Revista Criterio
Septiembre 2006
Nº 2319 » Septiembre 2006

Septiembre

por Pasini, Delia · Comentar 

Nada es para siempre, dice, mirando las

grietas de la casa. Porque ella la había

pensado indestructible, como si sólo los

seres murieran con el tiempo.

La humedad cala las hechuras y esas manos,

ah, esas manos siempre taciturnas también

palpan los fragmentos desprendidos.

 

Comprende. Por desgracia sabe ver.

Algunos la pensarán suspicaz y otros malsana.

Si la grandeza se refleja en la mirada

los ojos verdes de la gata chispean de amor e

inteligencia. Brasa fría en la noche, arrebujada.

 

Trae el viento un aliento dulzón, incipiente y

tímido a flores preanunciadas. No la calma bochornosa

del verano, sino el bramido de la tierra en eclosión.

Aunque los tiempos deterioran el clima y las

           costumbres

todavía es posible sembrar y retoñarse.

 

Esos árboles jóvenes, otros los verán elevarse

hacia la luz. Si quedaran las voces, si quedara

la música, si quedaran las telas encendidas,

resumirían en un haz el milagro del génesis.

 

Por siempre renovado, en tanto alguien enseñe

a un niño a descifrar su nombre y el camino.

 

 

 


Delia Pasini (Buenos Aires) publicó además: Un decir se repite entre mujeres (Calidón, 1979), Los peces de ceniza (Sudamericana, 1984), Adiós en el original (Xul, 1985), Títere sin cabeza (Último Reino, 1991) y De artes y oficios (El Jabalí, 1997). Traductora de literatura inglesa, la autora dio a conocer este poema en su último libro, Parábola de ciegos (Paradiso, 2005). La obra, con prefacio, divide los poemas en tres capítulos o “cartas”. En sus versos, musicalidad, contemplación interior y paisaje campestre y ciudadano se entrelazan en una poesía exigente y elaborada.

 

Nº 2319 » Septiembre 2006

Fragmentos de un discurso amoroso

por Fidanza, Yolí · Comentar 

La obra de Yolí Fidanza merecería ocupar un lugar destacado en las letras argentinas más que sólo en nuestras bibliotecas. Es una obra poética vivificante y plena de hallazgos.

 

Los recursos que utiliza son eficaces: hacer como si la historia del amor fuese reciente, nacida de la poesía; y de la voz del poeta trovador, como un gran escribiente que tan sólo anota, sueña, entona, registra lo que acontece, pero no interviene en ella. Fidanza hace que el amor entre el hombre y la mujer hable por sí solo, como un recién nacido, como una voz nueva, pero indeleble.

 

La autora ha sabido encontrar la grandeza del amor cotidiano y minúsculo, la épica del amor tantas veces humillado y ofendido, con un estilo que ella misma define como estética de lo simple, poética vital y natural… algo así como la estética de la desnudez y de la simplicidad. Y a pesar de que dicha expresión tiene como finalidad una compensación ética (Yolí Fidanza no es una escritora posmoderna, sino que goza de una vitalidad moderna, modernista…) y comprende entonces que el sufrimiento por amor exige ser contado, no incurre por ello en el esperable realismo social.

 

La actualidad de cada uno de sus libros nos brinda, a través de la pregunta por el amor, también la pregunta por la divinidad y por el sentido del sufrimiento humano.

 

Fragmentos de Un discurso amoroso es la octava entrega lírica de Fidanza. Inspirada en el célebre ensayo de Roland Barthes, la autora agrega su peculiar mirada sobre el lenguaje del amor. Poemas breves, de métrica menor, que suponen una seria indagación en el insondable reino del sentimiento amoroso, y constituyen además una respuesta personalísima a la invitación que Barthes realiza en el prólogo de su ensayo: “Lo que se ha podido decir aquí de la espera, de la angustia, del recuerdo, no es más que un complemento modesto ofrecido al lector, para que se tome de él, le agregue, lo recorte y lo pase a otros”. El deseo expreso del autor francés ha sido el de convertir sus fragmentos en una cooperativa. Y Yolí Fidanza ha aceptado esta invitación y este desafío aparece desplegado en su finísimo libro.

 

La autora ofrece en este sentido cien poemas breves que aluden a las mil y una palabras que, a la manera de Sherezade, el lenguaje del amor convoca, motiva y no deja hilos sueltos a la hora de entender que hay que seguir contando, seguir hablando, para no morir en la materialidad que el mundo de hoy propone… (Cuenta ella… así empieza uno de los más bellos poemas de este libro).

 

Fidanza hace hincapié en la voz femenina que entrega y (se) entrega de lleno, ha entregado su corazón y ha sido presa de un deseo que llena de satisfacción al varón en su papel de figura dominante, de conquistador infalible, del cupido inexorable. Veamos ahora, las impresiones de él…

 

Cuenta él: como Odiseo

me alejé de Itaca.

Sin adiós ni promesa

preparé la partida.

Mi sino es navegar

No quiero anclar

en puertos de ternura.

 

Este incesante diálogo entre los enamorados va ascendiendo hasta que el libro cierra con un breve poema que todo lo resume:

 

yo – tú

palabra primordial

dicha por el ser entero

yo – tú

en busca del Tú eterno

Nº 2319 » Septiembre 2006

Franz Kafka

por Caputo-Mayr, Maria Luise - Herz, Julius Michael · Comentar 

La ingente recopilación bibliográfica realizada por M.L. Caputo-Mayr (quien preside la Kafka Society of America y dirige el correspondiente Journal) y J. M. Herz, ambos especialistas europeos de desempeño universitario en los Estados Unidos, ha sido concebida como una introducción para el estudio de Kafka y su obra. Este autor es sin duda un caso particular, si no único, porque a medida que pasa el tiempo más crece su presencia cultural en todo el mundo. Los datos recopilados, que aparecen ya en segunda edición revisada y ampliada, han necesitado tres volúmenes impresos que suman más de mil páginas: el primero registra las publicaciones de las obras de Kafka, según han ido apareciendo en el idioma original (alemán) y en las muchas lenguas a que han sido traducidas (de 1908 a 1997). Los volúmenes segundo y tercero corresponden a las dos partes en que se ha dividido el segundo tomo, que recoge las siempre crecientes publicaciones sobre Kafka y su obra.

 

Explican los autores de la bibliografía que no han pensado solamente en ofrecer una obra de consulta para los especialistas o investigadores; también han tenido en cuenta a los lectores, los vocacionalmente vinculados con el hombre y el escritor que ha producido semejante fenómeno bibliográfico. El carácter bilingüe (alemán-inglés) y comentado de la edición manifiesta tal voluntad de acercamiento a un público amplio. La importante “Introducción”, por ejemplo, que contiene “Observaciones sobre la influencia global de Franz Kafka”, está en los dos idiomas. Otras ayudas efectivas son la traducción de títulos de idiomas poco conocidos (hebreo, húngaro, japonés, etc.) y, sobre todo, los comentarios que ofrecen una información del contenido de los distintos trabajos. Las referencias de libros dedicados a Kafka son seguidas de reseñas bastante amplias, que aparecen en los dos idiomas y, además, remiten a recensiones que tuvieron en su momento.

 

 La producción del propio Kafka está agrupada en ediciones de obras completas, ediciones parciales o antologías y obras por separado: aparecen en orden cronológico y en cada apartado siguen a continuación las traducciones correspondientes, agrupadas según los idiomas. Los trabajos sobre Kafka se clasifican en publicaciones bibliográficas, volúmenes colecticios, artículos, tesis y libros… Es fundamental para la consulta un registro de temas y nombres, que se encuentra al final y destaca aspectos predominantes de la bibliografía.

 

Por supuesto que, en medio de este mar de datos, se reconoce pronto la vinculación de Kafka con la Argentina. Entre los nombres seleccionados para el registro está el de Borges, que no podía faltar. La primera edición de Obras completas traducidas a idiomas occidentales es la argentina, de 1960. En la introducción los mismos recopiladores hablan de un “primado” de los datos de lengua española (no se divide por países sino por idiomas), observan que en la sección de volúmenes hechos con selección de cuentos y textos de Kafka, el mayor número corresponde al alemán y con escasa diferencia siguen los de lengua española. En el fenómeno del Kafka global que exponen M.L. Caputo-Mayr y J.M. Herz, las letras hispanoamericanas tienen un papel protagónico, son en gran parte responsables de esta extraña invasión literaria difundida por doquiera.

Nº 2319 » Septiembre 2006

Hooligans

por · Comentar 

Apoyada en auténticos barrabravas como extras y la audacia de su propuesta estética se presenta la película de Nick Love, que revolucionó a la sociedad británica al retratar el origen (y por qué no, también el fin) de la violencia en la sociedad contemporánea, haciendo hincapié en lo más violento y problemático que generó la cultura del fútbol: las barrabravas.


Si bien la temática no es novedosa (entre nosotros Enrique Carreras se permitió, veinte años atrás, llevar por última vez a Tita Merello a la pantalla grande en Las barras bravas), lo que diferencia a Hooligans de otras películas es su tono por momentos nihilista o zumbón al analizar la violencia en la sociedad contemporánea. Allí donde no reina la desesperanza es posible una irreverente mirada a la construcción de un mundo por demás arbitrario.

 

 En sintonía con títulos como Kids, golpe a golpe del estadounidense Larry Clark o la renombrada Trainspotting, de su compatriota Danny Boyle, Nick Love traspone la novela de John King The football factory que narra la vida de Tommy Johnson, un joven británico dedicado a salidas de fin de semana, sexo casual, cerveza, drogas y todo lo que pueda servir como plataforma para lo que más ansía: dedicarse a dar golpes a la hinchada rival ante cada partido de su equipo, el Chelsea. Queda en el tintero, como una de las falencias del film, la aparente e imprecisa crisis que vive el protagonista y que Hooligans enuncia pero no explica.

 

Una de las características de toda tribu urbana, entendiéndola como un agrupamiento de la juventud de clases populares bajo códigos comunes, es la del progresivo acostumbramiento a la violencia como medio de expresión y, también, como una forma de “puesta en valor” de su presencia en el entorno. Sucede que en la sociedad de consumo contemporánea toda práctica que no esté ligada a parámetros económicos no es tenida en cuenta. Fabio Tropea, José Manuel Pérez Tornero y Pérez-Oriol Costa en su trabajo de análisis sobre las tribus urbanas* refieren que “al estar muy poco o nada ‘enganchados’ con la sociedad dominante, o sea, la sociedad de la productividad urbana (salvo el hecho básico de ser, en cierto modo y a pesar suyo, “hijos” de esa sociedad), ese tiempo se convierte en algo poco relevante y ordinario. Por eso los miembros de las tribus necesitan imaginar algo significativo, algo que supere la anomia que genera el anonimato”.
Cuando los hippies salieron a la luz con sus proclamas de amor libre y después los punks con sus pelos parados y sus graffiti de “no hay futuro”, nunca imaginaron que las políticas de libre mercado generarían una nueva tribu, la de aquellos que sin pleno empleo se dedicarían a enfrentarse a golpes en defensa de su club de fútbol asumiendo el protagonismo que la sociedad les niega.

 

 Más allá de la atractiva utilización de recursos técnicos y el abordaje de un debate tan interesante como actual, el problema de Hooligans es que no consigue unir las aspiraciones formales y deseos del realizador. A las posibilidades de establecer una “poética”, Love responde con la prueba de ensayo y error sin definirse por una propuesta clara ante una bien pensada narración y, mucho menos, se esfuerza por otorgarle unidad. Así las subtramas se dividen y presentan de manera alternada al amigo que consigue novia, al abuelo que sueña con partir a Australia y es veterano de la Segunda Guerra, al líder de los barrabravas y al que vive a su sombra junto a una galería de personajes secundarios que permiten que el ritmo de Hooligans no decaiga aunque el trasfondo de la historia poco importe y el fútbol, que quede claro, esté cada vez más ausente. Danny Dyer como el atribulado Tommy Johnson consigue otorgarle a su papel la versatilidad necesaria. Frank Harper como Billy Bright (histórico barrabrava aunque no líder) y Roland Manookian como un ladrón de poca monta y adolescente del grupo son de lo mejor del reparto, junto a los dos viejitos que tienen un capítulo tan simpático como inexplicable a modo de vodevil.

 

Donde sí acierta Hooligans es en el retrato “transitivo” de la violencia y en el medio de expresión, que significa para los sectores postergados de la sociedad la búsqueda, tan visceral como errada, de la resolución de conflictos. Una lástima que sólo quede en la capa superficial de tan interesante tema. Tal vez Hooligans, diario de un barrabrava sea otra víctima del signo de los tiempos y de su propia (por momentos didáctica y otras irónica) trampa.

Nº 2319 » Septiembre 2006

Volver, otra lectura

por · Comentar 

Volver, título que remite al tango de Gardel y Le Pera celebrado en el film, es también el retorno de Pedro Almodóvar que, con alta calidad y equilibrado elenco, deviene en la mejor obra de los últimos años del reconocido y galardonado cineasta.

 

Tres generaciones, obviamente desde el punto de vista femenino. Raimunda, casada con un obrero que es despedido y tiene una hija adolescente; Sole (hermana de Raimunda) que en la soledad más absoluta sobrevive como peluquera, y la madre de ambas. El pequeño detalle es que esta última está muerta hace años, aunque en el pueblo natal aseguran haberla visto.

 

Inteligente como casi todos sus films, Volver permite reencontrar al director audaz de la primera etapa. La principal diferencia con esos films es que aquí la construcción del relato es vanguardista aunque reposado y sin necesidad de la estilización post-franquista en busca de la provocación.

 

Pero lo que une a Volver con alguno de los últimos relatos de Almodóvar, y en particular con La mala educación, es el reflejo tan personal de su mundo y sus recuerdos. La madre muerta que vuelve al mundo de los vivos, pareciera la propia de Almodóvar. Al momento de su muerte, el cineasta expresó que una de las enseñanzas fundamentales en relación con su trabajo fue que su progenitora le mostró “la diferencia entre ficción y realidad, y cómo la realidad necesita de la ficción para ser completa, más agradable, más vivible”. No casualmente en Hable con ella se presenta al personaje de Benigno como un ser solitario tras la muerte de su madre. Su musa participó en varios títulos: ¿Qué hecho yo para merecer esto?, Mujeres al borde de un ataque de nervios, ¡Átame!, Kika, y falleció en 1999, después del estreno de Todo sobre mi madre. En los dos primeros títulos se cruzó con otra figura de esa inicial etapa, Carmen Maura, el rostro “almodovariano” también de Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), Entre tinieblas (1983) y Matador (1986). Maura es la madre muerta que vuelve al mundo de los vivos para buscar la reconciliación, el perdón y elípticamente presentar una reflexión sobre la naturaleza y el rechazo de la muerte en la sociedad contemporánea. Muy diferente de las vivencias de ese pueblito de su Mancha natal, que recuerda a los muertos desde la sensibilidad de sus habitantes y donde permanecen vivos hasta el final de los días sin estridencias pero sin olvidos.

 

Todo esto, en Volver está contado desde el punto de vista de Raimunda, personificada por Penélope Cruz, que sorprende con su versatilidad en el esplendor de su belleza y balancea la fuerza y fragilidad que exige su papel. Deberá vérselas sucesivamente con un marido abusador, la muerte de su tía, la hija adolescente, y con la aparición de esa madre que busca una segunda oportunidad.

 

Eficaz y contundente, aunque en contadas oportunidades el director utilice el trazo grueso. Una vuelta al mejor Almodóvar, a sus magnéticas mujeres y a la comedia que no se priva de la emoción y el melodrama.

Nº 2319 » Septiembre 2006

Volver

por · Comentar 

Un comienzo singularmente hispánico, dos escenas de lograda emoción, algunos guiños cinéfilos, un elenco destacado, y un final de esos que calzan justo y al mismo tiempo dejan ganas de seguir viendo lo que pasa, conforman la parte más sólida de esta nueva obra de Pedro Almodóvar, que para nosotros tiene un atractivo extra: una tocante versión del clásico tema de Gardel y Lepera, en la voz de Estrella Morente doblando a Penélope Cruz. Por cierto, los versos de Le Pera son tan buenos que soportan cualquier arreglo musical. Algo parecido sucede con esta película.

 

El comienzo es antológico, y muy original, con una multitud de mujeres grandes cantando aquello de “Las segadoras” que dice “Ay, ay, ay, ay,/ qué trabajo nos manda el Señor,/ levantarse y volverse a agachar”, mientras limpian las lápidas de sus familiares bajo el viento solano. Todo lo que le sigue va paulatinamente descendiendo a otros niveles de intensidad, e incluye varias permisividades morales típicas del autor, que ya poco nos espantan, y varias licencias argumentales, lo que nos inquieta un poco más, pero por suerte Almodóvar sigue teniendo una mano todavía única para llevarnos por donde quiere, envolvernos a su gusto y al nuestro, y dejarnos en el momento preciso, aun cuando esta vuelta no tenga la fluidez y la riqueza de reflexiones de Hable con ella, que fue su última obra mayor.

 

Ah, el argumento. Baste decir que es una historia de mujeres fuertes, unidas, luchadoras, una fábula de segundas oportunidades extrañamente concedidas, o un cuento manchego de aparecidos, todo eso a la vez, o en el orden que cada uno quiera. Decir algo más sería echar a perder la sorpresa (cosa que él mismo hace, promediando el relato).

Nº 2319 » Septiembre 2006

El exilio de San Martín. Una historia de ausencia

por · 7 Comentarios 

Se estrenó en la fecha adecuada, lástima que con muy reducido lanzamiento, este sentido e instructivo documental sobre los años de retiro casi absoluto del Padre de la Patria, y también de casi absoluto olvido público, cuando llegaron a borrar su nombre y disolver su regimiento. ¿Cómo pasó el general esa época? ¿Qué tentaciones, y qué consuelos tuvo?

 

El trabajo comienza en el sesquicentenario de su muerte, con el registro de la misa de granaderos en la Catedral, cumplida a puertas cerradas la medianoche del 16 de agosto del 2000, y el posterior desfile matutino encabezado por un mítico caballo blanco sin jinete. Un acto hermoso, que en su momento, injustamente, tuvo muy poca difusión. El asunto vuelve a la memoria cuando, casi al final, se recuerdan los grandes actos de repatriación impulsados por Mitre y Sarmiento, cuando el desfile fue encabezado por un anciano, el último granadero, el único que había podido sobrevivir a las guerras civiles en que los héroes se vieron envueltos al volver a las Provincias Unidas (ya en 1830, cuando San Martín trató de volver, sólo quedaban 126 de sus soldados).

 

Entre medio, el documental sigue los pasos del Libertador a través de Francia, Bélgica e Inglaterra, registra lugares y pinturas, representa situaciones hogareñas, reproduce sus dichos mediante la voz de Alfredo Alcón, intercala comentarios de varios investigadores argentinos y franceses (que destacan la altura moral de San Martín sobre Napoleón), y señala lo que fue la posterior “construcción del héroe”, no sólo para nuestros inmigrantes, sino para el mundo entero.

 

El relato apunta calumnias y usufructos, ayudas providenciales, diversos reconocimientos, compañías esperadas e inesperadas, enemistades históricas, singulares casualidades. Figuran también las opiniones favorables y desfavorables que San Martín expresó acerca de Bolívar y Rosas, sus cartas a los ministros europeos cuando el famoso bloqueo, y varios detalles familiares dignos de mención (por ejemplo, su segunda nieta fue condecorada por su labor humanitaria durante la Primera Guerra Mundial). En suma, un trabajo expuesto con mucha dedicación, recomendable para toda persona interesada en nuestra historia y en el carácter de estas tierras. Para ganarse al público escolar, hoy atrapado por otro tipo de gestas, y de gestiones, le faltaría, en cambio, cierto dinamismo.

Nº 2319 » Septiembre 2006

Las manos

por · Comentar 

Un cura sanador bastante polémico en su época, el padre José Mario Pantaleo, cuya obra permanece aún vigente en González Catán, es el eje de esta película irregular, con varios saltos narrativos, y discutible, pero bien sostenida por lo atrapante del personaje, la buena ambientación y la muy buena interpretación de Jorge Marrale, componiendo un curita parroquial hermosamente apasionado y campechano, en la tradición de los que hicieron Enrique Muiño en El cura gaucho y Ángel Magaña en El cura Lorenzo.

 

La diferencia es que este padre, aunque querido por su comunidad, sufre la desconfianza de sus superiores, y, más aún, la desconfianza en sí mismo.

 

El asunto es complejo, y además la película quiere tocar demasiados temas (acaso hubiera sido mejor una miniserie). Entre ellos, mencionados hábilmente, incluso con sentido del humor y diálogos punzantes, figuran cuestiones de disciplina eclesial, suicidio, espionaje interno, celibato sacerdotal, relaciones políticas, diferencia e integración entre los estudios de seminario y los de la universidad pública, sospechas y ayudas mutuas entre salud pública y religión popular, ecumenismo, diferencia de grados entre compasión y compromiso, y, por supuesto, la retracción de obispos y teólogos frente al misterio de la sanación.

 

De hecho, un tema sobrevuela todos los demás: es la conciencia de la responsabilidad de quien puede ayudar a los otros, y se siente obligado a hacerlo contra viento y marea, algo que Doria ya expresó con gran fuerza en la recordada Darse cuenta. No por nada este film se titula Las manos, y su música retoma varias veces los acordes de un viejo tema llamado “La orilla blanca, la orilla negra”.

Nº 2319 » Septiembre 2006

Una cuestión de vida o muerte

por , Documento · Comentar 

A los hermanos que creen en Dios y a todos los hombres de buena voluntad:

 

Como pastores de la Iglesia, les escribimos con la preocupación y la esperanza del amor que les debemos.

 

Hace pocos días una señora se presentó a un sacerdote con una hija discapacitada y con profunda alegría le dijo: “Gracias, padre, hace unos años usted me ayudó a ver claro. Yo estuve a punto de abortar ante la evidencia de las malformaciones de mi hija cuando estaba en mi vientre. Usted me ayudó a no hacerlo. Hoy esta hija es la que da sentido a mi vida. Aun con su discapacidad es la alegría de nuestra familia”.

 

Nuestra experiencia eclesial puede mostrar miles de situaciones como ésta. ¿Cuál fue el móvil de ese sacerdote al ayudar a esa mujer? ¿Cuál es nuestro móvil al dirigirnos a las autoridades, a nuestros representantes y a todo el pueblo tratando de apostar por la vida e impedir la legalización del aborto? Créannos: sólo nos mueve el profundo amor de Dios por todos nosotros. Sólo nos mueve el deseo de valorar cada una de las vidas que se engendran y que ya son un ser constituido en el vientre de la madre.

 

Todos apreciamos lo que hizo la Madre Teresa por cada uno de esos seres débiles, olvidados de la sociedad, excluidos, moribundos en las calles. Esa mujer, de quien nadie puede dudar que sólo era impulsada por el amor, puso tanto empeño en ocuparse de los moribundos como en impedir que las madres cayeran en el gravísimo error de abortar a sus hijos.

 

Muchas veces se nos quiere hacer aparecer como retrógrados o fundamentalistas ante el tema del aborto. Se acepta y valora el trabajo de la Iglesia en favor de los pobres, pero se nos descalifica cuando defendemos el derecho a la vida. ¿Qué nos pasa como sociedad? Toda la tradición judeocristiana basada en los mandamientos de la Ley de Dios por miles de años consideró que el aborto es un crimen. ¿Qué luces ha recibido esta nueva cultura, qué revelaciones se nos han manifestado para descubrir que lo que siempre fue un mal tan grande hoy ya no lo es? También en otros tiempos hubo abortos, pero siempre se consideró que era un mal a desterrar. Las culturas cambian, pero los fundamentos esenciales de las personas permanecen. La Ley de Dios y el sentido común nos han enseñado que la vida es un gran bien que debemos preservar desde el momento que comienza.

 

Seguramente muchos de ustedes han visto la película en la que se ha filmado un aborto (El grito silencioso). La técnica nos permite apreciar que no hay ninguna diferencia entre destrozar el cráneo de esa pequeña criatura ya gestada o cometer el homicidio de un niño que camina por la calle.

 

En nuestros días se ha reavivado la polémica sobre la despenalización del aborto con motivo de situaciones muy dolorosas que afectan la vida de una joven discapacitada y de un ser inocente por nacer. Lo trágico de esta situación no puede hacernos olvidar que podemos asesinar a un inocente.

 

Esta polémica no es una discusión más entre tantas. Es una cuestión de fondo. Nunca, como en este caso, puede decirse que es una cuestión de vida o muerte. Tan es así, que involucra a todos los ciudadanos de cualquier credo o condición social. ¿Cuál será la opción de los argentinos? Cada uno en su conciencia debe discernir si quiere una sociedad que respete la vida de todos los seres engendrados. Los que creemos en Dios debemos darle ante todo a Él la propia respuesta. A los que no creen, los invitamos a que consideren qué les dice el sentido común frente a un ser ya engendrado que es verdadero sujeto de derechos humanos. A todos les pedimos, es más, les rogamos asumir este tema con la seriedad que se merece.

 

Los cristianos, como nos enseña San Pablo, no entristezcamos a Dios: no sembremos la cultura de la muerte en nuestra sociedad. Por el contrario, sembremos la esperanza y la alegría que provienen del amor de Dios por sus criaturas. Así nos lo enseñó Jesús, quien pidió al Padre que no se pierda ninguno de los hermanos.

 

María, que en Belén alumbró al Hijo de Dios, nos ayude a optar siempre por la vida.

Nº 2319 » Septiembre 2006

La gloria y la justicia

por Bosca, Roberto · Comentar 

En los años previos al Concilio, durante el pontificado de Pío XII, en los que John Courtney Murray formuló sus planteos sobre la libertad religiosa, todavía no había madurado en los ambientes teológicos una percepción clara sobre las relaciones entre las jurisdicciones espiritual y temporal.

 

La Iglesia había unido a su mirada pesimista sobre la libertad – plenamente justificada por la raíz iluminista que oscurecía su florecimiento– un rancio clericalismo.

 

Lo espiritual y lo temporal

 

Las diversas interpretaciones históricas del llamado dualismo cristiano, inspiradas todas en el “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, habían cristalizado en un modelo idealizado de la “cristiandad” que después de la ruptura de la unidad de la fe quedó traducida en la figura del Estado confesional, la teoría del poder indirecto y la doctrina de la tolerancia.

 

Si bien las condiciones propias del devenir de la historia explican las opiniones teológicas, ese andamiaje conceptual se había mostrado insuficiente para adecuarse a las nuevas realidades de una secularizada modernidad, en especial a los reconocimientos de derechos proclamados por las distintas declaraciones internacionales y constituciones nacionales. De otra parte, la nueva realidad de los derechos fundamentales del ciudadano encontraría su correlato religioso en los derechos fundamentales del fiel, que constituye aún hoy un núcleo insuficientemente desarrollado en la conciencia jurídica de la Iglesia católica.

 

 El mismo Jacques Maritain (1882-1973), como otros precursores del Concilio, había sido mirado con reservas por algunos espíritus de trocha angosta, al pretender reivindicar un ámbito de libertad de los laicos en su actuación temporal. Fue también el caso de John Courtney Murray, para quien la libertad religiosa debía ser magisterialmente reconocida como un derecho fundamental de la persona civilmente sancionado por los ordenamientos jurídicos de las comunidades políticas, y no ser considerada teológicamente como un privilegio de los católicos, que ellos otorgaban pragmáticamente a los que no profesaban la verdadera fe, bajo la forma de una mera concesión en virtud de las circunstancias.

 

No hay que creer que se trata de un dato pretérito. Esta mentalidad que cede a la tentación del viejo vicio del clericalismo, se mantiene aún presente como un difuso sentimiento nostálgico de un pasado de poder temporal. El mérito del teólogo norteamericano consistiría en desclericalizar el ámbito secular, reduciendo lo religioso a su justa atribución espiritual.

 

El hombre y su circunstancia

 

El andamiaje teológico tradicional, al cual el teólogo jesuita consideraría inadecuado, se había constituido en los últimos siglos como una fortaleza sobre el triple supuesto de las siguientes estructuras conceptuales: 1) Extra Ecclesia nulla salus (fuera de la Iglesia no hay salvación), que articulaba un monopolio exclusivista desconocedor de cualquier legitimidad al resto de las religiones, 2) el error no tiene derechos, que inhibía moralmente la legitimación de un reconocimiento jurídico a cualquier realidad moral y religiosa fuera de la ortodoxia católica, y 3) tesis-hipótesis: a partir de la premisa anterior distinguía entre el modelo ideal y lo que cabía tolerar cuando no se daban las condiciones ideales en la realidad social. Postulaba el Estado confesional sin libertad religiosa de los ciudadanos no católicos, entendida como una “libertad de perdición”. Finalmente, y ante la imposibilidad de aplicar el esquema confesional en la mayoría de los países, sostenía la reivindicación de derechos civiles en materia religiosa para los católicos en minoría.

 

John Courtney Murray sería el hombre providencialmente llamado a desarmar esa artillería mediante un nuevo enfoque que superaba la doctrina tradicional sin contradecirla, al producir un completo cambio de perspectiva. Ese cambio se articularía en dos fases: trasladando el eje del ámbito teológico al jurídico y, al mismo tiempo, reemplazando la visión antigua de una relación de poderes por la actual, centrada en la persona.

 

Un paso significativo que preanunciaba la declaración conciliar había podido advertirse dos años antes, ya en plena realización del Concilio, en el antecedente de Pacem in terris, de Juan XXIII, que preparó el clima adecuado para el cambio. El influjo del Papa supondría un vuelco fundamental en la cuestión al abrir un camino que tendría su punto de llegada en Dignitatis humanae.

 

Siguiendo esta dirección, la labor de Murray estaría inspirada en un sano realismo despojado de las construcciones heredadas de la escolástica tardía, propias del entonces llamado Derecho Público Eclesiástico, y buscaba reconducir lo secular y lo sagrado a sus carriles propios, evitando al mismo tiempo la acusación de “doble regla” dirigida al arcaico criterio entonces imperante.

 

Al realizar esta tan compleja como delicada operación, el teólogo sufrió explicables incomprensiones, pero su intuición se vio finalmente premiada cuando el soplo del Espíritu guió las decisiones de la asamblea conciliar hacia los nuevos horizontes de la libertad. Por este motivo, Murray, quien mantuvo un diálogo intelectual con filósofos políticos de la talla de John Rawls (1921-2002), puede ser considerado el teólogo cuyo pensamiento más ha influido en el giro copernicano representado por la declaración del Concilio sobre libertad religiosa.

 

El cambio de dirección no ha de llevar a pensar que Murray hubiera incurrido en un relativismo o en un indiferentismo religioso luego supuestamente canonizado por el decreto conciliar. Esta ha sido la equivocada interpretación del lefebvrismo, que adjudica al Concilio haber hecho suya la concepción filosófica del liberalismo de matriz racionalista como doctrina de la Iglesia.

 

Según quedó estampado en el comienzo mismo de la declaración, la nueva perspectiva de Dignitatis humanae no conmovía la doctrina tradicional opuesta al racionalismo naturalista sobre el deber moral de buscar la verdad y adherir a ella, así como la autenticidad de proclamar a la Iglesia católica portadora del legítimo legado de Jesucristo, reconociendo al mismo tiempo que la verdad no se agota en la Iglesia, sino que –en expresión de Pío XII– las “semillas del Verbo” están presentes en otras realidades religiosas.

 

La nueva visión que privilegiaba la libertad y la consideración de lo jurídico no debe leerse tampoco como un desmerecimiento de la dimensión teológica. Esta visión no desacredita sino que complementa la consideración de la Iglesia como una realidad carismática y como tal esencialmente sobrenatural, a la manera de la figura del “cuerpo místico de Cristo”, de la de “Pueblo de Dios” e incluso de la de “comunión”.

 

La labor conciliar

 

El teólogo jesuita fue invitado a instancias de los obispos norteamericanos a participar en la segunda sesión del Concilio, integrándose en la comisión de trabajo respectiva. En su designación fue decisiva la intervención del cardenal Spellman, arzobispo de New York. Una minoría integrada por obispos españoles e italianos y liderada por el cardenal Ottaviani había impedido la aprobación del texto preparado como declaración. Murray, considerado hoy el teólogo norteamericano más destacado del siglo XX, estaba llamado a tener un papel decisivo en revertir ese panorama.

 

Sin desmerecer la necesaria referencia sobrenatural, y sin desconocer que una declaración conciliar excede largamente la dimensión de un hombre y hasta de un grupo, puede decirse sin embargo que Murray fue el autor intelectual de Dignitatis humanae, en cuanto sus planteamientos sobre la necesidad de brindar una nueva perspectiva de las relaciones entre lo religioso y lo político, desde el punto de mira de la dignidad de la persona humana y sus derechos fundamentales, fueron oportunamente recogidos en el importante documento. Como sucedió con otros teólogos mirados con reticencias debido a sus ideas reformistas, John Courtney Murray terminó siendo el arquitecto de las nuevas enseñanzas conciliares. A Dios la gloria y justicia a los hombres.

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