Revista Criterio
Noviembre 2007
Nº 2332 » Noviembre 2007

La infancia de Cristo según Berlioz

por Poirier, José María · 1 Comentario 

Entre los “quijotes que alientan la buena música –escribía el crítico René Vargas Vera en el diario La Nación de Buenos Aires– se encuentran personas como Patricia Pouchulu, profesora titular del Conservatorio Nacional de Música, pianista, directora de coro, profesora de la Alianza Francesa, diplomada en La Sorbona” y, desde su creación en 1999, presidenta de la Asociación La Bella Música. Se trata de una institución que realiza notables esfuerzos para promocionar a músicos y cantantes argentinos en producciones musicales de exquisita calidad, ya que –como ella misma dice– “no hay muchos lugares donde nuestros músicos puedan actuar”. Así entonces los conciertos en el Club Hípico, en el Museo Nacional de Bellas Artes, en el Teatro Coliseo y en otros ámbitos.

 

El próximo jueves 6 de diciembre, el sábado 8 y el domingo 9 se ejecutará por primera vez en la Argentina con músicos locales el estupendo y poco conocido oratorio de Hector Berlioz: “La infancia de Cristo”. Es acaso el proyecto más complejo y exigido que afronta esta asociación cultural en sus intensos años de existencia.

 

L’Enfance du Christ es una obra sinfónico-coral para siete solistas vocales, coro polifónico, coro de niños y orquesta sinfónica. Aquí fueron convocados doscientos treinta artistas de primer nivel que están ensayando desde hace más de medio año. La iniciativa cuenta con el patrocinio de la embajada de Francia, el apoyo del Fondo Nacional de las Artes y los auspicios de los entes culturales de esta ciudad y de la Nación. La concertación y dirección general estará a cargo del maestro Carlos Vieu. Los solistas vocales convocados: el tenor Carlos Ullián (en el papel del recitador), la soprano Daniela Tabernig (la Virgen María), y los barítonos Lucas Debevec Mayer (San José), Hernán Iturralde, Oreste Chlopecki (el padre de familia que los acoge), Leonardo Estévez, Esteban Hildebrand (en el papel de Herodes) y Roman Modzelewski (como Polydore).

 

Actuarán los prestigiosos coros Lagun Onak (preparado por el maestro Miguel Ángel Pesce e integrado por un centenar de voces mixtas) y el Nacional de Niños (a cargo de la maestra Vilma Gorini). La sinfónica de “La Bella Música” está compuesta por setenta destacados músicos de las mejores orquestas argentinas. El concertino será el maestro Luis Roggero y la supervisión fonética a cargo, precisamente, de la licenciada Patricia Pouchulu, especialista en el tema. Se proyectará simultáneamente el texto y se seguirán las sugerencias escenográficas y lumínicas del autor.

 

Una obra atípica

 

El oratorio “La infancia de Cristo” es una obra que Berlioz no escribió por encargo sino que nació de su inspiración artístico-espiritual. En efecto, se refiere ampliamente a ella en sus memorias. Le llevó cuatro años de trabajo y en ese largo proceso el músico francés se fue enamorando cada vez más de la original tarea. Constituye su penúltima obra importante, precisamente antes de “Las Troyanas”, y es la única de carácter religioso. Se presenta aquí un Berlioz diferente (incluso al principio firma con pseudónimo y afirma que se trata de una partitura de autoría de un antiguo monje), sin grandilocuencia y con sugestiva e íntima emoción.

 

El oratorio consta de tres partes: “El sueño de Herodes” (subdividido en seis escenas), “La fuga a Egipto” (tres partes y una obertura orquestal) y “La llegada a Saïs” (tres escenas).

 

Comienza con un Herodes amargado que, en una hermosa aria para barítono, dice soñar obsesivamente con un niño que lo destronará. Los adivinos que consulta le confirman la premonición y el rey da órdenes de matar a la criatura. Como señala Patricia Pouchulu: “en esta obra no hay nada superficial”. Desde las amenazas de Herodes hasta los angélicos coros o el adiós de los pastores, la narración refiere algunas escenas de la infancia de Jesús según la tradición y las leyendas. Hacia el final la Sagrada Familia es recibida (dos flautas y un arpa) por un hombre que les da acogida. El oratorio concluye magníficamente con un coro de niños a capella y un pianissimo de tenor.

 

Un “hecho extraordinario”

 

El conocido pensador español de formación germana Manuel García Morente, cuyo libro Lecciones preliminares de filosofía -que recogía su curso en la Universidad de Tucumán- inició enteras generaciones de jóvenes argentinos en esa disciplina, consideró como un hecho extraordinario la audición del oratorio de Berlioz.

 

En una carta de septiembre de 1940, que se hizo pública después de su muerte, le escribe a José María García Lahiguera sobre una experiencia personal que cambió el rumbo de su vida. García Morente había nacido en 1886 en Jaén y los avatares de su vida y los de su patria quieren que se encuentre en abril de 1937 en París. El filósofo, ya viudo y en su madurez, reflexiona sobre su distancia con el cristianismo y está a punto de vivir una profunda conversión. En efecto, García Morente fue ordenado sacerdote en 1940 y murió en Madrid a principios de diciembre de 1942.

 

Escribe textualmente: “En realidad, había llegado al fondo de un callejón sin salida. Me dije a mí mismo que era necesario volver atrás y repensar de nuevo todo ese proceso intelectual que me había conducido a tan grotesca conclusión”. Mientras enciende la radio para tomarse una “tregua en el pensamiento”, están pasando música francesa: César Frank, Ravel y finalmente una desconocida obra de Berlioz. “intitulada L’enfance de Jesús”. Y confiesa: “No puede usted imaginarse lo que es esto si no lo conoce: algo exquisito, suavísimo, de una delicadeza y ternura tales que nadie puede escucharlo con los ojos secos”. Luego refiere las voces y la melodía (“pura, ingenua, verdaderamente divina”), para proseguir: “(la música) tuvo un efecto fulminante en mi alma. Una inmensa paz se había adueñado de ella. Sea lo que fuere, me veía a mí mismo hecho otro hombre”.

 

Y concluye: “En el relojito de pared sonaron las doce. La noche estaba serena y muy clara. En mi alma reinaba una paz extraordinaria. Me parecía que debía sonreír. Me senté de nuevo en el sillón y me puse a pensar lenta y responsablemente sobre mi nueva condición y el modo de vida que debía de adoptar. Como quien con sana alegría medita gozoso los preparativos de un anhelado viaje.

Nº 2332 » Noviembre 2007

La naturaleza, el interlocutor

por Kovadloff, Santiago · Comentar 

Un niño desconocía el mar. Sus padres decidieron presentárselo. En un atardecer del invierno portugués lo llevaron a la cima de un promontorio desde donde el niño, al caer el sol, vio por primera vez, en los brazos de su padre, a los tres años de edad, el mar. Después de echar la primera ojeada se tomó la carita entre las manos y le dijo al padre: “Papito, ayudame a mirar”. ¿Qué había visto? ¿Qué no había visto? ¿Con qué se encontró su mirada cuando se encontró con lo inabarcable? ¿Qué creía él que un padre puede? El padre lo estrechó, es decir, lo ayudó a soportar.

 

Después vendría lo previsible. Un nombre que presume abarcar las cosas: océano. Una palabra que apacigua la imponderabilidad: horizonte. Una palabra que parece contener lo insondable: lo profundo. Pero ese chico se salvó de demasiadas evidencias y también se salvó de la función apaciguadora de esos tres términos. Hoy es un hombre esencialmente perplejo.

 

La perplejidad no es un atributo inicial en el vínculo con las cosas. Aristóteles sostiene que sí, que la filosofía nace en virtud de la perplejidad con que lo familiar, súbitamente extraño, nos colma de asombro.

 

Sin embargo, hoy es indispensable entender que la perplejidad debe ser reconquistada sin cesar para que nuestro vínculo con lo real no cese. Porque el vínculo con lo real cesa donde la familiaridad es abusiva.  Abusivo es nuestro rostro mirado en el espejo; la presunción de que quien vive con nosotros es familiar; la idea de que el cuerpo es mío: “mi” cuerpo. Nos acostamos con la certeza de que amanecerá. Y que después del calor llegará el fresco, y tras el fresco nuevamente el calor. Que habitar un cuarto piso es pisar tierra firme. Que el mar está ahí para que lo usemos.

 

Si la soberbia es un pecado, el pecado de soberbia se traduce también con esta promiscuidad, que es el abuso de familiaridad con la Tierra. Abuso de familiaridad con nuestros semejantes y, ante todo, abuso de familiaridad con uno mismo. Deberíamos tratarnos de usted cada tanto.

 

Durante centenares de miles de años, la Tierra  fue aquello contra lo cual embestía el hombre para fundar cultura. La naturaleza era el contra qué de la embestida. A medida que se replegaba la naturaleza lo humano escenificaba su presencia.

 

Centenares de miles de años creyendo que la naturaleza está ahí para ser gerenciada. ¿Podríamos vivir sin harcerlo? No.  Sin explotar la naturaleza, el hombre no habría sobrevivido.

 

Pero el dilema de nuestro tiempo es inédito en la historia de la Humanidad. Hasta ahora hemos vivido para abrirnos un lugar en la naturaleza, es decir, para fundar cultura a expensas de la naturaleza. El dilema de hoy es inédito. Aún no convivimos con él plenamente, nos produce más inquietud que reflexión. Consiste en esto: ¿podremos abrirle a la naturaleza un lugar en el campo de la cultura? Esta pregunta pide convivencia. ¿Podremos abrirle a la naturaleza un lugar en el campo de la cultura? ¿Podremos reconciliar la necesidad de valernos de ella para  sobrevivir, con la convicción de que entre ella y nosotros debe haber una relación cualitativamente distinta de la que reina entre el amo y el esclavo? La esclavitud fue abolida, mayormente, con respecto a nuestros semejantes, no así con respecto a la Tierra.

 

Hoy la tierra se insubordina desde su impotencia contra el destino de objeto de explotación que ha corrido.  Hoy la Tierra dice: “no tenemos porvenir”. No usa la primera persona del singular, sino la primera persona del plural. Dice temblando, lloviendo, consumiéndose en la sequía, marchitándose o enardeciéndose a través del fuego: “No tenemos porvenir”. ¿De qué se queja? Se queja de ausencia. Dice no haber sido tenida en cuenta. Dice: “no te has tenido en cuenta”. Nos coloca un espejo ante los ojos para que veamos en su ausencia, nuestra ausencia. ¡Qué se ocupen los que entienden! Uno está tan atareado. Hay tanto para hacer. No vamos a estar dispersándonos en una infinidad de responsabilidades colectivas que nos distraen de lo poco que sabemos y lo mucho que tenemos que hacer, dentro de lo poco que sabemos. Después de todo, uno, personalmente, a la Tierra no le ha hecho nada.

 

Pero ocurre que la Tierra no es un escenario. La Tierra somos nosotros. Lo digo, pero no lo sé. Yo digo: la Tierra somos nosotros, pero no lo sé. Saber es vivenciar. Hemos descubierto a través del avasallamiento del medio ambiente que nuestra piel se extiende hasta incluir todo lo que la excede. Soy lo que excede mi piel: el río, la luz, el aire, el bosque. Soy todo eso. Mi cuerpo es todo eso. Mi cuerpo no culmina donde culminan mis intestinos. Yo lo digo. ¿Lo sabemos? No lo sabemos. No tenemos una cultura de convivencia. Estamos, eso sí, alarmados. El insomnio insiste, la intranquilidad cunde, no porque nuestros intereses no condicen con quienes firman los protolos de Kioto.

 

El amo no se inclina ante el esclavo. ¿Por qué debería inclinarse? ¿Qué puede ser la tierra además de rentable? Puede ser un cementerio. ¿Estoy yo amenazando? Creo que no; es un diagnóstico. El hombre no tiene porvenir si aspira a sobrevivir unilateralmente como amo. Entonces ¿qué? ¿Puede dejar de ser amo? Ni lo sueño. Aspiro a que no sólo sea amo. Aspiro a que se combata a sí mismo.

 

La dignidad de la vida no pasa por la victoria del bien sobre el mal, sino por la polémica tensión creadora con el mal desde una convicción de convivencia. Esa es la verdadera utopía. Aspirar a un mundo en el que podamos luchar por matizar la indignidad de nuestra existencia. Instalar el bien en la Tierra es tarea de las dictaduras. Es decir: donde el bien se instala de una vez por todas, se acabó la discusión con quien lo dude.

 

Yo no quiero un mundo redimido. No quiero un mundo justo. No quiero un mundo santo. No quiero un mundo donde los hombres se amen. Únicamente quiero un mundo donde los hombres combatan su desprecio, su auto-desprecio, a través del matiz de la solidaridad eternamente, infinitamente.

 

El hombre es tarea. No ha nacido para realizarse. El animal ha nacido para realizarse, porque en la biología se agota su porvenir. En la medida en que el hombre es también cultura, es significación, lenguaje, interpretación, labor incesante de búsqueda de sentido. Un hombre realizado es un hombre que ha renunciado a ser proyecto. Ningún canguro se empeña especialmente en alcanzar la madurez. Le ocurre. ¿A él? No, a la biología le ocurre. No hay sujeto en el canguro. En nosotros hay sujeto. ¿Hay sujeto? ¡No exageremos! Podría haber sujeto. El hombre es posible, no es real. Y es posible en la medida que descubra que dos viene antes que uno. Que somos primero vínculo y después autonomía. Autonomía fundada en el vínculo.

 

No está asegurado el porvenir del hombre en la Tierra. Pero no porque vaya a desaparecer la atmósfera o alguna bomba festiva ponga fin a todo esto. La amenaza más honda que pesa sobre el hombre en nuestro tiempo es la extinción de la subjetividad. Es decir, la desaparición de la autoconciencia crítica. Esa que hace de nosotros no seres conscientes, sino seres que se saben conscientes.

 

El enigma mayor no es la conciencia. El enigma mayor es la auto-conciencia. Tener conciencia del entorno es aun proceder de manera inconsciente. Saberse consciente es estar habitando el enigma más alto de nuestra especie. Somos aquel sitio donde el universo se descubre con perplejidad. Y esto ¿para qué sirve? No sirve para nada. Y nada, ¿para qué sirve? Nada sirve para existir.

 

El amor es perfectamente inútil. La amistad también. La música de Bach no tiene mayor rentabilidad sino para quien la imprimen y graban  ¿Qué ganamos emocionándonos? Somos el único ser contemplativo que estimamos habita el universo conocido. Quiero decir: un ser que a las seis y cuarto de la tarde es capaz de  mirar sin finalidad el núcleo del horizonte. No conocemos ninguna otra especie que decline con la luz del día conmovida, ni que aspire a ver el amanecer. Que celebre la caída de la nieve. Atributos secundarios en un mundo donde la subjetividad se reduce a la rentabilidad.

 

Pero este es nuestro abuso. La reducción de la subjetividad al consumo. ¿Lograremos revertir esta situación? Yo no lo juraría. Hay fracasos grandes, espléndidos. Valdría la pena fracasar en el intento de redignificar nuestro vínculo con la naturaleza. Fracasar, dije. No tengamos fe en que lograremos lo que nos proponemos. Tengamos la dignidad necesaria para indignarnos por lo que pasa. Y para emprender la lucha contra este estado de cosas no desde la convicción de que esto va a cambiar, porque quizás no cambie. Pero lo que le otorga dignidad a la existencia es la conciencia de la necesidad de luchar para revertir esto.

 

No triunfa quien gana, triunfa quien lucha. Este es un mundo de triunfadores consumados. Es preciso que nuestras categorías se transformen. Es preciso que aprendamos que la muerte no nos aguarda al final de nuestras vidas. Nos estamos muriendo mientras vivimos. Lo que termina con nuestra vida, termina con nuestra muerte. Dejamos de morir al expirar. No sabemos qué hay después, pero de morir dejamos al expirar. ¿Lo sabemos? No, lo decimos. En el mejor de los casos, lo decimos.

 

¿Cómo es posible que la vida y la muerte sean contiguas, y no sucesivas? ¿Podremos estructurar una cultura consecuente con esta idea? ¿Podremos estructurar una cultura consecuente con la idea de que “mi entorno” no es entorno, sino intimidad?

 

¿Qué es el humanismo? La exaltación del hombre ya no. El humanismo es la reflexión y la acción orientada hacia el  reconocimiento del  parentesco de los contrarios. Del día con la noche, de la luz con la oscuridad, del hombre con la naturaleza, de la vida con la muerte, del silencio con la palabra, de lo inteligible con lo no inteligible. ¿Será posible un humanismo de esta naturaleza? Antiguos navegantes –dice Sófocles– tenían una frase gloriosa: “navegar es preciso, durar no lo es”. ¿Lo entenderemos?

 

 

 


Conferencia del autor en la presentación del documento “Un manifiesto por la vida del mar”, en la sede Buenos Aires de la Fundación Ecocentro (www.ecocentro.org.ar)

Nº 2332 » Noviembre 2007

El aborto provocado

por Capdevielle, Enrique Francisco · Comentar 

La última semana de septiembre terminó, con el aborto provocado mediante una intervención quirúrgica similar a una cesárea, un capítulo de otra triste historia real. En este caso la de una joven entrerriana de 19 años, discapacitada, que llevaba adelante una gestación de 20 semanas, producto de una violación.

 

El caso fue tratado, por supuesto, de manera más o menos profusa, en prácticamente todos los medios de comunicación. Fueron los comentarios, conclusiones y planteos que quedaron abiertos para el análisis –no únicamente pero sobre todo en programas de radio– los que me indujeron a escribir estas líneas.

 

En primer lugar, me gustaría despojar este comentario, este punto de vista, de cualquier connotación religioso-confesional, terreno al que suele ser llevado y donde se circunscribe exclusivamente el tema, a veces erróneamente, y otras posiblemente con segundas intenciones.

 

Intento enfocar un punto de vista sobre la base de una sola premisa, de un único principio: la vida humana como nuestro bien más preciado y su valor, supremo, como el mismo en todos los casos, siempre, independientemente de las personas. Aspiro además, a ajustar el enfoque en todo momento de manera coherente con ese principio.

 

Como última premisa, quiero que el acento de todas estas palabras esté puesto, sobre y ante todo, en la defensa de la vida humana como bien supremo de todos nosotros, sin importar raza, religión, país, ni momento de nacimiento.

           

Un principio inalienable

 

La vida humana es el bien más preciado. Su valor, supremo, es el mismo en todos los casos, siempre, independientemente de cualquier característica personal. Siempre. No importan la raza, la religión, el lugar, ni el momento del nacimiento.

 

Una vida tiene todo el valor de una vida, ni más, ni menos. Su valor es imponderable, sólo se puede decir que es máximo, nada lo iguala. Por eso, bajo este principio y partiendo de él, la pena de muerte es inconcebible en todos los casos.

 

El supremo valor de la vida humana no está dado por el uso que haga de la vida el individuo que goza de ella. Tampoco por el tiempo que lleve viviéndola, ni por la  calidad de vida que lleve. El valor supremo y absoluto lo tiene per se, por sí misma, a partir y en el mismo momento en que comienza.

 

Pena de muerte y aborto provocado

 

Es partiendo del principio anterior que puede establecerse un paralelismo entre ambos.

 

Muchos países cuentan entre sus leyes con la que contempla la pena de muerte, a veces en ocasiones extremas, y otras, para casos que transitan entre límites más o menos laxos. Podríamos decir además, que está muy dividida la opinión de la sociedad respecto de su aplicación. Es solamente adentrándonos en el principio esencial de la vida y defendiéndolo coherentemente, que puede rasgarse el manto de duda, si lo hubiere, para ver con claridad que no existen excepciones: no es admisible la pena de muerte bajo ningún concepto ni pretexto.

 

Lamentablemente no son aislados los casos en la historia (y la argentina no es la excepción) de personajes que habría sido mejor que jamás hubieran transitado este mundo: Adolf Hitler, Saddam Hussein, algunos comandantes de las Fuerzas Armadas y jefes de organizaciones terroristas  de la Argentina en los años 70 y 80, y podrían añadirse más y más nombres de diferentes países en una lista casi interminable. Todos ellos fueron individuos que no titubearon a la hora de proceder con el más atroz de los desprecios por la vida humana de quienes ellos consideraban, por uno u otro motivo, “diferentes”, “inferiores”, “peligrosos”. Todos también, deberían haber sido objeto del más severo y justo de los juicios y deberían haber terminado o terminar (aún muchos están vivos) sus días en una cárcel con la más severa de las sanciones, aislados de la sociedad a la que agraviaron, despreciaron y ultrajaron.

 

Pero su vida –la de esos personajes– por su misma esencia, insisto, y no por haber sido quienes fueron, es de todos modos respetable. No por ellos. No por lo que hicieron ni dejaron de hacer, sino por el intrínseco valor de la vida que es inalterable e independiente de quien la posee. Alguien dijo una vez que no se evita ni combate el canibalismo comiéndose al caníbal.

 

Es desde este análisis que resulta pertinente hacer un paralelismo entre la pena de muerte y el aborto provocado.

 

Poner fin a la vida del reo condenado a muerte, autor de los más variados y horribles crímenes que podamos imaginar, no disminuye en nada la gravedad de los delitos cometidos; tampoco devuelve la vida de sus víctimas, ni el consuelo ni la paz a los familiares y amigos de ellas. Tal vez solamente deje una parcial sensación de venganza satisfecha. ¿Es esto suficiente para poner en juego o hacer tambalear el principio esencial de la vida? Sin duda alguna y definitivamente: no.

 

En el caso que originó estas líneas, un individuo incalificable violó a una adolescente que quedó embarazada producto de esa violación. La víctima era además una joven discapacitada. Después del denigrante y desgarrador suceso, de un sinfín de idas y venidas, de inimaginables y penosos momentos transitados por la madre y familiares de la víctima, finalmente se autorizó y un equipo médico provocó el aborto mediante una intervención quirúrgica.

 

Por mi profesión, alguna vez me ha tocado ver morir un ternero nonato, como consecuencia de una cesárea realizada fuera de término. Me produce un dolor indescriptible solamente imaginar un bebé humano en igual situación, retirado del útero materno por haber sido fruto de una violación, moviéndose, boqueando, resistiéndose inútilmente a morir. Es una vida, la de ese bebé, como la suya, como la mía. Como la de mis hijos y la de sus hijos; no más; tampoco menos. 

 

Una ley de la Nación

 

Sí, efectivamente hay una ley de la Nación que permite en determinados casos practicar el aborto y el caso que nos ocupa en este momento encaja perfectamente en las generales de esa ley. Pero intentando responder a un interrogante planteado en un programa radial: “la jueza que no autorizó el aborto ¿desconoce que en la Argentina hay una ley que sí lo hace?”, le pido que volvamos a nuestro ejemplo (la pena de muerte). Supongamos que en un país que cuenta entre sus leyes con la aplicación de la pena máxima, le llega el momento de expedirse a un juez que considera que a pesar de que el fiscal pidió con motivos claros que se aplicara dicha ley contra el reo que cometió verdaderas atrocidades, prefiere condenarlo a cadena perpetua. Verdaderamente ¿es un  argumento sostenible el hecho de que una ley exista para que sea aplicada a rajatabla, aún cuando no haciendo uso de ella pueda salvaguardarse una vida, una vida, el bien más preciado de un ser humano? ¿O simplemente porque la ley está hay que aplicarla? Cuántas veces se hizo un llamado al insensible presidente Bush, por ejemplo, para que diera marcha atrás en la ejecución de un condenado a muerte; con el criterio anterior, de que la ley existe, no tendría sentido implorar la revisión de un dictamen final semejante, y sin embargo, cada caso medianamente difundido por los medios de comunicación –y en buena hora que así sea– dispara una lluvia de reclamos y súplicas en tal sentido.

 

En el análisis hecho en su programa de radio, la señora Magdalena Ruiz Guiñazú abrió un par de veces el siguiente interrogante: “Acaso las personas que se oponen al aborto, ¿van a hacerse cargo y ser responsables de cuidar al bebé?”.

 

La respuesta es: por supuesto que no. Para eso están, o deberían estar, todos los mecanismos de la asistencia social de nuestro país. Hay cientos de parejas que por diversos motivos no pueden tener hijos y hacen trámites y gestiones tan desgastantes como interminables,  para lograr la adopción legal de un chiquito, un bebé, sin importar su sexo, origen, ni edad, y de quien de todo corazón y con gran felicidad se harían cargo y le darían ni más ni menos que lo mismo que le hubieran dado a un hijo biológico.

 

Siguiendo con el paralelo de nuestro ejemplo, y por favor discúlpeme el lector si soy en parte reiterativo: imagine usted que los defensores de la pena de muerte nos dijeran a quienes nos oponemos a ella, si acaso nosotros nos haríamos responsables de tener bajo nuestro cuidado, para que no fuera ejecutado, a uno de los represores de la última dictadura militar, a un ex jefe guerrillero, a un Saddam Hussein o a un Hitler, ya que el Estado no puede ni debe gastar en darles alojamiento y comida a seres tan deleznables. Sin duda la respuesta también sería no, de ninguna manera, es el Estado quien debe hacerse responsable de que personajes como aquellos terminen sus días encerrados y confinados a cadena perpetua, y no quienes nos oponemos a que sean ejecutados sólo por el respeto a ese bien supremo que es la vida, más allá del uso que hayan hecho de ella individuos despreciables como los mencionados.

 

Otro interrogante

 

También quedó planteado en el  programa de radio: “La jueza que se opuso a autorizar el aborto, ¿tiene tranquilidad de conciencia?”.

 

Una persona que se opone a terminar con la vida de alguien seguramente tiene absoluta tranquilidad de conciencia. Uno podrá o no compartir su pensamiento pero no puede aludirse de manera dudosa a la conciencia de quien opta por la vida.

 

Por supuesto que el caso particular no es sencillo de abordar: hay una adolescente violada, ultrajada, que además por sus capacidades especiales seguramente no llega a comprender cabalmente lo que le ocurrió (no soy capaz de ponderar si esto último agrava o no la situación, que de cualquier modo es denigrante, inaceptable y condenable desde todo punto de vista) y una familia que sufre profundamente y padece con ella. Y además, como si todo eso fuera insuficiente, hay una nueva vida. Ya está. Ya se inició. Ya existe. Nadie la deseó, nadie la programó ni la imaginó; pero ahí está, con todo el vigor y el valor de una vida, con todos los derechos y algún día también, con todas las obligaciones de quienes gozamos la vida.

 

Nada de lo que se haga por acabar con ella podrá borrar, atenuar ni disminuir la ignominia, la vergüenza, la indignidad, la vileza, la afrenta ni el ultraje que le dio origen.   

 

La atrocidad de una violación agravada por el hecho de tratarse de una joven discapacitada, los momentos padecidos por la indefensa víctima previamente, durante y después del suceso, todo lo que rodea a un caso semejante (sufrimiento de los padres  por sentirse en la piel de su hija, vejados, ultrajados y muchísimas sensaciones más, que me cuesta describir porque también soy padre de dos hijas adolescentes), nada de eso podrá borrarse y ni siquiera atenuarse levemente matando al indefenso bebé, destruyendo una vida aunque haya sido producto de un episodio tan atroz. Y reitero, lo que  ya está en juego es una vida humana.

 

Todos conocemos hoy el horrible genocidio que vivió nuestra Argentina durante la década del 70, ¿pensarán los que avalan la pena máxima, que la condena a muerte de los responsables de tanto oprobio, torturas, hogares destruidos, vidas y proyectos truncados, hubiera disminuido en un ápice el dolor de las mismas víctimas que lograron sobrevivir, o el de sus familiares?

 

Sin duda alguna es necesario y urgente, poner en marcha programas de educación sexual para prepúberes y adolescentes, abrir la posibilidad de que conozcan y tengan acceso, tanto adolescentes como adultos que no cuenten con otros recursos, a distintos anticonceptivos no abortivos, farmacológicos o mecánicos (preservativos, diafragmas, etc…). Pero tan necesario y urgente como eso es hacer conocer y tomar conciencia a todos, a toda la sociedad, de que cuando una vida se inició y mucho más allá del cómo se inició o de quiénes y porqué la iniciaron, ya estamos frente a eso, a una vida humana, el bien más preciado y venerado de este mundo y del que nadie, absolutamente nadie, ninguno de los que pisamos este planeta, tiene derecho a disponer, ni a decidir cuándo ponerle fin.

Nº 2332 » Noviembre 2007

Decir la religión

por Navarro Floria, Juan G. · Comentar 

La ministra de Defensa, en una resolución a la que dio amplia publicidad, dispuso instruir a los jefes militares para que en un breve plazo “revisen la normativa, reglamentación o criterios de ingreso vigentes” en cada una de las fuerzas armadas, “a fin de dejar sin efecto las regulaciones que exigen declaraciones respecto de la religión del personal militar o quienes aspiren a integrar dichas instituciones”. Dicho en lenguaje llano –y así fue publicitado– desde ahora estará prohibido preguntar la religión en el ámbito militar.

 

Los fundamentos de la resolución explican que con la medida se busca garantizar la igualdad y evitar la discriminación por razones religiosas, lo que es un propósito del todo encomiable. Se recuerdan las normas constitucionales e internacionales que garantizan y tutelan la libertad religiosa, y se recuerda que varias constituciones provinciales, en esa misma línea, establecen que nadie estará obligado a declarar la religión que profesa, lo mismo que la ley 25.326 de protección de datos personales. La ministra considera que conocer la religión de los militares o los aspirantes a serlo, que constituye “un aspecto de la vida privada de las personas”, es algo que “no guarda una evidente relación con las necesidades de la vida militar”.

 

El propósito declarado de la resolución es digno de aplauso: la discriminación por razones religiosas debe ser siempre evitada y combatida. La pregunta, sin embargo, es si la medida tomada apunta exactamente en ese sentido, y si es apropiada para ese objetivo. Veamos.

 

Ante todo hay que decir que manifestar la propia religión es un derecho de toda persona. Ese derecho tiene una faz negativa, que es el “derecho a no decir” la propia religión: nadie puede ser obligado a manifestarla, si no quiere. Pero entre ese derecho a la abstención, y la prohibición de declarar la religión, hay una distancia evidente. La resolución no dice que esté prohibido manifestar la propia creencia religiosa, pero parece dirigirse hacia allí. Y con una norma así no podríamos estar de acuerdo. En otras palabras: sería mejor establecer, con sentido positivo, que toda persona (incluso todo militar o aspirante a serlo) tiene derecho a manifestar la propia religión –o a abstenerse de hacerlo si él o ella libremente lo deciden–, que prohibir que les sea preguntado. El auténtico creyente, en general, está orgulloso de testimoniar su propia fe, y no siente vergüenza o temor por hacerlo.

 

Lo que subyace a la disposición que comentamos, es la presunción de que algunas personas, en caso de conocerse su religión, serían discriminadas en el ámbito militar. Se sabe que históricamente, esto ha sido así, con más o menos intensidad según los tiempos y las armas. En la añeja discusión acerca de por qué casi no hay militares judíos, mientras la defensa corporativa (con un ostensible dejo antisemita) decía que “los judíos no quieren ser militares”, otros respondían que hasta no hace tanto tiempo, aunque ninguna norma decía que para ingresar al colegio militar era necesario ser católico, entre la documentación a presentar se incluía la fe de bautismo (cosa que confieso nunca pude comprobar fehacientemente). Pero cualquiera que haya hecho el servicio militar, sabe que los no católicos en general, y los judíos en particular, eran particularmente victimizados.

 

Si esto es así, no se trata de que los militares o ingresantes a las fuerzas armadas deban ocultar su religión, sino de que puedan manifestarla sin temor, y que si alguna mente minúscula halla en esa declaración un motivo para el maltrato, burla o discriminación, semejante conducta sea condignamente castigada.

 

Los fundamentos ideológicos de la resolución comentada, cuya intención posiblemente sea buena, me merecen dos comentarios.

 

El primero: no es cierto que la religión pertenezca únicamente a “la vida privada”. La libertad religiosa incluye, como dicen las mismas normas que la resolución cita, el derecho a practicar y manifestar la propia religión públicamente, y asociado con otros. Esa posibilidad de práctica y manifestación pública y colectiva de la propia religión, no debería estar de suyo restringida en el ámbito militar, guardando las debidas precauciones exigidas por la peculiar disciplina y organización de los cuerpos armados. Es evidente, que para que eso pueda tener lugar es necesario poder declarar la propia religión.

 

El segundo comentario es que, más allá de lo dicho recién, sí puede tener relación con las necesidades de la vida militar, la manifestación y conocimiento de la religión de quienes la ejercen. Pensemos por ejemplo en la obligación que tiene el Estado de garantizar a los militares la oportuna asistencia religiosa por parte de ministros de su propio culto, en general, y en situaciones de especial necesidad (como por ejemplo, si un militar cayera enfermo o fuera herido y debiera permanecer internado en un hospital militar o enfermería, circunstancia que en general motivaría de modo especial el deseo y la necesidad de recibir tal asistencia). O la posibilidad de que un militar fallezca en acto de servicio, y sea necesario organizar las honras fúnebres, que deberían hacerse de acuerdo con sus creencias religiosas. Por lo tanto, y siempre dejando a salvo el derecho de no manifestarlas, sí sería útil y hasta necesario conocerlas anticipadamente.

 

La afirmación de que la esfera religiosa es ajena a la vida militar, no parece inocente cuando está puesto públicamente en discusión el tema de la asistencia religiosa en el ámbito castrense. Excluir la religión de los cuarteles es el camino más fácil, pero también el más injusto. De lo que se trata es de garantizar que, cualquiera sea su credo, todos los militares y sus familias puedan encontrar, aun en el contexto de su peculiar profesión y sus exigencias, el ámbito adecuado para su práctica religiosa y la correspondiente asistencia de los ministros de su culto.

 

Para cerrar estas líneas, valga el relato de algo que me impresionó mucho cuando tuve la gracia de conocerlo. Es un hecho significativo en la vida del Siervo de Dios Enrique Shaw, laico argentino en proceso de canonización, que en su juventud fue oficial de la Marina de Guerra. Enrique tenía una fe sólida, y no estaba dispuesto a dejar la práctica religiosa ni siquiera en ese ámbito profesional. De hecho se preocupó por instruir en la fe y catequizar a muchos de sus subordinados, que lo recordaban con emoción muchos años después. Cuando en la base en la que prestaba servicio se celebraba misa, sus superiores pretendían que los asistentes no comulgaran, para abreviar la ceremonia, y así lo hicieron saber. Enrique no vaciló en adelantarse, él solo y delante de todos, a comulgar a pesar de las amenazas. Su valiente testimonio fue ejemplar para muchos otros, que se animaron también a manifestar su propia fe. Nadie podría decir que eso hubiera significado algún perjuicio a la vida o disciplina militar.

 

Bienvenida entonces cualquier medida que tienda a evitar la discriminación religiosa, y a castigarla si ocurre. Pero que no se use eso como pretexto, para coartar el derecho a manifestar la propia fe, y a practicar la religión. Ni siquiera en los cuarteles.

Nº 2332 » Noviembre 2007

“Muchachista”, exigente y capellán de la muerte

por Touris, Claudia · Comentar 

En febrero de 2003, en el marco del Juicio por la Verdad, iniciado en la ciudad de la Plata, el fiscal presentó ante el Juzgado Federal número 3, una extensa denuncia de 169 páginas contra Christian Federico von Wernich. Unos meses más tarde quedó detenido en forma definitiva. Ya no era un mero testigo en los juicios contra represores y responsables de violaciones a los derechos humanos, sino que se habían podido acumular pruebas suficientes para sentarlo en el banquillo de los acusados. Se le imputaban 33 casos de privación ilegítima de la libertad y torturas y 19 homicidios. Sin embargo, este viraje en la historia del ex capellán de la policía bonaerense durante la jefatura de Ramón Camps fue el resultado de un largo y zigzagueante proceso en el itinerario de lucha de los organismos de derechos humanos que nunca claudicaron en el empeño de verlo juzgado.

 

Tal es el punto de partida y también de llegada de este texto del periodista y politólogo Hernán Brienza, dada la fecha de publicación del libro, a fines de ese mismo año. El resultado de la sentencia lo conocemos nosotros.

 

En un tono ágil e informativo y orientado exclusivamente a la reconstrucción de la trayectoria de vida de esta controvertida figura de la Iglesia, el texto está impregnado de una subjetividad muy evidenciada por una antipatía y un rechazo manifiesto hacia el personaje en cuestión. Un personaje, por cierto, lleno de sinuosidades y cuyos comportamientos públicos y privados sacuden también la actitud quizás inicialmente menos involucrada de los lectores a medida que trascurre la narración de los hechos escalofriantes protagonizados por Von Wernich.

 

Perteneciente a una familia acomodada de Concordia, “El Queque” había librado sus primeras cruzadas de la mano del cura reaccionario Raúl Sánchez Abelenda quien formó un grupo de jóvenes falangistas de activa participación en luchas callejeras durante el debate laica/libre y de hostigamiento a funcionarios que calificaban de “masones y judíos”. Sin embargo, este bautismo de fuego que reaparecería con fuerza en su etapa de capellán contrastaba con el estilo de vida liberal y mundano del joven Christian, un verdadero dandy y codiciado soltero. El ingreso a la vida sacerdotal tuvo, pues, interrupciones y algunas lagunas que no se conocen bien: los seminarios de La Plata y Buenos Aires lo cobijaron con desigual suerte.  Ya incardinado en la diócesis de Nueve de Julio fue ordenado sacerdote en 1974 a los 35 años. El obispo Alejo Gilligan, sería su protector por mucho tiempo. Hasta el golpe de 1976, Von Wernich desplegó una notable actividad en la pastoral juvenil, caracterizándose por su personalidad seductora y un estilo de cura “canchero” que cautivaba a los jóvenes. Lo mismo sucedería más tarde cuando ejerciera la docencia y fuese el profesor más popular  y preferido asiduamente como acompañante en los viajes de egresados.

 

Por aquellos tiempos, su libro de cabecera Mi Cristo roto, de un jesuita español anclado en la cruzada franquista contra el comunismo, guiaba su prédica. Lo más macabro de su historia estaba por comenzar. Su vinculación a través de redes familiares y amistosas con el coronel Camps lo condujo al centro mismo de la maquinaria del terror, aunque ya era capellán policial desde 1975. Entre 1976 y 1978, desplegó la labor de dar “asistencia espiritual” a las fuerzas de seguridad encargadas de la represión en los centros clandestinos de detención y también a los prisioneros. Fue ante éstos que exhibió su faceta más siniestra. Sus apariciones fantasmagóricas en varios campos de la red platense, con ropa sport o con solemne sotana negra infligían a los detenidos la peor de las torturas psicológicas, la de la “esperanza”, según un ex represor que conocía al detalle la metodología que el capellán usaba en aquellas instancias. Arrancar verdades tras el supuesto secreto de confesión de sujetos desesperados que se entregaban con resignación y cierto alivio a sus sermones mesiánicos, su cinismo ante las consecuencias de la tortura y sus engaños a los familiares de las víctimas, fueron la táctica más reiterada del cura. El estado de indefensión, miedo y desubjetivización de los presos, cada vez más alejados de conductas heroicas, hizo el resto. Cientos de militantes cayeron por la información extraída de este modo y donde no faltaron tampoco experiencias fallidas de “recuperación” de subversivos. El caso de Cecilia Idiart y el “grupo de los , ilustra más que ninguno hasta dónde podía llegar Von Wernich. El viaje que les esperaba no era un salvoconducto al exterior prometido y gestionado por el propio capellán, sino la misma que les cupo a la gran mayoría de los detenidos.

 

Aunque la caída en desgracia del Grupo de La Plata, al que pertenecía Camps, después del escándalo internacional por el caso Timerman, desplazó a Von Wernich hacia escenarios menos comprometidos, nunca abandonaría su actitud desafiante y redobladora de apuestas. El bajo perfil no era su estilo. El advenimiento de la democracia lo encontró dando una nueva batalla en la parroquia Santa Rosa de Lima, en Bragado, lugar de origen de Cecilia Idiart. El repudio de la mayor parte de la comunidad no lo amilanó y por el contrario gozó de la protección del obispo de Nueve de Julio, del episcopado y del nuncio papal. El menemismo también lo trató con complacencia hasta que un nuevo paso en falso lo devolvió a la palestra. En 1996 debió abandonar la diócesis tras su denuncia de acoso sexual a una feligresa. Chile y una identidad cambiada bajo el seudónimo de Christian Sánchez evidenció la persistente complicidad de la institución a la que pertenecía, hasta que fue descubierto y requerido por la Justicia argentina. Pero como declaró en varias ocasiones, Von Wernich no cree en la justicia de los hombres, sólo en la de Dios.

 

Tal vez, retomando una reflexión final algo apresurada y filosóficamente dispar por parte del autor, puedo rescatar a los efectos de breve texto, que lo que más nos estremece de esta historia sea que no se trata sólo de la de un personaje deleznable reñido con las ideas y los valores de la sociedad  y de la época en la que actuó. Ni siquiera de las complicidades de una sola institución, sino que el caso Von Wernich interpela la conciencia y la responsabilidad ciudadana en el nivel colectivo. No para volver a hablar de “guerra sucia” o reformular con nuevo ropaje la “teoría de los dos demonios”, sino para hurgar en un ejercicio de memoria incomodante y doloroso acerca lo ocurrido y por qué bajo ciertas circunstancias los hombres comunes pueden incurrir en conductas aberrantes en momentos que Hannah Arendt llamó “tiempos de oscuridad”.

Nº 2332 » Noviembre 2007

Von Wernich, la vida, la familia, la Iglesia y el perdón

por Di Stefano, Roberto · 1 Comentario 

A riesgo de ser tachado de enemigo de la Iglesia, he de decir que esperaba del episcopado un pronunciamiento más contundente en relación con los crímenes de lesa humanidad perpetrados por el sacerdote Christian Von Wernich. Llama la atención que, mientras es continua y categórica la prédica en favor de la vida desde el momento mismo de la concepción, las expresiones condenatorias del terrorismo de Estado sean por el contrario episódicas y tibias. Es evidente que hay entre los obispos unanimidad de pareceres para condenar el aborto que flaquea a la hora de pronunciarse contra los crímenes aberrantes de la última dictadura. Creo que con esta actitud tibia los obispos fortalecen los argumentos de quienes acusan no sólo a los sacerdotes implicados (Von Wernich no es el único), sino a la Iglesia católica toda, y aun a la religión misma, de ser intrínsecamente proclives al autoritarismo.

 

El documento de la Comisión permanente del episcopado constituye en mi opinión un elocuente indicio de las prioridades de nuestros pastores. Porque secuestrar a una persona y reducirla a la indefensión completa, torturarla y tirarla viva al mar desde un avión atenta gravísimamente contra la vida y contra la familia, que son los valores que dicen defender. Millares de familias argentinas quedaron destrozadas durante la última dictadura; padres de desaparecidos llegaron al último recurso del suicidio por no tolerar el dolor interminable de la pérdida, del duelo imposible, de la destrucción de vínculos amorosos construidos a lo largo de décadas.

 

No es cierto que en la Argentina hubo una guerra, porque una guerra es un enfrentamiento entre fuerzas de comparable capacidad de fuego. Hubo una cacería de opositores, de todos aquellos que fueran sospechosos de disentir con el régimen. La documentación interna de las Fuerzas Armadas revela que en marzo de 1976 las organizaciones guerrilleras habían sido ya neutralizadas, y su capacidad operativa desbaratada. El último episodio grave de la lucha insurreccional fue el asalto al cuartel de Monte Chingolo en diciembre de 1975. Pero el gobierno militar nos bombardeó durante años con la idea de que la sociedad se hallaba ante una grave amenaza, para justificar una matanza que tuvo por finalidad paralizarnos por el terror e imponer un programa económico que destruyó la industria nacional y redistribuyó la riqueza en disfavor de los asalariados. Si es cierto que la sociedad entera engendró la violencia de aquellos años (y en ese sentido todos deberíamos arrepentirnos y pedir perdón, por lo que hicimos o por lo que dejamos de hacer), lo es también que la represión ilegal utilizó las estructuras del Estado para acabar con sus opositores. No hubo dos demonios, no hubo una guerra de aparatos con una indefensa sociedad en el medio.

 

La dictadura contó con amplios consensos en medios empresarios, sindicales, políticos, sociales y periodísticos. Contó también con los de líderes e instituciones religiosas minoritarias y con el de sectores de la Iglesia católica que no creyeron necesario pronunciarse de manera categórica para intentar frenar la represión ilegal. Sin embargo, por una razón fácilmente comprensible, el consenso que proporcionaron los medios religiosos resulta muchísimo más grave que el que otorgaron los demás: es que el sacerdote o pastor tiene la misión de cuidar a las “ovejas” que Dios le ha confiado, no puede torturarlas o mirar para el costado mientras se perpetra la matanza. Por eso es que entre todos los que torturaron y mataron en esos años, las figuras del médico y del sacerdote siempre suscitan especial horror: el primero porque tiene el deber de velar por la salud de los ciudadanos, el segundo porque su ministerio lo obliga a cuidarlos física y espiritualmente. Cumplieron con su deber las personas y grupos religiosos que tuvieron el coraje de denunciar lo que pasaba y de acompañar a las víctimas. Porque el hecho de que quien tiene que protegernos nos torture es comparable a que nos lastime nuestro padre o nuestra madre: al daño físico se añade entonces el irreversible daño espiritual, el dolor interminable que las palabras no pueden expresar.

 

La Comisión permanente habla de rencor y de reconciliación. La justicia aparece nombrada sólo como sinónimo de Poder Judicial. ¿Es rencoroso creer que deben ser juzgados quienes impusieron el terror de la tortura y la muerte? No es claro a qué se refieren los obispos cuando hablan de “rencor”. La reconciliación podría ser uno de los resultados posibles de un largo proceso de revelación y aceptación de la verdad que incluyera un sincero pedido de perdón de los que cometieron aquellos hechos aberrantes a quienes fueron sus víctimas, directas o indirectas. Pero está claro que los responsables de esa matanza no están arrepentidos, porque nunca pidieron perdón. No lo pidió Videla, no lo pidió Massera, no lo pidió Astiz, no lo pidió Von Wernich. Peor aún: algunos han dicho expresamente que volverían a hacer lo mismo si pudieran. ¿Von Wernich aceptará la invitación de monseñor Elizalde de reconocer y reparar el mal ocasionado? Su altivez revela más bien que no está en absoluto arrepentido de lo que hizo. El perdón primero se pide con el corazón contrito, y luego, tal vez, es concedido. Es ésta una verdad elemental de la teología moral católica que los obispos de la Permanente conocen mejor que yo. Por eso, en lugar de hablar de rencor habría sido deseable que, a ejemplo de monseñor Elizalde, hubiesen invitado a los responsables a arrepentirse, a pedir perdón y a reparar el mal ocasionado.

Nº 2332 » Noviembre 2007

A propósito del caso Von Wernich

por · 3 Comentarios 

Comunicado de la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina

9 de octubre de 2007

 

En estos días la Iglesia en Argentina está conmovida por el dolor que nos causa la participación de un sacerdote en delitos gravísimos, según la sentencia del Tribunal Oral Federal Nº de La Plata.


Creemos que los pasos que la justicia da en el esclarecimiento de estos hechos deben servir para renovar los esfuerzos de todos los ciudadanos en el camino de la reconciliación y son un llamado a alejarnos, tanto de la impunidad como del odio o el rencor.


Reiteramos, una vez más, lo que expresamos los Obispos argentinos: “si algún miembro de la Iglesia, cualquiera fuera su condición, hubiera avalado con su recomendación o complicidad alguno de esos hechos (la represión violenta), habría actuado bajo su responsabilidad personal, errando o pecando gravemente contra Dios, la humanidad y su conciencia”1. Y también recordamos el pedido de perdón realizado por la Iglesia en el acto de apertura del encuentro eucarístico nacional (Córdoba, 8 de septiembre de 2000). Pedimos a Jesús Misericordioso y a Nuestra Señora de Luján que nos acompañen en este doloroso camino de reconciliación de todos los argentinos.

 

Cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina Monseñor Luis Héctor Villalba, arzobispo de Tucumán y vicepresidente 1º de la CEA Monseñor Agustín Radrizzani, obispo de Lomas de Zamora y vicepresidente 2º de la CEA
Monseñor
Sergio Fenoy, obispo de San Miguel y secretario general de la CEA.

 

 

 

1. Comunicado de la 111º Comisión Permanente, 8 de marzo de 1995

 

 

 


Comunicado de prensa
Comisión Nacional de Justicia y Paz

Buenos Aires, 9 de octubre de 2007
 

Ante el fallo del tribunal que juzgó al sacerdote Von Wernich, la Comisión Nacional de Justicia y Paz quiere manifestar su dolor y su pesar por todas aquellas acciones directas, en colaboración o complicidad, que algunos integrantes de la Iglesia católica pudieron llevar a cabo y que posibilitaron el secuestro, la tortura y la desaparición de personas durante la última dictadura militar en el país.


Queremos expresar nuestra solidaridad con todas las víctimas de ese período de nuestra historia, y esperamos que el accionar de la justicia pueda actuar como reparación y consuelo para los sobrevivientes, sus familiares y la de los desaparecidos.


En nuestro compromiso con el presente y de cara al futuro por afianzar un espacio de amistad y diálogo entre los argentinos, que permita convertirnos “de habitantes a ciudadanos”, queremos afirmar que la violencia, en cualquiera de sus expresiones, no es cristiana ni evangélica y mucho menos, si no respeta a los seres humanos y a sus derechos elementales.


Que frente al imperativo de que la justicia busque la verdad sobre el pasado, el desafío de proyectar una nación sin excluidos nos ayude a encontrar los caminos de encuentro y reconciliación que hagan posible en la justicia y en la paz, la construcción de una patria de hermanos.

 

 

 


Comunicado del obispo de Nueve de Julio

10 de octubre de 2007

 

Ha concluido el juicio penal contra el sacerdote Christian von Wernich, y el Tribunal lo ha considerado culpable de gravísimos delitos, condenándolo a la pena de reclusión perpetua. El Obispo de Nueve de Julio, cuyo presbiterio integra el mencionado sacerdote, expresa, en nombre de la comunidad eclesial, la convicción de que el Evangelio de Jesucristo nos impone a los que queremos ser sus discípulos una conducta que muestre el respeto cabal por nuestros hermanos, condición de una vida social en paz y justicia. Lamentamos que haya habido en nuestra Patria tanta división y tanto odio, que como Iglesia no supimos prevenir ni sanar. Que un sacerdote, por acción o por omisión, estuviera tan lejos de las exigencias de la misión que le fue confiada, nos lleva a pedir perdón, con arrepentimiento sincero, mientras rogamos a Dios Nuestro Señor que nos ilumine para poder cumplir nuestra vocación de unidad y de servicio.


Oportunamente se habrá de resolver, conforme a las disposiciones del derecho canónico, acerca de la situación de Christian von Wernich.


Rezamos por él, para que Dios lo asista y le otorgue la gracia que necesita para comprender y reparar el daño ocasionado. Esperamos que nuestra sociedad encuentre el camino de la ansiada reconciliación, la cual requiere la verdad y la justicia, el arrepentimiento y el perdón.

 

Monseñor Martín de Elizalde



 

 


Comunicado del obispado de Valparaíso

 

20 de octubre de 2007

 

Con motivo de informaciones aparecidas en diversos medios acerca de la presencia en Chile del padre Christian von Wernich, recientemente condenado en Argentina, y de algunas falsedades que en ellas se contienen, como que dicho sacerdote habría estado “siete años oculto en la parroquia de El Quisco con nombre falso”, situación que las autoridades de la Iglesia habrían aceptado estando en conocimiento de los delitos por los que ahora ha sido condenado, el Obispado de Valparaíso precisa lo siguiente:

 

1) El Pbro. Christian von Wernich, de la diócesis argentina de Nueve de Julio, llegó a Chile en diciembre de 1996, autorizado por su obispo, Mons. José Victorio Tomassi, para tener un año sabático.

 

2) Desde diciembre de 1996 a marzo de 1997 estuvo en la Casa de Ejercicios Espirituales de Padre Hurtado haciendo una experiencia personal en el Movimiento de Renovación Carismática y luego colaborando con dicho Movimiento. Los fines de semana trabajaba pastoralmente en la parroquia de Con-Con, muy frecuentada todos los veranos por sacerdotes argentinos. Su presencia allí consta en el Boletín Parroquial “Mauco”.

 

3) El 24 de marzo de 1997 fue recibido temporalmente en la diócesis de Valparaíso por Mons. Francisco Javier Errázuriz, a quien le solicitó un trabajo más estable, expresándole que en Argentina había recibido ataques por la prensa por pasividad y supuesta colaboración con los gobiernos militares, pero que no tenía nada que reprocharse. Después del período de renovación espiritual en la Casa de Ejercicios de Padre Hurtado anhelaba retomar su actividad sacerdotal en una diócesis en la cual pudiera servir en paz. Nunca habló de alguna participación suya en actos de violación de los derechos humanos. Mons. Errázuriz lo destinó, entonces, como vicario a la parroquia Nuestra Señora de los Dolores (más conocida como “la Parroquia de Viña”).

 

4) En junio de 1997 el P. Von Wernich pide autorización a su Obispo de Argentina para ausentarse por cinco años más de su diócesis de origen y permanecer en Chile, permiso que le es otorgado y después ratificado por el nuevo obispo de Nueve de Julio, Mons. Martín de Elizalde.

 

5) El 19 de marzo de 1998 el P. Von Wernich es nombrado administrador parroquial de la parroquia Madre de Dios, de Recreo, Viña del Mar, por Mons. Francisco Javier Errázuriz. No se lo nombró párroco en propiedad ya que no pertenecía al clero de la diócesis de Valparaíso. De la ceremonia de toma de posesión de la Parroquia informó el diario El Mercurio de Valparaíso, incluso con foto, en su edición del 30 de marzo de 1998, cuerpo A página 6.

 

6) Contemporáneamente el sacerdote trabajó como asesor de la Renovación Carismática y colaborador en la Pastoral de migrantes, preocupándose especialmente de los argentinos. Así lo manifiesta el P. Pedro Nahuelcura, encargado de la Pastoral de migrantes, en declaraciones al diario La Estrella de Valparaíso el jueves 11 de octubre de 2007, página 11: “Yo lo conocí (a Von Wernich), me ayudó en el tema de los migrantes argentinos, fue muy solidario, así que tengo los más bellos recuerdos de él, como pastor”.

 

7) En septiembre de 2001, siendo ya obispo de Valparaíso Mons. Gonzalo Duarte, el P. Von Wernich pide autorización para ir por seis meses a la diócesis de Lancaster, Inglaterra, donde tenía amigos, con el fin de tomar distancia de los rumores que llegaban de Argentina por presuntas violaciones a los derechos humanos cuando había sido capellán de la Policía, y también para hacer una experiencia de pastoral parroquial en Inglaterra. El obispo de Valparaíso le preguntó qué había de cierto en dichos rumores y el sacerdote alegó su inocencia absoluta. El permiso le fue dado por el obispo de Valparaíso y por el obispo de Lancaster. Por ello renunció al cargo de administrador parroquial de la parroquia Madre de Dios, de Recreo, Viña del Mar.

 

8) En mayo de 2002 el sacerdote regresa de Inglaterra, pasando antes por Argentina para bendecir el matrimonio de una sobrina.

 

9) El domingo 26 de mayo de 2002 asume como “Administrador Parroquial” de El Quisco, nombrado por Mons. Gonzalo Duarte, obispo de Valparaíso. No se lo nombró párroco en propiedad por no pertenecer a la diócesis.

 

10) El 20 de abril de 2003 el sacerdote parte a Argentina en uso de sus vacaciones, como hacía todos los años. Días antes había informado pormenorizadamente al obispo Mons. Duarte que el domingo 13 de abril, Domingo de Ramos, se habían presentado en la Parroquia periodistas argentinos y chilenos a hacer un reportaje y acusándolo en voz alta delante de los fieles de “asesino”, “torturador” y “violador de los derechos humanos” y que creía que en cualquier momento podría haber una denuncia por la prensa. En dicha oportunidad el obispo le volvió a preguntar claramente si había algún grado de veracidad en las acusaciones que se le hacían y respondió que era totalmente inocente. Le preguntó luego el obispo si estaba dispuesto a presentarse a los Tribunales en Argentina en caso de ser requerido y le contestó que varias veces ya había sido citado (como testigo), siempre se había presentado y nunca había estado detenido, ni declarado bajo arraigo, ni con embargo de bienes. Y que si nuevamente era citado, nuevamente se presentaría porque no tenía nada que temer.

 

11) El 25 de abril, cinco días después de la partida del sacerdote a Argentina, aparece en forma muy destacada en la revista “Siete + de Chile y también en una publicación argentina, el reportaje preparado por los periodistas antes mencionados. Se le hacían acusaciones gravísimas contra los derechos humanos. También se le acusaba de haber estado siete años oculto en “El Quisco” (sic) con identidad falsa.

 

12) De lo anteriormente expuesto se deduce la falsedad de “haber estado escondido” y “siete años en El Quisco”. Respecto a su identidad, siempre se presentó con su verdadero nombre y apellido. Consta en los registros de entrada y salida de Chile de la Policía Internacional; en su licencia de conducir; en la “Guía de la Iglesia en Chile” edición 2002 página 91; en los decretos de nombramiento del Obispado de Valparaíso; en los registros de las cuentas bancarias de las parroquias de las cuales fue Administrador; en el Convenio firmado con SENAME (Servicio Nacional de Menores) el 11 de marzo de 2003 como representante legal de la Parroquia de “El Quisco” y, sobre todo, por la experiencia de la gente de las diversas parroquias y comunidades a las cuales sirvió.

 

13) El mismo día de la publicación de dicho reportaje, el obispo de Valparaíso, Mons. Duarte, se reunió en Santiago en una conferencia de prensa con todos los medios nacionales y extranjeros y respondió a todas las preguntas que se le hicieron. Lo propio hizo esa tarde en Valparaíso. En los medios de la época está todo consignado. Lo central de la exposición de Mons. Duarte fue que nunca en Chile hubo una queja contra él, que nunca había estado bajo identidad falsa, que si era citado por los tribunales tenía obligación legal y moral de presentarse y que mientras no fuese declarado culpable por un tribunal competente debía presumirse su inocencia.

 

14) El 16 de mayo de 2003, estando ya por terminar sus vacaciones, el sacerdote envía desde Buenos Aires una carta al obispo de Valparaíso en que le expresa que “dados los acontecimientos y frente a la situación de posibles juicios en mi país… solicito a Ud. me libere de la responsabilidad (Administrador Parroquial de “El Quisco”) que me confiara hace un año atrás”. Dice más adelante en la carta: “Quiero reiterarle mi inocencia en todo esto y si toda esta situación ha producido heridas en la comunidad o en la Iglesia de Chile, pedirle en nombre del Señor perdón a cada uno de ellos, a usted y al clero de Chile”. El obispo aceptó la renuncia.

 

15) Desde el 20 de abril de 2003 que el P. Von Wernich no está en Chile. 

 

Mons. Leopoldo Núñez Huerta,

Vicario General Obispado de Valparaíso

Nº 2332 » Noviembre 2007

China e India, nuevos protagonistas mundiales

por Salvini, Gianpaolo · 3 Comentarios 

El mundo sufre rápidos cambios y todos tienden a creer que lo conocen cada vez mejor, debido por ejemplo a la profusión de viajes y de imágenes. En épocas antiguas sólo viajaban los aventureros, los soldados, los misioneros y los mercaderes; muchos de los cuales no alcanzaban su meta pues terminaban siendo víctimas de los peligros del camino. Hoy se viaja con frecuencia y con mayor seguridad. Pero si bien ya no hay rincón de la Tierra por explorar en la acepción clásica del término, en realidad el mundo nos es en gran medida desconocido. En el sentido de que, por lo general, no se perciben las interacciones entre los diferentes pueblos y aspectos de la vida humana en el planeta. En realidad, es muy difícil penetrar en la intimidad de otras culturas, siempre en continua evolución por otra parte, para entender su espíritu profundo sin afrontar un largo y paciente trabajo de escucha. Además, si bien muchos afirman querer que el desarrollo se extienda a todos, cuando un país progresa, su logro es visto como la presencia de un nuevo competidor y, por lo tanto, más como amenaza que como resultado positivo para la humanidad de la que formamos parte.

 

Quisiéramos ofrecer algunos elementos de discernimiento sobre determinados pueblos que se van afirmando en la escena internacional y con quienes crecen los contactos y los contratos: las relaciones económicas. A las cifras les prestaremos particular atención porque, aunque sabemos que el PBI no lo abarca todo, nos permiten tomar cuenta de las tendencias generales. Si, como observa  J. E. Stiglitz, “terminamos luchando sólo por lo que se puede medir”, cabe recordar que cuando los beneficios del crecimiento no son compartidos por todos, el desarrollo ha fracasado.

 

Nuevos escenarios mundiales

 

Tener fórmulas simples para entender el mundo y poder clasificar a sus protagonistas constituye un deseo universal. Pero no existen fórmulas simples, por más que en el pasado el panorama planetario podía parecer más simple (¿o pensamos hoy que era así?). Se dividía de manera muy esquemática el mundo en Este y Oeste (países socialistas y países capitalistas), Norte y Sur (países ricos y países pobres), e incluso las naciones que se definían “no alineadas” terminaban siendo catalogadas como países del sur, o en vías de desarrollo. Pero esas divisiones quedaron atrás. Fukuyama y Huntington ofrecieron tesis tan simplistas como sugestivas. Pero el enorme debate que suscitaron demuestra en qué medida la sociedad está en búsqueda de modelos que le permitan “clasificar”, ya no comprender, el escenario en que vivimos. El interés universitario por las lenguas y las culturas parece haber abandonado el idioma ruso y elegido el árabe y el chino. Ahora bien, mientras China es ciertamente una nueva e importante potencia industrial que atrae innumerables operadores económicos, no puede decirse lo mismo del conjunto del mundo árabe, que es esencial en el sector energético pero no ha logrado todavía crear un sólido sistema de producción. Rusia suministra gas y petróleo pero es también una gran potencia industrial.

 

Desde el punto de vista militar y geopolítico, hoy parece haber quedado una única  enorme potencia: los Estados Unidos. Sin embargo, cuando actúan solos, como por ejemplo en la lucha contra el terrorismo, terminan desaprovechando la empatía internacional que ganaron el 11 de Septiembre, y perdiendo parte de su liderazgo. Son los nuevos “mundos”, como el islámico, los que parecen suscitar interés de muy diferente tipo.

 

El conocido estudioso del Islam Bernard Lewis, estadounidense, definió la actitud europea frente a los países islámicos como una política de “reverencia preventiva”, en evidente alusión y contraposición a la teoría de la “guerra preventiva” del presidente Bush. Como afirma Andrea Riccardi: “En realidad estamos desarmados no tanto frente a la amenaza agresiva del Islam, cuanto al corrimiento del eje hacia Oriente y ante el emerger de China e India”.

 

En efecto, estos dos países ocupan las páginas de los principales diarios del mundo e inspiran a Occidente un cierto temor. Por otra parte, Europa se confronta con el Islam desde hace siglos. Después de la caída del Muro de Berlín, sin embargo, aparecen nuevos escenarios y protagonistas.

 

Ha sido desmentida la teoría de la dependencia, en relación con el mito (o el sueño) de la revolución, que consideraba estructuralmente condenados al subdesarrollo a todos los pueblos periféricos que no habían cumplido un gesto de ruptura violenta con las naciones dominantes. En el marco del sistema de economía de mercado, no son pocos los países signados por la pobreza y el subdesarrollo que se han convertido en potencias económicas (Sudeste asiático, China, Corea). Otros parecen estar llegando (Tailandia, Vietnam, Indonesia, Malasia). Mientras que no pocos marchan hacia atrás (África subsahariana). Los mecanismos que conducen a un país a su despegue, superando las dificultades, son todavía conocidos sólo parcialmente. La república del Congo y Corea del Sur se encontraban hace cuarenta años en una situación sustancialmente análoga. Hoy Corea es una gran potencia industrial y el Congo se quedó donde estaba, si no retrocedió. Pero cada país es un caso aparte, y aunque se encuentre relacionado con el resto del mundo esconde en su interior profundas contradicciones.

 

Está claro que Europa ya no es el centro del mundo. Las grandes decisiones mundiales se toman en otros lugares, por más que en los mapas el meridiano cero siga pasando todavía por Greenwich y en muchos planisferios el viejo continente siga estando en el centro. Las relaciones de fuerza han cambiado profundamente. Durante las negociaciones entre Gran Bretaña y China sobre la soberanía de Hong Kong, a Deng Xiao-ping que le dijo a la señora Thatcher: “Si quisiéramos, podríamos retomar Hong Kong en una tarde”, la premier inglesa sólo pudo contestar: “Y nosotros no lo podremos impedir, pero todos conocerán el verdadero rostro de China”. El acuerdo, como es bien conocido, se encontró luego en el campo diplomático.

 

Entre los nuevos protagonistas algunos son particularmente importantes: China, India, Brasil, Sudáfrica, México… Otros son pequeños pero muy activos: Singapur, Taiwán… Y finalmente otros, de los cuales se habla poco, conforman un verdadero y laborioso experimento: Vietnam, Tailandia…

 

El comunismo ya no causa temor. Perdió su carga mesiánica por más que algunos países se definan aún inspirados en el marxismo-leninismo (Corea del Norte o Cuba). En todos lados prevalecen los negocios, cualquiera sea el color de los gobiernos. Algunos países oficialmente comunistas abandonaron todas las teorías marxistas en el campo económico y están en grado de ofrecer a los inversores occidentales óptimas condiciones sin riesgo de agitación social, ya que los sindicatos están bajo el rígido control del Estado.

 

Una de las palabras mágicas que todo lo explican es la “globalización”. La caída, al menos en ciertos sectores, de las barreras nacionales, sumado a la posibilidad de transmitir datos e información a distancia de manera instantánea, permite una serie de operaciones antes inimaginables. Ya que a las personas no les está (¿todavía?) permitida la libertad de movimiento que gozan sin embargo los capitales, las tecnologías y las mercaderías, se ha producido el conocido fenómeno de la deslocalización. Enteras industrias se han corrido de los países ricos a los nuevos, donde la mano de obra es mucho más económica y muchísimo más la no calificada, con horarios de trabajo extenuantes y salarios que en Occidente serían considerados inaceptables. Si desde ya hace algún decenio la British Airways trasladó sus centros de reservas y programación de vuelos, ahora también los call center franceses tiene operadores que contestan desde Dakar para informar, por ejemplo, sobre la situación de las autopistas galas. Mediante un sistema de video conferencias, las grandes fábricas automovilísticas pueden reunir a ingenieros de diferentes continentes y proyectar lo que ha dado en llamarse global car, es decir automóviles que responden a las exigencias y los gustos de clientes que viven en los más variados países del globo y cuyas autopartes provienen de los más distantes productores internacionales.

 

Resulta inútil afirmar que en una competencia de nivel planetario los actores principales son los países mayores o los que han sabido unirse regionalmente. La Unión Europea constituye probablemente la mejor respuesta actual al fenómeno de la globalización, tanto a la hora de aprovechar las oportunidades como de defenderse de los riesgos (turbulencias y especulaciones monetarias, o ante el enorme poder de los países potencia).

 

China

 

Después del abandono de la economía socialista planificada (recientemente incluyó en la Constitución el reconocimiento de la propiedad privada), China atraviesa un boom sin precedentes, al tiempo que mantiene un régimen político muy autoritario, considerado útil en función del desarrollo económico. En efecto, su preocupación ha sido no imitar a Rusia, que con los cambios demasiado veloces e incontrolados estuvo a punto de caer en el caos y en la quiebra y aumentó notablemente el nivel de pobreza de su población, la mortalidad infantil y los enriquecimientos salvajes. China no esconde su deseo de volver a la globalización de hace algunos siglos, cuando ella sola representaba el 30% de la producción mundial de bienes (aunque no había entonces sistemas estadísticos). Desde 1978 su economía se incrementó diez veces y sigue creciendo a un ritmo exponencial que supera casi siempre el 10% anual (lo que significa que se duplica prácticamente cada 7 años), algo que nunca había sucedido en la historia de un país moderno. En los primeros meses de 2007 el ritmo se situó en 11,5% anual. También América latina creció un 10%, pero no en un año sino desde 1980 hasta finales de 2005. Incluso India crece con rapidez, pero su porcentaje anual a partir de 1991 es de 6%. La economía china es hoy tres veces mayor que la india y esa diferencia tiende a aumentar. Europa alcanza niveles mucho menores.

 

El fenómeno chino parece haber superado la legendaria epopeya japonesa y coreana. A menudo se habla de que ha superado a Alemania en su PBI. Este desarrollo vertiginoso cobra particular relieve debido al número de habitantes de ese inmenso país. Junto con India congrega a más de la tercera parte de todo el planeta: dos mil quinientos millones de personas. Su economía se proyecta hacia las exportaciones. Los medios informativos occidentales refieren todos los días este fenómeno, por más cuestionables que sean las políticas de comunicación. Se critica que muchos productos chinos están falsificados o son peligrosos, lo que en ciertos casos es verdad, como una manera de denunciar la competencia desleal de la que hay que defenderse, pero poco nos preguntamos sobre cómo competir con eficacia frente a los chinos y su temible determinación y capacidad organizativa, probablemente porque eso le plantea a Occidente dolorosos sacrificios. China exporta a ritmos impresionantes, que le han permitido acumular enormes reservas de divisas. En junio de 2007 alcanzaron un billón trescientos treinta mil millones de dólares (es actualmente el país con mayor reserva).

 

Esto le confiere un enorme poder internacional, incluso porque las reservas –constituidas en buena parte en dólares– podrían condicionar el curso mismo de la moneda norteamericana. Imaginemos si decidiera convertir sus reservas en euros… China ha sabido impedir hasta ahora el ingreso de capitales especulativos no relacionados a inversiones reales o a operaciones comerciales. En realidad, si se examinan mejor las estadísticas de las exportaciones chinas, se descubre que en gran medida (algunos sostienen que el 40%) se trata de productos de filiales norteamericanas o europeas y, por lo tanto, “dependientes” de la tecnología y de las inversiones extranjeras. Esto podría cambiar en el futuro. Si bien China atrae todavía muchos capitales externos, una proporción cada vez más importante proviene de su propio país, debido a la enorme capacidad de ahorro de los chinos, que alcanza el 40%. Téngase en cuenta que en los Estados Unidos es del 16%.

 

Será determinante el estilo de su futura evolución: ¿la economía libre podrá seguir siendo compatible con la falta de libertades políticas y de expresión? Si bien la cultura china preserva un respeto por las instituciones y una identificación con los gobiernos mucho mayor que la de casi todos los países europeos, se comienza a advertir la falta de muchas libertades y las arbitrariedades del poder. Por su parte, la religión conoce un resurgir muy importante; tanto que alarma a las autoridades. No obstante los temores iniciales, Hong Kong ha mantenido su propia especificidad sin contagiar al resto de China continental. La presencia de una “economía diversa” como la de la ex colonia británica le resulta útil a China, ya que Hong Kong dispone de un excelente aparato productivo y de un sistema legislativo que ofrece mayores certezas legales y claras reglas de juego introducidas por los ingleses. Las nuevas grandes sociedades chinas a menudo cotizan en la bolsa de Hong Kong y no en la de Shangai.

 

Una economía en crecimiento tan vertiginoso puede ser peligrosa. Es como una locomotora a gran velocidad corriendo sobre viejos rieles, con el peligro de descarrilar. Pero todavía no se han verificado las tenebrosas previsiones de una crisis súbita, anunciada hace ya varios años por algunos analistas. Las mismas autoridades chinas están hoy entregadas a la tarea de “enfriar” la economía del país. El instrumento más simple empleado es el alza del costo del dinero, pero aún ineficaz dado que los bancos periféricos no observan las reglas impartidas desde el gobierno central. Otro instrumento válido sería un reposicionamiento del yuan renminbi, la moneda china, que aminorando las exportaciones reduzca las ganancias de las empresas que hoy se empecinan en exportar. Pero ante esta posibilidad las autoridades chinas se muestran algo reticentes.

 

En Occidente a menudo se denuncian los graves inconvenientes ecológicos y sociales  que comporta el desarrollo chino. Habría sido silenciado, por temor a desórdenes sociales, un informe que estimaba en 250.000 los muertos por año en China debido a la contaminación. Ocho ciudades chinas figuran entre las más contaminadas del globo. Las minas de carbón, de las que China es muy rica, al punto que sigue inaugurando centrales alimentadas a carbón, son peligrosas y provocan numerosas víctimas por accidentes. La nueva línea ferroviaria que une China con Tibet (ahora se habla de construir una súper autopista) es motivo de orgullo, pero también de preocupaciones políticas y ambientales. China no acepta los OMG (organismos genéticamente modificados) que le ofrecen las grandes multinacionales estadounidenses, pero sólo porque piensa desarrollarlas por su cuenta, sin depender de las patentes occidentales.

 

India

 

India no cesa de crecer como potencia económica, pero a costa de grandes desequilibrios internos, regionales y sociales. Aquí el desafío ha sido el de transformar la sociedad con una serie de reformas en el marco de una democracia parlamentaria, la más grande del mundo: 671 millones de inscriptos en las listas electorales; 388 millones de votantes. Gran Bretaña supo crear instituciones democráticas que se enraizaron en las costumbres indias. Los acontecimientos y las reformas económicas después de alcanzada la independencia fueron muy variadas, y no es posible recorrer aquí su historia. Con la caída de la Unión Soviética le faltó el aliado ruso y su valor como modelo. India hoy mira a todo el mundo, pero también el mundo mira a India. Es uno de los países fundadores de la Organización Mundial del Comercio (OMC, en 1995) y ha dado pasos importantes para integrarse en la economía mundial, pero corre el riesgo de perder el desafío que implica luchar contra la pobreza.

 

Es un país que causa menos temor que China, incluso por la forma de gobierno. O, al menos, se presenta con un rostro más cercano al occidental. Tiene una economía muy dinámica, sobre todo en algunos sectores como el informático. Se invierte mucho en India, y muchas sociedades indias han comenzado a invertir en el extranjero. Pero también limitó el ingreso de capitales golondrina, que no ayudan a crear industrias y puestos de trabajo si pueden dejar el país en poco tiempo. Su crecimiento, a un promedio de 6% anual, es superior a la tasa mundial pero inferior a la china. Conviene recordar que incluso en la época de la revolución industrial y del boom de la segunda posguerra, el crecimiento de los países industriales raramente superó el 3%.

 

El 73% de la población india reside todavía en el campo y vive de la agricultura, mientras que en los Estados Unidos sólo el 3% de la población activa se dedica a la producción agrícola. Tiene reservas de cien mil millones de dólares, lo que equivale a su deuda externa.  La población que vive por debajo de la línea de pobreza, es decir con menos de un dólar por día, según el gobierno indio es del 26%, pero según el Banco Mundial alcanza el 34,7%. En China es del 13,1%. Hay enormes diferencias entre las clases sociales y según las regiones. Quienes se han realmente beneficiado con las reformas económicas y el rápido desarrollo son la burguesía y la clase media ascendente, que representan alrededor del 10-15% de la población. El gobierno sostiene que hay 200 millones de millonarios, lo que representa una minoría respecto a los 1.100 millones de habitantes, pero constituye por ejemplo casi cuatro veces la población de Italia o de Francia. Es necesario tener presente que el 90% de los empleos son informales, es decir en negro, y Mumbai (Bombay) aporta el 25% de todos los impuestos directos del país.

 

Son bien conocidos los esfuerzos llevados a cabo para modificar la estructura social y las injusticias en la distribución de la riqueza, esfuerzos que no alcanzaron aún los resultados esperados, entre otras cosas porque se trata de estructuras –como en el caso de las castas– de profundas raíces en la cultura india, y que no se modifican por decreto. No faltan iniciativas interesantes, como las referidas al microcrédito, que surge en Bangladesh pero que tiene gran difusión en India y que podría constituir una de las claves para romper el círculo vicioso de la pobreza de millones de familias. No se trata de un remedio universal, pero sí de una herramienta eficaz para llegar a la gente más humilde.

 

¿Cómo favorecer el crecimiento? China ha jugado la carta de las inversiones extranjeras y de las exportaciones al hablar de un sistema de “socialismo de mercado”, que es en realidad una versión del liberalismo en un régimen de partido único. India significa todavía una parte menor del comercio internacional (alrededor del 1%) y para reflejar su debilidad basta señalar que los cuatro sectores que más aportan a sus exportaciones (superando el 10% del respectivo mercado mundial) son el arroz, el cuero, las perlas y las piedras preciosas. Todos productos de poco contenido tecnológico. La mano de obra especializada, sobre todo en ciertos sectores, la aptitud a las materias matemáticas y científicas, y el conocimiento del inglés (empleado como lengua federal) convierten a India en un país apetecible a la hora de invertir. Pero las inversiones extranjeras que India logra atraer constituyen todavía una décima parte de las de China. En India hay 16 millones de personas conectadas a Internet, en China 59 millones. En India hay 52 teléfonos cada mil habitantes, mientras que en China 328. La comparación mejora si la hacemos con Brasil, que tiene una de las más injustas distribuciones de la riqueza en el mundo, si bien mejor que en India, pero con un crecimiento débil y con una gran deuda externa.

 

India, como China, sigue el camino que emprendió en su momento Japón, durante mucho tiempo acusado de copiar las manufacturas occidentales, si bien los japoneses respondían: “Nosotros no copiamos, nos inspiramos en los productos occidentales”. Japón se convirtió luego en un gran innovador e inventor. En el caso indio, un sector interesante es el farmacéutico, importante porque India pone a disposición de los países más pobres muchos medicamentos. En Cancún amenazó con frustrar la cumbre por este motivo. Y logró concesiones fundamentales, de las que luego se arrepintió el presidente Bush presionado por los lobbies de la industria farmacéutica estadounidense.

 

India es interesante porque es una sociedad abierta, atravesada por múltiples corrientes que se confrontan. Está bien posicionada frente a la globalización, con todas sus contradicciones. La sociedad india vive enfrentada al contraste de movimientos de búsqueda de identidad y grupos multiculturales. Como se sabe, en las últimas elecciones volvió al poder el Partido del Congreso, una suerte de socialdemocracia que querría intensificar el crecimiento, pero con mayor atención a la cuestión social. Tanto India como China invirtieron muchísimo en educación y en tecnología, dos sectores claves para el desarrollo. El número de egresados en ingeniería y en disciplinas científicas en Asia triplica al de los Estados Unidos. Las relaciones comerciales de India con China, hasta los años 90 inexistentes, alcanzan hoy los 30.000 millones de dólares; por más que todavía persistan las desconfianzas surgidas después de la guerra de 1962 y los conflictos de límites no superados (si bien las cosas están mejorando aunque más no sea como fruto de la oposición común a Occidente).

 

Lamentablemente, tanto China como India, y muchos de los nuevos países emergentes, parecen no saber instaurar un estilo diferente de relación con las naciones más pobres. Adoptan posiciones de fuerza, emplean a menudo la lógica de la confrontación y hacen valer su propia superioridad relativa. El estilo de relaciones internacionales no difiere sustancialmente del que empleaban los ingleses, los franceses o los norteamericanos. África, por ejemplo, atrae muchas inversiones chinas e indias, interesadas tanto por las materias primas esenciales para el crecimiento como por ganar mercados, reemplazando a los agentes europeos. Brasil se queja con justicia de la dominación económica estadounidense, pero los bolivianos se quejan de la dominación brasileña y el presidente Evo Morales llegó a nacionalizar las plantas de petróleo, así como otros países nacionalizaron plantas de compañías norteamericanas y europeas.

 

El resto del mundo

 

Existen entonces algunos países que supieron encaminarse con éxito hacia los nuevos protagonismos del escenario mundial y difícilmente detendrán su marcha. China e India son en este sentido ejemplares, en cuanto supieron desmentir las negras previsiones que sobre su futuro regían aun en los años 60 (baste recordar al premio Nobel Gunnar Myrdal). Ellos lograron desarrollarse a través del crecimiento y, en diferentes medidas, también a través de la justicia social. Incluso un país de pobreza extrema como Indonesia supo reducirla del 28% al 8 % entre 1987 y 2002. Es decir, que lograron aprovechar positivamente el fenómeno de la globalización sin dejarse aplastar por ella. Fue determinante la inversión en algunos sectores fundamentales como la educación. En efecto, ésta, al decir de Stiglitz, “amplía la mente permitiendo comprender que los cambios son posibles, que existen otros modos para organizar la producción y, al enseñar los principios básicos de la ciencia moderna y el razonamiento analítico, aumenta incluso la capacidad de aprender”.

 

Hay también otros países que querrían imitarlos pero permanecen prisioneros en la morsa de la pobreza y en un cículo vicioso lleno de mecanismos perversos. Desde el punto de vista económico, algo realmente asfixiante es el clásico bajo rendimiento que impide ahorrar y, consecuentemente, formar capitales, lo que provoca falta de interés en los inversores. Nos referimos a medio centenar de naciones de las cuales 34 son africanas que se definen con la sigla PMA (países menos adelantados). También ellas han obtenido algunas ventajas del fenómeno de la globalización y de la creciente demanda mundial, en particular de las necesidades chinas de productos primarios. Demostraron, una vez más, que todos estamos en el mismo barco y que la prosperidad y la recuperación vigorosa de algunos puede tener cierta influencia positiva sobre los demás. En 2004, quince países de este grupo (de los cuales 11 no producen petróleo) vieron aumentar su PBI en un 6%. Alguna buena noticia también hay para África, que parecía condenada a un perenne subdesarrollo. Pero 15 de los 46 países citados mantuvieron sin variaciones su PBI o lo disminuyeron. Una vez más, no se corroboró en la práctica la “teoría del goteo o del derrame”.

 

Desde el punto de vista económico nos enfrentamos todavía a la incapacidad de eliminar determinados mecanismos injustos que afectan a los países más débiles como el problema de la deuda externa o la cuestión agrícola. Los países pobres necesitan imperiosamente tornar competitivos sus productos agrícolas ya que la mayor parte de su población vive en el campo y trabaja la tierra. El sistema de los subsidios agrícolas de los países industriales los margina inexorablemente. Precisamente para tratar de superar las resistencias corporativas de la Unión Europea y los Estados Unidos, los países emergentes, tras las huellas de China, Brasil, India y Sudáfrica, se organizaron en Cancún en 2003. El grupo de los 21 (aumentado a 22 con el ingreso de Turquía) reúne a la mitad de la población mundial y a las dos terceras partes de los productores agrícolas del mundo, todos ellos más que interesados  en un comercio libre de subsidios. La dura oposición de Occidente bloqueó las negociaciones, acaso también por las excesivas pretensiones de los nuevos protagonistas, pero incuestionablemente quedó demostrado que los países ricos ya no pueden decidir solos. Algo similar se repitió este año en el G8 realizado en Alemania.

 

Para advertir que se trata de un diálogo de sordos baste recordar que en Heiligendamm los Estados Unidos se declararon dispuestos a reducir los subsidios este año en algunos productos, bajando de 22 mil a 17 mil millones de dólares. Pero en concreto hubo más aumento en los subsidios que disminuciones, de manera que poco cambió. Pero más allá de estos clamorosos mecanismos injustos, hubo algunos aspectos positivos para los países más pobres. La ayuda para el desarrollo, que en los años 90 había disminuido en un 50% ahora vuelve a aumentar. Además, a partir de 2006 hay un claro crecimiento en el flujo de capitales hacia países en vías de desarrollo, lo que constituye un factor de crecimiento en la medida en que se apliquen a actividades productivas y no a meros movimientos especulativos.

 

La deuda externa, al menos parcialmente, tiende a disminuir; aumenta, en cambio, el acceso de los países emergentes al mercado internacional, sobre todo gracias a la disminución de algunas barreras de los países industrializados. A este propósito, cabe diferenciar dos problemáticas diferentes: una cosa es el acceso a los mercados (como le sucede a la Argentina y a Brasil) y otra la oferta. De esta última se habla muy poco. No todos los países ganan con las reducciones arancelarias, ya que algunos no tienen nada que exportar y toda reducción les resulta inútil. El ingreso en la globalización sin específicas medidas protectivas constituiría para estos países un nuevo motivo de pobreza y explotación. En otros casos, se trata de naciones que dependen de un único producto exportable, lo que torna sus economías sumamente frágiles y volátiles ya que dependen del precio internacional de un único bien, precio que ellos no pueden establecer. Mientras en el primer caso la solución pasaría por la reformulación de las negociaciones, en el segundo se trataría de transformar y diversificar las economías con el aporte de inversiones, tecnología y comercio.

 

En efecto, no hay una única forma para el desarrollo que valga para todos, si bien la experiencia de estos últimos decenios muestra el rol fundamental que juegan el Estado, el mercado, los ciudadanos y las comunidades (es decir, todos los que pueden trabajar juntos, organizarse y convertirse en células de promoción de ese complicado proceso que se llama desarrollo). Sería muy promisorio si, con la llegada de los nuevos actores a la escena mundial, también las reglas del comercio y la colaboración internacional encontraran nuevos caminos de mayor equidad y de ventajas recíprocas.

 

La situación internacional es por lo visto muy compleja y en la economía cuentan también elementos culturales de los que no hemos podido ocuparnos ahora, pero que son fundamentales a la hora de animar los proyectos de cada país o de cada grupo de países si queremos que todos sean protagonistas del escenario mundial. 

Nº 2332 » Noviembre 2007

El futuro de Rusia

por Editorial · Comentar 

El fin de la bipolaridad y la transición hacia el sistema unipolar fue un proceso más ordenado de lo que inicialmente podía pensarse ante la imprevisibilidad de la rápida implosión de la Unión Soviética. Hubo prudencia. Por un lado, Gorbachov y su equipo a cargo del Kremlin siempre creyeron en la posibilidad de una reforma del sistema; y esta expectativa explica la abstención de toda iniciativa aventurera aun cuando quedaban pocas dudas acerca de la pérdida casi absoluta del poder. Por otro, su rival en la Guerra Fría, Estados Unidos, se abstuvo de cualquier provocación que humillara a la superpotencia en plena decadencia.

 

El intento de golpe de Estado en agosto de 1991 fracasó por la clara falta de apoyo social en Rusia, donde un nuevo liderazgo encabezado por Boris Yeltsin mantenía alta la expectativa de un futuro mejor sin un Estado formalmente multinacional como había sido la Unión Soviética. En realidad, se trataba de una estructura imperial bajo el predominio ruso. Para la elite política rusa la vieja estructura había dejado de ser sinónimo de poder; más aún, lejos de brindarle a Rusia algún beneficio, pesaba como una carga económica para toda la sociedad. Lo cual no significaba que Rusia hubiera perdido definitivamente su posición de poder en el sistema mundial.

 

Consciente de la importancia de la autoestima de una ex superpotencia, y teniendo en cuenta experiencias históricas de momentos cruciales para un nuevo orden mundial en el siglo XX (principalmente las consecuencias negativas de la humillación de Alemania después de la Primera Guerra y, por el contrario, el resultado positivo de la reinserción internacional alemana y japonesa después de 1945), y con la fundamental preocupación de asegurar el control centralizado del arsenal nuclear soviético, la administración de George H. W. Bush le dio un lugar de prioridad a Rusia, y actuó siguiendo la lógica de los acontecimientos internos para evitar que la desaparición de una ex superpotencia generara un vacío geopolítico de poder. Pese a que varias repúblicas soviéticas habían realizado un referéndum popular, en virtud del cual se habían declarado independientes, Washington se abstuvo de reconocer la soberanía de estos países antes que en Moscú la propia dirigencia rusa pusiera fin al Tratado de la Unión en diciembre de 1991. Más aún, la Federación Rusa no sólo fue reconocida como sucesora de la desaparecida Unión Soviética en el Consejo de Seguridad, sino que también, en virtud de su apertura a la economía de mercado, se la admitió en el grupo de los siete países desarrollados (que no pasó a ser el G7 + 1 sino directamente el G8).

 

Simplificando la complejidad de este proceso, hoy podría argumentarse que ha sido un cálculo acertado de autopercepciones y percepciones mutuas.

 

Esta transición ordenada, sin embargo, no pudo esconder por mucho tiempo la profunda decadencia del poderío de Rusia en términos estructurales. El cambio identitario de un Estado socialista multinacional a un Estado federal fue importante para evitar la fragmentación del propio territorio ruso que muchos analistas temían. La Constitución de 1993 reconoció la diversidad de los pueblos que habitan el territorio de la Federación Rusa, y, por lo tanto, no se cayó en la trampa del gran nacionalismo ruso-eslavo, xenófobo y excluyente. En la práctica, el sistema federal permitió que las regiones mayoritariamente musulmanas y no-eslavas vieran allí un interés real y material, y aceptaran los hechos. La propuesta fue rechazada sólo por Chechenia tanto por motivos geopolíticos como por el predominio de la facción islamista en el movimiento separatista. La guerra, que en parte fue consecuencia de la persistencia de los rebeldes, demostró sin embargo la ausencia de un amplio movimiento separatista en las regiones rusas de mayoría musulmana no-eslava. No hubo solidaridad con los rebeldes chechenos. Al contrario, fueron ellos quienes intentaron expandir su rebelión a Dagestán y fracasaron.

 

La nueva identidad estataria no alcanzó a impedir el debilitamiento institucional del Estado inherente al modelo de transición económica (la así llamada “terapia de choque” inspirada en los supuestos más ortodoxos y liberales de la escuela de Chicago). Como se sabe, este modelo que celebra los éxitos de la administración de Ronald Reagan en los Estados Unidos y del gobierno de Margaret Thatcher en el Reino Unido en los años 80 como suprema prueba de su verdad, pregona el lema de “menos Estado, más mercado”. Esto llevó, en la Federación Rusa y en los países de la ex Unión Soviética y de Europa del Este, a un proceso que en términos marxistas se caracterizaría como la acumulación primitiva del capital y la emergencia de las clases dominantes. Sin embargo, a diferencia, de la experiencia histórica de la transición del feudalismo al capitalismo en ausencia del Estado moderno, la acumulación primaria del capital en los países ex soviéticos se realizó mediante el fenómeno que más tarde los analistas del Fondo Monetario Internacional caracterizarían como “captura del Estado”. En otras palabras, el Estado no sólo no desapareció sino que la adquisición de una parte de él en términos de poder político fue fundamental para las emergentes clases oligárquicas, tanto en su consolidación en el mercado nacional en formación como en su expansión global realizada sobre todo en especulaciones financieras que contaron con la complicidad del sistema bancario mundial.

 

 En este proceso de asalto al Estado, inherente a la simultánea globalización de las clases emergentes, desapareció el límite entre las transacciones lícitas e ilícitas. Consagrado como un héroe democrático cuya imagen desafió a los militares golpistas con una bandera rusa en las calles de Moscú en los tensos días de agosto de 1991, Boris Yeltsin no supo (o no pudo o no quiso) evitar la convivencia del Estado con las clases oligárquicas. Con la administración de Clinton que formuló una política exterior qye apelaba a “Rusia primero”, su gobierno no tenía que temer ninguna crítica internacional. En cuanto a la interna, luego de la represión de la oposición parlamentaria en 1993 en un enfrentamiento armado, la única competencia parecía ser el Partido Comunista que sobrevivía gracias a fragmentos de la infraestructura heredada del PCUS. Pero el voto de los nostálgicos no amenazaba a Yeltsin.

 

Sin embargo, tres acontecimientos entre 1996 y 1999 demostraron cuán debilitado estaba el Estado ruso. Ante todo, la primera fase de la guerra de Chechenia. Imaginada como un “paseo de fin de semana”, la intervención militar rusa dejó al desnudo la precariedad del último bastión de una superpotencia caída pero supuestamente recuperada: las Fuerzas Armadas rusas, el ejército que había vencido en la Segunda Guerra Mundial, que pese a su incapacidad para ganar en Afganistán no había vivido la retirada como un posVietnam soviético, y había logrado mantenerse ileso del terremoto que significó la caída de la Unión Soviética, sufrió una derrota humillante frente a los guerrilleros que se proclamaban seguidores de la hazaña afgana en nombre de Alá. En segundo lugar, el colapso de 1998 significó para muchos rusos un regreso a la economía de supervivencia hasta su recuperación. Y finalmente la intervención militar de la OTAN en Kosovo en 1999 que, pese a la oposición y protesta de Moscú, demostró que los Estados Unidos no sólo habían ganado la Guerra Fría sino que apenas tomaban en cuenta a su ex rival y supuestamente nuevo aliado.

 

Kosovo fue acción directa, prueba irrefutable de la dificultad, si no imposibilidad, de contener el accionar de la única superpotencia de la posGuerra Fría. La administración de George W. Bush iría mucho más lejos sin respetar siquiera las apariencias. De modo que cuando comenzó el ascenso de Vladimir Putin desde su traspaso de los servicios de inteligencia, la ex KGB, a la política, para llegar a Primer Ministro y luego Presidente, el mayor desafío era la recuperación del Estado, de su presencia nacional e internacional como última y única garantía de la existencia misma de Rusia.

 

Una mirada crítica a la transición rusa y al período de Yeltsin es imprescindible para entender no sólo la larga etapa de Putin sino también el futuro inmediato de Rusia después de las elecciones de 2008. Por cierto, la centralidad de los recursos energéticos (petróleo y gas natural) en la economía mundial y el imparable ascenso del precio del barril en los últimos años y probablemente para siempre (hasta su agotamiento en los próximos cincuenta años o su reemplazo por una fuente energética alternativa) pesan mucho en la recuperación del Estado en Rusia. Pero no sólo no condicionan este proceso que comenzó antes de la confirmación de esta curva ascendente del barril, sino que probablemente no ocuparían el papel político-estratégico que hoy tienen sin una previa conciencia de la necesidad de volver al Estado como condicionante de cualquier proyecto político, económico y social. La era Putin, pues, debería entenderse como el exitoso esfuerzo de volver al Estado, cuyo rol ya no es controlar la economía ni generar ninguna utopía (como se ilusionaron los revolucionarios de Octubre de 1917), sino más bien como fuente única de la estatalidad, condición primaria de cualquier proyecto y, en el caso de Rusia, de identidad y, por lo tanto, de existencia.

 

En efecto, la prueba de fuego de Putin fue Chechenia donde logró devolverle al ejército ruso su reputación y, mediante esa victoria peculiar, salir del anonimato, ganar popularidad y llegar a ser considerado sucesor de Yeltsin. Chechenia no se estabilizó definitivamente, ni siquiera con el espectacular asesinato de los líderes de la rebelión o la brutal victimización de la población civil. Pero la opinión pública rusa, humillada por la primera derrota, pedía una victoria que Putin supo presentar de manera contundente. Tan importante como la victoria militar en Chechenia era la imagen de un líder cuyo discurso, palabras y hechos, reflejara el compromiso con su propio pueblo en la devolución del orgullo y la confianza nacional, aun desoyendo las críticas internacionales. La misma postura demostró Putin cuando impuso la prioridad del Estado a los oligarcas bajo tres opciones: aceptar al Estado y seguir con sus negocios en Rusia, el exilio dorado o la cárcel. Así también, y sobre todo con el caso Khodorkovski, (emblemático hombre de negocios) para Putin ha sido mucho más importante el factor interno, el apoyo político y social a su gestión, que cualquier crítica externa, por justa que fuere. Con Putin se advierte una suerte de “normalización” de las relaciones internacionales de Rusia en forma muy realista y pragmática. No hay inútiles expresiones de indignación ni gestos simbólicos de afirmación de poder, como fue el eterno reclamo de Yeltsin de un mundo multipolar y, por ejemplo, el envío de tropas en Kosovo inmediatamente después del fin de las hostilidades. Putin más bien privilegió las alianzas en Asia Central en un claro intento por aprovechar las debilidades de la sobreexpansión estadounidense y por dificultar su consolidación allí donde está en juego el interés ruso.

 

Tres preguntas quedan planteadas acerca de la estatalidad recuperada en Rusia: ¿Qué quedará de ella después de Putin? ¿Cuán dependiente es del petróleo y del gas natural? Y ¿en qué medida no abre el camino hacia una nueva forma autoritarismo? Ya se ensayan varias respuestas, pero probablemente sea más prudente esperar hasta 2008 y entonces abordar con mayor seguridad estos interrogantes. Por ahora, cualquier consideración analítica del proceso ruso desde la caída de la Unión Soviética quizá nos remita al argumento teórico formulado hace casi cuarenta años por Samuel P. Huntington en su libro Political Order in Changing Societies: lo que caracteriza la modernización de una sociedad es el grado de orden político más que el tipo de régimen.

Nº 2332 » Noviembre 2007

Después de las elecciones

por Editorial · Comentar 

“El pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes” (artículo 22 de la Constitución Nacional). Para ejercer este derecho y deber, la ciudadanía ha votado el domingo 28 de octubre. No siempre los derechos se gozan y menos aún los deberes se cumplen alegremente y sin tropiezos. Pero es necesario asumir, en lo que a la vida política se refiere, que sin el acto de depositar el voto no hay democracia representativa, o democracia a secas.

 

Decimos esto porque las elecciones presidenciales, legislativas en el orden nacional y provincial y de gobernadores e intendentes, parecen haberse desarrollado en un clima de apatía y de escepticismo y con inconvenientes organizativos sin precedentes desde 1983. Las elecciones siguieron a una campaña pobre de ideas y debates, donde los slogans se repetían sin despertar interés.

 

Datado a horas del domingo 28, lo que sigue no pretende hacer un análisis exhaustivo de cómo se votó sino de cuáles son los nuevos desafíos de la hora.

 

I

 

A punto de cumplirse veinticinco años de la restauración de la democracia, ésta es la sexta elección del “jefe supremo de la Nación”. Dos de los presidentes tuvieron que renunciar antes de tiempo; uno completó dos períodos consecutivos en virtud de la reforma constitucional de 1994; y el actual fue triunfador en 2003 por abandono del contrincante ante la segunda vuelta. Este presidente supo construir poder tan hábilmente que lo entregará a su cónyuge, lo que sucede en la Argentina por segunda vez, la anterior, de ominoso recuerdo, mortis causa. Agreguemos que tanto Carlos Menem como Néstor Kirchner fueron agraciados con seis meses más de los seis y cuatro años de sus mandatos respectivos, el primero por disposición constitucional transitoria y el segundo por haber considerado el Congreso que la asunción anticipada fue en virtud de la ley de acefalía.

 

El balance de este cuarto de siglo está en agudo contraste con las esperanzas que acompañaron las elecciones de 1983. No es consolador que en el continente y en muchos países del “primer mundo” la apatía se haya generalizado. Entre nosotros se han fracturado los grandes partidos que predominaron hasta el fin de siglo. En particular, el centenario partido radical, que ya había sufrido en el pasado divisiones, figura con guarismos de una cifra donde antes arrasaba. Muchos de sus dirigentes están en la diáspora, llámense Elisa Carrió, Ricardo López Murphy o Enrique Olivera y, una de las sorpresas de estas elecciones, Margarita Stolbizer, mientras otros han optado por aliarse con el kirchnerismo, como ocurre con el flamante vicepresidente, Julio Cobos, paradójicamente derrotado en la elección de su provincia.

 

La dispersión no se limita al radicalismo. El Frente para la Victoria es algo distinto del justicialismo clásico, del que ha tomado, eso sí, la tendencia hegemónica, contando para ello con el disciplinado encuadre de los todopoderosos señores del conurbano y varios gobernadores, en su tiempo igualmente sumisos a Menem y a Duhalde. Otros, tanto desde la distancia puesta por el gobernador De la Sota, como desde otros agrupamientos (Lavagna, Rodríguez Saá) han intentado reivindicar el acervo y la liturgia peronistas. Fuertes corriente migratorias afectan a justicialistas, liberales e izquierdas en su búsqueda de “su lugar en el mundo”, así que el cotejo de las candidaturas entre las diversas elecciones es a menudo sorprendente por su labilidad.

 

Por otra parte, la repetición de actos eleccionarios (éste es el tercero en el año en la Ciudad de Buenos Aires) y la falta de alternativas le ha restado expectativa a los comicios, tan fuerte cuando se salía de períodos donde las urnas habían estado “bien guardadas”. Y ya que de urnas se trata, que sigamos recurriendo a ellas y postergando el voto electrónico, por ejemplo, es una rémora que obsta cada vez más a la pureza del sufragio y a la igualdad de oportunidad de los candidatos.

 

La falta de interés por la res publica está extendida especialmente entre los jóvenes. En sus casas ya no se habla de política, no hay adhesiones fervorosas ni militancias de toda una vida. Muchos ciudadanos llegaron al 28 de octubre preguntando qué es eso de cortar boleta (pese a que durante 25 años han podido hacerlo) y qué cargos están en juego además del presidencial. El porcentaje de votantes (72,73%) fue el más bajo desde 1928.

 

Síntoma de la anomia que padece la sociedad,es que alguien habilitado para votar decida no hacerlo pues sabe que no será sancionado porque nunca se actualizaron los montos de las multas, pese a que el principio del voto obligatorio, originado en la Ley Sáenz Peña, se incorporó a la Constitución en 1994. Ni qué decir de la resistencia a la carga pública de ser autoridad de mesa, que llevó a convocar a los empleados judiciales, no sin un reproche de la Cámara Electoral que no debiera caer en saco roto. Las demoras en la constitución de las mesas sometieron a los votantes a innecesarios trastornos. Reconozcamos también la imprevisión (¿casualidad?) en notificar a los designados con una semana de anticipación. Es éste un ejemplo de “Estado ausente” y de controles que se relajan en perjuicio de la transparencia del acto electoral en sí.

 

Seguramente la suma de irregularidades no basta para explicar el resultado. La candidata oficial hubiera triunfado de todos modos sin esos “pequeños fraudes”, que en su conjunto aumentan el desaliento republicano y opacan una victoria que queda innecesariamente enturbiada.

 

II

 

La señora Cristina Fernández de Kirchner ha triunfado holgadamente. Podrá decirse que se utilizaron en su beneficio todos los resortes del poder y los dineros públicos (algo claramente inmoral y muy probablemente ilegal pero que, sin embargo, quedará impune), pero sería injusto para con la ciudadanía atribuir sólo a ello el resultado. El presidente Néstor Kirchner llega al fin de sus cuatro años con alta imagen positiva debida sobre todo a una situación en que la economía ha crecido, aumentado el trabajo y reducido la pobreza. Frente a esos logros evidentes, cabe preguntarse cuánto mejor podríamos haber estado con mejor gestión y menor corrupción.

 

Pero el éxito de Cristina, como lisa y llanamente se la conoce, se debe en no pequeña medida a la impotencia de una oposición atomizada, incapaz de ofrecer una alternativa real de gobernabilidad. No había que repetir la frustración de la Alianza, pero podría haberse trabajado un programa de coincidencias y saber que la política no es solamente exaltación sino a veces kénosis, abajamiento. Esa perspicacia, si se quiere, grandeza, podría haber dado lugar a alguna candidatura capaz de atravesar la barrera de nuestro acomodaticio sistema de ballottage (porque no es el europeo, chileno o brasileño del 50% más uno, sino hecho a medida de los partícipes del Pacto de Olivos). Cualquier analista sabe que en la Argentina el justicialismo, o el agregado político que pase por tal, tiene un piso electoral del 40 %. La multiplicación de candidaturas opositoras (ya no de partidos, sino de “espacios” políticos de límites imprecisos) era suicida de antemano, y funcional a la continuidad del “espacio” gobernante.

 

Estamos, pues, frente a otros cuatro años presidenciales. Debemos tenerlo claro: son cuatro años. En la Argentina no conocemos demasiado la virtud de la paciencia. Y es paciencia lo que necesitan los candidatos derrotados y los futuros aspirantes: Mitterrand y Lula tuvieron que soportar varias frustraciones hasta alcanzar el poder.

 

La presidente (así se denomina el cargo) no tendrá, por cierto, una tarea fácil, si, como parece inevitable, antes o después del 10 de diciembre habrá que corregir rumbos, y si se sigue corporizando el fantasma de la inflación. Podrían quizás encontrarse semejanzas con la elección de 1995 en la que Carlos Menem alcanzó un incuestionable triunfo, en parte por sus éxitos (que poca gente reconoce hoy en día), en parte porque no había alternativa viable, ya que el radicalismo no lo era con un gobernador patagónico puesto para sufrir la derrota, pero comenzó su segundo mandato padeciendo un desgaste que se ahondó con el tiempo.

 

La sociedad argentina ha legitimado con el 44,9% de los votos el más impresionante “dedazo” al estilo PRI mexicano de nuestra historia democrática: un presidente elige a su sucesor; en nuestro caso, el marido designa candidata a su esposa. Veremos cómo matrimonio y poder se conjugan en el futuro inmediato. Para ser justos, corresponde señalar que las catorce fórmulas presentadas respondieron a arreglos de cúpulas. Son claros signos del proceso de disolución de los partidos tradicionales.

 

Renglón aparte, que los dos primeros puestos se hayan disputado entre dos candidatas es señal elocuente del rol que la mujer ocupa en la sociedad argentina. Que Elisa Carrió haya arrebatado los grandes centros urbanos es un alerta para el gobierno y un capital que ella deberá cuidar celosamente, evitando dilapidarlo como ocurrió con otros.

 

En los últimos años el estilo confrontativo de Néstor Kirchner ha ido acentuando el deterioro de la “amistad social”, ese estilo de diálogo y respeto entre adversarios tan necesario para la vida republicana. Mujer inteligente y de agudo olfato político, auguremos que la nueva elegida contribuya a restablecer ese don necesario para la pacífica convivencia y el diálogo entre gobierno y oposición del que no ha habido noticia en el cuatrienio que termina. Y que ese sentido de diálogo lo ejercite para sacar al país del aislamiento y la irrelevancia en el escenario continental y mundial. Alentadora señal de que puede haber algo distinto fue el discurso sereno y convocante de la senadora al anunciar la victoria.

 

III

 

¿Qué agenda institucional espera al nuevo gobierno? La Mesa del Diálogo Argentino, surgida en la crisis del 2001-2002, procuró delinear los principios de la reforma política. Al mismo tiempo, se veía con preocupación la falta de compromiso de los grupos y sectores sociales con lo que la Constitución denomina en el Preámbulo “bienestar general” que no es sino, en palabras de un viejo fallo de la Corte, el bien común de la filosofía clásica.

 

Que uno y otro aspecto están ligados no cabe duda. Y al amparo del desapego, el gobierno cajoneó los cambios reclamados. Peor aún, echó mano a donde le vino bien para reforzar su poder, por ejemplo con la modificación devaluadora del Consejo de la Magistratura, institución ya con fallas de nacimiento en la reforma de 1994.

 

Lo que decimos de ese órgano del Poder Judicial vale para otros aspectos vinculados. En lo positivo, debe reconocerse que la Corte Suprema, en la que se sientan aún dos ministros nombrados en 1983, ha mejorado su imagen institucional. Pero hay multitud de vacantes, cubiertas por jueces subrogantes, cuya independencia es precaria como lo es su estabilidad. El Consejo de la Magistratura y el Poder Ejecutivo, cada uno en lo suyo, han logrado algo muy argentino: pasar lo excepcional (jueces subrogantes) a regla. Tenemos aquí una tarea pendiente, no ya para afianzar el Consejo, puesto que la presidente electa desde el Senado prohijó su domesticación, sino al menos en cubrir con celeridad, buena calidad, honestidad y seriedad, los cargos de jueces de la República.

 

La actual senadora por la provincia de Buenos Aires (aunque vota en Santa Cruz), ha impuesto su rigor en la Cámara Alta, e incluso a su presidente nato, el ahora gobernador electo Daniel Scioli, que lo aceptó mansa y calladamente, sobrevivió y se anotó ahora un triunfo contundente. Por lo demás, las dos cámaras del Congreso han pasado a un virtual destierro, abdicando de sus deberes y atribuciones, entre ellos nada menos que el dictado de la ley de coparticipación federal, aunque aquí la mora data de 1994. La mayoría oficialista se ha afianzado en estos comicios. Razón de más para que los senadores y diputados que se incorporan desde la oposición estén dispuestos a luchar para que el Congreso cumpla su rol constitucional.

 

La Argentina, aunque superada la crisis de 2001-2002, presenta niveles de pobreza intolerables. La opulencia se codea, en cuestión de un par de cuadras, con la absoluta miseria. Se ha perdido en gran medida la “cultura del trabajo”. La droga asalta a los jóvenes y los conduce a la muerte, suya y de otros. El Defensor del Pueblo de la Nación ha calificado de “exterminio” la situación de los aborígenes chaqueños, y ello ocurre mientras el gobierno contabiliza éxitos económicos. En una palabra, la agenda social sigue marcando exclusión, falta de asistencia primaria de la salud, hambre, violencia y una creciente brecha entre los que pueden acceder a la educación y quienes no. La corrupción, que permea nuestra sociedad y que ha tenido exteriorizaciones en el más alto nivel, frustra esfuerzos y proyectos. A veces, más que promover a las personas y a las comunidades se las somete a formas varias de clientelismo. Que la Iglesia católica haya llamado la atención sobre todo esto es uno de los motivos de que el gobierno tenga con ella una relación fría.

 

El destino de la República no está únicamente en manos de la triunfadora del 28 de octubre de 2007. Quienes creen que realmente “otra Argentina es posible” deberán asumir sus responsabilidades. Vivimos anhelando los pactos de la Moncloa pero no somos capaces de seguir un modelo tan próximo como el de la Concertación chilena. Esta receta, hasta ahora exitosa, descansa sobre partidos sólidos y maduros. Herramienta fundamental de la democracia, de lo que se ha llamado “la faz agonal” de la política, los partidos deben ser escuelas de formación de liderazgo y ámbito de debate de los problemas y proyectos. Quizás los partidos que protagonizaron la política argentina en la segunda mitad del siglo XX hayan cumplido su ciclo, pero entonces se requiere de nuevos partidos y no de ocasionales aglomeraciones de postulantes trashumantes.

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