Revista Criterio
Junio 2006
Nº 2316 » Junio 2006

Regionalización y sociedad civil: una experiencia destacable

por Murtagh, Ricardo · Comentar 

En el curso de una investigación sobre cuestiones regionales 1 tomé conocimiento de un trabajo muy interesante que se desarrolla entre diversas ONG de países del Mercosur. La experiencia tiene como propósito crear lazos entre la sociedad civil y los procesos de integración regional; y cuenta para su gestión con el apoyo de la Unión Europea. Ante las dificultades que afrontan dichos procesos en nuestros países, parece de interés difundir iniciativas como el Programa Mercosur Social y Solidario (PMSS).

 

El Programa se constituyó sobre la base de un grupo de organizaciones no gubernamentales para el desarrollo (ONGD), conformado en 1996 en la Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay, con el apoyo del Comité Catholique contre La Faim et pour le Développement (CCFD).

 

Las 18 ONGD que conformaban este grupo habían estado trabajando anteriormente en procesos de desarrollo local y de implementación de propuestas que fortalecieran la ciudadanía activa de los miembros de las organizaciones sociales populares con las que cooperaban 2. 

 

En 2002, con el apoyo y sostén del comité CCFD y de la Unión Europea (UE) se constituye el Programa 3. El aporte de la UE es del 75% y el CCFD el restante 25%. La duración del Programa es de 4 años y se han destinado más de 4,2 millones de euros para su sostenimiento.

 

Focaliza su accionar expresamente en el ámbito del Mercosur. Su nombre completo –por cierto muy ilustrativo– es: “Hacia una ciudadanía más activa en el Mercosur. Apropiarse de lo local para vivir la integración regional”. Entre los resultados alcanzados en 2 años de funcionamiento cabe mencionar: el desarrollo de 35 iniciativas locales, unos 70 talleres locales, más de 8 encuentros nacionales de organizaciones sociales, unas 33 reuniones colectivas de trabajo entre sus miembros, a las que se suman el sitio web para la visibilidad de los objetivos del Programa, dos publicaciones y 5 cartillas de apoyo para la formación de dirigentes sociales, los que beneficiaron, de modo directo e indirecto, a más de 20.000 personas en los cinco países 4.

 

Sin duda, lo realizado es meritorio y digno de encomio, sobre todo por la gestión en ámbitos tradicionalmente postergados o marginados de actividades que apuntan a la apropiación y desarrollo de capacidades locales. Pero, a juzgar por los resultados, convengamos que su alcance es reducido y limitado: si para aumentar las condiciones que favorecen el incremento de la ciudadanía sólo hay que gastar 52,5 euros al año por persona (4,2 millones de euros, durante 4 años para 20.000 personas), la pregunta que surge es por qué no se asignan los recursos para ampliar su alcance. Sobre todo conociendo la forma de encarar y la calidad con que realizan su labor las organizaciones comprometidas en el programa.

 

La mayoría de ellas tiene una larga tradición de trabajo muy serio con organizaciones populares; han sido pioneras en el desarrollo de maneras de abordar el trabajo para dejar instaladas capacidades aprovechando los recursos propios y un máximo respeto por las culturas locales, tanto en ámbitos rurales como urbanos. El hecho de haberse asociado para conformar un programa como el PMSS revela también, y más allá de la disposición de los organismos donantes, su voluntad de mantenerse actualizados frente a los cambios producidos como consecuencia de la globalización. En este sentido, el mérito es aún mayor por cuanto el trabajo se dirige a sectores populares que, frente a esos cambios, podrían estar más inermes.

 

De todos modos y, más allá de los avances y éxitos que el Programa pudiera tener 5, no se han podido concretar resultados de naturaleza institucional en lo que hace a la participación más orgánica en ámbitos decisorios de alcance nacional. La única asociación que logró ser incorporada a un espacio institucional de gestión de procesos de integración ha sido la Asociación Nacional de Organizaciones No Gubernamentales Orientadas al Desarrollo (ANONG), uruguaya. A la correspondiente brasileña se le rechazó la solicitud para ingresar a la sección local del Foro Consultivo Económico Social (FCES) aunque se le permitió estar como observadora.

 

Lo que sí se ha facilitado es “la emergencia de nuevos actores privados, instituidos como redes alrededor de intereses sectoriales”, según M. Julia Aguerre y otros 6, y cita los siguientes: el Foro de mujeres del Mercosur, el Programa PROLIDES 7, el Encuentro de fundaciones del Mercosur, la Red de organizaciones sociales y comunitarias del Mercosur, Mujeres periodistas del Mercosur, Red de consumidores del Mercosur, Coordinadora de productores familiares del Mercosur (COPROFAM), Coordinadora de educadores de América, Región Sur, Red de investigaciones económicas del Mercosur, Centro Latinoamericano de Economía Humana (CLAEH), Asociación de Universidades Grupo Montevideo.

 

Como se puede ver, una variada red institucional con eje en el Mercosur y que suele centrarse en temas como género y otros como los relacionados con la recopilación normativa para la defensa ambiental y del consumidor, la identificación de nuevos espacios o nichos para el desarrollo de empresas medianas y pequeñas y el relacionamiento concertado de ciudades (las merco ciudades). La cuestión de la defensa de los derechos humanos tiene su propia lógica, que se desarrolló de antiguo desde el esfuerzo de las Madres de Plaza de Mayo, con independencia de los avatares de la cuestión regional y más relacionada con posibilidades o espacios en función de afinidades o disposición de autoridades (el caso que mejor ejemplifica esto último son los avances producidos recientemente en el caso Gelman a partir de la elección de las nuevas autoridades uruguayas).

 

 

 


Notas

1. Integración regional ¿una cuestión exclusiva de especialistas? En “Ética, desarrollo y región”, Grupo Farrell, Ed. Ciccus, Buenos Aires, 2006.

2. De Argentina participan Acción Educativa, Acción Educativa para la Educación Popular; CANOA, Cooperativa de Trabajo Interdisciplinario; (CENEPP) Centro de Estudios Populares para el Desarrollo, Centro Nueva Tierra, (FEC) Fundación Ecuménica de Cuyo, (IDEP) Instituto del Desarrollo del Estado y la Participación, (INCUPO) Instituto de Cultura Popular e Indeso Mujer, Instituto de Estudios Jurídicos Sociales de la Mujer.

3. Esto ratifica lo dicho acerca del respaldo que se requiere en el ámbito de la sociedad civil para alcanzar niveles de participación que implican dedicación y continuidad; porque la cuestión no es con o sin el Estado sino con o sin recursos.

4. PMSS, TDR, Evaluación intermedia del Programa; www.mercosursocialsolidario.org/

5.Actualmente se está realizando su evaluación de medio término.

6. Aguerre, M. Julia, Balbis, Jorge y Sarachu, Juan. J., 2003; “La sociedad civil en el Mercosur” Programa Mercosur Social y Solidario (PMSS).

7. Programa de capacitación de líderes para el desarrollo sostenible del Mercosur para capacitar a jóvenes líderes emergentes que provengan de diversos ámbitos como el empresarial, sindical, universitario, de medios de comunicación, etc. en el “el acceso a técnicas instrumentales, a facilidades de comunicación, para diagnosticar e interpretar mejor los desafíos de nuestro contexto histórico… [y] contribuir a la movilización de la concientización y motivación permanente de la sociedad civil.”

Nº 2316 » Junio 2006

Crimen tristemente organizado

por Lucchetti Bingemer, María Clara · Comentar 

San Pablo es la locomotora de Brasil. Lo lidera en todo o casi todo. Desde el 12 de mayo ese liderazgo parece haber llegado también a la violencia urbana y a la acción del crimen organizado. Después del traslado de ocho presos, entre ellos Marcos Camacho, Marcola, jefe del Primer Comando de la Capital (PCC), la capital paulista comenzó a ser sacudida por una serie de ataques contra comunidades de base, comisarías, agentes penitenciarios, policías y oficiales de la Guardia Civil Metropolitana.

 

Lo que se consideró inicialmente un tumulto aislado, se trató en realidad una acción articulada de importantes dimensiones. A partir del fogonazo producido por la primera revuelta, fue como si un incendio de enormes proporciones se esparciera por toda la ciudad mientras un motín tras otro estallaba en presidios de todo el estado. La metrópoli grande y pujante amaneció el sábado con situaciones críticas en 18 cárceles, con 132 rehenes.

 

El tercer día, ataques contra ómnibus y oficinas bancarias sembraron el terror en la población. Las rebeliones penitenciarias se extendieron fuera del estado. Algunas unidades de la Febem (Fundación estatal para el bienestar del menor) también fueron presa del clima violento. Con más de 100 muertes, 66 ómnibus incendiados, comercios cerrados, clases suspendidas, transportes públicos paralizados, la trepidante capital paulista era la imagen del miedo. El lunes, por las calles desiertas deambulaban personas temerosas intentando ir a sus trabajos sin encontrar medios de transporte en qué llegar. Más que la mayor metrópoli latinoamericana, era una ciudad fantasma.

 

Las autoridades, una vez más, parecen haber sido sorprendidas. No consiguieron reaccionar a tiempo en defensa de la población. Tuvieron bajas significativas en sus cuadros, con varias decenas de policías muertos por las bandas organizadas, con un engranaje perfecto y digno de los mejores films de acción norteamericanos. El Ministerio de Justicia ofreció ayuda, rechazada por el gobernador que, aún después de varios días de tumulto, con la ciudad e incluso el estado en verdadero estado de sitio, insiste en decir que la situación está bajo control.

 

Para el presidente Lula todo es un problema de educación: los criminales no habrían recibido educación en su infancia y juventud, y el crimen sería ahora su única salida. Sus declaraciones no dejan de tener su parte de verdad pero, pronunciadas en plena campaña presidencial, para muchos suenan electoralistas. No obstante, es innegable que no se puede someter a un análisis tan simple un problema de semejante gravedad y complejidad en su configuración y manifestaciones.

 

En primer lugar, cabe un agudo análisis del sistema penitenciario brasileño. Esa verdadera escuela de delincuencia –denunciada por los medios, la literatura y el cine, en el film Carandiru– se transformó en abrigo seguro y cuartel general del crimen. Allí los jefes del narcotráfico pueden organizar con tranquilidad y eficacia, con sus teléfonos celulares, las rebeliones que fuera del presidio van a adueñarse de la ciudad.

 

De manera tal que las cárceles, donde teóricamente los infractores deberían ser recluidos para que los ciudadanos honestos vivan en paz, se transforman en lugares para la coordinación de asesinatos, desórdenes, quema de vehículos y otras acciones destructivas capaces de desatar en pocas horas el caos en la vida de la ciudad.

 

Por otro lado, es una verdad patente y verificable que un contexto de injusticia y opresión es el caldo de cultivo favorable y adecuado para que acontezcan hechos de tamaña monstruosidad. Sin embargo, resulta posible advertir también que las acciones represivas puntuales no van a mejorar en mucho la ola de terror que parece haberse adueñado de las principales ciudades brasileñas.

 

A esta altura, y con este reguero de sangre y muerte que ya comienza a enlodar y corromper las bases de nuestra dignidad ciudadana, nos parece que es el momento de detenerse e iniciar un proceso de profundo análisis y reflexión sobre los hechos, reuniendo a las fuerzas vivas de la sociedad –movimientos sociales, iglesias, ONGs, instituciones educativas, etc.– para pensar no una acción específica sino todo un proceso.

 

La nota de los obispos de Brasil (CNBB) en repudio de los atentados cometidos va en la dirección correcta. Apoya la acción de las autoridades en el combate de la ola de violencia y castigo de los delincuentes, y agrega: “Somos conscientes, sin embargo, de cuánto carece el sistema judicial, penal y penitenciario de disposiciones y reformas profundas en el ámbito nacional. La Iglesia considera su misión continuar colaborando con el poder público y otras entidades de la sociedad para la adecuada administración de justicia”.

 

La acción concertada de varios segmentos de la sociedad puede ayudar a que ante nosotros no se despliegue un futuro caótico y amenazante. O, peor aún, una ausencia de futuro para las generaciones venideras.

Nº 2316 » Junio 2006

Por ahora, mucho más humo que fuego

por Rial, Juan · Comentar 

La nacionalización de hidrocarburos producida el 1º de mayo pasado en Bolivia obedeció al cumplimiento de una promesa electoral. Fue el núcleo de la posición política de Evo Morales desde el derrocamiento de Sánchez de Lozada. Asimismo el referéndum de 2004, llamado por el entonces presidente Carlos Mesa, había aprobado la recuperación de la propiedad de los hidrocarburos en boca de pozo, es decir, no solamente en el subsuelo; para Morales ese resultado significaba un mandato de nacionalización.

 

El decreto de nacionalización plantea un cambio sustancial: pasar a una fórmula 82% /18% respecto del valor de la producción, siendo el primero el porcentaje estatal a que se aspira. Desde la aprobación del referéndum de 2004 la relación era 50% y 50%, y durante el período de Sánchez de Lozada exactamente el inverso: 18% para el Estado y el resto para las empresas. Cabe anotar que en Venezuela la fórmula hoy es 90% / 10%.

 

El gobierno de Morales ha tomado también otras medidas de orden económico-social, tales como la derogación del artículo 55 del decreto de flexibilidad laboral total del tiempo de Paz Estensoro-Goni Sánchez, y el leve incremento salarial que llevó a poco más de 60 dólares el salario mínimo. En lo inmediato se esperan novedades respecto de la ley de tierras.

 

Tras el decreto de nacionalización de hidrocarburos, varias empresas manifestaron la decisión de quedarse y negociar. El malhumor inicial del presidente de Petrobras, que habló de suspender inversiones, sería atribuible a la apreciación de PdVSA como competidor futuro.

 

Bolivia necesita seguir exportando gas y petróleo; y también acuerdos con inversores extranjeros. La mera expropiación no resuelve mucho. El precio será el tema clave de negociación. Por ejemplo: la Argentina en 2002 consiguió un precio “solidario” de US$ 1,60 el millón de BTU*, que en 2005 ascendió a US$ 2,40 y en 2006, con la llegada de Evo Morales, a US$ 3,20. El precio promedio del fuel en el puerto de Sao Paulo o Buenos Aires tendría que oscilar entre US$ 4,50 y 4,70, lejos de los US$ 10 de Nueva York pero un aumento muy significativo para Brasil y la Argentina.

 

En mi opinión, no cabe interpretar el momento boliviano en función exclusiva de ideologías del pasado, y menos aún de antiamericanismo. En realidad, los Estados Unidos pueden verse favorecidos “indirectamente” al producirse escisiones que erosionan a la mayoría de los acuerdos subregionales de integración. El Mercosur es cada vez más una zona de libre comercio, diluyéndose la posibilidad de constituir un mercado común regional.

 

En el proceso hay un perdedor neto: Brasil. REPSOL-YPF, inversión española, también pierde, pero no con el mismo alcance; la empresa deberá diversificar sus intereses mundiales saliendo del área latinoamericana.

 

Una incógnita es qué hará Chile ante la reducción de la oferta argentina y la posibilidad de que lo que importa de Perú (Camisea) sea insuficiente. ¿Hará una apuesta que incluya agua y ponga en juego un corredor al Pacífico? Pero aquí hay un tercer invitado inevitable: Perú.

 

En Venezuela Hugo Chávez sigue jugando fuerte. Ha dejado de ser “controlable” por Brasil y menos aún por la Argentina. Con ganancias de 6.500 millones de dólares en 2005 por parte de PdVSA y con reservas monetarias por 30.000 millones de dólares, pone en juego su capital político arriesgando jugadas mayores. Destroza la CAN (Comunidad Andina), amenaza al Mercosur, liquida el proyecto brasileño de la CSN (Compañía Siderúrgica Nacional), presiona para obtener un asiento en el próximo Consejo de Seguridad de la ONU (al tiempo que la crisis iraní se profundiza), pone dinero en las campañas de Ollanta Humala y Daniel Ortega, guiña a Andrés López Obrador de México y amenaza con un referéndum para quedarse hasta el 2031.

Luiz Inácio Lula está enfrascado en la reelección. Necesita acordar el precio del gas y apaciguar el conflicto con Bolivia jugando el rol de “bueno”, mientras a su gente de Petrobras le toca el papel del “malo”.

 

Néstor Kirchner también está en proceso reeleccionario. Actuando como un “guapo” del puro folklore porteño rioplatense, confronta con Uruguay por las papeleras en el río Uruguay, pero no puede actuar de la misma forma con Bolivia, porque necesita un arreglo por el precio del gas.

 

Tanto la Argentina como Brasil están bajo la sombra del juego de Chávez. Por eso en la mini cumbre de principios de mayo de 2006 en Puerto Iguazú, Chávez, Kirchner, Lula y Morales mostraron una “imagen” de unidad, que obviamente está lejos de los hechos y los intereses, pero por ahora no tienen otra alternativa para mostrar.

 

 

 


PRODUCCIÓN Y CONSUMO DE GAS NATURAL

En millones de metros cúbicos por día (2004)

 

Países         Producción            Consumo

Argentina         123,0                103,8

Bolivia                23,3 

Brasil                 30,4                 51,8

Chile                  22,5

Totales               176,7                  178,1

 

Fuente: British Petroleum

 


RESERVAS DE GAS NATURAL
SUR Y CENTROAMÉRICA

En trillones de millar de pies cúbicos a enero del 2005

 

Países              Andinos      No andinos

Argentina                                     21,4

Bolivia                     31,4 

Brasil                                           11,5

Colombia                     3,9

Perú                          8,7

Trinidad

& Tabago                                     18,8

Venezuela                 148,9 

Otros                                           6,0

Total Andinos            129,9

Total No andinos                           57,7

Porcentaje        77 %                     23 %

 

Fuente: British Petroleum

 

 


* Unidad de energía inglesa, abreviatura de British Thermal Unit. Una BTU representa la cantidad de energía que se requiere para elevar a un grado Fahrenheit la temperatura de una libra de agua en condiciones atmosféricas normales. Un pie cúbico de gas natural despide en promedio 1000 BTU, aunque el intervalo de valores se sitúa entre 500 y 1500 BTU.

Nº 2316 » Junio 2006

Mozart, un gran amor de Dios

por Coleman, Claire - Ortega, Fernando · 1 Comentario 

Wolfgang Amadeus Mozart fue uno de los grandes amores de Dios. A ese gran amor no respondió como un héroe o como un santo, sino llevando hasta el final y sin reservas su llamado: la creación musical.

 

Nos acompaña desde nuestras infancias, vividas en continentes y tiempos diversos y siempre fue “nuestro amigo en común”, sin que lo supiéramos y provocó, finalmente, nuestro encuentro. No sería un embeleso pasajero ni una pasión exclusiva. Se instaló en ambos al principio de nuestras adolescencias para no dejarnos jamás. Una vez probado el sabor de su música, ambos supimos que su marca en nuestras vidas, sería imborrable.

 

Decidimos escribir al ver que compartíamos una cierta visión de Mozart y la convicción de que no todo estaba dicho –ni jamás lo estarᖠpese a los centenares de obras que ha provocado. Por eso, la publicación de estos Diálogos que expresan una larga conversación real que lleva ya más de diez años. No somos profesionales de la música; opinamos como “amateurs”, en su acepción primera, que no excluye poseer conocimientos y permite, con libertad, abordar a la música más libre del mundo. No es nuestro objetivo proponer un nuevo análisis de la obra mozartiana; muchos lo han hecho, más aptos que nosotros, en especial, Jean Victor Hocquard, cuyos trabajos no han cesado de ser referencia obligada para todo interesado en el tema. ¿Qué podríamos agregar a lo que ya ha sido tan bellamente expresado?

 

Para hablar de Mozart, para transmitir lo que su música provoca, elegimos otra vía: un diálogo en libertad. No importa que por momentos nos concentremos en una obra en especial o en un aspecto técnico, todo confluye al mismo fin: precisar cuál es para nosotros la naturaleza de la gran felicidad mozartiana. No se trata de convencer, ni de probar nada, sino de dar testimonio de nuestra experiencia común: esto es lo que hemos escuchado.

 

Nos basamos en los últimos once años de su producción, desde 1781 al final de 1791, año de su muerte. En este período surgen las grandes óperas en las que se concentra lo mejor de su genio. Once años divisibles en cuatro períodos cuya duración, va disminuyendo, mientras se acerca el final. Los que lean estas líneas tal vez lo saben bien: no es escarbando en su vida privada que lograremos nuevas luces. Y además, ¿qué decir de este hombre que pueda por un momento aislarse de su condición de genio? Que no era un ser extraordinario, si omitimos un poder de concentración excepcional y una inteligencia notable, elementos propios de su genio, y que sus virtudes y defectos no tenían cualidades extremas. Un carácter contradictorio –¿cómo el de cualquiera de nosotros?– poco relevante, con elementos de debilidad e infantilismo. Sus contemporáneos nos hablan de su fealdad, o al menos dicen que nada había de seductor en su apariencia, como si sólo un ser común pudiera albergar a un genio desbordante. Orgulloso, poco reverente, fantasioso y también bueno, honesto y generoso.

 

Si su vida no da claves para penetrar su pensamiento profundo, sus cartas son más esclarecedoras, como probaremos en estas páginas. En ellas se expresan ideas vigorosas y confidencias sutiles, pero decisivas para la lectura de su obra. Aún así, sólo su música nos introduce en su universo. El músico poseyó al hombre, la obra de Mozart es Mozart mismo. Ocurre que en su música puso su alma entera y, si no revela detalles biográficos, es un libro abierto sobre su interioridad, sus elecciones íntimas y su visión del mundo. Será nuestro tema la relación “hombre–obra” y el sentido profundo de ésta.

 

En la inmensa floración de obras que precedieron y siguieron al bicentenario de su muerte, se ha insistido en que su música no contiene “ni mensaje ni confesión” y esto es cierto en un sentido estricto: Mozart no fue portador de ninguna ideología y jamás –o sólo muy raramente– se desbordó en confidencias a la manera romántica. Sin embargo, afirmar que su música es vacía, inexpresiva, que no se refiere a nada, es usar un lenguaje engañoso. Expuestas como cualidades superiores, estas nociones de vacío e inexpresividad –que tienen la ventaja de explicar mejor que otras la universalidad del artista– han seducido a lectores poco informados, que han cedido, reverentes, ante lo que parecía una manifestación de lucidez. Por el contrario, hacer de Mozart un pensador sería un error igualmente funesto; es verdad, tenía ideas propias que podía expresar claramente, pero estaban al servicio de su música y no a la inversa.

 

Al escribir la música más libre del mundo, ésta debe ser escuchada con igual libertad. Cada uno a su manera, sin que pesen dictados ni normas. Para nosotros que hemos reconocido en Mozart un icono de Dios, nos dirigimos a aquellos que pese a todas las presiones han conservado intacta la misma intuición. Para los que disientan, respetando su posición, sólo les pedimos que nos acompañen en el posible descubrimiento de un nuevo Mozart. Les mostraremos que lejos de ser vacía o inexpresiva, su música está saturada de sentido y de vida. Los invitamos a explorar con nosotros el origen del gran tema de la felicidad mozartiana. Incansablemente volveremos a ella e interrogaremos a la música, para descifrar su secreto.

 

Este concepto de “felicidad” –tan fuertemente rechazado por Nicholaus Harnoncourt en su ensayo El discurso musical hasta el punto de provocar cierta culpa en el lector– no hace tabla rasa con los sentimientos humanos de Mozart que van de la más pura alegría a un árido sufrimiento. Esta “felicidad” no se puede reducir a un simple gozo estético. En nuestra opinión, la felicidad une a todos los estados de ánimo expresados por la música. ¿Por qué hablar de hedonismo cuando se evoca la “felicidad mozartiana”? Hablar de gran felicidad a propósito de Mozart no significa dejarse seducir por la belleza y el encanto, porque su música supera a ambos. Es reconocer que, a pesar de la amargura o de la angustia presentes con frecuencia, existe en Mozart un fondo de felicidad parecido a una corriente de agua subterránea, más profunda, más constante que el resto. Ciertas modas quieren hacernos creer que sólo las pasiones y los conflictos pueden tener verdadero interés. Nos parece que la naturaleza de la felicidad que se desprende de la música mozartiana suscita interrogantes mucho más sustanciales, porque dicha felicidad refiere, secreta pero insistentemente, a una fuente humana y más que humana.

 

Acercarse a este secreto es para nosotros inseparable de una pregunta simple y sin respuesta: ¿Fue Mozart objeto de un rapto? Un rapto divino, plenamente aceptado: su música parece confirmarlo. Si la palabra “rapto” suena excesiva, digamos que admitió ser elegido, pero no de una manera cotidiana, confortable, tímida y tibia. Fue una elección vasta. La más alta, la profunda. La que devasta y quema.

 

Para que este acontecimiento capital en la historia del arte ocurriese, todo estaba preparado con cuidados de orfebre: fin de la época clásica, pequeña villa provinciana en el corazón de Europa, familia musical, unida y afectuosa, miembros de la pequeña burguesía, bautismo inmediato. Wolfgang será un niño muy cuidado, en especial por su padre. Lo tiene todo para convertirse en un buen músico y en un honesto compositor al servicio del príncipe. Claro que a causa del “rapto”o la “elección” las cosas se complicarán.

 

Desde su infancia Wolfgang vivirá para la música: es su ambiente natural, su respiración. Su padre guía los primeros pasos, le enseña catecismo, lengua, aritmética y todo el resto, que él absorbe como una esponja. Pero desde los cuatro años su vida es anormal, caótica: viajes extenuantes, enfermedades graves en cuartos de posadas, veladas enteras tocando el clavecín, la admiración de los cortesanos de Europa… Le fue amputada su niñez a aquel que será el mejor mensajero del espíritu de infancia… Pero él trabaja, trabaja, trabaja. No olvidemos jamás esta tarea oscura, obstinada, de un niño para aprender la ciencia de la composición en todos los géneros y todos los estilos.

 

Un retrato de Antonio Lorenzoni nos lo muestra cinchado en un atildado atuendo, a los siete años. Es pequeño, podría tener sólo cuatro. La mirada, tierna y maliciosa, es conmovedora por su pureza y sabiduría, a imagen de la música que compondrá al final de su vida.

 

Es que él ya sabe, y al mismo tiempo ignora.

 

* * *

 Un trío emblemático

 

Claire Coleman: Creo que sobre Mozart existe un profundo, un irreductible malentendido. Hago mal en decir “irreductible”, ya que trabajamos precisamente con el fin de eliminarlo. Pero se trata de algo tan fuertemente anclado en los espíritus que ningún intento de persuasión pareciera poder sacudir. Transmitir como nosotros lo hacemos nuestra intuición sobre Mozart implica superar dificultades inmensas.

 

Fernando Ortega: Sé muy bien a qué te refieres. Pero, a pesar de ese obstáculo, o quizás a causa de él, es necesario avanzar. Es sin duda poco común plantearlo, pero –a mi juicio– muy estimulante. Lo esencial es que nunca buscamos probar nada ni reclutar adeptos. Nuestra meta es transmitir una intuición.

 

CC: ¿Cómo comunicar lo que tenemos la suerte de sentir? La dificultad para hablar de Mozart, como lo hacemos, me parece viene de muy lejos. No hay que engañarse: proviene ante todo de una idea falsa que nos hacemos de Dios, y muy extendida entre los cristianos. Un Dios sin el hombre, un Dios percibido fuera de su Alianza de amor con el hombre. Éste, creo yo, es el obstáculo principal. Y luego, en la historia de la música hay alrededor de Mozart dos genios que, cada uno por razones opuestas, dañan su comprensión: me refiero a Bach y a Beethoven.

 

FO: Es cierto que cuando uno penetra en el universo de Mozart se encuentra en un ámbito mucho más misterioso que el de Bach. Quizá porque en la música de Bach, Dios es considerado explícitamente como fuente y objeto, mientras que, en Mozart, Dios es inaprehensible. Esto es, a mi juicio, lo que distingue ante todo a estos dos compositores. En su trabajo sobre la música barroca 1, Jean-François Labie prueba –involuntariamente– hasta qué punto la música de Bach, con todas sus referencias religiosas, sus referencias explícitas a Cristo, provoca una especie de ceguera respecto de Mozart. Cuando el autor declara no encontrar referencias cristianas en Mozart, es evidente que las busca como amante de Bach, es decir, en lo explícito, en un movimiento religioso ascendente que no es el de Mozart.

 

CC: ¿No es natural que Bach haya polarizado la atención y el interés de los melómanos cristianos en detrimento de Mozart? Bach es el arquetipo mismo del genio religioso. Su música, con su escritura admirable, ofrece un discurso bien tipificado que para muchos representa la cumbre de lo espiritual. Sin duda porque el universo en el que nos sumerge Bach es inmediatamente definible y quien lo escucha se siente reconfortado en su anhelo de lo religioso. Río poderoso y tranquilizador, la música de Bach no deja lugar para la duda ni para el cuestionamiento. Ella brinda una idea fuerte de Dios: un Dios de las religiones, el Ser supremo.

 

FO: Da esa idea, es cierto, pero también hace presente otra cara de Dios, la del Dios-hombre sufriente. El Cristo de la Pasión es objeto de los más altos sentimientos humanos, que no van hacia el Ser supremo, objeto de alabanzas, sino hacia el sufrimiento del Dios-hombre, objeto de piedad y de fe. Es cierto que hay pietismo en la música de Bach.

 

CC: Siento también en su obra un aspecto dominador y masculino que puede seducir, una rectitud, una tónica de ausencia de angustia. Entonces, evidentemente, si hacemos escuchar a un incondicional de Bach una página de Mozart, que contiene por lo menos tanta espiritualidad –aunque en un registro no explícito– el amante de Bach queda desconcertado, confundido por una comparación que le parece sin sentido. Necesitaría una libertad de espíritu poco común para abrirse a la espiritualidad de Mozart, ya que desde ese punto de vista, pasar de Bach a Mozart reclama una verdadera conversión del corazón.

 

FO: Sin embargo, a pesar de esto, existe, a mi entender, una corriente subterránea, una afinidad profunda entre ambos músicos, que se percibe cuando se supera la imagen de un Mozart galante, rococó. Pero volviendo a nuestro planteo, decíamos que antes de Mozart, encontramos la sombra de Bach. Pero después –y todavía más a mi entender– está la de Beethoven, quien impuso lo que en el siglo XIX será considerado como el criterio absoluto de la música. En su primer Mozart, Jean-Victor Hocquard evoca las dificultades que experimenta todo melómano para abordar a Mozart viniendo de Bach, como también viniendo del romanticismo.

 

CC: Es un trío emblemático, siempre citado… ¿Quiénes son, para usted, los tres músicos más grandes? Bach, Mozart, Beethoven. Es la respuesta habitual. Sin embargo, Baremboim fue lo suficientemente iconoclasta como para confesar: “¿mis músicos preferidos? Mozart y Bruckner”. Pero es la opinión de un profesional y data de veinte años atrás.

 

FO: Bach, Mozart y Beethoven. ¿Se puede soñar en tres genios más diferentes? Pero es seguro que el primero y el tercero contrastan con el segundo. Juan Sebastián, porque en él hay una identificación entre lo religioso y su estilo severo de escritura. Y Ludwig por su ruptura con el clasicismo. En Beethoven sentimos muy fuerte la afirmación del hombre, y en Bach, la afirmación de Dios. ¡Entonces, cuando Dios o cuando el hombre son objeto de músicas tan bellas, tan grandiosas, el oyente va espontáneamente hacia ellas! Los jóvenes, en particular, se sienten muy atraídos por Beethoven. Bach está del otro lado, pero se puede muy bien amar a los dos a la vez, y esto sucede con frecuencia. Mozart quedó entonces ubicado entre un músico que hacía todo para la gloria de Dios y otro que hacía todo para gloria del hombre. ¿Pero se ve a Dios en Mozart? ¿Se ve al hombre? No, no se ve a Dios ni al hombre. Es decir, no escuchamos ni al Dios de la religión ni al hombre prometeico.

 

Mozart no es el resultado de la suma de Beethoven y de Bach. Lo que se percibe fuertemente en él es la felicidad, una felicidad de una calidad superior que es el fondo mismo de su música, una felicidad evocadora de un Dios diferente y de una humanidad diferente… porque están unidos: éste el sentido, a mi entender, de ese Dios otro y de esa humanidad otra que Mozart nos hace gustar.

 

CC: Has dado la mejor definición posible de Mozart: si su música no deja ver separadamente ni a Dios ni al hombre es porque están unidos. ¡Nada es más justo, está todo dicho! Después de eso se pueden hacer comentarios… Si esta unión es difícil de captar, esta imposibilidad –o esta dificultad– es inherente a nuestra naturaleza humana que separa instintivamente a Dios y al hombre. Ante la música de Mozart, el oyente se siente perplejo. Si es sensible presiente algo, pero las referencias le escapan. ¿A qué aferrarse? Lo que escucha, reconozcámoslo, es inquietante: hay allí una bondad, un pudor, una amargura, una ternura, una angustia, una sensualidad, un recogimiento, una gravedad, una alegría loca, intensa… todo eso forma una amalgama que nuestro melómano hallará incongruente, imposible de asociar a un sentimiento religioso. Y tiene razón. Ya que se trata de infinitamente más que eso, ¡se trata de algo totalmente distinto! Para él, la música de Mozart suena laica, profana. Y nosotros decimos que oímos en ella una voz escondida, en la que resuena la unión de lo divino y lo humano.

 

FO: Así es.

 

CC: Los otros dos, Bach y Beethoven, son más accesibles.

 

FO: O monolíticos. En Mozart se da eso tan difícil de captar: la unión de lo humano con lo divino.

 

CC: Es otro mundo.

 

FO: Es el mundo del Espíritu donde el hombre deviene Hijo, es decir, divinamente humano. Como ves, todo lo que decimos, sin importar el tema que abordemos, desemboca siempre en el mismo punto: la unión de Dios y del hombre, es decir la felicidad. Cuando evocamos la felicidad mozartiana (y nadie habló jamás de la felicidad de Bach, o de Haendel, o de Beethoven, o de Schumann…), cuando evocamos eso tan bello, tan bueno, que resuena en la música de Mozart y que en el fondo todo el mundo desea, se trata justamente de la felicidad del hombre unido a Dios. ¡Pero la mayor parte del tiempo no lo sabemos!

 

CC: Si esta unión de la que Mozart es intérprete hace a la felicidad del hombre, ¿cómo no pensar que ella también hace a la felicidad de Dios? Lo contrario sería inconcebible. En la vida espiritual, Dios busca sin cesar al hombre, es él quien hace todos los avances, como un enamorado tratando de convencer a la que ama. Entonces ¿por qué tantos melómanos permanecen sordos a esta felicidad que es la característica de Mozart?

 

FO: Desde un punto de vista espiritual, creo que no se puede llegar hasta Mozart sin tender al desprendimiento, sin amar la pobreza, sin buscar el espíritu de infancia. Pero si estamos todavía atados a las diversas ideologías sobre Dios o sobre el hombre… ¡entonces la música de Mozart no significará nada! Parecerá vacía, brillante y fría. No emocionará. Hace falta que caigan muchas ideas, que se derrumben los mitos. Sólo entonces la voz de Mozart podrá comenzar a hacerse oír. Porque es la simplicidad misma. Es emocionante saber que quienes la aceptan de manera directa son los niños y aquellos que ya alcanzaron cierta madurez.

 

CC: Sucede a veces que nos enteramos, por boca de alguien de quien a priori no habríamos jamás imaginado que pudiese amar a Mozart, que justamente allí se encuentra su deleite… Me acuerdo de un hecho que me emocionó mucho. Hace unos veinticinco años, un sindicalista francés, muy conocido en su tiempo, había participado en una emisión de televisión, integrando un panel informal donde el invitado aceptaba evocar su vida familiar, personal, sus recuerdos, sus gustos. Ahora bien, el hombre en cuestión era de aspecto primario, parecía siempre irritado y rústico. Era habitual verlo arengar a las muchedumbres en los actos públicos. Y bien, frente a la pregunta del periodista sobre sus gustos musicales, cambió súbitamente de expresión y respondió a media voz: “Mozart”. Al no poder ir a conciertos con frecuencia, acumulaba discos que sus hijos le compraban. Lo sorprendente, lo emotivo, es que al hablar de Mozart se transformó en otro hombre: dulce, sonriente, aplacado. ¡Era un espectáculo tan inesperado que cortaba la respiración! Con esta anécdota quiero decir que, a fin de cuentas, nunca se sabe… Amar a Mozart es ante todo una cuestión de sensibilidad, de afinidades profundas. Como escribe bellamente Hocquard, ¡no se está solamente marcado por Mozart sino para Mozart!

 

FO: Es significativo que ese hombre, al hablar de Mozart, se haya súbitamente desarmado… En ese momento mostró al otro hombre –el hombre que es en verdad: dulce, sonriente, aplacado– y que se reveló gracias a la música de Mozart.

 

 


Mozart y Benedicto XVI

 

Numerosas personalidades del mundo han escrito sobre Mein Mozart (Mi Mozart) a pedido del diario vienés Kronen Zeitung. Transcribimos a continuación un fragmento de lo que firma Joseph Ratzinger:

“En Beethoven oigo y siento el empeño del genio por dar lo máximo, y de hecho su música tiene una grandeza que llega a lo más íntimo. Pero el esfuerzo apasionado de este hombre resulta perceptible y, a veces, en un paso u otro, en su música parece notarse también un poco de esa fatiga. Mozart es pura inspiración –o, al menos, así lo siento yo-. Cada tono es correcto, y no podría ser de otra manera. El mensaje está sencillamente presente. Y no hay en ello nada trivial, nada solamente lúdico. El ser no está empequeñecido ni armonizado falsamente. No deja fuera nada de su grandeza y de su peso, sino que todo se convierte en una totalidad en la que sentimos la redención incluso de lo oscuro de nuestra vida y percibimos lo bello de la verdad, de lo que tantas veces querríamos dudar. La alegría que Mozart nos regala, y que yo siento de nuevo en cada encuentro con él, no se basa en dejar fuera una parte de la realidad, sino que es expresión de una percepción más elevada del todo, que yo sólo puedo caracterizar como una inspiración, de la que parecen fluir sus composiciones como si fueran evidentes. De modo que, oyendo la música de Mozart, queda en mí finalmente un agradecimiento: porque él nos ha regalado todo eso, y un agradecimiento porque eso le haya sido regalado a él”.

 

 

 


1
. Cf. Labie, J. F. Le visage du Christ dans la musique baroque, Fayard-Desclée, 1992.

Nº 2316 » Junio 2006

El camino de los justos

por Bergoglio, Jorge Mario · Comentar 

Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él.

Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

“Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices los mansos, porque recibirán la tierra en herencia.

Felices los que lloran, porque serán consolados.

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.

Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.

Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.

Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron.” (Mt. 5:1-12)

 


  

1. En este día de acción de gracias por la Patria escuchamos el pasaje de las Bienaventuranzas que nos hablan de dicha y de bendición, de horizonte gozoso de ser. Jesús, el “Testigo Veraz” de la alegría de ser porque dio su vida por la bienaventuranza de todos, nos ilumina y nos nutre hoy con su programa. Las Bienaventuranzas el Señor las dijo para todos y, si es verdad que marcan con claridad nuestras zonas de sombra y de pecado, también es verdad que comienzan con una bendición y terminan con una promesa que nos consuela. Dios congregó a su pueblo en torno a la verdad, al bien y a la belleza que proclaman las Bienaventuranzas. Ojalá que al escucharlas no busquemos aplicarlas críticamente a los demás, sino que las recibamos enteras todos, cada uno con corazón simple y abierto, y permitamos que la Palabra nos congregue una vez más, siempre en la esperanza de construir la Nación que nos debemos. En el día de la Patria nos hará bien hacer un breve recorrido por estas Bienaventuranzas; cada uno de nosotros reflexionando pausadamente en ellas y preguntándonos qué significan hoy para mí, no para el que tengo al lado o para el vecino de enfrente. Recorrer las Bienaventuranzas lentamente, en una especie de “cadencia sapiencial”, procurando que su significado me llegue al corazón.

 

2. Hoy nos sentimos llamados –todos, sin excepción– a confrontarnos con este testimonio que brota del sentimiento íntimo de Jesús. Estamos llamados a una vocación: construir la dicha, unos por los otros: es lo que nos llevaremos de este mundo. En las Bienaventuranzas el Señor nos indica el camino por donde los seres humanos podemos encontrar la felicidad más auténticamente humana y divina. Nos proporciona el espejo donde mirarnos, el que nos deja saber si vamos por el sendero de serenidad, de paz y de sentido en que podemos disfrutar de nuestra existencia en común. La Bienaventuranza es simple y, por eso mismo, es un trayecto por demás exigente y un espejo que no miente. Rehúye al eticismo descomprometido y a la moralina barata.

 

3. En la conmemoración de las jornadas de Mayo, volvemos a aquellos padres de la Patria quienes, en su gesta, soñaron la bienaventuranza para nuestros pueblos que aspiran a crear ciudadanía. También en aquellos tiempos jugaban las ilusiones… y la pureza de la inspiración de los ideales se entrecruzaba con las ambiciones fáciles, algunas veces oscuras. Después de todo, ello es parte de la historia de todos los pueblos, y no venimos a juzgar ni pretender separar el trigo de la cizaña, sino a celebrar el legado del que nacimos, porque a pesar de las miserias y con ellas, tenemos un hogar. Venimos a celebrar pero no debemos dejar de preguntarnos si sigue siendo vocación nuestra el concretar aquellos deseos de bienaventuranza, si el ser ciudadanos se nos ha devaluado hasta llegar a ser un mero trámite o sigue siendo el llamado hondo a procurar la alegría y la satisfacción de construir juntos un hogar, nuestra Patria.

 

4. El Señor comienza hablando de la alegría que sólo experimentamos cuando tenemos alma de pobres. En nuestro pueblo más humilde encontramos mucho de esta bienaventuranza: la de los que conocen la riqueza de la solidaridad, la riqueza del compartir lo poco, pero compartirlo; la riqueza del sacrificio diario de un trabajo, a veces inestable y mal pago, pero hecho por amor a los suyos; la riqueza incluso de las propias miserias pero que, vividas con confianza en la Providencia y en la Misericordia de nuestro Padre Dios, alimentan en nuestro pueblo esa grandeza humilde de saber pedir y ofrecer perdón, renunciando al odio y la violencia. Sí, la riqueza de todo pobre y pequeño, cuya fragilidad y vulnerabilidad expuesta le hace conocer la ayuda, la confianza y la amistad sincera que relativiza las distancias. Para ellos, dice Jesús, es “el Reino de los Cielos”; sólo así, imitando esa misericordia de Dios, se obtiene un alma grande capaz de abarcar y comprender, es decir de “obtener”, como dice el Evangelio, misericordia.

 

5. Necesitamos de la amistad social que cultivan los pobres y los pequeños, la que sólo satisface cuando se da por completo a los otros.

Dios nos libre de la “malaventuranza” de una permanente insatisfacción, del encubrimiento del vacío y la miseria interior con sustitutos de poder, de imagen, de dinero. La pobreza evangélica, en cambio, es creativa, comprende, sostiene y es esperanzada; desecha la “actuación” que sólo procura impresionar; no necesita propaganda para mostrar lo que hace, ni recurre al juego de fuerzas para imponerse. Su poder y autoridad nace de la convocatoria a una confianza, no de la manipulación, el amedrentamiento o la prepotencia.

 

6. Felices son también los corazones que se “afligen”. Los que lloran por el desgarro entre el deseo de esa plenitud y de esa paz que no se alcanzan y postergan, y un mundo que apuesta a la muerte. Felices los que por esto lloran, y llorando apuestan al amor aunque se encuentren con el dolor de lo imposible o de la impotencia. Esas lágrimas transforman la espera en trabajo en favor de los que necesitan y en siembra para que cosechen las generaciones por venir. Esas lágrimas transforman la espera en solidaridad verdadera y compromiso con el futuro.

Por ello, felices, entonces, los que no juegan con el destino de otros, los que se animan a afrontar el desafío de construir sin exigir ser protagonistas de los resultados, porque no le tienen miedo al tiempo. Felices los que no se rinden a la indolencia de vivir el instante sin importar para qué o a costa de quienes, sino que siempre cultivan a largo plazo lo noble, lo excelente, lo sabio, porque creen más allá de lo inmediato que viven y logran.

 

7. La “malaventura” es precisamente lo contrario: no aceptar el dolor del tiempo, negarse a la transitoriedad, mostrarse incapaz de aceptarse como uno más del pueblo, uno más de esa larga cadena de esfuerzos continuos que implica construir una nación. Tal vez ésta ha sido una causa de tantas frustraciones y fracasos que nos han llevado a vivir en vilo, en permanente sobresalto. En el hábito de polarizar y excluir, en la recurrencia de crisis o emergencias, los derechos pierden terreno, el sistema se debilita y se lo vacía indirectamente de legitimidad. Los mayores precios son pagados entonces por los más pobres, y crecen las posibilidades de oportunistas y ventajeros.

 

8. Justamente este apostar al tiempo y no al momento es lo que Jesús ensalza como paciencia o mansedumbre. “Felices los pacientes porque recibirán la tierra en herencia”.

Es bueno recordar que no es manso el cobarde e indolente sino aquel que no necesita imponer su idea, seducir o ilusionar con mentiras, porque confía en la atracción –a la larga irresistible– de la nobleza. Por eso nuestros hermanos hebreos llamaban a la verdad “firmeza” y “fidelidad”: lo que se sostiene y convence porque es contundente, lo que se mantiene a lo largo del tiempo porque es coherente. La intemperancia y la violencia, en cambio, son inmediatistas, coyunturales, porque nacen de la inseguridad de sí mismo. Feliz por eso el manso, el que se mantiene fiel a la verdad y reconoce las contradicciones y las ambigüedades, los dolores y fracasos, no para vivir de ellos, sino para sacar provecho de fortaleza y constancia.

 

9. Desdichado el que no se mantiene mansamente en la verdad, el que no sabe en qué cree, el ambiguo, el que cuida a toda costa su espacio e imagen, su pequeño mundito de ambiciones. A éste –tarde o temprano– sus miedos le estallarán en agresión, en omnipotencia e improvisación irresponsable. Desdichado el vengativo y el rencoroso, el que busca enemigos y culpables sólo afuera, para no convivir con su amargura y resentimiento, porque con el tiempo se pervertirá, haciendo de estos sentimientos una pseudo-identidad, cuando no un negocio.

¿Cuántas veces hemos caído los argentinos en la “malaventuranza” de no haber sabido conservar tal mansedumbre? En la “malaventuranza” del internismo, de la constante exclusión del que creemos contrario, de la difamación y la calumnia como espacio de confrontación y choque. Desdichadas actitudes que nos encierran en el círculo vicioso de un enfrentamiento sin fin. ¿Cuántos de estos caprichos y arrebatos de salida fácil, de “negocio ya”, de creer que nuestra astucia lo resuelve todo, nos ha costado atraso y miseria? ¿No reflejan acaso nuestra inseguridad prepotente e inmadura?

 10. Felices, en cambio, si nos dejamos convocar por la fuerza transformadora de la amistad social, ésa que nuestro pueblo ha cultivado con tantos grupos y culturas que poblaron y pueblan nuestro país. Un pueblo que apuesta al tiempo y que conoce la mansedumbre del trabajo, el talento creativo e investigador, la fiesta y la solidaridad espontánea, un pueblo que supo ganar o “heredar la tierra” en la que vive.

 

11. Este es el verdadero trabajo por la paz, como dice otra de las Bienaventuranzas, el que incluye y recrea, el que invita a convivir y compartir aun a los que parecen adversarios o son extranjeros. El que piensa del otro: éste no puede ser sino ‘hijo de Dios’; hijo de lo alto en su fe e hijo de esta tierra en su cultura. La paz comienza a afianzarse cuando miramos al otro como hijo de Dios, como hijo de la Patria. Por eso decimos hoy: felices aquellos de nuestros mayores que trabajaron por la paz para nuestros pueblos y se dejaron pacificar por la ley, esa ley que acordamos como sistema de vida y a la que una y otra vez debemos volver a poner en lo más alto de nuestros corazones.

 

12. ¡Pobre el que burla la ley gracias a la cual subsistimos como sociedad! Ciego y desdichado es, en el fondo de su conciencia, el que lesiona lo que le da dignidad. Aunque parezca vivo y se jacte de gozos efímeros ¡qué carencia!. La anomia es una “malaventuranza”: esa tentación de “dejar hacer”, de “dejar pasar”, ese descuidar la ley, que llega hasta la pérdida de vidas; esa manera de malvivir sin respetar reglas que nos cuidan, donde sólo sobrevive el pícaro y el coimero, y que nos sumerge en un cono de sombra y desconfianza mutua. Qué dicha en cambio siente uno cuando se hace justicia, cuando sentimos que la ley no fue manipulada, que la justicia no fue sólo para los adeptos, para los que negociaron más o tuvieron peso para exigir, ¡qué dicha cuando podemos sentir que nuestra patria no es para unos pocos! Los pueblos que a menudo admiramos por su cultura, son los que cultivan sus principios y leyes por siglos, aquellos para los cuales su ethos es sagrado, a pesar de tener flexibilidad frente a los tiempos cambiantes o las presiones de otros pueblos y centros de poder.

 

13. Qué desventurados en cambio somos cuando malusamos la libertad que nos da la ley para burlarnos de nuestras creencias y convicciones más profundas, cuando despreciamos o ignoramos a nuestros próceres o al legado de nuestro pasado, cuando incluso renegamos de Dios, desentendiéndonos de que en nuestra Carta Magna lo reconocemos “fuente de toda razón y justicia”.

El maduro acatamiento de la ley, en cambio, es el del sabio, el del humilde, el del sensato, el del prudente que sabe que la realidad se transforma a partir y contando con ella, convocando, planificando, convenciendo, no inventando mundos contrapuestos, ni proponiendo saltos al vacío desde equívocos vanguardismos.

 

14. Éste el camino de los justos; el que emprenden los que tienen hambre y sed de justicia y que, al vivirla, “ya son saciados” como nos dice el Evangelio. Feliz el que cultiva el anhelo de esa justicia que tanto procuramos a lo largo de nuestra historia; anhelo que posiblemente nunca se saciará por completo, pero que nos hace sentir plenos al entregarnos en pos de la mayor equidad. Porque la justicia misma estimula y premia al que arriesga y se desgasta por ella y da oportunidad al que trae esfuerzos genuinos y sólidos.

Feliz el que practica la justicia que distribuye según la dignidad de las personas, según las necesidades que esta dignidad implica, privilegiando a los más desprotegidos y no para los más amigos. Feliz el que tiene hambre y sed de esa justicia que ordena y pacifica, porque “pone límites a” los errores y las faltas, no las justifica; porque contesta el abuso y la corrupción, no la oculta ni encubre; porque ayuda a resolver y no se lava las manos, ni hace leña del árbol caído. Felices nosotros si la apelación a la justicia nos hace arder las entrañas cuando vemos la miseria de millones de personas en el mundo.

 

15. Desdichados en cambio si no nos quema el corazón ver cómo en las calles, en las mismas puertas de las escuelas de nuestros hijos, se comercian drogas para destruir generaciones, convirtiéndolas en presa fácil del narcotráfico o de los manipuladores de poder. Desdichados porque se paga muy caro el drenaje de la cultura hacia lo superficial y el escándalo marketinero, (expresiones de desprecio de la vivencia espiritual que buscan avivar el vacío); se pagan muy caro la mentiras y la seducción demagógica para transformarnos en simples clientes o consumidores. Abramos los ojos, no es esclavo el que esta encadenado, sino el que no piensa ni tiene convicciones. No se es ciudadano por el solo hecho de votar, sino por la vocación y el empeño construir una Nación solidaria.

 

16. Felices por eso los limpios de corazón que no temen poner en juego sus ideales, porque aman la pureza de sus convicciones vividas y transmitidas con intensidad sin esperar los aplausos, el relativo juicio de las encuestas o la ocasión favorable de mejores posiciones. No cambian su discurso para acceder a los poderosos ni lo vuelven a desvestir para ganarse el aplauso efímero de las masas. Bienaventurados los limpios de corazón que informan, piensan y hacen pensar sobre estas cosas fundamentales y no nos quieren distraer con hechos secundarios o banales. Los que no entregan su palabra o su silencio a los que dominan, ni quedan atrapados en sus dictados.

 

17. Bienaventurados los jóvenes limpios de corazón que se juegan por sus deseos nobles y altos, y no se dejan arrastrar por la desilusión de las mentiras y la absurda inmadurez de muchos adultos. Los que se animan al compromiso más puro de un amor que los arraigue en el tiempo, que los haga íntegros por dentro, que los una en un proyecto. Los que no se dejan atomizar por las ocurrencias, las ofertas fáciles o el pasar el momento. Felices si se rebelan por cambiar el mundo y dejan de dormir en la inercia “del no vale la pena”. La bienaventuranza es una apuesta trabajosa, llena de renuncias, de escucha y aprendizaje, de cosecha en el tiempo, pero da una paz incomparable. Felices si seguimos el ejemplo de los que se animan a vivir con coherencia aunque no sean mediáticos.

 

18. Posiblemente la pureza de un corazón que ama sus convicciones, provoque rechazo y persecución. De hecho, Jesús sufrió el rechazo de nuestra necedad cada vez que removió nuestra maldad más profunda hipócritamente disfrazada. Y sin embargo allí también nos llama a ser felices. Felices los “perseguidos por causa de la justicia” que para Él y para sus compatriotas era la de Dios y su Reino. Y nos llama a la alegría incluso cuando nuestras convicciones coherentes despierten no sólo rechazo, sino calumnias, insultos y persecución.

Por supuesto que no se trata ni de la actitud del temerario que necesita de la rebeldía o del coqueteo con la muerte para sentirse alguien, ni del que exhibe denuncias, protestas o escisiones para sacar réditos personales. Tampoco bendice Jesús la rigidez cobarde del soberbio que utiliza la verdad para no arriesgarse a la misericordia.

La causa no es de opacas idealizaciones, sino de amor: es persecución por El, por su Persona, por la Vida que transmite y, por tanto, por la lucha en favor de todo ser humano y sus derechos. Es lucha por todo bien y verdad que tienda a la plenitud; por el deseo de ser hermanos en esta tierra, es decir, de aceptarnos diferentes en la igualdad.

Felices si somos perseguidos por querer una patria donde la reconciliación nos deje vivir, trabajar y preparar un futuro digno para los que nos suceden. Felices si nos oponemos al odio y al permanente enfrentamiento, porque no queremos el caos y el desorden que nos deja rehenes de los imperios. Felices si defendemos la verdad en la que creemos, aunque nos calumnien los mercenarios de la propaganda y la desinformación.

 

19. El mismo Jesús sufrió toda clase de injurias e inventos maliciosos, vio cómo facciones rivales se unían contra Él; oyó falsos testimonios de los desinformadores; tuvo defensores imprudentes que ensayaron rigideces y se quedaron con la realidad de su cobardía. Conoció la traición de los que señalaban con la izquierda y cobraban denarios con la derecha.

 

20. Felices, queridos hermanos, si construimos un país donde el bien público, la iniciativa individual y la organización comunitaria no pugnen ni se aíslen, sino que entiendan que la sociabilidad y la reciprocidad son la única manera de sobrevivir y, Dios mediante, de crecer ante la amenaza de la disolución.

Nadie puede llegar a ser grande si no asume su pequeñez. La invitación de las Bienaventuranzas es un llamado que nos apremia desde la realidad de lo que somos, nos entusiasma, lima los desencuentros. Nos encamina en un sendero de grandeza posible, el del espíritu, y cuando el espíritu está pronto todo lo demás se da por añadidura.

Animémonos, pues, con el espíritu valiente y pleno de coraje, aun en medio de nuestras pobrezas y limitaciones; y pidámosle a Dios que nos acompañe y fortalezca en la búsqueda de las Bienaventuranzas de todos los argentinos.

Nº 2316 » Junio 2006

La caldera del diablo en los años setenta

por Floria, Carlos · Comentar 

Testimonios y reflexiones –críticas y autocríticas– sobre los años sesenta y setenta circulan en una producción bibliográfica de calidad despareja pero de interés relevante: Montoneros, final de cuentas de Juan Gasparini –versión abreviada de su tesis de doctorado en ciencia política en la Universidad de Ginebra–; El diario “Noticias”. Los Montoneros en la prensa argentina de Gabriela Esquivada; Peronistas revolucionarios. Un análisis político del apogeo y crisis de la organización Montoneros de Eduardo Zamorano; El tren de la victoria. Una saga familiar de Cristina Zucker; y el “implacable” (calificación de Gabriel Lerman en comentario bibliográfico de Página 12) Política y/o violencia. Una aproximación a la guerrilla de los años 70, notable testimonio y análisis de Pilar Calveiro. Así también –en otro registro, se verᖠel libro de Horacio Verbitsky, El doble juego. La Argentina católica y militar.

 

Estos son algunos de los títulos recientes o en reedición oportuna. Procedentes la mayoría de testimonios y revisiones críticas de militantes guerilleros en los años 70, que pueden cotejarse con ensayos contrapuestos, como el de Vicente Massot, Matar o morir. La violencia política en la Argentina (1806-1980); el de Nicolás Márquez, La otra parte de la verdad, con supuesta intención de réplica implícita; y en clave de cultura política el ilustrado alegato parcialmente autobiográfico de Jorge Emilio Gallardo en su reciente y muy interesante Luchas ideológicas argentinas. Origen y consecuencias de nuestros fanatismos, con la calidad que aporta el examen del “nacionalismo anticlerical”, según su directa expresión.

 

No me refiero ahora, para hacer la diferencia, a productos recientes de académicos historiadores como Marcos Novaro, Historia de la Argentina Contemporánea. De Perón a Kirchner, o Luis Alberto Romero, Entre la sombra de la dictadura y el futuro de la democracia, que contribuyen a la meditación sin ira de la Argentina militarizada y violenta1 que nos hizo vivir en un “estado de naturaleza hobbesiano”, producto en parte de la decadencia de nuestra cultura política. Los historiadores no hacen “periodismo de investigación” –aunque lo empleen en lo que les parece apropiado–. Tampoco elaboran relatos históricos en clave conspirativa para atraer lectores; ni escritos militantes, subordinados al ejercicio ideológico, a la absolutización de una parte de la realidad como si fuera toda la realidad, y de una parte de la verdad como si fuera toda la verdad. Eso es lo que entiendo por ideología, a la derecha, a la izquierda, atrás o adelante, arriba y abajo.

 

No estoy insinuando calificaciones o descalificaciones. Sencillamente digo que son registros distintos, recorridos por autores que evocan a veces conocimientos científicos y en casi todos los casos pasiones testimoniales. En las ciencias sociales –y la historia pertenece a ese campo, como la ciencia política o la sociología– no existe objetividad absoluta. Pero hay diferencia sustantiva entre quienes denuncian lealmente desde qué valores parten, qué comportamientos, opciones o tipo de sociedad evocan, y quienes se presentan como voceros impolutos de ideologías tradicionales o nuevas, ocultando sus preferencias y objetivos de acción, cuando no su desempeño como intelectuales “orgánicos” de la constelación del poder.

 

Cabe añadir, en el inventario provisorio precedente, una publicación relativamente nueva 2 que contiene debates abiertos sobre los años 60 y 70, el fenómeno guerrillero y sus contradicciones e ideales, pero también sus estrategias militarizadas y violentas, la pertinencia de las críticas de Rodolfo Walsh a la conducción montonera y la burocratización de propósitos revolucionarios sin correspondencia con la realidad –la del fenómeno peronista y el “Perón verdadero”, especialmente–, con frecuencia mal entendida o deliberadamente distorsionada. Reaparece la crítica de Pilar Calveiro contra el militarismo partisano y la violencia absolutizada que sometían la política. De un lado y del otro, porque el empleo del terrorismo de Estado desde el poder militar, suponía un “destratamiento” análogo de la realidad.

 

Desde su experiencia en los años 60 y 70 exponen cuestionamientos fundados de memorias encarnizadas Héctor Schmucler, Oscar del Barco, Hugo Vezzetti y participantes dispuestos a revelar en casos interesantes “el pasado de una ilusión”, recuperando el título del notable ensayo de François Furet.

 

Un encuadre sereno y severo de Oscar Terán sobre la base de su intervención en el encuentro internacional “Violencia y Memoria” –realizado en la Universidad Nacional de Córdoba en noviembre del año pasado– da el tono general de la publicación. El inteligente autor de Nuestros años sesentas piensa que “así como existen épocas en las cuales las ideas desempeñan un papel menos activo en la arena política, (…) las décadas del sesenta y setenta estuvieron habitadas por intensas pasiones ideológicas, (y) los actores involucrados en violentas confrontaciones políticas resultaron en buena medida configurados por concepciones con fuertes tendencias totalizadoras, cuando no realmente integristas” (las cursivas son mías). Y si bien anota las tragedias del terrorismo de Estado, se pregunta también: “cómo pensar la responsabilidad de quienes quisieron un mundo mejor y resultaron uno de los metales que se fundieron sin residuo en la caldera del diablo de la política argentina…” 3.

 

Para Oscar Terán, como para Hugo Vezzetti y otros intelectuales aplicados a estos temas, poco sentido tiene discutir la llamada “teoría de los dos demonios”. En rigor no me parece que la expresión constituya una “teoría”, sino una bandera de combate que encubría y encubre muchos más de dos demonios, miles, habitando los sótanos de la Argentina violenta. La radicalización política alcanzó a todos los protagonistas, no sólo a militares, a paramilitares y a militantes de izquierda. Carlos Altamirano supo señalar 4 “el peso decisivo que la radicalización del mundo católico tuvo en la reconfiguración del campo de la izquierda y en las formas del militantismo que incendiaron la década previa a la irrupción de la dictadura”. Vezzetti extiende a la “radicalización de una ultraderecha afiliada al catolicismo ultramontano” que se manifestará en “facetas siniestras” en la propia Iglesia donde obispos y vicarios, especialmente en el ámbito castrense, presentarán al terrorismo de Estado como una “guerra por la fe”.

 

Periodismo de investigación y denuncia

 

En este punto ingresa el ensayo de Horacio Verbitsky, periodismo de investigación y de denuncia del comportamiento del sector integrista del episcopado católico durante el Proceso. No ha sido escrito desde la perspectiva de los otros ensayos citados, que constituyen en su mayor parte una revisión intensa de las décadas pasadas. Tampoco desde la perspectiva del historiador –el autor, creo, no pretende serlo– a la búsqueda de la verdad, y por lo tanto en revisión permanente del pasado, sino del “juez ideológico” que ha dictado sentencia y condenado sin apelación. Socialista, según declaración personal que consta en la biografía de Galimberti escrita por Marcelo Larraquy y Roberto Caballero, publicada seis años atrás, no sabemos que Verbitsky haya explicitado una inclinación socialdemócrata, aunque aplica dedicación manifiesta al tema de la defensa de los derechos humanos.

 

Su ensayo se titula Doble juego. La Argentina católica y militar, subtítulo éste que retoma una expresión de Mariano Grondona, quien en octubre de 1976 se preguntaba en la revista Carta Política qué quedaría de la Argentina sin la espada y sin la cruz, porque “la Argentina –concluía– es católica y militar”. Había que cuidar, decía Grondona según subraya Verbitsky, “esa y”…

 

El autor advierte de entrada que en el libro no se encontrará ningún juicio de valor sobre el dogma ni el culto, pues la “realidad teológica del misterio” sólo corresponde a los creyentes y merece su mayor respeto. El ensayo trata, pues, del comportamiento de la Iglesia como “realidad sociológica del pueblo concreto en un mundo concreto”, según los términos de la Conferencia Episcopal Argentina, integrada en el período analizado por hombres “que se consideraban a sí mismos pecadores”. Dedicado a los obispos Ponce de León, Angelelli, Nevares, Novak y Devoto –fallecidos dos de ellos en circunstancias cuanto menos sospechosas de atentados–, a Emilio Mignone y Antonio Brasca, y a monseñor Hesayne. El autor señala que el libro contiene declaraciones de principios y su aplicación, “entre la axiología y la praxis”, avalado por una fuente documental, testimonial o bibliográfica. Algunas “privilegiadas, como el impresionante archivo de Alberto Pascual Devoto, obispo de Goya durante veinte años”. Tesoro único, expresa Verbitsky, reunido desde la “inteligencia y la calidad humana de Devoto (…) un estímulo poderoso para (su) trabajo”.

 

Otras fuentes igualmente relevantes son las actas de sesiones del Conferencia Episcopal proporcionadas al autor de forma no oficial, porque se presumían reservadas. Y citas testimoniales o bibliográficas, como el conocido libro de Emilio Mignone, sobre Iglesia y dictadura.

 

Tal vez sean oportunas, en este pasaje, algunas puntualizaciones: las referencias del autor a manifestaciones de Rafael Braun y mías –según nos atribuyen cables de diplomáticos norteamericanos a los que el autor tuvo acceso, que por mi parte no recuerdo y en todo caso no me encuentro fielmente expresado (cables al fin)– se hubieran visto mejor documentadas si el autor hubiera apelado a la revista Criterio, que contiene, entre otros, dos editoriales que viene muy a cuento citar. El primero, de enero de 1976, titulado “La guerra y la paz”, dedicado al ascenso insensato de la violencia que se pretendía justificada con presuntos argumentos intelectuales, a izquierda y derecha. El segundo, del 11 de marzo de ese mismo año (13 días antes del golpe), titulado “Qué pensar”, dedicado a fundamentar la oposición de Criterio y sus integrantes al golpe de Estado, que era por entonces crónica de un hecho anunciado, propuesto por muchos, esperado por la mayoría. Posición no común, porque una cosa era describir la crisis y otra especialmente significativa negarse a aceptar el desenlace como una fatalidad. Posición que compartimos por entonces con el Buenos Aires Herald y no mucho más, si algo parecido pudiera hallarse en el periodismo de esos tiempos.

 

Colaboracionismo, integrismo, progresismo

 

En resumen apretado, el eje principal del ensayo de Verbitsky consiste en la descripción de una forma de colaboracionismo de sectores de la Iglesia católica con el “partido militar” del Proceso. Se exponen documentos y testimonios muy significativos que derivan de declaraciones orales y escritas de obispos, especialmente, que el autor sitúa con atendibles argumentos en lo que se llamaba el integrismo, una derecha cristiana opuesta al progresismo.

 

El tema tiene en el cristianismo del siglo pasado connotaciones que vienen a cuento para situar mejor la fractura que Verbitsky describe. Hacia mediados del siglo XX, los integristas recogían descalificaciones análogas a las que hoy se aplican a los fundamentalistas. Los progresistas zafaban de aquellas críticas protegidos por el aire de los tiempos que les permitía acompañar en la ruta al comunismo, todavía prestigioso, amenazante y con notable capacidad proselitista; aunque el progresista cristiano procuraba no entregarse a una subordinación acrítica. En cambio, en tiempos recientes, el progresista expondrá una oposición antidictatorial y antimilitarista, preocupada por los derechos humanos.

 

En el campo cristiano había tipos diferentes de progresistas: el doctrinario, el sentimental-idealista, el seducido por rasgos ideológicos proclives a fórmulas autoritarias aunque ignorase el sentido de su apuesta. El integrista, menos asible como tendencia, se caracterizaba por su indisponibilidad para el diálogo y su disposición para el monólogo. Sectario, rígido hasta en sus gestos, con certeza interior de perfecta ortodoxia, creía tener la verdad en el sentido más posesivo del verbo tener. El integrista suele ser históricamente autoritario, desconfiado de la libertad, a la que percibe como deslizamiento hacia el liberalismo. No es tradicional, sino tradicionalista y simpatizante natural de los regímenes de autoridad.

 

Integrismo y progresismo, examinados en su historia completa, se manifestaron opuestos y al mismo tiempo semejantes en cuanto fenómenos “sectarios”. Es decir, como integrantes del “partido de los puros”, algo así como los zelotes de cada época, como la “versión cátara” de la política que no acepta al hombre como es, puro e impuro, trigo y cizaña. Los integristas de los tiempos del Proceso tenían casi todos los rasgos del integrismo tradicional, y donde hoy se los reconoce, no parecen demasiado originales ni distintos. Los progresistas, en cambio, padecen el empleo del calificativo dictado por el oportunismo, por la sensación de que se está del lado bueno de las cosas. Sin embargo, si la mayor parte de los integristas suele ser reaccionaria, no faltan los llamados progresistas que también lo han sido, o lo son, aunque su retórica suene reformista o revolucionaria. En todos lados, hay reaccionarios que se ignoran.

 

Observado en clave comparada, en la historia y en la geografía política, y aplicado a la Iglesia católica, el fenómeno no es nuevo, lo que no significa que deba ser admitido sin beneficio de inventario. La santidad de la Iglesia –que Verbitsky respeta en manifestación explícita– no impide que los individuos, fuesen o no clérigos, sean pecadores. “Si la Iglesia no fuera pecadora no necesitaría de un Salvador…”, suele decir el padre Braun. Que un papa, un Borgia por ejemplo, pueda cometer faltas contra la moral, no pone en cuestión para el cristiano la santidad de la Iglesia. El buen sentido enseña que en el ejercicio ordinario del poder nadie está a salvo del error o de la falta; aun si es obispo o papa…

 

En el catolicismo hay una larga tradición de penitencia, de arrepentimiento frente a Dios y los hombres. Sucede en la historia de la Iglesia que una fracción del pueblo cristiano resulta ser más clarividente que sus pastores, y la Segunda Guerra guarda testimonios sorprendentes en ese sentido. Traigo a la memoria la carta de Juan Pablo II Tertio millenio adveniente (10.XI.94) analizada por Criterio en su editorial titulado “La conversión de la Iglesia” (14.IX.95), donde el autor nos recuerda que la Iglesia “no puede atravesar el umbral del nuevo milenio sin animar a sus hijos a purificarse, en el arrepentimiento, de errores, infidelidades y lentitudes (porque reconocer) los fracasos de ayer es un acto de lealtad y de valentía que nos ayuda a reforzar nuestra fe…”.

 

Digamos que no es frecuente en las “religiones seculares” circulantes en la historia –recuperando una calificación elocuente de Raymond Aron al aludir a las ideologías con pretensión universal–, ese tipo de ejercicio crítico de la propia memoria…

 

Conviene advertir, para el análisis comparativo, que así como hubo variedades de colaboracionismo –apunto unas pocas–, el tema no hacía sólo a las relaciones franco-alemanas en la Europa de Hitler, sino a las relaciones franco-francesas, por así decirlo. Si se extiende la analogía al caso de la Iglesia católica en la Argentina del Proceso –precedido en cuanto al terrorismo de Estado por la etapa 1973/1976, que Gorriarán Merlo, para una remisión interesante en este tema, añade a los años de la dictadura militar– 5, habría que extender el examen a cuestiones internas de la Iglesia y a clericalismos cruzados que no se suelen exponer.

 

La cuestión de la cruz y la espada de la Argentina católica y militar, que Verbitsky evoca en expresión todavía contemporánea, nos remite a una de las tradiciones ideológicas de la Argentina moderna: el nacionalismo antiliberal de inspiración maurrasiana, con su rechazo a la democracia, su antisemitismo raigal y el relieve del “poder clerical” en alianza objetiva con el “poder militar”. Aún en una iglesia cuyo papa Pío XI envió al index la literatura de Charles Maurras y apartó a aquel “empírico pagano”–como lo llamaba Raissa Maritain–, hubo, y tal vez hay, maurrasianos que no citan a Maurras, pero lo siguen. Mi impresión es que el padre Meinvielle, por ejemplo, pensaba en ese registro, incluso cuando escribía en esta revista hace muchos años.

 

El comportamiento colaboracionista es otra de las cuestiones que merecen un desarrollo comparativo. El “colaboracionismo” es un tema “muy francés”, el más delicado de los planteados por la defección de Francia y su división ante la existencia del ocupante alemán. Junto a la guerra de Argelia –antecedente no menor cuando se trata de las inspiraciones del militarismo argentino, como evocamos años atrás 6, son tal vez los dos temas frente a los cuales prevalece la prevención, la timidez, la incomodidad frente al peso de semejante pasado. Stanley Hoffmann, en sus ensayos franceses, emprendió el intento de distinguir distintos tipos de colaboracionismo. La primera distinción analítica fue entre: colaboración por “raisons d’etat” y colaboración por simpatía ideológica con los nazis –fenómeno menos frecuente de lo que se creía–. La segunda distinción fue entre colaboracionismo servil y colaboracionismo por resignación. En todo caso, los intelectuales franceses presienten que es una materia que se va “zafando” permanentemente. No sé lo suficiente para extenderme en esto. Señalo, sí, que el autor descalifica al nuncio de entonces, monseñor –hoy cardenal– Pío Laghi, y acude con frecuencia a un libro de los periodistas Bruno Passarelli y Fernando Elenberg, que cree escrito por encargo 7. El periodista argentino Elenberg nos dio un ejemplar, aclarando que una editorial argentina pagó derechos de autor pero decidió no publicarlo. Leyendo el apéndice testimonial que contiene en su única versión italiana –y que no hallamos citado en el ensayo de Verbitsky–, se advierten puntos de vista diferentes pero, salvo el grueso extremismo de Hebe de Bonafini refutado por Emilio Mignone, hay consenso en subrayar el empeño activo de Laghi en defensa de víctimas de la represión. Testimoniaron además y, entre otros, Jacobo Timmerman y Adolfo Pérez Esquivel.

 

Con ánimo contribuyente a lo que considero una aproximación más adecuada a aquellos tiempos y pesares, advierto que Verbitsky silencia u omite lo que Beatriz Sarlo sostiene con autoridad, testimonial e intelectual, respecto de actitudes y rasgos constitutivos que acercaba a los contendientes en cuanto los militantes revolucionarios eran autoritarios, violentos, ausentes en la cuestión de los derechos humanos y de la democracia. En documento que Criterio reprodujo 8 haciendo honor a la calidad y coraje del testimonio crítico de Sarlo contra excesos retóricos presidenciales en un acto en la ESMA. La omisión de datos objetivos del contexto social y político previo al golpe del ‘76 es una falencia no menor del ensayo de Verbitsky, no porque esos datos aliviaran la crítica del autor hacia sectores de la Iglesia, sino porque demostrarían disposición para aceptar que la “demonización” en la narración de la historia de esos tiempos “eligió la alternativa maniquea” –como señala Luis Alberto Romero–. Por lo tanto, Verbistky escribe como si el Proceso no se hubiera instalado sobre “una sociedad conflictiva y combativa (donde) muchos de quienes estaban enrolados en esos combates ya habían ensayado formas violentas en diverso grado para dirimir sus diferencias, y esto trascendía ampliamente al grupo que la versión oficial de los ‘dos demonios’ definió como el segundo demonio…” 9.

 

Preciso es recordar que el mundo intelectual y militante –obviamente tampoco el militar– de esos tiempos no tenía a la democracia como cuestión pendiente que lo conmoviera. Sería incómodo pero franco explorar si los miembros de la Iglesia –integristas y progresistas– predicaban algo sustancialmente diferente. Los documentos referidos por Verbitsky revelarían que los obispos, por lo pronto, eran también hombres situados –y “sitiados”, digo– en los aires calientes de esos tiempos. El mundo del “poder moral” –intelectuales, periodistas, sacerdotes– atendían con mayor o menor responsabilidad a los derechos humanos, pero no asociaban a la democracia como el principio de legitimidad y el sistema político que sostiene una legalidad apropiada para la vigencia de aquellos derechos. Presupuesto que sería difícil hallar entre los contendientes ideológicos y militarizados que se enfrentaban sin expedirse con claridad y convicción acerca de qué tipo de régimen político proponían a los seres humanos pasibles de sus proyectos. (¿Cuántos juegos y jugadores dobles habitaban la Argentina de esos tiempos? ¿Cuántos en estos?)

 

A pocos se les ocurría advertir que la democracia era entre nosotros una idea nueva, una experiencia pendiente, y luego una ilusión acosada, como se vivió en el ‘83, y después. Entonces, el “retorno a la democracia” era expresión corriente. Con el tiempo veríamos que era, tal vez, una frivolidad o una ilusión respecto de nuestra historia contemporánea. No eran sólo los integristas que Verbitsky denuncia con buena parte de razón quienes no reivindicaban ese sistema político –un fenómeno arraigado en una cultura política entre nosotros frustrada y no un hecho de la naturaleza–, sino muchos progresistas, militantes, intelectuales y protagonistas del poder económico (habitado por “liberistas” más bien que liberales), militar, sindical y moral que no manifestaban ni evocaban interés efectivo en ese principio de legitimidad que se expresa en un sistema político participativo, pluralista, competitivo y complejo.

 

Los “católicos liberales” que el autor menciona en expresión corriente y no infiel, éramos en realidad católicos demócratas y republicanos, con éxito improbable en una sociedad política polarizada (Rafael Braun escribió “Contra la tortura” en 1972, en Criterio, n. 1644). Como alguna vez me dijo Galimberti, concurrente irregular o asistemático en uno de los seminarios en la Facultad de Derecho de la UBA, los “demócratas liberales” no teníamos porvenir. La contienda era entre el poder militar y el poder montonero. Atiné a responderle que era un tema abierto… y todo esto en términos civilizados no frecuentes en esos tiempos, ni tal vez en éstos. Años después leí una entrevista a Guillermo O’Donnell donde nuestro colega académico manifestaba: “hoy, ser progresista es ser liberal…”.

 

Como se advierte, la discusión nunca termina, y esto es alentador porque la tentación del partido de los “puros”, a la derecha o a la izquierda, es darla por cerrada.

 

En fin. Quiero honrar una breve y cara lección que Raymond Aron nos diera, muchos años atrás, en presencia de Hoffmann, uno de sus mejores discípulos, desolado por las críticas cruzadas de Le Monde y Le Figaro contra su análisis del colaboracionismo: “Hay cuestiones y conflictos –expresó Aron– en los que la naturaleza del objeto, es endemoniada…”. Con lo que quiso decir, si hace falta aclararlo, que la contienda en torno de tal especie de cuestiones dura la vida de generaciones. Es el caso del colaboracionismo y de Argelia en la historia contemporánea francesa. De “crímenes y memorias” del políticamente perverso siglo XX que Alfred Grosser revisa en libro de una década atrás editado en París 10, (pero no reeditado por decisión de… la editorial). Hay casos endemoniados en muchas historias nacionales. También en la nuestra.

 

  

  


Notas

1. Militarización de una entera cultura política, y violencia como ideología de la política en el eje “amigo-enemigo”, y éste absoluto, y por lo tanto condenado a la eliminación. “Militarización y violencia” fue el título del capítulo de mi autoría en la Nueva Historia de la Nación Argentina. Tomo VII. La Argentina del siglo XX. 1914-1983, Academia Nacional de la Historia. Planeta, Buenos Aires, 2001.

2. La revista es Lucha Armada en la Argentina. Es trimestral. Comenzó a publicarse en 2005. Nuestras citas corresponden a ejemplares publicados entre junio de 2005 y abril de 2006.

3. Oscar Terán. “La década del 70: la violencia de las ideas”. En Lucha Armada en la Argentina, Año 2, n. 5, págs. 20 y 21.

4. Carlos Altamirano. “Peronismo y cultura de izquierda”. Temas. Buenos Aires, 2001. Cit. por Vezzetti en Lucha Armada, n. 1, p. 50.

5. En entrevista conducida por Felipe Pigna en la revista Noticias, 13.03.04.

6. Carlos Floria, “Les parties militaires”. Revista Projet, Vanves, 1971.

7. Bruno Passarelli-Fernando Elenberg. Il Cardinale e I Desaparecidos. L’opera del Nunzio Apostolico Pio Laghi in Argentina. Roma, 1999.

8. Ver Criterio, n. 2293, mayo 2004.

9. Luis Alberto Romero, “Entre la sombra de la dictadura y el futuro de la democracia”. (fragmento en La Nación, 19.3.96).

10.Alfred Grosser, Le crime et la mémoire, Flammarion, 1999.

Nº 2316 » Junio 2006

UBA, “no hay que sorprenderse de nada”

por Halperin Donghi, Tulio · Comentar 

El prestigioso historiador Tulio Halperin Donghi es profesor en Berkeley y autor de numerosas e importantes obras. Desde 1966, cuando tuvo que dejar la Universidad de Buenos Aires y el país, se convirtió en un atento y privilegiado observador del acontecer cultural y político argentino con la perspectiva que da la distancia. Aquí responde a nuestras preguntas.

 

- ¿Cuál es su percepción sobre la calidad académica de la UBA hoy?

- En realidad no estoy muy calificado para contestar. De lo que ocurre en la UBA sólo conozco, y de lejos, lo que pasa en un par de facultades: Filosofía y Sociales. Mi impresión es que la crisis general de la universidad repercute en ambas de manera diferente. En Filo, donde en algunas carreras había habido un esfuerzo sistemático y bastante exitoso para mejorar el nivel académico, se dio una suerte de reacción violenta, que ahonda la crisis. En cambio, en Sociales cada uno parece ocuparse de sus asuntos. Nadie ignora que los niveles de sus carreras son muy diferentes; algunas respetadas, otras menos. Lo que hoy se advierte en la UBA, visto periféricamente, es lo que hubo siempre: un enorme desnivel en cuanto a calidades; por un lado, cosas excelentes y, por el otro, no hay que sorprenderse de nada, porque todo es posible.

 

- El número exorbitante de estudiantes, docentes y no docentes, ¿es un tema clave de su ingobernabilidad?

- Desde luego. Una universidad que cuenta a sus estudiantes por centenares de miles, obviamente sólo puede funcionar mal; incluso no sé si puede funcionar. Sólo por la cantidad de ciudadanos que la conforman, los cambios en la práctica política nacional repercuten profundamente en la universidad. Es precisamente por sus dimensiones que controla una parte significativa de los recursos fiscales, y ello hace que su vida interna se parezca bastante a las pautas generales que rigen la política argentina desde el retorno de la democracia. Esas dimensiones la hacen particularmente vulnerable a lo menos admirable de nuestra vida política. En el pasado, durante la administración Shuberoff, cuando la UCR perdía provincia tras provincia, un comentario de humor de patíbulo decía que la UBA se estaba transformando en la provincia radical más grande. Algo menos absurdo de lo que parece a primera vista. En este momento sigue siendo muy grande y constituye un campo de batalla importante por sus dimensiones, y también por el botín que se puede obtener.

 

- ¿Esto explicaría la imposibilidad de elegir al rector, o habría que apuntar más a la decadencia de la calidad institucional, o a un juego político donde hay intereses también del gobierno?

- Uno de los problemas actuales es que no se sabe dónde está el gobierno. No se podría decir que en este conflicto el gobierno esté gravitando: o porque desconoce el desenlace que le resultaría más atractivo, o porque tiene cosas más serias de qué ocuparse. En las preferencias presidenciales esta cuestión no es importante y resulta paradójico: hoy la Argentina se está reorganizando sobre líneas muy tradicionales, y si bien nuestro presidente es muy diferente en su estilo al del general Roca, cuando se observa cómo funcionan los mecanismos de gobierno, se advierte que no están demasiado lejos. En realidad, que no haya en este momento una clara indicación del gobierno agrava la crisis de la universidad; no es su causa pero sí uno de los motivos de que la crisis amenace perpetuarse.

 

- En nuestro último editorial señalamos el fuerte contraste entre una marcada vitalidad cultural –centrándonos sobre todo en Buenos Aires– y la crisis institucional en la UBA. ¿Comparte esta visión?

 

- Estuve en la Feria del Libro antes de que me tocara participar en un acto porque es un laberinto y quería saber cómo llegar a la sala. No sé si la Feria del Libro, por ejemplo, refleja una particular vitalidad cultural. Creo que en Buenos Aires sí la hay, pero me parece que también existen manifestaciones donde uno no sabe cuánto hay de creación real e importante y cuánto de empresarial. La Feria del Libro revela más bien la pujanza de nuestra industria editorial y de nuestro comercio del libro que otra cosa.

En cuanto a lo segundo, me parece evidente que la Argentina siempre ha tenido y sigue teniendo dificultades serias en adoptar una mentalidad institucional. Tiene instituciones pero, de alguna manera, son vistas como en la época colonial, es decir: cada institución es una fortaleza para que un grupo familiar, un grupo de clientes o un grupo que tiene otras afinidades —que no son las institucionales— se apodere de ella, la defienda ante los enemigos. Con lo cual, cuanto más crece el aparato institucional, menos mentalidad institucional existe. Una de las cosas que me llaman la atención en la Argentina, comparándola con el Uruguay, es la falta de “sentido del Estado”. Es un déficit que la Argentina siempre ha tenido y lo mantiene.

 

- ¿Ud. juzga a las instituciones argentinas como corporativas?

- “Corporativas” es demasiado cuando se habla de instituciones administrativas. A veces me da la impresión de que hablamos de corporaciones en el sentido norteamericano. La corporación difiere de los sectores representativos de un grupo social. Se trata de la vieja idea corporativa, primero católica y después introducida a su manera por el peronismo, lo que Perón llamaba “la sociedad organizada”. En cierto momento esas corporaciones se deterioraron enormemente por el debilitamiento de los sectores sociales a los que representaban, y pasaron a primer plano los “capitanes de la industria”, que eran corporaciones al estilo norteamericano, que actuaban en sociedad con el Estado utilizando privatizaciones periféricas y otros recursos, terciarización, como se dice ahora, etc., y se transformaron en protagonistas muy fuertes. Lo que de alguna manera nos acerca más a lo que eran las verdaderas corporaciones en el período colonial. Cuando uno ve cómo funcionaba la economía colonial, descubre detrás de la concepción épica que tenía el general Mitre que los contrabandistas eran la vanguardia de la lucha por la libertad mercantil. El contrabando y el comercio ilegal eran dos estrategias cultivadas por grupos rivales, no porque uno se ocupara de una cosa y otro de otra, sino según las oportunidades del momento. Esto dominó en la Argentina y mucho más, desde luego, en la época Menem, que fue una etapa de debilitamiento de los sectores sociales que habían sido tan fuertes en el período del crecimiento hacia adentro… y que de alguna manera ahora está resurgiendo, lo cual complica todavía más el panorama.

 

- ¿Cree Ud. que la UBA cumple su papel histórico de integración y ascenso social?

- No lo sé. Y no se trata sólo de un problema argentino. Vivimos en una economía que cambia todo el tiempo, y que cambia a niveles fundamentales y crea requisitos específicos en cuanto a las habilidades requeridas. (Esto lo digo siempre cuando alguien me pregunta acerca de qué carrera seguir. En este momento creo que lo más sensato es seguir la carrera que uno tiene ganas, porque saber qué va a exigir la economía dentro de 20 años es imprevisible). Por otro lado, en la Argentina de hoy la idea de ascenso social casi ha desaparecido. La universidad tiende a ser considerada, en el sentido más positivo, como una institución para defender lo ya alcanzado, como “mantenerse” en niveles de clase media. Objetivo que naturalmente no puede cumplir demasiado bien, porque no es seguro que las carreras para las que prepara la universidad aseguren un futuro de clase media. (En las familias que frecuento, cada vez que vengo, lo constato; antes el seguir una carrera profesional era un dato indiscutible: se discutía si se iba a ser abogado o médico, pero no si se iba a ser abogado, médico o pizzero. Ahora me entero que alguien abrió una carnicería en el Tigre y le está yendo bien). Me parece que esto revela la fluidez de la sociedad argentina de este momento, que hace que efectivamente no se puede saber si la universidad tiene un papel que cumplir como el del pasado; y menos aún si lo cumple o no. Por otra parte, hay una diferencia profunda entre las facultades que están vinculadas a carreras en las cuales existe una salida profesional y facultades –cuyo caso más extremo es Filo– donde en el fondo la gente que está ahí trata de quedarse, porque el frío de la calle no la atrae, porque sabe que probablemente sale a nada. Y eso me parece que agrava enormemente las tensiones internas. Porque hay gente que ha decidido “acampar” en la facultad el mayor tiempo posible.

 

- Como los jóvenes que se quedan en la casa de los padres indefinidamente…

- Efectivamente, es una situación parecida.

 

- De lo que usted dice se deduce que la UBA no es una universidad abierta a los pobres, cuya gratuidad permite el ingreso, sino más bien el reducto de lo que antes fue una clase media ascendente que hoy se protege.

- En buena medida sí, pero hay un proceso de lumpenización que uno advierte con sólo entrar en Puán… Si la facultad está degradada el marco lo está aún más. Uno de los problemas –en el pasado, casi una tragedia– es si se llama o no a la policía. La Policía está a dos cuadras y la idea de llamarla resulta problemática no sólo por razones de principio sino porque, no sé si con justicia o no, se le atribuyen vinculaciones con el tráfico de drogas que tiene su lugar en el patio de Puán, como todo el mundo sabe. Se entra en la facultad y, apenas se pasa al patio, el olor a marihuana es inconfundible. La marihuana, con toda razón, no es considerada un problema muy grave, pero detrás de ese hay otro. De tal manera, es una universidad integrada en una sociedad muy dañada. Es uno de los aspectos del problema que se plantea.

 

- Si usted tuviera que definir cuáles son los fines de la universidad, ¿como lo haría?

- La universidad tiene un fin de transmisión de contenidos culturales y, de alguna manera, establece el vínculo entre generaciones en el ámbito de la cultura. Asimismo, tiene su propia función de enriquecer el acervo cultural con la investigación, y la famosa aspiración de una universidad abierta al pueblo, en el sentido de contribuir a ofrecer caminos ante los problemas actuales. Todo lo que Ortega llamaba las misiones de la universidad. Ahora bien, ¿hasta qué punto la universidad puede contribuir a eso? Debo decir que si bien la universidad argentina está en crisis, todas las universidades están en crisis. En los Estados Unidos se han transformado en apéndices, en cuanto a la investigación, del sector privado. Mediante subsidios y contribuciones, este sector consigue que la universidad realice tareas que le son útiles a un costo menor que si las enfrentara directamente. En la universidad de California es algo viejo pero restringido a un sector muy pequeño. La universidad tenía una orientación hacia la agronomía, que no era la más importante, pero sí la que efectivamente creaba un vínculo con el poderoso agro-business del valle central de California, y obtuvo bastante dinero y recursos. Más conveniente que para la universidad lo fue para el agro-business porque hubiera tenido que montar esos laboratorios con su dinero. Lo mismo ocurrió en Stanford con el Silicon Valley. Pero ahí la situación se complicó: cuando los profesores de la universidad descubrieron que podían hacer más dinero en otro lado, se fueron. Se transformaron ellos mismos en corporaciones, en el sentido norteamericano. Stanford se convirtió en la incubadora de Silicon Valley y llegado el momento descubrió que no había sacado demasiado provecho. ¿Qué consecuencias tiene esto? Que hay departamentos en que prácticamente los profesores no enseñan porque su tarea es ganar dinero para la universidad. Hay departamentos, como Historia, donde no tenemos más remedio que enseñar. Se advierte que en esta etapa del capitalismo que vivimos, la universidad, formada básicamente en el siglo XIX, no puede sobrevivir sobre esas pautas. El mismo problema existe por ejemplo en Alemania: la masificación de la universidad causó una baja muy fuerte del nivel, y están tratando de crear lo que se llaman universidades de excelencia. Ya habían empezado los socialdemócratas –que curiosamente se adaptan más rápidamente al capitalismo tardío que los demócrata-cristianos–, buscando concentrar los estudios más avanzados, mayor participación en el progreso tecnológico, con fuerte infusión de fondos no provenientes del Estado. En la Argentina nos hemos mantenido tanto tiempo descolgados del mundo que todavía no nos damos cuenta de los problemas que nos esperan, sumados a los problemas que ya tenemos y no sabemos cuándo se resolverán.

 

- En este marco, ¿cuál debiera ser el lugar y la significación de la universidad pública en la Argentina?

- La universidad pública se ha transformado en su peor enemiga. Es decir: todavía ahora, en este momento, el grupo que conozco más de cerca, que es el que trató de mejorar el nivel del trabajo en Historia (y en el fondo ese es el pecado que jamás se le va a perdonar) sigue diciendo que en la UBA están los mejores estudiantes, que son una minoría en el conjunto. Muchos no saben por qué están ahí, pero son los mejores, y además ofrecen lo que podríamos llamar una “masa crítica”. Cosa que en las buenas universidades privadas todavía no ocurre. Uno encuentra allí muy buenos estudiantes que hacen lo que en Cambridge o en Oxford llaman tutorials, cursos que podrían reorganizarse como reuniones individuales profesor-alumno. De tal manera, que sólo por eso la universidad pública tiene un papel. Y es lamentable que lo cumplamos bastante mal. Reitero que yo, de alguna manera, la veo desde su peor ángulo. Las facultades que podríamos llamar profesionales funcionan en buena medida como siempre, es decir: Medicina está vinculada a sanatorios, Farmacia a laboratorios, Arquitectura a grandes estudios e iniciativas del Estado… Bajo el signo de la Reforma siempre han funcionado así: de manera un poco rutinaria y con la seguridad de que el nivel no descenderá; los estudios, los laboratorios, quieren tener gente competente. No será muy creativo, pero sigue su rutina.

Y tenemos las otras, como el caso de Filo, de las que en el fondo no se sabe cuál es su salida profesional y, por lo tanto, la disgregación institucional se torna particularmente grave. En los países que están liquidando su organización industrial se crean cursos de capacitación para que quienes han sido obreros del automóvil se transformen en trabajadores en computación. La idea no es que se transformen en trabajadores de computación que puedan encontrar empleo, la idea es tenerlos tranquilos dedicándose a eso. En el caso de Filo no están demasiado tranquilos, pero por lo menos los líos los hacen dentro de la facultad, y no en la calle. Creo que no se va mucho más allá de eso. No es una visión muy optimista, pero no creo que la culpa sea mía.

 

- ¿Cómo ve al gobierno y a la sociedad argentina desde el exterior, siendo un observador privilegiado? En general usted tiende a ver al gobierno de Kirchner de manera más benévola que otros, ¿verdad?

- No es difícil verla de manera más benévola, digamos, que el diario La Nación. Pero diría que aquí hay varios factores. Por un lado, un problema de ecuación personal. Definitivamente nuestro presidente tiene problemas psicológicos serios que, desgraciadamente, inciden en su gestión. El otro problema se origina en el hecho de que la Argentina actual, de alguna manera, parece repetir su historia: todos sus sistemas políticos fueron clientelares. En la época del general Roca, el gran instrumento eran los créditos de los bancos de Estado a quienes participaban en la vida política. Este era entonces un sector muy minoritario; luego se fue extendiendo y en el momento de desplazamiento final, del ‘surgimiento’ de las masas marginales, aquel recurso se transformó en la gran máquina política argentina.

Con la recuperación económica –aún limitada– ocurre una cosa muy curiosa. Esa presencia de las masas marginales no tiene las consecuencias que había esperado Marx: no es ejército de reserva de nada, a lo que se suma, por otra parte, el peso del movimiento sindical. Este ha sido siempre bastante corrupto, y lo sigue siendo; pero en una situación de puja definitiva vuelve a tener una función. En este momento los sindicalistas no se dedican exclusivamente a defender su máquina administrativa (lo han hecho con enorme eficacia a lo largo del tiempo) sino que también defienden a sus representados. Moyano saca cosas para los camioneros, y si no las sacara, le iría mal. Lo cual complica la situación. Básicamente, desde el punto de vista electoral, así funciona la Argentina, y así funcionó siempre. Eso además tiene una consecuencia: el sucedáneo de la administración estatal es el poder presidencial. Así funcionó y funciona la Argentina. Lo que tiene una serie de efectos; uno de ellos, traído por el triunfo de la democracia, es el acento en los problemas de corto plazo, con consecuencias que en la Argentina son serias, pero que en los Estados Unidos lo son todavía más. En este momento hay gente que teme –y no se puede decir que sea una idea totalmente loca– que haya un ataque a Irán simplemente porque puede favorecer al partido republicano en las próximas elecciones de congresales. No es culpa de Kirchner que atienda constantemente a las jornadas electorales, es parte de su oficio, debe hacerlo. Pero significa que debe lograr que la inflación no suba, detenerla de cualquier manera, aunque sepa que esas soluciones no son permanentes sino que, por el contrario, pueden después agravar la situación. Pero Kirchner debe asegurarse que hasta cierta fecha la inflación no pase de “tanto”.

Lo que más temo es que, bajo un signo totalmente diferente, estemos viviendo una experiencia paralela a la menemista. No porque, según dicen algunos, Kirchner es Menem disfrazado de otra cosa, sino porque la Argentina sigue siendo la Argentina. De la misma manera que todos vivimos la euforia menemista. Yo también la viví, desde afuera. Cada vez que visitaba Buenos Aires era evidente que estaba pasando algo que buena parte de la gente celebraba; y ahora me parece que sucede lo mismo. ¿Qué llegaría a pasar si eso que se está celebrando dejara de suceder? Todo el mundo lo puede imaginar perfectamente: sería otro de los desencantos argentinos. Y el presidente Kirchner podría terminar en programas cómicos como nuestro desdichado presidente De la Rúa.

 

- Como historiador, usted recalca la característica argentina de un clientelismo que siempre estuvo. ¿Cómo se explica que en países tan cercanos como Chile o Uruguay esto esté mucho más matizado? Incluso en Brasil, con todos sus grandes problemas, parecería que hay una preocupación que no se agota totalmente en el corto plazo, o que no toda la política es clientelismo…

- Creo que tampoco toda la política es clientelismo en la Argentina, pero donde no es clientelismo es todavía peor: la única circunscripción que no funciona sobre la base de clientelas, la Capital Federal, es un ejemplo de patología política, mucho más marcado que en algunas provincias. El espectáculo de la ‘liquidación’ de Ibarra ha sido penosísimo, de una falta de seriedad total de parte de los defensores, de los acusadores, de todos. Como se dice en los Estados Unidos para ganar tiempo cuando uno no sabe la respuesta, la suya “es una buena pregunta”. Recuerdo algo que me impresionó mucho leyendo a Hernández. Se preguntaba porqué en la Argentina de ese momento el panorama institucional no interesaba. Era porque la Argentina iba adelante. Buenos Aires crecía tan rápidamente… Hoy diríamos que se refería a un problema de corrupción.

 

- Es decir que la riqueza fue en desmedro de lo institucional.

- Claro. Y por otra parte, el país crecía tan rápido que las instituciones quedaban desbordadas. Y lo demás no importaba. Las instituciones tuvieron, desde siempre, un enorme margen de improvisación.

 

- En ese sentido, ¿favoreció a Chile su austeridad?

- Favoreció a Chile que durante buena parte del tiempo creciera muy lentamente. Algo muy curioso, que ya lo habían advertido San Martín o Rosas: la sociedad chilena era muy diferente. Porque, como decía San Martín, los de abajo respetan a los mejores, que vendrían a ser “los de arriba”. Era una sociedad mucho más estable. Y todavía lo es. Es uno de los rasgos notables, no particularmente simpáticos, de la sociedad chilena. En una oportunidad me invitaron a una casa de lo que llaman “momios”, amabilísimos, muy actualizados… y descubrí que todos allí se conocían desde la primaria. Eso en la Argentina no sucede; hay un elemento de improvisación. Ortega y Gasset –que trataba de expresar lo más cortésmente posible la experiencia que había tenido en la facultad de Filo– decía que en la Argentina cada uno elige ser quién es. El tacto sirve para lo que está ahí; no se puede percibir por el tacto lo que el otro imagina que es. Para Ortega en la Argentina todo funcionaba sobre la base de reconocerse recíprocamente que eran lo que no eran. Alguien decía: “yo soy el gran poeta Fulano”, y lo era. Y podía tener un elegante diálogo con el gran filósofo Zutano, tan filósofo como el otro poeta. Se trata de un rasgo que viene de muy lejos. En lo que llamó “Meditación del pueblo joven”, Ortega se preguntaba qué va a pasar cuando deje de ser joven. Y en buena medida es lo que nos está pasando. En ese sentido, me parece que ésa es la diferencia entre la Argentina y Brasil. Brasil es un país en muchos aspectos tan poco serio como la Argentina, pero tiene características de ser más serio, porque –como dice una historiadora brasileña– no se emancipó, sino que internalizó la metrópolis. Llegó el rey de Portugal con miles de altos funcionarios e instaló un Estado… Por debajo de eso pasaba toda clase de cosas, todavía ahora… Un sociólogo brasileño, desesperado por el asesinato de un primo en un estado norteño de donde él es oriundo, decía: “Tengo que ir a matar a alguien de la familia culpable”. Esto fue hace 15 años y era algo así como el retorno al clima de los poemas homéricos mientras al mismo tiempo tenían una disputa con dos empresas lecheras totalmente modernas. Pero el Brasil puede funcionar así porque es un país que, a diferencia de la Argentina, cada vez que tiene una crisis sale por arriba. En la Argentina, tenemos una crisis y lo mejor que podemos conseguir es volver al instante anterior a la crisis. Y creo que esto se debe a que, en el fondo, la Argentina no es un país joven. En muchos aspectos es viejo, y eso agrava la situación, porque como se decía en la época del neoliberalismo: primero hay que agrandar la torta antes de repartirla, y en la Argentina hace mucho tiempo que la torta no se agranda. Ahora está creciendo a gran velocidad, pero cuando se cae tan abajo, se crece también de una manera impresionante. Sería lo mismo que pasó entre 1932 y 1949. Quizás esta vez no sea así. Tal vez lo que ocurre hoy en la Argentina se relacione con un giro de la historia universal: el predominio que están ganando los que pueden contribuir con bienes primarios. Se trata de un predominio que ya no es coyuntural. En la primera mitad del siglo XIX el tema que planteaba Ricardo en economía era cómo los rentistas iban a triunfar sobre los productores, que eran en realidad “transformadores” de los productos primarios. Dado que la disponibilidad de productos primarios era limitada y la población crecía, la demanda también crecía, y al ser escasos, iban a estar más caros. Todo eso sufrió una desmentida total porque la economía, que era la economía de un rincón de Europa, se transformó en planetaria, y eso está terminando ahora. Lo que está ocurriendo con la transformación de China e India significa realmente la llegada a los límites del planeta. De manera que el ciclo que comienza ahora en la Argentina puede ser un ciclo más largo que el menemista, pero al mismo tiempo me parece que las condiciones actuales se mantendrán, y será muy difícil ir más allá de eso.

 

- Volvemos a ser un país agro-exportador.

- Así es. Hay una cosa que todos consideraban una barbaridad, que se dijo después de la Libertadora: que la Argentina no tenía ningún problema económico, que simplemente un país de sus dimensiones económicas debiera tener ocho millones de habitantes; lo cual tenía razón, pero, claro, no era una solución… Pero es cierto, ahora se está llegando a los 40 millones, y por próspera que sea la economía exportadora no puede mantenerlos, situación agravada además por el progreso tecnológico. Cuanto más crece el campo, más gente expulsa. Y el sector terciario les sirve como refugio.

Estuve en unas jornadas de historia en Salta; cuando el auto se detenía en un lugar descampado, aparecía un chico para abrir la puerta; estaba ofreciendo un servicio. Tal vez éste sea el sector terciario que nos toque. Es horrible, pero con la señora de Duhalde o con la señora de Kirchner, el gran Buenos Aires tiene una función.

Nº 2316 » Junio 2006

Contexto latinoamericano

por Editorial · Comentar 

“América latina es un concepto ficticio en lo político e irrelevante en lo económico”. Así se expresaba el empresario argentino Juan Manuel Forn, en un artículo publicado por el diario La Nación el 19 de mayo pasado. Citaba palabras oídas recientemente de boca de empresarios brasileños. La frase, a pesar de su contundencia, no agota ciertamente la realidad de las múltiples formas de integración que se han ensayado desde México hasta nuestras tierras.

 

América latina, que ocupaba un espacio prominente en los discursos del candidato Bush, quedó relegada a un lugar secundario ante la emergencia de los atentados del 11 de septiembre de 2001. El proyecto ALCA siguió por inercia y alcanzó su debate de mayor exposición durante los preparativos de la cumbre que trajo al presidente Bush, ya declinante en el favor popular en su propio país, a Mar del Plata en noviembre de 2005. Una cosa es cierta: por razones a veces encontradas, estamos más lejos del ALCA.

 

El ambicioso acuerdo continental iniciado durante la presidencia de Clinton, se limita al comercio y ha sido resistido tanto por dificultades propias del campo de la economía (los cuantiosos subsidios norteamericanos que distorsionan el libre comercio) como también por el temor que suscita la irrupción de productos, y con ellos, valores y costumbres que pudieran poner en jaque identidades culturales.

 

Que estos aspectos cuentan, lo demuestra la erección de un muro en la frontera mexicano-norteamericana y el anunciado envío de tropas de la Guardia Nacional para impedir las migraciones de los indocumentados desde el sur.

 

Es el único proyecto de alcance continental. Pero existen varios otros que cubren distintas configuraciones parciales, como las áreas de América Central y el Caribe, la Comunidad Andina de Naciones y, entre nosotros, el Mercosur y la más reciente Comunidad Sudamericana.

 

Nuestro Mercosur ha chocado con dificultades estructurales que provienen tanto de las asimetrías de sus miembros como de la ausencia de una homogénea, persistente y eficaz vocación integradora entre las sucesivas dirigencias de los países. El conflicto de las papeleras con Uruguay, políticamente tan errático, agrega una nota más de incertidumbre. A ello se suma la recientemente anunciada incorporación de Venezuela, que ha provocado no pocas perplejidades. A lo que cabe agregar la preocupación que desata la salida de Chávez de la Comunidad Andina.

 

Por su parte, desde México se ve con inquietud un esquema de integración “sudamericana”, promovida desde Brasilia, que quiebre la precedente y generalizada visión continental “latinoamericana”.

 

Los ensayos parciales que se han intentado no carecen de valor, pero todavía no han alcanzado envergadura suficiente como para apuntar a largos plazos. Sin embargo, en América latina subsiste un pathos que mantiene vigente ideales de integración. Aspiraciones y preocupaciones que, entre otros, expresa el intelectual uruguayo Alberto Methol Ferré en su reciente libro La América latina del siglo XXI.

 

Nuestros países no han sabido o no han podido generar todavía dirigentes capaces de cumplir en nuestra región un papel comparable al que en Europa desempeñaron los Adenauer, Schumann, Monet y De Gasperi.

 

La última oleada de elecciones en la región, trajo al poder a gobiernos de orientación aparentemente común, pero que en realidad esconden fuertes diferencias.

 

En algunos casos, al juego de los liderazgos personalistas y el espacio o aliento dado al populismo, se suma la emergencia del indigenismo en su papel político, por el que los pueblos originarios han ido recuperando o adquiriendo una conciencia identitaria por mucho tiempo reprimida u ocultada.

  

La relación argentino-brasileña

 

En el cuadro descripto, la relación argentino-brasileña ocupa un lugar de indudable trascendencia.

 

Un análisis lúcido y sereno sobre la conveniencia de trabajar sin desmayo para completar la integración del Mercosur, básicamente por las acciones de Brasil y de la Argentina, es el realizado por Helio Jaguaribe. El estudioso brasileño considera que la mezquindad de su país y el resentimiento argentino son las claves de la falta de consolidación del Mercosur. A Brasil le reprocha su visión cortoplacista y eludir pagar los precios necesarios, tal como Alemania y Francia lo hicieron para sentar las bases de la Unión Europea. A nuestro país le reprocha su resentimiento con Brasil que conllevó en su momento la tentación de preferir atarse a una potencia de primer nivel (Estados Unidos, ALCA) que a una de segundo (Brasil, Mercosur). Relación en la que “lejos de ser un socio secundario es un socio clave, simplemente porque es aquel del cual depende el sistema”. Pero más allá de los “detalles”, la clave del planteo de Jaguaribe está en el mismo título de su trabajo “La historia nos abre espacios de oportunidades que no son permanentes”. Hay que saber aprovecharlas. En esta línea se inscribe con diferente fundamentación lo sostenido por Roberto Russell y Juan G. Tokatlian: “El Cono Sur cuenta con una singular oportunidad para contribuir a la estabilidad regional y así limitar y prevenir la intromisión estadounidense”.

 

Necesidad de una política exterior

 

Tenemos derecho a sentirnos perplejos pues mucho de lo que sucede en nuestra relación con el mundo parece encontrar dificultades para correr por carriles normales.

 

Las apariencias indicarían que el gobierno, la clase política, el establishment y la sociedad civil, no se muestran suficientemente interesados por mantener una relación armónica con el resto del mundo.

 

Si bien hemos expandido nuestro comercio en forma importante, esto ocurrió también gracias a una coyuntura externa particularmente propicia.

 

La inversión externa, por su parte, es insuficiente para asegurar un necesario ritmo de crecimiento en condiciones de estabilidad.

 

Pero es sabido que sólo los meros intereses económicos no bastan para conformar la base mínima de una política exterior.

 

Si bien la falta de una clara y coherente política exterior es un problema argentino que viene de muy lejos, ante el actual panorama resulta legítimo preguntarse: ¿cuál es hoy nuestra política exterior? Y, principalmente, ¿cuál debería ser esa política?

 

Son estos interrogantes que quedan abiertos para un necesario debate en la dirigencia argentina, debate al que Criterio desea contribuir con su aporte.

Nº 2316 » Junio 2006

Múltiples voces

por Poirier, José María · Comentar 

La revista, en este número, recoge voces y perspectivas diferentes sobre aspectos sociales, políticos, culturales y religiosos. La pluralidad, entendida no como mera estrategia o retórica sino como puerta a la comunión y acercamiento a la verdad, se parece más a un ejercicio de intersubjetividad que a la búsqueda de una objetividad, tan inalcanzable como ahistórica.

 

Nuestro editorial ofrece una mirada del continente latinoamericano y, en especial, del Mercosur y de las relaciones exteriores de la Argentina. Se suman a este cuadro las notas de Juan Rial (Montevideo), María Clara Bingemer (Río de Janeiro) y Ricardo Murtagh (Buenos Aires).

 

El prestigioso historiador y docente Tulio Halperin Donghi –en Criterio durante su breve paso por esta ciudad– respondió con su habitual y filosa amabilidad a una entrevista que lo interroga sobre la misión y el destino de la universidad.

 

Carlos A. Floria, en una nota con ricas sugerencias y abundante información bibliográfica, entra de lleno en “La caldera del diablo en los años 70” en nuestro país.

 

Trascribimos, como valioso documento, el texto íntegro de la homilía del cardenal Jorge M. Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, en el Te Deum del 25 de mayo pasado.

 

En el año de Wolfgang Amadeus Mozart, se ofrecen al lector fragmentos de la conversación entre los especialistas Fernando Ortega y Claire Coleman, que estructura el reciente libro La Voz Oculta, una suerte de inmersión teológica en la música perfecta del genio de Salzburgo.

 

El fútbol, que no podía faltar en estos días, aquí está presente en el análisis socio-filosófico de Denis Müller, de Lausanne. Las dos almas de París, en su historia intelectual, artística y espiritual, son evocadas en la nota de Olegario González de Cardedal. Reflexiones teológicas y ecuménicas, nuevas opiniones sobre el Código Da Vinci, cartas de lectores y las acostumbradas secciones completan esta entrega.

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