Revista Criterio
Cultura
Nº 2342 » Octubre 2008

Flannery O´Connor: el arte del cuento

por Barros, Raquel · Comentar 

Precisamente porque no se la conoce es necesario referir tres datos básicos acerca de Flannery O´Connor: era católica en una nación mayoritariamente protestante; vivió una vida breve, atravesada por la enfermedad; nació y se quedó en el sur de los Estados Unidos. Estos aspectos impregnan su escritura, que se suele vincular con otros nombres tan representativos de aquella región como William Faulkner y Katherine Anne Porter.

 

Flannery O´Connor nació en 1925 y murió en 1964. En el corto tiempo que le concedió el lupus escribió dos novelas –Sangre sabia (1952) y Los profetas (1960)– y dos libros de cuentos: Un hombre bueno es difícil de encontrar (1955) y su póstumo Todo lo que asciende tiene que converger (1965).

 

Los dos últimos volúmenes incluyen una veintena de cuentos: en esa escasa cantidad, no son pocos los que pueden calificarse de memorables. A pesar de que entre ambos existe una innegable unidad dada por una serie de rasgos comunes, tanto en la temática como en el relato, también se pueden notar diferencias evidentes. En el primero vibran con mayor potencia el Sur y sus personajes; en el segundo, se intensifica la mirada sobre las relaciones humanas, privilegiando las de padres –sería mejor, tal vez, precisar “de madres”– e hijos, inevitablemente signadas por la incomprensión y el fracaso.

 

“El corazón del relato… es probablemente una acción, un gesto del personaje (…) Debe ser… totalmente correcto y, al mismo tiempo, totalmente inesperado”.

 

Flannery O´Connor, además de escribir cuentos, desarrolló reflexiones teóricas sobre el género (1). Hablar de una teoría sobre el cuento (short story) remite necesariamente a otro norteamericano, Edgar Allan Poe, que sentó sus bases en un escrito que sirvió como paradigma para la construcción del relato. Entre los elementos que cita en su definición del género están la acción única y el final sorprendente. Flannery O´Connor, en El arte del cuento, los retoma como “corazón del relato”. Poe considera central la tensión que se va generando en el texto para llegar al final; en los relatos de Flannery O´Connor la tensión es producto de la violencia, explícita o latente, pero siempre feroz.

 

Un hombre bueno es difícil de encontrar es, sin duda, el cuento más conocido de la autora; es, además, una buena puerta de acceso a su universo. Una anciana emprende un viaje hacia Florida con su hijo Bailey, su nuera y sus nietos. Va a disgusto: numerosos hechos van creando un clima de incomodidad, provocado en especial por ella, que no deja de intervenir para mostrar, elípticamente, su disgusto; abonan también el ambiente las respuestas de sus nietos y la ausencia de intervención de los padres. En el corazón del relato están la “acción” y el “gesto”: en medio del viaje, a causa de un desvío que ella misma sugiere, reconoce a un asesino: el Desequilibrado; este hecho firma la sentencia de muerte de todos los integrantes de la familia. La anciana habla sin parar con el criminal. En medio de la conversación en la que le reitera que es un hombre bueno e insiste en preguntarle si reza, se va escuchando el sonido de disparos: los tres finales matan a la mujer, quien acaba de llamar “hijo” al asesino.

 

De distinta manera, pero con no menos intensidad, la violencia es también el eje de Una vista del bosque. El cuento comienza con una pacífica escena familiar: un abuelo y una nieta –una pequeña réplica… del viejo– comparten las mañanas observando una máquina excavadora, imagen que anticipa el conflicto. La niña es la preferida, “la más lista y más guapa que había conocido” y “el único miembro de la familia que él respetaba”, ya que considera que el resto (su yerno, su tercera o cuarta hija –nunca recordaba de cuál se trataba– y los otros seis hijos de la pareja) es “imbécil”. El viejo profesa la fe en el progreso, es expresión del “hombre que miraba hacia el futuro”. Esto lo impulsa a poner en venta una parcela del terreno, en la que juegan los niños, para instalar una estación de servicios. Su nieta, a raíz de la decisión, le entabla una guerra sorda. La primera manifestación de la violencia es la omisión de los ritos que los unen: no le habla, no lo despierta poniéndose a horcajadas sobre él, no acepta su dinero. Pero luego pasa a la acción, en la que estalla, incontenible:

 

“Una botella se estrelló contra los estantes de conservas que había detrás de donde antes estaba el hombre. El viejo se volvió rápidamente. Mary Fortune estaba en la puerta, con el rostro encendido y una expresión iracunda, preparada para lanzar otra botella. Cuando él se agachó, se rompió a sus espaldas sobre el mostrador y la niña ya estaba cogiendo otra de la caja. Se precipitó sobre ella. (…) El viejo volvió a lanzarse sobre ella y esta vez la agarró por el borde del vestido y la sacó a rastras de la tienda”.

 

El final, totalmente inesperado, comienza con la brutal paliza que le propina a la nieta –a quien siempre había intentado defender de las agresiones de su padre– y culmina del mismo modo: en obvia oposición al principio, el abuelo se encuentra solo frente a un paisaje desolado en el que la única presencia es la máquina, “un enorme monstruo amarillo, tan inmóvil como él…”.

 

Un motivo que se reitera como generador de violencia es la amenaza que ejerce el otro, el de afuera. Una extensa lista de cuentos lo aborda; algunos ejemplos son Un círculo en el fuego, Los lisiados serán los primeros, Las dulzuras del hogar, La vida que salvéis puede ser la vuestra. Tal vez es en La persona desplazada donde se despliega con mayor intensidad el juego discriminatorio con el extranjero. El cuento se construye a través de la mirada: se observa a los Gobblehook, los inmigrantes europeos que llegan a trabajar en la granja de la señora McIntyre, precedidos por las imágenes de un noticiero que muestra las cosas espantosas que estaban ocurriendo en Europa, y que “podían haber acarreado con ellos, a través del océano, todas esas costumbres criminales hasta ese mismísimo lugar. Si venían de donde esa clase de cosas se practicaban contra ellos, ¿quién podía decir que no eran de la especie de gente que podía hacer lo mismo a sus semejantes?”

 

 “En la mayoría de los buenos cuentos es la personalidad del personaje lo que crea la acción de la historia”.

 

Los cuentos de O´Connor ponen en práctica esta declaración teórica: los personajes son centrales, verdaderos actantes que sustentan la acción del relato. Pertenecen a la misma cepa que los de Faulkner: gente del Sur, la clase menos acomodada, granjeros que han obtenido con esfuerzo algún bienestar; por debajo de ellos, los “pobres blancos”, despreciados por el resto de la población, apenas un escalón por encima de los negros, a los que desprecian ambos. Pero además del corte social existen otros rasgos que los vinculan: podría definírselos, como mínimo, como “particulares”. El conjunto forma una galería de seres grotescos, figuras ubicadas en el límite, frente a las cuales el lector experimenta sentimientos encontrados: inquietud, desagrado, compasión. Otro rasgo común es la significativa dificultad para las relaciones interpersonales que los enfrenta a la incomunicación.

 

El primer acercamiento de los personajes al lector se realiza, habitualmente, a través del clásico modelo de la descripción: “Aunque la anciana vivía sola en ese lugar desolado con su hija y jamás había visto al señor Shiftlet, supo, aun en la distancia que mediaba, que se trataba de un vagabundo y que no representaba ningún peligro. El hombre llevaba recogida la manga izquierda del abrigo para mostrar que sólo tenía medio brazo y su escuálida figura se inclinaba levemente hacia un lado como si la brisa lo empujara. Llevaba un traje negro y un sombrero de fieltro marrón levantado sobre la frente y caído en la nuca, y una caja de herramientas de hojalata que sostenía del asa”(2).

 

La primera mirada puede engañar: así le sucede a la anciana Lucynell Crater en su juicio sobre el recién llegado, al que no considera peligroso. O bien estar cargada de prejuicios, como la de la señora McIntyre cuando recibe a los desplazados: éstos la sorprenden ya que se parecen “al resto de la gente”, mientras que antes de conocerlos, “la imagen que había tenido de ellos era la de tres osos, caminando en fila india”.

 

La autora sostiene que en la escritura de ficción “el trabajo no consiste en decir cosas, sino en mostrarlas”, así que, además de exponer en detalle a los personajes, hace que actúen. Actúan con violencia de distinto tipo y, como ya se señaló, no está ausente la discriminación: los granjeros tienen una mirada negativa sobre sus empleados, los cuales, a su vez, tienen una mirada similar sobre los negros. Otra de las formas en que se puede manifestar es a través del engaño, un engaño flagrante y dañino. En La vida que salvéis puede ser la vuestra, éste se pone en juego entre Shiftlet –el extraño que se presenta como un hombre de corazón puro e “inteligencia moral” mientras que “hoy día la gente hace cualquier cosa”–, y la anciana Crater, que pregona las cualidades de su hija, “la criatura más dulce de la tierra (que)… además es lista”, y a quien “no dejaría ni por un cofre de joyas”. Negando su discurso, ambos se mostrarán en sus acciones: la vieja entrega sin problemas a su hija –que en realidad “rondaba los treinta años”, por más que su madre le adjudicara la mitad, “era por completo sorda y no había hablado una palabra en su vida”– a Shiftlet, que después de obtener el auto y unos pesos la abandona a unos pocos kilómetros, dormida, en un parador del camino.

 

Los personajes también actúan a través del diálogo. No es extraño que después de su presentación se produzca una charla entre dos personajes, muy habitualmente la dueña de la granja y la mujer del casero. Lo notable es la facultad para que estas conversaciones sean auténticos “diálogos de sordos”, en los que cada uno de los participantes expone su propia idea, sin registrar la del otro o negándola. Así se muestra en Un círculo en el fuego, en el que la señora Cope intenta sustraerse al relato tremendista de la señora Pritchard, insistiendo en la necesidad de estar agradecidos por todo lo que la vida brinda. O, peor aún, en el encuentro entre la anciana y el Desequilibrado, en el que cada uno va desarrollando su propia idea hasta un final que demuestra que nunca pueden encontrarse.

 

“Un cuento compromete, de un modo dramático, el misterio de la personalidad humana.”

 

El segundo volumen de relatos, Todo lo que asciende tiene que converger, está integrado por nueve cuentos producidos en los últimos ocho años de vida de la autora. La presencia constante de la muerte y de los mismos conflictos, intensificados, los vuelve una sensible reflexión acerca de la condición humana.

 

El primero de la serie, que da título al volumen, ubica el vínculo madres / hijos en el centro de las problemáticas relaciones humanas. Un sombrero estrafalario, una madre excedida de peso que lo lleva puesto a su clase de adelgazamiento y un viaje en autobús son los pocos elementos que permiten, a través de la mirada narrativa focalizada en Julián, el hijo, una reflexión sobre el vínculo y sobre un orden que está cambiando. Mientras la mujer evoca con nostalgia el tiempo en el que su familia disfrutaba de una posición importante, tanto que su abuelo “tenía una plantación y doscientos esclavos”, su hijo piensa en la dificultad que le provoca vivir “de acuerdo con las leyes de su propio mundo imaginario y nunca… aventurarse fuera de él”. Un incidente con una negra hará que amargamente se lo señale: “Lo que todo esto significa es que ha desaparecido el viejo mundo […] De ahora en adelante tendrás que vivir en un mundo nuevo y enfrentarte por primera vez a algunas cosas.”

 

El segundo relato, Greenleaf, ubicado nuevamente en el ámbito de una granja, enfrenta a la señora May, la dueña, con el señor Greenleaf y sus dos hijos, propietarios de un toro que invade su tierra. Dos son también los hijos de la señora May, muy distintos pero con un rasgo común: a ninguno le importa lo que ocurra en la propiedad. La situación se tensa por su pasividad, por la prescindencia de Greenleaf y sus dos hijos, que nunca aparecen para responsabilizarse del toro y por el riesgo en que pone a su vacada. Finalmente la señora May –que se siente “una víctima”– se hace cargo de la situación e intima al señor Greenleaf a que sus hijos retiren el toro o a matarlo al día siguiente. En el final, en una figura de intenso contenido violatorio, se convierte efectivamente en víctima de la embestida del toro, que “había sepultado la cabeza en su regazo, como un amante loco y atormentado… Un cuerno se hundió hasta clavársele en el corazón y el otro le rodeó el costado aprisionándola en un abrazo irrompible”. Mientras cae, “su mirada era la de una persona que ha recuperado la vista de golpe y encuentra la luz insoportable”. En el gesto final, “parecía que la mujer estuviera susurrando una última revelación al oído del animal”.

 

Podría citarse cada uno de los cuentos como nuevo ejemplo de un relato que se conforma en la consideración de un mundo viejo que concluye y uno nuevo al que se accede en una visión que lo devela: esta epifanía se produce en el enfrentamiento con la muerte. Lo sintetiza, en duras palabras, uno de los personajes: “Estamos todos condenados –dijo– pero algunos nos hemos arrancado las vendas de los ojos y vemos que no hay nada para ver. Es una especie de salvación”.

 

Los cuentos completos de Flannery O´Connor se reúnen en la edición de bolsillo de Contemporánea. Antes de abordarlos, es útil tener en cuenta dos problemas: la traducción en un dialecto que nos resulta ajeno, en especial en los diálogos; y que efectivamente estén reunidos todos los cuentos, incluso algunos muy prematuros que pueden desalentar al lector no avisado. Una frase del prólogo afirma: “Los relatos de Flannery O´Connor tienen el poder supremo de agitar nuestra conciencia. No es posible permanecer indiferentes ante ellos”. Vale la pena saltear los escollos señalados para coincidir: nadie sale igual de la lectura de estos relatos.

 

Notas:

 

1. En un ensayo breve, El arte del cuento, F. O´Connor pone las bases de su concepción del relato corto.

2. O´Connor, Flannery. “La vida que salvéis puede ser la vuestra” en Cuentos Completos, Buenos Aires, Debolsillo, 2007, p.228

 

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