Revista Criterio
Noviembre 2005
Nº 2310 » Noviembre 2005

China, el país de los hijos únicos

por Gentile, Jorge Horacio · Comentar 

Una visita de 15 días a Xiam, Beijing y Shanghai, como la que acabamos de hacer con una delegación de la Fundación del Río de la Plata, nos permite trasmitir algunas impresiones de lo que ocurre en el país más poblado de la tierra (1300 millones de habitantes, con un 40,5 por ciento en zonas urbanas y sólo el 15 de tierras arables), heredero de una historia y cultura de más de 4 mil años, asentado en el territorio más extenso del planeta, después de Rusia y Canadá (9,6 millones de kilómetros cuadrados) y, organizado como República Popular China, un Estado comunista con una economía capitalista (3 millones de empresas privadas con 40 mil millones de capital registrado) que creció –abierta a la globalización– en la década del 90 a razón del 11 por ciento y actualmente a más de 9 por ciento de su PBI por año, con una renta per capita de mil dólares. Es la quinta economía más grandes del planeta con un PIB superior a 1,2 billón de dólares y es la cuarta potencia comercial.

 

El 10 por ciento de la población padece malnutrición pero en los últimos 20 años en las grandes ciudades, impactadas por la apertura económica, ha surgido una importante clase alta y media, que ha incrementado notablemente el consumo. China tiene 56 etnias, pero predomina la Han (91 por ciento). La expectativa de vida es de 71 años, pero desde 1978 los matrimonios sólo pueden tener un hijo, lo que producirá importantes cambios en una sociedad donde tradicionalmente los lazos familiares fueron muy fuertes y sobre los cuales pesa el sostenimiento de los ancianos, ya que no tienen organizado un buen sistema previsional. Los padres tratan de tener varones ya que las mujeres se irán luego a la familia de sus maridos. El aborto y severas penas hacen cumplir esta regla y estas preferencias.

 

La tradición confuciana es muy fuerte y predominan en lo religioso el budismo, el taoísmo y el islam, se calcula que los cristianos –católicos y protestantes– son un 3 por ciento de la población. El Estado no tiene relaciones con el Vaticano, algunos problemas históricos y el de Taiwan influyen en ello, como también la existencia de una Iglesia “patriótica” disidente, afín al régimen, la tolerancia religiosa no alcanza para que la Iglesia tenga colegios o medios de comunicación, aunque ello no me impidió asistir a misa en una muy concurrida catedral de Shanghai de estilo gótico, donde lecturas, cánticos y homilía se reproducían en caracteres chinos en modernas pantallas colgadas en las columnas. No me extrañaría que los problemas con Taiwan y el Vaticano se superen, como en gran medida ha ocurrido ya con la región del Tibet, que lideraba el Dalai Lama.

 

La República China nació en 1912, el partido Comunista se fundó en 1921, y la República Popular (comunista) en 1949. Está formada por 23 provincias, una de las cuales es la rebelde Taiwan; 4 municipios que dependen del gobierno central y 5 regiones autónomas, además se han reincorporado recientemente Hong Kong y Macao, su Constitución fue dictada en 1982 y fue reformada en 1988, 1993, 1999 y 2004.

 

Desde 1954 funciona la Asamblea Popular Nacional, que se renueva cada 5 años, su parlamento está integrado por 3 mil diputados –el más grande del mundo–, que se reúne sólo una vez por año, durante 10 días, pero tiene un Comité Permanente de 134 miembros, donde funcionan 9 comisiones. Elige al presidente, que dura cinco años y que es reelegible sólo por un período. Desde 2003 es Hu Jintao, a su vez secretario general del Partido Comunista y preside la poderosa Comisión Militar Central. Hay un Consejo de Estado, integrado por un primer ministro, que desde 2003 es Wen Jiabao, los vice premieres, los ministros y consultores, designado a propuesta del presidente por la Asamblea Popular Nacional; un Tribunal Popular Supremo y la Fiscalía Popular Suprema, de los que dependen los tribunales y fiscalías populares. Existe, además, desde 1949 la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino que tiene más de 2200 integrantes, y que es una especie de senado que se reúne también una vez al año por unos 10 días. El Partido Comunista ocupa un lugar central en la estructura de poder, que gobierna aliado a 8 partidos. Las elecciones directas se dan sólo para elegir a los delegados de los distritos, que componen las provincias y municipios, y éstos a su vez eligen a los componentes de las asambleas municipales, provinciales y nacionales, siempre con el control del Partido Comunista. Pude comprobar al visitar el Partido Comunista que los dirigentes de la actual cúpula de gobierno son en su mayoría ingenieros, salvo alguna excepción no han realizado estudios fuera de China, la ausencia de abogados en este nivel es, para mí, notoria.

 

De los 450 mil millones de dólares de reserva tiene 220 mil invertidos en bonos del tesoro norteamericano, lo que me hace pensar que en el explosivo desarrollo económico de China, cuya “economía socialista de mercado” comenzó en 1978, tuvo mucho que ver los Estados Unidos, país con el que se restablecieron las relaciones diplomáticas hace 26 años. Nuestra estadía coincidió con la visita del ex presidente Bill Clinton y con el acuerdo celebrado con Corea del Norte por el problema nuclear, algo que interesa tanto de China como de los Estados Unidos. La gran cantidad de locales de McDonald’s, Kentucky Fried Chicken, Pizza Hut y de otras firmas norteamericanas confirman este aserto.

 

La seguridad en las transitadas calles de las ciudades visitadas es notable, seguramente por los severos castigos aplicados a los delincuentes y por el respeto a la autoridad policial. Nadie pudo desmentir que el 80 por ciento de las ejecuciones por penas de muerte del mundo se dan en China, y que alcanzarían a 14 mil por año. El tránsito de autos, motos y bicicletas es por demás penoso y cuesta horrores trasladarse de un lugar a otro. Se advierte la contaminación del aire. Hay gran cantidad de obras en construcción; se observa que los trabajadores no tienen cascos ni otros medios que eviten los riesgos del trabajo. La desocupación es del 10 por ciento. El agua corriente no es potable y es muy costosa la embotellada. Desde el piso 85 del Hotel Haytt pude disfrutar de la vista de Shanghai, ciudad con 17 millones de habitantes, el tercer puerto más grande del mundo, después de Hong Kong y Singapur, y 4 mil edificios de más de 15 pisos. También viajé hacia su aeropuerto en el tren bala, que en 7 minutos y 20 segundos cubrió los 70 kilómetros.

 

En la Argentina habitan 70 mil chinos, mientras que en Australia son el 5 por ciento de su población, 600 mil. Nuestro país exportó a China por 2630 millones de dólares e importó 1400, en el año 2004, mientras que China, el año anterior, exportó al mundo 438 mil millones e importó 412 mil millones de dólares. La visita a nuestro país del presidente Hu Jimpiao el año pasado no sirvió para definir una política con aquel país, donde bien se recuerda la visita del presidente Fernando de la Rúa, que abrió una oficina comercial en el consulado de Shanghai, que desde hace 5 años pretende incentivar el intercambio entre ambos países. Nuestra embajada en Beijing tiene pocos funcionarios, que no hablan mandarín, y que nos atendieron deferentemente. Las visitas de argentinos son cada vez más frecuentes, como la reciente de la Región Centro, y algunos compatriotas se han animado a radicarse, como a un joven abogado que conocí dedicado a inversiones extrajeras. Abrir un camino a tantas oportunidades es nuestro desafío, aunque hayamos llegado más tarde que otros países como Chile, que ya tienen un importante intercambio. A China le interesa América latina por sus recursos naturales, por su mercado y por lo poco poblado de su territorio.

 

La universidades son aranceladas y al visitar dos de ellas comprobé el interés de sus alumnos por aprender el español, lo que me hace pensar que Argentina podría venderle servicios educativos, como traer estudiantes para que en nuestra universidades se les enseñe castellano. China dispone de 743 mil investigadores, siendo el segundo país del mundo en esta materia.

 

La reciente condena a diez años de cárcel al periodista Shi Tao por haber enviado un mail fuera del país referido al 15 aniversario de la masacre de Tiananmen, sobre la base de informaciones facilitadas por Yahoo, pone en evidencia la conjunción de intereses entre comunistas y capitalistas y la falta de libertad de expresión. A esto se suman nuevas restricciones impuestas al uso que hacen 100 chinos a la red.

 

El gran interrogante es que pasará en el futuro, con esta sociedad de cultura milenaria, donde el protagonismos de los caprichosos hijos únicos, que cada vez adoptan hábitos más consumistas, será decisivo para sostener a padres y abuelos que ahora los miman, con un estado que padece todos los defectos y excesos de las occidentales ideologías comunista y capitalista. ¿Se convertirá en la otra gran potencia que equilibre el poder de los Estados Unidos?, ¿evolucionará hacia la democracia y el respeto de los derechos humanos?, ¿se estancará como Japón? o ¿explotará? Preguntas que sólo el tiempo responderá.

Nº 2310 » Noviembre 2005

Impresiones de un viaje a China

por Lacau, Pedro A. · Comentar 

El viaje de AACREA

 

Cuando recibí el mail de AACREA (Asociación Argentina Consorcios Regionales de Experimentación Agropecuaria) proponiendo un “viaje de capacitación a Chi…”, me inscribí, con Isabel, mi mujer, sin terminar de leerlo. Hice bien, pues quedó mucha gente sin viajar por falta de lugar. Me pareció una oportunidad para aproximarnos a su cultura a través de la agricultura, para tratar de comprender al menos algo de esa mezcla inasible de comunismo y capitalismo, ver de cerca ese país del cual depende en gran medida nuestro futuro como productor de alimentos.

 

Partimos el 3 de agosto por la noche en un largo viaje de más de 40 horas. Éramos 35 personas, algunos amigos, otros simplemente conocidos y todos o casi todos unidos por el vínculo de CREA. Esto nos dio un lenguaje, una actitud, una metodología de observación y de intercambio, invalorables en una experiencia de esta naturaleza. Y me apresuro a aclarar que volvimos con muchísimas más preguntas que las que teníamos en el momento de la partida. Pero derribamos paradigmas y preconceptos, relativizamos la acepción de muchísimos términos que utilizamos corrientemente, dejamos de lado juicios apresurados y comenzamos a comprender un poquito.

 

El viaje, bien armado, intentaba una mirada sobre la administración pública china y un contacto con los representantes de nuestro país en Beijing. Luego seguiría Harbin, el corazón de la soja, al noroeste de Beijing; Dalian, el gran puerto de exportación e importación de granos y petróleo; para terminar en Shanghai, la Nueva York de China.

 

No pudimos llegar a Harbin. Nuestros anfitriones dijeron que no iba a ser interesante, y que mejor fuéramos a Changchun, el corazón del maíz, y no tuvimos más remedio que hacer así. Harbin está cerca de la frontera chino-rusa, una zona donde los extranjeros aparentemente no éramos tan gratos. No quiero dejar de mencionar que el viaje se gestó con toda la colaboración de nuestros representantes diplomáticos.

 

Primeras impresiones

 

Antes de entrar en los detalles, algunos comentarios acerca de los impactos iniciales. El primero parece una necedad: China está llena de chinos. Hay gente en todos lados. En las ciudades, en los supermercados, en las rutas, en las calles, en las veredas, en las escaleras mecánicas; de día, de noche; van en bicicleta, en auto. No estamos acostumbrados a semejante densidad de población. Tampoco a la distancia que imponen el idioma y la escritura. El chino es un idioma gutural y cantado. Hablan sin mover los labios. Nada que ver, por ejemplo, con el malayo que no se entiende pero que suena a lengua pariente de las nuestras. Algunos pocos, muy pocos, poquísimos, hablan algo de un inglés que no se entiende. Ni siquiera en los hoteles internacionales. Existe sin duda una dificultad fonética y gramatical para compatibilizar su idioma con las lenguas occidentales, lo que nos hace difícil la comprensión, inclusive de los buenos traductores, que confunden la “r” con la “l”, dicen “lata” en lugar de “rata”.

 

Y tampoco nos resultan familiares sus costumbres. La comida merece un párrafo aparte. Nada o poco que ver con los restaurantes chinos de Europa o de Buenos Aires. Se compone de un mínimo de 14 platos, de los cuales uno “elige” lo que más o menos aconseja el buen sentido. En casi ninguno se adivina lo que se está comiendo. Todo cortado en pedacitos, con salsas agridulces y muy picantes, que dejan una duda enorme acerca de qué animalito o qué hortaliza se utiliza en su elaboración. “Nunca preguntes de qué está hecho lo que vas a comer”, me dijo un día sabiamente uno de mis compañeros de viaje.

 

No hay que preocuparse por los perros, porque no hay. Se los comieron. ¡En todo el viaje vi sólo dos! Y se los comieron para paliar el hambre. También se comieron las palomas. Y son nuestro único comprador de orejas de vacuno. En el mercado se exhiben alacranes, ciempies, hormigas y otros animalitos. En los restaurantes de mariscos exhiben las langostas vivas, los peces vivos, que uno puede elegir, como en muchos restaurantes occidentales elegantes. Y también forman parte de la exhibición los sapos vivos, grandotes como los sapos toro de Corrientes y con la piel lustrosa como las ranas. Uno de nuestros compañeros, ante nuestro horror, pidió uno. Por supuesto que cuando lo trajeron, cuidadosamente cortado en trocitos, fuimos muchos los que nos precipitamos a probar, pensando que era la única oportunidad de nuestra vida de tragarnos un sapo de verdad (de los otros, ya conocemos el sabor). Y era una carne ni blanca ni negra, con bastante grasa y muchos huesitos, ni muy fea ni muy rica. Y esa variedad de comidas, que hace que “todo bicho que camina va a parar a la sartén” se debe sin duda al hambre ancestral.

 

Burocracia, política y administración

 

Pero volvamos a la faceta “seria” de nuestro viaje. Y empecemos por la administración pública.

 

Lo más importante que iluminó gran parte de lo que vimos, fue la frase de Deng Xiao Ping: “No importa si el gato es negro o blanco. Lo importante es que cace ratones”. Ese dicho resume todo el pragmatismo que permitió la apertura china y su crecimiento fenomenal. Y esto muy poco después de la Revolución Cultural. ¡Y vaya si los caza, y de qué manera! Comenzamos con los burócratas del Ministerio de Agricultura. Aburridos y cerrados. Pensábamos que esta gente no podía cazar ningún ratón. Pero al día siguiente fuimos a la Academia de Ciencias Sociales; aquí había gente pensante, no contestaban a nuestras preguntas como autómatas, discutían entre sí. Era obvio que las políticas se gestaban en algún lugar que no era la burocracia de los ministerios. Y tampoco eran burócratas los administradores de las empresas del Estado, sino que funcionaban con una mentalidad empresaria. Finalmente, llegamos a la conclusión de que había tres perfiles básicos y diferentes de funcionario estatal (seguramente habrá muchos más, pero uno tiende a clasificarlos para entender): los burócratas de los ministerios, ejecutores de políticas; los “pensadores de políticas” (su máxima expresión sería el consejo consultivo del Partido Comunista Chino) que están en gran parte en las academias y las universidades. Ninguna duda de que para ello tienen think tanks en distintos niveles, a los que cuidan con esmero. El tercer perfil sería el de los administradores, verdaderos empresarios; con una mezcla bastante grande en los colores del gato. Hay muchos gatos overos. Y cuando uno escarba un poquito debajo de lo privado, está el Estado; y dentro del Estado está siempre, inexorablemente, el Partido Comunista. ¿Cómo se articularán los distintos perfiles de los funcionarios entre sí, especialmente “tomadores de decisiones” e “intelectuales”? ¿Y, a su vez, estos dos con el Partido?

 

Estuvimos en una planta de molienda de soja, East Ocean, a 150 km de Shanghai, que importa y muele 3 millones de toneladas por año (sic); trabajan 1500 obreros. ‘¿Es estatal o privada?’ (el grupo se reía de mí porque yo siempre preguntaba lo mismo). Nos contestaron que era una empresa nueva, a su vez formada por otras tres: ADM, estadounidense súper privada importadora y exportadora de granos; una empresa de Singapur, también privada, y COFCO, estatal, que tiene el 54 % de las acciones (sic). COFCO es la empresa import/export de granos en China. East Ocean: fenomenal, moderna, imponente. Nos recibieron en la sala de reuniones con la bandera del Partido Comunista Chino (el único lugar en el cual vimos la hoz y el martillo). También vimos una empresa 100% de capital privado: un modernísimo frigorífico que faena según el rito musulmán y exporta; es propiedad de una familia china.

 

Migraciones internas y urbanización

 

Esta mezcla de gatos (en realidad, gatos verdaderos tampoco vimos) se repite en el campo y en las ciudades de la costa.

 

¿Cuáles nos parecieron los grandes problemas chinos? El hambre (darle de comer a 1300 millones) y el trabajo. Ahí vimos planteada una contradicción fenomenal repetida muchas veces. Necesitan mano de obra en las ciudades. Tienen que sacar gente del campo porque la tecnificación la torna innecesaria; allí hay más de 400 millones de personas que viven con un ingreso inferior a un dólar diario. Pero no quieren que se amontone en las ciudades, en villas miserias, donde en un ratito, si dejaran libertad para establecerse donde cada uno lo desea, podrían armarse “15 ciudades como Calcuta”, dijo alguien. Tratan entonces de frenar la política de expansión de la construcción urbana, pero por otro lado la promueven, a lo que se suma la falta de tierra rural, devorada por la urbe y la escasez de agua potable.

 

Para establecerse en una ciudad hace falta la “carta verde”, una especie de documento de identidad que permite vivir allí. Y esa carta no se la dan a cualquiera y tampoco es para siempre (aparentemente hay un mercado negro de “cartas verdes”). Shanghai, por ejemplo, es una inmensa ciudad con 17 millones de habitantes, de los cuales 2 o 3 millones son “extranjeros”. Tiene una superficie cuyo diámetro es poco más de 100 km (la distancia de Buenos Aires a San Andrés de Giles). Los rascacielos crecen como hongos. Los barrios viejos han sido volteados y la tarea continúa. No conservan un solo “San Telmo”; no tienen un “China town”. Cuando fuimos a East Ocean, a 150 km de distancia, no advertimos claramente dónde terminaba la ciudad y dónde empezaba Zhangjiagang, de 820.000 habitantes. La famosa frontera urbano-rural avanza violentamente comiendo campo, y más aún en esa provincia que tiene una densidad de población de 720 habitantes/km2 (en la Argentina es de 13). Alguien dijo que los chinos no eran consumistas, pero a nosotros nos pareció lo contrario: los shoppings están llenos, los Mc Donald’s llenos, los salones con cyberjuegos llenos –probablemente como los de Buenos Aires, que desconozco–. La globalización cultural avanza.

 

Hay una enorme burbuja inmobiliaria. Los departamentos cuestan entre 1500 y 8500 dólares por metro cuadrado, según ubicación y lujo. La tierra es del Estado quien la cede por 70 años, las empresas constructoras son… ¿estatales o privadas? ¿O mixtas? Lo que está claro es que las políticas son estatales, claras y estables y que tienen una enorme vocación y necesidad de crecimiento. Y nos pareció –aclaro que a Isabel y a mí, porque no estoy seguro de que la totalidad del grupo comparta esta afirmación– que un gato de un solo color, capitalista, no hubiera podido llevar adelante el despegue de este país del modo en que se ha hecho. Es preciso tener en cuenta la historia del pueblo chino. Miles de años sin libertad, con un emperador con mano de hierro, luego invasiones europeas y japonesas, luego Mao Tse Tung. Difícilmente este pueblo se hubiera acostumbrado a la libertad y a la democracia, por lo menos en esta etapa. Muy distinto es este ‘modelo gatuno’ al modelo de la India, por ejemplo.

 

Campo

 

Vayamos al campo, nuestro punto de referencia. El deseo de aproximarnos a la cultura a través de la agricultura, es verdadero. Imagino que pocos lectores habrán oído hablar de Changchun. Yo nunca había oído ese nombre. Esta ciudad es la Pergamino de China. Sólo que con 7 millones de habitantes, casas de 20 pisos, enclavada en el centro de la zona maicera. Suelos arcillosos con una excelente capacidad de retención de agua, maíz hasta donde la vista alcanza, con suaves ondulaciones. Maizales impresionantes, que nos dejaron absortos. Genética de última generación (estadounidense), unas mazorcas espléndidas, un color oscuro espléndido, 250 kg de fertilizante/ha, una homogeneidad envidiable. Nunca vimos el sol. Vimos muy poquita soja. Al parecer está más al norte y más al oeste, donde llueve un poco menos. ¿Qué pasará más al oeste? Porque aparentemente están pensando ahora en avanzar sobre el Far West. Otra similitud con los Estados Unidos.

 

 Y volviendo a nuestro maíz. ¿Cómo logran esa homogeneidad sobre una superficie media por agricultor de 10 mu (una ha=15 mu)? Es decir algo así como 0,6 ha por agricultor ¿Quién decide la tecnología a usar? ¿Cómo lo siembran? Dicen que “a mano”, pero los surcos están paralelos y equidistantes. En algunos casos hay cooperativas a las cuales el agricultor aporta su tierra. Y la cooperativa siembra y aplica el fertilizante. Y la cosecha se hace a mano, cortando la caña porque ésta sirve de leña para el invierno (20° bajo cero). Y el agricultor queda “libre” de ir a trabajar a otro lado y ser electricista o lo que fuere. ¿Cómo será? ¿Y quién trabajará cuando no están en cooperativa? El mu es una unidad de superficie ligada a los surcos de maíz, pero no se ven diferencias entre hileras, por lo menos en 0,6 ha. Se ven cambios varietales pero en superficies aparentemente mayores. Y las cooperativas no están en todos lados. E hicimos 600 km en bus desde Changchun hasta Dalian y siempre el mismo mar de maíz homogéneo. La “propiedad” de la tierra es estatal pero los agricultores tienen derecho a cultivar la superficie que les fuera adjudicada por los próximos 70 años. Este derecho se transmite hereditariamente. No nos quedó claro si se puede vender o alquilar.

 

Comercio de productos agropecuarios

 

Una cosa sí nos quedó clara. En esa zona por lo menos, el margen que tienen para incrementar la producción agregando tecnología parece muy pequeño. Eso es bueno para nosotros. Varias veces surgió, en distintas entrevistas, que era altamente probable que en el futuro China fuese también un importador neto de maíz. Hoy lo importa en el sur y lo exporta en el norte, haciendo una diferencia de precios o por lo menos ahorrándose el flete. Le compran a los Estados Unidos y le venden a Corea y a Japón. Son comerciantes habilísimos.

 

 Aparentemente, la venta del producto es libre. Aparentemente, el productor puede decidir si siembra maíz o si siembra otra cosa. Cada vez que salíamos de una entrevista nos preguntábamos: “¿será verdad?”. La comercialización del arroz no es libre y está 100% en manos del Estado. Es la base de la alimentación del pueblo chino. Donde el clima lo permite, trasplantan el arroz porque de ese modo pueden hacer dos cosechas por año. No ocupan la superficie total del predio durante el período del almácigo. Son 20 días + 20 días = 40 días en 10 metros cuadrados. Transplantan los plantines a mano y el “potrero” permite así dos cosechas en el año. He oído decir que en algunas partes hacen lo mismo con el trigo.

 

Visitamos un muy correcto criadero de cerdos donde no nos dejaron ver la maternidad (con razón, debido a restricciones sanitarias, porque éramos muy numerosos). Como no tenían ni flushing ni piso ranurado, una atenta chica iba limpiando con una palita la suciedad a medida que se producía. También visitamos un galpón de engorde de vacunos (toros para consumo). Un novillo gordo o un toro gordo –que es en realidad lo que faenan– vale alrededor de 1000 dólares.

 

No pudimos ver “un agricultor”. Encontramos uno en un camino, que tenía una vaca que llevaba con una soguita para hacerla pastorear en la ruta, que había vendido la otra que poseía, pero no nos llevaron a la casa ni al campo de ninguno para poder conversar. Varios nos informaron que, en 13 provincias, habían quitado “impuestos al agricultor” y que eso había tenido una importancia enorme en su bienestar. No logramos saber cuál era la naturaleza de los impuestos quitados. Si era al producto o a las personas. Los impuestos directos y los indirectos tienen consecuencias económicas muy diferentes sobre la producción. Aparentemente, en algunos productos, otorgan subsidios. También para la utilización de determinadas tecnologías, por ejemplo algunas semillas. ¿De qué manera se instrumenta? No logramos saberlo. Vimos personas arriando algunos gansos (alrededor de quince por persona). Quizá el símil de nuestras vacas en la costa de algunos caminos o en las vías del ferrocarril. Habría 200 millones de productores agropecuarios en China…

 

Tecnología, ciencia y educación

 

Un hueco importante fue la falta de visitas a universidades y centros de gestación del conocimiento y de la tecnología. No visitamos un INTA chino ni nacional ni provincial. ¿Cómo se gesta ese conocimiento que uno ve por todas partes? ¿Cómo se realiza la extensión? ¿Quien la lleva a cabo? El único lugar que se parecía un poco a un think tank fue la ya mencionada Academia de Ciencias Sociales. Y tampoco pudimos tener una idea acabada de la política agrícola en su conjunto. Cabos sueltos que tratamos de anudar.

 

 Aparentemente, grandes esfuerzos en educación. Masiva alfabetización. A partir de este año inglés obligatorio en todas las escuelas primarias del país de 3º grado en adelante (sic). Y se me ocurre que si lo dicen y disponen, lo hacen. Siempre “aparentemente”, problemas con la salud pública. Están en una etapa de “privatización” (seguramente con empresas privadas, estatales y mixtas) y eso hace que los más pobres empiecen a tener dificultades.

 

Imponente la ciudad de Dalian, la “Rosario” o “Bahía Blanca” china, de 3 o 4 millones de habitantes. Nuestro Swiss-hotel tiene 35 pisos. Fenomenal el puerto de aguas profundas, que no se congelan en invierno, con una empresa estatal que lo maneja. Impresionante el empuje de los empresarios privados que vimos (Carrefour, ADM, etc. etc.). Se ve que el sector público chino tiene un “gran respeto” por ellos o por lo menos una clarísima conciencia de que los necesitan. Hay muchas cosas para aprender de China. Y siempre o casi siempre los extranjeros asociados a un partner chino.

 

Gente y costumbres

 

No puedo terminar estas impresiones sin anotar dos palabras acerca de los chinos y las chinas. Por supuesto, mucho más interesantes estas últimas. Muy bonitas, muy finas, con un cutis maravilloso. En 15 días vimos sólo dos mujeres embarazadas. Cuando tienen dinero y trabajo y se quedan esperando un segundo hijo, les imponen multas fenomenales ¿Y cuándo no tienen ni dinero ni trabajo? Cero temor a ser asaltados en la calle. Mucho temor, en cambio, de ser engañados en una negociación, en un regateo (que a los argentinos nos divierten). Cantidad de marcas “truchas”. En Shanghai hay un “Mercadillo de cosas falsificadas” donde se venden las marcas más famosas de cualquier cosa por la décima parte de su precio. Al subir a un paseo en barco por el río que atraviesa Shanghai, uno de los del grupo, para divertirse, compró 7 “Lolex watchs” por 10 dólares y… todos funcionan.

 

Arte y cultura

 

Dos palabras también sobre algunas maravillas que pudimos ver a la disparada, además de la Gran Muralla: la Ciudad Prohibida, donde estuvimos sólo unas tres horas, el Palacio de Verano de los Emperadores (destruido durante la guerra del opio por las fuerzas anglo-francesas) y reconstruido en 1860, el Buda de Jade con su templo y el Jardín del Mandarín Yu Yuan también maravillosos, ambos en Shanghai. Una gran diferencia con las maravillas occidentales: arquitecturas, esculturas y decoraciones, todas ellas llenas de recovecos. ¿Tal vez como la mente de los chinos? Un jardín o un palacio, “no debe verse todo al mismo tiempo”, las cosas se deben ir descubriendo de a poco. En cada vuelta de cada camino, de cada sendero, aparece un techo nuevo, un palacete nuevo, un rincón lleno de encanto, con el dragón de cinco garras, propio de un emperador o con la grácil figura en piedra de una garza. Pero a pesar del enorme atractivo que tiene el aproximarse a la cultura por el arte, nos tuvimos que resignar a esas visitas fugaces, porque a China no habíamos ido con ese objetivo.

 

Amistad

 

Hicimos, en cambio, un viaje que nunca podríamos haber llevado a cabo solos. Vimos cosas y tuvimos entrevistas que sólo eran posibles en ese marco y con esa organización. Una organización impecable del Área de Economía de AACREA. Preparación previa, profesionalismo, reuniones cotidianas de evaluación en las cuales todos participábamos, orden, puntualidad, excelencia. Dos “presidentes” del grupo, que encabezaban nuestra “delegación” y que ceremoniosamente, al final de cada entrevista, se acercaban a nuestro anfitrión y con una suave inclinación, al mejor estilo oriental, decían “del mismo modo que ustedes toman té, en nuestro país tenemos la costumbre de tomar una bebida que denominamos mate y que simboliza la amistad, pues la compartimos” y les regalaba un lindísimo mate y su correspondiente bombilla, junto con la tarjeta entregada como corresponde, con ambas manos.

 

Vayan estas líneas como un apresurado resumen de impresiones de un agricultor argentino en ese deslumbrante país, sin pretensión de informe ni de exactitud sino sólo de cuentos chinos.

Nº 2310 » Noviembre 2005

El laico en la política

por Saguir, Julio · Comentar 

Cabe preguntarnos, en el contexto de este Congreso, por qué reflexionamos sobre la política como tema específico, y no sobre otros, como la economía, el medio ambiente, la empresa o los derechos humanos.

 

Posiblemente esto se deba a que la política sigue siendo el ámbito de las decisiones que afectan las condiciones de vida de todos nosotros, y en especial de los más postergados de nuestra sociedad; aquellos que, por omisión o por error, hemos dejado fuera de las posibilidades de una vida digna. También, porque según la enseñanza social de la Iglesia, la política sigue siendo la forma más excelsa de la caridad. Y quizás, porque en nuestra sociedad argentina de hoy, y por lo mismo que acabamos de decir, el quehacer político, con sus luces y sus sombras, sigue siendo una tarea, una vocación, una responsabilidad, ya que, en definitiva, “todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo, y Cristo es de Dios” (1 Cor 3, 22-23).

 

Hasta que no lo asumamos desde esta convicción, la política seguirá siendo, como para la mayor parte de nuestra sociedad, un problema de los políticos; la causa, externa a cada de uno de nosotros, de los males que nos aquejan como comunidad histórica; una carga, dura y pesada, de la que eventualmente nos hacemos cargo por obligación o deber autoimpuesto, pero nunca como aquello que nos pertenece al modo de “todo es de ustedes”.

 

¿Qué política?

 

En la enseñanza social de la Iglesia, la política ha sido entendida tradicionalmente como la actividad concerniente en un todo al bien común y a lo público. Se trata de una definición amplia de política. Si bien es correcta en un sentido, entraña sin embargo el riesgo de perder de vista los aspectos específicos que tiene la política como actividad humana, por un lado, y como quehacer y vocación protagónica para los laicos, por otro.

 

Prefiero entender por política aquella actividad humana que tiene que ver con las decisiones, siempre conflictivas, que afectan y realizan el bien común, y por ello al bienestar de todos, desde las instituciones que como sociedad hemos diseñado para ello.

 

Aquí hay dos rasgos que vale la pena destacar, para no perder de vista lo particularmente propio de esta actividad: lo conflictivo y lo institucional.

 

La política, en efecto, es una construcción conflictiva, básicamente, porque tiene que ver con la satisfacción de intereses muchas veces contrapuestos (económicos, ideológicos, sociales) que implican, en gran medida, un enfrentamiento de partes por su consecución, una distribución siempre antagónica de beneficios, y la competencia de concepciones diferentes y muchas veces polarizadas del bien común.

 

Esta búsqueda conflictiva implica de manera decisiva la lucha por recursos de poder, tanto para competir y acceder a cargos como para tomar decisiones para todos. A los católicos el tema del poder no nos resulta sencillo, porque compite con convicciones evangélicas básicas.

 

Sin embargo, esta dimensión conflictiva, incluida esta lucha por recursos de poder, no debe ser soslayada porque es inherente a la actividad política. Cuando la obviamos, descuidamos o reducimos, desde cierta perspectiva o pretensión valorativa, corremos el riesgo de escandalizarnos o desilusionarnos más a causa de nuestras propias expectativas que de la realidad misma.

 

Nuestra historia como país ha sido testigo de conflictos y enfrentamientos para organizarnos como república entre 1810 y 1860. Conflictos que no tuvieron que ver con nuestra condición de católicos, europeos o criollos, sino con reales antagonismos de intereses económicos y políticos entre las provincias.

 

Las instituciones políticas han sido el recurso desarrollado por las sociedades occidentales para que tal búsqueda conflictiva del bien común no sea violenta ni quede a discrecionalidad de los más poderosos. Esto no significa que las instituciones eliminan los motivos para el antagonismo y el afán de discrecionalidad por parte de los que tienen más recursos. Pero organizan los conflictos y regulan la discrecionalidad. Y al hacerlo, los acotan.

 

Las instituciones de las que hablamos son, básicamente, las de la democracia representativa. Esto significa que cuando hablamos de política, hablamos desde el inicio de estas instituciones políticas. La democracia representativa tiene tres características principales: 1) implica la elección de gobernantes, vía competencia y voto popular, que quedan a cargo del diseño e implementación de las políticas públicas a través de las que se construye el Bien Común; 2) estos gobernantes se eligen por intervalos regulares, durante el período que dura su mandato, ya sea en el Poder Ejecutivo o en el Legislativo, y son relativamente independientes del electorado; 3) una característica es que hay una opinión pública independiente del control de los gobernantes.

 

Es necesario subrayar la importancia del segundo aspecto, ya que parte de la llamada crisis de representación en nuestro país y el mundo entero tiene que ver con cierta dificultad para entender o aceptar que, en tanto dure su mandato, las autoridades elegidas guardan independencia en su accionar.

 

En este sentido, el voto no es entendido como un contrato por el que el gobernante tiene que hacer exactamente lo que propone al elector en la plataforma electoral. En todo caso, es un contrato a término, a resultado, por el que como comunidad tenemos que estar mejor al final del mandato de gobierno, aunque el gobernante haya tomado decisiones diferentes de las prometidas ocasionalmente a cada uno.

 

Esto no significa que en la democracia representativa no haya controles sobre los representantes elegidos. Los controles son de dos tipos: por un lado, por parte de los ciudadanos, el ya mencionado del voto, a través del cual los gobernados aceptan o no la tarea realizada por quienes han estado en el poder. Los otros, denominados horizontales, son los desarrollados por el mismo equilibrio de poderes (justicia independiente, veto, juicio político) como así también la incorporación de mecanismos de control como los tribunales de cuentas, auditorías generales, etc.

 

¿En qué consiste la participación de los laicos?

 

La apuesta al desarrollo y al fortalecimiento de las instituciones es uno de los desafíos mayores que este tiempo nos impone como argentinos y como laicos comprometidos con este momento particular. La apuesta no es sencilla.

 

En un primer nivel, y en un sentido amplio, el sistema de la democracia representativa exige el voto como el modo primero y más básico de participación. Es la participación en tanto mirada y encargo. A través del voto elegimos a nuestros representantes y les encargamos la tarea de velar por los intereses de la nación y la construcción del bien común según su entender, durante un lapso. De acuerdo con los entendidos, este voto es principalmente un voto retrospectivo; es decir, no votamos tanto por las propuestas que hacen los candidatos cuanto por sus antecedentes en la gestión. Es decir, no a lo que nos dicen que quieren hacer sino a lo ya han hecho, y premiamos o castigamos a los que no han actuado como esperábamos o deseábamos.

 

En un segundo nivel y ya en un sentido estricto, otro modo de participación es aquel en el que decidimos actuar nosotros mismos como constructores del bien común. Esto es, como hacedores de las políticas públicas que lo realizan. Es la participación no como mirada y encargo, sino como manos en la masa, gestando el bien común.

 

Esta participación supone la competencia por cargos electivos. Por ello se realiza a través de la vida de los partidos políticos. No hay otros mecanismos en la carrera electoral que éstos. Optar por partidos tradicionales o nuevos no es una cuestión de principios, salvo en lo que se oponga decididamente a principios básicos de la fe, sino de juicios prudenciales.

 

La vida de los partidos políticos aparece agotada en estos días. Esto no es un problema sólo de nuestro país, sino un proceso que se verifica en todo el mundo. Hay países, como los Estados Unidos, que en realidad nunca tuvieron vida partidaria como nosotros la hemos conocido y verificado históricamente.

 

Finalmente, las instituciones de la democracia representativa permiten la participación a través de la conformación de una opinión pública independiente. Es la participación en la vida política no como mirada y encargo, tampoco como manos en la masa, sino como lo que un autor norteamericano ha llamado voz; esto es, decidimos emitir nuestra opinión sobre la gestión de los representantes, sobre aspectos del bien común que deseamos o queremos de un determinado modo. Uno de los modos de realizar esto en democracia es a través de movimientos sociales de opinión, de asambleas ciudadanas o de espacios de diálogo, locales o nacionales; en muchas ocasiones, son lo que supimos llamar asociaciones intermedias en la enseñanza social de la Iglesia, y hoy denominamos organizaciones no gubernamentales.

 

La participación en tanto voz requiere algunas aclaraciones. En primer lugar, la voz de la opinión pública no obliga a los representantes elegidos. En tanto elegidos por el voto popular, ellos juzgan la conveniencia o no de escuchar a la opinión pública mientras dura su gestión. En segundo lugar, y por lo mismo que acabamos de decir, la voz de la opinión pública no debe competir con las instituciones de la democracia representativa, sino que debe encontrar una vía final de interacción complementaria con los mecanismos de la democracia representativa.

 

Por este motivo, si decidimos que nuestra participación sea la de la voz, debemos distinguir lo que pretendemos cuando lo hacemos: buscamos hacer escuchar nuestra opinión, o buscamos llegar por caminos paralelos a lo que no podemos por la competencia electoral. La distinción es sutil, pero debemos hacerla: lo requiere la honestidad política.

 

Cuando decidimos meter las manos en la masa, decidimos competir y buscar espacios institucionales a través de los cuales influimos sobre el diseño y gestión de políticas públicas. Buscamos crear mejores condiciones de vida para la gente. Cuando elegimos la voz, elegimos trabajar sobre las preferencias de las personas y de la comunidad, esto es, buscamos convencer a los demás. El desafío, para los creyentes, es hacer apetecible nuestras convicciones, de alguna manera nuestra felicidad, a los demás. Si no somos capaces de hacerlo, mal podemos querer proponer un conjunto de creencias que ni a nosotros mismos nos hace felices.

 

Las instituciones de la democracia representativa nos plantean desafíos en tanto bautizados y miembros de una comunidad histórica. En efecto, para quienes profesamos un sistema particular de creencias, estas instituciones democráticas nos obligan de una manera particular a la hora de luchar por nuestra concepción del Bien Común. Y tanto es así que muchas veces la hemos experimentado como una amenaza a nuestros valores. Por ello, también nosotros hemos contribuido a debilitar las instituciones de nuestro país, apoyando en más de una ocasión a fuerzas antidemocráticas para defender nuestros principios y, no pocas veces, nuestros privilegios. El error, en el fondo, fue posiblemente olvidar que, en el sistema democrático, nuestras ideas, preferencias y expectativas, constituyen una alternativa más, y compiten con otras por su realización a través de los mecanismos de las instituciones políticas. Este es el desafío y la exigencia, no pequeños, del pluralismo. Por más seguros que estemos de nuestras verdades, para nosotros también es válido que el fin no justifica los medios.

 

En segundo lugar, este tipo de instituciones políticas modelan y dan un marco también a las visiones de largo plazo que a veces anhelamos tener como comunidad política. ¿Es que no podemos converger hacia un proyecto de país? ¿No sería bueno acordar un mañana hacia el cual dirigirnos? En la democracia representativa estos acuerdos son siempre parciales y tentativos. La ley federal de educación es un ejemplo de ellos. Surgió de una asamblea ciudadana donde un sector mayoritario triunfó sobre otro. Esta opinión de mayoría se transformó en una política pública a través del Congreso de la Nación. Es decir, con validez para todos y para el futuro. Pero como toda política pública, será evaluada, discutida y objetada en el tiempo. Quienes la objeten buscarán su modificación y quienes la apoyen buscarán su confirmación. Y las nuevas mayorías legislativas encauzarán estas opiniones. En democracia, el mañana se construye de manera progresiva, de acuerdo con las mayorías sucesivas y en períodos relativamente contingentes.

 

Los laicos no son el brazo terrenal de los obispos

 

¿Hay algo específicamente católico en la presencia o participación del laico en la política? En tanto motivación personal, considero que no. Nos motiva la misma búsqueda de santidad que caracteriza nuestra presencia en el mundo. Lo cual, por cierto, no es poco.

 

Esta búsqueda de santidad en la política no es algo externo a nosotros mismos. No hacemos política como quien elige ésta o aquella manzana del barrio para hacer alguna tarea de evangelización. Quien ha decidido actuar en política ha decidido que allí se realiza su condición de bautizado, su unión a la tarea salvífica de Cristo: es allí mismo donde ha elegido amar, servir, entregarse, ser santo. Y en medio de todas las condiciones que ello supone: el trigo y la cizaña, que está dentro de cada uno y dentro de la comunidad toda. Quien hace política ha decidido ser santo en y a través de esas condiciones de vida: la búsqueda del poder y la prosecución del bien común; la lucha a veces feroz por los recursos y el afán final de mejorar la condición de muchos; el reconocimiento ciudadano a los aciertos y la exposición pública a los errores y los malentendidos; la crítica justa y la injusta; la alegría por la política de Estado bien hecha que dignifica la vida de algunos, y la tristeza profunda por la política de Estado hecha a costa del clientelismo y la demagogia. “Todo es de ustedes…”.

 

Esta búsqueda de santidad no tiene que ver con la propagación de una verdad particular, sino con la experiencia y testimonio de Cristo muerto y resucitado. Sin duda, ésta es una verdad, pero no al modo de un dogma que blandimos como una espada sobre la cabeza de los demás, sino a la manera de un camino de vida que está dispuesto a despojarse de sí mismo hasta el abandono personal; que está dispuesto al servicio hasta la muerte, y muerte de cruz; que está dispuesto a la entrega porque ello es causa de encuentro y, por ese motivo, razón de esperanza. El laico que se inserta en política no lo hace en tanto miembro de una comunidad de dogmas que difunde una ideología y concreta un programa. La fe, en política, no es una ideología. Es un compromiso vital. Con los demás, y con Cristo a través de los demás. “Todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo…”.

 

Este compromiso vital, que se desarrolla desde una experiencia comunitaria de fe en la Iglesia de Cristo en la Argentina, tiene luces que iluminan el camino: ciertos valores, ciertas enseñanzas, ciertas orientaciones. La enseñanza social de la Iglesia es uno de ellos. Pero cuidado: los laicos en política no somos el brazo terrenal de los obispos. Los obispos tienen, entre otras, una misión profética: la de denunciar las injusticias. Al laico inserto en la política le corresponde, desde aquellas luces orientadoras, diagnosticar sobre tales injusticias, proponer alternativas, implementar soluciones. Estas soluciones no están escritas en ningún manual de enseñanza social de la Iglesia. No tienen que estarlo. Hay diversas soluciones posibles y diversas formas de implementarlas.

 

Más aún: la enseñanza social de la Iglesia, esencial y necesario punto de partida para la inserción en el mundo, es insuficiente para el diagnóstico, las propuestas y las implementaciones. Por un lado, hay mediaciones científicas ineludibles para todo esto: las ciencias sociales, por ejemplo, son una de ellas. Pero por otra parte, está el gran ejercicio de la acción política, que implica la organización, el trabajo en equipo, el debate y el consenso, el diseño de leyes, la implementación de programas específicos, con aquellos que piensan igual y los que piensan de otro modo, con aquellos que, pensando lo mismo, difieren en las estrategias de implementación.

 

Este es un ejercicio de pluralidad que requiere mucha práctica y aprendizaje por parte de los católicos. Cierto acostumbramiento a “las verdades que conocemos”, sumado a “nuestras certezas” sobre tales verdades, nos pueden llevar a una actitud pontifical alejada de las condiciones que requieren el diálogo y la búsqueda conjunta en la política.

 

Más aún, debemos cuidar que la búsqueda sincera del diálogo y el trabajo conjunto no opaque condiciones inherentes a la política ya mencionadas. Uno de los desafíos mayores en política es experimentar la actitud del diálogo y la búsqueda conjunta de soluciones reconociendo que somos parte de ciertos intereses, de ciertas posiciones, de ciertas concepciones de las cosas. Ni la seguridad de ciertos valores evangélicos, como el respeto a la opinión del otro y el trabajo mancomunado nos debe hacer olvidar que, en política, no dejamos de ser gremialista, concejal, legislador o ministro de un gobierno particular.

 

El tema de la conducta moral parece claro. Pero a poco de profundizar no lo es tanto. En primer lugar, propongo dejar de lado el discurso ético como bandera de presencia personal en la política. La conducta evangélica no puede ser manipulada como parte del marketing político. Esta conducta se vive o no se vive. Si la vivimos, puedo asegurar que seremos un punto de referencia y de testimonio.

Si no lo hacemos, no hay discurso que alcance para ocultar nuestra incapacidad para vivir la fe en el mundo de la política.

 

La política supone un mundo de opciones que está lejos de ser un mundo de blancos y negros, de corrupción y anticorrupción… un mundo de absolutos. Plantearlo y pretender vivirlo así es relativamente fácil. La mayor parte de la experiencia de la virtud en la política pasa por otro lado: pasa por una serie de decisiones permanentes, diarias, en la que deben bajarse principios al nivel de la decisión y de la acción política: decisiones que tienen que ver con la tensión entre equidad y eficiencia, entre el corto y el largo plazo, entre conceder hoy en una negociación para asegurar una mejor decisión para todos el día de mañana, entre alianzas y coaliciones permanente en el gabinete o en la asamblea legislativa. Estas cuestiones no tienen, por lo general, respuestas absolutas. Requieren de la virtud de la prudencia.

 

Al respecto, sólo puedo hablar a partir de mi experiencia. Es difícil tratar de vivir la prudencia política cuando la vida de uno no se ejercita en la prudencia personal, cuando no hay búsqueda de la vida en el espíritu. Dicho de otro modo: vivir la ética en la política es un ejercicio permanente que requiere, de manera casi necesaria, que uno esté en la búsqueda también de la santidad en la vida personal. Esto no asegura la decisión moralmente correcta, la cual en muchas ocasiones sencillamente no existe. Pero lo coloca a uno en un camino de búsqueda evangélica; al menos, en el afán diario de estar alerta, de no relajarse, de querer hacer siempre las cosas lo mejor posible…

 

Esta vida en el espíritu y este ejercicio de la prudencia tiene una dimensión comunitaria. Es importante la búsqueda de espacios de reflexión y diálogo, eventualmente en el mismo lugar de trabajo, con aquellos con quienes se comparte la fe, la misma cosmovisión de las cosas, la buena voluntad para compartir las dudas, para fortalecer el ánimo, para seguir alimentando esperanzas. Igualmente, puede ser importante el acompañamiento desde nuestras mismas comunidades eclesiales a nuestros hermanos que caminan en el mundo de la política. No tanto para darle tal o cual consejo. Sino para que, a partir de la confianza evangélica que nos da compartir el mismo pan y la palabra, podamos acompañar a aquellos que han tomado decisiones duras en el ámbito de la política.

 

Sin embargo, en estas mismas comunidades debemos tener cuidado también de que nuestras propias opciones políticas no sean el motivo para el rechazo o la desconfianza hacia aquellos que se sumergen en este mundo de la política. No pocas veces, y esto incluye también a nuestra jerarquía, se acompaña a los laicos hasta el momento en que hacen la opción partidaria. Una vez que la hicieron, pareciera que aquel acompañamiento era sólo válido para quienes piensan como uno. La madurez comunitaria implica confianza evangélica.

 

A los católicos no nos ha sido dado esperar los frutos de nuestra siembra. Y esto, sin duda, está demasiado lejos de ciertas condiciones del quehacer político, donde los resultados son parte no sólo de la competencia electoral, sino, lo que es más importante todavía, de la eficiencia a la hora de evaluar el trabajo bien realizado de las políticas públicas. En estos, como en tantos otros aspectos, hay tensiones entre la vida de la fe y la del mundo de la política. Su resolución final sólo puede darse cuando dejamos macerar nuestra vida personal por un espíritu de abandono que sólo se experimenta desde la oración y la vida en el espíritu. Pero esta experiencia no puede sino enviarnos de vuelta a ese mundo de luces y sombras, de paradojas y contrastes, como es el mundo de la política. Mundo que hoy nos convoca en nuestro país, una vez más y como siempre, porque “la Argentina es nuestra, nosotros somos de Cristo, y Cristo es de Dios”.

Nº 2310 » Noviembre 2005

George Steiner: un huésped de la vida

por Hobson, Theo · 1 Comentario 

George Steiner es un intelectual clásico. Un crítico literario que, a contramano de la época, ha buscado relacionar literatura con cultura, valores y, nada menos, la cuestión de Dios. Se ubica en la tradición de T. S. Eliot y de E. R. Leavis. El subtítulo de uno de sus libros es un claro homenaje a Eliot: Aproximación a un nuevo concepto de cultura. Pero hay algo incongruente en este paralelo: el judaísmo de Steiner y el supuesto antisemitismo de Eliot. El abordaje de George Steiner a la literatura es cabalmente judío, casi obsesivamente judío. Su trabajo nunca se aparta demasiado de las preguntas básicas; tan pertinentes incluso hoy, un tiempo de significativas tensiones religiosas. ¿Por qué? ¿Por qué el odio a los judíos enloqueció a Europa? ¿Cuán enraizado está este odio? ¿Llega a contaminar la entera historia cultural de Occidente?

 

Su respuesta es teológicamente profunda. La cristiandad, sostiene, siempre ha mantenido una relación de amor-odio con Dios: con el Dios judío que reclama lo imposible. El judaísmo se mofa de un idealismo moral imposible. Junto a Moisés y Jesús, Marx ofrece una visión exasperantemente ambigua, que es también auténticamente judía. El antisemitismo es, en cierto sentido, la reacción natural a esta visión ternaria de la perfección humana que nos atormenta. “Al matar a los judíos –afirma– la cultura occidental erradicaría a quienes han ‘inventado’ a Dios”.

 

George Steiner nació en París en 1929. Presintiendo el peligro, sus padres acababan de dejar su Austria natal. Su padre supo trasmitirle su conocimiento de la alta cultura europea, en especial el romanticismo alemán. Mi primera pregunta al profesor Steiner es si el judaísmo también fue parte destacada de su educación.

 

“No éramos practicantes; pero como todos los judíos intelectuales no practicantes guardábamos las fiestas importantes, observábamos Yom Kippur. Incluso el ayuno y el ir a la sinagoga en París eran un gesto de solidaridad con el pasado y con los abuelos, que habían sido mucho más religiosos. La influencia de mi padre sobre mí fue enorme; él era claramente agnóstico. Mi madre tenía mucho de grande dame vienesa con un tipo particular de cinismo, en el mejor sentido: era sumamente escéptica respecto de cualquier dogma. Cuando tenía dos o tres años de edad, me enseñaron a rezar todas las noches: “soy malo, podría ser mejor, pero en realidad no importa”; esa fue mi primera oración, y ha guiado mi vida.

 

“La conciencia de la identidad judía era enorme, así como la convicción de mi padre de que Hitler estaba llegando y que consumaría las amenazas tan claramente expuestas en Mein Kampf. Esto sigue siendo uno de los misterios del mundo. Él lo había escrito; lo único que tenían que hacer era leerlo, estaba allí. Mataría a todos los judíos”.

 

De niño, ¿cuánta conciencia tenía del peligro? “Fui tomando conciencia a través de la gente que visitaba mi casa: amigos, parientes que intentaban huir y necesitaban obtener permisos. Mi padre estaba muy activo, procuraba advertirles que se fueran. Tenía muchos primos en Praga; sus nombres están en la Pared de la Muerte de esa ciudad, todos murieron en las cámaras de gas o fueron masacrados”.

 

La familia se mudó a Nueva York en 1940. Él estaba a salvo, pero lo atormentaba el destino de quienes habían quedado atrás. “Perdí compañeros de colegio de París. Estoy seguro que en los trenes de la muerte preguntaron a sus padres: ¿por qué?, ¿qué estamos haciendo acá?”. La cuestión de la identidad judía no puede dejarse de lado, insiste; si esta identidad amenaza nuestra vida, deberíamos entender por qué. “Con frecuencia he sentido que hay algo envidiable en el status de seguridad absoluta de los ortodoxos respecto de su identidad; es algo imposible para mí, no querría pagar ese precio”.

 

En estos días todos los ojos están puestos en Israel, que se prepara para el éxodo de unos 8000 judíos de los asentamientos en Gaza y Cisjordania. George Steiner siempre ha sido un sionista cauteloso: convencido de que Israel es necesario, pero también de que no alcanza a capturar la esencia del judaísmo. No puede prescindirse del papel de exiliado, marginado, de los judíos. “¿Por qué sobrevivimos? Porque creo que debemos enseñar a otros seres humanos a ser huéspedes unos de otros. Este es mi credo apasionado: el odio étnico y nacional llevará a la humanidad a masacrarse. Debemos enseñar a la gente que somos huéspedes de la vida en este planeta atestado y contaminado. No soy un árbol, no tengo raíces, tengo piernas; este es un tremendo paso adelante. Por lo tanto, estoy convencido de que la supervivencia judía se entiende en términos de enseñanza –tal vez una palabra demasiado pretenciosa–, como ejemplo para otros seres humanos de lo que es ser un huésped”.

 

Su atracción por la frontera entre judaísmo religioso y secular lo han llevado a simpatizar con aspectos del pensamiento marxista. “Algunos grandes textos literarios marxistas ejercieron sobre mí una gran influencia. En ese pensamiento había una escuela de rigor, vi que tomaba muy en serio la literatura y la vida intelectual. Pero nunca me atrajo desde el punto de vista político y económico; nunca”. Parecería simpatizar con los elementos “mesiánicos” del marxismo, acentuados por pensadores de la talla de Benjamin y Bloch. Pero ¿qué significa “lo mesiánico” para este no marxista? “Lo tomo en un sentido muy humanista: un humanismo radical. Pero no es utopismo; no llego a tanto. Llego hasta una esperanza más bien estoica, de escala menor, respecto del hecho de que con pequeñas decencias se puede mejorar… y dos cosas han mejorado en nuestros días: somos más conscientes de los niños, intentamos ser decentes con los niños. Se estima que todavía unos 300 millones de niños trabajan como esclavos, pero ya no lo ignoramos. El enorme negocio de la paidofilia es la otra cara de esa medalla. Y se cuida a los animales, lo que significa muchísimo para mí. Ya no tratamos a los animales como lo hacíamos en Occidente. Se trata de dos pequeños e importantes avances.

 

¿No resulta espuria una esperanza plena después del Holocausto? “Es completamente inválida desde que Caín mató a Abel. La historia de la masacre continúa, la historia de la tortura continúa. Pero cuando 30.000 personas mueren durante la primera mañana de la batalla de Ypres –30.000–, creo que desde entonces, 1914, estamos viviendo tiempo prestado. Es lo que llamo el epílogo después del logos. Que hayamos sobrevivido ya es un milagro. La guerra de los Balcanes demostró que no hemos avanzado mucho; hoy arden los odios étnicos”.

 

“Y, por cierto, el antisemitismo arde. En Gran Bretaña, no se habla de eso; no se publica cada incidente. Pero estamos en un período candente, no sólo en el sinsentido del boicot académico –que no funcionarᖠsino en lo cotidiano, vuelve a ser un tiempo muy, muy peligroso; qué va a pasar, no lo sé”.

 

George Steiner, que ha ocupado varios cargos académicos en el mundo y hoy es profesor de la cátedra Weidenfeld de literatura comparada en la universidad de Oxford, se apasiona al ver cómo el antisemitismo emerge del pensamiento romántico tardío. Algunos de los escritores que más le interesan son, en realidad, antisemitas. ¿Es correcto? “Sí, es un muy buen punto. Soy un estudioso de la literatura y la filosofía. Algunas de las figuras que más me atraen son, sin lugar a dudas, pensadores apocalípticos antijudíos. Sartre fue el genio más brutal que ustedes puedan imaginar en su odio hacia los judíos. Wagner, claro, me atrae muy profundamente, como a la mayoría de los judíos. Pero vayamos al centro de todo mi trabajo: Heidegger. Compartió con la Baviera católica una profunda desconfianza hacia los judíos; sin embargo, trabajó con ellos todo el tiempo y amó a Hannah Arendt, y ellos difundieron su mensaje académico por el mundo occidental. De manera que entre todos los escritores y filósofos me atrae uno de los más grandes inventores, creadores, del lenguaje”.

 

Se muestra algo consternado ante el rumbo del pensamiento literario en estas últimas décadas. Considera que el posmodernismo es en buena medida un asunto de rebelión adolescente, el rechazo a enfrentar las preguntas últimas. “Me parece que la cuestión de la existencia de Dios subyace en diversas formas metafóricas, moduladas, al gran arte, al gran pensamiento. Sin duda en Occidente, desde Píndaro hasta Beckett, ha estado presente. Si debemos nuestra arquitectura, nuestra música, posiblemente el noventa por ciento de nuestra literatura a imágenes, sentimientos e inspiraciones de naturaleza trascendente; si se dictamina que la cuestión es una necedad, o en el sentido de Freddy Ayer, un sinsentido lingüístico, pienso que en Occidente es difícil que podamos recrear ciertas dimensiones del arte y del pensamiento. Hasta ahora, no he visto un gran arte ateo o programáticamente ateo; tal vez lo hubo –siempre ha sido muy peligroso admitirlo…–, pero lo interesante no es eso”.

 

Si la cuestión de Dios ocupa un lugar muy marginal en el estudio de la literatura inglesa, ¿significa esto que la disciplina está en caos, agotada? “Diría que está sumida en un caos bastante embustero, porque la idea de un canon es en sí profundamente emblemática del pensamiento religioso. ¿Quién es hoy el filósofo más influyente? Richard Rorty. ¿Cómo lo resumimos?: todo vale. Pero si todo vale, entonces ¿qué? Si un distinguido colega mío dice que Bob Dylan es tan importante como Keats, puedo refutarlo y simplemente decir: ‘No lo es, no lo es’, pero en voz baja”. (Se refiere a Christopher Ricks, profesor de poesía en Oxford). Entonces, ¿coincide con T.S. Eliot en que el estudio de la literatura solamente tiene sentido dentro de una cultura de la ortodoxia? “Estimo que facilita la enseñanza. Durante cincuenta y dos años, fui maestro, y la manera en que actualmente se enseña me parece un enigma torturante, una cuestión desconcertante. Si ya no se es capaz de dar por sentados ciertos valores canónicos, si ya no tenemos acceso a la idea de lo clásico, entonces realmente el libro de historietas y la cama de Tracey Emin 1 son los criterios legítimos de fascinación e interés.

 

“El concepto de alfabetización se está desplazando a disciplinas muy diversas y a ideas bastantes diferentes de lo que hace alfabeto a un ser humano. Estamos, entonces, en un período de transición terriblemente interesante; en algunos aspectos soy muy optimista. Por ejemplo, más gente asiste a conciertos”.

 

¿Pero acaso a los libros no les va bastante bien? De hecho, la literatura parece el reemplazo de la religión en las clases medias, ¿no es así? “Es una forma de terapia… bueno, estoy a favor de cualquier cosa que mantenga las librerías abiertas y que dé de comer a los escritores… me entusiasma, de verdad; pero no tiene mucho que ver con la potencia de leer textos difíciles en silencio total y en soledad, que es mi criterio. Es lo más difícil de aprender; claro, no se puede leer una página seria y difícil de Píndaro o de Kant o de John Donne con el walkman encendido. Los jóvenes estudiantes que llegan a Cambridge casi no han leído libros fuera del Advanced level.

 

Volvamos a la cuestión que más parece interesar a Steiner. “Entonces, ¿qué es lo que hoy define a un judío? ¿Cómo puedo definirme, aquí, sentado en esta habitación con usted? Una tardecita de hace muchos años, en una conferencia del PEN International 2, en la mesa estaba (el político) Dick Crossman, quien al final, durante el café, dijo: ‘Ahora sé qué es un judío’. Yo pregunté: ‘¿Qué es un judío?’. ‘Es alguien que lee un libro con un lápiz en la mano, convencido de que puede escribir uno mejor’. Es una definición maravillosa. En cierto sentido, soy un judío que vive con un lápiz en la mano sin la convicción de que puede escribir algo mejor, pero sí que espera intentarlo”.

 

 

 


1
. Se refiere a “My bed”, instalación de la artista británica Tracey Emin, que incluye sábanas sucias, ropa sucia, un condón usado y corchos de botellas de champaña. La obra fue comprada por Charles Saatchi por más de 150.000 libras. (N. de la T.)

2. PEN International: asociación no gubernamental fundada en 1921 para promover la amistad y la cooperación intelectual entre los escritores con independencia de su visión política, luchar por la libertad de expresión y la defensa de los escritores víctimas de regímenes opresivos. (N. de la T.)

 

El último libro de George Steiner es Lecciones de los Maestros, Siruela, Madrid, 2004 (Lessons of the Masters, Charles Eliot Norton Lectures, Harvard University Press, 2003).

 

Texto de The Tablet.

 

Traducción: Silvina Floria.

Nº 2310 » Noviembre 2005

La Argentina que debemos remontar

por Editorial · Comentar 

Abordar el mapa y la anatomía de la política argentina actual es un emprendimiento complicado. Cuando estas líneas lleguen al lector, se encontrará informado, saturado acaso, por cifras e interpretaciones de valor diferente acerca de las elecciones de diputados y senadores del 23 de octubre. La mayor parte de las interpretaciones ha coincidido en que el resultado representa una victoria importante para el presidente Néstor Kirchner; y, en términos locales relevantes, impulsa como protagonistas probables en el futuro inmediato a Mauricio Macri (ciudad de Buenos Aires), Hermes Binner (Santa Fe), Jorge Sobisch (Neuquén); y Lilita Carrió, no obstante perdedora en la Capital, intérprete de un magma nacional con débil estructura partidaria e imagen crítica bien perfilada.

 

La derrota más espectacular correspondió a los Duhalde. Las izquierdas y los piqueteros no lograron siquiera relieve. La UCR sufrió, o construyó, un duro revés que llevó a la renuncia a la presidencia del partido del ex mandatario Raúl Alfonsín. Y un personaje como el ex presidente Carlos Menem irá al Senado nacional tal vez porque ese recinto lo protegerá de imputaciones. Quien declaró en su momento que ‘quien es Papa no vuelve para ser obispo’, termina ahora como una suerte de monaguillo senatorial protegido y dañado en su megalomanía.

 

Las consideraciones generales no deben pasar por alto sombras de una campaña electoral donde prevaleció la grosería y donde la ambigua conducta del presidente Kirchner –demostrativa de cierta desaprensión hacia las reglas del juego constitucional y electoral– sirvió de paraguas a subordinados pícaros, políticamente triviales.

 

No fue un “plebiscito” favorable al Presidente, como en uno de sus desbordes iniciales aludió. Sí fue un triunfo holgado en lo que concierne al duelo con los Duhalde en la provincia de Buenos Aires. Pero cabe anotar que el director nacional electoral se permitió calificar de “irrelevantes” cifras relativas a la concurrencia efectiva –poco más del 71% del padrón– y las de votos en blanco o nulos, que fueron aproximadamente el 9%. Nada irrelevantes, pues, para un análisis político honesto, distante de la manipulación informativa, el ejercicio clientelista y el “surfismo” ideológico de funcionarios, dirigentes sociales e intelectuales orgánicos con accidentadas y cambiantes biografías. Se presentó el triunfo con porcentajes abultados por el ejercicio aditivo que sumó votos más bien imputados que propios. El Presidente y su entorno sacaron provecho de la táctica de alianzas objetivas con quienes tienen “poder territorial”, disponibles para la explotación recíproca. Lo cual se hace cuando hay intereses convergentes, que en estos casos suelen tener que ver con “poder, caja y subsidios”, más que con una política arquitectónica.

 

¿Cómo explicar dónde estamos?

 

Las notas precedentes dibujan el escenario político: una democracia electoral por el momento precaria, en una república escorada. Intentemos ahora una explicación.

 

Recorrido intelectual

 

La explicación política exige cierto recorrido intelectual y de sentido común. Ese recorrido supone la lectura de la historia, de la sociedad, de las instituciones y de los valores prevalecientes y preferidos; y todo eso en el plano interior y en el contexto internacional.

 

No es justificación, doctrina ni ideología. Pertenece a una clave distinta. Por eso es difícil y suele no entusiasmar al militante, al hombre de acción o al profeta político.

 

No deja de lado la subjetividad, pero ésta, si es franca y transparente, no desmejora el análisis: lo enriquece. No es predicación; y si se cambia de clave hay que decirlo claramente. El intelectual no es consejero del príncipe, y cuando da consejos –como a veces hace Maquiavelo–, advierte al lector y los dedica al destinatario. No es complaciente con el poder, tampoco con la oposición, la rebeldía o la indiferencia. Su ámbito es la libertad espiritual, la distancia crítica, la mayor independencia de juicio posible.

 

Las generalizaciones predictivas, rendirse a la tentación de explicar el presente desconocido por el pasado conocido, es una claudicación sutil pero frecuente. Como escribía san Pablo a los corintios para resumir una moral liberada de la ley formalista: “todo es permitido, pero no todo es conveniente ni edificante”.

 

La lectura de la historia

 

Si la lectura de la historia es el primer paso de la secuencia que conviene recorrer, el historiador no es fiscal ni es juez. Debe comprender y ayudar a comprender. Conocer el pasado no nos asegura predicciones certeras sobre el futuro, porque la libertad humana no torna predecibles absolutos los comportamientos y sus consecuencias; pero si los diagnósticos son buenos pueden evitarse terapéuticas erróneas, caminos equivocados, la recaída en disparates cuyo precio pagaron generaciones precedentes y pueden seguir pagando las sucesivas.

 

Tulio Halperin Donghi, uno de nuestros mejores historiadores, en su reciente ensayo sobre el revisionismo histórico argentino como visión decadentista de la historia nacional –que incluye antiguos ensayos, entre ellos uno publicado en Criterio en 1976–, aporta elementos para entender el fenómeno revisionista en la Argentina. Esta vez añade la descalificación de “decadentista”, inclusión nada indiferente si se tiene presente que hay mucho de reaccionario en las izquierdas y derechas que se pretenden reformuladoras de un pasado con visiones conspirativas y originales. En esta línea de ideas, cabe señalar Política y/o violencia, una aproximación a la guerrilla de los años 70 de Pilar Calveiro. Se trata de un análisis implacable no sólo del Proceso sino del accionar de la guerrilla, de las groserías intelectuales de varios de sus dirigentes –Firmenich entre otros–, y de la militarización de toda una cultura política de aquella década, formulado desde una experiencia militante revisitada con franqueza y decisión de entender lo que pasó. La misma actitud que exhibe Beatriz Sarlo en textos que esta revista publicó con advertencias inteligentes y honestas para que nuestros dirigentes –comenzando por el señor Presidente– hagan menos “política literaria” respecto de un tiempo que forma parte de las pesadas alforjas que casi toda nación tiene en algún tramo de su pasado.

  

Desde la sociedad

 

La lectura de la sociedad es otro nivel de abordaje para intentar una explicación plausible de la Argentina contemporánea y sus lecciones.

 

No es lo mismo la coalición social de base de la Argentina de los años 40, cuando emerge el fenómeno peronista, que la sociedad fragmentada hasta la exclusión, la marginación y la pobreza extrema instaladas en la Argentina degradada que debemos remontar. El sorprendente fenómeno peronista domina o sacude el país político desde hace medio siglo con su transformismo desconcertante, fundado por un líder que generó en los años 40 una coalición social que incluía la clase obrera –entonces existente– organizada y aún la inorgánica, sectores amplios de la clase media y adhesiones interesadas de las “clases altas”. Esa coalición, electoralmente invencible por lustros hasta el ‘83, atravesó sobresaltos y hegemonías adversarias; en los años 70 militancias devotas discutían cuál era el Perón verdadero, los sedicentes antiperonistas no acertaban con ese blanco móvil y los equívocos se pagaban con la vida. ¿Pero cuál es el presente y porvenir del peronismo?

 

La lectura de la sociedad es tan compleja hoy como a fines de los setenta, cuando Criterio escribió “La Argentina secreta”, pero no tanto como para reconocer que aún para el peronismo es difícil instalarse ahora en medio de una sociedad tan fragmentada. Por un lado, el peronismo está siendo analizado en su (des)organización organizada, según el sugerente título de la tesis de Steven Levitsky (revista Política y gestión). Por el otro, el singular “centroizquierdismo” del Presidente y seguidores cercanos presiente que ser peronista hoy es parte de una política literaria aplicada al poder más bien que a una identidad política sustantiva. Como sucedió a los habitantes del desmembrado imperio soviético, llegó un momento en que no se sabía qué era ser comunista, salvo por un indicador elocuente: si no se invocaba el comunismo, no se podía competir por el poder, o convertirse en centro de imputación de quienes lo pretendían…

 

Una auténtica reforma política

 

La lectura de las instituciones es probablemente el andarivel más transitado, porque son frecuentes los análisis políticos y constitucionales que dan cuenta de la enorme dificultad de los argentinos para respetar las reglas del juego propias de una democracia pluralista y competitiva. La reforma política forma parte del elenco constante de la retórica propia de la política literaria, pero desde el aprendiz de historiador hasta el veterano memorioso recorren el pasado para convenir que la experiencia más auténtica y casi revolucionaria en términos de reforma política fue la de Roque Sáenz Peña, un presidente sin legitimidad de origen que ganó la legitimidad de ejercicio. Un análisis histórico severo y no complaciente nos llevaría a la conclusión que desde entonces sucedieron líderes y protagonistas, pero aún los más espectaculares se desentendieron de la importancia fundamental que tiene para las naciones sustentarse en un sistema político legítimo, que supone la creencia colectiva en normas de convivencia y cambio gobernado.

 

Construir una realidad decente, y tenerla aquí

 

Lo expuesto contiene lecciones de una realidad progresivamente degradada que es preciso reparar, y hacerlo en alta mar y no en puerto protegido, según metáfora difundida. Debería añadirse que en alta mar, más que en el puerto, es imprescindible la pericia y autoridad del capitán, la inteligencia de sus lugartenientes y la obediencia a las reglas de navegación por parte de todos. Y en ese sentido, la Argentina está a prueba.

 

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Los comicios recientes exhiben una sociedad plural –no necesariamente pluralista, que supone sentido positivo de la tolerancia– y desigual. Una sociedad que apela al sentido de la supervivencia luego de tramos dramáticos y disparatados que dirigencias relativamente recientes supieron crear y manipular. Y una sociedad que quiere recuperar la virtud de la esperanza cultivada desde abajo y no propuesta desde arriba. Porque la esperanza del príncipe suele ser una sucesión de imposiciones presuntuosas más que virtuosas.

 

Enfrentada a la pendularidad constitutiva del fenómeno peronista sin la compensación de una oposición relevante (con aptitud competitiva para la alternancia), la sociedad electoral sigue convocada para arbitrar en escenarios dominados por las “internas”. Y ese paisaje político agreste sigue siendo favorecido por la persistencia de derechas caudillistas, estamentales y corporatistas, e izquierdas sedicentes revolucionarias pero al cabo colectivistas y también autoritarias. Cuando les ha tocado o han podido, ambas han usado al Estado “como la gran tapadera con la que ocultar su propia responsabilidad”, en palabras del español Víctor Pérez Díaz (Sueño y razón de América latina). Se trata de actores –empresarios, políticos, intelectuales orgánicos– acostumbrados a medrar en marcos institucionales dominados por la palabra devaluada y las conductas incapaces de insistir en una práctica institucional que arraigue una cultura política para la democracia.

 

La cuestión de los valores, en fin, revela una realidad que necesita de ejemplaridades positivas. La pregunta clave de la ética política sería ¿en nombre de qué vivimos? Y un cuestionario elocuente, tanto para los dirigentes como para los ciudadanos, debería plantear interrogantes como ¿quiénes somos en cuanto personas y comunidad? ¿Qué calidad tienen nuestras opciones y decisiones, individuales y colectivas? En fin, ¿qué tipo de sociedad evocan nuestros comportamientos, estilos y propuestas?

 

Porque, parafraseando al poeta, cuando se camina se puede pisar una semilla o un despojo. El ciudadano de a pie, y sobre todo el estadista, deben conocer la diferencia.

Nº 2310 » Noviembre 2005

La difusión de CRITERIO

por Poirier, José María · Comentar 

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Después de las elecciones, y cuando algunos hechos de violencia lastiman y preocupan a la sociedad en el conurbano bonaerense, mientras está por comenzar la Cumbre de Mar del Plata con las polémicas que originan las presencias de Bush y de Chávez, nuestro editorial ofrece una mirada lo más abarcativa posible sobre la Argentina política.

 

De Julio Saguir publicamos su ponencia en el Congreso de laicos, tema sobre el que volveremos en el número de diciembre.

 

George Steiner, uno de los últimos grandes intelectuales de la modernidad, ofrece en la entrevista de Theo Hobson ideas y sugerencias altamente valiosas.

 

Las impresiones sobre China de Pedro A. Lacau y Jorge H. Gentile vislumbran algunos datos sobre un país que es un continente, y un continente que signará el futuro del mundo.

 

El crítico musical y teólogo Eduardo Briancesco se ocupa de un tema apasionante para todos los amantes de la música lírica: ¿por qué dejó inconclusa Puccini su Turandot?

 

Sobre el santo Alberto Hurtado, jesuita chileno que marcó la vida social, cultural y religiosa de su país, escribe su compatriota Fernando Montes.

 

Una antología de poesía (25 poetas argentinos contemporáneos) es presentada por José Emilio Burucúa y acompañada por algunos textos de la publicación.

 

La autorizada pluma de Ignacio Pérez del Viso vuelve sobre el “caso Maccarone”.

 

  Carlos M. Galli recuerda los noventa años de la Facultad de Teología.

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