Revista Criterio
Julio 2006
Nº 2317 » Julio 2006

Arco iris sobre Birkenau

por Padilla, Norberto · Comentar 

“El papa Juan Pablo II estaba aquí como hijo del pueblo polaco. Yo estoy hoy aquí como hijo del pueblo alemán; y precisamente por esto debo y puedo venir como él” 1. Benedicto XVI pronuncia estas palabras en Birkenau (Auschwitz II), nombres asociados a uno de los más grandes horrores de la historia humana. Como su predecesor, se detuvo ante cada una de las veintidós lápidas conmemorativas de los hombres, mujeres y niños llevados desde casi toda Europa a la muerte: polacos, gitanos, alemanes (entre ellos a Edith Stein, judía y alemana), rusos, franceses, judíos, entre otras. Refiriéndose a la lápida en lengua hebrea, el Papa dijo que los “potentados del Tercer Reich querían aplastar al pueblo judío en su totalidad, borrarlo de la lista de los pueblos de la tierra”, que “en el fondo… esos criminales violentos querían matar a aquel Dios que hablando en el Sinaí estableció los criterios para toda la humanidad, criterios que son válidos para siempre. Si este pueblo, simplemente con su existencia constituye un testimonio de ese Dios que ha hablado al hombre y cuida de él, entonces ese Dios finalmente debía morir”, y con la Shoá querían arrancar también la raíz en la que se basa la fe cristiana, sustituyéndola definitivamente con la fe hecha por sí misma, la fe en el dominio del hombre, del fuerte”.

 

Ante este “misterio del mal”, el Papa, como lo hace en Deus caritas est 2, no teme formular la pregunta que ha interpelado a teólogos y filósofos, y seguramente a muchos de los que se encaminaban, hijos del Pueblo Elegido, a la cámara de gas: “¿Dónde estaba Dios en esos días? ¿Por qué permaneció callado? ¿Cómo pudo tolerar este exceso de destrucción, este triunfo del mal?”. Benedicto XVI advierte que “no podemos escrutar el misterio de Dios”, que no debemos ser “jueces de Dios”. Y cita al Salmista que se dirige al Señor diciéndole: “Levántate. No te olvides de tu criatura, el hombre”. Este grito es el que “penetre nuestro mismo corazón, para que se despierte en nosotros la presencia escondida de Dios, para que el poder que Dios ha depositado en nuestro corazón no quede cubierto y ahogado en nosotros por el fango del egoísmo, del miedo a los hombres, de la indiferencia y del oportunismo”. El grito, el clamor, a Dios es el que nos arranca de la pasividad, el miedo que atravesaron los Apóstoles hasta Pentecostés, la complicidad con el mal. Hoy también el “hasta cuándo, Señor” es lo que compromete al ser humano por la vida y la dignidad de sí mismo y de los demás. Benedicto XVI llama a renovar ese clamor ante nuevas “fuerzas oscuras”: las de quienes abusan del nombre de Dios para predicar la violencia ciega contra los inocentes, y el cinismo que ignora a Dios y que se burla de la fe en Él.

 

No debía hacer el Papa, como se reprochó en algunas reacciones a su discurso, condenaciones al pueblo alemán, porque todo él no fue, y menos es hoy día, responsable de la atrocidad 3, por ello describe, no justifica, las causas de que una “banda de criminales” haya alcanzado el poder: “promesas mentirosas, en nombre de perspectivas de grandeza, de recuperación del honor de la nación y de su importancia, con previsiones de bienestar, y también con la fuerza del terror y de la intimidación: así usaron y abusaron de nuestro pueblo como instrumento de su frenesí y destrucción y dominio”. Un hijo del pueblo alemán, en ejercicio de su ministerio de Supremo Pastor, estaba allí, y eso sólo valía mil palabras.

 

Tras enumerar las iniciativas para poner un límite al mal y dar fuerza al bien, el Papa citó los diversos centros de estudio y reflexión, uno de ellos dedicado a san Maximiliano Kolbe, martirizado allí, y las carmelitas que en la cercanía del campo llevan a cabo su vida oculta de oración y expiación.

 

Las palabras se fueron volviendo oración: “El Señor es mi pastor…aunque cruce por cañadas oscuras, nada temo porque tú estas conmigo…” 4.

 

Dejamos para el final algo que sintetiza esa jornada: la lluvia había cesado al arribar el Papa, y un arco iris de dibujó en el cielo. En ese lugar donde tantos han sufrido “el silencio de Dios”, aparecía “el arco en las nubes, como un signo de (la) alianza (de Dios) con la tierra” 5. En ese lugar de penitencia, dolor y purificación de la memoria, el signo mostrado a Noé después del diluvio se hacía actual para nuestra esperanza en que Dios es fiel a sus promesas.

 

Sólo días antes, en Buenos Aires, tuvo lugar el Simposio organizado por la Confraternidad Argentina Judeo-Cristiana, la Facultad de Teología de la Universidad Católica Argentina, el ISEDET (evangélico) y la Secretaría de Culto: Holocausto-Shoá. Sus efectos en la teología y la vida cristiana en Argentina y América latina*. Entre los participantes estuvo el padre John Pawlikowski, convocado por Benedicto XVI a ese peregrinaje memorable. Agregamos que los dos días del Simposio en el Palacio San Martín contaron con una concurrencia constante y numerosa, y valiosas contribuciones de católicos y de evangélicos así como de rabinos y laicos judíos, sobre actitudes cristianas que en el pasado ayudaron a trazar una “teología del desprecio” (en la expresión de Jules Isaac), inclusive en nuestro país. La pregunta de Benedicto XVI sobre Dios, y por ende el hombre, después de Auschwitz fue anticipada, por así decirlo, en el Simposio, ya que se consideró que la teología no puede ignorar su terrible significado. Judíos y cristianos debemos clamar juntos a Dios, en el compromiso de edificar una sociedad más humana, donde ideologías perversas, tan anticristianas como antijudías, no puedan encontrar resquicios para arraigar en nuestro tiempo, donde a través del conocimiento mutuo, eliminando juntos toda forma de antisemitismo y de anticatolicismo 6, seamos testigos, pese a las diferencias que nos separan, de la alianza que Dios estableció con los seres humanos.                                   

 

 

 


Notas

1. Discurso del 28.5.2006. L’ Oss.R om. nº 23, 9.6.2006.

2. Carta encíclica Deus caritas est, nº 38.

3. Pontificia Comisión Bíblica, El Pueblo judío y sus escrituras sagradas en la Biblia cristiana, ed. San Benito, 2002. El documento, de extraordinario valor, es prologado por el entonces cardenal Ratzinger. Refiriéndose a los que adjudican a todo el pueblo judío responsabilidad en la muerte de Jesús dice que “una transferencia abusiva de responsabilidad”. La nota 322 2 dice: “Esta tendencia sigue manifestándose: la responsabilidad de los nazis ha sido extendida a todos los alemanes, la de algunos lobbys occidentales a todos los europeos, la de algunos “sin papeles” a todos los africanos”.

4. N. Padilla, Desde Auschwitz, Criterio, nº 2218, 269, año 1998. El salmo 23 fue precisamente el que recitamos con el rabino Mario Ablin, mi esposa Gloria, José I. López y Nicholas Tozer. Tuvimos ocasión de conocer el Centro de Diálogo y de Oración, que dirigía y dirige el P. Manfred Deselaers.

5. Gén 9,13.

*Ver Criterio n.2316

6. Declaración Conjunta del Comité Internacional de Enlace entre Católicos y Judíos, Buenos Aires, 5-8 de julio de 2004.

Nº 2317 » Julio 2006

Un arte oral

por Vulovic, Elsa Plácida · Comentar 

Estas recomendaciones están dirigidas a quienes deseen enseñar, sean profesionales o no. A ellos van algunas sugerencias metodológicas para promover el goce de la poesía.

 

No se ha hecho suficiente hincapié en el agrado que produce en los oyentes la lectura en voz alta de un texto logrado sea en prosa o en verso.

 

Escuchar una poesía leída en voz alta resulta una experiencia compartida; si es humorística se disfruta más porque se oye en compañía; un poema sentimental produce un clima especial y una descripción de paisajes o de sentimientos logra ser profundizada con la participación del grupo.

 

Las experiencias compartidas fortalecen el sentimiento de pertenencia y de unidad. El entusiasmo, producto de reaccionar juntos al tema propuesto, une a niños, adolescentes y mayores por igual. Favorece el juego y el trabajo cooperativo, solidario, en armonía.

 

Representa un desafío lograr que la voz proyecte las emociones que contenga la obra escogida y leer una gran variedad de poemas a lo largo de un período establecido. Si la selección fuera pequeña, así será el espectro de reacciones de los oyentes: limitado.

 

Leer en voz alta aumenta progresivamente el interés por la lectura y ayuda a desarrollar una atención prolongada a las ideas presentadas oralmente.

 

Por esa vía se aprende a seleccionar y a registrar detalles importantes, a recordar las secuencias de los incidentes, a descubrir las contradicciones, a practicar y divertirse con la rima.

 

Los poemas narrativos, los versos sin sentido, de humor y la poesía lírica, constituyen un tesoro para hacer participar a los niños, una riqueza espiritual que tiene proyección en el futuro de cada uno.

 

Si se quiere trabajar en ello conviene empezar con poesías cuyo lenguaje y contenido sea sencillo y directo, a través de autores de primer nivel que abundan en la literatura infantil iberoamericana. En la selección debe considerarse el nivel a quien está dirigido, el interés temático y la ocasión oportuna.

 

Para los adolescentes de este tiempo, el verso humorístico de todas las épocas se convierte en una vía de acercamiento a la poesía.

 

Los pequeños no se cansan de oír una y otra vez un poema que les atrajo la atención la primera vez que lo escucharon. Les gusta descubrir que pueden repetir, parcial o totalmente, lo que han oído en varias ocasiones. Memorización espontánea que conviene favorecer.

 

En la selección de poesías para la lectura en voz alta y posibles actividades posteriores, se pueden presentar situaciones inesperadas: el organizador no debe esperar que todos los escuchas acepten lo propuesto. Debe adecuarse prontamente, resolviendo el desafío con habilidad y tino.

 

Una sesión previa con una grabadora le permitirá apreciar su propia lectura, el tono de la voz, el volumen apropiado, el ritmo requerido, la expresión de acuerdo con la obra.

 

Oír grabaciones de artistas destacados puede favorecer la actividad. El español José María Vilches hace estremecer de emoción con su recitación de poemas de su coterráneo Antonio Machado. Sin embargo, igual clima logró una guía de turismo del Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, a bordo de un ómnibus, con la lectura de La pulpera de Santa Lucía de Héctor Pedro Blomberg, como cierre del circuito Barracas.

 

Logró fuerte interés por la elección del momento oportuno y del texto adecuado.

 

Si la poesía a leer se escogió porque el tema se relaciona con alguna actividad en curso, esta situación sirve para introducirla sin más requerimiento. La presentación directa es todo lo que se requiere. Una vez establecida la práctica de la lectura en voz alta de poesías, bastará el simple enunciado del título y autor.

 

Un enfoque simple hace destacar la obra por mérito propio. Para la gente, sometida permanentemente a la estridencia de los medios de comunicación, resulta por oposición una acción saludable.

 

Al principio, conviene una preparación que despierte la curiosidad o el interés. Puede ser empleando algún recurso visual o auditivo; personajes, objetos, animales o paseos escogidos de antemano a fin de relacionarlos con los poemas seleccionados.

 

Al efectuar estas actividades de motivación importa tener bien claro el propósito de la técnica empleada: evitar lo forzado y artificioso. En la mayoría de los casos el método de presentación más sencillo resulta el mejor.

 

El ambiente apropiado para la lectura en voz alta, en general, es el informal. Con un poco de ingenio se logra una atmósfera de intimidad propicia.

 

A los niños más pequeños, de guardería hasta el primer nivel de la escuela primaria, les encanta jugar diciendo la palabra que rima al final del verso, si conocen el texto y cuando él indica con claridad cuál tendría que ser.

 

El adulto puede hacer una señal –como un director de orquesta– para que los pequeños completen el verso. Puede emplear la mano, hacer una inclinación de cabeza, indicarles con una inflexión de la voz, o una pausa intencionada de silencio; una mayor lentitud en la lectura advertirá a los oyentes el momento de decir la palabra que rime.

 

Esta actividad que es un juego divertido para los chicos, favorece el desarrollo de la discriminación auditiva necesaria para el aprendizaje de la lectoescritura. Decir palabras que rimen con versos infantiles con o sin sentido es una práctica que se desaconseja con poemas líricos.

 

Hay dos clases de actividades posteriores a la lectura en voz alta de un poema: las que intentan profundizar su apreciación y las previstas para proporcionar experiencias de aprendizaje en otras áreas.

 

Dichas actividades tenderán a aumentar el agrado que chicos y grandes hayan experimentado oyendo la poesía. Lo contrario ocurre cuando se obliga a copiarla, peor aún, a recitarla de memoria cuando no hay voluntad para ello.

 

Tampoco tiene sentido que los niños se lo pasen dibujando “aquello que sintieron al escucharla” según la indicación tutorial: con sentirlo, basta. ¿Por qué no alentar que la exteriorización sea espontánea y la forma, a elección? ¿Por qué no respetar si queda oculta?

 

En síntesis, las actividades posteriores estarán vinculadas con la comprensión del texto elegido, favoreciendo la impresión lograda a través de su lectura. Por muy elevado que sea el propósito de leer poesías en voz alta a otros, el fin no se alcanzará si no existe un contenido de interés común al lector y a los oyentes.

 

Quien lea prosa o verso a los demás, creando el espacio de tiempo y la oportunidad, podrá recuperar la emoción que los libros agregaron a su propia vida. Si en ella faltó, tendrá entonces la oportunidad de vivirla junto a otros: niños, adolescentes, mayores.

 

Disfrutará sus reacciones, advertirá en los pequeños cómo progresan en la expresión, en conocimientos y hasta en la apreciación estética, adelanto en cuyo logro habrá contribuido decididamente.

 

Tal vez ocurra que niños y jóvenes pidan –como le sucedió a quien esto escribe*– que canten en lugar de leer el poema elegido. Eso fue encontrar la realidad de lo escrito por Borges en una escuelita barrial.

 

 

  


* El episodio ocurrió en la Escuela N° 3, Distrito Escolar 8, en 2003. Se convocó un pequeño grupo voluntario de padres, abuelos y amigos, para contar cuentos y recitar nanas a los alumnos de 1° y 7°, en un desayuno literario. Los niños quisieron oírlas “cantadas”. Así lo hice, con mutuo deleite.

Nº 2317 » Julio 2006

Edgar Allan Poe, estrella que brilla

por Squirru, Rafael · Comentar 

Dice Martín Fierro: “Nada enseña tanto/ Como sufrir y llorar.” Mal puede extrañarnos a partir de esa premisa la notable sabiduría que acumuló el espíritu de Edgar Allan Poe. Nacido en Boston en 1809, hijo de un matrimonio de actores ambulantes, quedó huérfano al poco tiempo y pareció que su destino mejoraría cuando lo adoptó una familia pudiente de Virginia de apellido Allan. Como primera medida lo enviaron a Inglaterra para asegurarle una excelente educación. Los resultados empero no fueron demasiado edificantes ya que Edgar adquirió entonces su gusto por la bebida y las emociones del juego.

 

A su regreso todo resultó en una serie de desencuentros que culminaron con su envío a la academia militar de West Point en la búsqueda por enderezar sus pasos, pero el resultado fue que lo dieron de baja deshonrosamente por repetidas insubordinaciones.

 

Adquirió entre tanto trajín el hábito de escribir y luego de algunos rechazos encontró un principio de aceptación cuando ganó un concurso por su cuento ‘El escarabajo de oro’ por el que obtuvo la cifra de diez dólares. Aunque nunca salió de pobre, al punto de no poder asistir a una invitación de sus editores por carecer de ropa apropiada, su entusiasmo por las letras no mermó y sus fantasmagóricas pesadillas despertaron la atención creciente de un público fascinado por las incursiones de Edgar en el mundo de lo desconocido.

 

En un intento de ser feliz casó con una prima de apenas trece años, pero la precaria salud de la esposa terminó con su muerte temprana, sumiéndolo en mayor desconsuelo aún.

 

Creo que mi traducción del poema “Un sueño adentro de un sueño” nos aproxima al mundo de este sufrido autor.

 

 

Recibe un beso en tu frente

Y al dejarte al presente

Permíteme afirmar esto:

No yerras al pensar

Que mi vida fue soñar

Y con todo si huyó Esperanza

Con o sin tardanza

En visiones o sin ellas

¿No escapó al fin de cuentas?

Cuanto vemos o parecemos

Sólo es sueño en otro sueño.

Parado entre el aullido

De la playa atormentada

Aprieto con mano trémula

Granos de arena dorada

¡Qué pocos! Y a pesar de ello cómo escapan

Entre mis dedos, a la nada,

Mientras lloro, mientras lloro.

 

¡Oh Dios! ¿No podré apretarlos

Con mayor firmeza?

¡Oh Dios! ¿No puedo salvar ni uno

De la ola despiadada?

¿Es todo lo que vemos o parecemos

Sólo un sueño en otro sueño?

 

 

Y para terminar, mis versos: “Liberación”

 

 

No olía a alcohol

Ni a drogas.

La tez pálida, espléndida entre el rizo de cuervo

Leves náuseas

Y ganas de dormir.

 

Lo lavaron con esponja tibia

Aplicándole

Sinapismos en los pies, caderas y abdomen,

Frescos en la cabeza

Y oscurecieron el cuarto. Enfermera a la puerta

Ahuyentando ruidos,

Lista, para alertar al doctor Moran

De cualquier síntoma.

 

Despertó a la hora

Moran a su lado

Preguntándole cómo se sentía

“Mal”… Estómago descompuesto

Y jaqueca

Pidió que le trajeran su baúl de manuscritos

Del Hotel frente a la Aduana.

 

Volvió a preguntar dónde estaba

“Con amigos”, le dijeron.

“Si los tuviese”, contestó,

“Me levantarían la tapa de los sesos.”

 

Aquí se pierde el hilo de su conversación

Duerme y despierta

Para caer en sopor.

 

Las pupilas de los ojos se dilatan y contraen

Un segundo médico aconseja vino.

Ante un gesto colocan hielo en la lengua,

Le cuesta tragar agua

Abre ahora los ojos.

Suspirando: “… no es más…”

 

Delira

Los ojos al cielorraso

Muestran sólo el blancor de las córneas.

Músculos que se desaforan

Y temblor espasmódico

Finalmente, la rigidez

Violenta

Del cuerpo, como bandera al viento.

 

Sobre el cielo de Richmond

Horas antes

Cayó una estrella

Ahora

En Baltimore

La oscuridad total.

Es medianoche

Del siete de octubre de mil ochocientos cuarenta y nueve.

Edgar Poe ha muerto.

Nº 2317 » Julio 2006

Religión y universidad

por Dossier, · Comentar 

Nº 2317 » Julio 2006

Di Benedetto / Zama: Las víctimas de la espera

por Barros, Raquel · Comentar 

Cuando Antonio Di Benedetto publica Zama en 1956, la producción narrativa está centrada en un realismo que apela a la inmediatez antes que a otras cuestiones. La novela se separa netamente de esta moda: se instala en los años que corren desde 1790 a 1799, en una zona innominada del Virreinato del Río de la Plata, y sin ajustarse a las exigencias de la veracidad realista ni de la fidelidad a los hechos históricos, se centra en el dilema de la búsqueda de la identidad. Será inútil buscar referencias concretas, personajes reconocibles o las formas canónicas de la novela histórica, en un texto en el que predomina una honda reflexión del protagonista acerca de sí mismo.

 

Zama corregidor / asesor letrado

 

Si bien Di Benedetto utilizó como referencia algunos textos históricos para construir al protagonista y al ámbito, e incluso la vida de Don Diego de Zama tiene algunos puntos de contacto con los del doctor Miguel de Zamalloa, jujeño que estuvo en Asunción en un puesto administrativo, su personaje tiene características propias. La primera es la de estar atravesado por su condición doble: es americano, el único americano en la administración de la provincia, pero de probada lealtad al monarca en las tierras del Virreinato. Su origen lo distancia no solamente en el espacio, sino también en su posibilidad de ser reconocido por España; como señala Noé Jitrik 1convirtiendo el texto en metáfora, eso es lo que describe la hermosa novela Zama, de Antonio Di Benedetto: por más que se quiera no es lo mismo este mundo que el otro, que, en la figuración, es el recinto de una verdad buscada pero que desde aquí no se puede hallar.

 

Como la marca de su origen, también su función señala su condición doble. Por un lado, fue ¡El doctor don Diego de Zama!… El enérgico, el ejecutivo, el pacificador de indios, el que hizo justicia sin emplear la espada. Zama, el que dominó la rebelión indígena sin gasto de sangre española, ganó honores del monarca y respeto de los vencidos. Sin embargo, otra es su condición en 1790, y a pesar de que todavía siente un resplandor de esa otra vida… no alcanzaba a compensar el deslucimiento de la que en ese tiempo vivía. Es, por la fecha en que comienza la historia, Zama el menguado: se ha convertido en un asesor, un funcionario, reducido a tareas menores, que lo irán llevando cada vez más hacia su propia decadencia. El relato que él mismo hace nos va dando el drama de su conciencia dividida: Yo fui ese corregidor: un hombre de Derecho, un juez,… Un hombre sin miedo… Sin miedo. A pesar de su pasado, Zama asesor debía reconocerse en un Zama condicionado y sin oportunidades. Su furia, que va creciendo frente al reconocimiento de este cambio, lo lleva también a dividirse en el hombre calmo, que puede planear sus movimientos, y el que responde enfurecido ante situaciones que interpreta como alusiones veladas, como las que siente de parte de Ventura Prieto, un subordinado con quien se trenza en una lucha embravecida, después de darle dos bofetones.

 

Su imagen doble se refleja en las distintas maneras de ser nombrado: es el doctor don Diego de Zama para el oficial Indalecio Zabaleta, quien se ha ocupado de hablar de sus méritos a su hijo de doce años, a tal punto que el niño llora de gusto y entusiasmo al verlo. Ese reconocimiento que hacía contrapeso a tantos olvidos y disminuciones soportados en días y días lo saca del olvido en que lo tienen en España, donde es nada más que un nombre anotado en papeles. Pero en el presente es Zama, el asesor; y será Zama, su encubridor, para el bandido Vicuña Porto, cuando en la última parte, intentando recuperarse, llegue al despojo total.

 

La reiterada presencia de la figura en el espejo subraya su duplicidad. Son los ojos de Luciana, la mujer deseada, la esposa de otro, los que le muestran su imagen más prestigiosa. Durante una visita a su despacho de asesor letrado del gobierno, él le hace con soltura una explicación y le proporciona el remedio legal para el problema que ella finge tener como excusa para ir a verlo. El interés de Luciana le devolvía como un espejo la imagen de un Zama jurista eminente. En cambio, después de un encuentro furtivo y casual con una desconocida, no logra soportar el peso de su imagen sino con un gran esfuerzo: En la mañana, evitaba dar con mi propia mirada: me peiné ante el espejo, sí, si bien mirando hacia arriba, y después cuidé el paso por la barba asimismo sin verme los ojos.

No obstante, en cuanto estuve compuesto arrojé el peine y fui al espejo. Me miré a los ojos con desafío. Después, más calmo. Resistía mi propia mirada…

 

La escritura escueta de Di Benedetto encuentra el camino para marcar continuamente esta duplicidad, señalada por antítesis y formas adversativas reiteradas:

 

No obstante, no todo estaba bien. Algo en mí, en mi interior, anulaba las perspectivas exteriores. Yo veía todo ordenado, posible, realizado o realizable. Sin embargo, era como si yo, yo mismo, pudiera generar el fracaso.

 

A las víctimas de la espera

 

La dedicatoria de la novela anticipa otra de las condiciones que atraviesa a Zama: toda su vida está pendiente de la espera de algo que no ocurre. El marco referencial, distante en más de dos siglos, preanuncia las mismas condiciones del presente: durante el transcurso de la historia, Zama debe aguardar distintas instancias. La más evidente es la del barco, que puede traerle algún alivio a sus penurias económicas, ya que lleva diecinueve meses… sin ver un real del tesoro, por lo que llega a soportar condiciones indignas, viviendo en casa ajena, adeudando dinero al posadero, sostenido por la caridad de su secretario.

 

También espera noticias de su mujer, que tampoco se las hace llegar con frecuencia. Y lo que aguarda con mayor empeño es algún reconocimiento que lo saque de ese lugar donde está estancado en un puesto del que le habían hablado como fugaz interinato para llevarlo a otro más prestigioso, y tal vez al reencuentro con su familia. Sin embargo, los terribles fantasmas de la burocracia van trazando laberintos en los que nunca se encuentra una salida. El gobernador le promete interceder por él; a pesar de su promesa, diferentes situaciones le sirven para postergar su pedido a España. En su camino de descenso, apelando a cualquier recurso para que el gobernador influya por su situación ante el rey, Zama acepta convertirse en inquisidor de su secretario, firmando un dictamen para sancionarlo por escribir en sus horas de trabajo: todos serán esfuerzos vanos; nada de lo que haga logrará modificar su postergación.

 

En la soledad de su aislamiento, Zama espera también el encuentro con una mujer. Tiene treinta y cinco años, está solo y guarda rigurosa lealtad a Marta, su mujer, aunque no tenga en claro por qué le era tan fiel. En su angustia se pregunta: ¿Nunca sería el visitado del amor? Y reflexiona: yo ahí, consumido por la necesidad de amar, sin que millones y millones de mujeres y de hombres como yo pudiesen imaginar que yo vivía, que había un tal Diego de Zama…

 

En medio de la persistencia de los recuerdos de su mujer ausente, se cruza Luciana Piñares, apenas entrevista en una escena del comienzo de la novela, y con la que luego entabla una relación que atraviesa distintos momentos que lo hacen crear expectativas o desilusionarse. Su deseo le hace esperar ansiosamente un encuentro amoroso; acude a una cita nocturna que no se concreta; se llena de ilusiones hasta que ella parte para España con su marido; su desencuentro es evidente en la despedida, en la que ella le confiesa que ningún otro hombre… supo buscarla sin pensar en la carne… por lo que le habría dado lo que nunca me pediste, si me lo hubieras pedido.

 

Después de un episodio fugaz, también se dará el descenso de Zama en sus relaciones con las mujeres: ausente el deseo, sólo buscará concretar encuentros que le proporcionen alivio a sus necesidades; tendrá un hijo con Emilia, una mujer de condición muy inferior; aceptará encuentros con otra que lo busca y le envía dinero por medio de una criadita y, perdido en el clima onírico de la segunda parte, verá o imaginará mujeres con las que no podrá encontrarse en la casa de su huésped Ignacio Soledo.

 

El rostro recobrado

 

A diferencia del niño rubio cuya imagen aparece en varias partes de la novela, el hijo que tiene Zama con Emilia, una española viuda y pobre, nace enteco. Se lo presenta sucio, con características bestiales: En cuatro patas, sucio hasta confundirse, en el crepúsculo, con la propia tierra. Un estilo de mimetismo. Por lo menos, poseía esa defensa, característica de las bestias. Como es bastardo, su nacimiento no le sirve ni siquiera para lograr que se gestione una súplica al rey por esta nueva carga de familia. Será Manuel Fernández, su secretario, sancionado por escribir en sus horas de trabajo, quien se haga cargo de este niño. A pesar del consejo del gobernador de que imite a Zama y engendre hijos,… no libros, Manuel no sólo aceptará al hijo ajeno sino que se hará cargo de Zama en su pobreza y lo cuidará en su enfermedad, como si él mismo fuera su propio hijo. La imagen especular que se conforma de este modo se concretará al final de la novela. En su intento por recuperar su honor perdido, Zama parte en una arriesgada empresa de armas en busca del bandido Vicuña Porto al que conoce desde la época del corregimiento. En su camino inverso, no solamente no logrará lo que espera sino que terminará deshonrado y mutilado en mano de los bandidos. En el final, abandonado, con los brazos cortados, casi inconsciente, lo despierta una voz preguntándole si quiere vivir: es nuevamente el niño rubio, sucio, estragadas las ropas, todavía no mayor de doce años. La revelación le hace comprender que es él mismo, el de antes, que no había nacido de nuevo; esto le permite hablar con su propia voz, recuperada, y decirle a través de una sonrisa de padre:

- No has crecido.

El niño, con irreductible tristeza, le responde:

- Tú tampoco.

 

Esta novela ejemplar ha sido señalada reiteradamente como un modelo del Nouveau Roman, o se lo ha vinculado con la narrativa existencialista, en especial con El extranjero, de Albert Camus. Son indicios de los intentos de clasificación de una novela difícilmente encasillable, como lo es en general la narrativa de Antonio Di Benedetto, que se aparta de los cánones que intentan encerrar a las obras en categorías rígidas.

 

Señala Juan José Saer 2: Zama no se rebaja a la demagogia de lo maravilloso ni a la ilustración de tesis sociológicas; no se obstina en repetirnos las viejas crónicas familiares que marchitan la novela burguesa desde fines del siglo XIX; no divide la realidad, que es problemática, en naciones; no pretende ser la summa de ningún grupo o lugar; no da al lector lo que el lector espera de antemano, porque los prejuicios de la época hayan condicionado a su autor induciéndolo a escribir lo que su público le impone…

 

Además de las condiciones que señala Saer, cada lector que se adentre en el mundo de Zama –pese a las dificultades que plantea la escritura escueta, quebrada permanentemente– podrá ir descubriendo otros motivos que aseguran la vigencia de esta novela. No está de más recordarla en este aniversario, en el que sigue esperando el lugar que le corresponde como archipiélago singular… en la geografía… de la narrativa en lengua castellana 3.

 

 

 


Notas

1. Jitrik, Noé. “Canónica, regulatoria y transgresiva”, en Dominios de la literatura. Acerca del canon, Losada, Buenos Aires, 1998.

2. Saer, Juan José, El concepto de ficción, Ariel, Buenos Aires, 1997, p. 53.

3. Saer, Juan José. Op.cit., p. 56.

Nº 2317 » Julio 2006

Cómo leer la política en el siglo XXI

por Fidanza, Eduardo · Comentar 

Nuestra experiencia nos revela qué es la lectura. Se trata ante todo de una inflexión en el ritmo de la vida. Un acto de intimidad en la vorágine. Cambio de marcha que habilita el cruce entre los ojos y el soporte. Entre la mirada y la página. Lo sabemos, lo hemos constatado y repetido: la lectura nos abre al mundo, nos abre el mundo. A través de ella aprendemos y nos informamos, viajamos, nos entretenemos; nos consolamos de los desengaños de existir.

 

La política, en cambio, pertenece a otro registro. Es equívoca. Transcurre en distintos planos, sus significados son múltiples. La opacidad es una de sus características. No aquieta. Las más de las veces tampoco provoca placer, aunque suscite ideales. Varios géneros y estilos están englobados bajo el rótulo de “política”. Es imposible recorrerlos, siquiera mencionarlos. Pero podemos indicar, tal vez, dos senderos que, como en el jardín borgeano, se bifurcan cuando nos referimos a la política: uno conduce a lo que llamaré “la política de los libros”; es la de la ciencia y la filosofía, las de las academias y universidades. La de los tratados, las utopías, las Constituciones. La política escrita, retórica, con sus vertientes y principios, sus enfoques y controversias.

 

El otro sendero está constituido por las decisiones de los actores que llamamos “políticos”. Y por sus consecuencias. Es la política efectivamente realizada a través de la acción. La materia prima de la historia del poder en las distintas épocas. No es determinante aquí la idea, sino el factum. No es el terreno de Platón, Hobbes o Nozick; sino el de Lula, Kirchner, Bachelet. La llamaré “la política de los hechos”. Su carácter fáctico no la inhibe, sin embargo, de generar textos, símbolos, gestos, susceptibles de “lectura”. Cierto que se trata de un ejercicio distinto, con otra modulación y otros códigos.

 

A lo largo de la historia la relación entre estas dimensiones de la política ha sido cambiante. A mi juicio la praxis siempre doblegó a la teoría. El poder sometió al concepto. Sin embargo, pareciera –aunque tal vez sea un espejismo– que en el pasado “la política de los libros” tuvo mayor influencia sobre la “política de los hechos”. Quiero decir: más fuerza de determinación. El Príncipe de Maquiavelo fue clave para guiar la acción de los políticos de distinta épocas; como lo fue El Leviatán de Hobbes para los monarcas absolutos, El Contrato Social para la Revolución Francesa, o los escritos de Marx y Lenin para la rusa. Por otra parte, muchos políticos del pasado fueron grandes escritores y lectores, lo que hoy constituye una excepción. Nuestra historia nunca repitió un Sarmiento o un Bartolomé Mitre.

 

Hoy, en los inicios del siglo XXI, la política de los hechos parece ir muy por delante de la política de los libros. El mundo desbocado, arrollador, no tiene interés en los textos ni tiempo para detenerse en ellos. No quiere, o no puede, leer con concentración y detenimiento. La acción política se alimenta de sí misma. Su ley es la velocidad. Su fundamento, la imagen.

 

Los políticos de la actualidad suelen convocar a los intelectuales para seducir al segmento de votantes cultos en época electoral; algunos, incluso, envalentonados por encuestas favorables, se dan el lujo de volver la espalda al libro, como sucedió en la inauguración de esta Feria. La cultura, como la educación o la justicia social, no es prioridad, más allá del marketing.

 

No me dejo quebrar por el desaliento, pero me inquieta la unilateralidad. Sólo constato que la elaboración y la argumentación intelectual –tal como la conoce la tradición de Occidente– cada día importa menos para la acción política. Incluso después de las Torres gemelas e Irak, el controvertido Francis Fukuyama parece un lujo cuando uno imagina las malversaciones del Corán que alimentan a Ben Laden, las Biblias light y los manuales de contra insurgencia que acunan a Bush, o los textos de auto ayuda política que consumen nuestros líderes de hoy.

 

Pertinencia de la pregunta

 

Pero ahora retrocedamos, rebobinemos. Pienso en los jóvenes. No quisiera que ellos se llevaran la impresión de que gimo por una política y un mundo perdidos. En verdad, existe la pérdida; es una consecuencia natural del paso del tiempo. Pero no los paraísos perdidos. Y menos en política. Siempre se nos imponen nuevas tareas. Muchas condiciones cambian, se inician épocas, se alzan ideas novedosas, las antiguas caducan. En medio del cambio, algunas constantes de la subjetividad permanecen. La sociedad, como la persona, es una obra en construcción. En cada época, la creatividad, bajo otras formas y otros soportes, es el hálito de la vida, la cualidad que enlaza las generaciones. Eso no ha cambiado. Por ello resulta pertinente la pregunta que nos convoca.

 

Si como he sostenido “la política de los hechos” ha perdido soporte intelectual y los políticos ya no leen, tal vez ese fenómeno sea una buena razón para que nosotros, los ciudadanos, los leamos a ellos. Para que fijemos la atención en la política real, fáctica; en sus discursos, sus gestos, sus disensos, sus consecuencias.

 

Leer la política puede significar re encantarla. Resistirse a sus estragos. Obligarla a adecentarse. Hacerla brillar con nuevas luces, con otros matices en el siglo que comienza.

 

Ahora bien, ¿cuáles serán las claves de esa lectura? Difícil saberlo, sólo se me ocurren atisbos. Pero no puedo levantarme de esta mesa sin dar alguna orientación. El “cómo hacer” (el cómo leer la política en este caso) es un desafío imperioso y concreto, propio del bricolaje cultural que se lleva tan bien con esta Feria.

 

Cuatro variantes de la lectura política

 

Examinaré, para concluir, cuatro variantes posibles para “leer la política” en el siglo XXI. Seguro hay muchas más, pero se me escapan. Las dos primeras surgen del pasado; son, a mi modo de ver, maneras clásicas de abordar la esfera pública, de leerla y entenderla. Llamaré a una normativa y a la otra realista. La tercera lectura que propongo es la que se realiza en la vida cotidiana a través de los medios audiovisuales, las encuestas de opinión y el marketing político. Le llamaré lectura mediática.

 

La cuarta posibilidad de lectura me la reservo para el final. Es mi apuesta íntima. Mi quijotada de especialista en lectura política. Es la idea de un juez - lector que excita mi imaginación.

 

Pero no nos adelantemos. Veamos antes la primera posibilidad: leer la política normativamente. El fundamento de esta mirada se pierde en la historia del pensamiento. La religión y luego la ideología secularizada, y hoy otra vez la religión, son su soporte. La lectura normativa suele ser lectura tutelada por la autoridad externa o espoleada por el superyó. En cualquier caso, su rasgo distintivo es el juicio moral basado en algún decálogo explícito o implícito. Más que de leer se trata de juzgar y encasillar.

 

Junto a ello, esta lectura contiene sin embargo una materia densa y un aliento dramático. Porque es también la lectura clásica de la pedagogía inicial: la que trasmite las normas, antes que los fenómenos. La que enseña a formar para después “deformar”, como dicen que decía Pablo Picasso. A mis ojos, el destino de este modo de leer la política es paradójico: no se lo puede fomentar porque es la tierra propicia del fundamentalismo, tampoco se lo puedo obviar, a riesgo de sembrar la anomia.

 

La lectura realista es la otra cara de la moneda. El lector realista no se deja obturar por el deber ser: permite a los hechos decir su parte. No condena al mundo; al contrario: lo acepta. Y aún más: muchas veces lo acoge acríticamente. Su logro es dejar ser a la compleja realidad. No interrumpirla, permitirle desplegarse. Su riesgo es la complacencia, la incesante y peligrosa adaptación. Si la lectura normativa condena en exceso, la realista convalida demasiado.

 

La lectura mediática de la política es nuestro pan cotidiano. Ante todo es lectura veloz. Más que lectura de textos, es visión de imágenes. Más que argumento es “impulso inmediato, cálido, emotivamente envolvente” como dice el italiano Franco Ferrarotti. A pesar de su aparente novedad, viene del fondo de la historia. Es una suerte de teatro tecnológico, catalizador de emociones posmodernas. Tiene máscaras y coros, túnicas y parlamentos. En cierta forma es una continuación de Sófocles, Calderón y Shakespeare, aunque con zapping, fragmentación y simultaneidad.

 

Bajo otras formas, sus protagonistas también son clásicos: sumos sacerdotes, gurúes, filósofos y sociólogos del pensamiento rápido recorren las entrañas de la política mediática. Ese gran teatro de base digital no es sin embargo despreciable. Es el nuevo espacio público donde tenemos que movernos, sin nostalgia ni desdén. Es insensato decir “que pase de mí”. No puede pasar, no va a pasar. Pero otra vez: si lo aceptamos sin criticarlo nos devora; si lo rechazamos, nos saca del juego.

 

Felizmente, nunca leemos la política de una única manera. En nuestra experiencia se combinan y se suceden la lectura normativa con la realista y la mediática. Unos días somos moralistas severos, otros receptores abiertos y complacientes; todos los días somos “lectores - oyentes - televidentes” de la política impulsiva de nuestro tiempo. Tal vez nos falte un punto de anclaje, aunque me temo “que punto de anclaje” pueda sonar a vieja aspiración de la destruida modernidad.

 

La lectura del discernimiento

 

Concluyo con una cuarta posibilidad de lectura de la política y de la sociedad. La llamaré “lectura del discernimiento”. Su imagen la encuentro en una novela de Sándor Márai; y su reminiscencia imprecisa me viene de Ignacio de Loyola y de Pascal. El personaje de Márai es un juez civil llamado Kristóf Kömives. Márai escribe:

 

“Kömives intuía que justicia y ‘hechos’ son cosas diferentes [...]. La verdad es, ante todo, saber situarse en la medida justa. Nadie le había enseñado esta ley, pero él la sentía con todo su ser a través de la experiencia [...], y mediante el raciocinio que advierte el peligro”.

 

A este juez le preocupaba la búsqueda de la verdad práctica. En la angustia del desfiladero, debía discernir. Dice Márai:

 

“De un lado está el mundo, con sus juicios, sus asesinos, sus acusados dispuestos a jurarlo todo, sus odios y sus miserias; del otro lado se encuentra le ley, con su maquinaria, sus rituales preestablecidos, su orden y sus maneras [...]; y por último está el juez, que de toda esa materia muerta, viva y cruda debe destilar algo, algo que según la fórmula química de las leyes corresponda a la verdad…”.

 

La verdad posiblemente sea una ficción. O una aspiración desmesurada para la política del siglo que empieza. No obstante, les dejo para reflexionar a este “juez-lector”. El hombre que intenta discernir. Sin condenar con el dogma, sin absolver livianamente. Él quizá pueda considerar a la política –esa “santa y prostituta”– en su compleja dimensión.

 

A semejanza del personaje de la novela, mi lector aspira a ser un hombre equilibrado. Aunque la meta que se impone resulte excesiva. Su lectura es atormentadora y liberadora a la vez. Tal vez nos sirva para entender el siglo XXI, que auguro apasionante e incómodo, como todo tiempo por venir.

 

  

 


Texto leído en la mesa de la Feria del Libro acerca de Cómo leer la política en el siglo XXI, el 2 de mayo pasado.

Nº 2317 » Julio 2006

Sobre la vida

por Marino, Ignazio - Martini, Carlo Maria · Comentar 

Fecundación asistida, aborto, células madre, adopciones, sida, eutanasia, límites de la investigación, el encuentro posible entre ciencia y ética cristiana, aparecen en el extenso diálogo mantenido entre el cardenal Carlo Maria Martini y el profesor Ignazio Marino.

El cardenal Carlo Maria Martini, 79 años, jesuita, prestigioso especialista en Sagrada Escritura, fue arzobispo de Milán desde 1979 hasta 2002. Ahora vive en Jerusalén donde ha retomado sus estudios bíblicos.

El profesor Ignazio Marino, científico y experto en bioética de fama internacional, católico, es director del Centro de transplantes del Jefferson Medical College de Filadelfia. El pasado 10 de abril fue elegido senador en Italia, representante independiente del Partido Democrático de Izquierda.

Hasta el momento, Martini raramente se había expresado sobre los temas que aquí se abordan. Incluso en los primeros meses de 2005, cuando en Italia se discutía ardorosamente la ley que regula la fecundación artificial y la jerarquía de la Iglesia se pronunciaba con fuerza, guardó silencio.

La idea y realización de este diálogo pertenecen a Daniela Minerva. Fue publicado originariamente por el semanario italiano L’espresso (n.16, 21 de abril 2006). La traducción es de Antonio Delfau para la revista chilena Mensaje. A todos agradecemos la gentileza de permitir que Criterio reproduzca este material.

 


 

 

Carlo Maria Martini: Querido profesor Marino, he leído con mucho interés y empatía su libro Creer y curar. Me ha impresionado, por una parte, su amor por la profesión médica y su rotundo interés por el enfermo y, por otra, su objetividad de juicio, su equilibrio, al tratar problemas ‘de frontera’; es decir, donde las exigencias médicas se encuentran con las exigencias éticas y a veces parecen oponerse. He podido ver hasta qué punto usted se niega a renunciar a su objetividad profesional como médico y a su conciencia como hombre y creyente. Todo esto me parece muy importante para ese ‘diálogo sobre la vida’ que interesa ciertamente tanto a nuestros contemporáneos, sobre todo en los casos límite en los que las audacias de la ciencia y de la técnica despiertan, por un lado, asombro y gratitud y, por otro, preocupación por la especie humana y su dignidad.

Todo esto hace necesario y urgente un ‘diálogo sobre la vida’ que no parta de preconceptos o de posiciones prejuiciadas sino que sea abierto y libre y, al mismo tiempo, respetuoso y responsable.

 

Ignazio Marino: También yo veo muchas razones para un diálogo objetivo, profundo y sincero sobre el tema de la vida humana. Vivimos de hecho un momento histórico particular, en el cual el progreso científico ha revolucionado la posición del ser humano respecto a la vida, la enfermedad y la muerte. A diferencia de ayer, hoy se puede nacer de muchos modos diversos, se puede ser sanado con terapias extraordinarias y mantenido por largo tiempo en una sala de reanimación en un estado que puede llamarse ‘vida’ simplemente desde el punto de vista de las funciones fisiológicas. La muerte es considerada cada vez más como un acontecimiento excepcional que debe ser evitado y no el fin natural al que toda vida humana llega inevitablemente.

Estos cambios influyen no sólo el curso de nuestra existencia sino también el modo de concebir la vida, la enfermedad y la muerte. Por eso no es posible ignorar las innumerables cuestiones éticas que surgen de los continuos cambios ligados a las nuevas tecnologías y a las posibilidades que la ciencia pone a disposición del hombre.

El diálogo sobre estos temas y la confrontación entre personas de diversa formación y con diferentes roles en la sociedad, pueden contribuir a la circulación de ideas y posiciones dirigidas a identificar puntos de encuentro y no de división.

Ante temas tan delicados se corre el riesgo de caer en fáciles contraposiciones e instrumentalizaciones que no aportan ninguna ventaja, salvo la de crear fracturas en la sociedad. En cambio, si el razonamiento es conducido honestamente y con espíritu de sincera apertura, es posible determinar cursos comunes o, por lo menos, no demasiado divergentes.

 

El inicio de la vida

 

— Martini: Estoy plenamente de acuerdo con sus premisas. Allí donde se crean, por el progreso de la ciencia y de la técnica, zonas de frontera o zonas grises, donde no es de inmediato evidente cuál sea el verdadero bien del hombre y de la mujer, de este individuo o de la humanidad entera, es una buena regla abstenerse ante todo de juzgar apresuradamente; y después, discutir con serenidad, a fin de no crear inútiles divisiones.

Pienso que podríamos iniciar una experiencia de diálogo con esas características, comenzando por el inicio de la vida y en particular por esa práctica, hoy cada vez más común, llamada ‘fecundación terapéuticamente asistida’ y por el destino de los embriones utilizados con este objetivo. Sobre esto hay no pocas divergencias de pareceres, imprecisiones de vocabulario e incertidumbres de orden práctico. ¿Puede aclarar un poco este punto?

 

— Marino: Hoy es posible crear vida en una probeta mediante la fecundación artificial. Ante problemas de fertilidad en una pareja, la fecundación artificial puede servir al objetivo de completar esa familia con un hijo. No obstante, esta práctica se ha difundido en Italia y en muchos otros países del mundo sin una regulación prevista por la ley. La ciencia y sus aplicaciones médicas han progresado más rápidamente que la legislación y, por este motivo, ahora debemos hacer frente al problema de miles de embriones humanos congelados y conservados en los frigoríficos de las clínicas especializadas, sin que se haya decidido cuál deberá ser su destino.

La actual ley italiana, para evitar perpetuar la producción de embriones de reserva que no son utilizados, ha elegido una vía simplista: crear sólo tres a la vez e implantarlos todos en el útero de la mujer. En mi opinión, este número –si se razona sobre una base científica– debería ser flexible y determinado caso por caso, según las condiciones médicas de la pareja.

Pero la ciencia viene en ayuda para sugerir alternativas a la creación y al congelamiento de embriones. Existen tecnologías más sofisticadas que las usadas hoy, que prevén congelar no el embrión sino el ovocito en la etapa de los dos pronúcleos, es decir, en el momento en que los dos pares del cromosoma, el femenino y el masculino, están separados y todavía no se ha formado una nueva cadena del ADN.

En esta fase no es posible saber qué camino tomarán las células cuando comiencen a reproducirse: podrían dar origen a un bebé o dos gemelos monocigóticos. No hay embrión, no hay un nuevo patrimonio genético y, por lo tanto, no hay un nuevo individuo. Desde el punto de vista biológico no hay una nueva vida. ¿No podríamos pensar que tampoco existen desde el punto de vista espiritual? Y, por lo tanto, ¿la idea de seguir este camino dejaría de ser problemática para un creyente?

 

— Martini: Entiendo cuánto angustian estos hechos a muchas personas, sobre todo a las más sensibles a los problemas éticos. Y, al mismo tiempo, estoy convencido de que los procesos de la vida, y por tanto también aquellos de la transmisión de la vida, forman un continuo en el cual es difícil individualizar los momentos de un verdadero y propio salto cualitativo. Esto hace que cuando se trata de la vida humana desde sus inicios, exista un gran respeto y una gran reserva frente a todo lo que, de alguna manera, la manipula o es capaz de instrumentalizarla.

Pero esto no quiere decir que no se puedan identificar momentos en los cuales no aparece todavía algún signo de vida humana definible individualmente. Me parece éste el caso que usted propone: el ovocito en el estadio de los dos pronúcleos. Aquí me parece que la regla general del respeto puede conjugarse con el tratamiento técnico que usted sugiere.

Me parece también que su propuesta permitiría la superación del rechazo a toda forma de fecundación artificial que está aún presente en no pocos ambientes, y causa una discrepancia dolorosa entre la práctica admitida comúnmente por la gente (y también sancionada por la ley) y la actitud —al menos teórica— de muchos creyentes. En todo caso, creo oportuno hacer una distinción entre fecundación homóloga y fecundación heteróloga. Pero me parece que un rechazo radical a toda forma de fecundación artificial está basado sobre todo en el problema de la suerte de los embriones. En la propuesta que usted ha ilustrado este problema podría ser superado.

 

La fecundación heteróloga

 

— Marino: Usted ha señalado también la distinción entre fecundación homóloga y heteróloga. El problema es muy discutido. Efectivamente, si el deseo de una pareja de formar una familia no se puede cumplir por causa de problemas de infertilidad o por la presencia de enfermedades genéticas en uno de los dos potenciales padres, ¿por qué no recurrir al semen o al óvulo de un individuo externo a la pareja? ¿No podría representar una solución para lograr aquel deseo de familia? ¿El patrimonio genético cuenta más?

Reflexionando sobre este asunto, mi primera evaluación sería a favor de la fecundación heteróloga, si es el único medio para tener un niño y si para la mujer es importante tener un embarazo. Pero me he enfrentado también con quien sostiene que no es raro que la fecundación heteróloga introduzca un desequilibrio en la pareja entre el progenitor biológico, el que transmite al hijo parte del propio ADN, y el otro.

Algunos estudios publicados en revistas científicas y realizados en países donde se permite la fecundación heteróloga, han evidenciado que se puede efectivamente crear en la familia nuclear un desequilibrio psicológico en favor del progenitor que ha trasmitido al hijo una parte de su patrimonio genético, como si un progenitor fuera de alguna manera más valioso que el otro.

Otra cuestión se refiere a la transparencia: ¿el niño que nace de una fecundación heteróloga debería ser informado? Y, si la respuesta es afirmativa, ¿es justo seguir un curso que puede crear traumas psicológicos, aun cuando nazca del deseo de tener un hijo? Prohibir por ley el recurso a la fecundación heteróloga ¿significa limitar la libertad de los ciudadanos, o la prohibición debiera ser interpretada como una salvaguarda para el futuro de quien vendrá después de nosotros?

 

— Martini: Las objeciones de naturaleza psicológica recordadas por usted están entre los motivos que han impedido a no pocos proceder por la vía de la fecundación heteróloga, aun cuando esto pueda implicar sufrimientos para algunos. Se agrega, desde el punto de vista ético, la protección de la relación privilegiada que con el matrimonio se instituye entre un hombre y una mujer. Sin embargo, mis reflexiones personales también incluyen las situaciones que se crean con las varias formas de adopción y de custodia, donde es posible establecer más allá del patrimonio genético una verdadera relación afectiva y educativa con quienes no son los padres en el sentido físico del término. Por lo tanto, yo sería prudente al opinar sobre los casos que usted trae a colación, donde no es posible recurrir al semen o al óvulo de la misma pareja. Tanto más cuando se trata de decidir la suerte de embriones que de otra manera están destinados a perecer, y cuya inserción en el seno de una mujer, incluso soltera, parecería preferible a su pura y simple destrucción.

Me parece que estamos en esas zonas grises de las que hablé antes, en las cuales la probabilidad mayor está todavía de parte del rechazo a la fecundación heteróloga, aunque quizás no sea oportuno mostrar una certeza que está todavía esperando confirmación y experimentación.

 

Células madre embrionales

 

— Marino: Los problemas relacionados con los embriones también han suscitado ásperas discusiones sobre el uso con fines de investigación de las células madre tomadas de embriones. El referéndum sobre procreación terapéuticamente asistida de junio de 2005 pedía, entre otras cosas, abolir el artículo de la ley número 40 que prohíbe el uso de estas células madre.

Desde el punto de vista científico se presume, aunque no esté todavía confirmado, que las células madre embrionales son las más adecuadas a los fines de la investigación, para identificar terapias de cura de enfermedades muy graves, desde el Parkinson hasta el Alzheimer. Existen otros tipos de células madre, obtenidas de tejidos del adulto o del cordón umbilical, que ya se están utilizando con un cierto éxito.

Casi todos los investigadores concuerdan en el hecho de que no es necesario crear embriones con el único propósito de obtener células madre: el material celular para la investigación puede ser adquirido y, además, estudios muy recientes hechos con ratas han demostrado la posibilidad de obtener células que tengan las mismas características de las células madre embrionales sin tener que crear embriones.

Queda sin resolver la cuestión de los embriones preservados en las clínicas para la infertilidad y que muy probablemente nunca serán utilizados por pareja alguna. Su fin es claro, pero ¿es mejor dejarlos morir en el frío o utilizar sus células preciosas para fines de investigación? En una visión religiosa ortodoxa, se trata de vidas y como tales no se pueden suprimir para obtener las células para propósitos terapéuticos, aun cuando un día esos embriones serán de todas maneras destruidos. Se trataría de la distinción entre matar y dejar morir.

¿Este punto es éticamente superable? ¿No es oportuno pedir la donación de las células madre embrionales para destinarlas a los laboratorios para apoyar la investigación de enfermedades hoy incurables?

 

— Martini: Antes que nada estoy impresionado por la prudencia con que usted habla de la eficacia terapéutica de las células madre. Me parece entender que estamos todavía en el campo de la investigación y que por tanto no es honesto propagar certezas sobre la eficacia curativa de estas células antes que esto esté debidamente probado. Me alegro también por el hecho de que ya no se considera necesario crear embriones con el fin de producir células madre y que se han elaborado métodos alternativos que no plantean problemas de conciencia. Es un motivo más para tener confianza en la inteligencia que el Señor ha dado al hombre a fin de superar los problemas que la vida le presenta. En nombre de esta misma inteligencia, no veo posible pensar en una utilización de células madre embrionales para la investigación. Esto iría contra todos los principios expuestos hasta este punto.

 

Los embriones congelados

 

— Marino: Su respuesta me permite ampliar la reflexión sobre el destino de los embriones existentes, también más allá de cuanto se ha conjeturado más arriba. Al no ser utilizados, ¿qué sería ético hacer?

No se ha identificado actualmente una solución, salvo la de abandonar las probetas en los congeladores. ¿Pero es éticamente correcto y aceptable tolerar que millares de embriones humanos queden congelados en las clínicas especializadas, esperando simplemente que, con el paso de los años, expiren en el frío? ¿No podrían, por ejemplo, ser destinados a mujeres solteras que desean tener un embarazo? ¿O a parejas con problemas ligados a enfermedades genéticas que no pueden recurrir a la fecundación artificial normal para evitar el riesgo de transmisión del defecto genético?

 

— Martini: Me parece que estamos aquí frente a un conflicto de valores, que es más evidente en el caso de la mujer soltera que desea tener un embarazo, pero que también existe, por los motivos antes expuestos, en parejas que por graves razones médicas no pueden recurrir a la fecundación artificial normal. Donde hay un conflicto de valores, me parecería éticamente más significativo propender hacia aquella solución que permite que una vida prospere antes que dejarla morir. Pero comprendo que no todos tendrán este parecer. Solamente querría evitar que chocásemos sobre la base de principios abstractos y generales allí donde, en cambio, estamos en una de esas zonas grises donde corresponde entrar libres de juicios apodícticos.

 

Adopciones por solteros

 

— Marino: Hay también otros problemas relacionados con el desarrollo de la vida, en particular respecto al cuidado que la sociedad debe tener a favor de los niños sin familia. En estos casos se abre la posibilidad y la utilidad, más aún, casi la necesidad de una adopción. Hoy, en Italia, las adopciones están vedadas a las personas solteras, y en general la legislación es muy compleja y hace difícil cualquier tipo de adopción. Desde el punto de vista ético, me pregunto si es preferible que un niño huérfano o abandonado por sus padres pase la vida en un instituto o en la calle, en vez de tener una familia compuesta por un solo padre. ¿Estamos seguros de que es este el camino justo para garantizar el mejor crecimiento posible a ese niño?

Además, cuando uno de los padres enviuda, incluso al nacer el primer hijo, nadie piensa que el niño no deba continuar viviendo en su núcleo familiar aun cuando el padre sea solo uno. Es más, la Iglesia sostiene que en presencia de un feto, en cualquier circunstancia se debe invitar a la mujer a llevar a término el embarazo, aun cuando el padre esté ausente o en contra, y, por tanto, se tratará de apoyar a una madre que de hecho será soltera. ¿Por qué entonces no apoyar incluso las adopciones para personas solteras, una vez comprobada la motivación, los medios y las capacidades del potencial padre o madre para asegurar un desarrollo normal al niño adoptado?

 

— Martini: Usted se plantea preguntas serias y razonables respecto a un tema complejo, sobre el cual no tengo suficiente experiencia. Pero pienso que el punto de partida es la condición que usted explica al final. Hay que asegurar que quien toma la custodia del niño adoptado tenga las justas motivaciones y también los medios y las capacidades para garantizar un desarrollo normal. ¿Quién satisface estas condiciones? Ciertamente, en primer lugar, una familia compuesta por un hombre y una mujer que tengan sabiduría y madurez y que también puedan garantizar una serie de relaciones intrafamiliares aptas para hacer crecer al niño desde todos los puntos de vista. Faltando esto, está claro que también otras personas, también las solteras, podrían dar de hecho algunas garantías esenciales. No me cerraría por esto a una sola posibilidad, pero dejaría ver a los responsables cuál es de hecho la mejor solución, aquí y ahora, para este niño o niña. El objetivo es garantizar el máximo de condiciones favorables concretamente posibles. Por eso, cuando existe la posibilidad de elegir, se debe elegir la mejor.

 

Aborto

 

— Marino: Uno de los temas más difíciles de enfrentar, sobre el cual siempre se nos pregunta, justamente por lo delicado y complejo, es el aborto. En Italia, el Estado ha regulado la materia, esforzándose por conjugar el principio de la autodeterminación de las mujeres con la libertad de conciencia de los médicos que pueden elegir la objeción.

En estos años, en Italia hemos podido constatar los efectos de la legislación sobre el aborto. Así como todos reconocemos que el aborto constituye siempre una derrota, nadie puede negar que la ley ha permitido reducir el número global de abortos y tener bajo control los abortos clandestinos, evitando poner en riesgo la vida de las mujeres expuestas a graves daños, como las perforaciones de útero provocadas al inducir el aborto. ¿Cuál es la posición de la Iglesia frente a casos extremos: el embarazo resultante de una violación, el de una adolescente de once o doce años, el de una mujer sin posibilidades económicas de criar un niño)? Si se admite el principio de la elección del mal menor y, como sugiere la Iglesia católica, el de confiar la decisión a la conciencia individual (conciencia perpleja: aquella condición en la que un hombre o una mujer a veces se encuentran cuando deben afrontar situaciones que hacen que el juicio moral sea incierto y difícil la decisión), ¿no sería éticamente correcto explicar abiertamente este punto de vista? ¿Y sostenerlo también públicamente?

 

— Martini: El tema es muy doloroso y causa mucho sufrimiento. Ciertamente, en primer lugar, es necesario querer hacer todo cuanto sea posible y razonable por defender y salvar cada vida humana. Pero esto no quita que se pueda y se deba reflexionar sobre situaciones muy complejas y diversas que pueden ocurrir, y razonar buscando en cada caso lo que es mejor y sirve más concretamente para proteger y promover la vida humana. Pero es importante reconocer que la prosecución de la vida humana física no es en sí misma el principio primero y absoluto. Sobre este principio está el de la dignidad humana, dignidad que en la visión cristiana y de muchas religiones comporta una apertura a la vida eterna que Dios promete al hombre. Podemos decir que aquí está la definitiva dignidad de la persona. Pero incluso los que no comparten nuestra fe pueden comprender la importancia de este fundamento para los creyentes y la necesidad de tener razones de fondo para sostener siempre y en todo lugar la dignidad de la persona humana.

Las razones de fondo de los cristianos están en las palabras de Jesús, quien afirmaba que “la vida vale más que el alimento y el cuerpo más que el vestido” (cfr. Mateo 6, 25), pero exhortaba a no tener miedo “de los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma” (cfr. Mt 10, 28). La vida física debe ser respetada y defendida, pero no es el valor supremo y absoluto. En el evangelio según Juan, Jesús proclama: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirᔠ(Jn 6, 25). Y san Pablo agrega: “Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros” (Rom 8, 18). Por tanto, hay una dignidad de la existencia que no se limita sólo a la vida física, sino que mira a la vida eterna.

Dicho esto, me parece que incluso en un tema doloroso como el del aborto (que, como usted dice, representa siempre una derrota) es difícil que un Estado moderno no intervenga al menos para impedir una situación salvaje y arbitraria. Y me parece difícil que, en situaciones como las nuestras, el Estado no pueda dejar de señalar una diferencia entre actos punibles penalmente y actos que no es conveniente perseguir penalmente. Esto no quiere decir, de ninguna manera, ‘licencia para matar’, sino solo que el Estado prefiere no intervenir en todos los casos posibles, pero se esfuerza por disminuir los abortos, impedirlos con todos los medios, sobre todo después de cierto periodo de tiempo desde el inicio del embarazo, y se esfuerza en disminuir todo lo posible las causas del aborto y en exigir las precauciones para que la mujer que decida, a pesar de todo, cometer este acto, en particular en los tiempos no punibles penalmente, no resulte gravemente dañada en lo físico y hasta con peligro de muerte. Esto sucede, en particular, como usted lo recuerda, en el caso de los abortos clandestinos, y entonces, considerando todo, es positivo que la ley haya contribuido a reducirlos y eventualmente a eliminarlos.

Comprendo que en Italia, con la existencia del Servicio Sanitario Nacional, esto comporte una cierta cooperación de las estructuras públicas con el aborto. Veo toda la dificultad moral de esta situación, pero en este momento no sabría qué sugerir, porque probablemente cada solución que se quisiera buscar comportaría aspectos negativos. Por esto el aborto es siempre algo dramático, que no puede de ninguna manera ser considerado un remedio para la sobrepoblación, como me parece que ocurre en ciertos países del mundo.

Naturalmente, no pretendo incluir en este juicio esas situaciones límite, extremadamente dolorosas y también quizás raras, pero que pueden presentarse de hecho, en las que un feto amenaza gravemente la vida de la madre. En estos y similares casos, me parece que la teología moral desde siempre ha sostenido el principio de la legítima defensa y del mal menor, aun cuando se trate de una realidad que muestra el dramatismo y la fragilidad de la condición humana. Por eso, la Iglesia también ha declarado heroico y ejemplarmente evangélico el gesto de aquellas mujeres que han elegido evitar cualquier daño a la nueva vida que llevan en su seno, aun al costo de perder la propia vida. Pero no puedo aplicar este principio de la legítima defensa y/o del mal menor a los otros casos extremos que usted ha planteado, ni me serviría del principio de la conciencia perpleja, que no sé bien qué significa. Me parece que incluso en los casos en que una mujer no puede, por diversos motivos, tener el cuidado de su niño, no deben faltar otras instancias que se ofrezcan para criarlo y cuidarlo. Pero, en todo caso, pido que sea respetada cada persona que, quizás después de mucha reflexión y sufrimiento, sigue su conciencia en estos casos extremos, incluso si decide hacer algo que yo no siento que pueda aprobar.

 

¿Compensaciones por la donación de órganos?

 

— Marino: Hay un tema que me toca de cerca, dado que hace más de veinticinco años me ocupo de transplantes de órganos. Gracias a los transplantes, hoy miles de personas, de otra manera destinadas a una muerte segura, se sanan y llevan una existencia plena desde todo punto de vista. El límite principal para una mayor difusión de esta terapia está ligado al insuficiente número de donaciones y, por tanto, de órganos para trasplantar, en consecuencia, muchas personas mueren en lista de espera.

Para aumentar el número de donantes, en algunos países, principalmente en Gran Bretaña, se ha planteado la hipótesis de establecer una compensación para las familias que deciden donar órganos de parientes después de la muerte. La duda está en si es éticamente correcto proponer ventajas materiales o dinero a cambio de la donación de los órganos. Probablemente se podría aumentar el número de donaciones y de transplantes y responder así a las exigencias de los enfermos que están en lista de espera de un órgano que salvará sus vidas. Pero esta hipótesis contiene en sí misma la premisa de un tratamiento desigual. ¿No se corre el riesgo de instaurar una situación en que sólo los menos afortunados, incentivados por una compensación, estarán dispuestos a donar órganos, mientras los más ricos se limitarán a recibirlos? ¿Y la donación, en cuanto tal, no debería siempre y sólo basarse en el principio de la igualdad?

 

— Martini: Personalmente me conmueve mucho su afirmación final, es decir, la importancia del principio de la igualdad y los peligros gravísimos de una posibilidad de retribución por los órganos. Me parece, en cambio, que el camino es promover lo más posible el principio de la donación y hacer que crezca la conciencia colectiva sobre este punto. Realmente es de desear que nadie más muera en lista de espera, habiendo órganos disponibles.

 

VIH y sida

 

— Marino: La cuestión de la igualdad nos lleva a interrogarnos sobre problemas y enfermedades que afligen a millones de personas en todo el mundo, sobre todo en los países más pobres para los cuales la idea de igualdad sigue siendo un sueño muy lejano o una mera utopía. ¿Cómo no pensar de inmediato en el sida? Cerca de 42 millones de personas en el mundo son portadoras del virus VIH. Sólo en el 2005, según datos de agencias de la ONU, tres millones de personas murieron de sida mientras se registran cinco millones de nuevos infectados. El 60 por ciento de los portadores del virus vive en los países más pobres del África subsahariana, con una incidencia media en la población de entre el 5 y el 10 por ciento y que llega hasta el 25-30 por ciento en algunos países como Botsuana o Zimbabwe.

El VIH es la plaga de un continente que genera no solo enfermos sino también huérfanos, pobreza, imposibilidad de mejorar las condiciones de vida. En el mundo occidental, hoy el virus está bajo control gracias a los progresos en las terapias farmacológicas que permiten a un seropositivo llevar una existencia del todo normal, con una expectativa de vida parangonable a la de las personas no afectadas por el virus. Hasta hace unos pocos años, el costo anual en fármacos de una persona seropositiva giraba en torno de los diez mil euros, una cifra prohibitiva, que solamente podía ser sostenida por los países donde existía un sistema sanitario nacional. Hoy los precios, en régimen de competencia, han sufrido una caída, hasta llegar a mediados de 2003 a 700 euros para los fármacos de marca (producidos por las multinacionales farmacéuticas) y alrededor de 200 euros para los genéricos de fabricación india, brasileña y tailandesa. No obstante estos importantes pasos, en muchos países africanos el gasto per cápita en salud no supera los 10 dólares al año por lo cual, de hecho, está vedado el acceso a los fármacos y a las terapias para combatir el sida y el virus continúa difundiéndose.

Sabemos que el sida, en parte, se puede combatir con la prevención y el uso de los profilácticos. ¿Cómo puede ser aceptable no promover el uso del profiláctico para contribuir a controlar la difusión del virus? ¿Es o no es un deber de los gobiernos hacer opciones y tomar decisiones sobre este tema? Y, respecto de la doctrina oficial de la Iglesia católica, ¿no se trataría, por tanto, de optar por un mal menor y contribuir a la salvación de tantas vidas humanas?

 

— Martini: Las cifras que usted cita provocan turbación y desolación. En nuestro mundo occidental es bastante difícil darse cuenta de cuánto se sufre en ciertas naciones. Habiéndolas visitado personalmente, he sido testigo de este sufrimiento, soportado por los más con gran dignidad y casi en silencio. Es necesario hacer todo lo posible para combatir el sida. Ciertamente el uso del profiláctico puede constituir en ciertas situaciones un mal menor. Después está la situación particular de esposos, uno de los cuales está infectado de sida. Éste está obligado a proteger a la pareja y ésta también debe poder protegerse. Pero la cuestión es más bien si conviene que sean las autoridades religiosas las que promuevan un determinado medio de defensa, casi como si se creyera que los otros medios moralmente sostenibles, comprendida la abstinencia, deberían ser puestos en segundo plano, corriendo así el riesgo de promover una actitud irresponsable. Una cosa es, por tanto, el principio del mal menor, aplicable en todos los casos previstos por la doctrina ética, y otra el sujeto a quien toca expresar tales cosas públicamente. Creo que la prudencia y la consideración de las diversas situaciones locales permitirán a cada uno contribuir eficazmente en la lucha contra el sida, sin con esto favorecer los comportamientos irresponsables.


El fin de la vida

 

— Martini: Creo llegado el momento de enfocar otra serie de problemas concernientes a la vida, y precisamente aquellos que se refieren a su final. Es necesario vivir con dignidad, pero, para esto, morir también con dignidad. Ahora, como usted sabe, aquí se plantean, sobre todo en Occidente, problemas muy graves.

 

— Marino: Por cierto, usted está pensando antes que nada en la eutanasia, palabra en torno a la cual se crea siempre mucha confusión atribuyéndole diversos significados. Por eso, prefiero no hablar en abstracto, sino expresarme de manera muy concreta. ¿Se puede o no admitir que una persona induzca voluntariamente la muerte de otra, gravemente enferma y presa de dolores físicos devastadores, para aliviar este dolor? Frente a una situación irreversible en que la muerte es inevitable, sostengo que es absolutamente necesario suministrar fármacos como la morfina, que alivian el dolor y acompañan al enfermo con mayor tranquilidad en el paso de la vida a la muerte. Es lo que se hace, en estas dramáticas circunstancias, en los Estados Unidos. Yo mismo, aunque sufriendo, pues un médico querría siempre poder salvar la vida de sus pacientes, cuando trabajaba allí, decidí algunas veces suspender todo tratamiento. Es un momento doloroso para la familia y, le aseguro, también para el médico, pero es una honesta aceptación de que no se puede hacer nada más salvo evitar prolongar sufrimientos inútiles y lesivos de la dignidad del paciente. En este tema, por falta de una ley que regule la materia, si yo siguiera en Italia el mismo tipo de procedimiento podría ser arrestado y condenado por homicidio, cuando sólo se trata de no ensañarse con terapias sin sentido. En cambio, no estoy de acuerdo en administrar sustancias tóxicas para provocar un paro cardíaco y así inducir la muerte del enfermo. Y, si bien condeno el gesto, no estoy sin embargo tan seguro de que se pueda condenar a la persona que lo cumple. Doy un ejemplo: en un reciente filme ganador del Oscar, titulado One Million Dollar Baby, se describe el drama de una mujer reducida a un estado semivegetativo después de un grave accidente deportivo. Ella le pide a un hombre, la persona más significativa en su vida, que la ayude a poner fin a su sufrimiento físico y psicológico. Inicialmente el hombre se rehúsa, después acepta porque considera que hacerlo es un acto de amor extremo hacia el ser humano que más quiere. Aunque no llego a justificar la idea de la supresión de una vida, me pregunto: en situaciones similares, ¿cómo se puede condenar el gesto de una persona que actúa por petición de un enfermo y por puro sentimiento de amor? Y, por otra parte, ¿es lícito admitir el principio de no condenar a una persona que mata?

 

— Martini: Estoy de acuerdo con usted en que nunca se puede aprobar el gesto de quien induce la muerte de otros, en particular si es un médico, que tiene como objetivo la vida del enfermo y no su muerte. Pero tampoco quisiera condenar a las personas que, por puro sentimiento de altruismo, realizan un gesto similar a pedido de una persona reducida a tal extremo, como tampoco a aquellos que en condiciones físicas y psíquicas desastrosas lo piden para sí mismos. Por otra parte, considero que es importante distinguir bien los actos que dan vida de aquellos que dan muerte. Estos últimos nunca pueden ser aprobados. Sobre este punto considero que debe siempre prevalecer aquel sentimiento profundo de confianza fundamental en la vida que, a pesar de todo, encuentra un sentido en cada momento de la existencia humana, un sentido que ninguna circunstancia por adversa que sea puede destruir. Sin embargo, sé que pueden venir las tentaciones de desesperación sobre el sentido de la vida y considerar el suicidio para sí o para otros, y por eso rezo en primer lugar por mí y después por los otros para que el Señor nos proteja a cada uno de nosotros de estas terribles pruebas. En todo caso, es importantísimo estar cerca de los enfermos graves, sobre todo en estado terminal, y hacerles sentir que se los quiere y que su existencia tiene, sin embargo, un gran valor y está abierta a una gran esperanza. En esto también el médico tiene una importante misión.

 

Prolongación de la vida e interrupción del tratamiento

 

— Marino: Relacionado con este tema está el encarnizamiento terapéutico. La tecnología actual es capaz de mantener con vida a enfermos que hasta hace pocos años ni siquiera eran llevados a la sala de reanimación. El progreso científico también permite prolongar artificialmente la vida de una persona que ha perdido toda esperanza de recuperar condiciones de salud aceptables. Por esto parece urgente afrontar el problema de la interrupción de las terapias.

Cada forma de ensañamiento terapéutico debería evitarse porque se opone al respeto de la dignidad humana.

Para la Iglesia, la suspensión de las terapias es considerada como aceptación de un hecho natural, un no encarnizarse más. El Catecismo de la Iglesia Católica dice: ‘La interrupción de procedimientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados respecto a los resultados esperados puede ser legítima. En tal caso se tiene la renuncia al ensañamiento terapéutico. No se quiere de esta manera procurar la muerte: se acepta no poder impedirla. Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si tiene la competencia y la capacidad, o, si no, por aquellos que tienen legalmente el derecho, respetando siempre la razonable voluntad y los intereses legítimos del paciente’.

Existen instrumentos legales, como el testamento biológico, que permiten al propio individuo indicar con precisión, y en un momento de tranquilidad emotiva, hasta qué punto desea aceptar el recurso a terapias extraordinarias. El testamento biológico representa un instrumento muy válido para ayudar al médico y a la familia a tomar la decisión final. Debería basarse en reglas flexibles y señalar también una persona de confianza en condiciones de interpretar la voluntad de ese individuo, teniendo en cuenta los posteriores progresos de la ciencia.

Muchos países lo han adoptado con buenos resultados. En Italia fue presentado un proyecto de ley al Senado hace mucho tiempo, pero todavía espera para ser discutido. ¿No sería el momento de comenzar una reflexión seria y compartida para introducir lo antes posible también en nuestro país una legislación acerca del fin de la vida, es decir, de uno de los momentos más importantes de nuestra existencia?

 

— Martini: El texto citado por usted del Catecismo de la Iglesia católica me parece suficiente al respecto. Si se quisiera legislar sobre este punto es, sin embargo, importante que no se introduzcan brechas para la eutanasia, de la que hemos hablado antes. Por esta razón tampoco estoy seguro sobre el instrumento del testamento biológico. No he estudiado el tema y no sabría dar un parecer decisivo. Sostengo con usted que una reflexión seria y compartida sobre el fin de la vida podría ser útil, siempre que sea justamente seria y compartida y no se preste a especulaciones partidarias y, sobre todo, no introduzca de alguna manera brechas ante aquella decisión sobre la propia muerte que repugna al sentido profundo del bien de la vida, como he dicho antes.

 

La ciencia y el sentido del límite

 

— Marino: Como conclusión, quisiera proponer una reflexión más general. El conocimiento, el progreso científico, el avance tecnológico crean extraordinarias oportunidades de crecimiento para nuestro planeta pero, al mismo tiempo, ponen en las manos de los investigadores y científicos un gran poder, ligado al hecho de que están en condiciones de intervenir en los mecanismos que regulan el inicio de la vida y de su fin.

La ciencia corre más veloz que el resto de la sociedad y que los parlamentos, encargados de fijar las reglas, pero la mayoría de las veces incapaces de intervenir oportunamente.

A mi modo de ver, se debería requerir con firmeza una asunción de responsabilidad a cada científico comprometido en un campo de investigación vinculado con la esencia de la vida, su creación y su fin. Dejando intacto que la evaluación racional es indispensable, el arbitrio del investigador debería estar disciplinado también por el sentido de responsabilidad equilibrado por la evaluación de los riesgos y sus consecuencias.

No se trata de apelar a la fe o a la religión, sino de enfatizar la toma de conciencia por parte de cada científico. Esto no significa querer detener el progreso científico sino preservar y respetar nuestro bien más precioso, el de la vida.

La historia, sin embargo, nos enseña que apelar a la responsabilidad individual a veces no basta. Por eso, los científicos deben entregar toda información útil y al final deberán ser los parlamentos, o mejor, las instituciones supranacionales, las que fijen las reglas sobre la base del sentir común de los ciudadanos.

 

— Martini: Todos nos maravillamos y nos llenamos de estupor, y por tanto también de gratitud a Dios, por el formidable progreso científico y tecnológico de estos años que permite y permitirá siempre más y mejor proveer por la salud de la gente. Al mismo tiempo estamos conscientes, como usted dice, del gran poder depositado en las manos de investigadores y científicos y de la firme asunción de responsabilidad que les debe permitir investigar evaluando siempre los riesgos y las consecuencias de sus acciones. Estas acciones deben contribuir al bien de la vida y nunca a lo contrario. Por eso, deben también algunas veces saber detenerse y no sobrepasar el límite. Yo me inclino por cultivar la confianza en el sentido de responsabilidad de estos hombres y quisiera que tuvieran esa libertad de investigación y de propuestas que permite el avance de la ciencia y de la técnica, respetando al mismo tiempo los parámetros infranqueables de la dignidad de cada existencia humana. Sé también que no se puede detener el progreso científico, pero se lo puede ayudar a ser cada vez más responsable. Como usted dice, no se trata de apelar a la fe o a la religión, sino de enfatizar el sentido ético que cada uno tiene dentro de sí. Ciertamente, también leyes buenas y oportunas pueden ayudar, pero como usted afirma, la ciencia corre hoy más veloz que los parlamentos. Se exige, por tanto, un ‘sobresalto’ de conciencia y una más que buena voluntad para hacer así que el hombre no devore al hombre, sino que lo sirva y lo promueva. También las instituciones supranacionales deben tomar conciencia del peligro que todos corremos y de la necesidad de intervenciones oportunas y responsables. En esta materia se necesita que cada uno haga su parte: los científicos, los técnicos, las universidades y los centros de investigación, los políticos, los gobiernos y los parlamentos, la opinión pública y también las iglesias.

En lo que concierne a la Iglesia católica, querría subrayar sobre todo su tarea formativa. Ella está llamada a formar las conciencias, a enseñar el discernimiento de lo mejor en cada ocasión, o entregar las motivaciones profundas para las acciones buenas. Desde mi punto de vista no servirán tanto las prohibiciones y los no, sobre todo si son prematuros; aunque algunas veces sea necesario saber decirlos. Pero servirá sobre todo una formación de la mente y del corazón para respetar, amar y servir la dignidad de la persona en todas sus manifestaciones, con la certeza de que cada ser humano está destinado a participar de la plenitud de la vida divina y que esto puede requerir también sacrificios y renuncias. No se trata de oscilar entre rigorismo y laxismo, sino de entregar las motivaciones espirituales que induzcan a amar al prójimo como a sí mismo, es más, como Dios nos ha amado, y también a respetar y a amar nuestro cuerpo. Como afirma san Pablo, el cuerpo es para el Señor y el Señor es para el cuerpo. Nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que habita en nosotros y que recibimos de Dios: por eso no nos pertenecemos a nosotros mismos y somos llamados a glorificar a Dios en nuestro cuerpo, es decir, en la totalidad de nuestra existencia en esta tierra (cfr. 1 Cor 6, 13.19-20).

Nº 2317 » Julio 2006

Defensa Nacional: cuestión abierta

por Editorial · 1 Comentario 

Entre las cuestiones debatidas en el período previo a las elecciones de 1983 figuraban en lugar destacado: la organización y renovación interna de los partidos políticos y su forma de representación, particularmente en el peronismo, dado su carácter de fuerza política preponderante; la reinserción de la Argentina en el contexto internacional; la definición de un proyecto de economía que garantizara el crecimiento sostenido con incorporación de mano de obra al mercado laboral; y, finalmente, la cuestión militar. En cada una de esas áreas, las vicisitudes sufridas durante los casi veinticinco años transcurridos revelan la profundidad de la crisis argentina y la magnitud del esfuerzo requerido para intentar resolverlas y afirmar la búsqueda del horizonte democrático.

 

En 1983 era claro que la cuestión militar suponía asimilar las secuelas del gobierno del Proceso tanto en lo referido a la metodología de represión interna como a la guerra en el Atlántico sur. Y también el marco que esa experiencia planteaba: la superación de la arrogancia corporativa, la aceptación y sumisión al poder político legítimo, la recuperación del profesionalismo en el contexto de un concepto de defensa actualizado y la reconciliación con la sociedad civil a la cual las Fuerzas Armadas deben servir y no mandar. La cuestión militar abarcaba, pues, tanto las relaciones internacionales cuanto la seguridad interna.

 

La revisión del terrorismo de Estado protagonizado por las Fuerzas Armadas enturbia la adecuada discusión acerca de la política de defensa. El juicio a los integrantes de las Juntas militares que culminó con su condena no cerró el tema, como era voluntad del presidente Raúl Alfonsín. El posible enjuiciamiento a los mandos inferiores llevó a la rebelión “carapintada” de Semana Santa en 1987. Las leyes de obediencia debida y de punto final buscaron entonces acotar el alcance temporal y jerárquico de dichos juicios, dejados sin efecto por recientes fallos de la Corte Suprema. Luego llegaron los indultos del presidente Carlos Menem, también hoy sujetos a cuestionamiento judicial; la expresión pública por parte de los jefes de las tres fuerzas de un mea culpa institucional por lo actuado durante los “años de plomo”; y más allá de expresiones muy limitadas y de escaso eco en la ciudadanía, la aparente desaparición de la arrogancia corporativa y de la pretensión de condicionar las decisiones del poder político.

 

1988, 1992, 2006

 

Paralelamente al juicio sobre el pasado, era y es necesaria una política de defensa adecuada a los nuevos tiempos. Con ese objetivo, en abril de 1988 el Congreso sancionó, con amplio acuerdo, la ley 23.554 que fija las bases jurídicas y funcionales para el ejercicio de la llamada Defensa Nacional. En enero de 1992 fue complementada por la ley 25.049 de Seguridad Interior.

 

Durante el gobierno de Carlos Menem se dio favorable impulso a la participación de las Fuerzas Armadas en misiones de paz en el exterior, que hoy continúa, entre otras intervenciones, en Bosnia, Chipre y Haití. Pero simultáneamente se fueron desmantelando no sólo viejas estructuras de poder sino la misma capacidad operativa de las Fuerzas Armadas. Un presupuesto militar cada vez más exiguo hizo que ya desde 2003 éstas se encontraran sin equipamiento adecuado, sin reservas de personal ni capacidad de movilización, con muy limitada participación en poquísimas empresas nacionales vinculadas a la industria militar, con bajos salarios y, salvo los liceos militares, con escasa inserción en otras actividades compartidas con la sociedad civil.

 

Quedaba pendiente la reglamentación de la ley 23.554 de Defensa Nacional, o acaso su actualización, teniendo en cuenta los cambios sustanciales del panorama geopolítico mundial y regional desde 1989. La actualización hubiera sido una buena oportunidad para definir una política de Estado plural, para usar el término mencionado por el presidente Néstor Kirchner pocas semanas atrás. Y en un gesto que desaprovecha la oportunidad de integración necesaria en estos tiempos, el Poder Ejecutivo reglamentó la ley mediante el decreto 727/2006, que parece guiado por una perspectiva cuanto menos parcial.

 

Seguridad interior y defensa exterior

 

Si bien el proyecto original, nacido de la penosa experiencia de los gobiernos militares, fue plantear una neta distinción entre las nociones de seguridad interior y defensa exterior, el decreto resultante diluye el objetivo inicial y, en cambio, acentúa definiciones que parecen atender más a la defensa del poder político contra eventuales desbordes castrenses que a la defensa de la nación contra agresiones que se buscaría controlar.

 

En efecto, cuando el decreto afirma que “el sistema de defensa debe orientarse estructural y organizativamente hacia la conjuración de situaciones de agresión externa perpetradas por fuerzas armadas de otro Estado,… dejando fuera de la órbita del mismo… todas aquellas concepciones que procuran extender y/o ampliar la utilización del instrumento militar hacia funciones totalmente ajenas a la defensa, usualmente conocidas bajo la denominación nuevas amenazas” autolimita prematura e innecesariamente la autonomía del poder político, porque excluye posibles agresiones provenientes de actores externos no estatales, que excedan la capacidad de los agentes previstos por las leyes de Seguridad Interior y de Reestructuración de las Fuerzas Armadas, actualmente vigentes. Asimismo, deja en posición riesgosamente indefinida las funciones de inteligencia exterior sobre amenazas no estatales –hasta ahora a cargo de las Fuerzas Armadas–, que pasarían a la órbita de otras “agencias del Estado organizadas y preparadas a tal efecto”. La vaguedad de esta asignación en una función tan sensible tendería a debilitar antes que a fortalecer las tareas de prevención e inteligencia en un país que ha sufrido en los últimos quince años dos atentados de extrema gravedad y relevancia internacional. En este sentido debe diferenciarse claramente la persecución ideológica de los que habitan el territorio, de la necesaria función de inteligencia exterior.

 

La formulación escogida es tan taxativa que impide al poder político atender situaciones como las surgidas después de la firma de la Carta de las Naciones Unidas, y que el Consejo de Seguridad ha debido resolver en los últimos años. Sobre el particular, es interesante observar que de los más de veinte conflictos violentos actualmente reconocidos en el mundo sólo tres de ellos enfrentan a Estados. El resto, en su mayoría, son también de enemigos externos pero que tercerizan su intervención con organizaciones subestatales y con aliados internos que sostienen el conflicto. El decreto no solamente ignora fenómenos como el terrorismo internacional o el poder trasnacional del narcotráfico, sino que se retrotrae a épocas anteriores a la caída del muro de Berlín, época en que fue dictada la ley que tardíamente se reglamenta.

 

No se advierte si se tuvieron en cuenta determinados procesos de cambio, algunos obvios y otros no tanto, operados en las fuerzas militares del mundo a comienzos del siglo XXI, e incluso en las de nuestros vecinos.

 

Así es como países de probada tradición democrática prevén el empleo de las Fuerzas Armadas como auxiliares de las fuerzas de seguridad interior, cuando éstas son superadas por los acontecimientos. Brasil ha empleado sus Fuerzas Armadas en Río de Janeiro y habría desplazado recientemente hacia el sur efectivos militares estacionados en el noreste, entre otras razones, en prevención de eventuales disturbios en el área urbana de San Pablo. La renuncia a priori al uso de los recursos militares dentro de las fronteras, por parte de autoridades legítimas, parece más una concesión ideológica que una utilización razonable de los recursos disponibles.

 

Si la base de la paz es la confianza recíproca, es auspicioso que en el decreto se propicie proyectar un Sistema de Defensa integrado con nuestros vecinos en la subregión. Sin embargo, ello supone alguna suerte de coordinación de objetivos y metodologías, hoy ausente. Sin que esto signifique alentar un aumento desproporcionado del gasto en armamento militar, cabe señalar que la inversión anual argentina en equipamiento de defensa es el 10% de la brasileña y sólo el 7% de la chilena, por citar dos ejemplos. Tal nivel de inversión no solamente sería insuficiente para modernizar equipos totalmente obsoletos, sino incluso para mantenerlos mínimamente operativos.

 

Eficacia y eficiencia

 

El decreto dispone la constitución del Consejo de Defensa Nacional como principal instancia de asesoramiento al Poder Ejecutivo en la materia, y designa al Ministerio de Defensa como órgano de trabajo permanente de dicho Consejo. Además, atribuye la responsabilidad del planeamiento estratégico militar y la conducción en tiempos de paz de todos los medios militares –bajo control funcional– al Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, reservando a las distintas fuerzas la administración de los recursos disponibles. A él se subordinan los Estados Mayores de las fuerzas. Esta definición recoge experiencias de países como Alemania, España y Canadá con el objetivo declarado de unificar el comando y hacer más eficiente la operación conjunta. Se trata, además, de un reclamo de las mismas Fuerzas Armadas desde la triste experiencia de Malvinas; sin embargo, cuando se habla de constituir un sistema de defensa regional, con organizaciones que puedan interoperar, es necesario tener en cuenta que tanto Chile como Brasil no comparten este criterio, ya que carecen de Estados Mayores Conjuntos y mantienen una fuerte independencia entre las distintas fuerzas.

 

Lo importante en la materia es reconocer que en toda organización compleja, la eficacia y la eficiencia no dependen tanto del organigrama cuanto de los niveles operativos y la frecuencia del adiestramiento conjunto. Además, el modelo que se propone en el decreto tiende a concentrar facultades en la conducción política al disponer la competencia exclusiva del Ministerio de Defensa en la asignación y aun la modificación de partidas presupuestarias, así como en la determinación de condiciones y calificaciones para designar a los jefes del Estado Mayor Conjunto y los de las distintas fuerzas.

 

En cambio, ha quedado sin reglamentar un aspecto fundamental de la defensa, que es la constitución y organización de las reservas militares. Desde la supresión del servicio militar obligatorio y la reducción de los efectivos militares a cantidades mínimas (hoy el ejército tiene menos integrantes que la Policía Federal), la posibilidad de una convocatoria en caso de necesidad está fuertemente comprometida; sobre todo por la falta de períodos de instrucción o alistamiento que permitirían mantener razonablemente ágiles a las reservas.

 

Que el Presidente proclame en público que no teme a elementos de las Fuerzas Armadas de la República nada menos que en el acto del Día del Ejército alienta resentimientos hacia ellas en lugar de su plena integración al proceso democrático. Nuestras Fuerzas Armadas son hoy las de la Constitución, y sus integrantes, casi en su totalidad, no tuvieron participación alguna en los hechos de los años setenta. La cuestión militar, que mencionábamos al principio, no se reduce –mucho menos en el presente– a un tema de poder; es más propiamente una cuestión de Estado y, como tal, trasciende la visión partidaria y el ciclo temporal de un gobierno. El tono y los gestos elegidos para transmitir aquel mensaje dieron mayor densidad a lo expresado en el papel.

 

No somos especialistas militares. Sólo planteamos algunas cuestiones desde el punto de vista de ciudadanos que desconocen tanto la elaboración que precedió al decreto presidencial como la técnica legislativa aplicada para expresar en términos “enfáticos” una reglamentación que cayó de sorpresa, sin que sepamos de debates públicos en torno del tema central. La experiencia enseña que no es prudente dejar a los militares tratar solos la cuestión de la guerra y de la paz, como tampoco dejar en soledad a los economistas o a los politólogos para proponer análisis o recomendaciones en el campo de sus respectivas disciplinas, pero con alcances para la sociedad entera.

 

Solemos decir que el principal problema argentino se manifiesta en la fragmentación, que impide compartir un proyecto común, inclusivo y movilizador de toda la sociedad. Para ello es necesario evitar la imposición de visiones sectoriales y la focalización permanente en episodios del pasado, especialmente en aquellos que, por su complejidad, requieren una lectura responsable de los hechos históricos. La sociedad toda debe comprometerse con esta actitud, pero a sus representantes y dirigentes les corresponde dar el primer paso.

Nº 2317 » Julio 2006

En actitud de diálogo

por Poirier, José María · Comentar 

La vocación al diálogo, a la escucha del otro, anima la presente entrega de CRITERIO desde su mismo editorial, sobre una cuestión abierta en nuestro país: la Defensa.

 

 

El cardenal Carlo Maria Martini y el profesor Ignacio Marino, experto en bioética, mantienen un extenso “Diálogo sobre la vida” en el que abordan temas tales como fecundación asistida, aborto, células madre, adopciones, sida y eutanasia.

 

 

Sobre el lugar del estudio de las religiones, la fe y la práctica religiosa en la educación superior, la Universidad de San Andrés convocó el septiembre pasado a un grupo de pensadores, académicos y religiosos. La transcripción de esa jornada constituye el material del dossier que publicamos con el título “Religión y universidad”.

 

 

Para Eduardo Fidanza la praxis siempre doblegó a la teoría; y en el comienzo del siglo XXI, cuando una vez más advierte confirmada su opinión, intenta una lectura posible de la política.

 

 

Raquel Barros aborda a través de Zama el personal estilo de su autor, Antonio Di Benedetto. El mundo de Edgar Allan Poe se refleja en palabras de Rafael Squirru. Elsa Vulovic sugiere cómo promover el goce de la poesía.

 

 

Gerardo D. Ramos propone una aproximación cultural al mensaje del Código da Vinci.

 

 

Acerca del viaje de Benedicto XVI a Birkenau escribe Norberto Padilla. Y Maria Clara Lucchetti Bingemer ofrece una visión de la Iglesia en Brasil.

 

 

Completan este número las habituales secciones de Libros, Cine y Teatro.

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Revista Criterio