Revista Criterio
Agosto 2007
Nº 2329 » Agosto 2007

Chesterton defiende las urnas

por · Comentar 

1928. Entre un Alvear que deja la Casa Rosada para volver a Coeur Volant, su villa de estilo normando en las afueras de París, y un Irigo­yen ya decrépito, que a los 76 años se cruza por segunda vez la banda presidencial, el pensamiento “nacionalista” continúa desarrollándose en distintos círculos ‘intelectuales del país bajo la influencia de los escritos de Maurras, Henri Massis y Ramiro de Maeztu. Ya se ha iniciado en Europa el derrumbe de las instituciones de la democracia liberal a manos del fascismo y de los regímenes autoritarios (Italia, Polonia, Grecia y Portugal los sufren tempranamente). Recordemos, de paso, que Benito Mussolini, detto Il Duce, fue el primer gobernante en expresarse contra la democracia y el liberalismo político y, en ocasión de la Marcha sobre Roma, en 1922, había iniciado una accidentada carrera de dictador de opereta.

 

Entre los apóstoles criollos de esta ideología -fogonera del golpe militar del 6 de septiembre de 1930, origen de inéditos y luengos males para la Argentina- asoman, entre otros, Carlos Ibarguren, los herma­nos Julio y Rodolfo Irazusta, Ernesto Palacio y, en un plano de menor jerarquía, Enrique P. Osés, como el antedicho, colaborador de CRITERIO (firmaba sus comentarios de teatro con el seudónimo Luis Abascal) durante su primera época y que más adelante dirigirá Crisol, un diario

embanderado con la ideología disolvente de los camisas negras, fundado Che: en 1932 por el presbítero Molas Terán. La pluma lapidaria y funcional de estos bien pensantes revela su nula confianza en el futuro gobierno del Peludo puesto que en su primer mandato le habían hecho la cruz para siempre. Además, todos ellos des creen en la democracia plebeya de las urnas, la misma que dos años después arrasarán los espadones con Uriburu al frente y un joven Perón de escolta.

 

Por una de esas paradojas a las que tan afecto era, una encendida de­fensa de la democracia representativa firmada por Gilbert K.Chesterton abre e120.XII.1928 el número 42 de CRITERIO bajo el título “Piedad para el pobre votante” (pp.361-62). El autor de Ortodoxia está en el pináculo de su fama. Ningún otro católico inglés es tan ampliamente conocido en Europa, desde los Urales al Mediterráneo, y también en América, del norte al sur. Las detectivescas aventuras del Padre Brown son devoradas en todos lados por un público voraz en traducciones múltiples que, tal cual ocurre con el resto de su vasto corpus literario, abarcan el francés, español, italiano, alemán, holandés, checo, ruso y polaco. Hay cartas de esos días en que se le pide que de conferencias en Australia, que vuelva a darlas en Estados Unidos, que vaya a Sudamérica, en especial a la Argentina, para hablar del pensamiento y la literatura de Inglaterra o de lo que se le ocurra. Pero aquel “gordo magnífico”, como alguna vez tituló la auto caricatura que ilustra esta nota, jamás desembarcó en estas latitudes. Sí se acercó mediante sus libros y sus artículos. El de marras es un agudo ensayo de tinte periodístico (periodismo de alto vuelo, of course, no de gacetillero, como cuadra al editor del semanario G.K’s Weekly), acerca de la elección norteamericana que consagró al republicano Herbert Clark Hoover 31° presidente constitucional de los Estados Unidos por el período 1929-1933.

 

El resultado de aquellos comicios, según Chesterton “no es tanto un golpe asestado al Partido Demócrata como a la teoría democrá­tica y muestra con penosa prominencia las objeciones que ahora surgen por todas partes en contra de la maquinaria del voto impuesta desde el siglo XIX: en Francia por hombres como Maurras, en Italia por Mussolini, y nada menos que en la misma Norteamérica por sujetos como H.L. Mencken y sus amigos 1. Estas objeciones están expresadas con mayor sutileza que las de los viejos reaccionarios; pero, en sustancia, se resumen en la tesis de que el contar cabezas es, simplemente, una manera permanente y perfecta de darle a la ignorancia ventaja sobre la instrucción, ya la indiferencia a costa del interés inteligente. En el caso norteamericano es casi por entero una cuestión de ignorancia; una ignorancia tan supina que es del todo anormal con res­pecto al término medio del mundo moderno”. Confiesa GKCh que no está en situación de adivinar cuánta gente votaría por uno o por otro de los candidatos, no porque Hoover fue­se un republicano y su contrincante Alfred Smith demócrata, sino simple y únicamente porque este último era católico. “Queríamos saber -continúa- cuántos allí creen realmen­te que las iglesias católicas son almacenes de fusiles y de espadas para una masacre de protestantes; y que si Mr. Smith fuese a la Casa Blanca se llevaría al Papa como un huésped permanente, pero que no paga. Queríamos saber cuántos norteamericanos son realmente así. Y ahora lo sabemos. Hay muchos más de lo que pensábamos…Es en verdad probable que un cierto número de las más ignorantes entre las mujeres votantes hizo sinceramente lo que mejor pudo para que instituciones tales como el contrabando, el cohecho, las cenas con champagne para los senadores y con alcohol de madera para los pobres (clasificadas todas juntas, por razones de comodidad, bajo el común denominador técnico de “Prohibición”) pudiesen continuar llenando a Chicago de tiroteos y los bolsillos de los contrabandistas de oro y, en conjunto, aumentar la fama de razonabilidad y digni­dad del nombre norteamericano. Pero eran precisamente esas ingenuas mujeres quienes también hubiesen creído que Mr. Smith era tanto más repugnante y demoníaco por ir a Misa que por beber un vaso de vino”.

 

Una digresión. Habría que esperar hasta los años 60 para que semejante cuco confesio­nal se disipara y el jovial J.F. Kennedy, hijo de un hombre enriquecido, precisamente, a través de negocios turbios durante la Ley Seca, llegara a la Casa Blanca, sin afectarlo su fe de bautismo ni mucho menos el pasado paterno, pues aquel caballero de Brooklyn había tenido, luego de su oscuro pasado, el honor de ser embajador de los Estados Uni­dos en Londres.

 

Pero el meollo del pensamiento chesterto­niano aflora al promediar el ensayo. Leemos: “Ahora, pues, yo soy uno de los pocos que todavía creemos en los muchos. Yo soy uno de esa minoría inteligente, pero en rápido camino de desaparecer, que realmente confía en la mayoría. Nosotros, los que creemos en la turba somos figuras abandonadas y de­caídas en estos tiempos; y la turba se burla de nosotros en la calle. Mas, lo repito, yo todavía soy de esa inteligente minoría que no cree en la minoría inteligente. Yo creo que, dadas las condiciones más sensatas y sim­ples, no hay mejor gobierno que el gobierno propio, y creo que los ciudadanos debieran, normalmente, regir la ciudad. Me disculpo por la naturaleza anticuada de este credo, pero lo mantengo”.

 

El credo de Chesterton parece no haber sido compartido por algunos de los hombres -no todos, felizmente- que escribieron en CRITERIO poco antes de que sonara la hora de la espada. Contemporáneamente a la pu­blicación de “Piedad para el pobre votante”, Hoover, de gira por el vecindario sudameri­cano, re caló en Buenos Aires. A Don Hipólito le aconsejaron recibirlo con la pompa reser­vada para un presidente en ejercicio. Pero hizo oídos sordos: para él es sólo “el electo presidente de un país amigo”. Y punto. El protocolo quedó a salvo. No hubo clarines marciales ni alfombra roja. Se limitó, pues, a saludarlo a su llegada y a ofrecerle una comida de agasajo. Eso sí, con cubiertos de plata y finos manteles.

 

 

 


1
. Henry Louis Mencken (1880-1956) fue un periodista y crítico social muy influyente en los Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XX cuyos escritos tienen un fuerte contenido elitista rayano con el racismo.

Nº 2329 » Agosto 2007

Los presidentes. Sus excesos, sus debilidades y el ocaso de la Argentina

por Peltzer, Enrique · Comentar 

El título de este nuevo libro de Enrique Peltzer induce a engaño. Parecería que nos va a dar información sobre los últimos presidentes y sus excesos y debilidades. Sin embargo, no es así. Se trata de una obra de ciencia política fincada en el sistema presidencialista de nuestra tradición y nuestra Constitución. No funda el ocaso argentino en sus malos presidentes sino en nuestra ilusión de que tenemos que esperar o buscar un salvador de la Patria.

 

Se le pide demasiado al titular del Poder Ejecutivo y éste -si tiene un temperamento voluntarista- quiere hacer todo y estar en todo. ¿Y la clase política y los dirigentes sociales? Obedecen al presidente de turno o se los aplasta. ¿Y las nuevas generaciones políticas? Se las domestica o se las elimina.

 

¿Y entonces? Peltzer propone algo nuevo para la República Argentina: un régimen parlamentario para que públicamente, en el Congreso, se hagan los arreglos necesarios para gobernar, y no en componendas secretas; para que allí se reúnan los dirigentes reconocidos y hagan sus propuestas, y no entre “referentes” y a escondidas ni a los gritos en la Plaza de Mayo desde el balcón o desde el llano.

 

De ordinario ningún presidente tiene la mayoría de votos necesaria para gobernar en solitario y entonces se compran votos de la ciudadanía o, directamente, a los diputados o senadores o se los alquilan a un solo efecto.

 

España, la nueva España, está en el sistema de todas las democracias exitosas; entre éstas, sólo Estados Unidos sigue gobernándose con el régimen presidencialista que ellos inventaron, pero tienen un Congreso que funciona y un Senado con mucho poder que sabe usarlo para equilibrar al Ejecutivo.

 

Buscando al salvador de la Patria, al político bueno que todo lo va a hacer bien dejamos de intentar un nuevo sistema para buscar el indispensable consenso para gobernar la nave del Estado. La idea fuerza de Peltzer es dejar de buscar y denunciar las maldades del omnipotente presidente y proponer a los argentinos un nuevo proyecto. En democracia cada generación es una nueva nación y esta Nación Argentina está harta de regresar al pasado una y otra vez para denigrarlo o para ensalzarlo. La humanidad instalada en el cono sur de América quiere un régimen moderno que con la inteligencia de muchos -no de uno solo- oriente a la república hacia un proyecto de desarrollo social y económico que muchos observadores creen inevitable pero que nunca llega.

 

Hace más de cien años Vicente Fidel López propuso el régimen parlamentario para tratar de corregir nuestras malas tendencias políticas, si bien “el consenso” no era el unicato, sino el acuerdo de dos o tres notables muy representativos.

Nº 2329 » Agosto 2007

Kappa – Los engranajes

por Akutagawa, Ryunosuke · Comentar 

A los cinéfilos el nombre de este escritor japonés (Tokio 1892-1927) sin duda les sea familiar pues, basado en Rashomon, uno de sus mejores cuentos incluido en el libro El biombo del infierno, Akira Kurosawa realizó en 1950 el famoso film homónimo, verdadera joya del séptimo arte. En cambio, a las jóvenes generaciones de lectores puede resultarles un desconocido habida cuenta de que desde hace muchísimo tiempo su obra, de gran rigor estilístico y escasamente traducida al castellano, faltaba en las librerías. Sea, pues, bienvenida esta edición de Paradiso que, salvo algunas nimiedades, se ajusta a la traducción canónica del pintor Kazuya Sakai aparecida a fines de 1959 en la colección Asoka de Ediciones Mundonuevo, con una ilustrativa nota preliminar del propio Sakai y prólogo de Jorge Luis Borges.

“Discernir con  rigor los elementos orientales y occidentales en la obra de Akutagawa es acaso imposible”, dijo entonces Borges. Es que el autor nipón se especializó en literatura inglesa en la Universidad Imperial de Tokio, y también estudió las de Alemania y Francia. Así, en Kappa, recurre al artilugio de fustigar a la espacie humana bajo el disfraz de una especie fantástica, un recurso estimulado. Tal vez por los bestiales yahoos de Johnattan Swift o los pingüinos de Anatole France. Sin embargo, no se trata de una novela estrictamente social pues en ella el escritor plantea sus propios problemas personales, desde su inseguridad como escritor hasta la supuesta herencia perniciosa de una filiación adoptiva, como si quisiera solucionarlos antes de que fuera demasiado tarde. En efecto, una grave enfermedad y las repetidas crisis nerviosas sumadas a los conflictos familiares contribuyeron decididamente a precipitar su destrucción como persona humana y como artista.

 

Los engranajes narra con minuciosidad enfermiza fragmentos de la vida de un escritor (la suya propia) inmerso en un mundo de locura y alucinaciones. Sus últimas líneas no dejan resquicio a la esperanza: “Ya no me quedan fuerzas para seguir escribiendo. Vivir en esta continua zozobra es desesperante. ¿No querrá alguien apretarme el cuello, calladamente, mientras yo duermo?” (Escrito el 7.4.1927)

 

Antes de transcurridos dos meses de esta desgarradora solicitud Akutagawa se suicidó.

Nº 2329 » Agosto 2007

Gesú di Nazaret

por Ratzinger, Joseph · Comentar 

Más que de una vida de Jesús o una cristología al estilo de las contemporáneas, se trata de un libro de meditaciones cristológicas escritas muy libremente, en diálogo con la exégesis contemporánea. La falta de notas aligera sensiblemente el texto. Ello no le impide al autor citar a teólogos y exegetas en el texto principal y colocar un apéndice final, capítulo por capítulo, donde alude a sus fuentes más consultadas para escribir estas páginas. Se trasmite un tono de modestia y sencillez. Campea un recuerdo lejano de Romano Guardini.

 

Ratzinger practica lo que los anglosajones llaman una exégesis canónica, con permanentes reenvíos a otros libros del Nuevo y del Antiguo Testamento, especialmente a los salmos. Muchos pasajes de los evangelios sinópticos son de esta manera iluminados por afirmaciones paulinas o por otros libros como la carta a los hebreos o escritos de la tradición joánica. A su vez, la inclusión del capítulo sobre las imágenes de Juan abre una importante puerta al cuarto evangelio, en un libro orientado de algún modo más a la tradición sinóptica.

 

La secuencia de los temas es la siguiente: bautismo, tentaciones, Reino, discurso de la montaña con bienaventuranzas, los discípulos, parábolas de perdón (buen samaritano, padre misericordioso, el rico Epulón y el pobre Lázaro) y Padre nuestro, las grandes imágenes joánicas (agua, vid y vino, pan y pastor), la confesión de Pedro y la transfiguración, y, finalmente, las afirmaciones de Jesús sobre sí mismo: Hijo del hombre, el Hijo y Yo soy. El segundo tomo versará sobre la muerte y resurrección del Señor

 

El autor escribe con un profundo acento patrístico, quizás más alejandrino y alegórico, no sin citaciones audaces de Filón. Utiliza así con sencillez una interpretación espiritual, defendiendo al mismo tiempo la legitimidad y la validez de los cuatro sentidos de la Escritura (literal, espiritual, moral y anagógico o místico; cf. Exégèse Médiévale de Henri de Lubac). Como lo ha reconocido diversas veces, se siente más hijo de Platón y de Buenaventura que de Aristóteles. Todo ello muestra una notable sensibilidad simbólica en el autor, una cierta frescura estética para ver y relacionar imágenes y símbolos en los que navega con evidente placer. Parecen resonar en sus páginas ecos de algún autor del siglo XII, como Bernardo o Ricardo de San Víctor.

 

Como consecuencia de lo anterior, estas páginas tienen también un acento litúrgico y sacramental, afín a su aptitud estética, y de este modo una suerte de permanente referencia al bautismo y a la eucaristía. “En el encuentro con Jesús nos nutrimos, por así decir, del mismo Dios vivo, comemos verdaderamente el pan del cielo. Conforme a esto, Jesús ya ha aclarado antes que la única obra querida por Dios consiste en creer en Él… Pero la pregunta: ¿cómo podemos alimentarnos de Dios, vivir de Él para que Él se haga nuestro pan?, esta pregunta no ha recibido todavía una respuesta acabada. Dios se hace pan para nosotros ante todo en la encarnación del Logos: el Verbo se hace carne. El Verbo se hace uno de nosotros y entra así en nuestra dimensión, en aquello que nos es accesible. Pero más allá de la encarnación del Verbo es necesario todavía otro paso, que Jesús menciona en las palabras conclusivas de su discurso: su carne es vida por el mundo (6,51). Con ello se alude, más allá de la encarnación a su término intrínseco y a la realización última de ella: el don que Jesús hace de sí hasta la muerte y el misterio de la Cruz… La Eucaristía aparece como el permanente gran encuentro del hombre con Dios, en el que el Señor se da a sí mismo como carne para que nosotros –en Él y en la participación de su camino– podamos hacernos espíritu como Él, a través de la Cruz, se ha transformado en un nuevo género de corporeidad y humanidad, que se compenetra con la naturaleza de Dios…” (pp. 311.312.314).

 

Pero al mismo tiempo su mirada reconoce en el Señor una raíz trinitaria fundante y decisiva, que es la verdadera fuente a partir de la cual en su misterio todo se explica. “Lo que en Jesús daba escándalo era… el hecho que parecía ponerse en el mismo nivel del Dios vivo. Era este el elemento que la fe rígidamente monoteística de los hebreos no alcanzaba a aceptar; era este elemento que incluso Jesús mismo podía preparar sólo lenta y gradualmente. También era este elemento –dentro de la continuidad ininterrumpida de la fe en la unicidad de Dios– impregnaba todo su mensaje y constituía su aspecto nuevo, particular y distintivo” (351). “La transfiguración es un acontecimiento de oración; se hace visible aquello que ocurre en el diálogo de Jesús con el Padre: la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en pura luz. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz. Lo que Él en su intimidad es aquello que Pedro había querido decir en su confesión –se hace perceptible también a los sentidos: el ser de Jesús a la luz de Dios, su propio ser luz como Hijo” (357).

 

Su diálogo a veces polémico con la exégesis contemporánea puede resultar para algunos un tanto fatigoso. Esperamos, entretanto, para el segundo tomo, su mirada teológica explícita sobre los milagros de Jesús, mencionados un tanto de paso en el presente tomo.

 

Desde la sencillez en la forma, estas páginas son el resultado de una vida de servicio teológico al Señor. No se puede dejar de percibir un acento que llamaríamos contemplativo-místico que le da una juventud inesperada a este bello libro, escrito desde la altura no desdeñable de sus ochenta años.

Nº 2329 » Agosto 2007

Incrustaciones

por Thomas, Chantal · Comentar 

Finalizada la semana de homenaje al dramaturgo francés Jean-Luc Galarce, Marilú Marini y Alfredo Arias iniciaron el 5 de julio una breve temporada de dos meses, como coprotagonistas de una nueva versión de la pieza que ellos mismos dieron a conocer aquí, hace un par de años, con Jorge Luz en el rol masculino. Este texto nació como escena, escrita a pedido del mismo Arias que buscaba indagar en la relación madre-hijo desde la perspectiva de diversos creadores. Chantal Thomas –historiadora y escritora– posteriormente desarrolló ese núcleo inicial para configurar Incrustaciones. Apelando a un humor que transita desde lo corrosivo a lo negro, la autora ofrece una impiadosa mirada sobre el trágico destino de una mujer que desesperada por huir de la soledad, se casa con el hombre equivocado: un débil y “bueno para nada”, dominado por una madre castradora e invasiva –una de las “incrustraciones” a las que hace referencia el título–, quien no ceja en sus propósitos de humillar y expulsar a la “intrusa” hasta que finalmente logra su deseo de verla muerta. Estructurada a partir de escenas breves, la obra se organiza retrospectivamente a partir de la evocación de una Raimunda que ya muerta y en paz toma plena conciencia de lo desgraciada que fue en vida.

 

Alfredo Arias –que además de director es traductor y adaptador del texto junto con Gonzalo Demaría–, elige una estética que, desde el maquillaje, el vestuario y los accesorios hasta la gestualidad, la mímica y el tono de las réplicas, transita entre lo clownesco, el grotesco y la parodia. El dispositivo escenográfico es mínimo y a menudo se lo “representa” a través de las indicaciones de los mismos actores. Sumamente efectiva resulta la muñeca realizada a escala humana, cuya constante presencia en escena como testigo mudo parece simbolizar el peso que significa para la vida de cada una de las mujeres la presencia de “la otra”. Marilú Marini asume brillantemente el desafío de interpretar a las dos protagonistas de características tan disímiles –una Raimunda vacilante, torpe e insegura y una suegra “vampiresa” y avasalladora–, mientras que Arias también encarna, con una amplitud de registro menos exigida, además del protagónico masculino, otros dos roles menores. Los dos logran algunas escenas para el recuerdo: el primer encuentro en el bar, el primer veraneo de a tres en la playa o el “lamento fúnebre” de la suegra sobre el féretro de Raimunda. Por sobre los méritos de un texto que, sin complejidades pero con desmesura, despliega una mirada aguda sobre un conflicto siempre vigente, Incrustaciones ofrece la valiosa oportunidad de admirar el talento interpretativo de dos grandes de la escena.

Nº 2329 » Agosto 2007

El último yankee

por Miller, Arthur · Comentar 

Aunque estrenada un año antes de Cristales rotos (1994) –cuya puesta encaró al año siguiente Carlos Rivas en el escenario del Blanca Podestá–, recién ahora llega a Buenos Aires este texto perteneciente a la última etapa de la producción de Arthur Miller. La recepción de las obras de este período –exceptuando Cristales rotos– fue tibia, a pesar de que el autor pugnaba por recuperar el esquivo interés del público conciliando sus preocupaciones temáticas con las propias y la resolución teatral de las mismas.

 

En El último yankee se plantean cuestiones que remiten a sus etapas anteriores: de la primera, la tensión que genera la presión social cuando ésta frustra el desarrollo de la autonomía individual, la relación entre el éxito económico y la felicidad y de las últimas, la búsqueda, ya no en la sociedad sino en el ámbito personal y familiar, de los conflictos que evidencian la situación trágica en la que, para Miller, está inmerso el hombre. La obra reúne en la misma sala de espera de un hospital neuropsiquiátrico a dos hombres de generaciones y mentalidades distintas que sólo comparten la vivencia de tener a sus esposas internadas por depresión. Leroy Hamilton –el “último yankee”–, es un ebanistero y padre de familia numerosa que, sin mayores ambiciones económicas, goza de su trabajo y de la vida sencilla que éste le depara, mientras que John Frick, es un hombre de negocios, cuya única preocupación es multiplicar su patrimonio. A este contraste se suma el de Leroy con su propia esposa que, por su origen extranjero, ansía insertarse exitosamente en la sociedad americana de Nueva Inglaterra y sufre desde hace años una crisis depresiva. Karen Frick –el personaje más desdibujado– padece de una profunda falta de autoestima y de comunicación conyugal, situación que parece explicar el origen de su colapso nervioso. El autor ha declarado que el estado en que se encuentran estos matrimonios “se corresponde con la triste situación de nuestra civilización”: en ambas parejas el afán ilimitado de progreso y bienestar de uno de los cónyuges –producto de un mandato social– impide el logro de la felicidad compartida.

 

A diferencia del plano ideológico, donde la impronta de Miller es claramente reconocible, la estructura y la construcción de los personajes sorprende por su simplicidad. El texto no logra desarrollar de manera equilibrada las relaciones entre estos cuatro personajes –la del matrimonio Frick queda apenas explorada– o lo hace de forma no siempre consistente, como sucede con las motivaciones del cambio que se opera en Patricia Leroy y que le permite, finalmente, abandonar el hospital definitivamente curada y resignada a secundar la actitud de vida de su marido. Tampoco se entiende el sentido de un tercer personaje femenino que permanece mudo e inmovilizado en su cama. Laura Yusem, a cargo de esta puesta en escena, ha señalado con acierto que Miller, bastante reticente a dar el protagonismo a los personajes femeninos –como sucede en esta ocasión–, los encara a veces con cierta ingenuidad, y éste parecería ser el caso.

 

La puesta compensa los méritos que le puedan faltar a la obra a través de un sólido trabajo actoral. Alejandro Awada y Beatriz Spelzini, encarnan con gran ductilidad expresiva a la pareja más joven y con mayor lucimiento; Aldo Barbero y Alicia Berdaxagar, en interpretaciones más breves, ratifican su profesionalismo, en especial esta última, que dota de la mayor carnadura posible a un personaje bastante monocorde y débilmente trazado. La escenografía de Norberto Laino sugiere, desde lo visual, el encierro, la soledad y la despojada frialdad propias de un centro público y pueblerino de salud mental.

Nº 2329 » Agosto 2007

Juegos de amor esquivo

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Ganó uno de los premios más importantes del 7º Festival de Cine Independiente (Bafici) y 4 premios César del cine francés. La película del tunecino Abdellatif Kechiche retrata conflictos actuales con El juego del amor y del azar, de Marivaux, como telón de fondo.

 

El tunecino Abdellatif Kechiche con Juegos de amor esquivo, su segunda película, consiguió en Francia hace un par de años algo impensado, derrotar a Los Coristas (la gran candidata de la noche con ocho nominaciones) a la hora de los Premios César de la Academia de Cine del país galo. Así, aquel tierno film de Christophe Barratier debió resignarse a dos premios menores y a arañar el Oscar como consuelo.

 

Pero ¿qué valores portaba aquella pequeña película independiente filmada en soporte digital ante la gran avant-scène del cine francés? En primer lugar, Juegos de amor esquivo concreta a partir de un relato clásico, El juego del amor y del azar de Marivaux, una película inolvidable que toma como centro el conflicto adolescente para describir algunas trágicas variables de la sociedad francesa contemporánea en barrios marginales de los alrededores de Paris, cuna de la inmigración del norte de África y de los monoblocks de viviendas populares.

 

Pierre de Marivaux se hizo famoso por sus piezas de enredo amoroso y galante pero también por presentar la critica social y moral de la sociedad de su tiempo, cuando el teatro neoclásico brindaba maravillosos comediógrafos como Lesage, Beaumarchais y el propio Marivaux.

 

Lydia (Sara Forestier) es una fervorosa admiradora de ese texto que ensaya con empeño para el final de la cursada y Krimo (Osman Elkharraz) ha quedado prendado de su magnética belleza. Ante el torbellino de no poder declarar su amor por miedo al ridículo, pide a un compañero que le ceda su lugar en la obra y así poder decir, en el papel del Arlequín, todo lo que su corazón siente y que las palabras de Marivaux le ayudaran a expresar.

 

Con este pequeño planteo, Abdellatif Kechiche consigue instalar la cámara en el centro de la escena junto a inolvidables quinceañeros para volver al espectador cotidiano en la urbanización conocida como Franc-Moisin; cuyos vecinos participaron activamente de la película e interpretan muchos de los papeles del film.


Ganadora de cuatro merecidos premios César (película, director, guión y actriz revelación), el trabajo de Abdellatif Kechiche consigue penetrar en la piel de esos jóvenes de rumbo incierto a quienes el juego del amor se les presenta tan cotidiano, pulsional y esquivo como a aquellos que la protagonizaron en 1730, o cuando Silvia Legrand realizó su última película, en 1944, en la lente de Leopoldo Torres Ríos, basada en el texto de Marivaux y con el mismo nombre. Aquí Sara Forestier se afirma como uno de los futuros rostros del cine francés con su composición acertada de esa adolescente flechada por la gran literatura, el amor y la lente de Kechiche, que con largas pero no abrumadoras escenas, consigue que pase un ángel por la pantalla y enamore a Krimo pero también al espectador en esa diversidad cultural de los jóvenes árabes del suburbio parisino y el microcosmos adolescente, tan similar aquí y allá.

Nº 2329 » Agosto 2007

Dos dibujos nacionales

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Nos felicitarnos doblemente, por el buen suceso de dos dibujos animados nacionales durante estas vacaciones de invierno, y por su buena calidad, prueba del interesante nivel que la animación está alcanzando entre nosotros. No es del todo seguro que debamos felicitarnos por el entero contenido de al menos uno de ellos.

 

El mejor, en todo sentido (pero no el de más recaudación, lo que suele ocurrir), es El arca, de Juan Pablo Buscarini, que el año pasado ya nos había asombrado mezclando actores y muñecos en El ratón Pérez. Lo de este año es dibujo convencional con algunos toques de 3D, muy buen hecho. Los fondos, los escenarios, cada detalle en la multitud de animales, los planos del arca girando en el mar embravecido, con un techo que parece de maqueta de fósforos, tan bien pintados que dan ganas de tocarlos (hay que darle crédito también al director de animación Pedro Blumembaum), y la justa inserción de algún fragmento en otro estilo, todo eso es motivo de elogio. Se trata de una nueva versión de la historia bíblica de Noé, digamos que bastante libre, pero cuyas picardías están debidamente equilibradas con un mensaje natural de fe en Dios y convivencia entre los seres vivientes. Inicialmente fiel al Génesis, tanto como al curioso film bíblico hollywoodense La Biblia en sus comienzos, vemos aquí al bondadoso Noé comprando a un esclavo sólo para liberarlo, pagando sus hipotecas, y disfrutando la paz del bosque cuyos árboles plantaron sus mayores. Pero pronto él no dudará un segundo en talar su amado bosque para obedecer la orden divina.

 

Las nueras que le ponen los hijos en contra, los palomos que (salvo uno) incumplen su obligación de dar mensaje a los demás animales, el unicornio y otros seres hoy fantásticos que desconfían del humano y se niegan a subir al arca, y los complots para apoderarse del nuevo mundo que surgirá tras el diluvio, contribuyen a reforzar el ejemplo de fe y constancia que ofrece Noé. Luego, la película agrega otros dos relatos paralelos: una pareja de usureros lucha por colarse en el arca, y el tigre y el león (ególatra inmaduro) luchan por el reino animal. Dato interesante, al león lo despabila una leona poco agraciada, pero lo suficientemente capaz de llevar adelante las cosas, y hacerse valer. Y, pequeña irreverencia, contemplando todo eso desde las tramoyas del gran teatro celestial, están Dios (dibujado como un gordo afable, todavía joven) y su ángel secretario, que por ahí lo despierta diciéndole “hay gente que ha madrugado y necesita su ayuda”, y chascarrillos semejantes, si se quiere inocentes.

 

A señalar, además, la voz familiar del querido Juan Carlos Mesa, una graciosa versión de “Resistiré” que cantan los animales carnívoros, obligados a convivir cuarenta días con los apetecibles herbívoros, y un (demasiado breve) dibujo dentro del dibujo, ilustrando con estilo algo british el maquiavélico, humanísimo, plan del tigre para domesticar a las demás especies, engordarlas y comerlas.

 

A discutir, en cambio, el diseño de personajes demasiado “a la americana”, sobre todo algunos animales, aunque no disgusta, y hasta puede pasar por homenaje, que para salvarse los usureros asuman una apariencia bastante similar a la de ciertos monstruitos de El submarino amarillo.

 

 

Por su parte, el otro dibujo es decididamente argentino, en el diseño, los diálogos, el tipo de humorismo, y (ay) también en los valores morales que representa. Se trata de Isidoro. La película, exacta traslación de la historieta Las aventuras de Isidoro. Símbolo nunca dicho pero íntimamente aceptado de nuestro verdadero carácter nacional, ese personaje antecede, con otros nombres, a Patoruzú, vive cuatro décadas a costillas de su éxito, y, desde los ‘60, lo supera en ventas. La gente amaba al indio noble y generoso, pero también a su padrino cobarde, ventajero, irresponsable, modelo de “niño bien”, chanta con percha natural, ostentoso y sobrador. Típico porteño, decían en las provincias. Típico argentino, decían en todo el mercado hispanohablante. Y en muchos suburbios del continente aún lo siguen leyendo.

 

Al menos en las primeras historietas terminaba perdiendo. Después, a pedido del público, pasó a ganador. Y al comenzar los ‘70, se cristalizó. Polera, saco cruzado y mocasines, noches de fiesta en Mau-Mau, amiguitas delgadas, compinches desde entonces con el mismo peinado, el fiel mucamo gallego, y los dineros interminables de su “tiíto querido”, el coronel (RE) Urbano Cañones. Así, precisamente, lo pintan en esta película, respetando muy bien el diseño original, el colorido, las definiciones rápidas, las avivadas del tunante, las peleas del diablito y el angelito y otros detalles oníricos, los arcaísmos del coronel, las canciones muy bien puestas de Francis Smith, incluyendo “Un hombre de hielo” y, también, los atractivos de una aventura exótica.

 

Para el caso, se combinan una gran fiesta (¿qué otra cosa podía ser?) en un lejano país asiático, un robo de biocombustible experimental, y unas armas dignas de James Bond. Signo de los tiempos, su amiga Cachorra tendrá más habilidad y coraje que el supuesto héroe. Novedoso y significativo detalle de humanidad, al botarate le entra un impensado sentimiento de ternura y decencia cuando se encuentra con el retrato de su finado padre. ¿Le pasó alguna vez en alguna historieta? Bueno, ya era tiempo. En cierta ocasión, el humorista Rep se imaginó cómo sería la vejez de Isidoro. Ya canoso y semicalvo, vive en un country, alejado del ruido, cortando el césped, regando las plantas, y legalmente casado con Cachorra, con quien ha adoptado a dos niños de una villa lejana. A fin de cuentas, él también fue un niño huérfano. Acaso en la vejez pueda darle a otros la oportunidad de criarse bien, que él mismo despreció cuando era un niño pretencioso. Pero esto no figura en la película, que es ante todo para nostálgicos de los bailes de los ‘60 y ‘70. A los chicos, en cambio, les resulta medio larga y muy hablada (además no entienden la gracia cuando el mequetrefe clama: “¡No me peguen! ¡Soy Cañones!”). Directores de animación: los veteranos Pérez Agüero y Alberto Grisolía.

Nº 2329 » Agosto 2007

DVD: “La vida de los otros”, “Líbero”, “Los mensajeros”, “Memorias de un asesino”

por · Comentar 

La vida de los otros

 

Alemania, 2006; dirección: Florian Henckel von Donnersmarck; intérpretes: Ulrich Muhe, Sebastián Koch, Martina Gedek, Ulrich Tukur; A.M. 13.

 

Imaginemos un hombre dedicado por completo a una tarea. Sin vida personal, sin vínculos estrechos ni más ambiciones que la de hacer meticulosamente su trabajo. Estamos en Berlín oriental en 1984, unos cinco años antes de la caída del Muro. En un estado de sospecha permanente, Gerd Wiesler es profesor y empleado de la Stasi, la implacable policía del régimen que controla las actividades de todos sus habitantes.

 

Wiesler (Ulrich Muhe) es invitado a presenciar una obra escrita por Georg Dreyman e interpretada por su mujer, Christa María Sieland, actriz prestigiosa: la pareja dorada del ambiente artístico de la Alemania del Este. Wiesler comienza a vigilarlos. Mientras participa de su vida cotidiana, su frialdad se quiebra.

 

La vida de los otros parece querer explorar la posibilidad de redención humana a través del arte. A pesar de esta intención inicial, la película opta por centrarse en una especie de “enamoramiento” que se produce entre el vigilador y Dreyman. De manera vicaria la vida de Wiesler comienza a ser la del otro: su patetismo y su soledad son subrayados así de manera innecesaria.

 

Ganadora del Oscar 2007 a la mejor película extranjera, su director Florian Henckel von Donnersmark deja en claro que trata un tema importante. El problema es que el film es completamente consciente de su “importancia”, lo que provoca que, inevitablemente, caiga en una excesiva solemnidad.

 

 


Líbero

(Anche libero va bene)

Italia, 2006; dirección: Kim Rossi Stuart; intérpretes: Alessandro Morace, Marta Nobili, Kim Rossi Stuart, Barbara Bobulova; A.M. 13.

 

Tommi tiene once años y practica natación, pero le gustaría más jugar al fútbol. Su padre, sin embargo, no cree que el fútbol sea un deporte adecuado. Tommi vive con él y con su hermana Viola, unos años mayor. Su madre, en tanto, ha desaparecido. Hasta que un día regresa. Mientras su padre y su hermana deciden incluirla de nuevo en la familia, Tommi duda si darle una nueva oportunidad.

 

Un drama familiar contado desde la perspectiva de un niño, donde los problemas “de adultos” y los pequeños detalles cobran la importancia que él les asigna. Sin perder pisada sobre su protagonista, en su debut como director, Kim Rossi Stuart se arriesga a ser comparado con el Truffaut de Los 400 golpes. Actor desde los catorce años, Rossi Stuart interpreta también a Renato, el padre de Tommi, un camarógrafo publicitario que mantiene con su hijo una relación complicada. En este sentido, resulta casi novedoso ver a personajes que, como éste, muestran sus contradicciones sin ser necesariamente villanos. Con un gran respeto hacia la mirada infantil, un imprescindible actor protagónico (el excelente Alessandro Morace), y con momentos conmovedores, aunque tristes, Líbero vale la pena.

 

 


Los mensajeros

(The Messengers)

Estados Unidos, 2007; dirección: Oxide Pang Chun, Danny Pang; intérpretes: Dylan McDermott, Penélope Ann-Miller, Kristen Stuart; A.M.13

 

Llegan otros dos directores orientales: los hermanos Pang, herederos de la tradición del cine de terror que hace unos años invadió Occidente desde prácticamente todo Asia. Oriundos de Hong Kong, los Pang realizan ahora su primera película en los Estados Unidos. La historia se atiene a las reglas del género: una familia llega desde la ciudad al campo con la idea de comenzar de nuevo. Se mudan a una vieja granja en la que, el espectador recibe de entrada esa información, sucedieron asesinatos horrendos en el pasado.

 

El drama familiar del principio, con los conflictos de la hija adolescente y algo que al parecer ha sucedido con ella en el pasado, logra mantener el interés hasta que se hace imprescindible un descenlace. La intención de los realizadores, según ellos mismos admitieron, era provocar terror allí donde menos se lo espera: a cielo abierto, en medio un prado, en un día encantador.

 

Pero lo cierto es que este efecto, al menos aquí, no termina de producirse, y este hecho, a pesar de las actuaciones, y de la corrección en los rubros técnicos, termina por convertir a Los mensajeros en una película fallida.

 

 


Memorias de un asesino

(Memoirs of murder)

Corea, 2003; dirección: Bong John-Hoo; intérpretes: Song Kan-Hoo, Kim Sang-Kyung, Kim Roe-Ha; A.M.13.

 

Se edita en dvd el segundo trabajo del director de The host, un policial realizado en 2003 y basado, según se anuncia con los títulos de inicio, en un caso real: desde 1986 a 1991, durante la época de la dictadura militar, un hombre asesinó a 10 mujeres en una ciudad del interior de Corea.

 

La historia se centra en la investigación, con dos detectives que de entrada se presentan como opuestos: el policía del pueblo, acostumbrado al caos, a usar la violencia con los testigos, y a “caminar” la escena del crimen, y otro, educado pero inexperto y metódico, enviado desde Seúl por las autoridades para resolver el crimen.

 

Si The host podría definirse como un drama familiar con monstruos, de ésta podríamos decir que es una de asesinos seriales con mucho humor negro. En lugar de aislarse del contexto político, Bong John-Hoo incorpora el clima de la dictadura militar en la trama pero sin subrayarlo, así como integra la brutalidad de los asesinatos a la vida cotidiana de los personajes. Memorias de un asesino confirma que John-Hoo es un director excepcional, con una capacidad sorprenderte para crear climas y romperlos al instante (y jamás concluir una escena de manera previsible).

 

Como si fuera poco, y a pesar de haber sido filmada en lugares tan lejanos, la corrupción habitual, la brutalidad policial, la desorganización de las instituciones, la falta de recursos técnicos, resultarán completamente familiares a cualquier espectador argentino. Sumamente recomendable.

Nº 2329 » Agosto 2007

Torcuato y Andrés Di Tella: una familia particular

por Sendrós, Daniel · Comentar 

No es común todavía –y menos entre nosotros– que alguien exponga ciertos aspectos de su propia familia a través de un documental. Andrés Di Tella ya hizo dos: La televisión y yo, donde evoca la fábrica de su abuelo, y Fotografías, acerca de su madre hindú, la primera esposa de Torcuato Di Tella. Reunimos a padre e hijo, para charlar entre ellos. “¡Cómo miento!”, dice el padre, observando el reportaje que le hicieron en una publicación.Pero luego se pone serio.


- Torcuato Di Tella: Me parece bien, muy bien, que Andrés busque sus raíces familiares. En alguna medida servirá de inspiración a otros. Sobre todo lo de descubrir la India, que es una parte de su origen. Escribí algo, no sé dónde, sobre el descubrimiento de la India en el exterior, por Nehru. Muchos de nosotros descubrimos lo argentino recién estando en el exterior. En mi casa paterna sólo teníamos parientes y negocios con la parte más o menos blanca de América Latina, y un racismo inconsciente con el resto. Decíamos  “pobre gente, son indios”. Cuando estudiante, seguía el modelo europeo, pensaba que el peronismo era una cosa horrorosa, me reía del peruano Haya de la Torre, que decía que había que devolverles todo a los indios.

 Después lo conocí personalmente, era un hombre admirable. En los Estados Unidos, como había muchos cipayos, descubrí la identidad del continente. Descubrí las raíces argentinas en su contexto latinoamericano (antes lo hice en el contexto del Cono Sur).


- Andrés Di Tella: Al revés, recién vengo de Leuvucó, donde, junto a una laguna seca, caldenes y árboles plantados por los gringos, está el mausoleo del cacique Mariano Rosas. Estoy haciendo algo sobre los ranqueles para el canal Encuentro. Lo curioso es que nadie se quería reconocer indio, ni siquiera el padre del actual lonco (cacique). Internalizaron el desprecio al indio. Sin embargo, estudios recientes dicen que el 52% de los argentinos tiene en su mapa genético algo de indígena.

- T.: Pero no dicen cuánto. Yo he tratado con araucanos y wichis, insistiendo en la educación bilingüe. Que cultiven sus tradiciones sin negarse la posibilidad de modernizarse. Un wichi me decía que no practicaba la agricultura para no lastimar la tierra. Supongo que los otros no pensarían lo mismo.


- A.: Viendo esto de los ranqueles, pienso cómo uno se va construyendo su identidad. Vos rechazaste el mandato familiar y el exceso de italiano, luego descubriste tu pasión por estudiar lo latinoamericano. Hay una parte que ya viene con uno, la sangre, y otra que uno quiere construir por sí mismo, a veces metiendo la pata. Como aquella vez en la India cuando nos invitaron a una boda. La invitación decía “ropa formal”. Entonces me compré ropa hindú de fiesta, y estaban todos con ropa occidental. Para ellos formal es ir de saco y camisa (informal, y hasta de mal gusto, sería ir de remera sin cuello). Corbata casi nadie usa.


- T.: Cuando hicimos tu primer viaje a la India –vos tenías once años–, estuvimos un buen tiempito. Tamara, digo Kamala, mi primera esposa, había descubierto la India viviendo en el exterior (como Ghandi, que la descubrió cuando era abogado de saco y corbata en Sudáfrica), y estaba interesada en recuperar lo hindú de su vida, los santones, y todo eso, por lo cual habíamos ido a visitar a su familia, y vos y tu hermano la seguían, pero a disgusto, sin bajar del auto, sufriendo el calor. Entonces la esencia que
buscaba tu madre todavía te resultaba indiferente.


- A.: Éramos niños, y lo único que nos atraía era lo exótico, por ejemplo los elefantes. Lo mismo le pasó ahora a mi hijo Rocco. El elefante que él mira, con una mezcla de pavor y admiración en Fotografías, está en un templo de Tiruvannamalai. Creen que es manso, pero por las dudas lo tienen encadenado. Y que puede bendecirte con un beso o un resoplido de su trompa en tu frente. Entonces todos están cerca de él, a la expectativa de recibir su bendición. Para mí la India es eso, algo a lo que me acerqué con miedo y fascinación, hasta sentir su beso, recién ahora.


- Usted fue a los 25 años de edad.

 
- T.: Para mí fue un escape inconsciente de la Argentina, de los italianos, y de la empresa familiar. Fue una gran aventura, donde llegué incluso a enamorarme de una chica hindú, y nos casamos. Hasta que un día pensé “ya es suficiente, voy a terminar mis estudios, aunque sea en Inglaterra”.


- Para entonces, también había creado un club socialista en Hyderabad…


- T.: Casi creado. Sí, tenía amigos políticos que a veces me hicieron hablar ante unas 100 o 200 personas. Pero en el fondo no quería quedarme, y esa actividad política me vino bien para que me negaran la renovación de la visa. Kamala sí, se hubiera quedado, pero decidió acompañarme.


- ¿Y por qué usted no decidió hacerse cargo de la empresa paterna?


- T.: Ahí entramos en la psicología profunda. No quería meterme en algo tan complicado. Cuando yo tenía ocho años, mi padre empezó a llevarnos los sábados a la fábrica, para que nos fuéramos relacionando con las máquinas. Había algunos obreros haciendo horas extras, algunos capataces que se ponían a hablar con mi padre. Estaban tranquilos, pero yo sentía que nos miraban como cosa rara. Me sentía inhibido, era como un sufrimiento. Después, en compensación, íbamos a la confitería El Molino, donde los chicos tomábamos una granadina, pero nada de papas fritas, porque cortan el apetito, y además no son papas, son nabos, según una vieja teoría familiar. Y de ahí, con algo especialmente comprado para el aperitivo, a la casa de una tía donde se hacía una gran comilona semanal para 10 o 15 personas como promedio. Ella hacía unos ravioles riquísimos, pero a mí no me gustaba ese ambiente. En fin… los ravioles me daban dolor de cabeza. Tampoco me gustaba la carne. Era un exquisito, apenas me gustaba comer perdiz en escabeche, frutillas y unos pocos platos más. A comer sin remilgos recién me acostumbré en los campamentos universitarios en los Estados Unidos.

 

- Y en la India, supongo.


- T.: Ahí comía muy bien, pero además tenía un amigo, que era el rico del pueblo y al mismo tiempo dirigente de una subdivisión del Partido Socialista, que andaba de campaña política por el interior de Kerala, y aproveché a acompañarlo, para conocer. En las aldeas nos convidaban con cada cosa que hoy me digo: “no entiendo cómo pude haber comido eso”. Y lo comía. Hoy como de todo. Además, mantengo el precepto italiano: hay que terminar toda la comida del plato (precepto que no he podido transmitir a Tamara ni a mis hijos, aunque les diga que otros habitantes del planeta pasan hambre).

- ¿Qué otras cosas mantiene de la tradición familiar?


- T.: Los Di Tella eran nobles sin plata. Vinieron acá, se fundieron, hubo que repatriarlos, volvieron, se fundieron varias veces. Había una tía, historiadora de la familia, que no tuvo hijos. Ella nos contaba que a los 14 años mi padre ya mantenía a la familia. Exageraba, porque a los 14 él recién había entrado a trabajar en un comercio, pero la mantuvo a partir de los 19, cuando se hizo despachante de aduana. Al respecto, prefiero no enterarme de dónde sacaba para mantenerla. Lo que era cierto, es que se iba caminando 20 cuadras al trabajo para no gastar cinco centavos en el tranvía. “Vos tenés que ser como tu padre”, nos decían, pero era difícil, porque desde chicos andábamos en un cadillac con chofer (que aparte era como otro tío más de la familia). Yo entonces tenía que empezar de abajo desde otro lado, pero nunca fue enteramente de abajo. Quizá por eso también me fui a la India.

 

- Para entonces Torcuato Di Tella padre ya había muerto.


- T.: Yo tenía 18 años. Él fue un prototipo del Severo Arcangelo que pinta Leopoldo Marechal en su famoso libro El banquete de Severo Arcangelo. Más adelante se hizo cargo mi hermano Guido. De entonces son la heladera, el televisor, y el auto Siam Di Tella 1500 que mucha gente todavía recuerda. En 1971, debido a diversos problemas, el Estado tomó el control, convirtió los créditos en acciones, y mucho después lo fue desguazando. Una parte se vendió a Techint. Algunos galpones todavía quedan.


- Mientras, usted fue haciendo su carrera en el Instituto Di Tella (fundado en 1958) y la Universidad de Buenos Aires, hasta que por conocidas razones debió emigrar a Inglaterra y los Estados Unidos.

 

- T.: Pasamos bastante en el exterior, siete años, no muchos. Andrés se perdió de ver la televisión argentina.


- A.: Me perdí a Pepe Biondi.


- Y descubrió que para los ingleses era un hindú de apellido italiano que decía ser argentino. En Fotografías menciona esa perplejidad, revelada a través de un insulto.


- A.: El significado exacto de la palabra “wog” lo encontré hace poco. Es la sigla Western Oriental Gentleman con que los ingleses calificaban a los hindúes y pakistaníes más “potables”, más occidentalizados, un término supuestamente positivo, pero que generalmente empleaban en tono despectivo.


- Como ciertas aplicaciones de “cholo” en el norte.


- T.: Andrés piensa que acá en la Argentina también lo discriminaban por negro en la secundaria. Pudo haber sido alguna chica…


- A.: Él se ríe, pero cuando vivíamos en Londres yo iba a ver fútbol, y en primera división había un solo jugador negro. Cada vez que salía a la cancha los fanáticos ululaban y le tiraban bananas, y eso era algo considerado simpático. Hoy se lo vería como un gesto puramente racista. Un referí podría suspender el partido, al club le quitarían puntos.

- ¿De qué club era hincha en Londres?


- A.: Del Arsenal, que entonces era muy chico, nunca ganaba un campeonato. Cuando volvimos, coherentemente papá me llevó a ver al Arsenal de Sarandí. Él no sabía nada de fútbol, pero aprovechó para hacer turismo sociológico. Recuerdo que de pronto, en el entretiempo, se puso a charlar con el arquero.

 

- Vayamos a los documentales. No es común la franqueza con que ustedes se hablan ante las cámaras.


- A.: Mi padre es excepcional. Reconozco su generosidad al prestarse para estas películas, y es muy bueno el diálogo que estamos teniendo en estos últimos tiempos. Igual, ciertas cosas todavía no me las ha contado. Y otras, hubo que sonsacarlas, pero no porque él se negara, sino porque a mí me cuesta preguntarle. Es muy abierto, pero igual lo respeto. En la película hay, por ejemplo, una imagen de mi madre con otro hombre (cuando ya se estaba divorciando de papá), que encontré y no sabía si mostrársela. Él simplemente me dijo: “Era su vida”. No pregunté más. Ahí la puse.


- Su madre también parece haber sido excepcional.


- A.: Mi madre nace en un pueblito del interior de la India, se hace socialista, vive el Swinging London, integra el Departamento de Psiquiatría del Hospital de Lanús, se vuelve una autoridad en niños autistas, etc. Su vida tiene muchas vueltas, y también tiene zonas oscuras que no conocemos. La verdad, no fue terapéutico para mí. A veces, cuando uno se interesa en saber ciertas cosas, ya es tarde. Pienso en todo lo que nunca le pregunté a mi madre. Por eso, no hice una biografía estricta. Hay elementos de construcción artística, fabulación, ideas que me hago. Si bien cuento una historia –uno se puede imaginar muchas cosas–, me interesa además que el espectador pueda llenar ciertos espacios con sus propios recuerdos, hablar con sus padres. Hacer estas películas me enseñó la riqueza que hay en charlar con ellos. Además, me revela lo importante que son las historias individuales, porque hablar de la vida privada es una forma de arrojar una luz diferente sobre la vida social. Y una obligación del documental, es iluminar la vida con distintas luces.


- Es curiosa la repercusión emocional que causa su película.


- A.: Será que no hace falta tener una mamá hindú para identificarse con la historia que cuento.

 

- T.: Un día estoy en el Once comprando una chuchería, y se me acerca una señora: “Yo a usted lo he visto”. Respondí como hago siempre en esos casos: “Me entrego a la justicia popular, ya que me han reconocido por televisión”. Pero no me había visto en ningún programa, sino en una película de mi hijo. “Esa película me hizo llorar”, me dijo.


- A.: Antes, las memorias las escribían los viejos. Yo ya le estoy insistiendo a mi padre, para que empiece a escribir las suyas. Pero quizás haya un cambio cultural del que estoy participando sin saberlo, porque veo una generación autobiográfica más joven. En todo caso, recuerdo lo que decía Marcel Proust, respecto de su libro En busca del tiempo perdido, algo así como “esto se basa en mi vida, pero lo que más me interesa es crear un instrumento óptico para que el lector vea reflejado algo de la suya”. Volviendo a un tema anterior: hay descendientes de inmigrantes que no saben en qué lengua hablaban sus abuelos. Queman las pistas.


- T.: Muchos porque tienen bajo nivel educativo. Recuerdo un taxista con nuestro mismo apellido, cuyos padres nunca le dijeron de dónde vinieron sus abuelos. Nosotros somos de Capracotta (cabra cocida), un pueblo de los Abruzzi descendiente de los samnitas, que tenían el orgullo de haber derrotado a dos ejércitos romanos. Después vino un tercero, pero esa es otra historia.


- A.: Es un fenómeno bastante típico, que los viejos no transmitan su cultura. Tu viejo no te hablaba en italiano.


- T.: No sólo eso. Hacia 1943, gobierno militar, en la escuela nos dieron un papel a cada chico. Debíamos escribir los datos familiares. ¿Nacionalidad del padre? Puse italiano, y se enojó, porque era nacionalizado argentino. “¿Por qué pusiste eso?”. Él no se sentía discriminado; porque había recelo hacia los que estaban viniendo de países “extraños”, pero no contra los italianos. Si acá todo el mundo es italiano. Pero quizá también quería cubrirse porque los Estados Unidos estaban poniendo en una lista negra todas las propiedades de italianos en Sudamérica. Las consideraban propiedades enemigas. Fue un episodio breve, hoy poco recordado. Lo cierto es que no mantenía ninguna pronunciación. Mi madre vino a los 15, su entonación era claramente italiana, pero nunca los oí hablar entre sí en su idioma. Con nosotros, cuanto mucho, se les escapaban pequeñas expresiones. “Ma sá fermo!” (¡pero quedate quieto!), por ejemplo. Mamá hablaba en dialecto con su madre, únicamente cuando estaban solas. Yo ahí les orejeaba algo. Lo que aprendí fue en la secundaria, donde entonces el italiano era de enseñanza obligatoria. Después leí los clásicos: La Divina Comedia, Orlando Furioso, La Jerusalén liberada, y luego libros de historia. La Divina Comedia, en un libro de mi abuela, con ilustraciones de Doré, y anotaciones en los márgenes, como “este Papa tuvo amores con la condesa Tal”, y…


- A.: No creo que la abuela haya escrito semejante cosa.


- T.: Alguien lo escribió. A mí lo italiano me interesaba, como parte de la cultura, pero me fastidiaba eso de la italianidad. Encima todos los amigos de mi padre eran italianos emigrados, salvo un argentino.


- Para los argentinos, Torcuato padre es un modelo de inmigrante y de empresario industrial.


- T.: Escribí una biografía de mi padre, no hagiográfica, pero supongo que cariñosa. Mi viejo era realmente ingeniero. Había abandonado la carrera, y cuando mi hermano Guido y yo nacimos decidió terminar, aunque ya era grande. Estudió a chita callando, pero se recibió, para después poder decir a sus hijos “yo terminé la universidad, vos también tenés que hacer lo mismo”. Así que hice ingeniería por obligación, y recién después empecé sociología.


- Su hijo, en cambio, decidió su vocación por sí mismo.


- T.: Según él, lo obligamos.

- Última pregunta. Poco antes, dijo Tamara en vez de Kamala. ¿Por qué no las eligió con distintas vocales?


- T.: Cuando conocí a Kamala, se presentó, y entendí Tamara, un nombre que me gustaba, porque sonaba medio oriental, medio ruso. Pero era Kamala. Mucho después se me presentó Tamara, y me dije “éste es el nombre con que yo fantaseaba cuando joven”. El apellido es otra cosa, pero bueno, nadie es perfecto. Como ve, me he casado con una hindú, dos judías, una ucraniana o rusa, o polaca. Mi padre y todos los de su generación sólo se casaron con gente de origen italiano, salvo un primo que se casó con una Gijena, descendiente de indios que se fueron blanqueando al contacto con el conquistador español. Aquello de incorporar una Gijena causó gran consternación en la familia, porque las tías decían que, siendo criolla, y además poetisa, no iba a educar bien a los hijos. Así mirábamos entonces el interior del continente.

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