Febrero 2005
Sobre la Guerra Civil Española
Durante varias generaciones, cuando se hablaba de alguna película sobre la Guerra Civil Española, se hacía referencia a la norteamericana Por quién doblan las campanas, sobre la novela de Ernest Hemingway, o de las francesas Morir en Madrid y La guerra ha terminado, tres obras sencillamente conmovedoras, simpatizantes con el bando republicano, o de la ítalo-española Sin novedad en el Alcázar, también sencillamente conmovedora, sólo que exaltando a los franquistas, con aquella historia tan terrible del hijo que prefiere morir antes que ser usado como chantaje para que su padre se rinda y entregue a los rojos el Alcázar de Toledo. Los maestros de historia, los de ética y moral, y los guías turísticos, repetían con lágrimas en los ojos el último diálogo entre esos dos hombres apasionados por su patria, y los alumnos y los turistas los escuchaban admirados, también con lágrimas en los ojos.
Después, por saturación y por cambios políticos, la gente empezó a burlarse de esa historia, y a olvidar la película, que, es cierto, era bastante parcial, para definirla amablemente. Ni qué decir de los propios españoles, que no podían ver las de afuera, pero estaban hasta las orejas con la propaganda de las de adentro, casi ninguna de las cuales ha podido resistir el paso del tiempo, cinematográficamente hablando. Recién hacia la muerte del Generalísimo surgieron dos obras que serían como bisagras entre el discurso franquista del pasado y la mirada aperturista de las nuevas generaciones: el documental Canciones para después de una guerra y La prima Angélica, todo un suceso a cuyo sólo anuncio de exhibición acudían los exaltados para destruir las salas, o defenderlas.
La prima Angélica fue el poético recuerdo de una infancia angustiada por las separaciones familiares de la contienda, una angustia que deja al protagonista fijado en el ayer. Y fue también el comienzo de una serie de obras destinadas a evocar la sensación del quiebre de treinta años antes, cuando empezó la guerra, obras que revirtieron aquel discurso franquista, y moldearon otro, todavía en uso, donde los republicanos son todos buenos y nobles.
La lucidez de decir que en todas partes hay gente buena y gente mala, cualquiera sea el uniforme que lleven, y que las guerras son todas malas, cualquiera sea el bando que gane, estuvo en dos comedias: La vaquilla, donde un animal destinado a las fiestas patronales queda pudriéndose en medio del campo de batalla, sin que nadie pueda aprovecharlo, y Tengamos la guerra en paz, donde un muchacho que se está bañando es sorprendido por el fuego enemigo, huye perdiendo compañeros y uniforme, y va a parar, todo desnudo, a un pueblo habitado sólo por viejos enclenques y muchachas casaderas. Los viejos discuten de política, pero ¿van a dejar ahora que la guerra se lleve a este joven, como han tenido que dejar que se lleve a sus hijos?
Y luego, La plaza del diamante, película y serie televisiva, sobre la novela de Mercè Rodoreda que evoca la desdichada vida de una mujer, entre la prepotencia del marido republicano y los patrones monárquicos, hasta su consuelo de viudez con un tullido sin más ideología que hacerle bien al prójimo. Pero lo habitual es que en la mayoría de las películas españolas post-franquistas los republicanos sean hermosas personas, y los de derecha unos asesinos sin justificación. Y que en casi todos los textos se lamenten las muertes de García Lorca y Antonio Machado, pero se ignoren o desdeñen los fusilamientos de artistas e intelectuales de derecha, a manos de las fuerzas de izquierda, que también hubo.
***
Todo este prolegómeno sirve para decir que a esa lista de obras equidistantes, que saben medir la calidad de todas las personas y la crueldad inútil de todas las guerras, se agrega la película Soldados de Salamina, versión libre de la novela homónima de Javier Cercas, que nos llega con dos años de demora, y que relata un curioso episodio de la Guerra Civil Española, cuando un soldado salvó la vida de uno de los máximos líderes del bando contrario. Aquí quería exhibirla, como agradecimiento al cariño que Argentina tuvo por los españoles de aquella época, comentó su autor, David Trueba, al presentarla en diciembre último en Pantalla Pinamar. De entonces data esta charla:
-Ante todo, ¿cómo se llega desde el cine franquista, donde los malos eran los rojos, y el cine de la democracia, donde los malos eran los franquistas, a este punto intermedio donde los republicanos fusilan a los prisioneros de derecha (financistas, sacerdotes, etc.), pero alguien deja escapar nada menos que a uno de los fundadores de la Falange, que además es poeta, y otros luego lo protegen en un bosque?
- Ése, más que un trabajo cinematográfico, ha sido un trabajo de historiadores y de un novelista que le dio forma y difusión, porque el hecho es verídico. Así tal cual se salvó el poeta y escritor Rafael Sánchez Mazas, que además era amigo personal de José Primo de Rivera, el jefe de la Falange Española. Y es un trabajo de equilibrio, ya que los años posteriores al franquismo fueron de celebración y olvido, sobre todo por parte de viejos que sufrieron mucho, o quisieron ocultar cosas, como por parte de jóvenes para quienes hablar de aquella guerra es un coñazo, o una herramienta de uso político.
- Suena parecido a lo que hoy ocurre entre nosotros
- Pero uno debe enfrentarse a sus propias opiniones cada mañana. Por eso ahora algunos intentamos tener una perspectiva más completa, que sirva para la construcción del país, y para entender cómo una nación entera se masacró tres años completos, y continuó esa masacre hasta muchos años después, con crímenes y abusos de matones profesionales, y de señoritos matones. ¿Cómo, hace apenas dos generaciones, llegamos a esos niveles de salvajismo? Sin perder tu opinión personal, nada debe taparte los ojos ante los excesos de toda guerra, porque cuando estalla una guerra se pierden las razones; y España no tuvo una, sino tres guerras civiles.
- ¿Cómo es eso?
- Una, la de la banca, el ejército y la iglesia contra los socialistas y sindicalistas en general. Otra, simultánea, la de los comunistas estalinistas contra los anarquistas y demás libertarios, con purgas y crueldades terribles. Y después, más discreta, la de los franquistas contra los falangistas, con ese mártir de José Antonio, muerto en la cárcel republicana, y que para el franquismo bien muerto estaba, porque su carisma de ultra católico le hacía demasiada sombra al generalísimo. En total, un millón de muertos.
- En la primera lista no puso a los monárquicos.
- En 1936 apenas hay monárquicos, porque nadie tiene buenos recuerdos de Alfonso XIII. Pero Francisco Franco se arroga el papel de regente de la monarquía, y con un paternalismo maravilloso conduce el gobierno durante casi treinta años hasta reinstalar con toda gloria la casa de los Borbones, poco antes de su muerte. Sin embargo, en el origen de ese gobierno está la guerra, cuyo recuerdo a muchos produce alergia, y quieren sepultarla en el olvido, lo que no pueden, porque reaparece enseguida, apenas se rasca un poco. España todavía es un país enfermo, claro que con un grado de enfermedad más llevadero que los anteriores, cuando, para no reconocer una herida, no se la miraba.
- ¿Su película contribuye a curarla?
- Ojalá, pero hoy la función del cine no es cicatrizar esa herida, sino mantener vivo el interés en ella. Por eso cuento esta historia, que me parece emblemática de un país donde se masacraron entre hermanos, pero a veces también se ayudaron. Los ancianos que en su juventud ayudaron a Sánchez Mazas, y que él llamaba los amigos del bosque, fueron reales, y por suerte aún existen, los hemos localizado, y son los que se representan a sí mismos en la película.
- ¿Es cierto eso? ¿No son actores?
- Lo mismo que el hijo de Sánchez Mazas. Y los lugares donde ocurrieron los hechos, como el santuario de Colell, que habían convertido en cárcel, o el bosque donde fusilaron a cincuenta prisioneros, existen, y ahí es donde filmamos. Precisamente eso me permitió tirarme a la piscina, porque es la parte donde la película puede aportar algo distinto de la novela, mostrándolo desde la perspectiva de 2003, con la investigación de una profesora de Gerona que visita esos lugares, y la perspectiva de 1939, con sólo unos pantallazos de cómo habrán ocurrido los hechos. Esto quiero recalcarlo, la película no es de ningún modo una recreación de época, digamos académica. A mí la llamada recreación académica, en el peor sentido del cartón piedra, me tira atrás.
-Perdóneme una pregunta algo impertinente. ¿Es por esa mirada actual, que usted puso una mujer investigadora, en vez de un hombre como en la novela de Javier Cercas.
-Una buena novela, con un punto de vista novedoso, atractiva construcción dramática, y perspectiva contemporánea. Pero la sensación de realidad que provoca en su primera página, cuando el narrador se presenta en primera persona, no podíamos darla en cine con ningún actor. En cambio resultaba mejor mostrar la perplejidad, la distancia inicial de otra generación, recalcando esa distancia precisamente a través de una mujer.
-También agrega una situación medio confusa, con una amiga nueva que le ofrece una visión menos estructurada de la vida y una comprensión menos intelectual de la gente.
-Eso vino como desarrollo del personaje femenino, precisamente para reforzar su impresión de sentirse perdida ante nuevas interpretaciones del pasado, y de las relaciones humanas. Al respecto, la protagonista es Ariadna Gil, mi esposa. A veces me preguntan por qué la elegí. Me gustaría decir que es por su físico, pero para mantener una imagen de persona ilustrada digo que es por su enorme nivel actoral. La pregunta, en realidad, es por qué una mujer de enorme nivel actoral aceptó trabajar con un director tan poco respetable como yo. Ahí también me gustaría decir que es por mi físico.
-La verdad, a usted se lo conoce más como coguionista de su hermano Fernando Trueba, en obras tan buenas como La niña de tus ojos, por ejemplo. A propósito, ahí ya está tocando el tema de la Guerra Civil.
- Sólo tangencialmente, a través de una comedia donde artistas españoles en Alemania deben llevarse bien con Goebbels, que está demasiado interesado en la actriz. El asunto se inspira en cierta anécdota que se le atribuye a Imperio Argentina, y nos hubiera encantado que la película fuera abiertamente sobre ella, pero cuando la fuimos a ver se echó atrás. Según ella, nunca había habido nada semejante en su vida, y además ella ni sabía qué estaban haciendo los falangistas, los franquistas, los fascistas y los nazis, porque estaba demasiado ocupada en su niño y en su arte. Que de lo único que se enteró, mientras estuvo en Alemania, es que su sombrerera judía se suicidó a las pocas horas de la Noche de los Cristales. Después, cuando hicimos la película, se dio un poco por ofendida, pero años más tarde ya estaba contando públicamente aquella anécdota sin ningún problema. Nos habrá desconfiado.
- Volviendo al tema, última pregunta: ¿toda esta historia de Soldados de Salamina contribuyó a revalorar literariamente a Sánchez Mazas y otros escritores de la derecha española?
- Ya un tiempo antes estaban siendo redescubiertos. Los hay buenos. El problema es que para muchos lectores no son demasiado interesantes, o ni siquiera dignos de mención, sólo por cuestiones ideológicas. Eso es como quien se niega a leer a Antonio Machado, por izquierdista, o a su hermano Manuel, por derechista. Pues se lo pierde, ¿qué puedo yo hacer?
Vuelve la mística
La película El regreso marca un antes y después en el cine ruso posterior a la caída del Muro de Berlín. Agotado el viejo régimen, bombardeadas las pantallas por el cine proveniente de Hollywood, fueron escasos los films de interés provenientes de esa gran tradición que brindara nombres del calibre de Serguei Eisenstein, Andrei Tarkovski o Nikita Mijalkov. La opera prima de Andrey Zvyagintsev, un director con antecedentes en la dirección de cortos publicitarios y series televisivas, consigue aunar la brecha abierta por Tarkovski en los años 60 con lo mejor de la tradición hollywoodense.
Un padre del que poco se sabe regresa tras diez años de ausencia en pos de sus hijos para llevarlos a pescar durante un fin de semana. La madre, acepta pasivamente. El mayor de los hijos, Andrei, está ansioso de conocer a su padre y adopta un vínculo capaz de soportar todas las humillaciones con tal de congraciarse con el extraño. El menor, Iván, «terco como una mula» a decir del hermano, opone tenaz resistencia al dominio implacable del padre, dando pie a un duelo de múltiples resonancias e impactante conmoción para el espectador.
Una anécdota tan sencilla se ve enriquecida por los elementos que el director tiene a su disposición. De Tarkovski no sólo provienen los nombres de los hermanos, sino también la determinación y furia que brotan del joven Iván que pueden asociarse con las del personaje del joven espía que se entromete en las líneas alemanas durante la Segunda Guerra, alguien que descree y a la vez desafía a la autoridad, y es la base para la trama de La infancia de Iván, que en 1961 le valiera al director de Solaris el León de Oro del Festival de Venecia, el mismo premio que recibiera Zvyagintsev en el 2003, y el recurso a los elementos naturales una maravillosa zona boscosa al norte de San Petersburgo para crear atmósferas casi sobrenaturales, relacionadas con estados casi místicos. El agua, elemento que simboliza el flujo de la vida en varios films de Tarkovski, enmarca la anécdota y ayuda al desarrollo de la trama. El padre, la primera vez que aparece bajo la mirada de los hijos, está durmiendo en una cama en una pose similar a la del Cristo muerto, obra del pintor religioso Andrea Mantegna. Una foto del mismo personaje aparece junto a una página de la Biblia que recuerda el sacrificio del hijo que se le pidiera a Abraham.
La fotografía, de la cual se han extirpado los tonos cálidos, envuelve a esta búsqueda extrema por el origen ¿es nuestro padre o es un gangster?, ¿de él provenimos? en un entorno surreal que arroja la posibilidad de que todo sea un sueño de los muchachos, que comparten la escritura de un diario íntimo mientras se desarrolla la experiencia.
La imposibilidad de ese padre de comunicarse emocionalmente con sus hijos, sólo lo hace poniéndolos a prueba constantemente a través de órdenes y mandatos un tanto arbitrarios para alguien que estuvo alejado tanto tiempo, nos recuerda la obra de otro maestro del cine nórdico, Ingmar Bergman, con sus personajes desesperados ante la falta de comunicación de un Dios que se les antoja severo y cruel ante lo indescifrable de sus designios.
La tradición hollywodense asoma en el ritmo tenaz impensable en el maestro Tarkovski de esta persecución de una verdad que se develará mera quimera, con los ropajes de un thriller que deja muchos puntos al arbitrio del espectador. ¿Está el padre utilizando a los hijos como cubierta de una operación ilegal, relacionada con hallar una caja en una isla? ¿Es un ex piloto o un gangster? ¿Qué hay dentro de la caja? (Similar pregunta nos hacíamos ante la caja zumbante de Belle de Jour, de Luis Buñuel)
Quizás lo que se encuentre dentro de la caja no sea más que un MacGuffin hitchcockiano, una coartada para gatillar la acción, que desvía la atención de lo esencial: el film narra el rito de pasaje de la infancia a la adultez de dos muchachos, criados por la madre, huérfanos de padre, en un mundo de resonancias míticas acrecentadas por el deslizamiento que se opera en el pasaje de la modernidad urbana al bosque. La aparición del padre hará que la unidad creada entre los hermanos por la madre entre en colapso, recuperándose cuando Iván resuelva utilizar el cuchillo que le robara al padre, sobreponiéndose al vértigo que le producía escalar altas alturas y adoptando el lugar que esa figura tan deseada como odiada ocupara. Hay quienes ven en esta línea de interpretación la situación de la vieja Rusia en la actualidad, acaramelada por las delicias embotadoras del consumismo capitalista, enfrentada a la hipótesis del regreso del viejo orden encarnado en la figura del padre. También los hay que hacen una interpretación de índole religiosa: elementos no escasean que abonen el deseo de una encarnación espiritual que aúne aquello que se ha desmembrado tras la caída del régimen, con el auge de los nacionalismos y la independencia de varias de las repúblicas que integraban la URSS.
También existe la posibilidad de que el padre se halla acercado con la mejor de las intenciones pero dado el nuevo contexto con las herramientas inadecuadas para aproximarse a sus hijos. Tal especulación estaría abonada por el hallazgo de una fotografía escondida en el auto, que mostraría el apego de este hombre árido emocionalmente a su familia. Lo cierto es que mientras los muchachos están bajo el dominio de la madre, el mar se encuentra plácido. Cuando lo hacen bajo la mirada del padre, el mar está encrespado e inestable. El regreso nos dice que la naturaleza es sabia y que no se puede detener el flujo del agua.
Incompletísimo diccionario de Economía
Desde 1992 y cada dos años, con una regularidad que querrían para nuestro calendario electoral muchos politólogos, el economista Juan Carlos de Pablo ha venido publicando un tomo del diccionario que él ha dado en llamar incompletísimo. Como los seis libros anteriores, este séptimo volumen contiene cien artículos breves, en su mayoría de dos o tres carillas, más un ensayo algo más extenso.
Dicha regularidad se explica, no sólo por la productividad que caracteriza al autor, sino porque además él se ha formulado un plan editorial a largo plazo (que lleva cumplidos por lo menos catorce años, como veremos, y sigue vigente). Plan que consiste en organizar, en torno a una idea central y pensando en un objetivo común, artículos o ensayos breves a redactar semanalmente. Cada parte es escrita en forma separada y es completa en sí misma: el bosquejo biográfico de un economista que ya falleció, la descripción ocurrente de un término económico, o la de una relación entre dos o tres términos. De modo que pueden aparecer primero en una publicación periódica: la carta semanal económica suya, Contexto, cuyas entregas contienen principalmente noticias y análisis de la coyuntura, pero en las que De Pablo cuida incluir una biografía o un término o una relación en cada número. De modo que al cabo de dos años ha producido holgadamente el centenar de notas cortas que han de formar una unidad, un tomo del diccionario donde recicla esas partes de su semanario, que fueron inicialmente primicia para los suscriptores.
Con prólogo de julio de 2003, esta séptima prueba de su perseverancia y de su plan de trabajo ha sido compuesta con una centena de notas publicadas en su newsletter durante el bienio previo a esa fecha. Así, la colección suma 68 biografías, que incluyen a Rudiger Dornbusch (Alemania, 1942-2002), Charles Kindleberger (EE.UU., 1910-2003), John Locke (Inglaterra, 1632-1704), Pierre Masse (Francia, 1898-1987), Karl Polanyi (Austria, 1886-1964), Tibor Scitovsky (Hungría, 1910-2002), o compatriotas como Guido Di Tella (1931-2002), Francisco García Olano (1908-1980), Héctor Grupe (1929-1995), Elías Salama (1931-2002) y Teodoro Sánchez de Bustamante (1892-1976). Más 25 términos, desde duopolio, fideicomiso, métodos experimentales, spread, teoría cuantitativa del dinero, el tiempo de quién es oro, hasta economía del cirujeo, y 7 relaciones, como devaluación y aumento de precios.
De Pablo agregó la yapa o adehala proverbial de cada tomo, esta vez titulada La principal enseñanza de David Ricardo. Donde exalta la monogamia del susodicho (casado con una cuáquera a despecho de su padre judío, que lo desheredó) en contraste con las vidas amorosas divergentes de Adam Smith, John Stuart Mill, John Maynard Keynes y Joseph Schumpeter. Ensayo que ha resultado ser el más breve de todos los publicados, e incluso es más corto que las ocho carillas mucho más apropiadas al tema del diccionario de la semblanza del premio Nobel de economía de 1981, el keynesiano James Tobin (EE.UU., 1918-2002), el bosquejo biográfíco más extenso de los 338 que lleva acumulados.
Cabe consignar que entre el ensayo y las biografías hay un listado de los 51 premios Nobel en economía habidos hasta 2002 y una tabla con los datos biográficos de los principales economistas, vivos y muertos. Que contiene el apellido, nombres, país del que es oriundo, año en que nació, año en que murió y el número de años que vivió para los fallecidos (se le olvidó anotar en uno y otra los que ya lleva escritos). Eran 274 personajes en el primer tomo de 1992 (obsérvese que entre vivos y muertos eran menos que los 338 finados sobre los que escribió), pero la tabla ha ido creciendo en cada libro hasta llegar a los 864 actuales. Una evidencia de que es un índice detallado y flexible que le ha servido de plan en los más de catorce años transcurridos, y como tal le demanda expandir la tabla que publica cada dos años para tener holgura en sus investigaciones bibliográficas, con las que produce las biografías.
Los criterios de inclusión y exclusión de la tabla no son revelados. Lo mismo que hubiera hecho el suscrito, cuyo inventario de la subespecie autóctona sería absolutamente distinto. Pues en vez de elegir especímenes contemporáneos que conllevan los riesgos de concitar la disconformidad de casi todo el gremio, por la propensión argentina al desacuerdo, y de despertar el resentimiento de los que se sientan no seleccionados, se habría empezado por incluir gente como Pedro José Agrelo, Dalmacio Vélez Sarsfield (los primeros profesores de economía política de la UBA en 1824 y 1826/1828), Esteban Echeverría, Juan Bautista Alberdi y Mariano Fragueiro, con quienes se logra con certeza, al mismo tiempo y sin espera alguna, la disponibilidad de más insumos locales para expandir el fondo editorial de las biografías.
No figura una lista ex ante de los términos y relaciones en proceso para el futuro, que suponemos razonablemente también debe utilizar como previsión el autor. Quien en cambio se tomó el trabajo de añadir un índice consolidado ex post al final del libro, como viene haciendo desde el segundo volumen. Le deseamos que pueda seguir acumulando para el octavo, en 2006, ceteris paribus.
Sobre poesía argentina contemporánea
INOSHA, poemas de Juan García Gayo
Tiago Biavez, Buenos Aires, 2004, 78 páginas
Hay dolor, hay perplejidad, hay reconocimiento y homenaje a un amor tan alto como abarcador, porque: La única mujer que amo / ha producido en pocos meses / un líquido malvado en la pleura. Y más adelante: A mí me tocó en suerte viajar con personas de cuerpo manso / sobre un mismo delfín. / Cómo orientarse entonces, cómo atrapar la justa medida / en un espacio dado. / Yo amo a Inosha y ella me ama.
La ciudad con sus árboles y sus calles, los objetos de la casa (todo duele), la ternura y la fragilidad propias del amor, la música y la literatura, pájaros e historia, el inflexible deterioro de la enfermedad, helados de chocolate, sueños, pesadillas, caracoles, muñecas rusas, mariposas
todo va llevando al lector a un centro vital y estético admirable (Bendigo el recorrido que termina, sin equipaje, / en una misma estrella).
CASI EN SILENCIO, por Hugo Mujica
Pre-Textos, Valencia, 2004, 62 páginas
Hay una fuerte presencia del límite y de la muerte. Hay una expresión cuidada y precisa que, en su forma descriptiva, recuerda a la poesía oriental. Domina el color blanco y una rara luz, acaso tan intensa cuanto fría. Hay, por momentos, un dejo bucólico (leña, perros, hojas que caen, lluvia y viento).
Mujica es dueño de un tono propio tanto en la poesía como en el ensayo donde el contenido filosófico-religioso siempre va unido a la expresión estética: La voz, no el silencio, / es la desnudez de las palabras.
Aquí, el poeta, sacerdote desnudo y solo, camina por el borde abismal de las palabras, entre noches, hacia un alba imprecisa. La suya es poesía exigente.
ASTILLAS, por Roberto Glorioso
Nuevohacer Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 2004, 99 páginas
El libro comienza, precisamente, con una cita de Hugo Mujica: Un tajo es siempre un tajo entero.
Paciente, observador, sensible, este poeta sabe enfrentar la página en blanco y preparar el espíritu para la iluminación. El horror y la muerte no están ausentes en su afinada escritura (un buitre merodea / lo que nunca alcanza de la fiesta).
Los textos se ordenan según cuatro títulos: línea de fuego, oficio de complicidad, sepia y notas lastimadas. Escribe el autor, conjugando desolación y dominio: Un dios para esta tarde / de domingo. / Para que su aliento a soledad / desmantele grúas / de silencio.
GRIETA DE PENUMBRA, por Carlos Ruta
Jorge Baudino Ediciones, Buenos Aires, 2004, 94 páginas
Toda obra literaria, particularmente la poesía, exige ascética y oficio. Emprender el camino es ya una feliz noticia.
Daniel Santoro: mitos simbólicos
Se podrá o no estar de acuerdo con el simbolismo que Daniel Santoro otorga al mito peronista de Eva Perón y de la imaginada madre de Juanito Laguna. Lo que nos obliga a escribir estas líneas es la indiscutible calidad plástica de las pinturas al óleo y al acrílico de este notable artista. Las épocas se prestan para la confusión y no faltan quienes pretenden y a veces logran interesar a un vasto público a partir de imágenes tan agresivas y escandalosas como intrascendentes respecto de algún credo o anticredo.
No es el caso de Santoro, quien apoyado en las más nobles tradiciones simbolistas de fines del siglo XIX, como el acierto compositivo de Emile Bernard o la evocación de Böcklin y su célebre Isla de los muertos, logra a partir de impecable calidad y densidad plástica establecer ese grado de empatía estética con el contemplador, recordando con Wright que la estética es una forma refinada de la ética. Por momentos también nos recuerda la densidad pictórica del aduanero Rousseau.
Cada mito evocado por Santoro está elevado a ese nivel de transfiguración que exigimos al artista creador. Son vivencias de Santoro elaboradas en la intimidad de su propia conciencia. Ello nos obliga al respeto y a la admiración.
En Galería Palatina (Arroyo 821).
Carlos Alonso y Guillermo Roux, dibujantes
Los humanos dibujan desde épocas cavernícolas, pero no fue sino hasta el siglo XV con Pissanelo y Gentile da Fabriano que el dibujo fue apreciado como arte autónomo. Previamente al servicio de lo pictórico o de propósitos ajenos al dibujo mismo, sin duda se alcanzó alto nivel de dibujo desde culturas como la egipcia o la romana en la que ya se distinguía la diferencia entre delineare (dibujo lineal) y adumbrare (dibujo tonal). Importantes reflexiones nos dejó Matisse en el prólogo de una de sus muestras, donde advierte a los jóvenes que su gran poder de síntesis lineal solo se alcanza tras mucho análisis previo de la forma, cuya esencialidad debe captar el dibujo.
Ejemplo de dibujo lineal es Carlos Alonso, así como Guillermo Roux lo es del dibujo tonal. En esta muestra conjunta nos es dado apreciar la maestría que cada uno de estos creadores ha alcanzado tras largos años de labor. En nuestro país la tradición lineal ha sido la más fuerte a partir de Lino Spilimbergo y de Lajo Szalay. Advirtamos que se trata de una cuestión de acentos, esto es, que lo lineal no desprecia lo tonal ni lo tonal es ajeno a lo lineal.
En el caso de Alonso que alcanzó justo renombre mundial, al punto que sus trabajos para el Quijote comparan con ventaja con los de un genio del dibujo como fue Dalí, su sensibilidad tiene un ingrediente de tragicidad, sin duda resultante de sus experiencias vitales.
Guillermo Roux, sin ceder en profundidad, nos conduce por una imaginería que no es esquiva a lo placentero.
Importa destacar con Ingres que el dibujo es la probidad del arte.
En Galería RO (Paraná 1158).
Una reflexión sobre la exposición de León Ferrari
Mucho se está hablando sobre la exposición de León Ferrari, y los sucesos que se produjeron en su entorno. Lo que sigue pretende ser una reflexión equilibrada sobre la situación.
1. La libertad de expresión es un bien fundamental de la persona y de la sociedad. Y una sociedad democrática debe garantizarla para todos.
2. La libertad humana no es ilimitada, porque el hombre mismo no es ilimitado. Y también, porque hay valores que deben conjugarse y no oponerse para poder vivir bien. Vimos (y/o vemos) sociedades o personas que oponen los valores en lugar de conjugarlos: se sacrifica la libertad en aras de la seguridad; se sacrifica la justicia o la solidaridad en nombre de la libertad; y lo peor de modo aberrante se sacrifican seres humanos en nombre del dinero, del mercado, o del afán de poder.
3. El verdadero humanismo conjuga los valores: busca una sociedad donde la verdad, la justicia, la libertad y la solidaridad se realicen simultáneamente. Ciertamente, es una empresa difícil, pero no podemos renunciar a ella, a menos que queramos socavar los cimientos de la convivencia social.
4. Por eso, creo que es lamentable tanto la irreverencia que algunos ostentan respecto de personas o cosas que para otros miembros de la sociedad son sagradas, cuanto la intolerancia de algunos supuestos cristianos, que parecen que no leyeron en el Evangelio que Jesús nos enseña:
Ustedes han oído que se dijo: «Amarás a tu prójimo» y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo (Mateo 5, 43-48).
5. El fundamento, centro y cumbre del cristianismo es Cristo. El cristianismo no es esencialmente tal ni por San Pedro ni por San Pablo, y mucho menos por Judas Iscariote. Quienes juzgan al cristianismo por los incoherentes o los traidores que pudiera haber en él, usan un criterio tan peligroso como quienes desprecian o rechazan la democracia porque hay políticos corruptos. Los cristianos incoherentes pueden servirles como excusa a algunos para no tener que enfrentarse cara a cara con la desafiante presencia de Jesús. Pero Jesús no admite cómodas neutralidades: El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama (Mateo 12,30). Y no olvidemos que fue Jesús quien acuñó el refrán que dice: no hay peor ciego que el que no quiere ver (cf. Juan 9,41).
6. Por otra parte, me pregunto respecto del problema de la irreverencia y de la ofensa que a veces se ejerce en nombre de la libertad: ¿qué pasaría si en una exposición se faltara el respeto no digo a personas, cosas o signos que son relevantes para otras religiones si no, por ejemplo, a fundadores o referentes históricos de partidos políticos personas que no tienen que ver con una religión pero que son queridas por muchos miembros de la sociedad argentina?
7. Una sociedad democrática es una sociedad donde se garantizan los derechos de todos, y todos los derechos, también el de culto. Una sociedad civilizada es una sociedad donde se cultiva el respeto mutuo, la tolerancia, el diálogo y la solidaridad. Ni esta exposición, ni estos supuestos cristianos que causaron disturbios en ella, son un ejemplo de lo que queremos para nuestra querida República.
Acerca de una exposición
De la muestra del señor León Ferrari sólo tengo información periodística. De ella destaco esta declaración:
el artista dijo que lo obsesiona estar viviendo en una cultura en la que, por una parte, sus mayores exponentes son una exaltación del castigo, los infiernos, y, por la otra, la existencia de una Iglesia que cometió una cantidad de delitos en América y otras partes (La Voz del Interior, 2-XII-2004). Considerando estas palabras, se impone concluir que su obra ha sido concebida por reacción ante dos hechos y únicamente ante dos hechos, ya que los da a conocer limitándolos por las expresiones por una parte y por la otra. Eso permite concluir que existe una acusación-condena explícita hacia una cultura y, en segundo lugar, hacia la Iglesia. Es decir, una referencia que enfoca lo cultural y otra que apunta hacia una denominación religiosa concreta, ya que al hablar de delitos que se cometieron en América se está refiriendo a hechos relacionados seguramente con la colonización de las tierras americanas, quinientos años atrás, y que es enfocada como empresa propia y exclusiva de la Iglesia católica.
La condena de estos dos hechos aparece como el principio motor que lo ha llevado a la expresión artística. De manera que no es ésta el fin de su obra. Lo que tiene en la mira como fin es una condena que se cristaliza en formas artísticas, de las que se vale para manifestar una crítica, conducida a niveles de injuria. Por lo que habrá que decir que el arte no es empleado como expresión suprema del espíritu humano, sino como instrumento de agravio.
Por eso, se podría afirmar que esta exposición en Recoleta no supera el nivel de ciertas manifestaciones de estudiantes que al finalizar el ciclo lectivo en un establecimiento escolar se vengan de las injusticias sufridas con pintadas en los muros: donde se pone de manifiesto el amplio acervo de palabrotas e insultos de que disponen. Bastan una pared y un aerosol, o brocha con pintura, sin necesitar preocuparse de combinaciones de colores y materiales, de dibujos o de formas, y ni siquiera de un lugar para exponer las creaciones.
Pero, en el caso de la exposición que motiva este comentario, hay algo distinto pues la asignación del local se ha efectuado por decisión de un gobierno (el de la Ciudad de Buenos Aires). En varias de las piezas expuestas se da un ataque claro y manifiesto hacia una denominación religiosa bien identificada. Por supuesto, no se trata de la primera vez que ocurre algo similar. Pero lo que sí resulta extraño es que el ataque se acepte como promocionado por funcionarios que se supone han jurado desempeñar debidamente su cargo y obrar en conformidad a lo que prescribe la Constitución, u otra fórmula análoga, pero en la que no puede quedar de lado el obrar en conformidad con ella, como lo tienen incorporado todas las constituciones de las provincias. Y en nuestra Ley Fundamental, al mencionar los derechos de los ciudadanos (artículo 14) se dice: profesar libremente su culto, reiterado en el artículo 20: ejercer libremente su culto.
A estas manifestaciones hay que agregar lo relativo a los derechos humanos que figura en la Declaración Universal y en la Convención Americana sobre Derechos Humanos, textos que tienen jerarquía constitucional para los argentinos, porque han sido incorporados en 1994 a nuestra Carta Magna como parte de ella (artículo 75, inc. 22). De estos documentos, hay varios que conciernen al tema:
(de la Declaración Universal)
Art. 1: Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.
Art. 18: Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión.
(de la Convención Americana)
Art. 13, inc. 5: Estará prohibida por la ley toda propaganda a favor de la guerra y toda apología del odio nacional, racial o religioso que constituyan incitaciones a la violencia.
¿Estarán debidamente informados los funcionarios que definen las políticas de sus respectivas administraciones de todas las alusiones de la Constitución al ejercicio de ciertos derechos? Es como para dudar.
En la exposición aludida se ataca claramente a la Iglesia católica. Pero lo que podría ser un ataque de nivel doctrinario, que significaría ingresar al terreno de las ideas, es una simple mofa de figuras bíblicas, de situaciones o de símbolos tradicionales para los fieles cristianos. Y eso está bastante lejos de crear el ambiente apropiado para que alguien ejerza normalmente su culto, cuando algunos de sus signos son tratados con señalada befa, es decir: con grosera e insultante expresión de desprecio. A lo que hay que agregar que eso se muestra apoyado, avalado y favorecido por una administración oficial que parece ignorar cuál es el clima que debe crear para el ejercicio en paz de cada denominación religiosa, ateniéndose a lo que la Constitución Nacional dispone. Ya sería tiempo de imponer que en las legislaciones de base se estableciera que los funcionarios estén obligados a redactar una declaración en la que aseguren que conocen perfectamente el contenido de la Constitución nacional y de las correspondientes a los Estados federales, según el caso; declaración que tendría que estar registrada y guardada en un archivo ad hoc, al alcance de la consulta de todos los ciudadanos. Ante la realidad de lo que sucede, habría que preguntarse qué es peor: ¿la impunidad de los que no respetan lo que juran, o la ignorancia de los que no saben qué han jurado cumplir?
Volviendo a la exposición mencionada, el artista, contrariando su objetivo principal de mofa, ha producido con una de sus obras un efecto no deseado. Presenta un crucifijo incrustado en un bombardero, con lo que pretendería mostrar un Cristo aliado de guerras y destrucción. Pero el artista no ha advertido que el símbolo no puede quedar reducido a un único sentido. Pues un ser clavado a una cruz, mal puede colaborar en nada, inmovilizado como está, clavado de pies y manos. Se trata de un ser inerme, sin defensa y que puede estar signado a voluntad y agregado al carro triunfal de cualquier vencedor de este mundo, como efectivamente ha ocurrido tantas veces, tantísimas, en el transcurrir de veinte siglos de civilización considerada cristiana.
De tal manera que la empresa no resulta nada difícil para aquellos que en nuestro tiempo se proponen denigrarlo, pues es algo que ya la crónica evangélica consigna en el mismo momento de la crucifixión: los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza, decían: Tú que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz! (Mateo 27,39). Igualmente los sumos sacerdotes se burlaban entre ellos junto con los escribas diciendo: ¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! (Marcos 15,29).
Claro que los que se expresaban así eran sus adversarios. Pero, ¿qué pasaba con sus seguidores, de los que había recibido adhesiones, promesas, planteos decisivos, como Pedro? Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré. Eso es lo que declara Pedro. ¿Y el resto? Y todos los discípulos dijeron lo mismo (Mateo 26,35). De modo que por palabras o por hechos, todos lo negaron.
Con respecto a la muestra aludida, el expositor presenta como algo novedoso que la figura de Cristo crucificado aparezca involucrada en la guerra de Vietnam, como sacralizando la matanza y la destrucción. Sin embargo, si la mirada se extiende retrospectivamente a los comienzos de la historia del cristianismo, surge por ejemplo la figura de Constantino I el Grande, que en las guerras por el predominio en la designación de los Césares, no vaciló en matar adversarios aun cuando se declarase emperador muy cristiano, condición que le daba también según él la facultad de convocar concilios para tratar cuestiones de doctrina. Con un agregado: sólo se hizo bautizar en su lecho de muerte. ¿Y qué decir de sus hijos que no respetaban ni la propia sangre y se mataban unos a otros? El mismo asombro es para los comienzos de la Europa cristiana, en la que los reyes de distintos reinos, coronados en solemnes ceremonias religiosas, se involucraban en guerras interminables cuyos contendedores ostentaban, unos y otros, la cruz en sus divisas.
Así se puede avanzar en las historia de la civilización occidental para encontrar siempre las innumerables y constantes actitudes contradictorias. ¿Qué es este movimiento pendular en el hombre que va de la afirmación de un principio de vida a su contrario de aniquilación?
Es que el ser humano es contradictorio desde el comienzo. El libro del Génesis nos introduce en los primeros momentos de su existencia. Era el rey de la creación. Pero se rebeló: quería ser más. Y aceptó la propuesta del tentador: serán como dioses. El pecado original significa una herida alojada en el corazón humano. Y la venida del Hijo de Dios al mundo ha significado la curación de esa herida. En el plano religioso se habla de redención. Hay que decir que muchas veces resulta provechoso recordar el significado de algunas palabras que se van opacando con el uso. Redención es el acto de rescatar de la esclavitud a un cautivo, mediante un precio que se paga. Los hombres cautivos del pecado fueron liberados por Jesucristo mediante el precio de su sacrificio, que le significó ser llevado a suplicio y a morir. Pero se trata de un sacrificio que el Hijo elige con entera libertad: El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla. Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo (Juan 10,17).
El Hijo de Dios acepta morir para liberarnos del pecado. Pero, además, con su sacrificio restaura la naturaleza humana en el sentido de que, a través del ejercicio de su libertad, el hombre puede optar por el orden que Dios quiere para la creación. Así lo expresaba el antiguo texto del ofertorio de la misa: Dios, que de una manera admirable has creado la naturaleza humana, y la has restaurado de una manera más admirable aún
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Los hombres han sido redimidos y restaurados en su naturaleza por el sacrificio del Hijo. Sin embargo, el tentador no cesa en su acción de captar la voluntad del hombre ya que la libertad humana tiene plena vigencia. De manera que subsiste totalmente la posibilidad de asentimiento o de rechazo. La libertad no es una conquista del hombre: es un don de Dios. Así lo indica su palabra: Él hizo al hombre en el principio y lo dejó librado a su propio albedrío. Si quieres, puedes observar los mandamientos y cumplir fielmente lo que le agrada. Él puso ante ti el fuego y el agua: hacia lo que quieras extenderás tu mano (Eclesiástico15, 14).
La historia humana nos enseña con una ejemplificación abrumadora en qué medida el hombre se empeña en extender su mano hacia el fuego, es decir: hacia la negación empedernida de lo que se le propone como principio de vida en la doctrina de Jesucristo.
Esta pertinacia en el mal es lo que posiblemente haya actuado como disparador de ese pensamiento de Pascal que señala: Jesucristo está en agonía hasta el fin del mundo.
Y ciertamente es así. Sin embargo, podemos decir que tal idea puede ser completada. Porque los cristianos saben, desde los más lejanos tiempos, que existen y se suceden sin pausa los que ponen en juego todo hasta sus vidas por ser fieles a los mandatos de Dios. De tal manera que no es desatinado que, como contrapartida, se pueda afirmar esta otra realidad: Jesucristo está resucitando y dando vida, permanentemente, hasta el fin de los tiempos.
León Ferrari, el mensajero de los buenos
Con la muestra realizada en el Centro Cultural Recoleta, León Ferrari alcanzó un éxito resonante y cumplió todos los objetivos que ambicionaba: obtuvo el apoyo explícito de las más altas autoridades de Cultura del gobierno nacional y del gobierno de la ciudad, inspiró solicitadas y proclamas a favor y en contra de la censura, recibió aclamaciones y condenas en la calle y generosos espacios en los medios gráficos y en la red, motivó denuncias judiciales y numerosos cables de las agencias de noticias y provocó una ardorosa polarización de las opiniones.
Sin embargo, al disiparse la polvareda, una pregunta quedará flotando en el aire: ¿qué misteriosos resortes tocó León Ferrari para provocar semejante alboroto con algunas figuritas de santos y unos pocos elementos de cocina?
Desde el punto de vista artístico, resulta claro que su principal trabajo creativo se redujo a la recorrida de santerías y casas de electrodomésticos, ya que el paso final de instalar sus compras en el Centro Recoleta algo tan simple como volver a casa con las bolsas del mercado, casi no merece ser tomado en cuenta.
¿Cómo lograron esas banalidades, cuyo supuesto valor artístico sólo existe en el afiebrado imaginario conceptual, calentar de tal manera las pasiones si, en rigor, no merecen más que un encogimiento de hombros?
Cae de su peso que el argumento de la creación artística no explica nada, desde el momento en que esa clase de imposturas no tiene ninguna relación con el arte inteligible y racional que demanda el gran público. Sostenida sobre la base de un dogma autoritario que vació de contenido a las principales ferias, bienales e instituciones artísticas de Occidente, la impostura conceptual es una retórica previsible y vacía que sólo cosecha indiferencia.
Para ilustrar con mercadería de primera mano los mecanismos de la impostura en el arte, nada mejor que estas declaraciones de León Ferrari, tomadas de una entrevista que se publicó en el suplemento Espectáculos del diario La Nación (31/03/04):
Yo no soy músico, ni lo pretendo, por eso me da cierta vergüenza presentarme acá, en el Colón. De todos modos, me gustaría que los compositores se interesaran en esta forma de producir sonidos con estas 60 barras de 4 a 15 metros de altura que, al moverlas, hacen un ruido infernal. (…) La música tiene reglamentos muy rígidos, que exigen un estudio exhaustivo. En las artes plásticas, en tiempos de la figuración, también era necesario conocer ciertos reglamentos. Pero después, mucha gente como yo hace arte sin haber estudiado. De modo que esto sería equivalente a hacer música sin ser músico.
Hacer arte sin ninguna formación artística, hacer música sin ser músico: queda claro que el nivel de autoexigencia de León Ferrari no es demasiado alto. Al parecer, su natural predisposición hacia la sabiduría lo eximió de cualquier aprendizaje. No obstante, visto desde una perspectiva tal vez un poco prosaica, nos parece lamentable que León Ferrari no haya emprendido en algún momento de su vida el estudio de algún reglamento para fortalecer los llamados de su vocación, habida cuenta de que fue contemporáneo de muchos de nuestros grandes maestros de la pintura.
Pero lo cierto es que el éxito de su propósito escandalizador no tiene nada que ver con los problemas artísticos. En realidad, el revuelo causado sólo obedece a las sugestivas señales que León Ferrari dirige a la intelectualidad de izquierda, un sector que ambiciona mantener con vida las confortables convicciones ideológicas de los viejos buenos tiempos, aquellos en que se anunciaba la inminente caída del capitalismo y el triunfo final de ese mitológico socialismo que los progresistas prefieren amar desde lejos.
Esa habilidad de León Ferrari, conocida como arte político, consiste en la demencial arbitrariedad de seleccionar, entre las innumerables iniquidades que jalonan la historia mundial, sólo las producidas por la Iglesia católica, para fabricar de esa manera una historia hecha a la medida de los buenos progresistas, quienes reciben así el mensaje que deseaban escuchar: el bien y el mal están muy bien separados en el mundo y ellos son los buenos y los dueños de la superioridad moral, a pesar de los vientos adversos de la historia.
En resumen, el cristalino mensaje de León Ferrari, diseñado para garantizar el confort espiritual y la eliminación instantánea de los sentimientos de culpa, se sintetiza en una frase: los malos siempre son los otros.
Por cierto, dada la abundancia de intelectuales progresistas proclives a la firma de solicitadas y capaces de defender las ideas mediante la escritura y la argumentación racional, cabe preguntarse por qué tuvo que ser un supuesto artista plástico el encargado de transmitir la buena nueva mediante sartenes, tostadoras y muñequitos; pero sería una pregunta ociosa: el motivo obvio es que la ceguera ideológica tiene tan poca coherencia y tan escasa racionalidad que no puede ser argumentada; por eso se prefiere exteriorizarla a través de símbolos y descalificaciones.
Es una gran felicidad creer, como cree la candorosa claque de León Ferrari, que para eliminar el hambre y la injusticia bastará con hacer desaparecer del planeta a la religión católica y a los Estados Unidos de Norteamérica. Es bueno creer que hay una censura mala, que es la censura neoliberal, y que hay una censura buena, que es la censura castrista, necesaria para enfrentar la agresión imperialista. También es bueno creer que las dictaduras son malas si son de derecha pero impecables cuando son de izquierda, y es igualmente bueno creer que sólo los progresistas porque aman la igualdad y la justicia merecen expresarse políticamente y clamar por sus derechos, en tanto que los despreciables católicos y neoliberales no deben ser escuchados.
Sentirse los únicos depositarios de los buenos propósitos es muy bueno para la autoestima: provee un gratificante sentimiento de superioridad y fortalece la embriagadora sensación de que la sociedad está compuesta por dos clases diferentes de seres humanos: por un lado los que cuentan, los buenos, los desinteresados progresistas, y por el otro los miserables de la derecha, cuya principal función en la vida es conspirar contra el pueblo.
Esta diferenciación de la sociedad en categorías humanas de distinto valor no es un hecho nuevo: en los terribles tiempos de la rabia ideológica, Hitler, Stalin y Mussolini, cada cual a su turno, postularon ideologías que sacralizaban a una raza o una clase superior. Los arios, los proletarios o los fascistas, según el caso, debían ser la base privilegiada para la construcción de la sociedad perfecta del futuro.
Hoy parece ser el turno de nuestros buenos progresistas, quienes reintroducen el modelo de la clase superior basados en sus inmejorables propósitos, y de ese modo se deslizan sin sospecharlo hacia el fascismo de izquierda: un fascismo supuestamente edificante y lleno de buenas intenciones, pero tan intolerante, antidemocrático y perverso como cualquier otro fascismo.
Sin embargo, hay que destacarlo, no todos los progresistas optan por elegir la ceguera ideológica y la altivez del fascismo de izquierda como su domicilio definitivo. En un diálogo organizado por el diario La Nación (9/12/04), la pensadora Beatriz Sarlo hizo algunas declaraciones que la hacen merecedora de ese título: Había intelectuales que apoyamos participando o no la lucha armada, y los derechos humanos de nuestros enemigos y la democracia no nos importaban nada.
El participando o no merece ser comentado porque incluye a los miles de jóvenes que sí participaron y perdieron la vida sólo para contribuir al debilitamiento de las instituciones democráticas y facilitar la instalación de la dictadura militar. Esos miles de jóvenes fueron incitados y apoyados por las armas y el dinero del castrismo y por el odio ideológico que muchos, muchos progresistas de izquierda entre ellos León Ferrari contribuyeron a sembrar, mientras se cuidaban muy bien de participar en la violencia. Fogoneros del odio, lo predicaron sin exponer el cuerpo, lo cual debería dar mucho que pensar acerca de la tan mentada responsabilidad de los intelectuales.
Sarlo también dijo que hemos hecho una profunda autocrítica de las ideologías que nos llevaron a las luchas políticas de los 70.
No cabe duda de que la valentía moral de Beatriz Sarlo merece ser saludada, ya que hasta el momento los personajes representativos de la izquierda revolucionaria de los 70 con la excepción de Beatriz Sarlo y Patricia Bullrich no han formulado autocrítica alguna ni pedido perdón a la sociedad por los vientos de odio que contribuyeron a sembrar, como sí lo hicieron la Iglesia católica y las Fuerzas Armadas.
Lejos de ello, la censura, la adulteración de la historia y la altanera pretensión de monopolizar la verdad y la justicia conforman la cara que el neofascismo de izquierda sigue presentando a la sociedad, en línea con la muestra de León Ferrari, quien sigue agitando las banderas de la intolerancia y el odio ideológico.
Tal vez por eso, Beatriz Sarlo también opinó que la izquierda política actual es una catástrofe.
Hasta el momento, en efecto, nuestros buenos progresistas se afanan por demostrar que no han aprendido nada. Al parecer, de nada sirvió la sangre que contribuyeron a derramar. Sin embargo, no todo está perdido; la posibilidad de luchar contra la tentación totalitaria que anida en todos los corazones humanos es una puerta que siempre está abierta: basta con retirar el pedestal de la altanería, atreverse a decir me equivoqué y ofrecer las disculpas del caso. Ese gesto de humildad es necesario para permitir que el país real, donde no existe ningún grupo moralmente superior al resto y donde todos los seres humanos somos irremediablemente falibles, imperfectos y pasajeros, logre disminuir el nivel de intolerancia y avanzar hacia la reconstrucción plena del tejido social.
El arte y el agravio
En Europa, no pocas veces la Iglesia requirió de las artes plásticas y de la música para evangelizar. Consecuentemente, fomentó las artes desde los tiempos románicos. El arte nos dejó ejemplares enseñanzas a través de Fra Angélico, Cimabue y Giotto. En el Renacimiento, Paolo Ucello descubre la perspectiva, se helenizan las imágenes y la pintura toma vuelo jerárquico. La Iglesia cobijó en su seno a grandes maestros como Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci, Mantegna, Benvenutto Cellini, conociendo sus miserias personales, y el papado de la época se pronunció defendiéndolos, argumentando que artistas como ellos no había muchos, dispensándoles toda protección. Entre los renacentistas germánicos, quien analice El Jardín de las Delicias de Jerónimo Bosco, o Bruegel padre e hijo, encontrará agravios contra el clero, como el que lea a Rabelais, que fue fraile. La tolerancia religiosa frente al artista debería ilustrar en el caso León Ferrari.
Desde los tiempos modernos hasta la era contemporánea, la plástica se ha secularizado y la Iglesia ha compartido el mecenazgo con los nuevos protectores, reyes y luego los grandes burgueses. Todo creador tiende a exaltar el sentimiento de su propio valer, endiosándose, porque solamente de esta manera puede crear. El plástico, quizá más que otros, porque su obra es visual, de fácil lectura y popular reconocimiento. En Las Meninas, Velázquez es el centro de la escena. En El entierro del Conde de Orgaz, el Greco se retrata con su hijo entre los prominentes participantes del entierro. Goya ridiculiza a los reyes que pinta y, hasta desfachatadamente para su época, presenta desnuda a la Duquesa de Alba. Quizás la mejor obra de este período sea El fusilamiento del 2 de Mayo. El sufrimiento heroico del pueblo tiene majestad suprema en este cuadro. En cambio, su Cristo Crucificado, rozando lo agraviante, casi ausente de sufrimiento, regordete y rubicundo, bien se nota que fue pintado por encargo. Las pinturas de la iglesia de San Antonio, donde está enterrado el genial baturro, mejoran su relación eclesiástica. Su obra valiosa comienza con El entierro de la Sardina, enunciando lo goyesco.
La iconoclasia apareció como el espíritu regente del arte en casi todas sus manifestaciones durante el transcurso del siglo pasado y continúa hincándole el diente al presente. Picasso, Tristán Tzara y Duchamp en las artes plásticas, Schönberg y su pléyade en la música, alterando el pentagrama, Joyce, Brecht y Saramago en la literatura, y otros tantos en la poesía, la fotografía y el cine.
La Primera Guerra Mundial acreditó el desencanto humano, ocasionándole un lacerante dolor, desangelándolo, y llevándolo a reacciones viscerales, baldías de ética y racionalidad. Así vivió en su anegado mundo, menguando su fe y esperanza. Estos períodos de la historia sin dueño suponen un alto riesgo humano, porque cualquier pasión o liderazgo promisor los abroquela y conduce cegados hacia el líder. Las ideologías fascista, comunista, nacionalsocialista polarizaron a la vastedad humana, perdida en el fango. La Segunda Guerra Mundial fue su consecuencia.
Tanto el hombre adocenado como el artista acusan su dolor desde los instintos más primitivos y los sentimientos más bastos, con conductas insurrectas y subversivas.
Los religiosos que concebimos un orden divino, reaccionamos frente a sus pruebas dando testimonio, aceptando sus designios, sin olvidar que la fe es un don que no todos poseen y que la oración es un medio que Ds toma en cuenta. Con mayor autoscopía limamos nuestros exabruptos con ahínco y denuedo, fomentando la prudencia, pretendiendo manejar la visceralidad con racionalidad simultánea. Nos obligamos a no vivir ausentes del momento circundante, vigiles al autoritarismo que se cuela por nuestras entrañas. Afirmamos de esta manera nuestro propio valer a través de nuestros actos, cultivando los valores que aprendimos en las diversas aulas de los credos destinados por Ds. Vivimos más ordenados y satisfechos con nosotros mismos, queriéndonos más. Quererse a sí mismo, respetarse siendo más dueño de sí, es la primera premisa del mandamiento amarás a tu prójimo como a ti mismo, que Moisés recibió en el Sinaí. Para amar a mi prójimo, debo primero amarme a mí mismo. El autoanálisis riguroso sin autoconmiseración, llegando hasta el hueso, con la enmienda que nos exigimos para evitar la ofensa al prójimo, nos fragua más piadosos. Nada de lo humano me es ajeno. Eso no nos da razón para creernos mejores que los descreídos agnósticos o ateos. Al contrario, nos exige comprenderlos más, porque todos poseemos una mano derecha y una mano izquierda. Cultivando este predio nos fortalecemos en el sentimiento de nuestro propio valer, y andando por este camino comenzamos a sentir el ejercicio de los sentimientos transitivos, imprescindibles para establecer la filosófica postura de Martin Buber entre el yo y el tú. Camus, con iluminada claridad, nos susurra el otro es mi prójimo. León Ferrari es mi prójimo.
Orar las preces enseñadas por los distintos credos es nuestra obligación frente al vandalismo. La preces sólo son comprendidas y valoradas por las personas religiosas que sentimos fervor por el Creador. Este sentimiento gratuito, transitivo, es patrimonio del que pudo superar el primer misterio religioso, el de tener fe en alguien que nunca vio, Ds. Este don es una gracia, como los talentos que nos dio, que debemos laborar con rigor constante hasta nuestra muerte. Tomémoslo en cuenta y obliguémonos a respetar al desposeído de fe. Al agnóstico que duda, que cree a veces que las afinidades proteicas de la físico-química genética develarán científicamente el misterio de la creación. La ciencia es otro camino de revelación, y a través de todos ellos conoceremos la verdad.
Para darle mayor claridad a lo expuesto, debo tomar un sendero evitando los atajos, recurriendo a una explicación estructural de los sentimientos humanos. Según Lersch, los sentimientos se estructuran en la personalidad, estratificándose de acuerdo al grado de evolución que alcanza el ser. En el hombre primitivo, el sentimiento casi no se elabora y su reacción a un estímulo de dolor es casi inmediata y ciega. Este nivel de reactividad primitiva adhiere o rechaza con la misma intensidad, casi no analiza lo que sucede. Por eso le es fácil cobijarse en un líder que culpa a terceros como explicación única. En el segundo nivel, según su apertura de conciencia al mundo, alcanza valores que pueden ser científicos, sociales, políticos, morales, religiosos, económicos. Cultiva su racionalidad y desarrolla la valoración de sí mismo. Elabora explicaciones personales que lo desvinculan del estrato anterior. En tercer término, surge el sentimiento que le permite agruparse con su prójimo. El sentimiento transitivo le posibilita trascender su yo para vincularse con su prójimo, dejando atrás al primero y segundo nivel, para entrar en el último, cuyos sentimientos pueden dar saltos cualitativos. El salto de fe hacia el numen. Lo santo, una categoría superior a él, con la que no se podrá comunicar directamente, por no ser humana. La obediencia a lo numinoso lo obliga a orar en señal de sometimiento e impetración simultáneamente.
La enseñanza que nos deja el agravio de León Ferrari es, entre otras cosas, la nueva conciencia que a partir del Concilio Vaticano II abrió las puertas al ecumenismo, y hoy vemos en unión religiosa a los musulmanes, a los judíos y a los católicos frente a la ofensa a los símbolos sagrados de un credo. El rabino Abraham Skorka, director del Seminario Rabínico Latinoamericano, se pronunció, en unión con los musulmanes y los cristianos.
León Ferrari es, sin duda, un gran artista, ateo, que se expresa como uno de los tantos iconoclastas. Su conducta alborotadora es muy lejana a la beatífica de Juan XXIII, de Teresa de Calcuta, del papa Juan Pablo II, de Elie Wiesel, Viktor Frankl, y otros tantos judíos que pasaron por la Shoá.
Todo artista debe expresarse libremente, y acallar su voz es ahogarlo, matarlo, pecar contra el Mandamiento. No nos enceguezcamos. Desterremos el totalitarismo que llevamos dentro. Comprender es perdonar y juzgar es condenar.
León Ferrari expuso en diciembre en el MALBA una muestra antológica de artefactos para dibujar sonidos. Cabría preguntarse si el curador de la muestra retrospectiva en el Centro Cultural Recoleta, tan diferente de ésta, no sería el responsable del caso. La crítica y curadora de la segunda muestra es de primera agua.
La Dirección del Centro tiene el derecho de hacer una muestra retrospectiva de uno de nuestros artistas epónimos. Que un artista ateo se mofe de nosotros haciendo escarnio de lo que veneramos le atañe a él, pese a tremular las fibras de nuestra entraña. Ds lo perdone, debe ser nuestra respuesta ante un artista apóstata que no respeta la fe del hombre, aunque la indignación nos arranque lágrimas.
Podemos reprobar su conducta personal, pero respetar su arte. Recordemos que la música de Wagner acompañó a las cámaras letales a millones de personas. La música wagneriana tiene valor intrínseco, diferenciándose de la ideología de Wagner y de quienes la utilizaron diabólicamente.
El respeto por el hombre es el supuesto básico de la hermandad humana. Quien respeta solamente al que comparte sus ideales y abomina a los contrarios, es un déspota.
León Ferrari hizo declaraciones periodísticas sobre la conducta de la Iglesia en tiempos de las Cruzadas, de Isabel la Católica, de la Inquisición y el manejo de Pío XII durante la Segunda Guerra Mundial. Atizar sobre circunstancias admitidas por la Iglesia, por las que en algunos casos Juan Pablo II pidió perdón, y no querer aceptarlo, es incurrir en el pecado de soberbia. Aceptar el perdón sincero hermana a los hombres, terminando con los rencores eternos, aunque reconozco que aceptar el perdón no es olvidar.
Los religiosos entroncados con el monoteísmo ético, judíos, cristianos y musulmanes, sufrimos el agravio de León Ferrari, pero es pega suya, no nuestra. Reaccionar con violencia frente a la muestra es una irracionalidad inaceptable, considerando que la Dirección del Centro advierte al visitante que la misma puede lesionar al creyente. El hombre de fe, que así advertido la visite, encolerizándose por lo que ve en ella, que cargue en su conciencia con la responsabilidad, con el venial pecado impertinente y no descargue su ira sobre las obras.
El cardenal Bergoglio tomó el acontecimiento con sabiduría y prudencia.
Nos queda por recordar que el amor genera amor, la agresividad, agresividad, el odio, odio, y las palabras del salmista: Ds es mi roca, estoy a su lado, nada temo y de la Santa de Ávila Nada te turbe, nada te espante, Ds no se muda, la paciencia todo la alcanza, quien a Ds tiene, nada le falta, sólo Ds basta.




