Revista Criterio
Mayo 2008
Nº 2337 » Mayo 2008

Muerte voluntaria

por Farías, Gisela · Comentar 

Aclara la autora en el prólogo “que no se confronta aquí con aquellas corrientes, religiosas o seculares, cuyo dogma o valor supremo orientan más definidamente en la toma de decisiones. De hecho, el ordenamiento jurídico de nuestro país protege y garantiza tales elecciones. La perspectiva de esta obra dirige su mirada hacia la otra orilla, hacia aquellos que vienen trazando un sendero de divergencia, de elecciones controvertidas y personalísimas y que no hallan respaldo legal para sus preferencias. Preferencias que no dañan a terceros ni al orden público y que deberían ser receptadas por un sistema destinado a garantizar el respeto por las diferencias”.

 

Desde esta óptica, la obra exhibe una recopilación profusa de información y un análisis de ella excelentes. Ese análisis se efectúa tanto desde la historia, como desde la filosofía, la psicología, la moral, el derecho, etc.

 

Es decir, desde una perspectiva verdaderamente multidisciplinaria e integradora, tal como lo exigen las cuestiones bioéticas en general. Por esta vía se enrola en la postura de la preeminencia de la libertad sobre el ser y afirma que “la idea de que la vida debe estar por encima de cualquier otro bien o de que es un valor intrínseco (…) expresa el grado de sujeción de un individuo al discurso de los padres, de la cultura o de la religión. (…) Por el contrario, la verdadera libertad, la que asegura su condición ética, se sitúa en el hecho de que el sujeto, efectivamente, pueda elegir. Y de que pueda elegir, precisamente, la muerte, puesto que la vida ya le está impuesta” (pág. 58).

 

Sostiene la autora: “La cuestión tal vez sea la de si hay argumentos jurídicos para oponerse dentro de un sistema democrático. (…) desde una perspectiva laica, no habría, efectivamente, objeciones éticas a quitarse la vida, en tanto se trate del ejercicio de una libertad de elección que, además, no perjudica a terceros.”

(pág. 30).

 

Coincidimos con la autora en su afirmación prologal “de que no hablar de ciertos temas no conjura su existencia”. Es el motivo por el que destacamos este libro, de lectura agradable, pese a tratar temas profundamente dolorosos, con la esperanza de incitar a la formulación de nuevos estudios a la altura del desafío.

 

Desde nuestra peculiar perspectiva jurídica, iniciamos la tarea señalando que no coincidimos en la afirmación de la autora de que el suicidio sea un acto que no perjudica a terceros. Quizás esta afirmación pueda verse influida, aunque no justificada para nosotros, por la convivencia cotidiana con personas que padecen enfermedades dolorosas y terminales.

 

Sostenemos que la aventura de vivir no lo es ni en la soledad ni en la individualidad. Durante ella, las personas se relacionan y adquieren vínculos morales y jurídicos que importan asumir compromisos y obligaciones. En la mayoría de los casos, el suicidio traiciona estas conductas debidas a los compañeros del camino. De allí que, históricamente, algunas culturas han castigado al suicida fallido, considerándolo traidor a sus deberes con la comunidad a la que pertenecían.

 

Hoy podríamos imaginar a un padre que se suicida y que abandona así sus obligaciones de tal. El hecho de no existir el sujeto pasivo de la sanción y ser imposible la actuación de la justicia humana, no permite deducir de allí que la acción sea lícita para el derecho. Si existiesen herederos del patrimonio del suicida de grado preferente a quienes éste debía alimentos, ¿no estarían obligados a indemnizar el daño producido por el abandono?

 

Según nuestro parecer y ya desde una apreciación valorativa de la acción y exclusivamente desde esta vida terrenal, podría decirse que el suicidio soluciona el problema de Hamlet: “Ser o no ser”. Lo que indudablemente no soluciona es el problema de “haber sido”.

 

La libertad es característica distintiva e inalienable del humano frente al resto del mundo. Pero ella presupone y es posterior al ser. Así como san Agustín decía que “el Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, tenemos que advertir que el hecho de ser, no ha sido fruto de nuestra libertad. Y dada la equivalencia ontológica de ser y bien, de no ser y de mal, hay que deducir que el intentar no ser, es equivalente al mal. El intentar no ser, ¿no es producto del orgullo original que nos conduce a tratar de ser “como dioses”?

Nº 2337 » Mayo 2008

Sobre “Creación y evolución”

por Martínez Picabea de Giorgiutti, Elba · 1 Comentario 

El artículo firmado por el ingeniero Florencio Arnaldo, “Creación y evolución”, publicado en el número 2334 de Criterio, constituye una de las reflexiones más medulosas que, desde el pensamiento católico, se han escrito en los últimos tiempos sobre el tema.

 

La oportuna ponderación de los “intelectuales católicos decididos a dar batalla” contra quienes amparados en sus méritos científicos predican una cierta apología del ateísmo, es ciertamente compatible con otras críticas que podrían hacerse a cierta intelectualidad católica, cuando insistentemente se intenta desvalorizar la tarea científica de Darwin, interpretando su pensamiento evolucionista como en abierta oposición a la letra y al espíritu de la Biblia y por lo tanto de la Palabra Revelada.

 

Darwin, el científico, hizo puntualmente dos cosas: ordenó las numerosísimas pruebas que obraban en su poder a favor de la evolución de los seres vivos y postuló un mecanismo de selección que permitiría la formación de nuevas especies a partir de especies preexistentes.

 

Con respecto al primer punto, sostuvo que todos los seres vivientes descienden de ancestros comunes. En este sentido propuso sus argumentos opuestos al pensamiento partidario de la creación separada de cada especie, pero de ninguna manera opinó contra los documentos religiosos, y mucho menos negó la existencia de Dios.

 

Cabe destacar que Darwin no empleó en sus escritos el término “evolución” sino que se refirió al concepto con el nombre de “descendencia con modificación”. En lo que se concierne al “motor” de la evolución, describió el mecanismo conocido con el nombre de “selección natural”. Según su hipótesis, los efectos del medio ambiente –desde el alimento disponible hasta el clima o los cambios geológicos– determinan en los individuos de una población diferentes grados de capacidad para sobrevivir y reproducirse.

 

Esta variabilidad en el éxito reproductivo está dada por la capacidad o no de salir victorioso en la lucha por la existencia que deberá entablar con el entorno y con sus contemporáneos.

 

Tanto el pensamiento de Thomas Malthus, desde el análisis demográfico poblacional, como el de Herbert Spencer, en relación con los factores económicos de influencia social, ejercieron un papel decisivo en el desarrollo del pensamiento darwiniano. En el trabajo de Arnaldo resulta imprescindible remarcar su convicción de que, sin entrar en conflicto con la ciencia más rigurosa, es posible sostener la existencia de un Creador Primero que continua ejerciendo su obra creadora, en la cual ha permitido la injerencia de la colaboración humana.

 

No sólo Teilhard de Chardin descreía del azar, también renegaba de él Darwin. Su lucha por “incluir” a un Dios, en el que quería creer, en un proceso creacionista diferente del simbolismo del relato bíblico de inspiración divina, duró hasta el final de sus días.

 

Ciertamente, hay otras tareas pendientes más allá de la necesidad de actualizar los puntos de vista científicos de la jerarquía eclesiástica. Allí no se agota la tarea y, tal como afirma Arnaudo, la necesidad de proclamar la espiritualidad del alma por sobre la “fisiología de la conciencia”, es una de ellas.

 

No sólo el hombre de fe debe darse cuenta de que en el discurso de la ciencia es el científico el que tiene autoridad, sino también el científico debe saber que en materia religiosa no puede ostentar razones para opinar.

 

¿Habrá católicos de fe profunda y formación científica rigurosa capaces de alcanzar autoridad en el ambiente positivista que domina nuestra ciencia en los albores del siglo XXI? El liderazgo de la intelectualidad católica en esta tarea es urgente; habrá que ver si es posible.

 

*La autora de esta carta es médica genetista.

 

Nº 2337 » Mayo 2008

Imaginación,inteligencia y trabajo

por Reggini, Horacio C. · Comentar 

Sabemos que nació en 1906, en uno de los barrios más elegantes de París, ciudad a la que su familia había viajado en busca de un tratamiento para su padre. Pero Federico Leloir falleció antes del nacimiento de su noveno hijo. Cuando Luis Federico tenía dos años, su madre, Hortensia Aguirre Herrera, regresó con él a Buenos Aires. Se cuenta que aprendió a leer solo. Hasta la adolescencia su vida transcurrió entre la Argentina y Europa. De su entorno familiar heredó el carácter modesto y sencillo de su madre y en cierta medida la personalidad relevante y culta de sus primas por parte materna, Victoria y Silvina Ocampo.

 

Cursó la carrera de Medicina en la Universidad de Buenos Aires. Se recibió en 1932 y trabajó en el Hospital de Clínicas. Para realizar su tesis se acercó a Bernardo Houssay, director del Instituto de Fisiología de la Facultad de Ciencias Médicas, donde ingresó como ayudante. Allí obtuvo el premio de la Facultad por su tesis. Leloir decidió entonces consagrarse totalmente a la investigación.

 

Houssay sentía un gran respeto por Leloir y en 1936 le aconsejó que se trasladara a la Universidad de Cambridge para perfeccionarse en bioquímica en el laboratorio de Sir Frederick Hopkins (premio Nobel en Fisiología y Medicina en 1929). Uno de los colaboradores y biógrafos de Leloir, Alejandro Paladini, señaló en 1971: “Houssay fue el guía de la formación científica de Leloir, y Leloir es el homenaje mayor que ha recibido Houssay”. Y refiriéndose al laboratorio de Hopkins, expresó: “Allí adquirió la disciplina científica propia y característica de la ciencia inglesa, tan afín con su propia personalidad: pocos instrumentos, un pequeño espacio, problemas fundamentales elegidos con cuidado y laborados rigurosamente, habilidad manual, ciencia básica”. Luego de Cambridge, Leloir regresó al Instituto de Fisiología. En 1943, se casó con Amelia Zuberbühler, con quien tuvo una hija, Amelita. Ambas apoyaron siempre su labor.

 

George Steiner señala que “la única licencia honrada y demostrable para enseñar es la que se posee en virtud del ejemplo. Solamente la vida real del maestro tiene valor como prueba demostrativa. Jesús y los santos enseñaron existiendo”.

Y Leloir fue un auténtico maestro. En un profesor no hay distinción entre vida pública y vida privada: el ejercicio de la docencia y la investigación abarca la vida entera, las veinticuatro horas del día. Entre 1944 y 1945 se desempeñó como investigador en New York y en Washington. A su regreso retomó su actividad en los laboratorios de Houssay y poco más tarde, en 1947, organizó el Instituto de Investigaciones Bioquímicas Fundación Campomar. La institución se apoyaría en cuatro pilares: honestidad, voluntad, estoicismo y responsabilidad. En su inauguración, Leloir dijo: “…es poco común llegar a comprender cuáles son los pasos necesarios para que la ciencia avance. Todos valoran la enorme influencia que ésta tiene sobre la necesidad moderna, pero son escasos los que dirigen sus esfuerzos hacia el progreso científico. Esta falta de interés es debida en gran parte al hecho de que los resultados de la investigación aparecen lentamente y bajo formas poco espectaculares. A veces se requieren muchos años antes de que un descubrimiento se manifieste en forma que pueda ser apreciada por el gran público”.

 

Leloir solía llegar al Instituto cargado de frascos de todo tipo, juntados por su familia para el laboratorio. Siempre hubo policromía y heterogeneidad en la frasquería del Instituto, porque ésa era la forma de no equivocarse de frasco. Poseía un innato sentido del humor, aun en los momentos de desaliento; le gustaba poner sobrenombres jocosos a las cosas.

 

El 27 de octubre de 1970, la Real Academia de Ciencias de Suecia le otorgó el Premio Nobel de Química por sus descubrimientos. Leloir se convirtió súbitamente en figura pública luego de muchos años de arduo y sigiloso trabajo. Tímido, con una personalidad casi ascética, al recibir el premio dijo que él sólo representaba la centésima parte de las tareas de investigación y atribuyó el mérito a sus colaboradores.

 

Otra vez me permito citar a George Steiner, quien valora el mundo científico-tecnológico y las grandes preguntas sobre el misterio de la vida y del universo: “Los grandes científicos se expresan siempre con cierta modestia porque no pueden fabricar un engaño. En el área científica el que comete un bluff es eliminado de inmediato”. Y nos recuerda también que nos toca a todos comprender a la ciencia: “Hoy no se puede hablar de hombres y mujeres de cultura, en el sentido general de la palabra cultura, si no conocen la ciencia […] Creo que en la ciencia se puede encontrar una moral de la verdad, una poética del mañana, un sentido del porvenir, que podrían ser los gérmenes de ciertos criterios de excelencia humana”. de excelencia humana”.

 

Leloir fue designado miembro de número de la Academia Argentina de Letras el 24 de mayo de 1979 y ocupó el sillón José María Paz. En su discurso de incorporación expresó que antes “se confiaba demasiado en el poder de la mente por sí sola. Faltaba que se descubriera que muchos problemas no se resuelven sólo pensando, sino que hay que interrogar a la naturaleza por medio de experimentos. La aplicación sistemática de la experimentación fue una etapa fundamental para el desarrollo de la ciencia y para darle al mundo el aspecto que tiene hoy”.

 

Citó el magnífico relato de sir Richard Gregory, editor de Nature, sobre la experiencia de Galileo de 1591. Algunos miembros de la Universidad de Pisa y muchos curiosos están reunidos al pie de la maravillosa torre inclinada de mármol blanco de aquella ciudad. Un joven profesor sube la escalera en espiral hasta que llega a la galería encima de la séptima fila de columnas. La gente lo observa desde abajo mientras se apresta a lanzar dos bochas desde el borde de la galería. Una pesa cien veces más que la otra. Las bochas son soltadas en el mismo instante y se las ve caer por el aire bien juntas hasta que se las oye golpear el suelo en el mismo momento. La naturaleza ha hablado con un sonido indudable y ha dado la respuesta a una cuestión debatida durante dos mil años. “Este entrometido Galileo debe ser suprimido”, murmuraron los profesores de la Universidad mientras salían de la plaza.

 

“¿Pensará él que mostrándonos que una bocha pesada y otra liviana caen juntas al suelo podrá debilitar nuestra creencia en la filosofía, que enseña que una bocha que pesa cien libras cae cien veces más rápido que una que pesa sólo una libra? Tal desprecio por la autoridad es peligroso y procuraremos que no se difunda”. Y volvieron a sus libros, para poder rechazar la evidencia de sus sentidos, y odiaron al hombre que había perturbado su serenidad filosófica.

 

Por haber sometido las creencias a la prueba del experimento y por basar conclusiones sobre las observaciones, Galileo fue premiado en su vejez con la prisión por orden de la Inquisición, y con un corazón partido. Así es como un nuevo método científico [fue] juzgado por los guardianes de la doctrina tradicional.

 

Lo narrado por Leloir sigue por desgracia vigente en muchos órdenes: en lugar de la curiosidad genuina y el deseo espontáneo de contemplar al mundo a través de los anteojos del otro, los opositores a una nueva teoría la rechazan de plano y reiteran inexpugnables opiniones, recreando así la postura de los profesores de la Universidad de Pisa, quienes rehusaron también la invitación de Galileo a mirar el cielo por medio de su telescopio.

 

En esa misma oportunidad resumió así los rasgos esenciales del hombre de ciencia: “Aun con la ayuda de las máquinas electrónicas y de todos los recursos más sofisticados, los científicos necesitarán [siempre] de las cualidades humanas indispensables para la creación. La imaginación tiene, como en la creación artística, un papel fundamental. Hace falta además, inteligencia y dedicación [y trabajo]”. El autorretrato de quien contribuyó con su presencia y su conducta al fortalecimiento y la elevación de la cultura argentina.

Nº 2337 » Mayo 2008

Por compasión

por Blakemore, Colin · Comentar 

Recuerdo vívidamente el anuncio del primer transplante de corazón humano en diciembre de 1967. Después de una carrera casi indigna para ser el primero en intentar un transplante, el cirujano sudafricano Christiaan Barnard alcanzó esa meta. La justificación para embarcarse en ese riesgoso procedimiento se apoyaba en argumentos endebles y desalentadores, por decir lo menos. La operación, prácticamente, careció de un marco ético o jurídico. En cuanto a la decisión de operar, Barnard dijo: “ni siquiera informé a las autoridades del hospital que iba a realizar la operación”.

 

Hoy el marco de la investigación médica difiere totalmente: la legislación es estricta, hay sistemas de acreditación y licencia, comités de ética y gobierno, y entidades reguladoras. En este momento, lo que preocupa en el Proyecto de Fertilización Humana y Embriología (en inglés, HFE) es su regulación. A la luz de los avances en el conocimiento científico, el proyecto procura actualizar el marco jurídico de Gran Bretaña aplicable a esta área de investigación médica, cuyo cuerpo legal data de 1990. Es preciso mantener tanto una actitud abierta como de control estricto sobre un área de investigación de alta sensibilidad y que, sin un código de práctica apropiado, podría dar lugar a abusos.

 

La parte del Proyecto HFE que ha provocado mayor inquietud en algunos líderes religiosos (no en todos) es el de la combinación de materia humana y animal. En los muy difundidos comentarios se hablaba de “proporciones frankensteinianas” dado que la investigación afecta “el carácter sagrado de la vida humana, su significado y su propósito” y (para un obispo anglicano) “juega con… la humanidad”. La imagen que algunos comentaristas conjuran es la de monstruos completamente formados, mitad humanos y mitad animales. No obstante, una característica importante del proyecto es que prohíbe todo intento de este tipo. Una técnica clave reconocida en el proyecto –ya permitida por las leyes existentes– es la formación de “híbridos citoplasmáticos”, lo cual comporta la inserción del núcleo de una única célula humana (por ejemplo, la de un paciente que padece una enfermedad genética) en el huevo vacío de, digamos, un conejo.

 

La célula resultante, si bien no surge de la fertilización y su material genético deriva casi íntegramente del donante adulto, tiene las características de un embrión. Se divide y, lo más importante, de ella se pueden extraer células madre para investigación. El proyecto impediría que estos “embriones humanos mezclados” se conservara  más de catorce días (el límite Warnock de la ley de 1990), cuando sólo serían una minúscula bola de cien células no mayor que la punta de un alfiler. Y, por supuesto, no podrían ser implantados.

 

Una de las ventajas (y mi opinión es que se trata de una ventaja moral a la vez que práctica) es que esta técnica permite producir células madre para investigación sin utilizar huevos humanos o embriones humanos normales. Es posible que el estudio de las células madre que portan genes de enfermedades ofrezca un valioso conocimiento de la base de estas terribles afecciones, y resulte útil para producir y experimentar tratamientos nuevos.

 

Algunos críticos insinúan que la investigación en células madre adultas (por ejemplo, de la médula espinal) podría sustituir el uso de células madre embriónicas. Mis colegas investigadores niegan esto rotundamente, pero sí ven posible que el conocimiento producto de la investigación con células madre pueda aumentar el potencial de uso terapéutico de células madre adultas. Algunos apuntan al reciente desarrollo de métodos destinados a transformar células adultas comunes en células con las características de células madre embrionarias. Pero estas técnicas conllevan infección viral y modificación genética, lo cual hace que muchos se muestren renuentes a aceptar la utilidad de dichas células. Sin embargo, la investigación en células madre embrionarias, sin duda, nos ayudará a mejorar el trabajo con las células adultas.

 

Las ratas transgénicas que portan genes humanos son otra forma de combinación humano-animal que abarca el proyecto. Estos animales portadores de genes productores de la enfermedad de Huntington y el síndrome de Down, ya desempeñan un papel vital en la investigación. No creo que muchos consideren que esa variedad de ratones, en cuyas células hay un fragmento de ADN humano, sean monstruos ofensivos.

 

Hace poco escribí a The Times sugiriendo que una discusión entre líderes religiosos, parlamentarios preocupados y representantes de la comunidad científica podía ofrecer un camino a seguir. No creo que los científicos deban objetar el liderazgo espiritual del clero, pero pueden brindar información autorizada que contribuya a apuntalar los juicios éticos. Jim Devine, diputado laborista católico, propuso algo similar. Muchos científicos destacados están dispuestos a participar, y funcionarios de la Conferencia de Obispos Católicos de Inglaterra y Gales han ofrecido organizar dichas discusiones.

 

Tampoco debería olvidarse que muchas personas consideran que existe un sólido argumento moral a favor de esta área de la ciencia, y que la dedicación de muchos investigadores británicos está fuera de discusión. No es posible dar garantías, pero la investigación de células madre ofrece un enfoque radicalmente nuevo para el conocimiento de enfermedades hoy incurables, como la diabetes, el parkinson y la esclerosis lateral amiotrófica. Y podría conducir a nuevos tratamientos tan revolucionarios como lo fue el transplante de corazón en 1967. Esta es la razón por la cual recientemente la Association of Medical Research Charities (Asociación de Entidades de Beneficencia para la Medicina) y el Genetic Interest Group (Grupo de Interés Genético), que representan a más de 220 entidades benéficas para la Medicina y grupos de pacientes, se han dirigido a los parlamentarios para pedirles que apoyen el proyecto.

 

Sospecho que muchos de los que en su momento se conmocionaron ante el anuncio del trabajo de Barnard están hoy entre los cuatro mil que se salvan cada año gracias al transplante de corazón, el 95% de los cuales sobrevive por lo menos cinco años. Invito a los líderes religiosos preocupados por el Proyecto HFE a que consideren si propondrán a sus comunidades la conveniencia de rechazar nuevos tratamientos aplicados a terribles enfermedades y derivados de la investigación que el proyecto regulará.

 

Texto de The Tablet, 29 de marzo de 2008. Traducción: Silvina Floria

 

Nº 2337 » Mayo 2008

¿Divulgación o democratización de las ciencias?

por Ferraro, Ricardo A. · Comentar 

Sin duda, los resultados de las investigaciones científicas y de los desarrollos tecnológicos influyen en casi todos los órdenes de nuestra vida. Además, la velocidad con la que se deben tomar decisiones en estas disciplinas casi siempre dificulta la concepción y adopción de medidas por parte de los gobiernos y, dado que la omisión es también una forma de decisión, la mayoría de las decisiones se toman por omisión, con el inconveniente de que, como no se sabe qué se “decidió”, es imposible evaluar las ventajas e inconvenientes de la decisión. Y aprender de ella.

 

Pero casi toda nuestra gente vive y trabaja en contextos muy diferentes de aquellos donde estos conocimientos y tecnologías nacen, se generalizan y se distribuyen. Por todo esto, cabe preguntar(se) qué opina la gente. Quienes en el siglo XVIII teorizaron sobre la democracia representativa reconocieron que una de las condiciones para su buen funcionamiento era la educación del electorado. Pero nunca podrían haber imaginado qué significaría esa educación tres siglos más tarde.

 

Hoy es fácil comprobar que las formas, profundidad y alcance de las ciencias y las nuevas tecnologías en la sociedad civil y política constituyen un problema para el funcionamiento de un Estado democrático. Se supone que las acciones del Estado reflejan deseos populares, ya sea porque la gente expresa su opinión a través de convocatorias directas o porque quienes han sido elegidos como sus representantes las interpretan correctamente. En verdad, sólo una reducida elite de expertos tiene los conocimientos necesarios para comprender el verdadero alcance y las consecuencias de las decisiones en las que las ciencias y las tecnologías son factores críticos.

 

El autor es ingeniero, profesor en la Maestría de Política y Gestión de la Ciencia y la Tecnología en la UBA. ¿Cuáles pueden ser las consecuencias de que la casi totalidad de los ciudadanos dependa de los conocimientos de una minúscula minoría que representa sólo a un segmento de la sociedad, tanto por su formación como por sus intereses? Una de las facetas de este tema es la creciente dificultad en las decisiones de adjudicación de fondos. Por ejemplo, nuestro país ¿debe encarar inversiones sustanciales para que sus físicos adquieran conocimientos sobre la estructura de la materia, debe apostar a investigaciones del genoma humano, o volcar ese dinero al estudio de algunas enfermedades? ¿Quiénes deben decidir sobre estas cuestiones? ¿Le corresponde a los legisladores?, ¿a los científicos? ¿A cuáles? No es sencillo responder estas preguntas.

 

Los legisladores, los jueces, las autoridades educativas y los líderes empresarios y sindicales ¿están en condiciones de decidir cómo aplicar esos conocimientos, de los que sólo tienen nociones parciales y, a veces, distorsionadas? Seguramente deberían consultar con expertos, pero éstos, a su vez, es difícil que sepan qué factores influyen en las decisiones empresariales y políticas, ya que generalmente conocen poco o nada de los factores de poder. ¿Una nueva agenda social?

 

Para quienes generan conocimientos tampoco sería sencillo tomar decisiones sobre qué investigaciones son prioritarias, o qué destino dar a conocimientos ya adquiridos, sin entrar en conflicto con otros actores o con principios del sistema democrático. Suele hablarse de la necesidad de un ‘nuevo contrato social’ entre la sociedad y los protagonistas de las ciencias y las tecnologías. Pero no será fácil aunar criterios. Por ejemplo:

 

• ¿Quién representaría al público –o ¿quién sería el síndico del pueblo?– frente a la elite del conocimiento? Cuando se toman decisiones en estos temas no puede dejar de considerarse, por ejemplo, que la mayoría de los estadounidenses no acuerda con la teoría de la evolución, de Darwin.

 

• En 1953 los biólogos moleculares habrían tenido sólo argumentos epistémicos. Los que hoy toman decisiones también deben considerar el costo de los sistemas privados de atención médica y la disponibilidad de dinero del Estado para esos fines.

 

• El público no puede adquirir autónomamente una comprensión suficiente de diferentes cuestiones científicas o tecnológicas, por lo que el poder retórico de sus tutores se convierte en un elemento crítico en cualquier debate.

 

• Las correctas relaciones entre la elite del conocimiento y las prácticas democráticas constituyen una estructura que se rompe en el eslabón más débil. Más allá de toda la voluntad que haya para llegar a un acuerdo, si los que toman las decisiones han adquirido opiniones ideológicamente distorsionadas o que los beneficien económicamente, el resultado puede ser catastrófico.

 

Creemos que los Estados deben organizarse para que se puedan tomar decisiones cada día más ‘imparciales’, es decir, que no tiendan a beneficiar sólo a algunos grupos o individuos.

Si bien hay un debate teórico acerca de cómo instrumentar la toma de decisiones más imparciales y más ‘objetivas’ (si esto fuera posible), muchos pensamos que el camino pasa por procesos de discusión colectiva y, por lo tanto, se requiere consultar a gente que está –y estarᖠfuera del poder, y que el Estado debería facilitar estos procesos.

 

Si el Poder Ejecutivo, los legisladores y jueces no tienen ideas claras acerca de cómo decidir muchas cosas, muy importantes, el Estado debe facilitar la creación colectiva de las decisiones. Mucha inteligencia, muchos conocimientos y mucha información están fuera del Estado, por eso se deben facilitar los encuentros con muchas ideas, aunque sean diferentes.

 

¿Una nueva agenda social?

Para quienes generan conocimientos tampoco sería sencillo tomar decisiones sobre qué investigaciones son prioritarias, o qué destino dar a conocimientos ya adquiridos, sin entrar en conflicto con otros actores o con principios del sistema democrático. Suele hablarse de la necesidad de un ‘nuevo contrato social’ entre la sociedad y los protagonistas de las ciencias y las tecnologías. Pero no será fácil aunar criterios. Por ejemplo:

• ¿Quién representaría al público –o ¿quién sería el síndico del pueblo?– frente a la elite del conocimiento? Cuando se toman decisiones en estos temas no puede dejar de considerarse, por ejemplo, que la mayoría de los estadounidenses no acuerda con la teoría de la evolución, de Darwin.

• En 1953 los biólogos moleculares habrían tenido sólo argumentos epistémicos. Los que hoy toman decisiones también deben considerar el costo de los sistemas privados de atención médica y la disponibilidad de dinero del Estado para esos fines.

• El público no puede adquirir autónomamente una comprensión suficiente de diferentes cuestiones científicas o tecnológicas, por lo que el poder retórico de sus tutores se convierte en un elemento crítico en cualquier debate.

• Las correctas relaciones entre la elite del conocimiento y las prácticas democráticas constituyen una estructura que se rompe en el eslabón más débil. Más allá de toda la voluntad que haya para llegar a un acuerdo, si los que toman las decisiones han adquirido opiniones ideológicamente distorsionadas o que los beneficien económicamente, el resultado puede ser catastrófico.

 

Creemos que los Estados deben organizarse para que se puedan tomar decisiones cada día más ‘imparciales’, es decir, que no tiendan a beneficiar sólo a algunos grupos o individuos.

 

Si bien hay un debate teórico acerca de cómo instrumentar la toma de decisiones más imparciales y más ‘objetivas’ (si esto fuera posible), muchos pensamos que el camino pasa por procesos de discusión colectiva y, por lo tanto, se requiere consultar a gente que está –y estarᖠfuera del poder, y que el Estado debería facilitar estos procesos.

 

Si el Poder Ejecutivo, los legisladores y jueces no tienen ideas claras acerca de cómo decidir muchas cosas, muy importantes, el Estado debe facilitar la creación colectiva de las decisiones. Mucha inteligencia, muchos conocimientos y mucha información están fuera del Estado, por eso se deben facilitar los encuentros con muchas ideas, aunque sean diferentes.

 

Concejos ciudadanos

(Citizen consensus councils)

La palabra council se traduce como ‘concejo’ en los casos de, por ejemplo, los concejos municipales o los de guerra; por lo tanto, los citizen consensus councils serían ‘concejos ciudadanos para el consenso’ o ‘concejos para el consenso ciudadano’; pero, más allá de combinaciones lingüísticas, en ellos los ciudadanos se reúnen para acordar o llegar a consensos. En adelante los denominaremos CCC, tanto en inglés como en español. El CCC “es un microcosmos de una población mayor, donde los ciudadanos dialogan para profundizar sus acuerdos sobre temas de interés común. Habitualmente son grupos de 12 a 24 personas, elegidas al azar o para que sean demográficamente representativas de su comunidad o país.

 

El CCC delibera sobre temas que interesan a la población entre la que fue elegido y cuenta además con idoneidad profesional para alcanzar acuerdos. Sus conclusiones se hacen llegar a las autoridades correspondientes y a la población que representan, habitualmente a través de la prensa. Más tarde, casi siempre, el CCC se disuelve, así como lo hace un jurado una vez que ha cumplido su cometido” (1). Se pueden formular dos observaciones importantes: i) un CCC no es ‘representativo’ en el habitual sentido político de la palabra, ya que los ciudadanos sólo hablan por sí mismos, es decir, sólo ‘se’ representan y ii) la relación entre el CCC y la población a la que pertenecen es tan importante como la actividad del CCC, por lo que, como mínimo, el CCC debe informar a qué resultados ha llegado.

 

Por supuesto, es posible imaginar muchísimas formas de llevar adelante el proceso. Conviene revisar algunas que ya se han utilizado:

• En el modelo dinamarqués el gobierno convoca a 15 personas que representan demográficamente a la población involucrada, y les pide opiniones sobre un tema tecnológico. La actividad se inicia con entrevistas a expertos –que tienen diferentes opiniones– y luego se pasa a la etapa de facilitación, donde se acuerdan las recomendaciones políticas que se presentarán al gobierno y a los medios (2). Este método fue promovido en los Estados Unidos por el Loka Institute (3) y se aplicó también en los Diálogos Ciudadanos argentinos, como veremos más adelante.

• El experimento canadiense se denominó ‘El veredicto del pueblo’: la revista Maclean’s eligió ‘científicamente’ a 12 ciudadanos representativos de la diversidad ideológica, geográfica, racial y de género de Canadá, y les pidió que en tres días alcanzaran una visión consensuada del país. La facilitación le fue encargada a un  equipo de la universidad de Harvard. Tanto Maclean’s como la televisión canadiense dieron amplia difusión a los resultados.

 

Los ciudadanos y los políticos

Durante el invierno de 1997 quince ciudadanos de Boston –entre ellos, alguien que dormía en un refugio municipal, el gerente de una empresa de alta tecnología, un agricultor jubilado y un graduado reciente de una high school– recibieron un curso intensivo sobre telecomunicaciones. Durante los fines de semana de febrero y marzo discutieron algunas lecturas y escucharon charlas especializadas. Más tarde recibieron testimonios de especialistas en informática, funcionarios gubernamentales, ejecutivos de empresas, educadores y representantes de grupos de intereses. Después de interrogar a los expertos y deliberar hasta avanzada la noche, acordaron una declaración, recomendando sensatos pero ambiciosos cambios en las políticas del área.

 

Dick Sclove –uno de los organizadores del encuentro– destaca que estos ciudadanos terminaron sabiendo más sobre telecomunicaciones que el promedio de los miembros del Congreso que vota esos temas. Sclove agrega que su comportamiento contrasta con la afirmación de que el gobierno y los empresarios son los únicos competentes y que, como les importan los temas, deben ser quienes toman las decisiones. Este panel de legos asimiló un amplio espectro de testimonios, que integraron a sus muy diferentes experiencias de vida, para alcanzar opiniones colectivas y bien razonadas, fundamentadas en las necesidades cotidianas de la gente. Esto demuestra que democratizar la toma de decisiones en materia de ciencias y tecnologías no sólo es recomendable, sino también posible y práctico.

 

Los Diálogos Ciudadanos

Desde diciembre de 1999 hasta octubre de 2000 la Vicepresidencia de la Nación tuvo una Secretaría de Modernización del Estado. Uno de sus objetivos fue acercar el conocimiento científico y las nuevas tecnologías, sus actores y problemas, a la gente, a mucha gente. Así se creó el programa Conocimiento y Sociedad que concretó dos Diálogos Ciudadanos (DC).

 

En agosto de 2000 se desarrolló el primer DC sobre ‘la genética en debate’ (4) en Avellaneda. Entre agosto y octubre de ese año hubo otro DC, sobre semillas y alimentos genéticamente transformados -o ‘transgénicos’- en Pergamino, ‘Capital Nacional de la Semilla (5). También se organizó el tercer DC, sobre ‘informática y democracia (6), en Mar del Plata, con el apoyo de las autoridades locales y de la Universidad Nacional de Mar del Plata, pero la crisis política impidió su realización. Estos Diálogos fueron los primeros que se realizaron en el mundo, en habla hispana (7).

 

El Informe de los ciudadanos de Avellaneda se presentó a las autoridades municipales en un acto público. Los que tuvimos el honor y placer de concretar los DC creemos que fue una experiencia extraordinaria, que superó las expectativas de todos. Tanto las de quienes soñaron con reproducir una actividad que muchos juzgaban que era ‘sensacional…para Dinamarca’, pero imposible en la Argentina, como las de los que se acercaron con mucho interés, o los que sólo querían verificar sus motivos de desconfianza… y quedaron defraudados.

 

¿Divulgación o/y democratización?

Los diálogos ciudadanos, citizens panels o consensus conferences no reemplazan ni se oponen, contradicen o tornan inútiles otras formas de divulgación científica y tecnológica que existen, puedan imaginarse o desarrollarse.

 

Entre ellos, los centros –o museos– interactivos (science and Technologies centers) tan difundidos en los Estados Unidos , cada día más comunes en Europa y con buenos –pero escasos– ejemplos en Latinoamérica, que hacen posible el contacto con elementos que facilitan la comprensión de fenómenos naturales –a veces difíciles de reconocer detrás de tantos cambios tecnológicos– en ámbitos donde ‘está prohibido no tocar’. Aunque sea difícil medir su efecto didáctico y que, para muchos niños, se asemejan a sofisticados parques de diversiones en los que corren apretando botones o moviendo palancas al azar, resultan útiles y positivos, sobre todo cuando alguien, con su comentario, sugiere o induce el uso de cada ‘módulo’ o ‘exhibidor’.

 

Hay innumerables iniciativas, algunas están cercanas a la perfección, otras son apenas correctas, mediocres o lamentables; las hay que han costado miles de millones de dólares (como ‘La Villette’, en París, Francia ) y otras han sido construidas a partir de la convicción y el esfuerzo de algunos ‘militantes’ de la divulgación. También hay publicaciones (libros, revistas, folletos…), emisiones de radio y televisión, así como páginas, foros y blogs en internet, y actividades privadas y públicas, incorporadas -o no- a la curricula escolar (como las ferias de ciencia y/o tecnología) que ayudan a pensar estos temas y a facilitar su digestión. Pero ninguna de estas actividades se orienta a que los ciudadanos opinen sobre qué les pasa frente a los resultados científicos y los desarrollos tecnológicos, opinión crucial si se pretende aumentar el bienestar general.

 

¿En qué consiste un Diálogo Ciudadano?

Como explica el ‘Informe de los Ciudadanos de Avellaneda’: “Fuimos invitados al Diálogo por una amplia convocatoria, realizada a través de distintos canales. Los medios de prensa de la ciudad –diarios, radios y canales de televisión– nos comunicaron cuándo y dónde debíamos inscribirnos. Afortunadamente, la respuesta fue amplia y del casi centenar de inscriptos, fuimos designados veinte, de acuerdo con un criterio que tuvo en cuenta sexos, edades y ocupaciones.

 

Durante los dos primeros sábados, participaron cuatro científicos de primer nivel contando en qué consisten las preguntas que se ha formulado y se formula la biología y qué resultados se han alcanzado. Hubo un importante intercambio de información y opiniones acerca de las consecuencias de esos hallazgos y de las innumerables consecuencias, presentes y futuras. Durante el tercer y cuarto sábados se discutió largamente, en grupos y en plenarios, el contenido del Informe que hoy presentamos.

 

Creemos firmemente que este tipo de experiencias debe continuar porque son múltiples los temas que nos afectan y nos preocupan. También creemos que la experiencia vivida durante las reuniones de trabajo del Diálogo Ciudadano nos ha señalado un camino nuevo y auspicioso, porque el aporte de los científicos en el trabajo conjunto con nosotros nos permite ejercer con más fuerza y con más esperanzas nuestro derecho de exponer nuestros problemas, de ser escuchados y de peticionar a las autoridades para la búsqueda de soluciones.

 

El Informe que presentamos a continuación ha pretendido mostrar el resultado de nuestro trabajo con los expertos, acerca de los aspectos científicos y su vinculación con la ética, los alcances sociales, morales y religiosos de los descubrimientos y su relación con los poderes políticos y económicos”.

 

 

1. http://www.co-intelligence.org/P-citizenCC.html

2. La Comisión de Tecnología del parlamento dinamarqués –que inventó la metodología de consensus

conferences ha encarado la traducción al inglés de muchas de sus páginas web. La descripción de la metodología

se encuentra en , mientras que los informes de varias consensus

conferences danesas están en .

3. http://www.loka.org

4. http://www.ricardoferraro.net/dialogoavellaneda.doc

5. http://www.ricardoferraro.net/dialogopergamino.doc

6. Siguiendo experiencias en otros países: Mandatory laptop computers in universities; McMaster’s policy

concerning online education (en Canadá), Electronic identity cards; information technology in transport;

teleworking (en Dinamarca), High information society (en Japón) yTelecommunications & future of democracy

(en los EE. UU.).

7. http://www.loka.org/TrackingConsensus.

 

Nº 2337 » Mayo 2008

El arte y la memoria del trabajo

por Dompé, Hernán · Comentar 

- Si bien todo artista se expresa acabadamente a través de su obra, quizá cabe preguntarle cuáles han sido y son sus grandes temas, los que lo convocan.

 

- Dado que empecé desde muy joven, hace más de cuarenta años que me dedico a la escultura, los motivos de la representación han ido cambiando de acuerdo a las épocas, a las necesidades espirituales o a las situaciones que viví. En ciertos momentos estaba en una evidente búsqueda de motivos y elementos, en otra época me agobió la dictadura militar y lo que pasaba en el país quedó representado en una cantidad de obras desgarradas, quemadas, atadas. Antes de eso habían nacido mis hijos y las formas entonces eran redondeadas y suaves.

 

Sin embargo, creo que hay un punto de inflexión muy importante en mi obra a partir de un viaje que hice por Perú y por México. Fue entrar en contacto con un mundo que ya me interesaba muchísimo desde antes pero que solamente conocía por fotografías y libros. Algo así como meter los dedos en un enchufe de 220: un sacudón tremendo. A partir de allí mi obra comienza a cobrar características especiales vinculadas de una manera mucho más profunda y más sentida con la tierra latinoamericana.

 

- Principios de los años 80: algunos críticos hablan de su etapa latinoamericana. ¿Cómo la define usted?

- Sería una suerte de identificación muy grande con las formas latinoamericanas. Características que permanecen en mi trabajo pero que también, a lo largo del tiempo, se ha ido mezclando con otras formas que no son latinoamericanas, porque en definitiva a mí me interesaron siempre las culturas antiguas. Quizá porque en mi casa había una buena biblioteca con nutrida cantidad de fotografías e ilustraciones sobre el tema, y esas eran mis lecturas preferidas. Momentos cuando un chico se detiene en las ilustraciones de los libros. Y allí estaban los egipcios, los persas…

 

- Sus guerreros y sus barcos.

Los guerreros son recuerdos de La Ilíada, por ejemplo, o de la historieta, ahora se hablaría del comic. Si bien tienen que ver con esas hordas invasoras, los guerreros aparecen también en mi obra después de las Torres Gemelas el 11 de septiembre. Los barcos tienen otros motivos. En determinado momento tuve una pequeña barca egipcia original, que luego vendí porque estaba construyendo mi casa y necesitaba dinero. La extrañé durante algunos años hasta que un día, fortuitamente, reaparece en mi taller una forma similar a la de un barco y la fui poblando de personajes que en principio yo había concebido como armas, mazas, flechas o lanzas: esas cosas que se convirtieron después en tripulantes, y bien, a partir de allí, empiezan a aparecer los barcos.

 

Y los barcos, le diría, constituyen la parte más lúdica de mi obra, la que me divierte, la que me entretiene, donde juego colocando personajes, situaciones, títulos, todo ese tipo de cosas, donde la imaginación está más libre, más suelta.

 

- ¿Qué lo llevó a la escultura, una expresión artística acaso más intelectual que la pintura?

- En principio disiento con la formulación de la pregunta. El hombre practica todos los días su relación con lo tridimensional. Y el pasaje a la bidimensionalidad de la pintura constituye una operación intelectual: de las tres dimensiones al plano. Primero está la escultura y luego viene la pintura. En mi caso resultó muy fácil porque genéticamente lo llevo incorporado: vengo de dos familias de gente que trabajó siempre con las manos: herreros, carpinteros, artesanos, zapateros, pasteleros. Yo nací en el taller de un tío abuelo herrero, en Villa Crespo. Era mi lugar de juego fundamental, el más importante y más querido. Mis mejores recuerdos son los del taller de ese tío, con la fragua, con los ruidos, con los golpes, mientras yo jugaba con los recortes de metal o construyendo un carrito.

 

- Usted vive desde hace años en Capilla del Monte, en Córdoba, frente al imponente Uritorco. ¿Cómo es su relación con la naturaleza? ¿Influye en su arte?

- Yo no puedo olvidar mi raíz y mi origen porteño, sin embargo, de muy chico sentí gran fascinación por el tema de la naturaleza y de joven fui mochilero tenaz. De alguna manera, lo sigo siendo. Me gusta estar al aire libre, acampar al borde de un arroyo, me encanta vivir en la casa de Córdoba rodeado de mis árboles, mis perros y mis materiales para trabajar. Venir poco a Buenos Aires, salir muy poco de mi casa, porque es un terreno grande donde tengo mis distracciones al alcance de la mano, y cuando salgo lo hago para ir a pescar, o a caminar por la sierra, o a visitar lugares increíbles. Recientemente he estado en Antofagasta de la Sierra, en la Puna catamarqueña, en una excursión maravillosa. Y yo disfruto de eso más que ir a un museo en New York o estar acompañando a un galerista en una feria de Miami. No estoy, por ejemplo, tan a gusto cuando tengo que hacer ese tipo de aparición social: me siento como sapo de otro pozo.

 

- ¿Y su obra se reconoce íntimamente en ese contacto y ese amor por la naturaleza?

- Mi escultura tomó otros rumbos desde que vivo en Capilla del Monte, porque fui incorporando en ella muchos elementos de la vida rural, de las maquinarias del campo, herramientas en desuso y que fueron muy utilizadas por la gente que labró la tierra de esa zona. Los materiales que yo elijo en general han “trabajado” en forma de arados, o de pechera de tiro de caballo, o de herramientas de mano. Han sido de pronto utilizados durante cien años por familias y finalmente se rompieron. Hay una suerte de “energía” inmanente en determinados objetos, cosa que siempre me interesó. En la naturaleza siento fascinación por las piedras. De Antofagasta he traído gran cantidad de basalto, piedras bellísimas. Todavía no sé si las voy a utilizar en la escultura, pero me sirven como fuente de inspiración sus formas talladas por la fractura, por el desgaste y la erosión….

 

- ¿Puede decirse que en usted, como en otros escultores contemporáneos, los

objetos artesanales al incorporarse a la construcción artística, de alguna manera,

se subliman?

 

-Se subliman y potencian; hay como un homenaje. Yo he reconocido siempre esa sutileza de la madera en un cabo de herramienta, el paso de la mano que la empapó de sudor y la fue puliendo. Algo que siempre me fascinó. Si usted recuerda mi taller en Córdoba advertirá enseguida a lo que me refiero. Allí tengo herramientas que eran de mi tío abuelo, o de mi abuelo, de mi bisabuelo zapatero. Conservo esas cosas con gran cariño y de vez en cuando vuelvo la mirada a ellas: desde el diseño hasta la pátina de la mano es otra cosa, tienen esa energía.

 

- A partir de los años ‘80 su nombre va a ser identificado claramente como “el” escultor argentino, el artista de la vanguardia, de la renovación. ¿Hay hoy figuras tan nítidas?

- Yo creo que las figuras que se mantienen nítidas son las de mi generación; hay alguna en particular que podría nombrar, por ejemplo la escultora Nicola Costantino, gente que hace un par de décadas que viene peleando para imponer lo suyo y que le va muy bien; pero lo que yo no siento es que haya un nombre que pegue muy fuerte y que tenga un eco, una repercusión. Puede ser pura ignorancia mía, por vivir lejos, pero me da la impresión de que no hay un fenómeno como el que vivimos algunos amigos y yo.

 

- Si usted fuera crítico de arte, ¿dónde ubicaría su obra en el panorama de tendencias?

A pesar de venir con muchos años de trabajo en la escultura, yo irrumpí decididamente en los ’80, que es cuando se me cataloga con más fuerza. Pero en los ’90 desarrollé una obra que tuvo apertura internacional, expuse en otros países, y creo que los ’90 fueron un afianzamiento muy grande, lo que me dio seguridad como escultor y el respaldo económico para seguir proyectando trabajos cada vez de mayor envergadura. Es cuando yo desarrollo con más fuerza las formas totémicas, las formas elevadas; como si al afianzarse uno mismo, al asegurarse espiritualmente se buscara esa forma: siempre me apasionó la relación entre los opuestos, entre lo bajo y lo alto, entre lo oscuro y lo claro, entre lo terrenal y lo espiritual. Me gusta explorar materiales, probar cosas nuevas, inventar posibilidades para mi obra. Modificar, hacer crecer o disminuir tanto las formas como los contenidos, a veces quedarme más con una forma muy abstracta, o al revés, “barroquizarla”, digamos.

 

- Por último, ¿qué líneas de la escultura argentina contemporánea más le interesan?

- No soy un gran frecuentador porque vivo lejos de Buenos Aires y hay muchas muestras que pierdo, pero en estos últimos años se da un renacimiento, para ponerle una palabra, de la escultura: hay mucha gente y, curiosamente, muchas mujeres escultoras que han surgido con buena formación en este ámbito.

 

Hay mucha actividad y el público se interesa por la escultura. La tendencia no se la puedo decir porque en general los ciclos comienzan a ser más estudiados, analizados, cuando ya han concluido, pero hay mucha gente joven que está haciendo experiencias con todo tipo de materiales, donde incorporan incluso tecnologías cibernéticas. Todo eso me interesa, no es que tenga una preferencia particular. Si tuviera que decirle luego qué me toca en el corazón, tendría que hablar de la obra de mi hijo Pablo que, a pesar de que es músico e incursiona en las artes electrónicas, también es un hábil trabajador del mármol. Hay muy poca gente joven que trabaja el mármol.

Nº 2337 » Mayo 2008

Antología de textos de autoras en América Latina, el Caribe y Estados Unidos

por Azcuy, Virginia Raquel · Comentar 

El segundo tomo de la colección ofrece una selección comentada de textos teológicos de algunas de las teólogas pioneras más influyentes. Las antologías se complementan con un subsidio pedagógico-pastoral que facilita una primera lectura de los textos y su aplicación más allá del ámbito académico teológico, abriendo a la profundización y discusión. El objetivo principal de este tomo es facilitar el acceso a textos que, por diversas razones, no se hallan al alcance de todas/os y, a la vez, favorecer un primer acercamiento.

 

La publicación consta de 46 antologías y subsidios, integradas por 27 autoras de contexto latinoamericano y 19 estadounidenses. Cada antología se compone, según la relevancia de la autora y la posibilidad de acceso a sus producciones, de entre uno a doce textos, tanto de obras como de artículos. A la vez, cada parágrafo seleccionado lleva un título descriptivo del contenido de éste, junto a una introducción, un trío de palabras claves que permiten sintetizar el talante primordial del texto y un comentario que resalta, desarrolla o explicita algún aspecto o aspectos del párrafo presentado.

 

A través del orden alfabético se puede acceder a la obra de modo práctico y accesible. Sin embargo, ésta se ve enriquecida por un segundo modo de acceso, correspondiente a los criterios temáticos que la atraviesan, en atención a los intereses y necesidades de los/as lectoras/ es. Los criterios son tres: contextual, generacional y temático que, como en todo campo de aparición reciente y constante renovación, es susceptible de cambios.

 

El primer criterio de lectura posible es el contextual, y permite un ingreso desde el entorno geográfico de las autoras, ya sea por el lugar de nacimiento o el desarrollo de su quehacer teológico; los dos contextos centrales son América Latina/Caribe y Estados Unidos. Esto permite apreciar biográficas, formativas y de pensamiento de cada autora. Como lo expresa la teóloga María Clara Bingemer: “Aunque siempre creyendo firmemente que la complicidad y las solidaridad entre hombres y mujeres es posible y necesaria, por otro lado en mi quehacer teológico siempre tomo más conciencia de que mi experiencia de mujer, o mejor la manera como Dios crea y recrea incesantemente la mujer que yo soy, imprime una marca diferente en mi reflexión y en mi discurso.

 

Asumir esa marca tiene su mezcla de pasión y gloria…”. También aparecen las autoras que, por diversas razones, han debido emigrar a los Estados Unidos, como María Pilar Aquino y Ada María Isasi-Díaz, con sus opciones: “Para mí el hacer teología mujerista es una vocación: es la mejor manera de vivir hoy día de acuerdo a lo que Dios quiere de mí (…) El hacer teología mujerista es una forma responsable de vivir mi cristianismo, de luchar por sobrevivir como latina en los Estados Unidos de América, de luchar por mi liberación” (Isasi-Díaz). Y otras autoras de origen alemán que han elegido a Latinoamérica como “lugar de pertenencia”: Barbara Andrade en México, Ute Seibert en Chile; Margit Eckholt, residente en Alemania y con permanentes contactos con América Latina.

 

El criterio generacional hace hincapié en la época histórica en que el pensamiento de las autoras se despliega, atendiendo a las diversas influencias, a los nuevos lenguajes, expresiones y conceptos que expresan la irrupción de las mujeres haciendo teologías. En el grupo de las pioneras se pueden destacar: Mary Daly y su comprensión de la sororidad como “un vínculo que nunca antes ha tenido lugar: así, la sororidad del hombre es una nueva clase de vínculo del pueblo, varones y mujeres, para la liberación de los estereotipos sexuales”; Letty Russell y su desarrollo del concepto de compañerismo (partnership), entendido como “una relación de mutualidad y confianza basada en el don del compañerismo de Dios con nosotros en nuestras vidas”.

 

Elisabeth Schüssler Fiorenza y su inclusión exegético-eclesiológica del “discipulado de iguales”: “He intentado demostrar que el movimiento cristiano primitivo aceptaba el liderazgo de las mujeres y que, por consiguiente, puede llamarse «igualitario»”. O las búsquedas de las nuevas generaciones de teólogas, como Nancy Bedford, teóloga bautista, argentina residente en Chicago, quien confiesa: “busqué durante varios años alguna formulación alternativa a la teología «feminista», que temía fuera innecesariamente provocativo”.

 

Finalmente, el criterio temático ayuda a situar el campo de trabajo primordial en el que se desenvuelve la reflexión teológica, los aportes, cuestionamientos, propuestas y desafíos de cada autora. Por ejemplo, la teóloga católica Elizabeth Johnson y su excelente contribución al tema de Dios: “mi objetivo es (…) decir algo bueno sobre el misterio de Dios reconocible dentro de los contornos de la fe cristiana, que sirva para la praxis emancipadora de mujeres y varones, para beneficio de toda la creación, tanto de los seres humanos como de la tierra”. O el desarrollo de una teología ecofeminista, como la de Rosemary Radford Ruether: “la tarea de mayor dificultad teórica para la teología ecofeminista es la de conducir a un sistema que aúne el Dios que sustenta evolutivamente los procesos viales y el Dios de la compasión que defiende al pobre y al débil”.

 

La inclusión de subsidios pedagógico-pastorales con preguntas y actividades que cierra cada una de las antologías, tiene como principal finalidad orientar, profundizar y ayudar a quienes quieran realizar un trabajo de orden pastoral o educativo, pero también será de utilidad para aquellos y aquellas que prefieran reflexionar de modo personal o comunitario sobre el aporte de las mujeres haciendo teologías.

 

Al final de los subsidios se ofrece un Glosario, realizado por Virginia R. Azcuy y Marta Palacio, el cual consta de 10 conceptos principales, tanto del ámbito de la teología como de la filosofía, que aparecen frecuentemente en las antologías. Sin duda, la obra constituye un valioso ingreso al universo intelectual de las teologías hechas por mujeres donde es posible apreciar la variedad, los puntos de encuentro, las diferencias y los entrecruzamientos que se dan entre ellas.

Nº 2337 » Mayo 2008

Diccionario de obras de autoras en América Latina, el Caribe y Estados Unidos

por Azcuy, Virginia Raquel · Comentar 

Este diccionario presenta al público los temas, intereses y preocupaciones de las teologías hechas por mujeres en el ámbito establecido, a través de 160 recensiones de obras individuales o compiladas y 540 reseñas de libros y artículos. La publicación recensiona 50 autoras y 30 libros colectivos. Figuran con cinco o más recensiones: Joan Chittister, María Clara Lucchetti Bingemer, Rebecca S. Chopp, Ivone Gebara, Elizabeth A. Johnson, Sallie McFague, Carmiña Navia Velazco, María Teresa Porcile Santiso, Rosemary Radford Ruether, Letty M. Russell, Elisabeth Schüssler Fiorenza y Elsa Tamez.

 

Se reseñan 110 autoras, de las cuales las siguientes tienen al menos diez entradas: María Pilar Aquino, Virginia R. Azcuy, Nancy E. Bedford, María Clara Lucchetti Bingemer, Margit Eckholt, Mercedes L. García Bachmann, Ivone Gebara, Mary Hunt, Ada María Isasi-Díaz, Elizabeth A. Johnson, María Josefina Llach, Anneliese Meis, María Teresa Porcile Santiso, Rosemary Radford Ruether, Ivoni Richter Reimer, Elizabeth Schüssler Fiorenza, Elsa Tamez, Ana María Tepedino y Tânia M. Vieira Sampaio. La obra nos brinda la oportunidad de asomarnos a la riqueza del pensamiento de estas mujeres haciendo teologías, la cual queda de manifiesto por el abanico de teologías y sus diversos marcos teóricos, así como por la presencia de miradas interdisciplinarias.

 

Estas características lo construyen como un pensamiento sólido y dialogal. Señalaremos algunos rasgos que configuran un perfil, por cierto no exhaustivo, de estas teologías hechas por mujeres. En primer lugar, las reflexiones se apoyan en la experiencia expresada en biografías, y no sólo ni principalmente en un cuerpo conceptual. Este anclaje vital concreto las constituye en teologías con capacidad para responder a las inquietudes, preocupaciones y preguntas de las personas aquí y hoy. En sintonía con la revalorización ya conocida por la teología del tiempo y de la historia, se despliega aquí un énfasis en la experiencia de habitar un espacio, tanto el espacio que es nuestro hogar, la Tierra, la naturaleza –que se decodifica como lugar donde experimentamos la presencia de Dios– como el espacio de nuestro cuerpo humano.

 

Así, el cuerpo se constituye en nuevo punto de partida para la reflexión teológica, con un manifiesto interés en superar el dualismo antropológico jerárquico, de modo que el cuerpo no es ya entendido como algo que se supera con la espiritualidad, sino como fuente de ella. Junto con la revalorización del cuerpo hay una interpretación positiva de la sexualidad y el placer. No hemos de pensar ni vivir el placer como obstaculizador para la vida espiritual sino como un facilitador de la misma, pues la experiencia del placer capacita para amar al otro y al Otro. La relectura de la sexualidad ubica a las mujeres como sujetos de su propia sexualidad.

 

Desde estas convicciones, emergen las propuestas de evaluar el contexto actual y proponer una visión más adecuada de la belleza de la sexualidad y del placer tanto para varones como para mujeres. En la reflexión sobre el cuerpo están muy presentes los cuerpos victimizados y excluidos de su dignidad, con el propósito de desenmascarar el sometimiento del cuerpo femenino y los discursos sobre los cuerpos de varones y mujeres que puedan servir al establecimiento de un orden injusto en lo social, político o económico a partir de un fundamento religioso.

 

Conscientes de la potencia creadora de la palabra, estas mujeres haciendo teologías reclaman y elaboran nuevos lenguajes, lenguajes inclusivos, capaces de crear y sostener espacios para todos y para todas y para la diversidad.

 

Dado que el decir a Dios y el decirse a sí mismo se implican mutuamente, la renovación del lenguaje se hace reformulación del lenguaje sobre Dios, de manera que allí donde éste sea lugar de opresión se transforme en lugar de resistencia y de liberación de las mujeres y de todos/as los/as oprimidos/as. De la mano del nuevo lenguaje, las autoras construyen nuevos relatos, que son nuevos autorrelatos. Queda de manifiesto en esta obra cómo las mujeres elaboran nuevos relatos que apuntan a fundar nuevas relaciones: relaciones inclusivas e igualitarias. Este pasaje de relaciones asimétricas jerárquicas a otras igualitarias implica una transformación de las relaciones de poder, un empoderamiento. Así subrayan un proceso que es central para el desarrollo humano.

 

Tengamos en cuenta que el acceso a la madurez psicológica se recorre a través de un progresivo empoderamiento que se instala, por ejemplo, por medio de la individuación y separación, la autonomía y la liberación de condicionamientos. De manera que hablar de empoderamiento es hablar de crecimiento, y hablar de empoderamiento de las mujeres es hablar de crecimiento tanto de varones como de mujeres, ya que ambos se dignifican, se plenifican y se enriquecen mutuamente cuando se pasa de una situación de concentración de poder a otra de participación igualitaria, en la que predomina la circularidad por sobre la verticalidad.

 

Asimismo, hay una crítica a todas las formas de dominación y una propuesta de un empoderamiento de todas las personas, especialmente de las menos empoderadas (marginados, pobres, mujeres). Se explicita que el fundamento es Jesús, que proclamó a Dios como Aquel que nos libera de toda forma de dominación, que nos llama a una comunidad nueva, y que, al igualarlas a los varones como discípulas, empoderó a las mujeres. Por esta razón, las autoras nos invitan a pensar el empoderamiento como el proceso de reemplazo del criterio de poder sobre el otro por el de poder con el otro, y a entender esto como un don del Espíritu, como una transformación profundamente evangélica de los individuos y de las relaciones humanas.

 

Los rasgos señalados confluyen en una realidad que los unifica: la construcción de la identidad. Esa conciencia de sí mismo, esa autodefinición que se experimenta –ya sea que se exprese o no conceptualmente– es posible en tanto el sujeto se apropia de sí, lo que implica una integración de sus experiencias, su biografía, su corporalidad, de las diversas dimensiones de su ser. Esto incluye un distanciamiento crítico respecto del deseo del otro y del decir del otro sobre el sujeto, lo que le permite un reconocimiento del propio deseo y una articulación de su autorrelato. Sin ese camino de empoderamiento no sería posible la salida de la simbiosis originaria ni de la dependencia infantil y, por lo tanto, no sería posible el logro de la identidad.

 

De modo que las reflexiones de estas mujeres haciendo teologías constituyen una poderosa contribución a la reconstrucción y reconstrucción de nuestra identidad, la de las mujeres y la de los varones. Un logro que permite establecer vínculos saludables, que promueven el crecimiento propio y del otro, de modo que acceder a la propia identidad aporta a que el otro acceda a su vez a la suya propia. Dicho en otras palabras, nos posibilita amar: permitir que el otro sea quien es sin dejar de ser quien soy. Esto explica por qué las reflexiones de estas teólogas aportan a la concreción de relaciones humanas más amorosas, más evangélicas. Por todo lo dicho, esta obra cumple con el objetivo de visibilizar y hacer accesible la producción teológica más relevante de las mujeres latinoamericanas, caribeñas y estadounidenses.

Nº 2337 » Mayo 2008

Un cuestionario a dos teólogas alemanas

por · 1 Comentario 

 

Reproducimos nuestro diálogo con las teólogas alemanas Margit Eckholt y Hille Haker. Nos interesó conocer sus opiniones e impresiones sobre el congreso y la reflexión del aporte de una teología desde la perspectiva de las mujeres. A partir de un cuestionario común, ambas respondieron sobre los siguientes ejes:

 

1) Perfil, trayectoria académica y temas de investigación recientes.

 

2) Expectativas en torno al congreso y su valoración.

 

3) Comparación entre las formas de hacer teología desde la perspectiva de las mujeres en Alemania y en América Latina.

 

4) Balance del congreso y proyecciones de este primer encuentro de teólogas alemanas y latinoamericanas.

 

 

Margit Eckholt

1) Soy profesora de teología dogmática. Trabajo como catedrática en la facultad de teología de la universidad de Don Bosco, en Benediktbeuern. Me formé en la universidad de Tübingen, allí escribí mis dos tesis, el doctorado y la habilitación. Con respecto a mi recorrido académico, sobre todo mi segunda tesis, fue un camino de búsqueda, de desarrollo de conceptos básicos para una metodología dogmática en momentos de globalización, con todos los desafíos que provienen del encuentro con otras culturas y religiones. Es decir, trabajé el concepto de cultura a partir de la hermenéutica filosófica de Paul Ricoeur, y me acerqué a todo lo nuevo que aportó el Concilio Vaticano II en los diferentes continentes, sobre todo América Latina.

 

El año pasado publiqué un libro síntesis con nuevos enfoques titulado Una dogmática intercultural. Mi interés y los puntos de investigación en el último tiempo se refieren a esos nuevos contextos y desafíos culturales, que provienen de los procesos de globalización, del encuentro de culturas y religiones, de la migración… Se advierte el surgimiento de una “nueva religiosidad” en Europa, sin que se detengan al mismo tiempo los procesos de secularización.

 

En ese contexto es importante una nueva “definición” de Iglesia, de nosotros en cuanto cristianos, teólogos y teólogas. Surge el desafío de una nueva teología pública por parte de hombres y mujeres; y con eso llego al tema de fondo del Congreso, que es también algo que sigue esa línea de las nuevas búsquedas en la teología actual: desarrollar en conjunto una teología capaz de dialogar con el fenómeno de los flujos migratorios, con los desafíos provenientes de las grandes brechas entre norte-sur, la pobreza creciente, etc.

 

Una teología que reanuda la línea de la Iglesia en América Latina después del Concilio a partir de Gaudium et spes, de Medellín, y Puebla, de la “opción preferencial por los pobres”; una teología verdaderamente enraizada en lo concreto, en lo cultural, en los contextos de vida de hombres y mujeres. Descubrí las teologías hechas por mujeres, teologías feministas, femeninas… mi propio camino comenzó durante mi estadía como profesora visitante, en Santiago de Chile, desde enero del ’93 hasta enero del ’95, cuando un grupo de mujeres teólogas –algunas de ellas presentes aquí– me invitaron a participar en un grupo de reflexión sobre teología feminista en América Latina.

 

Conocí en ese tiempo a Sonia Montecino Aguirre –presente en este Congreso– de quien me impactó su libro Madres y Huachos y la cuestión de la religiosidad popular a través de la nueva mariología latinoamericana. A mi regreso a Alemania me propuse trabajar en algunos artículos el desarrollo de la teología feminista latinoamericana para crear un puente entre Alemania y América Latina. Ese diálogo contiene un fundamento concreto, que es para mí la amistad y el intercambio teólogico con Virginia Azcuy. Nos conocimos en los ’90, como jóvenes teólogas, haciendo nuestros caminos en el doctorado. Fueron entrecrucijadas importantes, en el sentido que emplea Virginia en “Teología en la encrucijada”, y a partir de allí se plasmó el proyecto en el cual estamos y que hoy podemos celebrar.

 

2) El camino común de Teologanda y Agenda en los últimos años se centró en los tres ejes temáticos de ese congreso: biografías, instituciones y ciudadanía. Son temas en los cuales confluyen diferentes desafíos para las teologías hechas por mujeres, referentes a nuestra responsabilidad como teólogas en la Iglesia, lo público (la sociedad, el Estado, la cultura) y lo privado (la familia, la comunidad). Nuestra expectativa fue abrir foros de discusión y sobre todo de búsqueda común, abrir espacios para dar a conocer nuestros enfoques teólogicos, dar lugar al trabajo de teólogas jóvenes, y sobre todo, sembrar algunas semillas para desarrollar en común una nueva teología “pública” desde la perspectiva de las mujeres que toma en cuenta los diferentes “signos de nuestro tiempo”.

 

Fue un gran desafío reunir a mujeres de contextos tan diferentes, tanto académicos, pastorales como culturales y generacionales: ¿Cómo encontrar algo que nos uniera? En este Congreso hallamos una experiencia de Gracia, la acción del Espíritu de Dios, de su amistad que hace crecer los lazos entre nosotras. Advierto en este encuentro que no está tan presente la teología negra o la teología indígena, pero hay una gran apertura a esos temas importantes de América Latina; también valoro mucho el aspecto ecuménico.

 

3) Hemos discutido esos puntos desde nuestros primeros encuentros de teólogas alemanas y latinoamericanas en mi país: era cuestión de tematizar lo que nos une y lo que nos diferencia. En cuanto a las diferencias, las historias de vida y los contextos de origen son muy diversos. Por lo que he escuchado, de nosotras, alemanas, se valora el rigor científico de las presentaciones. Pienso que se debe a nuestra formación teológica, que nos permite profundizar los aportes. En ese camino una puede encontrar su propia metodología y llegar a una mayor conceptualización. Pero eso no es lo único importante en el trabajo teológico: creo que podemos aprender mucho de la vitalidad, de la dinámica, de la energía que brota de las historias concretas vividas por mujeres latinoamericanas, de la inserción de muchas religiosas y laicas en el trabajo pastoral y social.

 

El foro Teologanda es muy importante para la teología y la Iglesia en la Argentina, porque es un foro de encuentro. Veo que, desde nuestra perspectiva científica en Alemania, los momentos tratados en este congreso – lo biográfico, las historias de vida concretas, la búsqueda de ampliar los métodos teológicos a partir de lo simbólico, lo narrativo, lo cultural – entran cada vez más también en nuestra reflexión teológica. La teología dogmática, por ejemplo, no puede desarrollar su tema principal, el hablar de Dios, sin tener en cuenta e integrar metodológicamente los contextos nuevos donde surge la cuestión, sin dejarse afectar por la “búsqueda de Dios” de los hombres y las mujeres de nuestro tiempo. Allí veo uno de los logros de nuestra reflexión “intercultural”.

 

4) Siempre un congreso tiene un “postcongreso”, eso significa que vamos a evaluarlo y queda mucho trabajo por delante. Cerrar un congreso significa siempre abrir nuevos pasos. Lo que escuché, hablando con teólogas que están trabajando en otras facultades de Teología de América Latina, es que hay mucho interés en organizar otro congreso en el futuro próximo en América Latina. Se trata de un nuevo e importante camino para la Teología pero también para la pastoral, y para la Iglesia en América Latina, en Alemania y en Europa.

 

Hille Haker

1) Soy teóloga. Estudié teología católica, también letras y filosofía. Hace mucho tiempo me intereso por las cuestiones de ética social y la justicia de género. En Tübingen estudié una Ética social que se ocupa del diálogo entre las disciplinas. Ese es el fundamento del Departamento de Ética Social, y por eso el énfasis en trabajar entre las ciencias, con un fuerte acento también en temas bioéticos. De allí el diálogo con las ciencias naturales y biología. Le damos también mucha importancia a la cuestión de género.

 

A mi propia idea de hacer ética la llamé “ética crítica de la responsabilidad”, y me basé en la noción de que se tiene que analizar el sujeto ético y reflexionar sobre él para después poder actuar éticamente. La “ética crítica de la responsabilidad”, tiene dos caras: la ética fundamental como ética del sujeto, y la otra, la ética interdisciplinaria de cuestiones concretas. También ella implica cuestiones políticas, como mi rol en el consejo de ética en la dimensión europea, en Bruselas.

 

Enseñé como profesora en los Estados Unidos, en la Universidad de Harvard, cuando allí el movimiento social por la justicia era casi subversivo. En este país, los jóvenes en este momento de la historia ponen su esperanza en Barack Obama; estoy muy impresionada por ese movimiento social.

 

Desde hace tres años soy profesora titular en la universidad de Frankfurt Am Main. Soy la primera mujer que puede enseñar “teología moral y ética social” en Alemania (planteado de esa manera sí era aceptable). Y en la Comunidad Europea me ocupo de las nuevas tecnologías, y de las cuestiones éticas que de ellas surgen; en agricultura, en alimentos genéticamente modificados. Además, soy la actual presidenta de Agenda, Foro de teólogas alemanas.

 

2) He hablado mucho sobre mí porque quiero explicar mis expectativas. Tengo la expectativa de construir una red Agenda- Teologanda. Pero existe el problema del idioma, y esto se torna una nueva experiencia para mí, porque en los Estados Unidos hablo en inglés. Soy muy curiosa, y tengo muchas expectativas porque no conozco el contexto en América Latina por contactos personales. Estoy muy impresionada por las interacciones aquí, nos entendemos tan bien con las manos, pantomimas y gestos.

 

Tenemos ahora un fundamento para trabajar juntas las teólogas alemanas y latinoamericanas en perspectiva, porque los desafíos como teólogas son comunes.  Tenemos un fundamento para trabajar más los contenidos de este congreso. En mi experiencia del contexto alemán, disfruto de mi promoción como mujer, y tengo un campo abierto para trabajar libremente como profesora en Frankfurt: sé que es un privilegio para una teóloga católica.

 

Estoy, en cambio, un poco preocupada por la próxima generación de teólogas, temo que no sean tan libres como la nuestra. Por eso pienso que es muy importante trabajar juntas, hacernos visibles y tener una voz. En este momento la Iglesia católica parece querer fijarse más en conservar la tradición que en el espíritu del Concilio Vaticano y su aggiornamento. El espíritu en la Iglesia, por el momento, no es tanto adaptarse a la modernidad sino construir límites y fronteras, por eso la preocupación.

 

Creo que mi tarea es mantener el campo abierto para los temas que reflejan las experiencias de las mujeres, tal como las veo y las oigo. Por eso es muy importantepara mí estar aquí: escuchar sus experiencias y promover a las teólogas. He visto y contemplado muchas cosas que me encantan. He tratado de percibir la pluralidad; eso es importante para mis análisis y mi reflexión ética.

 

3) Una diferencia con Agenda, es que aquí en Teologanda y en este encuentro hay muchas más etnias, porque en Agenda somos sólo alemanas. Muchas de las mujeres que vinieron a este congreso están muy orgullosas de poder estar aquí, y observo que tienen mucho hambre de discutir y trabajar científicamente. Me llama la atención que la relación entre el interés académico y el práctico sea tan estrecha. Noto un ambiente muy creativo. Y la gente se ríe mucho, sonríe: eso me encanta.

 

Creo que Margit puede hacer este ejercicio de comparación mejor que yo, porque en mi caso sólo puedo juzgar el contexto alemán. Hay una diferencia clave, porque la mayoría de las alemanas trabajamos en universidades civiles, estatales, y por eso tenemos –como funcionarios estatales– más libertad. También llevamos una carga pesada: la tradición académica. Sin embargo, el tránsito de la teología académica a la praxis religiosa, y que para mí es también una praxis política, resulta más fácil aquí, como nexo entre teoría y práctica. En efecto, aprendemos a definir

las cosas nuevamente.

 

Creo que la teología académica alemana tiene que entender la globalización en sentido positivo. Para mí, esa globalización en el pensamiento académico es también pensar los géneros, globalizar el pensamiento de los géneros. Y como yo hago Ética, esa cuestión significa analizar las experiencias de injusticia en cuanto al género. También, en cuestiones de bioética y nuevas tecnologías, es importante no olvidar a las mujeres, porque muchas veces son víctimas: por ejemplo, en el desarrollo de medicamentos, de cosmética, de productos anti-age. Es muy importante ver aquí la perspectiva de género. Pero eso es tema para un nuevo congreso.

 

4) Pienso que en muchas conversaciones y discursos hemos establecido una red. Es muy importante comunicar nuestras biografías de manera narrativa. También creo que tuvimos un éxito con el concepto de ciudadanía. Lo que todavía hace falta es poder llevar este concepto a la realidad eclesial. Necesitamos más coraje para expresar nuestra voz en este aspecto.

 

* Agradecemos a Dra. Annegret Langenhorst su colaboración como traductora simultánea en esta entrevista.

Nº 2337 » Mayo 2008

Una teología con rostros

por · Comentar 

El encuentro tuvo lugar en las Facultades de Filosofía y Teología de la Compañía de Jesús entre el 25 y 27 de marzo, y contó con el auspicio de entidades académicas y eclesiales, tanto nacionales como internacionales, y múltiples adhesiones de personas e instituciones cristianas.

 

En cinco paneles, conformados por mujeres especialistas en teología, filosofía, sociología y antropología, se abordaron las temáticas centrales desde una perspectiva interdisciplinaria. Entre las iniciativas pedagógicas, cabe señalar el espacio dado a la presentación de comunicaciones: 120 distribuidas en 40 mesas temáticas.

 

Se logró así un ámbito de encuentro y participación de mujeres y varones que se están iniciando en la indagación teológica con quienes ya cuentan con una larga trayectoria académica y de investigación. Merece destacarse, también, el gesto de designar las salas de trabajo con el nombre de teólogas latinoamericanas, norteamericanas y alemanas, pioneras en el itinerario de la teología desde la perspectiva de las mujeres, acrecentando de esta manera el clima de interés y reconocimiento de los participantes.

 

La buena disposición, el espíritu de diálogo y la aceptación de la diversidad caracterizaron a estas jornadas en las que participaron más de 280 personas provenientes de 16 países, varones y mujeres, de diversa formación teológica, compromiso eclesial y social. Criterio estuvo presente y conversó con las integrantes del comité científico: Margit Eckholt, presidenta de ICALA y miembro de Agenda, Virginia R. Azcuy, coordinadora general del Programa Teologanda, y consultores allí presentes.

 

- ¿Qué expectativas alienta este primer encuentro de teólogas latinoamericanas y alemanas?

- Virginia R. Azcuy (doctora en teología; se desempeña en Universidad Católica Argentina): La realización de este Congreso es para nosotras un paso importante, que nos expone ante la Iglesia y la sociedad. Queríamos transmitir los móviles reales de esta iniciativa, los tópicos que nos reúnen. La temática de este Congreso, que se nutre de jornadas de trabajo anteriores, es fundamental: estamos iniciando una reflexión que pone las bases de lo que debe ser, según entendemos, una teología desde la perspectiva de las mujeres, ampliada hacia el diálogo con el ecumenismo y hacia otros movimientos de mujeres.

 

Para ello hemos priorizado tres ejes: el biográfico, porque las producciones de teología de las mujeres anclan en su experiencia y tratan de dar cuenta de los procesos de construcción de subjetividad, que interrogan discursos, prácticas y estructuras que pueden estar sesgadas desde la perspectiva de los varones. En segundo lugar, el eje institucional: sabemos que en los países latinoamericanos es muy importante fortalecer las instituciones, reconstruirlas, sostenerlas y, desde el punto de vista de la evangelización, también transformarlas. Por eso no quisimos que el enfoque fuera solamente biográfico (mujeres notables, cotidianas o escondidas) sino además abarcar lo social-institucional desde la familia, la Iglesia y otras organizaciones e instituciones que hacen a la construcción

social y son interlocutoras directas de la realidad eclesial.

 

- Margit Eckholt (doctora en teología por la universidad salesiana de Benediktbeuern):

Por último, al pensar el Congreso desde el ámbito latinoamericano consideramos que otro eje debía ser el concepto de ciudadanía. En Alemania, en los últimos años, la teología trabaja este tema desde la perspectiva filosófica y eclesiológica. Como cristianas formamos parte de una Iglesia y una sociedad, desarrollamos actividades cívicas y políticas. En esta nueva fase de la teología feminista o desde la mujer debemos acercarnos a esos contextos.

 

Y desde estas nuevas experiencias avanzar en la reflexión de una teología pública tanto aquí, en América Latina, como en Europa. Este es uno de los proyectos más importantes para la perspectiva eclesial y teológica de mujeres.

 

- Consuelo Vélez (doctora en teología por la PUC de Río de Janeiro y actual directora de la carrera de teología y programas especiales de la Universidad Javeriana de Bogotá):

El enfoque ha sido un desafío para nosotros. En Colombia, si bien estamos trabajando en el programa “Teología y Género”, la invitación a participar implicó la apertura de espacios concretos para reflexionar sobre la ciudadanía. Por una parte, alimentó una certeza: la riqueza de unir fuerzas, el compartir nuestros trabajos y los que se están realizando en otros países, es el camino a seguir. Por otra, el hecho de participar, de cosechar a partir de historias de vida tanta riqueza académica como ecuménica, nos desafía a seguir ampliando la mirada.

 

- Maria Clara Lucchetti Bingemer (doctora y decana de la Facultad de Teología de la PUC de Río de Janeiro):

- Este congreso realiza una esperanza. Me impresiona ver a tantas teólogas jóvenes comprometidas con su labor. La continuidad siempre ha sido un desafío en América Latina: la carencia de una segunda generación fue uno de los problemas de la Teología de la Liberación. Se constata la existencia de nuevas generaciones y de un futuro: están aquí, dialogando, las pioneras que han llegado a la cima de su carrera y las jóvenes, que tienen la posibilidad de presentar sus trabajos. Creo que es una expresión de la solidaridad que las mujeres estamos aprendiendo a crear. En este congreso se confirma algo que trabajamos mucho en Brasil: hacer teología en femenino plural. Lo femenino plural significa producción colectiva, compartir temáticas, discutir trabajos, aunar miradas diferentes. Para mí es iluminador y muy esperanzador.

 

- En el marco de este congreso se hizo referencia a la ciudadanía eclesial. ¿Cómo lo perciben desde la experiencia en América Latina?

 

- Maria Clara Lucchetti Bingemer: En el panel de ayer se comentó el significado de la palabra “huacha” desde la perspectiva antropológica. Las intelectuales latinoamericanas vivimos cierta orfandad, ilegitimidad, al referirnos a nuestros trabajos; un aprendizaje en el que estamos embarcadas. Se puede aplicar también, en cierta medida, a la teología realizada por la mujer dentro de las Iglesias institucionales; yo hablo más por la Iglesia católica porque creo que en ella el camino es más duro. En cambio, en las Iglesias protestantes, la senda parece más accesible. El hecho de que en los institutos de teología exista una cátedra de “teología y género” no significa que esté resuelto el problema, o que la integración ya se haya dado, que se haya alcanzado la legitimidad y que haya ciudadanía plena. Congresos como éste nos permiten dar un paso concreto de visibilidad, pero hay mucho todavía por recorrer.

 

- Consuelo Vélez: La inclusión de este tema agrega una nueva complejidad en continuidad con lo que el Concilio Vaticano II presenta en la constitución sobre la Iglesia. La emergencia de la mujer dentro de la Iglesia le da rostro a este laicado y complica más el problema. Precisamente, ésa es la tarea teológica: ver alcances y límites, ser capaces de repensar una teología, ya no sólo como laicos sino con rostros concretos: mujeres, migrantes, etc.

 

La teología va en camino; es importante concebirla en movimiento. No como una teología doctrinal que ya se dijo y se repite, sino como algo capaz de abrir camino en todo nivel –cristológico, eclesiológico, desde la perspectiva de la mujer–, porque no basta con la creación de una cátedra, sino con ser capaces de recrear los ejes formativos desde la perspectiva de género. Y esto con varones y mujeres en diálogo. Para ser auténticos en nuestros trabajos teológicos, debemos introducir los desafíos actuales.

 

- También se ha hablado de hacer teología pública. ¿Cuál puede ser la incidencia o el impacto de las reflexiones que se generen en este ámbito respecto de la sociedad civil y política en su conjunto?

 

- Virginia R. Azcuy: La teología argentina, por razones históricas, ha quedado replegada dentro de la Iglesia y de la academia, a excepción de algunos medios específicos como la revista Criterio. Pero, en general, la presencia del discurso teológico en la sociedad es escasa. Sería deseable para nuestras generaciones una mayor presencia, para la cual acaso no estamos capacitadas, pero que debemos sentirnos desafiadas a iniciar. Por otra parte, cuando discutíamos la temática del Congreso, quisimos acercarnos al concepto de ciudadanía, democracia y participación, para animarnos, arriesgarnos, y ayudarnos a pensar desde allí. No nos pareció conveniente seguir reflexionando sobre la mujer sólo desde la familia, la educación y la Iglesia.

 

Creímos que era necesaria esta ampliación del escenario, para visualizar la plenitud de la vocación cristiana y ciudadana. Tratamos de pensar lo eclesial en un diálogo más estrecho con lo social y no simplemente como compartimentos estancos, lo que finalmente reduce la mirada. El desafío fue percibirnos cristianas como ciudadanas y viceversa.

 

- Graciela Di Marco (socióloga, consultora del programa Teologanda): El concepto de ciudadanía tratado en este Congreso puede aludir solamente a la ciudadanía pública, pero también puede ser tomado en un continuo entre lo privado, lo público y lo global. Se habla muchas veces de la familia, pero ¿qué pasa con las mujeres? Y esto echa a andar el concepto de democratización de la familia, que es un modo de hablar de ciudadanía, en este ámbito o en el de la universidad, que parecen exceder el dominio público. Por mi actividad me muevo entre organizaciones y políticas sociales y observo permanentemente el sufrimiento de actores colectivos.

 

En este Congreso la evidencia de redes, de contactos entre mujeres, es una señal muy fuerte de la emergencia de la ciudadanía de la que hablamos. Somos mujeres que sentimos, sufrimos, amamos. Este proceso me parece particularmente valioso por las redes ecuménicas. He participado tanto en reuniones de ISEDET como de Teologanda desde mi lugar de socióloga interesada en estos temas, y esta articulación ecuménica es un fruto muy importante de la ampliación del concepto de ciudadanía.

 

 

“Recrear el compañerismo eclesial”

 

La emergencia de las mujeres en el ámbito académico de la teología en la Argentina es un proceso paulatino y continuo. Se constata un aumento significativo de mujeres estudiantes de teología en diversos centros universitarios y terciarios del país, así como una interesante producción escrita. Consideramos que este diálogo en construcción constituye un aporte muy valioso para la reflexión teológica. Asimismo, la presencia de mujeres en la Sociedad Argentina de Teología (SAT) es cada vez más significativa; ejemplo de ello es la elección de Claudia Mendoza como miembro de la comisión directiva. El padre Gabriel Nápole –fraile dominico y doctor en teología con especialidad en Sagrada Escritura, ex secretario en la comisión directiva de la SAT– comenta: “la elección de Claudia Mendoza (laica, licenciada en teología por la UCA con especialidad en Sagrada Escritura) es el emergente de un proceso que se estaba viviendo dentro de la SAT y previamente en la vida teológica del país, con el aumento exponencial de mujeres que estudian teología en los centros académicos universitarios, o profesorados de ciencias religiosas; su presencia es muy importante para la vida de estos centros.

 

Como miembro de la SAT he visto ambos fenómenos: a medida que las mujeres tienen mayor presencia y protagonismo en los ámbitos académicos, también se van haciendo presentes en la Sociedad de Teología. Esto es natural, aunque se observe cierta resistencia por parte de algunos grupos dentro de la asociación”. La invitación a “recrear el compañerismo eclesial” –tomando el título de un trabajo de Virginia R. Azcuy–, impulsado en este Congreso, constituye tanto una clave cristológica y eclesiológica como un desafío que interpela los modos de ser Iglesia. Asimismo, plantea una posibilidad para seguir avanzando en un diálogo teológico constructivo y fecundo en la Iglesia católica y en la sociedad civil.

 

M. C. F

 

« AnteriorSiguiente »

Revista Criterio