Revista Criterio
Febrero 2009
Nº 2345 » Febrero 2009

Cuento: “Pasaje El Lazo”

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Siempre que caminaba por esa cuadra del Pasaje El Lazo, entre Cabello y Las Heras y a pocos metros de Scalabrini Ortiz, le llamaban la atención unas ventanas circulares. El edificio al que pertenecían era una planta baja y alargada, como la quilla de un barco. Los marcos de las ventanas eran de madera lustrada; su brillo acentuaba la imagen de un barco recién barnizado y a punto de zarpar.

Se acostumbró tanto a pasar seguido por esa cuadra, que algunas veces desandaba o caminaba de más para hacerlo. Era algo no premeditado; él mismo se sorprendía de la extrañeza que sentía al repetirlo; era un ritual que practicaba cotidianamente, y en algunos días, varias veces. Decidió evitarlo y por un tiempo no pasó por allí, pero sueños extraños lo despertaban en la noche. El Pasaje estaba en ellos…

Un día tuvo que ir a la calle Scalabrini Ortiz y Cabello –simplemente porque allí había un relojero que cambiaba las pilas en el acto-, casi sin quererlo, volvió por el Pasaje El Lazo. Se detuvo a observar nuevamente el edificio parecido a un barco; lo sorprendió un cartel que no había visto antes. A pesar de las repetidas veces que lo había hecho, nunca se había fijado en el nombre, “La Raya”, tal vez porque era apenas perceptible; menos, todavía, en la palabra que tardó en ver a la izquierda: restaurante.

No lo relacionó enseguida con el pez. Se preguntaba el sentido de ese nombre tan raro para un restaurante; y no sabía por qué esa pregunta lo inquietaba. Prefirió pensar en diversos motivos: o que el dueño era un fanático de la geometría, o simplemente que había buscado un nombre corto para que nadie lo olvidara.

Suponía distintas cosas, pero siempre le resultó extraño que ese tipo de restaurante estuviera instalado en una calle como el Pasaje El Lazo. Los edificios de la zona eran más bien simples y todos parecidos. Menos éste, tan especial.

Cierta noche, en un noticiero por televisión, vio que un personaje, conocido como el domador de cocodrilos, era herido en medio del pecho por una raya negra gigante. La serie, que aparentemente se proyectaba todas las semanas y era distribuida en varios países del mundo, mostraba a Herman Dick, el famoso personaje de estas aventuras, persiguiendo a un tiburón o cazando distintos animales marinos. Según contaba el periodista, esta tarea la hacía habitualmente y hasta sonreía a las cámaras detrás de su escafandra mientras nadaba cerca de un tiburón. Sin embargo, en su aventura no le había dado importancia a una raya negra que parecía el doble de su tamaño natural y que se desplazaba debajo de él.

En pocos instantes, las imágenes y la voz del periodista de la serie documental mostraban cómo moría el gran Dick delante de las cámaras mientras era picado en el pecho por la raya. Justo en ese momento, un grupo de expertos en filmaciones submarinas que lo acompañaban en todas sus odiseas lo estaba mostrando por televisión.

Impresionado por el espectáculo, comenzó a hacer zapping y nuevamente vio en varios canales la escena de la muerte y a la enorme raya, una sombra monstruosa en el medio del mar. Intentó ver algún otro programa, pero finalmente apagó la televisión.

En la madrugada se despertó inquieto; sintió un escalofrío al recordar lo que había visto la noche anterior, en los noticieros. En ese momento volvió a su mente la fachada del restaurante “La Raya” y comenzó a percibir que entre ese nombre y la muerte del domador había una relación.

Los días pasaron rutinarios en la ciudad y, como siempre, otras noticias dramáticas pero más recientes taparon la muerte del cazador submarino. Sin embargo, de pronto y sin saber por qué, se encontró en el Pasaje El Lazo. Volvió a ver el restaurante “La Raya” y con un escalofrío revivió el drama de Herman Dick. Nuevamente sintió que algo vinculaba al sitio con esa muerte:

-Locuras mías, pensó.

Se acercó hasta la puerta del restaurante, pero la imaginó cerrada por ser apenas las diez de la mañana. Trató de espiar por una de las ventanas redondas como ojos de buey que daban a la calle y sólo divisó una que otra figura que se movía dentro, con algún implemento de limpieza.

Caminó a lo largo de otras cuadras, tratando de olvidar su obsesión, pero en cuanto llegó a su casa se dirigió a la biblioteca en busca de alguna respuesta para lo que le estaba sucediendo.

El día fue declinando y cuando casi no quedó luz natural, guardó el último libro que revisaba y luego de meditar un tiempo, pensó que tal vez esa noche debiera comer en “La Raya”.

A las 20 –hora temprana para cenar en Buenos Aires- llegó al restaurante. Apenas entró, tuvo la impresión de estar en un barco. Las vitrinas, de roble y vidrio esmerilado, mostraban estrellas de mar y alguno que otro elemento de pesca antiguo.

El maitre lo recibió amablemente y le ofreció los platos del día. Eligió pescado y aprovechó para preguntarle el porqué del nombre “La Raya”. El maitre se demoró un poco en la respuesta que él no entendió.

Decidió ir al baño y, tal como suponía, al lado de la cocina, un pasillo largo dejaba ver las puertas pequeñas de los camarotes, iguales a las de cualquier barco de pesca de alta mar. Volvió a sentir un escalofrío.

Al regresar a su asiento se detuvo un minuto delante del mostrador. Le llamó la atención el gesto fruncido del cajero cuando lo vio detenerse; él, sin embargo, le sonrió y apenas tuvo tiempo de asociar esa cara con alguna conocida: el personaje de Melville le llegó como una revelación.

“Me estoy volviendo loco”, pensó, pero lo miró para saludarlo. El otro no tenía intención de responderle y, golpeando secamente con una regla de madera el mostrador, llamó a uno de los mozos para darle una orden.

Detrás del gerente o jefe del restaurante, el cuadro con una marina mostraba el hundimiento de un barco en medio de una feroz tormenta.

“Demasiadas coincidencias”, pensó y se sentó a comer.

Empezaron a llenarse las mesas con otros comensales: la mayoría, hombres. Esto no le llamó la atención en un día de semana de un tórrido verano: las mujeres estarían en la playa con los niños.

Le intrigaron más las ropas que vestían los que entraban: eran rústicas para la ciudad, quizá demasiado. Varios de ellos usaban barbas y llevaban jeans muy gastados. Sus cuerpos estaban bronceados y tenían las manos grandes y ásperas; el papel plastificado del menú se perdía entre sus dedos.

Cuando le llegó el pescado, decidió comer tratando de poner la mente en blanco. Fue inútil, una discusión se entabló en una de las mesas:

-Parecen marineros borrachos. Siempre se ponen briosos cuando están en tierra- le dijo el maitre con naturalidad al pasar a su lado.

Le llamó la atención el comentario. Quiso imaginar que era un dicho popular, pero algo extraño sucedía que no podía comprender. Necesitaba más información y entonces, antes de que el maitre se alejara de la mesa, le hizo comentarios sobre la delicia del pescado que estaba comiendo, aunque lo notara seco y preparado con algún aceite grueso y ordinario.

Comía con parsimonia, se sentía a gusto en el lugar. Finalmente, con la excusa de pedir la cuenta, llamó nuevamente al maitre y trató de seguir con la conversación; le hacía preguntas discretas y trataba de no mostrar su ansiedad. Le angustiaba terminar su cena.

Se enteró de que el dueño era el que estaba detrás del mostrador y que jamás contestaba un saludo porque siempre parecía contrariado; sin embargo, el personal era el mismo desde hacía muchísimos años.

Sentía que todo se mecía a su alrededor, tal vez el vino se le había subido a la cabeza. Trató de calmarse. Vio las caras de los marineros y le pareció que lo observaban con cierta burla. Algo extraño se le hacía insoportable, y no llegaba a saber qué era. Inquieto, se levantó de la silla.

Al tratar de abrir la puerta del restaurante para salir, un viento fuerte se lo impidió. Alguien se acercó a ayudarlo cuando la ola lo empujó dentro de nuevo: era alto, muy serio, tenía cicatrices en la cara. Con una leve sonrisa, le dijo:

-La tormenta es fuerte, señor. Debe esperar a que amaine y que amarremos al muelle.

Al día siguiente, buscó su ropa más gastada, se puso unos jeans viejos y se encasquetó una gorra blanca; no se peinó, ni se afeitó. Tomó su mochila, metió lo necesario para el viaje y se dirigió al restaurante: estaba dispuesto a ofrecerse como grumete.

Cuando creyó estar en el sitio buscado, tuvo la sensación de estar perdido. Pensó que, como solía ocurrirle, se había equivocado.

En la cuadra del Pasaje El Lazo había un terreno baldío y el anuncio de la construcción de una torre. Retrocedió a la esquina para leer, como tantas veces, el letrero de la calle: Pasaje El Lazo. Se detuvo para mirarlo desde allí, como la primera vez que lo había descubierto. Se desesperó: el barco había zarpado. Incrédulo y con una mano sobre el pecho para calmar la angustia, pasó varias veces delante del lugar vacío sin lograr tranquilizarse.

Tardó en volver a su casa y, cuando entró, avanzada la noche, tiró su mochila sin prender las luces. Desolado, recorrió todos los rincones. De pronto, lo atrajo un brillo en la biblioteca. Se acercó y el segundo tomo de Moby Dick se le cayó sobre la cabeza con una fuerza misteriosa; lo abrió al azar. Un descubrimiento atroz le hizo emitir un grito.

En el silencio del edificio nadie pareció escucharlo.

Nº 2345 » Febrero 2009

El baño del Papa

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Algo hemos comentado ya sobre esta excelente película uruguaya que, pese al título, es todo un elogio de la dignidad humana, y hace ya dos años se convirtió en un auténtico éxito en su país, empezó a sumar decenas de premios internacionales, de Cannes para abajo, y, desde hace unos meses, estaba lista para estrenarse también en la Argentina. Se la anunciaba, se la postergaba por alguna otra de menor nivel pero reclamo más inmediato, se la volvía a anunciar… Una lástima, pero por suerte no es de esas obras que pronto pasan de moda. Todo lo contrario.

Tuvimos la suerte de verla cuando su primera presentación pública, en una sala enorme y abarrotada del Encuentro de Cine Nacional de Punta del Este, y testimoniamos la emoción de la gente. Luego, volvimos a verla en el 1° Festival Internacional de San Luis, presenciando algo muy singular: varios miembros del jurado, entre ellos Geraldine Chaplin y Eugenio Zanetti, se quedaron tras la proyección, hicieron preguntas, y felicitaron a los protagonistas; una actitud excepcional entre los jurados de cualquier parte del mundo.

 

 “Hacemos muy pocas películas al año, entonces cada una es como un pequeño tesorito que se puede guardar. Cuando gusta, es un orgullo bárbaro”, nos dijo después el protagonista César Troncoso. Él apareció en tres, y éste era su primer protagónico. “Es un animal de cine”, bromeaba su partenaire, Virginia Méndez, al tiempo que contaban cómo fue el rodaje en el pueblo de Melo, donde ocurrieron auténticamente los hechos que el film relata. “Eso es lo mejor, porque no fuimos como a colonizar por segunda vez. Fuimos todos con humildad. Y tampoco éramos estrellas de terminar el día de filmación e irnos al hotel. No, ahí era ‘yo pongo el vino, vos el asado’ y seguir con la gente. Así es como se hizo la película”.

 

Y ella agregó: “en algún lado te pega. Sea por la identidad, porque la ven y dicen ‘es tal cual’, o por la sonrisa de nuestros personajes frente a la desgracia, a la que te acostumbrás y tampoco te resignás. Argentina y Uruguay son altamente alfabetizados, gracias a la educación pública, entonces sus habitantes no son miserables de espíritu. Eso hace que vos a la desgracia quieras pelearla, no te querés quedar enquistado en la pobreza permanente. La gente aplaude esto”. Y el actor: “No mostramos una pobreza pintoresca, aunque hayamos filmado en un lugar hermoso, ni tampoco idealizamos al pobre bueno. Mi personaje tiene contradicciones, algún vicio, mostramos gente como es en la realidad”.

 

Pero, ¿de qué trata esta película, y cuáles son los hechos que el film evoca? Pues bien, se trata de una comedia triste si se quiere, pero entretenida, emotiva, bien pensada, bien hecha, con buenos actores, no sólo los dos profesionales mencionados sino todos, y con guitarras excepcionales de ritmo y gravedad debidamente orientales, lindas colinas, vecinas al límite con Brasil, y un final divertido y optimista, cosa que la gente salga contenta de la sala, cuando parecía que iba a terminar deprimida.

 

Y es que en esta obra de Enrique Fernández, director de teatro, y César Charlone, el director de fotografía de Ciudad de Dios, se nos presentan las vicisitudes de unos pobres de pueblo chico, que cada día pelean de veras por salir de pobres, sea contrabandeando pedidos de almacén en bicicleta (los famosos kileros), o preparándose para una visita del Papa. Ya lo dijimos, ad majorem Dei gloriam, esta comedia se basa en hechos reales, ocurridos exactamente el 8 de mayo de 1988, aunque alguno diga que el argumento se inspira en una vieja comedia española. Como sea, los medios anuncian que el Papa va a detenerse en ese pueblo para realizar un acto; eso significa que van a llegar cientos de fieles de los pueblos vecinos, seguramente miles, y que antes o después de misa van a tener hambre. Y si tienen hambre y comen (y todo el pueblo se lanza a preparar choripanes, tortas fritas, etc., etc., aparte de banderines)… al protagonista de esta historia se le ocurre una idea. Que lo va a sacar de pobre. Que debe negociar con el gendarme de frontera, para poder pasar el material de construcción. Y que, contrariamente a lo que pueda pensarse, no huele mal. No hay acá chistes ordinarios, ni nada de eso (otro mérito de los autores).

 

Lo que hay, es ese humorismo del interior uruguayo, tan similar al del interior argentino, zona centro y litoral, de muy precisa descripción, risueño, regocijante, y punzante también. Y hay personajes de carne y hueso, con sus virtudes y defectos, bien encarnados por un elenco donde Troncoso y Méndez, artistas montevideanos, se mezclan sin fricciones con los pobladores del lugar de rodaje, que se lucen de veras, y que bien podrían dedicarse a la actuación, si hubiera posibilidades. Una pena, que no las haya. Pero al menos dejan su marca.

 

En síntesis, una comedia uruguaya hasta los huesos, sólidamente bien hecha, digna de verse y de apreciar como corresponde, para apiadarse, reírse y emocionarse con sus personajes, para reflexionar desde los sentimientos, y aplaudir a la salida. De veras, da gusto empezar así el año.

 

Nº 2345 » Febrero 2009

Süden

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En 1957 el compositor Mauricio Kagel abandonó la Argentina para radicarse en Europa. La posibilidad de desarrollar su incipiente talento musical en Alemania lo mantuvo alejado de la Argentina durante cuatro décadas. Retornó brevemente a comienzos de la década del 70 y en el año 2006, donde cumplió una serie de memorables conciertos en el Teatro Colón, constituyendo todo un acontecimiento de la vida cultural de Buenos Aires.

 

Mauricio Kagel falleció en Colonia el 18 de septiembre pasado y gran parte de su legado quedaría en las sombras de no ser por süden, así en minúscula, el breve y emotivo documental que Gastón Solnicki construyó a partir de la última y recordada visita de uno de los fundamentales maestros de la música contemporánea.

 

“Me siento bien allí donde puedo trabajar bien. Esa es mi patria. Uno no elige la familia, la religión o el lugar donde nace. Todo eso es arbitrario”, dice Kagel mientras la cámara retrata la periferia germana desde un tren en movimiento, en el prólogo de süden, para rematar: “Uno se siente atraído por determinada comida… por un paisaje determinado. Y después uno se encuentra con 70% de humedad y dice: ‘Ah, esto es Buenos Aires’”. Esa pareciera la definición que entraña la relación que Kagel establece con su retorno y que el documental explora, con la música como el último refugio, porque casi nada queda. Una guarida hecha de sótanos, ensayos y auditorios vacíos, cotidianos para todo músico, a los que el documental añade las maduras, amargas y a la vez esperanzadas reflexiones del veterano maestro. La aparente solemnidad que rodea al ámbito de la música académica es retratada por Solnicki desde la sencillez del delicado, y complicado, oficio de ser músico. Emocionan los rostros de los jóvenes discípulos y sus ojos llenos de admiración por aprehender lo inasible que esconde el genio.

 

Porque así construye Solnicki su registro y, dicho sea de paso, su madura ópera prima. Sin sofisticado snobismo sino con una fina y cuidada perfección formal que hacen que süden (sur, en alemán) sea una labor de infinitas resonancias. A la dicotomía del sur expresado en otro idioma, que recuerda lo próximo y distante, añade el sentido del cine en relación con otro lenguaje; la maestría que no olvida el oficio, y la teoría como camino a la praxis. La dialéctica que enuncia el trabajo de Solnicki, construida con un hábil montaje y reposada cámara, se detiene en la función social del músico y, de tal forma, no deja de ser un documental de denuncia; pero no a fuerza de panfletos, barricadas o crispaciones. Aquí, en voz baja, se señala la burocracia y las trabas que encuentra toda empresa e indirectamente las causas que llevaron a Kagel a abandonar el país en busca de otros horizontes. Narrativamente, el documental prefiere el fuera de campo de la noche de la consagración definitiva en el escenario del Colón; la elipsis sugiere que lo importante, como meta, no es aquel éxito sino el camino recorrido.

 

“Para mí el contacto humano es tan importante que, por eso, cuando me contaron de este ensamble acepté enseguida hacer el concierto con ustedes, sabiendo que contaba con una gran adhesión espiritual, y eso es para mi tremendamente importante y el resto lo vamos a hacer juntos”, señala el compositor en otro momento del documental. Süden se llaman una obra de Kagel, el ensamble con el que se presentó en Buenos Aires y, también, este vigoroso y a la vez delicado documental de Gastón Solnicki, que obtuvo el premio especial del jurado y el premio a la mejor película de la Asociación de Cronistas Cinematográficos en el último Bafici. Impecable y cautivante, süden aproxima la reflexión de, y sobre, una de las figuras fundamentales de la cultura argentina; permite acercar la música de vanguardia a otros auditorios y a varias generaciones, en un registro directo, de apariencia sencilla, y tan iluminado como el genio del personaje que retrata.

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Australia

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Considerando la premiada Moulin Rouge!, film que lo acercó al público masivo, se sabe que el director Baz Luhrmann es amigo del exceso. En aquella tan interesante como sobrevalorada película, el derroche de ingenio, luz y color servían de marco preciso para el mundo que rodeaba a la sensual cortesana Satine, una bellísima Nicole Kidman, como protagonista central del famoso club nocturno parisino. Un coreográfico musical que evocaba el universo pictórico de Henri de Toulouse-Lautrec con sorprendentes tableaux vivants. Ahora la actriz australiana, menos hermosa pero igual de dúctil, vuelve a trabajar con Baz Luhrmann, y la acción se traslada a una desértica y próspera Australia de finales de la década del 40; en el papel de una aristócrata inglesa que viaja a la antigua colonia para reencontrarse con su marido ante la sospecha de adulterio. Al llegar a Faraway Downs, la derruida estancia familiar, la tragedia la involucrará con un pequeño mestizo llamado Nulah y con un hostil vaquero, encarnado por Hugh Jackman, renuente a aceptar su presencia. Vicisitudes y amenazas los desafiarán al conducir centenares de cabezas de ganado hasta Darwin, única posibilidad de salvar el negocio y donde sufrirán las imprevistas consecuencias de la Segunda Guerra Mundial.

 

Este apretado racconto no omite dos retos fundamentales que enfrenta el espectador ante Australia. En primer término, la duración de la película: ciento cinco minutos. En segunda instancia, pero derivada de la primera, la infinita cantidad de subtramas que, en muchos casos, explicitan situaciones que hubiesen podido sugerirse en salvaguarda de la historia central. Para colmo, cada nudo argumental encuentra (a veces de manera innecesaria) su resolución dentro de la película, convirtiéndola en episódica y con tantos falsos finales que termina generando impaciencia y agotamiento. La falta de coherencia estética ante lo oscilante de la propuesta narrativa y, sobre todo, el poco cuidado con que se resuelven diversas escenas hace intuir un film terminado con gran celeridad, pero sin la revisión necesaria de los grandes compaginadores que en Hollywood son numerosos.

 

Australia intenta ser tributaria de las películas de género que poblaron el universo hollywoodense de los años cincuenta –La reina africana, Mogambo– o incluso más recientes, como la efectiva África mía. Trasladando la acción a un paisaje que aún se demuestra exótico, el melodrama, la aventura, la fantasía y cierta dosis de cine testimonial “políticamente correcto” se dan cita en la realización que pretende homenajear a la patria del director y de muchos de los intérpretes. Es una muy buena intención, pero de buenas intenciones el mundo está lleno, incluso en Australia.

Nº 2345 » Febrero 2009

DVD: Café de los maestros

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Gustavo Santaolalla es un hombre multifacético. Además de presentarse como músico con Bajofondo Tango Club (una banda que mezcla electrónica con ritmos rioplatenses), de tener una bodega en Mendoza (donde planea un estudio discográfico), continúa con su carrera como productor de artistas como Bersuit, Juanes, Julieta Venegas, Árbol. Esto, sin nombrar sus dos premios Oscar consecutivos, conseguidos por las bandas sonoras de Secreto en la montaña, de Ang Lee y Babel, de Alejandro González Iñárritu.

 

En medio de esa actividad frenética, encontró tiempo para producir e impulsar este documental, un proyecto que también toma la forma de un libro y un disco. A la manera de lo que hizo Ry Cooder con Buena Vista Social Club, Santaolalla decidió salir a buscar a las viejas glorias del tango argentino y registrarlos en su estado natural. Con una vitalidad envidiable, aparecen artistas como Atilio Stampone, Virginia Luque, Mariano Mores, Alberto Podestá, Lágrima Ríos y Horacio Salgán, algunos de ellos aún en plena actividad. La película, correctísima en los rubros técnicos pero no innovadora, carece tal vez de una estructura narrativa que enhebre los fragmentos de música, entrevistas y grabaciones. Sin embargo, vale la pena sólo por los pequeños instantes que logra capturar, en los que los músicos demuestran por qué se convirtieron en lo que son, y de lo que aún son capaces.

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DVD: No te metas con Zohan (You don`t mess with the Zohan) y Cómo sobrevivir a mi novia (Forgetting Sarah Marshall)

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Dos películas que brindan un panorama de la comedia norteamericana en la actualidad. Una (No te metas con Zohan) se estrenó en cines, respaldada en el atractivo de su protagonista, Adam Sandler, para la (alicaída) taquilla local. La otra (Cómo sobrevivir a mi novia) interpretada por un elenco de virtuales desconocidos en nuestro país, fue editada directo en dvd. Detrás de ambas hay un mismo nombre: Judd Apatow. El hombre del momento en lo que a comedias de Hollywood se refiere. Productor, director, guionista y descubridor de talentos, sus films incluyen gags escatológicos, chistes con drogas, con minorías, burlas a la desnudez masculina. Pero, a pesar de las apariencias, sus guiones tienen la solidez que descansa en una estructura clásica.

 

No es casual que alguien como Adam Sandler –que nunca dirige, pero tiene el control total de cada segundo de metraje en el que aparece– haya convocado a Apatow (director de Virgen a los 40, Ligeramente embarazada y Supercool) para escribir el guión de “Zohan”, una película que hace humor con algo que parece imposible: los conflictos entre israelíes y palestinos. Con chistes ofensivos para ambos bandos, y para ancianos, mujeres y niños y hasta para los métodos del terrorismo, cada gesto provocativo de Zohan (el personaje es un ex soldado secreto israelí que finge su muerte para aprender peluquería en Nueva York) es desarmado en un final que puede parecer condescendiente, pero que no carece de una extraña sensatez.

 

Estrenada en dvd aquí con el dudoso título de Cómo sobrevivir a mi novia, esta película fue escrita y protagonizada por Jason Segel, integrante de la troupe de Apatow, quien esta vez produce. Narra la historia de un músico abandonado por Sarah Marshall, una estrellita de tevé. Cuando viaja a Hawai para intentar olvidarla, la encuentra en el mismo hotel junto al hombre por quien ella lo dejó: un rockero británico (parodiado de manera hilarante por Russell Brand). Si Apatow redefinió la comedia romántica para la generación que hoy roza los treinta, Segel sigue a la perfección cada uno de sus dogmas. Aquí, como en todos los casos, sus antihéroes torpes y vagos conquistan a la chica de sus sueños gracias a su buen corazón. Aunque, antes, deberán pasar por todo tipo de humillaciones.

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Jean-Pierre Melville

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Con indudable acierto, la última edición del Festival de Cine de Mar del Plata entregó una sólida retrospectiva sobre Jean-Pierre Melville (que durante enero se verá en el Malba), uno de los directores de mayor prestigio e interés de la historia del séptimo arte con películas como El Samurai o El ejército de las sombras. Sepultado por el paso del tiempo, por corrientes como la Nouvelle Vague e incluso, por el cambio de ciertos paradigmas del cine norteamericano, del cual Melville era tributario, no casualmente se lo llamó, hasta simplona y socarronamente, “el más americano de los directores franceses y el más francés de los directores  americanos”. Su filmografía, plena de aciertos, supera holgadamente lo pueril de una definición que, empero, sirve como simple trazo grueso de un encasillamiento al que se lo ha relegado.

 

Acompañando a la retrospectiva fílmica se presentó la edición que el Festival hizo de Jean-Pierre Melville, reimpresión de un número especial de la necesaria revista española Nosferatu de 1993. Si bien se extraña la calidad gráfica de la publicación impresa por el Patronato Municipal de Cultura de San Sebastián, poblada de

fotografías de alta calidad, los textos reflejan, y por suerte reiteran, la solidez del análisis cinematográfico de diferentes autores. Con edición sobria, bien presentada, dos dibujos de Ernesto Flomenbaum, que hacen agradable la lectura, el libro permite rescatar facetas poco conocidas del también director de El círculo rojo, y el análisis final de su filmografía, compuesta por tan sólo trece largometrajes, pero baluartes del género policial.

 

Diferentes autores retratan ajustadamente al director que tomó muchas pautas de trabajo del universo simbólico del cine negro norteamericano, y su nombre artístico de uno de los escritores de ese origen que más lo deslumbró. Nacido como Jean-Pierre Grumbach el 20 de octubre de 1917, tomó el apellido del autor de Moby Dick incluso antes de decidirse por el cine. Aunque el propio director se encargara de señalar, no fue esa obra sino Pierre o las ambigüedades la que colocó en la juvenil imaginación de Jean- Pierre a Herman Melville en un panteón sólo compartido con Edgar A. Poe y Jack London.

 

Las ambigüedades de sus personajes definieron también un sello distintivo en su cine. Héroes solitarios a  gusto entre la lealtad y la traición son característicos de un cine de policías y truhanes que, empero Melville siempre remarcó, tenía muchos puntos de contacto con el western, la “forma más perfecta de espectáculo cinematográfico”.

 

Entre 1947 y 1972 rodará un universo de personajes irrepetibles con actores como Lino Ventura, Jean-Paul Belmondo o Alain Delon. Carlos Heredero y Antonio Santamarina se encargan de desmontar “el universo fronterizo de la ambigüedad moral” de un mundo donde el estereotipo sirve a la fascinación cinematográfica de mostrar “la supremacía de los medios sobre los fines” dentro de ese mundo subterráneo poblado de clubes nocturnos y restaurantes de lujo; e inteligentemente anotan que “este diseño de los personajes, [que] más se parece a un molde escultórico que a un retrato”.

 

Melville en sintonía con el cine de Bresson, sólo que en el suyo no será importante la moral sino el honor.

 

Otros autores permiten establecer paralelos y diferencias con sus contemporáneos, M. Vidal Estévez en su trabajo sobre “La Nouvelle Vague y Jean-Pierre Melville” y el ofrecimiento que hace Jean Cocteau de su novela Les enfants terribles, para que sea levada al cine por Melville; el concepto de caméra-stylo acuñado por Alexandre Astruc, y la progresiva hegemonía de los nuevos realizadores franceses como Truffaut, Godard o Chabrol.

 

José Enrique Monterde, y los debates ideológicos que rodearon a El ejército de las sombras; y el interesante análisis de la puesta en escena en el cine de Melville, realizado por Carlos Losilla, son algunos de los trabajos que componen el volumen; al que suman los portes de Pablo Pérez Rubio, Yves Montmayeur y el extracto de las respuestas del director de Dos hombres en Manhattan en diferentes reportajes realizado por Carlos Aguilar, que aproxima aspectos relevantes de la vida y obra del refinado cineasta francés. Otras firmas añaden su análisis, película por película, demostrando la importancia y vigencia de un director que fue devorado por las fauces de la modernidad cinematográfica, pero al que siempre puede retornarse en busca de una mirada inteligente.

Nº 2345 » Febrero 2009

Melodías argentinas

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Crónicas de extrema vida y de extrema inteligencia, como desde Una cortesía y Fina voluntad.  Pero éste es un libro sabio, de verdad y de juego (como cuando escribe: “Seguí leyendo lo que ¡ay! no puedo escribir” o cuando asegura: “Nada era una fantasía. Nada era una realidad”). Un libro que existe increíblemente. Un libro de la vida pero, también, de la cabeza: recuperación de la vida en el pensamiento de la escritura.

 

A las Melodías me gusta pensarlas en la condición de las piedras, que siempre están. Que tocan. Que duelen. Como la vida. Hilo de la vida son. De escritura, hilacha de los años, del viaje a España. Una “obra peregrina”… y, de nuevo siento que pocos comprenden el arte de caminar… y peregrino era el que iba a Tierra Santa: la de Milita es una obra religiosa. Una obra como una apuesta para amigos desconocidos; como decía Flaubert: “Publicamos para amigos desconocidos. La imprenta sólo tiene eso de hermoso. Es un vertedero más amplio, un instrumento de simpatía que va a golpear a distancia”. Hay que animarse a ver la diferencia de estas Melodías, animarse con éstos, sus recuerdos vivos que apuran escenas. Ella sabe porque del “Óyeme mi oíme” al epígrafe de Melodías (“Los gritos de su dolor están anotados en su oído”) hay un salto, un “corazón al desnudo”.

 

Milita Molina ha vuelto a elegir una literatura de frases, de tonadas, de dichos, sin perder las mañas, ni la cantinela, ni el sonsonete, ni el contagio, como aquí anota. Ningún haberlo y perdido, como también repite. Un linotipista musical, de literatura argentina y, sin salvar distancias, de Beckett, Kafka y Kerouac habita sus Melodías. Y, también, un teatro efectivamente criollo: la madre y el padre. El pasado.

 

“El tiempo apremia y quería dejarlo anotado”, escribe, porque está en los géneros del tiempo, del abismo del tiempo, de su dramático registro, de su conseguida crónica, de sus amanecidos recuerdos. Milita recuerda y copia: Hernández, Lamborghini, “hace una vida de comensal” –como decía Mattisse- “obligado a transponer”. Y, encima, se deshace en reflexión, lo da todo en las Melodías argentinas, es su “corazón al desnudo”, lo repito, más que nunca. Define su tela, su forma: “nostalgia de la literatura”, sobre ella va y viene, como por sobre la vida, como por sobre un filo, “el cuchillo que faltaba”. Ella lo dice una vez más.

 

Arma el teatro: las acotaciones, la precisión con que anota las escenas, las indicaciones para sí, el dolor y el asco. Un crack up en el escenario de una aguda aristocracia, “la elegancia teatralmente animalesca de un Gombrowicz”, por ahí, también, en “La mujer sentada y el caracol”, uno de los relatos de esta “novela”, nos dice que la palabra “subjetivo” es popular y lo es como muchos de sus registros. Ni pizca de ironía, ni pizca de parodia (“a la parodia siempre le falta el amor paciente del linotipista erudito”): vanguardia reservada. Milita viene de atrás de los tiempos, por eso sus palabras finamente conseguidas: zafarrancho, desrumbeado. Y las formas son tristes, como el gris argentino o la niebla rusa. Ha sabido repetir en expresión argentina la frase de Pushkin “Qué triste es nuestra Rusia”, al decir ella: “¡Hasta la Siberia nos fuimos!”

 

Las Melodías argentinas componen un libro amargo, terrible: ahí, a veces, da risa, la risa del dolor, del quebranto, del no poder volver atrás, de que Polonia no exista. Y, así, cada Melodía es un volver, sin metáforas, a las frases: “Esa es mi libertad… -escribe-. Yo soy libre de ese modo… libre… vuelo con las palabras, las uso a mi antojo, como trampolines de mi imaginación, las frases son escalones, tómelo así, como escalones que nos elevan…”.

 

Las Melodías se definen todo el tiempo porque su fuerte narrador se define todo el tiempo: abadesa de un convento, ser de extrema seriedad, concentrado y lejano, enfermo del alma, convaleciente de letanías, siempre ensimismado. Tal vez, hoy, el grado de consistencia del autor en su obra constituya el único modo de hacer literatura. Porque todo aquí está bien dicho. Melodías argentinas no es libro para interpretar: son los Silbidos de un vago, música verdadera y dura, sentimental, “de sólo estar” porque “la vida mantiene una ofensiva variable”, como dice Scott Fitzgerald.

 

Analogía que es su nostalgia y su recurso: están Santa Fe y Buenos Aires, su viaje o, mejor, su callejeo, como el de Celeste Laguna, uno de sus personajes. Porque son más que figuras y  más que paradojas. Convoca un teatro cuando el telón cae y uno queda solo con su miseria, con su dolor pero, también, porque soy atrevida, afirmo que Milita está sola con su maestría y construye escenografías que se hacen carne o  tajo, que en este caso ¿o siempre? son lo mismo.  Escribe: “La vida es corta y mi imaginación demasiado honesta…”; y de ahí el salto de las Melodías en su obra: de estética a religiosa como cuando la sal pierde sabor y el relato repite la frase bíblica.

 

Las Melodías dicen lo más propio, lo más íntimo, lo más desnudo, lo más solo. Y no es ninguna teoría, es vida, es la conversación que nos lleva, el rumor del tiempo, el hilo del collar del tiempo. Y clama, espera, adviene, no le deja la iniciativa a las palabras, se adelanta, no se atempera, siempre se ensimisma, se concentra, se desdicha; incrusta, sin garantías, pelea, se pierde…

 

Con la verdad musical del realismo de Cambaceres, las Melodías argentinas están entre infernales Dantes y porteños Dandys: “Den vuelta la hoja, y oirán, en pro y abono de mi dicho, una colección de melodías arregladas para pito, un potpourri de chiflidos sacados de oído y a capriccio, pero sin fioriture ni variantes, de la música colosal del mundo”.

  

Nº 2345 » Febrero 2009

Espejos. Una historia casi universal

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Esta obra se inscribe en el estilo y la temática de anteriores libros del escritor uruguayo Eduardo Galeano, como Memorias del fuego o, el ya clásico, Las venas abiertas de América Latina: el repaso de hechos y personajes del pasado que permitan al lector de hoy comprender su presente. Aquí, el autor ensaya un recorrido histórico universal: desde los orígenes del hombre hasta nuestros días. Y para ello construye un mosaico de casi seiscientos relatos muy breves donde los protagonistas son, mayoritariamente, los despreciados por la historia oficial: el Oriente y el África saqueados y conquistados a precio de sangre; las mujeres, cuyas voces fueron acalladas durante siglos; los negros, los judíos y los musulmanes perseguidos y martirizados a lo largo de los siglos. La prosa de Galeano es fluida y su lectura amena; la ironía predomina siempre. La anécdota es contundente y sugestiva, como para impactar al lector y suscitar su reflexión y su indignación.

 

Un párrafo aparte merece su posición intelectual respecto de la “leyenda negra” en la conquista de América (tema largamente tratado en las obras antes mencionadas). Abundan los relatos que revelan los abusos y las miserias de los conquistadores, españoles o anglosajones, y la hipocresía de la Iglesia católica y de todas las confesiones cristianas. En ese sentido, cabe señalar que para Galeano la historia no tiene matices. Como en el caso de otros autores (por ejemplo, Felipe Pigna), se tiene la sensación de que se analiza la historia desde una postura ideológica sesgada y sin contextualizaciones, incapaz de abrirse a las diferentes mentalidades de cada época histórica, y para buscar en el pasado los ejemplos que abonen su argumentación. Por ejemplo, se denigra de manera total al cristianismo, y ni siquiera se menciona a quienes, durante la misma conquista de América, sí denunciaron los abusos, como el célebre fray Bartolomé de las Casas, o quienes fueron ejemplares evangelizadores de los nativos, como los jesuitas, que llegaron a conocer en profundidad su cultura. No parece haber más héroes que aquellos que combatieron la religión y vivieron en guerra contra todo tipo de institución.

 

Sí hay que agradecer que muchos relatos condenen con rigor la brutalidad de los horrores de la esclavitud, el racismo, las matanzas de pueblos enteros movidas por intereses económicos y políticos; y el escándalo del nazismo. La pluma de Galeano quiere ser la voz de cientos de personajes sepultados en un injusto olvido, hombres que lucharon por la libertad y el reconocimiento de los derechos civiles, o que brillaron en el deporte, la ciencia, la literatura y la música. Ellos son los “espejos” frente a los cuales el lector es invitado a confrontarse. Ellos también forman parte de nuestro presente. Más allá de las parcialidades ideológicas del autor, la obra puede constituir una invitación a pensar y a profundizar la historia de la humanidad en todos los tiempos. Un libro para el encendido debate.

Nº 2345 » Febrero 2009

Religión y política. Perspectivas desde América Latina y Europa

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La religión como un objeto de estudio padeció un prolongado ostracismo en los ambientes científicos locales por influjo de un puro prejuicio laicista hoy felizmente superado. Este libro forma parte de esa historia, y es una prueba más de una madura sensibilidad emergente que representa una nueva mirada sobre el dato religioso, aunque esa tradición excluyente aún no haya sido completamente abandonada.

 

Sin embargo, no están lejanos los días en que en las facultades de derecho de las universidades públicas de gestión estatal se ofrezcan programas sobre Derecho y Religión, como sucede en instituciones educativas de formación de abogados, tanto europeas como norteamericanas, del mismo modo que los que desde hace bastantes años se ofrecen sobre sociedad y religión en las facultades de historia y de ciencias sociales.

 

La literatura -primero sobre religión y sociedad e historia y después sobre religión y política- no ha cesado así de multiplicarse, a la que últimamente se suman las obras jurídicas. Ella recoge las investigaciones que de un modo correlativamente creciente se han venido produciendo en un sentido transdisciplinario durante las últimas décadas. Su riqueza incluye una múltiple perspectiva antropológica, sociológica, teológica, histórica y jurídica, que ya hoy conforma un apreciable corpus representado por nombres como Soneira, Mallimaci, Auza, Devoto, Di Stefano, Zanatta y Navarro Floria, entre otros.

 

El volumen recoge el resultado de un coloquio sobre la mutua vinculación entre ambas dimensiones política y religiosa de la existencia humana, que fuera realizado recientemente en Buenos Aires y que forma parte de un proyecto de investigación más amplio con financiación de la Unión Europea.

 

En esta publicación confluyen diversos trabajos de investigadores en ciencias sociales participantes de ese programa y especializados en la temática religiosa, todos ellos pertenecientes tanto a países latinoamericanos (Argentina, Perú) como europeos (Italia, España, Francia). Estos estudios espigan las mutuas relaciones entre lo político y lo religioso en las distintas realidades nacionales y en el contexto general europeo. Una seleccionada bibliografía complementa las reflexiones principales.

 

El espacio simbólico propio de la religión se ve a menudo como un objeto del interés político, y el mismo criterio de neutralidad del Estado que ha venido ganando terreno en la arquitectura pública de los últimos siglos es hoy acremente cuestionado, no solamente desde las visiones más tradicionales como las conservadoras y fundamentalistas.

 

De otra parte, la política, constitutiva dimensión de la existencia humana, es irrenunciable para una expresión que no es solamente religiosa sino también moral como lo es el cristianismo. Esta pretensión resultó con demasiada frecuencia en el pasado lesiva de la libertad. ¿Cómo articular una nueva relación entre la religión y la política en el marco de una actualidad plenamente multicultural y de una convivencia inexcusablemente democrática? Las tensiones entre ambas muestran las dificultades del intento, y constituyen la trama de este libro.

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