Revista Criterio
Junio 2007
Nº 2327 » Junio 2007

No dejes pasar la vida en vano

por Lozano, Jorge · Comentar 

El jueves 10 de mayo por la noche, miles de jóvenes acudieron a la cita en el estadio de Pacaembú. Colmaron las tribunas y el campo de juego; y decenas de miles de jóvenes participaron a través de las pantallas ubicadas en un playón contiguo.

 

El encuentro se desarrolló con calidad y sobriedad técnica: se oía y veía muy bien, pero no hubo efectos especiales ni sobre-producción. Esto ayudó a que lo más importante y valioso fuera lo acontecía en cada uno, en el corazón de cada uno.

 

Es significativo que en el primer viaje de Benedicto XVI a América Latina, su primer encuentro masivo haya sido con los jóvenes. Podemos decir que había un anhelo, un deseo mutuo de compartir miradas, palabras, abrazos, que no admitía dilaciones. El lema: “Joven, discípulo y misionero de Jesucristo”. Hubo cantos, baile, oración, fiesta, palabras, gestos. Intentaré comentar algunos.

 

Una de las primeras canciones expresaba preocupación por la Amazonia, el agua, la vida. El estribillo repetía en portugués: “está prohibido quemar, está prohibido matar”. Un joven había introducido el canto diciendo: “soñamos una mejor calidad de vida, soñamos con la vida desde el verde de Amazonia hasta la más sufrida de nuestras favelas”.

 

Algunos jóvenes, en representación de todos, presentaron al Papa sus angustias y preocupaciones, sus anhelos y esperanzas. Rescaté algunas frases casi textualmente:

 “Las angustias de los jóvenes necesitan corazones capaces de escuchar y recibir”.

 “Sólo el amor hará callar las armas de la guerra”.

 “Soñamos con una humanidad feliz. ¿Es esto una quimera?”.

 “¿Cómo hacer para que todos vuelvan a la escuela?”.

 “Son muchos los jóvenes excluidos, sin derecho al trabajo o la educación, empujados al delito, la droga, la prostitución”.

 “No imagina la fuerza que usted nos da. Rece por nosotros; ténganos en su corazón”.

 “Necesitamos una familia que nos cuide y nos ame”.

 

El Papa respondió con ternura. Después de proclamar el Evangelio del “Joven rico”, comenzó su mensaje: “Queridos jóvenes, queridos amigos y amigas…”. Habló del cuidado de la naturaleza frente a la devastación ambiental. ¿Cómo se plantean los jóvenes la vida en plenitud? ¿Cómo convertirla en exuberantemente bella? ¿Qué hacer para que la vida tenga sentido y no transcurra inútilmente?

 

Dos palabras fueron propuestas como actitudes necesarias: coherencia y autenticidad.

 

Benedicto insistió: somos obras también de nuestras manos. No dejes pasar la vida en vano; que no se te escape, que no se te escurra.

 

También se refirió a los miedos de los jóvenes, especialmente el miedo a la muerte.

 

Al hablar del amor, puso como modelo a Jesús que entregó la vida por amor. El amor es existir para otro, donarse a otro. Por eso la felicidad está en la fidelidad en la entrega. Pidió a los jóvenes valorar y apreciar el sacramento del matrimonio con el cual Jesucristo enaltece el amor.

 

Al concluir pidió a los jóvenes conservar en alto los elevados ideales de la fe y la solidaridad humana. Sin el rostro de los jóvenes la Iglesia estaría desfigurada.

 

Durante las tres horas que duró el encuentro hubo mucha emoción. La última canción seguida por todos ponía en labios de Jesús: “Yo sé bien lo que has vivido, lo que has llorado, lo que has sufrido. Pues he permanecido a tu lado y nadie te ama como yo”.

 

En cada uno la emoción seguía diferentes caminos, según cada corazón. Había alegría en el llanto.Eran palabras de vida y esperanza.

Nº 2327 » Junio 2007

Energía sin subordinación ideológica

por Mezzadri, Francisco A. · Comentar 

El tema de la suficiencia en la disponibilidad actual y futura de energía está sumando preocupaciones en la sociedad argentina. Ya no se trata sólo de la voz de quienes, por estar más cerca del tema, predecían en 2002 la probabilidad creciente de que surgieran en el mediano plazo dificultades en el suministro de electricidad o gas, dadas las políticas que comenzaban a aplicarse. El mismo Presidente de la Nación dijo en su mensaje al Congreso Nacional del pasado 1º de marzo: “hemos estado y estamos luchando al límite” en materia eléctrica. 1 Lo mismo sucede en materia de disponibilidad de gas natural. El mediano plazo ya está con nosotros y las dificultades energéticas en pleno despliegue.

 

El régimen moderno de la energía

 

La Argentina ya había enfrentado momentos tremendamente difíciles a fines de la década de 1980. La crisis de aquellos días no fue sólo resultado de la reducción de agua en los embalses hidroeléctricos. También contribuyó la repercusión de la quiebra financiera del Estado nacional sobre las empresas estatales de energía, particularmente Agua y Energía, SEGBA y la CNEA: la persistencia de esta situación unida a la aplicación de tarifas políticas que no traducían el costo de producción, las había descapitalizado a tal punto que no estaban en condiciones de invertir en nuevos equipos de generación térmica ni reparar los existentes. Cuando faltó el agua en los diques, las plantas térmicas no pudieron reemplazar la energía que las plantas hidroeléctricas no podían producir.

 

El Estado nacional a principios de los noventa debía procurar con urgencia una nueva oferta de energía que además suscitara incentivos para la atracción de recursos de inversión e incorporación de tecnologías. Así se justificaba la conveniencia nacional de privatizar tanto la industria del gas como la de la electricidad, separando las actividades de producción, transporte y distribución en ambos casos, e introduciendo, antes de privatizar, las regulaciones necesarias y adecuadas para evitar las ventajas monopólicas que la propia naturaleza del transporte y la distribución generan.

 

En aquellos momentos la idea privatizadora no era nueva en el mundo. En materia de energía, ya había sido aplicada en algunos países, como Chile y el Reino Unido. En la Argentina esa idea se incorporó en la campaña electoral de 1989; y el Congreso Nacional aprobó las dos leyes fundacionales del nuevo sistema: la 24.065 (en materia eléctrica) y la 24.076 (en materia de gas natural). Tanto los procedimientos institucionales que dieron vida a un nuevo sistema económico de la energía, como la calidad de la regulación diseñada, atrajeron capitales nacionales y extranjeros, y hasta sirvieron de modelo a procesos de privatización encarados por otros países. Las licitaciones de las concesiones o de la venta de activos energéticos aseguraban transparencia y las empresas o grupos empresarios se calificaban para competir, según exigentes criterios técnicos y económicos. Las nuevas empresas tenían como referentes estatales a los entes reguladores del gas y de la electricidad (ENARGAS y ENRE), cuyos directorios eran nombrados quinquenalmente por concurso público de antecedentes.

 

El resultado de la instalación de un régimen moderno de la energía fue la expansión de la capacidad de generación eléctrica en 9.000 megawatts adicionales, en la que el 66% de la inversión total se concretó a riesgo privado y el Estado concluyó la primera etapa de Yaciretá. En 2001 la Argentina estaba entre los países de vanguardia tecnológica en ese sector. La red de transporte de extra alta tensión se había extendido 2.000 km y el crecimiento de las redes de distribución eléctrica alcanzaba el 40%. La calidad y confiabilidad del suministro de energía mejoraba más del 80% mientras los niveles tarifarios se encontraban entre los más bajos del mundo.

 

En materia de gas natural, la red de gasoductos expandió 76% su capacidad de transporte, a riesgo privado, se mejoraron las condiciones de calidad y seguridad del servicio, se sumaron 6,5 millones de usuarios, y las tarifas, en su componente de transporte y distribución, se elevaron sólo el 1,6% en 10 años 2. Argentina comenzó, simultáneamente, el proceso de vinculación eléctrica y de gas con Chile, Brasil, Uruguay y Paraguay. Todos estos procesos significaron un flujo total de inversiones de 12.400 millones de dólares a riesgo privado en 10 años, 8.500 millones en electricidad y 3.900 millones en gas. A esta trayectoria robusta de inversión debe adicionarse la inversión en exploración que permitió generar un crecimiento en yacimientos del 60% en la producción de petróleo y del 84% en la producción de gas natural.

 

Ideología, pobreza y prebenda

 

Este brevísimo repaso de la historia ayuda a la reflexión sobre el presente y facilita la imaginación del futuro deseado. Las soluciones económicas puestas en ejecución en enero de 2002 como respuesta a la crisis política y económica de 2001, con su tremenda secuela social, dieron un final abrupto al sistema existente en materia energética.

 

En efecto, se alteró el marco regulatorio de las privatizaciones de los sectores eléctrico y de gas, desconociendo los derechos generales y particulares que surgían de los contratos firmados, imponiendo en forma unilateral su renegociación. Parte esencial de la alteración impuesta fue el congelamiento del precio del transporte y distribución del gas y la energía eléctrica tanto en el nivel mayorista como minorista, eliminando así el principal medio de retribución al capital invertido con aportes privados, y también el estímulo e indicador más eficaz para anticipar las inversiones necesarias para acompañar el crecimiento económico.

 

Las normas reguladoras fueron reemplazadas por cientos de regulaciones ad hoc impuestas más por la necesidad de alejar obstrucciones operativas a la producción que por el propósito de reponer, o instalar, un sistema regulador alternativo estable y previsible. De esa forma se consolidó una importante modificación de los precios relativos de la energía no sólo  con referencia a su precio internacional, sino también respecto de otros bienes de la economía. El Estado asumió grados crecientes de intervención y tomó la iniciativa de la inversión, sea como empresario (ENARSA) o controlando costos y beneficios de las nuevas inversiones privadas. En ese carácter promovió y tiene el control fiduciario de obras vinculadas a la construcción de dos plantas eléctricas y obras de expansión de gasoductos, redirecciona flujos de gas que corresponden a transacciones privadas y provee subsidios sistémicos a los usuarios desde 2003.

Ese conjunto de decisiones significó el fin del régimen moderno de la energía en la Argentina: se modificaron las pautas de racionalidad económica que lo habían conformado, a pesar de que sus resultados habían revelado eficacia, eficiencia y seguridad de abastecimiento. ¿Por qué se cambió el rumbo?

 

Es posible señalar tres componentes inspiradores del cambio. Dos de ellos fueron explícitos: en primer lugar, razones ideológicas provenientes de grupos afines al Gobierno y, en segundo lugar, la necesidad de proteger a los sectores pobres más afectados por la crisis. El tercer componente, no explícito, fue la prebenda política y económica.

 

No puede sostenerse que los tres componentes hayan inspirado en la misma medida a los sucesivos responsables de las decisiones políticas. Tampoco que hayan sido compartidos por quienes debieron ponerlas en práctica; pero, desde la perspectiva histórica, los tres componentes estuvieron y están aún presentes en las dificultades actuales, y se proyectan hacia el largo plazo.

 

El desacuerdo ideológico con la idea y la práctica privatizadora, lo expresaban muy bien sectores de acción o pensamiento cercanos en aquella época al Gobierno. La Central de Trabajadores de la Argentina, por ejemplo, sostenía que “los servicios de gas, electricidad y agua, deben ser considerados un derecho social y no una mercancía más, que se compra y se vende” 3. Por su parte los profesores de la FLACSO, Aspiazu y Schorr sostenían que “la ley de emergencia económica 25561  4 (sancionada en enero de 2002) se constituyó en un importante intento por modificar la –regresiva para buena parte de la sociedad argentina– relación Estado-empresas privatizadas que se había manifestado durante la década de los años noventa” 5.

 

Sin lugar a dudas, el tema de la agudización de la pobreza era central. La excepcional redistribución regresiva del ingreso provocada por la devaluación de 2002 y las medidas complementarias que la acompañaron, dieron lugar a que se aceleraran los ya entonces elevados niveles de desempleo y de pobreza. Dichas circunstancias justificaban que el Estado preservara la prestación de los servicios públicos básicos para los grupos sociales de muy bajos ingresos.

 

Pero otros intereses fueron los que marcharon detrás de la bandera defensiva de los pobres para lograr el rédito político vinculado al congelamiento de las tarifas o el rédito económico de gozar de precios subsidiados para la energía, mejorando así el beneficio personal o empresario. El caso extremo de esta prebenda fue el de sectores exportadores cuyos productos siempre compitieron con éxito en los mercados del mundo, y gozaron del doble beneficio extraordinario de una energía subsidiada y de un dólar excesivamente sobrevaluado.

 

Cuando se plantea un cambio de régimen, las discusiones ideológicas son bienvenidas y necesarias en un marco de tolerancia democrática y de respeto institucional; pero, lamentablemente, en el campo energético no se facilitó el debate y sólo se respetaron las formalidades institucionales. Asimismo, la ineludible atención del Estado a los diferentes sectores de pobreza tuvo amplia aceptación política y empresarial, y no obstante ello la “tarifa social” nunca fue implementada. Por otra parte, la prebenda resultó una versión política más de la gesta del Fausto, porque tras gozar de su inmediatez, sus costos a mediano o largo plazo ya han comenzado a transferirse no a los beneficiados, sino a la sociedad en su conjunto bajo la nueva realidad de la inseguridad energética.

 

La inseguridad energética

 

El Estado podía regular en 2002, en el marco de las leyes vigentes antes de la crisis, el impacto tarifario sobre el desamparo social que se había generado. La legislación existente otorgaba facultades a los entes reguladores para revisar las estructuras tarifarias ante situaciones de emergencia. Era absolutamente esperable que bajo tal amparo regulatorio, en tiempos de crisis, nadie pudiera pretender que las tarifas públicas se multiplicaran por tres en 2002. Sin embargo, al apartarse de la ley originaria por las razones expuestas no vinculadas al tema de la pobreza, las políticas que se fueron aplicando cambiaron el régimen económico de la energía, lo que se manifiesta claramente en la evolución del sector y su proyección a futuro.

 

La situación de estar “luchando al límite” en materia eléctrica, como señalara el Sr. Presidente, es la consecuencia de la ausencia de inversión significativa en generación eléctrica en los 5 años transcurridos desde enero de 2002. Por ese mismo motivo, el sistema eléctrico funciona sin reservas firmes y con un déficit de capacidad instalada de 3.600 megawatts, reservas que existían en 2001 y que respondían a los criterios prudenciales que rigen en el mundo para asegurar la calidad y continuidad de los servicios. Ese déficit explica las angustias de los funcionarios, operadores y empresas del sistema durante los días de calor o frío sostenidos. En estas circunstancias la demanda se controla con modalidades de racionamiento ad hoc para evitar la falta de energía en los centros urbanos. Los aportes de capacidad de generación aparecerán sólo hacia el 2009 y el 2010  6, y podrían compensar el déficit actual si, finalmente, Yaciretá alcanzara su capacidad plena y se cumplieran los recientes anuncios privados de inversión. Pero, hasta entonces, resultará muy difícil conciliar altos crecimientos de la demanda con la capacidad generadora existente, aun reforzándola con equipos obsoletos y de autogeneración de bajo rendimiento. En todo caso, la demanda insatisfecha y acumulada hacia 2010 evidenciará un déficit de capacidad instalada similar o superior al actual.

 

La indisponibilidad de gas no es menos frágil: la tasa de reposición de reservas ha sido negativa desde 2002, lo cual revela ausencia de inversión o agotamiento geológico. En efecto, los pozos terminados en áreas de exploración fueron sólo 30 en los últimos cinco años y las reservas comprobadas, a fines de 2005, alcanzaban a abastecer nada más que el consumo de 8,5 años. La consecuencia es la escasez creciente de gas natural en el país, el incumplimiento de los contratos de exportación y la necesidad creciente de importar fuel oil (800 millones de dólares se estiman para este año) para generar electricidad, lo que se logra apelando al servicio permanente de equipamiento antiguo que, en condiciones normales, se utiliza para cubrir emergencias cortas dada su baja eficiencia y su potencial de contaminación ambiental. En esta materia, la incertidumbre crece cuando se centran las expectativas en los flujos futuros de gas de una Bolivia con serias dificultades políticas y económicas de atraer el capital necesario para extraerlo. Finalmente, la creación de ENARSA no resuelve de por sí la necesidad de revertir el ya largo proceso de pérdida de reservas de petróleo, que desde 2002 fue del 22%.

 

Los grados de incertidumbre se acrecientan ante la falta de una planificación energética consensuada políticamente, que dé claras señales de dónde está el país y dónde pretende estar en el futuro. El problema atañe a la proyección política del país tanto interna como  internacional.

 

 

El consenso político

 

Muchos imaginan un mundo donde prevalezca el “sálvese quien pueda” en materia energética, si el juego geopolítico tuviera finalmente un desemboque competitivo y no cooperativo entre las naciones. El mismo papa Benedicto XVI se refirió a la competencia que se disparará entre los países ante la escasez, sin precedentes, de los recursos energéticos. Lo hizo en estos términos: “mientras tanto, en algunas regiones del planeta se viven aún condiciones de gran atraso, en las que el desarrollo está prácticamente bloqueado, motivado también por la subida de los precios de la energía. ¿Qué será de esas poblaciones? ¿Qué género de desarrollo, o de no desarrollo, les impondrá la escasez de abastecimiento energético? ¿Qué injusticias y antagonismos provocará la carrera a las fuentes de energía? Y ¿cómo reaccionarán los excluidos de esta competición?” (Mensaje para la jornada mundial de la paz 2007)

Nadie tiene certeza acerca de cómo se resolverán los problemas de la seguridad energética en el mundo, ni de cuándo comenzarán a dispararse las señales de declinación generalizada del petróleo. Los grandes centros de planeamiento en el mundo prevén un cambio gradual de las matrices energéticas admitiendo el uso creciente de recursos renovables, así como del gas natural, de la energía nuclear y del carbón, aunque todos siguen manteniendo estable la tasa de crecimiento de los combustibles líquidos, a la vez que advierten sobre las incertidumbres políticas y propiamente geológicas de su futuro. Es desde esa perspectiva que los planificadores más informados aconsejan privilegiar la coordinación de las políticas nacionales y de los grandes agentes del mercado energético internacional antes que el beligerante “sálvese quien pueda”.

 

¿En dónde se ubicará la Argentina en este contexto que plantea un desafío casi existencial? El país necesita encontrar soluciones que, además de asegurarle el abastecimiento, le permitan ser competitivo frente al mundo. Pero eso supone saber adaptarse con rapidez a los cambios, lo que sólo puede lograrse si prevalecen criterios de flexibilidad en los precios, equilibrio de los mercados y diversificación activa de las fuentes proveedoras de recursos. Ellos deberían ser parte esencial de la definición de un nuevo régimen económico de la energía y alrededor de su aceptación o rechazo debería comenzar el debate político. Es necesario asumir un Estado muy activo en el estudio, la planificación y la regulación de la energía, y es imprescindible orientar y abrir el acceso al sector privado para que sea proveedor de capitales y tecnología.

 

Seguramente, entre las medidas de inmediata aplicación figurarán las referentes al ahorro y uso eficiente de la energía en cualquiera de sus formas. En el mediano plazo, la Argentina necesitará conocer qué biocombustibles son económicamente factibles y actuar en consecuencia; deberá también incorporarse al mercado internacional del gas licuado; analizar con rapidez la aplicación de las nuevas tecnologías del carbón y aprovechar los vientos de alto potencial energético de la costa patagónica. Finalmente, los nuevos precios de la energía reabren la posibilidad de que, en plazos más largos, operen nuevas centrales hidroeléctricas y se incorporen otras centrales nucleares.

 

Pero ante cualquier evaluación de estas alternativas, siempre estará presente la forma en que se reflexione y resuelvan dos de los tres factores que incidieron en el cambio del régimen económico de la energía en 2002 y que también explican su fracaso actual: la ideología prevaleciente y el juego de intereses políticos o empresarios.

 

¿Habrá pensado sobre estos temas el Sr. Presidente, cuando en el Congreso enfatizó la importancia del debate de ideas y apeló a la necesidad de no tener miedo porque “nadie -dijo- se subordina ideológicamente a nadie” 7? El debate amplio y tolerante en todos los ámbitos y en el debido marco institucional permitirá, precisamente, superar la subordinación ideológica y llegar al consenso político necesario para resolver los desafíos de nuestro preocupante futuro energético.

 

 

                             

 



2. Las tarifas tienen cuatro componentes: el precio del gas en boca de pozo, el transporte, la distribución y los impuestos.

3. CTA, FETERA, www.cta.org.ar

4. Ley de Emergencia Pública, promulgada en enero de 2002

5. D. Azpiazu y M Schorr, FLACSO, Mayo 2003

6. El funcionamiento comercial de Atucha II está previsto para 2011, pero entonces deberá darse de baja por un período de casi dos años a la central nuclear de Embalse.

7. Presidente de la Nación, en mensaje al Congreso ya citado, dijo: “Les digo en serio,…lo importante es discutir ideas, debatir ideas y que la Argentina vaya adelante” y, agregó: “… es hora que tengamos la mayoría de edad, que tengamos nuestra decisión y no tengamos miedo porque nadie se subordina ideológicamente a nadie”

Nº 2327 » Junio 2007

Literatura y política

por Sarlo, Beatriz · 1 Comentario 

-¿Cómo ves la relación entre literatura y política?

-Lo primero que hay que señalar es que no existe una relación invariable entre literatura y política, o literatura e ideología, sino que esa significación se da por procesos de proximidad (cercanía o alejamiento) según las coyunturas. Uno tendería a pensar que son dos líneas que se tocan invariablemente en algún punto con cierta periodicidad, y no es así. Se tienen que producir otros hechos en la sociedad para que se entrecrucen las líneas de la literatura y la política, las preocupaciones de los escritores con las preocupaciones de la vida pública.

Es decir que la relación literatura-política y literatura-ideología hay que independizarlas de los períodos históricos, sin desconocer que hay momentos en los cuales se producen acontecimientos que llaman a una relación más intensa entre ellas. Uno de estos fue, por ejemplo, la transición a la democracia a partir de la derrota argentina en Malvinas, y toda la primera parte de la década del 80. Yo creo que entonces la preocupación sobre qué había sucedido en la Argentina era muy fuerte en la literatura. No obstante, esa preocupación ya se había manifestado antes en novelas como Respiración artificial de Ricardo Piglia; obra escrita durante la dictadura y publicada en 1980. Otra cuestión a tener en cuenta cuando se habla de novelas, o de libros en general, es que se mencionan las fechas de publicación pero no se atiende habitualmente a la génesis, al momento de escritura. Por tanto, una periodización que marque paralelismos puede ser equivocada.

 

-¿Y volviendo a los años de la transición democrática?

-Allí emerge una pregunta que muchos escritores se hacen: “¿Qué sucedió en la Argentina? Este es el interrogante central de la literatura de los  años 80. Además de Respiración artificial están las novelas Nadie nada nunca y Glosa de Juan José Saer. Yo diría que son las novelas alegóricas de lo político. La política tiene una gran intensidad en la configuración de una trama, pero sobre todo en el caso de Nadie, nada, nunca esa intensidad es alegórica. Recordemos que comienza preguntándose quién asesina los caballos en un pueblo semi-rural del Paraná. Los personajes se preguntan sobre la misteriosa muerte de los caballos. Pero la novela culmina con una escena nocturna en una playa donde se escuchan las puertas de un auto que golpean al cerrarse: es la escena de la desaparición de Gato y Elisa, protagonistas importantes del mundo de Juan José Saer. De la misma manera, uno podría decir que en Glosa hay una interrogación sobre cómo se es militante político revolucionario. La pregunta se formula a través de la historia, que se va conociendo fragmentariamente, de uno de los dos amigos que caminan esas más de veinte cuadras en Santa Fe. En esa novela, la política tiene una intensidad y un interés muy fuerte desde el punto de vista ficcional, con diversos niveles de alegorización.

También se podría mencionar respecto de este interrogante en el pasado más reciente una novela como Villa, de Luis Gusmán. La narración reconstruye una anécdota mínima contada desde la perspectiva de un personaje completamente secundario, que era el médico que acompañaba algunas de las misiones de la Triple A de José López Rega. Y en esta misma línea, uno puede pensar en novelas tan contemporáneas como Dos veces junio, de Martín Kohan, aparecida hace cuatro años. Pero aunque Kohan siga preocupado por ese interrogante que para mí emerge en los años 70 y se despliega en los 80, creo que el grueso de la producción ficcional que une literatura y política está más radicada en los 80 y mediados de los 90. Hoy ya no es ésa la pregunta de los escritores más jóvenes, los que empezaron a escribir a mediados de la década del 90.

 

-¿Cuáles son, a tu juicio, los grandes hitos literarios en relación con la sociedad y con la conformación de nuestro país?

-Lo que podría decirse sobre el siglo XIX ya se ha dicho: hay dos grandes escritores, uno de ellos además fue uno de los grandes políticos argentinos, Domingo F. Sarmiento; el otro es José Hernández. 

En el siglo XX el punto de inflexión que yo advierto se da alrededor del centenario. Hacia 1910 se produce lo que habitualmente se llama “proceso de nacionalismo cultural”, en el cual participan los escritores importantes del momento, básicamente Leopoldo Lugones, Ricardo Rojas y Manuel Gálvez. Lo que esos escritores registran es una cierta perturbación. En el caso de Lugones se trata de una perturbación xenófoba, y en el caso de Rojas de una perturbación con rasgos de preocupación democrática respecto de cuál va a ser la identidad argentina. Los tres son hijos de criollos viejos, los tres vienen del interior (Gálvez de Santa Fe aunque nacido en Paraná, Lugones de Córdoba y Rojas de Tucumán) y se encuentran con la primera manifestación de una ciudad cosmopolita, ciudad que –como se repitió hasta el cansancio– en esos años tenía más extranjeros que argentinos. Y donde la idea de la Babel de lenguas podía vivirse como experiencia real. En Buenos Aires se entrecruzaban con las diversas tonadas del castellano, el idish, dialectos del árabe, el polaco, las formas bajas del alemán (las campesinas), los dialectos italianos (no el toscano, es decir dialectos no prestigiosos literariamente, no reconocidos)… Y eso era lo que tanto perturbaba a nuestros escritores.

Esos hombres que venían del corazón de una elite no necesariamente oligárquica pero sí criolla o hispano criolla, ven una masa que ejerce presión sobre lo que había sido el terreno propio. De esa masa hay hombres que entran en las redacciones, el caso más evidente puede ser Alberto Gerchunoff en el diario La Nación, y mucho más significativo Roberto Arlt en El mundo, además casi todos los los periodistas de Crítica. Se produce, entonces, una renovación de los intelectuales, muchos de los cuales, al no provenir sólo de las elites del siglo XIX, carecen de las destrezas, las relaciones sociales y los modales que tenían los hijos de la anterior sociedad. Yo creo que esa transformación es muy fuerte y permite ubicar claramente, hacia 1925, a un autor tan conflictivo como Roberto Arlt, que era un periodista triunfador –no hay nada más equivocado que la idea del Arlt fracasado o despreciado–, premio municipal, escritor reconocido, tratado como periodista estrella en los diarios de masa de ese momento. Pero la tensión que siente Roberto Arlt frente a escritores que provienen de las viejas elites sociales marca este cambio. Una tensión que, por otra parte, no es una guerra; es conocida la relación de amistad que unía a Arlt con Güiraldes. Se trata de una tensión que uno más bien puede registrar en ciertos textos como el prólogo de Los Lanzallamas, pero que no es exactamente una guerra de clases ni una guerra cultural. De todas maneras hay una perturbación. La preocupación que tienen las vanguardias argentinas, como en el caso de Jorge Luis Borges y de Oliverio Girondo por el nacionalismo, criticando a Leopoldo Lugones pero buscando, al mismo tiempo, ciertas formas de nacionalismo a la vanguardista, es un rasgo que otras vanguardias latinoamericanas no conocen. Los tres primeros libros de poemas y los tres primeros ensayos de Borges están dedicados a cómo va a ser el mito de la Argentina una vez que han llegado los inmigrantes y que los mitos que venían del pasado ya no nos representan. Porque Lugones y Rojas los han considerado de manera insuficiente, o porque no sirven para una operación estética de vanguardia como aquella en la que Borges estaba interesado.

 

-¿Y Ezequiel Martínez Estrada?

-Si uno avanza un poco más, el nombre fundamental que aparece es el de Martínez Estrada, quien propone una nueva teoría de la Argentina. La suerte de Martínez Estrada fue cambiante a lo largo de las últimas cinco décadas. Él era el gran ensayista cuando a mediados de la década del 50 entra la generación de Contorno: David Viñas, su hermano Ismael, Oscar Masotta, Juan José Sebreli, Tulio Halperin Donghi… Martínez Estrada era el gran nombre, y esa generación vino a discutir su proyecto de hacer una nueva interpretación del país, que era de signo absolutamente pesimista. Porque uno puede decir que la interpretación que hace Joaquín V. González en 1910 es crítica, que detecta momentos de peligro, sobre todo respecto de la configuración de las elites, que para González no están respondiendo a la misión a la cual deben responder, pero no se trata en absoluto de una visión pesimista. Es una visión crítica, pero alguna de las promesas se han cumplido. Mientras que en el caso de Martínez Estrada se da una visión absolutamente pesimista. Su visión es crítica no sólo de las elites sino de la inmigración. Martínez Estrada es una pieza fundamental en los años 30, 40 y 50, y sólo declina después de la caída del peronismo, con la llegada del grupo donde están los Viña y otros.

 

-¿Y cómo se inscribe en este cuadro la revista Sur de Victoria Ocampo?

-Si uno piensa en el siglo XX, la otra cuestión es que la década del 20 fue de vanguardias, y las décadas del 30 y del 40 de modernización cultural. Las vanguardias tienden a una intervención estética de ruptura, de conflicto, típica del estilo de Girondo en los años 20. En los ’30 y ’40 se da la modernización. Y yo diría que ahí el referente fundamental es la revista Sur, y la protagonista, su directora, Victoria Ocampo. Victoria Ocampo quiere incorporar la cultura argentina a la contemporaneidad de la cultura europea y norteamericana, porque hay que recordar que Sur se hace por sugerencia de José Ortega y Gasset por un lado y de Waldo Frank por otro. Ocampo es una suerte de administradora, de organizadora de ese proceso de modernización cultural, proceso en el cual la traducción es fundamental. Y en este proceso también se recoge la obra de las vanguardias del 20. Los cuentos de Borges se van publicando en Sur, junto con los de Bioy y los de Silvina.

Después se abre un proceso conocido, en el cual para muchos jóvenes escritores, novelistas, ensayistas, gente de teatro y poetas la política comienza a cobrar una autoridad por encima o paralelamente a la literatura. La literatura se torna menos autónoma y tiende a aceptar un estatuto de heteronomía. Uno podría decir que la figura más significativa de este proceso fue Rodolfo Walsh, que empieza a escribir cuentos policiales a la manera inglesa y a la manera borgiana, y termina escribiendo la carta a la Junta militar. En el medio están sus grandes libros de non-fiction, absolutamente contemporáneos con los de Truman Capote. También en esa configuración donde la literatura va perdiendo cierto perfil autónomo, y adquiriendo ciertos reflejos heterónomos, están Paco Urondo y Juan Gelman.

 

-En este gran mosaico que estás describiendo, ¿qué significación le otorgarías a una figura como la de Eduardo Mallea?

-Mallea es la prueba de que muchas lecturas contemporáneas son equivocadas. Es más: que todo lo que estamos diciendo en este momento puede ser una terrible equivocación. Cuando a algún investigador le toque leer la revista Criterio de 2007, como a mí me tocó leer la de los años 30, quizás se lleve sorpresas. En su tiempo Mallea fue considerado un ensayista de la talla de Martínez Estrada, un prosista a la altura de los mejores. Y yo creo que no hay nada demasiado interesante en él. Es difícil hacer una relectura de su obra como la que en los últimos diez o quince años se ha hecho de Murena. En el cual sí se han encontrado aristas originales, interesantes, y creo que El pecado original de América es un libro de enorme inteligencia, donde se perciben algunos rasgos de la cultura y de la literatura argentinas. El caso de Mallea es el de esos escritores que tienen una enorme consagración en su propio presente, y que luego van esfumándose, y la posteridad les es completamente adversa. Hoy no podríamos leerlo. Ni siquiera las personas que hemos enseñado literatura podemos leerlo. Mientras que es sencillo volver a otros ensayistas, quizás menores. Uno puede leer y encontrar ideas originales en Bernardo Canal Feijóo, por ejemplo; pero no puede volver a Mallea. Su trivialidad y pomposidad, esa imitación rioplatense de Thomas Mann es inaceptable para nosotros. Pero también éste, nuestro juicio, podría ser corregido dentro de 40 años, así como hoy estamos corrigiendo la ubicación de Mallea tanto en la dirección del suplemento cultural de La Nación como en cuanto novelista.

 

-¿Qué opinión te merece Leopoldo Marechal? ¿Lo juzgás un escritor periférico?

-No tan periférico, yo creo que es un autor fuerte. El proceso que él representa en Adán Buenosayres, que es la vanguardia de los `20, principios del los `30 (en la cual están todos representados como personajes: Borges, Scalabrini Ortiz, Xul Solar) señala que él era un protagonista de ese momento. Su poesía no tenía mucho que ver con las más importantes de su tiempo, la de Girondo por un lado y la de Borges por otro. Pero cuando se va a su novela de 1948, que empieza a escribir a finales de los ’30, él tiene como modelos el Ulises de Joyce y, por otra parte, La vita nuova, que se advierte en el “Cuaderno de tapas azules”. Si uno piensa que en el ’40 la ficción que existía era la de Borges (el momento clásico de Borges), Bioy, Silvina… y por otro lado la ficción del realismo socialista, Marechal queda en un lugar relativamente original, porque tiene un gesto extremadamente ambicioso. Por supuesto no influye en él sólo el Ulises de Joyce, también está toda la tradición paródico-carnavalesca de Rabelais y otras. Son tradiciones que se encuentran bien con su catolicismo. Joyce por un lado, Dante por otro, toda la tradición de Rabelais y hasta algo del siglo de oro español. Esa novela, Adan Buenosayres, fue y es importante. Cortázar le dedicó la primera crítica.

 

-¿Cómo lo ubicás a Cortázar en cuanto escritor?

-Cortázar es un escritor de una destreza absoluta. Es muy diestro en la composición, además de serlo en el lenguaje. Rayuela tiene algunas escenas, por ejemplo la de la muerte de Rocamadour, de una complejidad increíble, donde van sucediendo en la misma habitación cosas diferentes, diálogos que se entrecruzan, gente que se da cuenta de lo que está sucediendo, gente que no se da cuenta, gente que no sabemos si se da cuenta o no, varias tramas de sub-intrigas entre los personajes, hasta que culmina en el descubrimiento del chico muerto. Al estilo de ciertas escenas del Ulises, escenas muy complicadas de escribir. Creo que, por otra parte, hay una novela poco considerada de Cortázar que es 62, una obra también armada con destreza, sobre el esquema de una cinta de Moebius, esquema que a Cortázar le fascina y que ha utilizado en infinidad de cuentos. Es impresionante cómo logra evadirse del planeta Borges, empresa muy difícil. Es fácil decir hoy: “El mejor Borges es el del ‘40”, pero en ese momento finísimos lectores como Cortázar ya lo percibían. Cortázar crea un tipo de literatura fantástica de matriz irracionalista, donde no hay explicación de lo fantástico, que le permite armar sus mejores cuentos y que culmina en el libro Todos los fuegos el fuego. Creo que después Cortázar entra en una suerte de decadencia. El Libro de Manuel es una novela mediocre. Todos los fuegos el fuego es un libro sólido, de la primera a la última página, como también Bestiario. Sabe evadirse del fantástico racionalismo de Borges, y encontrar un fantástico irracionalismo.

El otro que sabe salir del planeta Borges es Manuel Puig. Incluso en sus declaraciones quiere decirle a todos que no está en ese planeta, que no lee literatura, que no lee libros, cosa que cuando uno estudia la correspondencia no es exactamente así. Pero Puig quiere salir del planeta Borges y efectivamente lo logra. Trabaja desde otro lugar, escucha seriamente otras voces que Borges no podría escuchar sino en el sentido paródico.

 

-¿Y Sabato?

-Creo que Sabato es un “maestro de la juventud”. Su primera novela, El túnel, se sostiene, está dentro de la literatura de ese momento. Luego escribe esas novelas acercas del ser nacional, como Sobre héroes y tumbas. Por lo menos para mí, no sólo como crítica sino como lectora, es fundamental la escritura de un escritor.

La excesiva confianza que se tiene Sábato produce una exagerada puesta en escena de un pensamiento que no siempre da lo que promete. No siempre un escritor puesto a pensar cosas grandes piensa cosas grandes. Un gran objeto de pensamiento no produce en sí mismo un gran pensamiento.

 

-Borges es seguramente el escritor argentino más universal.

-Sin duda. Cuando se leen revistas inglesas, y no necesariamente académicas, sino de actualidad literaria, Borges es un escritor que aparece como familiar. Desde Europa es leído como un escritor universal.

 

-¿En qué radica su universalidad?

-Él hace una literatura con una suerte de acertijo filosófico que es de carácter universal. El problema del doble, de los espejos, de los espacios infinitos, la esfera de Pascal. Son efectivamente acertijos, en el sentido que son enigmas que quedan no en el centro de la filosofía sino en las comarcas más pintorescas y más atractivas de ella. Borges hace literatura con eso. Con algo que es europeo y también con algunos ejercicios que le pueden venir de una visión europea de Oriente. Creo que ahí los europeos lo reconocen muy afín. Los norteamericanos, sin duda. Borges es un escritor que parece haber previsto la crítica de los años 60 y 70, que previó que Foucauld lo iba a leer: es un escritor del futuro.

 

- ¿Y sobre el Nobel negado?

-Está también la cuestión del formato Borges. Nunca iba a ser premio Nobel, no sólo porque apoyó la dictadura militar, sino porque no tenía novelas. Por otra parte, hoy en nuestro país el cuento ha entrado en una zona marginal. Pero no sucedía eso en los ’40, ’50 y ’60, y no sucede hoy en el mundo anglosajón.  Borges es un escritor que le proporciona al lector un formato narrativo que maneja a la perfección. Él diría que lo aprendió de sus maestros: Kafka, Kipling, Chesterton. Una vez un historiador inglés me preguntó: “Decime por qué a Borges le gusta tanto Kipling, siendo que él es muy superior”. Efectivamente, Borges no estaba, para este hombre, tan marcado por la época como Kipling.  Es muy sugestivo que el mejor escritor argentino, para mí,  surgido después de Saer que es Sergio Cheifec, hace una lectura de Kafka como alguien que sabe que ya fue leído por Borges. Lo que Borges escribió en “Kafka y sus precursores”. Un gran escritor rearma tradiciones y luego otro las vuelve a rearmar.

 

-¿Cuál es el lugar de la mujer en este panorama de la literatura argentina?

-Silvina y Victoria Ocampo fueron sin duda dos figuras de primer plano. En poesía no me cabe la menor duda sobre la presencia determinante de las mujeres. Partiendo de Olga Orozco para llegar a Diana Bellessi. Juana Bignozzi creo que es una de las grandes poetas contemporáneas. Y hay excelentes dramaturgas. Hay muchas mujeres, por otra parte,  autoras de best-sellers. Es súmamente interesante el fenómeno, pero no tengo ninguna explicación para dar. Ganan los premios más vinculados con el mercado. Hay que pensar también que hay hegemonía de mujeres en la crítica literaria. Ya lo dijo David Viñas en 1980, refiriéndose a Ana María Barrenechea.

Nº 2327 » Junio 2007

Santa Cruz: de apariencias y realidades

por Prins, Arturo · Comentar 

Tras una sucesión de conflictos provinciales –en Misiones por la reelección, en La Rioja por la gobernación y en Neuquén por una represión– la crisis en la provincia de Santa Cruz refleja como pocas los vicios de la política que nos gobierna.

 

Sería un lugar común reflexionar sobre lo más visible: el reclamo docente, la violencia callejera, el repudiable ataque a la hermana del presidente, etc. Quisiéramos referirnos a las conductas políticas que subyacen tras estos hechos y que, ya en los años 30, Mallea señalaba como una tendencia argentina a mostrar la apariencia como realidad.

 

La provincia de Santa Cruz, una de las más extensas y deshabitadas del país, fue gobernada durante 12 años por el actual presidente Néstor Kirchner. En apariencia él dejó la gobernación cuando asumió la presidencia, pero en realidad siguió gobernando su provincia; los tres gobernadores que lo sucedieron fueron elegidos conforme a normas constitucionales, pero de hecho él los eligió y echó cuando lo creyó conveniente.

 

Ultimamente, el presidente apuró una operación minuciosamente preparada: reincorporó en la Legislatura de Santa Cruz a un diputado en uso de licencia, Daniel Peralta, a quien hizo elegir vicepresidente primero de la Cámara de Diputados; luego hizo votar disciplinadamente una forzada renuncia de la presidenta de esta Cámara, Judith Portsman, para que Peralta quedara habilitado como nuevo gobernador. Finalmente Kirchner en persona echó por teléfono al gobernador Carlos Sancho.

 

Ya el peronismo había realizado un golpe institucional semejante, cuando exigió la renuncia del presidente Héctor Cámpora, de su vicepresidente Vicente Solano Lima y del presidente del Senado, Alejandro Díaz Bialet, eyectado de su banca para una supuesta misión al exterior que le permitió al yerno de José López Rega, Raúl Lastiri, presidente de la Cámara de Diputados, llegar a la Presidencia de la Nación. En la Santa Cruz de hoy, como en la Argentina de entonces, se ejecutó la voluntad omnímoda de una persona revistiendo los hechos de apariencia constitucional. La institucionalidad y el federalismo, en el caso que nos ocupa, siguen siendo ajenos a los intereses del peronismo.

 

Otra apariencia constituyó el centro del problema en Santa Cruz: los docentes –se dijo– tienen los mejores sueldos del país, por lo que el presidente calificó de “patoteros” a quienes hacían reclamos. A Kirchner le molestaba que en su provincia se cuestionara una norma que había impuesto en 1991: la eliminación de las paritarias y la fijación de salarios por decreto. Si bien los sueldos docentes eran en apariencia los más altos, en la realidad el costo de vida en el sur es más elevado.

 

Pero esos salarios escondían otro engaño: los maestros cobraban, desde hacía 16 años, un sueldo básico de $161, el más bajo del país, con adicionales no remunerativos y el cargo por presentismo en negro no incorporado al recibo. Estos artificios, que perjudican a los trabajadores, están prohibidos en la actividad privada y los maestros santacruceños los repudiaban. Lo más grave es que, mientras todo esto se discutía, los chicos perdían clases desde principios de marzo que difícilmente puedan recuperar.

 

Finalmente sobrevino el deplorable escrache a la ministra de Desarrollo Social, Alicia Kirchner, de visita en la provincia con su equipo. El kirchnerismo sufría así en carne propia el tratamiento que predica y aprueba para los que no piensan como él. Entonces, los más altos funcionarios provinciales y del país calificaron al conflicto gremial de “operación política” promovida por la oposición, con la bendición de la iglesia local. Para ellos la apariencia de un reclamo docente, escondía la realidad de un operativo malintencionado. El obispo de Río Gallegos, Juan Carlos Romanín, era calificado de “nefasto” por el renunciante ministro de gobierno santacruceño, Daniel Varizat.

 

Pero en un abrir y cerrar de ojos, la apariencia dejó de serla. El nuevo gobernador (y también el presidente) reconoció finalmente que se trataba de un conflicto gremial. Peralta se reunió y rezó con el obispo Romanín y viajó a Buenos Aires para recibir las nuevas instrucciones de Kirchner: que se incremente el salario básico, que se dejen los artificios en las liquidaciones de sueldos y que vuelvan las paritarias. Pero todo esto bajo una nueva apariencia que registraron los medios: Kirchner, autor del acuerdo, cedería a Peralta el beneficio de serlo, para que obtenga el rédito que lo convierta en candidato a gobernador para las elecciones de octubre, si Alicia Kirchner, virtual candidata, cayera en desgracia.

 

Como telón de fondo están los recordados US$ 500 millones, que en apariencia tiene la provincia en el exterior desde hace 12 años y que los sucesivos gobernadores de Santa Cruz prometieron traer y que en la realidad nunca trajeron.

 

Ortega y Gasset también se refería, antes que Mallea, a la tendencia de los argentinos de estar más preocupados por el parecer que por el ser. Las cosas no cambiaron mucho desde aquellos años 20 en que Ortega nos visitaba.

Nº 2327 » Junio 2007

Lecciones francesas

por Floria, Carlos · Comentar 

Las elecciones francesas que consagraron presidente a Nicolas Sarkozy exhibieron una participación electoral para muchos insólita en estos tiempos de representatividades políticas tibias: 84%, el nivel más alto de la historia de V República desde su fundación en 1958. Las últimas elecciones nacionales británicas lograron el 61% y las de los Estados Unidos el 64%, para establecer comparaciones interesantes. Sarkozy logró el 53% de los votos en la segunda vuelta.

         

El líder político francés prometió cambios profundos: poner a Francia en movimiento, dijo. Alentando el trabajo, garantías para el servicio público durante las huelgas, disminución del déficit fiscal y de la deuda pública y de la desocupación, que en la juventud de las grandes ciudades ha llegado al 40%… Y aquellas promesas y propósitos dentro de una explícita reivindicación del gaullismo (¿quién no es gaullista, a izquierda y derecha, si se examina desde cerca el talante francés desde hace años?). Política interior y también política internacional. “El gaullismo no es una doctrina ni una ideología: es una ética del ejercicio del poder y una cierta idea de Francia en el mundo”, sostuvo en su campaña el vencedor. Muy interesante referencia, que pondrá a prueba a su portador, pues a los franceses les gusta ganar la calle cuando se disgustan…

         

El proceso político y social francés contendrá, pues, lecciones para examinar. ¿Cuáles serán los costos sociales y políticos si los residuos del pasado se obstinan contra el cambio? Desde los brillantes análisis del sociólogo Michel Crozier sobre “el fenómeno burocrático” y sobre la société bloquée una suerte de conversación que va y vuelve con esas comprobaciones. Un ángulo de la política francesa pasará, pues, por la transformación interna de la sociedad.

         

La evocación de De Gaulle contiene un fuerte desafío comparativo, no sólo por el estilo de autoridad de aquel líder notable, sino porque fue también un intelectual preocupado por llamar la atención de la conciencia pública sobre los problemas que afrontaban los franceses de su época. Fue, en fin, un artista de la acción y del lenguaje, como revelan los estudios de la Francia de su tiempo, aun aquellos que establecen un balance temporal sobre sus éxitos y fracasos. Para algunos un hombre que cambió el curso de la historia francesa; para otros un brillante paréntesis. Para casi todos, dentro y fuera de Francia, el “héroe político” que supo retirarse del poder cuando perdió un referéndum, y salvar la vigencia de la V República, que disfrutaron incluso sus adversarios más enconados, como Mitterand.

         

En ese escenario, Sarkozy promete, pues, una reforma del Estado que sea congruente con una sociedad que necesita transformación. Su política será juzgada, probablemente y entre otros ángulos, por la manera en que el Estado, puesto a favorecer el cambio, lo alienta, lo deforma o lo retarda, por su estilo de acción o por la reproducción de sus propias estructuras. Inseguridad y desigualdad son tenazas dispuestas a bloquear propuestas políticas audaces. Inseguridad inherente a un proceso de cambio que se pretende rápido en lo económico y social, en cuanto nutre el temor de ser excluido del ascensor colectivo, y por lo tanto alienta la percepción de la desigualdad como una injusticia menos tolerable, en cuanto se manifestaría en la desigualdad en la participación. En fin: la cuestión se rezuma en una expresión: el Estado, ¿para qué sociedad?

          

Otra cuestión puede formularse así: Francia, la nación, ¿qué papel jugará en el escenario internacional? Cuestión decisiva, siempre con una pizca por lo menos de ambigüedad, pues para los franceses sucede a la pregunta previa: Europa, ¿para ser y hacer qué? ¿Qué tipo de potencia y para qué fines? Es el cuadro del porvenir –en el corto y el largo plazo– de la Unión Europea, que Sarkozy ha puesto entre sus prioridades, y las relaciones con los Estados Unidos, para contenerlo. Y eso, más la atención hacia los desamparados del mundo, al menos aquellos que más conciernen a las zonas que los más fuertes han recorrido, explotado o promovido, en medio de formas insidiosas que se denuncian y sin embargo permanecen.

 

Cuestiones, en fin, que acechan a una “era nueva” que promete el puerto reparado de la “sociedad política mundial” después del perverso, en esos y otros sentidos, del siglo XX que retoma formas reaccionarias pues, como sugiere el título del último libro del historiados Gregor Dallas, la segunda guerra mundial no ha terminado…

         

Nº 2327 » Junio 2007

La Iglesia, el Gobierno y la acción política

por Editorial · Comentar 

Desde hace semanas, la Iglesia o miembros de su clero están cotidianamente presentes en las páginas de los diarios, aunque no se trata de un repentino interés de los medios por los temas religiosos sino del protagonismo de algunos obispos en el ámbito político.

 

Hagamos un rápido repaso que podría iniciarse con el triunfo del padre obispo Joaquín Piña en las elecciones constituyentes de Misiones, que asestaron un golpe severo a la vocación hegemónica del gobierno provincial, y por elevación al gobierno nacional que lo sostenía. Siguió con el largo e inconcluso minué entre la comisión ejecutiva de la Conferencia episcopal argentina (CEA) y las máximas autoridades nacionales en pos del modesto objetivo de una reunión protocolar, donde ofician como “bastoneros” el presidente Néstor Kirchner y el cardenal Jorge Bergoglio. Agreguemos la actuación de varios obispos mediando en conflictos sociales en sus provincias (Marcelo Melani en Neuquén, Jorge Lozano en el embrollo fronterizo de Gualeguaychú), y el caso emblemático de Juan Carlos Romanín en Santa Cruz, elegido por el Presidente y sus acólitos como blanco preferido de sus agravios. La actualización del conflicto no resuelto en torno del Obispado Castrense termina de pintar el panorama.

 

¿Qué decir de todo esto? ¿Hay algún hilo capaz de unir situaciones y actuaciones, y permita sacar conclusiones? ¿Qué pasa entre el Gobierno y la Iglesia?

 

Liderazgos y diálogo

 

El tema resurge periódicamente: muchos periodistas y políticos plantearon como cuestión crucial la demorada reunión entre la cúpula del episcopado y las autoridades nacionales. Hace varios meses, la comisión ejecutiva de la CEA se propuso hacer visitas de cortesía a las autoridades de los poderes del Estado. La concretó con la Corte Suprema, y no logró ser recibida por los presidentes del Senado y la Cámara de Diputados. Como el orden que se había propuesto era ése, para llegar luego al Poder Ejecutivo, tampoco se reunió con el Presidente. Las versiones son divergentes a la hora de explicar quién pidió, o debió pedir, o canceló, o no otorgó, alguna de las audiencias. Al final del día, la imagen que queda es que, más allá de otros protagonistas, el cardenal Bergoglio y el presidente Kirchner hace muchos meses que no se encuentran, ni dialogan. La cuestión termina por personalizarse en ellos, porque sobre ellos convergen las miradas de uno y de otro lado.

 

El Cardenal y el Presidente ejercen, qué duda cabe, liderazgos fuertes en sus respectivos ámbitos. Más allá de sus notorias diferencias de estilo, de carácter y de formación, es posible que a ninguno le agrade ser comparado con el otro. Los dos son hábiles en términos políticos. Los dos acostumbran a ser solitarios en el momento de las decisiones, y difíciles, cuando no imposibles, de representar por terceros. Tal vez ahí terminen las coincidencias. ¿Es tan importante el encuentro personal entre ellos? Posiblemente no. El país y la Iglesia pueden sobrevivir a esa incomunicación. Otros canales institucionales son posibles. Sin embargo, sería deseable el diálogo más allá de todo protagonismo. Constituiría un gesto ejemplar que manifiesta la capacidad de privilegiar el interés social, más allá de las cuestiones protocolares.

 

¿Por qué le resulta tan difícil al Gobierno su relación con la Iglesia? Una razón posible, acaso no la única, es una cierta incapacidad por parte del Presidente como de la mayoría de quienes lo rodean a la hora de percibir lo religioso. Néstor Kirchner carece de formación religiosa, de práctica y de familiaridad con lo que la Iglesia representa. Lo mismo ocurre con otros funcionarios importantes. Es significativo que el mismo secretario de Culto, a quien se le reconocen sus esfuerzos, haya llegado a la función como un outsider. Desde esa plataforma, la Iglesia es vista únicamente como un factor de poder, como un jugador de la política, y seguramente no el más simpático, ni el más afín con las ideas del Gobierno. Esa visión reduccionista tiene además el agravante de incomodar a los obispos, que se sienten representantes de algo bien distinto de lo que parecen ver sus interlocutores políticos.

 

Ese modo de considerar a la Iglesia, y a sus cabezas, cuando se conjuga con ciertos modos de obrar (que también sufren empresarios, periodistas, opositores en general, y cuantos no se sometan con docilidad al poder), tiene consecuencias que no favorecen el diálogo. Algunos obispos tienen la convicción de estar siendo espiados y seguidos, de tener sus teléfonos intervenidos, y de que en alguna oficina de servicios de inteligencia cada uno de ellos está adecuadamente “fichado”. Como además muchos de ellos tienen una formación política débil, y les cuesta entender y seguir la lógica del poder político, las posibilidades de diálogo se alejan.

 

Hay, también, una distancia importante en las preocupaciones fundamentales. Eliminado el terreno de lo propiamente religioso como lugar de encuentro e interés común, queda lo social. En el discurso público hay una preocupación compartida por el bien común. En la práctica, el Gobierno ha dado muestras de que su mirada difícilmente abarca más allá de las próximas elecciones. Algo bastante alejado de los prelados, quienes deberían mirar la realidad sub specie aeternitatis. Y que cuando descienden a lo inmediato y cotidiano, generalmente es para encontrar los aspectos más negros de la realidad, los que los gobernantes menos quisieran que se pongan de manifiesto, porque son la muestra de su fracaso, al menos parcial.

 

Queda, por fin, la cuestión ideológica. El Presidente es un pragmático, pero ha dado a su gestión un halo ideológico que gusta definir como “progresista”. Una vieja pregunta incontestada es: ¿qué es ser progresista en la Argentina de hoy? Lo cierto es que el gobierno elige un progresismo selectivo y a veces opta por los campos que más duelen a la sensibilidad católica. Más allá de si proviene en forma directa del vértice del Poder Ejecutivo o simplemente es algo que desde allí se tolera con simpatía, la agenda legislativa y política de los últimos años desborda de iniciativas al menos provocadoras: las sucesivas aproximaciones a la despenalización del aborto y al “matrimonio” homosexual y sus secuelas, la promoción del laicismo en diversos ámbitos comenzando por la educación, por ejemplo.

 

Desde otro punto de vista, sin embargo, lo mismo que aparece como un obstáculo para el diálogo, puede ser considerado un aliciente, y hasta una exigencia para llevarlo a cabo. La profundización de los disensos es inconducente; en el mejor de los casos, generará resentimientos y formas de protesta que no ayudarán a la paz social. La búsqueda sincera y honesta de puntos de encuentro, en cambio, debería ser el camino a transitar. Se trata de un camino empinado cuyo recorrido exige no sólo dejar de lado los personalismos de los líderes sino también un cambio de actitud. Del lado gubernamental: desistir de la casi constitutiva renuencia al diálogo y al consenso con la Iglesia, y con casi todos los protagonistas sociales. Del lado eclesial: la disposición a comprender la lógica interna de los interlocutores, moderando la tendencia a pontificar sobre lo que es debido o, en el otro extremo, la tentación de abroquelarse en los propios privilegios.

 

Obispos en los conflictos

 

La actuación política, en sentido amplio, de varios obispos en sus comunidades locales, merece otras reflexiones.

 

Más allá de la tentación que pueda acometer a algún clérigo (y más raramente a un obispo), es una convicción generalizada que la actividad político partidaria no es deseable, ni conveniente, ni buscada por los eclesiásticos. Sobran razones para que así sea. El sacerdote, y el obispo, deben estar al servicio de todos, y no embanderarse con una parcialidad. La actividad política, y más la partidaria, es propia de los laicos. Los clérigos sirven a los pobres mucho mejor desde su propio ministerio que invadiendo campos ajenos. Lo acaba de recordar Benedicto XVI al inaugurar la conferencia de Aparecida.

 

El caso del obispo Piña, en Misiones, fue algo excepcional; y parte de su excepcionalidad fue su carácter transitorio y momentáneo. Dijo con claridad que no buscaba ni aceptaría el desempeño de un cargo político duradero. Sólo se sintió urgido a encabezar un amplio movimiento cívico, cuando las instituciones republicanas estaban siendo jaqueadas por la ambición desmedida de poder de un gobernante. La decisión del obispo fue personal: ni entonces ni ahora, fue o es un “mandadero” del cardenal primado. Asignarle ese rol es faltarle el respeto a ambos.

 

La situación bien podría reproducirse en otros sitios. La razón por la que los obispos o los clérigos son buscados en esos casos es múltiple. Por un lado, y esto es bueno, porque se trata de personas con una imagen mucho más positiva que la mayoría de los políticos. La otra cara de la misma moneda, mucho más preocupante, es que ese recurso da cuenta de una severa crisis de dirigencia. Si antes hemos sido críticos del Gobierno, hay que decir que en este caso el reproche es para la oposición. Oposición que está desarticulada, desorientada, carente de figuras convocantes y de ideas atractivas para la multitud.

 

La intervención de los obispos u otros referentes eclesiales en el debate público produce escozor a algunas personas que, desde una posición ideológica supuestamente “progresista”, exhiben notable capacidad para revivir argumentos decimonónicos según los cuales los curas no deberían salir de la sacristía. Se reiteran “argumentos” para descalificar esas intervenciones, que van desde la deslegitimación por la alegada complicidad de la Iglesia con las dictaduras, hasta la suposición de que se quiere imponer una categoría religiosa a una sociedad plural. Esto último sería inadmisible, pero claramente no es la actitud con que los católicos, o la gran mayoría al menos, enfrentamos hoy los debates públicos. Hay que distinguir entre imponer y proponer. Nadie puede negar el derecho a los católicos, a los obispos y a la Iglesia, de hacer oír su voz y de decir con claridad lo que creemos mejor para el conjunto de la sociedad. Luego vendrá la dinámica de la democracia, donde no siempre pueden prevalecer las ideas propias. Pero eso es otra cosa.

 

Los obispos no tienen vocación de políticos ni de opositores sistemáticos. A veces deben llenar vacíos resultantes de la debacle institucional que afecta a la Argentina. El obispo de Gualeguaychú hace un delicado equilibrio en medio de los reclamos multitudinarios de su pueblo, buscando tender puentes (valga la imagen en este caso preciso), ante el fracaso estrepitoso de la diplomacia y de la política que coloca al país en una insostenible posición internacional. Otros obispos han debido mediar en conflictos gremiales, muchos desatados desde Buenos Aires como el de los docentes. El obispo Romanín se ha visto envuelto en una crisis institucional y social que él no provocó, y ha cumplido un rol moderador y facilitador de soluciones, aunque desde el gobierno nacional o sus comisarios locales se haya querido mostrar otra cosa.

 

El caso Baseotto

 

El tema del obispo castrense merece ser analizado en sí mismo. El Papa ha aceptado la renuncia de monseñor Antonio Baseotto, muy tarde para los deseos del Gobierno, y muy pronto para solucionar el conflicto. El puesto ha quedado vacante a la espera de una designación que debe ser hecha de común acuerdo por el Papa y el Presidente. Mientras tanto, el obispado está a cargo (por aplicación del Acuerdo de 1957 con la Santa Sede) del vicario general, que antes de ingresar al seminario fue un militar sindicado como “carapintada”, y que probablemente no tenga para la actual administración el perfil deseable para un orientador de las conciencias castrenses.

 

Si hay alguna institución que personajes importantes del Gobierno quisieran abolir, ésa es el Obispado Castrense. Seguramente una decisión así encontraría el beneplácito de muchos católicos, incluso clérigos, que no entienden por qué debe subsistir una diócesis especial para los militares. Podrían darse diversas razones, que son las que da la Iglesia, pero hay que reconocer que resultan cada vez menos convincentes.

 

Pero lo cierto es que la institución existe y algo hay que hacer con ella. Hay un acuerdo vigente, que debería ser cumplido, aunque nuestro país haya hecho de la violación de los acuerdos y contratos una costumbre. Es posible modificarlo –o no–. Pero si ésa fuera la intención, habrá que hacerlo luego de una negociación honesta, abierta y seria. Nuevamente, las formas y los modos son importantes. El entredicho en torno de monseñor Baseotto se agravó por la falta de respeto a los procedimientos, y por la falta de estilo del gobierno nacional.

 

 Deseamos fervientemente que no prevalezcan las voces que auspician decisiones drásticas y unilaterales, como la denuncia del Acuerdo de 1957. Al contrario, esta situación de suyo conflictiva podría servir de punto de partida para una revisión madura de las relaciones del Estado con la Iglesia en diversos campos. La agenda puede ser amplia: las formas de cooperación económica del Estado con la Iglesia, reemplazando modalidades irritantes (como las “jubilaciones de privilegio” de los obispos) por otras más acordes con una sociedad plural, que incluso pueden ser más generosas; la atención y cuidado del riquísimo patrimonio histórico y cultural de la Iglesia, que es también de la Nación; las formas de garantizar la atención religiosa a quienes la requieren; entre otras cuestiones.

 

Se sabe que en estas materias adquiere más protagonismo la Santa Sede que la Conferencia episcopal o los obispos argentinos; y también que “de Roma viene lo que a Roma va”. Sería muy bueno que, por una vez, en lugar de postergar todo (porque los gobiernos pasan y la Iglesia queda, según algunos), o de tener una actitud meramente reactiva y defensiva, la Iglesia sea proactiva y proponga alternativas para afrontar con creatividad las cuestiones pendientes. Urge distinguir lo que son derechos legítimamente adquiridos de rémoras del pasado (y aun en el caso de los derechos legítimos, discernir a cuáles resulta conveniente renunciar para un testimonio evangélico más claro, según pedía hace más de cuarenta años el Concilio). Hay que encontrar mecanismos permanentes y fluidos de negociación y diálogo, y si fuera necesario establecer reglas nuevas y mutuamente satisfactorias para las relaciones. Por cierto, estas pueden no ser preocupaciones prioritarias de los obispos, urgidos por su ministerio pastoral y por la necesidad de una nueva evangelización. Pero tampoco es el caso de postergarlas siempre.

Nº 2327 » Junio 2007

Un gesto de ignorancia

por Poirier, José María · Comentar 

El editorial aborda los conflictos entre Gobierno e Igle­sia en nuestro país. Puede ser oportuno releer los aconte­cimientos que llevaron a enfrentamientos -más o menos mediáticos- entre varios obispos y el presidente.

 

Carlos Floria se ocupa de las elecciones en Francia que llevaron al poder a Nicolas Sarkozy, en el marco de la actual tendencia política europea. Arturo Prins, por su parte, de los graves acontecimientos en la provincia de Santa Cruz.

 

Felizmente, el paro docente terminó en territorio pata­gónico; Sarkozy amplió su espectro político al conformar el gabinete; y, en la entrevista con Magdalena Ruiz Guiñazú, el presidente Kirchner deslizó que entre él y el cardenal Bergoglio sólo hay ligeras diferencias de opiniones. “Tengo las puertas abiertas y el corazón abierto (refiriéndose al arzobispo de Buenos Aires). Respetamos su pensamiento. Somos de la misma grey; es mi pastor”. Caben, al menos, dos observaciones. Un presidente no debe dar entrevistas aisladas cuando tiene ganas. Tiene que ofrecer conferen­cias de prensa sistemáticamente para información de la ciudadanía y para transparencia de su gestión. Segundo punto: que el cardenal sea su pastor vale en el campo re­ligioso y en ámbito personal. En cuanto presidente, acaso no debería emplear esos términos, tan clericales se diría.

 

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La ilustración del artículo de Norberto Padilla sobre el “viejo, nuevo y renovado teatro Colón” comparte la cubierta con la entrevista a Beatriz Sarlo sobre literatura y política, el comentario del film italiano La mejor juventud (suerte de saga familiar que recrea un Novecento posmoderno en dos entregas de tres horas cada una) y la asamblea de Aparecida, acontecimiento de singular importancia para la vida de la Iglesia en Latinoamérica.

 

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Más allá de la personalidad poco mediática y de la con­sabida ausencia de políticas de comunicación en la Iglesia, el periodismo parece ensañado con Benedicto XVI. Sema­nas atrás, de paso por Brasil, tuve ocasión de ser recibido por el polémico teólogo Leonardo Boff. Ante una pregunta mía sobre Ratzinger, él elogió su inteligencia y marcó las diferencias que los separan. “Definirlo como conservador -dijo- es un gesto de ignorancia”.

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