Revista Criterio
Cultura
Nº 2227 » Octubre 1998

Afrodita. El jardín de los perfumes

por · Comentar 

Alguna vez, Pasolini planeó hacer una “Orestíada africana”, situando el antiguo relato griego en algunos de los nuevos países negros, y exponer de ese modo el paso de un tiempo mítico a un tiempo histórico, asunto más que interesante y complejo. De aquel intento quedaron, filmados, sus Appunti per una Orestiada Africana, que incluyen una mesa de discusión con estudiantes negros en Europa.

 

Pablo César tiene cierta inclinación pasoliniana, y así como su película anterior, Unicornio, filmada en el norte de la India, remitía (perdiendo en la comparación) a las Mil y una noches, Afrodita más o menos involuntariamente remite también al mencionado proyecto, y a otras expresiones del viejo poeta italiano. Para el caso, tomó un mito griego, cambiándolo de geografía lo que es comprensible no sólo por razones de costo sino por la búsqueda de un aire arcaico, donde el tiempo pareciera detenido y, en especial, cambiándolo de sexo, lo que es comprensible sólo tratándose de César. En apariencia, una obra pagana, homoerótica. Pero en esencia, un drama, donde la “diosa de confusiones y de miedos, de infidelidad y desamor” termina enrostrando a los presentes un sermón contra fariseos e hipócritas, y contra las religiones en general, por represivas, etc. Y no falta la amputación del niño Príamo a cargo de su propia madre, en este caso, en fin…

 

Actores aficionados mirando largamente a cámara, recitando o tocándose levemente en rituales estáticos, en representaciones simbólicas e invocaciones pretendidamente antiguas, dando círculos. Lugares exóticos, con árboles solitarios, casi secos, enhiestos en tierras áridas. Mujeres cubiertas y lejanas, grupos de hombres con túnicas, o semidesnudos. Triángulos. Viento, crepitar de fuegos, música de diversas culturas, letanías en una lengua latina inventada por el propio autor, que los negros de Malí, donde se filmó la película, hablan con un dejo afrancesado. Hay bastante de Pasolini en todo eso, incluso la presencia del autor rubricando la obra, estilo Decamerón ; en este caso César, además, está envuelto en los vestidos de su personaje. Pero todo eso no basta para ser pasoliniano. Falta lo principal: falta profundidad, falta poesía.

 

En el momento de su estreno hemos sido respetuosos de César, de lo que quiso hacer, y de lo que quiere ser como persona y como artista. Con esta película culmina una trilogía (la primera fue Equinoccio , rodada en Túnez) en cuya concreción sólo él creía. Además recorrió mundo, demostró que es posible filmar de modo interesante a costos más que bajos y, sobre todo, desarrolló un estilo y una temática muy propios, que lo afirman como un autor bien personal. Si tuviera otra nacionalidad, o un corrillo de intelectuales a su lado, también estaría consagrado entre los simpatizantes del cine under , y del “quier” que es lo suyo. Pero eso, ay, no significa que sus obras sean realmente logradas. Al contrario, más bien son aburridas, reiterativas, y hasta podría decirse infatuadas.

Comentar con mi usuario de Facebook

comentarios en Facebook

Deje su comentario en nuestro sitio Web

Escriba su comentario aquí

Revista Criterio