Octubre 2006
¿Por qué a mí? El misterio del dolor y la justicia de Dios
Este nuevo libro del padre Grün -de quien ya reseñáramos Para experimentar a Dios, abre tus sentidos- encara, de forma sencilla e instructiva, una de las cuestiones más radicales y extremas que enfrenta todo ser humano: el problema del sufrimiento. Todos en algún momento experimentamos la pérdida y la desorientación que conlleva: la ausencia de un padre, la de un familiar o amigo enfermo, las temidas pero esperadas pérdidas que nos abren a otros caminos de la existencia. O incluso aquellas pérdidas que no obedecen a ninguna expectativa: la de un hijo o la de la pareja, y la de la propia salud.
Ante estas situaciones -o las que producen las catástrofes naturales como el tsunami del año 2004- la pregunta central es siempre: ¿por qué Dios permite el sufrimiento? Por qué -si soy creyente, llevo una vida sana y equilibrada, practico mi religión, participo de la vida de la Iglesia- Dios destruye todo aquello que he construido permitiendo que me enferme o quitándome de un plumazo la vida de un ser querido en un accidente de tránsito. ¿Acaso Dios es injusto? ¿Existe Dios?
Grün ya ha demostrado que no es sólo un teólogo sino también un hábil y práctico asistente espiritual que ofrece todo su bagaje para tender una mano en esos momentos donde la oscuridad abruma y nos sentimos fuera del manto de ese Dios al que siempre tendemos a identificar como protector y compasivo. No sólo su experiencia se basa en los cientos de casos que ha asistido y acompañado, sino en las lecturas bíblicas y de distintos teólogos.
Grün sabe que las experiencias de los demás no pueden anular el sufrimiento personal ni aliviar el dolor, pero también sabe que permiten mirar la situación con otros ojos, a pensar y a crear una distancia que ayude a mitigar el dolor. Considera que únicamente si comprendo mi vida podré ayudarme y soportar el dolor.
El autor de este vivificante libro cita al teólogo Karl Rahner que ve como única respuesta a la pregunta por el sufrimiento que no existe otra luz bienaventurada que ilumine los oscuros abismos del sufrimiento más que el mismo Dios. Y a Él sólo lo encontramos si benévolentemente decimos sí a la incomprensibilidad de Dios, sin la cual él no sería Dios. Sin embargo, para Grün, Dios es tan incomprensible como el sufrimiento. Esto es esencial para dejar de preguntarse por qué Dios permite el sufrimiento.
Otro aspecto del libro, considerado a través de la lectura de diversas páginas bíblicas, se relaciona con el hecho de dar sentido al sufrimiento. Grün sugiere en primera instancia soportarlo, ya que nos lleva hacia lo más íntimo de nuestra alma. Pero en una segunda instancia, se debe encontrar sentido a tanto sinsentido. Como ejemplo nos brinda la autobiografía del psicólogo Viktor E. Frankl, que padeció el encierro y el maltrato en los campos de concentración nazi. Afirma que debemos ofrendar el sufrimiento a los demás, debemos soportarlo por los demás, debemos resistir el sufrimiento con dignidad y amor, y convertirnos así en un modelo de esperanza y confianza para los otros. Con el sufrimiento soportado con dignidad creamos un valor que permanece indeleble y de por vida.
Otra cuestión que no es soslayada por el autor es la utilidad del sufrimiento, con sus potencialidades de aprendizaje y maduración para quien debe cargar con él. Jung decía, como se encarga de citar Grün, que cualquier solución real a un conflicto sólo será hallada a través de un sufrimiento intenso. ¿Cuál es el sentido que encuentra Jung en el sufrimiento? El de vincular los opuestos dentro del hombre y elevarlo a un estado de conciencia superior.
Los capítulos finales están dedicados a dar cuenta, con generosos ejemplos, de cómo ayudar a enfrentar la adversidad, propia y la del prójimo. Es aquí donde la experiencia práctica del benedictino se transforma en un útil bastón para ayudarnos a caminar y dar respuestas a las inquietudes propias como a las de nuestros hijos adolescentes que muchas veces intentan escapar del sufrimiento a través de estímulos artificiales que operan como distracciones o de nuestros padres, tal vez golpeados por el sinsentido de la pérdida y la perplejidad abruptas.
El padre Grün no sólo nos ayuda a andar, intenta también que comprendamos lo que pasa y lo que nos pasa, y eso no es poca cosa, claro está, en estos confusos tiempos que corren.
Paradojas
Cuando un ministro del Ejecutivo dice lo que la jerarquía católica debe hacer o no en la Iglesia, y cuando obispos y sacerdotes le señalan al gobierno lo que está bien y lo que está mal en sus decisiones políticas, algo se ha descarrilado en la Argentina. No es la primera vez que pasa y, probablemente, tampoco será la última. Entre nosotros siempre hubo algo de política en la religión y algo de religión en la política. Clérigos y militantes peronistas conocen el tema.
Pero separemos los tantos. Si el asunto que nos ocupa es el proyecto de reelección indefinida en Misiones, no caben dudas de que la iniciativa no es buena para la salud de las instituciones republicanas. No discutimos cuestiones teóricas sino prácticas y de contexto. Nos preocupan las maniobras que supeditan la ley a los intereses personales y dan lugar al clientelismo y a la perpetuación prebendaria.
Pero, de todas maneras, conviene recordar el sano principio que respeta la autonomía de lo religioso y la de lo político sin entreveros. En todo caso, Joaquín Piña no actuaría en cuanto obispo sino como ciudadano referente solicitado por muchos ante la firme sospecha de fraudes y presiones.
Otro problema sería el de los voceros que dicen más de lo que debieran, o dicen lo que no hay que decir.
El presidente Néstor Kirchner es hombre de arrebatos y polémicas, al menos esa es la imagen pública que trasmite. ¿Se trata sólo de una imagen fabricada por la hábil estrategia de un pragmático? Por su parte, el silencio del cardenal Jorge Bergoglio parece aumentar el poder que le otorga el imaginario social. Ojalá baje el tono de las polémicas y todos nos llamemos a la calma y al diálogo constructivo y responsable.
* * *
Este número, renovado en su presentación gráfica, dedica el editorial y dos comentarios el de un católico y el de un islámico al debate en torno del discurso de Joseph Ratzinger en la Universidad de Regensburg. Sigue el texto completo de esa alocución.
En el campo internacional: el programa nuclear de Irán, gasoducto y política en Rusia. En lo cultural, una reflexión sobre El ciudadano, mítico film de Orson Welles; y un detenido estudio de la obra del escritor contemporáneo francés Michel Houellebecq, uno de los autores más en boga. Dentro de la temática religiosa, el coloquio entre el belga Antoine Vergote y el español Antonio Vázquez sobre la psicología en ese campo como ciencia.
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Sugiero a nuestros suscriptores leer con atención la carta que acompaña a esta entrega y que da cuenta de la Fundación Criterio como instrumento de la nueva estrategia de difusión de la revista en ámbitos académicos, políticos, religiosos y de opinión pública.
Una posibilidad que aúna a los lectores y amigos de Criterio en la ampliación de este espacio de debate y reflexión.
Plegaria de paz
Al pie de mi África crucificada desde hace 400 años, y sin embargo
palpitante
Déjame decirte, Señor Dios: perdona a Europa blanca… que durante 4 siglos de luces ha escupido la baba y los ladridos de sus
mastines sobre nuestras tierras…
torturado a mis escribas, deportado a mis doctores… Incendiado bosques intangibles… y han hecho de nuestros misterios la distracción dominguera de burgueses
sonámbulos.
Señor perdónala, pues es necesario que perdones….
A aquellos que han dado caza a mis hijos como a elefantes salvajes,
Pues es necesario que olvides
a aquellos que han exportado a diez millones de mis hijos
en los leprosarios de sus barcos. Y que han exterminado a 200 millones
y he aquí que la serpiente del odio
alza la cabeza en mi corazón, esta serpiente que yo había creído muerta, Mátala Señor, pues debo seguir mi camino y quiero rezar particularmente por
Francia.
Señor, entre las naciones blancas, coloca a Francia a la derecha del Padre Bendice a este pueblo que me ha anunciado tu Buena Nueva Señor
y ha abierto a mis pesados párpados, a la luz de la fe….
Bien sé que muchos de tus misioneros han bendecido las armas de la
violencia y han pactado con el oro de los banqueros… Pero es necesario que haya traidores e imbéciles.
Bendice a este pueblo Señor que busca su propio rostro bajo la máscara y
penosamente lo reconoce.
Traducción de Julio Álvarez.
Espía a una mujer que se mata
Esta última propuesta de Daniel Veronese teatrista de variados desempeños y una incesante labor en la investigación teatral responde perfectamente a una de las consignas que, según él mismo ha confesado, rigen toda su producción: Sabotear las expectativas del espectador. A pesar del cambio de título y de la trayectoria del autor/director que harían pensar en una versión muy libre del original este montaje nos propone un acercamiento que, más allá de las modificaciones y agregados, rescata, ante todo, buena parte del texto y el núcleo de su problemática, aunque con otro ritmo y escasa creación de atmósfera. En ambos sentidos su puesta en escena contrasta notablemente con la que se viera en el último Festival Internacional de Buenos Aires aunque no por ello deja de impactar: mientras que la del belga Luk Perceval privilegiaba el silencio, el aislamiento y la inmovilidad de los personajes, Veronese busca lo opuesto: desnudar y potenciar los conflictos no resueltos y evitar los soliloquios una constante del teatro chejoviano para acelerar el ritmo teatral y lograr una mayor síntesis que potencie la emoción en el espectador.
Este doble propósito no le impide apelar, sin embargo, a la intertextualidad la inclusión de fragmentos de Las criadas de Genet y de La Gaviota del mismo Chéjov y a la autorreferencialidad, al hacer del profesor Serebriakov un investigador del teatro que intercambia ideas sobre el arte dramático con su hija Sonia. Vocero del pensamiento de A. Ostrovsky, figura clave de la dramaturgia rusa de las décadas del sesenta y setenta, Serebriakov se declara enemigo de las nuevas concepciones teatrales, lo que constituye una suerte de guiño frente a la propia trayectoria del director y también frente a la obra de Chéjov que, aunque sin excesos en la experimentación formal, no deja de refinar su técnica para adecuarla a los cambios que va sufriendo su estética.
Como cabe esperar en una propuesta que se propone alcanzar lo esencial del texto, Veronese opta por un único y despojado ámbito escenográfico, que coincide con el de uno de sus trabajos anteriores Mujeres soñaron caballos, y que, al igual que el vestuario, no tiene marcas de época. El desempeño actoral es, por cierto, uno de los puntos fuertes de esta versión. Se destacan Osmar Núñez como Vania y Claudio Quinteros como Astrov, dentro de un elenco homogéneo y de muy buen desempeño.
Pequeña Miss Sunshine
Audacia y fracaso, drogas, suicidio, muerte y pobreza. Un padre de familia que dicta seminarios de auto-ayuda; una esposa y madre que acompaña los fracasos de su marido; su hermano (gran intelectual) que intenta quitarse la vida por un desen.gaño homosexual, junto a una galería de personajes que completan el cuadro: un abuelo tan verborrágico como pornógrafo y sus dos nietos (un desesperante adolescente que cumple un raro voto de silencio y la pequeña que sueña con ser reina de belleza en un concurso infantil). Tan disfuncional cadena de valores podría ser trágica cuando todo lo que puede salir mal… tiende a salir peor, y ese es uno de los aciertos de Pequeña Miss Sunshine, tan ácida como inteligente comedia que dirige el matrimonio Jonathan Dayton / Valerie Faris.
La imperfecta familia hace retornar al redil al tío Frank, intelectual descollante y uno de los máximos conocedores de la obra de Proust, luego de buscarlo en el hospital porque se abrió las venas ante un desengaño amoroso: su alumno predilecto lo rechaza afectivamente y para peor se involucra con el otro gran especialista en Proust, al cual la vida desde luego le va mejor. Pero ese núcleo demostrará ser bastante lejano al modelo de contención esperable y el tío debe topárselas en el almuerzo familiar con la histeria individual y colectiva de tan pintoresco entramado.
Esta breve introducción al universo de la familia Hoover sirve de simpático y atractivo prólogo a la noticia disparadora de la historia: la pequeña Olive, por esas cosas de la vida, es seleccionada para presentarse en un concurso de belleza en formato menudo. Pero claro, al igual que el resto del grupo familiar, Olive tiene su propio reto. Su sueño de ser Miss Sunshine se enfrenta con figura gordita, con anteojos y tan enternecedora como alejada de los cánones de la moda.
El canon como ancla, o sea como certeza, está ausente en el universo de la familia Hoover; pero lo anhelan. Típica clase media, alquilan una camioneta para que la pequeña Olive alcance su sueño. La niña deberá brillar en el concurso y su hermano adolescente como piloto de la fuerza aérea, de cuyo ingreso depende la anulación del voto de silencio. El canon, al ser una regla para observar, deviene entonces en una variante del dogma. Su seguridad termina siendo una curiosa combinación de placer y de urgencia. Sólo el abuelo está ausente en esa lista de anhelos; ya hizo su parte en la vida y como veterano de guerra sólo le queda el olvido, la droga y las revistas pornográficas, la periferia donde es confinado quien defendió al sistema en el campo de batalla.
La camioneta de los Hoover recorre 1300 kilómetros desde Nuevo México hasta California. Ese viaje, indudablemente iniciático para el conjunto, los enfrentará a la tragedia, los infortunios y las resoluciones no deseables pero posibles. Bajo la comedia de situaciones que plantea Pequeña Miss Sunshine como cara visible, subyace una aguda crítica a la sociedad del norte y su american way of life. Querible en sus logros y miserias, la familia Hoover de Pequeña Miss Sunshine recuerda a Los excéntricosTenembaum de Wes Anderson y a la irreverencia de Tod Solondz o John Waters pero en tonos de agridulce elegancia. Toni Colette como la histérica pero comprensiva esposa, su hermano intelectual y suicida encarnado por Steve Carell y el abuelo compuesto por el siempre vital Alan Arkin son los puntales de esta familia en plena road movie a la que le patina el embrague, demostrando las falencias de una sociedad que la película, sin herir susceptibilidades, juzga al borde del colapso. Acertada, inteligente y muy simpática, esta comedia es el debut de Jonathan Dayton y Valerie Faris, con envidiable capacidad narrativa y sin estereoptipos.
El diablo viste a la moda
Acierta a medias (salvando la humorada) David Frankel con su mirada al excéntrico mundo de la alta costura en El diablo viste a la moda. Dentro de los logros del film se destacan los interesantes trabajos de Meryl Streep y Stanley Tucci.
Miranda Priestly controla la revista Runway Magazine y el emporio de la moda de New York. Siempre tuvo todo lo que anheló, pero su talón de Aquiles es no dar con una secretaria capaz de soportar su intempestivo carácter: sus asistentes duran un suspiro. A su oficina llegará Andy Sachs, una joven que no tiene siquiera interés en el mundo de la moda pero sí férreas convicciones en desarrollar una carrera profesional.
Sobre la base del best seller de Lauren Weisberg y con el condimento extra de su carácter autobiográfico, El diablo viste a la moda se permite no culminar en el previsible happy-end del cine americano y aportar una reflexión, si bien edulcorada, sobre la problemática del mundo de las apariencias y los dictados de la moda en la sociedad contemporánea.
En línea con Prêt à Porter de Robert Altman, pero indudablemente muy lejos de su ingenio, esta realización de David Frankel muestra sus falencias en la puesta excesivamente convencional dentro de los cánones de la comedia posmoderna de Hollywood y el desaprovechamiento de la agudeza de un guión con muchas más críticas al hedonismo epocal de las que aparenta.
En el papel de la fría Miranda Priestly, Meryl Streep recuerda a aquella Cruella de Vil (Glenn Close) de 101 Dálmatas por su gélido egocentrismo. Si bien recurre más al gesto y a la pose que a la actuación contundente, su caracterización es soberbia al incluir un timing cómico poco común. La expresiva Anne Hathaway se destaca sólo por su belleza y mohínes. Acierta Stanley Tucci como el director de arte de la revista, un útil lazarillo de su jefa.
Con mucho de la famosa serie televisiva Sex and the city (desde su director a su vestuarista), El diablo viste a la moda cumple con su intención de sólido pasatiempo, incluyendo cierta cuota de sensibilidad crítica a los dictados de todo aquello que, sin embargo, muestra con profunda admiración. El final redime al film y a los postulados opuestos a ese increíble pero real mundo de confeti.
El casamiento de Romeo y Julieta
Así empieza esta película: es de noche, afuera hay una final de campeonato, pero adentro un hombre ve por primera vez a su hijita recién nacida, y de pronto irrumpe una vieja canción de Rita Pavone, ¿Che mimporta del mondo? (¿qué me importa del mundo / si tú estás conmigo?, etc.), una de esas canciones que hicieron época, y siempre se recuerdan con cariño. Y a uno ya se le caen las primeras lágrimas.
Dulce, divertida, costumbrista, comercial ciento por ciento, y ciento por ciento bien hecha, O casamento… es también, y ahí está la gracia, comedia deportiva y de enredos, o de enredos por causas deportivas. Ella es hincha del Palmeiras como su padre, un tano familiero, hiperemotivo, con cinco by pass, dirigente del club, que acepta al candidato como a un hijo creyendo que es de los suyos, pero resulta que es hincha rabioso del Corinthians. Un gavilán, y no un periquito, como fingió para ganarse al suegro (y por si esto fuera poco, encima tiene una abuela barrabrava).
Muy adecuada la figura aviaria, a los ojos del padre. E inadecuado el momento de la confesión, para los pies del novio, que no tiene adónde correr, ni cómo decirle al viejo que él también lo quiere como si fuera un padre. ¿Será que el amor todo lo puede, al menos en las películas?
Basada en una historia del cronista deportivo Mario Prata, la pareja llega al casamiento con gran batucada, y con dos moños: uno deportivo y otro literario, usando incluso, gozosamente, unas líneas de Shakespeare. Se disfruta plenamente.
El camino de San Diego
Se aleja esta vez de la Patagonia, Carlos Sorín, pero no de su manera de hacer cine, ni de su público, aun cuando alguno recele del título. ¿Otra película más sobre Maradona y sus admiradores? Porque el protagonista es un muchacho inocente que, al saber de la internación de su ídolo, decide viajar, como sea, desde su pueblo misionero, para verlo y regalarle una talla de madera timbó, cruzándose a lo largo de la ruta 14 con mucha gente que también se interesa por la salud del futbolista. Pues no, esa es apenas la excusa argumental. Esta película, sencilla, amable, sin estridencias, en verdad es sobre la gratitud, la buena memoria, el buen humor, la fe, la gente simple que actúa de buena fe, las creencias populares, la ilusión que ayuda a vivir, la mano abierta que se brinda en el camino, la unidad de un pueblo en torno al cariño por quienes le dieron alegría.
Es un relato pleno de ternura, que de comienzo a fin, y de Pozo Azul a General Rodríguez, se disfruta y conmueve. Por la simpatía con que está hecho, la pintura precisa y afectuosa de variados personajes, muy reconocibles, la sutileza con que también habla de problemas concretos, el reencuentro de los espectadores con viejos y queridos conocidos de Historias mínimas y El perro, el descubrimiento de otros, como el joven protagonista Ignacio Benítez, la naturalidad de todos (ninguno de ellos, actor profesional ni mucho menos), la naturaleza de esta tierra y de sus habitantes, la cantidad de reflexiones que provoca, la música, los colores de cada región, la mano de Carlos Sorín para ir armando, a lo largo del rodaje, a corazón abierto, un cuento precioso y bien argentino. Para decirlo en una sola frase: viendo El camino de San Diego, hasta los de River lloramos de emoción.
El amor a partir de la pelota
Por rara casualidad se estrenaron el mismo día de septiembre dos preciosas comedias sobre hinchas de fútbol: la argentina El camino de San Diego y la brasilera El casamiento de Romeo y Julieta. Ambas películas tienen el don de gustar incluso a quienes aborrecen el fútbol, empiezan metiendo un gol en el corazón del público, y mantienen el resto del juego a gran altura, en un estado permanente de sonrisas de ternura y lágrimas de emoción. Son de lo mejor del año.
Pero hay otra curiosa coincidencia. Apenas una semana después del estreno, Carlos Sorin llevaba El camino… a la competencia oficial del Festival de San Sebastián. Y Bruno Barreto, el director de El casamiento…, también iba… pero como miembro del jurado, cargo que compartiría con Jeanne Moreau (presidenta), Isabel Coixet, Bruno Ganz, José Saramago, y otras altas personalidades. Le tocaba entonces al brasilero ser lineman del encuentro arbitrado por la francesa. Había expectativa por saber cómo la asesoraba, y hacia dónde extendería ella el brazo. Barreto y Sorin eran los únicos sudamericanos de esa sección. Y el fútbol es una pasión en cualquier cancha.
Al cierre de esta página, ese partido sigue sin definirse (el festival termina justo el 30 de septiembre), pero ya es posible hacer un análisis de cada parte. Un análisis que habla desde el corazón, como corresponde a dos comedias que, precisamente, nos hablan desde el corazón.
Resto mineral
Si uno vuelve sobre el libro anterior que Jorge Fernández publicó (Los nombres de las horas) verá con asombro que la figura humana no aparece. Hay apenas la mención a un loco que nada puede dar (pág. 49) y al gentío del centro que uno ve pasar y desaparecer (pág. 51). Hay también una casa (o casas) en ruinas, de la que la voz del poeta trata de retirarse para dejarla atrás junto con su pasado de fantasmas y de escombros. Y el presente angustiado, la palabra ya en la intemperie, pide, espera y se aferra a un futuro que viene desde el costado irredento de Dios (pág. 75), o desde una palabra tuya y quedaré purificado (pág. 51).
Resto mineral, el libro que ahora presentamos, aparece como el lugar en el que el poeta ha retomado aquella intemperie anterior para profundizarla y exigirle un sentido.
Es un libro más austero que el anterior, donde las imágenes y la belleza lírica eran una preferencia. Ahora hay menos confianza en la palabra: borde ajado / de la palabra / donde se destrozan / todas las palabras (pág. 13); despeñadero / de palabras [...] cosechas de silencio (pág. 15); baldío de palabras grises (pág. 17); tampoco encuentro / palabras enteras en esta playa (pág. 27); donde sólo el silencio acecha (pág. 55); la boca sólo un hueco / sin hambre / y sin palabras (pág. 59).
Sin embargo, la tarea del poeta se vale de palabras, y es él quien, precisamente, puede llevar a la palabra el drama de la ausencia de una voz, hasta dar con el Verbo que está más allá de la palabra, o reclamarlo: Así sabemos que hay palabra. / ¿Quién se animará a transgredir / su límite, / a saltar fuera de los signos? (pág. 67).
Y es aquí, en el desierto, en lo salvado (salvo, santo) de aquellos escombros, en el resto mineral, donde aparece la figura humana, acaso porque no hay hombre que no esté en el desierto. Pero buscando: Alguien quiere inventar / el lenguaje que los una (pág. 70). Entonces surge la reunión, el lugar de la palabra, de lo evocado en la narración: El fuego, siempre el fuego / clava el centro / donde la memoria visceral se reúne (pág. 77).
Una vez fraternos los hombres (aunque siempre sean Caín y a la vez Abel), una vez amigos, saben que la peregrinación es mutua, y que no cesa: …la otra tierra… a la que nadie llega / sin haber deshecho / el anhelo de volver (pág. 79).
La piedra que rechazaron los constructores… (Lc. 20,17), es el epígrafe que orienta el libro de Jorge Fernández. Es el horizonte, el lugar de las preguntas entre hermanos, el último y quizás el único resto, la luz que ilumina el tránsito entre las sombras y hace posible las huellas:
― ¿Por qué volviste?
¿Por qué estás
siempre
volviendo?
Tu rostro
es la presencia
del retorno.
¿Cómo pudiste volver?
No todo es desperdicio
en el estercolero,
hay más que la ausencia
y las pisadas de los cerdos,
hay una luz
que une
la sombra
con tu huella.




