Diciembre 2007
La pregunta por el destino
En un simpático libro donde relata su experiencia en el trato con cinco pontífices romanos1, el escritor Germán Arciniegas, recuerda aquella inolvidable misa inaugural del pontificado de Juan Pablo II, cuando gritó con voz varonil y vibrante precisaba el autor colombiano ¡No tengáis miedo! Esa exhortación a confiar en la providencia divina, que es algo tan propio del espíritu cristiano, no era sino la reiteración de la que el dramaturgo Karol Wojtyla había puesto en boca de uno de sus personajes en un pasaje de Hermano de nuestro Dios, un drama en tres actos escrito por él mismo cuarenta años antes y llevado al cine por el director polaco Krzysztof Zanussi.
Quizás no se haya prestado tanta atención al hecho de que, junto a esas animosas palabras, el Papa trajo a la memoria de quienes lo escuchaban en ocasión tan señalada, una conocida novela del escritor Henryk Sienkiewicz, también polaco, y premio Nobel. El libro, desconocido por las nuevas generaciones y recordado por el literato colombiano, fue luego inmortalizado por las luminarias de Hollywood, y su nombre ha quedado en el imaginario colectivo como la representación de un momento estelar de la historia del cristianismo. Su sugerente título era: Quo Vadis2.
La obra de Sienkiewicz, una de las últimas representaciones de la novela romántica de inspiración cristiana también recordada por Olegario González de Cardenal en otro artículo de esta misma revista hace algunos años3 remite a una capilla situada en
La creación literaria de Sienkiewicz, quien está enterrado en la catedral de San Juan en Varsovia, tenía para Karol Wojtyla un significado muy especial, y por ese motivo seguramente en otro momento de su pontificado volvió a recordarla, al aludir cómo la había tenido presente al arribar por primera vez a
Me ha parecido oportuno traer a consideración esta especial sensibilidad de Juan Pablo II ante el interrogante sobre el futuro del cristianismo.
Una nueva minoría
Probablemente la asociación entre ambas inquisiciones se ha producido en mi mente no sólo por un motivo meramente semántico, sino que esconde, me parece, otros significados que remiten a una consideración, muchos años atrás, del entonces cardenal Joseph Ratzinger, quien, hablando sobre el futuro de
Las expresiones del cardenal fueron interpretadas una actitud reiterada ciertamente en otras ocasiones más recientes como una visión pesimista de la realidad eclesial del porvenir. Sin embargo, ellas recogían la realidad innegable de un catolicismo que se bate en retirada en muchos países de antigua tradición cristiana. La madura sensibilidad del cardenal reflexionaba también en el sentido de que
Pero el futuro Pontífice no estaba hablando, sin embargo, de una iglesia clandestina en el sentido de un cuerpo desvitalizado o inerte, perdido para la salvación universal y subsumido en sí mismo. Al mismo tiempo, Ratzinger, quien nunca ha sido un personaje de miras estrechas, mostraba cómo la comunidad primitiva de los cristianos, siendo pequeña, no carecía, sino todo lo contrario, de una generosa capacidad de apertura que engendraría millones de hijos a lo largo de la historia, porque
Por esto mismo, aun siendo objetivamente personalidades absolutamente diferentes, no hay una contradicción entre Ratzinger y Wojtyla, entre Juan Pablo II y Benedicto XVI. Nunca como hoy recordaría Juan Pablo II
Si en el ámbito global de la sociedad ya no se encuentra un entorno cristiano, parece razonable preguntarse si el cristianismo no debería buscar sus propios espacios de supervivencia, aunque esto se parezca demasiado a las catacumbas que albergaban a aquellos primeros cristianos de la época en que Jesucristo habría sido interpelado por Pedro en
La reconfiguración de la fe
Resulta evidente que estas nuevas condiciones dan ocasión a los cristianos para vivir de una manera más profunda y auténtica su propia fe.
Al mismo tiempo, las alianzas con los poderes temporales han sido algo muy bueno para
Cuando en los coloridos años sesenta Harvey Cox para no citar sino un nombre emblemático acompañado de una pléyade de teólogos pronosticaron alegremente la muerte de Dios y pretendieron entronizar The Secular City, no sospechaban que la realidad podía darles una lección. El título del capítulo introductorio de la obra revisionista de Cox es lapidario: La religión retorna a la ciudad secular7.
Sólo veinte años después, ellos se vieron obligados a reconocer que la ciudad secular albergaba profundos contenidos religiosos y que el proceso de secularización no era algo unívoco8. Ahora, transcurridos otros veinte años de esa revisión, la realidad muestra una convivencia de valores seculares, muchas veces sacralizados, junto al crecimiento de nuevas formas de espiritualidad que estaban ya, por cierto, en plena gestación cuando el teólogo de Harvard escribía su primer libro.
Es que, como se ha notificado de un modo elocuente en una copiosa literatura al uso, la posmodernidad exhibe una realidad variopinta. Junto a una cierta declinación de las religiones tradicionales, irrumpen nuevas formas de religiosidad impensadas hasta hace pocos años, como un neopaganismo que despierta después de muchos siglos de civilización impregnada de los valores evangélicos.
Este declive parece conjugarse con la mentalidad anti-institucional que se expresa en una desinstitucionalización de la religión a favor de espiritualidades individualistas, de las cuales quizás la corriente más importante esté representada por la socorrida New Age. Este relativismo, que en su fase final preanuncia la actitud nihilista, y su renuncia a la verdad, no puedo sino ser interpretado como un signo claro de decadencia y descomposición.
De este modo, en los meandros de nuestra cultura posmoderna, caracterizada por la segmentación y la fragmentación y ciertamente ambigua por definición, hay una prescindencia de la divinidad que naufraga en el tembladeral del pensamiento débil, pero hay también al mismo tiempo la emergencia de una religiosidad subjetivista, en la cual habrá que buscar la verdad de la herejía.
En tal sentido, se ha hablado de una nueva era poscristiana o una post-cristiandad9, en la que tendría lugar una verdadera reconfiguración de la fe de Jesucristo10, sin que se advierta todavía cuál sería esa nueva forma. Es en este escenario donde cabe preguntarse si estaríamos ante un futuro colapso del cristianismo, en tanto éste comienza a ser considerado desde ciertas perspectivas como una pieza de museo, la sala religiosa de una civilización decadente y quizás en vías de extinción.
La novedad de la emergencia religiosa, aun con todo su impulso, no debe desviar la atención, sin embargo, de la realidad, ampliamente señorial en vastos ambientes sociales, y no solamente intelectuales, de una silenciosa increencia. Es la indiferencia religiosa, el silencio de Dios. El Concilio no pudo sustraerse naturalmente a esa constatación: el ateísmo estampó en uno de sus textos liminares debe ser considerado como uno de los problemas más graves de la época. No hace falta advertir que en los años sesenta no se trataba ya del ideológico antiteísmo sistemático, que por entonces empezaría a dar muestras de un evidente hedor sino de la pura increencia, el etsi Deus non daretur, que daría paso al mundo desencantado, pragmático y relativista de la posmodernidad.
Hay que decir, con todo, que no hay aquí en este variopinto panorama necesariamente una referencia a escenarios apocalípticos como aquellos a los cuales se refería el papa Juan XXIII en los momentos preliminares del Concilio, y no puede haberlos en ese realismo optimista de la fe que tan bien se reconoce en el magisterio del último pontífice. Las nuevas realidades incluyen también posibilidades insospechadas, hoy acaso clausuradas en formas institucionales vaciadas de sentido al compás de un debilitamiento en la piedad de los fieles.
La religión global
Al pensar en el futuro nadie puede dejar de considerar que ese porvenir estará signado por una realidad que reviste una fuerza insondable: el mundo global. La globalización es un fenómeno complejo que se expresa en múltiples dimensiones, también la espiritual. Resulta evidente que el impacto de la globalización no podía dejar de estar presente en la dimensión religiosa de la existencia humana. No es algo que podamos comprender cabalmente ahora, pero sí es posible advertir en ese fenómeno multiforme su previsible profundización.
En esas luces y en esas sombras hay riesgos muy grandes pero no menores posibilidades de auténtica realización humana. Se pueden dar muchos ejemplos positivos dentro de ese escenario, por ejemplo la globalización en el campo de los derechos humanos y de los crímenes contra la humanidad11. Es verdad que la globalización ha comportado dolor y muerte, pero también es posible promover una globalización diferente signada por la solidaridad, como repetidamente lo ha venido exponiendo el magisterio primero de Juan Pablo II y actualmente de su sucesor.
Cabe interpretar la globalización también como una orientalización, esto es, como un encuentro de la cultura occidental con el patrimonio espiritual de un mundo lejano y extraño que se hace cada vez más vivamente presente y que interpela desde su propia identidad las sombras de nuestra orgullosa civilización. Es la luz del sol que viene del Este.
Ese otro no sólo nos ayuda negativamente, esto es, no sólo nos purifica, sino que también nos enriquece y, más aún, podría permitirnos encontrar a los católicos nuestra verdadera identidad. Se advierte en este contexto también la posibilidad de una nueva catolicidad que realice acaso por primera vez la universalidad de la vocación cristiana. La globalización de la cultura incluye una globalización ética y religiosa.
Es en este escenario que
Mar adentro
Cuando fueron cerradas las puertas del jubileo con el que el impulso apostólico de Juan Pablo II quiso preparar a
Se diría que ella constituye, junto con No tengáis miedo, una auténtica unidad de actitudes ante la realidad en la vida cristiana: Duc in altum!. Se dejaba oír otra vez, tras un cuarto de siglo, esa misma voz varonil y vibrante, acaso envejecida pero no menos juvenil, en un nuevo grito de esperanza, la misma que repropone Benedicto XVI frente al desaliento y la pérdida del sentido misionero de la fe: Estas palabras resuenan también hoy para nosotros y nos invitan a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro: ´Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y lo será para siempre (Heb 13,8)12.
En muchos de los diagnósticos que han comenzado a aparecer a la vista de un panorama humanamente desalentador, se deja ver un sentido claudicante que es ajeno al espíritu del Evangelio. Sin embargo, no era ése el espíritu que fecundaba los corazones ardientes de aquellas minorías clandestinas. Porque los resortes de la fe, superfluo es decirlo, no son algo meramente humano. Non est abreviata manus Domini. La redención realizada en la encarnación no pierde su capacidad salvadora en los avatares de la historia. Las cuerdas están tensadas y la humanidad espera, mar adentro.
Notas
1. Cfr. Germán Arciniegas, De Pío XII a Juan Pablo II., Cinco Papas que han conmovido al mundo, Planeta, Lanús Oeste, 1987, p. 129 y ss.
2. En la versión cinematográfica de Mervyn Le Roy muchos recordarán la genial interpretación de Nerón por el actor británico Peter Ustinov, vinculado por lazos de parentesco con el sacerdote argentino Hugo von Ustinov. En el año 2001 el director de cine, también polaco, Jerzy Kawalerowicz, realizó una nueva versión de la novela, a la que Juan Pablo II pudo ver y comentar durante una sesión especial en
3. Cfr. Olegario González de Cardenal, Quo Vadis Juan Pablo II, en Criterio, 2283, junio 2003, p.303.
4. Cfr. Nikos Kazantzakis, Cristo de nuevo crucificado (1948).
5. Cfr. Juan Pablo II, Redemptoris Missio, 67.
6. Cfr. Cardenal Joseph Ratzinger, La sal de la tierra. Cristianismo e Iglesia Católica ante el nuevo milenio. Una conversación con Peter Seewald, trad. cast. Carla Arregui Núñez, Palabra, Madrid, 1997, 288.
7. Cfr. Harvey Cox, La religión en la ciudad secular. Hacia una teología posmoderna, Sal Terrae Santander, 1985.
8. Cfr. Harvey Cox, La ciudad secular. La urbanización y la secularización desde una perspectiva teológica, Edicions 62, Barcelona, 1973, y La religión en la ciudad secular. Hacia una teología posmoderna, citado.
9. Cfr. Don Cupitt, Post-Christianity, en Paul Helas, with the assistance of David Martin and Paul Morris, Religión, Modernity and Postmodernity, Blackwell Publishers, Oxford, 1998, pp. 218-232.
10. Cfr. El teólogo español recientemente fallecido José María Mardones ha planteado en varias de sus obras la reconfiguración religiosa de la posmodernidad. Cfr. José María Mardones, Para comprender las nuevas formas de la religión. La reconfiguración postcristiana de la religión, Verbo Divino, Estella, 1994, sobre todo pp. 151 y ss.
11. Cfr. V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento Conclusivo, Aparecida, 2007, 82.
12. Cfr. Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 1.
El cristianismo en la Argentina
Desde ciertas teorías de la secularización que hablaban de la desaparición de lo religioso o de la muerte de Dios pasamos hoy a una sociedad globalizada donde, por el contrario, parece (quiero resaltar este concepto) que lo religioso regresa o se quiere presentar desde la única potencia imperial como choque de civilizaciones: lo occidental y el dios cristiano y lo oriental y el dios islámico; el eje del bien y el eje del mal.
¿Desapareció alguna vez lo religioso? Nuestras sociedades reestructuran y recomponen continuamente sus creencias, entre ellas las religiosas. Las ofertas y demandas religiosas abundan en un mercado cada vez más amplio y competitivo. Al igual que ayer, que hace cien años, se sigue creyendo pero en distintos dioses, de maneras cada vez más complejas y desde varias racionalidades. Nuestras investigaciones muestran efervescencias y desencantos religiosos al mismo tiempo.
De todos modos no podemos olvidar de dónde venimos. El mundo católico ha sido la principal matriz cristiana durante siglos en el caso de América latina en general y de
La revista Esprit en su número de marzo/abril de 2007, cuyo título de tapa es Effervescences religieuses dans le monde1, también se pregunta sobre el futuro de la religión en el mundo. Se advierte que, por un lado, hay efervescencia religiosa en el resto del mundo y, por otro, excepcionalidad europea de una sociedad secularizada. Habría, entonces, un grave error en los documentos -especialmente católicos- sobre el peligro del secularismo como tema universal, dado que sólo se trata de un problema central de esa pequeña región del planeta.
Para llegar a esta afirmación de una Europa secularizada es necesario deslegitimar y/o ignorar a ese otro distinto, diferente y lejano que no encaja en los análisis ni teorías dominantes; es decir, el mundo musulmán: los problemas particulares que plantea el islam para los estados secularizados (82). El actual Papa lo ha caracterizado de fundamentalista y de ser incapaz de dialogar con la razón2. La revista analiza luego lo que llama la ola evangélica y pentecostal en el resto del mundo. A partir de cifras afirma que en 2050, no es el islam el que reagrupará la mayor cantidad de fieles en el nivel planetario sino el cristianismo. Dentro de este mundo,
Mientras algunos autores hablan de reconfiguraciones ultramodernas en Europa, donde la oposición entre religión y modernidad dejan lugar a una situación post-secular donde se combinan pluralismo, opción personal y búsqueda de sentido (146), otros señalan que es imposible comprender la permanencia de las religiones sin comprender que ellas responden mejor que un racionalismo frío al malestar del mundo y a las raíces del mal que la sociedad aspira a erradicar (287)
Daniel Levine, politólogo y experto en América latina, profesor en
En
Por otro lado, la desregulación y transformación que ha vivido el estado-nación en las últimas décadas y los procesos de reestructuración de la sociedad salarial ligada al estado de bienestar (caso argentino) debe tenerse como telón de fondo para comprender la situación actual.
El monopolio simbólico católico de las creencias religiosas reconstruido a principios del siglo XX (entre los 20 y los 30 al grito de
La institución católica romana está siendo transformada y cuestionada desde varias dimensiones. Por un lado, una desinstitucionalización interna que corroe tanto a autoridades como a formas organizativas hegemónicas, dando lugar a una explosión de trayectorias individuales y grupales que rehacen sus propios criterios de autoridad y memoria.
Por otro lado, se presentan nuevas ofertas religiosas. Crece la presencia y la competencia del evangelismo pentecostal, especialmente -pero no sólo- en sectores populares cambiando la fisonomía de barrios y ciudades, acompañada en los medios de comunicación masiva por una fuerte propaganda. En la ciudad de Buenos Aires, donde si bien hay numerosos movimientos y grupos de amplia diversidad religiosa, el monopolio simbólico público de la trascendencia sigue siendo predominantemente cristiano4.
El proceso quizás menos visible pero más profundo por la sociabilidad y la subjetividad religiosa que crea, es el de recreación individual de las creencias donde el adentro y el afuera (es decir, el tomar referencias desde horizontes de sentido múltiples provenientes de experiencias locales, nacionales, internacionales, de
Estas situaciones son agravadas por diversos hechos producidos por los especialistas religiosos católicos que no toman en cuenta estas sensibilidades. Por ejemplo, el cardenal de la ciudad de Buenos Aires, condena por blasfemia una medida que no se tomó por ejemplo durante la dictadura cuando se asesinaban miles de personas y desaparecían bebés luego de matar a sus madres una exposición artística del premiado León Ferrari y a renglón seguido los empresarios católicos retiran su apoyo económico a la muestra, así como grupos católicos habían roto y destruido en parte otra exposición del autor.
El pasado de complicidad institucional eclesial con el terrorismo de estado y los privilegios logrados a partir de 1976 y que permanecen hasta hoy (honorarios a obispos en actividad, jubilaciones de privilegio para los retirados, fichaje a todos los grupos religiosos no católicos, becas sólo a seminaristas católicos) es un lastre que hasta el momento no se puede discutir en público. Un síntoma es lo sucedido recientemente con la condena de la justicia por homicidio y tortura del sacerdote Von Wernich y que ha tenido un fuerte impacto nacional e internacional. Conocemos cómo se sanciona al instante desde Roma y por obispos locales, a sacerdotes acusados de transgredir las reglas teológicas como fue el caso de Rafael Tello, Leonardo Boff, Gustavo Gutiérrez y hoy de Jon Sobrino. Todos ellos, no por casualidad, comprometidos con el mundo de los pobres. Y sin embargo hasta el momento de escribir este artículo no se ha sancionado al reo Von Wernich
¡Todo un símbolo!
Otro síntoma que crea desconcierto en las filas del catolicismo argentino es el ocultamiento de los casos de obispos y sacerdotes acusados de abuso sexual. También crea malestar la abierta participación partidaria de altos dirigentes eclesiásticos, en especial del cardenal de la ciudad de Buenos Aires, en las luchas internas de los partidos políticos. A diferencia del resto de América latina, hay en nuestro país una larga historia que no se revierte de utilización eclesiástica de lo partidario y una utilización partidaria de lo católico.
Esto se debe a que poco a poco se ha ido legitimando en las conciencias ciudadanas y democráticas una pluralidad religiosa en el estado y la sociedad que hace trizas cualquier relato sobre una única religión o iglesia verdadera, del mismo modo que ya no es creíble socialmente afirmar que hay un solo tipo de pareja, de familia, de relación de género o de opción sexual o política.
Se dibujan así varias propuestas en el mundo cristiano católico en
Una de certezas, de afirmación identitaria exclusivista y por ende competitiva hacia otros cristianismos acusados de sectas, de fortaleza asediada y de sentirse perseguida por el mundo, ocultando y evitando toda polémica interna. Privilegia el vínculo con el estado y la sociedad política a fin de construir una laicidad corporativa que encorseta a la democracia. La ley natural parece haber desplazado a la historia y el miedo paraliza una mirada crítica. ¿Cuántas certezas e intolerancias podrá soportar una sociedad democrática?
Otra es de pentecostalización que hace de la emoción su principal promesa de salvación. Hay competencia y confluencia en el mundo cristiano, entre sanadores varios, la renovación carismática y numerosos grupos evangélicos. Su propuesta es ambigua: reforzar las actuales injusticias desde un individualismo religioso sin intermediarios cargado de emociones y glosolalia y/o responder a las angustias generalizadas, especialmente de sectores populares, para dejar de sufrir rehaciendo comunidades cristianas. ¿Cuánta emoción del presente continuo podrá detener el desencantamiento ante una modernidad sin promesas?
Y una tercera propuesta cristiana que parte de valorar la pluralidad y la individuación y hace suyo el amplio y complejo mundo de pobres, explotados y discriminados para proclamar, junto a otros grupos sociales y religiosos, promesas de salvación y liberación. Presencia activa en la sociedad civil y en la política, ampliación de la cultura democrática, laicidad donde todos y todas entren, y ampliación de nuevos y diversos derechos de ciudadanía (entre ellos, un ingreso ciudadano universal para que no haya ningún hogar pobre) aparecen como sus principales propuestas. ¿Se podrán sostener promesas emancipadoras cristianas de largo plazo en instituciones no creíbles?
Nadie, por suerte, nos puede garantizar cual será el avenir del cristianismo. Y esto es desafiante puesto que nos vuelve a señalar que el futuro es una aventura incierta, donde los caminos y opciones de hombres y mujeres son múltiples y vale entonces estar atentos a sus sueños y promesas.
Notas
1. Esprit, Effervescenses religieuses dans le monde, París, n. 333, marzo-abril 2007.
2. F. Mallimaci, La modernidad católica de Benedicto XVI: ni secularización ni fundamentalismo en Le Monde diplomatique, Buenos Aires, n. 96, junio de 2007.
3. Daniel Levine, The future of christianity in
4. Forni-Mallimaci-Cárdenas, Guía de la diversidad religiosa de la ciudad de Buenos Aires, Biblos, 2003.
La moral en la Iglesia
Si para responder a la pregunta del título hemos de basarnos en los diagnósticos que hace el Magisterio sobre la situación de la moral en
La causa de esta crisis inédita sería una ruptura de la relación constitutiva entre la libertad humana y la verdad, y más profundamente, la separación entre fe y vida, lo cual, debemos entender, se estaría verificando tanto en los fieles como en los teólogos que sostienen aquellas posiciones. Consecuencia de ello sería la negación de la ley natural o el cuestionamiento de su universalidad y permanencia, y la idea de que el Magisterio debería limitarse en este ámbito a exhortar a las conciencias y proponer valores en los que cada uno pueda fundar después, de un modo autónomo, sus propias decisiones.
Que en este diagnóstico se vean reflejados algunos aspectos de la situación actual de la comunidad cristiana, es algo difícil de negar. Pero tengo la impresión de que otros componentes relevantes han quedado fuera. Para comenzar, muchos teólogos de prestigio, que en algunos puntos sustentan posiciones críticas frente al Magisterio, son personas cuya integridad moral no podría ser puesta en duda. Confundir problemas académicos sobre la ciencia moral con problemas de la vida moral, como hace la encíclica mencionada, lleva a conclusiones injustas e irritantes. Pero más significativo para la comprensión de la situación actual es reparar en que una parte no despreciable de los fieles va tomando distancia crítica ante el Magisterio, y reclama un ámbito de mayor autonomía, no siempre en virtud de un relativismo moral, sino por el afán de encontrar respuestas más adecuadas a sus problemas y a su búsqueda de la felicidad.
Es ante todo este último fenómeno el que debe ser comprendido en toda su complejidad, evitando juicios expeditivos. Sería demasiado fácil tachar esta autonomía reclamada por muchos fieles de autonomía absoluta o arbitraria en todos los casos. Es claro que muchas veces esta reivindicación no es el resultado de un rechazo de las normas morales universales, ni una pretensión de inventar soluciones ad hoc según el gusto personal. Simplemente se parte de la percepción de que la aplicación directa de aquellas normas llevaría en el propio caso a resultados inaceptables, y se reclama una mayor atención a la complejidad de ciertas situaciones, así como una mayor libertad para determinar el modo y las condiciones de dicha aplicación. Un reclamo que puede estar justificado o no, pero que no tiene relación directa con el relativismo moral.
Por otro lado, existe una resistencia cada vez mayor a aceptar juicios morales realizados por la autoridad, incluso sobre la base de argumentaciones racionalmente sólidas, pero que no tienen un correlato en el testimonio de la propia conciencia. Ella no es concebida como una instancia arbitraria, pero tampoco atada servilmente a normas impersonales. Se le atribuye una autoridad originaria para interpretar la propia experiencia y descubrir su sentido. Si algo me da alegría o me hace feliz, no puede ser malo. Por el contrario, una opción que implique renunciar a mi propia felicidad, en aras de principios superiores de la razón o de la fe, resulta inaceptable o por lo menos no es algo que se pueda imponer desde afuera. Frente a esta experiencia pierden relevancia las argumentaciones teóricas, más aún en los casos en que su sutileza excede las competencias ordinarias de cualquier fiel. No hay dudas de que este recurso a la conciencia es ambiguo, puede estar plagado de límites y autoengaños, pero la aspiración a no ser sacrificados en aras de ningún sistema debe ser tratada con respeto, porque es algo que brota naturalmente de la percepción de la propia dignidad personal.
En consecuencia, el reclamo de una mayor autonomía, en el sentido descrito, no puede catalogarse sin más de relativista. Pero tampoco es necesariamente el fruto de la pérdida o el debilitamiento de la fe. La mejor demostración de esto son los feligreses que frecuentan las parroquias, recurren habitualmente a los sacramentos, llevan vidas personales dignas de encomio, pero no reciben ciertas enseñanzas del Magisterio. No se trata de un rechazo formal. Pero los sacerdotes constatamos, por ejemplo, cómo ciertos temas sencillamente desaparecen del ámbito de la confesión, o están presentes de un modo cada vez más indirecto. Es claro que esta manera de proceder no es la adecuada, pero no suele estar animada por un cuestionamiento de principio a la autoridad de
Comprender de una manera más cordial este fenómeno cada vez más palpable, no significa dar la razón a quienes quisieran un Magisterio que se limite a exhortar a las conciencias o a proponer valores, a lo cual Veritatis splendor se opone con toda razón. Es evidente el peligro de que esta brecha entre el Magisterio y la vida de los fieles se profundice, y que la autonomía reivindicada se ejercite de un modo inconsistente, e incluso anárquico. La ausencia de referencias morales firmes terminaría incluso siendo una carga para la conciencia personal más que una liberación. Pero lo más sano sería reconocer que nos encontramos ante un proceso irreversible por el cual los fieles se sentirán en el futuro más celosos de su autonomía personal y menos dispuestos a la obediencia incondicional. Frente a ello, la exasperación de los controles institucionales e informales, la práctica extendida y anónima de la delación, la eliminación del disenso incluso en ámbitos académicos, la marginación sistemática de las voces que no se suman a un discurso único, tienen pocas posibilidades de éxito. La pregunta debe ser cómo encauzar los cambios para que no terminen desgarrando la unidad de la vida eclesial.
En nuestro país, fuera del ámbito de las declaraciones públicas, siempre prolijas, los pastores suelen ser conscientes de su impotencia para imponer la doctrina moral, y de la distancia que se abre entre ésta y la vida de sus fieles. En consecuencia, los temas morales se callan, hasta desaparecer de la predicación y de la enseñanza. Los obispos toleran en silencio que en sus diócesis se desarrollen pastorales diversas que no responden a criterios comunes. Por ejemplo, en las villas, donde la mayoría de las uniones son irregulares, se accede masivamente a la comunión sacramental; por el contrario, en parroquias de centro se aplica estrictamente la disciplina de
La apariencia formal de adhesión a la autoridad esconde, pues, un clima profundamente enrarecido, de mucho recelo y poca transparencia, en el que fieles y pastores se ven sumidos en un creciente desconcierto. Es claro que no puede ser éste el camino.
A mi juicio, algunas líneas maestras que contribuirían a encauzar este proceso en ciernes son las siguientes:
1. El Magisterio debe ser enseñado adecuadamente. Los textos magisteriales son en general muy técnicos, y se valen de un lenguaje y de unos conceptos filosóficos que no resultan familiares a la mayoría de los fieles. El desconocimiento resultante es fuente de desconfianza y de innumerables equívocos. De ahí la importancia de mejorar su difusión, en amplitud y calidad. Es preciso echar mano a todos los recursos pedagógicos y comunicativos disponibles para permitir a todos los fieles acceder no sólo a la materialidad de las normas, sino a su sentido profundo.
2. El Magisterio debe ser interpretado. A nadie se le ocurriría tomar la invitación a poner la otra mejilla o la prohibición de jurar, contenidas en el Sermón de
3. El Magisterio debe guiar el discernimiento de los fieles. La aplicación de las normas no se realiza recurriendo a más normas, sino a través una actividad específica: el discernimiento. Pero ello no significa dejar librados a los fieles a su propia suerte. De una hermenéutica adecuada del Magisterio, mencionada en el punto anterior, deberían resultar un conjunto de criterios capaces de guiar un discernimiento maduro y responsable. El modelo de cómo proceder lo han dado ya algunos episcopados nacionales que, con un coraje encomiable, fijaron criterios pastorales para la aplicación de la enseñanza de Humanae vitae sobre la anticoncepción.
4. El Magisterio debe reforzar su autoridad y eficacia a través del diálogo. Existe el temor de que una apertura mayor al diálogo sea interpretada como un signo de debilidad, alentando el disenso. ¿No será el diálogo, precisamente, el único modo en que las diversas posiciones se confronten y se equilibren mutuamente? ¿Y no crecerá la autoridad de la enseñanza moral a los ojos de los fieles, en la medida en que éstos se sientan más escuchados? Por su parte, la historia del magisterio moral pone en evidencia cuánto debe éste a una sana tensión con la teología.
Muchos indicios nos invitan a pensar que la reivindicación por parte de los fieles de una mayor autonomía para el ejercicio de su discernimiento se profundizará en el futuro. Corresponde a la autoridad de
Desde la perspectiva anglicana
La pregunta ¿a dónde va el cristianismo? solamente puede contestarse si al mismo tiempo nos anima la preocupación por el destino del género humano. La vocación de Israel como la luz que alumbrará las naciones menguaba cuando tenía que luchar para sobrevivir entre enormes y poderosos imperios paganos. La iglesia también podría olvidar en medio de su inquietud por la declinación en Europa, por ejemplo que una vocación universal conlleva el riesgo de convertirse en blanco de los ataques de quienes quieren controlar y manipular el mundo según sus propias ideologías o creencias.
Cuando el poder político y religioso se convierte en una organización totalitaria, como fue el Imperio Romano, desafía a la visión cristiana de Reino de Dios, en el cual no solamente los valores son otros sino también sus protagonistas. La intensa persecución a que fue sometida la iglesia primitiva en algunos momentos demuestra que, consciente o inconscientemente, las autoridades romanas advertían que la versión cristiana de la historia constituía una amenaza.
La conversión de Constantino evoca el refrán: si no puedes vencerlos, únete a ellos. En el siglo IV, el cristianismo era popular y pujante; la capacidad de sus líderes podía tentar a un emperador inteligente a convertirlos en aliados. Pero hoy todo parece indicar el colapso del modelo constantiniano de la iglesia y del concepto de cristiandad basado en una visión eurocéntrica.
Confundir cristianismo con ideologías totalmente opuestas ha dañado la credibilidad de la fe. Por ejemplo, en 1938 Austria celebró un plebiscito sobre su unificación con Alemania. Los obispos católicos austríacos apelaron a su rebaño: Es un obvio deber nacional para nosotros, obispos, declararnos en cuanto alemanes en favor del imperio alemán, y esperar que todos los cristianos fieles sean conscientes de lo que le deben a su pueblo. La voz cristiana en esas circunstancias era una voz solitaria. El laico católico romano Franz Jägerstätter, ejecutado por los nazis en 1943 y ahora considerado mártir, fue la única persona de su pueblo que votó contra la anexión porque no podía aceptar la filosofía nazi.
Para conjeturar adónde va el cristianismo, primero es preciso separar la fe cristiana de los modelos imperiales y nacionalistas y buscar una sólida base en el plan de Dios en la historia. Los cristianos creemos que Dios se vale de nosotros para realizar sus planes, aunque el propósito divino se llevará a cabo con o sin la colaboración humana. Sin embargo, la intervención histórica de Dios en Jesús de Nazaret implica la ratificación del rol humano para colaborar y compartir con Él la responsabilidad de llevar a cabo las cosas.
Este rol no se ejerce necesariamente por medio de las estructuras de poder del mundo que a veces se oponen directamente a Dios sino por la semilla que crece en secreto. El Reino por el cual los cristianos rezan diariamente no es de este mundo pero, ya que vendrá a nosotros en esta tierra, no podemos permanecer indiferentes frente a los acontecimientos históricos y sus repercusiones en la justicia o injusticia.
Obviamente, los cristianos no van a convencer a todo el mundo de que el plan de Dios tal como ellos lo conciben se va a llevar a cabo indefectiblemente en la historia. Pero la creencia de que Dios sigue siendo el Señor de la historia del mundo debe marcar lo que imaginen del futuro de su fe y de la relación del conjunto de creyentes con el resto de la humanidad.
La fe cristiana debe atender a los hechos contemporáneos y pergeñar un programa que acabe con las desviaciones y las distorsiones que afectan el desarrollo y la felicidad humanas. El gran educador y presbítero anglicano William Morris escribió en 1924: Esa obra creadora en el mundo moral y espiritual del hombre está destinada a extenderse a toda la humanidad, hasta transformar la vida entera en un Jardín de Dios.¨
William Morris era inglés y trabajaba incansablemente en favor de los chicos y adolescentes más pobres de Buenos Aires desde la última década del siglo XIX hasta los años treinta del siglo XX. Su fe era práctica, pero como hombre pensante, reflexionaba profundamente sobre la relación entre el cristianismo y los hechos nacionales e internacionales.
En 1916, en medio de
Si Morris tiene razón, podríamos interpretar el momento actual del cristianismo y sus posibles futuros sólo desde una perspectiva que considere toda la historia humana bajo el designio divino.
No cabe duda de que en el mundo occidental hoy la gente marca una distinción importante entre la iglesia, como una institución entre otras, y la fe en Jesucristo. Muchas personas, especialmente jóvenes, no simpatizan con la estructura y la autoridad tradicionales de la iglesia. La falta de presencia juvenil en las iglesias históricas europeas tanto la católica como la protestante llama la atención. La práctica de la fe cristiana ha llegado a niveles muy bajos en la mayoría de los países del norte de Europa y preocupa a las autoridades eclesiásticas en los países de tradición católico-romana. Todos los pronósticos sugieren que este abandono de la iglesia se va a acelerar, salvo acaso en algunos países atípicos como Polonia.
Sin embargo, no debemos caer en la tentación de pensar que el viejo continente cristiano va a determinar el futuro del cristianismo. La historia demuestra que regiones fuertemente cristianas pueden ser arrasadas como les sucedió a las grandes iglesias del norte de África y de Asia Menor que han desaparecido prácticamente sin dejar rastro. Los ejércitos del Islam, derrotados en la batalla de Poitiers por Carlos Martel en 732, y nuevamente en la batalla contra los turcos frente a los muros de Viena, en 1683, están ahora alcanzando una pacífica conquista de Europa a través de la inmigración y echando raíces en sociedades que creen en la libertad religiosa como un derecho fundamental.
Esta libertad religiosa es precisamente producto de la historia sangrienta de guerras y persecuciones que en Europa se basaron en el intento de imponer una determinada fe o iglesia sobre todos los habitantes de un país. Hasta en el norte de Irlanda, donde el protestantismo y el catolicismo enmascaraban dos nacionalismos ya caducos, parece que la religión se ha agotado como excusa para matar y odiar.
Tenemos que mirar ahora más allá de las fronteras de Europa: a los continentes de América, Asia y África, donde la fe cristiana está experimentando un crecimiento sin precedentes. En los Estados Unidos con su inmensa variedad de iglesias y religiones el panorama es mucho más alentador que en Europa; y en Sudamérica se ve un fuerte crecimiento de las iglesias evangélicas. Tal vez la sorpresa más grande nos la dé China, donde es imposible saber exactamente cuántos cristianos nuevos hay, pero, cuando el pueblo chino pueda unir democracia a su enorme poder económico, la influencia del cristianismo podría llegar a expandirse entre la población de una manera ni siquiera soñada por los misioneros jesuitas en el siglo XVII.
Pero, el crecimiento del Islam no es el único desafío que el cristianismo enfrenta en Occidente. En Inglaterra, en particular, se dio el resurgimiento de un ateísmo militante y una agresión hacia cualquier creencia o práctica religiosa. En general estos ataques se dirigen contra la fe cristiana por considerarla un soft target, un blanco blando. No se atreven abiertamente a atacar al Islam por miedo a las represalias, como la fatwah contra el autor de Los versos satánicos, y son más cautelosos con el budismo y el hinduismo porque no quieren ofender a los inmigrantes de Oriente. Pero, pensando que conocen el cristianismo, se atreven a ridiculizarlo y presentar versiones distorsionadas desde una perspectiva histórica muy negativa.
Entonces, ¿a dónde va el cristianismo? Hay varios posibles caminos, pero ninguno fácil si se lo compara con la hegemonía religiosa que reinó hasta el Iluminismo. Muchos ataques contra la fe cristiana se sostienen en una supuesta base científica; por lo tanto, el diálogo entre ciencias y fe constituirá una necesidad apremiante en el siglo XXI. Si bien sería difícil intentar una síntesis al estilo de Tomás de Aquino en
Como se advierte, el desafío del diálogo con el Islam apenas comienza y es éste otro imperativo del siglo si queremos alcanzar una buena convivencia y un respeto mutuo. Este diálogo requerirá mucha paciencia, pero es imprescindible para vencer prejuicios e ignorancia.
Muchos podrán decir que el crecimiento del fundamentalismo religioso es una característica de nuestros tiempos y una amenaza para la civilización, en su versión musulmana o cristiana. En realidad, el término parece aludir mejor a actitudes políticas conservadoras e imperialistas y no a la afirmación de los principios de una fe.
No creo que el futuro del cristianismo se encuentre en los movimientos que quieren volver a un tiempo supuestamente dorado, cuando los cristianos podían creer que el universo había sido creado en el año
Lo que sí parece cada día menos relevante para el futuro del cristianismo son las divisiones y diferencias entre los mismos cristianos. A cualquier observador desinteresado deben parecerle un lujo superfluo. Cuando la fe misma enfrenta sus más grandes desafíos desde la época del Imperio Romano, muchas iglesias siguen caminos separados e incluso a veces se repliegan pretendiendo que su camino es superior o más verdadero que el del otro. Los cristianos deberían mostrarse capaces de unirse detrás del único Cristo, cuyo nombre recibieron los discípulos para ser diferenciados de los demás judíos de Antioquía, según el libro de los Hechos de los Apóstoles. Las divisiones, sospechas y prejuicios entre los discípulos de Cristo no dejan de ser un escándalo, un estorbo y una flaqueza en las circunstancias actuales.
Juntos, los cristianos debemos reflexionar acerca de la mejor manera de transmitir la fe en un mundo que ha perdido la visión de la eternidad que necesita para completar lo que pasa en el tiempo y el espacio de la historia. Querría concluir con las palabras de John Polkinghorne, profesor de física y teología, en su libro El Dios de
Sentidos de un acontecimiento editorial
El lapso que va desde los inicios de la década del 80 del siglo XX hasta los primeros cinco años del XXI ha sido escenario de una suerte de concentración de ensayos que se asignaron la tarea de reflexionar en torno al futuro del cristianismo. Tal densidad permitió, al mismo tiempo, visibilizar propuestas anteriores que habían pasado inadvertidas. Sin pretensión alguna de ser exhaustivo se podrían citar cerca de doscientos títulos, incluyendo libros de autoría personal y colectiva, actas de congresos, números especiales de revistas y artículos del más amplio espectro de extensión y complejidad1. Este ingente corpus puede suscitar más de un interrogante y habilitar lecturas diversas. El presente artículo se concentra en el estudio de los títulos. En efecto, los textos que estamos considerando han ejercitado una primera operación interpretativa clave cuando afrontaron el riesgo de titular, de poner un nombre que diera cuenta apretadamente del talante de lo que se buscaba proponer. Esta constelación de estrategias nominativas será nuestro sendero de abordaje al campo semántico en torno al futuro del cristianismo delineado por este acontecimiento editorial. Nuestra propuesta consiste en reunir los trabajos en tres grandes grupos. En todos los casos se seguirá el mismo esquema. Comenzando por un elenco de los títulos que los conforman, se procede a dar cuenta de las peculiaridadades de cada abordaje y se cita un texto considerado característico de la visión.
El grupo ¿Adónde va?
Un conjunto importante de autores eligió abordar el futuro desde una modalidad interrogativa y optó por el registro de la orientación. Entre otros ejemplos encontramos: ¿Adónde va la religión? (Mardones); ¿Dónde va el cristianismo? y ¿Adónde va la teología en Europa? (Forte); ¿Adónde va
“Nuestra Iglesia actual está empobrecida, no material ni estructuralmente, sino espiritualmente. Empobrecida y perpleja. Aceptar honrada y humildemente esta situación puede suponer un paso importante hacia la curación… ¿Podremos verdaderamente reconocer con nobleza y elegancia, sin caer en una pasividad paralizante y sin insultar a nadie, que estamos convirtiéndonos en una minoría cultural?… Las formas habituales del testimonio eclesial, la liturgia y la diaconía, están obligadas a dar pasos totalmente nuevos. Por eso, quien piense o incluso decrete que se ha terminado la agitada «etapa experimental» postconciliar, se engaña de medio a medio. En mi opinión, la «fase caliente» de un encuentro verdaderamente creativo entre la fe cristiana y la cultura moderna está por empezar, siempre y cuando no queramos descalificar de entrada, tanto teológica como pastoralmente, nuestra cultura actual.2
La elección del ¿adónde va?, sin embargo, no es una peculiaridad de la teología. Un relevamiento de otras áreas de la producción intelectual da resultados similares. Interrogación y orientación se aplican a temáticas tan diversas como occidente, el estado, la educación, los partidos políticos, los sindicatos, el trabajo, las fuerzas armadas, etc. El abordaje del futuro del cristianismo se liga, así, a la cuestión general de orientarse en un momento epocal de tono transicional donde la simple repetición, resistencia o permanencia quedan cuestionadas como posicionamientos eje. Las consecuencias son numerosas: exigencia de revisar procesos históricos de larga data en orden a una lectura creativa de las tradiciones, revisitando épocas y experiencias no habituales. Necesidad de replantear la eficacia de importantes instrumentos de pensamiento desarrollados para otros momentos históricos y en otros entramados epocales.
El grupo fin
Este sector de la producción apela a la idea de fin haciéndola jugar sobre diversas escalas temporales y respecto de distintos procesos: Después de la cristiandad. Por un cristianismo no religioso (Vattimo); Catolicismo, el fin de un mundo (Hervieu-Léger); ¿Somos los últimos cristianos? (Tillard); Fin del cristianismo premoderno y ¿Somos los últimos cristianos… premodernos? (Torres Queiruga). El estallido del cristianismo y La ruptura instauradora (De Certeau). El futuro queda aquí vinculado a grandes cortes, a cesuras epocales. La mirada hacia el porvenir está en la línea del duelo, del terminar. Ir hacia delante es dejar atrás. Habrá que admitir que imporantes configuraciones históricas del cristianismo no tienen futuro: modalidades de orar, de vivir la comunión, de peregrinar la historia, de construir instituciones, de transmitir la fe.
La modalidad por la que estas grandes escalas terminan es irruptiva, traumática. Se trata de estallidos, colapsos, caídas, derrumbes. Evidentemente este timbre crepuscular contagia los amaneceres. Lo que se inicia es visto en clave de novedad inaugural, de comienzo inédito.
Un rasgo peculiar de este grupo es el sabor de inseguridad lúcida que el futuro del cristianismo parece requerir. No hay redes de contención, no hay posibilidad de esconder el abismo, no se puede detener artificialmente el desfondamiento. Hay que ir tan profundo como sea necesario, hay que desmontar con radicalidad no calculada. Se requiere una kénosis, un despojamiento que sea capaz de dejarse atraer por la contundencia del descenso de/a Jesús de Nazaret como única posibilidad de/a un ascenso, como clave de conexión con los brotes de vida de un tiempo en fermento.
También en este caso hay sensibles analogías analíticas con procesos de ámbito político, cultural y artístico. Una larga cadena de cosas que mueren, finalizan e implosionan, un amplio espectro de ultimidades pueden ser encontrado en estudios de las disciplinas más diversas.
Siguiendo esta matriz de pensamiento, el futuro del cristianismo parece jugarse en su capacidad regeneradora, (pos) exílica y resurreccional; dado que lo que viene no estará tanto en la lógica de la memoria de una herencia de lo ya vivido, cuanto en la potencia de conectar el acontecimiento fundante del cristianismo con la novedad de la configuración histórica que emerge. Valga un texto como ejemplo:
Las instituciones actuales producen más emigrados que semi-soldados; los que parten son más numerosos que los nostálgicos… Se produce un exilio. Monumentos en los cuales los titulados conservadores, al ocuparlos, piensan resguardar la verdad, son otras tantas instituciones que aparecen abandonadas por aquellos que, precisamente, se quieren fieles a una exigencia de conciencia, de justicia o de verdad. Lo que emigra… es la adhesión ya sea de los ciudadanos, de los afiliados de un partido o de los miembros de una Iglesia. El mismo espíritu que animaba las representaciones las abandona. No ha desaparecido. Está en otro sitio, partió al extranjero, lejos de las estructuras cuya partida ha convertido en espectáculos desolados o en liturgias de ausencia. Y si tantos personajes importantes toman un tono vengativo o lloroso para protestar ante el cielo contra un tiempo despojado de virtudes, no es que este espíritu ya no existe; es que ya no habita entre ellos. No es que falte. Les falta.3
El grupo mirando hacia el futuro
Los títulos agrupados aquí se caracterizan por una mirada crítica pero convencida y confiada respecto del futuro del cristianismo. La interrogación da paso a la afirmación y el horizonte, sin ser simple, es percibido como una posibilidad clara para la vida cristiana. Un grupo de estudios tematiza explícitamente el tema del porvenir: Creer en
El futuro del cristianismo aparece encarado como una dimensión constante de su propia dinámica. No es la primera vez que la pregunta por el porvenir se le presenta. La tensa relación con el mañana ha sido afrontada muchas veces en su dilatada trayectoria en una compleja amalgama de posiciones proféticas, apocalípticas, sapienciales, decadentistas e irruptivas. La vida y la tradición cristianas tienen recursos de crítica, relectura, resistencia y propuesta capaces de salir al encuentro de los desafíos y crisis que se le presentan. La insistencia se desplaza de la ruptura y el cuestionamiento hacia la continuidad crítica y la propuesta. Habrá que combinar vueltas con novedades, filones críticos y dialógicos, superaciones y reanudaciones. No será automático y habrá costos. Movimientos de conversión, compromiso e invención serán imprescindibles. Pero la exigencia de superar un cierto complejo de inferioridad parece marcar estos análisis. El cristianismo del futuro no puede estar siempre y sólo cuestionando sus crisis, sus debilidades y sus desimplantaciones. Su capacidad de novedad, belleza, seducción y propuesta deben ser también resaltados. Más aún, muchas perspectivas sobre el futuro del cristianismo de tinte pesimista parecen basarse exclusivamente en lo que sucede en Europa. Pero estas vicisitudes no pueden ser puestas como paradigma de su desarrollo internacional. En otras latitudes se verifican dinámicas muy diferentes. Un texto nos parece característico:
La fe cristiana vive un momento de grandísima importancia en el mundo occidental; sería un error ignorarlo o permanecer ligados a las ideas y a los hábitos heredados y que marcan la pauta de la vida eclesial desde hace unos treinta años. La particularidad del período que atravesamos reside en el hecho de que por primera vez en mucho tiempo podemos percibir con nitidez sea los límites de la estructura social moderna, con sus nuevas demandas de religión, sea las inmensas posibilidades que tiene el cristianismo de responder a estas necesidades y de recuperar su afligida autoestima, para sentirse una vez más en el centro, no en la periferia del mundo real, y para hacer más efectiva su oferta de salvación. De hecho son muchos los síntomas que hablan a favor de un renovado interés religioso o de cambio de actitudes en torno a la fe, de búsquedas de trascendencia frente al cansancio ante las promesas modernas incumplidas. La situación actual, aun siendo prometedora, no garantiza el éxito de las propuestas cristianas ni la automática expansión de
El acontecimiento editorial de concentración de ensayos sobre el futuro del cristianismo puede seguir destilando sentidos. Su existencia misma y las sugerencias de sus distintas vertientes pueden ser una sustanciosa oferta de diálogo para las buscadoras y los buscadores de un porvenir pensado desde las exigencias, posibilidades e instrumentos del tiempo cuyo mañana intentamos atisbar.
Notas
1. Siendo imposible ofrecer una lista completa, iremos mencionando algunos títulos en el desarrollo del trabajo. Para una primera aproximación se pueden ver: M. Kehl, ¿Adónde va
2. M. Kehl, ¿Adónde va
3. M. De Certau, Las revoluciones de lo creíble, en La cultura en plural, Nueva Visión, Buenos Aires, 2004.
4. L. Oviedo Torró, La fe cristiana ante los nuevos desafíos sociales: Tensiones y respuestas, Madrid 2002.
¿500 víctimas o mártires?
Pablo VI no alentó demasiado los procesos de los mártires españoles, esperando que desaparecieran los protagonistas de esos años. Algo similar ocurrió con el jesuita Miguel Agustín Pro, en México, acusado de acciones revolucionarias y fusilado en 1927 por orden del presidente Calles. Este político repitió toda su vida que no había dado la orden de fusilamiento contra un presbítero sino contra un revolucionario. No habría sido entonces el padre Pro un mártir de la fe sino una víctima más de la guerra de los Cristeros. Pero
Para la beatificación de los españoles se dejó transcurrir bastante tiempo. Pero si se hubiera esperado cien años, hasta 2036, ¿se hubiera evitado la reapertura de las heridas? Si se canonizara a Isabel la católica, causa promovida por el episcopado español, no serían suficientes los cinco siglos transcurridos para evitar la reapertura de viejas heridas. No se podría guardar silencio sobre las expulsiones de los musulmanes y de los judíos en 1492. Al beatificar a alguien,
Evolución en
No siempre ha estado vigente en
Hubo santos que perdieron su vida ayudando a los apestados, como san Luis Gonzaga, de sólo 23 años. Se los consideraba mártires de la caridad. Por otro lado, en el último medio siglo hubo muchos que perdieron su vida, en América latina, por ayudar a los más pobres y explotados. Sus verdugos eran tan católicos como ellos. El motivo entonces no parecía ser el odio a la fe. Se los llamó mártires de la justicia. Se los podría llamar también mártires de la esperanza, ya que encendieron en los marginados la esperanza de un mundo mejor sin emplear violencia, con la sola fuerza del amor. En el fondo, todos han sido mártires de la fe, de la esperanza y de la caridad. Podemos resaltar alguna de sus virtudes, según los casos, pero sabiendo que es más fuerte lo que vincula a todos los mártires que lo que los distingue según nuestros conceptos.
Al aproximarse el año 2000, Juan Pablo II pidió que en todos los países se hiciera una lista de los mártires del siglo XX. Y ofreció criterios interesantes para que alguien fuera considerado mártir. Ya no era necesario que el santo muriera inmediatamente a consecuencia de una acción violenta. Podía ocurrir eso unos años después, como los que murieron en las cárceles soviéticas a consecuencia de los malos tratos. Tampoco era necesario que la violencia fuera por acción. Podía ser también por omisión, como los privados de medicamentos necesarios en las cárceles, que murieron, médicamente hablando, por enfermedad. Y el tradicional odio a la fe no implica necesariamente la negación de algún dogma. Los que atentan contra la dignidad humana, alimentando el odio o el desprecio hacia determinadas personas, están realizando acciones contra la imagen de Dios.
¿Martirio o accidente?
Lo de España puede ayudarnos a comprender nuestros propios conflictos. En América latina hemos tenido varios casos dudosos respecto del martirio. En algunos,
Mi opinión es que
Algunos aconsejaron a Angelelli que se fuera un tiempo del país. Pero el pastor prefirió continuar con sus ovejas. Otros santos optaron por ocultarse o huir. Cada uno sigue su conciencia y lo que le susurra el Espíritu. Un dominico mexicano, entre los 500, intentó refugiarse en la propia embajada de México en Madrid, pero le cerraron las puertas por ser sacerdote. Estuvo entonces escondido con una familia, pero los cazaban de casa en casa. En Barcelona, detuvieron a un grupo de 46 hermanos maristas, dedicados a la enseñanza. La congregación y los amigos pagaron un fuerte rescate para que los dejaran viajar a Francia. Pero fueron masacrados todos juntos. Como vemos, el mártir no es un duro, un valentón, un kamikaze. Es una persona normal que siente miedo, como lo sintió Jesús en el Huerto de los Olivos. Es una persona sencilla que ama la vida, don de Dios, y la cuida para continuar sirviendo a los demás. Y en ese servicio fiel hunde sus raíces el testimonio final. Es emocionante la nota de un joven de 21 años escrita a su novia la noche antes de ser fusilado.
Los mártires universales
Aunque estos 500 beatos son mártires universales, no dejan de ser mártires de España. Podemos sugerir algunas interpretaciones, pero son los españoles mismos quienes deben realizar la mediación entre su pasado y su presente, entre la guerra civil de una España invertebrada, en categorías de Ortega y Gasset, y la actual España de
¿Es posible la reconciliación?
Las víctimas de la violencia, en su mayoría, son ajenas a los conflictos. Mueren con una terrible angustia que es signo de dolor, no de falta de esperanza. Desean que los responsables sean castigados por la justicia. Algunos sólo piensan en la venganza, englobando en una maldición común a todos los enemigos. Los mártires, en cambio, trascienden el límite del ser víctima. No vemos en ellos sentimientos de venganza, ya que no responden a un mal con otro mal. Ni siquiera con el bien de la justicia. Es frecuente oírles palabras de perdón hacia sus verdugos. No buscan profundizar las heridas sino sanarlas. Lloramos las muertes de las víctimas pero nos alegramos con el testimonio de los mártires.
El perdón supone una gran generosidad. Después de una guerra no se sale adelante sólo con justicia, sino también con un corazón generoso. Después de
Los mártires de España son propuestos por
Ecumenismo, un camino sin retorno
La oportunidad de conversar con el cardenal Walter Kasper, presidente del Pontificio Consejo para
-El diálogo ecuménico ha perdido dinamismo y hoy procede con mayor lentitud. ¿A qué atribuye esta situación?
- Como sucede en la vida, en la etapa de la juventud somos más dinámicos o entusiastas, y luego uno se vuelve más sobrio. Quizás en un primer momento pensábamos llegar a la unidad en breve tiempo; hoy somos más conscientes de las dificultades y de las diferencias que aún subsisten. Por otro lado, el escenario ecuménico ha cambiado mucho. En el campo protestante se constata una fragmentación: en algunos casos determinadas posiciones liberales en el plano ético, significaron una dificultad para nosotros. Otra diferencia la ha producido la presencia en el ámbito protestante de movimientos carismáticos, como los pentecostales. Además, después de la caída del Muro de Berlín, se modifica la relación de Europa occidental con la central y la oriental, donde es preponderante la pertenencia a las Iglesias ortodoxas, tan cercanas a la católica en lo doctrinal y ético. Tenemos que adaptarnos a esta nueva situación: el ecumenismo camina, pero en circunstancias diferentes. Tengo esperanzas porque el impulso ecuménico viene del Espíritu Santo, que no puede ser detenido.
-¿Qué tipo de interrogantes suscitan los grupos pentecostales?
-Mientras con las comunidades históricas hay dialogo directo, con los grupos más nuevos no. De todas formas, no se trata de hacer reproches o de calificarlos como sectas, sino de preguntarnos a nosotros mismos por qué los católicos se acercan a estos grupos: ¿qué nos está faltando, y qué buscan allí, qué tipo de renovación espiritual podemos suscitar? Quizás la vida en nuestras parroquias es algo estéril, poco atractiva y tenemos que cambiar. Un sacerdote de los alrededores de Buenos Aires me refería de una parroquia donde el sacerdote predica muy bien el Evangelio, se vive intensamente la liturgia, hay clima de acogida a los fieles
y estos no se alejan del tejido parroquial. Quizá esta situación ejemplifica un problema que es estructural: a menudo nuestras parroquias son demasiado extendidas y anónimas. Probablemente los pequeños grupos ayudan a que las personas se sientan más cómodas e integradas, como en familia. Es un desafío que debe promover nuestra autocrítica y generar una renovación. Creo que los grupos carismáticos en plena comunión con
-¿Hay problemas, entonces, más afectivos que doctrinales?
-Hay también cuestiones doctrinales. De todas maneras, el pentecostalismo es un fenómeno complejo, y no corresponde caer en generalizaciones. No podemos negar que también hay frutos positivos. Lo que emerge a menudo es una concepción del Espíritu Santo un poco imprecisa, separada de la cristología, sobre todo del misterio de la cruz. La vida no es perenne Pentecostés; la realidad pascual es un hecho, pero antes está la cruz. Ese sería uno de los problemas doctrinales que se suscitan. A menudo se señalan problemas en materia de sacramentos, con respecto a la jerarquía, o al ministerio… En la Biblia, el Espíritu Santo es siempre el Espíritu de Jesús. Y este es el criterio para el discernimiento espiritual entre verdaderos y falsos espíritus. Pero creo que siempre podemos encontrarnos para leer y meditar
-¿Cómo presentar el ecumenismo en el marco de creciente desinterés por el cristianismo, sobre todo en el ámbito juvenil?
-Se trata de una pregunta muy compleja. Es real el desinterés creciente, pero también se habla de un regreso de las religiones. Mucha gente, incluso jóvenes, es consciente del engaño de ciertas promesas mundanas, lo cual abre a una búsqueda más existencial (¿quiénes somos?, ¿hacia dónde vamos?, ¿qué sentido tiene el sufrimiento?) y marca un nuevo interés por la religión. Esto no significa que la gente vaya a nuestras iglesias los domingos, pero conforma un fenómeno que merece ser atendido.
A la hora de preguntarse sobre el ecumenismo y esta nueva situación, conviene recordar que el ecumenismo moderno comenzó en 1910, durante una conferencia de misioneros en Edimburgo, a partir de la constatación de que el mayor obstáculo para el anuncio misionero era la división de los cristianos, que para algunos constituye un verdadero escándalo. Una vez, en Sudáfrica, me llevaron a celebrar misa a una iglesia situada en la misma calle donde había varios templos cristianos. Yo me pregunté qué diría un no-cristiano viendo eso. El ecumenismo quiere contribuir a darle credibilidad al cristianismo. Es muy importante que los cristianos se enriquezcan mutuamente, crezcan en la fe y colaboren para dar testimonio de Jesucristo en este mundo. En este mundo globalizado, creo que el diálogo entre cristianos confirma que nadie puede permanecer aislado, cada uno está en relación con todos.
-¿Por qué se habla de espiritualidad ecuménica?
-Porque la unidad entre los cristianos no es algo que se puede organizar: es un don del Espíritu. El deseo de Jesús sobre la unidad, Que todos sean una sola cosa, no es un mandamiento, sino una oración. Hacer ecumenismo significa unirnos, participar de esa oración del Señor. Al mismo tiempo, no hay ecumenismo sin conversión, porque tenemos que superar prejuicios; todas las Iglesias hemos cometido muchos errores en el pasado: necesitamos hacer penitencia y santificar nuestra vida. Una iglesia no es atractiva tanto por su aspecto exterior, por sus templos, sino que lo que atrae es la vida espiritual. Lógicamente, esto se vincula también con reformas institucionales.
-Algunas dificultades que surgen en el ecumenismo tienen que ver, por ejemplo, con la figura del Papa, los sacramentos, o con el sacerdocio femenino. En la perspectiva del camino ecuménico, ¿
-Depende de qué se entiende por rever, porque hay realidades que no queremos abandonar, como el papado, que es también un gran don, un carisma de nuestra Iglesia, un signo de unidad que otros no tienen. Queremos compartir este don con los demás. El papado tiene su historia, y es muy posible que tengamos que revisar el modo de ejercerlo, pero no cambiar su sentido. Respecto de los demás puntos, siempre es posible rever las formas. Con los protestantes se da la compleja situación del episcopado y de la sucesión apostólica. La sucesión es un signo de la continuidad y de la unidad en sentido sincrónico y diacrónico; por eso es muy importante. Muchos protestantes consideran que en estos términos el episcopado es un don. En cuanto al sacerdocio femenino, la experiencia de los anglicanos al respecto no ha sido del todo positiva. Cuando introdujeron el sacerdocio femenino hubo divisiones, y algunos no lo han aceptado. Creo, sin embargo, que las mujeres tienen y tendrán una función y una misión en la Iglesia mucho más grande que en el pasado. Creo que el carisma de las mujeres será muy importante en el futuro, pero en mi opinión no se trata del carisma sacerdotal.
-Todo diálogo verdadero supone, o debería suponer, que uno está dispuesto a enriquecerse con el otro, a aceptar que no tiene toda la verdad, sino una parte ¿Cómo se entiende esto en el plano de la doctrina de la fe?
-
-¿El diálogo interreligioso apunta a presentar un mosaico de relaciones de respeto entre las religiones?
-En el ámbito del diálogo interreligioso sí podría hablarse de un mosaico, una red de mutuo aprecio y respeto. En todas las religiones están presentes las mismas cuestiones existenciales. De las religiones orientales, en particular, podemos aprender mucho sobre la meditación, sobre el silencio, el misterio de Dios. En
Reflexiones de un historiador
La concepción cristiana de la historia, heredera de la tradición judía, propone una experiencia humana delimitada por un inicio (el Génesis) y un fin (
Como toda institución religiosa,
Lo cierto es que según se ve en
Atención a nuestra debilidad y tibieza en el presente, porque señala una constante del discurso eclesiástico: los cristianos de antes eran más religiosos, heroicos y puros. En el presente ese fervor se ha perdido y habría que recuperarlo. Pero esa edad de oro cristiana, evocada por parte de todos los reformadores, es, como toda edad de oro, un mito, una idealización del pasado. Enfermedad de la memoria,
En 1768 monseñor Antonio de
Cada presente espantoso se transforma luego, visto retrospectivamente, en una edad dorada. Cuando estalló
Cuando estalló
Sin embargo, a partir de
Los seres humanos no sabemos cómo va a ser el futuro, pero puesto que está en germen en el presente, nuestro juicio sobre éste conlleva una perspectiva de cómo será el mañana. Y si todo tiempo pasado fue mejor, como quiere el poema de Manrique, es de temer que todo futuro haya de ser peor. Hoy los católicos se muestran preocupados por un porvenir en el que parece que van a imponerse el relativismo, el individualismo, el consumismo, el secularismo y muchos otras aberraciones que los documentos eclesiásticos deploran. ¿Llegará también un día en que esas calamidades serán recordadas con nostalgia?
Evangelio sólido para tiempos líquidos
En estos momentos de caída y cambio de paradigmas y modelos, cuando la humanidad acaba de entrar en un nuevo milenio, se advierte en la sociedad actual una concepción del ser humano que si lógicamente ya no es la teocéntrica medieval, tampoco sigue estrictamente el modelo antropológico de la modernidad, de corte predominantemente racional. El pensamiento post-moderno, en algunas de sus corrientes, trató de concebir al ser humano en cuanto ser relacional y abierto a una autonomía heterónoma, o sea: una autonomía regida por la alteridad, por el otro, el diferente de uno. Innumerables pensadores, relacionados o no a una religión, han trabajado la antropología en esta línea de la alteridad, de manera de configurar la concepción misma de lo humano y de todo cuanto a él respecta. Sin embargo, más recientemente, aún esa misma alteridad se vio afectada por profundas revoluciones que van a provocar hondo un impacto en la ciencia antropológica. O, dicho en otras palabras: en la manera de concebir al ser humano.
En estas líneas intentaremos reflejar el impacto que las nuevas tecnologías ejercen sobre la humanidad y sobre la concepción misma de ser humano. Al tiempo, intentaremos examinar cómo el cristianismo es convocado y desafiado por ese nuevo estado de situación, e introducido en preocupaciones nuevas cuando no ha concluido aún de resolver las anteriores. Examinaremos a la vez la nueva configuración del mapa de creencias religiosas actuales, en la esperanza de percibir cómo se sitúa el cristianismo en las tierras movedizas de estos tiempos post-modernos.
Reconfigurando lo humano y sus relaciones
El mundo vive constantes y profundas transformaciones, principalmente debidas a los avances tecnológicos que tienen lugar en nuestra época. Quizás el mayor impacto ocurrido en ese ámbito se encuentre en el surgimiento de las tecnologías digitales, especialmente las de la información1. Impacto este que no solamente afecta el modo en que las sociedades imaginan y representan sus experiencias tecnológicas, sino también la idea que el ser humano tuvo hasta ahora con respecto a su corporeidad y a su vocación de ser lenguaje. Esas nuevas tecnologías el celular, la computadora - inauguran un nuevo concepto de sociedad y, más aún, interpelan al ser humano en su convicción de ser el centro del universo y de la vida.
Todo esta situación interpela con profundidad al cristianismo histórico, fuertemente basado en el humano y considerando el misterio de
Las categorías que pensábamos adquiridas para pensar lo humano tales como, por ejemplo, el tiempo y el espacio se han disuelto de manera alarmante. En ese nuevo universo ya no podemos establecer las distancias entre el sujeto y las tecnologías que, continuamente, se modifican. Ello impacta hondamente no sólo en la concepción de lo humano, sino igualmente en las relaciones humanas. Éstas según actuales estudiosos de prestigio, como el sociólogo polaco Zygmunt Bauman se tornaron líquidas2. Y además de líquidas, desechables. El ser humano, sobre todo el que vive en las grandes metrópolis, ya no se relaciona más, sino que se conecta. Con un clic incluye o excluye a otros seres humanos de su entorno que adquirió las dimensiones de una pantalla de computadora y, a partir de allí, de todo el universo que se volvió plano3.
Frente a toda esta alucinante mutación por la que atraviesa el ser humano, que aún no resolvió los problemas de su humanidad y ya se aventura por transhumanidades y post-humanidades, cabe preguntarse si todo ese pasaje por la criba implacable de las nuevas tecnologías realmente nos hace más humanos. Zygmunt Bauman, con sus libros de títulos líquidos, nos demuestra que todo cuanto da sentido a la vida humana se licua y se nos escurre entre los dedos. Y todo lo que da consistencia y solidez a nuestra condición humana está quedando atrás, suplantado por una concepción de lo humano basada en la conectividad, donde las relaciones se reducen a sensaciones fugaces y volátiles y donde los valores, así como todo cuanto es sólido, se desvanece en el aire4.
El cristianismo, por lo tanto, si no quiere ser anacrónico y quedar aferrado a sus anteriores posiciones y seguridades, es invitado a considerar con mucha atención la seducción que lo post-humano podría significarle a su identidad, a su manera de situarse en este mundo tal como es y sobre todo a su acción misionera. Pues lo post-humano puede llevarnos a olvidar que somos seres humanos. Más aún: puede llevarnos a olvidar que hay muchas personas (¡tantas!) en este mundo de Dios que aún están luchando por conseguir el acceso no ya a los derechos humanos, sino primero a los derechos animales: tener un lugar para vivir, alimentar y engordar su cría, etc. Y aún así, en los casos en que no es tan grave, y no se tiene la vida amenazada por la injusticia, sigue siendo necesario prestar mucha atención a fin de no migrar hacia un estadio de post-humanidad que no parte de esa humanidad de carne y hueso en la cual Dios mismo habitó y habita.
Las nuevas tecnologías, además, posibilitan un mercado global, pensado para un nuevo sujeto: no ya el homo sapiens o el hom
Ese proceso socio-cultural, que introdujo profundos cambios en la antropología y la cultura, transformó también la creencia y la religión. Esto constituye también, y sin lugar a dudas, un poderoso desafío para el cristianismo en el siglo XXI.
Nuevos mapas de la creencia y de la práctica religiosa
El derrumbe de los paradigmas revolucionarios y de los modelos alternativos al capitalismo cumple, probablemente, un importante papel en el cuadro de reconfiguración de la religión y de lo sagrado. En la falta de alternativa global para la sociedad, en el vacío de utopías de esta transición de inicio de siglo y de milenio, la opción muchas veces es la de una búsqueda personal con referencias grupales y comunitarias, de corte más espiritual-ritualista que institucional. Las causas de este fenómeno son numerosas e implican diferentes análisis.
En medio de la crisis de los valores referenciales que ofrecían sustento a la existencia, cada persona cree poder construir de modo autónomo e individual su visión del mundo, sin importarle buscar convergencias con las visiones de otras personas o grupos, y sobre todo sin sentir la necesidad de protegerse bajo el techo de institución alguna. Asimismo, el deseo de contacto y experiencia más inmediata y afectiva con lo sagrado y con lo religioso lleva a buscar un grupo de referencia más flexible, sin jerarquías ni estructuras tan rígidamente organizada como las de las Iglesias históricas. Igualmente los pueblos que no pertenecen a los grandes países del Primer Mundo, en estado de tremenda carencia y vulnerabilidad, amenazados por la creciente miseria, penuria y desesperanza, se encuentran más expuestos a la manipulación de los centros de interés internacionales, que se interesan por la proliferación de manifestaciones religiosas alienantes.
Lo cierto es que la religión hoy se encuentra difusa, imprecisa5. Está cada vez menos vinculada a instituciones como las Iglesias cristianas u otras tradiciones consistentes. Se encuentra, por el contrario, a disposición de los individuos, como un bien necesario y utilizable para su propia auto-construcción como sujeto6. Las propuestas de instituciones tradicionales que se presentaban como portadoras de un sistema de valores configurador de la vida de los ciudadanos, hoy se desintegran en la fricción con los problemas particulares de las subjetividades humanas fragmentadas. Los grandes relatos y las grandes doctrinas (sistemas de ideas para explicar el mundo), que esas instituciones conllevan y transmiten, no encuentran más acogida en nuestros contemporáneos, quienes se guían por pequeñas experiencias y viven en un mundo quebrado.
En medio de ese mar plural y fragmentario se van construyendo nuevas síntesis basadas sobre todo en sensaciones diversas y sin conexión entre sí. El mismo deseo de contacto y experiencia más inmediata y directa con lo divino afectiva y no sólo institucional y burocrática lleva a buscar grupos de referencia más flexibles que las Iglesias tradicionales7.
Los intentos por comprender este fenómeno, cuya complejidad e imprecisión se vislumbran desde sus propios nombres, enumeran los factores explicativos: la crisis contemporánea de valores, el proceso de reencantamiento del mundo, la fragmentación del campo religioso, el debilitamiento de las iglesias tradicionales y la consecuente búsqueda de una nueva espiritualidad acorde a lógica de la sociedad post-industrial.
La convicción que queda después estas reflexiones es, sin embargo, que no resulta nada claro que la búsqueda casi feroz y anárquica desinstitucionalizada de nuestros contemporáneos en favor de experiencias místicas se corresponda a una real búsqueda por un encuentro en profundidad, por un disponerse a ser cuestionado por la alteridad del otro. La búsqueda por sensaciones más o menos religiosas o espirituales no necesariamente implica el deseo de abrirse a la experiencia de la alteridad, y puede no dejar brechas o espacios para que la alteridad y la diferencia del otro, epifanicamente, se manifiesten en toda su libertad y belleza, recreando la relación a cada paso.
Nos parece, por lo tanto, que el cristianismo hoy y muy concretamente: la mística y la teología cristianas- deben lidiar con el desafío de la cuestión por su identidad, muchas veces perdida y fragmentada en medio de un mar de experiencias religiosas diferentes que no necesariamente pasan por
El cristianismo desafiado, ¿es aún capaz de desafiar?
Las religiones monoteístas del tronco abrahamico (judaísmo, cristianismo, Islam), conocen en el encuentro humano con el Dios único el fundamento de la normatividad universal de su ethos. Entre ellas, el cristianismo afirma ser el encuentro con el Dios de Jesucristo la experiencia de un sentido radical del existir, una teonomía fundante de la libertad y la responsabilidad personales, un arraigamiento experiencial de la persona en el Incondicionado que le asegura, al mismo tiempo, la libertad y el límite. Un término griego designará el fundamento del cristianismo naciente: ágape, comúnmente traducido por amor. En el ágape neotestamentario se destacan la generosidad desinteresada y oblativa sin otro interés o posibilidad de goce y satisfacción que no sea su propio ejercicio y la disponibilidad para una salida de sí mismo en dirección al otro. La alteridad es el punto de partida de ese don de sí, que tiene su raíz en un Dios donante que es el propio don. Tal como expresa, con ofuscante claridad, la primera carta de Juan: El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor (1 Jn 4, 8).
Un primer elemento característico de ese amor es la universalidad, que en su ejercicio efectivo prohíbe cualquier acepción de personas. De este amor no puede estar excluido nadie, ni aún los enemigos y los criminales. Todos son llamados a encontrar la ciudadanía del arrepentimiento y de la reconciliación en el amor incondicionado y en el perdón sin reservas: el Crucificado Resucitado. Rezar por los enemigos, ofrecer la otra mejilla a los agresores, es la desconcertante propuesta que el Dios de Jesucristo hace a quienes se dejan seducir por su estilo de amar.
Un segundo elemento es la parcialidad. El Dios/ágape vino al mundo no para salvar justos sino pecadores, comprometiéndose en primera línea con el destino de los débiles, enfermos, pobres, marginados, excluidos. Experimentar en la carne la alteridad disminuida de los sufrientes es el misterioso proceso de sustitución que la fe y el paradigma crístico revelan en la potencia libertadora del amor/ágape.
El papa Benedicto XVI, al comienzo de su pontificado, apuntó hacia lo que resume todos los tremendos desafíos del cristianismo en el siglo XXI: vivir el amor hasta sus últimas consecuencias. Sólo el amor es digno de fe, y por lo tanto, sólo él puede seguir hablando el lenguaje de la salvación en medio de los nuevos paradigmas, las nuevas tecnologías y las nuevas formas de creer. La propuesta de un amor universal y muy concreto, encarnado y divino, en su solidez, es algo que el cristianismo no puede no privilegiar en tiempos de relaciones líquidas, vacíos de paradigmas y referencias.
Notas
1.Cf. A.M. Nicolaci (org.), Cabeças digitai. O cotidiano na era da informação, RJ/SP, Ed. PUC/Loyola, 2006.
2. Cf.: varias o
3. Cf. T. Friedman, The world is flat. A
4. Cf. M. Berman, Tudo que é sólido desmancha no ar, SP. Companhia das Letras, 2007.
5. Cf. J.B. Libanio, Fascínio do sagrado, en Vida Pastoral 41, n. 212 (maio-junho de 2000) pp 2-7; F. Do Couto Teixeira, O sagrado em novos itinerários, en Vida Pastoral 41, n. 212 (maio-junho de 2000) pp 17-22.
6. Cf reciente investigación del CERIS (Centro de Estadísticas e Investigações Sociais), organismo anexo de
7. Cf. D. Hervieu-Léger, Le pèlerin et le converti. La religion en mouvement, Paris, Flammarion, 1999.
En el umbral del tercer milenio
La situación histórica del cristianismo en los comienzos del tercer milenio se caracteriza por un marcado proceso de regionalización, relacionado con el fenómeno más general de la globalización. En la aldea global, que actualmente abarca todo el planeta conectado por la red informática y las diferentes formas de interdependencia económica y política, las comunidades cristianas se encuentran ante el desafío de cómo situarse de manera original y creativa en los diferentes contextos sociales, culturales y espirituales. Al tiempo de la renovación que para
La dialéctica entre regionalización y globalización es precisamente el fenómeno emergente característico de estas transformaciones. Si inculturar la fe exige una profunda recepción de los desafíos que plantean los contextos, y asumir (de manera positiva y crítica) los lenguajes (que expresan herencias culturales y sistemas de relación muy diferentes), ello plantea también la cuestión decisiva de cómo comunicar la fe misma (es decir, la posibilidad de preservar reales relaciones de unidad y de recíproca comprensión entre teologías y prácticas cristianas de diferentes contextos). Por otra parte, la misma globalización cuestiona los procesos de inculturación de la fe: ellos no pueden convertir en absoluto cada contexto porque impedirían el diálogo y el encuentro de las diversidades en una red comunicativa y en una unidad de fe mayor y más profunda. La presentación de la teología y de la praxis cristiana de fines de siglo (aquí solo evocada a través de claves interpretativas muy generales) lleva al análisis de los desafíos contextuales y de las formas de inculturación teológica e histórica de la fe, tomando en consideración:
1) el cristianismo occidental, europeo y norteamericano,
2) el latinoamericano, asiático y africano,
3) el de Oriente, tanto europeo (Iglesias ortodoxas) como asiático (las grandes religiones orientales).
Deberán luego identificarse los procesos que llevan de la regionalización a la no menos urgente unificación, exigencia que surge del compromiso de proponer el mensaje cristiano en la aldea global.
El norte del mundo: la crisis de la modernidad occidental y la fe como reserva de sentido
El camino de la modernidad occidental coincide con el proceso que va del triunfo de la razón omnicomprensiva y total, propia del Iluminismo y del idealismo, a la experiencia de la fragmentación y del sin-sentido, característica de la caída de los horizontes fuertes de la ideología en la posmodernidad. El siglo largo (el liberal y burgués XIX), que comenzó con
La crisis de la razón iluminada cede su lugar a la posmodernidad, que como reacción a las certezas anteriores se presenta como un proceso de abandono de la violencia totalizadora de la idea y de las presunciones de fundamento fuerte y de realización absoluta. Si para la ideología todo tenía sentido, para el pensamiento débil de la posmodernidad nada parece tenerlo: es tiempo de naufragio y de caída; la indiferencia sustituye a la pasión ideológica. Se perfila así el rostro extremo de la crisis epocal de un siglo que termina: el rostro de la décadence. Con amplitud de miras así la describe el teólogo evangélico Dietrich Bonhoeffer, muerto mártir por la barbarie ideológica del nacionalsocialismo en el campo de concentración de Flossenbürg en 1945: Al no haber nada duradero, se deteriora el fundamento de la vida histórica, la confianza en todas sus manifestaciones. Y dado que ya no se cree en la verdad, se la sustituye con sofismas de propaganda. Al faltar la confianza en la justicia, se declara justo aquello que conviene
Tal la situación de nuestro tiempo, que es un tiempo de verdadera decadencia. La decadencia lo priva al hombre de la pasión por la verdad, lo desnuda de esas motivaciones fuertes que parecía ofrecerle la ideología. Ella pretendía persuadirlo con un optimismo ingenuo y universal, que ni siquiera necesita considerar la fuerza del adversario porque cree vencerlo con su propio cálculo e interés: es el triunfo de la máscara en detrimento de la verdad, para el que trabajan a menudo los ocultos persuasores de la civilización multimedial tan propia de las últimas décadas. La cultura fuerte, expresión de la ideología, se ha dispersado en los múltiples arroyuelos de las culturas débiles, en esa multitud de soledades donde la desaparición de las grandes esperanzas encierra a cada uno en su limitado horizonte. Las razones de vivir y de vivir juntos son sustituidas por la reivindicación de lo inmediatamente útil y conveniente: los conflictos étnicos y el surgimiento de particularismos a menudo obtusos y vanos en este fin de siècle constituyen su prueba. Este sería hoy el panorama de Occidente y donde debería actuar el cristianismo.
Europa: hacia la concentración teológica
¿Cómo reacciona la conciencia cristiana frente a la realización del itinenario de la modernidad, que partiendo de la exaltación ideológica llega a los tiempos de la décadence? Ella, que cumplió un indudable papel en el proceso que lleva a la crisis de las ideologías, se encuentra frente a desafíos en gran medida imprevistos. Si en los años en que ejercían su fascinación los mundos ideológicos, fueron la teología de la esperanza (precisada en su significación más profunda a la luz del Dios crucificado, según aparece en las obras del evangélico Jürgen Moltmann) y la teología política (elaborada por el católico Johannes Baptist Metz) las que subrayaron la importancia escatológica de la fe cristiana frente a todo absolutismo mundano. Si la resistencia a los totalitarismos ideológicos fue una característica de las comunidades eclesiales, incluso a muy alto costo en los países del socialismo real, de todas maneras el acabarse de los dos bloques contrapuestos en Europa no produjo la integración esperada. Cuajar un consenso contra el adversario ideológico era más fácil que crearlo a favor de un horizonte común de sentido: por eso el gran desafío que parece interpelar hoy a la conciencia cristiana de Europa occidental es el de ofrecer horizontes unificadores ni ideológicos ni violentos capaces de suscitar el compromiso común para la construcción de una sociedad equitativa y solidaria para todos. Ello explica la emergente necesidad en la teología europea contemporánea de volver a propuestas sistemáticas, capaces de ofrecer una visión de conjunto de la vida y de la historia, en condición de crear una praxis comprometida que pueda vencer la indiferencia. Desde los contenidos, estas propuestas retoman los temas centrales de la fe y en particular la cuestión de Dios, la dimensión trinitaria del mensaje cristiano, su importancia para la interpretación escatológica y para la lectura teológica de la historia. Después de los años de la renovación eclesiológica, vinculados al Concilio Vaticano II, y el predominante interés cristológico de la década del
América del Norte: las teologías de la praxis
Mientras en Europa la teología parece reaccionar ante los procesos de fragmentación y decadencia con la audacia de una reformulación sistemática del pensamiento, en el occidente norteamericano las teologías de la praxis ocupan el primer plano. La crisis de la ideología en el viejo continente equivale aquí a un cierto ambiguo triunfalismo del modelo americano basado en la exasperación del individualismo de los derechos (rugged individualism) en detrimento de los más débiles, incapaces de hacer valer sus necesidades, a menudo elementales y prioritarias, como derechos sociales. Se comprende, entonces, que las urgencias de emancipación se manifiesten en este contexto como normativas para la reflexión creyente. Si la black theology (James Cone) defiende la toma de conciencia de la dignidad y del protagonismo de
El sur del mundo: el revés de la historia y la teología como conciencia crítica de la liberación
Si en el norte del mundo el cristianismo parecería estar llamado a ofrecer un horizonte de sentido que permita superar la crisis ética desatada después de la caída de los sistemas ideológicos de la modernidad, el contexto social y político del sur, sobre todo en África y Latinoamérica, desafía a los creyentes a tomar conciencia de la situación de explotación y opresión en la que vive la mayor parte de la humanidad y a comprometerse en la liberación y en la justicia. A fines de la década del 60 Gustavo Gutiérrez, padre de la teología de la liberación, afirmaba que desde hacía tiempo se hablaba en el mundo cristiano del problema social o de la cuestión social, pero sólo en los últimos años se había tomado clara conciencia de la gravedad de la miseria y, sobre todo, del estado de opresión y de alienación en que vive la mayor parte de la humanidad. Situación que constituye una ofensa al hombre y a Dios (Teología de la liberación). El mundo de las no-personas, es decir de quienes no gozan de los derechos que hacen a la dignidad humana, está regido por un sistema que permite que algunos países y clases sociales sean cada vez más ricas y poderosas mientras el resto sigue empobreciéndose. No basta en este caso inspirarse en ideas desarrollistas, porque todo sigue siendo manejado por los más fuertes y no mejoran las condiciones de explotación de los débiles. Se exige promover una toma de conciencia por parte de los oprimidos para que puedan ser sujetos y protagonistas de la propia historia. La denuncia que se desprende de este análisis fue asumida por
¿Qué se le pide a la fe cristiana frente a las enormes situaciones de injusticia en el Tercer Mundo? Fruto del grito de alarma de la teología de la liberación fue motivar en las comunidades cristianas la opción preferencial por los pobres y oprimidos. Frente a la historia entendida de manera iluminista como progreso, alcanzado al precio de los vencidos y de los explotados, aparece el reverso de la historia, la memoria borrada o ignorada de siglos de opresión, el doloroso presente de lucha y de débiles esperanzas para los marginados, su sueño de un futuro de liberación. El sujeto de esta otra historia no es el burgués de las ideologías occidentales de derecha o de izquierda, sino el conjunto de los oprimidos, la infinita suma de sus historias de sufrimiento. El pobre se torna sujeto de la propia historia cuando recupera la identidad de su memoria, lo cual le permite percibir la dignidad del dolor de los vencidos y aprender a leer el presente con ojos nuevos, advirtiendo la iniquidad de la dependencia donde antes sólo veía fatalidad o la secular culpa del atraso. En este contexto surgen preguntas decisivas: ¿Cómo hablar de un Dios de la vida a personas que sufren una muerte prematura e injusta? ¿Cómo reconocer el don gratuito de su amor y de su justicia desde el sufrimiento del inocente? ¿Con qué lenguaje decirle a quienes no son considerados personas que son hijos e hijas de Dios? (Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente, Gustavo Gutiérrez). Para los teólogos de la liberación el mundo de las no-personas exige el abandono de toda epistemología racionalista a favor de otra de mayor raíz bíblica, donde comprender implique amar y comprometerse. Esta des-privatización del mensaje cristiano debe comenzar por el teólogo mismo, llamado a integrarse vitalmente en la historia de su pueblo para actualizar la memoria peligrosa de la acción liberadora de Dios realizada en Jesucristo.
De esta manera, se perfilan tres momentos característicos del método de la teología de la liberación: la mediación socio-analítica que mira al mundo del oprimido, la mediación hermenéutica que atiende la revelación divina y trata de comprender ese proyecto en relación con el pobre, y la mediación práctica en función de transformar la realidad (C. Boff, Teologia e Prática. Teologia do Político e suas mediaçôes). Así, la teología se convierte en conciencia evangélicamente crítica de la praxis cristiana y eclesial, capaz de actuar en la transformación de lo real en lugar de sólo interpretarlo. De manera significativa en las últimas dos décadas, la teología de la liberación profundizó sus raíces en la tradición cristiana y en la experiencia espiritual que parte de la mística española del Siglo de oro (siglo XVI), que se encuentra con Dios dentro y no fuera de la historia, tal como lo atestiguan los grandes maestros Teresa de Ávila, Juan de
La teología de la liberación en América latina inspiró otros procesos de elaboración crítica de la fe: si en los Estados Unidos se expresó en la black theology y en las diferentes formas de teología feminista, en África y en Asia cobró impulso a partir de los diferentes modos de inculturar la fe. Para poner en evidencia el punto de partida común y la validez del método surgió en las últimas dos décadas
Los desafíos de Oriente: las Iglesias Ortodoxas y el diálogo con las grandes religiones
Oriente puede ser considerado la patria espiritual de los cristianos, ya que desde allí el mensaje se extendió al mundo greco-latino y luego a todo el universo. Pero si Europa oriental es el lugar natural de los cristianos orientales, y en particular ortodoxos, el oriente asiático representa la cuna y el ámbito de difusión de las grandes tradiciones religiosas con las cuales hoy debe dialogar el cristianismo. Un desafío múltiple y complejo, que debe articularse en tres grandes ámbitos: Oriente cristiano, judaísmo y otras grandes religiones.
En 1995 fue publicada la encíclica de Juan Pablo II Orientale lumen que da cuenta de la contribución que le debe todo el ecumene cristiano a las Iglesias de Oriente. Su aporte puede reconocerse en precisos elementos: el sentido profundo y el respeto por la tradición, entendida como transmisión viva de la gracia de la revelación en
La santa raíz: la relación entre Israel y
En el cercano Oriente, en
El desafío abierto implica abordar las relaciones históricas entre cristianos y judíos desde esta conciencia de unidad, en la diversidad y en la reciprocidad, a través de un diálogo de cordial amistad y cooperación que pueda ofrecer al mundo un testimonio común de la tradición bíblica judeo-cristiana. Un honesto y profundo reconocimiento de las faltas cometidas, provocadas o toleradas por los cristianos contra Israel en la historia es para todos nosotros condición de saludable renovación y crecimiento.
El desafío de las otras religiones: Islam, religiones de
Desde
Se vislumbra así la búsqueda de una interpretación de la relación entre el cristianismo y las demás religiones bajo la idea del inclusivismo: manteniendo la imprescindible mediación de Cristo, se considera con seriedad la posible salvación universal (G. DCosta). En este sentido hay varias tendencias interpretativas: para algunos el cristianismo realiza los valores de las demás religiones, en cuanto signos de espera (J. Daniélou, H. de Lubac, H.U. von Balthasar); para otros debe reconocerse una cierta sacramentalidad en las demás religiones (Y. Congar, E. Schillebeeckx); finalmente para otros es determinante la distinción entre historia general e historia especial de la salvación, según la cual las religiones tienen el valor de una mediación de trascendencia que sin embargo sólo alcanza su plenitud en el cristianismo (K. Rahner, H.R. Schlette). Fruto del déplacement que sufrió la teología cristiana a causa del diálogo con las grandes religiones mundiales, la reflexión teológica se presenta como un campo de investigación abierto y problemático, incluso por las consecuencias que comporta en la relación entre proclamación del mensaje y diálogo con mundos culturales y espirituales diversos.
Perspectivas de la globalización: itinerarios de la teología para el tercer milenio
Si los fenómenos de regionalización analizados inciden en la oikoumene (el universo mundo) cristiana de finales del siglo XX, no menor ha sido la influencia del llamado proceso de globalización. El cual tiene un marcado carácter económico-político, relacionado a los intereses de los grandes centros de poder que operan a nivel multinacional, al tiempo que presenta algunos decisivos perfiles socio-culturales que tienden a homologar los comportamientos, encauzando deseos y aspiraciones colectivas e individuales hacia formas de consumo. La transformación del planeta en una aldea global, acelerada por la experiencia de la realidad virtual del universo multimedial y telemático, incide en la esfera religiosa y espiritual. Fenómenos como
El primer camino corresponde a la exigencia de espiritualidad que surge del curso de estos tiempos: se necesita una teología más teológica, es decir de mayor relación con la vida espiritual. La modernidad había separado, cuando no contrapuesto, el momento racional y el momento experiencial de la vida, produciendo un divorcio entre reflexión y espiritualidad que dejó a la teología en un campo más bien árido e intelectualista y a la espiritualidad con tendencias sentimentalistas e intimistas. La pos-modernidad nos exige unir nuevamente estos dos ámbitos: la alternativa no ideológica de la fe reside en la posibilidad de experimentar una relación personal con
Un segundo camino corresponde a esa nostalgia de unidad que, de manera ambigua y compleja, aflora en la globalización. En particular en Europa, cuna de la división de los cristianos, la disgregación que sigue a la caída del muro de Berlín y el surgimiento violento de regionalismos y nacionalismos, exige que las Iglesias sean signo e instrumento de reconciliación entre los pueblos. En el plano teológico es significativa la reflexión ecuménica y el desafío a la catolicidad (entendida en su significado universalista y de plenitud y totalidad).
No sorprende entonces que en el ámbito ecuménico se le dedique particular atención al ministerio de unidad universal de
Por último, el testimonio evangélico de la caridad, bajo la forma actual de compromiso por la justicia, la paz y la preservación de lo creado, se presenta como el tercer gran campo de acción para el cristianismo hoy en todas sus confesiones. Los desafíos de la justicia social se encuentran intercomunicados con los de las relaciones internacionales de dependencia y con la cuestión ecológica. Este mapa surge con claridad cuando se consideran los procesos desde la óptica de la globalización, superando visiones regionalistas a veces demasiado estrechas. El cristianismo, religión universal difundida en los contextos históricos y culturales más diferentes, se presenta como un sujeto privilegiado a la hora de mantener despierta la conciencia crítica para defender la calidad de vida de todos y ser voz de quienes no la tienen frente a las lógicas exclusivistas y egoístas del poder económico y político en el plano mundial. Los creyentes no deben emplear otros medios que los de su testimonio, su vitalidad de fe y su operatividad evangélica. Sin embargo, ese patrimonio espiritual se expresa muy concretamente en la amplia red de voluntariado solidario que las Iglesias manifiestan con inagotable creatividad frente a las más diversas necesidades humanas. En particular, resulta significativo que
Ciertamente, los creyentes cristianos no pueden hacerse cargo por sí solos de tamaña empresa. El compromiso común con otras comunidades religiosas y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad es condición indispensable para la acción. Acaso hoy, sin embargo, sean precisamente los cristianos quienes se encuentren más preparados (al menos más que en su propio pasado y gracias al camino ecuménico) para vivir este servicio universal y local, a fin de que la buena nueva en la que creen llegue hasta los confines de
Traducción y edición: José María Poirier




