Revista Criterio
Febrero 2007
Nº 2323 » Febrero 2007

La temática social en el actual cine francés

por Neifert, Agustín · 1 Comentario 

Ampliando el concepto del epígrafe, también es posible afirmar que no puede haber paz sin justicia social. Se trata, sin duda, de un tema de candente actualidad, íntimamente asociado con el trabajo y el desempleo. “Para combatir el mito de la globalización –afirmó Pierre Bourdieu en una conferencia en 1996–, que tiene como función hacer aceptable un retorno al capitalismo salvaje, pero racionalizado y cínico, hace falta volver a los hechos”.

         

Si se analiza el cine francés de los últimos diez años, se observa un creciente interés por la búsqueda de una temática social y un realismo testimonial que a veces se manifiesta áspero y violento. Los directores parecen haberse tomado en serio la sugerencia de Bourdieu.

 

Muchas veces calificados de ombliguistas, varios de ellos decidieron alejarse del cine impregnado de cinismo de los años ochenta, una época también conocida como “era glacial”, y buscar para sus películas temas e historias en las calles, las fábricas, las empresas y la vida cotidiana. Una suerte de regreso al neorrealismo italiano.

         

La influencia más directa, reconocida por ellos mismos, no es sin embargo Bourdieu, sino el cine del británico Ken Loach, si bien su filmografía es más militante, en términos políticos, que la de los franceses.

         

A título de ejemplo, se pueden mencionar estos filmes: Marius y Jeannette (1997) y Al ataque (1999) de Robert Guédiguian; La vida soñada (1998) y El pequeño ladrón (1999) de Erick Zonca; Escondido (2005), de Michael Haneke; La carnada (1995) y Todo comienza hoy (1999) de Bertrand Tavernier; Nada que hacer (1999), de Marion Vernoux; Recursos humanos (1999) y El empleo del tiempo (2002) de Laurent Cantet; y La corporación (2005), de Constantin Costa-Gavras.

         

Las cinco últimas películas abordan específicamente la desocupación y sus secuelas y, además, intentan volver a colocar al hombre en contexto social. Esta cuestión no es sólo una preocupación del cine francés. Mundo grúa es un ejemplo paradigmático del más reciente cine argentino, como Los lunes al sol lo es del cine español. Pero en esta ocasión me circunscribiré a esos cinco filmes de origen francés.

 

Recursos humanos

         

Asume como punto de partida la exploración del problema social derivado de la implantación en Francia de la jornada de 35 horas semanales, también conocida como “flexibilización laboral”.

         

El eje de la historia es Frank, un joven de provincia que fue a París a estudiar dirección de empresas y regresa a su ciudad de origen para cumplir una pasantía en el sector “recursos humanos” de una fábrica metalúrgica, en la que también trabajan su padre –desde hace treinta años– y su hermana. Para Frank, la fábrica representa un pasado idealizado, el mundo seguro del padre, porque creció a la sombra de esa empresa y recuerda lo mejor.

         

La función de Frank es instrumentar las 35 horas de trabajo semanal. Su idea incluye una encuesta a los operarios, pero sin excluir el sindicato. El conflicto –con la empresa, con su familia y consigo mismo– surge cuando descubre que los dueños pretenden utilizar esa consulta para ejecutar un plan de ajuste que comprende el despido de doce obreros, incluido su padre.

         

Los dilemas a los que Frank se ve enfrentado desde ese momento lo llevarán a plantearse la cuestión de la solidaridad y la búsqueda de un lugar, o de su lugar en el mundo. Sin olvidar que la realidad social informa, forma y condiciona al ser humano, a veces identificado simplemente como “recurso humano”. Como si dijéramos recurso financiero o energético.

         

Hace algunos años conocimos el bello y siempre recordado filme de Adolfo Aristarain Un lugar en el mundo, sobre un hombre lanzado a justificar su vida en el compromiso social. Cantet plantea una cuestión similar, pero de una manera más urticante: ¿existe un lugar para cada uno?

         

Otro enfoque es la persistencia de las clases sociales. “Aunque la nueva generación de ejecutivos globalizados –sostuvo el director en ocasión de su visita a Buenos Aires– nos quiere hacer creer que la lucha de clases ya no existe, luego de pasar meses en las fábricas comprobé que esa lucha continúa, que el esquema de poder no ha cambiado y que las relaciones de clase siguen explicando cómo se maneja el mundo”.

         

También habla del abismo que hoy separa a padres e hijos respecto de su visión del mundo. En este filme, el padre y el hijo negocian desde la sumisión, su pertenencia a un liberalismo depredador, hasta que las circunstancias los obligan a replantearse sus respetivos discursos y su relación paterno-filial.

         

Según el español Ángel Quintana, el director “interroga a la generación de unos padres que durante su vida han vivido de forma sumisa en el interior de la empresa, negando muchas veces su conciencia de clase, para conseguir que sus hijos acaben transformándose en representantes de esa misma clase que los ha explotado y los ha humillado. Al cuestionar el servilismo de los padres, Cantet también pide responsabilidades a esos hijos que abandonaron su medio social para ocupar determinados puestos directivos y alimentar su narcisismo social a costa del sacrificio del padre” 1.

 

El empleo del tiempo

         

Trata sobre un hombre sin trabajo. Se llama Vincent, tiene 40 años, está casado con una maestra; tienen tres hijos y viven cerca de la frontera con Suiza. No es exactamente una víctima del desempleo, porque luego de once años como ejecutivo en una consultora financiera, provoca su propio despido, por dos razones: por concluir que fue un esclavo del trabajo, y porque desea otra vida, aunque a ciencia cierta no sabe muy bien qué es lo que quiere.

         

Oculta la situación a su esposa y a sus padres y comienza a viajar a Suiza, a imaginarse un funcionario de las Naciones Unidas que desde Ginebra asesora a empresas de África y a idealizar una realidad cimentada en la mentira. En Suiza también toma contacto con un sujeto tenebroso dedicado a traficar mercaderías falsificadas, quien detecta la personalidad quebrada de Vincent y lo considera un hombre ideal para integrar su organización delictiva. Con el correr de los días y a medida que crece su alineación, el cruce de la frontera adquiere una significación psicológica. Porque de la misma manera que traspasa el límite geográfico, también transpone los lindes de la ley y la verdad, encaminándose hacia una zona de la que le resulta cada vez más difícil regresar.

         

La película se inspira en un caso real: el de Jean Claude Romand, un hombre que durante 18 años engañó a todo el mundo afirmando que era médico y que trabajaba para la Organización Mundial de la Salud. Un día, hastiado de sus mentiras, cansado de representar a quien en realidad no era y atemorizado por el hecho de haber montado una fantasía sólo por no asumir su fracaso laboral, asesina a toda la familia, prende fuego a su casa e ingiere somníferos con la intención de suicidarse. Quedó en estado de coma, pero sobrevivió, fue procesado y condenado a 22 años de prisión. Esto ocurrió en Francia en 1991.

         

Con posterioridad, Emmanuelle Carrère escribió una novela a partir de ese caso, titulada El adversario, que fue llevada al cine por la directora Nicole Garcia. Laurent Cantet comenzó a escribir el guión de El empleo del tiempo algunos meses antes de la publicación de la novela de Carrère, con la que coincide sólo tangencialmente. El personaje es similar, pero Cantet redujo el tiempo de su impostura a un poco más de tres meses, forzando una aceleración de los sentimientos de Vincent y de las reacciones de inquietud y estupor de su familia. El estudio de Cantet incluye, además, una indagación sobre los temas de la angustia y la vergüenza por no ser lo que la sociedad reclama de un individuo, la “obligación” de ascender en la escala social, la búsqueda de estatus, la alineación y pérdida de la identidad. La última secuencia, cuando Vincent es entrevistado para un trabajo recomendado por su padre, resulta casi tan triste y dramática, desde su punto de vista, como la trágica decisión adoptada en la realidad por Romand. Uno, el personaje real, intentó suicidarse; el otro, el de la ficción creada por Cantet, comienza a suicidarse lentamente. Me dirán que no le queda alternativa. Es cierto, pero esto es precisamente su tragedia.

 

Nada que hacer

 

Este filme de Marion Vernoux expone el efecto destructivo del desempleo. Mirado desde otro ángulo: la angustiosa tarea de sobrellevar las horas muertas producidas por la falta de trabajo. El “empleo del tiempo”, como reza el título del filme de Cantet. Por extensión, también se propone observar de qué manera la situación derivada del desempleo repercute sobre las relaciones familiares y de pareja, y cómo puede conducir a quienes lo padecen hacia la esquizofrenia.

         

Los protagonistas son Marie y Pierre. Ella pertenece a la clase media, está casada con un sindicalista hiperactivo de origen español y es madre de dos niñas. Hace catorce meses que no tiene trabajo. Pierre, en cambio, está desocupado desde hace siete meses. Fue ejecutivo en una fábrica, está casado con la dueña de una agencia de viajes y es padre de un niño. Ambos cobran el seguro de desempleo y no viven en la miseria.

         

Marie y Pierre se conocen en el supermercado, al que concurren a comprar y también como una forma de ocupar el tiempo. Agobiados por su situación y por el vacío en la relación con sus respectivas parejas, se apoyan mutuamente en los tiempos muertos de sus búsquedas laborales, se hacen amigos y luego, amantes. Aunque su relación está llamada al fracaso, porque se aman con culpa y con vergüenza. Quizás François Truffaut tenía razón cuando afirmaba que “entre el hombre y la mujer, el conocimiento es trágico”.

         

Se sienten ignorados, porque paradójicamente a nadie le importa sus encuentros furtivos, ni siquiera a sus propias parejas, ocupados en sus tareas. Y en ese contexto falseado por la carencia de estímulos, la pérdida de la autoestima y las hipocresías sociales, una buena noticia puede hacerles perder hasta la misma relación que crearon. La directora sostuvo en ocasión de presentar la película que “lo femenino y lo masculino frente al trabajo están muy diferenciados, no sólo como género, sino también en el nivel social”. Reconoció que el personaje de Marie es fruto de su imaginación, pero el de Pierre se basó en encuestas. “Hay una cultura empresarial en Francia –dijo– en la que la gente vive para trabajar y no tiene vida fuera del trabajo. Y cuando la sociedad los expulsa, se sienten desprotegidos”.

 

La corporación

         

Recrea la novela negra The Ax, del norteamericano Donald Westlake, el mismo de A quemarropa, de John Boorman, y que en su tiempo también influyó sobre Made in USA, de Jean-Luc Godard. Costa-Gavras eligió la novela porque –sostuvo– “es un espejo de lo que está ocurriendo en Francia y en todo Europa”. El tema es el desempleo, la globalización y la esquizofrenia cotidiana en la que se ven envueltos los desocupados para conseguir empleo.

         

El protagonista se llama Bruno Davert. Su edad ronda los 40. Está casado, tiene dos hijos adolescentes y siempre ha sido un hombre responsable en todos los órdenes de la vida. Luego de trabajar quince años como ejecutivo en una industria papelera y satisfacer las exigencias de sus patrones y accionistas, Bruno es despedido por causa de una deslocación, tan en uso hoy en el mundo. Porque a la empresa le resulta más económico instalarse en Rumania que continuar en su país.

         

Bruno recibe una jugosa indemnización y espera obtener trabajo en breve tiempo. Pero después de dos largos años, todo sigue igual. Poco a poco la realidad lo fue convirtiendo en un individualista extremo, a quien le importa sólo él y su familia. Por eso y en vista de que el “sistema” que él contribuyó a hacer crecer, lo abandonó, decide actuar por su cuenta y riesgo. Su objetivo es ingresar a una empresa papelera denominada Arcadia (como el pueblo en Grecia donde Costa-Gavras nació en 1933). Se las ingenia para obtener los curriculum vitae de todos los que aspiran a ocupar un cargo similar al que él sueña conseguir. Elige a los que por edad, capacitación y domicilio pueden competir con él y se propone eliminarlos.

         

Esta variante transforma a la película en un thriller sociopolítico, y al protagonista en un psicópata. Bruno verifica que vive en una jungla donde rige la ley de la selva (¿el hombre lobo del hombre?), porque las empresas sólo incorporan a los sobrevivientes de una lucha feroz. También cree que su accionar no es más que una suerte de continuidad de las prácticas predatorias que aprendió a perfeccionar en la fábrica donde trabajaba. Su modus operandi oscila entre el ridículo y la vileza, entre la risa y el llanto, entre el valor y la cobardía. Y todo eso ocurre mientras observa en la televisión y en la vía pública imágenes publicitarias que incitan al éxito, al confort, al sexo y al hedonismo.

         

Según Costa-Gavras, “Bruno está hecho a imagen y semejanza de la sociedad en la que vivimos, donde nadie parece detenerse a reflexionar sobre las profundas implicancias morales de perder el empleo”. “Aunque el problema –añadió– no es tanto la desocupación como el miedo a la desocupación y a la inseguridad”. ¿Falló el sistema democrático?, le preguntaron. “No, fallan los hombres que ejercen la democracia” 2.

         

“En una sociedad tan evolucionada como la nuestra –comentó en otra ocasión–, nuestro personaje encuentra una solución completamente primitiva. Se convierte en un depredador. Estamos en un estado de guerra permanente e insistente, en el que todos aparentamos llevar una vida normal. La película es un retrato futurista e incluso estilizado de la normalidad belicosa de nuestra vida diaria” 3. El final de la historia es abierto y lo suficientemente ambiguo como para intrigar al espectador y movilizarlo a practicar una reflexión, que será acorde a su ideología. Porque no hay que olvidar que el cine es también un “test proyectivo”, en cuanto revela los sentimientos, deseos, pensamientos, objetivos de vida y el grado de racionalidad del público.

 

Todo comienza hoy

 

Describe la lucha de un maestro por mejorar las condiciones educativas y de vida de los niños de un jardín de infantes. La historia está ambientada en la Escuela Lagrange de Hernaing, un pueblo de siete mil habitantes de la región de Valenciennes, en el norte de Francia, asolado por el desempleo resultante del cierre de las minas y la inexistente reconversión económica.

 

Burocracia oficial, exclusión social, alcoholismo, deserción escolar, decadencia moral y las consecuencias de la pobreza sobre los niños, son algunos de los temas de este filme. La desocupación generada por el capitalismo salvaje es –según Tavernier– como “una tercera guerra mundial subterránea, que va matando silenciosamente a mucha gente”.

 

“La publicidad –añadió el director–, la imagen televisiva y toda una literatura orientada hacia el dinero, el rating, el éxito, han dado a los excluidos la visión de una sociedad próspera, mientras que ellos están confrontados con la desocupación y el sentimiento de que no existen, no tienen identidad, sino sólo algunos de los elementos que ofrece el dinero”.

 

El guión se construyó a partir de las vivencias de Dominique Sampiero, educador, poeta y ensayista (casado con Tiffany Tavernier, hija del director), que ejerció la docencia primaria durante más de veinte años. En el filme se llama Daniel Lefevre y es un batallador todo-terreno que emerge como un faro vital. Para él, la escuela es el último refugio. “Si se cerrasen las escuelas y guarderías –dice–, esta gente se abandonaría y perdería el sentido social”.

 

El filme se desarrolla sobre tres ejes: la actividad de Daniel con los niños y la repercusión de la crítica situación de las familias sobre el trabajo escolar; el retrato de la gente, deprimida económica, social y psicológicamente hasta límites trágicos; y la propia vida familiar del maestro, hijo de un minero y compañero de una joven madre soltera. Significativamente, todas las decisiones de Daniel, en la vida privada y en su actividad docente, se confrontan al mundo femenino. Un mundo muy activo, pese a todo, que respalda al maestro y colabora con él en su cruzada. Y es así porque Tavernier reserva un espacio para la esperanza, la solidaridad y la creación. Ya lo expresa el propio título: “todo comienza hoy”. Es decir, todos los días, pese a los contratiempos.

 

Además del desempleo y sus secuelas, las cinco películas muestran una preocupación común por analizar y develar cuestiones puntuales, que son planteadas con un criterio alejado de las diferentes ortodoxias político-militantes. Por ejemplo:

  • La pérdida de identidad que provoca la falta de trabajo y las consecuencias psicológicas, familiares y sociales de la desocupación.
  • El trabajo como deber, como carga social y, en algunos casos, como factor de alienación.
  • La pérdida de la autoestima e inclusive del equilibrio mental por la inseguridad y la tensión psicológica derivada de la dificultad de hallar un nuevo trabajo.
  • Las contradicciones de la sociedad post-industrial.
  • La persistencia de las clases sociales y las luchas emergentes.
  • La existencia de una “guerra” soterrada tras la apariencia de una vida normal.
  • La ironía implícita en imágenes publicitarias que incitan al éxito y al hedonismo, mientras los desocupados sufren todo tipo de carencias.
  • La necesidad de hallar, cada uno, su propio “lugar en el mundo”.

 

Se sabe que la realidad cambia rápidamente, pero si nos atenemos a los dichos de Costa-Gavras, la cuestión del desempleo y sus secuelas no se modificó sustancialmente entre 1999 y 2005, los años extremos de las películas citadas en este espacio.

 

He dejado deliberadamente en último lugar al filme de Tavernier porque –como ya lo expresé– apela a la esperanza, que no sólo es un valor humano imprescindible para vivir, sino también una de las tres virtudes teologales.

 

Reconozco que muchas veces resulta difícil adoptar una actitud positiva, esperanzada, frente a las apabullantes estadísticas sobre índices de desempleo, pobreza e indigencia. El gran riesgo de esa situación es la paulatina deshumanización, con todo lo que ello significa en términos sociales, culturales y religiosos.

 

 

 


Notas

1. Ángel Quintana, Recursos humanos. El sacrificio del padre, en revista Dirigido Nº 294, Barcelona, octubre de 2000.

2. Entrevista de J.M. Marti Font, diario El País, Madrid, 25 de octubre de 2005

3. Publicada el 29 de abril de 2005 en el sitio Cómo hacer cine, España.

 

Nº 2323 » Febrero 2007

Un Universo sin centro ni bordes

por Ferrero, Gabriel · Comentar 

El modelo científicamente más aceptado acerca del inicio del Universo, conocido popularmente como “teoría del Big Bang”, se denomina en realidad “Modelo Cosmológico Estándar”(MCE), en el austero y preciso lenguaje de los cosmólogos. Este modelo, aún cuando muchos de sus detalles sean todavía motivo de discusión, es sin lugar a dudas la mejor explicación disponible acerca de los orígenes del universo, de acuerdo con los datos proporcionados por numerosas observaciones astronómicas realizadas a lo largo del último siglo y con el conocimiento actual de las leyes físicas que rigen el comportamiento de la naturaleza.

 

El MCE afirma sintéticamente que toda la realidad material que hoy conforma el universo tuvo su origen en un espacio muy pequeño que contenía una enorme cantidad de energía. Algo así como una minúscula bola de fuego, caracterizada por una densidad y una temperatura muy elevadas. Casi inmediatamente después del inicio de su existencia esta minúscula bola comenzó a expandirse en un colosal estallido, el así llamado Big Bang.

 

Allí estaba contenida toda la materia y la energía del universo. Más difícil de comprender, pero no por ello menos real, es el hecho que también todo el espacio estaba contenido en esa pequeña bola. Aunque nuestra mente se resista a acatar esta sentencia, la física contemporánea nos dice que debemos desterrar la imagen de un pequeño punto luminoso creciendo en medio del vacío oscuro que lo rodeaba. Fuera de aquella bola de fuego no existía nada material en el sentido más absoluto de la palabra, ni siquiera el espacio vacío. En realidad, el espacio creció con el universo.

 

Al crecer, el universo se “enfrió”, para decirlo de una manera sencilla, y esto permitió la aparición de toda la maravillosa variedad de entes físicos que hoy conocemos: electrones, protones, neutrones –y su séquito de partículas sub-atómicas–, átomos, moléculas, galaxias, estrellas, planetas; todo fue el fruto de esa inexorable expansión.

 

Una de las consecuencias más notables de esta primordial explosión, es que aún hoy, cuando observamos las galaxias lejanas, notamos que ellas se alejan de nosotros a velocidades cada vez mayores cuanto mayor es la distancia que nos separa de las mismas. El MCE interpreta este hecho, descubierto por E. Hubble, en el sentido que las galaxias se alejan unas de otras, como lo harían las esquirlas de una granada que estalla. Un observador que viviera en otra galaxia, una que esté lejos, vería alejarse la Vía Láctea –nuestra galaxia– y también todas las demás galaxias.

 

Tras este hecho aparentemente simple, subyacen dos de los postulados fundamentales de la moderna cosmología: la isotropía y la homogeneidad del universo.

 

Por isotropía se entiende que no existen direcciones privilegiadas en el universo. Hacia cualquier dirección que miremos veremos sustancialmente lo mismo: galaxias que se alejan a velocidades crecientes al aumentar la distancia. La homogeneidad, significa que no hay ubicaciones diferentes de las otras: desde cualquier galaxia veremos la expansión.

 

Al llegar a esta altura de lo expuesto, alguien podría formular la siguiente pregunta: “…Bueno, pero si todo se aleja, partiendo de un punto donde antes todo estaba comprimido, ¿no se podrían calcular las trayectorias que ya recorrieron las galaxias –yendo por así decir ‘marcha atrás’– y determinar dónde estuvo ese punto inicial?”

 

¡Sería ciertamente fabuloso encontrar ese lugar! ¡Sería el centro del universo!

 

Salvo que… –tal vez alguien diría “lamentablemente”– ese lugar… ¡no existe!

 

No olvidemos que el espacio creció con el universo, por tanto, lo que antes fue ese punto primordial ahora es… ¡todo el cosmos! Dicho de otra manera: el centro del universo está en todas partes. Cada punto es su centro, ni más ni menos que los demás.

 

Alguien podría hacerse la pregunta opuesta: ¿Dónde está el borde del universo? ¿Dónde termina esta enorme bola en expansión?

 

El lector perspicaz ya habrá anticipado la respuesta: ¡tampoco existe un borde!

 

La existencia de un borde, tanto como la de un centro, atentaría contra el principio de homogeneidad e isotropía. Pero, aquí también puede decirse que el borde pasa por todos los puntos del universo, pues a partir de cada uno de ellos el universo crece. Cada punto es una frontera a partir de la cual el universo avanza.

  

Personalmente, me costó asumir la idea de un universo sin centro ni borde. Poco a poco, sin embargo, este universo plagado de centros y de bordes me cautivó pues tuve la impresión de que nos proporciona una visión del cosmos más cercana a nuestra sensibilidad contemporánea. Un cosmos lleno de un ubicuo protagonismo me parece que plantea un interesante paralelismo con nuestra experiencia humana actual, en la que todos sentimos la necesidad de ser “el centro del mundo”, pero simultáneamente, nos damos cuenta de que nuestra realización es imposible si no logramos, como un borde, acoger y contener dentro nuestro también a todos los demás.

Nº 2323 » Febrero 2007

La ciencia y los miedos de la sociedad

por Klein, Etienne · Comentar 

Pareciera que nuestra sociedad está atrapada por una nueva pasión: el miedo como figura del vínculo social, hasta ahora inédita. La ciencia tiene que ver con este miedo, aunque sólo sea en parte. “OMG, nuclear, clonaje, vacas locas”… Uno se pregunta si la ciencia no encierra amenazas al igual que la nube trae la tormenta.

 

Para apreciar la novedad y la amplitud del fenómeno basta medir la distancia que nos separa de los primeros tiempos democráticos. Frente al terremoto devastador de Lisboa en 1755, que dejó varios miles de muertos, la reacción de los mejores espíritus de la época fue una señal de confianza. Viene a la memoria, notablemente, el poema de Voltaire 1 que “utiliza” esta catástrofe para demostrar, por una parte, que “no todo va mejor en el mejor de los mundos” y, por otra parte, que es razonable esperar que todo vaya mejor en el porvenir. La idea general era que, gracias a los futuros progresos de las ciencias y de la técnica, un cataclismo como ese podría ser evitado en el futuro: la geología, las matemáticas y la física permitirían prever (e incluso prevenir) los males con que nos inflige la naturaleza. Brevemente, la ciencia –más exactamente las ciencias y sus aplicaciones– nos salvarían de las tiranías de la materia bruta en virtud del siguiente postulado: la acumulación de los conocimientos científicos no puede sino aumentar el número de las realizaciones técnicas e industriales, las cuales no pueden sino desembocar en un mejoramiento general de la condición humana, es decir, en el bienestar. Esta doctrina terminó siendo una suerte de catecismo con sus fanáticos y sus teóricos (de Descartes a Auguste Comte). La idea de progreso, que es una idea laica, vino así a suplantar la idea de la Salvación –que es una idea religiosa–, y hacer del porvenir el refugio de la esperanza.

 

Hoy día soplan nuevos vientos. En primer lugar, el futuro nos inquieta: en cuanto se refiere al porvenir, nos asaltan toda suerte de miedos. Más aún, experimentamos un remordimiento anticipado con respecto a lo que podría suceder. Porque sentimos, en forma casi instintiva, que nuestro dominio de las cosas es, a la vez, desmesurado e incompleto: lo suficiente como para que tengamos conciencia de hacer historia, aunque insuficiente como para saber qué historia estamos efectivamente haciendo. ¿Qué es lo que se construye? ¿Qué es lo que se destruye? Nadie lo sabe con exactitud.

 

Al mismo tiempo, aun cuando la sociedad moderna accedió a un nivel de seguridad que no tiene parangón en la historia, se reconoce, voluntariamente, como “la sociedad del riesgo”. Todo es percibido, analizado y pensado bajo el ángulo de la amenaza. Según algunos comentaristas, incluso habríamos entrado en “el tiempo de las catástrofes”.

 

Una suerte de recelo difuso influencia, en todo caso, nuestras reacciones colectivas: cada vez que se anuncia una novedad nos apresuramos a redactar la lista de los peligros potenciales que esta novedad podría incluir. La aceptación de los riesgos tecnológicos nunca es automática, como las cuestiones éticas, radicalmente nuevas –y de una complejidad inédita–, que son regularmente planteadas por los avances incluso de la ciencia.

 

De estos trastornos no salió indemne la imagen de los científicos. Se superponen, de aquí en más, las figuras de Pasteur y de Frankenstein. Los investigadores se sienten tanto admirados cuanto temidos y, la mayoría de las veces, incomprendidos; temen que el hombre del siglo XXI, perdida la curiosidad y el sentido crítico, se haga permeable a toda suerte de creencias propaladas por los gurúes. En cuanto al público, este también se encuentra vapuleado entre el entusiasmo y la desconfianza: por un lado la ciencia lo asusta, pero no lo disuade de abalanzarse sobre la última novedad salida de la alta tecnología que esa misma ciencia hizo posible.

 

Una relación ambivalente

 

Así hemos llegado –al filo de una insidiosa progresión–, a poner en duda los ideales que, dos siglos atrás, nos parecían fundadores de la civilización. ¿Se trata de una negación culpable? Es lo que creen los cientistas. ¿Se trata de un disgusto pasajero de niños malcriados? Esto es lo que piensan quienes que no se benefician de nuestro nivel de desarrollo. ¿Se trata de un saludable sobresalto de lucidez?

 

Esto es lo que dicen los ecologistas, pero no sólo ellos: el entusiasmo por la noción de desarrollo sustentable ¿no nació del resultado de un examen objetivo de que nuestro desarrollo actual no es universal, ya que no es ni durable en el tiempo ni puede ser extrapolado en el espacio?

 

Por lo cual, la noción de progreso se hizo problemática en unos pocos decenios. Mientras la realidad de los avances concretados en algunos siglos es innegable, le exigimos al progreso que nos dé las pruebas de su valor o de su validez. ¿Nos habremos vuelto ciegos? No. Vemos claramente que el momento actual es de una producción deslumbrante, de innovaciones acimutales (que van mucho más allá de lo que habían podido soñar los utopistas del siglo XIX) pero creemos, sin embargo, que sobran carencias. En particular, contrariamente a lo que habíamos esperado, la ciencia no silenció el malhumor. Hay allí un sentimiento de vacío que persiste, corroyendo nuestro humor. Algo parece incluso agravarse, pero no sabemos qué. ¿Qué se puede decir? ¿Que la idea de progreso se murió, ahí, ante nuestros ojos? Ante esta sola posibilidad somos presa de vértigo y quedamos más angustiados todavía. Porque no somos tarzanes: podríamos, en rigor, aceptar –tal vez soñar– en volver brutalmente a la naturaleza bruta, pero a condición expresa de poder llevar nuestra ropa de tela sintética, una tarjeta de crédito, un celular y una bolsa con antibióticos.

 

Aparece así la paradoja de nuestra relación con el progreso. Pretendemos no creer en él pero, en realidad, nos aferramos a su cola salvajemente, aunque no sea más que en forma negativa, es decir en proporción al miedo que nos inspira la idea de que pueda interrumpirse.

 

Los científicos que dan conferencias conocen el registro de preguntas nuevas que agitan el espíritu de nuestros conciudadanos. Algunas –con frecuencia, delicadas; a veces embarazosas–, son planteadas con regularidad. Después de una recensión –y analizadas–, pueden clasificarse en seis pares de relaciones: entre ciencia y poder, ciencia y democracia, ciencia y desarrollo, ciencia y técnica, ciencia y verdad y, finalmente, entre ciencia y universalidad.

 

Ciencia y poder. La ciencia se hizo cómplice de la guerra y del horror y no hay antinomias de principios entre la ciencia y la opresión; el siglo XX lo demostró trágicamente 2. Se interpela, pues, al sabio para preguntarle si no existirá un vínculo casi ontológico entre el ejercicio de las ciencias y el de la dominación violenta. Desear comprender el mundo, querer destruir “al otro”, ¿no son dos pasos que proceden de un solo e idéntico deseo inconsciente? La ciencia ¿tiene todavía como fin principal conocer el mundo y crear conceptos? ¿No se habrá convertido, más bien, en una vasta tecno-ciencia, cuyo activismo febril no mira más que el dominio, la acción, la innovación, la eficacia? El Estado, que la pilotea en gran medida, ¿no sueña todavía sólo en patentes y gastos tecnológicos? Con palabras más o menos encubiertas, ¿no se reprocha, así, a los tecno-científicos contemporáneos, haber traicionado el espíritu original (¿mítico?) de la ciencia.

 

Ciencia y democracia. Nuestras sociedades, cuando se trata de ciencia o de tecnología, se sienten aguijoneadas ante la exigencia de una toma de responsabilidad colectiva, aunque sus modalidades sean difíciles de entrever. El ciudadano se pregunta: ¿qué es lo que me atañe respecto de la ciencia? ¿Qué es lo discutible en la ciencia? ¿Qué es lo que, de la ciencia, puede ser transformado en “bien público”? Y, sobre todo, ¿por dónde pasa la frontera entre lo que muestra la apreciación del sabio, lo que reclama una discusión general y lo que pertenece a la decisión política?

 

Si cada uno de nosotros fuera capaz de hacer un juicio esclarecido sobre los grandes temas científicos y tecnológicos del momento, las respuestas a estas cuestiones surgirían de manera límpida. Pero no somos capaces. Entonces, ¿qué hacer?, ¿cómo incitar a quienes no conocen la ciencia a querer conocerla?, ¿cómo convertir el derecho a saber, legítimo pero gratuito en términos de esfuerzo, en un deseo de conocer? Y cómo incitar a los menos a volverse hacia los científicos para preguntarles: “¿qué hacen de positivo?, ¿qué saben ustedes exactamente?, de lo que ustedes proponen, ¿qué nos atañe?”. Y, recíprocamente, ¿cómo obligar a los expertos a no atenerse sólo a sus propias razones y a escuchar las de los otros?, y ¿qué procedimientos de decisiones inventar para que hagan de la incertidumbre y de los riesgos una carga compartida, y compartida equitativamente?

 

En esta materia hay avances recientes. La idea, según la cual el ciudadano tiene de ahora en más un rol a jugar es admitida cada vez más. De todas formas, los conflictos surgen cuando se trata de trazar los contornos de este rol. Muchos científicos, convencidos ahora de que deben abandonar su torre de marfil, piensan que es más conveniente, sobre todo, asociar al público a una vasta empresa de comunicación para explicar en forma clara lo que es oscuro. Entonces el público, aun sabiéndose profano, no dudará en reivindicar un rol distinto al de escucha. Aspira a convertirse ya sea en controlador de las decisiones o en colegislador, pues sabe bien que sus juicios, sin ser demasiado racionales o esclarecidos, son en general razonables. En cuanto a los políticos, no todos tomaron todavía nota del hecho de que las cuestiones científicas están hoy día en el corazón del sistema: la política, ciertamente, es la derecha y la izquierda; lo son las cuestiones sociales y económicas, la familia y los jubilados, la droga y la seguridad en las rutas; pero también se ubican dentro de ella las grandes decisiones científicas y tecnológicas que comprometen el porvenir.

 

Ciencia y desarrollo. Son cada vez más las críticas a la noción general de “desarrollo”. Incluso corregida como desarrollo “sustentable”, ignoraría lo que no es ni mensurable ni calculable (por ejemplo la calidad de vida), y fingiría no ver que el crecimiento técnico-económico produce, también, subdesarrollo moral y psíquico. Los argumentos invocados no provienen solamente de los círculos ecologistas; se apoyan también en el hecho de que las promesas formuladas por los científicos de fin del siglo XIX no fueron cumplidas (aunque la ciencia no es responsable de esto, ya que nunca prometió nada). El embriague entre el progreso científico y el progreso general no funciona tan bien como se lo había esperado. ¿Qué nos decía Descartes? Que llegaríamos a ser, metódica y técnicamente, señores y dueños de la naturaleza, a fin de aliviar la suerte de los hombres y hacer sus vidas más agradables. Ahora bien, hoy día, como observa Milan Kundera, “el dueño y señor de la naturaleza se dio cuenta de que no posee nada y de que no es señor, ni de la naturaleza (esta se retira poco a poco del planeta), ni de la historia (porque se le escapa), ni de sí mismo”.

 

Ya no corre hoy la creencia en la automatización de los beneficios del desarrollo, hasta el punto de cambiar nuestra relación con la historia. Para nuestros abuelos, las ruinas de la historia –los cadáveres, los campos de batalla, las ciudades destruidas– no anulaban la “bondad” esencial del proceso histórico. Los patíbulos, los despotismos y las guerras eran el precio del progreso, el tributo sangriento que debían sacrificar al dios de la historia. Pero, hoy, ya no consideramos a la historia como el cumplimiento tortuoso de la razón.

 

El “problema” de la técnica. En su obra Dépassement de la métaphysique, Heidegger elaboró una crítica del dominio de la técnica que tuvo mucho éxito y un eco considerable entre los filósofos y también en casi todos los medios, especialmente literarios y periodísticos. Influyó, por lo tanto, en el pensamiento de su tiempo y, por eso, es importante comprenderla.

 

¿Qué nos explica Heidegger? Que, de alguna manera, hemos sido “el cazador cazado”. Hemos heredado de Descartes tanto como lo hemos traicionado. Para Descartes, el proyecto de un dominio científico de la naturaleza debe ser guiado por una mirada emancipadora, en el sentido de que su realización debe permanecer sometida a ciertas finalidades. Si se trata de dominar el universo, no es por pura fascinación del poder, sino para llegar a los objetivos de libertad y bienestar. En relación a estos fines el desarrollo de las ciencias aparece como el vector de otro progreso: el de la civilización. La voluntad de dominio se articula, pues, con la de los objetivos externos a ella y, en este sentido, no puede reducirse a una pura razón instrumental que no tomara en consideración sino los medios.

 

Pero, hoy, la voluntad de dominio dejó de ser voluntad de algo para convertirse en “voluntad de voluntad”; llegó a ser el dominio del dominio, la fuerza bruta para la fuerza bruta. Dejó, pues, de estar sujeta a finalidades exteriores, como sí lo fue en el ideal del Siglo de las Luces.

 

La reflexión sobre los fines ha ido declinando, poco a poco, en provecho de una preocupación exclusiva por los medios. En el mundo de la técnica, sólo cuenta el rendimiento, sean cual fueren los objetivos; más exactamente: el único objetivo –siempre que quede uno–, es el de la intensificación de los medios como tales. Hoy día se necesita, pase lo que pase, cueste lo que cueste, desarrollar por desarrollar, innovar por innovar, progresar para no perecer. Ya no hay nadie capaz de decir si el desarrollo, en cuanto tal, procura a los hombres mayor bienestar y libertad.

 

Consagrado sólo a la técnica, el mundo tiene tendencia a parecerse, independientemente de cualquier proyecto, a un giroscopio que debe girar para no caer, ya que ninguna visión global le es requerida para animarlo; el mundo se desfinalizó de alguna manera. De ahí el sentimiento, hoy tan compartido, de que el curso del mundo se nos escapa, que se escapa incluso, a decir verdad, a nuestros representantes, es decir a los líderes económicos y científicos incluidos. Nos sentimos como desposeídos de nuestro propio futuro.

 

Ciencia y verdad. Otra crítica contemporánea a la ciencia retoma, implícitamente, algunos argumentos de Nietzsche bajo el disfraz del triunfo de la razón y en vista del bienestar de la humanidad. Las ciencias no harían sino reconducir las viejas “voluntades de creencia”, pero bajo una máscara que disimule el nuevo ídolo. Continuarían, en efecto, llevando en sí una ilusión metafísica, la del descubrimiento completo del Ser: “Existe un fantasma profundo, escribe Nietzsche, que viene al mundo, por primera vez, en la persona de Sócrates: la creencia inamovible de que el pensamiento, siguiendo el hilo conductor de la causalidad, puede alcanzar los abismos más lejanos del ser y que puede, no solamente conocer el ser, sino también corregirlo. Este sublime poder de ilusión metafísica es atribuido a la ciencia como un instinto” 3.

 

De creerle a la mayor parte de los científicos, el objetivo principal que tienen en vista cuando dirigen sus investigaciones sería, en efecto, “descubrir la verdad”, obtener una representación adecuada del mundo tal como es en sí mismo. El físico Brian Greene, por ejemplo, confía que la teoría de las “supercuerdas” –actualmente en construcción y considerada unificadora de las cuatro fuerzas de la naturaleza–, “devele el misterio de las verdades más fundamentales de nuestro Universo”.

 

Pero el vínculo entre la ciencia y la verdad ¿es exclusivo? La ciencia ¿tendrá el monopolio absoluto de lo “verdadero”? ¿Sería ella la única actividad humana que fuera independiente de nuestros afectos, de nuestra cultura, del carácter contextual de nuestros sistemas de pensamiento?

 

En las antípodas del discurso positivista, que proclama la ciencia la única apta para decir la verdad del mundo, algunos sociólogos de las ciencias consideran que la verdad es, sobre todo, una palabra vacía. Bajo este aspecto, no debería ser considerada como una norma de la búsqueda científica o como el fin último de la misma. Rechazan pensar, en efecto, que pueda existir algún paso de conocimiento que esté en contacto más estrecho con el mundo, que sea más ajustado que cualquier otro. Algunos adelantan, por ejemplo, que la física no se desarrolla sino en función de intereses sociológicos. Según ellos, si se desea verdaderamente explicar la manera en que los científicos construyen sus conocimientos conviene, por una parte, poner en evidencia los determinismos sociales y, por otra, estudiar las teorías de una manera equivalente, “simétrica”, sean ellas consideradas por los científicos como “verdaderas” o “falsas”. Porque las teorías tenidas por “verdaderas” o “falsas” no lo son en mérito a su adecuación o inadecuación con los hechos a secas, sino en función de intereses puramente sociológicos. De ahí a considerar que las teorías científicas no son sino simples “convenciones sociales” establecidas por la comunidad de los investigadores, no hay sino un solo paso que, autores como Steven Shapin y Simon Schaffer, no vacilan en franquear: “Reconociendo el carácter convencional y artificial de nuestros conocimientos –escriben–, no podemos hacer otra cosa que verificar que somos nosotros mismos, y no la realidad, los que estamos en el origen de lo que sabemos”. Dicho de otra forma, el contenido del conocimiento sería creado en su totalidad por los científicos.

 

Estas tesis, llamadas “relativistas”, tienen hoy un impacto muy fuerte, especialmente en los medios estudiantiles. Aunque su difusión vaya acompañada de contrasentidos y de malentendidos, alimentan el escepticismo general y sirven de zócalo a las críticas, cada vez más vivas, dirigidas a los profesionales de la investigación: “La ciencia de ustedes, ¿dice realmente lo verdadero? ¿Cómo osan pretender que ella se refiera a la racionalidad mientras los juicios estéticos, los prejuicios metafísicos y los deseos subjetivos impregnan, si no todos sus pasos, al menos algunas de sus fases? Su legitimidad incontestada ¿está fundada en algo que no sean los efectos del poder? Los mitos que ustedes desprecian, ¿no dicen, ellos también, una parte de la verdad?”.

 

El punto digno de atención es que el relativismo se beneficia, en cualquiera de sus formas, de una simpatía intelectual casi espontánea. ¿Por qué seduce tanto a quienes se interrogan sobre el contenido de los discursos de la ciencia? Sin duda porque (¿abusivamente?), interpretada como un cuestionamiento de las pretensiones de esta última, parece nutrir una sospecha que se generaliza, la de la impostura: “Finalmente, en ciencia como en otras cosas, todo es relativo”.

 

Ciencia y universalidad. La ciencia permite tener sobre el mundo un discurso universal, sin debate. Pero este universal que exhibe la ciencia ¿es completo? Creer esto sería olvidar la forma en que la ciencia moderna se construye, especialmente después de Galileo. No llegó a ser poderosa sino a partir del momento en que aceptó limitar sus ambiciones. Por ejemplo, la física no se interesa por todas las cuestiones, sino solamente por aquellas en las que su camino es aplicable. Más generalmente, las ciencias no se interesan sino en las cuestiones… de ciencia. De golpe, el universal que ellas exhiben permanece incompleto en el sentido de que no ayuda a pensar las cuestiones que quedan fuera del campo científico. Por ejemplo, no permite pensar mejor el sentido de la vida, el amor, la libertad, la justicia, los valores. La constatación de esta limitación puede ser incluso una de las razones principales del bajón de nuestro entusiasmo colectivo respecto de la ciencia. “Comprendan bien –se les explica a los científicos–, las cuestiones relativas a nuestros valores son las que más nos interesan, en todo caso mucho más que la letanía de las grandes leyes de la física, pues es en torno de aquellas que construimos nuestras aspiraciones, nuestras acciones, nuestros proyectos. Por otra parte, si su ciencia no nos ayuda a esclarecer nuestra humanidad, si es incapaz de proveernos los referentes que necesitamos, si descubre la verdad pero sin poder encontrarle un sentido, no se sorprendan si no entramos en comunión con su comunidad”.

 

El poder, incluso de la racionalidad científica, y el impacto de las tecno-ciencias sobre los modos de vida, provocan reacciones de resistencia tales como: el deseo de reafirmar la autonomía frente a un proceso que se nos escapa, los celos por defender los ideales alternativos contra la amenaza de un modelo único de comprensión o de desarrollo, la voluntad de devolver su transparencia al debate democrático cuando la complejidad de los problemas tiende a confiscarlo en provecho de sólo los expertos.

 

El problema consiste, evidentemente, en concederle derecho a estas demandas sin caer en el irracionalismo, en la confusión o en la parálisis.

 

Dos signos de los tiempos resumen la nueva situación. Por una parte, a medida que las controversias se intensifican, los comités “Ciencia y Sociedad” se multiplican: las ciencias humanas y la reflexión moral son cada vez más requeridas para apoyar el desarrollo de las nuevas tecnologías o para prevenir sus efectos potencialmente perversos. Por otra parte, los estudiantes, en casi todos los países desarrollados (no en los emergentes), se comprometen cada vez menos con las carreras científicas. Entre las jóvenes generaciones existe como un quedo del ansia de saber. Se lo ve, especialmente, en el hecho de que una fracción creciente de los mejores alumnos del fin del secundario vuelve sus espaldas a los estudios científicos universitarios. Esta desafección, si llega a durar, podría poner en peligro el brillo y la credibilidad de los laboratorios de investigación (también la competitividad de las empresas) sin hablar de la penuria de profesores calificados.

 

Si aspiramos a que un día la ciencia llegue a ser ciudadana, será necesario tratar de responderle convenientemente. El “pensamiento calculador” que está en los comandos de las tecno-ciencias –que no se aplica sino a objetivos precisos, que no mira sino fines determinados–, deberá entonces ceder el paso, al menos provisoriamente, a un “pensamiento meditador”, a la prosecución del sentido de nuestras acciones y de nuestros proyectos.

 

 

 


Texto de Études.

Traducción: Alberto Azzolini.

 

Notas 

 

1. “Filósofos engañados que gritan «Todo está bien»; /Vengan, contemplen estas ruinas horrorosas, /Estas destrucciones, estos jirones, estas cenizas desdichadas, /Estas mujeres, estos niños amontonados uno sobre otro; / [...] Digan al ver este cúmulo de víctimas: /¡Dios se ha vengado, su muerte es el precio de su crimen! /Pero ¿qué pecado, qué crimen han cometido estos niños? / [...] Todo está bien dicen ustedes, y todo es necesario. / ¿Qué?, ¿el universo entero, sin este abismo infernal, /sin tragarse a Lisboa, estuvo peor? / [...] Un día todo estará bien: he ahí nuestra esperanza. /Todo está bien hoy: he aquí la ilusión.”

2. Tanto en la URSS como en la Alemania nazi, muchas disciplinas científicas han conocido intensos desarrollos, generosamente ayudadas y financiadas por Estados perfectamente antidemocráticos.

3. F. Nietzsche, El origen de la tragedia. Ciertas obras de científicos permiten creer que la ciencia continúa yendo a la par con el optimismo denunciado por Nietzsche. Este es el caso, especialmente, del último libro de Stephen Hawking Breve historia del tiempo. El autor concluye su presentación de los últimos avances de la física con estas palabras: “Si llegamos verdaderamente a descubrir una teoría unificadora, ella debería, con el tiempo, ser comprensible por todo el mundo en sus grandes principios, y no sólo por un puñado de científicos. Filósofos, científicos y personas comunes, todos serán capaces de tomar parte en la discusión sobre el porqué de nuestra existencia y de nuestro universo. Y, si algún día encontramos la respuesta, sería el triunfo de la razón humana, que nos permitiría entonces conocer el pensamiento de Dios”. ¿El pensamiento de Dios? ¡Caramba!

Nº 2323 » Febrero 2007

Elecciones en México, paso atrás de la democracia

por Alonso, Jorge · Comentar 

En México, los poderes fácticos, enemigos de la democracia, impusieron una vez más su voluntad. Las elecciones fueron espurias y las manejó un organismo electoral parcializado.

 

Vicente Fox, el mandatario saliente preparó el escenario desde el poder. Primero, de manera antidemocrática, intentó impedir que el jefe de gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, fuera candidato, mediante una descarada maniobra política. Pero el desafuero no prosperó. Luego se comprometió con los poderes fácticos a que no lo dejaría llegar a la Presidencia, y utilizó el poder presidencial y sus recursos para cumplir ese compromiso. Aumentó desmedidamente el gasto en publicidad para apoyar al candidato de su partido, Calderón, y para atacar a López Obrador, candidato de una coalición de izquierda que adoptó el nombre “Por el bien de todos”, y que impulsó la consigna “Primero los pobres”.

 

Pese a todo el apoyo de una campaña desmedida e ilegal del señor Fox, el candidato del PAN, Felipe Calderón, no remontaba la campaña al iniciarla. El PAN contrató entonces asesores españoles, y privilegió una campaña fascista de mentiras y calumnias en contra del candidato puntero en las encuestas, López Obrador. El meollo de esta guerra sucia fue acusarlo de ser un populista que traería sólo males a los ciudadanos. Anuncios televisivos y radiofónicos promovían miedo al cambio y odio hacia el candidato de la izquierda. En esos anuncios se machacaba que López Obrador era “un peligro” para México.

 

Las revelaciones hechas por los sostenedores de López Obrador permitieron descubrir una amplia red de tráfico de influencias, y fundaron las acusaciones de que ciertos funcionarios del Estado habían tenido que ver con el padrón de beneficiarios de los programas sociales y con el padrón electoral. Su partido, el PRD, también denunció desvíos hacia la campaña de Calderón de un programa de vivienda rural.

 

Finalmente la jornada electoral transcurrió sin zozobras. No obstante, se tuvieron que incorporar como funcionarios electorales más de dieciocho mil personas, y un buen porcentaje de ellas participó sin ninguna capacitación previa. En el Distrito Federal, gente mayor de 60 años –que se inclinaba por López Obrador– denunció que había sido eliminada del padrón electoral y no había podido votar.

 

En la noche de los comicios las televisoras anunciaron que por lo cerrado de la contienda no se podían dar resultados a boca de urna. Tanto Calderón como López Obrador se declararon ganadores. El programa de resultados electorales preliminares (PREP) arrancó con leve ventaja para Calderón. En ningún momento dejó de tenerla. Entonces PRD denunció que esto no era explicable en una contienda tan cerrada, y era índice de que los resultados estaban siendo manipulados. La diferencia final que arrojó este programa fue de más de un punto porcentual a favor de Calderón. López Obrador denunció que los datos no cuadraban, al faltarle al programa unos tres millones de votos, y que su manejo por parte del organismo electoral era, por lo menos, sospechoso.

 

¿Fraude cibernético o robo hormiga?

 

Los días subsiguientes a la elección, el PAN, apoyado por dirigentes empresariales, presionaba para que el organismo electoral declarara ganador a Calderón. El PRD denunció lo que llamó un “robo hormiga”. Mientras en estados donde ganó Calderón, los votos a presidente eran más que a senadores, en varios estados donde ganó López Obrador había más votos a senadores que a presidente, lo cual no tenía explicación. Desde el principio, el PRD, apelando a la futura tranquilidad del país, exigió que se hiciera un recuento voto por voto, lo cual no fue aceptado. Y sólo se consintió en hacerlo sobre un 2% del total. Aparecieron entonces indicios de errores, entre ellos votos por López Obrador anulados ilegalmente.

 

El organismo electoral tenía prisa. Los resultados arrojaron que Calderón había obtenido 15 millones 284 votos, con lo que superaba en un 0,5 % a López Obrador, 130.114 más que los que el mismo Calderón había aducido tener, basándose en actas. El PRD denunció entonces la existencia de un gran fraude electoral y lamentó que el presidente del Instituto Federal Electoral (IFE) hubiera anunciado un ganador, cuando esto le correspondía al Tribunal Electoral.

 

El siguiente paso era solicitar al Tribunal que abriera las urnas y recontara voto por voto. El PAN se opuso. El PRD tenía derecho de impugnar la elección. Y aunque estaba previsto por la ley, la demanda fue presentada en los medios de prensa y televisivos como un acto desestabilizador. Una semana después de las elecciones, se sabe, se iniciaron las manifestaciones pacíficas de los partidarios de López Obrador en la plaza del Zócalo de la ciudad de México. Criticaron al PAN, como buen aprendiz de los métodos fraudulentos del PRI. Era evidente que existían grandes sombras sobre las elecciones, y que el país experimentaba un retroceso en la democracia electoral.

 

El organismo electoral no intervino ni en tiempo ni en forma para frenar la propaganda sucia contra López Obrador (se lo comparaba sin fundamento con Hugo Chávez) y lo hizo tardíamente sólo por orden del Tribunal Electoral. El anterior presidente Fox había organizado una prolija campaña de medios dedicándose a inducir y coaccionar al electorado. Además, vinculó los programas sociales con el voto por el PAN.

 

La coalición que apoyaba a López Obrador adujo que más de un millón de votos no tenían sustento en boletas. Sólo en 42.762 actas coincidían todos los datos, mientras que 72.197 presentaban errores. Se habían sumado de manera ilegal 898.862 sufragios y se habían eliminado artificialmente 722.326. Sin que hubiera mediado petición del Tribunal Electoral y sin la presencia de representantes del PRD, funcionarios del organismo electoral abrieron ilegalmente 3000 urnas después de la fecha oficial de revisión de los resultados.

 

Fox siguió atizando el encono al declarar que México avanzaba “a pesar de los relegados”. Investigadores de la Universidad Nacional Autónoma se pronunciaron porque se hiciera el recuento voto por voto, pues cuando no había plena seguridad la ciencia aconsejaba volver a hacer las mediciones. Alertaron que para despejar toda duda, esto se hiciera sin utilizar el sistema de cómputo del Instituto Federal Electoral, que estaba en entredicho, y aconsejaban que en el recuento participaran las universidades y organismos no gubernamentales. En medio de la resistencia pacífica de la multitud congregada en el Zócalo y sin haber sido nombrado oficialmente, Felipe Calderón empezó a comportarse como presidente electo y a reunirse con las cúpulas empresariales. López Obrador le envió una carta para proponerle que se pronunciara por el recuento voto a voto con el fin de eliminar toda sospecha de fraude. Calderón rechazó la propuesta en tanto López Obrador precisó que si la resolución final del Tribunal Electoral le era adversa, la acataría bajo protesta, pues la elección no había sido ni limpia ni libre.

 

Ante el Tribunal Electoral se abrían varios caminos. Acudir al recurso legalista y formal y desechar la impugnación con lo que abriría la puerta a una larga confrontación política. O ir al fondo del problema con una actitud garantista y corregir los errores de las actas para, según el resultado, declarar al candidato triunfador. Pero el Tribunal eligió reducirse a una interpretación estrecha y revisar sólo el 9 % de las urnas. López Obrador rechazó lo que llamó el “diezmo de la democracia”. Acusó a los magistrados de escasa altura de miras y de haberse atenido al criterio del PAN. La decisión complació a este partido, que se mostró eufórico. La apertura de esta exigua cantidad de urnas nunca permitirá saber a ciencia cierta quién ganó. Es una decisión que no resuelve el conflicto.

 

Instalado ya en el poder el candidato Calderón, otro dato que arrojan estas elecciones es que su partido proseguirá apoyándose en lo más corrupto y antidemocrático del corporativismo sindical. Antes, bajo los gobiernos del PRI, se daban elecciones en donde los poderes fácticos del dinero y de los medios estaban supeditados al Estado. Ahora se dio una elección fraudulenta de los poderes fácticos –el gran poder el dinero, de los oligopolios de los medios de comunicación masiva, el de buena parte de la jerarquía católica, y el del crimen organizado– que supeditaron a los partidos y al Estado.

 

Llama la atención que las corporaciones mexicanas, unidas al capital financiero internacional y al gobierno de Bush, no hayan tolerado que el candidato de la coalición “Por el bien de todos” pudiera ganar unas elecciones a través del voto libre. López Obrador no representaba una alternativa a la política neo liberal; sólo ofrecía condiciones menos malas a los parias del sistema. Resulta revelador comprobar que estos poderes no sólo se oponen a dar atención al grave problema social que padece México, sino que atentaron contra lo básico de la democracia electoral: el voto libre e informado.

 

 

 


Texto de Razón y Fe (Madrid)

 

Nº 2323 » Febrero 2007

¿Quién bloquea el desarrollo en América latina?

por Prats, Joan · Comentar 

No se ha querido entender la observación magistral de Douglas North de que “el futuro está vinculado al pasado por las instituciones informales de cada sociedad”. La informalidad es la característica más sobresaliente para entender a las sociedades latinoamericanas. Tan importante y real como poco investigada.

 

Ninguna región del mundo ha tenido un pasado colonial tan extenso e intenso como el de América latina: tres siglos que siguen condicionando el presente y el futuro. De entre las experiencias coloniales, sólo en América latina y el Caribe los descubridores y colonizadores desarticularon o destruyeron los sistemas sociales preexistentes y construyeron nuevas civilizaciones. La institucionalidad informal de América latina, su cultura cívica y política profunda, no pueden entenderse sin el legado colonial.

 

A dos siglos ya de independencia todavía no se han podido erradicar ciertos caracteres casi idiosincrásicos, que por ello mismo no pueden abolirse por decreto. A lo largo de tres siglos arraigaron instituciones y pautas culturales que provenían de la parte de Europa preliberal, premoderna, precientífica y preindustrial, de la Europa de la Contrarreforma, centralizada, corporativa, mercantilista, escolástica, patrimonial, señorial y guerrera, donde la idea de libertad no deriva del derecho general sino de la obtención de un privilegio jurídico.

 

El sistema colonial español ha sido caracterizado como “una red gigantesca de privilegios corporativos e individuales que dependían para su sanción y operatividad final de la legitimidad y autoridad del monarca” 1. Cuando se desintegró esta red de clientelismo, patrimonialismo y cuerpos corporativos interconectados que había procurado cierta cimentación política y social al Imperio y al vasto y casi vacío territorio de América latina, los padres fundadores de América latina –y Bolívar al frente de ellos– encararon un difícil dilema: por un lado, los ideales ilustrados, la lucha por la independencia, el deseo de libertad, el ejemplo norteamericano, todo los llevaba a adoptar la forma de gobierno republicana; por otro, reconocían realistamente las tendencias anárquicas y desintegradoras de sus pueblos. El compromiso a que se llegó consistió en concentrar el poder en el Ejecutivo –dotado con amplias facultades de emergencia en detrimento del Legislativo y el Judicial–, en restringir la representación a los propietarios, en restablecer privilegios corporativos especialmente a favor del Ejército y de la Iglesia, y en idear nuevos mecanismos de control para mantener a los de abajo en su sitio 2.

 

Tendencias patrimonialistas y clientelares

 

Se necesitó casi todo el primer siglo de vida independiente para constituir lo que Manuel García Pelayo llamaba “estados inoculados”, en tanto que todavía no fundados sobre una nación y una ciudadanía universales y completas, articuladas conforme a un sistema de derecho. Tanto a lo largo del período de desarrollo hacia fuera que llega hasta los años 30, como en el de desarrollo hacia dentro que entra en crisis en los 70 y se desmonta en los 80, lo que caracteriza el orden institucional latinoamericano –independientemente de la naturaleza democrática o autoritaria de los gobiernos– es la pervivencia del sistema patrimonialista burocrático, clientelar, caudillista y personalista, corporativo, en el que la esfera económica y política se confunden y que sólo es capaz de integrar aquella parte de la población estructurada en corporaciones o redes clientelares, condenando al resto a la exclusión y la marginación y –en las condiciones de alta volatilidad económica características de toda la historia de la región– la mayoría de las veces también a la pobreza. A pesar de los intentos, especialmente del período llamado burocrático-autoritario, por construir una tecnocracia que gozara de autonomía frente a los grandes grupos de interés económico y social, lo cierto es que los principios burocrático-weberianos sólo consiguieron penetrar en ciertos enclaves de algunos Estados.

 

El conjunto del aparato político-administrativo siguió sometido a la lógica patrimonial tradicional. La acción del Estado sufrió de lo que, refiriéndose a Brasil, Schmitter ha llamado “sobreburocratización estructural” combinado con “infraburocratización de comportamientos”, en otras palabras, el papeleo y el formalismo se hicieron sistémicos con el patrimonialismo, la clientelización y la inseguridad jurídica: los costos de transacción se dispararon obviamente 3.

 

La ola de democratización vivida por América latina a partir de los 80 y la aplicación casi paralela de las políticas del Consenso de Washington, aunque han mejorado sensiblemente los indicadores de libertad política y las capacidades de manejo macroeconómico, no han conseguido revertir suficientemente las tendencias patrimonialistas y clientelares profundas de la cultura política. Aunque las políticas formuladas han mejorado, la informalidad institucional ha bloqueado en muchos casos su correcta implementación, generándose así la paradójica situación de políticas más o menos correctas que no son capaces de conseguir los resultados propuestos. La debilidad de los Estados para formular y sobre para implementar políticas públicas de desarrollo tiene hondas raíces institucionales y sociales. Aquí puede también encontrarse la explicación de por qué unas mismas políticas pueden dar rendimientos económicos y sociales satisfactorios aplicadas en países con fortaleza institucional relativa –caso de Chile– mientras que producen resultados negativos en países de gran debilidad institucional.

 

Inseguridad jurídica

 

Un factor que debilita extraordinariamente la competitividad internacional de las economías latinoamericanas sigue siendo la inseguridad jurídica general. Es cierto que de ella pueden escapar en gran parte los grandes inversionistas internacionales con el apoyo de cláusulas de arbitraje internacional y en último extremo del poder de represalia de sus respectivos gobiernos. Pero la inseguridad jurídica impone costos insalvables para la inversión de las medianas empresas extranjeras y para el desarrollo de pequeñas y medianas empresas nacionales bien insertadas en la globalización, que habrían de constituir las nuevas clases medias productivas y la base social de una política nacional de internacionalización.

 

En esta falta de desarrollo institucional se halla uno de los mayores riesgos de las actuales sociedades latinoamericanas del tiempo de la globalización. Esta falta de seguridad jurídica no afecta determinantemente a los grupos de poder tradicionales que conservan el manejo del proceso político ni constituye un obstáculo insalvable para los grandes inversores internacionales.

 

Todos estos grupos y sus asalariados cualificados en cada país van a quedar estructuralmente conectados al proceso de globalización. Pero al continuar deteriorándose el tejido de clases medias, originado durante la fase de desarrollo hacia adentro, y al no surgir en número suficiente nuevas clases medias por el carácter imperfecto e incompleto de los mercados, un porcentaje cada vez mayor de la población puede verse obligado a vivir en la informalidad y los más audaces y menos escrupulosos pueden optar por insertarse en la globalización informal representada por todos los tráficos ilícitos. El deterioro ético derivado de la mercantilización de casi todos los ámbitos de la vida personal y colectiva no ayuda a frenar este proceso. El desgarramiento nacional y la ingobernabilidad que de todo ello puede derivarse ya no son meros temores.

 

Desarrollo institucional

 

El desarrollo institucional no es, pues, un lujo de los países ricos del que pudieran prescindir los países pobres en sus estrategias de desarrollo. Es una condición necesaria para que surjan mercados interna e internacionalmente competitivos, para que sean creíbles los procesos necesarios de integración regional, para que los pobres puedan acceder sin discriminaciones a las actividades productivas, para que se multiplique el tejido de pequeñas y medianas empresas insertadas en la economía global, para que se desarrolle un modelo educativo coherente con una economía productiva, para que se supere la confusión y se restablezca la autonomía y la interdependencia entre las esferas política y económica, para que se amplíe la base fiscal y para que se desarrolle una cultura tributaria coherente con una ciudadanía moderna y solidaria. Todo esto obviamente exige más que el desarrollo institucional. Pero este, aunque no es condición suficiente, sí es condición necesaria para la producción de todos los procesos relacionados y, con ellos, del avance y sostenibilidad de las todavía incipientes y problemáticas democracias latinoamericanas.

 

Cuando nos planteamos reformar las instituciones estamos nada menos que pretendiendo hacer historia, pues a esto equivale querer superar la continuidad histórica representada por unas instituciones informales que están fuerte y diversamente arraigadas en los países y que bloquean el avance de la democratización, la cultura productiva y la inclusión social.

 

 

 


Texto original de Cuarto Intermedio (Cochabamba, noviembre 2005),  revista de los jesuitas de Bolivia.

 

1. Wiarda, H.J., “Historical Determinants of the Latin American State”, en Vellinga, M. (compilador), The Changing of the State in Latin America, Wesview Press, 1998.

2.  Ibídem.

3. Schmitter, Ph. C., Interests Conflict and Political Change in Brazil, Stanford, Stanford University Press, 1971. Ver también. Schneider, B. R., Politics within the State. Elite Bureaucrates and Industrial Policy in Authoritarian Brazil, Pittsburg, Pittsburg University Press, 1991.  

Nº 2323 » Febrero 2007

La integración como camino hacia la madurez

por Sannuti, Ángela · Comentar 

La madurez emocional es la base del crecimiento psicológico y espiritual de todo ser humano. La evolución de cada persona arraiga en la propia madurez afectiva; no existen personas “evolucionadas espiritualmente” si no son maduras emocionalmente.

 

La autonomía y la madurez emocional son dos caras de la misma moneda: una persona madura es autónoma, ya que está anclada en el centro mismo de su ser desde donde llega a ser auténtica e íntegra.

 

Lo sepamos o no, nuestra búsqueda más honda e íntima nos impulsa a la integración. Así como a la vida la conocemos por fragmentos, también nuestro propio ser se nos revela en pequeñas porciones, si es que nuestra sensibilidad está abierta y dispuesta a percibirlo.

 

¿Qué significa madurar emocionalmente? Respuestas cargadas de prejuicios, ignorancia e ingenuidad dan cuenta de que hay una mitología muy arraigada en la psique que nos hace creer que la madurez es alcanzar un “estado ideal de perfección”. Cuando intentamos conseguir una determinada imagen, o ser alguien especial o perfecto que nunca se equivoca, no somos realmente nosotros mismos, con honestidad y verdadera compasión.

 

Lamentablemente, lo que se nos enseña en la niñez no es la coherencia sino el conformismo; entre la voz de la apariencia y la del corazón, crecemos inseguros y sometidos a la tiranía avasallante de lo exterior. Cuanto más descuidamos nuestro desarrollo interior, con mayor rigidez tratamos los aspectos más banales de la educación.

 

Crecer es madurar e implica correr el riesgo de encontrarnos con aspectos luminosos y oscuros de nuestro ser. Las personas inmaduras son las que se resisten a asumir su realidad sombría y permanecen ciegas a sus carencias afectivas primarias.

 

Madurar es integrar, pero ¿qué sucede cuando los deseos que albergamos se contraponen entre sí, cuando los anhelos y los pensamientos opuestos nos producen conflictos?

Entonces uno sufre y raramente se torna consciente de su fragmentación que es lo que origina el conflicto, núcleo del sufrimiento psicológico.

 

¿Cuál es la causa de esta fragmentación? Las religiones, la filosofía y diversas disciplinas científicas han intentado, con mayor o menor profundidad, captar y responder a este interrogante esencial.

 

Pero lo cierto es que en la vida de cada persona hay división, hay conflicto y, detrás de todo ello, acecha el desorden, la confusión, un afán y una ansiedad sin límites. ¿Es necesario vivir atrapados en esta desdicha?

 

Nuestras propias contradicciones manejan los hilos invisibles de las decisiones vitales. Atrevernos a develarlas, poder descubrir e integrar esas partes de nuestra alma que aún ignoramos, o bien no aceptamos o rechazamos, constituye la tarea más honda y humana del verdadero camino hacia la salud.

 

Para entregarnos a un encuentro profundo con nuestro ser esencial, son condiciones indispensables la confianza, el respeto y el amor a uno mismo.

 

Vacío emocional

 

Todos estamos necesitados de escucha, de tiempo, de dedicación y de contacto afectivo sincero, pero sin un arraigo emocional genuino se hace difícil establecer vínculos saludables y sostenidos.

 

En nuestra época disociada y confusa estamos educados y adiestrados para el hacer, y raramente sentimos lo que hacemos y cómo lo hacemos; pareciera que se vive en un laboratorio mental en el que nuestro sentir más profundo queda excluido. Aún hoy persiste una sobrevaloración de lo masculino que desconfía de los aspectos femeninos de nuestro ser: el afuera, lo rápido, la pura lógica racional y lo lineal sofocan el adentro, lo lento, lo introspectivo, lo intuitivo.

 

Nuestros sentimientos están cada vez más desnaturalizados: se los reprime, se los trivializa o manipula, y a menudo nuestras costumbres y formas de vivir cotidianas se vuelven artificiales (actitudes falsas, relaciones falsas y actividades falsas).

 

No permitimos que nuestros sentimientos se desarrollen completamente; actuamos para domesticar nuestras emociones en lugar de observarlas con atención, comprenderlas y así madurar afectivamente.

 

Vivimos desarraigados emocionalmente, sin confianza, sin espontaneidad y sin un verdadero contacto con esa cualidad sutil y llena de riquezas dentro del vínculo con los otros.

 

Sentimientos heridos, soledad, dolor, sensación de inutilidad y una erosión de los valores y del sentido de la vida nos hablan de que hemos empobrecido la dimensión más preciosa de nuestro existir y evidencian la lesión que sufre nuestra sensibilidad más íntima.

 

* * *

 

“Las emociones no son un lujo, sino un complejo recurso para la lucha por la existencia” (Antonio Damasio).

 

En una sociedad adictiva como la nuestra, en la que todos estamos muy pendientes de lo que obtenemos, consumimos e incorporamos, creemos e intentamos ilusoriamente compensar con tanta vorágine el vacío emocional con el que se vive.

 

A menudo, el exceso de objetos materiales, de actividades que tenemos en la vida nos quitan la paz interior; pero el problema no está en las cosas o en lo que hacemos sino en nuestra actitud, en nuestro engaño interior.

 

Hemos llenado nuestros corazones con las cosas de la mente, con brillantes palabras y elocuentes discursos, con ambiciones desmedidas, vanidades y lirismos desesperados, pero nuestros corazones están vacíos.

 

El corazón es el guardián de nuestra verdad, es el que sabe con exactitud lo que nos falta, lo que necesitamos; pero ¿es posible descubrir esa verdad cuando sacrificamos la necesidad de ser leales con nosotros mismos, de comunicación sincera, de comprender y ser comprendidos, de amar y ser amados?

  

Morir de éxito

 

“La verdadera profundidad se encuentra detrás de los espejos” (Marguerite Yourcenar).

 

¿Cómo llegar a esas infinitas profundidades cuando la mayoría de la gente vive prisionera de la imagen que le devuelven los otros?

 

Indigentes de la mirada ajena, muchos se infligen la obligatoriedad del éxito: casi todo es cálculo, habilidad y astucia para alcanzar objetivos y resultados. ¿Cuántas veces se relegan los sentimientos internos en aras de lo pragmático?

 

Para esta mentalidad, basada puramente en lo externo, todo debe ser más fácil, expeditivo y en mayor cantidad. Cualquier cosa que requiera menos trabajo y mayores beneficios resulta sumamente atractiva. Muchas veces en el día, se renuncia a algún valor de sentimiento a cambio de una ventaja externa. Y nuestra sensibilidad paga el precio. Un precio que más tarde resultará insoportable a través de un sinnúmero de síntomas y sufrimientos. Cuántas personas viven atrapadas en una vida mecanizada, artificial y jamás llegan a saber que ésa es la causa de su llanto 1.

 

Ningún sustituto externo puede calmar la necesidad de contacto íntimo con la propia interioridad y la de los otros.

 

La madurez pasa ineludiblemente por el aprendizaje, pero en esta cultura exitista hay una tendencia a agilizar el proceso natural que tiene cada ser humano para aprender, no se respetan los tiempos propios, los modos propios de recorrer el camino; se borran las diferencias y se pierde singularidad en nuestro ser.

 

¿Cuál es la diferencia entre el éxito y el fracaso? Para una persona madura no hay acontecimientos inútiles, todo es aprendizaje y tanto el éxito como el fracaso dejan de ser meras distinciones creadas por la soberbia y la ignorancia humana.

 

El proceso de aprendizaje continúa siempre, de una manera infinita y los cielos están abiertos para quienes aprenden.

 

La auténtica fuerza de nuestra vitalidad irrumpe cuando somos capaces de aceptar e integrar los aspectos más frágiles y vulnerables de nuestra personalidad que, en general, suelen manifestarse a través de nuestras imposibilidades y errores. La exacerbación del éxito que promueve nuestra sociedad actual no es más que una huida constante del reconocernos limitados.

 

“Reivindico mi búsqueda constante, mis equivocaciones, mi asombro y no el atrincherarse por miedo a vivir” (Clarice Lispector)

 

Vivir es el mayor viaje de descubrimiento que puede realizar un ser humano y, como en todo viaje, sólo descubrimos cuando superamos los estrechos límites de nuestros prejuicios y mandatos, cuando estamos abiertos y atentos a lo que nos susurra la vida.

 

Morir de amor

 

Devenidos adultos, seguimos siendo emocionalmente niños malheridos, necesitados y carentes; el problema es que la gran mayoría lo ignora y permanece ciega a sus carencias afectivas primarias. El miedo al dolor y los bloqueos enmascararon por años el acceso a ese niño que hay en nosotros y, de este modo, la propia realidad emocional se vuelve invisible para la conciencia.

 

Cuanto más tempranas son las carencias afectivas mayor es el estado de insatisfacción, vacío y hambre emocional. Pero mucha gente no quiere saber nada de su propia historia y, por consiguiente, tampoco saben que, en el fondo, se hallan constantemente determinados por ella porque siguen viviendo en una situación infantil no resuelta y reprimida 2.

 

Un “hambriento emocional” está dispuesto a todo para aplacar su hambre y sus conductas suelen ser estrategias de supervivencia que provienen del desamparo y la soledad de la infancia.

 

Hambrientos de una presencia maternante, de una mirada atenta y exclusiva, de contacto cálido e íntimo, de una fuerza nutritiva que nos despierte el deseo y la pasión por vivir, buscamos sustitutos de toda índole que, en tanto sucedáneos, jamás pueden conectarnos con la verdadera necesidad.

 

El movimiento de la vida nos impulsa a una búsqueda permanente pero una cosa es la búsqueda vital inherente al crecimiento y otra muy distinta es la búsqueda compulsiva en la que, la necesidad de incorporar vorazmente lo que sea –afecto, comida, trabajo, dinero, posesiones, fama– son meros desplazamientos de necesidades primarias que no fueron satisfechas. Por esto mismo la persona queda siempre “hambrienta de algo” que le falta aunque no logre distinguir de qué se trata. Si no se adquiere conciencia de ello, se perpetúa ese circuito forzado del cual resultará cada vez más difícil salir.

 

Reconocer esas heridas y detectar las necesidades vitales insatisfechas es el inicio del verdadero viaje hacia la madurez. Los sentimientos de carencia, de abandono y de ira provocan pánico, por eso, los desterramos, los rechazamos o los disociamos de nuestra conciencia; pero no podemos vivir en esta alienación de por vida porque todo lo que no asumimos como propio emerge inevitablemente bajo la forma de síntomas, enfermedades y trastornos.

 

Nos enfermamos y nos morimos por falta de amor aunque luego rotulemos ese sufrimiento con diagnósticos médico-psicológicos.

 

Madurar es dejar de negar la verdad emocional que albergamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo; es sentir esa verdad, integrar la propia historia y no tener que sacrificar más ningún aspecto de nuestra vitalidad. El amor que excluye la verdad no puede llamarse amor.

 

Sólo la más cálida vitalidad que habita en nosotros puede nutrir el milagro, el equilibrio y la sabiduría en todas sus formas, esos dones que nos otorga la madurez.

 

Madurar es integrar

 

¿Cómo adquirir conciencia de nosotros mismos cuando la propia ceguera emocional nos impide abrazar con amor esas partes sombrías de nuestro ser, que alguna vez rechazamos o no quisimos o creímos irredimibles y bloquearon nuestra capacidad para sentir y amar?

 

Reconocer nuestros dones es tan esencial como reconocer las heridas y, por ende, las propias limitaciones.

 

Hay una brújula interna que nos orienta en este arduo reconocimiento y que puede hacer accesible a nuestra vida consciente nuestra historia y nuestra verdad: nuestras emociones y sentimientos que son complejos procesos psicobiológicos 3.

 

No podemos querernos, respetarnos ni entendernos a nosotros mismos si ignoramos los mensajes de nuestros sentimientos, sobre todo, de los sentimientos llamados “negativos” como la rabia, el dolor y el miedo que tienen un origen real aunque, cuando persisten en el tiempo, suelen ser casi siempre reacciones a heridas pasadas 4.

 

¿Cómo transformar las llamadas emociones negativas en sentimientos sensatos? Ningún sentimiento es eterno si podemos vivirlo. Cuando lo comprendemos desde la propia historia ya no se necesita temerlos. La ceguera forzada hacia estos sentimientos se pagan con enfermedades corporales o anímicas.

 

Y los sentimientos positivos fingidos no sólo duran poco sino que también nos fuerzan a vivir con máscaras y, tarde o temprano, habrá que afrontar las consecuencias del autoengaño.

 

Todo ser humano necesita la verdad a toda costa y los sentimientos auténticos son la puerta de entrada; sin ellos se permanece atrapado en una cárcel invisible de ilusiones, apariencias y de compulsión al sufrimiento.

 

En nuestras vidas hay más unidad de la que parece, pero si queremos ser adultos y vivir una vida auténtica, nueva y creativa es esencial la aceptación e integración de los distintos aspectos de nuestro ser que se nos revelan, implacablemente, en cada etapa de nuestro crecimiento personal.

 

Aceptación que no es pasividad sino lucidez y limpidez en nuestra mirada para ver las cosas tal como son, sin condenar ni justificar, sino integrándolas.

 

Esta comprensión profunda exige silencio y soledad; esa soledad y ese silencio que nada tienen que ver con el aislamiento y que no requieren cualidades extraordinarias sino un estado de alta sensibilidad. Sin la interferencia del pasado adviene una comprensión en la que hay verdadero esclarecimiento y en la claridad hay dicha.

 

La integridad, la conciencia, la responsabilidad y la lealtad a uno mismo nos devuelven, sin duda, la dignidad de ser.

 

 

 


Notas

1. No es casual que en esta época proliferen todo tipo de dolencias psicosomáticas, ataques de pánico, depresiones y un mayor consumo de drogas permitidas y no permitidas.

2. El trabajo psicoterapéutico debería garantizar necesariamente el acceso a esas sensaciones y vivencias, hacer hablar y sentir al niño que hay en nosotros y que un día enmudeció, ayudar a descubrir y desplegar su sepultada capacidad de amar.

3. La emoción es una reacción corporal no siempre consciente, pero a menudo vital, a los acontecimientos externos e internos. El sentimiento es la percepción consciente de esas emociones.

4. Cuando se desencadenan emociones intensas a través de sucesos de los más banales, se trata de emociones reprimidas en el pasado que no pudieron ser aceptadas e integradas; por eso, luego, son proyectadas y dirigidas hacia otras personas del presente.

Nº 2323 » Febrero 2007

Tiempos de reflexión

por Poirier, José María · Comentar 

Este número de la revista llegará a algunos de nuestros lectores al regreso de sus vacaciones, a otros cuando están descansando. De todas maneras, en un lugar o en otro, fuera o en la propia casa son éstos en general tiempos de descanso, de repone fuerzas, de hacer planes, de evaluar y reflexionar.

 

La presente entrega comienza con una nota de la psicóloga Ángela Sannuti que propone volver la mirada hacia adentro y se pregunta porqué muchas personas quedan atrapadas en su “propia desdicha y confusión”, cuando podrían abrirse a otras realidades”. Para la autora, la madurez emocional es “tarea esencial” en la vida.

 

Dos artículos hacen referencia a la política latinoamericana, en el que fuera un año electoral en muchas naciones del continente: Joan Prats, desde Barcelona, se interroga sobre “¿Quién bloquea el desarrollo en América latina?”; Jorge Alonso, desde Guadalajara, analiza las dificultades que surgieron de las reñidas elecciones en México, un gran país dividido entre los partidarios del oficialista vencedor Felipe Calderón y los del líder izquierdista Andrés Manuel López Obrador.

 

De gran interés la reconfiguración entre ciencia y sociedad que propone Etienne Klein, desde París, en el artículo “La ciencia y los miedos de la sociedad”.

 

Agustín Neifert, desde Bahía Blanca, escribe sobre el nuevo cine social francés; y Felicitas Casavalle, desde Amsterdam, sobre la realidad y el deseo en la poesía de Luis Cernuda.

 

Horacio C. Reggini, nuevo académico de Letras, recuerda en texto cordial la figura y la obra de Eduardo Ladislao Holmberg.

 

Rafael Squirru vuelve sobre uno de sus grandes amores, la obra de José Hernández, el Martín Fierro considerado como una suerte de Biblia criolla.

 

En este año 2007 seguiremos proponiendo a lectores y amigos el ciclo de debates abiertos sobre temas de actualidad, de los que se informará en su momento.

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