Revista Criterio
Cultura
Nº 2398 » Noviembre 2013

Albert Camus, escritor de un siglo

por Barros, Raquel · Comentar 

lapidacamus1-2Cien años atrás, el 7 de noviembre de 1913, nació Albert Camus, uno de los escritores centrales del siglo XX. Francés de origen africano, miembro de una minoría, niño pobre, joven atravesado por el absurdo de una época “de dioses muertos e ideologías extenuadas”, construyó una obra en la que reivindica la función, ya no de “rehacer el mundo”, sino  de “evitar que…se deshaga”.

Albert Camus nació en Orán y vivió en Argelia hasta los treinta años. El dato no es una mera referencia biográfica: es una marca constitutiva de su personalidad y de su obra. Fue un hombre de frontera, en el límite entre Europa y África, ligado íntimamente al paisaje por la experiencia de infancia y juventud argelinas y protagonista, a la vez, en los conflictos de un mundo en crisis.

Nació un año antes de la primera guerra mundial, en la que murió su padre; se crió, huérfano, en el estrato más bajo del grupo de los pieds-noir, descendiente de europeos en medio de una mayoría de árabes argelinos, en una familia cercada por la miseria y el analfabetismo, “que hace que las gentes no tengan nombre ni pasado”. En el discurso que dio en ocasión de recibir el premio Nobel, se declaró integrante de la generación que nació con la primera guerra; que padeció también la de España, la segunda guerra mundial, “el universo de los campos de concentración, la Europa de la tortura y las prisiones (…) en un mundo amenazado de destrucción nuclear”.  Esta participación en el grupo que sufrió los hechos que conformaron una “historia demencial”, le permitió entender la atracción de alejarse del optimismo y colocarse al borde de la desesperanza.

Por tanto, Camus admite que el mundo inexplicable alienta en el hombre la sensación del absurdo[1], sin embargo, considera que “el verdadero pesimismo consiste en encarecer tanta crueldad e infamia”. Si “en la experiencia absurda el sufrimiento es individual”, al rebelarse, el hombre asume la conciencia de ser colectivo, de vivir “la aventura de todos”[2]. Desde esta perspectiva, propone una “literatura desesperada”: el escritor asume la función de escribir para integrarse con los otros y ofrecerles, empecinadamente, “una imagen privilegiada de dolores y alegrías comunes”.

“Jamás he podido renunciar a la luz”

Para iluminar el mundo en sombras, Camus retorna, recurrentemente, a su lugar de origen a fin de recuperar “una luz en la cual nací y en la cual, hace millones de años, los hombres aprendieron a celebrar la vida…”. Este rencuentro con la zona no se limita sólo a la exaltación de un paisaje más luminoso –en su más amplio sentido– que el de las grandes capitales, que esplende en el tono celebratorio de los textos de Verano. Es también el reservorio de una experiencia que permite alumbrar la vida entera, cifrado en el “espectáculo de la belleza que era mi única riqueza”.

Esta “fidelidad instintiva a la luz” se hace patente en los textos camusianos, en los que se reitera la presencia de la luminosidad que alumbra los espacios sombríos. Así, en La peste (1947), la novela que relata el avance de una epidemia en la ciudad de Orán, a medida que la cantidad de víctimas y el progresivo deterioro de la condición humana se van adueñando de la ciudad, en el texto se construye un ámbito de oscuridad por la insistencia y variedad de menciones: “Era la hora en que, por orden superior, retardaban en los cafés el momento de dar luz. El crepúsculo invadió la sala como un agua gris, el rosa del poniente se reflejaba en los vidrios y los mármoles de las mesas relucían débilmente en la oscuridad que aumentaba. En medio de la sala desierta, Rambert parecía una sombra perdida…”[3]. “En el descansillo, el doctor intentó en vano hacer funcionar el conmutador de la luz. Las escaleras estaban sumergidas en la sombra”.[4]

Como contraposición, la figura de Rieux, el médico que lucha con pasión para combatir el mal, suele presentarse relacionada con la aparición o el aumento de la luz. La dolorosa escena de la agonía del hijo del juez coincide con el amanecer; mientras esperan el desenlace, Rieux se contiene para no responder al comentario desafortunado del padre Paneloux y dirige su mirada al niño. Una breve anotación señala: “La luz crecía en la sala”.

En El exilio y el reino –su único volumen de cuentos–, el primero, “La mujer adúltera”, relata el viaje de un matrimonio a través de la aridez del desierto. No los guían los mismos motivos: el marido intenta hacer algún negocio; su esposa lo acompaña, sin saber bien por qué. Viven una vida también árida; a él nada parece interesarle, salvo sus negocios. “No habían tenido hijos. Los años habían pasado en aquella penumbra que mantenían con los postigos entornados”[5]. Durante el viaje, la protagonista comienza a vislumbrar, dolorosamente, esta situación; en la visita a un fortín irá atravesando el proceso de reconocimiento de su fracaso, alumbrado por continuas  referencias a la luz: “A medida que subían el espacio se iba ampliando, y ascendían en medio de una luz cada vez más vasta, fría y seca, en la cual cada sonido del oasis les llegaba con una pureza nítida. El aire iluminado parecía vibrar a su alrededor…”[6]. Más tarde, sola, regresa al mismo sitio, “medio a ciegas, en la oscuridad”, aunque distintas luces van señalando su camino. Al fin, el espectáculo del cielo cubierto de estrellas “como luminarias a la deriva”, le permite sentir que, más allá del sufrimiento, puede recupera sus raíces, “como si la savia volviera a subir por su cuerpo”.

“Niños, niños sobre todo”

La zona le devuelve a Camus no solamente el paisaje, sino también el momento de la infancia, que se revive en El primer hombre, el texto que llevaba con él en el momento de su muerte y que no llegó a terminar. El protagonista es un niño, Jacques Cormery, en el que –a pesar del enmascaramiento del cambio de nombre, del uso de la tercera persona narrativa que niega la autobiografía– se reconocen los datos del autor. Este texto mutilado por el accidente recobra, como un momento luminoso, el tiempo nunca perdido de la infancia. El protagonista, privado de toda clase de bienes materiales, ahonda en los que le brinda, gratuitamente, el mundo: a través de esta mirada inundada por la gracia, el texto se constituye en la épica de una etapa en la que las riquezas son el sol, el mar, la playa, la libertad, los juegos.

Jacques Cormery es solamente uno de los niños que aparecen en la obra de Camus y que se constituyen, siempre, en un foco de atención en el texto. Así ocurre –es inevitable mencionarlo nuevamente– con el hijo del juez Othon, en La peste. Rieux y sus ayudantes ya han visto morir a otros niños, pero en este caso siguen su sufrimiento “minuto tras minuto”, conmovidos por el “escándalo” del “dolor infligido a ese inocente”. Después de lanzar un “grito sostenido…que parecía provenir de todos los hombres a la vez”, el niño muere. Su muerte es una provocación para el médico; justamente porque se trata de un inocente, Rieux se rebela: “estoy dispuesto a negarme hasta la muerte a amar esta creación donde los niños son torturados”.

La anécdota de la obra teatral Los justos se basa en un atentado en la Rusia zarista, en 1905, que Camus refiere también en El hombre rebelde, en su minucioso relato de la historia del terrorismo. El primer intento fracasa porque el encargado de llevarlo a cabo no se atreve a arrojar la bomba contra el coche del gran duque: hay niños dentro de él. Kaliayev explica lo sucedido; en Ucrania, cuando conducía su coche, no le tenía miedo a nada. “Nada en el mundo, salvo atropellar a un niño”. Su respuesta origina una discusión: sus compañeros le recuerdan cuál era la misión que le había encomendado la organización. Kaliayev da una respuesta en la que plantea –según términos de Camus– una moral de los límites: “Pero no me había pedido que asesinara niños”.

Más allá de la repercusión que alcanzó en su momento, la  literatura de Camus –en la que vibra una honda conciencia de su época– mantiene su actualidad por la misma insistencia con que nos interpela, como lectores, al planteo de los aspectos más profundos de la condición humana, “los pocos valores sin los cuales el mundo, aun transformado, no vale la pena ser vivido, sin lo cuales un hombre, aunque vivo, no merece ser respetado”.


[1] No es inútil recordar que Camus organizó su obra en tres partes. La primera, dedicada al absurdo, toma como referencia el mito de Sísifo, personaje absurdo que cumple su condena sin esperanza. Dentro de esta parte se incluyen, entre otras obras, las novelas El extranjero y La peste.

[2] La segunda parte de la obra de Camus se centra en la rebeldía como superación del absurdo. El ensayo El hombre rebelde desarrolla su postura teórica, que se condensa poéticamente en el drama Los justos.

[3] Camus, A. (1978) [1947]. La peste. Sudamericana: Buenos Aires, p.89

[4] Ib. P.105

[5] Destacado nuestro

[6] Camus, A. (2001) [1957]. El exilio y el reino. Alianza: Madrid, p. 22

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