Revista Criterio
Abril 2008
Nº 2336 » Abril 2008

Un banquete de diez días

por de las Carreras de Kuntz, María Elena · Comentar 

No hay forma de empezar esta crónica del festival de Berlín –que escribo para Criterio desde hace más de veinte años– sin dejar de señalar el placer que genera participar de un banquete de buen cine durante diez días intensos. Me propongo resaltar aquí las películas incluidas en la categoría de muy buenas y excelentes: las que implicaron una pérdida de tiempo quedarán, pudorosamente, en el tintero.

 

La prueba de que los años acumulados en la tarea de disfrutar del séptimo arte no vienen solos, es que uno saborea especialmente la obra de cineastas que encandilaron en los años setenta –cuando esta cronista, joven estudiante en la UCA, empezó a ver cine– y que ahora navegan una sólida madurez. La Berlinale brindó la oportunidad de ver en qué están Martin Scorsese, Volker Schlöndorff, Andrzej Wajda y Yoji Yamada (un director japonés cuya obra conozco desde hace unos pocos años). Sus últimas realizaciones contrastan –más que nada en el uso del lenguaje cinematográfico y estructura narrativa– con la de nuevas generaciones de realizadores premiados en la sección en competencia de la Berlinale o ensalzados por la crítica en las secciones paralelas.

 

El festival abrió con el documental de Scorsese Shine a Light, que registra dos días de un concierto de los Rolling Stones en Nueva York. El grupo rock británico sigue despertando pasiones, con treinta años de aporrear guitarras, baterías y saltar por escenarios globales. Estos hippies viejos y amuchachados –los primeros planos son muy reveladores– dan la oportunidad a Scorsese de jugar con todos los chiches del arsenal cinematográfico. No sólo se divirtió él, sino también sus más de veinte camarógrafos –todos de renombre– que diseñaron una coreografía visual, complicada y ágil, para captar la dinámica del concierto. La escena final muestra espectacularmente las posibilidades viajeras de la cámara, con un plano secuencia de gran virtuosismo.

 

La toma empieza en el escenario, cuando los Rolling Stones se despiden del público; sigue ininterrumpidamente con la cámara sorteando las bambalinas y atravesando la puerta trasera del teatro hacia la calle. Allí se ve a Scorsese, entre nervioso y divertido

en medio de la multitud, gesticulando para que la cámara se eleve. Y, milagro de la técnica, ésta lo hace, remontando vuelo hasta el cielo de Manhattan. El espectador se queda boquiabierto… como siempre ocurre en las películas de Scorsese… Es un placer ver cómo firuletea con la cámara, el montaje, el manejo de actores y la puesta en escena: un director barroco por excelencia…

 

En las antípodas de la experiencia visual y sonora desorbitada de Scorsese se coloca Katyn, del polaco Andrzej Wajda, un filme elegíaco, sobrio, que aborda sin tapujos y con los colores de noticieros de época trágicas para la Polonia de la Segunda Guerra Mundial y su posguerra comunista: la matanza secreta por parte de los soviéticos de la mayoría de los oficiales del ejército polaco en 1940. Como lo hizo en filmes hoy clásicos sobre otros episodios de la historia de su país –Cenizas y diamantes y El hombre de mármol– Wajda entrelaza vidas individuales pero emblemáticas sobre un trasfondo épico que abre –principalmente para el público de su país– la conversación sobre épocas claves de la historia del siglo XX. La masacre de Katyn –negada por la dirigencia e historiografía oficial soviética, y endilgada a los nazis por la propaganda comunista– quedó brutalmente develada con la apertura de los archivos rusos luego

del colapso de la Unión Soviética en 1991.

 

La película muestra no sólo la suerte sangrienta de oficiales e intelectuales –la flor y nata de la intelligentsia polaca– sino también el ocultamiento y la tergiversación de la verdad histórica, y de qué manera vivieron las familias de los oficiales esta catástrofe. El desafío cinematográfico –e histórico– era cómo abordar la matanza, ya que cronológicamente tiene lugar en la mitad de la historia. Haberla puesto allí, sin embargo, hubiera desnortado la fuerza dramática del filme –después de tan horrendo clímax, qué más se puede decir. Wajda optó por trasladarla al final, creando una escena de horror donde deliberadamente se restringe la información a lo que los prisioneros sospechan que ocurrirá.

 

Al no haber una narración omnisciente, el espectador experimenta –vicariamente– lo que debió haber sido para esos miles de oficiales terminar con una bala en la nuca, arrojados en vastas fosas comunes. La última imagen es la de un joven aviador, semienterrado, con la mano que emerge apretando un rosario –una metáfora poderosa sobre la verdad que resiste ser ahogada y la profunda identidad católica de Polonia. El poder visceral de esta metáfora tiene su contrapartida en la escena inicial de Katyn: bajo de un cielo de plomo –donde se inscriben los créditos– emerge el caótico encuentro de dos grupos en un Puente cercano a la frontera ruso-polaca en septiembre de 1939: los que vienen del oeste huyen de la blitzkrieg alemana, los del este, del avance soviético; nadie está a salvo y no hay escapatoria.

 

La historia de Polonia queda elocuentemente resumida en esta secuencia; Aristóteles observaría aquí cómo la poesía es más verdadera que la historia. La película ya fue estrenada en Polonia, con enorme repercusión de público y controversia con sus vecinos del este. Wajda comentó en Berlín que realizó Katyn no sólo como homenaje a su padre –uno de los miles oficiales asesinados– sino para difundir la verdad histórica, desconocida por las nuevas generaciones. A los ochenta y dos años, el director está en plena forma. Y su manejo del cine –racional, inteligente, mesurado– lo coloca en el campo de los realizadores clásicos.

 

Otra película interesante en la sección oficial fue Kabei - Nuestra madre, del veterano Yoji Yamada, nacido en 1931. La Berlinale ya había mostrado su sensacional trilogía samurai, Twilight Samurai, The Hidden Blade, Love and Honor, realizada en los últimos años, sobre los dilemas morales de personas comunes en un Japón devenido cliché por obra del cine. En Kabei, basado en las memorias de la hija de un profesor universitario encarcelado por sus ideas y muerto en prisión, Yamada muestra cómo una familia común vive en Tokio antes y durante la Segunda Guerra.

 

Al igual que en la trilogía samurai, la historia enfatiza cariñosa y emotivamente los vínculos familiares y la capacidad de la gente para distinguir entre el bien del mal y, elegir, lo primero a pesar del costo personal –la cárcel a la traición de las ideas, la fidelidad al olvido, la individualidad a la uniformidad. Yamada cubre un territorio similar al de Clint Eastwood en la reciente Cartas desde Iwo Jima –el costado humano de un país cuya dirigencia ha puesto a sus ciudadanos en pie de guerra. Mientras que la versión norteamericana refleja el dilema de individuos en última instancia aislados, Kabei pone en evidencia los valores espirituales que sostienen a la comunidad familiar en tiempos de crisis. Este tipo de cine –sutil e inteligente– se entronca con el de Yazujiro Ozu, con quien Yamada trabajó al principio de su larga carrera en el estudio Shochiku.

 

El Oso de Oro de esta 58 edición de la Berlinale se lo llevó una película brasilera que encarna las tendencias artísticas y temáticas de un cine a caballo entre el entretenimiento y el examen de ideas: Tropa de elite, de José Padilha. Con una estética modernista, vibrante de color, música, violencia visual y sonora –hija directa del nuevo cine latinoamericano estilo Amores perros y Ciudad de Dios– la película ataca frontalmente una historia de policías corrompidos en Río de Janeiro.

 

La novedad está adoptar la perspectiva de los uniformados –que algunos verán como exculpatoria. Y el interés reside –en mi opinión– en pintar un cuadro socioeconómico de las condiciones que llevan a policías mal pagos a embarcarse en caminos sin retorno. Como Katyn en Polonia, Tropa de elite tocó un nervio vivo en Brasil cuando se estrenó el año pasado. La película circuló ampliamente antes de mostrarse en los cines, en copias pirateadas de DVD.

 

El premio del jurado ecuménico recayó en Il y a longtemps que je t’aime… (Hace mucho que te quiero), de Philippe Claudel, un escritor nacido en 1962. (No he podido averiguar si está emparentado con Paul Claudel). La película es una exploración delicada de los sentimientos entre dos hermanas, con mucha diferencia de edad y separadas durante los quince años que la mayor pasó en la cárcel. La menor la alberga física y espiritualmente cuando sale de la prisión, y la historia hilvana una serie de anécdotas que muestran la dificultad de reencauzar una vida y la posibilidad de redimirse cuando el corazón se abre a la gracia. Nada de esto está dicho, sino más bien sugerido. El largometraje –clásico en su factura– se coloca en la línea del cine que privilegia la psicología de los personajes sobre la pura acción. El Berlín en torno a la Berlinale siempre invita a la exploración turística. La reconstrucción de la ciudad sigue a ritmo sostenido.

 

La sorpresa esta vez fue descubrir que en la intersección de la avenida Unten der Linden y el río Spree, contiguo a la Isla de los Museos, un particular abrió un museo sobre la vida diaria en la difunta República Democrática Alemana. Las dificultades cotidianas –tan cómicamente caracterizadas hace unos años en Goodbye, Lenin!– se han convertido ahora en objeto de nostalgia. Cosas verás, Sancho

 

Nº 2336 » Abril 2008

Recursos naturales y desarrollo en la Argentina: ¿es posible?

por O'Connor, Ernesto · Comentar 

Petróleo: boom y crisis energética

 

Es un dato clave que el precio internacional del crudo, que llegó a 100 dólares el barril en febrero de 2008, ha crecido enormemente en los últimos años. Cabe recordar que, por ejemplo, en el año 2000 el precio del crudo se ubicaba en 14 dólares el barril. Debido al boom global, los países petroleros se han encontrado así ante rentas impensadas.

 

Pero la cuestión de fondo parece ser quién se queda con la renta petrolera. Tanto la Argentina como Bolivia se cuentan entre los pocos países de la región que privatizaron su empresa nacional de petróleo, a diferencia de otros que no las dejaron en manos privadas, como Chile (ENAP), Brasil (Petrobras), Uruguay (ANCAP), Perú (Petroperú) o Venezuela (PDVSA).

 

Mientras Bolivia recuperó recientemente sus recursos energéticos por la vía de la renacionalización forzosa, la Argentina ha comenzado un proceso acordado con Repsol para un progresivo aumento de la participación en la empresa YPF. El ingreso del grupo Petersen por el 14,9%, y con una opción hasta el 25%, es un paso que continuaría con una oferta pública de acciones de hasta el 20%, en la cual algunas de las provincias petroleras argentinas tendrían interés de participar hasta un 10%. De este modo, en poco tiempo el 45% de la empresa podría pertenecer a capitales nacionales.

 

Las provincias petroleras, por su parte, renegociarán la totalidad de las áreas en explotación en 2017, hecho que abre más espacio para capitales nacionales, solos o asociados con extranjeros. Además, desde hace cuatro años la nueva Ley de Hidrocarburos permite que las provincias liciten áreas marginales. De este modo, han surgido empresas privadas, preexistentes o nuevas que, en el ámbito de cada provincia petrolera, ganaron licitaciones de áreas. Por lo general, éstas fueron en su origen contratistas del Estado en obras públicas, o concesionarios de servicios municipales y, si bien pueden tener problemas de escala el alto precio del crudo les permite un crecimiento.

 

Con los nuevos precios ha cambiado el negocio del upstream (exploración y extracción): la recuperación secundaria y otras técnicas de extracción ven reducidos sus costos, y aumenta la producción de los yacimientos existentes. Asimismo, se abre un nuevo espacio para la exploración, a pesar de los límites del marco regulatorio y del sistema de precios.

 

La contrapartida es la crisis energética, que tiene sus correlatos visibles en el racionamiento y faltante de combustible, los precios “libres” en el interior del país –sobre todo del gas oil– y los cortes de energía eléctrica a residenciales e industrias,

sobre una matriz energética muy dependiente del gas En 2007, la producción de crudo cayó un 2,8% anual, llegando a 34 millones de m3, lejos de 49 millones de m3 de 1998. En tanto, la producción de gas natural cayó un 1,6% anual, 10,2% debajo del máximo de 2004. La raíz del problema se encuentra en los cambios en el marco regulatorio desde 2002, fundamentalmente por el sistema de precios internos controlados.

 

Los precios de los combustibles han quedado sensiblemente relegados en términos regionales: las naftas valen hasta un 50% menos que en los demás países del Mercosur. A esto se suman las elevadas retenciones a la exportación del orden del 60%. El impacto sobre las refinerías es evidente, con rentabilidad en descenso, mayor concentración de estaciones de servicio, y estaciones de bandera blanca en desaparición. El objetivo de mantener naftas baratas y limitar la inflación tiene sus costos, pues los subsidios para asegurar la importación de fuel oil, gas y energía

no dejan de incrementarse.

 

Bajo esta realidad, las perspectivas de la oferta de petróleo en el corto y mediano plazo en nuestro país son inciertas. La exploración mejoraría de la mano de nuevos contratos, un mejor marco regulatorio, precios de mercado y confirmación de áreas, hechos que por ahora no parecen estar por ocurrir.

 

Pero la cuestión en sí misma no implica necesariamente un aporte al desarrollo económico, en la medida en que no queda claro qué factores externos están generando la elevada cuasi renta del sector, y cómo se redistribuyen estas ganancias en la comunidad. Por un lado, grupos empresarios nacionales se quedan con parte de la renta del upstream, y por el otro el Estado, vía retenciones, con una sustancial renta por exportaciones de crudo y combustibles; renta que, a su vez, no tiene asignación presupuestaria específica a programas de desarrollo.

 

Efectos del proceso de “sojización”

 

El recurso natural por excelencia en el actual proceso de crecimiento argentino es la soja. En la actual campaña 2007/08, la superficie sembrada alcanzó el nuevo récord de 16,9 millones de hectáreas, es decir que la mitad de la superficie cultivada del país se encuentra dominada por este cultivo. El fuerte proceso de “sojización” comenzó, de algún modo, en 2002, con el inicio de una fuerte suba de los precios internacionales impulsados por la demanda china. En 2001, luego del boom de los ’90 postsiembra directa, la superficie sembrada era de 11,6 millones de hectáreas.

 

Pero la “sojización” avanza y posterga a otras producciones pampeanas y regionales, como carnes, lácteos y demás cultivos. Los altos y crecientes precios internacionales, la resistencia de la soja a la falta de agua, y el hecho de no tratarse de un biensalario (no integra la canasta de consumo local, y se exporta en un 95%, con lo cual no tiene impacto en los precios internos), se conjugan para su avance. Los mayores ganadores son los grandes pools de siembra, el oligopolio de exportadores, y, sobre todo, el Estado nacional:las retenciones a la exportación de soja, aceites y derivados aportaron fondos por 20.449,7 millones en 2007, el 70% del superávit primario.

 

Pero la tendencia hacia el monocultivo no es neutral en materia de costos sociales:

la soja genera poco empleo, expulsa poblaciones rurales hacia los márgenes de los centros urbanos regionales y capitales de provincias, y provoca el cierre de tambos y actividades ganaderas –sumada a la política sectorial oficial de control de precios– con expulsión de mano de obra intensiva. En suma, se trata de un cultivo

con características de enclave productivo, que no genera una cadena de valor amplia, con una industrialización muy acotada en términos de empleo y tecnología (aunconsiderando el biodiesel), y que desplaza a otras producciones con cadenas de valor más extendidas.

 

En los casos de Brasil y Uruguay, por ejemplo, la soja también haavanzado, pero estos países no han descuidado, sino todo lo contrario, la oferta de otros productos agroindustriales y la penetración en nuevos mercados globales. Otra cuestión preocupante es el impacto ecológico de un monocultivo como la soja, por la falta de rotación de la tierra y el desgaste de la fertilidad a mediano plazo. La deforestación, por ejemplo, en el Matto Grosso y en el norte argentino, está lejos de ser inofensiva para el biosistema.

 

El rol de los recursos naturales, su contribución a la economía, y su preservación, figura entre las preocupaciones de los obispos latinoamericanos en el Documento de Aparecida: “Nuestra región tiene necesidad de progresar en su desarrollo agroindustrial para valorizar la riqueza de sus tierras y sus capacidades humanas al servicio del bien común, pero no podemos dejar de mencionar los problemas que causa una industrialización salvaje y descontrolada de nuestras ciudades y del campo, que va contaminando el ambiente con toda clase de desechos orgánicos y químicos.

 

Lo mismo hay que alertar respecto a las industrias extractivas de recursos, que, cuando no proceden a controlar y contrarrestar sus efectos dañinos sobre el ambiente circundante, producen la eliminación de bosques, la contaminación del agua, y convierten las zonas explotadas en inmensos desiertos” (473).

 

Desde esta perspectiva, la contribución directa de la soja al desarrollo económico y social parece limitada, si bien podría realizar un importante aporte indirecto si los fondos fiscales de las retenciones tuvieran una asignación específica hacia fondos tecnológicos, el fortalecimiento de otras cadenas de valor y la capacitación y generación de empleo rural-productivo sostenible; todo con una adecuada planificación del desarrollo.

 

Recursos naturales, desarrollo y estrategias

 

Los recursos naturales ¿son un camino Los recursos naturales ¿son un camino válido hacia el desarrollo o –como afirma el economista norteamericano Jeffrey Sachs– una especie de “maldición”, que impide el desarrollo a aquellos países con abundante materia prima y escasa diversidad productiva?

 

¿Es el petróleo un camino hacia el desarrollo? En los países “petroleros”, como los de la OPEP, éste suele operar como un factor superabundante en su economía, pero ninguno de ellos ha visto crecer su ingreso per capita en forma relevante en las últimas décadas, como tampoco ha logrado erradicarse la alta inequidad. Arabia Saudita se destaca con apenas 8.044 dólares, Bahrein con 6.117, y los casos de Irak y Venezuela registran caídas de este indicador entre 1970 y la actualidad.

 

Una reflexión similar cabría para la soja, si llegara a transformarse en un monocultivo: los riesgos de concentrar las ganancias y no poder favorecer su derrame con políticas públicas adecuadas son enormes. La abundancia de recursos naturales estaría llevando a dos tipos de estrategias en la región.

 

La primera, focalizada en la redistribución y en el mercado interno, con fuertes subsidios al sector privado, tanto a empresas como a familias, con y sin necesidades económicas, como por ejemplo, tarifas de servicios públicos congeladas y subsidiadas para segmentos del primer decil (los más ricos). Esto es lo que actualmente parece ocurrir en Argentina y Venezuela, y no necesariamente incluye un programa de desarrollo en áreas clave como la educativa, la tecnológica, o la consolidación del capital social.

 

La otra estrategia, en países como Chile, Brasil y Uruguay, estaría fortaleciendo las cadenas de valor de clusters competitivos, y de orientación exportadora, a partir de las rentas de los recursos naturales, en la interpretación del clásico de Joseph Ramos, y en un modelo más orientado a la industrialización y a las exportaciones, que implica un esfuerzo cultural y temporal para alcanzar los objetivos y que incluye mayores progresos en materia tecnológica y educativa.

 

Es claro que sólo con los recursos naturales no es suficiente, y menos si éstos son del tipo de enclave productivo. Pero si generan financiamiento para áreas clave del desarrollo, como el conocimiento, la innovación, o la consolidación de clusters, parecen ser muy útiles. En gran medida, la asignación de la renta pública originada en estos recursos depende de las preferencias de la población.

 

Esto determina procesos circulares en el subdesarrollo, o bien procesos de desarrollo económico y social, que conllevan un ideal de iniciativa, incentivos, empresarialidad, e innovación, en la perspectiva, por ejemplo, de William Easterly. En suma, los recursos naturales no parecen ser una maldición, pero los efectos de su abundancia dependerían de las opciones de cada país.

 


Referencias

Easterly, William (2002) En busca del crecimiento. Andanzas y tribulaciones de los economistas del desarrollo. Ed. Antoni Bosch. Barcelona.

 

Ramos, Joseph (1999), “Una Estrategia de Desarrollo a partir de los Complejos Productivos (clusters) en torno a los Recursos Naturales ¿Una Estrategia Prometedora?” Agosto, CEPAL.

 

Sachs, Jeffrey (2005), The End of Poverty: Economic Possibilities for Our Time, The Penguin Press, New York. UNDP (2007), Human Development Report 2007/08, Oxford University Press.

Nº 2336 » Abril 2008

Política exterior argentina 1973-2008: debates teóricos

por Corigliano, Francisco · Comentar 

Las últimas cuatro décadas se han iniciado con importantes cambios en los escenarios internacional, regional e interno. Cada una de ellas, a su vez, ofrecieron desafíos y oportunidades para el debate académico y la formulación y ejecución de medidas de política exterior. Respecto de la vinculación –directa y/o indirecta– entre estos elementos, me propongo formular seis comentarios:

 

1. La traducción teórica de la situación internacional, regional y doméstica a recetas de política exterior argentina para dar cuenta de los nuevos datos de la realidad nunca fue –ni puede ser– literal. A inicios de la década de 1970, el canciller del gobierno peronista de Héctor José Cámpora, Juan Carlos Puig, y los funcionarios de su equipo, percibieron que los datos de la realidad global, regional e interna permitían un mayor espacio de maniobra doméstico y externo para el país.

 

Pero la participación de la CIA en el golpe que derrocó al régimen socialista de Salvador Allende en Chile en septiembre de 1973, más el visto bueno –aunque no la intervención directa– de la Casa Blanca y la Embajada norteamericana en Buenos Aires al régimen militar que derrocó al gobierno constitucional de Isabel Perón en marzo de 1976 demostraron que la detente entre Washington y Moscú era factible para los países de Europa Occidental, pero no para los del continente sudamericano.

 

En este rincón del mundo, en tanto, la Guerra Fría seguía vigente. A su vez, en los comienzos de la década de 1980, otro gobierno democrático argentino, el del presidente Raúl Alfonsín, leyó adecuadamente en algunos casos, aunque no en otros, el rotundo apoyo de la comunidad internacional al cambio de régimen iniciado en diciembre de 1983. Por cierto, el soft power vinculado a la recuperación del Estado de derecho fue un factor que permitió el arranque del proceso de integración política y económica con Brasil en 1986 y con Uruguay en 1988.

 

También abrió el sendero para la firma de acuerdos de cooperación económica con Italia en 1987 y con España en 1988, los cuales incluyeron una cláusula democrática que ataba la continuidad de estos compromisos a la persistencia institucional.

 

Sin embargo, la recuperación democrática como herramienta de soft power también tenía límites: no garantizaba per se la resolución del problema de la deuda externa o el ingreso mágico de inversiones extranjeras directas a un país históricamente caracterizado por la inestabilidad económica y la falta de transparencia jurídica a los capitales domésticos y del exterior.

 

A su vez, a inicios de la década de 1990, la administración peronista de Carlos Menem percibió los cambios operados en el nivel internacional, regional y doméstico como una “ventana de oportunidad” para adoptar la receta teórica del realismo periférico con la que Carlos Escudé criticó los capítulos de la agenda de la política exterior alfonsinista vinculados a la política de desarme y no proliferación nuclear y al diferendo angloargentino por la soberanía de las islas Malvinas. Pero las medidas de política interna y externa adoptadas entre 1989 y 1999 no siempre encajaron con las propuestas de quien fuera asesor del canciller Guido Di Tella entre los años 1991 y 1992.

 

Finalmente, el primer año del siglo XXI se abrió con dos acontecimientos de enorme impacto en la política interna y exterior argentina. Uno de ellos estuvo ligado a los efectos colaterales de los atentados terroristas del 11 de septiembre, que colocaron la lucha contra el terrorismo internacional y sus manifestaciones diversas al tope de las prioridades de agenda interna y externa de los Estados Unidos.

 

El otro se vinculó al default de la deuda externa argentina en diciembre de ese mismo año, cuya irresponsable celebración por parte de autoridades gubernamentales y legisladores locales provocó una inusual dureza en los funcionarios de la Casa Blanca y del Fondo Monetario Internacional, quienes no dudaron en convertir al mejor alumno de los ‘90 en un caso ejemplar de irresponsabilidad financiera que debía ser castigado.

 

Frente a esta nueva realidad, el modelo de “relaciones especiales” –económicas y estratégicas– con los Estados Unidos y países desarrollados de Occidente, vigente hasta el estallido de la guerra de Irak en 2003, fue reemplazado por un paradigma de vinculaciones externas que limitó la cooperación con los Estados Unidos a los capítulos más sensibles de la agenda –terrorismo y narcotráfico–; privilegió los vínculos con el Brasil de Lula y la Venezuela de Chávez; y reemplazó el tradicional mecanismo de financiar deuda con más deuda –sobreendeudamiento– por el “vivir con lo nuestro”, una especie de slogan estimulado por el incremento de la demanda externa de commodities argentinas y de los precios vinculados a ellas –particularmente la de soja por parte del mercado chino–.

 

Estos cambios fueron contrapesados por la existencia de cuestiones pendientes en la agenda externa, molestas expresiones de la estructural persistencia de un patrón cultural antilegalista y antiinstitucionalista en la sociedad y la dirigencia política argentina.

 

Ejemplos de ella son, entre otros, el no esclarecimiento de responsabilidades locales en los atentados terroristas a la Embajada de Israel de 1992 y de la AMIA en 1994, a pesar de los esfuerzos retóricos del gobierno de Kirchner por diferenciarse de sus antecesores en este tema; y los ejemplos de corrupción que salpicaron los últimos meses de dicha gestión presidencial (Skanska, los dólares “olvidados” en el baño del Ministerio de Economía por la ex ministra Felisa Miceli, la valija con los petrodólares procedente de Venezuela).

 

2. La traducción de los debates teóricos gestados en el mundo académico –local o externo– a lineamientos y medidas de política nunca es literal. Como suele decirse, la política es el arte de lo posible. Y las reglas de juego de este arte incluyen la necesidad de tomar nota de las contradictorias presiones provenientes de los frentes doméstico y externo y responder a ellas tomando decisiones políticas.

 

Tomar nota y responder a estas presiones incluye la confección de ajustes y modificaciones a las formulaciones teóricas previas, o bien su directo descarte. El ambicioso proyecto de política exterior de Puig –que no sólo incluía la “apertura al mundo” a fin de minimizar el tradicional peso de los ejes de vinculación conformados por los Estados Unidos y países de Europa Occidental, sino también la voluntad de reformar el Servicio Exterior privilegiando el mérito por sobre las amistades políticas– chocó contra los intereses de otros grupos dentro del peronismo que contaron con el aval implícito y explícito del máximo jefe de este movimiento.

 

A partir de julio de 1973 y hasta marzo de 1976, el progresivo “giro conservador” del peronismo en política interna y exterior convirtió al proyecto de Puig en una quimera. Por su parte, el académico e investigador Carlos Escudé no pudo ocultar su satisfacción al notar que los inicios de la política exterior del gobierno de Menem sintonizaban con sus supuestos teóricos.

 

Pero la trayectoria de la política interna y exterior de los dos mandatos del político riojano incluyeron decisiones que no sólo no encajaron con el encuadre teórico de Escudé, sino que hasta lo contradijeron: por ejemplo, los casos de corrupción que afectaron empresas e inversiones extranjeras, ejemplos “micro” que socavaron los esfuerzos “macro”; o la impunidad vinculada a los atentados terroristas a la embajada de Israel en Argentina en 1992 y, en 1994, a la AMIA.

 

3. No obstante lo dicho en el apartado anterior, las medidas que los tomadores de decisiones de política (interna y/o exterior) adoptan para responder a las presiones y oportunidades ofrecidas por los frentes interno e internacional no se formulan y ejecutan en el vacío: responden a un sistema de creencias, ligado a una visión teórica

explícita o implícita. Sin esa herramienta teórico-conceptual, quien debe decidir se sentiría completamente paralizado ante la compleja realidad. Pero esta herramienta,

a su vez, reduce necesariamente esa realidad que pretende analizar y diagnosticar. Como sostiene Stephen Walt en su artículo “International Relations: One World, Many Theories”, (Foreign Policy, Spring 1998, p. 29), aún los policymakers –quienes, en aras del pragmatismo, desdeñan la teoría– actúan de acuerdo a ideas (a menudo implícitas) acerca del funcionamiento del mundo.

 

El concepto de “autonomía heterodoxa” fue el punto de partida de Puig para elaborar una política exterior que no pudo prosperar por la brevedad de la gestión de Cámpora y por los ataques de las demás facciones del peronismo al entorno camporista. Por su parte, algunos elementos del idealismo en relaciones internacionales muy presentes en la tradición partidaria del radicalismo –tales como la promoción democrática como herramienta de prestigio y de soft power– marcaron tanto posibilidades como limitaciones del gobierno de Alfonsín.

 

A su vez, el realismo periférico de Escudé fue un punto de partida para la política económica interna y la política exterior de los dos gobiernos de Menem, aunque muchas de las decisiones adoptadas en ambos campos fuesen incongruentes con esta receta teórica. Y los gobiernos peronistas posteriores a la crisis de diciembre de 2001 han adoptado decisiones de política interna y exterior que combinan elementos del paradigma teórico de Puig con el compromiso en defensa de los Derechos Humanos, rasgo que había caracterizado a la gestión alfonsinista.

 

4. Como sostiene Francisco Javier Peñas Esteban en “¿Es posible una teoría de Relaciones Internacionales?” (Buenos Aires, Centro Argentino de Estudios Internacionales, Working Paper Nº 32, septiembre de 2007), la dependencia de las visiones, discursos y teorías (sobre las relaciones internacionales y/o sobre la política exterior) y los cambios históricos es bidireccional: “las visiones, discursos y teorías tienen que reaccionar ante los cambios históricos, sean éstos de larga duración o eventuales, y formular o reformular los parámetros de su comprensión del mundo. Pero, por otro lado, visiones, discursos y teorías crean realidad y, por tanto, son factores activos en estos cambios históricos”.

 

Así, Puig partió de la “realidad construida” de que la Argentina tenía en los años 70 mayor margen de maniobra interno y externo que en las décadas anteriores: el “efecto dominó” de golpes militares del segundo lustro de ese decenio con la venia de Washington demostró que esta visión era excesivamente optimista. A principios de los ’80, el rechazo del gobierno socialista español de Felipe González a convertirse en un “abogado” de la Argentina en la cuestión de la deuda externa hizo naufragar las expectativas de Alfonsín y de su Canciller Dante Caputo, y mostró las limitaciones de la recuperación democrática como herramienta de soft power funcional a una política de prestigio.

 

Y los numerosos casos irresueltos de la agenda con los Estados Unidos y países desarrollados de Occidente en la década de 1990 fueron una demostración de la necesidad de apuntalar la buena voluntad política a nivel “macro” con eficaces medidas de política interna y exterior a nivel “micro”.

 

Como advierte el propio Escudé en su libro Realismo periférico: fundamentos para la nueva política exterior argentina (Buenos Aires, Planeta, 1992: 289), el aporte de una política exterior –o de un cambio en el patrón de los vínculos con Washington– se limita al necesario apuntalamiento de un desarrollo socio-económico que sólo puede provenir de adentro.

 

5. Como recuerda Peñas Esteban, “si bien el príncipe, el tomador de decisiones de política (interna o exterior) necesita de asesores áulicos, de consejeros, de teóricos, la interrelación entre el príncipe y sus consejeros y académicos será tanto más intensa cuanta más responsabilidad –poder– tenga el decisor”. En el caso particular de la Argentina y del período que abarca este trabajo –las décadas de 1980 a 2000–, el nexo entre los consejeros procedentes del ámbito académico y el príncipe no aparece tan intensa y directamente definido como en el de los Estados Unidos.

 

6. Dado el excepcionalismo cultural presente en la clase política y en amplios sectores de la sociedad argentina, según el cual este país merecería un destino mejor que el que realmente tuvo o tiene, el problema de la autonomía en política exterior –entendida como sinónimo de libertad de maniobra o de política exterior independiente, o lo menos dependiente posible de los Estados Unidos– ocupó y ocupa un lugar protagónico en los debates académicos y en las decisiones referidas a la política exterior argentina. En el ámbito académico, se discute la definición de Puig de autonomía entendida como libertad de acción.

 

Para Escudé, la autonomía es el uso prudente del ilimitado margen potencial del que se dispone. Russell y Tokatlian, por su parte, hablan de autonomía relacional entendida como “capacidad y disposición de un país para tomar decisiones por voluntad propia con otros y para hacer frente en forma conjunta a situaciones y procesos que se dan dentro y fuera de sus fronteras”, y “no está referida exclusivamente a la política exterior de los Estados –tal como lo hicieron realistas y utilitaristas de la periferia–” sino que debe concebirse y practicarse desde una perspectiva de política mundial, que incluye a los actores no estatales.

 

No obstante estos interesantes aportes del mundo académico, las decisiones de política exterior del gobierno de Néstor Kirchner han estado más cerca de la concepción de la autonomía en términos de Puig que de la autonomía relacional o de la vigente en el realismo periférico. Y la asunción de la presidencia de Cristina de Kirchner parece, al menos hasta el momento, no quebrar esta tendencia.

 

Nº 2336 » Abril 2008

Dimitri Medvedev, el futuro presidente de Rusia

por Zubelzú, Graciela · Comentar 

Desde noviembre pasado el Kremlin exhibió, una tras otra, importantes definiciones políticas: la candidatura de Putin encabezando la lista de diputados para la Duma (partido oficialista Rusia Unida) y la designación de Dimitri Medvedev como candidato presidencial, entre las más significativas.

                                                   

Cada una de estas decisiones estuvo rodeada de un sinnúmero de análisis y no pocas especulaciones en torno de un interrogante clave: el futuro rol de Vladimir Putin. El Presidente cumplió con su palabra de no impulsar la reforma de la Constitución “para adecuarla a necesidades políticas circunstanciales”, según sus palabras. Esto es, cambiarla para incluir la posibilidad de un tercer mandato presidencial consecutivo a partir de su sólida popularidad, que oscila entre el 60 y el 70%.

 

Este respaldo quedó plasmado en el apoyo electoral que el partido Rusia Unida obtuvo en las elecciones legislativas de diciembre de 2007, al obtener el 64% de los votos y 315 bancas sobre un total de 450 en los próximos cuatro años, lo que debería garantizar un sólido respaldo al mandatario electo el 2 de marzo con el 70,28% de los votos.

 

Un par de semanas antes del vencimiento de los plazos para presentar las candidaturas presidenciales ante la Comisión Electoral, el Kremlin develó que el primer viceprimer ministro Dimitri Medvedev sería el candidato oficial. Su nombre había circulado –junto con el de Serguei Ivanov, también primer viceprimer ministro- como uno de los que tenía más posibilidades de constituirse en el sucesor de Putin.

 

Cabe subrayar que la elección del candidato fue una decisión personal del Presidente en la que no intervino ningún mecanismo institucional. Así explicó Putin su decisión: “Puedo decir que lo conozco desde hace más de 17 años y que he trabajado estrechamente con él a lo largo de esos años y que respaldo total y personalmente esta elección”. La trayectoria como funcionario de Medvedev da cuenta de una vasta experiencia en puestos relevantes durante los dos mandatos de Putin: se desempeñó como primer viceprimer ministro desde noviembre de 2005, hasta esa fecha fue jefe de la Administración Presidencial y presidente del Directorio de la empresa estatal Gazprom desde el 2000 (1) . El presidente electo tiene 42 años.

 

La mayoría de los analistas remarcan su cercanía al sector liberal del gobierno que, en trazos gruesos, ha competido durante los últimos años por influencia y poder con el sector vinculado a los ministerios de seguridad. Ambos grupos pujaron por asegurar su poder en la nueva etapa. La definición de la sucesión presidencial saldó temporalmente esta lucha.

 

Cabe una aclaración: cuando nos referimos al sector liberal, aludimos al que da preeminencia al crecimiento económico y a cuentas públicas equilibradas por sobre cuestiones de seguridad y geopolíticas. Sin embargo, el nuevo presidente parece carecer de una base de apoyo propio; su fortaleza residiría en ser un protegè de Putin. Es miembro de un grupo de abogados de San Petersburgo que trabajaron con él cuando se desempeñó como funcionario en la ex capital imperial y hoy ocupan cargos importantes. Precisamente, Medvedev pronunció su primer discurso como candidato en un congreso de la Asociación de Abogados.

 

Más allá de la lucha política doméstica, la elección de Medvedev ha tenido en el plano internacional una repercusión favorable, aunque cautelosa. Su presencia en la cumbre de Davos acompañando a Putin en enero último despertó expectativas (2).

 

De su discurso allí podemos destacar algunos párrafos: “Estamos completamente conscientes de que ningún país no democrático se ha transformado en verdaderamente próspero y esto por la simple razón de que es mejor tener libertad que no tenerla”… “El crecimiento sostenido de la economía rusa sólo será posible si se hacen cambios sustanciales en la estructura económica, en otras palabras, su diversificación. Basados en nuestras obvias ventajas en recursos naturales y la experiencia acumulada en un número de altas tecnologías estamos enfatizando el desarrollo de sectores particulares de efectos multiplicadores”.

 

“En algunos de esos sectores nuestro objetivo es establecer grandes corporaciones rusas. ¿Significa esto volver a una economía de Estado? Por supuesto que no, no hay y no puede haber nostalgia por el pasado o ninguna urgencia para la nacionalización en Rusia hoy… Haremos todo lo que podamos para apoyar las actividades económicas extranjeras… Nuestra decisión está motivada por preocupaciones pragmáticas cuidadosamente calculadas”….

 

“Estamos hablando aquí sobre sectores del más alto capital intensivo en un país muy grande con un vasto territorio, y estaremos muy satisfechos de ver también a sectores privados capaces de desarrollar independientemente estos sectores. La única cosa que no podemos permitir es el colapso y el cierre de estos sectores. La economía rusa simplemente no podría sobrevivir sin ellos”.

 

Estos párrafos son señales de pragmatismo y de continuidad de la prioridad de la gestión Putin: el desarrollo de la economía rusa inserta en el capitalismo global. Más aún, Medvedev declaró la aspiración de situar al país entre las cinco primeras economías mundiales en 10 o 15 años. Dada la alta rotación de cargos en la élite rusa y el predominio de la continuidad de las políticas, es muy probable que muchos de los actuales funcionarios continúen en el gobierno. Otro aspecto de la presidencia de Medvedev que abre interrogantes se vincula a su fortaleza para gobernar frente a los propios grupos domésticos después de un presidente como Putin, quien concentró mucho poder personal. Hace menos de un año, ante la consulta respecto de si Medvedev podría tener más dificultades para garantizar una mayor gobernabilidad que Ivanov, Andrei Ryabov, analista del Centro Carnagie de Moscú, respondió con una interesante reflexión.

 

Señaló que, por el contrario, Medvedev contaría con un sector de apoyo más homogéneo para presionar sobre los otros, mientras que Ivanov, uno de los hombres más liberales de los pocos del sector de los “hombres con charreteras” (integrantes de las fuerzas de seguridad), debería buscar el consenso con ambos, tanto con su propio sector como con el de los economistas liberales (3).

 

En el interrogante planteado se enmarca el acertijo mencionado al principio: qué

hará en el futuro Vladimir Putin. Como se sabe, Putin manifestó en su momento que podría ser Primer Ministro si Medvedev ganara las elecciones; también señaló que sería respetuoso de la distribución de poder y que no buscaría fortalecer su eventual nuevo cargo en detrimento de la institución presidencial. Al respecto, algunas reflexiones: la primera es más bien una hipótesis acerca de la inestabilidad que genera a todo sistema político un poder dual donde no habría coincidencia entre la asimetrías del poder político real con el del poder institucional. Sería una experiencia inédita en Rusia.

 

La otra opción para la dupla Medvedev- Putin tampoco registra antecedentes: sería una especie de tutela protectora temporal de este último, a modo de freno de las ambiciones y demandas de otros grupos de poder mientras su delfín consolida poder y liderazgo propio. Una tercera posibilidad es que Putin mantenga hasta el traspaso del poder, el próximo 7 de mayo, la expectativa de que será el Primer Ministro. Una suerte de malla de contención que abriría otro interrogante: ¿quién sería el Primer Ministro de Medvedev? ¿Podría ascender alguno de los actuales primeros viceprimeros ministros Serguei Ivanov o Alexei Kudrin, ambos muy cercanos a Putin? De ser así, esta estrategia llevaría al actual presidente a un cargo posiblemente de proyección internacional, sobre el que ha habido también numerosas especulaciones. Dada la habilidad de Vladimir Putin para despistar a los analistas, podemos descontar que volverá a sorprendernos.

 


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Notas:

(1). Medvedev fue presidente del Directorio entre 2000-2001, vicepresidente entre 2001 y julio 2002 y nuevamente presidente desde julio de 2002. Alexei Miller se desempeña como director ejecutivo.

 

(2). En la página www.medvedev2008.ru se puede acceder a éste y a otros discursos en inglés.

 

(3). Entrevista con el Dr. Andrei Ryabov, Centro Carnegie de Moscú, Moscú, 29 de mayo de 2007. Versión del texto de la Serie Artículos y Testimonios, Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales,

Febrero 2008.

 

Nº 2336 » Abril 2008

La conversión de los judíos

por Pérez del Viso, Ignacio · Comentar 

La reciente promulgación de una norma litúrgica sobre el Viernes Santo, para pedir que el pueblo judío reconozca a Jesucristo como el Salvador, ha despertado un sentimiento de amargura en nuestros “hermanos mayores en la fe” que temen un retorno a la política pre-conciliar de fomentar las conversiones. Confieso que me he sentido muy tocado por el dolor que los afecta. Como hermano menor, me permito acercar estas reflexiones, con la intención de continuar el diálogo para superar este incidente, como hemos superado otros similares en los últimos años.

 

Se han dado diversas explicaciones para ubicar el problema en su justa medida. Ante todo, que es un número ínfimo de fieles el que utilizará la nueva plegaria. Para la inmensa mayoría, todo seguirá igual, con la hermosa fórmula posconciliar, pidiendo que el pueblo judío continúe creciendo en la fidelidad a la Alianza. Esto

es un signo de que la orientación conciliar se mantendrá firme. Sin embargo, ¿qué necesidad había de introducir la nueva fórmula, ocasionando esta confusión?

 

Creo que el Papa procura atraer a la plena unidad de la Iglesia a los seguidores del arzobispo Lefebvre, alérgicos a las innovaciones conciliares. Muchos de ellos están retornando al ver que se permite el uso del antiguo misal latino, con los cambios indispensables. Rezaban por los “pérfidos judíos”, como antes del Concilio. Tal vez

habían incorporado la primera reforma, de Juan XXIII, que suprimía la “perfidia” pero mantenía la “ceguera”. La nueva fórmula latina omite ambos términos, lo que constituye un avance para ellos. Más adelante se les podrán proponer otros cambios. Es un modo de respetar el ritmo de avance de cada grupo en la Iglesia.

 

Ahora bien, aunque se puedan encontrar razones para comprender el fundamento de esta medida, surge el problema de qué le pedimos a Dios, en realidad, cuando oramos por los judíos o por los de otra religión. Más allá de las bellas palabras que podamos utilizar, ¿qué estamos deseando en el fondo? ¿Pedimos en nuestro interior que se conviertan a la fe cristiana, pero no lo decimos para evitar las reacciones? ¿Seríamos sinceros si nuestra expresión fuera diferente de nuestra intención?

 

La difusión de la propia fe

 

Después de la pena que me produjo este incidente, comencé a sentir alegría porque se planteó el problema teológico de nuestra oración por los no cristianos. En una ocasión un judío me preguntó: “Padre, ¿qué me diría usted si le contara que deseo

hacerme cristiano?” Le respondí: “Lo importante no es lo que yo pueda decirle sino

lo que le dice su conciencia, que refleja la voz de Dios. Yo pido para usted y para mí que cada día podamos ser más fieles a la Palabra de Dios”. Durante varios días me quedé pensando: ¿Sentiría yo más alegría si él se hiciera cristiano que si continuara en su tradición judía? Y si es así, ¿por qué no le manifesté mi alegría cuando me comunicó su intención?

 

Las conversiones se producen porque hay un trabajo previo de difusión de la propia fe, que los cristianos denominamos “evangelización”. No siempre la conversión surge de una invitación expresa. Puede nacer del simple testimonio de vida de aquellos a los que el converso desea unirse. Pero antes de buscar respuestas teológicas desde nuestra fe, intentemos una reflexión desde la filosofía de la religión, que podría ser un terreno común a todas las creencias.

 

Todo creyente siente su propia fe como algo vital e indispensable. Podemos elegir

una carrera, un trabajo, un lugar de residencia. Pero no elegimos una religión, buscando la que más nos convenga del muestrario de la historia. Más bien la religión nos elige a nosotros. El 90 % de los creyentes profesa la religión de sus padres, o se aleja de ella pero no busca otra fe. Son contados los que cambian libremente de religión. Hemos nacido en una familia, una cultura, una nación. En la tierra materna hemos mamado la tradición, los valores, la fe. Estos son los caminos reales de la Providencia, en la medida en que la familia es el medio para iniciar la educación de los hijos.

 

Por eso, así como deseamos que otros compartan nuestros valores humanistas,

queremos también que compartan nuestra fe, que es el alma de los valores. Todo

creyente es normalmente proselitista en el mejor sentido del término, a veces también en el peor. A nadie deseamos imponerle nada, pero nos llena de felicidad el ver que otros se suman a nuestra esperanza religiosa. De este modo, razonando serenamente, tendríamos que ver como algo normal que cada creyente sea difusor de su propia fe. Lo contrario, la pretensión de reducir la fe al reducto de la conciencia, similar a la pretensión de reducir la religión a los templos, sería una violación de la libertad de conciencia. Todos tenemos derecho y obligación de anunciar nuestra fe en el ámbito en que vivimos, llevados por nuestra vocación y nuestra misión.

 

La oración por la misión

 

Siendo connatural a todo creyente el ser misionero y desear que otros compartan la propia fe, es también natural que esos deseos se manifiesten en la oración. Pedimos para que se consoliden en la sociedad los valores en los que creemos, como la vida, la familia y la solidaridad. Y la religión no es vivida en otra área, como un hobby personal, sino como raíz de los valores comunes. Los miembros de la sociedad defendemos el valor fundamental, la dignidad de la persona. Y los creyentes sentimos que esa dignidad proviene de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios. Por ello, deseamos que todos beban del agua fresca de los valores, y que también se remonten hasta el manantial, que es la fe en Dios,

nuestro Padre y nuestra Madre, fuente de la fraternidad universal.

 

Los cristianos aceptamos hoy que los de otros cultos posean libertad para vivir

su propia religión. Lo que no aceptamos con tanto entusiasmo es que se dediquen a “misionar” para ganar adeptos. Pero si tienen derecho a educar a sus hijos en su propia religión, a “misionar” con ellos, ¿por qué les negaríamos el derecho a misionar con los amigos, los vecinos, los compañeros de trabajo? Con el Concilio Vaticano II hemos pasado en la Iglesia del principio de la tolerancia religiosa al de la libertad religiosa. El de la tolerancia sostenía que los no católicos no tienen derecho, estrictamente hablando, a la libertad religiosa, el siglo I, no ha habido una relación equilibrada sino un marcado desequilibrio. A partir del siglo IV el cristianismo pasó a ser la religión oficial del Imperio Romano, mientras que el judaísmo fue tolerado en el mejor de los casos, discriminado en forma habitual y perseguido con frecuencia, hasta culminar en el horror de la Shoá. Tantas veces fueron obligados a convertirse, que la oración por su conversión no puede ser interpretada desde la filosofía de la religión sino desde la historia de las religiones.

 

Por ello, es muy interesante la aclaración del cardenal Walter Kasper, que esta

petición del Viernes Santo, permitida a un pequeño grupo tradicionalista, no es una

oración por la conversión de los judíos sino una esperanza escatológica. No significa que deseemos la desaparición del judaísmo como religión y como pueblo, sino el reencuentro de todos los hijos de Abraham en la consumación de los tiempos, en el Reino definitivo de Dios. No es una oración encerrada en la historia sino una mirada más allá de la historia. Y pedimos que ese reencuentro sea como lo imaginamos los cristianos, así como los de otra religión piden un reencuentro acorde con el imaginario histórico de su fe.

 

Todo esto es verdad y debe ser profundizado. Sólo me permito añadir que la expresión de nuestra esperanza escatológica, aún siendo correcta, debería prepararnos, tanto a los cristianos como a los de otros cultos, a compartir el banquete en el Reino de los cielos, donde ya no habrá ritos sacramentales ni jerarquía sino sólo el reinado del amor. Por ello, aunque haya razones para permitirle a un grupo de católicos el uso de la plegaria mencionada, creo que

esta permisión no debería prolongarse más allá de lo necesario. Confío en que no transcurra mucho tiempo antes de que la Iglesia encamine a todos sus hijos, aun a los que avanzan con mayor lentitud, por la hermosa senda que recorremos el día del Viernes Santo.

 

En estas reflexiones he buscado un punto de encuentro entre judíos y cristianos,

en la filosofía y la historia de las religiones. Quedan pendientes cuestiones estrictamente teológicas como la pregunta por la misión del pueblo judío, asignada por Dios. No la que tuvo en el Antiguo Testamento, sino la que tiene en el Nuevo. Muchos católicos piensan que la misión del pueblo judío ha concluido con la destrucción del templo de Jerusalén. Es como si renaciera la leyenda del judío errante. En esa hipótesis, parece lógico rezar por su conversión, para que sus vidas tengan un sentido en el plan de la Providencia. Otros admitirán la posibilidad de una misión, pero no imaginan cuál podría ser. El Magisterio no se ha pronunciado en este terreno, no muy explorado aún por los teólogos.

 

La pregunta sobre la misión actual del pueblo judío constituye un auténtico desafío teológico. Afirmar que poseen una misión no significa que no puedan hacerse cristianos los judíos que lo soliciten espontáneamente. La pregunta no se refiere a ellos sino a los que permanecen fieles a su tradición. No es una verdadera respuesta sostener que Dios acogerá con bondad a los judíos que “creían” tener una misión, como diciendo: “Dios respetará una conciencia errónea pero sin culpa. Que continúen tranquilos, con la convicción de ser fieles al llamado de Dios. A lo más habrán llegado a un oasis, creyendo que es la Tierra prometida, cuando están muy lejos de la meta”. A decir verdad, estamos todos muy lejos de la meta. La auténtica pregunta es si, para la fe cristiana, el pueblo judío está cumpliendo una misión asignada por Dios. Y en relación con ésa, surge otra ardiente pregunta dirigida a nuestros hermanos mayores: ¿Qué misión, asignada por Dios, tendría para ellos el cristianismo?

 

Nº 2336 » Abril 2008

El efecto Kosovo

por Derghougassian, Khatchik · Comentar 

Los aliados occidentales –Estados Unidos y países europeos– señalaron reiteradamente la particularidad de la independencia de Kosovo. Es probable que esta insistencia refleje la voluntad política de descartar un antecedente de violación del principio de integridad territorial.

 

Pero sin dudas pone de manifiesto la ausencia de consenso en la Unión Europea en torno del dilema de la coexistencia de ese principio con el derecho de autodeterminación. Es que, no obstante la aparente decisión de no alentar a otros secesionistas, la dinámica de la lucha por el poder en la escena global puede generar un efecto Kosovo desde el Cáucaso hasta Medio Oriente y América Latina.

 

¿Cómo interpretarán los actores, directa o indirectamente afectados, la excepción que hicieron con Kosovo los Estados Unidos y sus aliados europeos? ¿Qué lectura estratégica harán otros aspirantes de soberanía de la forma en que este territorio, históricamente serbio pero con población en su mayoría albanesa, emergió como

Estado independiente? La independencia de Kosovo se caracteriza, en primer lugar, por ser un proceso no circunscripto a las condiciones de legitimidad que la ONU prevé para las modificaciones territoriales. Cabe recordar que se inició en 1999 con la decisión de la OTAN de intervenir militarmente, sin el permiso del Consejo de Seguridad, ante la “limpieza étnica” practicada en Serbia por el gobierno de Slobodan Milosevic.

 

La defensa de los kosovares fue, pues, el argumento que justificó el intervencionismo. Y varios analistas creyeron ver allí el germen de lo que el entonces primer ministro británico Tony Blair llamó “intervención humanitaria”.

 

En los aliados de la OTAN primaba, por entonces, la visión de un orden liberal que acercaba la tercera vía del laborismo británico a la posición del nuevo demócrata estadounidense, Bill Clinton. Este “transatlantismo misionero” probablemente molestaba a sus miembros “más europeos”, como Francia y Alemania que, sin

embargo, se sumaron a la iniciativa por el peso mismo de su pertenencia a la alianza. Por más que se subrayara la dimensión ética de la intervención, ésta inevitablemente suponía la expansión de la OTAN hacia el Este y, por lo tanto, un golpe a una decadente Rusia postsoviética en busca de su lugar en el mundo. El operativo de la OTAN –siguiendo la lógica de una guerra con “cero casualidad”– consistió exclusivamente en bombardeos aéreos.

 

Y la posterior expedición de una fuerza rusa al aeropuerto de Prístina puso en

evidencia la desesperación de Moscú por mostrar una presencia que, de todas maneras, no fue tomada muy en serio. En 1999 el presidente Yeltsin era una sombra de ese valiente demócrata que el mundo quiso ver cuando desafiaba a los golpistas en agosto de 1991. Su osado mensaje de advertencia no inspiraba credibilidad.

 

Había perdido la guerra en Chechenia; y la brutal privatización no sólo había dejado

el país en manos de nuevos oligarcas, sino que también había provocado el colapso de la economía. La “intervención humanitaria” nunca llegó a ser una norma en la práctica internacional. Un año más tarde, el candidato republicano a las presidenciales de los Estados Unidos, George W. Bush, hacía campaña contra el intervencionismo.

 

Pero ya en la Casa Blanca, y en pleno temblor de la escena mundial a raíz de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, adoptaba una estrategia de preemption (intervención preventiva). La racionalidad y el discurso marcaban claramente la necesaria distancia entre la identidad ideológica neoconservadora (proyección del poder de la superpotencia post Guerra Fría) y la impronta liberal-internacionalista con el sello del engagement and enlargement (compromiso y crecimiento) clintoniano y el mismo propósito hegemónico de primacía-puja en el mundo unipolar.

 

Por su parte Rusia, con Putin, recuperaba su Estado. Primero, con un relativo

éxito militar en Chechenia; y, luego, ya sobre terreno más firme, con la restauración del orden político centralizado frente a la casi anarquía de los oligarcas del mercado. El crecimiento económico a partir de 2002 y el pragmatismo en política exterior –Rusia se propuso como el primer aliado de los Estados Unidos en la “guerra contra el terrorismo”– generaron en Moscú una fugaz ilusión (al menos entre septiembre de 2001 y marzo de 2003): la posibilidad de consenso para un régimen de concertación en los asuntos de seguridad internacional.

 

Pero en los Balcanes la situación creada después de la intervención de la OTAN no

había sufrido cambios. La independencia de Kosovo, en este sentido, es la culminación de un proceso generado básicamente por la dimensión geopolítica de la decisión de intervenir.

 

Este análisis no pretende quitarle peso al argumento ético. No faltan pruebas de

la política de “limpieza étnica” del gobierno de Milosevic, acusado luego por crímenes Internacional. Pero en ningún otro conflicto de índole separatista (o étnica como se llamó este tipo de enfrentamiento armado en su momento) hubo una clara caracterización de la victima y del victimario. Por el contrario, todos los procesos de pacificación culminaron en voluntad de acercamiento de los antagonistas mediante el reparto más o menos igualitario de culpabilidades, una suerte de “regla de oro” diplomática de las misiones de intermediación; vigente, por ejemplo, en el Cáucaso.

 

Por lo tanto, cabe preguntarse si la voluntad inicial de distinguir entre el agresor y el agredido no facilitó la introducción del argumento que llevaría a los aliados occidentales a reconocer el derecho de Kosovo a separarse de Serbia, pues se daba por sentado la imposibilidad de convivencia entre las dos etnias.

 

Esta misma línea de razonamiento vale para el análisis del principal actor involucrado en el proceso de la independencia: el Ejército de Liberación Kosovar (UCK en sus siglas originales). Evidentemente, lanzado a la acción guerrillera, el UCK era en el terreno una fuerza insurgente. Pero una victoria militar contra el ejército serbio sin la intervención de la OTAN era improbable.

 

Por otra parte, abundan las pruebas de las estrechas vinculaciones del UCK con el negocio del crimen organizado, desde el narcotráfico hasta las redes de prostitución. Más aún: en un contexto internacional donde los actores de los conflictos separatistas se esfuerzan por lucir credenciales de compromiso con la democracia, los líderes de la guerrilla albano-kosovar, reciclados como actores políticos en los últimos 17 años, no mostraron demasiada preocupación al respecto. Tampoco faltaron episodios que alertaban sobre el cambio de roles entre victimarios y víctimas: primero, mayoría serbia en el país del cual formaba parte Kosovo, y luego mayoría de kosovares albaneses en una región virtualmente separada de Serbia.

 

El UCK no difiere de otras guerrillas que mezclan sus objetivos políticos con

lucrativos negocios en la economía ilícita; tampoco por su ejercicio del poder. Pero al seguir la lógica del “dilema de seguridad étnica”, su comportamiento agrega otra siniestra característica. Y la tolerancia demostrada por las potencias aliadas a este comportamiento es lo que hizo posible la emergencia de Kosovo.

 

Estas consideraciones no cuestionan los argumentos que –desde la ética hasta

el derecho de autodeterminación de los pueblos– justifican la independencia

de Kosovo. Más aún, probablemente su reconocimiento internacional sea sólo

una cuestión de tiempo. Pero no puede ignorarse que ha significado otro golpe a

la legitimidad de la ONU: el dilema de los principios de integridad territorial y de autodeterminación permanece sin resolución.

 

Asimismo, el reconocimiento generó un antecedente: un modelo donde políticas de

proyección de poder y cálculos geopolíticos se interrelacionan con procesos históricos de antagonismo en sociedades con Estados frágiles, incapaces de garantizar un orden político para la convivencia ciudadana. Estamos ante un antecedente que alienta el cálculo estratégico de búsqueda de oportunidades, donde el uso de la violencia, legítima o no, tiene clara ventaja sobre otras opciones.

 

Nº 2336 » Abril 2008

España, segundo turno

por Padilla, Norberto · Comentar 

Como ocurre regularmente cada cuatro años desde la entrada en vigencia de la Constitución de 1978, el 9 de marzo se llevaron a cabo en España elecciones generales. Aunque, por definición, el régimen es una monarquía parlamentaria, la configuración cada vez mayor del bipartidismo hace que quienes lideran los partidos sean los dos candidatos a la jefatura de Gobierno, como por otra parte ocurre en Alemania y Gran Bretaña pero no en Italia. José Luis Rodríguez Zapatero frustró en 2004 las esperanzas de un tercer período en el poder del Partido Popular (PP), que le hubiera correspondido a Mariano Rajoy como sucesor de José María Aznar. El criminal atentado de Atocha, conocido como 11-M, atribuido a la ETA en un primer momento por error o cálculo, contribuyó poderosa, sorpresiva y quizás decisivamente, al triunfo socialista.

 

Lejos de la moderación que caracterizó el estilo de Felipe González, el presidente de Gobierno actual ha optado por la confrontación más que por la capacidad

de diálogo que la clase política exhibió en los primeros lustros de la transición como uno de sus más preciados logros. El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) subió la apuesta en temas que provocaron la reacción de la Iglesia católica y de vastos sectores de la población, como el matrimonio homosexual y una mayor liberalización del aborto y del divorcio. Encaró, con la ley de Memoria Histórica, una revisión de la trágica Guerra Civil y de la dictadura de Francisco Franco desde su propia perspectiva y no con distancia crítica, lo que hizo aflorar viejos agravios, rencores y antinomias. La coyuntura económica fue favorable pero hoy no faltan voces de alerta de que el crecimiento se ha detenido.

 

Los grandes problemas de la inmigración, para la que Zapatero dio facilidades de regularización, las autonomías, y la ETA, siguen interpelando a la sociedad española y a sus gobernantes en el segundo turno como lo hicieron en el primero. La oposición, precisamente, cuestionó duramente los intentos de negociación con la ETA por parte del gobierno. La banda terrorista dejó su sello: en la víspera de los comicios fue acribillado Isaías Carrasco, ex concejal socialista, en el País Vasco. La propia hija de la víctima convocó a dar respuesta al atentado mediante la concurrencia a votar. El obispo de San Sebastián, en la homilía de la misa de exequias, resumió el estado de ánimo general: “Conmovidos, afligidos, indignados”, y agregó: “La esperanza en Dios, que no ha dejado de sus manos la orientación discreta y respetuosa de la historia, aviva nuestras esperanzas históricas y, en concreto, la esperanza de paz de este pueblo, construida entre todos y para todos, que no quiere, no puede resignarse a la presente situación y exige a ETA su definitiva desaparición”.

 

El resultado electoral dio al PSOE un 43,6% de los votos, a pocos escaños de la

mayoría absoluta en el Congreso de Diputados. El PP recogió el 40%, cantidad nada

desdeñable que, pese a ello, no consoló en la derrota. Los partidos nacionalistas son los que más drenaje de votos sufrieron ante la polarización. Zapatero, triunfante, prometió ahora gobernar mejor y “sin crispación”. Fue un buen compromiso, y lo mismo cabe esperar del otro partido y de su líder, Mariano Rajoy. Pero el PP debiera revisar su forma de presentarse a la sociedad, y en tal sentido un paso al costado de Rajoy hubiera ayudado. Hay por delante otros cuatro años para que se produzca la renovación necesaria para que la mayoría de los españoles lo vuelva a considerar una válida alternativa de gobierno.

 

La campaña electoral llegó a nuestras calles: edificios que desplegaban banderas españolas e imágenes de los candidatos, la visita que cada uno de ellos realizó en tren proselitista, son testimonio de que hay varios centenares de miles de ciudadanos de ambos mundos. La apertura del actual gobierno español a conceder la ciudadanía a descendientes de sus nacionales no es inocente: sabe que ese voto le es propicio.

 

Los que votaban, pero también otros que no lo hacían, podían encontrar semejanzas y diferencias entre la Madre Patria y la hija rioplatense: también nuestra reciente campaña fue crispada, acorde con el estilo gobernante desde 2003. Pero hay diferencias: en España los candidatos se sentaron dos veces ante las cámaras de televisión a debatir, ásperamente, pero con solvencia, sobre lo hecho y lo prometido.

 

Entre nosotros, ese examen es sistemáticamente eludido por los candidatos a la

presidencia… al menos por quienes se avizoran ganadores. En España la vida

política se concentra en un sistema de partidos fuerte, tendiendo a compartir casi

por mitades las preferencias del electorado el PSOE y el PP. Entre nosotros, los

partidos se han atomizado y licuado por lo que, sin cantar las loas del sistema de

dos partidos, el ejemplo español muestra la necesidad misma de partidos orgánicos

en la vida democrática.

 

La relación entre el Estado español, por definición no confesional, y la Iglesia católica ha conocido en este tiempo asperezas y enfrentamientos. El PSOE logró arrinconar a la jerarquía entre las fuerzas más conservadoras y el PP no hizo poco para que se identificara con él.

 

El gobierno ha retrucado poniendo en cuestión el propio instrumento que regula la relación con la Santa Sede. Si faltan hoy los Suárez y los González en la política española, en la Iglesia de ese país se echan de menos figuras como la del cardenal Vicente Enrique y Tarancón, arzobispo de Madrid en los álgidos años setenta. La Iglesia tiene el deber de denunciar los atentados a la vida, a la familia, al matrimonio y al laicismo de muchos de los sectores gobernantes.

 

Tendrá, eso sí, que cuidarse no quedar entrampada e identificada con la derecha,

como no debería hacerlo tampoco con la izquierda, para ser servidora de todos en

una sociedad en la que su identidad católica en mucho se ha perdido.

 

Nº 2336 » Abril 2008

Colombia ¿Hacia una nueva doctrina de Seguridad Nacional?

por Tokatlian, Juan Gabriel · Comentar 

El asesinato de Raúl Reyes, número dos de las FARC, agudizó un conflicto que puede plantear un nuevo escenario geopolítico en la región.

 

- Si en el caso colombiano hay que entender que el presidente Álvaro Uribe con acciones no carentes de audacia a menudo ha perseguido objetivos que superan la política interna, ¿cómo leer este último episodio donde encuentra la muerte en Ecuador Raúl Reyes, número dos de las FARC?

 

-En el caso particular de Reyes, como siempre en las acciones domésticas de Uribe, hay un componente de política exterior. Cuando en 2002 se debatía el futuro del Plan Colombia en el Congreso estadounidense, y había dudas respecto de su efectividad y de todo lo que estaba en juego, el presidente Uribe empezó a señalar, con la mirada puesta en Washington, que había que concebir a Colombia como un Afganistán, es decir: como un grave problema internacional.

 

El desafío de Colombia era derrotar a los grupos narcoterroristas que tenían en jaque no sólo al país sino a la comunidad internacional, fuente de terror y de inestabilidad, y que había que enfrentarlos militarmente. Cuando en 2003 empezaron a surgir dudas sobre las políticas de derechos humanos y sus magros resultados, Colombia fue el único país de Sudamérica que acompañó la invasión de los Estados Unidos a Irak. Y tomó la delantera argumentando que acompañaba a Bush porque lo que vivía Colombia era semejante a lo que había padecido y estaba padeciendo la comunidad internacional con el terrorismo vinculado a Al Qaeda y a Irak. Quería atraer la mirada de Washington y la continuidad de los fondos demostrando que el mayor aliado en la guerra contra el terrorismo en este hemisferio es Colombia. Siempre hay que ver a Uribe en este doble juego.

 

-Un jugador muy sofisticado, se diría…

 

-Ciertamente, y en ese sentido un jugador que también ha tratado de no quedar como la quinta columna contra Hugo Chávez. Sin embargo, pensar en Uribe como un mero instrumento de Washington contra Chávez también sería exagerado.

 

- Pero es implacable con las FARC, eso sí.

 

-Lo que conviene aclarar en este punto es que no es lo mismo concebir a las FARC como un sujeto eventual de interlocución para una salida política negociada, y por lo tanto seguir aceptando tácitamente que es un grupo armado que recurre a prácticas terroristas, a decir que son un grupo de terroristas, lo que necesariamente reduce o hace desaparecer los espacios de negociación y potencia a los sectores que dentro de las FARC, por razones menos políticas, buscarían a todacosta seguir peleando de manera cada vez más atroz. La peor profecía autocumplida es decir que las FARC son terroristas y punto.

 

-¿Y la estrecha relación de los grupos paramilitares con el narcotráfico?

 

-El vínculo tradicional más fuerte siempre fue entre el paramilitarismo y el narcotráfico. En los orígenes mismos, en los años 80, había un entramado muy complejo que provenía del narco legitimado regionalmente. Los narcotraficantes, en un momento dado, empezaron a buscar legitimación social. ¿Cómo? Adquiriendo fincas, haciendas, comprando edificios, empresas; lavando sus activos y su imagen social. Cuando el narco logra esto en el área rural de Colombia, comienza a operar como un latifundista, no ya como un narco. Como tal busca mecanismos de protección para sus inversiones, tanto legítimas como ilícitas. Recluta grupos que van ingresando a sus filas. Estos empiezan a cobrar cada vez mayor dimensión y desarrollo territorial, y también color ideológico: comienzan a representar un proyecto de derecha armado nuevo en el país. En ese juego a niveles locales el paramilitarismo está amparado por los grandes terratenientes, tiene el visto bueno de ciertos miembros de las Fuerzas Armadas, y de esa manera va expulsando a sectores campesinos afectos a las FARC o tratando de combatir grupos insurgentes.

 

-Esto nos lleva a un tema más complejo: ¿qué significa esta situación respecto

del control espacial territorial del Estado colombiano?

 

-O sostenemos que el paramilitarismo no fue instrumental al Estado colombiano,

sino algo totalmente distinto, un grupo independiente que combate a las FARC; o, por el contrario, suponemos fuertes relaciones entre elites locales, grupos políticos y paramilitares: algo así como una parapolítica en Colombia. En los dos escenarios, el planteo sería: expulsadas las FARC de ciertas áreas, o retiradas a retaguardias estratégicas, esos espacios territoriales ¿los ha ganado el Estado o los nuevos actores armados con capacidad de imponerse por la fuerza, pero desde otra

posición ideológica?

 

-La ecuación final debería dar mayor presencia del Estado…

 

-Sin embargo, el gobierno de Uribe no puede mostrar claramente que aquello que el paramilitarismo ha logrado, incluso en los sectores sociales y políticos, sea una mayor presencia del Estado en términos de salud, educación, transporte, vías de comunicación… El tema es muy complejo y hoy Colombia está plagada de zonas

grises.

 

-Confundir la posición del presidente ecuatoriano Rafael Correa con la de Hugo

Chávez, como se leyó en ciertos comentario periodísticos, ¿es un error grave?

 

-Sí, un craso error. Correa llega desde un lugar distinto, con un proyecto diferente,

responde a pautas históricas mucho más insertas en su realidad. Siempre hubo

populismo en Ecuador, lo hubo antes y lo va a haber después de Correa. Pero el

populismo no era una tradición fuerte en Venezuela, donde siempre había dos partidos tradicionales: uno socialdemócrata y otro demócratacristiano. Correa llega

con un discurso nacionalista importante pero, al fin y al cabo, no desdolariza la

economía. Llega con un discurso contra el Plan Colombia sugerido por sus propias

Fuerzas Armadas, que lo ven como un problema, y los reclamos de la sociedad en

el ámbito de la frontera. Y creo que trata de dar continuidad a una política en la

cual Ecuador siempre ha hecho lo que ha podido con respecto a Colombia.

 

-Otro problema que aparece siempre es el de la porosidad de las fronteras y el de la multiplicidad de actores con cierta retórica política difícil de descifrar.

 

-Recuerdo bien, quizás por haber vivido en Colombia, lo que se dio en 1981 con la

ruptura de relaciones con Cuba. Colombia se había sumado a los países que habían

roto con Castro en el ’62, había restaurado relaciones a mediados de los ’70, y cinco años después volvía a romperlas. ¿Por qué? Por una famosa invasión en el sur: el M 19 había entrado a Colombia por Ecuador para desplegar lo que en ese momento se esperaba que fuera una acción masiva de ocupación.

 

Este plan fue desbaratado por las fuerzas de inteligencia y militares colombianas y, en lugar de romper relaciones diplomáticas con Ecuador, Colombia las rompió con Cuba, porque se dijo que esos hombres habían recibido entrenamiento en La Habana. Esto muestra la porosidad que ha tenido siempre esa frontera, y el componente ideológico de con quién se rompen relaciones cuando hay problemas. Ecuador entregó a Simón Trinidad a Colombia, capturado en Quito. Fue extraditado a los Estados Unidos, y era un cuadro medio alto de las FARC.

 

Ni Ecuador es Afganistán ni el gobierno de Correa es talibán. Nos confundiríamos

mucho si trajésemos ese imaginario a esta región. Supondría desconocer la dinámica política y social, geográfica, histórica que hay en esa frontera.

 

-El hecho de que no viajara Lula y de que haya actuado la cancillería brasileña,

¿no marca acaso la superioridad política del gobierno de Brasil en la región?

 

-Quizás exagere, pero sostengo que la Argentina debe tener una sociedad

estratégica muy firme con Brasil. Dicho esto, creo que lo que aquí pasó en términos

estrictamente geopolíticos fue una gran bofetada para Brasil. En un abrir y cerrar

de ojos, el castillo de naipes de la Unión de Naciones Suramericanas colapsó. Cae

el deseo de Brasil de no profundizar el Mercosur, de jugar una carta subregional

más fuerte que es Sudamérica, de posicionarse como jugador clave y de allí dar un

salto para ser una especie de global placer con más respaldo y crear una fisura entre Sudamérica y América Latina toda. Fue para los intereses brasileños que se armó

esa arquitectura de la Unión de Naciones Suramericanas, cuyos cimientos son tan frágiles que un hecho de esta naturaleza llevó a tres de sus actores (Ecuador,

Colombia y Venezuela) al borde de un grave conflicto con ruptura de relaciones

diplomáticas y retiro de embajadores. Se llega a esta situación, donde Brasil no

anticipó ni previno ni creó un mecanismo institucional de resolución, y tampoco desplegó una diplomacia activa. Mi lectura, pues, es opuesta a la suya: la ausencia

de Lula marca el lugar poco significativo que tuvo Brasil para manejar esta situación cuya mejor resolución pasó por la acción diplomática de México, en todo caso. Distinta es la situación en la OEA, y distinto es cómo se manejaron allí la Argentina, Brasil y Chile. Pero el golpe fue tan dramático que Brasil quedó inmovilizado

diplomáticamente. Esta idea de la Unión Sudamericana vuelve a mostrar

que las uniones son un punto de llegada, no de partida. Antes de llegar a la Unión

Europa existió la Comunidad del Carbón y del Acero, la Comunidad Económica… y

ahora la Unidad ampliada. Para Brasil lo de Colombia fue un alerta; al fin y al cabo,

esto pasó cerca de sus fronteras.

 

-Usted insiste en que a Chávez hay que tomarlo en serio, más allá de sus mamarrachadas…

-También en esto marco matices con usted: creo que a Chávez hay que tomarlo

muy en serio. Eso no quiere decir que él alcance necesariamente sus objetivos,

pero me gustaría hacer una observación: en América Latina los proyectos que han

llegado bajo un rótulo revolucionario no se han concentrado en su dimensión interna.

 

La revolución peronista tenía una visión de expansión regional, de influencia en

Chile, Paraguay, Uruguay. Perón tenía una idea de multiplicación de su propia

experiencia en otros casos; no lo logró, pero eso es otro cantar. La revolución

cubana llega con un ánimo expansivo, de contagio. La revolución sandinista en

Nicaragua creyó que al día siguiente El Salvador, Honduras y Guatemala iban

a caer como un dominó. En la revolución bolivariana Chávez llega con un proyecto

maximalista de recrear la Gran Colombia: Panamá, Colombia, Venezuela y Ecuador.

Es un proyecto que él ha tratado de solidificar, buscando alianzas políticas que

le permitieran   por abajo, no en el nivel interestatal   hacer viable esa idea. En

algunos casos lo ha logrado; en otros no, no creo que su influencia en Panamá sea

significativa. Pero en Colombia encuentra el interlocutor que representa un proyecto

de desafío a lo que él concibe como la elite obstruccionista: las FARC. Creo, entonces, que ese proyecto bolivariano sigue vigente. Que lo pueda realizar es dudoso. Pero ¿hay que perseguir o maltratar o declarar como objetivos antisistémicos y eliminables a todos los sectores que tienen algún vínculo con el chavismo? Categóricamente no. Criticarlo sólo por su histrionismo me parece un poco pueril.

 

-¿Y en cuanto a su vínculo con las FARC?

 

-Ante la coyuntura de la muerte de Reyes, Chávez está mandando mensajes:

uno hacia las FARC, en el sentido de que no las va a abandonar, que no es un

mensaje menor. El uso de la fuerza por parte de Colombia a él también lo alerta

y lo alarma. Es decir: ante la legitimación de una práctica por fuera de la legalidad

internacional, enseguida ve el fantasma de una quinta columna colombiana sirviendo a los intereses de los Estados Unidos. Esto puede ser exagerado; pero no olvidemos que, en 2004, a Rodrigo Granda, el “canciller” de las FARC, lo sacaron de Caracas, lo llevaron a la frontera con Colombia y entraron funcionarios colombianos para llevarlo a su país (remembrando el caso argentino Adolf Eichmann). Venezuela

estuvo a punto de entrar en un conflicto real con Colombia; real, no como éste. La

intermediación de Fidel Castro fue de vital importancia para atenuar lo que bien

podría haber desencadenado una situación inmanejable. Creo que el proyecto político bolivariano de Chávez es una cosa y las FARC son otra. Además, siempre hay que tener presente que el tema anti colombiano en Venezuela da réditos políticos, y Chávez se lanza a esta operación no con ánimo de entrar en una confrontación, sino de dar una señal militar. Aunque queda en entredicho, porque sus propias Fuerzas Armadas, que se desplazaron, no encuentran la razón de ser de una situación que no los afecta directamente. Los problemas de desabastecimiento, producto de cerrar la frontera con Colombia, son masivos. Hasta se empieza a resquebrajar el nacionalismo, el ideal bolivariano ante la amenaza norteamericana…

 

-¿Hubo mensajes para Chávez?

 

-Creo que no se toma en consideración la enorme dimensión del no apoyo a Chávez

que hubo en la región. Todos los líderes trataron de separar: el problema es Ecuador. El mensaje al líder venezolano fue de aislamiento diplomático: “esa será tu

agenda, pero no es la nuestra”. Esta serie de circunstancias lo llevan a un grado

mayor de racionalidad, y empieza a retraerse. Uribe y Chávez siempre parecen estar en las peores relaciones, al borde del conflicto, pero siempre encuentran un espacio de negociación. Porque, en el fondo, los niveles de interdependencia real entre estos dos países son muy profundos; y los costos de una ruptura muy altos. Los mismos empresarios colombianos le pedían a Uribe que bajara el tono, no querían entrar en problemas con Venezuela. Se sorprendería mucho uno al ver a los mismos actores políticos actuando en la dimensión doméstica.

 

-¿Pero entonces lo que pasó tuvo algo de sainete?

 

-No fue ningún sainete; aunque también es obvio que muy poco de lo que pasó

se resolvió. Ambas situaciones no son antagónicas. Veo la resolución política pacífica

derivada del encuentro del Grupo de Río en Santo Domingo como un reflejo instintivo

de América Latina en su conjunto, que responde a una muy profunda tradición. Si

observamos el mundo en términos de confrontaciones interestatales en los últimos

100 años, América Latina es la región más pacífica. La virulencia y la crueldad con

sus propios ciudadanos por parte de diferentes regímenes en el orden doméstico no

se refleja en las relaciones interestatales, donde los conflictos son esporádicos y con reducido nivel de bajas. Pero, de la misma manera, hay una profunda y longeva

tradición de baja institucionalidad, pobre imperio de la ley, inmensa brecha entre

retórica y práctica, que también se reflejó en Santo Domingo. No llegamos a las armas, pero seguimos en conflicto porque no resolvimos absolutamente nada.

 

-¿Estamos frente a un conflicto real en ciernes?

 

-Le asigno a la muerte de Reyes, a lo que aconteció en la OEA y a lo que eventualmente pueda pasar en el corto plazo en América Latina, un significado hondo y particular. Me voy a servir de un ejemplo histórico extremo; la analogía es fuerte y probablemente no lo convenza: creo que la mejor comparación con lo que ocurrió es entender el impacto de la revolución cubana y la resolución de 1962 que excluyó a Cuba del sistema interamericano; y consecuentemente recordar la doctrina de seguridad nacional.

 

¿Por qué hago este recorrido, y por qué tomo este ejemplo? Básicamente, si uno evoca la Guerra Fría desde sus inicios en 1945, piensa en la Unión Soviética, identifica la doctrina Truman de 1947 como el impulso estadounidense a esa guerra. Pero sin lugar a dudas hasta los años 60 para América Latina la Guerra Fría era algo ajeno y distante, ocurría “allá”. La Guerra Fría era el muro de Berlín, la revuelta en Hungría, la guerra de Corea, los movimientos anticoloniales y de liberación nacional en África. En América Latina no había Guerra Fría como concepto dicotómico de enfrentamiento de opuestos que no admiten negociabilidad, como antagonismo inexorable.

 

La revolución de Cuba y la decisión de América Latina de excluirla del sistema interamericano, de aislarla, de alinearse con los Estados Unidos, de bloquear de facto diplomática aunque no económicamente (como luego harían sólo los Estados Unidos), tuvo la dramática consecuencia de latinoamericanizar la Guerra Fría. De ahí en adelante la tuvimos instalada acá. Y hacerlo fue establecer la visión de un enemigo que distorsionó por muchas generaciones y en muchos países la lógica del juego político, de la controversia política, del pluralismo político, porque terminó con la diferencia entre reforma, radicalismo y revolución: todo era parte del mismo paquete. Había un enemigo omnipresente, alineado con una potencia extracontinental, que hacía un juego de zapa para horadar las instituciones, que quería alterar el sistema institucional, y al que había que combatir a sangre y fuego.

 

Por lo tanto, se diseñó una doctrina que facilitó no ya la latinoamericanización sino

la internacionalización de ese combate. Fue la doctrina de la seguridad nacional.

Y desde entonces tuvimos Guerra Fría, casi para siempre, en América Latina. Con

costos enormes, cualquiera sea el país que tomemos.

 

-¿Por qué trae este ejemplo y extrema la analogía?

 

-Porque me parece que la muerte de Reyes y la resolución de la OEA tienen una característica semejante. No respecto de lo que fue la Guerra Fría, sino respecto

de lo que es la guerra al terrorismo. La Argentina vivió los terribles atentados del

’92 y del ’94, que sin duda van a quedar marcados en la historia de nuestro país

como un oprobio. Y la impunidad que eso ha generado es terrible; pero hay un

esbozo, un intento de utilizar el derecho internacional, los foros multilaterales, la

colaboración interpolicial para perseguir a los que se presume autores intelectuales

de esos atentados. El país escogió desde hace tiempo el sendero de responder a

estos actos de terror con los instrumentos del derecho internacional y la cooperación.

 

La muerte de Reyes, el tratamiento en la OEA del caso, creo que hacen que la

guerra al terrorismo, que se libraba por fuera de América Latina, hoy nos incluya.

Cuando digo guerra al terrorismo quiero decir: énfasis en los instrumentos punitivos

de respuesta a este fenómeno, laxitud respecto de las restricciones que impone

el derecho internacional, tendencia a la acción militar preventiva, una idea de

que las fronteras nacionales son porosas y pueden y deben ser desconocidas cuando se persigue a un enemigo de tal naturaleza, es decir: violación de la soberanía nacional en aras de anticiparse o sancionar las posibles acciones de terroristas.

 

-¿Cuál sería entonces el escenario futuro de la región?

 

-Mi sensación es que puede introducirse la guerra contra el terrorismo en

América Latina. En este sentido, creo que la resolución de la OEA es fuerte si uno

cree que efectivamente América Latina se comportó de manera relativamente homogénea; y lo es por su lenguaje de reivindicación de ciertos principios clave

del sistema interamericano. Pero también tiene debilidades: no da cuenta cabal y

crítica de lo que sucedió y del impacto que tiene.

 

Por otro lado, el hecho de que haya sido una resolución con reserva de los Estados Unidos, que dice que al menos en uno de los aspectos resolutivos no están de acuerdo porque piensan que Colombia actuó en legítima defensa, abre compuertas muy problemáticas que nos podrían llevar a un equivalente funcional de la doctrina de seguridad nacional. De nuevo estaría en juego la posibilidad de tener un enemigo visible, identificable. Y así como durante la Guerra Fría la figura de enemigo borraba la diferencia entre un reformista, un radical o un revolucionario, ahora puede borrar la frontera entre demandas políticas legítimas, grupos que recurren a la violencia por su situación de desamparo, grupos insurgentes, asociaciones que delinquen con el narcotráfico, asociaciones de grupos terroristas. Todo vuelve a ser, potencialmente, parte de un nuevo paquete cerrado de quién es el enemigo.

 

-Fuera del contexto internacional, entonces, ¿es imposible analizar lo que hizo

Colombia?

 

-No, porque separar, desagregar y tener en cuenta la complejidad de las aristas

de este tema es un deber, una obligación académica y política. El presidente Uribe

encontró una oportunidad única y la aprovechó. La relación entre Bogotá y

Washington es muchísimo más carnal que cualquier momento de la relación entre los Estados Unidos y la Argentina durante el gobierno de Menem. Pero estoy persuadido de que la decisión de llevar a cabo este operativo fue autónomamente diseñada y ejecutada por el presidente Uribe.

 

Él se encontraba en una situación en la que su mandato y su legitimidad, su origen democrático y los resultados de su política de seguridad, lo amparaban para asumir ese riesgo. Y dio, no lo dudo, el golpe más demoledor que hayan recibido las FARC en más de cuarenta años de existencia.

 

Pero aquí vuelve la tensión paradojal: actuó con métodos y por vías absolutamente ilegítimas y censurables. El eterno dilema entre una acción presuntamente justa desde el ámbito interno, a través de un medio absolutamente injusto desde el ángulo de las relaciones internacionales.

 

Nº 2336 » Abril 2008

Un estado inconsistente

por Editorial · Comentar 

¿La función del Estado radica en la mera acumulación de poder, o bien en la búsqueda de consensos y de un clima de convivencia? Otra vez, para Pascuas, la casa no está en orden. Hoy la situación en la Argentina es muy diferente a la de otros momentos: no hay militares acechando a la puerta como en 1987, ni mucho menos en el gobierno como en el golpe de 1976; tampoco una multitud gritando al compás de cacerolas “que se vayan todos”.

 

Paradójicamente, o no, la mayor violencia se identifica con el rostro del piquetero Luis D’Elía y sus matones, fuerza de choque alimentada por un gobierno de origen democrático. Y esto lo han reflejado con profusión también los medios del exterior, imposibles de comprar o amordazar. “Cada vez que ocurre esto –nos escribe desde España una mujer que ocupó la vicedirección de Criterio– se pierden años de credibilidad y oportunidades para el país, su gente, sus propuestas ante el mundo. ¿Cómo no ve el gobierno el mal que está haciendo?”.

 

Una primera imagen que aparece en este escenario de anomia, donde todos se sienten con derecho a ocupar los espacios públicos y cortar los caminos mientras nadie puede demostrar que representa socialmente algo que vaya más allá de sus propios intereses, es la ya arraigada incapacidad para acordar en los conflictos. Una suerte de “cultura” política que nunca da el brazo a torcer, no sabe ceder ni negociar, sino sólo recurrir al dogmatismo, la ofensa y la confrontación.

 

Frente al caos de un país detenido, con productores rurales y camioneros enfrentados mientras crecen los problemas de desabastecimiento y para transitar por las rutas, el Estado se muestra ausente.

 

El gobierno de los Kirchner, más allá del desacertado y provocador discurso de la Presidenta ante el paro del campo, ha dado repetidas muestras de su poco apego a la ley. No querer pagar el costo político que supone actuar según la Constitución e imponer el orden con las fuerzas de seguridad, cambiar arbitrariamente las reglas del juego, ignorar el control de los otros poderes del Estado, recurrir a los D’Elía o los Moyano como formas de amedrentamiento de neto corte fascista, no es ciertamente la función del Estado. Y mucho menos cuando los conflictos se extienden y exigen prudencia, capacidad de mediación política, diálogo, armonización de intereses.

 

Un gobierno que miente descaradamente en los índices de inflación, que no puede resolver conflictos como el de la increíblemente larga ocupación de puentes en Entre Ríos, que ideologiza de manera populista cuestiones que afectan al derecho y las instituciones, que alimenta el clientelismo político, que se maneja como dueño soberbio del poder y no como su administrador circunstancial, que no sabe darle transparencia a sus ingresos y que no termina nunca de superar su mentalidad de parte ni esconder sus resentimientos, que se expresa en palabras y acciones a través de ministros y secretarios más que censurables, un gobierno así, decíamos, mina peligrosamente su autoridad moral. A lo que se suma la actitud de una clase política y empresarial que, por miedo o por conveniencia, calla su voz.

 

Por otra parte, este gobierno elude enfrentar los desafíos de una sociedad mundial inestable y volátil que altera el orden y la previsibilidad; renuncia a ejercitar el control que le cabe primariamente en los aspectos que sí pueden ordenarse y regularse (desde el tránsito, a la prevención de flagelos sociales y climáticos); y pretende controlar cosas que, está demostrado, no es conveniente ni posible controlar (como ilustran las andanzas del señor Moreno…).

 

“Sin la virtud de la justicia –se preguntaba hace siglos Agustín de Hipona– ¿qué son los reinos sino unos execrables latrocinios? Y éstos, ¿qué son sino unos reducidos reinos?”. Sin justicia cae el concepto mismo de Estado. Y el ejercicio de la justicia exige amor por la verdad y por el bien común, humildad y serenidad, discernimiento y voluntad de paciencia, superación de toda forma de arbitrariedad y sometimiento a la ley. La ley está por encima de los gobiernos, de lo contrario deja de ser tal y el gobierno también.

 

***

El fluctuante proceso político en la Argentina parece así bordear el riesgo de la anomia del Estado en beneficio de pretendidos “gobiernos fundadores”. ¿Qué factores deben tenerse en cuenta para una renovación hasta el momento ausente? Un inventario de ninguna manera definitivo incluye los factores que en la política argentina se manifiestan como símbolos de cohesión pero actúan como factores de dominación. Un ejemplo secular es el federalismo, principio de organización territorial y política invocado para la cohesión funcional de la república, que se ha manifestado entre nosotros en fenómenos como el rosismo y hoy en gobernadores “feudales”, cuya fidelidad tiene un seguro financiero en la Nación. Es decir: en lugar de factor de cohesión, este federalismo funciona como factor de dominación.

 

El nacionalismo, por su parte, en sus diferentes versiones, fue y es expuesto como factor de unidad y cohesión. Si se sigue su historia, que no casualmente en la política argentina contribuye al golpe de 1930, ha sido al fin y al cabo un factor de dominación.

 

Una cuestión actual es si la díada, o dicotomía, derechas e izquierdas (a la que se recurre a menudo en el discurso oficial) tiene aún vigencia como instrumento de análisis o es sólo una simplificación del lenguaje político que encubre otras dimensiones más complejas de la realidad. Toda sociedad civil requiere ciertas bases de acuerdo que hagan posible el aprendizaje de la convivencia a través de un proceso de prueba y error, y de discusión. Estas bases suponen la defensa de ciertas instituciones y, en particular, de cierta disposición de respeto a la verdad, al argumento racional, a la aceptación de la prueba de la experiencia, y de la sociedad como comunidad moral, capaz de persistir a pesar de los desacuerdos que dan origen a un debate continuo. ¿Estamos en eso?

 

Nº 2336 » Abril 2008

Ciudadanía y exclusión en las sociedades postindustriales

por Di Stefano, Roberto · 1 Comentario 

El proceso de formación de Estados nacionales alcanzó su madurez en las últimas décadas del siglo XIX. La emergencia o consolidación de Estados centralizados se verifica en muy diferentes espacios geográficos e histórico-culturales. Es la unificación de Alemania en 1870/71; es la definitiva unidad italiana con la proclamación de la Roma papal como capital en 1870; es la restauración Meiji en Japón, que pone fin al feudalismo del shogunado; es el triunfo de los Estados del norte sobre los confederados en los Estados Unidos; es la Rusia de Alejandro II y Alejandro III; es, sin ir tan lejos, el caso argentino.

 

Ese proceso se dio en concomitancia con los extraordinarios cambios en la economía que produjo la llamada “Segunda Revolución Industrial”. Ella trajo consigo innovaciones de vasto alcance, como la utilización de nuevas fuentes de energía –la electricidad y el petróleo–; el desarrollo de plantas industriales de gran envergadura –químicas, metalmecánicas, bienes de capital, siderúrgica–; el motor de combustión interna, que permitió en el mediano plazo el desarrollo del automóvil, del aeroplano, y la progresiva sustitución del vapor por motores diesel en barcos y locomotoras; y un sinnúmero de innovaciones que afectaron la vida de millones de personas: desde la bicicleta hasta la máquina de escribir, desde el teléfono hasta la radio, desde la aspiradora hasta la heladera.

 

El cambio del modelo de acumulación capitalista fue tan radical que hay historiadores convencidos de que la “verdadera” Revolución Industrial no fue la primera –la de la Inglaterra de fines del siglo XVIII y principios del XIX–, sino la segunda, la de 1870-1914. Esos cambios comportaban la progresiva incorporación de grandes masas de trabajadores, a menudo migrantes. Algunos dejaron el campo, que a su vez se iba tecnificando y expulsaba mano de obra, para habitar las ciudades industriales, o abandonaban sus oficios artesanales en crisis para trabajar como obreros en las fábricas, o incluso cruzaban el océano. El cambio comportaba también la existencia –o la formación– de grandes masas de consumidores para dar salida a una producción también masiva de bienes de consumo, porque al reducirse los costos de producción se reducían también los precios.

 

Se verificó paralelamente el desarrollo del sector terciario: la aparición de los grandes almacenes, la multiplicación de la burocracia de esos Estados nacionales

que se conformaban y creaban ministerios, hospitales, escuelas, oficinas de correos, estaciones de ferrocarril, etcétera; el desarrollo de las comunicaciones, que junto a la reducción de los pasajes permitió el traslado masivo de personas de un lado a otro del mundo –muchos de nuestros ancestros llegados a la Argentina en esos años los supieron aprovechar– y muchos otros.

 

Se iba hacia una sociedad de masas: por eso la preocupación de estudiosos que

empezaron a incluirlas en sus reflexiones, como Gustave Lebon, con su La psychologie des foules (1895), y como José María Ramos Mejía en nuestro país. En lo político la afirmación de los Estados comportaba la ampliación de la ciudadanía y la masificación del voto, que se hizo universal en Francia en 1875, en Austria en 1907, en Italia y en Argentina en 1912, en Alemania y en Inglaterra en 1918 (aunque en Inglaterra desde 1884 votaban ya todos los jefes de familia). Y el voto femenino llegará a Finlandia en 1905, a Noruega en 1913 y a Inglaterra en 1918.

 

Se iba a una sociedad de masas en todo nivel, y era tendencialmente inclusiva. Se la ha llamado “sociedad fordista”, porque su modelo es de algún modo el que refleja el imaginario forjado por Henry Ford a partir del desarrollo de autos de consumo masivo: el paradigma del Ford “T” (1908), automóvil muy barato y fácil de conducir y de reparar. Ford imaginaba a sus propios trabajadores como consumidores y pagaba salarios extraordinariamente altos (cinco dólares al día). En sus fábricas de Detroit introdujo la cinta de montaje, y a la producción masiva asoció la publicidad también masiva: todo periódico, decía, debería contener un anuncio de sus vehículos.

 

Esa concepción del productor/consumidor, de producción masiva para mercados

masivos, no se había forjado en un período de bonanza sino en uno de crisis: su escenario inicial fue la “Gran depresión” que a partir de 1873 redujo las tasas de beneficio empresariales hasta finales del siglo. El cambio tecnológico tuvo en parte relación con la necesidad de maximizar las ganancias en un tiempo de crisis. El desarrollo de la cadena de montaje en los Estados Unidos no es casual: los empresarios del coloso del norte padecieron siempre, a causa de la abundancia de oportunidades que ofrecía su economía, de escasez de mano de obra, lo que conllevaba salarios más altos que en Europa.

 

De allí la necesidad crónica de maximizar la productividad, la respuesta de los sistemas tayloristas y fordistas. Al decir que se trataba de una sociedad tendencialmente inclusiva quiero expresar que se trató de un proceso que alcanzó de manera diferente y en diferentes momentos a distintos países y a distintos sectores sociales dentro de ellos. Cien años después de la “Gran depresión” de 1873-1896, una nueva crisis afectó a la economía mundial. Entre sus causas se cuentan muy diversos factores, entre ellos el brusco aumento de los precios del petróleo a partir de 1973. Pero la sociedad fordista, que tras la crisis de los años 30 y la Segunda Guerra Mundial había arraigado en Europa y en otras áreas del planeta –y, aunque con muy diferentes modalidades, también en el mundo socialista–, estaba dando señales de agotamiento. En parte porque la expansión económica comenzó a producir en los países capitalistas desarrollados altos índices de inflación, alimentados por la tendencia al déficit de las arcas públicas de los “Estados de bienestar”. En parte porque la puja entre salarios y rentabilidad industrial en un contexto inflacionario tendió a agudizarse.

 

En parte porque nuevos actores sociales estaban entrando en escena en las décadas del 50 y del 60 y la producción tendió a segmentarse, apuntando a consumidores específicos –jóvenes, mujeres, entre los más notables–, mientras el modelo fondista preveía la producción masiva de productos iguales, en serie, para consumidores concebidos también como iguales en sus gustos y preferencias. A éstas deberían sumarse otras razones –políticas, geopolíticas, culturales– que sería largo exponer y cuyo impacto en algunos casos no es del todo claro. Tal vez en el futuro, con más perspectiva que hoy, terminaremos de comprender la magnitud, los alcances de un cambio que todavía no ha concluido.

 

Lo que interesa es que esta nueva recesión también se produjo en concomitancia,

y en estrecha relación, con un nuevo cambio tecnológico sin precedentes que algunos denominan “Tercera Revolución Industrial”: es el desarrollo a niveles desconocidos de la electrónica, de la energía nuclear para fines civiles, así como de otras fuentes de energía, de las comunicaciones satelitales, de la robótica, de las computadoras, de internet, de la telefonía, etcétera. El mundo que vivimos hoy nace en buena medida de esa crisis de los años 70. Pero esta nueva revolución, a diferencia de la del siglo XIX, ha conducido a un cambio del modelo de acumulación capitalista que no es inclusivo sino excluyente. En la década del 60 los trabajadores luchaban contra la explotación, hoy los desocupados luchan por la inclusión. ¡Ojalá, al menos, los explotaran! Las nuevas tecnologías ahorran trabajadores y la producción no apunta –al menos en todos los casos– a mercados masivos de consumidores. Los países ricos necesitan menos de algunos de los países pobres que antaño los proveían de materias primas, porque las han ido sustituyendo por materiales sintéticos. La producción, además, ya no es el sector más dinámico de la economía mundial: ha sido reemplazada por un sector financiero progresivamente desnacionalizado e inmanejable.

 

El problema real es que los seres humanos tienden a ser menos necesarios que antes. Cabe señalar, tal vez, la excepción de países como China e India, que están creciendo a ritmos vertiginosos e incluyendo crecientes masas de población

al mercado y a la producción, aunque es claro que no se trata de sociedades inclusivas como lo fueron las fordistas del siglo XX, si se tiene en cuenta, por ejemplo, la brutal disparidad de salarios que separa a los sectores vinculados al desarrollo de productos de alta tecnología del resto de los trabajadores.

 

Esta situación desde luego afecta a los Estados nacionales, que por más de un motivo encuentran reducidos sus márgenes de acción. La nueva economía, aunque no prescinde de los marcos nacionales, en buena medida los excede. Los movimientos de capital financiero son muy difíciles de controlar. Las empresas se han internacionalizado y de algún modo se han deslocalizado en un mundo en que se producen comunicaciones al instante de una punta a otra del planeta. Es que la formación de ciudadanos y de productores/consumidores históricamente estuvo estrechamente ligada y ahora se deshace. En la medida en que los hombres y mujeres tienden a ser menos necesarios como productores y como consumidores, en la medida en que quedan fuera del mundo del trabajo y del mercado, pierden su estatus de ciudadanos y por lo tanto los Estados pierden control sobre ellos. El espectacular desarrollo de economías “paralelas” e incontrolables, de producciones y consumos ilegales, como el narcotráfico, son parte de este problema.

 

Como lo es el de las inmensas disparidades regionales y sociales que atentan contra la cohesión social dentro del marco nacional. Las desigualdades han crecido incluso en los países capitalistas más avanzados, como indica por ejemplo el hecho de que en Europa hay ya generaciones de ciudadanos que viven de la seguridad social. Ni hablar en los Estados Unidos. En América latina, donde los Estados han alcanzado menores grados de consolidación que en Europa o los Estados Unidos, tenemos casos como el de Colombia, con un tercio de su territorio fuera del control del Estado, y de Brasil, incapaz de controlar las favelas de Río o de San Pablo. Bolivia está partida en dos. La Argentina, con buena parte de su población activa fuera de la economía formal, no logra superar la crisis política que estalló en 2001.

 

Un “ciudadano” dispuesto a vender su voto por un par de zapatillas obviamente no es capaz de ejercer sus derechos políticos. Así, tras el surgimiento, apogeo y disolución de sociedades que aunque no fueran “igualitarias”, eran indudablemente inclusivas, va dejando paso a sociedades más brutales aún porque son excluyentes. Ambos procesos, el de disgregación social y el de crisis de la ciudadanía, de los sistemas políticos y de los Estados nacionales, no pueden no ir de la mano, porque de la mano nacieron.

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