Octubre 2005
Tocqueville en su bicentenario
Desde su contemporáneo Royer-Collard en adelante ha sido frecuente considerarlo como una suerte de Montesquieu redivivo. Tampoco resultan aventuradas las comparaciones con Aristóteles y Maquiavelo en punto a su capacidad analítica y sus envidiables dotes de observador. Es que Tocqueville (1805-1859) fue a la par un sociólogo y un filósofo de la política. Difícil arte, en verdad, el de reunir ambas miradas que, por lo general, se excluyen o subestiman mutuamente. En Tocqueville, en cambio, conviven sin recelos y se proyectan juntas sobre el camino poco transitado de lo razonable y lo prudente. Este rasgo contribuye a explicar el carácter conciliador de su pensamiento como también el estilo mesurado y a ratos melancólico de su prosa. Tocqueville, aun cuando corrigiera con obsesión sus originales, escribía genialmente bien pero su escritura es muelle: nos cautiva y, al mismo tiempo, nos invita al reposo.
Toda su biografía intelectual y política parece recorrida por una preocupación medular: el advenimiento de la sociedad democrática. La palabra que, desde la antigua Grecia, había servido para identificar a un régimen de gobierno, en Tocqueville designa ante todo a un tipo de sociedad que se define por oposición a la sociedad aristocrática, fundada no en la igualdad sino en los privilegios y diferencias hereditarios. Recordemos brevemente algunas de sus reflexiones al respecto.
Al término del segundo volumen de La Democracia en América, Tocqueville sostiene lo siguiente:
la Providencia no ha creado el género humano ni enteramente independiente, ni completamente esclavo. Ha trazado, es verdad, alrededor de cada hombre, un círculo fatal de donde no puede salir; pero, en sus vastos límites, el hombre es poderoso y libre. Lo mismo ocurre con los pueblos. Y a continuación: Las naciones de nuestros días, no podrían hacer que en su seno las condiciones no sean iguales; pero depende de ellas que la igualdad las conduzca a la servidumbre o a la libertad, a las luces o a la barbarie, a la prosperidad o a la miseria.
En efecto, la concepción probabilista en la expresión de Aron y de Stanley Hoffmann que Tocqueville tenía de la historia le hacía verla dominada por una tendencia profunda y progresiva hacia la igualdad de condiciones que se venía anunciando desde hacía setecientos años hasta convertirse en un hecho irreversible. Una tendencia acelerada en el caso francés por la Revolución pero que, en los Estados Unidos (marco de su obra cumbre cuyo tema es, en el fondo, la democracia) había marchado a un ritmo evolutivo. Ahora bien, una cosa es pensar la historia en términos de tendencias de largo plazo, que condicionan la autonomía de las decisiones, y otra distinta pensar que los acontecimientos están regidos por leyes de cumplimiento necesario cuya comprensión nos permitiría predecir el curso forzoso de la humanidad. En este sentido, sería erróneo sostener que Tocqueville es un autor determinista, postura a la que en más de una ocasión se opuso explícitamente. Por ejemplo, en una página luminosa donde, al contrastar la manera de hacer historia en los tiempos aristocráticos y los democráticos (en el primer caso, una historia que destaca las pequeñas causas y las acciones individuales; en el segundo, una historia centrada en los hechos generales y los fenómenos colectivos), cuestiona la doctrina de quienes, dudando del libre albedrío, niegan a algunos ciudadanos el poder de obrar sobre el destino del pueblo [
] quitan a los pueblos mismos la facultad de modificar su propia suerte, y la someten, ya sea a una providencia inflexible, ya a una ciega fatalidad.
Por consiguiente, si Tocqueville no abriga la menor duda de que, a pesar de todos los obstáculos que se le interponen en su derrotero, la pasión por la igualdad (que penetra por todas partes en el corazón humano) acabará desplazando a la sociedad aristocrática, no oculta su desconcierto con respecto al cariz que tomará en el mañana la sociedad democrática. Por una parte, el elemento dado, la democracia, impuesto por el devenir histórico o aun la misma voluntad de Dios (no discutiré aquí si el terror religioso que lo embargaba al respecto era algo más que un recurso retórico). Por la otra, el ámbito en el que costumbres e instituciones deberán actuar de consuno para que esa misma sociedad democrática sea, a la vez, libre. ¿A dónde vamos?, se pregunta Tocqueville con relación al destino de la libertad. El interrogante resulta insoslayable y se diría que está en el reverso de su preocupación por el avance de la igualdad. Para decirlo con categorías hobbesianas, que el mismo Tocqueville utiliza con frecuencia, si la sociedad democrática representa el elemento natural de su argumentación, la libertad representa al arte, a la capacidad de los pueblos para fundar un orden político en el que mujeres y hombres sean no solamente iguales en derechos sino libres.
Pero Tocqueville no podía despejar esta incógnita (¿podemos acaso hacerlo nosotros en nuestro convulsionado presente?) que lo acompañará toda su vida. La igualdad en tanto tendencia ofrece hacia el futuro más de una alternativa: la libertad o la servidumbre. En otros términos, Tocqueville creía que de un mismo estado social pueden extraerse consecuencias políticas diametralmente opuestas, sin que por ello quede aquél afectado en sus rasgos definitorios. De ahí que confesara estar muy lejos de creer que en Norteamérica hubiesen encontrado la única forma de gobierno que puede darse la democracia (la cursiva me pertenece). Dos rostros posibles, entonces, para un nuevo mundo que, si garantiza la ausencia de privilegios de nacimiento o de distinciones permanentes, presupuesto esencial de la sociedad aristocrática, deja librada a la labor prudente de los hombres la posibilidad de que la primera de aquellas opciones sea la que verdaderamente prospere.
De lo contrario, el despotismo volvería por sus fueros. En Tocqueville el concepto debe asimilarse, por lo pronto, a la tiranía de la mayoría que no acepta la convivencia pacífica con las minorías y a la que no alcanza con oponer salvaguardas institucionales mientras no se sustenten en prácticas y convicciones arraigadas. Si Tocqueville no considera probable que en Norteamérica se imponga esta tiranía en el plano político, sí la ve en cambio abrirse paso en el campo del pensamiento donde la opinión pública ejerce un poderío no violento pero uniformador, que deja el cuerpo y va derecho al alma, poniendo al descubierto lo que llamará, con una expresión afortunada, una nueva fisonomía de la esclavitud.
Tiranía mayoritaria, homogeneidad de opiniones
¿Bajo qué otro aspecto podía revelarse el despotismo a los ojos de las sociedades modernas? La respuesta a esta pregunta se encuentra en uno de los capítulos más célebres de La democracia en América donde Tocqueville describe a una multitud atomizada e indiferente por encima de la cual se yergue un gobierno de apariencia bienhechora y hasta paternal que, sin embargo, en su afán incontinente, termina negando las libertades y anulando el sentido de la responsabilidad individual. Es cierto que no previó el surgimiento del totalitarismo como la manifestación más acabada de la tiranía moderna. No obstante, le cabe a Tocqueville el mérito de haber retratado con más de un siglo de anticipación los contornos del Estado intervencionista. Súmese a esto el riesgo que significaba el individualismo, entendido como sinónimo de apatía cívica o, según se la denomina ahora, desafección pública, el aburguesamiento generalizado de la población, el ciego afán por el bienestar material, la centralización administrativa (excelente para impedir, no para hacer), la creciente polarización social (hecho gravísimo que para Tocqueville debía acaparar la atención del legislador)
He ahí otras de las varias amenazas que se cernían sobre el horizonte de las sociedades modernas.
¿Qué recetas proponía para aventar a estos fantasmas? Principalmente podemos mencionar las siguientes: 1) una adecuada distribución del poder, en un sentido tanto horizontal y vertical, con fuerte acento en la vida municipal vista como escuela de participación y canal adecuado para hacerla efectiva; 2) vínculos asociativos que limiten la ingerencia del gobierno en el ámbito de la sociedad civil; 3) creencias religiosas que, al crear una disciplina interior en los ciudadanos, contribuyan a moralizar la democracia; 4) una Justicia independiente que actúe como celoso guardián de la Constitución; 5) libertad de prensa, definida como un dogma correlativo de la soberanía del pueblo; 6) interés bien entendido, fórmula que alude a un egoísmo inteligente, sucedáneo de la virtud ciudadana, que lleva al habitante a sacrificar al conjunto parte de su tiempo y comodidad, y, 7) para confirmar su imagen de Montesquieu del siglo XIX, un sistema de costumbres afines que, según Tocqueville, constituía la razón especial o causa predominante que diferenciaba a los Estados Unidos de las ex colonias de América del Sur. Las costumbres de un pueblo esclavo son parte de su servidumbre; las de un pueblo libre son parte de su libertad, había escrito el autor de Del espíritu de las leyes. De ahí que, puesto a jerarquizar las causas que explicaban el mantenimiento del gobierno democrático norteamericano, Tocqueville antepusiera las costumbres a las leyes y a la posición geográfica, encuadre sociológico que condicionaba de entrada la posibilidad de esparcir, sobre otros suelos, la simiente de la democracia pluralista.
En todo caso, a falta de un estado moral e intelectual que sirviera de abono a las instituciones libres, Tocqueville pensaba que había que invertir el proceso y apostar a una legislación y una educación adecuadas a fin de proporcionar a los ciudadanos ideas y sentimientos que primeramente les preparen para la libertad y en seguida les permitan su uso, multiplicando a la par las la ocasiones de obrar juntos y de hacerlos sentir diariamente que dependen los unos de los otros. Una apuesta ciertamente más difícil pero que, al reconocer la influencia recíproca que existe entre el sistema social y el político o aun el margen de creatividad que compete a este último, permitiría que, introducidas prudentemente en la sociedad, mezclándolas poco a poco con las costumbres y fundiéndolas gradualmente con las opiniones del pueblo, las instituciones democráticas pudiesen subsistir fuera de Norteamérica. La advertencia hecha en la Introducción a La Democracia en América está enteramente ligada a este designio: Instruir a la democracia, reanimar si se puede sus creencias, purificar sus costumbres, reglamentar sus movimientos, sustituir poco a poco con la ciencia de los negocios públicos su inexperiencia y por el conocimiento de sus verdaderos intereses a los ciegos instintos; adaptar su gobierno a los tiempos y lugares; modificarlo según las circunstancias y los hombres: tal es el primero de los deberes impuestos en nuestros días a aquellos que dirigen la sociedad.
Quedémonos con esta lección imperecedera que, al tiempo que sintetiza en alguna medida la propuesta teórica de Tocqueville, supone para nuestro presente y nuestra posteridad (vaya esto dicho con especial referencia a la Argentina) un verdadero ideario cívico.
Manuel Puig: las voces de la pasión
Manuel Puig empezó a publicar su obra en la década del 60, época de intenso movimiento cultural en el país. Mientras en el Instituto Di Tella florecían las experiencias plásticas y artísticas, los lectores se volcaban, en el apogeo del boom, a la narrativa latinoamericana. No está de más recordar que en esa década se publican algunas novelas centrales en la renovación de la formas de narrar: Rayuela, de Julio Cortázar (1963) y Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez (1967) son solamente dos ejemplos de este intenso cambio.
En 1968 y 1969 aparecen en la Argentina las dos primeras novelas de Puig: La traición de Rita Hayworth (finalista en el concurso Biblioteca Breve Seix-Barral de España en 1965, y considerada por Le Monde como la mejor novela del fin de la década), y Boquitas pintadas. Por distintos motivos, ambas tuvieron problemas para su publicación; si bien la segunda se convirtió rápidamente en un best-seller, no tuvo buena recepción de la crítica. Estas dos obras singulares no ocuparon, indudablemente, el sitio de honor de otros textos latinoamericanos. No es un dato menor, para entender este rechazo, la manera en que se incluían técnicas e imágenes de la cultura de masas, procedimiento característico del pop art. Costó mucho tiempo llegar a percibir que, debajo de la apariencia de un juego kitsch, se elaboraba un cuidadoso trabajo de armado, aprovechamiento y resignificación de los elementos incluidos.
Ricardo Piglia construye un tríptico de autores argentinos que son, en su opinión, las claves de la literatura de fines del siglo XX en nuestro país: Saer, Walsh y Puig. Tres proyectos, tres maneras distintas de empezar a pensar nuevas formas de la literatura.
El narrador pulverizado*
El título de la primera novela de Puig marca su lugar de origen, el cine; de hecho, el texto nació inicialmente como guión 1. Más allá de este referente, en la génesis de la novela está la pasión cinéfila del autor, que recrea su propia experiencia de espectador en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Este pueblo de origen, General Villegas, se convierte en la ficción en Coronel Vallejos, y desde esa experiencia infantil va moldeando a Toto, el niño cuyo horizonte es el cine, un alter ego del escritor, que declaró que en esa primera novela relataba la historia de su propia infancia.
La traición de Rita Hayworth inaugura, dentro de la narrativa argentina, la relación entre literatura y productos culturales de masas, pero también una manera de construir el texto como collage: … el concepto de bricolage… sirve para definir el modo de proceder de nuestro autor… El bricolage sinónimo de arreglo doméstico designa… la creación a partir de materiales de desecho, y desde esta acepción ha venido a servir de etiqueta a lo que se hizo durante la década del sesenta en el ámbito del arte de avanzada 2. Los fragmentos de películas que recuerda y recrea Toto con figuritas de cartón son solamente uno de los elementos que forman el collage: la conversación, los chismes, todo un mundo de textos subalternos van tramando la historia. La incorporación de estos materiales resulta un desafío apasionante para el autor … se me ocurre que… hay un terreno que debemos reconsiderar… Cosas que están desprestigiadas pero que, a mí, se me ocurren de validez estética. Tengo el temor de que las formas cultas del arte hayan ejercido una grave represión, y de que haya posibilidades fascinantes dentro de las expresiones condenadas y descartadas 3.
Además de la incorporación de estos materiales depreciados, lo particular de esta presentación es que son los personajes los que toman la palabra en todos ellos. La figura del narrador desaparece; su tarea es similar a la de un titiritero que mueve, sin dejarse ver, los hilos de las marionetas; sólo se hace evidente en los títulos de cada una de las partes. Si bien la novela comienza con dos diálogos (En casa de los padres de Mita, La Plata 1933, y En casa de Berto, Vallejos 1933), predominan los monólogos interiores de los personajes, que se van relacionando entre sí, como los de Héctor y Paquita, creando una fuerte impresión dialógica en el texto. El diario, el cuaderno de notas y un anónimo son otros materiales que se incluyen y que brindan la posibilidad de participar en un mundo en el que todos y cada uno están pendientes de lo que sucede.
El recurso iniciado en este texto va a alcanzar su culminación en Boquitas pintadas. La novela se presenta bajo la categoría de folletín. Ese fue su destino inicial: una novela que se publicaría por entregas en una revista; sin embargo, el proyecto editorial naufragó, aunque no sucedió lo mismo con la novela, en la que inclusive se usa la denominación entrega, propia del género, para cada uno de los capítulos.
Un elemento fundamental en la novela son las cartas; a través de ellas se conecta Nené, ya casada y madre, con la madre del que fue su gran amor, Juan Carlos, muerto de tuberculosis. A través de ellas, también, el lector se conecta con las frustraciones de Nené y con la falsedad e hipocresía que rodean las relaciones entre personajes. Asumiendo la lógica del folletín, en el final, Nené, agonizante, le pedirá a su marido que las cartas de Juan Carlos, recobradas y …guardadas por el escribano fueran destruidas y su esposo mismo debía hacerlo 4.
Tanto las cartas de Nené como las de los otros personajes son una evidencia de la hábil recreación del habla de los distintos sectores sociales. A Puig lo fascinaba el fenómeno de la cursilería, en su opinión, los hijos de inmigrantes tuvieron que inventarse un lenguaje, porque en la casa no aprendían el español. Para eso, debieron … echar mano a elementos totalmente irreales, como el cancionero, los subtítulos del cine, la radio, el periodismo más popular y, en particular, el tono truculento del tango… 5.
La búsqueda de estas distintas entonaciones se perciben no solamente en las cartas, sino también en los diferentes géneros que integran el gran fresco de la novela. Así sucede con el recorte de la revista Nuestra vecindad que acompaña Nené en una de sus cartas, y que recuerda su consagración como reina de la primavera.
Lucida celebración del día de la primavera. Siguiendo una práctica impuesta por la costumbre, el Club Deportivo Social inauguró la entrada de la estación primaveral con una lucida reunión danzante, efectuada el sábado 22 de septiembre con el amenizamiento de la orquesta Los Armónicos de esta localidad. A medianoche, en un intermedio, resultó elegida Reina de la Primavera 1936 la encantadora Nélida Fernández, cuya esbelta silueta engalana estas columnas… 6.
La parodia de los lenguajes alcanza uno de sus puntos más altos en la decimotercera entrega, al referir la llegada de Mabel, antigua enemiga, a lo de Nené:
Tal vez un vago presagio asió su garganta con guante de seda. Mabel entre sus brazos estrechó un ramo de rosas y aspiró el dulce perfume, ¿por qué de repente pensaba que el otoño había llegado a la ciudad para nunca más dejarla? El frente del edificio de departamentos le pareció lujoso, mas la ausencia de una alfombra en la entrada la tranquilizó… 7.
El relato de los hechos utiliza el mismo lenguaje que el radioteatro que escuchan juntas Mabel y Nené, del que se van intercalando fragmentos entre la charla; el narrador se metamorfosea progresivamente en el locutor por su lenguaje y expresiones.
Agenda, informes policiales, necrológicas, conforman este abigarrado conjunto de materiales diversos. A través de ellos el lector va tomando contacto con la falsedad, el engaño, las aspiraciones de los personajes: un mundo de pasiones diversas, en las que predominan más las voces prestadas que las propias, ocultas en un mundo de apariencias.
El arte de narrar
Si en las dos primeras novelas se entrecruzan distintas líneas argumentales, complicaciones y desvíos que conforman tramas complejas, en El beso de la mujer araña (1976) se plantea una historia aparentemente lineal: dos personajes totalmente distintos conviven en un espacio cerrado; el relato irá construyendo el crecimiento de la relación entre ellos.
Como en La traición de Rita Hayworth, la novela se inicia con un diálogo que, en este caso, ni siquiera aparece con la orientación de un título. También, como en esa primera novela, el cine se constituye en una presencia avasallante. El relato de distintos filmes que hace Molina, uno de los dos personajes, hará avanzar la acción, pero también se convertirá en espejo de las diferentes situaciones que viven él y Valentín, el otro personaje. Como en toda la obra de Puig, el interés por la narración y especialmente la oral es fundamental. En este caso, logrará trascender los límites de la celda en que Molina y Valentín conviven, y constituirse en el nexo entre ambos personajes, totalmente diferentes. Molina conoce las convenciones del folletín y las pone en práctica para mantener en vilo al espectador:
- Después lo comentamos, si querés, o mañana.
- Sí, pero seguí un poco más.
- Un poquito no más, me gusta sacarte el dulce en lo mejor, así te gusta más la película. Al público hay que hacerle así, si no no está contento. En la radio antes te hacían siempre eso. Y ahora en las telenovelas 8.
En el relato de las películas suena el lenguaje del bolero; es el modelo estético de Molina, exuberante en la recordación de filmes de la década del 40.
Ella queda tirada sobre una alfombra que parece de armiño, el cabello renegrido sobre el armiño blanco, y parecen estrellas las lágrimas que le titilan… Y levanta la mirada… y ve sobre uno de los taburetes de raso… un papel. Se levanta y lo agarra, lo lee… Aunque vivas prisionera, en tu soledad tu alma me dirá… te quiero. Flores negras del destino nos apartan sin piedad, pero el día vendrá en que seas… para mí no más, no más…, y se lleva ese papel todo estrujado al corazón, que a lo mejor está tan estrujado como ese papel, tanto… o más 9.
Molina domina el arte de narrar: busca detalles, genera tensiones, recrea ambientes. Su voz, a la que no logra encerrar la celda, despliega el espectáculo de la pasión esplendorosa de las películas de los 40. Como en esos modelos, también él entregará su vida por su pasión.
Espacio aparte tal como el que van creando en el texto merecen las notas al pie. El empleo de este recurso acentúa aún más la impresión dramática del texto (un espacio cerrado que borra el mundo exterior, las convenciones de los diálogos y la inclusión de un texto segundo con orientaciones de puesta en escena). Allí se desarrolla, en un lenguaje absolutamente referencial, una teoría sobre la sexualidad. Lo interesante del empleo de las notas es que no se constituyen en una remisión necesaria del texto, lo que pone en duda al mismo género nota al pie 10. El crítico Jorge Panesi vincula el procedimiento con los cortes que interrumpían las funciones cinematográficas de la infancia de Puig, y considera que en el texto funcionan como espacio en el relato de filmes. Como sea, constituyen un desafío para el lector, que deberá organizar su propia estrategia de lectura frente a ellas.
Es evidente que no será el de las notas el único desafío al lector que plantea la obra de Puig, ya que implica un cambio muy evidente con respecto a los modelos tradicionales. Sin embargo, también es cierto que a partir de estos cambios se van generando nuevas formas de acercamiento al texto. José Amícola, a cuyas opiniones se hace referencia varias veces en el presente artículo, considera que la ruptura con la tradición narrativa realizada por Puig es de una osadía aún mayor que la de las vanguardias. Actitud que puede vincularse, sin duda, con declaraciones del propio autor: … para darle al lector más participación trato de no dar todo masticado….
Las deliciosas criaturasde Puig abren a un mundo que no es el prestigioso de otros textos canonizados; es por eso que deben generarse nuevos modos de acercamiento para poder percibirlo como verdadera literatura 11. Por debajo, entonces, de los múltiples textos que hacen estallar las voces de la pasión, podrá encontrar a un narrador distinto, osado y provocativo, que a través de estas voces mantiene un interés narrativo que no desdeña las técnicas experimentales. Y, para completar este acercamiento, puede disfrutar con la visión de dos excelentes versiones cinematográficas: la que realizó Torre Nilsson de Boquitas pintadas y la de El beso de la mujer araña, de Babenco. Esta última le deparará, además, la inolvidable actuación de William Hurt en el exacto papel de Molina.
* La expresión pulverización del narrador está tomada de Alan Pauls.
1. La fascinación de Puig por el cine se pone en evidencia en esta novela y en El beso de la mujer araña. No solo fue espectador; en sus inicios, Puig se orientó hacia el cine. Una beca le permitió estudiar en Roma con Cesare Zavattini, en el Centro Sperimentale di Cinematografia. Sin embargo, aunque creía que su destino era convertirse en director o guionista, allí descubrió que no podía adaptarse a ese tipo de trabajo, ya que Lo que quería era ir al cine, no hacerlo.
2. Amícola, José, Manuel Puig y la narración infinita, en AA.VV., Historia crítica de la literatura argentina, Emecé editores, Bs.As., 2000, p. 309.
3. Torres Fierro, Danubio. Memoria plural. Entrevistas a autores latinoamericanos, Sudamericana, Bs.As., 1986, p. 208.
4. Puig, Manuel. Boquitas pintadas, Seix Barral, Bs.As., 1993, p. 252.
5. Torres Fierro, Danubio. Op.cit., p. 206.
6. Puig, Manuel. Op.cit., pp. 21-22.
7. Puig, Manuel, Op.cit., p.195.
8. Puig, Manuel. El beso de la mujer araña, Planeta, Bs.As., 2001.
9. Puig, Manuel, Op. cit., p. 195.
10. Parece obvio remitir, al respecto, al notable cuento de Rodolfo Walsh Nota al pie en Un kilo de oro en el que este texto secundario avanza hasta devorar al texto principal.
11. Este modo de abordaje es el que propone Beatriz Sarlo en El imperio de los sentimientos, delicioso ensayo acerca de las publicaciones semanales casi contemporáneas a la vanguardia para encontrar un camino de lectura diferente. Este cambio de posición le permite hacer una aproximación fructífera a textos excluidos del sistema.
Desde la caída de Perón hasta el Proceso
Cuando acepté, sin demasiado entusiasmo, ocuparme de la revista Criterio 1, se me ofreció otra forma de ministerio, sea con los colaboradores inmediatos, sea con los lectores, de quienes me sentía deudor, sea, por un tiempo también, con el mismo monseñor Franceschi, a quien me cupo, como es sabido, asistir en Montevideo en sus últimos momentos. Otro tipo de ministerio, quizás, me apresuro a decir, el que me era menos afín y más me costaba, hasta el punto que, como he contado ya una vez, quise dejarlo, al menos en dos ocasiones 2. Pero que emprendí y llevé a cabo, creo, con la misma conciencia de que se trataba de un servicio. Esto me resultó especialmente evidente durante el Concilio, que seguí, en buena medida, por la revista, la cual así fue el vehículo que lo hizo conocer y su progresiva realización, al público de esta parte del mundo. Los límites eran los que eran. Ahora lo veo quizás con mayor claridad que entonces. Pero una obra se hizo, que permanece.
Gracias a Criterio mi ministerio sacerdotal adquirió una dimensión pública, que nunca hubiera previsto, y que me era, y es, bastante ajena.
Ya desde el principio, cuando se preparaban las primeras elecciones democráticas en 1958, después de la caída de Perón y de los años de régimen militar, el candidato radical, después elegido presidente, el Dr. Arturo Frondizi, quiso verme. Me conocía obviamente por Criterio. El encuentro hubo de ser confidencial y, en realidad, prácticamente clandestino. Lo último que yo quería era que se me identificara o se identificara a la revista, con cualquier candidatura, fuera ella preferible a otras.
El Dr. Frondizi se interesaba de un solo tema: relaciones entre Iglesia y Estado y exigencias de la Iglesia al respecto. Para estar más seguro de lo que se podía y debía decir, sobre ese delicado argumento y en ese momento tan especial, pedí que me acompañara nuestro profesor de Derecho canónico en la Facultad de Teología, Mons. Rodolfo J. Nolasco, quien además por entonces, me ayudaba en la revista. Un tema fue el divorcio, votado por el gobierno peronista in extremis, como un gesto más de menosprecio hacia la Iglesia. Otro tema, si me acuerdo bien, fue la enseñanza religiosa. Frondizi se manifestaba, por cierto, muy bien dispuesto. Sin duda, estaban las elecciones de por medio. Pero mi impresión fue la de un hombre sincero y abierto, preferible por cierto a lo que habíamos padecido hasta la revolución de septiembre de 1955. Todos sabemos cómo acabó ese primer ensayo de gobierno electo.
Diez años después, siempre a causa de mi papel (mejor sería decir: nuestro papel), en Criterio, recibí otra invitación para un encuentro, esta vez no en vista de ninguna elección sino, al contrario, de una revolución militar. Las revoluciones seguían acompañándome, como a un buen argentino. Era a fines de junio de 1966, en las postrimerías del gobierno del presidente Illia. Me llamó, siempre confidencialmente (o clandestinamente), un sacerdote que yo apreciaba, el P. Iñaki de Azpiazu, amigo de algunos militares, con los cuales había compartido también la cárcel. El llamado fue apoyado por un amigo mío, entonces muy joven todavía, Fernando Morea, hoy (me dicen) muy limitado como consecuencia de un accidente. Otro amigo, también ex-compañero de la prisión, ofreció su casa. Se trataba de encontrarse con dos generales, entonces ya muy en vista: Alejandro Lanusse y Juan Carlos Onganía. Y el argumento del encuentro, según se me informó, era convencer, o procurar convencer, a ambos, de la inutilidad y sobre todo peligrosidad de una revolución militar. ¿Por qué recurrir a mí? Una vez más, el trasfondo del recurso eran las posiciones en campo político de la revista Criterio, por lo cual hay que darle crédito. Entonces y después.
Los generales, pude advertir desde el principio, tenían no sólo ideas muy firmes sino resoluciones tomadas. Supongo que como se trataba de mí, sacerdote, encararon la cuestión política, o más bien, la decisión militar, del siguiente modo: nos proponemos instalar (¿o habrán dicho, imponer?) en Argentina, el régimen de las encíclicas papales. Cuáles encíclicas no especificaron. Los temas enunciados rápida y muy genéricamente, se referían a la moral pública. En realidad, no me preguntaban nada. Me comunicaban una decisión y una actitud. No podía, sin embargo, no reaccionar. Lo hice así: las encíclicas papales no contienen un programa político sino, a lo más, orientaciones en ese sentido; además, tienen una historia y un estilo muy propio y requieren una interpretación; no es siempre posible aplicarlas tal cual, al pie de la letra. Esperaban, estoy ahora cierto, otra cosa de mí. Respondieron con visible disgusto, y con un ataque personal, innecesario e injusto. Se ve que a Vd. no le gustan las encíclicas. Siento decir que fue el general Lanusse quien pronunció estas palabras, que reproduzco casi literalmente, pero su colega estaba visiblemente de acuerdo. El sacerdote, el dueño de casa con mi otro amigo Fernando, molestos y embarazados, quisieron salvar todavía la situación y encontrar una vía para el diálogo. No la había. Cuando pude, me fui, acompañado por Fernando, quien me pedía disculpas. Unos días después, el 28 de junio, cuando estalló el golpe militar (exagerado llamarlo revolución), yo me dije a mí mismo, con cierta explicable perspicacia: ahora vienen las encíclicas. Nadie las mencionó, por cierto, públicamente por lo menos. Pero la tendencia era, netamente, la de un gobierno católico, si se me permite la expresión. O, como entonces se decía: occidental y cristiano. Con todo, lo que dije entonces a los generales, lo diría igualmente hoy, sin cambiar una letra. Y tengo más experiencia de encíclicas que entonces, y no solamente quizás por haberlas leído.
Más tarde, vino el terrorismo. El contexto concreto, por lo que a mí toca, y mi ministerio en ese triste período, excede con mucho la revista Criterio y mi papel en ella. Fui confrontado, ya desde el secuestro del general Aramburu, con fieles cristianos y con sacerdotes, cuyas posiciones frente a ese fenómeno y a las causas que, según ellos, lo provocaban, no me parecían, ni me parecen hoy, aceptables a la luz de la enseñanza social de la Iglesia. Era la época de la teología de la revolución 3, antecedente de la teología de la liberación, la época de la carta abierta de un número no indiferente de sacerdotes latinoamericanos al papa Pablo VI, cuando su visita pastoral a Colombia, en julio de 1968, pidiéndole que no condenara la violencia, la época del flirteo con el marxismo y, al límite, de la aprobación o justificación de actos que se pretendían simbólicos, como el asesinato del general Aramburu.
Criterio no podía no reaccionar, y lo hizo. Yo mismo no dejé de reaccionar, cuando alguna de estas posiciones de aventura me tocaba de cerca.
Se me ocurre ahora que la sentencia de muerte que recibí después, en septiembre de 1976, bajo la forma de un comunicado a la opinión pública, junto a otros personajes importantes (el nuncio entonces en Argentina, hoy cardenal Laghi, y, más bien inesperadamente, el mismo general Lanusse), firmado por un sedicente Partido nacional socialista argentino, tiene aquí su origen 4. O mejor quizás, una de sus raíces. Sea como fuere, es difícil hacerse ahora una idea de cómo se vivía entonces en mi país, no obstante las amenazas del actual terrorismo. Y de cómo se ejercía el ministerio. Un ministerio que se caracteriza por su servicio a la unidad en la justicia. Dios solo sabe si estuvimos a la altura. Más de uno de nosotros pagó con su vida. No puedo no recordar a Carlos Mugica, de quien era amigo además de haber sido profesor. No se sabrá nunca si su muerte fue consecuencia de sus errores, o más bien del propósito de salir de ellos. La noche cuando lo velaban en la villa miseria donde había decidido ir a vivir, por lo menos parcialmente, villa que todavía existe, según compruebo cada vez que voy a Buenos Aires, quise ir yo también a rezar, profundamente sacudido como estaba. Mi prima Laura Quesada de Urien me pidió acompañarme. Y no era ciertamente la única persona del barrio Norte que vi esa noche allí, y en el entierro al día siguiente.
Es sólo honesto decir que a mí se me asociaba más bien con esa categoría de gente y no por cierto con la villa miseria. Y esto me ponía hasta cierto punto en una situación difícil cuando, o Criterio o yo mismo, expresábamos críticas, incluso duras, acerca de quienes se inclinaban hacia la revolución social como único medio de instalación de la justicia, o directamente la promovían. No creo haber puesto nunca en duda la sinceridad de sus motivos, o su sentido de la solidaridad cristiana, en algunos por lo menos. Creía, y creo, sin embargo, que se equivocaban terriblemente, y que eran víctimas de una especie de miopía. Las revoluciones, con las cuales me ha tocado convivir desde siempre, también ahora, en estos años de terrorismo islámico, nunca han resuelto nada, cualesquiera fueran sus efectos colaterales, más o menos benéficos. Y esto vale de las dos revoluciones que son como la idea madre de todas las demás: la francesa de 1789 y la rusa de 1917. Pero, en ese momento, criticar a quienes propiciaban semejantes soluciones era exponerse a ser identificado con la reacción más retrógrada, de la cual hay que decir Criterio se distanciaba tanto como de la otra parte, como consta claramente a quien haya seguido la revista durante esos años de plomo. En cuanto a mí personalmente, si es verdad que mi ministerio visible (que no era necesariamente el único) se podía considerar más presente en el mundo de lo que entonces se llamaba el barrio Norte (no sé si la denominación conserva hoy algún sentido), no se me podía acusar de haberme identificado ni con los intereses ni con las categorías en uso en muchos de los así clasificados. Toda simplificación es arbitraria, incluso por lo que toca a esa especie de división maniquea que se había creado. Y, reconociendo todos mis errores, también en ese campo, me parece poder afirmar que mi independencia se mantuvo siempre en esto, como en las relaciones con los gobiernos de turno, sobre todo los militares.
¿Errores? No solamente los míos, que el Señor juzgará cuando la hora llegue. Alguno cometido en (más que, por) Criterio me duele ahora, cuando recuerdo tal o cual escrito, quizás no necesariamente mío, que pudo haber herido a uno u otro de los comprometidos en las facciones en lucha. Tengo bien presente uno de estos casos, que ya entonces me inspiró preocupación y malestar y del cual sé cómo desconcertó e hizo sufrir al objeto de la crítica. El artículo no había sido escrito por mí, aunque yo también era capaz de críticas mordaces. Poco importa: fue leído y, en la medida en que eso era necesario, aprobado por mí. Hoy probablemente nadie lo recuerda, pero como los scripta manent, ahí está siempre, negro sobre blanco. Y me temo no fuera el único. Algún otro provocó la reacción del episcopado, o de quienes entonces lo representaban. Reconozco el error y siento el mal causado si lo hubo. Me remito una vez más al Señor que sondea los corazones. Criterio tuvo, a pesar de éste y quizás otros errores, frente a los poderes de este mundo, y en particular, a los que imperaban en Argentina, en esos años, militares pero asimismo civiles, una sola línea, de absoluta libertad. Con las autoridades eclesiásticas la relación se caracterizaba también por una forma de libertad, distinta ciertamente pero real. Nunca, quiero aquí decir, cualesquiera fueran las tensiones que hubo, se me impuso un censor. Esta es, si alguna, su gloria. Como prueba, basta volver al artículo editorial, ese sí escrito por mí (aunque no firmado: los editoriales no se firmaban), publicado a raíz de la revolución ya prevista, o golpe, el enésimo de la serie, y tan inútil como todos los otros, del 24 de marzo de 1976, poco antes de que yo dejara el país 5.
Inútil repetir que no fue fácil. Las presiones fueron muchas, incluso de parte de quienes creían tener derechos adquiridos sobre la revista y pretendían que se publicara tal o cual escrito (propio o ajeno). El director, aunque le costara, supo imponerse. Alguna vez fue denunciado a sus superiores eclesiásticos porque, según el denunciante (mejor es olvidar su nombre) tal artículo de comentario a un documento de la Santa Sede, comprometía la fe católica. Se trataba, me acuerdo, de la infalibilidad papal. Y estaba muy seguro de lo que había escrito. La denuncia, sin embargo, hasta cierto punto prosperó. El arzobispo de entonces (Mons. Aramburu, todavía no cardenal) me llamó, me dijo que había nombrado un revisor del artículo incriminado, y que había sometido el asunto a la Santa Sede, al organismo competente (la Congregación para la Educación católica, siendo yo profesor de la Facultad de Teología). Aquí la cosa no siguió. El secretario de entonces de ese Dicasterio, Mons. Antonio María Javierre, hoy cardenal, me dijo que no había ningún motivo para preocuparse. Sin embargo, la cosa trascendió al episcopado. Y yo comencé a recibir (inesperadamente) algunas cartas de adhesión de obispos amigos, últimamente redescubiertas en mi archivo: una de Mons. Vicente Zazpe, arzobispo de Santa Fe, otra de Mons. Juan José Iriarte, arzobispo de Resistencia y otra todavía, por un motivo distinto pero afín, de Mons. Jaime de Nevares, mi primo, obispo de Neuquén. A la luz de las posteriores etapas de mi vida, todo esto, leído de nuevo, parece ahora casi irreal 6. Pero fue y pertenece, a su modo, a la forja de una identidad.
Mi largo período al frente de la revista, prácticamente veintidós años, con sus altos y sus bajos, contribuyeron sin duda a plasmar de algún modo la identidad del joven sacerdote que era cuando me hice cargo, el 31 de enero de 1955, y no era más joven cuando la dejé para venir a Roma en septiembre de 1977.
El 31 de enero de 1955. La fecha no dirá mucho a los contemporáneos, eventuales lectores de estas páginas. Pero a quienes vivíamos entonces la sola mención de ese año, 1955, suscita la imagen de un período oscuro y cerrado en sí mismo, como cuando una niebla espesa se cierne sobre nosotros y no se logra ver ningún horizonte. Una experiencia comparable a la que padecimos veinte años después, cuando imperaban el terrorismo y la represión. Yo me hice cargo de Criterio precisamente entonces, bien consciente del peligro que corría, con mis colegas, y en realidad con todos aquellos de una manera u otra, comprometidos en el trabajo pastoral de la Iglesia. Pero también con muchos otros que aspiraban simplemente a una vida social libre y sana; es decir, normal. A medida que tomaba la mano en las cosas de la revista y procuraba componer esta nueva actividad con mi enseñanza en la Facultad de Teología y mi ministerio sacerdotal más directo, la niebla se tornaba siempre más espesa, mientras se oía el rumor sordo de resistencias siempre más organizadas y más amenazantes.
La tormenta estalló, como es sabido, el 16 de junio. Los días que precedieron llevaron al colmo la tensión con la Iglesia: la procesión de Corpus, la toma de la catedral de Buenos Aires, la expulsión de Argentina del entonces obispo auxiliar de Buenos Aires, Mons. Manuel Tato y del canónigo Novoa, responsable de los estudiantes, la excomunión declarada del presidente Perón 7. El 16 vinieron las bombas y las muertes. No se sabe por qué (o más bien, yo no sé por qué), la crisis, en lugar de resolverse se volvió, si cabe, más aguda. A una violencia respondió otra violencia: las iglesias fueron sistemáticamente incendiadas, igual que el edificio del arzobispado con el archivo de la Curia, mientras la capa cardenalicia del cardenal Copello, en llamas, era simbólicamente arrojada por el balcón. Hubo más de una profanación sacrílega. Todos los sacerdotes que pudieron ser encontrados, presos esa misma noche, incluso Mons. Franceschi y el mismo venerable Mons. Miguel de Andrea. Yo, en casa de mis padres por un ataque de gripe, quedé en libertad, y pude, esa noche, con un grupo de amigos, rescatar el Santísimo que las religiosas del colegio Mallinckrodt, aterradas, tenían en sus manos, mientras a pocas cuadras se incendiaba San Nicolás y los autores del incendio se hacían fotografiar en la calle Santa Fe, revestidos de los ornamentos sacerdotales saqueados. Después fui a dar a casa de otro amigo, esperando no comprometer a nadie. Y el día siguiente, fiesta del Sagrado Corazón ese año, logramos comunicamos con Mons. Albino Mensa, prácticamente a cargo entonces de la arquidiócesis 8 y nos encontramos en el rosedal de Palermo, vestidos de civil, para tratar de establecer alguna forma de contacto con los sacerdotes que habían quedado libres. La tensión disminuyó poco a poco: los sacerdotes fueron liberados y se volvió a una apariencia de vida social civilizada. Hasta septiembre, cuando la tormenta estalló nuevamente, esta vez con éxito: el régimen peronista fue barrido, aunque los problemas quedaron, como se vio después. Otra revolución que me tocaba vivir, la única quizás que me ha encontrado (entonces) de acuerdo, como también (prudentemente) la revista, pero que igualmente me ha hecho a la larga comprender mejor que en sí más es lo que atraen que lo que resuelven.
En medio de todo esto, me inauguraba en la revista, la cual nunca interrumpió su ritmo. Un bautismo literalmente de fuego, que me ayudó, a mí y a mis colegas, a sobrevivir y a llevar adelante Criterio, creo, con entera dignidad, en los siguientes incendios que atravesamos juntos hasta que viajé a Roma.
1. Cómo y en qué circunstancias recibí la revista de Mons. Franceschi ha sido narrado en el artículo publicado en CRITERIO año LXXVI (julio 2003), Nº 2284, pp. 352-358: Los años en CRITERIO y la Iglesia en Argentina.
2. Hubo, he redescubierto ahora, una primera renuncia, anterior, en realidad, a las otras dos, efecto de una seria aunque ciertamente digna, admonición del cardenal Caggiano, a raíz (curiosamente) de la censura cinematográfica. Al final de este escrito se podrá leer, entre otros textos, el intercambio de cartas a que esta situación dio lugar.
3. Se podría citar más de un libro con este título, aparecidos entonces; en Brasil, por ejemplo: Joseph Comblin, Théologie de la Révolution, que no es quizás tampoco el autor más representativo.
4. Informé oportunamente a mi superior de entonces, el cardenal Aramburu, acerca del comunicado. Se puede leer la carta correspondiente en el apéndice documentario, al final del texto.
5. ¿Qué pensar? (Criterio año XLIX, 1976, N° 1735,16/3/76 pp. 99-102). El editorial del número de enero del mismo año (la numeración cambia en marzo, XLVIII, 22/1/76; N° 1731/32, pp. 3-7) va en el mismo sentido, anticipándose a los acontecimientos.
6. Las tres cartas se podrán leer en el apéndice documentario que cierra este escrito.
7. Las excomuniones declaradas, según el Derecho canónico de entonces, eran considerablemente más graves que las simplemente incurridas.
8. Mons. Albino Mensa, italiano de origen pero nacido en Argentina, vino al país, ya en 1954, con el encargo oficial de ocuparse de los emigrados italianos pero en realidad con la misión de seguir más de cerca la situación de la arquidiócesis de Buenos Aires en ese período confuso y atribulado. El cardenal Copello recibió un administrador apostólico el año siguiente en la persona de Mons. Fermín Lafitte, arzobispo de Tucumán, luego nombrado coadjutor con derecho a sucesión, y finalmente arzobispo de Buenos Aires (por desgracia, sólo unos meses), cuando el cardenal Copello, en Pascua de 1959, fue llamado a Roma como Canciller de la Iglesia (cargo prestigioso pero insustancial, suprimido después por Pablo VI). Mons. Mensa, vuelto a Italia, fue primero obispo de Ivrea y luego arzobispo de Vercelli. Hemos recordado juntos alguna vez esos años suyos en la Argentina.
Memorias que se nutren de recuerdos y olvidos
He leído con sumo interés en el número 2305 de Criterio (junio 2005) lo referido a la relación conflictiva y polémica entre la Iglesia y el peronismo, que se presta a múltiples lecturas, testimonios y análisis. Me pareció excelente el subtítulo del artículo de Fortunato Mallimaci: Los hechos históricos cuentan menos que las representaciones que de ellos nos hacemos. Siempre me ha llamado la atención la urgencia que se siente en nuestro país de hacer análisis históricos y de elaborar críticas a partir de la historia, antes de contar con una sólida historiografía. Más en una época como la nuestra, en la que aparecen tantos historiadores mediáticos y periodistas que pretenden ser historiadores. Hechos demasiado cercanos a nosotros requieren todavía una cuidadosa recolección de datos históricos: documentos nunca editados, crónicas, epistolario, testimonios de protagonistas que hoy se ocultan en el anonimato, etc. Es bueno prestar atención a las memorias de todos, sin erigir en historia la memoria de sólo algunos. De ningún modo está todo dicho
o casi todo, como afirma Loris Zanatta tratando de analizar la cuestión desde una perspectiva internacional. No es mi intención discutir posturas y enfoques de nadie, sino ayudar a corregir datos históricos incorrectos o no suficientemente documentados.
Como Mallimaci también yo he vivido, desde principios de febrero de 1973 hasta principios de febrero de 1974, en Bahía Blanca, más precisamente en la Comunidad Salesiana que tenía por residencia el número 132 de la calle Gorriti (junto al Instituto Superior Juan XXIII), donde a un año y dos meses de mi traslado a Buenos Aires fue cobardemente asesinado el padre Carlos Dorñak. El traslado me libró de ser quemado vivo, ya que el cuarto en el cual yo dormía, contiguo al de Dorñak, fue rociado con combustible e incendiado. Para justificar la masacre, los represores asesinos desparramaron en el lugar una pila de panfletos más o menos subversivos. La policía, que tenía una sede en la misma manzana, llegó más tarde que el médico y los bomberos. El padre Carlos no fue asesinado en la calle como afirma el diario bahiense La Nueva Provincia en su edición del sábado 22 de marzo de 1975 (página cuatro) sino en el hall de entrada de la vivienda. Dicho diario se encarga de destacar que todo esto sucedió horas después del criminal atentado que costara la vida a un alto funcionario de la policía bonaerense, que en un artículo aparte identifica con el subcomisario José Héctor Ramos quien fuera ultimado la noche del jueves [20] por un comando extremista. Junto al asesinato de Dorñak recuerda dicho diario el asesinato de una mujer de unos 30 años a la altura del kilómetro 15 de la ruta nacional 35 y el atentado con un artefacto explosivo contra el domicilio de Ambrosio Riganti, padre de Jorge Riganti, dirigente de la Juventud Universitaria Peronista y ex docente de la Universidad Nacional del Sur. El arzobispo, monseñor Jorge Mayer, recuerda en su declaración que otro atentado se perpetró contra la escuela de Cáritas que funciona en Villa Nocito, que es un barrio de emergencia. De modo que el asesinato de Dorñak aconteció en un raid delictivo, con fines de venganza, no en una noche de 1974, como afirma Mallimaci, sino hacia las 2:30 del viernes 21 de marzo de 1975. Los que fueron testigos del hecho recuerdan con precisión la fecha que marcó sus vidas. Uno de los compañeros de comunidad del asesinado sacerdote, impresionado por lo vivido, se solía despertar, durante mucho tiempo, a las 2:30 de la mañana, hora en la que, en aquel desgraciado día, había escuchado los disparos y explosiones.
Lo curioso en el caso del padre Carlos Dorñak es que fue víctima de la violencia criminal un hombre que rechazaba la violencia, por temperamento y convicción, viniera de donde viniera. Pero Dorñak, si bien fue el único sacerdote asesinado en la década del 70 en la diócesis de Bahía Blanca, no fue el único agredido y perseguido por la dictadura en dicha Iglesia. En dos ocasiones atentaron contra la vida del padre Hugo Walter Segovia. Contra su domicilio lanzaron en una oportunidad un artefacto explosivo y, en otra ocasión, ametrallaron su casa. Para salvar el pellejo tuvo que refugiarse en otra diócesis, donde todavía permanece y ejerce como sacerdote. Fue perseguido también y acosado permanentemente el padre Néstor Hugo Navarro, actual obispo del Alto Valle de Río Negro. Varias veces tuvo que cambiar de domicilio. También él tuvo que exiliarse para preservar su vida. Después de un tiempo decidió volver a Bahía Blanca para retomar allí su ministerio sacerdotal, con el permiso de su arzobispo. Otro sacerdote diocesano bahiense amenazado fue José Zamorano. El allanamiento de su domicilio motivó en una ocasión la paterna y valiente intervención del ya anciano monseñor Germiniano Esorto: se hizo presente en el lugar para acompañar al sacerdote. Cuando el 30 de abril de 1975 colocaron una bomba en la casa parroquial del padre Pepe, éste no tuvo otra alternativa que irse de Bahía Blanca. Los salesianos, compañeros de comunidad de Dorñak, en su mayor parte estaban fichados por los Servicios de inteligencia. El padre Benjamín Stochetti, intimidado en alguna ocasión y controlado en sus movimientos, fue trasladado para mayor seguridad a la Obra Salesiana de Luis Beltrán. Tampoco allí dejaron de vigilarlo. Cuando, varios años más tarde, fue nombrado inspector de los salesianos de la Patagonia Norte, alguien (?) alertó a la policía sobre un artefacto explosivo en la iglesia Sagrado Corazón de Jesús de Bahía Blanca, donde el nuevo superior celebraba la misa en la que asumía oficialmente el cargo. Era el 3 de diciembre de 1984. El propósito era claro: provocar pánico y dispersar a la gente reunida en la celebración. El padre Duilio Biancucci fue uno más de los permanentemente controlados durante la primera parte de los años 70. En una oportunidad fue interrumpido a gritos por un miembro de la Marina de Guerra mientras predicaba en la catedral de Bahía Blanca. También él tuvo que exiliarse en Alemania al enterarse de que estaba en la lista negra del régimen de facto. Otro hombre que estaba en la mira del gobierno militar fue el padre Benito Santecchia, eminente teólogo y pastoralista. Por las amenazas recibidas, sus superiores, temiendo un desenlace fatal, le aconsejaron dejar el país hasta que cambiara la situación. Pasó al Uruguay, de allí a Europa y de Europa a Israel, donde enseñó teología en el estudiantado teológico salesiano de Cremisán. Finalmente volvió por expreso deseo suyo a nuestro continente, radicándose en Paraguay. Su exilio duró más de diez años. Retornó al país sin mostrar el más mínimo resentimiento. Otros sacerdotes, docentes del colegio Don Bosco de Bahía Blanca, recibieron amenazas telefónicas y advertencias de diverso tipo por su trabajo con grupos juveniles considerados subversivos. Era muy difícil apoyar los valores de la justicia y de la dignidad humana contra la violencia estructural y contener los ímpetus de jóvenes generosos que se sentían empujados a responder a la violencia con violencia. Docentes católicos, amigos de los sacerdotes arriba mencionados, vivían permanentemente sospechados.
No me consta que esta lista de personas y acontecimientos haya sido publicada alguna vez. En ciertos escritos aparece Dorñak como un caso único y excepcional en Bahía Blanca. De allí a sacar consecuencias ilegítimas hay sólo un paso.
* * *
Otro tema es el de los hechos acaecidos en 1955. En esa época yo tenía apenas 19 años. Hacía cuarto año en la escuela normal de Fortín Mercedes y comenzaba mis estudios de filosofía. He sido testigo, juntamente con otros compañeros que aún viven, de algunos acontecimientos a los que se alude en el número de Criterio que comentamos. He visto con mis propios ojos a la policía de Pedro Luro cargando sobre su camioneta a los padres Francisco Picabea, Francisco Casetta, Luis Galli. Era el segundo viaje. En el primero ya se habían llevado a otros 4 sacerdotes. Todo ello sucedió en la mañana del día viernes 17 de junio. El padre Otto Gais, que ese día estaba atendiendo su capellanía de Monte La Plata, fue apresado después. Al padre Vicente Battaglino, que estaba de viaje, lo detuvieron en la estación de ferrocarril de Bahía Blanca. Fue a parar a la cárcel de aquella ciudad. Unos 180 chicos pupilos de Fortín Mercedes quedaban privados de quienes cuidaban de ellos. Vi llorar a muchos, sobre todo a los más pequeños.
Desconfiando de mi memoria me he acercado al Archivo Histórico de la Inspectoría Salesiana de la Patagonia Septentrional San Francisco Javier en Bahía Blanca. Con la ayuda del encargado del archivo pude encontrar un documento escrito a máquina que lleva por título Crónica suscinta de los acontecimientos del mes de Junio de 1955. Describe en forma escueta lo sucedido en las casas salesianas de dicha inspectoría que fueron objeto de represión. Se trata únicamente de obras salesianas ubicadas en el extremo sur de la provincia de Buenos Aires. Los sacerdotes del colegio Don Bosco de Bahía Blanca que fueron a parar, después de diversas peripecias, a la cárcel de dicha ciudad, comentan: Allí nos encontramos con otros Sacerdotes de Bahía. En total éramos 38 Sacerdotes. Entre ellos figuran el arzobispo Germiniano Esorto, monseñor Fabi, vicario general de la diócesis, y el secretario Jorge Mayer. De ellos se dice que fueron tratados muy descortésmente. Estuvieron de pie desde las 9 hasta las 17 y 30. Además de los salesianos presos había dos sacerdotes del Corazón de María: Paladés y Villafranca. Entre los salesianos encarcelados estaba también Jaime de Nevares, futuro primer obispo de Neuquén. Además de la citada crónica lo recuerda la biografía de Don Jaime escrita por Juan San Sebastián, su amigo, confidente y secretario (cf. P. Juan San Sebastián, Don Jaime de Nevares. Del Barrio Norte a la Patagonia, EDBA, Buenos Aires 1997, p. 122-123). A los 8 sacerdotes presos en la comisaría de Pedro Luro y los 38 de la cárcel de Bahía Blanca, hay que añadir 4 sacerdotes y un seminarista llevados a la comisaría de Stroeder. La crónica consigna todavía dos casos más que trascribo literalmente: En Carmen de Patagones (Bs. As.) llevaron presos a los tres sacerdotes de la Parroquia, pero los trataron con respeto y permitieron que los fieles los visitaran. En Villa Iris el párroco fue custodiado por un agente policial en su misma casa parroquial, pues varias personas del pueblo se opusieron a que lo llevaran a la comisaría. ¡El mismo agente, el sábado 18, le ayudó la misa al Padre!. De modo que sólo en la punta extrema de la provincia de Buenos Aires hubo 54 sacerdotes presos y un docente seminarista de apellido Walter. No es entonces tan confiable la estimación de Roberto Bosca citado por Fortunato Mallimaci de que fueron 67 los obispos y sacerdotes en la Argentina encarcelados durante la persecución religiosa. La calidad de un testigo no proviene de su peronismo o antiperonismo, sino de la consistencia de los datos que pueda aportar. En cambio, al afirmar Bosca que el trato hacia los eclesiásticos fue, salvo excepciones, en general correcto, está más cerca de lo realmente sucedido. En efecto, muchos de los encargados de ejecutar la represión no estaban convencidos de lo que hacían. La razón última era cumplir las órdenes, la obediencia debida. El comisario de Pedro Luro, casi excusándose, alegaba que si no cumplía las órdenes recibidas, corría peligro su sueldo y su jubilación. El señor Guayta, viendo la irracionalidad de la medida, no juzgó conveniente que los salesianos del colegio Don Bosco de Bahía Blanca estuvieran en la cárcel. Hizo que de noche fueran trasladados al colegio, para quedar allí bajo custodia policial. Recuerdan los detenidos que en la cárcel se encontraron con un Oficial muy correcto, Sr. Balda, exalumno de Don Bosco. De él dicen: nos trató muy bien. Pero no todas eran flores. Trascendió que había orden en la provincia de Buenos Aires de matar a los sacerdotes presos. Circulaba la versión de que los iban a llevar a alta mar para hacerlos desaparecer allí. Nunca pude comprobar documentalmente si dicha versión tenía fundamento en la realidad o no. Lo cierto es que constituyó una tortura moral para muchos. Finalmente prevaleció la cordura y se disiparon los presagios oscuros.
Uno de los problemas derivados del encarcelamiento de los sacerdotes fue el destino de los alumnos internos a su cargo. Sin la presencia de los que cuidaban de ellos, los chicos quedaban desprotegidos. En el colegio La Piedad colocaron a 18 chicos, sobre 150, en 8 familias cercanas a la escuela. El resto quedó en el internado. Preguntada la Policía: ¿Qué haremos con ellos? Contestaron: ´No sabemos´. El caso más dramático se dio en Stroeder: Cuando los niños vieron que se llevaban al P. Mazzoglio también, empezaron a darse cuenta de lo que sucedía; lloraban unos, se escapaban otros. Al volver a la Iglesia para rezar muchos sollozaban. Culminó la desesperación cuando tuvo que acompañar a los agentes el clérigo [entiéndase: el seminarista] también. Tanta era la desesperación de algunos niños que no atinaban salir por las tres puertas
saltaban por los paredones.
Al encarcelamiento de los sacerdotes precedieron frecuentes allanamientos. En el colegio Don Bosco de Bahía Blanca hubo un allanamiento el 14 de junio a las 22:30.
En Fortín Mercedes, el mismo día a las 22:00. En el colegio La Piedad de Bahía Blanca, en la noche del 15 de junio a las 22 hs., estando todo el alumnado (150) durmiendo, golpes insistentes del timbre llamaron a la portería
Era la Policía quien en número de once venía a revisar el Colegio por si acaso encontraban mimeógrafos, panfletos o armas
. La misma crónica, hablando del 16 de junio, dice: Ya de noche
llegaron varios Padres para retirar sus hijos, comunicándonos que se estaban cometiendo desmanes por Santa Teresita y la Curia. A las 19 vino una madre Sra. Orioli a buscar su hijo y llorando nos dijo que la Catedral estaba en llamas. Decidimos entonces salvar el Santísimo y la ropa de la Iglesia
.. Al hablarse del padre Paladés del Inmaculado Corazón de María, que fue a parar a la cárcel de Bahía Blanca, se observa:
se encontraba pobremente vestido pues los forajidos, después de haberle quemado todo el Colegio, habían querido matarlo. Se salvó sólo por milagro
. Únicamente en la ciudad de Bahía Blanca sufrieron ataques e incendios los siguientes edificios: la iglesia catedral y la curia, la parroquia Santa Teresita, la parroquia Nuestra Señora de Lourdes, la parroquia y el colegio del Inmaculado Corazón de María. Un trotskista del PSRN (La Verdad) que vivió los acontecimientos de junio de 1955 en la zona de Bahía Blanca, para nada sospechoso de clericalismo, relata lo siguiente: Atravesé la ciudad entre fogatas que ardían aquí y allá, consumiendo los últimos restos de muebles, archivos, enseres diversos, y automóviles de la Curia lindera con la Catedral
Obreros de Cuatreros comenzaron el saqueo de la Curia, ubicada entre la Catedral y el diario La Nueva Provincia. Algunos bailaban improvisadas danzas disfrazados con hábitos y sotanas, en medio de inmensas fogatas
El carro de los Bomberos había venido a apagar el incendio, pero su manguera fue desviada. Ahora, frente a las llamas, servía de tribuna a la mujer que en medio de la lluvia, los gritos, los vivas y los mueras, hablaba sostenida de los tobillos por un dirigente obrero de Cuatreros, de conocida militancia en el PSRN. Se trataba de Eduardo Creus. La mujer que hacía esfuerzos por mantenerse encaramada en el carro, era del PSRN y bastante conocida: Ladis. Un poco más arriba el mismo cronista de militancia trotskista afirma: Habíamos comenzado a ganar la calle en marchas y manifestaciones, y tomábamos así, de hecho, un liderazgo embrionario de las masas peronistas confundidas, carentes de dirección, y a la postre, engañadas traicionadas (cf.www.convergenciasocialista.com.ar/folletos/testimonios [17 de junio del 2005/50º aniversario de los hechos aquí narrados]). Por lo visto hubo, además de las iglesias ricas del centro de Buenos Aires otras iglesias e instituciones católicas de la provincia de Buenos Aires que fueron objeto de desmanes e incendios. Queda mucho por investigar todavía.
Otro asunto, que en mi opinión merecía un tratamiento más prolijo y más ceñido a los hechos reales, es el de los tristes acontecimientos del 16 de junio de 1955. Ese día la Plaza de Mayo estaba siendo bombardeada por aviones Gloster Meteor de la base naval de Punta Indio, con el trágico saldo por todos conocido y justamente reprobado. Hasta un colectivo que llevaba niños fue blanco de las bombas. Mallimaci lo atribuye lisa y llanamente a militares católicos. ¿La Marina de Guerra era realmente un arma católica? Algunos de los pilotos de aquella época viven todavía. Sería bueno investigar cuál de sus jefes impartió las órdenes y cuán católico era. El militante trotskista del PSRN ya citado, afirma en su relato: En uno de los aviones volaba como tripulante voluntario el dirigente de la UCR y ex-diputado Silvano Santander. Ciertamente entre los manifestantes figuraban varios de nuestros compañeros del PSRN (La Verdad) dispuestos a organizar las columnas, proveerse de elementos de defensa, y administrar el curso de la imprevista guerra. Me acuerdo que el mismo día 16 de junio, estando yo en Fortín Mercedes, al tener la noticia de la masacre de la Plaza de Mayo, nos juntamos con varios sacerdotes y compañeros de estudio en el Santuario de María Auxiliadora para rezar por las víctimas. Nadie, pese a cierto desgobierno evidente, podía entender la locura de bombardear las calles de una ciudad por las que caminaba gente que nada tenía que ver con el asunto.
Siempre con relación a la misma cuestión, escribe Mallimaci: Los aviones que bombardearon a la muchedumbre que estaba en la Plaza sosteniendo al gobierno peronista tenían pintadas el signo de la cruz junto a la V de la victoria. Allí hay una confusión de hechos y fechas. Está más cerca de la verdad Susana Bianchi que escribe en el mismo número de Criterio (pág. 275) cuando afirma que pocos meses después, el 16 de septiembre… los aviones del Ejército llegaban desde Córdoba bajo el signo Cristo Vence. En uno de esos aviones llegaba Lonardi con la consigna: Ni vencedores ni vencidos. Poco duró su mandato. Pronto fue sustituido por el general Aramburu. El que siguió firme fue el almirante Rojas, responsable de algunos fusilamientos. Entre el 16 de junio y el 16 de septiembre, entre los aviones de la Marina que bombardearon la Plaza de Mayo y los aviones que venían de Córdoba con la cruz y la V de la victoria, pasaron tres meses y sucedieron muchas cosas. Confundir fechas y acontecimientos puede conducir a juicios precipitados y a peligrosas esquematizaciones de la realidad.
La historia es maestra de la vida siempre que se la respete. Volver sobre el pasado es útil si sirve para reconocer los errores, asumir las propias responsabilidades y enmendar conductas desviadas y sus consecuencias. Volver sobre el pasado es útil si sirve para rescatar lo positivo de cada época por poco que fuere, para detectar y valorar actitudes constructivas del bien común y para honrar a todos los que se jugaron, con sinceridad y sacrificio personal, por el respeto y la promoción integral de la persona y sus derechos fundamentales. No sirve la memoria selectiva, ni la memoria-acusación (es común sentir quejas sobre los que pasaron antes, para terminar haciendo lo mismo o algo peor), ni la memoria-resentimiento, ni la memoria-venganza, ni la memoria-ficción.
La época de los años cincuenta no puede ser un punto de referencia para el hoy. Tampoco lo puede ser la de los años setenta. Hay que conjurar los fantasmas de ambos períodos. Se puede aprender algo de los dos, pero los desafíos de hoy son distintos. En una época compleja y plural, signada por grandes contradicciones, como la nuestra, hay que jugarse más que nunca y con mucha humildad por la verdad, la libertad y la justicia. Hay que dejarse movilizar por la solidaridad, no como mero sentimiento superficial, sino como principio estructurador de una sociedad nueva y como virtud social fundamental.
Nuevas políticas educativas y sociedad
En el marco del complejo contexto mundial, la educación es estrategia prioritaria para cualquier nación. Más aún en el caso de la Argentina que procura emerger de una profunda crisis sosteniendo criterios de equidad, calidad y continuidad educativa a lo largo de la vida. Ello requiere políticas de largo plazo y un fuerte compromiso de los diversos sectores de la sociedad y de cada uno de los ciudadanos.
El sistema educativo argentino presenta un escenario heterogéneo y fragmentado tras una irregular aplicación de la ley federal de educación (abril de 1993), cuya política de descentralización se apoyó en veinticuatro jurisdicciones con profundas inequidades las provincias y la ciudad de Buenos Aires, que la crisis socioeconómica en los últimos años agravó.
Las experiencias escolares de muchos niños y jóvenes de nuestro país reflejan un panorama de preocupante desigualdad educativa que, de no corregirse, acentuará la exclusión social. Por su parte, docentes y directivos suman a su crisis de legitimidad y de falta de reconocimiento social y económico, la escasez de recursos y conocimientos para reconducir en sus niveles de acción las nuevas realidades.
En este marco, la ley de educación técnica que rehabilita el sistema educativo técnico-profesional con sus titulaciones, y el proyecto de ley de financiamiento educativo enviado al Congreso constituyen reacciones positivas.
El proyecto, de aprobarse, compromete a los gobiernos nacional, provinciales y de la ciudad de Buenos Aires en el sostenimiento de la educación como objetivo prioritario. Podría convertirse en la política socioeconómica a mediano y largo plazo más importante de los últimos tiempos, si en el parlamento se corrigen algunas debilidades significativas y se apuesta decididamente a revertir el deterioro del sector más vulnerable del sistema: las escuelas de menores recursos, a las que asiste la población más pobre.
El proyecto
Según la propuesta, la inversión se incrementará progresivamente hasta alcanzar, entre los años 2006 y 2010, una participación del 6% en el producto interno bruto, que actualmente es del 4,4 %. Se modifica la proporción de contribución que hará la Nación (40 %) y las provincias y la Ciudad (60%); actualmente la relación es del 24% para la Nación y del 76% para las jurisdicciones. Cabe celebrar que para garantizar el esfuerzo provincial y de la Ciudad el proyecto contemple hacer uso por primera vez de la afectación de los recursos coparticipables prevista en la Constitución (artículo 75º, inciso 3), pero sería conveniente que ello también fuera explícito en el caso de los aportes de la Nación, teniendo en cuenta los normales recambios gubernamentales.
Propone la inclusión del 100% de la población de 5 años de edad en el nivel inicial y la incorporación creciente de niños y niñas de 3 y 4 años, garantizar un mínimo de diez años de escolaridad obligatoria, asegurar la inclusión de niños y jóvenes con necesidades educativas especiales, y procurar la jornada extendida o completa para el 30% de los alumnos de educación básica, como mínimo, priorizando a los sectores sociales más desfavorecidos. Con relación al nivel medio/polimodal, propone su universalización tratando que los jóvenes que abandonaron completen sus estudios.
Prevé erradicar el analfabetismo, asegurar la apropiación de los núcleos de aprendizajes prioritarios (NAP), expandir la incorporación de las tecnologías de la información y de la comunicación, extender la enseñanza de una segunda lengua, y fortalecer la educación técnica y la formación profesional impulsando su modernización y vinculación con la producción y el trabajo. Para ello estima incrementar la inversión en infraestructura y equipamiento de escuelas y centros de formación profesional. El proyecto plantea mejorar la eficiencia en el uso de los recursos para garantizar la igualdad de oportunidades de aprendizaje, apoyar las políticas de mejora en la calidad de la enseñanza y fortalecer la investigación científico-tecnológica.
Es esperanzador que a través de estos objetivos se apunte a solucionar algunos problemas graves de la actual situación, aunque sería deseable mayor audacia en las metas para aspirar a que la mejora sea gradual, sostenida y comprobable en el mediano horizonte del 2010, bicentenario de la nación.
Para ello, sería imprescindible prever mecanismos de priorización de recursos para las escuelas más pobres. Para lograr equidad en el sistema es preciso volcar más y mejores recursos en las instituciones donde las necesidades básicas están insatisfechas. En el proyecto presentado esta opción no surge con claridad.
En este sentido, el ingreso de los niños al sistema escolar a partir de los tres años, mediante las políticas compensatorias necesarias, estimularía un posterior desarrollo psicosocial e intelectual adecuado. Asimismo, brindar a estos sectores jornadas extendidas o completas, les daría oportunidad de expresarse en artes, deportes, idiomas y tecnologías, competencias propias de la cultura actual. Sería deseable que la instancia legislativa asegurara la concreción y continuidad de las medidas con independencia del signo político de quien en el futuro gobierne la Nación, las provincias o la Ciudad.
El proyecto no se refiere a cómo se logrará y evaluará la calidad con sentido pedagógico y no competitivo. Un mecanismo posible sería la aplicación de evaluaciones censales periódicas, comparables internacionalmente, cuyos resultados permitirían a las escuelas desarrollar sus propias estrategias de mejora. En el marco de metas comunes y con procedimientos de seguimiento y evaluación, las instituciones deben recuperar su protagonismo tanto en la administración de los recursos en función de sus necesidades reales como en el desarrollo de los proyectos curriculares más adecuados para su población.
El sistema contaría gradualmente con casi diez mil millones de pesos adicionales que, según expresa el proyecto, se destinarían prioritariamente a mejorar las remuneraciones docentes, lo cual es auspicioso. Sin embargo, sería oportuno también optimizar las condiciones de la carrera y el desempeño docente, entre otros aspectos, valorar el presentismo, la capacitación revalidada y programada desde las escuelas; en suma: profesionalizar y reconocer a los docentes que trabajen con dedicación.
Por otra parte, sólo una buena planificación económica y posterior administración con criterios de transparencia y control social, permitirán que los recursos cubran las necesidades de materiales didácticos, tecnológicos, gastos operativos y condiciones edilicias dignas.
Se advierte que el proyecto procura enmendar alguno de los errores de la reforma educativa. Es imprescindible que los legisladores prevean procedimientos para garantizar el destino de los recursos, los procesos de calidad de todo el sistema con información válida y comparable, y sanciones por incumplimiento de alguna de las partes. Un camino sería la creación de comisiones o consejos de gestión de la ley con participación de los poderes Ejecutivo, Legislativo y representantes de sectores de las comunidades educativas.
Respecto del sistema universitario y la investigación científico-tecnológica, la futura ley es vaga; sólo reconoce la necesidad de fortalecerlos, para lo cual habría que alentar la inversión privada en I+D (investigación y desarrollo), una de las más bajas del mundo. Estima mejorar las condiciones laborales y salariales de los docentes de todos los niveles, jerarquizar la carrera docente y mejorar la calidad de la formación inicial y continua.
Estamos, pues, ante una gran oportunidad. La sociedad en su conjunto, las escuelas, las iglesias y los medios de comunicación debieran informarse sobre el proyecto, actuar en las audiencias públicas, acercarse a las comisiones legislativas, para exigir que la ley incluya instrumentos que garanticen que los recursos que se agreguen al sistema educativo se utilicen bien y con una estrategia clara de mejora de la educación en procura efectiva de equidad y calidad.
Cambios bonaerenses
El anuncio de una nueva modificación en el sistema escolar de la provincia de Buenos Aires, llamativamente vinculado con la campaña electoral, provocó desconcierto en sus residentes. En el número de febrero de Criterio habíamos analizado el proyecto, cuya implementación dejar ver ineficiencias, falta de previsión y de información.
La provincia más poblada del país, y que había hecho alarde de su rápida adopción de la reforma educativa, admite en parte su fracaso, consciente de que los objetivos propuestos no se lograron y de la acentuada complejidad del contexto tanto local como mundial.
El cambio supone la desaparición de la actual educación general básica de nueve años. La reemplazan seis años de educación primaria básica, y otros tres de educación secundaria básica, articulada con el nivel medio/polimodal o técnico-profesional. De este modo, se crea un nuevo nivel educativo educación secundaria básica (ESB) con autoridades propias y proyecto curricular específico basado en disciplinas, abandonando los procesos de enseñanza y aprendizaje organizados en áreas de conocimiento. Esta tarea forma parte de un proceso más amplio de revisión curricular, en el que también se analizarán los diseños vigentes de todos los niveles.
Las enmiendas son bienvenidas dado los escasos logros de la educación general básica. Pero realizar un anuncio de esta naturaleza al comienzo del último trimestre escolar sin prever su impacto en alumnos, docentes y familias es una negativa señal de improvisación que frustra toda expectativa de mejora. No es normal comenzar el ciclo escolar en un sistema que se deroga y concluirlo en otro. No está claro siquiera qué titulación recibirán, y cuándo, los alumnos del último año de los niveles que se modifican.
Quizá los circuitos escolares cuenten con mayor información técnica; sin embargo, la política de comunicación de las autoridades provinciales no ha acertado en provocar adhesión y confianza en el conjunto de la sociedad, sino todo lo contrario. El desconcierto y cierta anomia indican la ausencia de un plan estratégico, del necesario liderazgo y de la capacidad de coordinación de todos los esfuerzos, habilidades y capacidades, condiciones éstas que el Estado debe promover subsidiariamente.
Pesa sobre la mayoría de los jóvenes que terminan la escuela la sensación de haber recorrido una etapa errática e inútil. Los discursos sociales y los resultados adversos contribuyen a la percepción. Los docentes siguen siendo actores pasivos en el escenario que más los necesita; la mayoría repliega su potencial vocacional ante la falta de convocatoria. Las familias no siempre asumen su papel de responsables últimos de la educación de sus hijos y viven con incertidumbre el condicionamiento de futuro.
Cabe esperar que las familias y los docentes de la provincia exijan a sus autoridades mayor respeto y respuestas eficaces en su política educativa. Tal vez, la participación ciudadana genere en políticos y técnicos la inquietud necesaria para acertar. Ello contribuirá a que las instituciones y comunidades adquieran mayor autonomía y compromiso en la consecución de las mejoras educativas.
El lugar de la sociedad
Hacia principios del siglo XX, la Argentina que había completado su población con una cantidad considerable de inmigrantes alentaba la consolidación de la ciudadanía y cierto progreso social a partir de la obligatoriedad de la escuela primaria. Meta que se cumplió incluso con el desafío de integrar a la heterogénea población del territorio nacional.
Un siglo después, la sociedad y la clase política saben que esos logros no bastan y que la complejidad de los procesos sociales, económicos, laborales y educativos suponen la universalización del sistema educativo al menos hasta la escuela media, con la consecuente actualización de los aprendizajes básicos en el logro de competencias y la alfabetización en los lenguajes tecnológicos.
En el conjunto de la sociedad se advierte una actitud de descreimiento ante uno de los factores centrales de desarrollo de una nación. Signo negativo para un país que se propone un crecimiento económico con mayor capacidad distributiva y de desarrollo.
Sin embargo, no se trata de un problema exclusivo de la Argentina; muchos países desarrollados tampoco han hallado aún la solución. Ocurre que en el último siglo los sistemas educativos debieron absorber la casi totalidad de la población infantil y juvenil de sus territorios, los paradigmas y conocimientos científicos y tecnológicos se han ampliado y modificado aceleradamente. Las condiciones de acceso y permanencia laborales han sufrido transformaciones inéditas, las organizaciones se han modernizado, los desplazamientos de personas y los intercambios interculturales han aumentado. Los contextos de exclusión, violencia, analfabetismos tecnológicos y migración presentan nuevos desafíos, así como las conformaciones familiares con sus marcos sociales y culturales.
Esta realidad requiere docentes y directivos con capacidad para ejercer liderazgos participativos, democráticos y cooperativos que les permitan conseguir procesos de calidad y resultados evaluables a lo largo del tiempo; pero la cultura escolar se caracteriza por la exaltación del individualismo, la reproducción del conocimiento y el escaso ejercicio de trabajo colaborativo.
La sociedad en su conjunto debe velar por la educación de sus ciudadanos y reconocer los signos que la favorecen o la limitan. Se requieren buenas políticas a mediano y largo plazo, pero eso solo no alcanzará si no se cultivan actitudes individuales y colectivas que den cuenta del interés por crecer, mejorar, superarse y buscar el bien común. Los propósitos pueden ser concretos: incentivar un mejor uso del lenguaje, desterrar los dobles mensajes, modificar las conductas soeces, agresivas o indiferentes. Utilizar el diálogo y las argumentaciones como medios para solucionar problemas. Valorar el esfuerzo, el cumplimiento de normas y reglas, y el tiempo para el estudio y la reflexión. Un conjunto de acciones que dispongan un clima cultural favorable permitirá que los nuevos marcos legislativos encuentren una sociedad civil capaz de cumplirlos y dispuesta a hacerlos cumplir.
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