Revista Criterio
Julio 2008
Nº 2339 » Julio 2008

El arte como posibilidad de transformación

por , · Comentar 

Sábado 26 de abril. Frente a un grupo de vecinos se juega la siguiente escena:

 

Una joven, María González, se presenta a hacer una denuncia. Ricardo, su marido, a poco de convivir pasó del amor romántico a reacciones violentas: del puño a la paliza, terminando ella en una cama de hospital, hasta el punto de ocasionar un aborto. Pero ha decidido decir basta. Por eso se presenta ante quien corresponde. El tono dramático de la situación se detiene al atender María el portero eléctrico: él está abajo, se olvidó las llaves, y ella dócilmente le avisa que se las alcanza. Fin de la escena. La denuncia se jugó en la imaginación de María.

 

Después de que Paula –actriz y autora del monólogo– deja de ser María para recibir el aplauso, empieza otra escena. Esta se juega ahora en otro nivel: las sillas del “auditorio” pasan a ser una rueda que invita a la reflexión compartida, y en ella estamos todos: los vecinos, la actriz y su director, las coordinadoras. Ahora somos nosotros (sin desconocer la diferencia de roles) los protagonistas del intercambio, del afecto puesto en palabras. El impacto de la escena presenciada puede circular, entonces, de modos diferentes:

 

“Yo conozco a alguien que le pasa algo así, y no se anima a hacer nada…”, “María necesita a Ricardo para ser alguien en la sociedad…estar casada la vuelve alguien”, “El precio es dejar de ser ella…”, “Pero a lo mejor podríamos pensar que es como un ensayo…hasta que se anime a hacerlo”…

 

Paula cuenta entonces que escribió una segunda escena para su monólogo: María mata a Ricardo. Nuevo impacto. Esa era una vía posible, sobre todo en una polaridad que pasa del sometimiento al acto violento. Y esto promueve una nueva circulación de discursos:

 

“En situaciones límite puede ponerse en juego la violencia que todos poseemos…”, “María no debió esperar hasta llegar a su límite”… “Tendría que haber buscado ayuda antes”.

 

El intercambio es rico y muchos intervienen. Hacia el final, habida cuenta del intercambio que acabábamos de protagonizar, se propone pedirle a Paula que dramatice nuevamente el desenlace de su monólogo, pero cambiado e inventado por alguno de ellos.

 

Después de breves minutos de espera, y como resultado de la reunión entre actriz, director y una vecina “codirectora”, vemos de nuevo a María. Se dirige como antes al portero eléctrico, pero cambia de idea: toma un celular (que rápidamente los nuevos directores habían dispuesto sobre la mesa) y marca el número de una amiga. Le comunica que irá a su casa, se quedará allá y será aquella quien la acompañe a hacer -esta vez sí- la denuncia.

 

El relato resume la experiencia llevada a cabo el sábado 26 de abril en Casa de la Esperanza, Centro de Promoción, Prevención y Asistencia a la familia y la comunidad*, de la Fundación Manos Abiertas, en Villa de Mayo, provincia de Buenos Aires.

 

Fue organizada por el Equipo coordinador del área de promoción y prevención, que periódicamente invita a los vecinos, mate cocido y facturas de por medio, a charlar acerca de cuestiones muchas veces sugeridas por los mismos vecinos y en las que por lo general participan especialistas invitados. Esta vez, teniendo en cuenta las dificultades para abordar una temática  como la de la violencia familiar, a menudo silenciada pero presente en muchas de las consultas que recibe el área de atención del equipo, se incluyó el lenguaje teatral como disparador.

 

La posibilidad de participar de lo trágico desde otro lugar (la escena representada) facilitó la construcción de una nueva escena: la participación a través de la palabra, el descubrimiento de distintas posiciones ante el problema, el rescate del otro como semejante capaz de recrear el lazo solidario. Es decir, la posibilidad de comenzar a plantear nuevos modos de circulación de aquello que, silenciado, genera sometimiento y más violencia, y que será retomado en futuros encuentros.

 

 

 

 

La Fundación Manos Abiertas, de la cual forma parte Casa de la Esperanza, intenta dar una respuesta solidaria a los problemas derivados de la exclusión social. Tiene como misión promover y dignificar la persona humana, mejorando su calidad de vida, aliviando y suavizando las necesidades que surgen de las situaciones de pobreza, dolor o cualquier tipo de carencia.

 

Nació en Buenos Aires en la localidad de Villa de Mayo en 1992, por la iniciativa de un grupo de voluntarios que, asesorados y guiados por el padre Ángel Rossi sj, comenzó a distribuir alimentos y ropa. El 23 de abril de 1999 Manos Abiertas formalizó su actividad como fundación obteniendo la Personería Jurídica bajo Res. 000376, Expte. 16637-15/99.

 

Además del Centro de promoción, prevención y atención a la familia y la comunidad, la Fundación creó y sostiene en Villa de Mayo el Centro Educativo San Ignacio, el Hogar para niños Ricardo Servente, el Hogar para adolescentes San Javier, el Hogar para señoras Santa Ana, donde funciona además un comedor comunitario, el Hogar San Joaquín para hombres de la calle, el Centro Beato Hurtado de ayuda social, una escuela de oficios (panadería, peluquería, corte y confección), además de un Programa de microemprendimientos (que otorga pequeños créditos), y otro de becas para jóvenes de la comunidad. En Capital se está construyendo la Casa de la Bondad, de cuidados paliativos para enfermos terminales. Cuenta además con otras obras en Córdoba, San Juan y Entre Ríos.

 

En Casa de la Esperanza se realizan tratamientos psicológicos, psicopedagógicos, control psiquiátrico y trabajo social con las familias consultantes. En el área de promoción y prevención, además de encuentros mensuales con los vecinos, se trabaja en red con las escuelas de la zona. Funcionan también talleres para niños y jóvenes: música, teatro, murga, circo.

 

 

Fundación Manos Abiertas: www.manosabiertas.web.ar

Casa de la Esperanza. Amenábar 3840, Villa de Mayo, tel. 4660-3931

email: casa-esperanza@manosabiertasweb.org.ar

Nº 2339 » Julio 2008

Conflictiva relación de las mujeres con el sacramento del orden

por Canitano, Rodolfo A. · Comentar 

Según la doctrina católica, los sacramentos –en número de siete– fueron instituidos por Jesucristo en el seno de la Iglesia que él fundó. Consisten en unos actos sensibles y simbólicos, por lo tanto no meramente internos, que significan y producen, en quienes los reciben, determinados efectos sobrenaturales.

 

En los sacramentos se destacan diversos aspectos:

 

a) los elementos, acciones y palabras mediante los cuales se efectúan;

 

b) el individuo en el cual se aplican, o sea, su destinatario;

 

c) el ministro a quien compete realizarlos;

 

d) los efectos (sobrenaturales y radicados en la gracia divina), que reconocen al Señor como causa principal, y al sacramento en sí como causa instrumental.

 

Completemos algunos de estos conceptos aclarando, por ejemplo, que los elementos y acciones, empleados en la administración de los sacramentos, se denominan tradicionalmente “materia”, y las palabras concurrentes se llaman “forma”. En lo que atañe al destinatario de los sacramentos, en general todo individuo tiene acceso a ellos, sin acepción de personas. Es voluntad de Dios, que mediante su gracia los seres humanos devengamos hijos suyos adoptivos y alcancemos la plena realización personal en este mundo y, sobre todo, la herencia de la eterna felicidad en el más allá. Ahora bien, los sacramentos son caudalosos e importantes canales de la imprescindible gracia, la única que nos permite lograr esos fines.

 

Entre los sacramentos figura uno, el del orden sagrado, de primordial importancia en el desarrollo de la vida cristiana, el cual es el eje del problema que se plantea en el presente artículo.

 

El orden sagrado se define como el “sacramento instituido por Jesucristo para crear ministros jerárquicos (miembros de la jerarquía eclesiástica). Así se provee a las exigencias del culto divino, se asegura el gobierno pastoral de las almas, se consolida la vida de la gracia en el Cuerpo místico y se favorece el crecimiento de éste hasta el fin de los siglos.

 

La jerarquía (el conjunto de las autoridades y poderes sagrados de la Iglesia), además de su cumbre que es el sumo pontífice o el papa, se compone armoniosamente de obispos, presbíteros y diáconos: todos ellos deben su condición de ministros jerárquicos al sacramento del orden sagrado (recibido de manos del obispo), al cual sólo tienen acceso los llamados por Dios mediante sus legítimos representantes”.

 

El orden sagrado, al igual que todos los sacramentos, tiende a plasmar el perfeccionamiento de quien los recibe, pero encierra además un carácter muy particular: esa misma persona adquiere una estructural destinación de servicio a favor del pueblo fiel y de la humanidad entera.

 

Hasta aquí todo se presenta positivo respecto de este importante y estratégico sacramento. Pero sobresale un punto crítico en los términos de la doctrina corriente, que no parece armonizarse con el concepto de igualdad entre el varón y la mujer, tan ostensible en el pensamiento y las actitudes de nuestro Señor Jesucristo.

 

En las líneas anteriores señalábamos que por voluntad divina el acceso a los sacramentos –supuestas lógicamente las debidas condiciones– está abierto a todos sin discriminaciones de raza, clase social o sexo, de acuerdo con el testimonio de san Pablo: “En Cristo ya no hay griego ni judío, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer” (Gál. 3, 28).

 

A pesar de lo cual, nos encontramos en nuestra Iglesia frente a un hecho consumado: desde hace muchos siglos las mujeres están excluidas del orden sagrado hasta el extremo de considerarse impropio que se plantee respecto de ellas el tema de su posible vocación al sacerdocio, que se supone reservado al varón…

 

En consecuencia, numerosos creyentes se sienten espiritualmente molestos e intranquilos ante esa actitud que estiman excesiva e incomprensible, y cuya fundamentación, por otra parte, se presenta menos sólida y segura de lo que se presume. En las líneas que siguen se esbozan sintéticamente algunos argumentos que ponen en tela de juicio esa secular oposición al sacerdocio de las mujeres.

 

- En primer término se señala que esa actitud negativa no es la que existió siempre, ya que no tenía cabida precisamente en los comienzos del cristianismo. Un atento análisis de las Cartas de san Pablo (las verdaderamente escritas por él) deja bien en claro que en ese período de la Iglesia naciente –período de vital y significativa importancia– no había reparos en ubicar a mujeres idóneas en cargos ministeriales y jerárquicos a la par de los varones.

 

Esta conducta, avalada nada menos que por el Apóstol de los gentiles, era la realidad que se vivía desde las primeras décadas. Una práctica semejante habría sido imposible si fuese contraria al proyecto y a la voluntad del divino fundador de la Iglesia. Pues en este tiempo permanecía aún muy vivo entre los cristianaos el recuerdo amoroso de la persona y las enseñanzas del Señor Jesús, y se mantenía firmísimo el propósito de ejecutar fielmente sus órdenes, deseos e intenciones en la tarea de difundir la buena nueva y establecer el Reino de Dios.

 

- Existen suficientes indicios de que la praxis, en virtud de la cual las funciones jerárquicas eran compartidas por varones y mujeres, perduró hasta fines del siglo II. En esa coyuntura se produjo un quiebre de la situación, y las mujeres fueron desapareciendo de las filas del ministerio sagrado. Fue el resultado de una decisión “humana”, tomada sin duda por varones. Decisión relativamente fácil en una sociedad que por esas épocas era poco propicia a la intervención femenina en espacios públicos de poder y responsabilidad. Esa mentalidad se mantiene todavía en nuestro tiempo en algunos estamentos eclesiales.

 

- El argumento de que la tradición permanente y unánime de la Iglesia no da lugar al sacerdocio de las mujeres adolece de bastante fragilidad. Pues, por lo verificado en los primeros tiempos de la comunidad cristiana, se echa de ver que ni la práctica ni por lo tanto la doctrina corrían en esa dirección tan discriminatoria.

 

Si avanzamos en la historia eclesiástica hacia la época de la modernidad, asistimos a un hecho muy sintomático. Desde el siglo XVIII hasta comienzos del siglo XX en el seno del catolicismo tuvo auge una especial devoción a la Santísima Virgen, en la que, entre otros aspectos, se destacaba el de María-Sacerdote… Más aún, un gran papa como fue san Pío X aprobaba todavía en 1908 la advocación “María Virgen Sacerdote, ruega por nosotros” (aunque años más tarde se prohibió esta invocación).

 

¿Cómo se concilia el hecho de que durante varias centurias haya estado en vigencia el concepto del sacerdocio de Maria (la más santa de las criaturas, sin duda, pero finalmente mujer) con la afirmación según la cual “siempre la Iglesia ha entendido que, por voluntad de Cristo, las mujeres estaban excluidas del sacerdocio”?…

 

- No consta en la Sagrada Escritura ni en los testimonios de la Tradición (la auténtica, con mayúscula) ningún pasaje que de modo directo o explícito prohíba a las mujeres acceder a la ordenación sacerdotal. Pero se ha querido deducir esa prohibición de la interpretación de un texto que pertenece a los Evangelios (por ejemplo, en Mateo 10, 1-4), donde se habla de la institución de los “Doce”.

 

Se ha considerado ese relato como un documento estricta e íntegramente histórico. Según ese enfoque (realmente superado en la actualidad), “allí Cristo establece de modo oficial el colegio de los doce apóstoles, los cuales después de la muerte y resurrección del Señor, provistos de especiales poderes espirituales, se encaminarán a las diversas regiones de la tierra para propagar la buena nueva de la salvación y establecer el Reino de Dios”.

 

Ahora bien, como los mencionados en ese pasaje son sólo doce, y todos ellos del sexo masculino, se pretende llegar a la conclusión de que las mujeres deben quedar excluidas del ejercicio de tales poderes. “Y si el Señor obró así, nadie en la Iglesia está autorizado a proceder de otra manera”… ¡Drástica y excesiva deducción! Tanto más que ese pasaje –al igual que otros lugares paralelos– merced al concienzudo profesionalismo de los biblistas y a la luz de una exégesis científicamente actualizada, ha recobrado su autentica y real significación, netamente distinta de la que le asignaba una interpretación rutinaria.

 

De acuerdo con la tesis, ampliamente aceptada en el campo de la hermenéutica católica, son múltiples los géneros y estilos literarios utilizados en la Biblia, incluso a veces en un mismo libro. Por esta vía se ha llegado al convencimiento de que en la lista de los “Doce” nos encontramos ante un relato figurativo, que gira en torno del significado tradicionalmente simbólico del número doce, muy frecuente en la cultura oriental y en particular en el ámbito bíblico.

 

En el caso que focalizamos, el empleo del número doce encierra y expresa los conceptos de “elección y designio divino, poder, fortaleza, continuidad”, como acontece también en otros pasajes. Allí, pues, mediante el término numérico “doce”, no se busca de por sí expresar una exacta cantidad matemática, ni se pretende “comunicar con sentido histórico y objetivo que Jesús eligió de entre sus discípulos a doce varones (ni uno más, ni uno menos) y los constituyó de antemano como apóstoles suyos”… Esto en realidad no aconteció hasta después de su resurrección. Entonces sí, no solamente doce sino muchísimos más (y no en exclusividad varones, porque también había alguna mujer) fueron “enviados” –que eso significa apóstoles– a todos los confines de la tierra para esparcir la semilla del evangelio, construir el nuevo pueblo de Dios y poner en marcha la nueva alianza.

 

En conclusión: la lista de los “Doce” en los Evangelios sinópticos, es de índole marcadamente simbólica, al igual que numerosas frases de las Sagradas Escrituras, como: “las doce puertas de Jerusalén”, “las doce estrellas que rodean a la mujer”, “las doce legiones de ángeles”, “las doce tribus de Israel”… Todas ellas giran en torno del número doce tomado no en sentido aritmético o cuantitativo, sino en cuanto símbolo de grandes realidades del orden sobrenatural.

 

Los especialistas en temas bíblicos comprueban una descollante relación entre el relato evangélico del “grupo de los Doce” y la consabida expresión de “las doce tribus de Israel”, y no vacilan en formular la siguiente interpretación:

 

Los Sinópticos nos informan que así como en otro tiempo Yahvé se vale de Moisés para hacer de Israel (la nación de las doce tribus), su pueblo elegido con el que establece una particular alianza de amistad, ahora, con la misma benevolencia y gratuidad, se dispone a inaugurar, con la mediación de Jesucristo el Redentor, otra etapa de la historia salvífica estableciendo las bases de un nuevo pueblo de elección y de una especial alianza de amor que, cuando llegue la hora, será sellada con sangre sobre el madero de la cruz.

 

En el nivel del sentido simbólico, esta es la magnífica noticia que la lista de los “Doce” nos transmite como mensaje fundamental. Pero eso no excluye, en otro nivel (de lectura literal), el anuncio simultáneo de un hecho inmediato, a saber, que Jesús forma un grupo de determinados discípulos que lo ayuden y acompañen en las tareas evangelizadoras, que se llevan a cabo preferentemente en territorio israelita, durante su vida pública.

 

Y a estos colaboradores (dato significativo), los Evangelios no los denominan los “doce apóstoles”, sino simplemente “los Doce” (cfr. Marcos 3, 14; 4, 10; 10, 32; 11, 11; Mateo 20, 17; Lucas 8, 1; 9, 12; Juan 6, 70). Si alguna que otra vez les otorgan el título de apóstoles, ello se explica desde la perspectiva del tiempo en que se efectúa su redacción; por ejemplo, el de Marcos, alrededor del año 70; los de Mateo y Lucas, hacia el 80. Evidentemente, “los Doce” habían sido instituidos muchísimos años antes, como también habían transcurrido varias décadas desde que los integrantes de ese “ex grupo” pasaron a ser apóstoles. En rigor, pocos eran los sobrevivientes, pues en su mayoría habían entregado su vida como mártires, por la causa de Cristo y de su santa Iglesia.

Nº 2339 » Julio 2008

Diálogo en la diversidad

por Folquer, Cynthia · Comentar 

Entre los días 15 y 17 de mayo se llevaron a cabo en San Miguel de Tucumán las II Jornadas de Historia de la Iglesia en el NOA. Fueron organizadas por el Arzobispado de Tucumán, la Universidad Nacional de Tucumán (UNT), la Universidad Nacional de Salta (UNSa), la Universidad Católica de Santiago del Estero (UCSE) y la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA). El encuentro tuvo lugar en las sedes Centro y Yerba Buena de la UNSTA y contó con el auspicio del Secretariado para la Iglesia en América Latina de la Conferencia de los obispos católicos de los Estados Unidos.

 

Ante los avances de los estudios referidos a la Iglesia, sus instituciones y las formas de religiosidad, realizados desde diferentes perspectivas, estas jornadas, convocadas por historiadores del NOA se propusieron reunir a los investigadores del país dedicados a esta temática. Asimismo se pretendió continuar con el espacio de intercambio y actualización inaugurado con las I Jornadas de Salta en 2006.

 

Se debatieron más de cuarenta trabajos de investigación en ocho mesas temáticas: “Sociedad y religión en el período colonial”; “Rupturas y continuidades en la configuración eclesial (siglos XIX y primera mitad del XX)” ; “Renovar o conservar en tiempos del Vaticano II”; “Mujeres y experiencia religiosa”; “Ordenes, congregaciones religiosas y asociaciones laicales”; “Patrimonio, archivos y fuentes”; “Construcciones discursivas en torno al catolicismo” y “Construcción de imaginarios religiosos”. Los expositores representaron a distintas universidades del país y del extranjero: Tucumán, Salta, Jujuy, Catamarca, Santiago del Estero, Córdoba, Mendoza, Bahía Blanca, Santa Fe, Rosario, La Plata, Mar del Plata, Buenos Aires, Barcelona (España) y Bolonia (Italia) y provenían de diversas disciplinas: historia, filosofía, literatura, sociología, antropología, teología, derecho, arquitectura, música, arte. Cada mesa reunió en diálogo a historiadores de larga trayectoria con estudiantes que inician su camino de investigación en la temática, lo que provocó un interesante aprendizaje.

 

Se llevaron a cabo tres conferencias con invitados especiales. La doctora Pilar García Jordán (Universidad de Barcelona, España) expuso sobre “El estado-nación boliviano, los Orientes y las misiones franciscanas, 1825-1939. Una propuesta investigadora”. El doctor Loris Zanatta (Universidad de Bolonia) sobre “La relación del peronismo con la Santa Sede en el trasfondo internacional de la primera guerra fría”; y la profesora Susana Bianchi (UBA) acerca de “Religión y política en la Argentina peronista (1943-1955)”.

 

En el marco de las Jornadas también se presentaron tres libros: De sotanas por la Pampa. Religión y Sociedad en el Buenos Aires rural tardocolonial (María Elena Barral), Funcionarios de Dios y de la República. Clero y política en la experiencia de las autonomías provinciales (Valentina Ayrolo) y La Orden Dominicana en Argentina: actores y prácticas (desde la Colonia al siglo XX) (Cynthia Folquer, ed.)

 

Hubo espacio para el esparcimiento y el intercambio informal. En el Museo Casa de la Independencia se organizó una velada folklórica a cargo de Viviana Taberna y Carlos Podazza, y en el Centro Cultural Virla se ofreció a los participantes el espectáculo “Cosa e’ Negros” del grupo Músicos Independientes Tucumanos, que rescata las raíces africanas de la música popular de toda Latinoamérica a través de un recorrido por diversos estilos y ritmos folklóricos de nuestro continente.

 

Como en las I Jornadas de Salta, participaron historiadores/as con pertenencia eclesial y también ajenos a ella. Se intentó una vez más superar los prejuicios, profundizando en la tarea historiográfico académica, trabajando cada uno desde su lugar, desde las propias convicciones y miradas, respetando, escuchando y dialogando con la diversidad de puntos de vista. Se fue fortaleciendo así la intuición de dar lugar a un espacio nuevo de diálogo interdisciplinar y abierto.

 

La comisión organizadora animó esta convocatoria desde la convicción de que hacer historia es hacer política y que la mística de la acción política no puede darse en el aislamiento ya que es imposible actuar sin tener en cuenta la dimensión de la amistad, como afirma Hannah Arendt (Qué es la política). Desde esta perspectiva, las jornadas lograron fortalecer vínculos académicos y de amistad entre los participantes y anuncian la continuidad en el NOA de este tipo de debates historiográficos sobre la Iglesia y la religiosidad.

 

 

Al término de las Jornadas

 

Impresiones de los participantes

 

 

Gabriela Caretta (Universidad Nacional de Salta): Estas Segundas Jornadas, en continuidad con las Primeras realizadas en Salta, constituyeron una oportunidad para el encuentro de historiadores profesionales, estudiantes universitarios y de los seminarios diocesanos de diferentes puntos del país para poner a discusión sus trabajos, proyectos, propuestas, experiencias de investigación. Ello fue posible porque se conformó un equipo de trabajo integrado por docentes investigadores de diferentes instituciones del NOA, en el que prima el diálogo, el respeto y la comunicación asidua vía mail o en reuniones más o menos formales en algún punto de la geografía del noroeste. No hace mucho las jornadas o congresos sobre temas de Iglesia y religiosidad eran organizados por Institutos, universidades nacionales o católicas o por la Junta de Historia Eclesiástica en espacios que tendían a ser paralelos. Renovada en muchos aspectos, la historiografía seguía así marcada por la oposición decimonónica de confesional o “laica”. En esta encrucijada, las jornadas se constituyen una posibilidad de diálogo entre las distintas formas de hacer historia del campo religioso, desde la conformación misma de la comisión organizadora y académica, desde las instituciones que las avalan (universidades nacionales, católicas, autoridades eclesiásticas) y por su convocatoria que recorre las distintas universidades, grupos de estudio y las más lejanas parroquias de la región.

 

Loris Zanatta (Universidad de Bolonia): Las jornadas han sido para mí una experiencia diferente de la imaginada. Llevo muchos años dedicados a la historia de la Iglesia en la Argentina y lo que más rescato de este encuentro es el avance en el diálogo de diferentes corrientes historiográficas, el encuentro de investigaciones que se desarrollan en el ámbito académico-científico y en el de la Iglesia. Desde la perspectiva científico-académica, para mí es una satisfacción ver este progreso y me complace pensar que contribuí con mi grano de arena cuando empecé a cultivar esta línea de trabajo.

 

Para continuar creciendo es importante mejorar el acceso a las fuentes eclesiásticas, con reglas claras respecto de la documentación también del siglo XX, ya que todavía los archivos de las diferentes diócesis carecen de pautas precisas, algunas son más abiertas otras más cerradas, y para avanzar en los estudios es necesario hacer un inventario de la documentación eclesiástica existente.

 

Roberto Di Stefano (Universidad de Buenos Aires): Hace muchos años vengo propiciando este diálogo entre historiadores que pertenecen a la Iglesia y los que son ajenos a ella. Yo me formé en Italia, donde en todas las universidades se enseña historia del cristianismo; esto aquí no existe. Allí se realizan encuentros entre historiadores laicos e historiadores católicos y construyen conocimiento en conjunto, aun con sus diferencias. Cuando llegué de Italia encontré aquí muy poco interés por la historia de la Iglesia y del cristianismo. En las universidades nacionales era algo incipiente y en el interior de la Iglesia se hacía una historia confesional muy cerrada. Que hayan podido concretarse estas jornadas, organizadas por historiadores del NOA, realiza un antiguo sueño mío; es una gran satisfacción.

 

Victoria Cohen Imach (Universidad Nacional de Tucumán): Las jornadas me parecieron un espacio muy importante de encuentro para aprender de los procesos de investigación de los demás, encontrar coincidencias, interrogantes comunes; como si uno formara parte de lo que el galés Raymond Williams llamó ‘estructura de sentimiento’: todos trabajamos, nos interrogamos sobre cuestiones parecidas y eso da mucho ánimo para seguir. Me pareció importante el fortalecimiento de este grupo de investigadores que habían participado de las jornadas anteriores en Salta, con un trabajo caracterizado por la actitud democrática y abierta.

 

Valentina Ayrolo (Universidad de Mar del Plata): En mi opinión, la importancia de estas jornadas, así como de las primeras de Salta, radica en su aporte a una reflexión conjunta. Reafirman el propósito de contribuir a la historiografía de la Iglesia en la Argentina. Hemos demostrado que podemos hacer buenos trabajos académicos y discutirlos en un clima de cordialidad. Creo que hemos logrado construir un nuevo espacio, de trabajo, de discusión.

 

Pilar García Jordán (Universidad de Barcelona): Creo en la posibilidad de avanzar en los estudios de historia de la Iglesia desde la interdisciplinariedad, estudiando la Iglesia, la institución, los miembros que la conforman pero siempre buscando comprender el contexto de la historia política, económica, social. Tal como hemos visto en estas jornadas, hemos hecho historia de la institución en relación con el Estado, historia de las comunidades que la conforman, los actores sociales que participan.

 

En estas Jornadas me encontré entre amigos que me han suscitado una serie de interrogantes, lo que para nosotros, que intentamos comprender procesos, es fundamental. Ha sido personalmente una experiencia muy grata y fructífera. Para mí como docente, fue muy interesante el diálogo entre estudiosos de larga trayectoria y jóvenes investigadores.

 

Alicia Fraschina (Universidad de Buenos Aires): Las jornadas tuvieron un gran nivel académico reflejado en la calidad de los trabajos presentados; y también en la organización de los tiempos para exponer y hacer preguntas, el clima de debate establecido y el espacio para la presentación de los participantes de manera de conocer las trayectorias de cada uno y poder así profundizar los vínculos.

 

Marcelo Ariel Lorca Albornoz (Arquidiócesis de Tucumán): Las jornadas son el fruto del trabajo de un grupo de investigadores del NOA que supimos crear un espacio abierto al diálogo y a la amistad. Una amistad ‘interdisciplinar’, de personas que provenimos de distintas áreas del saber, poseemos distintos criterios y opiniones pero que reconocemos en cada uno a una persona, a otro que también puede aportar algo. Necesitamos siempre de la ayuda de los demás, no lo sabemos todo ni lo podemos todo, deseamos aprender de los demás desde una actitud de humildad. Hemos descubierto esto entre nosotros desde la organización y hemos querido compartirlo con el resto de los participantes. Han sido jornadas muy fructíferas y nos comprometemos a seguir acompañando este proceso de investigación desde el NOA.

 

María Mercedes Tenti (Universidad Católica de Santiago del Estero): Este grupo de historiadores del NOA se formó con personas que no nos conocíamos personalmente, fuimos presentados por amigos en común. Se fue conformando con numerosos viajes a Salta o a Tucumán. Así fue madurando la idea de formar un nuevo espacio en el NOA para el intercambio de los estudios de historia de la Iglesia, desde el respeto de distintas disciplinas y ángulos de pensamiento o posturas historiográficos. El NOA tiene una imagen de región de profunda religiosidad, pero pensar sobre esta religiosidad y sus manifestaciones no tenía un espacio académico propicio. Por ello buscamos crear un ámbito interdisciplinario amplio donde se acepte el disenso y se pueda discutir. Este espacio de las Jornadas nos ha permitido una experiencia enriquecedora, en donde participaron representantes de universidades confesionales o nacionales dispuestos al debate, a discutir e intercambiar visiones y experiencias. Este lugar lo hemos ganado con mucho esfuerzo y con muchos años: estamos construyendo este espacio desde 2005 y ya estamos pensando en 2010 para darle continuidad a lo iniciado.

 

Juan Carlos Veiga (Rector de la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino): Para la unsta estas jornadas son una bocanada de aire fresco. Es también un gozo poder recibirlos y ofrecer este ágora para el debate de ideas que se han expuesto. Cuando en la Jornada inaugural el representante de la Universidad Nacional de Tucumán, el doctor Daniel Campi, hacía hincapié en que este encuentro marcaba también un punto de inflexión en la superación de los prejuicios entre instituciones, encontraba que allí estaba lo más importante de este fruto. Conseguir que en la Argentina el diálogo entre las universidades y el diálogo que las universidades deben conducir en todos los planos, se restablezca y podamos decir que somos capaces de hacerlo. La unsta tiene en sus principios, en su misión y en su visión la búsqueda del conocimiento, la búsqueda de la verdad. Este encuentro transita estos caminos que nos hemos fijado. Pero la búsqueda de la verdad y del conocimiento exige en todos los ámbitos en que se desarrolle el principio de la libertad, que toda búsqueda de la verdad se haga en un plano de libertad. Esto tan valioso es nuestro compromiso. Esta será, según lo afirmaba Juan Pablo II, la herramienta, el camino apropiado para construir la paz. Quiero decirles que esta casa de estudios en la sede Centro, en la de Yerba Buena, Concepción o Buenos Aires, siempre estará abierta para encontrar juntos ese camino que nos conduzca a la paz.

 

 

 

Nº 2339 » Julio 2008

¿Por qué Buenos Aires nunca tuvo un museo de arte religioso?

por Lida, Miranda · 5 Comentarios 

En distintas ciudades del país existen museos de arte religioso, así el caso de Salta, Tucumán o Córdoba. Pero en Buenos Aires sólo existen unos pocos y aislados emprendimientos de este tipo, localizados en algunos templos de renombre, como el museo de la catedral o los de las basílicas de San Francisco, el Santísimo Sacramento o la iglesia de San Pedro Telmo. Todos estos museos de sitio han sido fruto de laudables esfuerzos de sacerdotes o congregaciones preocupados por reconstruir su propia historia y por poner en valor su patrimonio. Algunos contaron con el asesoramiento de historiadores del arte, arqueólogos y demás especialistas; otros se hicieron simplemente “a pulmón”. No existe, sin embargo, un museo de arte sacro para toda la ciudad de Buenos Aires, capaz de narrar a través de sus obras la historia de la Iglesia en la ciudad. La historia no sólo se encuentra en los libros.

 

Sería injusto de todas formas decir que a lo largo de su vida la ciudad de Buenos Aires ignoró por completo la idea de levantar un museo de estas características. En la década de 1930, la Municipalidad tuvo en mente un proyecto que contemplaba, entre otras cosas, su construcción. Corrían los años del gobierno del general Justo y acababa de celebrarse con impresionante éxito el Congreso Eucarístico Internacional de 1934. Asimismo, incontables museos históricos comenzaban a construirse a lo largo del país, a la luz del incipiente desarrollo del turismo. Pero el proyecto fue demasiado ambicioso y excedió con creces los recursos de los que se podía disponer. No se circunscribió a proponer la construcción de un museo, sino que ese mismo proyecto estuvo acompañado por la idea de levantar una nueva catedral de dimensiones monumentales para la ciudad. El monumentalismo arquitectónico, que tenía su fuente de inspiración en las experiencias fascistas de la Europa de la época, no logró alcanzar su realización. Las únicas innovaciones arquitectónicas de esos años fueron el edificio Kavanagh, el Obelisco y la construcción de la avenida 9 de Julio. La arquidiócesis de Buenos Aires se quedó sin un museo que la represente.

 

¿Sólo falta de recursos económicos o también de voluntad política? ¿O lo que verdaderamente faltaba era un significativo acervo que exhibir en un museo de este tipo? Podríamos especular en torno a estas alternativas casi indefinidamente, pero lo cierto es que de todas ellas la última jamás podría ser esgrimida. En Buenos Aires hubo –y sigue habiendo hasta el día de hoy– un valioso patrimonio artístico y arquitectónico que se quedó sin museo, olvidado en depósitos que, en el mejor de los casos, sólo sufre por la humedad ambiente.

 

El patrimonio

 

Está compuesto por piezas provenientes de diferentes épocas y lugares. El arte religioso colonial, tanto de origen altoperuano como rioplatense, goza del privilegio de encontrarse en buena medida a salvo. Importantes museos de arte de la ciudad han dedicado ingentes recursos y esfuerzos a fin de conservarlo, de poder exhibirlo y también –lo más importante– de estudiarlo. Así el caso del Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco o el Museo de Arte Español Enrique Larreta, que cuentan con importantes colecciones de arte sacro. El arte religioso colonial –al menos aquella porción que logró llegar a salvo hasta nuestros días– tuvo la suerte de encontrar lugares en los que guarecerse. Importantes coleccionistas privados, como los que dieron su nombre a los museos citados, han sabido justipreciarlo.

 

En cambio, el arte sacro que se desarrolló en el país durante los años de la belle époque –una época de oro para el consumo y la producción artísticas, tanto religiosa como profana– no ha corrido pareja suerte. Como nunca antes en su historia, la Argentina de fines siglo XIX y primeras décadas del XX estuvo en condiciones de poder comprar en Europa un sinnúmero de obras de arte religioso. Pero no es sólo la cantidad lo que cuenta sino, sobre todo, la calidad. La Argentina se dio el lujo de traer a artistas y arquitectos de primer nivel, con contratos muchas veces generosísimos, a fin de que diseñaran iglesias, las refaccionaran y embellecieran.

 

Así fue como Francesco Paolo Parisi pintó los frescos de la catedral de Buenos Aires, Francesco Domenighini se encargó de obras en el mismo templo, Luis Rossi pintó para la sacristía de la Merced, Nicola Orlandi hizo las pinturas de la cúpula para la parroquia de San Telmo y Modesto Faustino se encargó de la decoración interior de la capilla de Talar de Pacheco en la provincia de Buenos Aires… La lista se haría interminable si incluyéramos además a los artistas argentinos. O los nombres de los arquitectos que participaron de la construcción de infinidad de templos inspirados en modelos europeos, donde fueron capaces de mezclar de un modo ecléctico y original elementos estilísticos tomados de diferentes épocas y lugares: el gótico, el renacimiento italiano, el barroco, las formas bizantinas, entre otros.

 

Los resultados de este impresionante despliegue están a la vista. Buenos Aires cuenta con algunos templos que son verdaderas joyas arquitectónicas. Desde la lujosa basílica del Santísimo Sacramento en el Retiro que con su respectiva cripta fue costeado íntegramente por la señora Mercedes Castellanos de Anchorena, hasta la de San Carlos en el barrio de Almagro, que fue construida gracias a infinidad de aportes de vecinos quienes, centavo a centavo, reunieron el dinero para construir una iglesia que pudieron considerar propia. Estos templos no tardaron en ser declarados basílicas. Y no fueron ninguna excepción. Algo similar ocurrió con los de San José de Flores, San Francisco, Santo Domingo, San Agustín, Nuestra Señora de Buenos Aires, Nuestra Señora de Guadalupe, San Antonio, entre otros. El gran número de iglesias que fueron elevadas al estatuto de basílica a comienzos del siglo XX es uno de los indicadores más evidentes con los que contamos para dar cuenta de la incipiente y rápida transformación que estaba viviendo la arquitectura religiosa de Buenos Aires.

 

Las paredes de estos nuevos recintos sagrados no podían aparecer desnudas a la vista del público. Había que ornamentarlas con obras de arte, joyas, altares, imágenes, vitrales, mesas de altar, púlpitos, sillería, platería, tapices, etc. Por esos años, muchos de estos objetos se traían de Europa; otros se mandaban a hacer a orfebres y artistas locales que comenzaban a especializarse. Las coronas que se utilizaban en las fiestas de la coronación de diferentes advocaciones de la Virgen fueron una de las expresiones más vistosas de este despliegue de lujo y ostentación, como fue el caso de la que la señora María Adelia Harilaos de Olmos donó para la coronación de Nuestra Señora de Pompeya en 1922.

 

En pocas palabras, queremos llamar la atención sobre el impresionante tráfico de obras de arte y objetos de culto que se desarrolló a comienzos del siglo XX. Fue tan notable que no tardó en despertar las suspicacias de los socialistas, quienes encontraron allí una invalorable ocasión para denunciar la supuesta alianza que las clases altas tenían con la religión católica. En sus intervenciones en el Congreso, denunciaron recurrentemente que si los grandes terratenientes pampeanos se dedicaban a comprar altares importados no era por pura y sincera devoción, sino porque podían utilizarlos como fachada para un contrabando comercial que se hallaba a resguardo de las leyes. En efecto, la comercialización de objetos sagrados y de culto estaba exenta de impuestos según las leyes de Aduana. Así, pues, se acusaba a los terratenientes de ocultar telas de lujo importadas dentro de los embalajes de los altares de mármol de Carrara que llegaban al puerto de Buenos Aires. Con la sola firma de un sacerdote se podía –según se denunciaba– lograr que un determinado envío estuviera exento de impuestos. Y todos sabían que había muchos sacerdotes que estaban vinculados por lazos de familia (e incluso de favor y simpatías) a importantes apellidos. De este modo, se tejían redes que –así insinuaban los socialistas en el Congreso– apañaban el contrabando. No podríamos probar en estas páginas si efectivamente había algo de cierto en tamaña acusación. De todas formas ella expresa una cosa innegable: el patrimonio artístico y arquitectónico católico estaba recibiendo una atención sin precedentes en esos años.

 

Este acervo es algo de lo que hoy lamentablemente no se tiene casi conciencia. Quizás no sea culpa exclusiva de nuestros tiempos, puesto que hace ya largos años que uno de los frescos que Francesco Paolo Parisi pintara para el presbiterio de la catedral metropolitana de Buenos Aires quedó sepultado por la humedad y no hubo forma de recuperarlo. Destino más ingrato le tocó en suerte a la cúpula que pintara Nazareno Orlandi para la parroquia de San Telmo: de ella hoy ya no nos queda absolutamente nada. Si no fuera porque todavía se preservan las revistas de arquitectura que en su momento destacaron la calidad de la obra, e incluso la compararon con las mejores cúpulas europeas, ya ni siquiera nos quedaría memoria de ella.

 

Pero no todo está perdido. Muchas cosas podrían hacerse, por más que la restauración de los templos sean obras costosísimas y los museos resulten difíciles de sostener sin el respaldo de algún sponsor. Si bien parece que todavía está muy lejano el día en que Buenos Aires tenga un museo de arte sacro digno del acervo artístico con el que cuenta, lo menos que debería hacerse es comenzar a tomar conciencia de que ese patrimonio tiene un valor que merece ser resguardado. No vaya a ser que suceda como en la parroquia de Talar de Pacheco –en el norte del Gran Buenos Aires– que, habiendo sido construida con gran refinamiento en la estancia de la familia Pacheco Anchorena allá por el año 1886, ha sufrido sucesivos despojos, más por la desidia y la necedad de quienes fueron sus responsables en las últimas décadas que por verdadero afán de destrucción. A falta de un museo propio, se “donaron” piezas de arte a particulares que hoy en día es casi imposible recuperar…

 

La discusión

 

Según la Comisión Pontificia para los Bienes Culturales de la Iglesia, los museos eclesiásticos deberían ser integrados en todo proyecto pastoral puesto que involucran “un fundamento eclesiológico, una perspectiva teológica y una dimensión espiritual”1.  La preocupación del Vaticano por promover la preservación del patrimonio religioso, tanto histórico como artístico, es inobjetable.

 

No obstante, con ello la discusión no queda cerrada, puesto que un museo de arte religioso es mucho más que un fragmento de un proyecto pastoral. Es ante todo un hecho artístico y cultural que involucra, sobre todo, una dimensión histórica. Al fin y al cabo, la historia de la religión, de sus formas y expresiones estéticas, no sólo dan cuenta de los diferentes modos de honrar a Dios que se sucedieron a lo largo del tiempo, sino además de un conjunto de mujeres y hombres para quienes esas expresiones tuvieron algún tipo de sentido.

 

Tomemos un ejemplo al azar. Una custodia expuesta en un museo de arte sacro es mucho más que una pieza de orfebrería, eventualmente deslumbrante. Si se tratara de la monumental custodia utilizada en la procesión de clausura del Congreso Eucarístico Internacional de 1934, no debería exhibírsela sin dejar de explicarle al público la significación social, económica, cultural y política que tuvo en su hora aquel congreso. Que parte de ella haya sido construida con chafalonía es un dato que a cualquier observador sagaz no habrá de escapársele. No obstante, la muestra de arte sacro que se presenta actualmente en la catedral de Buenos Aires omite este tipo de datos, que tan importantes son para la comprensión del hecho religioso.

 

Si se soslaya la dimensión histórica de cualquier práctica religiosa, estaremos perdiendo una porción importantísima de elementos para su comprensión. Los museos de arte sacro no sólo son capaces de hablarnos acerca de la pastoral, la fe y la religiosidad de antaño; también pueden hacerlo acerca de la gente de carne y hueso, sus prácticas, sus costumbres y sus modos de ser. En el fondo, la dimensión histórica no es más que una dimensión social y humana.

 

 

 

*Agradezco la ayuda que para este artículo me brindó la señora Rosario García de Ferraggi (autora de Antonio Amendola de Tebaldi. Un sacerdote multifacético, Buenos Aires, 2004) quien con sus observaciones y los resultados de sus investigaciones me ha enseñado a valorar todavía más el patrimonio artístico y religioso de la Argentina.

 

1. “Carta Circular sobre la función pastoral de los Museos Eclesiásticos”, Ciudad del Vaticano, 15 de agosto de 2001.

Nº 2339 » Julio 2008

La globalización de la prostitución

por de Rosa, Giuseppe · 6 Comentarios 

El tráfico de esclavos que se produjo entre los siglos XVI y XIX es uno de los escándalos más clamorosos de la historia de la humanidad. Cazados de forma violenta en África, fueron llevados con sufrimientos inenarrables a América con el fin de que trabajaran en condiciones infrahumanas en minas y plantaciones. Se calcula que, a lo largo de los 400 años que duró ese tráfico, las víctimas llegaron a 11,5 millones, entre hombres y mujeres. Este es un episodio que pesa hoy de forma sensible sobre la conciencia de la humanidad y se acusa a los que estuvieron implicados de una crueldad horrible e inhumana y de una total falta de sentido cristiano. Pero, si bien es un delito horrible, resulta de “modesta cuantía” en lo numérico si se tiene en cuenta que en la actualidad, en un decenio en el sudeste asiático, el tráfico de mujeres destinadas a la prostitución ha llegado a los 33 millones de víctimas. 

 

Richard Poulin, profesor de Sociología de la Universidad de Ottawa (Canadá), afirma: “En el curso de los tres últimos decenios, en los países del hemisferio sur, ha habido un crecimiento vertiginoso de la prostitución y de la trata de mujeres y niños con tal objetivo. Un discurso análogo es válido también para los países de la ex Unión Soviética, del centro y oriente de Europa y de los Balcanes desde hace poco menos de un decenio. […] También se tiende a prostituir a niños cada vez más jóvenes, y a introducirlos en el mercado de la pornografía […] la industria de la prostitución infantil explota 400 mil niños en India, 100 mil en Filipinas, entre 200 y 300 mil en Tailandia, 100 mil en Taiwán, y entre 244 y 325 mil en los Estados Unidos. En la República Popular China los niños que se prostituyen son entre 200 y 500 mil, en Brasil van de 500 mil a 2 millones. El 35% de las prostitutas camboyanas tiene menos de 17 años y el 60% de las albanesas que se prostituyen en Europa son menores”.

 

Algunos estudios estiman que un niño que se prostituye vende sus “servicios sexuales” a 2.000 hombres. En 1996, un informe del Consejo de Europa estimaba que se prostituían en Occidente unos 100 mil niños de Europa del Este. Un análisis presentado por Unicef (2001) con ocasión del Segundo Congreso Mundial Contra la Explotación Sexual de Menores con fines Comerciales, realizado en Yokohama (Japón), estimaba en más de un millón los menores —principalmente niñas— que estarían obligados a prostituirse por la industria del sexo. En 2004, las cifras giraban en torno a dos millones de niños. Hoy, al menos un millón de niños se prostituye sólo en el sudeste asiático, siendo los países más golpeados por este mal India, Tailandia, Taiwán y Filipinas1. 

 

Un fenómeno de masas

 

En realidad, hoy la prostitución ha llegado a ser un fenómeno de masas y se ha extendido al mundo entero. Por su parte, la pornografía se ha difundido ampliamente por toda la sociedad. Las ganancias de estas dos industrias son altísimas y se encuentran entre las más rentables del mundo. En el año 2002, los ingresos derivados de la prostitución se acercaban a los 60 mil millones de euros y los de la pornografía estuvieron cerca de los 57 mil millones.

 

El volumen de los negocios de las agencias de turismo sexual que operan a través de Internet, es de mil millones de euros al año. Mientras, los ingresos por el tráfico de personas destinadas a la prostitución varían entre 7 y 13,5 mil millones de euros. Decenas de millones de seres humanos, principalmente mujeres, niños y niñas, son sometidos a los traumas físicos y psicológicos que se derivan del comercio del sexo.

 

Se estimaba que en el año 2002 el número de prostitutas en el mundo era de 40 millones, y que su clientela crecía a ritmo sostenido. Cada año 500 mil mujeres, niños y niñas son introducidos en el mercado del sexo pagado en los países de Europa occidental. El 75% de las mujeres víctimas de este tráfico tiene menos de 25 años y, entre ellas, un porcentaje notable no fácil de determinar, es menor de edad. Cerca de cuatro millones de mujeres y niños(as) son víctimas cada año del tráfico mundial destinado a la prostitución. 

 

 

Industria altamente rentable

 

Para muchos países la prostitución es hoy un componente importante del producto interno bruto (PIB). Así, en los Países Bajos la industria de la prostitución constituye el 5% del PIB; en Japón el porcentaje está entre el 1 y el 3%. En Dinamarca la industria de la pornografía es la tercera en importancia. En Hungría ha tenido un desarrollo rapidísimo llegando a ser este uno de los lugares más apreciados por los productores de películas pornográficas. Las industrias del sexo son importantes. Algunas son internacionales y se cotizan en las bolsas obteniendo grandes ganancias e ingresos considerables en monedas fuertes, con efecto tanto en las balanzas de pagos como en las cuentas corrientes de diversos países. Por este motivo varios de ellos las consideran vitales para su propia economía.

 

La prostitución en Asia

 

En realidad, la prostitución es parte de la estrategia de desarrollo de algunos Estados de Asia que, con una deuda externa elevada, son animados a desarrollar sus industrias de ocio y turismo por el Fondo Monetario Internacional y por el Banco Mundial a través de la concesión de préstamos considerables. Este tipo de desarrollo ha dado impulso a la industria del comercio sexual. Es significativo lo sucedido en Tailandia, país en el que el desarrollo del turismo (rápidamente convertido en turismo sexual), produjo ingresos por 7,1 mil millones de dólares en 1995, convirtiéndose en la primera fuente de divisas que contribuía con el 13% al PIB. De esta manera Tailandia llegó a ser el primer destino del turismo de ocio en el sudeste asiático. En realidad, Tailandia acoge el mayor número de turistas de esa región, entre 8 y 10 millones al año.

 

Algo similar debe decirse del enorme desarrollo del comercio sexual en Camboya, un país —hay que recordarlo— que perdió dos millones de personas bajo el infame y demente régimen de Pol Pot y del Khmer. En el año 2003, este país fue visitado por 700 mil personas, con lo que se produjo un incremento notable del número de prostitutas, de las que entre el 25 y 30% son menores de edad.

 

“A primera vista, la prostitución en Camboya se ejerce de un modo dulce, casi inocente, con la sonrisa. Masajistas, vendedoras de naranjas, cantantes de karaoke, taxi-girls, entretenedoras, prostitutas de calle, ofrecen sus servicios con aparente buen humor. La realidad es muy diferente: si se logra profundizar en la historia de las jóvenes prostitutas, se cae en la cuenta de que muchas de ellas fueron vendidas siendo todavía vírgenes, luego violadas, revendidas varias veces, explotadas sexualmente en las redes de prostitución, golpeadas y frecuentemente torturadas. La mayor parte de los restaurantes, hoteles, taxis y otras numerosas actividades aprovechan, directa e indirectamente, los ingresos de la prostitución. Las víctimas, empujadas por la pobreza, son reclutadas por traficantes y protectores. A menudo, familias endeudadas con los propietarios de establecimientos donde se practica la prostitución les entregan a sus propias hijas. La trampa se cierra entonces sobre estas jóvenes víctimas, cuyo futuro queda así sellado. Son verdaderamente pocas las que logran salir y muchas mueren de sida”2. En efecto, el sida se está difundiendo rápidamente en Camboya por el desarrollo de la industria del sexo. Unicef estimaba en 180 mil los casos en 1999. 

 

Otro país que aporta mucho a la prostitución es Filipinas. Un estudio reciente del gobierno filipino ha confirmado que mujeres de ese país son vendidas en al menos 74 países, entre ellos, Japón, Malasia, Hong-Kong, Corea, Laos y Nigeria. Más de un millón de filipinas dejan su país para trabajar como empleadas domésticas en el Medio Oriente, Singapur, Hong-Kong, Malasia, Canadá y Europa, y se estima que cerca de 50 mil mujeres van a Japón como entretenedoras, paso obligado en ese país a la prostitución.

 

En realidad, Japón tiene la mayor industria sexual de Asia oriental. Ya durante la II Guerra Mundial, 200 mil mujeres y muchachas fueron reclutadas para satisfacer las necesidades sexuales de las tropas en el frente. Hoy, en un área reducida de 0,34 km2 hay 3.500 locales, soaplands, love banks, peepshows, teléfonos eróticos y locales donde se practica el sexo más violento y perverso, llamado enjokosai (prostitución de adolescentes). A través de periódicos, dibujos animados, videojuegos y catálogos se venden mujeres y muchachas a buen precio. 

 

También Taiwán es un conocido centro de la industria del sexo: alrededor de 40 mil mujeres y jóvenes autóctonas son obligadas a prostituirse. En India, en grandes ciudades como Mumbai (Bombay), Calcuta y Nueva Delhi, se cuentan más de mil red light districts (zonas rojas) y burdeles. Un gran número de mujeres vendidas para la prostitución es importado del exterior, en particular de Nepal, Bangladesh, Myanmar y Bután. En Pakistán se venden como esclavas hasta 200 mil mujeres y niños al año, muchos son raptados en territorio bengalí y vendidos para la explotación sexual.

 

En América latina

 

En lo que concierne a América Latina, la prostitución está presente en todos los países y puede asumir dos formas: la trata interna, en la que se traslada a las mujeres a diversas partes del mismo país, y la trata externa, en la que las mujeres se transfieren de un país a otro. Todo ello con el fin de satisfacer una demanda cada vez más amplia debido al mercado internacional. Para lograr todo esto, redes mafiosas estadounidenses, europeas y asiáticas actúan en los países latinoamericanos.  Los centros más antiguos de tráfico —países proveedores— son Brasil, Surinam, Colombia, República Dominicana y Antillas. Los países destinatarios son España (en donde el 70% de las prostitutas es originario de América Latina), Holanda, Israel, Corea, Japón y los Estados Unidos.

 

En estos países, los traficantes publican anuncios en los periódicos proponiendo un trabajo en el extranjero, que presentan como algo muy rentable. Sin embargo, lo que espera a las mujeres que se dejan engañar es una cruel esclavitud. Otras mujeres llegan a los países a los que las destinan los traficantes a través de una “adopción” simulada o un “matrimonio” simulado, que es una de las más espantosas y todavía poco conocidas formas de esclavitud. Niñas de cuatro años son obligadas a vivir con sus propios “maridos”, a menudo como prisioneras. Estas niñas quedan encinta apenas alcanzan la madurez sexual corriendo un grave peligro para su vida, pues se sabe que una niña menor de 15 años con un embarazo corre un riesgo cinco veces mayor al de una mujer de 20 años. En algunos sitios de internet se destaca la capacidad de las mujeres propuestas como esclavas para resistir el dolor y la tortura (para la satisfacción de los clientes sádicos) y su capacidad de hacer cualquier cosa.

 

En cuanto a México, el tráfico sexual más intenso se realiza a lo largo de los tres mil kilómetros de la frontera con los Estados Unidos. En particular en Ciudad Juárez y Tijuana, centros de ocio y diversión para los turistas y los militares estadounidenses, operan los “contrabandistas de hombres” (habría entre 300 y 400 sólo en Tijuana). “Por un lado, las ciudades fronterizas reciben personas que vienen de todo México y se establecen allí esperando condiciones propicias para pasar la frontera legal o ilegalmente. Por otro lado, en estas mismas ciudades se quedan los centenares de clandestinos repatriados cada mes desde Estados Unidos. Hay mujeres menores de edad y niños entre las personas que tienen intención de pasar la frontera y también entre los repatriados que son arrastrados a la prostitución por los contrabandistas en Ciudad Juárez, Tijuana y Nuevo Laredo. Muchísimas de ellas, jóvenes que trabajan en los locales de estas ciudades, tienen sólo 13 o 14 años. Según diversos testimonios, se estima que un cuarto de las prostitutas de Tijuana son menores. Y es que a los ojos de los protectores estas niñas reclutadas a los 11, 12 o 13 años, cuando cumplen los 18 son ya ‘viejas’. Se han encontrado allí también niños utilizados para la realización de material pornográfico por parte de explotadores tanto estadounidenses como japoneses”3. 

 

En África 

 

En cuanto a África, hay que comenzar destacando que la prostitución es muy floreciente en todos los países del Magreb (Marruecos, Argelia y Túnez). Así, las prostitutas marroquíes son explotadas en particular en las monarquías del Golfo Pérsico y en Arabia Saudita, en donde son colocadas por sus protectores en restaurantes y hoteles de lujo. En ciudades turísticas como Meknès la prostitución alimenta la industria hotelera. En algunos casos, “la transformación del sexo en actividad lucrativa se hace incluso con el aval de las familias que, sin medios de subsistencia, dejan que sus hijas se prostituyan y se vendan a los turistas. En ciertos casos se llega a animar a las niñas abiertamente por su propia familia. La madre le pide a la hija que salga, para traer de comer y la joven, trabajando de este modo, logra mantener a sus padres y hermanos”4.

 

Las redes mafiosas marroquíes alimentan asimismo el mercado europeo, en particular el español, al mismo tiempo que, con la complicidad de personas del gobierno local y de la policía, proveen de jóvenes prostitutas a los numerosos turistas árabes y europeos. Podemos aquí poner de relieve en particular a Nigeria, el Estado más populoso de África, porque las prostitutas que trabajan en Italia son en gran parte nigerianas, además de las provenientes de países del Este europeo (Moldavia, Bielorrusia, Ucrania, Rumania). Las jóvenes nigerianas son confiadas por las familias a los protectores locales; estos prometen encontrarles un trabajo honesto y bien retribuido en Italia o en otros países europeos. Las familias pagan al protector una fuerte suma por el pasaporte o por el viaje. Apenas llegadas a Italia, les quitan el pasaporte y todo documento personal, les imponen el pago de una fuerte suma de dinero como compensación por los gastos del viaje financiados por el protector. Se trata de una deuda tan alta que ellas no logran casi nunca pagarla. Luego son entregadas a viejas madamas nigerianas que les asignan un lugar donde prostituirse, además de los horarios y todo el resto. Así las jóvenes se convierten en esclavas tanto de la madama como del protector, que tiene la obligación de “protegerla”, pero también el derecho de disponer de ellas cómo y cuándo quiera. Se vuelve imposible todo vínculo con las familias, pues están sujetas a un rígido control a cada hora del día y de la noche y sin posibilidades de dirigirse a las autoridades italianas por el hecho de ser inmigrantes irregulares susceptibles de ser expulsadas. De ese modo las jóvenes nigerianas quedan reducidas a la esclavitud, sin esperanza de poder huir, salvo cuando ya no sirven más por estar enfermas o marchitas. 

 

Causas de su aumento 

 

Después del comercio de armas y de drogas, la prostitución en todas sus formas (femenina, de niños y niñas, masculina) es el tercer negocio más difundido y lucrativo. La prostitución hoy se ha globalizado porque se ha difundido por todo el planeta y sobre todo porque las víctimas de la prostitución son llevadas de un país a otro y de un continente a otro conforme a las exigencias de la demanda sexual —que es mayoritariamente masculina— y las expectativas de mayores ganancias. También está globalizada porque se sirve de todos los instrumentos de comunicación, principalmente de internet, y está en manos de una red internacional de traficantes que opera a nivel mundial y que en muchos países cuenta con el apoyo de funcionarios estatales corruptos, en particular de las fuerzas policiales.

 

Lo que más impresiona es que la trata de personas para la explotación sexual es un fenómeno en crecimiento. Según las estimaciones de la ONU, las ganancias anuales por la explotación sexual tienen hoy un volumen de entre 5 y 7 mil millones de dólares y el número de personas involucradas está en torno a los 4 millones. ¿Cómo se explica la extensión del fenómeno de la trata de personas para la explotación sexual y su crecimiento?

 

La causa primera y principal que empuja a tantas personas a prostituirse es la pobreza en la que viven muchas familias y la globalización que, con el traslado de capitales y de oportunidades de trabajo de un país a otro de acuerdo con las conveniencias económicas y financieras, tiende a agravarla provocando el abandono del campo y el traslado a las ciudades.

 

Una vez que el traficante tiene a las víctimas en sus manos, las coloca en el círculo de la prostitución a través de una serie de mecanismos de control: les confisca los documentos de identidad, de viaje y sanitarios; las obliga a reembolsar los gastos de transporte, alojamiento, alimentos y bienes de primera necesidad; las amenaza con denunciarlas a las autoridades de inmigración dada su situación de clandestinidad; y en caso de rebelión, castiga con estupro y violencia física y moral, vigilancia continua y otros métodos de restricción de la libertad de movimiento, cobros por alojamiento, comida, vestidos, medicinas o curas médicas. En realidad, las bandas criminales en las que terminan las mujeres y los niños recurren a la violencia, las amenazas y las intimidaciones con total impunidad, sin que sus víctimas tengan ninguna posibilidad de denunciar a sus explotadores; no hay posibilidad de reaccionar con fuerza y valentía, pues no tienen a quién dirigirse o no saben cómo hacerlo, especialmente si han sido llevadas a países distantes del propio o si se han visto obligadas a prostituirse en la calle o en los burdeles con horarios agotadores.

 

La segunda causa del crecimiento del fenómeno de la prostitución es el enorme desarrollo de los medios de transporte, que hace posible el traslado en pocas horas de un continente a otro. Esto ofrece a los usuarios la posibilidad de llegar en poco tiempo a lugares acondicionados para tener experiencias sexuales particularmente hard que supondrían una especial vergüenza en caso de realizarse en la propia casa, y todo ello a precios moderados.

 

La tercera causa del crecimiento del fenómeno de la prostitución es la demanda de los burdeles, de los lugares de ocio y también de la industria hotelera; unos y otros demandan cada vez más material nuevo y cada vez más atrayente para las siempre crecientes exigencias de los clientes que buscan experiencias “particulares”. Todo ello lleva consigo la necesidad de continuo y creciente recambio del personal para el placer. No es casualidad que cada año entren a Europa 500 mil nuevas personas, en buena parte menores, y que otras, ya explotadas y enfermas, sean expulsadas del círculo de la prostitución y terminen abandonadas en las calles.

 

La cuarta causa del aumento de la prostitución es la legalización que se ha efectuado en algunos países (Holanda, Alemania, Suiza, Australia, Nueva Zelanda, Italia). R. Poulin aporta al respecto el ejemplo de Holanda: “2.500 prostitutas en 1981, 10 mil en 1985, 20 mil en 1989 y 30 mil en 2004. El país cuenta con 2 mil burdeles y al menos 7 mil locales dedicados al comercio del sexo. El 80% de las prostitutas son de origen extranjero y el 70% de ellas son irregulares, víctimas del tráfico de la prostitución. En 1960, el 95% de las prostitutas de Holanda eran holandesas, en 1999 sólo el 20%. La legalización debía poner fin a la prostitución de menores y, sin embargo, Defense for Children International Netherlands estima que de 1996 a 2001 el número de menores que se prostituyen pasó de 4 a 15 mil. De ellos, al menos 5 mil serían extranjeros. En el primer año de la legalización, las industrias del sexo han tenido un crecimiento de un 25%. En Dinamarca, en el curso del último decenio, el número de prostitutas de origen extranjero, víctimas del tráfico, se ha duplicado”5.

 

La presencia de personal militar occidental o internacional en un número notable de países es la última causa del crecimiento del fenómeno de la prostitución. En el sudeste asiático, la industria de la prostitución despegó gracias a las guerras de Corea y de Vietnam y a los asentamientos de tropas occidentales en Tailandia y Filipinas. En los años noventa 18 mil prostitutas coreanas estaban al servicio de los 43 mil militares estadounidenses presentes en ese país. La Organización Internacional para las Migraciones (IOM) calcula en cerca de 10 mil el número de prostitutas clandestinas en Bosnia; estima también que 250 mil mujeres, niños y niñas de Europa del Este son víctimas del tráfico que pasa a través de Serbia y sus países vecinos y que en gran número terminan en Bosnia y en Kosovo, en las estructuras recreativas de los soldados.

 

Un grave problema de conciencia

 

El fenómeno de la prostitución de mujeres y de menores de los dos sexos ha adquirido proporciones gigantescas. Al estar además en manos de organizaciones criminales extremadamente capaces y sin escrúpulos morales —como son las grandes mafias asiáticas, europeas y centroamericanas— tiene por delante una enorme capacidad de desarrollo a costa del daño de millones de seres humanos que se encuentran entre los más débiles e indefensos. Sin embargo, se tiene la impresión de que esta nueva forma de esclavitud, quizás más dura, más cruel y más deshumanizante que otras formas del pasado, no se conoce en su trágica realidad y, sobre todo, no es considerada como lo que realmente es: la negación de la persona humana, reducida a objeto de placer y sobre la que el hombre puede desahogar sus instintos más perversos y crueles y sus deseos más vergonzosos.

 

Hoy en día se realizan muchas manifestaciones de protesta contra las grandes y pequeñas injusticias que existen en el mundo. Se lucha por los problemas gravísimos de la contaminación atmosférica, la deforestación, los derechos de los animales… Pero sobre el problema humano que supone el fenómeno de la prostitución pesa un silencio casi absoluto. Más bien parece molestar que alguien hable al respecto. Da la impresión de que se trata de un asunto inconveniente, de algo políticamente incorrecto. Se diría que es inútil hablar de ella puesto que la prostitución ha existido siempre y siempre existirá. Pero no parece inútil, más bien es un deber, que al menos alguien eleve una voz de protesta contra un fenómeno maligno e inhumano que encuentra en el silencio general si no su justificación sí al menos su tácita aceptación.

 

Dos documentos de la Iglesia manifiestan su condena explícita. Por una parte, el Concilio Vaticano II condenó “todo aquello que ofende la dignidad humana, como las condiciones de vida infrahumanas, la esclavitud, la prostitución, el mercado de las mujeres y de los jóvenes” (GS 27). Por otra parte, el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia (2004) destaca que “la solemne proclamación de los derechos del hombre es contradicha por una dolorosa realidad de violaciones que se difunden por todas partes a través de formas nuevas de esclavitud, como el tráfico de seres humanos, la prostitución” (DSI 158). El documento agrega más adelante las siguientes palabras: “Incluso en los países donde se viven formas de gobierno democrático no siempre estos derechos son del todo respetados” 6. De ahí que es un deber preguntarse por el “no siempre” o el “no del todo”.

 

Por esto hay que manifestar una profunda gratitud a las personas y asociaciones que, con grandes sacrificios de tiempo y de dinero, se ocupan del problema de la prostitución en cada país, buscando sacar a las prostitutas de la calle, liberándolas de sus malvados y cínicos protectores y dándoles la posibilidad de un trabajo honesto. Es ésta una tarea que comporta grandes dificultades y en la que es fácil encontrarse con el fracaso debido a las fuertes amenazas de los protectores hacia sus víctimas, que a menudo suponen más abusos sexuales, golpes, torturas e incluso a veces la muerte, y para sus familias una gran cantidad de daños. El miedo a los protectores, debido a la falta del más mínimo sentido moral y de humanidad, impide a muchas víctimas de la prostitución abandonar su triste trabajo. Esto no resta nada del aprecio que se debe a quienes trabajan por ayudar a superar estas condiciones, cristianos que ven en las víctimas de la prostitución a hijos e hijas de Dios, a quienes se debe restituir la dignidad humana y cristiana que se les ha negado.   

 

 

1. Cfr. Poulin, R.: (ed.), Prostituzione. Globalizzazione incarnata, Milán, 2003. La prostitución de la que se habla en este artículo es no-voluntaria; implica por lo tanto la trata, por parte de individuos y organizaciones criminales, de mujeres y de menores para destinarlos al ejercicio de la prostitución, dentro de sus propios países o fuera de ellos, incluso en lugares muy lejanos. En efecto, existe otra forma de prostitución —“libre y voluntaria”— que se practica sobre todo en la casa –no en la calle–  y mediante Internet, y sobre la cual algunos medios dan información y opiniones ya que en ciertos países es una forma de prostitución legal. En esos países lo que es ilegal es la explotación de la prostitución.

2. Man, S. y Dialm, E.: “Dottrina apparente e realtà della tratta di esseri umani nel Sud Es asiatico”, ibid., 107.

3. Azaola, E.: “Prostituzione al confine tra Messico e Stati Uniti”, ibid., 236.

4. Dialmy, A.: “Prostituzione delle donne in Marocco”, ibid., 215.

5. Poulin, R.: Prostituzione, cit., 14 s. 3.

6. Confer. Pontificio Consejo para la Pastoral de Emigrantes e Itinerantes, Orientaciones para la pastoral de la calle, C. del Vaticano, 2007: en especial la parte II. 160 

 

 

Nº 2339 » Julio 2008

Estado, violencia y exclusión

por Galimidi, José Luis · Comentar 

Respetemos la estrategia expositiva de los clásicos y ataquemos el problema desde una foja cero conceptual. Anarquía no significa, sin más, “ausencia de poder”. Toda situación de coexistencia importa algún tipo de estructura piramidal. Haya o no haya gobierno, siempre existen unas pocas personas y grupos minoritarios, usualmente en pugna entre sí, que logran, de una manera o de otra, imponer su voluntad a los integrantes de las grandes mayorías. Entonces, anarquía –que en su etimología griega indica “negación (an) de principio (arché)”– es la ausencia de un poder unificador, la falta de alguna forma de dominio reconocida y aceptada por todos, garante de formas previsibles de comportamiento y de evaluación.

 

La institución del Estado en particular es, eminentemente, una instancia unificada de dominio estable, jerarquizado según niveles (por ejemplo: nacional, provincial, municipal) y discriminado según funciones (por ejemplo: legislativa, ejecutiva, judicial, administrativa, defensiva, educativa, preventiva, sanitaria, etc.). Siempre viene a cuento mencionar la conocida definición que propone Max Weber, presentando el Estado como aquella única forma de asociación que reclama con éxito el monopolio legítimo del uso de la violencia dentro de un territorio determinado. Notemos en esta definición algunas peculiaridades. En primer lugar, si el Estado reclama el monopolio de la violencia, es porque necesita validar su pretensión ante la opinión de un público que puede conceder o negar su aprobación. No se trata, entonces, de cualquier manera de ejercer la violencia, sino solamente de aquellas maneras, y en aquellas circunstancias, en las que el público ante el cual se ejerce el reclamo considera legítimas. Y en segundo lugar, si dicho monopolio se reclama, es justamente, porque no se lo posee de manera absoluta: el Estado necesita ser la única autoridad que ejerce la violencia con legitimidad porque, precisamente, presupone que hay otros competidores, ilegítimos, que se le enfrentan con medios que, de una forma u otra, son también violentos. En este sentido, la performance de un Estado se pondera según el grado de éxito con que el público (interno, compuesto por los ciudadanos y habitantes, y externo, compuesto por los demás Estados, los organismos internacionales, las asociaciones de derechos humanos, etc.) considera que sus agentes oficiales logran detentar el monopolio de la fuerza, es decir, según su capacidad para imponerse sobre la voluntad de agentes ilegítimos internos (delincuentes y sediciosos) o externos (potencias extranjeras agresivas, estatales o paraestatales), siempre dentro del marco de legalidad aceptado por la comunidad.

 

De acuerdo con lo anterior, se puede decir que las notas fundantes de la estatalidad se encuentran en relación directa con lo que cada sociedad va considerando, en cada época, que son las cualidades disvaliosas de la anarquía. Hay Estado para que no haya anarquía.

 

A modo de ilustración, mencionemos el ritmo genético tripartito que propone la escuela clásica contractualista para comprender la naturaleza del Estado en función del proceso ficcional-explicativo que lo generó. Dicho brevemente, los contractualistas (eminentemente, Hobbes, Locke, Rousseau y Kant) presentan la estructura del Estado como el resultado de un acuerdo, o contrato, que se habría establecido entre todos los miembros de una multitud después de comprender que la vida en condición de naturaleza, es decir, cuando no hay una autoridad humana única y reconocida por todos, implica inconvenientes insuperables para la existencia de cada uno, tanto la del fuerte como la del desposeído. Según como cada autor conciba las cualidades de la naturaleza humana, su pintura del “estado de naturaleza”, o como decíamos más arriba, de la “anarquía”, será más o menos tumultuosa y terrible, y en función de dicha pintura, cada teoría delineará las demandas básicas del orden estatal que viene a ponerle fin. Simplificando el planteo, cuanto más “malo” e insociable crea un filósofo que es el hombre “natural” librado a sus propios impulsos, más poderío y derecho de intervención en la vida colectiva le otorgará a la institución estatal que se inicia mediante el contrato.

 

De todos modos, con sus más y sus menos, todos los clásicos del contractualismo coinciden en señalar que los aspectos más disvaliosos de la –reiteramos– ficcional, hipotética, conjetural, situación originaria de naturaleza tienen que ver con el concepto de escasez. Hay bienes que son contingentemente escasos, y otros que lo son por esencia, porque así lo determina su propia naturaleza. El agua potable, el espacio habitable, las tierras aptas para el cultivo, el alimento, la caza disponible, etc., pueden llegar a escasear, pero de un modo que, en lo conceptual, es contingente, ya que no hay nada en sus notas esenciales que nos obligue a aceptar que por lógica debe haber siempre menos stock disponible que el volumen exigido por la demanda. No es absurdo, ni incompatible con nuestro actual conocimiento del universo, pensar que, con un aprovechamiento racional de los recursos naturales, siempre será posible extraer y producir la cantidad necesaria de bienes materiales básicos para satisfacer las demandas de todos los miembros de todas las generaciones. En cambio, hay otros bienes que escasean necesariamente. El prestigio, los lugares de mando y de dirección, el capital, etc., son bienes intrínsecamente escasos, porque, por razón de su misma naturaleza, sólo tienen consistencia si son poseídos por pocas personas, que son las que van logrando imponerse en los respectivos procesos de competencia y selección. La propia vida, la salud (incluyendo en ella la autoestima) y la libertad, no son, en principio, bienes escasos, como el capital, o el cargo de gobernante, pero tampoco pueden ser abundantes; alcanzan, cuando alcanzan, apenas con lo justo, ya que nadie tiene más de una. La condición anárquica de naturaleza, previa al contrato politizante, es sumamente disvaliosa porque, justamente, agudiza las penurias y las angustias que provoca la escasez efectiva de los bienes, tanto de los que son escasos por coyuntura como de los que lo son por estructura. Anarquía y escasez se combinan, así, para ayudarnos a comprender los fundamentos de la estatalidad.

 

De acuerdo con lo anterior, veamos, ahora, en primer lugar, la cuestión de la seguridad personal1 y su relación conceptual con el Estado.

 

Estado e integridad física

 

En una situación de anarquía, cada persona está sometida a la voluntad caprichosa de los poderosos, voluntad que suele ser ejercida con crueldad, imprevisibilidad, voracidad, etc. Lo que es peor aún, en la condición de naturaleza, la triste suerte de los vulnerables (que siempre son mayoría, porque el poder es un bien esencialmente escaso) no está siquiera aminorada por el consuelo de saber, en el interior de sus conciencias, que el derecho positivo estaría de su lado. “Estado de derecho” implica alguna forma de coincidencia de muchos en cuanto a ciertas reglas, y en condición de naturaleza lo que falta, precisamente, es ese tipo de coincidencia pública discursiva. La anarquía, entre otras cosas, es una Babel jurídica, que más perjudica a quien menos puede.

 

Siendo así que en la situación de anarquía la integridad y la libertad del propio cuerpo         están permanentemente amenazadas por la voluntad prepotente de algunos semejantes, y corren severo riesgo de devenir esencialmente escasas, una de las funciones primordiales del Estado es la de proveer seguridad, digamos, física. Normativamente, nadie tiene derecho a ponerme una mano encima, a disponer de mis pertenencias, o a entrar a mi domicilio, es decir, a invadir el espacio de mi integridad física, sin cumplir con una serie predeterminada de procedimientos legales. Sólo puede hacerlo, en ciertos y determinados casos, un agente público con autoridad, es decir, autorizado –en forma figurada pero fundante– por mí mismo en tanto suscriptor del contrato originario. Si la forma lógica de toda ley es “yo quiero que todos ustedes acaten x, so pena de sufrir las consecuencias y”, en democracia esta fórmula se traduce como “todos nosotros queremos que todos nosotros acatemos, etc.” .

 

Obviamente, la normativa relativa al respeto por la integridad física de los semejantes no recibe una observancia absoluta y universal. Si así fuera, devendría superflua, y junto con ella, devendría superflua la existencia del Estado mismo. El Estado no garantiza la ausencia total de ataques violentos contra la integridad física de las personas; el contrato originario presupone hombres libres, y la libertad, en principio, es compatible tanto con la virtud como con la maldad. Pero el compromiso que debe sostener la autoridad estatal es que propiciará las condiciones materiales, jurídicas y culturales adecuadas como para que sea altamente improbable que alguien –particular o funcionario– se decida a atentar contra la integridad física de un semejante si no es en defensa propia, y para que, en caso de que lo haga, sean muy altas las probabilidades de que reciba una sanción mucho más perjudicial que el beneficio eventual que pueda haber obtenido por su acción agresiva. De acuerdo con esto, se puede hablar de severos déficits de estatalidad si:

 

- Son bajas las probabilidades de que los delitos que involucran la integridad física de las personas sean juzgados y sancionados por parte de las autoridades pertinentes.2

 

- Hay un número significativo de personas que, en determinadas situaciones, consideran moralmente justificable amenazar la integridad física de sus conciudadanos, es decir, que creen de buena fe que los asiste un derecho diferente y más alto que el que determina la autoridad estatal. En este caso el piquete, o la prepotencia de las barras bravas, son ilustraciones evidentes.

 

Los propios agentes públicos, encargados de prevenir o de sancionar los delitos que lesionan la integridad física de las personas, se valen del poder delegado en ellos para cometerlos, para dificultar su juzgamiento, etc. Esta situación, en el mejor de los casos, suele reflejar una falta de autoridad entre gobernantes y funcionarios de planta.

 

Es política de las máximas autoridades del Estado atentar sistemáticamente contra la integridad física de las personas, ya sea cuando transgrede los límites de la normativa vigente (como en el caso del terrorismo de Estado y sus diversas formas de represión ilegal), o cuando dispone leyes represivas discriminatorias que vulneran el espíritu más elemental del contrato originario (como en el caso de las leyes antijudías del régimen nacionalsocialista).

 

Estado y exclusión

 

En la condición de naturaleza, que Thomas Hobbes describe en su libro Leviatán (1651) como una existencia “miserable, brutal, solitaria y breve”, es harto probable que, además de ser víctimas de la agresión física de los demás, los hombres estemos expuestos a la falta de reconocimiento. Esta afrenta espiritual sucede cuando somos transparentes a la mirada de los otros, que no perciben en nosotros nada digno de interés, atención, respeto, o al menos, cuidado, o cuando sólo están dispuestos a considerarnos como objeto (de agresión, de explotación, de perversión, etc.) para sus propios fines, y nunca como fines en nosotros mismos. Cuando hay anarquía, la consideración de mi semejante, la mirada de alguien que me dignifica porque me considera su igual por naturaleza, que me constituye y me confirma como sujeto y no como cosa, es un bien esencialmente escaso, porque si hay anarquía, el horizonte de las relaciones humanas está determinado por las relaciones (cosificantes) de poderío. El resultado deshumanizante de la condición de naturaleza es la exclusión: el excluido es un ser considerado por los demás como subhumano, que no califica como igual ante la mirada del poderoso (o del incluido en la estructura de dominio del poderoso), que ha quedado fuera del circuito del reconocimiento, porque carece de habilidades que se consideren valiosas, porque no es racial o estéticamente presentable, porque sus creencias se califican como supersticiones primitivas, etc.

 

La exclusión no es una característica propia de cada persona, sino que, por definición, es una cualidad relacional (es decir, cualifica el modo en que una persona considera a otra, y modifica, por tanto, el modo en que cada persona se considera a sí misma). Por analogía con la cuestión de la integridad física, la falta insultante de reconocimiento también amenaza a la mayoría de las personas que viven en la condición de naturaleza. Por eso se puede decir que, normativa, idealmente, el Estado sólo puede fundamentarse si se asume como agencia de inclusión. El Estado, como institución artificial y voluntaria, sancionada y sostenida por el concurso de una multitud de voluntades libres, existe básicamente para declarar la guerra al fenómeno de la exclusión. No es que, aquí y allá, en un tiempo o en otro, no existirán personas que no logren insertarse en el circuito del reconocimiento elemental. Pero estas circunstancias sólo pueden ser episódicas, anómalas, como vimos que debe suceder con la violencia física. La existencia permanente, estructural, de una masa crítica de excluidos, sin horizonte probable de inclusión, sin razonable esperanza de futuro reconocimiento –efectivo y no meramente formal– en lo que hace a sus derechos, a sus capacidades y a su –digamos– presentabilidad, es un escándalo conceptual, es una contradicción en los términos. Ningún ser libre y racional podría suscribir (o pretender que otros suscriban) un contrato fundante cuyos estatutos consideraran legítima la posibilidad de que se lo excluyera –a él y a sus hijos–, por razones que exceden su buena voluntad, del conjunto de los beneficiados por la institución que el contrato inaugura. Entre el excluido y las fuerzas del Estado no hay una relación legítima de derecho, sino una relación extrajurídica de poder anárquico.3

 

La teoría filosófica contemporánea distingue entre las nociones de autoestima y autorrespeto. La primera es una categoría psicológica, en cierta medida, coyuntural, y tiene que ver con el éxito relativo con que cada cual consigue realizar las metas que se propone. Depende del carácter, de la tenacidad, de la suerte, del talento, de la audacia, de la astucia. Es una forma de autoponderación competitiva, variable en el tiempo, y que se da por grados. Quien más, quien menos, todos tenemos vaivenes en el monto de nuestra autoestima, unas veces nos va mejor, otras no tan bien, estamos cómodos en lo profesional, pero nos sentimos descontentos con nuestra apariencia física, etc. Si esta variación es muy pronunciada, si es nula, o si se acerca a alguno de los dos extremos del continuo omnipotencia/impotencia, se convierte en un indicador psicopatológico relevante. El autorrespeto, por el contrario, no puede ser ni variable ni relativo. Es una categoría ética, constitutiva de la personalidad moral. Se trata del valor absoluto que inviste a la persona por el solo hecho de ser un sujeto autoconsciente y libre, con derecho para autodeterminarse, para diferenciarse radicalmente de los objetos, y para oponerse con firmeza a toda mirada cosificante y reduccionista. Las cosas tienen utilidad y precio, pero las personas tienen dignidad, que es la cualidad de ser absolutamente valiosas, sin condiciones. Esto es lo que significaban nuestros abuelos cuando decían: “Yo no me llamo veinte pesos”. Querían expresar que había ciertas conductas a las que no estaban dispuestos a rebajarse, sin que importara la suma de dinero con que se los quisiera tentar para equipararlos con una mercancía, porque la dignidad de quien se autorrespeta es algo esencialmente diferente de las cosas que se compran y se venden.

 

La autoestima es cuestión de grado, el autorrespeto no. Se es o no se es digno, sin más; se está o no se está a la altura de lo que exige la decencia. Ahora bien, desde luego que, para que pueda darse el proceso de maduración y consolidación intelectual, afectiva y moral que constituye a una persona libre, digna y decente hay una serie de condiciones objetivas, digamos, materiales, que deben estar presentes. Si, en un extremo, la historia registra innumerables casos de indignidad en medio de la opulencia, resultaría extraño, en el otro, condenar moralmente a quienes, por falta de un ambiente que haya provisto a sus necesidades elementales de alimentación, contención familiar, educación, vivienda, salubridad, reconocimiento externo, etc., no alcanzan a autoconstituirse en sujetos plenamente libres, racionales y autónomos, dotados con una personalidad densa, consciente de sus derechos absolutos y resistente ante la mirada cosificante de los demás. La exclusión provoca, obviamente, baja autoestima pero, además, conspira contra la generación de autorrespeto. En este sentido, el fenómeno de la exclusión, además de exponer la situación dolorosa del excluido, denuncia, básicamente, la deficitaria irresponsabilidad indigna del conjunto de los incluidos. Al respecto, la función de los responsables del Estado, como agentes mediadores entre la soberanía y la sociedad, consiste en instituir y defender la diferencia sustantiva que debe existir entre la autoestima y el autorrespeto, evitando que el fracaso competitivo en la disputa cotidiana por los bienes materiales y simbólicos revierta en el peligro de la pérdida absoluta del autorrespeto. Perder en la competencia por el trabajo, o pasarse de la edad que estipulan el mercado o la legislación laboral, por ejemplo, no debería equivaler, si hay Estado, a correr el riesgo de perder –subjetiva y objetivamente– la condición de persona. En este sentido, va de suyo que la asistencia con fines clientelares es una forma tan perversa de negación de la dignidad como su anverso, la pura desprotección.

 

En conclusión

 

No son sólo los excluidos quienes cometen delitos violentos; tampoco es, obviamente, un potencial delincuente todo niño pobre. Inseguridad física y exclusión no son solamente, y tal vez ni siquiera primordialmente, efectos causales recíprocos. Pero, conceptualmente, son aspectos diferentes de un mismo déficit de estatalidad, entendida ésta como sistema consensuado de convivencia normada y legítima. Tanto el secuestrado, la víctima de un asalto a mano armada, o de una picada, como el excluido del circuito de producción e intercambio regular de bienes y servicios, materiales y simbólicos, son víctimas de una misma situación antiestatal de anarquía. Todas ellas son personas que han sufrido por igual el efecto devastador de una mirada poderosa y cosificante, que no los considera en la dignidad absoluta de su ser espiritual, sino que apenas los trata como un objeto biológico, que puede facilitar o dificultar el logro de los propios fines egoístas. La inseguridad y la exclusión significan la irrupción de la condición anárquica de naturaleza en el espacio estatalizado, que supuestamente debería haberla superado. Demandar por una sin demandar, al mismo tiempo y en el mismo sentido, por la otra, no puede tomarse como un acto cívico integrador, sino apenas como una presión sectorial y parcializante. Quejarse por la inseguridad sin asumir la exclusión como un mal igualmente grave para todos es miopía hipócrita. Correlativamente, minimizar la cuestión de la inseguridad implica cometer un error grosero de percepción, ya que la delincuencia violenta suele golpear más a quienes tienen menos.

 

Problemas afines pueden estimular soluciones sinérgicas. Si la ideología neoliberal “olvidó” el problema de la inclusión como legítima cuestión de Estado, el ideario progresista no debería espejar el error, desconsiderando el problema de la inseguridad.

 

 

 

1. En el debate contemporáneo sobre la cuestión de la seguridad suele hacerse notar que es un error estrechar el alcance de este concepto, sin considerar otros contenidos de la noción de seguridad, relacionados con la contención social, la prevención sanitaria, el cuidado de la vejez, etc. Adhiero aquí a este señalamiento crítico, pero por cuestiones de espacio, me concentro en el problema de la inseguridad relacionado con la delincuencia violenta

 

2. Entiendo que en este grupo de acciones disvaliosas debería incluirse, así como la amenaza del robo a mano armada, el secuestro extorsivo, etc., la conducta agresiva de ciertas formas extremas de infracción vial. El conductor que viola límites de velocidad y convenciones para la prioridad de paso de paso está, de hecho, y no metafóricamente, amenazando de muerte con su máquina a todo el que se cruce en lo que él pretende que es su camino.

 

3. Esa, y sólo ésa, era la justificación razonable que podían exhibir los piqueteros que, reclamando visibilidad como la forma más elemental del reconocimiento, cortaban rutas cuando no tenían probabilidades razonables de acceso al trabajo digno, a la seguridad social, a la salud, la educación, etc. Es notable, al respecto, que ciertas cualidades que se encomian en las personas exitosamente insertadas en el mundo empresario, deportivo, artístico, como la tenacidad, la valentía, la audacia, la rebeldía, se miran con desdén y desconfianza cuando las practica, con los recursos a su alcance, un excluido.

 

Nº 2339 » Julio 2008

Los judíos ante el proselitismo y la conversión

por Kovadloff, Santiago · Comentar 

En el pasado mes de abril, se dio a conocer en estas páginas un artículo titulado “La Iglesia y los judíos”. En él, su autor, el sacerdote jesuita Ignacio Pérez del Viso, confiesa que se sintió “muy tocado por el dolor” a raíz del pesar con que los judíos acogimos “la reciente promulgación de una norma litúrgica sobre el Viernes Santo para pedir que el pueblo judío reconozca a Jesucristo como el Salvador”. Trata a continuación Pérez del Viso de justificar dicha promulgación. Aspira, con ello, a disolver o por lo menos atenuar ese núcleo promotor del padecimiento de sus “hermanos mayores”. Comienza, para ello, por brindar una explicación que busca legitimar el afán de conversión al propio credo y termina convalidando las oraciones que imploran por el éxito de dicha labor proselitista.

 

En ese marco inscribe Ignacio Pérez del Viso la mencionada plegaria por la conversión de los judíos al cristianismo, sin desconocer, por supuesto, que el concepto de conversión, en su acepción más violenta, trae a la memoria del pueblo judío penosísimos recuerdos en cuya naturaleza nuestro autor sabe reconocer la antesala de la “Solución final”.

 

Sostiene que “Todo creyente es normalmente proselitista en el mejor sentido del término”, aunque admite que “a veces lo es en el peor”. Por ello y subrayando el valor de lo que en el proselitismo hay a su juicio de más rico, afirma que “Tendríamos que ver como algo normal que cada creyente sea difusor de su propia fe”. Concibe como un “derecho y obligación anunciar nuestra fe en el ámbito en que vivimos, llevados por nuestra vocación y nuestra misión”. Y concluye que “siendo connatural a todo creyente el ser misionero y desear que otros compartan la propia fe, es natural que esos deseos se manifiesten en la oración”. De modo, entonces, que este “derecho a orar por el buen resultado de la misión, es decir de la obtención de conversiones”, no debería resentir a los judíos cuando esa oración es cristiana, ni a los cristianos cuando esa oración es judía. En sus propios términos: “Ni los judíos deberían sentirse ofendidos porque los cristianos oremos por la conversión de ellos, ni nosotros porque nuestros hermanos mayores procuren nuestra conversión a la fe de ellos”.

 

Ahora bien: ocurre que los judíos hemos renunciado al proselitismo hace aproximadamente dos mil años. No se reza, entre nosotros, por la conversión de los cristianos ni por la de los integrantes de ningún otro credo al nuestro. Y ello es así porque, al no ser misioneros, los judíos no buscamos ni aspiramos a inducir a nadie a la adopción de nuestra fe. Oramos, sí, los judíos por el indispensable entendimiento entre los hombres, sean o no creyentes y sea cual fuere su fe. Rogamos a Dios que nos ilumine para poder acercarnos más y mejor a quienes, por no ser judíos, nos resultan interlocutores indispensables en el esfuerzo por construir, juntos y cada cual desde su preciosa diferencia específica, un mundo menos atormentado por el prejuicio y la incomprensión. Este acercamiento anhelado y siempre perfectible descansa sobre el presupuesto de que la diferencia entre los que buscan aproximarse entre sí es necesaria para promover el recíproco reconocimiento. También y ante todo es sagrada esa diferencia para los judíos pues el prójimo sólo puede llegar a ser amado, como pide la Ley, si su irreductible singularidad, o sea su diferencia, es amada.

 

Según Abraham Heschel, célebre rabino y pensador contemporáneo, el judaísmo consiste en un mínimo de revelación y un máximo de interpretación. No debe, según él, alentarse una lectura canónica de la palabra de Dios que aspire a descollar o preponderar en desmedro del pluralismo interpretativo. Es éste, más bien, el que debe ser alentado, pues con ello no sólo se resguarda el texto sagrado de cualquier tentación dogmática sino que, además, se promueve el valor de la diversidad en la concepción y el ejercicio de la fe concebida como encuentro entre quienes pueden llegar a parecerse únicamente si son distintos: sean Dios y el hombre, sean el hombre y su prójimo, sean los creyentes de un credo con los de otros. De allí los riesgos que para un pensamiento como éste reviste el proselitismo, ya que se entiende que el mismo sólo puede prosperar donde se extingue el goce celebratorio de la diversidad a favor de un discurso prevaleciente o hegemónico.

 

El Gran Rabino de la Comunidad Israelita del Uruguay, Iosef Bitton, señaló que si los judíos “fuéramos proselitistas no haríamos un misionerismo hacia el judaísmo y ni siquiera hacia los célebres Diez Mandamientos. Lo que propondríamos sería que quien no es judío cumpla con los Siete Preceptos de Noé que son, casi todos, lo más parecido a la ley natural: 1) No matar; 2) No robar; 3) No cometer incesto; 4) No incurrir en idolatría; 5) No maldecir a Dios; 6) Contar con magistrados de justicia; 7) No mutilar animales.

 

“De acuerdo con nuestra Torá, aquel individuo judío que lleva a cabo los Siete Preceptos de esta constitución universal, cumple con la voluntad del Todopoderoso. De acuerdo con el Talmud, este individuo no judío tiene parte en el mismo mundo por venir prometido al judío. No es necesario que el no judío se haga judío para obtener lo que, en otras confesiones, se llamaría su salvación”.

 

No corresponde, pues, dar por supuesto, como lo hace Ignacio Pérez del Viso, que en el judaísmo impera, también, un afán proselitista equivalente al que él convalida. Ello no significa que se rechace o impugne a quien por propia iniciativa desee hacer suya la fe mosaica. Para ésta, judíos y cristianos, así como los miembros de cualquier otra confesión, sea o no monoteísta, pueden coincidir, desde sus prácticas particulares, en una misma valoración de la vida como manifestación de lo sagrado. Y es la búsqueda de la confluencia en la valoración de lo sagrado, y no la reducción de esta espléndida diversidad de criterios y modalidades de la fe a un punto de vista dominante, lo que en una de sus oraciones fundamentales solicita el judaísmo. Esta coincidencia en los fines es, para el judaísmo, lo decisivo. La pluralidad de expresiones religiosas que la ponen de manifiesto es la mejor prueba de la universalidad posible de tales fines. La preservación de esa diversidad resulta por lo tanto indispensable para asegurar entre los hombres el empeño en la convivencia solidaria. No es otra la enseñanza de Babel. Desde tal perspectiva, el proselitismo y la conversión no contribuyen a preservar y apreciar el despliegue de semejante variedad. Por el contrario: aspiran a reducir a una única lectura la comprensión y el formato de los valores comunes que dan vida a la unidad en la diferencia. La conversión es, en esencia, un procedimiento de reducción de lo heterogéneo a lo homogéneo, de lo inclusivo a lo exclusivo, de lo múltiple a lo único. El judaísmo desestima ese procedimiento reductivo. No sólo porque en el pasado muchas de sus vidas fueron tronchadas por sus manifestaciones más sanguinarias, sino porque entiende que el futuro planetario exige desecharlo si se aspira a lograr una integración en la diversidad capaz de infundir a la globalización una acepción espiritual y culturalmente equitativa. El valor sagrado del otro y de lo otro, su derecho a la singularidad, demandan un cambio en la concepción de lo universal. Si se trata de renunciar a conquistar la unidad a expensas de las diferencias, para ello es fundamental concebir las diferencias como la expresión más alta y plena de la unidad.

Nº 2339 » Julio 2008

Nadie ama a Casandra

por Mendiola, Luis D. · Comentar 

Intentaremos una aproximación general de este tema tan vasto y complejo, tratando de no extraviar el rumbo respecto de lo que ocurre y de lo que puede ocurrir en el futuro. Recordamos poco el golpe que para la economía mundial significó el embargo repentino de 1973, y menos aún se ha reflexionado suficientemente sobre cómo cambió el mundo desde entonces. Lo mismo sucedió en los ‘80, luego de la revolución iraní. Ahora, con una quintuplicación del precio –aunque en realidad sea aproximadamente sólo el doble, a precios constantes– durante un período de seis años, es decir, no de golpe sino de a poco, recién aparece urgente e inevitable la necesidad de preocuparse. Lo mismo ocurre con los alimentos, el agua, el clima y el medio ambiente. Nadie ama a Casandra. Parecemos todos troyanos.

Los fundamentals, como llaman los economistas a lo básico, en este caso, oferta y demanda, no son tan terribles. No justificarían, en principio, semejante disparada. El o los problemas, son otros: las expectativas. He aquí lo que arruina todo, y donde hay que hurgar más. La peor, entre varias amenazas, es la guerra. Esto es, la expectativa de ella, antes que ella misma.

La de Irak, que lleva ya cinco años, no interfirió demasiado en la provisión, pero el temor de una extensión mayúscula hacia Irán –y de allí a toda la región productiva primordial del crudo, viene actuando como razón profunda, hasta se diría esencial. Las últimas palabras de Ajmadinejad en Roma, la inmediata respuesta israelí y el agregado de las palabras del presidente Bush son sólo una muestra. Mientras no se disipe semejante terror apocalíptico –un verdadero Armageddon– será harto difícil abordar racionalmente el resto del elenco de “culpables”.

Le sigue de cerca –hoy uno de los culpables predilectos– la especulación, que por cierto existe. Desde 2003 el dinero invertido en productos básicos se multiplicó casi por veinte. Ello comprende todo, no sólo el crudo, pero en este caso representa un componente no inferior a un tercio en la formación del precio del mercado. Son transacciones electrónicas. Por cierto, lo que cambia de manos no es la cosa real, ni siquiera son papeles. Pero ha contribuido a que los consumidores mayores transfieran anualmente más de 1 billón 800.000 millones de dólares (es decir: 1.800.000.000.000) a los productores principales. El PBI de una Francia entera.

La cruda especulación, además, no redunda en beneficio alguno, como, por ejemplo, el aumento sustancial de stocks. Estos son carísimos, inútiles y no hay lugar físico para ellos. Nadie “guarda” más crudo que el estrictamente indispensable. Los stocks llamados “estratégicos” de todos los países son siempre muy bajos.

También hay otra supuesta especulación: “guardar” el crudo bajo tierra, regulando para abajo, o apenas en lo justo, la provisión al mercado. Pero, como acusación, esto es aún menos sostenible, ya que actualmente varias de las grandes “hermanas” son estatales (en América Latina hay tres: Petrobras, PEMEX y PDVSA), no funcionan bajo tales premisas; y a las viejas conocidas, las antiguas “mayores” (EXXON, MOBIL, TOTAL, etc.) no les conviene, ni menos aún podrían practicarlo a voluntad.

Entre los miembros de la OPEP, el famosísimo cartel acusado casi siempre de casi todo, reinan más las contradicciones que la conducta homogénea y disciplinada. Esta última, la “disciplina”, se ha visto un poco más en los últimos años cuando el reparto de cuotas distribuidas funcionó mejor que en el pasado. Pero ante la insistente presión de varios grandes –los Estados Unidos, la Unión Europea, Japón, etc.– los sauditas, que en el grupo actúan como una especie de whip (el parlamentario que alinea o disciplina a la bancada), suelen tener posiciones circunstanciales que sólo ellos saben cómo administrar. Han repetido ya hasta el hartazgo que los fundamentals (oferta - demanda) no indican que deba producirse por adelantado todo lo que se les pide. Pero a la vez dicen que están siempre dispuestos a colocar a disposición lo que sea necesario para el consumo, en cuanto éste se presente y sea requerido. Lo notable es que logran cumplir (relativamente) con ambos criterios. Es un misterio.

El mensaje subliminal sería, más bien, éste: “El petróleo está; el que quiere puede comprar; que venga y encargue; para el futuro, ya se está invirtiendo en ampliar la producción, que aumentará, sin duda, siguiendo a la demanda” (es decir: no delante de ella). O si no: “El “dueño” del crudo es el que posee las reservas, y el precio no será fijado a voluntad desde la demanda, como ocurrió durante la mayor parte del tiempo en el pasado”. Parece que el “mensaje” va en serio.

 

Luego de la reciente reunión del G8 en que se debatió qué hacer con el precio del crudo – y no se llegó a un pleno acuerdo, pues hubo posiciones disidentes respecto de causas políticas–, se consensuó una pálida solicitud de mayor oferta a los grandes exportadores. Arabia Saudita respondió con su propia convocatoria a ministros de Energía de 33 países, principales productores, exportadores y consumidores, para debatir en Yeddah las causas, efectos y políticas a seguir en forma concertada respecto del precio. Asimismo, adelantó un aumento de producción exportable propia de medio millón de barriles más desde julio.


Otro “monstruo” que asusta mucho –quizá el más amenazante en el largo plazo– es el pretendido agotamiento inminente del petróleo. A pesar de la insistencia agorera reciente del peak oil (es decir: “Este es –o ya fue– el tope. De aquí en más, la curva se estabilizará y descenderán las reservas y la producción. El plazo de fin del petróleo es no más de 30 años”). Este argumento es más ideológico (o sea, intencionado políticamente) de lo que en realidad puede seriamente proyectarse.

Obviamente, todo al fin se termina; pero, sin necesidad de recordar el concluyente dictum de Lord Keynes (“in the long run, we are all dead”), es cada vez más dudoso que debamos preocuparnos hoy, y en función del precio, por un elemento que según está previsto durará más de los 25 o 30 años anunciados, quizá entre 45 y 50 años.

Por mucho menos del nivel del precio actual del crudo se han hecho económicamente viables explotaciones de cuencas que eran impensables hace apenas cinco años. Moraleja: quien actuó mirando a futuro, sin preocuparse demasiado del precio del día en el mercado, acertó. (Pocos: Brasil, entre ellos). Es contraproducente mantener un horizonte de inversión demasiado corto. Sería más lógico partir de la base de que una operación como es la del petróleo y el gas, que siempre fue costosa, compleja y prolongada (esto vale para toda la energía, no sólo para el crudo) pueda resolverse fácil y rápidamente. Es decir, si no se lo busca, el crudo y el gas no van a aparecer solos. (Pero Grullo dixit).

Pero es preciso aceptar que el que se encuentre de ahora en más no será tan “barato” como antes. Además, el que lo tiene en relativa abundancia, aún a costos mayores, ha “despertado” de una especie de largo hechizo, y está dispuesto ahora a sacar la ventaja relativa que cree su derecho. En otras palabras: el crudo no volverá a ser tan barato como antes de 1973 o a fines de 1998; nunca más. Habrá que habituarse a un precio parecido al actual, es decir, más bien alto, de aquí en adelante.

Además, seguirá siendo sin duda indispensable, sin importar cuántos sustitutos se le pretendan encontrar: renovables, más improbables como sustitutos, o no renovables, como el carbón, la energía nuclear, etc.

Ahora bien, mirar hacia el futuro significa tratar de ser realistas y asumir riesgos y responsabilidades, en lugar de esconderse en ideologías o intercambio de culpas. No cabe duda de que la ecuación oferta - demanda ya cambió y no habrá vuelta atrás. Los “emergentes” –o mejor dicho, las nuevas potencias– no sólo están para quedarse, sino también para crecer mucho más que hasta ahora. Estamos apenas en el inicio de una nueva era. Y pensándolo bien: ¿por qué deberían renunciar a ello? O más difícil todavía: ¿es posible disuadirlos de ello?

La demanda de energía aumentará a un ritmo sostenido (eufemismo para significar “alto”) y todas las fuentes renovables y no serán recesarias; más bien, imprescindibles. No es una cuestión de reemplazo sino de suma. Imaginar un escenario distinto es uno de los mayores engaños, de modo que conviene habituarse a la idea y buscar soluciones realistas y practicables. La dificultad no puede ser, a esta altura, tecnológica, ni menos aún financiera o económica.

 

Es inútil y contraproducente protestar y cruzar culpas por haber llegado “sorpresivamente” a la actual situación de aparente descontrol. Es llorar sobre la leche derramada. Es notable cómo pudo ocurrir que los grandes consumidores no previeran la infraestructura del crudo (mayores stocks, mucha más capacidad de destilación y permanente exploración) con anticipación, ya que estaba escrito que la demanda iría en incontenible aumento, visto el crecimiento prolongado y elevado de las economías emergentes. Al fin, el propio mercado debe incluir un cierto grado de previsión y planificación que supere el día a día de la cotización del crudo.

 

Nº 2339 » Julio 2008

La prioridad de la política

por Irrazábal, Gustavo · Comentar 

Este breve documento ha sido recibido con manifiesto disgusto por las autoridades de la Nación, que se sintieron agraviadas tanto por sus contenidos como por sus supuestos silencios. La Presidenta ha centrado sus críticas especialmente en tres aspectos: 1) se estaría considerando al Gobierno Nacional como parte en el conflicto; 2) el “gesto de grandeza” requerido equivaldría a una injusta subordinación del interés general a pretensiones sectoriales; 3) el texto no menciona el tema decisivo, a saber, la redistribución de la riqueza1. Un cuarto tema, no explicitado pero que subyace a los anteriores, es la sospecha de parcialidad por parte del Episcopado, a quien se lo ve enrolado con el bando adversario en el conflicto.

 

Estas objeciones son, en buena medida, fruto de una lectura superficial y crispada del texto, pero nos dan pie para señalar el aporte que el documento constituye para la reflexión sobre la vida política de nuestro país, aporte que podemos definir ya de antemano como una profundización de la perspectiva institucional. Veamos de qué manera.

 

Poder público y sectores sociales

 

Ante la primera crítica mencionada, según la cual los obispos considerarían al Gobierno como parte en el conflicto, la declaración dice expresamente lo contrario: “no es propio de los poderes públicos empeñarse como parte en los conflictos, sino abocarse a su solución como principales responsables del bien común” (n.3).

 

Por supuesto que las autoridades pueden responder que esto es precisamente lo que están haciendo: defender el bien común. Pero el peso de la afirmación citada estriba en que no se define el bien común en términos de “bienes”, o “contenidos”, sino en términos de instituciones del Estado de derecho:

 

- la división de poderes, entendida tanto como respeto de las funciones que la Constitución Nacional atribuye a cada uno de ellos, como la garantía de la independencia efectiva de los poderes legislativo y judicial;

- “el verdadero federalismo, que supone el fortalecimiento institucional de las provincias, con su necesaria y justa autonomía respecto del poder central” (cita de la 93° Asamblea Plenaria)

 

Estas pautas impiden considerar el bien común en términos exclusivamente materiales, pasando por alto la constitucionalidad de los procedimientos.

 

Los “gestos de grandeza”

 

En este contexto se comprende el sentido del reclamo de “gestos de grandeza”, que además de no estar dirigido exclusivamente al Gobierno, aparece vinculado expresamente a “la vigencia aún más plena de las instituciones de la república”. Además, el pedido va precedido por una referencia a la dimensión moral de la representación política (n. 4). Sólo la ofuscación de las autoridades pudo llevarlas a interpretar el gesto reclamado como la sugerencia de un arreglo espurio con intereses sectoriales.

 

Además, considerando que el Estado es “el principal responsable del bien común”, se señala que tiene el deber de tomar la iniciativa, a través de “la convocatoria a un diálogo transparente y constructivo”. Porque, precisamente, el diálogo con los diferentes sectores es parte esencial del concepto de bien común.

 

Los pobres y la redistribución de la riqueza

 

A la objeción sobre la falta de mención de la “redistribución de la riqueza”, podría responderse que ella es objeto de una insistencia constante por parte de nuestro episcopado, y que el tema de los pobres y de su mayor vulnerabilidad ante el presente conflicto es una preocupación que enmarca toda la reflexión (cf. n.2 y n.6).

 

Pero hay una consideración todavía más importante. En la doctrina social de la Iglesia, la redistribución de la riqueza, englobada en el concepto de justicia social, y en los principios del destino universal de los bienes y de la solidaridad, tiene precisamente el carácter de principio universal y permanente. Ahora bien, los principios no pueden ser interpretados aisladamente, so pena de vaciarse de contenido y de convertirse en consignas manipulables. Como observa el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (CDS): “La atención de cada uno de los principios en su especificidad no debe conducir a su utilización parcial y errónea, como ocurriría si se invocase como un elemento desarticulado y desconectado con respecto de todos los demás” (n.162).

 

La redistribución de la riqueza no puede, por ejemplo, ser separada de los principios de subsidiariedad y participación. La subsidiariedad es, precisamente, el modo correcto de practicar la solidaridad. En un régimen federal, el Estado debería actuar prioritariamente como subsidium (ayuda) para que las provincias puedan, de modo autónomo, fijar objetivos sociales y aplicar recursos. Tampoco puede ser separada la redistribución de la riqueza de las consideraciones más amplias de justicia distributiva, que ordena la equidad en la distribución de las cargas. En este sentido, habría que explicar por qué un sector en particular (no el único en percibir “rentas extraordinarias”) debe hacerse cargo de los objetivos sociales anunciados (tardíamente) por el gobierno.

 

Además, los principios no pueden nunca ser invocados como justificación suficiente y directa de medidas concretas de gobierno, porque el vínculo entre ambos extremos debe ser establecido a través de una serie de mediaciones. Entre ellas se cuenta principalmente la mediación ética, que debe estar presente en la elección de los instrumentos fiscales y en su aplicación; la mediación política, referida a la institucionalidad de los procedimientos, y la mediación comunicativa, referida al diálogo y la búsqueda de consenso2. Una medida correcta en principio, puede tornarse ilegítima por la injusticia de los medios, por no respetar el procedimiento legal, o por no apoyarse en un consenso construido a través del diálogo. En cuanto a lo primero, parece existir una coincidencia entre los constitucionalistas acerca de la inconstitucionalidad de los derechos de exportación sancionados por otro medio que no sea una ley del Congreso3. En cuanto a lo segundo, la resolución cuestionada no fue previamente consultada, ni adecuadamente presentada a los afectados, lo cual genera una mayor responsabilidad de compensar este serio vicio de origen. El solo reconocimiento de las consecuencias no queridas que hubiera generado la medida en su versión primera es una demostración palpable de la relevancia práctica de este tema.

 

Por lo dicho, el paso directo que desde el Gobierno se pretende dar entre la solidaridad hacia los más necesitados y las nuevas retenciones, es, cuando menos, apresurado. En resumen, la expresión “redistribución de la riqueza” está ausente del texto de los obispos porque la discusión no gira en torno a objetivos, sino en torno a la legitimidad de determinados medios.

 

Las estrategias de reclamo

 

Otro punto de notable interés, es la afirmación de que “no es en las calles ni en las rutas donde solucionaremos nuestros problemas”. Todavía es una declaración débil, aunque quizás no se podía ir más allá. Débil, porque plantea el problema en términos de ineficacia más que de ilegitimidad. Pero aun en esto despunta una nueva perspectiva institucional.

 

Hasta ahora la metodología de los piquetes no había sido objeto de crítica por parte del episcopado. Al principio, claramente, por tratarse de una expresión del reclamo social de los sectores más marginados por la crisis. Pero luego el fenómeno evolucionó, convirtiéndose en metodología política, que fue no sólo tolerada sino incluso legitimada por el Estado, al incluir dirigentes piqueteros como funcionarios, y valerse de sus dirigidos como fuerza de choque e intimidación. El piquete se convirtió en el modo habitual de hacer visibles todo tipo de reclamos. Con el problema de Botnia, se pudo observar cómo las clases medias incorporaban el piquete a sus prácticas, y ello, en una escala hasta entonces desconocida (corte de rutas internacionales), frustrando toda posibilidad de diálogo con el país vecino. Finalmente, la protesta agropecuaria adoptó la metodología piquetera, antes fuertemente criticada, mientras que los perjudicados y opositores se entregaron a la práctica retorsiva del contrapiquete. Hoy el país se encuentra al borde de la violencia, con una situación de desorden en las rutas de muy difícil control.

 

En sus rasgos generales, se puede decir que esta evolución era previsible desde el comienzo. Afirmar la ilicitud de estos procedimientos e iluminar aunque más no fuera la conciencia de los propios fieles al respecto, hubiera significado una contribución importante al esclarecimiento del problema, más allá de su eficacia práctica. Ciertamente, la afirmación de los obispos llega tarde. Pero es auspiciosa, porque demuestra que el tema ya no se ve sólo desde los sujetos (marginados, poblaciones en peligro ecológico, productores agropecuarios afectados por impuestos confiscatorios), sino y sobre todo, en términos institucionales. Es precisamente este giro el que les permite hoy enunciar, aunque sea “en sordina”, un criterio tan importante, que permite distinguir entre la eventual justicia del reclamo y la justicia de la estrategia empleada (n.5).

 

¿Hubo parcialidad?

 

Finalmente, cabe preguntarse si el documento logra mantener la imparcialidad. No del todo, si se compara la amplia cita del CDS 410 acerca de las virtudes requeridas para el ejercicio de la autoridad política (n. 4), con el escueto llamado a la “moderación en las demandas” dirigido a los gobernados, que evidentemente se queda corto ante el tenor inaceptable de algunos discursos en el multitudinario acto de Rosario del 25 de mayo, y otros excesos en las palabras y en los hechos.

 

Este sesgo mal disimulado, será un tema interesante de reflexión en el futuro. La mayoría de los actuales obispos han sido formados en la idea de que los pobres son el corazón del pueblo, por ser quienes viven con sabiduría espontánea los valores más auténticos del ser nacional. Hoy, los pobres son el sustento mayoritario del gobierno, mientras que las clases medias urbanas, y ahora también rurales, se alejan de él cada vez más. Y sin embargo, es en estas últimas donde la nueva sensibilidad institucional de nuestra Iglesia tiene más chances de encontrar eco. Es fácil prever que algunas convicciones de nuestra teología pastoral serán revisadas en el futuro próximo a la luz de este giro.

 

Por otro lado, esta sospecha de parcialidad debería llevar a una mejor ponderación de temas como la intervención directa de clérigos en el ámbito político, lo cual, más allá de las atendibles razones coyunturales que puedan alegarse, termina por afectar la imagen de la Iglesia enredándola en los avatares de la política partidaria, y comprometiendo lo esencial de su misión en el mediano y largo plazo.

 

La importancia de la política

 

Sin embargo, lo dicho no equivale a afirmar que la Iglesia argentina haya asumido una postura sectorial. La declaración apunta a una realidad que trasciende los problemas particulares y sus circunstanciales actores, y que consiste en las deficiencias de nuestra cultura cívica que el actual conflicto pone en evidencia, en particular, el “escaso aprecio que, como sociedad, otorgamos a la importancia y dignidad de la acción política como el ámbito propio para la superación de las diferencias y el afianzamiento de la amistad social” (n.2). En trances difíciles, los argentinos seguimos confiando más en la fuerza que en la ley; la ilegalidad nos asusta menos que la exhibición de “signos de debilidad”4. Queda en evidencia, pues, la urgente necesidad de dar el “paso de la economía a la política” al que exhortaba Pablo VI5.

 

En conclusión, el documento de los obispos no es una declaración de compromiso, ni una mera apelación a la buena voluntad, sino que contiene orientaciones sustanciales para nuestra vida política y para nuestra misión como cristianos en ella. Más allá de la coyuntura que lo motiva, ese texto nos ayuda a comprender el gran desafío que se nos presenta como Iglesia en el ámbito de la Política (con mayúsculas, en referencia a los valores fundamentales de la comunidad nacional6): la misión de inspirar nuestra cultura cívica con los valores evangélicos, y particularmente, de contribuir a la formación de la conciencia ciudadana, único camino para efectivizar “un compromiso firme y perseverante por la justicia y la solidaridad” (n.6).

 

1. Estos puntos fueron aludidos por la presidenta durante el anuncio del “Programa de redistribución social”, realizado en la Casa Rosada el día 9 de junio.

2. J.C. Scannone, “Reflexiones epistemológicas acerca de las tres dimensiones (histórica, teórica y práctica) de la Doctrina Social de la Iglesia”, en P. Hünermann y J.C. Scannone (ed.) América Latina y la Doctrina social de la Iglesia. Diálogo latinoamericano-alemán, 1: Reflexiones metodológicas, 82-86.

3. Cf. Constitución Nacional, art.75, inc.1; 76; y la interpretación que hace la Corte Suprema del principio de no consfiscatoriedad contenido en el art. 17 CN; cf. G. Bossert y R. Gil Lavedra, “La solución por la ley”, La Nación 12 de junio de 2008.

4. De hecho sorprende la escasa relevancia que ha tenido hasta ahora en el debate la cuestión constitucional, cf. G. Bossert y R. Gil Lavedra, o.c.

5. cf. Pablo VI, Octogesima adveniens n.46.1.

6. cf. Puebla n.521.

Nº 2339 » Julio 2008

La visitante del invierno

por Editorial · Comentar 

Como en la notable película de Alan Rickman, interpretada por Emma Thompson, la proximidad del invierno –días fríos y más cortos–, nos introduce a los argentinos en un clima cargado de incertidumbres sobre nuestra dependencia de la madre naturaleza. La neblina del amanecer, típica de esta época, parece colarse hasta el pensamiento restándole claridad a la hora de resolver viejos problemas. El invierno llega una vez más con la amenaza, creciente año tras año, de la falta de energía. Es cierto que los pueblos fuertes son aquellos que no detienen su marcha frente a las inclemencias climáticas y saben superarlas, pero también lo es que los pueblos inteligentes las superan con cierta planificación. En su política energética de largo plazo, en cambio, el gobierno argentino parece apelar a una exagerada confianza en eventuales condiciones climáticas propicias. Si llueve convenientemente, y en los lugares correctos, los embalses de las centrales hidroeléctricas rebasarán de agua y podremos producir suficiente energía eléctrica. Si, por el contrario, la naturaleza no cumple con su parte en esta alianza, encontraremos otra manera de suplir esa falta de energía con mayores costos y problemas colaterales propios de la improvisación.

 

La crisis, que por cierto ya hemos comenzado a padecer, fue anticipada por los principales analistas del sector hace al menos cinco años. Con la serenidad de las cosas anunciadas, el problema va cobrando presencia y espesor ante nosotros. Negar el problema no disminuye ni evita sus consecuencias; por el contrario, las aumenta; y lamentablemente ése parece ser nuestro camino. Durante el decenio 1992-2002 la industria eléctrica invirtió 12.000 millones de dólares en reparar antiguos activos e incorporar nuevos. De allí en adelante no se ha invertido significativamente, lo cual se explica por la falta de incentivos y certidumbres de largo plazo. Los expertos destacan que en 2001 había una reserva energética estimada en no menos de 3.000 Mw (megawatts), que se esfumaron luego del aumento de demanda de unos 1000 Mw por año en los últimos seis. Es sabido que la política económica no hace otra cosa que orientar los recursos y las inversiones de los participantes del mercado. Las tarifas se han mantenido prácticamente congeladas en pesos desde entonces, lo cual explica que en nuestro país el consumidor domiciliario pague por cada Mw / hora de consumo unos US$ 30 en el Gran Buenos Aires (GBA) –inexplicablemente, hasta US$ 70 en el interior, debido al impacto en los costos de algunas distribuidoras provinciales–, en tanto que el consumidor industrial paga en el GBA US$ 50 por Mw / hora. Sólo a modo de comparación regional, por el mismo consumo domiciliario, una familia paga en Brasil aproximadamente US$ 120, en Uruguay US$ 140 y en Chile US$ 160. Entre cuatro y cinco veces lo que se paga en promedio en la Argentina. Esta política de precios impulsada desde el Poder Ejecutivo para incentivar el mercado interno –hecho puesto de manifiesto recientemente por la presidenta de la República– ha generado un subsidio de entre 3.000 y 4.000 millones de dólares anuales a los demás sectores económicos, con el consiguiente mal aprovechamiento de un recurso que se está tornando escaso y siempre necesario. No hace falta remarcar que en el caso de los clientes domiciliarios el beneficio, irónicamente, se otorga a aquellos hogares de mayores recursos económicos.

 

¿Cómo satisfacer las necesidades energéticas de un modelo que pretende mantener un crecimiento del producto bruto interno desmesurado en el nivel internacional y durante un ciclo superior a los ocho años? ¿Cómo cubrir los requerimientos de un consumo hogareño que ha aumentado a tasas notables, impulsado asimismo en gran parte por las bajas tarifas eléctricas, claro ejemplo de círculos viciosos en la planificación económica? En efecto, si cabe resaltar una característica del sector energético en el último quinquenio, ella es su tremenda asimetría según los sectores. Desde aquel tristemente recordado mensaje del vicepresidente Daniel Scioli en la ciudad de Tucumán –acaso el primero y el último que pronunciara sin consultar con el entonces Presidente– anunciando una posible reconsideración de las tarifas eléctricas, hemos visto innumerables reclamos incumplidos y negociaciones frustradas. Esa intervención le costó a Scioli perder parte de su equipo y el silencio por el resto de su mandato. El sector energético comenzó entonces a buscar nuevos horizontes donde desarrollar sus negocios –así como a visitar asiduamente a la CIADI (Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones) donde la Argentina se comprometió a resolver diferencias en las privatizaciones–. Para los hogares argentinos significó contar con al menos seis años de subsidio en sus consumos; para las industrias, operar con una estructura de costos en parte irreal y sufrir cortes en el suministro de 8 horas diarias durante 70 días en el invierno de 2007. Para todos, hoy significa comenzar a experimentar la enorme incertidumbre de cómo abastecernos de fuentes de energía a futuro.

 

La previsible falta de gas para esta temporada invernal reforzará la crisis eléctrica. Una de las tantas paradojas de las acciones de un gobierno que busca tener un perfil netamente popular es que precisamente los sectores más carenciados son quienes sufren los mayores costos para mantener sus viviendas calefaccionadas. El gas en garrafa, con menos control de precio por parte del Estado, ha seguido el movimiento ascendente de la inflación real. Esto provoca un natural corrimiento hacia el uso de pantallas eléctricas y el consiguiente impacto en el consumo, afectando de manera anormal la matriz energética.

 

Otra dolorosa paradoja para el sector energético. Noticias recientes dan cuenta del arribo de un barco con gas licuado producido del petróleo (LPG por sus siglas en inglés) al puerto de Bahía Blanca, desde donde se introduciría en los gasoductos luego de un tratamiento intermedio. Acaso nunca sepamos con exactitud los costos derivados de la compra a precios internacionales del producto y del proceso; lo que sí sabemos es que los precios internacionales del gas son hasta diez veces superiores a los que se pagan a los productores locales. Resulta irónico y doloroso a la vez que desde esas mismas instalaciones en la segunda mitad de los ’90 se planteó el desarrollo regional de la por entonces petrolera YPF. En efecto, cuando se pensaba en su expansión regional, se creó la compañía Mega, en asociación con Petrobras y Dow Chemical, que comenzó a operar en 2001. Desde el puerto de Bahía Blanca se enviaría el LPG derivado del tratamiento del gas de la cuenca neuquina hacia Brasil, por entonces importador neto de energía, en parte desde la Argentina. Siete años después asistimos a la situación inversa. La asimetría en términos de planificación energética de largo plazo entre ambos países es abismal: en 2004 se creó en Brasil la EPE (Empresa de Pesquisa Energética), similar a la CNE (Comisión Nacional de Energía) que desde 1978 funciona en Chile. En materia económica no todo depende de la suerte, de la influencia maligna de órganos financieros internacionales o de la falta de lluvias. Una política energética de largo plazo puede fallar; pero no tenerla seguramente nos llevará al fracaso y a la frustración.

 

Uno de los fenómenos más perjudiciales de los últimos tiempos fue sin duda la forma de interacción del gobierno con los principales participantes del sector. A la ausencia de leyes y marco regulatorio claro se sumó, en un principio, un número de decretos cuyas contradicciones confundieron más aún en el momento de definir inversiones. Hoy los decretos dan paso a la intervención directa y verbal de funcionarios públicos en el ordenamiento de la producción y el consumo. Los encargados de proponer marcos de regulación y velar por su cumplimiento, en la práctica actúan como administradores del abastecimiento de energía. Los gerentes de las empresas eléctricas y de gas reciben llamadas diarias para definir en conjunto –en algunos casos sólo para instrumentar– cuánto se deriva a la red, cuándo y a qué usuario final o industrial. Las conversaciones no siempre son amistosas, el celular debe estar encendido las 24 horas y las sanciones por no seguir las recomendaciones pueden ser importantes. Nunca en nuestra historia hemos visto un Poder tan “ejecutivo”, por decirlo de alguna manera. El silencio que los participantes del sector se han autoimpuesto ha quedado claramente evidenciado en distintos encuentros empresariales, cuando algunos de los panelistas invitados no pudieron exponer sus ideas y trabajos por precaución o por directa “sugerencia” del gobierno.

 

El invierno llega nuevamente, y con él sensaciones diversas de incertidumbre y falta de rumbo, tanto en el campo energético como en otros campos.

 

 

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