Revista Criterio
Febrero 2009
Nº 2345 » Febrero 2009

Las huellas del cardenal Pironio

por · Comentar 

Estoy muy feliz de que Bartolomé de Vedia haya puesto la fluidez de su pluma y su vasta experiencia literaria y periodística para hacer conocer la vida del cardenal Pironio, este siervo de Dios ha sido sin duda uno de los hombres más relevantes de la Iglesia argentina en el siglo pasado. En mi caso, puedo hablar del Cardenal desde el lugar de hijo: experimenté vivamente su paternidad espiritual. Lo conocí en Mercedes siendo niño por el origen de mi familia paterna pero comencé a tratarlo siendo adolescente, al entrar al seminario de Villa Devoto, cuando él era Rector. Corría el año 1962.

 

Pironio trasmitía un amor apasionado al don de la vida. Va a escribir en su testamento espiritual: ¡Magnificat! Te doy gracias, Padre, por el don de la vida. ¡Que lindo que es vivir! Tú nos hiciste Señor para la vida. La amo, la ofrezco y la espero. Tú eres la Vida como fuiste siempre mi Verdad y mi Camino. Podríamos reflexionar, como nos invitara el padre Gera en su misa exequial en la Catedral de Buenos Aires: “La amo, la ofrezco y la espero”. La amo porque es hermosa, la ofrezco porque sólo tiene sentido si la doy y la espero porque aún no es vida plena.

 

La suya era una alegría serena y gozosa que brotaba de su armonía interior. Una alegría sincera no fingida ni artificial porque estaba fundada en la Verdad. Pironio irradiaba alegría y ésta se volvía contagiosa. Desbordaba en cada encuentro, en cada saludo. Sabía hacer fiesta con quien se encontraba. Celebraba cada encuentro. Lo vivía como una prolongación de la fiesta Eucarística ya que había hecho carne en él la frase de Pablo VI: “La fiesta es el talante de la Iglesia”.

 

Al presentarnos Bartolomé de Vedia en su libro la figura del Cardenal, su presencia se nos hace más cercana. Emerge en el tiempo histórico que le tocó vivir y a muchos compartir, por eso lo sentimos más nuestro a través del libro. Bartolomé nos devuelve esta pertenencia del hombre a su tierra, a su geografía y a su Iglesia concreta. Nos pone delante a un hombre del interior de la provincia de Buenos Aires, pleno de una fe recibida desde su cuna familiar, sencilla y trabajadora.

 

También nos hace ver el misterio de su vida ligado entrañablemente a la Virgen de Luján. Ella hizo posible la extraordinaria fecundidad de su madre, que había enfermado gravemente después de haber tenido a su primer hijo, y él resulta ser el último de 22. Pironio hablaba de la Virgen con precisión teológica pero con una devoción viva y cargada de afecto. Se ordenó sacerdote y obispo en Luján y allí, por su voluntad, descansan sus restos. Continúa de Vedia insertando al Cardenal en su contexto histórico, las vísperas del Concilio y su participación en él. Pironio fue un hombre del Concilio, buscó vivir a fondo esa primavera de la Iglesia que había inaugurado Juan XXIII inspirado por el Espíritu Santo. Buscó cristalizar toda esa riquísima reflexión de la Iglesia sobre sí misma, redescubierta como misterio de comunión en Lumen gentium y la nueva relación dialogal entre la Iglesia y el mundo en Gaudium et spes.

 

Más adelante, el libro nos muestra las profundas contradicciones de América Latina, el continente de la esperanza. Un tiempo en el que en medio de situaciones de injusticia y de violencia de las cuales la Iglesia iba tomando cada vez mayor conciencia, se alzaba otra violencia también injusta e inhumana. Este momento encuentra a Pironio como Obispo de Mar del Plata, diócesis que tuvo un lugar privilegiado en su corazón de pastor.

 

Pironio fue secretario y luego presidente del CELAM. Participó activamente de la Conferencia de Medellín y buscó aclarar el auténtico sentido de la teología de la liberación, acercándonos desde la fe la palabra genuina de la Iglesia. Además, tuvo un poder de convocatoria extraordinario especialmente entre los jóvenes, puesto de relieve en el libro para mostrarnos cómo en medio de gravísimas tormentas se iba convirtiendo en un auténtico profeta de Esperanza.

 

De Vedia comenta: “Pironio había estado siempre decididamente en contra de cualquier forma de violencia, criminalidad o injusticia. Su figura irritaba con pareja intensidad a todos los extremismos ideológicos, fueran próximos a ideologías de izquierda o de derecha. Es una vieja historia: en las horas de fanatismo y destrucción, quien levanta las banderas de la paz y defiende el entendimiento y el diálogo como valores supremos se convierte en un estorbo para unos y otros”.

 

Cuando fue llamado a continuar su ministerio al lado de Pablo VI aceptó la voluntad de Dios incondicionalmente aunque le costó muchísimo dejar el país y su diócesis. En aquel tiempo nos decía con su habitual buen humor: “Yo nunca hice lo que quise. Me hubiera gustado ser cura rural y nunca pude y muchas veces se me ocurrió hacerme monje benedictino y tampoco pude”.

 

Nos sentíamos orgullosos de que el Santo Padre lo hubiera llamado a trabajar junto a él. Fue el Cardenal argentino que más cerca estuvo del Papa en el gobierno de la Iglesia; su presencia prestigió a la Iglesia y a nuestro país. Siguió trabajando con ardor aun en medio de su dolorosa enfermedad, cuando todo le deparaba un gran esfuerzo.

 

En la última comunicación telefónica con Juan Pablo II antes de morir, según el relato de su fiel secretario el P. Fernando Vergez, le dijo que desde el cielo iba a seguir trabajando por el Papa y por la Iglesia.

 

Este libro es un modo de acercarnos a la vida de un santo, un santo de nuestra tierra y de nuestro tiempo, un santo muy nuestro. Le pedimos que siga trabajando desde el cielo, tal como se lo dijo al Papa, intercediendo con su oración por la Iglesia universal, de la que fuera tan fiel servidor, por esta Iglesia latinoamericana que tanto amó y por nuestra patria argentina que lo vio nacer, crecer y madurar como hombre, sacerdote y obispo.

 

Nº 2345 » Febrero 2009

Fragmentos de El Evangelio ante el psicoanálisis, de François Dolto

por · 1 Comentario 

De origen francés, la psicoanalista François Dolto nació a principios del siglo XX y murió en 1988.

El suyo ha sido un testimonio capital como mujer, como terapeuta y como filósofa en acción. Su contribución a la historia del psicoanálisis es una de las más valiosas y lúcidas.

Como creyente católica, aborda con una mirada aguda y sensible algunos pasajes centrales del Evangelio.

Ofrecemos a los lectores fragmentos del capítulo “Parábola del samaritano”, tomados del libro El Evangelio ante el psicoanálisis (Madrid, 1978), edición agotada desde hace años. A través de ellos se descubre una original y auténtica mirada sobre la persona humana a partir del concepto de prójimo. Dolto revela una perspectiva nueva y nada convencional del otro, que importa tener en cuenta.

 

Ángela Sanutti

 

 ***

 

Y entonces, un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba:

–Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?

Jesús le preguntó a su vez:

–¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?

El le respondió:

–Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo.

Le dijo Jesús:

–Has respondido con exactitud; obra así y alcanzarás la vida.

Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta:

–¿Y quién es mi prójimo?

Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió:

–Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: “Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver”. ¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?

Le respondió el doctor:

–El que tuvo compasión de él.

Y Jesús le dijo:

–Ve, y procede tú de la misma manera.

 

(Evangelio de Lucas, capítulo X, versículos 25-37)

 

***

 

En conversación con Gérard Sévérin, la psicoanalista François Dolto observa que esta parábola la había impresionado de niña, que la escuchaba fascinada. Pero el párroco, desde el púlpito, decía más o menos lo siguiente: “Queridos hermanos, Jesús nos pide que amemos a nuestro prójimo, que nos ocupemos de todas las necesidades, que dediquemos nuestro tiempo y nuestra vida a los desamparados. No seamos egoístas como este sacerdote y este clérigo que ven y pasan de largo”.

En seguida su interlocutor le pregunta si no está de acuerdo con la explicación del sacerdote. Y ella afirma que el párroco decía lo contrario de lo que señala el texto evangélico: “¡Destrozaba la parábola! En primer lugar, Jesús no reprende ni al sacerdote ni al clérigo. Refiere unos hechos. No juzga. ¡Hagamos lo mismo!”.

 

Se transcriben partes del diálogo:

 

Jesús responde a dos preguntas; la primera, “¿qué hacer para tener el nombre inscrito en el cielo?”. Y la segunda, “¿quién es mi prójimo”.

 

Jesús las contesta refiriendo una parábola. En el camino de Jerusalén a Jericó, una banda de ladrones ataca a un hombre. Lo desnudan y lo dejan medio muerto. Llega un sacerdote y luego un clérigo; los dos, hombres de Dios para los judíos. Lo ven, pero se apartan de allí prudentemente.

Pasa por el lugar un samaritano que va de viaje. Camina solo, quizá silbando, montado en su cabalgadura.

Como enseguida va a montar al moribundo en “su propia cabalgadura”, podemos suponer que se trata de un comerciante que lleva consigo un asno o una mula para transportar las mercaderías, mientras que él va en otro animal. Quizá estoy inventando, pero yo veo las cosas de esta forma.

Es un samaritano… No es un intelectual de izquierda de su época ni un “santurrón”. Pertenece al grupo de personas que no tienen de qué jactarse: nada de iglesia y poco de virtudes. Está muy cerca de la naturaleza, no es un hombre espiritual. ¡Es como es!

Un hombre “material”, práctico… ¡Sin duda, un comerciante!

Ve al hombre abandonado en la orilla del camino. Se acerca. Lo ha visto porque tenía el espíritu alerta: como todos los viajeros de la época, sabe que está amenazado por los bandidos. Se reconoce en ese hombre que yace herido en la orilla del camino. Podría haber sido él. Tal vez lo será durante el próximo viaje.

 

Por consiguiente, el sacerdote y el clérigo no podían verse reflejados en ese hombre maltrecho…

 

Claro que no. A los hombres del templo no se los atacaba para asaltarlos.

Sin duda, el samaritano tenía algo de tiempo y valor para acercarse a ese hombre malherido. Lo cura con lo que tiene a mano: lo desinfecta con vino, le da masajes con aceite. Lo sube a su montura para dejarlo en la primera posada, donde también él pasa la noche. A la mañana siguiente deja un poco de dinero al posadero y le dice que volverá y pagará la posible diferencia.

Ha visto al herido, lo ha socorrido, lo ha dejado en buenas manos y continúa su camino. Ahora piensa en sus asuntos personales. Se va. Jesús ni siquiera dice que el samaritano se despidiera del hombre que había salvado.

Ha “perdido” o “dado” un poco de su tiempo montando a este hombre en su propia cabalgadura; lo cual significa simbólicamente que lo toma a su cargo corporalmente: lo lleva, hace con él las veces de madre. Y también de padre, pues le da dinero, lo que va a permitir que el herido se reponga.

 

Jesús pregunta: ¿Quién se comportó como prójimo de este hombre que había quedado en una situación inhumana, reducido a la impotencia corporal y social y que, abandonado en el estado en que estaba, habría muerto sin remedio?

 

El letrado le contesta: “El que tuvo compasión de él”. Jesús añade: “Pues anda, haz tú lo mismo”.

 

Eso quiere decir que hay que tener misericordia, dedicarse a los demás, preocuparse por ellos, como hace el samaritano y como decía el párroco de que hablaba usted antes.

 

Jesús no dice aquí nada de eso.

¿Quién es el prójimo? Para este pobre hombre molido a palos, robado y despojado, su prójimo es el samaritano. El samaritano es el que se comporta como su prójimo. Jesús le pide, pues, al hombre que yacía herido en el camino que ame al samaritano que lo ha salvado, y amarlo como a sí mismo.

Jesús le enseña qué es el amor al que ha sido salvado. Durante toda su vida amará al hombre que le ha prestado atención, asistencia y ayuda material, a ese hombre sin el cual habría muerto. Nunca deberá olvidar al hombre que le ha permitido recuperar su salud.

 

¿Cabría decir que, en definitiva, Jesús nos pide reconocer una deuda con respecto al otro, con respecto a los samaritanos de nuestra vida?

 

Según Jesús, durante toda la vida hemos de reconocernos deudores de quien nos ha ayudado en un momento en que, solos, no habríamos podido continuar nuestro camino. Lo sepamos o no, siempre estamos en deuda con quien nos ayuda en momentos de apuro.

 

Eso significa que somos eternamente deudores, esclavos dependientes de quien nos ha sido de alguna utilidad.

 

No. Ni esclavos ni dependientes, sino seres que aman libremente por gratitud. El samaritano que aparece como modelo de este relato evangélico, deja libre al otro. Se retira de nuestro camino y continúa el suyo. La deuda de amor y de reconocimiento que tenemos con el conocido o desconocido que nos ha ayudado sólo podemos saldarla haciendo lo mismo con otros.

 

De este modo, aquellos a quienes hagamos el bien y a quienes ayudemos en un apuro nos servirán para saldar una deuda y para tener buena conciencia.

 

Cuando eres “samaritano”, dice Jesús, debes ignorar la deuda y el reconocimiento.

Se obra desinteresadamente cuando, quien ha realizado un acto generoso, no guarda ningún recuerdo del caso. Ni siquiera tiene que desechar el recuerdo. Es algo pasado.

Se trata de un acto de sublimación genital. Es como cuando una madre da a luz. Es un acto de amor. Se ha dado. Es como un coito de amor. Se ha dado.

¿Quién se acordará de eso? El niño. El tiene la deuda de una vida, la deuda de volver a hacer lo mismo con sus hijos o con sus compañeros de vida. Pero no por “deber”, por “justicia”. Se trata de una corriente de amor. Si se detiene, se produce la muerte.

Cuántas veces oímos a personas convencidas de haber sido caritativas o de haber dado algo reprochar a los demás la falta de agradecimiento: “Cuando pienso en los sacrificios que he hecho por ti…, y ahora me dejas…, te vas a otro país…, te casas con una chica que no me gusta…”. “Cuando pienso en todo lo que he hecho por este hombre, y ahora me abandona”. 

Si el que ha sido “caritativo” se considera acreedor de aquel a quien un día ayudó, si espera su agradecimiento, demuestra que trataba de comprar a alguien y que, por tanto, no era “samaritano”.

 

Pero ¿quién es hoy nuestro prójimo?

 

Nuestro prójimo son todos aquellos que, por un azar del destino, se encontraban allí cuando necesitábamos ayuda y nos la dieron sin pedírsela, nos socorrieron sin guardar siquiera recuerdo del caso. Ellos nos dieron su plusvalía de vitalidad. Se hicieron cargo de nosotros un momento, en una encrucijada en que su destino se cruzó con nuestro camino.

Nuestro prójimo es el “tú” sin el que el “yo” habría dejado de existir en nosotros en un momento en que, desprovistos de recursos físicos o morales, ya no podíamos actuar con nosotros mismos como padre ni como madre, no podíamos asistirnos, asumirnos, mantenernos o guiarnos.

Fueron nuestro “prójimo” todos aquellos que, como hermanos y en forma desinteresada, nos tomaron bajo su responsabilidad hasta que se repusieron nuestras fuerzas y luego nos dejaron libres para seguir nuestro camino.

 

Así, nuestro prójimo no es hombre de buenas palabras, sino el hombre eficaz en los momentos de apuro. Es el hombre simple, “material”. ¿Es el hombre compasivo y anónimo que nos salvó del desastre?

 

Sí. Jesús nos refiere esta parábola para explicarnos qué es nuestro prójimo, nos indica que ese prójimo es el ser que nos complementó en los momentos en que nuestra soledad, nuestro desvalimiento inconsciente, nuestra indigencia inconsciente hubieran representado sin él la imposibilidad de sobrevivir.

 

 

 

MÁS FRAGMENTOS:

 

 

“El desinterés es algo que no se da en el ser humano. Ni siquiera en el amor de los padres se encuentra lo gratuito: sólo cuidan a sus hijos para no morir ellos, los padres.  Los hijos son para ellos el signo de que morirán menos cuando mueran. Amar a los hijos es luchar contra la muerte propia.

Los hijos pueden marcharse, dejar de querer a sus padres… Lo que realmente importa es que, siguiendo el ejemplo que se les ha dado, los hijos, cuando lleguen a ser padres, amen a sus hijos, aún cuando éstos sean a su vez ingratos con ellos.

En la Biblia jamás se habla de amar a los padres. Se habla de honrarlos (Éxodo 20,12; Marcos 7, 10-12), de proporcionarles medios para vivir durante el desvalimiento de la vejez.

Es magnífico que haya relaciones interhumanas entre padres e hijos como entre otros seres humanos con los que se tienen afinidades. Pero en ninguna parte se habla de amar a los padres.

Se ama al prójimo, pero hay padres que no son el prójimo de sus hijos”.

 

* * *

 

“Lo gratuito no existe…, excepto  para almas piadosas o militantes que se engañan.

Comer y beber  lleva consigo orinar y defecar. Es la ley. ¡Siempre se toma algo! ¡Siempre se paga!

Siempre hay un intercambio. Siempre hay algo que se toma a cambio de otra cosa que se da.

De hecho cabe dudar del desinterés del samaritano. El se identificó con el hombre herido y expoliado. Ahora bien, no se es desinteresado cuando uno se ve como un andrajo.

Así es como se entra siempre en contacto con el otro: uno se encuentra a sí mismo en el otro, que se convierte en nuestro espejo. Uno se socorre a sí mismo, proyectado en el otro de forma narcisista. En esto consiste lo que llamamos desinterés”.

 

 

Nº 2345 » Febrero 2009

Rosas y limosnas

por Navarro, Ignacio J. · Comentar 

 

(Si el amor de Dios es delicado, es posible que todos terminemos rindiéndonos y que nadie vaya al infierno. Por eso, lo que sigue es un símbolo, no una alegoría.)

 

 

 

 En una pizzería de la calle Corrientes, más bien hacia Chacarita que hacia el Centro, yo me había sentado en una mesa con un amigo a conversar y a tomar cerveza.

 

Se acercó un chico de unos doce años, seguido por otro de siete u ocho.

 

Señor, ¿me da una moneda para que podamos comer mi hermanito y yo?

No, pero si se sientan acá yo les compro algo.

 

Imposible reproducir la extensión y obscenidad de la injuria con la que el chico me respondió.

 

Mi amigo se enojó e iba a reaccionar y a decir algo; pero yo lo detuve. “Tiene razón” –le dije–. “Me equivoqué: le pedí que se sentara con nosotros. ¿En nombre de qué? Es una imposición injusta”.

 

Los dos chicos se fueron de la mano y con la frente bien alta.

 

———————

 

 

Tiempo después, en una modesta y dudosa parrilla de Rivadavia, en el barrio de Flores, luego de una reunión de trabajo, dos sacerdotes, dos mujeres y yo fuimos a comer algo. Era tarde y estaban libres casi todas las mesas.

 

En un momento dado apareció un chico como aquel otro, también de unos doce años. Vendía flores.

 

Cómprele una rosa a la señora.

No voy a comprar flores. Si querés, si no te parece mal, elegí una mesa, sentate, pedí lo que tengas ganas de comer y yo te lo convido. Pero si querés.

 

No tuvo tiempo de desconfiar porque desde la caja ya deliberaban para venir a echarlo. Fue y se sentó en una mesa apartada, en un rincón. Yo le expliqué la situación al mozo, que fue a atenderlo. El chico pidió una milanesa con huevos fritos y papas fritas y una gaseosa.

 

Comió con una concentración prodigiosa, casi monacal.

 

Cuando terminó se puso de pie, vino hasta nuestra mesa, no dijo ni una sola palabra, y dejó delante de cada una de las mujeres una rosa. Y se fue.

 

 

 

 

Ignacio Navarro

 

(4 de diciembre, fecha del nacimiento de Rainer María Rilke, que a veces daba rosas a los mendigos como limosna).

Nº 2345 » Febrero 2009

La casa de la Palabra

por Padilla, Norberto · Comentar 

El Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios celebrado en Roma en octubre de 2008 dejó un mensaje que resume el espíritu de oración, reflexión y compromiso misionero que lo ha caracterizado. La propuesta es “un viaje espiritual que se desarrollará en cuatro etapas y desde lo eterno y lo infinito de Dios nos conducirá hasta nuestras casas y por las calles de nuestras ciudades” (1) El Sínodo nos recuerda que la Palabra tiene una voz, que es la Revelación, la de Dios que crea al hombre “a su imagen y semejanza” y que habla por los profetas, voz de la que es testimonio la Sagrada Escritura. Tiene un rostro, Jesucristo, el Verbo hecho carne que acampó entre los hombres. Tiene una casa, la Iglesia; y un camino, la misión.

 

Quisiera detenerme en una de las etapas que nos presenta este documento cuya lectura y meditación recomiendo fervientemente: la Casa de la Palabra; y lo haré a partir de mi propia experiencia de Iglesia. 

 

Al promediar los años 60, es natural que haya descubierto a la Iglesia como el mystici corporis, imagen paulina que Pío XII plasmó en su encíclica en 1943 y que estuvo muy presente en mi formación como alumno marista y miembro de la Acción Católica. Siguió el deslumbramiento por una Iglesia que se interrogaba a sí misma, se abría al diálogo, un diálogo salvífico con los círculos convergentes hasta llegar a su interior. Y tras esta encíclica programática de Pablo VI, “Ecclesiam Suam”, la Constitución “Lumen Gentium” con la nueva (y tan antigua) visión del Pueblo de Dios, pastores y fieles, que camina al encuentro del Señor que vuelve. Durante aquellos eneros un grupo de laicos y laicas (estudiantes, algún que otro profesional médico y odontólogo, con un capellán) íbamos a “un lugar en el mundo”, muy cerca del de la película: Las Lagunas, San Luis. Adoptamos como himno la visión de la Iglesia como “pueblo inmenso lentamente va, canta sus tristezas y alegrías” (2). En 1964, mientras el tren nos llevaba a destino, Pablo VI pisaba Tierra Santa, en un viaje que hizo historia. El Sucesor de Pedro circulaba por las calles abarrotadas de Jerusalén y los jóvenes que avanzábamos hacia San Luis estábamos unidos en la misma misión; sentíamos fuertemente ser Iglesia (3). Los misioneros éramos los evangelizados en aquellas caminatas bajo los rayos del sol junto a los niños a los que, seguramente con cuántas falencias pedagógicas, dábamos catequesis. También cuando visitábamos las casas, donde nos acogían con una hospitalidad conmovedora,  en los Via crucis por los cerros y en las celebraciones, cuidadas y creativas, que inclusive nos significaron un reto cariñoso del obispo, cuando concentrábamos en un par de semanas todo el año litúrgico. 

 

Debido a que las percepciones del misterio (y la Iglesia es un misterio) no se oponen sino que se complementan, la Iglesia, cuerpo y pueblo, es también casa de la Palabra. El Sínodo nos invita, entonces, a sabernos “en casa”, en “nuestra casa”, del mismo modo que experimentamos el dolor y el bienestar de los miembros del cuerpo y “los gozos y las esperanzas, los sufrimientos y angustias” del pueblo que camina en el mundo en el cual vivimos.         

 

La casa, nos dice el Sínodo, se sostiene por cuatro columnas, que Hechos sintetiza en la imagen de la comunidad de Jerusalén: “Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan, y en las oraciones”.

 

Como Iglesia estamos a la escucha de la Palabra. A través de la predicación de los sucesores de los apóstoles y en comunión con ellos y con el Papa, todos debemos ser transmisores fieles, responsables, gozosos y capaces de morir a nosotros mismos. En muchas actividades apostólicas se repite esta gracia experimentada en la misión en Las Lagunas. Por ejemplo, en los cursos de preparación al matrimonio: quienes los dictábamos nos fortalecíamos y purificábamos en la escucha de nuestros compañeros de tarea como de aquellos que se acercaban para reencontrarse, en esos días de plenitud del amor humano, con una Iglesia que era también su casa. En su interior también podían iniciar la construcción de su otra casa, la Iglesia doméstica.

 

La segunda columna es la “fracción del pan”. Recuerdo haber comentado años atrás en Criterio un precioso libro del padre Héctor Muñoz o.p., Diario de la vida de un cristiano (4), en el que presentaba un itinerario del acompañamiento de la Iglesia, a través de los sacramentos, de cada momento de la vida. En ese camino la Eucaristía es, lo decía el Concilio, “fuente y culmen de la vida cristiana”. En torno a la mesa hacemos, en efecto, la experiencia de la casa de todos, del diálogo y de la escucha, del silencio y el misterio; aunque a menudo el silencio sea perturbado por los ruidos exteriores o interiores. La mesa puede ser tendida con esplendidez, con toda la belleza del arte y de la tradición. Puede ser sencilla y pobre. Ser una alegre mesa de jóvenes o una mesa de enfermos terminales, como aquella en la que estuve hace poco en Córdoba. Pueden ser unas gotas disimuladas de vino y un pedazo de pan duro, como las que alimentaban al inolvidable cardenal Van Thuan en su cárcel vietnamita. En la casa hay ciertas reglas porque la liturgia no es de uno sino de la Iglesia y porque en ella se expresa la fe de la Iglesia (lex orandi, lex credendi). En nuestra apertura, en el escuchar “al Señor que pasa” reside la posibilidad de anticipar, con toda la inmensa variedad de la vida de la Iglesia, la “misa perfecta” del Cielo, tal como titulaba a una de sus treinta meditaciones Jacques Leclerq.

 

La oración es otra de las columnas que sostienen la casa. Los cristianos ignoramos, en buena medida, el inmenso tesoro de la espiritualidad de la fe que profesamos. De ahí que se busquen sucedáneos y parezca que la oración, la meditación y la contemplación son patrimonio de otras religiones. San Pablo nos invita a cantar “salmos, himnos, alabanzas espontáneas” (Col 3, 16) desde la riqueza de la Liturgia de Horas, redescubierta para los laicos desde el Concilio, hasta la simple oración de los niños y la entusiasta de los carismáticos. “No dejen de rezar”, decía Pablo. Cuando se tiene la gracia inmerecida de conocer, así sea como huésped, la vida monástica marcada por las horas de la oración “desde la salida del sol hasta el ocaso”, se comprende la solidez de esa columna. Solidez que integra al mismo tiempo una lectura orante (la lectio divina) de la Escritura, ese ir y venir del diálogo entre Dios y nosotros, esa escucha recíproca, ese traducir la vida en oración y llevar la oración a la vida. El Sínodo nos trae a Marta y a María: “También se puede presentar a los ojos del fiel que lee la Biblia la actitud de María, hermana de Marta, que se sienta a los pies del Señor a la escucha de su Palabra, no dejando que las agitaciones exteriores le absorban enteramente su alma, y ocupando también el espacio libre de ‘la parte mejor’ que no nos debe ser quitada (cf. Lc 10, 38-42)”.

 

Por último, la Casa de la Palabra es comunión, concepto que contiene al resto. La Iglesia es misterio de comunión, comunión de los que formamos el Pueblo de Dios, aunque a veces cueste amar y respetar a los que ejercen la autoridad y otras tantas los pastores no comprendan o no escuchen a los que se les ha confiado en servicio. En nuestras familias a menudo estamos obligados a superar dificultades de diálogo, caídas y desilusiones, mezquindades y resentimientos, limitaciones aún con las mejores intenciones. Y es posible porque el amor y la reconciliación pueden más. Nada muy distinto ocurre en la Casa de la Palabra, a condición de conservar la comunión cimentada en el amor, el de Dios, “rico en misericordia“, la misericordia que cada uno necesita. Experimento en mi vida el regalo del Espíritu Santo que son los Papas excepcionales a los que he podido seguir, amar, escuchar y admirar, desde el papa Pacelli de mi infancia a Benedicto XVI de la “juventud acumulada”. Cómo no recordar un día de junio de 1966 en que llegué con mi padre ante Pablo VI: al besar su anillo noté que era el mismo, sencillo, con las imágenes de los Apóstoles, entregado a los obispos en el Concilio, y que ese enero nos había mostrado monseñor Carlos Cafferata en la visita pastoral a Las Lagunas. Comprendí en ese instante el sentido de la colegialidad episcopal que el Concilio había revalorizado. Y cuántos otros ejemplos de obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas han dejado huella en mí por su entrega desgastante, su fidelidad, su alegría, seguramente pese a limitaciones y fragilidades, hasta de defecciones. No han faltado rostros poco evangélicos, pero no son los más; al fin y al cabo tampoco nosotros somos prodigios de coherencia y generosidad. Crecemos de manera exponencial a través del amor conyugal y paterno, dimensiones en las que mucho falta por ahondar en la vida de la Iglesia. Cuánto hablan de Jesucristo tantos laicos, varones y mujeres, en su vocación en el mundo y en el servicio a los más pobres. También se habla poco de los jóvenes que van a misionar al interior del país, que dan apoyo escolar en las villas, que dan de comer a la gente que vive en la calle; todo ello mientras trabajan y estudian en un mundo mucho más exigente que el de los “jóvenes de antes”. Todo es Iglesia, todo es comunión, oración, pan partido, evangelio vivido y anunciado. Cuidémonos de no reducirla a un rito, a una “interna”, a una imagen negativa por la falta de respuesta a anhelos que seguramente son legítimos. No reduzcamos la Iglesia a una estructura que nos pesa, a un enfrentamiento entre pastores y fieles. Tengamos frente a las debilidades de los otros la misericordia que cada uno necesita.

 

En la Casa de la Palabra, nos dice el mensaje, están los cristianos de otras confesiones. Nuestra vida de fe, por lo menos la mía, es deudora de la riqueza cultivada allí donde todavía es necesario alcanzar la plenitud de la comunión. En esas Iglesias, precisamente la comunión alcanza un valor tal que en algunos casos forma parte de la denominación, como la Comunión Anglicana. Respiramos con “los dos pulmones” cuando estamos inmersos en la liturgia, la espiritualidad, la historia y el arte del Oriente cristiano, pródigo en santos y mártires aún en nuestro tiempo. Aprendemos de las Iglesias surgidas de la Reforma, hoy en grupos pentecostales, el amor a la Biblia, el canto comunitario, la oración y el servicio. Aunque no falten dificultades, qué bueno es que no estemos en casas amuralladas y enfrentadas sino en la misma casa, servidores y no dueños de la Palabra.

 

Por último, la Palabra sale de la casa y nosotros con ella, porque, lo hemos dicho antes, es misión. En un mundo cansado de las palabras, Pablo VI decía que se necesita más de testigos que de maestros. La Palabra, dice el Sínodo, “debe ser visible y legible ya en el rostro mismo y en las manos del creyente”, según lo sugirió san Gregorio Magno, quien veía en san Benito y en otros grandes hombres, testimonios de la comunión con Dios y con sus hermanos, con la Palabra de Dios hecha vida. El hombre justo y fiel no sólo “explica” las Escrituras sino que las “despliega” frente a todos como realidad viva y practicada. Por eso es que la viva lectio, vita bonorum o la vida de los buenos es una lectura/ lección viviente de la Palabra divina. Ya san Juan Crisóstomo había observado que los apóstoles descendieron del monte de Galilea, donde habían encontrado al Resucitado, sin ninguna tabla de piedra escrita, como sucedió con Moisés: desde aquel momento sus propias vidas se convirtieron en el “Evangelio viviente”. Exigente tarea para ser y amar a la Iglesia, “sacramento de salvación”, a quien Cristo confió la misión de anunciar su buena noticia hasta los confines de la tierra. 

 

Notas:

1. Mensaje al Pueblo de Dios de la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, http://www.vatican.va/roman_curia/synod/documents/rc_synod_doc_20081024_message-synod_sp.html

2.  Traducción de Lucía Gálvez de “Tout au long du long chemin”.

3. Vaya un recuerdo lleno de afecto a quien fuera entonces compañero de misión, Abel Fleitas Ortiz de Rozas, fallecido mientras escribo esto.

4. Norberto Padilla, en Criterio, Libros: Muñoz, Héctor, Diario de un cristiano (1921)178, 1984.

 

Nº 2345 » Febrero 2009

Pedro Abramo: “Vivimos en ciudades confusas”

por Abramo, Pedro · Comentar 

Doctor en Economía Urbana, profesor del Instituto de Planificación Urbana de la Universidad de Río de Janeiro y docente invitado en universidades de Catalunya, París y País Vasco, Pedro Abramo participó como expositor del seminario “Ciudad y programas de hábitat”, organizado en Buenos Aires, en diciembre del año pasado, por el Instituto del Conurbano de la Universidad Nacional de General Sarmiento. Entrevistado por CRITERIO, explica algunas líneas fundamentales para comprender el entramado de la ciudad latinoamericana, con paisajes y normas propias.

 

–¿Cómo se presenta el panorama en América latina?

–Podemos decir que hay gobiernos más sensibles al sufrimiento y a las carencias populares que en décadas anteriores, sin embargo se plantea el retorno a las políticas sectoriales. Por ejemplo, en Chile hay una política de viviendas paradigmática de la intervención pública. Algo similar sucede en México y en El Salvador; y también si se piensa en la Argentina y en Brasil. No obstante, dicha concepción ha sido muy superada. En la actualidad, los expertos recurren al concepto de hábitat, ya que permite, desde el punto de vista discursivo, articular aspectos para que el lugar donde se mora se transforme en el lugar donde se vive.

 

–¿Cómo explica esta concepción?

–Se trata de un intento para superar la mirada sectorial desde la que se formularon políticas públicas de saneamiento, vivienda, salud y educación durante las décadas del s ’50, ’60 y ’70, y que empezaron a colapsar en los ’80. La idea es romper con esta visión fragmentada de las políticas públicas y, por lo tanto, de una noción de territorio caduca. El concepto de hábitat refiere a un espacio del vivir y del reproducir la vida a partir de un conjunto de bienes, servicios, equipamientos y capital humano que habilite la formulación de una política articulada, integradora.

 

–¿Cómo se ubica la vivienda en este contexto?

–La casa no está en una selva. Para tener existencia debe ser parte de un tejido, la ciudad, cada vez más extendida desde el punto de vista de su trama urbana.

 

–¿Cuáles son los nudos de ese tejido?

–En la formulación de políticas de hábitat el problema del desplazamiento es clave. Ese modelo de ciudad impone, por ejemplo, inversiones importantes en transporte, pero no desde la mera visión de los ingenieros, sino desde una perspectiva capaz de articular los transportes para garantizar accesibilidad. La distancia se transforma en accesibilidad urbana: acceso a bienes culturales, a comercios, a externalidades positivas como el campo, el parque o la playa. El transmilenio de Bogotá es un buen ejemplo, con carriles preferenciales. El tiempo de viaje entre el centro de la ciudad y la periferia más lejana se redujo de dos horas y media a 45 minutos. Esto produjo un cambio impresionante en las relaciones de las personas con la ciudad: aunque vivan en la superperiferia, pueden disfrutar de un parque céntrico. Otro ejemplo es México DF, donde el metro es muy barato. El centro es el principal espacio de ocio popular, y los sábados y los domingos son días de gran fiesta. Al aumentar la accesibilidad, mejora la calidad del hábitat urbano.

 

–Las organizaciones sociales elogian algunos planes de vivienda en ciudades específicas, pero cuestionan los programas nacionales. ¿Caducó la planificación federal?  

–Estoy convencido de que no se debe renunciar a la perspectiva nacional, pero hay que abrir la discusión acerca de la forma en que ha de implementarse; hay mucha capacidad de invención para nuevas arquitecturas institucionales. Además, es importante marcar la distinción entre la perspectiva nacional de acción y las formas en que esa acción se refleja en el hábitat, porque debe haber sensibilidad para con las trayectorias locales. Ellas guardan experiencias, memorias, historias individuales, familiares y colectivas que van a signar las características del hábitat, que no puede ser reducido a un paquete de materiales e inversiones. La reproducción de la vida no es resultado de una relación individual con los objetos; hay mucho de inmaterial y social.

 

–Una condición para sentirse parte de una comunidad es ser atendido como individuo particular.  

–Sí, las singularidades son importantes. Aunque existan las trayectorias comunes en puntos diferentes de la geografía de una nación, hay hechos que son singulares en la vida de una persona, de su familia y de la comunidad, incluido el origen étnico, cultural y social.

 

–¿Cómo evolucionan las políticas de hábitat en América latina?

–En Brasil, por ejemplo, el Movimiento de los Sin Tierra produjo una aceleración de cambios institucionales muy importantes, inclusive fue un referente para la reciente Reforma Urbana del país. Su metodología de organización también influyó en otros países porque comportó cambios efectivos en la concepción de las materialidades y las inmaterialidades.

 

–¿Los sectores más pobres son ajenos a estas políticas?

–Cuando el Estado no presenta políticas públicas que tengan en cuenta la estratificación de la sociedad, los estratos superiores avanzan sobre los inferiores. Pasó, por ejemplo, en los años ’70, con los planes de viviendas financiadas por los bancos nacionales. Una porción de esos planes incluía viviendas para personas de muy bajos recursos, pero la demanda de los sectores más pudientes modificó esa entrega.

 

– Entonces, los más perjudicados son los estratos inferiores…

–Los estratos superiores tienden a apropiarse de políticas formuladas para estratos inferiores, incluso por lógicas financieras planteadas por los propios programas. Al tener que autofinanciarse para lograr cierta sustentabilidad a largo plazo, la viabilidad de pago de los beneficiarios define la adjudicación. Es lógico que el director de un programa público entregue una vivienda a quien pueda demostrar mayor capacidad de pago. El pez grande se come al chico.

 

–¿Hay un divorcio entre el mundo académico y los gobiernos?

–El Estado incorporó lógicas de la gestión empresarial: tengo recursos finitos con los que debo plantear metas y maximizar su utilización. Y no es la lógica de reflexión del mundo académico, que tiene más libertad para pensar y no está pendiente de la urgencia de las decisiones. Las conexiones no son muy fuertes, pero podrían surgir nuevas tecnologías sociales. De la misma manera que los científicos de la física, la química, la construcción se asocian a las empresas para desarrollar nuevas aplicaciones productivas, los sociólogos, los antropólogos y los politólogos podrían acercarse a la administración pública para generar nuevas estrategias de acción e intervención. Un ejemplo, en ese sentido, es el valle del silicio en California, donde se produjo una cercanía de las universidades a la industria de la informática y quedó demostrado un esfuerzo serio por generar programas públicos de acercamiento entre científicos y empresarios.

 

–¿Cómo son los ciudadanos latinoamericanos del siglo XXI?

–Durante los últimos cincuenta años los países latinoamericanos se configuraron como Estados de bienestar restringidos a la clase media. Eso significó que muchos pasaran a ser población urbana en procesos muy acelerados, sin la ayuda del Estado y sin la atención de las políticas públicas. Estuvieron empujados por la lógica de la necesidad, no por la lógica del Estado ni por la lógica del mercado, según la cual la condición inicial es tener capital monetario. Esas personas sin dinero y sin capital institucional produjeron acciones concretas cuya consecuencia más visible es la “ciudad de la informalidad”.

 

–Una ciudad con asentamientos, barrios colapsados, caos de tránsito…

–Sí, aunque esta construcción no es sólo física. Es mucho más. Paralela a la construcción de esas materialidades, elaboraron sus trayectorias históricas, familiares, sus culturas intergeneracionales en términos de abuelos, padres e hijos, articuladas según un territorio informal. Así definen su manera de estar en el mundo. Los pobladores que han tenido acceso a la vivienda, al agua y a la electricidad por sus propios medios construyen relaciones de reciprocidad que no son monetarias. Son sobre todo solidarias, interpersonales, pero que les permiten tener acceso a bienes y servicios.

 

–¿Quién es el interlocutor válido para el reclamo?

–Hay actores nuevos, ciudadanos de una naturaleza distinta de aquellos que fueron reconocidos por el Estado de derecho. Yo no los considero bajo el rótulo de “ciudadanos”. Viven en poblaciones con estatutos propios que definen su singularidad territorial, familiar, colectiva. En ese sentido, me parece adecuado hablar de “ciudadanía insurgente”. Los procesos de aprendizaje son múltiples, plurales, y el Estado de derecho tiene una única concepción de ese proceso.

 

–¿La autoridad también es otra?

–Sí, y también los problemas. No hay que caer en una visión romántica, no son espacios de paradisíacos; hay conflictos de distinta naturaleza, pero las soluciones, que no pasan por la esfera jurídica formal, exigen la constitución de autoridades locales. Estas surgen a partir de la experiencia histórica y social y tienen características muy diferentes. En algunos barrios, la autoridad puede ser un sacerdote o un líder comunitario. En Brasil, lo es la dueña del terreno del candomblé, religión afrobrasileña. La autoridad local es el resultado de una trayectoria, su poder no se basa en la coerción física sino en normas que no están escritas pero que son respetadas. El rol de la tradición es muy importante en la reproducción de la vida en esos escenarios particulares.

 

–Entre sus libros se destacan “Orden y mercado” y la trilogía “La ciudad de la informalidad”, “La ciudad caleidoscópica” y “La ciudad en transformación”. ¿A qué otro texto está avocado ahora?

–Estoy terminando “La ciudad confusa”. A partir del análisis de los dos grandes referentes en las estructuras de las ciudades: la ciudad anglosajona “difusa”, extendida; y la ciudad mediterránea o “compacta”. A partir de una mirada del mercado del suelo formal e informal en las ciudades latinoamericanas, llego a la conclusión de que en la región el mercado del suelo produce a la vez una estructura “compacta” y una estructura “difusa”, por lo tanto es una ciudad com-fusa o “confusa”. Esto es evidente cuando se observan las políticas de intervención pública en los grandes proyectos urbanos. En Buenos Aires, por ejemplo, Puerto Madero busca la compactación, mientras que Nordelta produce una ciudad difusa. Si miramos la ciudad desde la perspectiva de la acción popular, movida por la lógica de la necesidad, vemos que las tomas de tierras se dan principalmente en las periferias, lo cual responde a una lógica informal difusa. Pero si miramos a los otros pobres que, como consecuencia de la precarización del mercado de trabajo, necesitan la centralidad y optan  por vivir junto con amigos, parientes o inquilinos informales: vemos una ciudad compacta, tal como sucede en la tan famosa Villa 31 de Retiro. Este escenario plantea retos a la formulación de políticas urbanas particulares, creativas, y diferentes a las políticas que importamos de los países desarrollados.  

 

Entrevista de Romina Ryan

Nº 2345 » Febrero 2009

Un monumental malentendido

por Plastino, Ángel Luis · Comentar 

Mucha gente cree que religión y ciencia son irreconciliables: dos visiones incompatibles de la realidad. Empero, tal conflicto es insostenible desde la lógica, aunque históricamente encontremos abundantes manifestaciones de enfrentamientos entre religiosos y científicos. Estos son obviamente seres humanos cuyos dichos y opiniones personales no representan necesariamente a la ciencia ni a la religión. En particular, nadie individualmente puede “hablar” en nombre de la ciencia, ya que se expresa únicamente a través de artículos publicados en revistas internacionales especializadas, y que son sujetos a previo y exigente proceso de referato. Las conferencias, los artículos periodísticos o de divulgación, las entrevistas en radio o televisión no representan de ningún modo a la ciencia, aunque el protagonista sea Einstein.

 

 

Distintos tipos de realidad

 

Nuestra vida transcurre inmersa en un complejísimo entorno que solemos llamar “realidad”. Es preciso señalar que puede hablarse de cuatro niveles:

 

  1. Realidad medible
  2. Realidad sensible
  3. Realidad existencial
  4. Realidad trascendente.

 

En los tres primeros niveles nos referimos, respectivamente, a lo que se puede:

 

  • medir con instrumentos apropiados, asignando de tal modo pertinentes números (Galileo Galilei es quien asigna a la ciencia el carácter de empresa de cuidadosa medición)

 

  • experimentar a través de nuestro aparato sensorial

 

  • “tener vivencia de”, es decir, experimentar pero no a través de nuestros sentidos sino de modo subjetivo. Como ejemplos citemos: temor, afecto, dudas, perplejidad, curiosidad, asombro… Este nivel fue fuertemente enfatizado por Descartes como fundamental en el inicio de la reflexión filosófica, y muchos sostienen que tal énfasis es el génesis de la Modernidad.

 

Se habla de estos distintos niveles de realidad desde el siglo XVII, de la mano de Descartes, quien llegó a anticipar que la realidad sensible eventualmente iba a poder alcanzar a coincidir con la medible. Estamos casi allí hoy.

 

El último nivel, el de la realidad trascendente, se refiere a todo aquello que pudiese existir, pero que no es accesible dentro de los otros tres. Se trata de un hecho sociológico y, por ende, un dato científico súper verificado, al que la mayoría de las culturas y sociedades han prestado mucha atención (y continúan haciéndolo). Sería necio o ingenuo negar su existencia.

 

La ciencia trata exclusivamente con el primer nivel, lo medible y cuantificable. La religión se concentra (o debiera hacerlo) en el último, en el trascendente, y en cómo es afectado en consecuencia el plano existencial. Desde un punto de vista lógico vemos pues que no existe conflicto alguno entre ellas, dado que atienden a ámbitos totalmente distintos.

 

 

La ciencia es un método

 

La ciencia no es, como pudiera tal vez parecer, un vasto conjunto de conocimientos. Es, en cambio, esencialmente, una metodología teórico-experimental repetible, predictiva y falseable, aplicable sólo a fenómenos medibles, que fue discutida por vez primera en El discurso del método, que publicó R. Descartes en Holanda en 1637. Cuando terminó de escribirlo hizo una peregrinación a un santuario de la Virgen para agradecer el haber podido completarlo. No tenía pues dudas sobre su fe (tercer nivel).

 

Los científicos interrogan a la Naturaleza por medio de procedimientos estrictamente protocolizados llamados experimentos, que deben poder ser repetibles indefinidamente. Sobre esas experiencias se construyen modelos de los fenómenos a investigar. Las predicciones modélicas son comprobadas mediante nuevos experimentos. Toda aseveración científica conlleva la existencia de un experimento que pudiera llegar a contradecirla (en términos más técnicos y del siglo XX, falsarla). Una teoría científica recopila varios modelos distintos y es capaz de deducirlos de unos pocos axiomas. Debe poder predecir acertadamente el resultado de futuros experimentos. Aserciones no falsables, o teorías que no predicen, quedan fuera del ámbito de la ciencia cartesiana. Puede generar confusión el hecho de que, dado el enorme prestigio que la ciencia moderna ha ganado en los últimos trescientos años, muchas otras disciplinas del pensamiento se hayan atribuido el carácter de científicas (el marxismo, por ejemplo). Insistamos: acá se habla sólo de actividades científicas en las que se sigue el método enunciado en el libro arriba mencionado.

 

Lo fundamental de la ciencia es entonces su método, que permanece invariante. Los contenidos cognoscibles son cambiantes y transitorios, siempre provisorios. Como meros ejemplos señalemos que, en 1870, la comunidad científica incluía el concepto de éter en muchas de sus disciplinas. A principios del siglo XX Einstein (entre otros) barrió con él. Lo mismo sucedió antes con una entidad llamada “flogisto”. Ningún científico serio piensa que, en 100 años, los problemas más importantes a investigar vayan a ser los de hoy, así como los actuales eran inimaginables en 1870.

 

El campo científico está pues estrictamente acotado a lo medible. La ciencia no adopta, por su intrínseca naturaleza, posición frente a problemas teológicos, que son trascendentes y por consiguiente no medibles. Un conflicto entre religión y ciencia es entonces lógicamente falso.

 

Han existido por cierto “enfrentamientos”, y los hay aún hoy, entre individuos, que tal vez se arroguen impropiamente el hablar en nombre de la religión o de la ciencia. Al estudiarlos con cierto detalle pronto advertimos que se trata siempre de temas de carácter personales y/o político. Pelean, entonces, personalidades falibles (por humanas) de la ciencia y de la religión. Sin embargo, ningún científico, aunque sea Premio Nobel, representa a la ciencia, tengámoslo en cuenta.

 

En el lenguaje cotidiano exageramos, extrapolamos, generalizamos, no somos suficientemente rigurosos. Pero en los artículos científicos debemos serlo. Los dichos de Pedro biólogo no son “la biología”. Son meramente ocurrencias, tal vez interesantísimas, de Pedro.

 

Los dichos de Juan, sacerdote, predicador, pastor, no debieran ser “la religión”. Son personales. No solemos encontrar ecuaciones o diagramas en los textos sagrados de las distintas religiones que pudiesen generar controversias con científicos.

 

La ciencia es una empresa colectiva que desarrollan desde hace unos 300 años cientos de investigadores que siguen un método. Ellos no pretenden describir la “realidad en sí misma” sino modelos matemáticos, lógicos y/o algorítmicos de los fenómenos naturales que tengan cada vez mayor poder predictivo y que generen más poderosas y útiles tecnologías. Lo vienen haciendo bastante bien…

 

 

Conclusiones

 

Para finalizar estas líneas, tal vez valga la pena hacer alguna acotación un poco más técnica, que puede ser omitida sin problemas. De los cuatro tipos aristotélicos de “causa”, Descartes dejó solamente una para los científicos: la eficiente. Las demás fueron olvidadas en los laboratorios. Un fenómeno natural es afectado únicamente por lo que haya sucedido inmediatamente antes y en su entorno próximo. Queda pues prohibida por el método la pregunta ¿para qué?, la “causa final”. Por cierto que en el plano existencial es ésta muy importante, pero la ciencia opera en el nivel medible solamente.

 

Ahora bien, el interrogante es: ¿qué motiva a los científicos? Trabajan por lo general mucho más duro, durante largas horas y por bastante menos paga que otros profesionales. Una primera respuesta ingenua sería “porque les gusta”, por vocación. Aún aceptándolo, sabemos que algunos han llegado a sacrificar (en casos muy extremos) sus propias vidas, o han vivido en la mayor pobreza, a fin de dedicarse exclusivamente a la ciencia. El problema es que esto no se entiende desde el punto de vista de la selección natural darviniana (de la que, por supuesto, nadie en su sano juicio duda). Hay algo que “llama” a los científicos, o a los artistas, o a los ajedrecistas… a comportarse del modo contra-intuitivo recién señalado. ¿Qué será? Pareciera haber un “para qué”, que queda por cierto fuera del ámbito de las ciencias naturales.

Nº 2345 » Febrero 2009

Los políticos, las ciencias, las tecnologías y la innovación

por Ferraro, Ricardo A. · Comentar 

La reciente campaña electoral en los Estados Unidos me hizo revivir situaciones y textos.

 

A comienzos de 2003 fui invitado a un seminario sobre políticas de competitividad e innovación, en Malmö, Suecia. La reunión fue muy interesante y agradable hasta el momento en el que quien la presidía se dirigió hacia mí y me dijo: ”Ricardo, he leído que dentro de pocos días habrá elecciones en la Argentina; te pido que nos resumas qué propuestas de políticas de innovación tienen los principales candidatos”.

 

Tratando de superar el shock causado por una pregunta tan lógica para la mayoría de los presentes, pero tan inesperada para mi, opté por la verdad y confesé que ninguno tenía propuestas para ese tema, como tampoco habían hecho conocer las que tuvieran para las ciencias y las tecnologías…, si las tenían.

 

Sospecho que el rumor que se produjo en la sala aceleró la interrupción y pocos minutos después pasamos al coffee break. Mientras me reponía se acercó un colega finlandés y me dijo: “No te preocupes, Ricardo. En todo el mundo los políticos son iguales. Sólo repiten lo que les escribimos los especialistas. En nuestro país, intentando educarlos en estos temas, acordamos con el Primer Ministro una serie de encuentros semestrales en los que el gabinete de Ministros se reúne, durante un fin de semana, sólo para que los responsables de estos temas en el gobierno les demos clases, para reducir su ignorancia. Te confieso que esas reuniones son inútiles y que los políticos siguen sin entender”.      

 

Sin embargo, en los Estados Unidos, la presión de los medios –que, en alguna medida, se puede imaginar que representan el interés de sus lectores- ha hecho que Obama y McCain (o sus colaboradores) hayan tenido que responder detallados cuestionarios, tanto de medios de difusión masiva, como de los especializados. Entre otros ejemplos, Issues –la publicación de las Academias Nacionales de los EE.UU. de Ciencias y de Ingeniería– dedicó un número a los temas científicos y tecnológicos que superan las fronteras entre los partidos políticos (1) y Technology Review -la revista que el Instituto Tecnológico de Massachusetts publica desde 1899- presentó en su número de octubre un trabajo sobre la estrategia informática “que llevó a un oscuro senador hasta las puertas de la Casa Blanca”. (2)

  

Esta campaña también me recordó otros textos que marcan el compromiso –o no- de políticos con las ciencias y las tecnologías. Cito dos, que están entre mis preferidos.

 

El primero se titula “La industria le escribe al Congreso” y ocupó una página entera del New York Times del 15 de marzo de 1995.

 

Ese día, mientras el Congreso de los Estados Unidos discutía el presupuesto nacional, un grupo de empresarios visitó a los líderes de la mayoría en cada una de las cámaras –el senador Robert Dole (Kansas) y el representante Newt Gingrich (Georgia)- para entregarles la carta que reproduzco a continuación y que los firmantes también enviaron a los demás senadores y representantes.

 

“Somos empresarios industriales que estamos preocupados; le escribimos para pedirle que mantenga su apoyo a los programas universitarios de investigación. Sabemos que usted debe enfrentar opciones difíciles ya que deliberadamente, en última instancia, debe decidir qué programas federales merecen recibir un apoyo sostenido y cuáles no. Comprendemos que se deben fijar prioridades. Sin embargo, le recomendamos firmemente que mantenga una alta prioridad para el apoyo al esfuerzo de investigación que se lleva a cabo en nuestras universidades.

 

Como usted bien sabe, el liderazgo de los Estados Unidos en una economía de creciente competitividad y globalización ha sido impulsado por nuestras proezas tecnológicas. Nuestras universidades -y los programas de investigación que se desarrollan en ellas- han desempeñado una función crítica en el permanente avance de nuestro conocimiento y capacidad tecnológica. Más aún, han producido científicos e ingenieros que han aportado el saber que le permite a nuestras industrias y empresas actuar y competir con naciones y culturas de todo el mundo. El nivel de vida que hoy gozamos ha sido posible, en gran proporción, gracias a nuestro ingenio y creatividad y a nuestra capacidad para desarrollar y aplicar tecnologías.

 

Nuestro mensaje es simple. Nuestro sistema universitario y sus programas de investigación desempeñan una función central en el avance de nuestro conocimiento. Sin un apoyo federal adecuado los esfuerzos universitarios de investigación se deteriorarán rápidamente. La industria norteamericana dejará de tener acceso a las tecnologías fundamentales y a los científicos e ingenieros que tan bien han servido a los intereses de los Estados Unidos. Por lo tanto, respetuosamente le solicitamos que mantenga su apoyo a un programa de investigación universitaria, vibrante y ambicioso”.

 

Firmaron esta carta los máximos ejecutivos de Philips Petroleum, Martin Marietta, BellSouth Corp., Chrysler Corp., Eastman Kodak, I. B. M. Corp., TRW Inc., United Airlines, Bellcore, Texas Instruments Inc., McDonnell Douglas Corp., Eli Lilly and Co., Merck and Co. Inc., General Electric Co. y E.I. DuPont de Nemours and Co.

 

Creo no exagerar si digo que este texto es tan inesperado para quienes nos interesamos en estos temas como la pregunta que me formularon en Malmö.

 

Opino que el segundo texto es una muy buena descripción de la situación en muchos países, entre los que está el nuestro; su autor es el biofísico argentino –radicado desde hace muchos años en México- Marcelino Cereijido: “La promesa de ‘apoyar a los investigadores’ es una pueril maniobra que sólo intenta consolarlos o quitárselos del medio, como si nadie necesitara pan ni supiera para qué sirven los tornillos, pero así y todo los comprara para apoyar a panaderos y ferreteros, o se hiciera extirpar la vesícula biliar con el único propósito de apoyar a su médico. Pero así es: mientras el Primer Mundo se apoya en la ciencia, el Tercero habla de apoyar a la ciencia”. (3)

 

Sería muy interesante y útil para el país que se convocara a reuniones y debates acerca de estos temas, en los que participaran, sobre todo, aquellos que no se cuentan entre los que ya estamos convencidos de su importancia para nuestro futuro, en el mundo actual.

 

1. Questions That Blur Political Party Lines, Issues, Volume XXV, Number 1, Fall 2008.

2. How He Really Did It, Technology Review, Vol. 111, Nº 5, October 2008.

3. Marcelino Cereijido y Laura Reinking, La ignoracia debida, Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2003.

 

Nº 2345 » Febrero 2009

La gran hazaña

por de Kemmeter , Carlos A. · Comentar 

“Él ni siquiera sabía que la vida nueva no se le había de dar gratuitamente, sino que tendría que comprarla aún cara, pagar por ella una gran hazaña”.

(Fiodor M. Dostoyevski, Crimen y castigo, Epílogo)

 

 

 

La famosa novela Crimen y castigo, obra del escritor ruso Fiodor Dostoyevski, comporta una profunda reflexión filosófica, existencial y religiosa. El texto gira en torno a Rodion Raskólnikov(1), su personaje central: un estudiante pobre que vive en la soledad de la gran ciudad de San Petersburgo, lejos de su madre, su hermana, su familia, de quienes con pesar había tenido que separarse para abrirse paso en su formación intelectual y progresar en la vida. Caviloso, lleno de pesadumbre y angustia, humillado y ofendido, aislado de todos por la miseria y el orgullo, las penurias de su familia y las propias lo atormentan. Llega a saber que su querida hermana Dúnechka está dispuesta a casarse con alguien a quien no ama, pero que posee dinero suficiente para que él pueda continuar sus estudios.

 

Raskólnikov no es un hombre malo, pero su amargura, resentimiento y soledad, unidos al descreimiento respecto de todos y la ausencia de Dios, van germinando en él un pensamiento orgulloso y agresivo. En el siglo XIX están de moda las teorías sobre la amoralidad y la falta de límites para las “grandes acciones” y los “grandes hombres” destinados a cambiar el mundo. Se encuentra latente la figura de Napoleón como una especie de talismán para los jóvenes de la época. La “epopeya” de quien siendo un simple extranjero, un don nadie para una sociedad clasista y refractaria, un arribista, catapultó su figura a lo más alto de Francia y abrazó el trono imperial, a despecho de cualquier principio. El genio, el hombre extraordinario, es un ser librado de las ataduras morales, que así quedan reducidas a meros dogmas para ser seguidos sólo por los hombres inferiores y sometidos, incapaces de transgredir y triunfar. Para la persona verdaderamente libre, el fin justifica los medios.

 

El crimen y el castigo

 

Embebido de esa ideología ilusoria y soberbia, Raskólnikov se dispone a cometer el crimen y concretar su “gran hazaña”. Decide tomar el hacha y matar el régimen social injusto en la persona de una vieja usurera que tiene el dinero que él necesita para sus estudios y para aplacar la miseria de su familia; para que el menos su madre y su hermana puedan comprarse zapatos… Su justificación es: “Por una sola vida, miles de vidas salvadas del estancamiento y la disolución”.

 

Sin embargo, contrariamente a lo que él podía imaginar, el crimen no lo lleva a sentirse superior o triunfador en modo alguno. El haber matado injustamente a sangre fría lo arroja lentamente a un calvario interior. La conciencia de la culpa es un castigo que mina su cuerpo, su temple, su voluntad. Su vida es soledad, misantropía y aislamiento. Es presa de desmayos y accesos febriles. El tormento interior absorbe su vigor existencial. Raskólnikov lleva a cuestas su crimen, como una cruz.

 

La figura de Sonia

 

En la desesperación sólo confía en un alma buena que se acerca a él y lo acompaña. Sonia es uno de esos personajes simples y frágiles que encontramos en las obras de Dostoyevski (sus preferidos) cuya existencia está signada por los amargos padecimientos de una vida pobre y resignada, estoicamente soportada a través de una fe inquebrantable en Dios y en los hombres. En la más terrible miseria y obligada por la fatalidad a equivocar su camino, Sonia posee la bondad que a Dostoyevski le gusta exaltar en esos personajes que conservan la esperanza en medio de las dificultades de la dura vida que les toca vivir. Forma parte del grupo de los humildes y marginados que también fueron enaltecidos por Cristo.

El alma de Sonia toca el corazón de Raskólnikov y le da la confianza para confesarse pecador y asesino. Quizás porque también la ve “pecadora” como él.

 

Acaso porque siente piedad por ella. O porque, como decía Romano Guardini en El universo religioso de Dostoyevski, Sonia posee “una compasión insaciable, es decir ese altruismo, esa generosidad que hace de ella un ser inerme, que hace que acepte todos los destinos, que le impide juzgar, que le impide condenar; esa grandeza de corazón que le permite compartir los destinos de los demás con entero olvido de sí misma. Sonia tiene la facultad de compenetrarse plenamente de la vida de los otros y hacerla suya”.

 

Ella le muestra que Dios puede perdonarlo, puede lavar los pecados. Y así la novela llega al instante inolvidable en que Raskólnikov le pide a Sonia que le lea el Evangelio en la página de la resurrección de Lázaro; en aquel milagro en que Jesucristo demostró su poder sobre la muerte porque él es “la Resurrección y la Vida”.

 

Sonia lo hace con emoción y esperanza. Si Cristo pudo resucitar a Lázaro, vencer a la muerte y brindarnos la Vida, ¿cómo no habría de darle a Raskólnikov una nueva vida? ¿Cómo no habría de perdonarlo? Es elocuente que Raskólnikov pida precisamente este pasaje del Evangelio. Podría haber elegido la parábola del hijo pródigo, la de la oveja pedida, el episodio de la mujer adúltera u otros testimonios en los que Jesús perdona con inmensa misericordia. Sin embargo, elige la resurrección de Lázaro, tal vez porque Raskólnikov siente el alma muerta en su interior y necesita creer que Cristo puede volverla a la vida.

 

El tiempo de la expiación

 

Luego sobreviene para Raskólnikov el tiempo de la expiación. El período que debe pasar en Siberia para cumplir su condena. La pena es dura, pero menos que la que le hubiera correspondido, en razón de que las autoridades juzgan que el delincuente al confesar su crimen ha mostrado signos sinceros de arrepentimiento. El tiempo de presidio le sirve para orientar, lenta y sostenidamente, su alma hacia una nueva vida. Sonia lo visita, lo acompaña, no lo abandona. Ella vive la vida de él y éste se da cuenta de lo mucho que la quiere y necesita. Ese amor recíproco es artífice de la mutua redención. Como puede leerse al final de la obra: “Quisieron hablar, pero no les fue posible. Lágrimas había en sus ojos. Ambos estaban pálidos y flacos; pero en aquellos rostros enfermizos y pálidos refulgía ya la aurora de un renovado porvenir, de una plena resurrección a una nueva vida. Los resucitaba el amor, el corazón del uno encerraba infinitas fuentes de vida para el corazón del otro”.

La novela Crimen y castigo nace inspirada en una experiencia personal de su autor. Junto con otras personas el escritor había sido arrestado y condenado a muerte por conspirar contra el régimen. Sin embargo, cuando el final parece ineludible, en el mismo patíbulo les notifican el perdón concedido por el zar Nicolás I y la condena a prisión en Siberia. La vida renace para él y quiere aprovecharla. En ese momento escribe a su hermano Mijaíl: “No hay maldad, no hay odio en mi corazón. ¡Tendría tantos deseos de amar y de abrazar a cualquiera de mis compañeros en este momento! Cuando miro el pasado, cuando pienso en todo el tiempo que he malgastado en errores, en faltas, en futilezas, por ignorancia de la vida, una oleada de sangre invade mi corazón. Me transformaré en algo mejor de lo que soy. Ahí está toda mi esperanza, todo mi consuelo”(1).

 

En sus años de presidio, afrontados con dignidad y entereza, Dostoyevski forja su idea sobre la redención a través del sacrificio, la reflexión y el acercamiento a Dios.

 

Dostoyevski y Stendhal

 

A diferencia de otras obras que tratan el mismo problema en esa época, la tragedia de Dostoyevski posee un enfoque original. Basta compararla, por ejemplo, con Rojo y negro de Stendhal, en la que el personaje Julián Sorel termina en la guillotina sin arrepentimiento. También como Raskólnikov admira a Napoleón y desea escalar posiciones en la sociedad a cualquier precio. Siente que su capacidad y su ambición no tienen límites. Primero lo intenta por el lado del uniforme (rojo) y luego a través de la sotana (negro). Siempre necesita del engaño, una especie de heroísmo de la hipocresía como dice Carlos Pujol al comentar la obra. Su final es la derrota, la pena de muerte, el resultado anunciado que según Stendhal espera a quienes pretenden desafiar los caminos que la injusta sociedad de la época reserva para ascender y triunfar. Pero, a diferencia de Dostoyevski, para Stendhal no se trata de un fracaso del protagonista. Julián Sorel es para Stendhal un personaje loable, que sucumbe por culpa de la sociedad y no por su propia culpa. El universo religioso está ausente.

 

En cambio, casi sin decirlo, Dostoyevski sugiere un mensaje muy diferente. La filosofía del superhombre amoral y destinado al triunfo sin límites, la falsa libertad, meramente ficticia e ilusoria, sólo termina en el fracaso del proyecto social y humano que la intenta llevar a cabo. Finaliza irremediablemente en el daño personal, en la infelicidad y en la desolación.

 

El misterio de la libertad

 

Es que en el fondo uno de los temas centrales de la obra de Dostoyevski es el de la libertad. Esta cuestión alcanza su elaboración más sublime en el poema del Gran Inquisidor de Los hermanos Karamázov (otra de sus grandes novelas): en el diálogo entre Iván, el hermano ateo, y Aliosha, su hermano sacerdote. El protagonista del poema, el Gran Inquisidor, se ha erigido equivocadamente en una suerte de Dios en la tierra para liberar a los hombres del agobio de la libertad. Equivocadamente, Dios les ha dado a los hombres la libertad y la absoluta responsabilidad de sus actos. Para el Gran Inquisidor, que se rebela contra Cristo, el peso de la libertad se torna insoportable y ella debe ser reemplazada por el autoritarismo, la magia y el misterio. Sin la responsabilidad del libre albedrío la humanidad será feliz.

 

Para el Gran Inquisidor, Cristo debería haber cedido a las tentaciones del diablo en el desierto y haber permanecido en la tierra para guiar las acciones de los hombres y quitarles el peso de la responsabilidad. Un Cristo visible y ostentoso de su divinidad para diluir el libre albedrío.

 

Sin embargo, la libertad del hombre está inexorablemente unida al amor de Dios, que lo creó a su imagen y semejanza: con dignidad y libertad. Dios confía tanto en sus criaturas, a las que ama, que no puede obligarlas a seguirlo. Nosotros podemos ser como el hijo pródigo, que un día se alejó voluntariamente de su casa. Pero siempre encontraremos en Dios a un verdadero Padre que ansía permanentemente el regreso, esperándonos en lo alto de una colina desde donde vislumbrar la lejanía…. Un Padre bueno que acompaña a sus hijos y les brinda la fuerza de su gracia. Un Dios que, porque respeta tanto la libertad, no puede obligar a los hombres ni siquiera a que estén con él en el cielo. Por eso, Jean Guitton, en Mi testamento filosófico, dice que el infierno debe existir porque Dios es amor, porque no puede obligar al hombre a estar con él si no lo quiere, porque debe haber un lugar para que el hombre pueda estar sin Dios.

 

Se desprende, entonces, que la auténtica realización del hombre consiste en asumir cabalmente su libertad, en el verdadero sentido para el cual le fue dada, es decir para obrar el bien y hacerse cargo de su misión y de su responsabilidad. El espíritu del hombre descubre su auténtico sentido y plenitud cuando se encuentra consigo mismo. Cuando experimenta en su corazón el infinito amor incondicional del Señor que lo abraza e impulsa a expandirlo a los demás. Allí alcanza su mayor libertad, la libertad del espíritu que le permite vivir sin las ataduras del pecado y lo mueve a la humildad y la felicidad.

 

En definitiva, como señala Dostoyevski en la cita transcripta en el encabezamiento de este artículo con motivo de la conversión de Raskólnikov, la suprema y gran hazaña del hombre consiste en llevar a cabo una vida santa.

 

1. Nombre que se deriva de “raskólnik”, es decir herético (raskol, cisma).

2. De la carta transcripta por Henri Troyat, en su libro Dostoievski.

 

Nº 2345 » Febrero 2009

Vicente Espeche Gil: “El remedio militar hubiera sido letal”

por · Comentar 

–¿Cómo evalúa la mediación papal con 30 años de distancia?

 

–Existe una convicción generalizada sobre la importancia determinante que tuvo la decisión de Juan Pablo II de mediar en el conflicto que era inminente en diciembre de 1978. La evaluación positiva abarca los frutos de la paz para cada uno de los dos países y su relación bilateral a partir de entonces; el afianzamiento del prestigio del pontífice que recién comenzaba su misión y la contribución de la Iglesia a la paz en nuestra región, por vía de la Santa Sede y de los episcopados de ambos países, paz que podría haberse visto ulteriormente afectada con la intervención de otros países, además de Argentina y Chile, los dos directamente involucrados.

 

–¿Cree que la paz fue fundamental para el posterior retorno a la democracia en ambos países?

 

–En una región donde entonces predominaban los regímenes de facto, los frutos de la mediación exitosa incluyeron la demostración de que el “remedio” militar hubiera sido letal, mientras que la medicina diplomática era la terapia adecuada. Ello sin duda contribuyó también a preparar el terreno para que la sociedad civil fuera afianzando la convicción de que el retorno a la democracia era no solamente conveniente, sino además  necesario y posible.

 

–Usted ha sugerido una reconstrucción del pasado, una historia pensada y contada en común. ¿Cómo podría concretarse la idea? ¿Cuáles serían los objetivos?

 

–Desde siempre, durante décadas, los programas de educación de la historia en las escuelas y colegios de nuestros países han sido preparados desde perspectivas exclusivamente nacionales. Esto no es un defecto, sino que ha respondido a necesidades propias de un largo proceso de consolidación nacional. Sin embargo, es preciso complementar y enriquecer nuestras historias nacionales con el aporte de los pasos dados en una historia común, la historia de nuestra relación bilateral, la historia que hemos ido construyendo juntos. Esta historia podría ser escrita por equipos integrados por historiadores de ambos países que complementen las respectivas perspectivas. El objetivo será el de acercarnos a la verdad de una relación importantísima para ambos que nos ayude a conocernos mejor y consecuentemente a ponernos en condiciones de complementarnos cada vez más. Las facultades de Historia de nuestras universidades podrían cumplir un papel relevante en este sentido. Las respectivas universidades católicas que han organizado conjuntamente actos conmemorativos de los 30 años de la mediación, representan un primer paso positivo en esa dirección.

 

–¿Es posible que dos países pasen de un conflicto de envergadura a la integración?

 

–La historia demuestra que no hay guerras eternas. Siempre sobreviene la paz. El proceso de unidad europea en la segunda mitad del siglo XX demuestra que es posible dar lugar a la integración aún después de varias guerras de una violencia desconocida antes por la cantidad de muertos y la destrucción generada. En este sentido, nuestra región ha tenido la visión de dar pie a un proceso de integración, el Mercosur, sin necesidad de haber pasado por una experiencia bélica. Chile es miembro asociado del Mercosur. Nuestro proceso de integración se encuentra todavía en sus primeros pasos, si lo comparamos con las décadas que han transcurrido desde que se firmó el Tratado de Roma que dio inicio al proceso de integración europea.

 

–¿Cuáles son las mejores estrategias actuales en la resolución de conflictos para América latina?

 

–Cada controversia tiene sus especificidades y los mecanismos de solución existentes ofrecen un abanico amplio de posibles opciones. La negociación, los buenos oficios o la mediación de terceros, las instancias arbitrales o el recurso a la Corte Internacional de Justicia, cuando se dan las condiciones para hacerlo, son todas instancias posibles. Todas ellas son mejores que el recurso a la fuerza.

 

–¿La integración regional es un camino necesario e ineludible? ¿Cuáles son las principales dificultades que percibe para avanzar en ese sentido?

 

–La integración regional es una añeja aspiración de los pueblos latinoamericanos. Pero el concepto de integración es muy amplio e incluye dimensiones comerciales, económicas, sociales, culturales y políticas que conjugar. También es preciso determinar el ámbito geográfico al que se refiere, ya que el espacio cultural latinoamericano no necesariamente coincide con las posibilidades que ofrece por el momento la economía regional en términos de integración. Las últimas décadas han mostrado distintos intentos por integrar aspectos de estos componentes, dando pie a una geometría variable de instituciones que buscan su camino para hacerla posible. El hecho de que recién desde hace un cuarto de siglo la casi totalidad de los países de América Latina se rijan por instituciones democráticas, representa un condicionamiento favorable para la integración.

 

Entrevista de Romina Ryan

Nº 2345 » Febrero 2009

El esfuerzo de paz en el Beagle

por León Wöppke , María Consuelo · 1 Comentario 

Estas líneas son recuerdos del esfuerzo de paz realizado por Chile y la Argentina treinta años atrás, mientras yo escribía mi tesis en la Universidad de Chile sobre el conflicto limítrofe. La “Cuestión del Beagle” se generó a partir de las interpretaciones del artículo III del Tratado de 1881, el cual estipulaba que el mencionado canal separaba las jurisdicciones de ambas naciones. Desde mi perspectiva, era sólo una etapa más dentro del largo proceso de demarcación limítrofe, tarea nada fácil dada la extensión y complejidad de nuestra frontera común. Me dediqué con entusiasmo a reunir artículos de prensa de ambos países. El tema inició lo que ha sido una constante de mi quehacer académico: la búsqueda y construcción de un acervo documental que permita a la Argentina y a Chile enfrentar adecuada y conjuntamente su próximo desafío limítrofe, que es el Antártico.

 

A partir de 1915 los gobiernos intentaron resolver el tema y, desde 1960 trataron, sin éxito, de encontrar una “fórmula común” para presentarlo al árbitro. El presidente Eduardo Frei Montalva expresó, en mayo de 1967, que las negociaciones directas no habían hecho sino “distanciar aún más los puntos de vista de ambos países”, por lo que recurría unilateralmente al árbitro según lo estipulado en el Tratado de 1902. Esto, en ningún caso, implicó un quiebre de las relaciones.

 

La década de 1970 fue un período complejo para la institucionalidad de ambos países. En el caso chileno, el tema del Beagle, sin desaparecer, perdió protagonismo. A pesar de ello, la política oficial no se modificó y, una vez electo, Salvador Allende aceptó y defendió el arbitraje ante el Congreso. Iniciado el proceso arbitral, la prensa informó que ambos países no buscarían más una fórmula común y, al prever la extensión del conflicto a otras áreas, iban a elaborar un “croquis neutro o limpio”. La prensa chilena jugó un gran papel aclarando el diferendo a la opinión pública, publicando artículos y editoriales redactadas por juristas y ex cancilleres.

 

El proceso arbitral fue arduo: desde mediados de 1971 hasta abril de 1977. Ambos gobiernos fueron notificados de que la sentencia -que había hecho suya el árbitro británico, S. M. Isabel II- incluía una lámina que señalaba el límite de las jurisdicciones nacionales dentro un área conocida como “el martillo”. Lamentablemente se cumplió lo que el presidente arbitral había anticipado: toda decisión debe desilusionar a una u otra parte: “Este es un riesgo que ellas asumen anticipadamente junto con la obligación, ante el honor y el derecho, de aceptar el resultado, cualesquiera que éste sea”. Chile aceptó el fallo con calma, estoicismo y fatalidad. En la Argentina, el gobierno estimó que lesionaba sus “intereses vitales” y en enero de 1978 declaró que lo consideraba “insanablemente nulo”. Las posiciones parecían irreconciliables: mientras desde el punto de vista chileno sólo restaba fijar el límite entre sus “respectivas jurisdicciones marítimas, más allá del último punto de la línea roja del Laudo”; en la Argentina, entiendo, se analizaban las consecuencias de los nuevos conceptos del derecho del mar.

 

Jorge R. Videla y Augusto Pinochet iniciaron una nueva etapa en el diferendo. Por la prensa nos enteramos de que las posiciones no habían cambiando pero que se habían formado comisiones bilaterales que distendían un poco los ánimos. Entusiasmaba ver menciones acerca de la conveniencia de conversar sobre “los comunes intereses antárticos”, pero el verano de 1978 pasó lento y, sotto voce, se empezaba hablar de guerra.

 

La prensa chilena era mesurada, hasta monótona. Arturo Fontaine, director de El Mercurio, asegura que no hubo instrucciones por parte del gobierno militar y que sólo el canciller Carvajal les explicó el diferendo “sin decir mucho”, aunque “todos comprendimos cual era nuestra obligación”. Sólo el diario La Segunda se refirió a la frugalidad noticiosa que imperaba, y la prensa argentina de entonces calificaba a la chilena como jurídica e inflexible. El estilo periodístico argentino, en cambio, temperaba nuestra aridez informativa con “trascendidos” de la prensa porteña, de los programas de canal 9 y de las conferencias que Isaac Rojas dictaba por doquier.

 

Terminado el verano de 1978, cuando las tensiones se intensificaban, surgió una línea diplomática paralela: la de la Iglesia católica. Inicialmente, su accionar no llamó la atención y sólo más tarde se conoció la labor desplegada por los obispos y prelados argentinos y chilenos (cabe recordar que ese año fallecieron los pontífices Paulo VI y Juan Pablo I). Meses después, oímos hablar de la “Operación Soberanía” y que militares argentinos “tomarían café” en Viña del Mar mientras la escuadra barrería la nuestra en las aguas australes. En Chile comentábamos que nuestros infantes de marina estaban ya desplegados y entendíamos que los argentinos harían lo mismo.

 

La opinión pública se entretenía en clasificar a los personeros como de “línea dura” o “conciliadores”. Pinochet y Videla eran considerados “conciliadores” por Clarín y La Opinión; pero, en Chile, se temía que éste último fuese sobrepasado por elementos más intransigentes. Ante el inminente fracaso de las comisiones mixtas, la tensión se agudizó. Hubo cambios en ambas cancillerías y en octubre empezaron los “oscurecimientos” en Buenos Aires. Chile invitó a la Casa Rosada a acudir a la Corte de La Haya conforme al Tratado suscrito en 1972.

 

El 2 de noviembre de 1978 cayó un pesado silencio. Después supimos que esa noche Videla envió una carta a su colega chileno y que Pío Laghi pidió a Roma un ofrecimiento de buenos oficios. Materializar el proceso de mediación no estaba exento de dificultades. Los días pasaban con tensa lentitud. Recién el 14 de noviembre se conoció la aceptación argentina condicionada a que se convinieran “las materias que se analizarán en la mediación”. La prensa chilena no hacía mayores comentarios. Recuerdo una lapidaria frase de Emilio Massera: “Algunos grupos quieren negociar lo innegociable. Incluso negociar con quien no quiere negociar”.

 

Conscientes del peligro que entrañaba la inactividad diplomática, se fijó una reunión de cancilleres para el 12 de diciembre. En ella, el entonces canciller Carlos W. Pastor expresó que para la Argentina sólo había un mediador: Juan Pablo II. El canciller Hernán Cubillos respondió escuetamente: “Conforme, Chile tiene plena confianza en Su Santidad”.

 

La tensión no aminoró. Faltaba conseguir el compromiso del Vaticano. Laghi apremiaba a la Santa Sede: “El tiempo disponible es brevísimo: lunes o martes las tropas argentinas recuperarán algunas islas alrededor de Cabo de Hornos, no como acto de agresión sino para afirmar derecho: si Chile, como es previsible, reaccionara, será conflicto armado”. Como la respuesta del Vaticano tardaba, los preparativos de guerra se aceleraron y el 21 de diciembre la flota argentina se desplazó hacia el sur. “Estuvimos esperando a los argentinos en el Drake durante seis horas“, señaló años más tarde un oficial chileno. Si la no iniciación de hostilidades se debió a un factor climático o a que las autoridades argentinas dieron la orden de detener el operativo, importa poco. Lo principal es que la guerra no se inició y todos respiramos, inquietos aún, pero aliviados.

 

Años más tarde se supo que la tardanza papal se debió a que el Vaticano dudaba que se desatara una guerra entre dos naciones católicas. Juan Pablo II envió al cardenal Antonio Samoré a ambas capitales después de la Navidad de 1978. No estaba claro el tenor de su visita y el cardenal aclaró que sólo era una “intervención informativa” para ver si había “posibilidades de un pacífico y honrado entendimiento” lo que, en cierta forma, nos defraudó. Samoré expresó que deseaba volver a Roma con “un documento de paz “, gestión que no parecía fácil. Nos preguntábamos que significaba esa “lucecita” de la que hablaba. La respuesta llegó a inicios de 1979 en Montevideo, donde ambos países expresaron su voluntad de regresar a la situación militar preexistente.

 

La mediación empezó en mayo de ese año. Samoré pretendía conducir a las partes “hacia una convergencia, conciliando, hasta alcanzar un entendimiento” y destacó que habría que hacer sacrificios ya que al término de la mediación no se podría “hablar jamás de vencedores ni vencidos”. Agregó que los sacrificios se harían “a sugerencia del Augusto Mediador, lo que lo haría más tolerable para las respectivas naciones”.

 

La reserva solicitada por el Papa hizo que el tema desapareciera de las primeras planas; y sólo por quienes participaron directamente supimos de las dificultades para encontrar “convergencias en temas colaterales”. En junio de 1980, Samoré presentó sus “sugerencias” para solucionar “todos los aspectos de la controversia”. Juan Pablo II señaló que entregaría sus propias sugerencias, enfatizando que la solución debería ser “justa, equitativa y honrosa”.

 

Trascendió parcialmente su propuesta por extractos publicados en un diario argentino: se hablaba de una zona de paz, de la navegación austral, de la creación de un santuario y de la separación entre jurisdicciones marítimas. La aceptación chilena a dicha propuesta se conoció seis días más tarde, el 18 de diciembre 1980. La aceptación argentina –por diversos factores– se hizo esperar un tanto más. Recordábamos entonces las palabras de Samoré en el sentido de que en estos temas había “que tener una botella de sapiencia, un barril de prudencia y un océano de paciencia”.

 

Nuevas circunstancias modificarían esta situación: el contexto político interno argentino había cambiado y la discreta y efectiva acción de los embajadores Barberis y Benadava logró acercar posiciones al sugerir la eliminación de ciertos aspectos de la propuesta papal. Posiblemente, la diplomacia vaticana no esperara tal modificación, pero ella contribuyó a un desarrollo más substancial de las negociaciones. Así, a fines de enero de 1984 se reunieron las delegaciones encabezadas por los cancilleres Dante Caputo y Jaime del Valle, y el cardenal Agostino Cassaroli les comunicó que “al haberse encontrado ese equilibrio justo y equitativo”, se podía pensar en suscribir un tratado de paz.

 

Estas nuevas negociaciones se prolongaron un año más: se discutió acerca del límite marítimo, se delimitaron las zonas económicas exclusivas y la boca del Estrecho y se definió la navegación por el Beagle y el estrecho de Le Maire. Más importante aún fue agregar un tratado de solución pacífica de controversias que reemplazaría al suscrito en 1972.

 

En octubre de 1984, se anunció que existía “plena coincidencia” y se dieron a conocer los aspectos principales del tratado. Dado que el presidente Raúl Alfonsín estimó consultar a la opinión pública, la ciudadanía argentina se pronunció a favor del tratado en un plebiscito. En ambos países, el texto se sometió a los trámites legislativos correspondientes y el 29 de noviembre, en la Sala Regia del Vaticano, los cancilleres firmaron los seis ejemplares del Tratado. Así, el día antes de que se cumplieran seis años del inicio del proceso de mediación, en una ceremonia presidida por el Sumo Pontífice, se hizo el intercambio de ratificaciones, dándose fin al proceso.

 

Preferiría que no me preguntasen si recuerdo algo de aquel tiempo o de las reacciones chilenas, si es que las hubo. Lo que todos recordamos es la tan esperada visita del Papa a nuestros países en abril de 1987. Recordamos su sonrisa y su mensaje. Olvidamos por qué tuvo que venir y nos dedicamos sólo a agradecer su presencia y su cariño. Ahora, tantos años después, me pregunto qué hemos construido con esa paz y qué ha pasado en la Zona de Paz Austral. ¿Fueron sólo promesas para salir del paso o seremos realmente capaces de llevar el proceso de integración a la zona austral y antártica?

 

La autora es miembro del Centro de Estudios Hemisférico y Polares de Chile. El texto es parte de su conferencia en el marco del “Encuentro Binacional por la Paz” organizado recientemente por la Universidad de Congreso, en Mendoza.

« AnteriorSiguiente »

Revista Criterio