nacional y –en menor medida– de La Reforma Pacífica. Los sacerdotes y laicos más solidarios con el obispo –singularmente el padre Martín Piñero, fogoso orador– respondieron desde el púlpito y desde las páginas del periódico La Religión. Los católicos porteños se dividieron en torno a la cuestión: a los escritos de los masones, que reiteraban día a día su deseo de permanecer en el seno de la Iglesia, se sumó la intervención el 30 de septiembre del periódico católico El Orden, que pidió a Escalada que pusiese fin a las controversias aceptando sus declaraciones de fe.7 Para tener idea de la gravedad de la situación hay que recordar que la elite porteña era por entonces muy reducida, por lo que las familias se encontraron súbitamente divididas también. Las discordias domésticas acompañaron en su crescendo el debate público. Debate que en octubre se agudizó a causa de la fundación del Asilo de Mendigos, obra asistencial promovida por algunas logias que en sus inicios gozó del apoyo de la Municipalidad. En 1859, en parte como respuesta a la actividad filantrópica de los masones, se fundaría la Sociedad de San Vicente de Paul.

No es función del historiador juzgar a los hombres del pasado, que en estas lides sus razones tuvieron para posicionarse detrás de una u otra postura. Dentro de su propia lógica, tanto el obispo como los masones fueron coherentes. Lo que discutían, en el fondo, era la legitimidad de diferentes modos de entender el catolicismo y el lugar de la religión en la vida pública de la Argentina post-rosista. Además, las controversias que se desarrollaban en otros rincones del planeta, singularmente en Europa, repercutían en el Río de la Plata. El sector liderado por el obispo obraba en sintonía con las orientaciones romanas, mientras los masones observaban con ojo cada vez más crítico el giro conservador que la Santa Sede había emprendido a partir de las revoluciones de 1848-1849 y su política frente al proceso de unificación italiana. No podemos saber si las cosas podrían o no haber seguido otro rumbo. Pero es claro, me parece, que el anticlericalismo, hasta entonces carente de una base institucional, a partir de entonces encontró una.

Los campos comenzaron a delimitarse con mayor nitidez en los años siguientes. Dentro de la masonería ganó espacios un discurso racionalista, cristiano pero anticatólico, cuyo exponente más notorio fue el chileno Francisco Bilbao. Otros masones siguieron manifestando su adhesión a la fe católica, pero por lo general desde afuera de la Iglesia, denunciando las “iniquidades” del “jesuitismo” que, según creían, se había apoderado del timón de la barca de Pedro. Como resultado de esa bifurcación de caminos empezó a entenderse por “católicos”, exclusivamente, a quienes se encontraban libres de toda mácula de “masonismo”. Sin embargo, las aguas nunca se dividieron del todo. Los escándalos por la negación a los masones de los sacramentos en punto de muerte y de la sepultura eclesiástica siguieron perturbando a las familias y a la sociedad. Un ejemplo es el del padre Eusebio Agüero, sacerdote de la generación revolucionaria, de actuación política y eclesiástica destacada a lo largo de más de medio siglo, que falleció en 1864. Era por entonces canónigo de la catedral y rector del Colegio Nacional, sumamente apreciado en los círculos políticos y literarios y entre el alumnado, como evidencia el cariño con que lo recuerdan Federico Tobal en sus Recuerdos y Miguel Cané en Juvenilia. El Dr. Agüero era masón, y por ser canónigo correspondía que fuese sepultado no ya en el cementerio público, sino en la mismísima cripta de la catedral. La resolución del problema requirió de la intervención del presidente Bartolomé Mitre a través de su ministro Eduardo Costa.8 Podría recordar otros episodios similares, que omito por razones de espacio.

Quiero señalar solamente, antes de concluir, que la existencia de masones católicos no es un fenómeno exclusivo del siglo XIX. En el VII Congreso que en 1915 celebró la Liga Argentina del Librepensamiento, probablemente el único movimiento anticlerical de dimensión nacional que hubo en la Argentina, el Comité Nacional lamentó que hubiera librepensadores masones que eran a la vez protestantes o católicos. Recordó a los asistentes que un delegado masón se había retirado del congreso anterior al oír hablar de los “errores del catolicismo” y que no pocos mandaban a sus hijos a escuelas religiosas.9

La realidad, en este caso como en todos, es mucho más rica y compleja que cualquier relato. Esperemos que la masonería argentina, como han hecho ya las de otros países, abra sus archivos a los investigadores, para que la historiografía argentina pueda seguir avanzando en el esclarecimiento de cuestiones de nuestra historia que son sumamente significativas, e incluso cruciales.

 

1 Una útil obra de síntesis de Ferrer Benimeli es La masonería, Madrid: Alianza, 2002. Alvarez Lázaro es autor de Masonería y librepensamiento en la España de la restauración (aproximación histórica), Madrid: Universidad Pontificia Comillas, 1985.  Fernández Techera ha publicado Jesuitas, masones y universidad, dos tomos, Montevideo: Ediciones de la Plaza, 2007.

2 A. Ardao, Racionalismo y liberalismo en el Uruguay, Montevideo: Publicaciones de la Universidad, 1962, cap. XI.

3 P. González Bernaldo, Civilidad y política en los orígenes de la Nación Argentina. Las sociabilidades en Buenos Aires, 1829.1862, Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2001, cap. 6.

4 R. Di Stefano, Ovejas negras. Historia de los anticlericales argentinos, Buenos Aires: Sudamericana, 2010, capítulo 4.

5 El Nacional, 20 de febrero de 1857.

6 Archivo General de la Nación, X 29-2-1, expedientes 15.578 y 15.594.

7El Orden, 30 de septiembre de 1858; La Tribuna, 1 de octubre de 1858, “El ‘Orden’ y el Sr. Obispo”.

8 R. Di Stefano, “Eusebio Agüero y la herencia de la revolución pendiente (1791-1864)”, en N. Calvo, K. Gallo y R. Di Stefano (Coord.), Los curas de la revolución. Vidas de eclesiásticos en los orígenes de la Nación, Buenos Aires: Emecé, 2002, págs. 303-330.

9 IIºAlbum Biográfico de los Libre=Pensadores, Buenos Aires: Imprenta “El Progreso”, 1916, págs. 179-180.

7 Readers Commented

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  1. María Teresa Rearte on 10 septiembre, 2012

    El autor inicia la nota diciendo que se trata de «un recorrido por los importantes, variados y complejos vínculos entre las diferentes masonerías y catolicismos del Río de la Plata», lo cual, como «presentación», me parece demasiado ambiciosa. Y por lo tanto, al menos en mi opinión , es un propósito que no ha logrado concretar.

    No quiero en modo alguno desairar al autor, porque leí la nota con interés, y me expreso con respeto hacia él.

    También quiero aclarar que no sé de masonería, en singular, y menos en plural, masonerías. Sí tengo conocimiento de la fe católica que profeso. Y en esa línea, no entiendo por qué se refiere a «catolicismos», en plural, que a mi criterio contradice la fe católica, que -objetivamente- es una. Subjetivamente pienso que puede haber diversas interpretaciones. Pero lo propio de la fe, o del acto de creer, es la adhesión a la verdad revelada. No la dispersión de ésta en una pluralidad de interpretaciones.

    «Como en todos los relatos esencialistas, afirma el historiador Roberto Di Stéfano, y por ende ahistóricos, abundan en ellos los «siempres» y los «nuncas». Ahora pregunto, ¿pueden los relatos ser esencialistas? Puede que no coincidamos en el uso de las palabras. Y que el vocablo, esencialistas» a «siempres» y «nuncas» no sea apropiado. Que quizás hubiera correspondido aplicarle otro término.

    En el penúltimo bloque asoma la idea de que masonería y catolicismo o religión (protestante, por ej.) no serían compatibles. Es lo que me parece, no obstante mi desconocimiento de la masonería. Y por cierto que no incursionaría en ella.

    Como dice el autor, puede que la realidad sea más «compleja» que el relato. Y coincido con él en que se requiere más documentación, y por consiguiente información, para esclarecer cuestiones históricas.

    Gracias.

    Prof. María Teresa Rearte

    • Roberto Di Stefano on 13 septiembre, 2012

      Estimada María Teresa: le agradezco mucho el comentario.

      Debo decirle, en primer lugar, que los autores de las notas que publica Criterio no escribimos los copetes. Por cierto el que pusieron es ambicioso, pero no salió de mi pluma. Nunca me propuse el objetivo que el copete expresa.

      Me refiero a «catolicismos» porque es obvio que hay diferentes maneras de concebirlo y vivirlo. ¿Es el mismo catolicismo el del Opus Dei y el de la Teología de la Liberación? Es la misma confesión, la misma fe, pero hay distintas sensibiliddes y perspectivas, a eso me refiero. Pues en el siglo XIX también había diferentes maneras de ser católico, que es lo que trato de mostrar en el artículo y en unas cuantas publicaciones académicas que he producido sobre el tema.

      Con respecto a lo de los relatos esencialistas, si tiene una expresión mejor y me la transmite, le estaré sumamente agradecido.

      Por último, no dije que masonería y religión sean incompatibles. Traté de mostrar exactamente lo contrario.

      Mis más cordiales saludos.

  2. Joaquin de Salazar on 15 septiembre, 2012

    interesante

  3. En la biografía de mi tatarabuelo Pedro Antonio Arias Velázquez, que se encuentra en la página de la Provincia de Salta, escribí: Para que conozcamos por qué rechazaba Pedro Antonio Arias Velázquez las sociedades secretas cabe transcribir una noticia histórica de Bartolomé Mitre sobre la Logia Lautaro: “…debía ejercer una misteriosa influencia en los destinos de la revolución. Aspirando a gobernarla, sometieron a sus directores a la disciplina de las sociedades secretas, preparando misteriosamente entre pocos, lo que debía aparecer en público como el resultado de la voluntad de todos. Esto explicará algunas aberraciones que se notarán más adelante… y al finalizar el año XIII era la suprema reguladora de la política interna…” (“Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina”, Tomo II, Capítulo XXII, página 47; Imprenta y Librería de Mayo, de C. Casavalle, Potosí 189; Tercera y única edición completa, Buenos Aires, año 1876). Esto es definitorio para tener por acreditado el obrar ilícito de las logias, antidemocráticas y subrepticias por naturaleza (Véase la noticia publicada por el diario «La Nación» del 01 de marzo de 1959: “UNA DECLARACIÓN DEL EPISCOPADO ARGENTINO” y se dice: «…El 24 de julio de 1958 (en la Octava Semana de Formación Pastoral), S. S. Pío XII señaló como «raíces de la apostasía moderna el ateísmo científico, el materialismo dialéctico, el racionalismo, el laicismo y la masonería, madre común de todas ellas…”) . Por ello, los hombres de bien, como nuestro biografiado, no querían sumarse en ellas ni que ellas tuvieran influencia en la Revolución. Es decir que, desde 1808, había en el Virreinato hombres que trabajaban en pos de la soberanía política por vías democráticas, como Arias Velázquez; y esto debe marcarse porque la Revolución del 25 de Mayo de 1810 estuvo fuertemente influenciada por la Masonería, como nos enseña exactamente Mitre. (Cabe señalar otra noticia que confirma la ofrecida por Bartolomé Mitre, esta vez pronunciada por Juan Canter: “Absorbida la sociedad se refiere a la Sociedad Patriótica por la logia se convirtió en su caja de resonancia. Esta le prescribía la propaganda política a seguir, mientras en la sombra iba quebrando fuerzas, minando opinión, y lograba alejar del poder y aún incorporar a componentes del propio gobierno. La logia masónica se robusteció incorporando también a su seno la logia masónica de Julián Álvarez… Con propósitos definidos la logia había logrado atraer a uno de los secretarios del gobierno que deslealmente usaba de su cargo y ejercía un vigilante espionaje sin desembozo…” Historia de la Nación Argentina, dirigida por Ricardo Levene, Tomo V, Capítulo XII por Juan Canter, página 472.)

  4. Alejandro Rossi on 21 noviembre, 2012

    Muy interesante su trabajo. Me ha ayudado mucho en mi investigación y he tomado parte del mismo, con la debida referencia.
    Si desea verlo está en http://unbene.blogspot.com.ar/p/cuando-cuneo-decapito-maria-estuardo.html
    Me agradaría mucho conocer su opinión. Cordiales Saludos

  5. mariadurante on 29 diciembre, 2012

    Admirar el intelecto o genialidad de Sarmiento es vano, porque vano es todo lo que no nos lleva a Dios. Y un católico comprometido que habla bien de Sarmiento no es católico ni comprometido, sólo busca como miembro de la masonería meter sus ideas en la Iglesia.

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