Revista Criterio
Junio 2008
Nº 2338 » Junio 2008

In memoriam: José Luis de Imaz (1928-2008)

por · Comentar 

Sociólogo original e imaginativo, preocupado por comprender a la sociedad en la que vivió, su accesibilidad a los temas más complejos le permitió tratar con agudeza analítica y, sobre todo, interpretativa, a los actores extremos de la estructura social: a los poderosos y a “los hundidos”. Sus textos permanecerán como ejemplo de excelente escritura. Seguramente sus estudios en España inspiraron el lenguaje cuidado, que suscitaba admiración y envidia.

Su obra reflejó en plenitud su talante personal. Desde las estrictamente sociológicas hasta las atentas a las políticas sociales, las autobiográficas y, hacia el final, la que da nueva visibilidad a los hombres que fueron capaces de imaginar el proyecto de una Europa unida.

Brillante intelectual, ejemplo de coherencia y entrega académica, librepensador, con gran amplitud de criterio, arduo lector, concebía el ejercicio de la investigación como un acto de servicio. Respetuoso y abierto en el debate de ideas, se consideraba a sí mismo el último de los sociólogos “de a caballo”, manifestando así su proverbial amor por el campo, su gente y sus costumbres.

Dotado de gran creatividad, el autor de Los que mandan recurría a diferentes fuentes de información, construía indicadores y combinaba la objetividad propia del análisis sociológico con la imaginación para “unir cabos sueltos”, para hacer prospectiva o para interpretar hechos elevando el nivel de abstracción.

Dueño de un nivel cultural poco común, generoso con sus conocimientos, era tan exigente consigo mismo como comprensivo hacia el otro y sus debilidades. Íntegro, cálido, con agudo sentido del humor.

* * *

De Imaz fue un sociólogo de transición entre el antiguo estilo ensayista de los “pensadores” y la sociología empírica de Gino Germani,  junto a quien trabajó.  Y transformó ese bagaje en libros de vida y de información de la sociedad argentina, como Los que mandan. Su gran capacidad de comunicación derivaba además de la profunda pasión nacional que traslucía y que lo acercaba también a una visión arquitectónica de la política y de la cultura de nuestras sociedades latinoamericanas.

Sus aportes a la investigación sociológica estuvieron alineados con una profunda atención a la historia y a la cultura concreta del pueblo, y a la promoción de una actividad intelectual marcada por la fe cristiana, el rigor científico y el buen estilo literario. Su curiosidad, orientada por una disposición  solidaria y comprometida,  no tenía límites; todo lo humano le interesaba.

Su obra puede caracterizarse como inquisitiva, si no curiosa; respetuosa de los asuntos que enfrentó, ingeniosa en el diseño y rigurosa en el método, estricta en la consideración del rol profesional del sociólogo, mesurada en las interpretaciones, y pionera en el abordaje de muchos temas. Sus conocimientos de la realidad social y política argentina iluminaron a muchos colegas.

Queda la impresión de que el sistema científico-universitario argentino no fue justo con un intelectual de su valía. Agradaría no tener que decir lo mismo de la comunidad eclesial, porque vivió con seriedad y alegría su bautismo, y desarrolló su compromiso laical en las autonomías del mundo civil; pero su no pertenencia a ninguna “capilla” le acarreó más de un sinsabor.

La convivencia de taciturnidad y jovialidad le confieren al espíritu un andar típico. Enseguida se podía percibir en él, al compás de sus silencios y de su alegría, tanto la intensidad de su humanidad como la radicalidad de su cristiandad. En un mundo más complejo, la Argentina y la Iglesia en particular, mirado desde las acciones positivas, no le debe a De Imaz menos que a Estrada.

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Trasuntaba bondad y generosidad. Quienes lo rodeaban se sentían de alguna forma sus “predilectos”, partícipes de una relación especial, personal y cercana. Su disponibilidad, interés y calidez tornaba propios los temas que se le proponían o de los que se le hablaba. Verdadero profesor y gran amigo de muchos, pudo hacer de la enseñanza y la práctica de la sociología y de la educación, un acto humanitario en sí, gracias a la amplitud de su espíritu, su fe y su singular pasión por todo lo relacionado con la vida.

Su calidad de maestro ha sido unánimemente reconocida y su talento docente admitido por varias generaciones de argentinos. Fue un maestro en el sentido más amplio de la palabra. Continuó apoyando a sus ex alumnos hasta el final de sus días, particularmente a los que encararon bajo su tutela sus doctorados. Se destacó siempre por su enorme comprensión y solidaridad hacia los jóvenes estudiantes y graduados de todas las ideologías. Practicó la única licencia honrada y demostrable para enseñar e investigar, que es la que se posee en virtud del ejemplo. Su pedagogía no era sólo intelectual, sino esencialmente vital. Era –es– la pedagogía de un humanista. A muchos entrenó como sociólogos, conscientes de que “sin mezclar estilos, los valores debían orientar comportamientos”.

Gracias a la respetuosa distancia que mantuvo con algunas de las corrientes dominantes del pensamiento social, De Imaz consiguió elaborar una producción muy personal que hoy puede ser vista como un estímulo para continuar investigando en las zonas de vacío. En efecto, dado que hoy la investigación social privilegia los “casos” y los “conceptos”, cabe volver a visitar los “lugares” y tocar las “cosas”.

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En momentos en que arreciaban los riesgos de una insensata confrontación con Chile, su compromiso como laico cristiano lo llevó a buscar la paz y las condiciones para la paz, mediante los contactos que siempre tuvo con personalidades chilenas de valía.  Superado ese trance, desde la Comisión de Justicia y Paz abogó por una política exterior acorde con los valores de la paz

Durante los debates del Congreso Pedagógico Nacional defendió la propuesta de que los contenidos federales y los provinciales sólo determinaran el cincuenta por ciento de la curricula de las escuelas, dejando librado a los proyectos institucionales los restantes espacios curriculares.

Como Director Nacional de Universidades removió uno a uno los obstáculos que entonces existían para la creación de nuevas universidades privadas. A su decisión directa le debe el Estado argentino la creación del Sistema Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria, y a su intervención, los Operativos Nacionales de Evaluación Educativa.

Su actitud de luchar por lo que corresponde en la universidad lo llevó a presentar varias veces su renuncia a la UCA. Pero, afortunadamente para la institución, permaneció en ella.

En la función legislativa ante la elocuencia de sus palabras cargadas de autoridad moral, se palpaba un silencio impregnado de admiración que provenía no sólo de quienes compartían sus valores sino también de sus ocasionales adversarios ideológicos y políticos. En ese ámbito aún se recuerdan sus muy imaginativas propuestas para la reorganización del sistema educativo de la ciudad de Buenos Aires.

De José Luis hemos aprendido que la producción intelectual ha de ser la resultante de una combinación de saber y percepción intuitiva, de honestidad científica y de compromiso con los valores.

 


Contribuyeron a estas líneas: Enrique Aguilar, Claudio Andino, María Cristina Andreu, Beatriz Balian, Antonio M. Battro, Gustavo Beliz, Elena Bellizzi d’Autremont, Rosa Julia Bellizzi, Roberto Bosca, Marita Carballo, Graciela Cardarelli, Isabel Laura Cárdenas, Alicia Casermeiro de Pereson, Constanza Cilley, Liliana De Riz, Graciela Di Marco, Vicente Espeche, Roberto M. Estévez, Floreal Forni, Carlos Galli, Marcos Giménez Zapiola, Juan J. Llach, Clara Mariño, Julio César Neffa, Ana María Núñez, María Inés Passanante, Alejandro Piscitelli, Horacio C. Reggini, Patricia Ruiz Moreno de Ceballos, Alberto Tasso, Omar Velasco, Marcia Veneziani, Carlos V. Zurita.  Editó Ricardo Murtagh.

Nº 2338 » Junio 2008

Proyectar la oportunidad

por Bameule, Luis · Comentar 

Durante más de 100 años nuestro país fue reconocido en el mundo por dos records: ser el mayor consumidor de carne vacuna y, al mismo tiempo, el principal exportador mundial. Sigue siendo, por lejos, el primer consumidor, con más de 70 kg anuales por habitante, pero, desde hace tres décadas, perdió su liderazgo exportador a manos de Australia, Estados Unidos y Brasil, sucesivamente.

 

La extensión de nuestras pampas, la baja densidad de población, la genética y el clima, el nivel de un grupo de plantas frigoríficas nacionales y extranjeras habían contribuido a un prestigio que plasmó esa imagen de la Argentina: el país de la carne.

 

La relación calidad/precio estimuló la demanda interna y externa. El alto consumo de los argentinos hizo que la carne, junto con la leche y el pan, tuvieran la característica de bienes-salario por lo que la mayoría de los gobiernos buscó y aplicó medidas activas para “optimizar” el negocio en función de las necesidades políticas o económicas.

 

Así, en la década del 50 se prohibió la exportación de cuartos delanteros; en la década del 70 hubo vedas de consumo para generar mayores saldos exportables; en los ‘70 y en los ‘80 se dispusieron controles de precios y retenciones intentando “bajar” la inflación.

 

En los ‘90 se frenó y se logró al menos un importante progreso: la eliminación de la aftosa como enfermedad endémica. La denominación de país libre con vacunación permitió acceder a los Estados Unidos, abriendo así una nueva oportunidad de progreso.

 

En 2001, sin embargo, se cerraron todos los mercados por haber ocultado la aparición de algunos focos de la enfermedad; y desde 2002 se inició un proceso de recuperación de la confianza de los organismos sanitarios de todo el mundo, lo que permitió recuperar el acceso a la mayor parte de los países perdidos, con excepción de los Estados Unidos, Canadá y Taiwán.

 

Durante décadas, la Argentina junto con otros países productores de alimentos, luchó contra los subsidios agrícolas y el proteccionismo de los países desarrollados que, mientras participaban y declamaban las bondades del libre comercio, cerraban sus fronteras a los alimentos con argumentos tales como la soberanía alimenticia y el cuidado de sus cada vez más ineficientes productores domésticos.

 

Cuando todo esto ocurría, la mayoría de los competidores de la Argentina adoptaron políticas pro producción. Australia, Nueva Zelanda, Estados Unidos, Canadá y, en los últimos 15 años, Brasil y Uruguay aumentaron su participación en el comercio en desmedro de la Argentina. La Unión Europea fue reduciendo el monto de subsidios por unidad producida y sólo los mantuvo por hectárea, con lo que dejó de forzar la producción. Lenta pero firmemente se fue convirtiendo de exportador en importador, liberando mercados que ahora pueden ser abastecidos por productores más eficientes.

 

En 2005, la Argentina volvió al podio (llegó al tercer lugar) exportando 770.000 toneladas, aunque lejos de Brasil, que de 400/500 toneladas en 1995 pasó a 2.000.000 superando al líder anterior, Australia. Ese mismo año, la Argentina consumió 60 kg. por habitante, aproximadamente el 75% de la producción total.

 

Los Estados Unidos y Canadá habían tenido algunos casos de “vaca loca” y dejaron de exportar. Al mismo tiempo, la demanda mundial mostraba mayor firmeza. Se presentaba la oportunidad con la que habíamos soñado tanto tiempo.

 

Se daban simultáneamente tres buenas noticias: 1) incremento de la demanda interna, 2) incremento de la demanda externa y 3) complementariedad de ambas demandas ya que los argentinos, en particular los sectores más populares, prefieren los cortes “del barrillero”: asado, vacío, falda, osobuco, matambre, colitas; y los clientes del exterior prefieren sobre todo bifes, lomos y cuadriles.

 

Lamentablemente desde mediados de 2005, el gobierno, en lugar de estimular la producción y oferta a través de los mejores precios, intervino con crecientes restricciones a la exportación: eliminación de reintegros de impuestos a los exportadores; triplicación de retenciones, llevándolas del 5 al 15%; licencias previas o ROEs (registro de operaciones de exportación) a partir de febrero de 2006; prohibición temporaria de exportación entre mayo y junio de 2006; y cupos durante 2006, 2007 y primeros meses de 2008.

 

Desde fines de marzo de este año casi no han salido ROEs, con lo que en la práctica los embarques están casi paralizados. Especialmente, cabe mencionar la imposibilidad de embarcar cortes enfriados de alta calidad y la cuota Hilton que, de no cumplirse al 30 de junio, producirá un enorme daño a la industria y al prestigio argentinos. Todo esto mientras el IPCVA (Instituto de promoción de la carne vacuna argentina) sigue acumulando fondos “para promover exportaciones” sin saber cómo utilizarlos.

 

Obviamente, llueven las quejas sobre todo de los clientes más tradicionales por la inconsistencia de haber reclamado aperturas de mercados y baja de subsidios para dejarlos ahora sin producto. Pero las consecuencias no sólo están fuera del país.

 

En los últimos años, el constante cambio de reglas y el castigo a la exportación desalentó a muchos productores, registrándose a la vez una fuerte tendencia a la agricultura. Se está perdiendo una oportunidad histórica por la que luchamos durante 60 años.

 

Tampoco puede obviarse el impacto de las restricciones argentinas a las exportaciones, no sólo de carnes sino de lácteos, cereales, etc., en un mundo preocupado por la importante suba en el precio de los alimentos.

 

¿Qué hacemos mal? Si hubiera que resumirlo en una sola frase: visión mezquina de corto plazo. Se prefiere una respuesta rápida a un beneficio mayor pero a largo plazo. Esto es especialmente grave en una cadena que tiene un ciclo muy largo.

 

Los últimos tres años fueron una catarata de medidas de este tipo, a veces contradictorias, precisamente cuando los vientos internos y externos soplaban a favor.

 

La ausencia argentina tiene otras consecuencias: pérdida de inversión, de fuentes de trabajo genuinas en el interior del país, freno a la inversión en nuevas tecnologías para producir las comidas preparadas y seguir agregando valor, entre otras.

 

¿Qué hacer? El tema deben abordarlo funcionarios que reúnan conocimiento y autoridad para decidir. Además, tienen que plantearse objetivos de largo plazo y tomarse en lo inmediato medidas coherentes.

 

Llevar la producción total de 3 a 4,5 millones de toneladas no es una utopía; en 8/10 años se podrá llegar, sin medidas extraordinarias ni subsidios o compensaciones. Sostener un consumo de 60/62 kg. de carne vacuna permitiría exportar 1,5 millones (aproximadamente 30% de la faena total), triplicar los niveles de los últimos años con el máximo valor agregado.

 

Medidas sugeridas:

  1. Liberación inmediata de los precios del ganado en pie y de las reses y cuartos salidos de fábrica.
  2. Retener en la Argentina los denominados “cortes populares”, prohibiendo su exportación hasta que se regularice la oferta.
  3. Anunciar un cronograma de cupos para exportar, crecientes hasta la liberación total en un plazo de dos años. Distribuirlo de manera transparente evitando así toda sospecha de manipulación.
  4. Anunciar un cronograma decreciente de retenciones para volver al 5% desde el actual 15%, en un plazo no mayor a dos años.
  5. Replanteo del actual régimen de subsidios a la industria curtidora, reemplazándolos por un subsidio explícito que surja de rentas generales y no del resto de la cadena.
  6. Unificación de requisitos sanitarios, previsionales e impositivos en toda la industria de carnes, de manera de terminar con el doble standard entre consumo y exportación.
  7. Fomento vía exenciones impositivas a la cría de ganado que es el eslabón más débil de la cadena.
  8. Agresiva política de acceso a los mercados más desarrollados que nos permita hacia el futuro exportar cortes y productos de alto valor agregado.
  9. Acompañando todo lo expuesto, desarmar cualquier esquema de subsidios y compensaciones que intentaron reemplazar el mejor mecanismo de asignación de recursos que es el precio, cuando se trata de mercados que funcionan con plena competencia, como en el caso del sector analizado.

 

En resumen, se trata de aprovechar al máximo las aptitudes propias del país y el buen viento internacional, con medidas que liberen el espíritu emprendedor de una cadena con enorme potencial. Llevar de 3 a 4,5 millones la producción, sostener un alto nivel de consumo y triplicar las exportaciones no es una utopía sino un proyecto alcanzable en 7/8 años de políticas productivas que ofrezcan previsibilidad a los operadores.

Nº 2338 » Junio 2008

La restauración de un ámbito mágico

por Magadán, Marcelo · Comentar 

- ¿En qué estado se encuentra la obra de restauración del Colón?

- A la fecha está paralizada. La paralización se fue dando de manera progresiva desde mediados de 2007. La obra comenzó a paralizarse poco después de las elecciones en las que Jorge Telerman buscaba ser reelecto. Terminada la campaña, la administración en el gobierno se quedó sin fondos y, en consecuencia, la obra del teatro “se desfinanció”. A partir de entonces, se fueron, primero postergando y luego interrumpiendo los pagos a las diferentes empresas que trabajaban en la restauración.

 

- ¿No ha habido progreso en ningún aspecto?

- El grado de avance de los múltiples contratos en que se dividió la obra es desparejo. Algunos, como las cubiertas metálicas o los vitrales, se han terminado. Otros, aún no han sido contratados; tal el caso del telón cortafuego o la maquinaria escénica. Un tercer grupo está constituido por las obras con algún nivel de avance, como es el caso de las fachadas, intervención en la que se consumió la totalidad del plazo contractual –que era de veinticuatro meses– y la mitad del presupuesto inicial. Aun así, no se ha llegado a terminar la cuarta parte de la superficie a tratar. En el mejor de los casos, si se recuperara el ritmo de trabajo y no hubieran nuevas demoras, estimo que será necesario, al menos, un año y medio para terminar con la tarea desde el momento de su reanudación, lo que hace peligrar la pretensión de Mauricio Macri de reinaugurar el teatro en mayo de 2010.

 

- ¿A qué se atribuye la paralización de las obras?

- Han sido dos los factores que han llevado a la actual paralización de las obras. El primero y al que me he referido en parte, es de orden económico-financiero. A fines de 2007 la situación ya era compleja, y se agravó aún más cuando Macri, después de asumir, planteó que la deuda de la anterior administración se pagaría con bonos a cuatro años, lo que generó el esperable desagrado de los empresarios. De todas formas, este aspecto de la cuestión quedó pendiente, en espera de la resolución del segundo factor en juego: el seguimiento operativo de la obra, que fue puesto entre paréntesis al desactivarse el Master Plan y pasar la obra del Ministerio de Cultura al de Desarrollo Urbano.

 

Desarrollo Urbano no contaba con estructura técnica para hacerse cargo de ésta y de otras intervenciones en edificios históricos, como la Usina de la Música, que también fueron transferidas a su órbita. Sus autoridades optaron por contratar una empresa que se hiciera cargo del gerenciamiento de la obra. Éste abarca un arco amplio de tareas que van desde la imprescindible renegociación de los contratos en ejecución, ahora paralizados por falta de pago, hasta el llamado a licitación de los trabajos pendientes, pasando por la supervisión de todas las obras.

Para seleccionar a esta consultora, Desarrollo Urbano llamó a una licitación pública con un presupuesto oficial de algo más de seis millones doscientos mil pesos. Un detalle no menor del llamado es que sólo podían presentarse empresas que estuvieran inscriptas en el registro de constructores y tuvieran una capacidad mínima de contratación equivalente al presupuesto oficial. Esto conlleva una contradicción que no es menor, ya que la restauración de un edificio histórico requiere de un equipo de profesionales cuyo capital esencial debe ser el conocimiento específico en conservación, además de poseer experiencia en proyectos similares. Por ello no se explica cómo el primer filtro de la selección se basó en la capacidad económica de los oferentes.

 

- ¿Qué consecuencias tendrá este atraso?

La consecuencia directa de esta situación ha sido la pérdida, hasta el momento, de un año de trabajo, con el agravante de que el panorama no parece tener posibilidades de revertirse antes de fines de 2008. Una cuestión derivada de la decisión de no pagar, es que las empresas han hecho lo propio con los equipos de restauradores a cargo de diferentes tareas, una mano de obra calificada que no había sido fácil reunir y alinear en relación con los objetivos y criterios de trabajo. Estos equipos, que tenían el conocimiento vivencial de la obra y habían desarrollado la experiencia concreta en el teatro, con la puesta a punto de los procedimientos, se han desperdigado y la conformación de otros nuevos para continuar con las tareas requerirá tiempo y energía. Además, habrá que remontar la predisposición negativa de aquellos que, a pesar de haber trabajado con entusiasmo por la recuperación del teatro, aún no lograron completar el cobro de sus sueldos u honorarios. Macri parece haber olvidado que detrás de las empresas están las personas que trabajan para ellas.

 

- ¿Qué opinión le merece el Master Plan?

- Abordar un proyecto complejo y de gran magnitud, como es la restauración de un edificio histórico de la relevancia del Teatro Colón, no es algo sencillo. En estos casos es saludable crear una oficina específica que se encargue directamente del proyecto. En ese marco, la propuesta del Master Plan fue positiva. Se reunió un equipo técnico que contó con el apoyo de reconocidos consultores que apuntalaron las soluciones específicas del proyecto. Sin embargo, considero que quienes tuvieron la responsabilidad política del Master Plan no terminaron de comprender la complejidad del fenómeno que se movía en torno a la intervención del Teatro Colón. Creo que esto explica porqué dentro del Master Plan nunca se contó, a tiempo completo, con especialistas en conservación de edificios históricos con formación específica y experiencia práctica en proyectos de esa magnitud.

Esas falencias hubieran podido corregirse tomando como base la experiencia de lo realizado hasta 2007. El cambio de administración en mitad de la obra representaba una oportunidad única para ello. Bastaba con introducir los cambios que el Master Plan requería. No era necesario dejar de lado lo hecho y empezar de nuevo, perdiendo tiempo y facilitando las múltiples consecuencias negativas que se generan al paralizar los trabajos. Y otro detalle importante: la obra paralizada genera gastos improductivos a las empresas, los que se suman al costo del contrato de la gerenciadora y de todos aquellos funcionarios que han intervenido e intervendrán directa o indirectamente en su contratación y funcionamiento. Todo eso es dinero, una suma importante, que estamos pagando los vecinos de la ciudad con nuestros impuestos.

 

 

- Existen seguramente en el orden internacional algunos criterios orientadores respecto de este tipo de obras.

- En efecto, algunos criterios internacionalmente aceptados en el campo de la conservación del patrimonio cultural son básicos para el caso que nos ocupa. Ellos son: la intervención mínima, el necesario respeto por la autenticidad de la obra, la diferenciación entre lo existente y lo restaurado, y el que establece la posibilidad de reversibili­dad o reaplicación de los tratamientos de restauración. Aplicar el principio de autenticidad supone respetar la obra, tanto en sus aspectos constructivos, como estéticos, conservando el mensaje y la materialidad. Hay que tener en cuenta que toda intervención implica una transformación de la situación de origen y, por tanto, una merma en la autenticidad. Quienes restauramos tenemos la responsabilidad de salvaguardar el objeto y el testimonio que contiene para nuestro disfrute y para el de las generaciones futuras. En el campo del patrimonio cultural, lo que se destruye se pierde para siempre.

 

- ¿Cuáles serían opciones alternativas y mejoras a las que encararía la actual gestión?

No lo sabemos aún. Según declaraciones del ministro de Desarrollo Urbano, el arquitecto Daniel Chain, los cambios al proyecto dependerán de la decisión de la Dirección del Teatro y de la Gerenciadora que se hará cargo del proyecto en las próximas semanas, la que tendrá la difícil tarea de renegociar los contratos y convencer a las empresas de que acepten cobrar las deudas que dejó Telerman con el bono a cuatro años que le ofrece Macri. El resto es, por el momento, incierto.

 

- El Colón constituye sin duda un icono de la vida artístico-cultural porteña y argentina. ¿Cómo evalúa desde esta perspectiva su situación actual?

- El Teatro Colón es considerado uno de los edificios históricos más emblemáticos de Buenos Aires y del país. Esto es así por el valor artístico de su arquitectura, por su historia, por quienes transitaron su escenario, por su acústica, que ha sido destacada por artistas de primer nivel, y por otras muchas razones. Su sala es un espacio mágico y esa magia se da en el lleno de un concierto o la penumbra de la sala vacía, que sobrecoge a quienes hemos tenido la oportunidad de vivenciarla. Sin dudas, a través de los años se ha generado una mística del Colón. No en vano, para los artistas llegar a él es símbolo de consagración. Lo increíble es que, aún con un edificio tan emblemático, a los argentinos nos cueste tanto concretar un proyecto con resultados positivos, costos ajustados y plazos razonables. Muchos denuncian y reclaman. Entre ellos hay quienes fueron responsables de la decadencia del teatro y otros que intentan aprovechar las circunstancias buscando colarse por alguna rendija. Lo que no nos damos cuenta es de que, con el Colón cerrado, perdemos todos.

Nº 2338 » Junio 2008

Teatro Colón “a bocca chiusa”

por Sanguinetti, Horacio · Comentar 

La conversación no podía comenzar con tonos más trágicos: “Pienso que en estos cien años de vida del Teatro (el Colón fue inaugurado en 1908) nadie lo ha recibido en peores condiciones”, afirma el doctor Horacio Sanguinetti. Y remata: “No tiene sala, escenario, lugares de ensayo… todo está en obra simultáneamente. El trabajo sufrió dos problemas: el primero, la suspensión de los pagos que hizo el gobierno anterior a partir de mediados de año, cosa que produjo un retraso atroz; y, en segundo lugar, la ausencia de prioridades”.

 

-Usted insiste en la necesidad de marcar prioridades…

-Claro, porque la plaza aledaña, por ejemplo, que curiosamente se va a llamar del Vaticano, no reviste ninguna urgencia, en cambio preocupan la sala, los lugares de ensayo, los camarines. Estoy reclamando lo mínimo: prioridad absoluta para terminar las cosas urgentes. Lo que dio en llamarse “Master Plan” o plan maestro, ha caído, y se está licitando la dirección de obra. Obviamente eso lleva sus tiempos. Pero los trabajos no están suspendidos, están demorados, retrasados. En la sala se están llevando a cabo muchas tareas. Afortunadamente ninguna de las empresas suspendió su labor. Probablemente haya entre los trabajos previstos, algunos que no son convenientes. El famoso debate sobre un montacargas, por ejemplo. Personalmente comparto la opinión del personal de que no se necesita, incluso podría afectar la acústica. Y otros temas a renegociar.

 

- ¿En qué punto están las obras, en concreto?

- Varía mucho según el lugar. Por ejemplo, la sala principal está bastante avanzada y creo que se pueden terminar con relativa facilidad: falta tapizar las butacas, instalarlas; y después algunas cosas con sus bemoles como los colgajos de los palcos que tienen un efecto acústico, el telón… La tarea minuciosa, casi microscópica con los dorados, los estudios de cómo eran los colores originarios, eso se hizo bien. El día que la sala se abra va a ser espectacular. El jefe de Gobierno habló formalmente de la temporada del año 2010, para el Bicentenario. Yo tengo esperanzas de que se termine antes.

 

 - En este momento el Teatro está empleando distintas salas alternativas.

- Así es. Y quiero mencionar expresamente la generosidad de la catedral. Hablamos en diciembre con el cardenal Jorge Bergoglio, que es un amante de la lírica y con el cual tengo una relación cordial de muchos años, y nos ha cedido la catedral para una serie de funciones en junio. Está programado un Réquiem de Verdi que va a ser muy hermoso y otras composiciones adecuadas al ámbito. Y después ya se han hecho las primeras actividades en el auditorio de Belgrano, con mucho éxito, conciertos de la Estable. Y también de las otras orquestas como la Filarmónica y la Académica.

 

- ¿Considera que la obra constituye un riesgo para la acústica del Teatro Colón?

- Vamos a exigir que se hagan los mayores esfuerzos para no dañarla. El problema de la acústica es que no se trata sólo de una cuestión técnica mensurable, interviene también la casualidad. El sistema que se usa es el de prueba y error. Se prueba, si no se dan las condiciones acústicas se cambia la tela o lo que sea. Es lento pero creo que es fundamental hacerlo. El Colón tenía una acústica excepcional, y no la va a perder. No lo vamos a permitir de ninguna manera.

 

 - Una ciudad como Buenos Aires necesitaría de una segunda sala.

- Sí. El Teatro Colón es lírico, de ballet y de concierto, pero soporta toda la presión de la música clásica porteña. El Mozarteum viene acá, la Wagneriana venía acá, los conciertos de Mario Videla en Festivales Buenos Aires se hacen acá. La presión es enorme. Pero va a haber una nueva sala. Probablemente nosotros alcancemos a usarla; se trata de la Usina de la Música, en la Boca. Es una joya. En la calle Pérez Galdós. Era una usina de la Ítalo, uno de esos edificios con ladrillo a la vista, con una arquitectura que parece un palacio florentino, con torres, y dos espacios gigantescos. Pertenece al Gobierno de la Ciudad y lo están refaccionando. Estaría destinado a la actividad de conciertos. Dos enormes lofts que se convertirán en salas. Tiene subsuelos y todos los espacios necesarios. No va a depender del Teatro sino de Cultura. Podremos nosotros hacer alguna actividad allí cuando sea necesario. Va a ser la gran sala de conciertos que le falta a Buenos Aires.

 

- ¿Con qué estado de ánimo aceptó este cargo?

- Le confieso que yo imaginaba que iba a ser mucho más difícil. Me sorprenden un poco los ataques de cierta prensa, donde parece que nosotros tenemos la culpa del estado en que está el Colón, cuando hace muy poco que hemos asumido. También me sorprendió, en sentido positivo, la colaboración de la gente del teatro. No encuentro en los sindicalistas, tan temidos en algún momento, sino colaboración. Desde luego hay inconvenientes, disputas internas donde hay que mediar, pero le digo que mi estado de ánimo es más bien eufórico, contrastando con la emoción, fascinación y tremendas dudas que me acosaban cuando acepté.

 

- ¿Cree que su larga experiencia en el Colegio Nacional Buenos Aires, lo habilita en algún sentido en esta tarea?

- La experiencia de dirigir una institución igualmente famosa, que además en todos esos años se fue consolidando casi como una isla que concitaba todas las demandas, preocupaciones, consultas, lo mediático…. creo que me habilitó. Había muchos problemas, y muchos muy parecidos, pero con una diferencia esencial: en el Buenos Aires nadie podía ir a buscar un peso, en cambio acá –con todas las dificultades que tenemos– hay un presupuesto de 80 millones y otros intereses que giran en torno a avisos, viajes, mensurables desde el punto de vista económico. Y eso lo hace más riesgoso y complejo que el Colegio.

 

- ¿Y el Centro Experimental?

- El Centro Experimental comenzó con un concierto en el lugar que había ocupado siempre, que en realidad no es propiedad ni ubicación exclusiva. Estaba, de alguna manera, concedido de manera informal, pero se lo había apropiado tanto el Centro que a ese lugar se lo llama CETeC. En realidad, esas catacumbas se hicieron para un museo y no son muy adecuadas para funciones. Hemos habilitado allí una exposición maravillosa de objetos del teatro, que incluye una exposición que trajeron los Lombardos de homenaje a Giacosa, el co-libretista con Illica de las grandes óperas de Puccini; hizo los libretos de La Bohéme, Tosca y Madama Buttlerfly. Giacosa en su momento fue una figura intelectual poderosísima. Está su correspondencia con Puccini. Me regalaron una copia certificada de una carta de Carducci a Giacosa. Ese espacio tendrá un uso múltiple. Entretanto, el CETeC también dispone del Teatro del Globo, donde van a estar muy cómodos y van a poder hacer presentaciones. Hemos recibido atenciones y colaboraciones de gente maravillosa, empezando por Bergoglio y siguiendo por el Sindicato de Viajantes de Comercio, que nos ha cedido unas instalaciones estupendas para instalar el Instituto de Arte del Teatro Colón, de formación de futuros grandes artistas, que requiere una cantidad de aulas y de espacio. Es en la calle Combate de los Pozos, a dos cuadras del Congreso.

 

- ¿Qué reflexión le merece esa esquizofrenia tan nuestra: un país que ofrece tantas cosas y al mismo tiempo es incomprensible en su decadencia?

- Ya conocemos las contradicciones que encierra nuestro país. En el caso del Colón, está el tema muy concreto del edificio, que hay que terminarlo como primera prioridad. Ahora: la magia excede incluso el tema del edificio. La magia de la gente, del público, de la sociedad toda. El Colón tiene sus costados complicados. Grandes artistas argentinos, desde Baremboim hasta Marcelo Álvarez, en general han sufrido ofensas por parte del Colón. El teatro ha sido muy cruel y ofensivo. Si usted les pregunta a los grandes artistas siempre tienen alguna queja. Y eso estamos tratando de repararlo. Queremos honrar básicamente a los artistas argentinos, que han hecho, a la par de otros artistas extranjeros, la honra del Teatro. Por otra parte, las temporadas próximas están bastante armadas. La de 2009 está casi prácticamente concretada. La de 2010 va a ser una importantísima por el Bicentenario. Y la de 2011 también; hemos procurado ser muy racionales en el repertorio. A mí me ilusiona reponer Isabeau de Mascagni, una ópera que en 1911, un siglo antes, estrenó su autor aquí. Fue una ópera que se cantó mucho en los años 1910-20, y después no quedaban casi tenores para esa proeza, porque Mascagni parecía odiar a los tenores, ya que les ponía unas tesituras infernales

 

- Nos resta hablar del proyecto de ley de Autarquía.

- Hay muchos aspectos que esperamos mejorar con la ley de Autarquía, su reglamentación y el estatuto que se hará después, con participación amplísima de todo el personal del Teatro, y de todo el que quiera colaborar. Señalo, a modo de ejemplo, que no se dispone directamente de la recaudación, sino que eso va primero a una cuenta común y después para volver hay toda una burocracia notable, y menos aún de la posibilidad de contratar a un gran artista para dentro de dos años o tres. Porque los grandes bailarines, y sobre todo los cantantes, tienen su calendario cerrado a tres o cuatro años. Y si nosotros no disponemos del presupuesto, y vamos año tras año tomando los compromisos definitivos no podemos contratar. Ahora el Teatro se maneja con cartas de intención, donde se le promete al artista que dentro de dos años se lo va a convocar, y muchos no aceptan, porque no se les dan garantías. Las asociaciones que alquilan el teatro para actividades artísticas que están muy en la línea del teatro: Mozarteum, Festivales musicales de Mario Videla, y anteriormente la Wagneriana, lo van a seguir utilizando. Lo he manifestado y lo reitero: las considero asociaciones hermanas y tenemos una misma finalidad; además no les regalamos nada porque ellos pagan alquileres importantes.

Nº 2338 » Junio 2008

Ciencia y fe

por Capanna, Pablo - Plastino, Ángel Luis · Comentar 

¿Por qué tardó tanto la ciencia?

 

Ángel Luis Plastino

 

  

Desde la perspectiva de la historia de la ciencia, hay un primer interrogante todavía no suficientemente aclarado. La especie humana, los seres humanos como entes biológicos, tiene aproximadamente 200 mil años de existencia sobre el planeta tierra; y el pensamiento sistemático, matemático y filosófico sólo aparece hace 2700 años, más o menos. O sea: en 200 mil años, sólo en los últimos dos mil aparece el pensamiento científico matemático y filosófico; y lo que hoy llamamos ciencia existe desde 1637, cuando se publica El discurso del método, en el que Rene Descartes establece el método científico que desde entonces no ha cambiado en nada. Esto es lo que no se entiende bien: si hace 200 mil años que estamos en el planeta y sólo hay ciencia desde hace 350, la ciencia en apariencia es algo innecesario porque nos hemos arreglado muy bien durante mucho tiempo sin ciencia, filosofía ni matemática.

 

Einstein sembró la inquietud de por qué la ciencia es algo tan reciente. La ciencia es una casualidad: pasaron una serie de cosas casuales, altamente improbables, y… tenemos ciencia. Si miramos la evolución de la especie humana, lo lógico sería la existencia de sociedades sin ciencia como las hubo durante casi toda nuestra existencia en el planeta Tierra. La ciencia es, pues, algo biológicamente raro; no se entiende por qué tenemos ciencia. Primero, porque existieron los griegos clásicos; si ellos no hubieran inventado y creado la filosofía y las matemáticas deductivas, no habría ciencia. De todas maneras: en los 2700 años que llevamos de matemáticas deductivas y filosofía recién en los últimos 250 hay ciencia. Sorprende advertir que haya habido pensadores como Platón o Aristóteles, que la especie humana alcanzara lo que hoy se llama modernidad, con filosofía, con matemáticas pero sin ciencia. Recién en el siglo XVII se produce la revolución científica. Entonces surge la pregunta: ¿por qué tardó tanto?

 

Una de las respuestas la dio en el siglo XX el gran filósofo español José Ortega y Gasset. Para Ortega faltaba un ingrediente: el cristianismo. Este es el factor que hace posible el desarrollo de la ciencia. Estudia la evolución del pensamiento cristiano y señala una serie de jalones que van a conducir al surgimiento de la ciencia. El primer jalón es San Pablo, un gran escritor, el primer escritor cristiano –cuando escribe en el siglo I de nuestra era todavía los Evangelios no existían–. San Pablo se propone crear una religión universal; es decir, que incluyera a todos los hombres y a todas las mujeres de la tierra. Esto es nuevo en la historia de las religiones.

 

El paso siguiente lo dará San Agustín, quien escribe hacia el 400 en el norte de África, cuando el Imperio Romano se está desintegrando. Su obra es riquísima, es el primer escritor en la historia universal que escribe en primera persona. Pero para la historia de la ciencia lo importante es esta idea de San Agustín: Dios crea no solamente el universo como dios creador, sino también el espacio y el tiempo. Por lo tanto, Dios está fuera del espacio y del tiempo. Por su parte, Platón llamó trascendente a aquello que es independiente del espacio y tiempo. Por lo tanto, Dios es trascendente. Y algo más: uno de los atributos de Dios es la racionalidad que, como a todos los atributos, él posee en grado infinito. Dios es pues infinitamente racional. Llegamos a un punto esencial: si Dios es infinitamente racional, el universo es racional; y si el universo es racional, entonces podemos acceder a entenderlo con nuestra modesta razón humana.

 

Es decir, a partir de San Agustín la ciencia va a contar con una garantía divina: tiene sentido tratar de entender el universo racionalmente porque el universo es racional, es la obra de un ser infinitamente racional.

 

Ahora vayamos del siglo IV en el norte de África al siglo XI en Inglaterra. En Canterbury, su obispo Anselmo es el primer escritor importante del cristianismo que señala que la razón puede añadir comprensión a la fe. La razón, inserta en la estructura íntima del universo, según San Agustín, ahora aparece como un requisito indispensable del cristiano. El cristiano tiene que ser racional; de lo contrario, será incapaz de entender la revelación.

 

Pasemos al siglo XIII, Tomás de Aquino, el mayor filósofo del cristianismo, propone una tajante división entre razón y fe. Hay cuestiones que son dominio de la fe y otras de la razón, donde la fe no debe ingresar. Y entre las cuestiones que pertenecen al dominio de la razón está precisamente el tratar de entender la estructura de Dios. Dios no solamente se reveló a través de su palabra escrita, a través de los Evangelios, sino también de su obra, el universo. El buen cristiano tiene la obligación de tratar de entender el mensaje de Dios no solamente en el Evangelio sino también en la estructura del universo. Y tenemos la garantía desde San Agustín de que esa estructura es accesible a la razón humana porque esa es una estructura racional. A partir de Santo Tomás en muchos lugares pero fundamentalmente en las escuelas catedrales de donde van a surgir muchas de las universidades que llegan hasta hoy, comienza un trabajo muy serio para tratar de entender el universo racionalmente. Por ejemplo en la catedral de Chartres se traduce por primera vez al latín la obra de Euclides: Los Elementos de Euclides, uno de los grandes matemáticos de todos los tiempos (300 años a.C.), son puestos por primera vez al alcance de pensadores de Occidente por gente que trabajaba en Chartres.

 

Mucha de la obra científica o protocientífica griega es volcada al latín en la catedral de Chartres. Isaac Asimov, uno de los nombres de la ciencia ficción, ha escrito mucho sobre el amanecer de la ciencia en algunas catedrales europeas y en particular en Chartres. Pero todavía la ciencia tal como hoy la conocemos no había aparecido. Le faltaba el toque crítico y los encargados de darlo fueron, casi simultáneamente, Galileo y Descartes en el siglo XVII. Lo que caracteriza a la ciencia puede sonar paradójico: la ciencia no estudia los fenómenos naturales sino modelos matemáticos de los fenómenos naturales. El fenómeno mismo, cualquiera sea, es siempre extremadamente complicado, y tiene miles de variables, la mayor parte de las cuales no podemos medir. Entonces, tanto Galileo como Descartes dicen: olvidémonos de lo que no se puede medir. Trabajemos exclusivamente con lo que se pueda medir y diseñemos un “modelo”, algo semejante a una caricatura del fenómeno, porque sólo contiene aquello que se puede medir. En aquella época –siglo XVII– era muy poco. Ni siquiera había relojes: en sus experimentos Galileo medía el tiempo con el pulso. Por lo tanto, las mediciones eran groseras y los modelos también. Pero esta es la esencia de la ciencia, no se ocupa de los fenómenos en sí sino de modelos matemáticos de esos fenómenos y también de algo que se llama experimento científico que es un contacto real y directo con el fenómeno pero en forma acotada y controlable por el observador, para verificar si nuestro modelo matemático predice lo que observamos.

 

Esto ha tenido un éxito espectacular en los últimos 350 años que ha cambiado totalmente el mundo, la revolución industrial del siglo XVIII-XIX es consecuencia directa de la ciencia, toda la tecnología a nuestra disposición es consecuencia directa de la ciencia. Y más aún, hoy viven en el planeta unos 6500 millones de seres humanos. Si no hubiera ciencia, el planeta Tierra sin ciencia tendría lugar para 500 millones de seres humanos, de los 6500 millones, 6000 estamos y respiramos porque hay ciencia. Si la ciencia desapareciera, la mayoría de nosotros desaparecería con ella.

 

¿Cómo se vincula esto con la religión? Para muchos pensadores es el ingrediente esencial, pero el primero que lo contó en la década del 30 del siglo pasado fue Ortega y Gasset en su libro En torno a Galileo. El protagonista principal del advenimiento de la ciencia, según Ortega, es el cristianismo; tuvo sus encontronazos con la ciencia pero la hizo posible.

 

 


Alguien que comprenda al universo

 

Pablo Capanna

 

 

El doctor Plastino ha hablado de Galileo. Galileo no sólo es uno de los fundadores de la ciencia moderna; es el padre del método científico. Como es sabido, también protagonizó un gravísimo conflicto político con la Iglesia en el cual tuvo que defender la legitimidad de la ciencia moderna. Galileo solía citar una frase del cardenal Baronio: “la ciencia enseña cómo marchan los cielos, y la teología enseña cómo ir al Cielo”. Marcaba dos órdenes distintos: la ciencia habla de este mundo y la teología, de lo trascendente. Defendía así su posición para ganar respetabilidad para la ciencia. No fue entendido entonces; sin embargo, la Iglesia se hizo cargo de esa distinción y así nació la exégesis bíblica. Se abandonó el criterio de tomar al pie de la letra lo que decía la Biblia para interpretarlo de modo más amplio, en un proceso en el que interactuaron ciencia, filosofía, religión y teología. La tesis de Galileo sostenía la independencia, que algunos teólogos todavía mantienen: la ciencia no tiene nada que ver con la teología, con la religión, porque pertenece a un orden horizontal y la religión marca un orden vertical; por lo tanto, hablan lenguajes distintos.

 

Pero no es así; siempre ha habido interacción y cambios en la ciencia y en el pensamiento teológico. Ha habido cambios en el paradigma científico y cambios en el paradigma religioso. La sensibilidad religiosa de San Agustín no es la misma que la de Santo Tomás o la de un cristiano del siglo XX. Aquí tendríamos que remitirnos a una frase de Einstein: “Lo inexplicable de este mundo es precisamente que sea explicable”. Realmente es algo asombroso y, desde el punto de vista filosófico plantea una pregunta fundamental: cómo puede ser que un científico diseñe un modelo, lo desarrolle, lo pruebe en el papel, en el pizarrón o en su mente y un día mediante el experimento o la experiencia compruebe que lo que predice ese modelo se cumple. ¿Cómo es posible que haya un orden racional en el universo? Si a partir de una deducción racional descubrimos algo que se da en la experiencia, quiere decir que hay un orden racional en el universo.

 

No se ha profundizado demasiado en esta incógnita aunque hay gente que realiza esta interacción constantemente. En este sentido, la situación actual es complicada por el altísimo grado de información disponible y la falta de criterios para discriminar. No hay buena divulgación o, por lo menos, no son muchos los que tienen acceso a ella.

 

Se dan situaciones dramáticas por lo absurdas, como por ejemplo es ese creacionismo que se da en los Estados Unidos. Toma la Biblia al pie de la letra: el mundo fue creado en siete días, con fósiles incluidos, y punto. Por otra parte, aparece un fundamentalismo de signo contrario, un fundamentalismo ateo. Sus seguidores, sin saber nada de ciencia, manifiestan: “yo soy ateo porque la ciencia lo ha demostrado”; pero hablan a título narcisista, para mostrar cuán interesantes y trasgresores son.

 

Se habla de “guerra” entre ciencia y religión. Se dice desde hace mucho que la ciencia ha demostrado que todas las pretensiones de la religión son falsas y las ha condenado al olvido, pero esto no es lo que ocurre. El modelo de esta visión de “guerra entre ciencia y religión” está en un libro que nadie cita, pero al releerlo se advierte que es el original del que todos se han copiado de él. Se trata de Historia de los conflictos entre ciencia y religión (1874) un panfleto contra los católicos escrito por John William Draper, un químico norteamericano. Draper refiere los conflictos entre la Iglesia católica y los científicos, pero no llega siquiera a analizarlos; se limita a hacer una exposición de la historia de la ciencia por un lado y por otro las condenas del Santo Oficio, la Inquisición, etc.

 

El contexto político tampoco aquí es ajeno: La Historia de Draper termina apoyando a Bismarck, quien promovía su difusión en Alemania. Pero lo curioso es que este libro olvidado fue el paradigma seguido por muchos que no se preocuparon por saber más. A uno le parece leer a Carl Sagan y autores de menor cuantía, repitiendo los argumentos de Draper; en especial de casos resonantes, como Hipatía, Galileo o Bruno.

 

¿En qué marco se daba esto? ¿Por qué tanta animosidad política? ¿Por qué poner a la ciencia del lado de la razón exclusivamente y a la religión del lado de la irracionalidad? Dos cuestiones acaparaban la atención: la polémica en torno a Darwin y el auge del positivismo; el cual, no olvidemos, era una religión. Auguste Comte lo fundó como la religión de la humanidad y hasta tenía templos, al punto que la bandera de Brasil lleva su lema: “Orden y Progreso”. Ese positivismo luego fue diluyéndose, pero hacia los años Treinta apareció un neopositivismo que llegó a ser una verdadera dictadura intelectual. Recuerdo el libro de un neopositivista argentino quien decía que esta filosofía debía ser la verdadera porque la mayoría de los filósofos en grandes universidades era neopositivista. La cantidad de gente que apoya una determinada doctrina no puede ser un criterio de verdad; entonces lo mismo hubieran podido decir los marxistas… La dictadura neopositivista establecía ciertos dogmas: la ciencia se basa en el empirismo, en la observación de los hechos, no en los modelos; el método científico es la inducción, se deben observar los hechos y desde ellos inducir la ley que los gobierna.

 

En 1971, después de un período de auge mundial, el neopositivismo cayó inesperadamente, como el Muro de Berlín, cuando el filósofo (neopositivista) Willard Quine publicó un artículo en el que señalaba que esos postulados no se condecían con los métodos de la ciencia; no era lo que hacían los científicos sino lo que los filósofos creían que debían hacer los científicos. Desde entonces ingresamos en una etapa post positivista, en la cual estamos desde los años 80. El panorama es totalmente distinto. Ya no hay guerra sino pluralidad de posiciones. Por ejemplo, apareció una especie nueva: los físicos/metafísicos; físicos que aspiran a resolver problemas que antes se consideraban filosóficos, como formular la Teoría del Todo (Theory of everything) o la Gran Unificación de las cuatro fuerzas naturales básicas: electromagnetismo, interacción fuerte y débil, gravedad. Esto ya significa incursionar en el campo de la filosofía y hasta de la religión. Tienen todo el derecho de hacerlo, mientras lleguen a algún resultado.

 

 

Hay físicos que se deslumbran con filosofías orientales porque les parecen más cercanas a su visión del mundo: David Bohm dijo haberse inspirado en Krishnamurti y Fritjof Capra en el taoísmo. Hay una proliferación de libros de autoayuda que pretenden aplicar la física cuántica o la teoría de cuerdas al yoga o a las relaciones humanas. Se publican libros extrañísimos, como La física de la inmortalidad de Frank Tipler, que aborda el tema del fin del mundo y la resurrección.

 

El positivismo se ha abroquelado en la biología, un campo que ha tenido enormes avances desde el desciframiento del código genético. Podríamos decir entonces que hay un frente ateo ortodoxo encarnado básicamente por Jacques Monod, con su famoso El azar y la necesidad, y Richard Dawkins, el autor de un libro titulado El relojero ciego. ¿Qué quiere decir esto? Los deístas ingleses hablaban de un “Dios relojero” que se retiraba tras poner en marcha el mecanismo del cosmos, que desde entonces marchaba solo. Para Dawkins el relojero es ciego; no hay finalidad, el mundo es absurdo.

 

En muchos casos se trata de posturas extremas de científicos mediáticos, tal vez no compartidas por la mayoría de los científicos, quienes en general comunican los resultados de sus investigaciones en papers, en informes técnicos, y no en una mesa redonda, un programa de televisión o un best-seller.

 

Por otra parte, por si faltaba algo, la ciencia ha sido cuestionada también desde distintas disciplinas de las ciencias sociales. Por ejemplo, se habla de una construcción social de la ciencia: las teorías científicas son una construcción de consenso donde predomina la opinión de ciertos grupos. Es algo bastante riesgoso, porque todo parece diluirse en opiniones.

 

Para el ecologismo duro lo único que ha traído la ciencia es contaminación, destrucción del entorno. Parte de razón tiene, si nos atenemos a la tecnología y particularmente a su uso, pero eso no es todo.

 

Por su parte, el tercermundismo señala que la ciencia sirve a los intereses de los países centrales pero no a los marginales. El feminismo objeta que en la ciencia siempre se haya discriminado a las científicas. El hecho es que se ha puesto en duda a la ciencia y los científicos deben salir a defender algo que antes era incuestionable. No obstante, los cambios ocurridos en las últimas décadas en el campo científico son enormes. Baste señalar que desde la década de 1920 la ciencia (en especial la física) ha sufrido varias revoluciones.

 

La revolución cuántica y relativista ha sido impresionante; todavía la estamos procesando. Hacia los años 60 irrumpió el paradigma de la información. Se abrió un panorama mucho más amplio que el del positivismo, donde lo único que contaba eran los hechos. Si no se podía verificar algo viéndolo o tocándolo, no existía; el lenguaje de la filosofía y de la religión era absurdo, ni verdadero ni falso.

 

Hoy encontramos variedad de lenguajes y sobre todo han ocurrido cambios en la visión científica del mundo, ahora más abierta a la posibilidad de la trascendencia, de un Dios organizando todo esto. Uno de estos cambios es la estandarización del Big bang. Al principio evocaba una frase bíblica: “Dios creó el mundo en el instante inicial”; hoy es el modelo estándar; se admite que el universo tiene un origen, un comienzo, y que ha ido y seguirá evolucionando. Ha caído el determinismo tradicional, para el que todo podía conocerse a priori sabiendo las condiciones iniciales del universo. Laplace aún podía jactarse de que si le daban las condiciones iniciales podía decir qué está haciendo usted en este momento, porque todo está determinado por leyes inflexibles.

 

Acotado el determinismo, se ha abierto paso la lógica del caos que habla de sistemas abiertos, donde con un pequeño cambio en las condiciones iniciales, las consecuencias son imprevisibles en el largo plazo. En el campo de las ciencias biológicas, donde el neodarwinismo se ha encerrado en una especie de dogma (se habla de “dogma central de la genética”) también hay discusiones. Han surgido modelos como el de Stephen Jay Gould, quien puso en cuestión a Darwin al hablar ya no de una evolución lineal –esa que se enseña todavía en las escuelas, de la ameba al hombre–, sino de un “equilibrio puntuado”: explosiones de vida y diversidad, seguidas de extinciones y nuevas explosiones de vida. Una especie de biología cuántica, muy interesante y superadora. Y por último han aparecido físicos teólogos, no sólo de la Iglesia católica (pensemos en el Observatorio Vaticano) sino principalmente en la anglicana, que cuenta con equipos muy interesantes de reflexión, con nombres como John Polkinghorne (físico) y Arthur Peacocke (bioquímico). Ambos son sacerdotes con trayectoria en la investigación científica. Plantean una posibilidad muy interesante (no digo que sea la definitiva) de la interacción de Dios con el mundo. La menciono simplemente a título de curiosidad: es la posibilidad de que Dios intervenga en el mundo en el nivel cuántico, cuando todavía no está decidido qué va a ocurrir y cómo va a colapsar la onda de probabilidad; allí podría haber intervención de Dios sin que se quebrara el determinismo. Se habla de la fijación de las condiciones iniciales del universo y las leyes de la física, que hoy sabemos que podrían haber sido distintas. Hay quienes plantean el principio antrópico, por el cual si el universo hubiera tenido una mínima variación –infinitesimal– de las constantes básicas que se dieron en su origen, hoy no estaríamos acá. La idea que se abre paso en algunos científicos es que el universo parece tener una finalidad, por lo menos parece estar destinado a engendrar a alguien que lo comprenda, lo cual ya es mucho.

 

 

 

* * *

 

 

- (A Plastino) Afirmar que el cristianismo es la piedra basal de la ciencia deja afuera a otras religiones. ¿Es correcta esta interpretación?

 

- Plastino: Todas las religiones, desde el punto de vista democrático, son equivalentes, pero desde el punto de vista histórico no lo son. La única religión que desde casi sus comienzos tiene un dios infinitamente racional, es el cristianismo, y las demás no, esto es simplemente así, es histórico. Y esta racionalidad infinita de Dios garantiza al creyente. En el siglo XIII o en el XV, el 99% de las personas eran creyentes, inclusive Descartes y Galileo. Cuando Descartes termina de escribir el Discurso del método va a darle gracias a la Virgen a un santuario francés; la pretensión de Descartes era ser un doctor de la Iglesia, como San Agustín o Santo Tomás. El Dios del cristianismo está fuera del espacio y fuera del tiempo, no puede meterse. Porque si lo hiciera no sería infinitamente racional: significaría que hizo mal las cosas y ahora tiene que arreglarlas. La naturaleza trascendente del Dios del cristianismo permite, después de Santo Tomás, el libre juego de la razón para investigar el universo sin interferencias. Esto es en teoría, que en la práctica no se haya dado así es otra cosa. En la doctrina de la Iglesia católica hay una separación rígida entre fe por un lado y razón por otra; por lo tanto, la fe no debiera meterse.

  

- Capanna: Coincido bastante con esa postura. Yo diría que el pensamiento judeocristiano, la tradición bíblica, se diferencia de otras tradiciones en cuanto que es realista. Admite que hay un mundo real cuando siempre hubo una tendencia a negarlo, que varias veces ha interferido en la historia y ahora es muy fuerte, que dice que el mundo es una ilusión y nosotros también somos ilusorios. Sobre todo, esto se nota en las primeras palabras de la Biblia que dice “En el comienzo Dios creó el Cielo y la Tierra”, en ese sentido ha sido un fundamento para que en Occidente se haya desarrollado la ciencia que no se desarrolló en la India o en China, a pesar de que había muchísimo conocimiento científico, incluso antes que en Occidente. Sabemos que los hindúes tenían conocimiento de física y química muy avanzados, pero la idea de ciencia así como se desarrolla en Occidente viene un poco de esa raíz.

 

-¿Los nuevos desafíos que plantean la ciencia y las nuevas tecnologías –clonación, células madre– son de naturaleza moral o de fe?

 

- Plastino: Bueno, yo como científico creo que no es una cuestión de fe, no tiene nada que ver. Esto es dominio de la razón. Y además hay algo que se ignora que es la psicología del científico. Por qué una persona dedica toda su vida a estudiar biología o paleontología, cuando hay muchas otras cosas para hacer. Aparentemente es más interesante pero seguramente los otros dan mucho más dinero. Pero el científico, como el artista, tiene una especie de llamado que lo lleva a investigar algún tipo de fenómenos naturales en alguna de las áreas de la ciencia y vive para eso, esa es su vida. Entonces, si se le presenta la oportunidad de hacer un descubrimiento lo va a hacer aunque desaparezca el universo. Hay un cuento de Asimov, precisamente, que habla de eso. Pero la mentalidad del científico es así, él está para descubrir cosas y las va a descubrir, pase lo que pase. Desde dentro de la ciencia nuestra idea es descubrir todo lo que podamos y si podemos ponerle nuestro nombre, mucho más lindo. Y esto es irresistible. Altamente humano, altamente falible, pero es así. De manera que nosotros hacemos los descubrimientos y habrá gente que se dedicará a verles la moral, pero a nosotros, en principio, no nos importa. Es un poco egoísta pero es así.

 

- Capanna: Eso es cierto. Pero hay una creciente responsabilidad que le da a las decisiones humanas la extensión del conocimiento científico. Yo siempre le decía a mis alumnos que si hace mil años algún tirano loco quería destruir al pueblo enemigo, tenían que hacerlo con espadas y lanzas, corría el riesgo de perder la guerra, y aunque hiciera una tremenda masacre después de un tiempo volverían a crecer las margaritas sobre los muertos y la civilización seguía adelante. En cambio ahora, si algún demente aprieta un botón puede destruir media humanidad. O si unos cuantos irresponsables contaminan la atmósfera pueden causar el efecto invernadero. Es decir, cada vez es mayor la responsabilidad y no está tan desarrollada la capacidad de decisión del hombre, la capacidad ética. Pero el conflicto es más con la tecnología que con la ciencia. Es decir, nadie va a discutir el principio de inercia, sí se puede discutir si convienen o no los transgénicos.

 

- ¿Qué les parece la propuesta de distinguir como dos campos absolutamente distintos el de las ciencias sociales, en cuyo ámbito es admisible la existencia de Dios, y las otras ciencias? ¿La idea es no insistir en hacer compatible lo incompatible?

 

- Plastino: Para mí no hay ciencias sociales y ciencias duras, la ciencia es una sola. Lo que pasa es que las distintas ciencias están en distintos grados de evolución dependiendo de cuándo empezaron. Y en este sentido como la física es la más vieja es la que llegó hoy más lejos. Pero las ciencias sociales han realizado enormes progresos especialmente en los últimos veinte o treinta años y de a poco se empiezan a parecer en algún sentido a las ciencias duras. Pero para que haya ciencia tiene que haber matemáticas, es decir: si no hay matemáticas cabe mucho dudar de que haya ciencia. Lo que está sucediendo en los últimos treinta años, y en parte gracias a la teoría de la información es que se han podido “meter” mucha matemáticas en la psicología social, en la sociología, etc. Y esto las va transformando. Después de todo, cuando un sociólogo nos dice que fulano tiene una intención de voto del 40% la pega, no en la Argentina pero sí en el resto del mundo. Ahí usó las matemáticas, tomó datos como cualquier otro científico, los analizó, los pasó por una computadora y sacó una predicción que después se cumple. En este sentido entonces un sociólogo está trabajando igual que un químico.

 

- Capanna: No soy tan optimista con respecto a las ciencias sociales. Si la complejidad que representa un ser humano hace impredecible su comportamiento, no cabe esperar mucho más si la multiplicamos por la complejidad que representa un conjunto de seres humanos y una sociedad. Lo que pueden hacer los científicos sociales es aplicar una metodología cada vez más flexible, una matemática no lineal, otro tipo de herramientas, para ir aproximándose. Pero los resultados están bastante lejos de lo que se ha obtenido en las ciencias duras. Así que esperemos que algún día haya una herramienta mejor afinada en las ciencias sociales.

Nº 2338 » Junio 2008

La revolución democrática y cultural de Bolivia

por Cortés Bofill, Miquel · Comentar 

Evo Morales Ayma es la figura emblemática de los cambios profundos y trascendentales de la revolución democrática y cultural boliviana. Indígena, sindicalista, cocalero, el actual presidente asumió las esperanzas de muchos bolivianos que por siglos fueron excluidos y marginados de la vida pública y política. Su elección, con casi el 54% de los votos, es la expresión electoral de mayor dimensión que ningún presidente haya alcanzado en este país.

 

La Bolivia de hoy no se puede entenderse sin la larga historia de explotación y exclusión de la mayoría de su población. Una historia que atravesó momentos críticos y esperanzadores a la vez. Hoy estamos en tiempos cruciales donde se vislumbraría una nueva nación, pero a la vez se constatan las resistencias y los temores de un pueblo cuya suerte una vez más está en manos de los políticos.

 

En estos dos años el gobierno de Evo Morales ha acentuado la confrontación y la dialéctica con los sectores tradicionales de poder. Si bien reconocemos las buenas intenciones en el cambio político y social, también confesamos el temor de que esta confrontación profundice viejas heridas y la intolerancia entre los actores sociales y políticos.

 

La revolución democrática y cultural que lidera Evo Morales pasa por uno de los momentos de mayor resistencia y dificultad. Las buenas intenciones de su gobierno pueden verse diluidas ante la incapacidad de una lectura realista de la coyuntura del país y de la real ubicación de Bolivia en el continente americano.

La revolución democrática y cultural puede quedar desvirtuada por la excesiva injerencia de los socios del socialismo del siglo XXI: Chávez, Correa, Ortega y otros discípulos menores.

 

El proceso debe atender a la realidad intercultural del país, a sus demandas autonómicas y a la idiosincrasia económico dependiente que ha marcado su historia nacional.

 

Si bien una nueva Bolivia debería nacer del consenso y del pacto social, de hecho diferentes fuerzas antagónicas pretenden procrearla desde lecturas de la realidad muy diferentes entre sí.

 

El actual gobierno apostó por una nueva Constitución Política del Estado que viabilizara las demandas electorales y sociales, pero lamentablemente no fue fruto del consenso y de la integración. Su aprobación fue calificada de ilegal y su contenido sujeto a modificaciones debido a su alto grado de imprecisión.

Por otro lado, los sectores cívicos en clara oposición a los movimientos sociales leales a Evo se han fortalecido en torno a los departamentos (provincias), que en la demanda autonómica encontraron un arma letal contra esa Constitución hecha a imagen y semejanza del Movimiento al Socialismo.

 

Los reclamos autonómicos, no comprendidos por el gobierno de Morales, constituyen ahora la espada que pone contra la pared al gobierno y acentúa la confrontación.

 

Los partidos políticos tradicionales tuvieron que cambiar su composición y alianzas en una metamorfosis en torno a los prefectos (gobernadores) y reagrupar sus fuerzas a través de la demanda autonómica, que les permite defender sus intereses económicos.

 

Frente a esta confrontación no deseada pero previsible, no cabe sino apostar por el diálogo constructivo cuando los interlocutores se descalifican y se acusan mutuamente.

 

Esa sería la base de una reconciliación nacional difícil de prever en el corto plazo.

Si bien la Constitución del Estado quedó congelada en las agendas políticas, todo lo contrario parece suceder con los estatutos autonómicos radicalizados refrendados en los referéndums departamentales, ilegales pero legítimos, como el recientemente celebrado en Santa Cruz de la Sierra.

 

Ante esta situación de “empate catastrófico” emerge la propuesta de ley de convocatoria a un referéndum revocatorio para el presidente, vicepresidente y los nueve prefectos de los departamentos. Lo que inició como propuesta del gobierno de Evo Morales es ahora la bandera de un Senado de mayoría opositora. Con la promulgación de esta ley y su realización se vislumbra una ratificación de la política de Morales y de su liderazgo en la revolución, pero también una ratificación de las posturas opositoras de carácter autonomista.

 

¿Todo va a quedar igual? Aparentemente sí. Pero en realidad no todo quedará igual después de este referéndum. Es previsible una radicalización de las posturas encontradas: de movimientos sociales afines al gobierno y del poder de algunas prefecturas.

 

El referéndum sería así sólo una táctica dilatoria para recomponer las fuerzas de los bandos en conflicto. Una táctica que puede sumergir al pueblo en un mayor desconcierto y agrietar aún más la frágil composición social y económica de la población.

 

A todo ello se suma la endémica economía nacional que afecta a miles de hogares de bolivianos y bolivianas de escasos recursos.

 

Las medidas económicas del gobierno, como la nacionalización de los hidrocarburos y de otras empresas privatizadas, sólo arrojan cifras macroeconómicas que no permean en las economías familiares.

 

Si bien las nacionalizaciones tuvieron un impacto mediático importante, no es tan cierto que hayan contribuido al mejoramiento económico del país. Las demandas y resistencias de las multinacionales radicadas en Bolivia han ralentizado las inversiones en el sector y desaprovechado la bonanza de los precios de los combustibles. Tampoco en la minería hubo incrementos importantes para la población, por el contrario los cooperativistas mineros aumentaron sus beneficios y la conflictividad social.

 

Las medidas paliativas de subsidios y bonos por parte del Estado, como el Juancito Pinto para los escolares y el Bono Dignidad para los adultos mayores, no alivian la difícil situación de la economía familiar que se ve amenazada por una fuerte inflación y la escasez de productos básicos.

 

La política nacional no ayuda a la economía de las clases menos favorecidas; por el contrario, ha sido utilizada como instrumento político para la obtención o mantenimiento del voto partidista.

 

Ante la realidad socio-económico y política es difícil avizorar un futuro alentador. Pero tampoco se puede caer en un fatalismo social que paralice y exponga a la mayoría del pueblo a la suerte de las ideologías y de los intereses de los privilegiados de siempre.

 

Sin duda el elemento que aparece con mayor preocupación en todas las agendas es el diálogo nacional. Para ello se ha insistido en la mediación de organismos internacionales como la OEA y la Iglesia católica, pero hasta la fecha mínimo ha sido el éxito y el efecto de dicha mediación.

 

¿Será posible alcanzar acuerdos de consenso y de reconciliación cuando la tensión de los opuestos se radicaliza en vez de integrarlos?

 

Evo Morales Ayma está ante el gran desafío de combinar las dos (o más) visiones de país en una concertación nacional. Tarea nada fácil si no se superan las heridas y los resentimientos que fracturan a la ciudadanía.

Nº 2338 » Junio 2008

Dejar atrás la exasperación

por Editorial · Comentar 

“El beneficio del comercio marítimo es muy grande y, adecuadamente manejado, podría aportar millones de bolsas de efectivo. ¿No sería preferible promover este comercio en vez de ponerle impuestos?” (Kao-tsung, emperador chino del siglo XII).

 

El conflicto desatado por la equivocada decisión de aumentar una vez más las retenciones a las exportaciones pone a la Argentina en un escenario interno difícil y dañino para su reputación en el exterior. Precisamente una semana antes, los productores agropecuarios habían demostrado entusiasmo en una importante exposición sectorial, no obstante el ya elevado nivel de impuestos específicos a las exportaciones.

 

Tal vez la medida hubiera sido comprensible en una situación de escasez, pero se da en el marco de la mejor oportunidad de desarrollo que el mundo le ha ofrecido a la Argentina en mucho tiempo, y nos coloca nuevamente en el podio de la insensatez.

 

La exasperación del conflicto pone en evidencia fisuras profundas de nuestra estructura social y cuestiones largamente irresueltas: la antigua cuestión federal, el papel del campo y las agroindustrias y sus relaciones con las grandes ciudades, la distribución del ingreso y el tema fiscal.

 

El impuesto a las exportaciones ejerce un atractivo fascinante para el “príncipe” de turno, sobre todo en tiempos de altos precios internacionales de los alimentos. Al mismo tiempo, permite engrosar las arcas nacionales –en buena medida a expensas de las provincias– y disminuir el precio interno de los principales alimentos –carne, leche, aceites y pan–. En fin, dado que el impuesto va necesariamente unido a una moneda depreciada, aumenta los incentivos a la producción de bienes industriales en lugar de agroalimentos.

 

Escribimos estás líneas a mediados de mayo, cuando la segunda ronda de diálogo ha fracasado, atascada por la obstinación oficial más que por otros motivos. Aunque también corresponde señalar que de aquí en más que “el campo” debe presentar propuestas que excedan lo sectorial.

 

Un verdadero diálogo debería tener miras generosas, con vocación de futuro y apertura a la verdad, evitando abroquelarse en libretos cerrados. La mirada hacia el futuro resulta esencial. Brasil se propuso varios lustros atrás convertirse en el principal exportador agroalimentario, y lo está logrando en mayor medida que la Argentina, donde sólo brilla nítidamente el complejo oleaginoso, de clase y escala mundiales. Ni el “liberismo” que algunos sueñan ni la reiteración de las políticas anti-agroindustriales parecen ser el camino.

 

De las cuatro cuestiones en danza, la distribución del ingreso ha sido la más mencionada en estos días, y está bien. Sería inequitativo, por ejemplo, trasladar sin más a todos los consumidores los aumentos de precios como el de la leche a nivel internacional, de 1900 a 5500 dólares la tonelada (hoy 4500). Es cierto que ya son varios los países del mundo que están restringiendo las exportaciones para limitar la agflation (aumento del precio de los productos agropecuarios); pero también lo es que estas políticas suelen agravar el problema al reducir la producción, como ya se observa con el arroz en Asia. Por ello los métodos permanentes que se aplican en casi todo el mundo son otros: se sigue el camino fiscal, con el impuesto a las ganancias y el inmobiliario. Con subsidios directos a los consumidores, además, como podría hacerse aquí permitiendo el acceso de todas las familias de bajos ingresos a un programa como el de la Tarjeta Alimentaria de la provincia de Buenos Aires, y desarrollar así una política nutricional. No sería serio objetarla porque personas o sectores de altos ingresos reciben hoy en la Argentina subsidios cercanos a los 20.000 millones de pesos, la mitad en exenciones impositivas injustificadas y la otra mitad en precios subsidiados de la energía o el transporte, amén de alimentos más baratos. Un diálogo sincero sobre la distribución implica poner sobre la mesa estos números.

 

Con la volatilidad que les es propia, los precios de los alimentos han llegado para quedarse por cierto tiempo. Contra lo que algunos sostienen, en dólares constantes son hoy “sólo” la mitad del pico de 1973-74. En este marco es poco probable la coexistencia de “tipo de cambio alto” y “exportación libre” La administración del tipo de cambio nominal no debería estar tan desligada, como hoy se pretende, de la tasa de inflación, porque las presiones inflacionarias llevan a la apreciación de la moneda. Estas presiones, generadas en parte por el desaliento a la producción agroindustrial, conducen además a la privación de cuantiosas exportaciones adicionales, limitando el crecimiento del país.

 

Hablar del futuro implica reconocer estos hechos, y preguntarse y responder cómo puede reemplazarse esta fuente de crecimiento. Pero la agenda productiva no se agota aquí. Hay amplio consenso en la conveniencia de que la Argentina produzca y exporte mayor cantidad y calidad de productos agroalimentarios –y de muchos otros– en su forma final, para las góndolas de los supermercados. Lograrlo requiere acuerdos en las cadenas de valor que no impliquen reprimir la producción.

 

La “sojización” y la “desojización” son problemas para dialogar y discutir. Es conocida la inconveniencia para un país de depender tanto de un solo bien. ¿Hasta qué punto las políticas hacia la ganadería, la lechería y el trigo no condujeron a la situación que el gobierno critica? No es creíble que la diversificación productiva haya sido la finalidad de las medidas que dispararon la crisis, porque en tal caso hubiera podido anunciarse que todo el excedente fiscal se volcaría a subsidiar la producción de carnes, leche y trigo, como imperfecta y parcialmente se está haciendo.

 

En fin, tampoco debería omitirse discutir la posibilidad –vigente en varios países, incluidos Chile y Colombia en Sudamérica– de constituir fondos anticíclicos de estabilización de precios, financiados con impuestos ante valores muy elevados, entregando oportunamente subsidios, y usando los excedentes que eventualmente se acumularan mediante políticas sensatas de diversificación productiva y agregación de valor. Todo esto requiere una elevada calidad institucional para ser creíble. Por si fuera poco, la Argentina se debe también una discusión serena y profunda para alcanzar una convivencia más armoniosa entre el agro y la industria manufacturera.

 

En el plano fiscal, es sabido que los países exitosos, emergentes o desarrollados, usan el impuesto a las ganancias y el inmobiliario para redistribuir el ingreso. Ganancias se puede cobrar directamente en la Aduana, reteniendo sobre la exportación y soslayando así su presunta incobrabilidad; también puede servir para aliviar la carga fiscal de los pequeños productores, sobre todo si se aprovecha el momento para establecer alícuotas progresivas a las empresas, como las hay para las personas.

 

En este mismo plano, la Argentina está “indexando” el gasto público al precio de los commodities, en buena medida por el mal hábito de resolver cuanto conflicto aflora mediante el aumento de subsidios. Aunque las perspectivas de precios de las materias primas fueran buenas, es conveniente recordar su volatilidad intrínseca; de allí el riesgo de esta política.

 

Estos elementos remiten de inmediato a la cuestión federal. Las retenciones a las exportaciones no son coparticipables, lo que permite plasmar el extremo unitarismo fiscal vigente. Bien distinto sería el caso si fueran reemplazadas gradual y ordenadamente por los impuestos vigentes en todo el mundo. El inédito alcance geográfico y social de las protestas de estos días revela cristalinamente que la cuestión federal también está lejos de haberse resuelto. No cabe declamar la construcción de una democracia genuina soslayando la de un federalismo maduro. En términos económicos, esto requiere aumentar la masa coparticipable y también otorgar mayores responsabilidades recaudatorias a provincias y municipios.

 

He aquí sólo algunos de los puntos de una agenda en procura de un camino que deje atrás el lenguaje de la exasperación y madure una visión compartida del futuro.

Nº 2338 » Junio 2008

Vivir en el conflicto

por Poirier, José María · Comentar 

Mientras nos sumergimos como país cada vez más en conflictos (el del campo tapa otros, como la inflación o las repercusiones que llegarán de la crisis económica norteamericana), la política “K” parece conocer sólo la confrontación y la prepotencia. SI hay algo prioritario en la función de gobierno es, precisamente, evitar probables conflictos y remediar los ya establecidos; no lo contrario. Es temerario echar leña al fuego e irresponsable perder la credibilidad de la palabra. El problema del campo parece el ejemplo de lo que no debe hacerse: es absolutamente irracional haber llegado hasta este grado de conflictividad cuando la coyuntura internacional de precios nos permitiría crecer y mejorar. Así como tampoco se acaba con la pobreza negándola. Nuestro editorial se titula: “Dejar atrás la exasperación”.

 

Sigue una nota sobre la situación política en la Bolivia de Evo Morales, escrita por Miquel Cortés Bofill, director de la revista Cuarto Intermedio de Cochabamba. Lo expuesto por el filósofo Pablo Capanna y el físico Ángel Luis Plastino en el debate sobre “Ciencia y Fe”, organizado por CRITERIO en el Centro Cultural Borges, constituye la materia de otro artículo en esta entrega.

 

Sendas entrevistas al director del Teatro Colón, Horacio Sanguinetti, y al especialista en gestión de conservación del patrimonio cultural, Marcelo Macadán, permiten acercarse al problema que aqueja al primer coliseo argentino, verdadero emblema de nuestro país en el mundo. ¿Metáfora de la actual situación cultural en nuestro medio?

 

Luis Bameule escribe sobre la política de carnes. Varias firmas recuerdan al sociólogo José Luis de Imaz, autor del libro Los que mandan.

 

Reproducimos el último editorial de la revista Punto de vista, que firma quien fuera su fundadora y ejerciera la dirección durante treinta años, Beatriz Sarlo. Ernesto Ambrosetti expresa su opinión sobre el conflicto del campo. Raquel Barros recorre los cuentos del consagrado escritor Abelardo Castillo. Del primer Borges se ocupa Javier Lancelle. Agustín Neifert, en cambio, del guionista español Rafael Azcona. El religioso norteamericano, de origen polaco, John Pawlikowski, analiza el texto de la oración litúrgica católica por la conversión de los judíos. Norberto Padilla firma la nota: “Una embajada para Mozart”, a propósito de la interpretación Réquiem por la orquesta filarmónica china en el Vaticano.

 

Nº 2338 » Junio 2008

Cordero de Dios

por · Comentar 

Fácilmente, algunos comentaristas adosaron al discurso habitual (y oficial) esta película parcialmente ambientada en los ’70. Hemos leído, entonces, unas cuantas frases remanidas, quizá con intención elogiosa, pero con triste resultado: mucho público prefirió ver otra cosa. Es que las obras “sobre la dictadura” tienen mala fama. ¡Pero ésta no es “sobre la dictadura”! ¡Es sobre el corazón humano!

 

Aclaremos, de paso, una falsedad relacionada con dicha mala fama: se dice y se repite que tales films constituyen el grueso de la producción nacional de los ’80 y ‘90, período llamado “del cine en libertad y democracia”. En verdad, el grueso lo constituyen las cintas de bañeros, brigadas explosivas, casas de masajes, y demás pasatiempos comerciales. La revisión y denuncia de los tiempos oscuros ocupa apenas el 10% del total, sólo que ese 10% incluye La historia oficial y La noche de los lápices, dos películas muy distintas entre sí, pero de amplia repercusión pública.

Esa lista, más breve de lo que se piensa, culmina literalmente en 1993 con Un muro de silencio, verdadero film de madurez de Lita Stantic, con sentidas reflexiones sobre el paso del tiempo, la evolución de los afectos, la memoria, y las heridas que algunos cierran y a otros se les reabren aunque estén iniciando una etapa distinta en sus vidas. Lita Stantic venía de ser socia y productora de la recordada María Luisa Bemberg, y produjo después varias obras de autores jóvenes, entre ellas La mujer sin cabeza, de Lucrecia Martel, vista y valorada hace pocas semanas en Cannes. Y, poco antes, este Cordero de Dios, que ahora comentamos.

 

Un corderito nace, malamente, en noche oscura. Alguien, incómodo, regala otro, de juguete, a una niña que suele cantar con su padre aquello de “Érase una vez/ un lobito bueno, / al que maltrataban/ todos los corderos”. Habrá también uno más de juguete, posible testimonio de una mancha, y otro, un cordero viviente al que todos vemos, que acaso no quite los pecados del mundo, como el que se canta en la misa, pero pueda apiadarse de aquellos que se equivocan.

 

Año 2002. Secuestran a un médico veterinario. Los delincuentes exigen una suma exorbitante, pero accesible mediante la rápida venta de su casa (una fecha adecuada, según quienes señalan que en 2002 fueron harto rápidos y frecuentes los negocios inmobiliarios y extorsivos). La nieta se hace cargo, pero, es lógico, necesita la firma de su madre, que vive en París desde 1978, y se lleva mal con dicho abuelo. La causa del distanciamiento la iremos sabiendo de a poco. La misma nieta no la sabe del todo. Pero es algo que tiene que ver con otro secuestro, derivado de un arresto, y que alguien resolvió como pudo. Ella era entonces una criatura, y muchas cosas las veremos a través de sus ojos. La nieta quiere al abuelo, como sea. La hija, en cambio, tendrá algo que hablar con su padre, algún día.

 

Hasta ahí lo que podemos anticipar, ya que el misterio y el suspenso de esta película están muy bien armados y no hay porqué arruinarlos. Reiteremos, eso sí, lo más importante, y que ya dijimos al comienzo: contra lo que puede suponerse, y aunque esté ambientada en años de fuego, Cordero de Dios no pone el dedo en hechos políticos, sino en sentimientos humanos, que en este caso están fuertemente conectados al rencor, el sacrificio de la inocencia y, particularmente, la compasión.

 

A fin de cuentas, nos dice su autora, nadie es del todo bueno ni del todo malo, si bien en este caso puede haber una que otra persona necia, o medio falsa. Lucía Cedrón, aplaudida cortometrajista y documentalista que hace aquí, con alto nivel, su primer largometraje, sabe contar las cosas sin necesidad del menor subrayado, sin caer en lugares comunes, y sabe también pintar caracteres en pocos trazos, pero, cuando uno mira detenidamente, esos pocos trazos descubren ser riquísimos, con un notable cuidado del detalle, la síntesis y la sugestión dramática (recuerde el espectador, por ejemplo, el rostro del policía que atiende una denuncia, ya lo verá después en otra escena clave). Y sabe también terminar en el momento justo, dejándonos toda la certeza de una obra sólida, bien armada, bien actuada, sin desbordes, con una historia fuerte y un tema punzante, expuesto con bravura y discreción por partes iguales. Elogios en renglón aparte para los protagonistas (Leonora Balcarce, Mercedes Morán, Jorge Marrale y la niña Ariana Moroni), elogios extensivos a Juan Minujín, tocante en su última escena, y Horacio Roca, que hace, de modo distinto del habitual, lo que en otro film hubiera sido una machieta

 

El comentario termina aquí. Pero hay algo más, de cierto interés para el observador. Así como no cabe anticipar demasiado de la historia, tampoco cabe buscar traslaciones directas porque no las hay, salvo, quizá, que la nena de la película tiene el mismo sobrenombre (puesto por el padre) y la misma relación filial, incluso los gustos musicales, que tuvo la directora cuando niña. Su padre fue el Tigre Jorge Cedrón, cineasta fallecido en extrañas circunstancias en una comisaría de París adonde había ido simplemente a declarar por un secuestro común, cuando ella tenía apenas seis años. Su abuelo, que la crió, fue el contador Saturnino Montero Ruiz, de destacable gestión como intendente de la ciudad de Buenos Aires bajo el gobierno del general Agustín Lanusse. Y la película está dedicada a la madre.

Nº 2338 » Junio 2008

Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal

por · Comentar 

Al momento de publicación de esta crítica, muy probablemente, Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, se encuentre en el cenit de su éxito. Lo notable es que el suceso se basa en el exacto reverso de los últimos súper-héroes de la pantalla grande con sus escenarios plagados de efectos especiales en detrimento de la narración.

 

Esto no quiere decir que esta cuarta entrega de Indiana Jones no sea fantasiosa, abunde en efectos especiales y que, en gran medida, resulte completamente inverosímil en su planteo; pero –debe quedar claro– hay una historia y los elementos accesorios de todo film de entretenimiento, como los efectos sonoros y visuales, son sólo aquí una apoyatura (bien lograda) del desarrollo de la acción.

 

La saga de Indiana Jones tuvo inicio en 1981 con Los cazadores del Arca perdida, pero el concepto del Arca de la alianza como principal línea argumental fue creada por Philip Kaufman a mediados de la década del 70, casi en paralelo a otro gran clásico del cine de entretenimiento como La guerra de las galaxias. En estos films la intención fue recuperar, en plena decadencia de los grandes estudios jaqueados por la televisión, el espíritu de las películas seriadas de aventuras de los años ’30 y ’40. La ciudad de Tanis, citada como Zoán en diversos pasajes de la Biblia, es aquella donde se dirigen en busca del Arca perdida; en El templo de la perdición el culto tuggee fue una real fraternidad en la India que existió hasta mediados del 1800 y mezclaba el asesinato con la adoración a la diosa Kali. La tercera parte, La última cruzada, traslada la acción a 1938 cuando Indiana Jones se reencuentra con su padre, un excelente Sean Connery, investigador durante décadas de la localización del Santo Grial. Sorprendentemente, debe citarse que en 1935 el nazismo había creado la Ahnenerbe Forschungs-und Lehrgemeinschaft por inspiración directa del teórico racista Walter Darré. Amén de los salvajes crímenes cometidos en nombre de la ciencia dentro del Instituto Anatómico de Estrasburgo, el grupo también se dedicó a expediciones arqueológicas para demostrar “la superioridad de la raza aria” e incluyeron la búsqueda de la reliquia de la última cena.

 

Algo debe quedar claro y es que el cine norteamericano de los grandes estudios no es de tipo histórico sino que “Hollywood fabrica representaciones mitológicas que son sus aspiraciones para la historia real”, como señaló el crítico de Cahiers du Cinéma, Jean-Michel Frodon. Bajo este precepto Spielberg ha trabajado algunos ítems con cierta conexión histórica para envolver en una realidad verosímil a un personaje que no lo es tanto.

 

Así las cosas la historia de Indiana Jones en el reino de la calavera de cristal se traslada de 1938 a 1957, los exactos diecinueve años que separan a ésta de la anterior producción de 1989, para retratar a un envejecido pero atlético profesor Jones que en pleno auge maccarthista debe encontrar el cráneo de cristal de Akator, que los rusos robaron del hangar donde descansa el Arca de la Alianza de la primera parte. El tema de la calavera de cristal, nunca probado con rigor histórico, deslumbró al cine y desde House II a Tom Raider su presencia ha sido constante. Un episodio de la serie Stargate relata el origen extraterrestre de los cráneos.

 

Tomando esta base argumental, la acción devuelve a Indiana Jones al ruedo y ya no serán los nazis sus contrincantes. En tiempos de la Guerra Fría, la no menos gélida Irina Spalko es el personaje del villano de turno que busca el poder escondido en ese lejano elemento de origen incierto.

 

En una historia que traslada la acción de los Estados Unidos a Perú y luego a la cuenca del Amazonas, Indiana Jones se topará con un joven que le pide auxilio (al que conoce más de lo que imagina), y se reencontrará con Marion Ravenwood, la misma de Los cazadores del Arca perdida, lo que le permitirá cerrar viejas heridas.

 

Cambiando de época cambian las modas, los autos, los enemigos y los amigos y hasta la música, entonces Elvis Presley se escucha en Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal aunque John Williams siga fielmente presente. Pero algunas constantes como el guiño cómplice con elementos de los tres films anteriores o aquellos de clara referencia cinéfila, la presencia de Mutt (Shia LaBeouf) ingresando a la historia cual Marlon Brando en El Salvaje (The Wild One, 1953) hacen que esta cuarta (¿y última?) entrega de la saga de Indiana Jones cumpla con sus objetivos y recupere el espíritu de buena parte del cine de acción de la década del 80, marca registrada del binomio Lucas-Spielberg. Película de entretenimiento, de narración clásica, con actores reconocidos y en su madurez interpretativa como Harrison Ford o John Hurt, sustentados por un guión que privilegia el desarrollo de la trama. Cierto sector de la crítica ha comentado que la villana Irina Spalko es demasiado caricaturizada pero ¿no era tal la representación de los “enemigos soviéticos” en los films clase-B en épocas de la Guerra Fría? Cate Blanchett cumple entonces su rol malvado dentro de una película cuyo héroe de aventuras fue diseñado por un dibujante, Jim Steranko, que bien pudo inspirarse en Errol Flynn.

 

Pero a no confundirse, Indiana Jones es el héroe de la cándida modernidad vista desde la posmodernidad y, gracias a eso, se salva con elegancia y altruismo del cinismo actual del cine de entretenimiento. Seguramente esa sea su auténtica última cruzada.

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