Revista Criterio
Abril 2005
Nº 2303 » Abril 2005

El Uruguay de Carlos Maggi

por Poirier, José María · Comentar 

Presenciar en Montevideo la asunción del presidente Tabaré Vázquez constituyó, además de participar de una multitudinaria y contenida fiesta popular, una ejemplar clase de civismo. Dejaba el poder el colorado Jorge Batlle y lo tomaba el líder electo del Frente Amplio, un médico oncólogo de humildes orígenes y de impecable presencia, sin que esto significara ninguna insinuación de crisis institucional. En su discurso ante una plaza colmada y serena, el nuevo presidente –que lleva el emblemático nombre del charrúa mestizo del poema de Juan Zorrilla de San Martín– jamás usó el énfasis ni las frases de barricada. Antes bien, sus palabras y el tono elegido fueron de gran moderación y de continuidad republicana.

 

De las muchas personalidades presentes, entre los latinoamericanos descollaban el chileno Lagos y el brasileño Lula. El venezolano Chávez, con su incontinencia verbal, parecía sacado de una novela de García Márquez.

 

Tuvimos ocasión de conversar largamente con el escritor, periodista e historiador Carlos Maggi (82 años) en su tranquila casa de Las Toscas. Militante del Partido Colorado, a comienzos de la década del 70 fue uno de los fundadores del Frente Amplio, del que luego se alejó. Autor de numerosos libros, sigue actuando tanto en el periodismo como en la vida pública.

 

En la anécdota que refiere para iniciar la charla recuerda el encuentro entre el general Medina y el escritor tupamaro Rosencof con ocasión de una iniciativa humanitaria a favor de los chicos subalimentados, cuando “el aire se cortaba en finas rodajas”. Finalmente, Rosencof –que había sido “coronel” del grupo guerrillero– para bajar la tensión del momento le dijo a su interlocutor más adverso: “aquí estamos trabajando general, usted y yo, y un grupo de civiles”. El clima de la reunión dio un vuelco, para bien de todos. Por encima de historias personales, ideologías y años de enfrentamientos y cárcel, “contaban los botijas, un tema de todos los uruguayos”.

 

Y ¿cómo ve al nuevo presidente este veterano batllista? “Muy bien, y me desdigo de mucho de lo que he dicho de él durante años. Si este hombre sigue así, yo me seguiré desdiciendo encantado”. Afirma que Tabaré fue siempre un opositor férreo y zigzagueante –usará ese término en más de una ocasión–, buscador de las oportunidades en el largo plazo.

 

¿Algún temor? “Temo por Tabaré a veces, temo que se deje tentar por el peronismo y salga para cualquier lado, porque el peronismo, como todo el mundo sabe, lo tolera todo, pero finalmente es un quiebre moral, una prostitución de las conductas”.

 

Cuando en Montevideo se habla de las “dos últimas crisis”, la gente se refiere a la devaluación del real en Brasil en 1999 y al colapso argentino de diciembre de 2001 y enero de 2002, que les quebró la banca. En un país pequeño y ampliamente consciente de su dependencia del exterior, las crisis de sus dos grandes vecinos y socios del Mercosur tienen repercusiones gravísimas.

 

Para Maggi, Uruguay no supo cambiar con los tiempos: “todo aquí está todavía en manos del Estado, electricidad, agua, correo… hasta la mitad de los bancos”. Aclara que cuando se habla de privatizaciones, la Argentina es el peor ejemplo porque “vendió a la marchanta”. Él piensa en Chile, en España, en Holanda, en Nueva Zelanda. En su opinión, el gobierno de Jorge Batlle no fue suficientemente decidido en este aspecto. Ahora el ministro de economía del Frente, Danilo Astori, es la figura clave: sabe de pragmatismos y de mesura. El escritor cita al polémico sacerdote brasileño Frei Betto, que se distanció políticamente del presidente Lula argumentando que no lo hacía porque éste se equivocara, sino porque él quería seguir presionando desde la izquierda: “los gobiernos son como los porotos, funcionan en la olla a presión”.

 

Hoy, según Carlos Maggi, toda revolución verdadera debe ser sumamente responsable y pasar a través de los intersticios del sistema.

 

¿Qué futuro tiene el partido Colorado? “Un futuro negro. Hay síntomas terminales en los partidos tradicionales, que fueron gradualistas lentos y deslucidos y hoy carecen de propuestas y de alegría”.

 

¿Podrán resucitar? “Primero hay que morir… después se verá”. Para él, éste no es el primer gobierno de izquierda, el primero de esa tendencia lo encabezó José Batlle y Ordóñez. El de Tabaré tampoco es un gobierno muy izquierdista, porque nada sustancial cambiará. La gran ventaja es que casi no tiene oposición, o al menos no tiene la oposición del Frente Amplio.

 

El general Líber Seregni es recordado como “un hombre extraordinario”, aunque se haya distanciado en su momento de él.

 

Se trata de una larga historia. “Uruguay salió de la Segunda guerra mundial lleno de divisas, pero con un panorama terrible: Inglaterra había dejado de ser nuestro gran comprador, nos esperaban tres décadas de estancamiento y la dictadura militar. Terminamos aislados del mundo”.

 

Una generación literaria

 

Carlos Maggi pertenece a la famosa generación del 45, la que se corresponde a los años europeos de posguerra. Es la de los Emir Rodríguez Monegal, Carlos Real de Azúa, Manuel Maneco Flores Mora, Mario Arregui, Idea Vilariño, Homero Alsina Thevenet, Mario Benedetti… Una generación crítica y creadora, como dijo Ángel Rama, pero con un grave inconveniente: no dejó descendencia.

 

¿Por qué? “Porque después vinieron los iracundos de los años hippies y los enamorados de la Revolución cubana”.

 

La generación del 45 respetaba a pocas figuras anteriores; entre ellos: Felisberto Hernández, Juan Carlos Onetti y Paco Espínola.

 

Si estamos en temas literarios se impone una pregunta: ¿Por qué pasó tan inadvertida la figura de Felisberto Hernández (1902-1964), junto con Onetti uno de los escritores mayores de Uruguay?

 

“Pasa que tú no lo conociste sino a través de su obra –afirma Maggi–, Felisberto era un estrafalario, un gran escritor no hecho para vivir, nunca iba a trabajar, era genial, macanudo y raro, dormía largas siestas en casa de su madre y sus permanentes chistes llegaban a resultar insoportables (“el arroz me hace mal, me llena la boca de granos”), se casó tres veces y siempre con las mujeres equivocadas, la timidez le imponía buscar confirmación de su propio valor en otros escritores, fue el principal enemigo de su literatura magnífica, él mismo trazó su destino”.

 

¿Y Mario Benedetti, cuya poesía a nuestro entender no merece tanto elogio? “Acaso la suya no sea una gran literatura trascendente, pero refleja su alma clara y sencilla, su manera de ser. No es un hombre del montón, es alguien que vale mucho, nadie le regaló nunca nada y él se impuso solo en el mundo”.

 

¿Y qué decir de Eduardo Galeano, el de las venas abiertas…? “Viene después. Es fundamentalmente un hombre político, brillante y precoz, sobresalió desde muy joven. Galeano no actuó en política sino que escribió sobre política. Lo considero un hombre inteligente y honesto”.

 

Los desencantos latinoamericanos

 

Carlos Maggi considera que el ascenso de la izquierda al poder en América latina no es un fenómeno original. Existe en muchas partes del mundo. La izquierda puede hacer lo que hace porque no tiene a la izquierda en contra. Los cambios son inevitables, pero por ahora no hay sustitutos al liberalismo. Se trata de reformas dentro del sistema.

 

“Yo detesto al liberalismo, pero no hay otras opciones en la actualidad. Preferiría salidas más anárquicas y humanas, pero no existen. Se descalabró el mito del marxismo. Hoy prevalece una izquierda domesticada. Los gobiernos socialistas europeos tratan de mejorar lo que pueden del capitalismo liberal. No hay nuevas doctrinas. Todo lo que queda es aplicar soluciones liberales con un cierto espíritu de izquierda, es decir con solidaridad con cierta generosidad, con algo de misericordia…”.

 

Pepe Mujica, legendario personaje, ex tupamaro y actual senador tiene frases tan originales como afirmar que el gobierno “también es ternura”. O decir: “El gobierno no tiene que estar sólo en lo económico-político, sino también en los problemas filosóficos”.

 

Maggi agrega una desencantada reflexión: “Le envidio la ingenuidad; Pepe sigue creyendo en la utopía, mientras nosotros nos encontramos en un continente a medio hacer, con un grave déficit cultural y llenos de inexplicable orgullo”.

 

¿De qué orgullo está hablando? “Del orgullo que heredamos los hijos de España, con los defectos de todos los desterrados de Europa. Necesitamos un baño de humildad y de cultura, porque todo proceso político es consecuencial”.

 

¿Y qué es la cultura para este intelectual? “No es la radio o el cine, y mucho menos la televisión (en su momento fue director de la televisión estatal). Cultura es poder dar respuestas a cada uno, es encontrar cada vez la respuesta más adecuada, es vivir regidos por un código moral”.

 

¿Se puede hablar del nuevo papel de Uruguay en el contexto latinoamericano? “Primero hay que preguntarse si Uruguay es un país o una estancia con tres millones de personas. Hay que preguntarse si tiene vocación de país, con una historia tan breve y contradictoria, sin tradición. Ser república no es cosa fácil. Y toda Latinoamérica está así.

 

Nos despedimos de Carlos Maggi y él sale a la calle para indicarnos el camino más corto hacia el centro. Es un día de sol. “Hasta en esto tiene suerte Tabaré –dice riendo–, mañana lo va acompañar el buen tiempo”.

 

* * *

 

Llegado a la avenida 18 de Julio, donde es advertible el ánimo alegre de la gente por la calle, y antes de ir a la ciudad vieja hasta el Museo de Torres García o tomar un café en la plaza de la iglesia matriz, entro en algunas librerías y casas de música. Imposible conseguir las canciones de Jorge Drexler: se agotaron con el premio de Hollywood a su tema en el film Diarios de motocicleta. Al día siguiente, en su brillante discurso público, el nuevo presidente le dará las gracias personalmente al músico y cantante. Algunos de los libros que dominan las mesas son ensayos políticos, biografías y entrevistas. Sobresalen: Conversaciones con Tabaré Vázquez de Carlos Liscano (Ediciones del Caballo Perdido, Montevideo, 2003), Mujica de Miguel Ángel Campodónico (Editorial Fin de Siglo, Montevideo, 2005) y El correo del General, correspondencia de Líber Seregni a su esposa (Aguilar, Montevideo 2004). En materia literaria, mucho se habla de la última novela de Tomás de Mattos que se titula La puerta de la misericordia (editada en Buenos Aires este año por Suma de Letras), otra de Mauricio Rosencof, El enviado del cielo (Alfaguara, Montevideo, 2004) y una serie de cuentos de Eduardo Galeano: Bocas del tiempo (América Latina, Montevideo, 2004). Entre los jóvenes me señalan una obra de José Alfredo Lucas, Clandestino (Ediciones La Gotera, Montevideo, 2004), y otra de Gabriel Sosa que parece escrita a propósito para la ocasión: Qué difícil es ser de izquierda en estos días (Planeta, Montevideo, 2004).

  

 

 


Una forma de enriquecerse

 

Me he dedicado a detectar a algunos tipos en la derecha, quizás una docena, que piensan. Es que hay unos cuantos muy lúcidos. Y yo me dedico a seguirlos porque son tipos con los cuales aprendo. Hay un montón a los cuales sólo les digo “buenos días” o “buenas tardes”, “¿cómo le va?” o “¿anda bien?”, tampoco hay que pelearse inútilmente con la gente, pero hay otros que, lúcidamente, con otra perspectiva, me muestran problemas que yo no veo. Y eso es lo lindo de la cosa. Es una forma de enriquecerse. Y todavía es más, es una explicación de porqué duran tanto. Lo blanco y lo negro son abstracciones simplificadoras, la cosa siempre está medio entreverada. Esos tipos que valen y que trabajan en el seno de la derecha son quienes, en alguna medida, han contribuido a asegurarle la permanencia. Si hubieran sido tan absolutamente negativos, hubieran sucumbido. Entonces, hay que respetar esa inteligencia.

 

Jorge Batlle es un político hábil, pero bolacea mucho. Políticamente es un capo, es rápido, está muy informado y es contradictorio. De todas maneras, de las primeras figuras que andan por ahí en la cosa, es la de más fuste. Me refiero a todos esos que se postulan a la presidencia por la derecha, de ellos sin duda es el que tiene más cuerpo. Pero, lamentablemente, no puede zafar de la politiquería.

 

                                                  Consideraciones de José Pepe Mujica

 

 


Generar esperanza

 

Cuando me ofrecieron la candidatura a la presidencia vi que, como tantas veces en la vida, allí había un desafío para mí, uno nuevo. Yo me sentía con mayor conocimiento de cuál era la realidad de los uruguayos… No de los uruguayos que más tienen sino de los que menos tienen. Los conocía mejor, podía interpretarlos mejor, y podía ejercer la presidencia para mejorar la situación de los que menos tienen. Porque hay otras cosas que son necesarias para ser presidente. En La Teja no había saneamiento, por ejemplo. Yo sé lo que es eso. Sé lo que es no tener agua corriente. La canilla pública era una institución en el barrio porque no había agua corriente. Algunos tenían agua y otros no porque a los que decidían sobre eso no se les ocurría poner unos metros más de caño para distribuir el agua. Había agua hasta cierta calle, y más allá no. Había una canilla en Benito Riqué y Humboldt y hasta los caballos iban a tomar agua en la canilla. Los caballos abrían la canilla…

 

Pensar así, pensar en la gente, en mi experiencia de la vida, me hizo sentir con posibilidades reales de poder ayudar a cambiar la situación de los que menos tienen, de los trabajadores, de los jubilados…

 

Hay quien lo entiende y hay quien no. Ser presidente, sobre todo en Uruguay, significa generar esperanza en la gente.

 

                                       De las conversaciones de Tabaré Vázquez.

 

 


El ombú

 

Sábado 7 setiembre, 74

 

Querida mía:

 

Como no tengo otra cosa para enviarte, aparte de mi cariño, te mando este dibujito que hice estos días. Pero quiero contarte quién es el ombú.

 

Todo empezó porque me puse a buscar un lugar para tomar mate. Y encontré una foto que me inspiró, en un artículo del Suplemento de “El Día” sobre la Guardia Vieja de Maldonado. Pero a medida que me puse a pintarlo, el ombú se reveló como algo muy particular. Cada pincelada que daba, tratando de modelar su forma, es como si hubiera podido palpar, con mis manos, el viejo tronco, recorrer sus arrugas, intimar con él, conocer su historia. Es un viejo ombú; viejo, sabio y filosófico. Su larga vida está expresada en sus rugosidades, en sus cicatrices, que habla de su lucha vital en los tres siglos que tiene de existencia. Sufrió el rayo y el temporal, que quebraron sus ramas y dejaron esas señales que muestra en su cuerpo. Pero después de cada herida, siempre supo reponerse y echar brotes nuevos, como ahora.

 

Muchas cosas me contó, en estas horas que lo estuve pintando. Y muchas reflexiones me trasmitió, de su experiencia y su vida. Guardo, sobre todo, dos conceptos, de los tantos que me dijera. Uno tiene que ver con su idea de la historia y de la vida. Más allá de retrocesos transitorios –me dijo– la historia siempre ha marchado hacia adelante. Y aquella que es trascendente, la escribieron las gentes comunes que acamparon a mi pie, los integrantes del Pueblo Oriental, a quienes escuché –a veces– en un decir confuso, pero moviéndose y actuando en función de una clara y persistente dinámica de libertad y autodeterminación.

.

El otro concepto tiene que ver con el sentido de la existencia. Existir es vivir –me dijo–. Por eso, no importa la intensidad del temporal –que al fin y al cabo es sólo un accidente–, no importa tanto la rotura de ramas y la amputación sufrida, si se guarda, en lo más profundo del ser, la voluntad y la capacidad de brindar nuevos brotes. Mírame –dijo– he soportado mil tempestades; me han tronchado ramas; estoy lleno de cicatrices. Pero tengo brotes nuevos y –por sobre todas las cosas– vivo, y sigo siendo árbol y sigo siendo ombú.

 

Otra vez, de nuevo, Chiquita, cuídate mucho. Y hasta que podamos vernos, recibe todo mi cariño.

 

Seregni

 

De las cartas del general Líber Seregni a su esposa Lily Lerena, desde la prisión.

Nº 2303 » Abril 2005

Otro Santiago es posible

por Trejo, Marcelo · Comentar 

Casi un año atrás, el presbiterio de Santiago del Estero junto a su obispo, monseñor Juan Carlos Maccarone, en una declaración cuyo título era Con la espera de tiempos nuevos, afirmábamos: “somos conscientes de que estamos viviendo una etapa única en nuestra provincia. Además, como muchos santiagueños lo saben, nos sentimos profundamente involucrados en el reclamo de una justicia ‘demasiado largamente esperada’ y en los anhelos de tiempos nuevos donde estén vigentes las instituciones servidoras del bien común y el derecho que las debe regir” 1.

 

Desde entonces hasta ahora, fueron muchos, variados y significativos los acontecimientos acaecidos en la provincia de Santiago del Estero. Hubo grandes y reconocidos esfuerzos institucionales provenientes de la esfera federal orientados hacia un saneamiento jurídico, político y social; como también fue inmensa la participación ciudadana de los santiagueños y santiagueñas en una pluriformidad protagónica durante este tiempo especial vivido 2.

 

Las diferentes prácticas alternativas encontradas en sus diversos géneros, y aun reconociendo en ellas elementos todavía demasiado ambiguos, salen airosas y suscitan expectativas de buen futuro si se tiene en cuenta que provenimos de un verdadero y largo tiempo de oscurantismo provinciano, causado por un estilo de monoculturalismo político cuyo núcleo generó un único modo de pensar la cosa pública, un único modo de participar en la cuestión social, un único modo de ser santiagueño: empobrecido y obsecuente. Mirar el Santiago de este último tiempo y mirarnos nosotros en lo que fuimos capaces de hacer, lejos de añorar pasados, nos coloca y nos anima a ir por más Santiago. Nos desafía a avanzar hacia “otro Santiago posible”.

 

Ciertamente, la historia no vuelve para atrás pero el modelo y los actores de mañana pueden repetir lo de ayer. Por ello, una nueva etapa adveniente requiere de todos nosotros una atención crítica y un esmerado cuidado 3. Otro Santiago no es sólo la suma de circunstancias favorables y situaciones provisorias creadas, aun si todo ello contribuye.

 

Soñar con un Santiago “otro” es adentrarse en un especie de “refundación” provincial donde el nuevo eje que lo atraviese sea un proyecto de convivencia 4 socio-política, sea porque los contenidos e intereses se enmarcan en el bien social común, sea porque, en el modo de la reconstrucción, el diálogo es su instrumento favorito 5.

 

Sin embargo, es preciso soñar con los ojos abiertos. “Sueños diurnos” dirá el filósofo Ernest Bloch. Y la mirada a la realidad nos advierte que la convivencia en Santiago está todavía “debilitada y sospechada” 6. Debilitada porque los espacios propicios para el debate y el crecimiento en la salud pública y la educación cualificada para todos recién comienza a insinuarse. Debilitada porque los ejes de pobreza alcanzada en nuestros provincianos muchas veces bordea lo inhumano y –sobreañadidamente– se la considera como un factor físico-geográfico, cultural o de destino; cuando en realidad se trata en lo profundo de una opción interesada en generar y sostener dependencias políticas partidarias 7. Santiago del Estero no es pobre; a Santiago lo han empobrecido y de ello se extraen grandes dividendos acumulados y concentrados en monocentros económicos reinantes. Es necesario desarmar esta “trampa de la pobreza” creada.

 

Por otro lado, también el proyecto de convivencia ciudadana se encuentra sospechado. Mientras que el angustiado reclamo de justicia por las muertes de Leyla y Patricia, realidad y símbolo de otros tantos casos, no sea resuelto, difícilmente superaremos la sospecha de la connivencia de poderes e intereses ocultos 8.

 

Y ¿qué decir, del gran y complejo problema de las tierras en Santiago? Un proyecto de convivencia santiagueña será siempre inviable si la tierra no es entendida jurídicamente como propia de los campesinos, y reconocidos legalmente sus derechos ancestrales. La tierra para los santiagueños no es sólo una cuestión de folclore sino una imperiosa necesidad vital; por ello es una cuestión eminentemente política.

 

Por todo ello, el gran sueño refundacional de convivencia provincial no es cualquier cosa y no se lo reconfigura con dos o tres pinceladas de colores llamativos. Para “otro Santiago posible” se requiere de una imaginación política capaz de saltar el cerco de lo mismo de siempre, de la misma manera de siempre y bajo el imperio gravoso de los mismos y reconocidos de siempre.

 

Por otro lado, se trata de una imaginación política con instancia de poder real para así poder realizar lo que se imagina. Sin poder político real y sin independencia económica difícilmente se podrán ensayar nuevas formas de vida democrática. No nos engañemos, ello estaría lejos de un sueño social diurno. Sólo sería una ilusión.

 

A la vez, este proyecto de convivencia provincial suscita también un desafío creativo. Una capacidad creativa amplia que genere espacios de encuentros ciudadanos, fecunde diálogos entre los sujetos políticos y sea capaz de involucrarnos a todos y a cada uno de los sujetos sociales de Santiago del Estero 9 en un largo proceso de aprendizaje con pautas que permitan avanzar. No nos olvidemos que pautar no es negociar clandestinamente; al contrario, pautar es sostener pública y nítidamente reglas de juego socio-políticas 10. “Porque no hay nada oculto que no se descubra algún día, ni nada secreto que no deba ser conocido y divulgado” (Lc 8,17).

 

Con los pies en la tierra y la mirada puesta en el horizonte, debemos enmarcarnos y embarcarnos en un largo proceso que conduzca hacia un otro Santiago del Estero. Esta refundación ansiada no está a la vuelta; pero todo paso y muchos pasos la acercan más. Debemos tenernos paciencia. Hay que aprender a caminar sin prisas atropelladoras pero también sin pausas ociosas.

 

Un desafío provincial que deberá avanzar sobre dos ejes fundamentales: una sociedad movilizada que protagónicamente defiende, tutela y reconstruye sus derechos colectivos, tal como viene dándose en Santiago del Estero de diversas y loables maneras; y sobre una inmediata reforma de la Constitución Provincial, como una manera institucional cualificada de no entregar el presente y el futuro de los santiagueños/as a unos pocos glotones insaciables de poder y de riqueza 11. Es momento de poner límites a las diversas concentraciones de poder.

 

Y en este sentido, quien quiere el fin quiere los medios. Por ello, garantizar la vigencia del Superior Tribunal de Justicia y de los actuales jueces que componen esta institución de la democracia sería una acción altamente conveniente. La nueva Constitución deberá ser quien establezca los mecanismos que regulen la dinámica y funcionamiento de este Poder Judicial, en base al anhelo de un poder establecido, independiente y garante de un Estado de derecho institucional 12. Obrar de otra manera es exponer a la provincia a un posible manejo arbitrario de la justicia 13. Un ¡basta! que todos los santiagueños/as lo decimos.

 

Por último, si la Iglesia diocesana se ubica como compañera de camino 14 de este “Santiago querido” que va por “un otro Santiago distinto” es porque nos anima una cordial certeza de que la dignidad de todo hombre, de toda mujer, de todo pueblo, es la causa de Dios. “Gloria Dei, vivens homo”, “la gloria de Dios es que el hombre viva”, decía san Ireneo. Esta es la única razón de fe que nos involucra indiscutiblemente y sin excepción en este camino.

 

Sin embargo, esta Iglesia no intenta ubicarse como fiscal social ni tampoco pretende asumir un protagonismo que suplante a ningún poder del Estado ni complete sus naturales gestiones 15. Ella desea estar en el medio ciudadano como quien sirve y anima (Lc 22, 26-27), según el evangelio de Jesucristo; buscando afianzar su mirada, juicio, palabra y praxis desde los pobres y amenazados en sus posibilidades de vida y dignidad.

 

También es consciente de que la convivencia social-política es historia de tensiones, de idas y vueltas, de claros y oscuros. No tenemos miedo a ello; más aún, la utopía de la convivencia provincial requiere que nadie se sienta ajeno en la construcción y, por lo tanto, merece nuestra participación. Pero debemos hacerlo con la coherencia que nos viene enseñada del Único Maestro Jesucristo, aunque en ello se nos vaya la vida.

  

 

 


1
. Presbiterio de Santiago del Estero, Declaración “Con la espera de tiempos nuevos” (18.03.2004).

2. Cf. Mons. Maccarone, Juan Carlos, Homilía “Solemnidad de Ntra. Sra. de Sumampa” (23.11.2004).

3. Presbiterio, Declaración.

4. Mons. Maccarone, Homilía “Solemnidad de Santiago Apóstol” (Santiago del Estero, 25.07.2003).

5. Cf. Mons. Maccarone, Homilía “Domingo de Pascua de Resurrección” (Santiago del Estero, 11.04.2004).

6. Cf. Mons. Maccarone, Homilía “Solemnidad de Santiago Apóstol”.

7. Cf. Mons. Maccarone, Homilía “Fiesta Chica del Señor de los Milagros de Mailín” (Santiago del Estero, 12.09.2004).

8. Cf. Mons. Maccarone, Homilía “Solemnidad del Corpus Christi” (Santiago del Estero 22.06.2003).

9. Cf. Mons. Maccarone, Homilía “Clausura de la XV Semana de Pastoral” (Santiago del Estero, febrero 2003).

10. Presbiterio, Declaración.

11. Mons. Maccarone, Homilía “Fiesta Chica del Señor de los Milagros de Mailín”.

12. Mons. Sueldo, Gerardo, Homilía “Pascua de Resurrección” (Santiago del Estero, 12.04.1998).

13. Cf. Sacerdotes del Decanato Sud-Oeste, “Carta abierta al Sr. Interventor federal de Santiago del Estero” (Santiago del Estero, 12. 04. 2004).

14. Mons. Maccarone, Homilía “Domingo de Pascua de Resurrección”.

15. Cf. Mons. Maccarone, Homilía “Solemnidad del Corpus Christi”.

Nº 2303 » Abril 2005

Mar adentro del sufrimiento

por De Simone, Gustavo · Comentar 

Contemporáneo de Pericles, Hipócrates –el padre de la medicina– nos deja el legado del juramento profesional, erigido en código ético desde entonces. Afirma en uno de sus párrafos: “…a nadie he de administrar un mortífero veneno, aunque me fuese solicitado…”. Ramón Sampedro, un español que sacude al mundo a través de su pedido de eutanasia en la sociedad mediática de nuestros días, plantea un desafío a aquel código respetado durante siglos. ¿Es aceptable hoy aquello que durante siglos fue vedado? ¿Puede sostenerse aún un código del ayer en un presente con enormes progresos científicos y en un contexto cultural y con argumentación moral tan diferente?

 

Ramón (y la recreación artística de su historia) nos confronta con la “humanitud” del ser humano, que abarca la condición ineludible de enfermedad –grave secuela neurológica a raíz de un accidente–, de sufrimiento –en el film expresados con claridad sus componentes básicos: aflicción, limitación, amenaza y soledad–, y de finitud –en este caso buscada por el protagonista, quien se debate entre dos vivencias simétricamente opuestas: la pasividad (con indiferencia tediosa respecto al curso de su existir) y la actividad (con radical desánimo respecto de la ejecución de sus proyectos propios), alimentando ambas a la “diselpidia” o distorsión de la esperanza–.

 

Ramón nos muestra hoy frente a la cámara, muchos siglos después de Hipócrates, la enfermedad como modo humano de vivir, con el implícito interrogante de su significado. ¿Tiene algún sentido que el hombre sufra? En última instancia, existen dos respuestas posibles: el enfermar humano no tiene un sentido comprensible, es un suceso absurdo, o el enfermar tiene un sentido que la razón humana no puede por sí sola comprender, es un suceso misterioso. Se trata de una respuesta de creencia y no de ciencia.

 

Pero en el marco de la cultura imperante, de las creencias y las actitudes, los seres humanos construimos la ciencia y también el modo de confrontarnos con el sufrimiento y con la muerte. Reseña Aries en su Historia de la muerte en Occidente las distintas posturas a lo largo de la historia: desde la muerte domesticada del pasado remoto a la muerte negada del presente. En contraposición a la “muerte natural” del ayer (etapa final del proceso del vivir, libre de la intervención médica o científica), hoy predomina la “muerte intervenida”, modificación radical de aquel proceso, significando a veces una verdadera “medicalización de la muerte” (propia del Occidente desarrollado y su “zona de influencia”). Hoy la muerte suele ocurrir en la sala aséptica de la terapia intensiva, distanciada del quehacer cotidiano, donde el prójimo es el desconocido y el afecto cercano se encuentra alejado.

 

La “muerte intervenida” adopta básicamente dos formas muy diferentes – ¿quizás una tercera en el futuro próximo? Por un lado, la “muerte controlada”, con el sustento moral prioritario del respeto a la autonomía de la persona (aceptando entonces la eutanasia toda vez que responda a la voluntad de quien la solicita). Por otro lado, la “muerte paliada”, que –como refiero más adelante– se basa en la conjunción de la ciencia y la compasión (la intervención en este caso busca el alivio del sufrimiento, y no el acortamiento artificial de la vida). Finalmente, si prosperara la iniciativa de altos funcionarios de la salud de los Países Bajos, en el futuro hablaremos de la “muerte preventiva”: aquella inducida en ausencia de sufrimiento pero a solicitud de quienes, con la máxima cuota de diselpidia imaginable, prefieren que se anticipe su final a fin de evitar que ese sufrimiento aparezca en el futuro (el modo práctico propuesto para esta modalidad es la disponibilidad de “píldoras de la muerte” en los geriátricos, para ser ingeridas cuando el anciano considera que ya ha vivido demasiado… sin que sea demasiado tarde…). Para evitar una lectura ingenua, debo incluir otra modalidad del morir tristemente frecuente en el contexto de pobreza de Latinoamérica y otras regiones del mundo: la “muerte abandonada”, sin ciencia, sin compasión, sin autonomía (la única elección es la condena al sufrimiento de la persona muriente).

 

La respuesta de la medicina de hoy al debate sobre el “morir con dignidad” debería partir de recordar que la dignidad de la persona humana (en las distintas etapas de su vida, incluyendo el morir) se refiere a su valor intrínseco, por el solo hecho de ser humano. Ese valor es de cada uno, no puede ser sustituido por otro bien, no tiene precio. El respeto a la dignidad de las personas consiste en tratarlas como tales, aceptando que cada persona tiene sus valores, creencias, afectos, esperanzas y anhelos. Y que la muerte, para que sea digna, el único requisito que debe tener es que sea personal: “Señor, da a cada uno su muerte propia”, afirmaba Rilke. Y que la función de los cuidadores familiares y profesionales es facilitar a la persona su manera personal de morir.

 

En las dos décadas de trabajo profesional en el área de los “cuidados paliativos”, la inmensa mayoría de los pacientes que hemos asistido en el final de sus vidas nos requieren el alivio del dolor y de los síntomas (físicos, emocionales y cognitivos), la comunicación honesta y comprensiva, la atención de las inquietudes espirituales, la no implementación de medidas tecnológicas invasivas innecesarias, la permanencia en el propio hogar mientras sea posible y la disponibilidad de profesionales solícitos, eficientes y compasivos no sólo para ellos mismos, sino también para sus seres queridos incluso en el período de duelo. La aplicación de estos cuidados paliativos facilita el alivio del sufrimiento e incrementa el ejercicio de la autonomía de la persona (uno de los pilares de la ética contemporánea, quizás el más distintivo en el Occidente desarrollado) al liberarla de una carga que parecía insoportable: es una verdadera excepción la persistencia del pedido de eutanasia en quienes encuentran alivio a su sufrir a través del cuidado apropiado. En la perspectiva social, los cuidados paliativos honran el ejercicio de la equidad, al limitar terapéuticas fútiles e innecesariamente costosas.

 

Pero ¿qué debería hacer el equipo de salud si pese a todos los cuidados, dedicación y excelencia técnica, el paciente pide que se le acelere la muerte? Adhiero al grupo de quienes pensamos que no se debe legislar sobre la muerte digna, y mucho menos legalizar (en el sentido de despenalizar) la eutanasia o el suicidio asistido –prácticas básicamente similares–. Sostenemos que se debe mantener la prohibición, con el tratamiento judicial compasivo de las excepciones. Tal como afirma Jorge Manzini en su texto Bioética paliativa, esta afirmación se basa en la convicción de que la situación ejemplificada (el paciente tratado competentemente que aún así solicita ayuda para morir, como lo hizo Ramón), es un extremo, en cuyo caso no hay fundamentos bioéticos para no honrar su petición, sino sólo el límite legal y la objeción de conciencia del profesional tratante. En el otro extremo está la grande y creciente población de pacientes vulnerables que aún no tienen acceso al cuidado apropiado, o que pueden ser objeto de abusos por equipos no suficientemente capacitados o inescrupulosos, lo cual es más un problema legal y político. La experiencia holandesa demuestra suficientemente que la regulación legal no acaba con los abusos, y que las reivindicaciones para legalizar la eutanasia reposan en parte sobre la ilusión de un mundo de hospitales perfectos, con profesionales perfectos y familias ideales, sin aceptar que –como sucedía en la era de Pericles e Hipócrates– los seres humanos somos corruptibles y nos dejamos arrastrar hacia abusos intolerables. La comprensión y la ayuda eficiente hacia quien sufre (mandato impostergable de la medicina, no siempre plenamente ejercido) puede, a veces, limitarse a una respuesta que no satisface totalmente la voluntad de la persona enferma. En la actitud de quien brinda esta ayuda paliativa de eficacia limitada reposará la clave para que al menos pueda ser valorada como imperfecta pero humanizada, sin soberbia ni gestos despersonalizantes.

 

Como sostiene José Alberto Mainetti, es necesaria una “mortificación de la medicina” en respuesta humilde y honesta a la “medicalización de la muerte”. Ramón nos enseña a los profesionales de la salud que nuestros tiempos reclaman la revisión individual y comunitaria de competencias y actitudes respecto del sufrimiento y el cuidado en el final de la vida humana, mucho antes que la revisión de códigos y leyes.

Nº 2303 » Abril 2005

¿Dios no nos quiere contentos?

por Sannuti, Ángela · Comentar 

Cuenta una leyenda de Hollywood que en su lecho de muerte, a la pregunta del director John Ford sobre cómo es morir, el actor Edmund Gwen respondió: “Morir es fácil. La comedia es difícil”.

 

Nuestra dificultad consiste en que realmente no sabemos cómo vivir. Dado que no comprendemos la importancia de la vida, y no la vivimos en plenitud, nos atemoriza la muerte.

 

¿En qué estado están nuestras vidas?

 

Éste es uno de los tantos interrogantes clave con que nos interpela una historia hondamente humana, conflictiva y conmovedora como la de Ramón Sampedro, personaje central del film Mar adentro.

 

¿Cómo vivimos todos los que no conocemos los graves y extremos impedimentos físicos que padece, en este caso, un parapléjico?

 

Sin advertirlo, mucha gente va perdiendo gran parte de su vitalidad y su sensibilidad a lo largo del camino; se conforma fácilmente con las contradicciones y falsedades de una educación distorsionada que inculpa y atemoriza en lugar de enseñarnos a celebrar la vida.

 

A través del miedo no se aprende otra cosa que a tener miedo y éste es el “pan” que alimenta la sumisión, el autoengaño, la adaptación forzada y la hipocresía generalizada.

 

Cuántos conviven con severas “parálisis emocionales” de las que ni siquiera son conscientes y, a diferencia de Ramón, sobreviven patéticamente: el corazón anestesiado, el alma sin vuelo y sofocado su ser más auténtico.

 

Importa cómo vivimos: si nos convertimos en verdaderos adultos, asumiendo la responsabilidad de nuestros actos y nuestras palabras, si recuperamos nuestra capacidad original de amar y nuestra íntegra libertad. Sólo podemos amar si se nos permite ser lo que somos, sin subterfugios, sin máscaras, ni fachadas.

 

La vida está en el presente, pero como la mayoría de nosotros vive sobre la base de acumulaciones –somos “felices” porque tenemos dinero, posición social y bienes–, tememos perder lo que tenemos y consideramos la muerte como una negación de la vida; o bien vivimos sobre la base de ilusiones y utopías que sacrifican el presente: el ayer y el mañana se vuelven mucho más importantes que el hoy.

 

¿Por qué consideramos la muerte como algo separado de la vida?

 

Algunos fueron educados desde la infancia para negar a Dios y muchos fueron educados para creer en Dios; todos, de una manera u otra, tienen sus ideales, sus dogmas o su cielo.

 

Si nuestra creencia en Dios fuera una experiencia real y genuina de la relación con lo inconmensurable –y no tan sólo un mecanismo de autoprotección o un mero escape de nuestras aflicciones y dolores– cabría la sonrisa en nuestros rostros, no destruiríamos la vida de otros y no malgastaríamos la propia. Dejaríamos de convertir a Dios en algo mezquino, un “Dios que no nos quiere contentos” 1 porque es producto de nuestras mentes mezquinas.

 

“Vive de tal forma que al mirar hacia atrás no lamentes haber desperdiciado la existencia. Vive de tal forma que no lamentes las cosas que has hecho ni desees haber actuado de otra manera. Vive con sinceridad y plenamente. Vive” 2.

 

 

 


1
. Título de una novela de la escritora argentina Griselda Gambaro.

2. Elisabeth Kübler-Ross, médica y tanatóloga suizo-americana.

Nº 2303 » Abril 2005

“Mar adentro” y el amor

por Llorens, Luis R. · Comentar 

En el número de marzo de Criterio se aprecian los lúcidos comentarios de Diego Barceló y de Daniel Sendrós acerca de la película Mar adentro. Pocas expresiones cinematográficas presentan tantas posibilidades de abordaje como ésta.

 

Quiero detenerme en una que no veo del todo desarrollada: la contraposición del amor –que podríamos calificar de paulino– de la familia hacia el personaje principal, frente al “querer” de la vecina Rosa, que es quien le facilita a Ramón el logro de su propósito.

 

El testarudo personaje, como bien lo califica Sendrós, más allá de su crítica situación, se empeña en no valorar ni ese amor desinteresado y genuino de su familia, ni el que él puede retribuir, extremo que bien destaca Barceló.

 

En cambio, Ramón termina aceptando a quien primero desprecia, la vecina Rosa, empeñada en la búsqueda infructuosa de un afecto que mitigue su soledad. Se entabla entre ambos, entonces, una relación de poder y manipulación a partir de la afirmación de él de que sólo reconocerá como la persona que realmente lo ama a aquella que lo ayude a suicidarse.

 

Rosa termina accediendo, con el evidente fin de obtener el reconocimiento de ser quien “verdaderamente” lo ama, aunque ello la lleve a perder (o a poseer definitivamente) a su “amado”.

 

Una escena clave de la película es aquella en la que Ramón se va de su casa en la ambulancia, para no volver, mientras su sobrino corre desesperado tras él. En el joven se vislumbra la impotencia del Amor frente al íntimo y visceral rechazo –tan parecido al de tantos otros– del dolido y orgulloso personaje.

 

Convengamos en que alguien puede creer que el suicidio soluciona el problema del ser, en presente o futuro. Lo que nadie puede sostener es que el suicidio soluciona el problema de haber sido.

Nº 2303 » Abril 2005

Mar adentro

por Benitez, Alberto J. · Comentar 

La película cuenta la historia de Ramón Sampedro, el cuadripléjico español, gallego, que puso fin a su vida. Se la presenta como una promoción de la eutanasia. Pero no lo es. La eutanasia implica una acción transitiva: otro es el que realiza el acto de matar, ya sea por compasión u otras causas, con el consentimiento o no del que recibe pasivamente la acción, en forma voluntaria o involuntaria.

 

El caso de Sampedro es el de un suicidio asistido, otra persona le facilita al protagonista el elemento que va a utilizar para poner fin a su vida.

 

Me pareció una excelente película, muy bien dirigida e interpretada, sobre todo por Barden, que en forma brillante caracteriza a Sampedro. La presentación del problema se realiza sin golpes bajos ni efectistas. Muestra con realidad y profundidad, la importancia que tiene esa vida humana para todos los que están relacionados con Sampedro. Su muerte no es deseada, en general, por ellos; de ahí los reproches de su hermano, pues también su familia, aunque de otra forma, sufre su enfermedad. Hay expresiones desgarradoras del padre de Sampedro, al saber que su hijo quiere suicidarse y lo que esto significa para él. Esos deseos de muerte son dolorosos para su cuñada, que siempre le ha brindado un cuidado afectuoso. Imposible olvidar la importancia que tiene para su sobrino la existencia de su tío, elocuente en la escena desgarradora cuando éste parte para morir. También es doloroso escuchar a Sampedro decir que para él todas las cosas son lejanas, no puede ni podrá nunca alcanzarlas.

 

Recuerdo una noticia que apareció hace unos años en La Nación. Se daba a conocer una carta de Liv Ullmann a su ex esposo, el director de cine sueco Ingmar Bergman. Al enterarse de que quería suicidarse, le escribía que su vida no sólo le pertenecía a él, sino que también era importante para otras personas: la vida de Bergman no era sólo de él. No podía tomar una decisión individual que también comprometía y afectaba a otros.

 

Personalmente me opongo a la eutanasia. Significa permitir, legalizar y autorizar que los miembros del equipo de salud puedan matar por piedad o por otras malas yerbas, a un semejante, voluntaria o involuntariamente aceptado. Me opongo siempre a cualquier acción que signifique poner fin a una vida humana, salvo que sea en legítima defensa.

 

Recientemente se conoció una declaración de monseñor Elio Sgreccia, importante bioeticista del Vaticano, que dice: “debemos repetir con la máxima firmeza que nada ni nadie puede darnos permiso para matar a un ser humano inocente, ya sea un feto, un embrión, un niño, un adulto, un anciano o un enfermo en su incurable agonía”.

 

Pero me surge esta pregunta: ¿quién determina la inocencia de ese ser humano?, ¿G. W. Bush, Bin Laden, Pinochet, Fidel Castro? Me resulta problemático que la prohibición de matar sea sólo para el inocente. El mandamiento dice “no matarás” y punto. ¿O se introduce la palabra inocente para dejar abierta la posibilidad de la pena de muerte? No se opone a toda acción de matar sino sólo cuando recae sobre los señalados como inocentes. A veces se justifica el permiso para matar y otras se lo condena.

 

Sólo puedo valorar cada caso de suicidio asistido en forma individual y con gran prudencia y mucha caridad. Y sin embargo es una tarea que me resulta sumamente compleja y difícil. Lo que no se puede hacer es legalizar el suicidio asistido, porque dejaría el camino libre para que un grupo de ciudadanos, invocando diferentes razones, mate a sus semejantes.

 

Tiempo atrás Aciprensa, un noticiero católico peruano, muy ortodoxo y defensor de la vida humana inocente, informaba sobre una “mujer conectada a un respirador con deseos de vivir que estremece a los españoles”. Transcribía una entrevista del diario ABC de Madrid con la historia de Olga Bejano que lleva 17 años inmóvil, conectada a un respirador, sin poder hablar, se comunica a través de un lápiz que mueve con dos dedos de su mano y un complejo alfabeto que entiende sólo su enfermera Belínda Bárcenas.

 

Para ella “tirar la toalla” sería lo más fácil. Dice que la muerte nunca fue una opción. Es creyente; hace mucha oración y meditación, y sigue viviendo porque “creo que yo no soy quién para decidir mi día y mi hora”. No obstante, Olga Bejano subraya: “pero respeto y entiendo a los que no quieren vivir”.

 

Mi esposa, conoce a un joven cuadripléjico, que ya finalizó sus estudios universitarios. Sufrió un accidente similar al de Sampedro y sólo puede mover algunos dedos de las manos con gran dificultad. Ejerce su profesión. A veces lo encuentra en el centro, donde se moviliza con su silla de ruedas realizando tareas inherentes a su trabajo, pero siempre con buen humor.

 

¿Cómo ha podido sobrevivir a tamaño sufrimiento, que no lo abandona ni de día ni de noche, y cambiarlo por esa alegría de vivir que se trasunta en el buen humor expresado simplemente en su cara? Me resulta inexplicable. Es un testimonio humano enternecedor y ejemplar que me recuerda uno de los textos de Javier Gafo al citar a Paul Claudel: “Jesús no ha venido a suprimir el sufrimiento. Ni siquiera a explicarlo. Ha venido a llenarlo de su presencia”.

 

Algunos consideran que en la escena en la cual el sacerdote cuadripléjico –en realidad religioso del Opus Dei y no jesuita como aparece en la película– intenta ver a Sampedro, el director de Mar adentro pretende ridiculizar al cura y a nuestra Iglesia. Personalmente no lo veo así. No hay que exagerar; mostrar a un sacerdote en una acción que uno puede no compartir no significa criticar a nuestra Iglesia.

Nº 2303 » Abril 2005

Reflexiones sobre eutanasia

por Maglio, Francisco · Comentar 

La película Mar adentro ha introducido (una vez más) el tema de la eutanasia en el debate público. No es mi interés plantear el problema en términos morales sino antropológicos.

 

La pregunta clave es: ¿por qué algunos pacientes incurables piden la eutanasia y otros no?

 

En mi opinión lo que los distingue fundamentalmente es que los primeros no tienen un proyecto de vida y los otros sí.

 

El protagonista de la película (personaje real) está entre los primeros, y ejemplos públicamente conocidos entre los segundos son Stephen Hawking y Christopher Reeve.

 

Antropológicamente nos enfermamos, más allá de la intensidad de la sintomatología, cuando debido a ésta se ve interrumpido nuestro proyecto de vida.

 

Por el contrario, nos empezamos a “sanar” cuando a pesar de los síntomas podemos reintegramos a nuestro proyecto de vida: éste es el “motor” para vivir tanto en la salud como en la enfermedad.

 

En mis cincuenta anos de experiencia hospitalaria con pacientes graves (Servicio de Terapia Intensiva del Hospital F.J. Muñiz) aquellos que pedían morir decían: “esta vida no tiene sentido”, aun cuando les aliviaban los dolores.

 

Cuando en Holanda se introdujeron los Cuidados Paliativos (que justamente tienen en cuenta el proyecto de vida) los pedidos de eutanasia bajaron del 30 al 4%.

 

Para concluir, en palabras de Nietzsche: “cuando hay un por qué vivir, se tolera cualquier cómo vivir”.

Nº 2303 » Abril 2005

Eutanasia y suicidio asistido

por Benitez, Alberto J. · Comentar 

El tiempo ha tornado ambiguo el significado de la palabra eutanasia. El término procede del griego, eu (bien, buena) y thanatos (muerte): buena muerte, muerte feliz, pacífica, sin dolor.

 

Hoy existe consenso 1 en clasificarla en: 1) eutanasia directa, mercy killing, también llamada activa, positiva; hay un facere del sujeto agente sobre el sujeto paciente, la acción es transitiva; la intención es acelerar el proceso de muerte de un enfermo terminal para quitarle la vida. Se considera voluntaria cuando es solicitada por el paciente e involuntaria cuando se realiza sin su consentimiento. El fundamento del acto por el cual se suprime la vida es el alivio de los dolores físicos o psíquicos, por esto también se la llama eutanasia piadosa; 2) eutanasia pasiva, letting die, non facere: es la acción que omite una terapia beneficente, útil y proporcionada u ordinaria al paciente, a fin de causarle la muerte; la intención es eliminar la vida del enfermo. Tanto la eutanasia activa como la pasiva son occisivas.

 

Juan Pablo II en la encíclica Evangelium vitae define así la eutanasia: “una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte con el fin de eliminar cualquier dolor. La eutanasia se sitúa, pues, en el nivel de las intenciones o de los métodos usados”.

 

La eutanasia activa indirecta, mal llamada eutanasia, es lenitiva; utiliza métodos cuya intención es aliviar el dolor, que pueden también acortar la vida del enfermo, pero esto como consecuencia indirecta, no pretendida por el médico y en relación con el principio moral del doble efecto.

 

Quill, Cassel y Meier describen así al suicidio asistido: “para un médico, ayudar en un suicidio supone proporcionar un método de suicidio al paciente que, por otro lado, es físicamente capaz de llevarlo a cabo, y que consecuentemente actúa bajo su responsabilidad” 2.

 

En la cultura de las religiones judeo-cristianas el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios; la vida humana es un don de Dios y a él le pertenece; la conservación de la vida es una obligación moral por hallarse inscripta tanto en la ley divina –ley mosaica– como en la ley natural. “No hay amor más grande que dar la vida…” (Juan 15,13). Todo acto tendiente a interrumpir la vida de cualquier persona es, por definición, inmoral y malo. “El mandamiento ‘no matarás’ establece el punto de partida de un camino de verdadera libertad que nos lleva a promover activamente la vida” (Juan Pablo II). El cristianismo brindó los fundamentos de oposición a la eutanasia, defendida en el mundo grecorromano especialmente por los estoicos.

 

La autonomía

 

En el mundo moderno 3, Stuart Mill, entre otros, sostiene que el hombre no puede disponer de la vida de los demás, pero sí de la suya. A partir de la Ilustración y de las grandes revoluciones se afianza el carácter autónomo del hombre. Este movimiento pluralista y democrático llegó a la medicina en fechas recientes. En la relación médico-paciente se ha tendido a considerar al enfermo un incompetente no sólo físico sino moral, configurando así el paternalismo médico. La incorporación de la autonomía del paciente como principio rector de la relación médico-paciente da lugar al respeto a su libre determinación: se deben respetar sus valores culturales, personales y religiosos en su concepción de la vida y de la muerte, y en su derecho a decidir sobre las intervenciones en su cuerpo. Los pacientes comienzan a tener conciencia de que pueden y deben exigir que se respeten sus decisiones. Ni el médico, ni el Estado a través de sus sistemas de salud, ni los seguros de salud, pueden apropiarse de su cuerpo y resolver cómo deben ser las últimas etapas de su vida.

 

El debate hoy se centra en establecer si los pacientes en razón de su autonomía tienen sólo derecho a rechazar tratamientos que consideren innecesarios o perjudiciales, o si también pueden pedir que se ponga fin a su vida cuando consideren que las condiciones en que viven son peores que la muerte, poniendo término a sus sufrimientos (suicidio asistido), y en el caso de estar imposibilitados para realizarlo por sí mismos, puedan solicitar a otros, especialmente a los médicos, que pongan término a sus vidas (eutanasia activa directa).

 

En un mundo cada vez más secularizado, muchas personas reflejan a través de su forma de vida y sus parámetros de conducta habituales su convicción de que esta vida es todo lo que hay. Si la enfermedad trae a la vida de un ser humano dolores insoportables, si el vivir se convierte en intolerable y miserable, si aparece la vejez con un peso costoso y sin sentido, y esta vida es todo lo que hay, es preciso escaparse. Muchos afirman que tienen el derecho de partir a través del medio que ellos crean más lícito. Lo fundamentan en el principio de que está bien lo que el ser humano elija libremente, explican su decisión en la autonomía irrestricta. La bondad de los actos es el resultado de la libre elección de cada ser humano.

 

Algunos antecedentes

 

A lo largo de la historia surge la utilización de diversos medios para lograr el objetivo de ayudar a morir y hacer posible una buena muerte. En Mateo 27, 33-34: “cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa ‘lugar del Cráneo’, le dieron de beber vino con hiel. Él lo probó, pero no quiso tomarlo” (el vino con hiel era una bebida calmante que se ofrecía a los ajusticiados para atenuar el dolor). En Juan 19, 32-33: “Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. Cuando llegaron a él, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas”. (Quebrar las piernas de los ajusticiados tenía como objeto acelerar su muerte).

 

 En la medicina occidental desde sus orígenes, los médicos practicaron la eutanasia. Plutarco relata en Vidas paralelas que cuando a un nacido “le hallaban degenerado y monstruoso, mandaban llevarle a un lugar profundo junto al Taigeto” en donde lo mataban. La eutanasia piadosa se practicaba con los heridos de guerra, de acuerdo con informes del cirujano Ambroise Paré (1585), y muchas veces con los enfermos de rabia. Séneca afirma que: “el médico a quienes no ha podido prolongar la vida, les facilita una muerte llevadera”. Tomás Moro (1516) en Utopía aconseja que los enfermos incurables con sufrimientos atroces “se dejen convencer de poner fin a sus días, dejando de comer, o se les da un soporífero, muriendo sin darse cuenta de ello”. F. Bacon llama eutanasia a “la adquisición de habilidades y prestar atención a cómo puede el moribundo dejar la vida más fácil y silenciosamente”.

 

El jurista y filósofo Karl Binding y el psiquiatra Alfred Hoche publicaron en 1920 el libro Permiso para destruir vidas carentes de valor vital. Se referían no sólo a los enfermos incurables sino también a la mayor parte de los enfermos mentales, los retrasados psíquicos y los niños retardados y deformes. Puntualizaban que destruir la vida sin valor vital es un tratamiento sanador y una obra higiénica. Gran número de médicos y psiquiatras de una de las comunidades médicas más avanzadas del mundo lo aceptó. Con el ascenso al poder del régimen nazi, las medidas se generalizaron y se convirtieron en política de Estado. Así se llevó a cabo el programa de eutanasia masiva médica más amplio de que se tenga conocimiento. Prácticamente las instituciones de internación de pacientes con afecciones mentales y las de niños retardados y deformes quedaron desiertas.

 

Manejo del final de la vida

 

El ansia muchas veces compulsiva por la búsqueda del bienestar y el placer a menudo caracteriza a nuestra sociedad. La cultura ambiente, y la antropología subyacente, aleja al máximo el pensamiento sobre la muerte hasta transformarla en tabú. Parte de la sociedad de alguna manera le reclama a la ciencia, y en especial al médico, que ha llegado la hora de vencer a la muerte, y si esto no sucede es visto como una derrota de la ciencia o del médico. Para la sociedad del “bienestar permanente” la muerte debe ocultarse, por eso ocurre habitualmente en instituciones y no en la casa del paciente.

 

La consideración de la vida como el bien supremo y por el cual hay que luchar de todas las maneras posibles, muchas veces desencadena un furor terapéutico irracional 4. Cuando las actitudes médicas persiguen y persisten en mantener la vida sólo medida por sus funciones vitales a cualquier costo y aun en contra de la dignidad y el respeto que merece todo ser humano, al utilizar tratamientos inútiles, fútiles y no beneficentes, realizan un encarnizamiento terapéutico. La tecnología de la medicina moderna puede llegar a deshumanizar el final de la vida.

 

Las personas que se enteran de estas cosas, o las ven, reaccionan y generalmente expresan su negativa a sufrir semejantes tratamientos diciendo: “no quiero morir así”.

 

El Catecismo de la Iglesia sostiene que “la interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados, puede ser legítima; interrumpirlos es rechazar el encarnizamiento terapéutico”. La muerte no debe ser causada pero tampoco absurdamente retrasada. El Talmud describe: “cuando la muerte del Rabino Judah el Príncipe (135-219), editor de la Mishná y el más destacado estudioso de su época, era inminente, sus discípulos se reunieron en torno a su lecho y rezaron para su recuperación. Sin embargo, una de sus sirvientas, consciente de cuán intenso era el sufrimiento de este hombre y qué inútil sería prolongar su vida, arrojó un cántaro al suelo. El ruido atrajo la atención de los discípulos, quienes dejaron de rezar y el rabino murió”.

 

¿Derecho al suicidio asistido y eutanasia?

 

El “derecho al suicidio” 5 se hace valer como un logro de la libertad individual. En varios países, se lo propone como una forma de “ayudar” a los pacientes a morir.

 

Naturalmente la gente tiene miedo a la muerte. También temen el prolongado proceso de morir, la dependencia, la senilidad, el convertirse en una carga para sus familiares, a la pérdida del control sobre las funciones fisiológicas elementales, a la carencia de recursos económicos para afrontar todo este proceso y a las angustias y conflictos que esto crea en ellos y en su familia. Estas razones explican el interés que muchos tienen hacia el suicidio y hablan de un “derecho individual al suicidio asistido”. El reclamo se dirige a los médicos pues, según quienes proclaman este derecho, los profesionales tienen la obligación de ayudar en el ejercicio de este acto.

 

Pero la práctica del suicidio asistido se puede extender. Primero, el derecho lo ejercerán aquellos que son competentes y puedan expresar su voluntad de morir, pero inmediatamente el servicio será reclamado para las personas retardadas, incompetentes, seniles e inconscientes, a requerimiento de los familiares o a discreción del médico. También se invocará sólo a los que tienen grandes sufrimientos físicos, pero luego se ampliará a los que padecen sufrimiento mental y emocional. Una vez que el derecho sea declarado y su práctica difundida, los ancianos que necesiten algún tipo de soporte para vivir podrían sufrir presiones de personas que los induzcan al suicidio. La práctica del suicidio, legalmente aprobada y culturalmente difundida, haría difícil para los enfermos y ancianos justificar su voluntad de continuar vivos. La misma presión la sentirían los pobres, los excluidos de la sociedad de consumo por no considerarlos útiles a su dinámica, las minorías culturales y étnicas, y todos aquellos que carezcan de cobertura médico-asistencial. Todos ellos estarían presionados para dejar “el camino libre”. De legalizarse estos derechos podrían crearse situaciones altamente conflictivas, espurias, inhumanas, y carentes de ética, donde, por un lado, estarían los enfermos y los ancianos con sus diferentes problemas y, por el otro, familiares, médicos, administradores sanitarios que, para reducir costos, bregarían para que esos enfermos y ancianos recurran al suicidio asistido por intereses personales, que no son precisamente los de los pacientes, escudándose en el acto piadoso de ayudar a finalizar el sufrimiento de un ser humano.

 

Para la mayoría de los pueblos, el Estado carece del derecho de matar a sus miembros. Sin embargo, en algunos países el Estado lo ejerce a través de la pena de muerte, que muchos cuestionan, enjuician y consideran como escandalosamente inhumana. Ocurre que de sancionarse un “derecho a la eutanasia y al suicidio asistido”, alegremente podrían ejercer el “derecho de matar” a un ser humano enfermo o anciano, no sólo el Estado sino también los médicos, los miembros del equipo de salud, los familiares, los custodios legales, o los administradores en el área de la salud.

 

Las conductas suicidas médicamente son contagiosas y constituyen un serio problema de salud pública. Los más propensos a sentirse afectados por el suicidio son los enfermos mentales. También los desocupados y los marginados sin esperanza por una sociedad donde imperan las reglas del mercado y no una justicia solidaria acorde con las necesidades de la población. Las personas con enfermedades orgánicas generalmente no piden la eutanasia ni intentan suicidarse. No es la discapacidad física la que lleva a los ancianos y los enfermos al intento de suicidio, al pedido de asistencia para consumarlo o a la eutanasia, sino la depresión que acompaña a estas situaciones. Es macabra la idea de no tratar las enfermedades mentales de los ancianos y declarar después que tienen el derecho a cometer suicidio o solicitar la eutanasia. El suicidio nunca es un acto estrictamente individual, siempre afecta en alguna medida a otras personas.

 

La eutanasia involuntaria es aquella que se lleva a cabo sin ser solicitada por el enfermo. Una vez aplicada produce la muerte de una persona con la única justificación y por el simple hecho de ser vieja, inútil, anormal o moribunda. Esto no es aceptado hoy por ningún código moral, ético o religioso. La eutanasia involuntaria fue practicada, difundida y justificada por el régimen nazi. Cualquier discusión en torno de la eutanasia tendrá que partir del supuesto de que ha sido voluntariamente solicitada. Naturalmente surge la duda de cuánto hay de voluntad expresada libremente en la autorización dada por los ancianos, los enfermos graves, que tienen de por sí limitada su autonomía, con menor capacidad para valerse por sí mismos, con menos defensas para impedir que se los coaccione. Esta presión puede llegar en forma indirecta por familiares interesados en sus bienes o con pocos deseos de cuidarlos, o por los administradores de los sistemas de salud, preocupados por los costos que ocasionan estos pacientes.

 

Todos los movimientos pro-eutanasia apelan y solicitan a los gobiernos que elaboren una política humana en relación con la muerte y el morir, “movidos” a esta solicitud por una visión compasiva hacia el sufrimiento innecesario en el proceso de morir.

 

Ahora bien, cuando un enfermo manifiesta el deseo y la voluntad de que lo maten, dice López Azpitarte 6, no es morir lo que primariamente busca sino acabar con una serie de condiciones: dolor, soledad, incapacidad propia, ser molesto y estorbo para los demás, miedos interiores, debilidad, depresiones normales, agotamiento y un largo y variado etcétera. Todo esto le torna la vida demasiado dura e imposible. La petición del paciente demanda otro tipo de ayuda. La mejor respuesta no es matarlo, sino ofrecerle aquellos medios sanitarios, psicológicos y afectivos que le hagan llevadera y soportable su vida y su enfermedad.

 

El manejo que se hace del tema eutanasia en los distintos medios confunde más que aclara 7. Se suelen hacer encuestas con preguntas como: ‘¿a usted le gustaría que le practicasen la eutanasia en caso de que tuviese una enfermedad irreversible y tuviese grandes dolores?’. Obviamente la respuesta es sí. Pero si la pregunta fuese: ‘¿supongamos que usted está sufriendo una enfermedad dolorosa e irreversible, usted preferiría que lo maten o que le quiten el dolor?’ Con seguridad el resultado de la encuesta cambiaría.

 

 * * *

 

Si los países se ocuparan de tomar las medidas necesarias para que los pacientes contaran con los servicios adecuados de medicina paliativa, disminuirían los pedidos de suicidio asistido y de eutanasia. Un gobierno que antes de desarrollar programas de cuidados paliativos, en la más amplia acepción del término (geriátricos, cáncer, sida…), y de ofrecer cuidados adecuados a los ancianos, a los enfermos discapacitados y pacientes terminales, se esfuerza en dar una legislación permisiva que permite matar a los pacientes a través de la eutanasia y/o el suicidio asistido, realiza algo que consideramos errado y peligroso.

  

 

 


1
. Gafo, J., 10 palabras de claves en Bioética. Madrid, 1994.

2. Quill, T.E., Cassel, C.K., Meier, D.E., New England Journal of Medicine, 1992.

3. Gracia D., Ética en los confines de la vida, 1998.

4. Gherardi, C.R. “Encarnizamiento terapéutico”. Medicina, Bs.As., 1998.

5. Drane, J. El suicidio asistido. La Plata, 2000.

6. López Azpitarte, E. Ética y vida: desafíos actuales. Madrid, 1990.

7. Betancor, León, P. Medicina paliativa. España, 1998.

Nº 2303 » Abril 2005

La renuncia del Papa

por Pérez del Viso, Ignacio · Comentar 

La salud declinante de Juan Pablo II agita de nuevo la cuestión de su eventual renuncia. Como no ha habido ninguna desde hace más de cinco siglos, esta posibilidad resulta novedosa. Se suele citar, como última, la renuncia de Gregorio XII, en 1415, durante el “Cisma de Occidente”, cuando había tres papas y él era el de Roma, enfrentado con Juan XXIII (sic), el que convocó el concilio de Constanza. Sin embargo, unos años después, en 1449, se dio otra renuncia, la de Félix V, también en un momento de cisma, cuando había dos papas y él no era el de Roma, aunque estaba apoyado por el concilio de Basilea. Como dato curioso, cuando Félix V fue elegido papa era laico, viudo, y en la ceremonia de coronación fue asistido por sus dos hijos. Al renunciar y recuperarse la unidad de la Iglesia, fue perdonado por el papa de Roma y vivió dos años más como cardenal y legado papal.

 

Avanzando medio milenio, se dice que Pío XII había dejado instrucciones, quizás una renuncia, para el caso de que fuera llevado prisionero por el régimen nazi. Algunos conjeturan que Hitler dio la orden de trasladarlo cuando el ejército alemán se retiraba de Roma, pero que el comandante militar no mostró apuro por cargar con esa responsabilidad, como el general que recibió la orden de incendiar París en la retirada. Esta situación de Pío XII hubiera sido un caso de renuncia por condicionamiento externo, similar a la primera renuncia efectiva de un papa, la de Ponciano, el 28 de septiembre de 235, primera fecha segura en la historia del papado. Renunció al ser desterrado a Cerdeña durante una persecución, dejando así el camino libre al sucesor.

 

Algunos afirman que Pablo VI tenía preparada una renuncia, que se haría efectiva si su salud mental decayera en forma repentina, de modo que ya no pudiera firmarla consciente y libremente. Hubiera sido un caso de renuncia por condicionamiento interno. Es muy probable que Juan Pablo II haya hecho algo similar. El atentado que sufrió pudo haberlo dejado en estado vegetativo y la enfermedad que padece le ocasiona cada vez mayores complicaciones. Es muy consciente de todo esto y algunas medidas debe haber adoptado para no exponer a la Iglesia a un estado de incertidumbre en el caso de perder la lucidez mental.

 

Si un papa no pudiera desempeñar más su ministerio, estaría moralmente obligado a renunciar. Si no se decidiera a ello, los obispos, en particular los cardenales, sentirían la obligación en conciencia de “convencerlo” para dar ese paso. En un caso extremo, si cayera en un coma irreversible, es casi seguro que el colegio cardenalicio, después de un tiempo prudencial de espera, declararía impedida o vacante la sede romana y procedería a la elección del sucesor. Pero salvo el caso extremo, ¿cuándo un papa no está ya en condiciones de continuar ejerciendo el ministerio petrino? Recordemos, por eso, que son tres las funciones principales de un obispo, mucho más las del obispo de Roma: santificar, enseñar y gobernar.

 

El oficio de santificar es el que requiere menos salud, si cabe la expresión, ya que puede ser ejercido durante la enfermedad, en el silencio de la oración. Si por el mal de Parkinson Juan Pablo II no pudiera hablar más, no podría administrar sacramentos, pero la función de santificar no se limita a la administración de los sacramentos, aunque está muy ligada a ella. Lo tradicional era que los papas delegaran en vicarios el ejercicio de tales ministerios. No tendrá un siglo la costumbre de que algunos pontífices, para mantener un contacto directo con el pueblo fiel, se dediquen, cada tanto, a confesar, bautizar o bendecir matrimonios.

 

Si Juan Pablo II no pudiera hablar, piensan algunos, no podría celebrar misa. Pero tampoco es indispensable que celebre. Muchos obispos, incluido el papa mismo, “asisten” a misas, y comulgan piadosamente, sin concelebrar. Sin embargo, aún no pudiendo hablar, podría celebrar la eucaristía, al menos concelebrar. La declaración de Pío XII, en 1957, de que sólo concelebra válidamente quien “pronuncia” las palabras de la consagración y no quien sólo tiene la “intención” de hacer propias las palabras y las acciones del celebrante principal, no se refería a este caso, de quien hace el esfuerzo por pronunciar pero los labios no le responden, algo así como el que estornuda en ese momento, sino al de aquellos que se mantenían en una lectura mental, quitándole visibilidad al sacramento.

 

La vida de Juan Pablo II ha sido siempre una vida de oración, especialmente ahora en que la dificultad para la acción le deja más espacio interior. Cada día se desgrana como el Ave María de un rosario permanente, con los misterios de la Luz, añadidos por él. Por su enfermedad vive en un perpetuo Vía Crucis, en la esperanza de la resurrección final. Si hay algo de lo que los católicos estamos convencidos, así como los creyentes de todas las Iglesias y de las otras religiones, es que en Roma hay un orante que convoca a la humanidad para vivir en la contemplación de Dios.

 

El oficio de enseñar, en cambio, podría quedar afectado por la falta de locución y por la dificultad para escribir. Pero recordemos que Clemente XII (1730-1740), elegido a los 79 años, era un anciano enfermo que con frecuencia gobernaba desde el lecho. Los últimos ocho años estuvo completamente ciego y para firmar le guiaban la mano. No es esto un ideal, pero la misión del papa no es presidir una empresa o un Estado. Su liderazgo es ante todo moral. Poco sabemos de los últimos años del apóstol Simón Pedro. Eran muchos los predicadores del Evangelio y algunos, como Pablo, lo explicaban con autoridad. Lo importante era la conciencia de pertenecer a una misma Iglesia, dirigida por un colegio de apóstoles, cuya cabeza era Pedro, que confirmaba en la fe a sus hermanos, más con el ejemplo que con la palabra, con el martirio que con directivas. Y Juan Pablo II, padeciendo con alegría un lento martirio nos confirma a todos en la esperanza.

 

A decir verdad, es tan abundante la producción de documentos del magisterio pontificio actual que una cierta pausa no nos vendría mal a todos. Nos permitiría leer o releer textos que, pocas semanas después de publicados, eran desplazados por otros nuevos. Ha escrito tres encíclicas sociales que aún no hemos aplicado plenamente. En cierta forma, ha dicho ya todo lo que podía enseñarnos. Por otro lado, como el sujeto del Magisterio es todo el colegio episcopal, aunque no pueda hablar el papa sí pueden hacerlo, y lo hacen, los obispos en todo el mundo, acompañados por los teólogos y los catequistas. No faltará nunca quien enseñe en la Iglesia.

 

El oficio de gobernar es quizás el que quedaría más resentido con una falta de locución. Lo que ocurre es que nos hemos acostumbrado a un gobierno excesivamente monárquico o centralizado. En los primeros siglos las Iglesias locales se manejaban con cierta autonomía. Cuando se producía un conflicto, los obispos más cercanos, comenzando por los de las sedes más importantes, ponían el hombro, con frecuencia en concilios regionales, como ocurría en el norte de África. El gobierno era, ante todo, un acompañamiento pastoral.

 

Durante la Edad Media el prestigio del papado estaba a la altura, o más, que el del emperador. El gobierno pontificio tenía entonces mucho de dominio. Sin embargo, aun en esa estructura de poder, encontramos largos períodos de sede vacante, uno de casi tres años (1268-1271), sin que la Iglesia quedara trabada por ello. El elegido, en aquel caso, se encontraba de peregrinación en Tierra Santa y hubo que aguardar su retorno, con lo cual la acefalía entró en el cuarto año. Sin embargo, las diócesis, las órdenes religiosas, las universidades, las cortes reales, las corporaciones, las cofradías, formaban un tejido eclesial que permitía continuar la vida aún no habiendo papa o estando incomunicados con él.

 

Al hablar de los papas, nos movemos en general con el imaginario del siglo XX, como si éste fuera el prototipo histórico. Suponemos, por ejemplo, que una elección papal se resuelve en dos o tres días, dado que los electores están asistidos por el Espíritu Santo. Pero Gregorio XVI, en 1831, fue elegido en la votación número 100, con un escrutinio a la mañana y otro a la tarde durante 50 días. Imaginamos también que el elegido será uno de los cardenales. Pero muchas veces el candidato era sólo obispo o presbítero o diácono o laico. Juan XIX recibió en un solo día todas las órdenes sagradas (1024) ya que era un laico.

 

Esta breve visión de otras épocas difíciles o tormentosas nos ayuda a comprender mejor que si el papa actual quedara incapacitado no sería una tragedia, no se derrumbaría nada. Los que organizaron el frustrado atentado contra Hitler, en 1944, sabían que muerto el Führer se derrumbaría el nazismo. Pero muerto o incapacitado el papa, no se derrumba nada. La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, animada por el Espíritu Santo, en peregrinación hacia la casa del Padre. Su piedra fundamental es la fe, que se prolonga amorosamente en la esperanza.

 

Ahora bien, ¿por qué no ha renunciado ya el papa, sin esperar el último minuto, siguiendo el ejemplo de los obispos que lo hacen al cumplir los 75 años? Es éste un tema delicado que dará mucho que hablar a los historiadores de la Iglesia, en particular a los biógrafos de Juan Pablo II. Intentando una aproximación al tema podríamos decir que a él le ha tocado vivir un momento excepcional de la sociedad y de la Iglesia. Es un testigo privilegiado de la vida eclesial bajo el régimen comunista e influyó ciertamente en el derrumbe del sistema soviético. Esto se logró por evolución, casi sin violencia, evitando una guerra civil o interna, que podría haber derivado en un conflicto exterior, incluso nuclear. Está más allá del premio Nobel, porque es un garante de la paz, no un simple luchador por la paz. Y últimamente ha evitado que la guerra de Irak se convirtiera en un nuevo enfrentamiento entre la Cruz y la Media Luna.

 

Los nombres que adoptó, Juan y Pablo, nos remiten a los dos papas del concilio. Con Juan Pablo II se cierra, en cierto modo, un ciclo conciliar. Después de él se abrirá otro ciclo, mirando quizás hacia un nuevo concilio. Es posible que su sucesor no sea un hombre que haya participado del Vaticano II. El papa actual es un custodio de metas logradas, tanto en los acuerdos ecuménicos con las otras Iglesias como en el diálogo interreligioso. El valor simbólico que ha adquirido en la Iglesia y en la sociedad es tan elevado que hace pasar a un segundo plano la capacidad de gestión ordenada a la eficiencia. En todo el mundo no se encuentra otro referente moral equivalente, con carisma para congregar millones de personas en un acto. Por eso, respetando el caso excepcional de Juan Pablo II, más que especular sobre su renuncia podría ser útil reflexionar sobre la eventual renuncia de sus sucesores, considerando dos aspectos, la edad límite y la sede impedida.

 

La edad límite

 

En el decreto conciliar Christus Dominus, sobre el oficio pastoral de los obispos, leemos: “Si por el peso de la edad o por otra causa grave, los Obispos diocesanos y otros equiparados a ellos en derecho, se hicieren menos aptos para desempeñar su oficio, con encarecimiento se les ruega que, espontáneamente o invitados por la autoridad competente, presenten la renuncia a su cargo” (nº 21). Advirtamos que no dice “si se hicieren ineptos”, sino “menos aptos” (minus apti), porque no se trata de llegar a la incapacidad total sino que es suficiente una disminución apreciable de la capacidad. Y tomando como base esta exhortación, Pablo VI estableció la edad de 75 años para presentar de oficio la renuncia.

 

Por razones similares, parece razonable que el obispo de Roma renuncie a la edad en que deben renunciar todos los obispos. Tal vez hoy esa edad límite habría que extenderla hasta los 80, edad tope para que los cardenales puedan ser electores del papa. Los chicos que nacen hoy, en muchos países, tienen una expectativa de vida de 100 años. Pero la cuestión no está en cuál es la edad límite sino por qué debe haber una edad límite, cuando en la historia de la Iglesia no ha existido antes una norma similar.

 

Con frecuencia se dice que no tiene sentido establecer una edad en forma taxativa, siendo así que la mayoría de los obispos llegan a los 75 años en muy buen estado de salud física y mental y continúan después trabajando durante años en diversos ministerios. Ahora bien, lo que se desea justamente es eso, que dejen el cargo cuando están bien. Antes, iban ingresando paulatinamente en una zona de penumbra, con crecientes dudas sobre su capacidad de gestión. En casos extremos, el papa les solicitaba la renuncia o nombraba directamente un sucesor, lo que dejaba la sensación de que habían sido depuestos. Hoy todos dejan el cargo sonrientes y se despiden de sus fieles con proyectos para el futuro.

 

Una razón adicional para establecer una edad límite sería el hecho de que la medicina moderna ha logrado notables avances en la prolongación de la vida corporal pero no con la misma velocidad en el terreno de la vida psíquica. Es previsible el caso de papas que continúen hablando y moviéndose bien, pero con las facultades mentales muy disminuidas, con dificultad para recordar, coordinar y comprender un problema. Para no llegar a esa situación desagradable se presenta la solución de proponer, no necesariamente imponer, una edad límite.

 

Si aceptamos la conveniencia de que el papa renuncie a una edad preestablecida, como sería a los 80 años, podemos preguntarnos cómo establecer esa costumbre. Hay al menos tres caminos posibles para alcanzar dicho objetivo, que pueden ser analizados en orden creciente, de menor a mayor, es decir de menor fuerza de persuasión a mayor poder de decisión.

 

El primer camino es el de la exhortación. El futuro papa daría el “buen ejemplo”, anunciando su intención de renunciar al alcanzar la edad límite. En su testamento espiritual aconsejaría a su sucesor adoptar la misma actitud por el bien de la Iglesia. Podría incluso convocar un sínodo de obispos que exhortara igualmente al sucesor. Seguiría la línea de Christus Dominus, rogándole “con encarecimiento” que renuncie. De ese modo se iría conformando una tradición, sin promulgar normas que plantearían delicados problemas teológicos.

 

Sin embargo, al consejo de un papa o de un sínodo, el sucesor podría responder que le parece una idea respetable, pero que no la comparte plenamente, como tampoco la aprueban muchos otros cardenales y obispos, y que él mismo, llegado a esa edad, renunciará si lo ve conveniente. Y así, con elegantes palabras, podría ponderar la intención del predecesor que lo exhorta a renunciar, pero continuar en el cargo.

 

El segundo camino, más allá de la mera exhortación, sería la del compromiso previo. Todos los cardenales, al ingresar al cónclave, se comprometerían a que, de ser elegidos, renunciarían al llegar a la edad establecida. Un papa no puede obligar al papa siguiente pero sí a los cardenales electores. Puede establecer condiciones, como ya hay numerosas, comenzando por el número de votos requeridos para ser elegido. En caso de que alguno de los cardenales no aceptara firmar ese documento, quedaría privado del derecho a votar. Si con el primer método se podía dejar de lado un consejo, con este segundo método, de firmar un documento previo, el papa no encontraría fácilmente la forma de explicar después por qué faltó a la palabra dada con solemne y público juramento.

 

En realidad, este método del compromiso previo no es tan novedoso. Ha sido utilizado durante siglos, pero no en relación a la renuncia. Los cardenales, en el cónclave, firmaban un documento, o se comprometían de palabra, a observar ciertas condiciones en caso de resultar elegidos, por ejemplo a no suprimir los privilegios de los cardenales. Sin embargo, no era raro que el elegido olvidara después sus promesas, y como éstas por lo general habían sido secretas, no tenía que afrontar la crítica de los fieles. A lo más debía hacer frente a las iras de algunos cardenales que no estaban ya en condiciones de torcerle el brazo.

 

Algunas de esas “capitulaciones” eran respetables, como la de muchos cardenales italianos, en el siglo XIV, cuando los papas residían en Aviñón, de elegir a uno que se comprometiera previamente a volver a Roma. Había capitulaciones injustas y anticanónicas, como la de limitar las facultades del papa en favor de los cardenales. Al ser elegido Inocencio VI (1352) las declaró inválidas. Otras parecían aceptables, como la de convocar un concilio, pero todo dependía de las circunstancias. Por eso, Pío II, después de ser elegido (1458) juró observar el convenio previo “en cuanto pueda hacerlo con beneplácito de Dios y sin detrimento de la justicia y el honor de la Sede Apostólica”.

 

El más politizado de los cónclaves fue quizás el de 1769, que duró más de tres meses. Las cortes borbónicas presionaban para que se eligiera un papa resuelto a suprimir a los jesuitas, ya expulsados de varios reinos. Se pensó exigirle al candidato una promesa escrita de que aboliría la Compañía de Jesús, pero la conciencia de muchos cardenales no lo permitió, considerando que la elección sería inválida. Aunque más de la mitad de los electores simpatizaban con los jesuitas, sorprende que Clemente XIV haya sido elegido allí por unanimidad, tranquilizando a todos con frases ambiguas. Y abolió la Compañía de Jesús, no inmediatamente, como si hubiera firmado un pacto, sino cuatro años después. Por todo ello, si consideramos los momentos amargos por los que pasó el pontificado romano a raíz de tales convenios previos, sería preferible buscar otro método que no apareciera hipotecado por conflictos históricos tan traumáticos.

 

El tercer camino, más firme u obligatorio, sería el de una norma canónica establecida por el colegio episcopal, sea reunido en concilio, sea por acuerdo de los obispos ante una propuesta papal. Según esa norma, un papa, al llegar a la edad establecida, digamos a los 80 años, dejaría de ser papa, sin necesidad de presentar la renuncia. La sede quedaría vacante y se convocaría automáticamente a los cardenales para elegir al sucesor.

 

A esta propuesta se suele responder diciendo que el concilio o, en sentido más amplio, el colegio episcopal, no está sobre el papa, quien podría modificar la norma establecida y continuar gobernando. Es verdad que no está sobre el papa, pero sí está con el papa, colaborando con él en una situación límite, en un aspecto que lo supera personalmente, porque algunos pontífices se darán cuenta de cuándo no están ya en condiciones de gobernar, pero otros no. El episcopado estaría acompañando al papa para robustecer el ejercicio de su ministerio.

 

Para la recepción de algunos sacramentos, como el matrimonio o el sacerdocio, la Iglesia ha establecido una edad mínima, considerando que antes de esa edad no se dan las condiciones requeridas para su validez. Siglos atrás, en cambio, príncipes niños fueron casados por sus padres para tejer alianzas políticas, mientras que otros niños eran ordenados sacerdotes o designados cardenales o enclaustrados en un convento. Hasta encontramos algún papa niño. Benedicto IX recibió el papado de manos de su padre, gobernante de la ciudad de Roma, como si se tratara de una herencia familiar (1032). Algunos dicen que asumió el cargo a los 12 años de edad, aunque tal vez exageran. La Iglesia aprendió por experiencia la necesidad de establecer edades mínimas. De modo similar, podría establecer edades máximas para algunos casos.

 

La sede impedida

 

Ahora bien, suponiendo que se lograra un acuerdo para introducir la costumbre de que los papas renunciasen a una edad determinada, por uno de los tres caminos indicados o por otros, quedaría aún pendiente el problema de aquellos papas que, antes de alcanzar esa edad límite, no estuvieran en condiciones de continuar al frente de su sede. Alguno renunciaría. Pero, ¿qué ocurriría si otro no lo hace? En realidad, aunque hablamos aquí de una eventual renuncia, este problema de la sede impedida es independiente del de la edad límite para renunciar o para dejar el cargo.

 

El canon 335 distingue entre la sede vacante y la sede totalmente impedida: “Al quedar vacante o totalmente impedida la Sede Romana, nada se ha de innovar en el régimen de la Iglesia universal; han de observarse, sin embargo, las leyes especiales dadas para esos casos”. La sede vacante es la más clara, ya que se produce por muerte o renuncia del titular. Podrá dudarse si ha muerto o no un papa que naufragó y figura como desaparecido. Podrá cuestionarse si una renuncia ha sido formulada con entera libertad. Pero el margen de duda es inmensamente menor que en el caso de la sede totalmente impedida.

 

Cuando Pío VI fue trasladado por el Directorio francés a Siena y después a Valance, donde murió en 1799, puede decirse que la sede estaba totalmente impedida. ¿Por qué no renunció, como Ponciano en el siglo III, para dejarle el camino libre al sucesor? Porque estaba muy enfermo, tenía casi 82 años y se sentía morir. Suplicó incluso que lo dejasen morir en Roma. “Podéis morir en cualquier sitio”, le respondieron, y se lo llevaron. En cambio, cuando su sucesor Pío VII fue trasladado por Napoleón a Savona, donde quedó tres años aislado de sus colaboradores, y después a París, la sede quedó impedida pero no “totalmente”, al menos no definitivamente, ya que en 1814 retornó triunfante a Roma. ¿Por qué no renunció Pío VII, estando la sede impedida? Porque confiaba en mantenerse como un símbolo frente a un poder que no parecía conocer límites.

 

Para resolver entonces la cuestión de la sede impedida se requiere un discernimiento que admite diversas lecturas proféticas. Hace medio siglo, la sede primada de Hungría estaba totalmente impedida. Su titular, el cardenal Mindszenty, que se encontraba refugiado en la embajada norteamericana desde la revolución de 1956, aplastada por los tanques rusos, consideró que no debía renunciar sino mantenerse como un símbolo de la resistencia al comunismo. Pero Pablo VI hizo un discernimiento diferente, le pidió la renuncia y, no habiéndola obtenido, lo depuso de su sede, para poder designar obispos en Hungría, con la aprobación, digamos la tolerancia del gobierno comunista. Fue una decisión muy dolorosa, desplazando a un mártir de la fe. Ahora bien, cuando la sede impedida es la romana, ¿quién debe realizar ese discernimiento?

 

En algunos casos se procedió a la elección de un nuevo papa, considerando que la sede estaba impedida, no vacante, ya que el papa no había muerto ni había renunciado. Pero al no existir una legislación clara al respecto, la nueva elección ocasionó conflictos aún mayores. Tal fue el caso del papa Bonifacio VII, personaje siniestro, elegido en 974. Lo primero que hizo fue hacer estrangular en la cárcel a su predecesor, que había sido depuesto. Su segunda medida fue huir a Constantinopla con el tesoro de la Iglesia. La sede romana quedaba impedida. Eligen entonces otro papa, que gobierna en paz durante nueve años y, al morir éste, eligen un sucesor.

 

Ahora bien, después de diez años de ausencia reaparece el que había huido a Constantinopla. ¿Cuál era el verdadero papa? Muy probablemente el que dirigía la diócesis de Roma, no el que había desaparecido tanto tiempo. Una huida en esas condiciones podía ser interpretada como una renuncia. Pero en esa época no se perdían en disquisiciones. El que volvió hizo deponer y asesinar al que estaba, y él corrió la misma suerte un año después, siendo arrastrado su cadáver por las calles de Roma. Al margen de que fue considerado un verdadero monstruo y no simplemente un loco, su huida y su retorno plantean un problema jurídico de difícil solución.

 

Aunque la Iglesia ha legislado minuciosamente para el caso de la sede vacante, ha dejado un vacío, sin legislar, para el caso de la sede totalmente impedida, situación más compleja que la anterior. Y este vacío es el que nos mueve a avanzar con propuestas para que un día se legisle. Dos son los frentes que hay que cubrir, el externo y el interno, ya que la sede puede quedar impedida por interferencia exterior, como ocurrió con Pío VI y Pío VII, o por conflicto interior, como en el caso previsto por Pablo VI, de quedar repentinamente discapacitado. Hoy no parece probable una intromisión política externa en la Santa Sede, “protegida” por la Unión Europea, mientras que una sede impedida por la situación interna continúa siendo una posibilidad no tan remota.

 

El problema parece de fácil solución en los casos en los que un papa perdiera a todas luces su capacidad incluso para comunicarse, no reconociendo a las personas, no recordando los temas tratados, no hablando en forma coherente. El colegio cardenalicio podría declarar la sede totalmente impedida, equivalente a la sede vacante. El problema serio se plantea, en cambio, en otros casos, como el de quien tiene alteradas sus facultades mentales pero aparentemente se desempeña con normalidad. Sólo los especialistas pueden detectar esa anomalía. Ahora bien, ¿quién decide que se realicen estudios, quién elige a los especialistas, quién evalúa los resultados, quién indica los pasos a seguir en función de los análisis?

 

Los canonistas medievales consideraban que un papa privado del uso de razón no podría continuar al frente de la Iglesia. Pero no se implementaron los pasos a seguir. Se discutía incluso si dejaba de ser papa en forma automática o se requería una suerte de deposición mediante un juicio donde se dilucidara el estado mental del pastor. Hubo sumos pontífices que fueron depuestos, con o sin juicio previo, y la interpretación de tales casos plantea delicadas cuestiones teológicas. Por lo cual no parece oportuno hablar de deposición, modificando la situación jurídica, sino de declaración o constatación de lo que existe con validez jurídica.

 

Hay casos de papas cuya locura fue evidente y estremecedora. Esteban VI (896-897) armó el famoso “sínodo del cadáver” para juzgar al difunto papa Formoso mediante un proceso legal. El cadáver fue sentado en el trono, con vestiduras pontificales que le iban arrancando. Le mutilaron la mano del juramento y sacaron el cadáver a patadas para arrojarlo al Tíber. En ese momento se derrumbó la basílica de Letrán, lo que aterró a todos, viendo en ello un castigo de Dios. No sólo el papa sino toda su corte habían caído en la locura y la barbarie. ¿Fue verdaderamente papa este hombre horroroso? Pienso que no. Pero ¿quién podía declarar que la sede estaba impedida o vacante, sin exponerse a que le cortaran la lengua o la mano firmante? No había una salida legal. Entonces una revuelta lo depuso y fue estrangulado en la cárcel, solución expeditiva que evitaba futuros reclamos.

 

No vemos posible que surja otro papa visiblemente loco “de atar”, como se decía antes, pensando en un chaleco de fuerza. Pero sí está la posibilidad de una demencia oculta, al menos para el común de la gente. Cuando los papas volvieron de Aviñón a Roma, fue elegido Urbano VI (1378). Pocos meses después, los cardenales comprendieron que padecía perturbaciones mentales y no podía ser papa. Rezaba el breviario por el jardín, a la hora en que torturaban a los prisioneros, para deleitarse con sus alaridos. Ahora bien, la solución que encontraron los cardenales no fue la mejor. Declararon que lo habían elegido bajo la presión del pueblo de Roma, por lo cual la elección era nula. Procedieron entonces a elegir otro y así comenzó el “Cisma de Occidente”, con dos y después tres papas, durante 39 años.

 

Una forma de solucionar este tipo de problemas, que están comprendidos en la figura de la sede “totalmente impedida”, sería constituir un tribunal especial o dicasterio, cuya función sería, llegado el caso, declarar la sede totalmente impedida, sea por una acción externa, sea por incapacidad para ejercer el ministerio. No debería estar integrado por colaboradores inmediatos del papa, situación que no favorecería la objetividad. Sus miembros podrían ser elegidos por el conjunto de los cardenales. Ese tribunal debería disponer de autonomía y de presupuesto para actuar, controlando en forma habitual la salud física y mental del papa.

 

No se puede legislar para todos los casos posibles, como si estuviéramos controlando el futuro. Pero que un papa pueda estar bien físicamente y perdido mentalmente ya no es una remota posibilidad sino que alcanza cierto grado de probabilidad en razón de los progresos médicos, que mantienen en funcionamiento el cuerpo más tiempo que la mente. Se puede establecer una edad límite y crear un tribunal con la potestad de declarar la sede impedida. O se puede continuar sin edad límite ni tribunal. Llegado el caso, se encontrará la solución. Lo notable de la Iglesia, a diferencia de otras entidades, es cómo ha sobrevivido a crisis increíbles, como el “sínodo del cadáver”. Los problemas de la jerarquía pueden ser resueltos con sabias normas, pero sobre todo con la fe y los carismas de toda la Iglesia. La creatividad de los fieles es un capital que a veces enterramos, envuelta en un pañuelo, como en la parábola de los talentos.

Nº 2303 » Abril 2005

El Papa puede renunciar, ¿debe hacerlo?

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El estado de salud manifiestamente frágil de Juan Pablo II, ya próximo a cumplir 85 años, y particularmente su última crisis que motivó dos internaciones hospitalarias y lo ha privado prácticamente del habla, ha reactualizado las discusiones acerca de su posible, y para algunos deseable, renuncia al papado. Es un tema sensible, cuya sola mención eriza la epidermis eclesial, sobre todo en ciertos niveles. La intención de estas líneas no es, ni podría ser en absoluto, “decirle al papa lo que debe hacer”. Simplemente, tratamos de reflexionar con honestidad intelectual, y con amor al papa y a la Iglesia, sobre el punto.

 

Un artículo publicado en este mismo número aporta datos y reflexiones valiosos sobre este tema, que no repetiremos. Sólo proponemos un comentario adicional.

 

Ante todo, la renuncia del papa es posible. Está expresamente prevista en el Código de Derecho Canónico, y en la constitución apostólica de Juan Pablo II que rige el procedimiento a seguir en caso de sede vacante. Es cierto que, desde hace varios siglos, ningún papa ha renunciado a su oficio. Eso, sin embargo, no quiere decir nada. Durante mucho tiempo (reciente) ningún papa salió de Roma, hasta que uno lo hizo. Durante mucho tiempo ningún papa viajó en avión, hasta que uno lo hizo. Durante siglos los papas fueron italianos, hasta que fue elegido uno polaco. Durante siglos los papas usaron tiara (una triple corona) y se desplazaron en tronos llevados a pulso, hasta que un papa se quitó la corona y comenzó a caminar entre la gente. Durante siglos los papas usaron guantes de seda y escarpines de raso, hasta que un papa se quitó los guantes y se calzó zapatos. Estos ejemplos, entre muchos, no quieren ser irrespetuosos con la institución ni con la persona: simplemente quieren poner de manifiesto que las nuevas condiciones (por ejemplo, la prolongación de la vida por los avances de la medicina) pueden requerir nuevas resoluciones.

 

El papa ejerce ese oficio porque es el obispo de Roma. Aunque exista alguna diferencia con los demás obispos (en cuando él es sucesor singular de Pedro, y los demás no suceden en forma singular a un apóstol en particular), no deja de ser un obispo como los demás. Y a los obispos no solamente se les pide, sino que en la práctica casi se les exige, la renuncia a los 75 años o cuando no tienen toda la aptitud necesaria para ejercer su oficio. Y el cese es automático en otros casos, por ejemplo en la misma curia romana. La imagen del Papa inválido que hoy proporciona la televisión es, en un sentido, conmovedora. Pero en otro, preocupante. Frente a ese ejemplo, edificante en lo espiritual pero no en lo funcional, ¿qué sentirá un obispo que llega a los 75 años en plenitud física y mental? ¿Se sentirá en conciencia urgido y obligado a presentar su renuncia ante un papa que difícilmente pueda decidir personalmente acerca de ella y de su sucesión?

 

Quienes queremos y admiramos a Juan Pablo II no podemos dejar de sentir dolor y tristeza al verlo. El esfuerzo de sus colaboradores cercanos por exhibirlo enhiesto y convencer al mundo de que ejerce en plenitud sus funciones, revelando qué come o mostrándolo capaz de levantar la mano para dar una bendición silenciosa, por momentos parece una crueldad que recuerda las expresiones de culto a la personalidad que rodeó en su final a otros gobernantes absolutos, y como tales “imprescindibles”. No querríamos que nuestros nietos hicieran algo así con nosotros.

 

Por último, la situación actual pone en cuestión el ejercicio mismo de la autoridad papal, y eso incluso nos toca de cerca. En el actual conflicto en torno del obispo castrense, ¿es el Papa mismo quien toma las decisiones con conocimiento de los pormenores y las alternativas, u otros hablan por él? ¿Cuántas de las decisiones, alocuciones y documentos que se atribuyen hoy al Papa salen realmente de su mente y de sus manos? Cuando “Roma habla”, ¿quién en Roma? Se sabe que siempre hay algo de ficción en los actos de gobierno, y que tampoco un presidente redacta o decide él todos los decretos que firma; pero si la Iglesia no es un Estado ni una empresa (argumento que se pone para justificar que el papa no tiene por qué ser un ejecutivo sano y rozagante), tampoco es lo mismo que en muchas cuestiones enseñe o decida el papa, o algún personaje menor.

 

Acaso ya sea tarde para plantear seriamente este tema en relación al Papa actual. Y entonces, lo mejor que podemos hacer es rezar por él y pedirle al Señor que conceda a la Iglesia lo mejor para ella. Pero sería prudente que estas cuestiones se pensaran mejor para el futuro, cuando todavía se está a tiempo.

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