Revista Criterio
Cultura
Nº 2355 » Diciembre 2009

La escuela secundaria: ¿Dónde está el problema?

por Magdalena, Gustavo Javier · 2 Comentarios 

escuelaLa ley nacional de educación, sancionada en 2006, prescribe la obligatoriedad de la enseñanza secundaria. ¿Es algo posible? Y sobre todo, ¿qué contenido le daremos para evitar que se convierta en una simple expresión de deseos o en un cliché para tranquilizar conciencias? Planteándonos el porqué y el para qué de una enseñanza secundaria para todos podremos empezar a construirla efectivamente.

Antes de iniciarse el ciclo lectivo 2004, Daniel Filmus, entonces ministro de Educación y actual senador nacional, afirmaba en el CONSUDEC que “si hay un problema en la Argentina es, sin lugar a dudas, la calidad de la educación media”. Veamos en qué consiste el problema.

Siempre se ha considerado la adolescencia como una etapa difícil de la vida, contestataria, desafiante para instituciones como la escuela. Hasta el comienzo de los procesos de reforma educativa en la década del noventa, el problema del secundario se explicaba por el autoritarismo y la rigidez de la educación tradicional, que no contemplaba ni los intereses ni las necesidades de los alumnos. Una pedagogía basada en la exposición magistral y en la acumulación de datos, combinada con una disciplina rígida y cercenadora de la libertad de los alumnos, era la causa de los problemas. La salida se hallaba en la transformación de las prácticas institucionales y de los estilos pedagógicos. Si las escuelas y los docentes fomentaban la participación del alumnado, establecían acuerdos de convivencia, favorecían la creatividad y la construcción personal del aprendizaje y propiciaban el desarrollo de destrezas por sobre la incorporación de contenidos, la respuesta de los púberes y adolescentes escolarizados sería distinta: activa, entusiasta, comprometida con el conocimiento.

Sin dejar de reconocer la validez de muchos de estos postulados reformistas, la realidad ha demostrado que pese a su incorporación a las prácticas pedagógicas, la respuesta de los alumnos distó de ser la esperada. Hubo que buscar otra causa para el problema y, en el marco de la crisis de principios de siglo, comenzó a enfatizarse la incidencia de la realidad socioeconómica en el comportamiento y rendimiento de los alumnos. En una sociedad crecientemente desigual, se ha construido, en palabras de la especialista

argentina Guillermina Tiramonti, “una perniciosa división entre pobres y perdedores que asisten a las escuelas públicas y ganadores competitivos que acceden al circuito privado”: la institución escolar encierra a los grupos más desfavorecidos en un círculo de reproducción que es muy difícil o imposible romper desde la escuela”. La crisis económica y los problemas sociales impedirían un buen aprendizaje y, hasta que no se resuelvan situaciones como el desempleo, la desigualdad social y la marginación, poco puede esperarse en el aula.

Sin dejar de reconocer la importancia de las condiciones socioeconómicas en la escolarización y el aprendizaje, creemos que no son determinantes. Si lo fueran, no habría forma de quebrar el perverso circuito pobreza-exclusiónmarginación del saber, que deja sin posibilidades de progreso (a la espera de tiempos mejores) a muchos sectores de la población. Las experiencias de escuelas que atienden a poblaciones con grandes carencias socioeconómicas y que, pese a ello, logran mejoras en el aprendizaje de los alumnos, confirman las posibilidades.

Entonces, ¿dónde está el problema? Señalemos algunas de sus manifestaciones:

 

- La desmotivación de alumnos y profesores. Si algo es evidente en el trabajo escolar con los adolescentes es el desgano y la falta de motivación para encararlo. Según Raffaelle Simone, “la práctica escolar a menudo es para los jóvenes una especie de verdadera ficción, de penitencia más o menos prolongada”. Por su parte, el cuerpo docente se halla a la defensiva: debe seducir y contener a un público desmotivado,

cuando no fue preparado para ello; si exige mucho, los alumnos fracasan, los padres se quejan y las autoridades braman; si exigen poco, va perdiendo dignidad y sentido de la responsabilidad.

 

- Lo importante de la vida no pasa por el colegio. Para sectores socioeconómicamente muy desfavorecidos, la prioridad es encontrar algún trabajo o un sustituto para sobrevivir: “¿Para qué voy a perder tiempo? Me dicen que después voy a conseguir trabajo. Pero yo quiero laburar ahora”, es la explicación de un joven de 18 años ante la pregunta periodística (Clarín, 2004). Para aquellos alumnos provenientes de sectores con necesidades básicas satisfechas, la cultura del espectáculo prioriza la diversión (si es nocturna y alejada de los mayores, mejor), “pasarla bien” y coronar la adolescencia con el fundamental y emblemático “viaje de egresados”.

 

- Los menores niveles de conocimientos básicos de los alumnos trajeron carencias conceptuales y procedimentales. El horizonte cultural del alumno se ha reducido drásticamente. El vocabulario que utiliza habitualmente es mínimo. La capacidad para resolver problemas y para encadenar un razonamiento lógico ha disminuido.

 

- La desarticulación entre los niveles. El sistema educativo tradicional poseía una fuerte tendencia a la sectorización y el individualismo. La identidad de la primaria y de la secundaria era muy fuerte, con normas, estilos, formas de organización y didácticas muy diferentes. La distancia entre ambas secciones era tal que muchos alumnos no transitaban con naturalidad el paso de una a otra. Estas características no han sido modificadas por la nueva estructura, pese a que éste era una de sus objetivos.

 

- Los elevados índices de repitencia y deserción: Repetir un año es, en el caso de la escuela secundaria, la antesala de la deserción, especialmente en los sectores más desfavorecidos. Muchos de quienes deben repetir, abandonan la escuela: por eso repiten menos alumnos en el polimodal que en la enseñanza secundaria básica.

 

- Las dificultades para la continuidad de estudios superiores. Las noticias sobre aplazos masivos en los ingresos a las universidades son frecuentes. Pero además las estadísticas de años de cursada, retención de alumnos, conclusión de estudios y obtención de títulos señalan que un mínimo porcentaje de los ingresantes a las universidades alcanzan, en tiempo y forma, sus objetivos académicos.

 

- La violencia en las escuelas. Como en los demás ámbitos sociales, también en las escuelas ha crecido la agresividad, el maltrato, los hechos vandálicos y la violencia. Según datos oficiales, el veinticinco por ciento del alumnado del país incurre en mala conducta escolar.

 

- Las carencias de infraestructura y equipamiento: Hay demasiadas carencias edilicias y de mantenimiento como para aspirar a crear un ambiente material acorde al esfuerzo educativo. Todavía mayor es la falta de equipamiento, desde libros hasta material didáctico. Otro tipo de equipamiento, como el tecnológico y el informático, es aún incipiente para la mayoría de las escuelas argentinas, pese a las grandes posibilidades que hoy existen. Con otro agravante: las escuelas estatales peor equipadas son aquellas a las cuales acuden los pobres. Estas manifestaciones muestran los efectos del problema. Si se pretende superar la situación y avanzar hacia una escuela secundaria renovada, verdaderamente al servicio de los adolescentes, debemos bucear en las causas que explican su estado decadente. Algunas de esas causas son universales: responden a la falta de adecuación de los sistemas educativos a la realidad cultural de las nuevas generaciones. Otras son locales, causadas por decisiones desacertadas de los responsables educativos. Contrariamente a lo que opinan los sociólogos de la educación –cuando ponen la mirada en factores externos al sistema educativo–, creemos que las principales causas de las falencias de la escuela secundaria residen en su misma propuesta y en la falta de decisión política para superar sus problemas.

 

Búsqueda de sentido

 

No sabemos para qué existe el secundario. Se ha perdido el rumbo y para recuperarlo lo primero es precisar y corregir las causas de la desorientación. En primer lugar, existen razones socioeconómicas que le han restado, principalmente a los jóvenes, sentido y motivación por estudiar. La marginación y la exclusión de una considerable cantidad de argentinos marcan un límite para el estudio. Las urgencias de supervivencia llevaron a la deserción y a la salida del sistema educativo formal. Pero además, la escuela ha dejado de ser garantía para obtener un empleo y dejar la pobreza. Si en otras épocas era razonable decir “estudio para ser alguien en la vida” o para “progresar”, en la actualidad tal certeza no existe. Si bien hoy no podemos asegurar empleo a quien concluya con su educación básica, sí sabemos que sin educación no hay ninguna posibilidad de obtener un buen trabajo y, a través de él, mejorar la condición social de la persona. Al poner el énfasis en la contención afectiva y en la promoción  alimentaria, la escuela se ha transformado en un espacio asistencial donde lo académico queda relegado. Sin dejar de atender las necesidades materiales, es preciso convocar a los alumnos de los sectores más vulnerables a estudiar, esforzarse, superar dificultades. Es una forma de respetarlos en su dignidad, de promocionarlos auténticamente.

En segundo lugar, hay razones pedagógicas que explican la desorientación de la enseñanza secundaria. Se ha desvalorizado la importancia de los contenidos culturales a transmitir y la capacidad profesional de los educadores, tildándolo de anacrónico y autoritario. En nombre de la reforma, la pedagogía crítica con sus diversos matices ha demolido un modelo educativo –que sin dudas tenía muchas fallas y carencias–,

pero no ha sabido construir uno alternativo. En las últimas dos décadas se ha puesto el acento en aspectos metodológicos, psicológicos y didácticos poco realistas, mientras que la reflexión sobre el sentido de la educación, del acto de educar y la formación cultural de los agentes educativos prácticamente ha desaparecido del escenario oficial, dominado por los “expertos” en educación.

Antes se había caído en el enciclopedismo, ahora caímos en el pedagogismo. En el pasado, los contenidos culturales valiosos terminaron convertidos en artículos escolares que debían memorizarse y adicionarse sin reflexión crítica. Ahora, hemos confundido la forma con el fondo, y nos estamos quedando sin nada. Durante años hemos dedicado tiempo, libros, investigaciones, dineros públicos a los aspectos formales de la educación, importantes pero no decisivos. Mientras lo hacíamos, la educación argentina comenzó a  hacer agua por muchos lados, no solamente a causa de la crisis económica.

En tercer lugar, la enseñanza secundaria –y todo el sistema educativo en general– no ha registrado el cambio producido en la cultura, la forma de acceder al conocimiento y las formas de aprender de la nueva generación, la primera criada en un entorno de preeminencia audiovisual. No ha habido una preocupación acorde por renovar las estrategias didácticas en el aula. Las nuevas formas de interpretar la realidad que traen los niños y los jóvenes no fueron advertidas por los expertos: “Los responsables de los planes de estudio no parecen haberse preguntado seriamente qué comporta este hecho, qué cambios profundos implica en las nuevas generaciones y qué cambios profundos debería implicar en el sistema educativo” (Joan Ferrés).

Por último, existen razones políticas que explican la pérdida de sentido de la enseñanza secundaria en nuestro país. Más allá de los discursos, la educación no es una prioridad para la política argentina. Darle auténtica importancia significaría que los gobernantes actuaran pensando en el largo plazo educativo, y no se apelara a medidas de corto plazo, en general demagógicas y que procuran satisfacer demandas sectoriales inmediatas. Si se diera importancia política a la educación, se jerarquizaría al educador, no sólo en lo salarial sino reforzando su autoridad y su papel social. Es decir, se alentarían conductas basadas en la responsabilidad, el esfuerzo sostenido, el aprovechamiento integral del tiempo, el trabajo silencioso y la honestidad, marcando con claridad premios y sanciones para el comportamiento de los actores educativos.

 

Superar la mediocridad

 

Estamos en un páramo, sin posibilidades de avanzar, pero nos resulta una situación conocida: nos hemos acostumbrado a la rutina y a un estado de cosas donde el aprendizaje y el esfuerzo son poco relevantes. Muchos actores de la educación parecen haber adecuado sus comportamientos a este escenario: los docentes, al gris de una tarea que reporta pocas satisfacciones; los alumnos, a la ley del menor esfuerzo y a la igualación donde no importan los méritos; los padres, a depositar a sus hijos en las escuelas; los funcionarios, a “pilotear” un sistema sin perspectivas de cambio.

La mejora implicará romper con este paradigma. Dicha ruptura, por cierto, tiene sus costos. Para los docentes, supondrá mayor compromiso personal para poder exigir; para los alumnos, dedicar mucho tiempo al estudio y a la construcción del aprendizaje; para los padres, recuperar su rol de primeros educadores; para los funcionarios, tomar medidas que terminen con la demagogia, el facilismo y saber soportar los embates de quienes se sientan afectados.

La clave es dar sentido al estudio. Sin dejar de lado la perspectiva sociológica, creemos necesario que la política educativa amplíe sus horizontes de análisis y de propuestas. Debe partir de una noción clara, amplia e integral de hombre y de educación, porque sin ella se desdibujan sus fines, el sentido de las medidas y la orientación de su gestión. Las respuestas pedagógicas para la escuela secundaria del Bicentenario no podrán ser uniformes, sino que deberán proponer esquemas orientadores y pautas generales que re-encuadren la actividad escolar, alentando diferentes tipos de ejecución según las necesidades y el estilo de cada comunidad educativa.

Un primer paso será reformular y jerarquizar a la institución educativa, pilar de toda transformación. A la escuela se le pide exigencia y contención. Se insiste –correctamente– en que los alumnos deben aprender mucho y muy bien, para crecer como personas y contribuir al progreso del país. A la escuela se le pide una enseñanza de calidad y nos abruma comprobar que nuestros alumnos saben poco, como lo atestiguan recientes exámenes internacionales y cuando el cincuenta por ciento sucumbe en el primer año de la Universidad. Pero al mismo tiempo, a la escuela se le exige que contenga a todos los alumnos, más allá de sus rendimientos, deseos y gustos. Si es obligatorio que todos estén en la escuela, sea como sea, los profesores deben soportar lo que sea. Cómo podremos llegar de este modo a una educación de calidad es realmente un misterio.

Estar en la escuela no es lo mismo que estudiar o aprender. Es necesario volver a las fuentes: a la escuela se va a aprender, y el aprendizaje implica trabajo, esfuerzo, dedicación, fuerza de voluntad, renuncias. La extensión de la educación, lograr que todos los niños y adolescentes argentinos tengan una sólida formación, no se logrará mediante leyes, el voluntarismo de los funcionarios o –lo que es peor– disfrazando aprendizaje con cifras de escolaridad. Se logrará cuando el que quiera estudiar pueda hacerlo (políticas sociales efectivas) y cuando estudiar sea en la Argentina socialmente relevante y personalmente muy atractivo.

Para rejerarquizar a la institución educativa es necesario renovar el sistema favoreciendo el estudio, la exigencia y el esfuerzo: no se mejorará la educación si los chicos no estudian más y mejor. En la mayoría de los campos, sin estudio no hay aprendizaje. La motivación para el estudio y las estructuras pedagógicas que lo favorezcan son factores necesarios. Por ejemplo: exámenes de promoción integradores en cada área y asignatura como complemento de las evaluaciones corrientes a lo largo del año; exámenes de fin de ciclo secundario o polimodal para acceder al título correspondiente; pautas disciplinarias sencillas, con procedimientos claros, que avalen la autoridad del docente; una nueva estructura del ciclo escolar, ampliada en el año y con dos o tres recesos semanales durante su transcurso, más días de clase para los alumnos que no alcancen los aprendizajes mínimos; un nuevo sistema de asistencia, más exigente y con menor margen que el otorgado en la actualidad; re-enfocar temas que perturban el proceso de enseñanza-aprendizaje, como los viajes y las fiestas de egresados en época de clase. Por cierto, el sistema funcionará y las instituciones se jerarquizarán si se respeta y jerarquiza al buen profesor. Para lograrlo, la política educativa debe favorecer:

- el reconocimiento de la capacidad profesional: No puede haber política educativa exitosa sin la opinión y la adhesión de los docentes; esto requiere valorar su capacidad.

- el fortalecimiento de su autoridad: evitando el igualitarismo pedagógico, porque la relación entre el docente y el alumno no es simétrica. También hay que terminar con la judialización de la educación, donde el recurso de amparo es el arma a esgrimir si no se está de acuerdo con una decisión pedagógica.

- el rescate del oficio didáctico: poner el acento en el aprendizaje y desarrollo de las destrezas  profesionales para el trabajo cotidiano, el saber dar clase. Entre otros recursos, los docentes más experimentados pueden trasmitir sus conocimientos didácticos a los nuevos educadores; promover la reflexión personal y del equipo docente sobre la propia práctica pedagógica; favorecer la observación de clases entre colegas.

 

Nuevos contextos

 

Un cuarto campo de actuación tiene que ver con la introducción de nuevas estrategias didácticas en el secundario. Hay serias dificultades para la transmisión de conocimientos y la construcción de aprendizaje. En el nuevo contexto cultural, la forma tradicional de enseñanza tiene pocas posibilidades de ser efectiva. Se impone un acercamiento lúcido hacia la forma de pensar y de aprender de niños y adolescentes del

siglo XXI. Es indispensable elaborar nuevas prácticas que atiendan, entre otras, a las siguientes cuestiones:

La atención: los alumnos están preparados para atender diversos temas a la vez, sin profundizar en ninguno, casi una forma “zapping” de acercarse a la realidad.

La falta de curiosidad: sobreestimulados por los medios de comunicación masivos, los alumnos conocen a través de sus estímulos y –lo más importante– creen que sólo lo conocido por esos medios vale la pena.

La dificultad para desarrollar el razonamiento lógico: estimulada la percepción e inhibidas las tareas lingüísticas, es necesario repensar las estrategias que permitan desarrollar el razonamiento en los adolescentes. Este esfuerzo es imprescindible no sólo para atender al crecimiento personal de las nuevas generaciones, sino por una necesidad social, ya que solamente con ciudadanos formados en el pensamiento crítico se podrán sostener la democracia y la república.

Complementar las prácticas proposicionales y las no proposicionales: si no logramos su acercamiento y complementación, no podremos transformar el actual estado de desmotivación y desencanto que planea en las escuelas secundarias.

En el marco general de una política educativa, el objetivo de dar más educación y de calidad a los que menos tienen resulta prioritario. Debemos orientar una sustancial parte de recursos –públicos y privados– para brindar una educación de muy buen nivel a los adolescentes de sectores con bajos ingresos o en situación social de marginación.

La realidad es contundente: el sistema educativo no solamente sigue reproduciendo desigualdades sociales, sino que las acentúa en un marco de deterioro progresivo que afecta a la población más carenciada. Este circuito debe ser desarticulado por medio de una acción concreta a favor de Escuelas Prioritarias, es decir, los establecimientos a los que asisten alumnos con bajos recursos económicos y que poseen alta vulnerabilidad social. Estas escuelas deben contar con recursos humanos adecuados, buscando la preparación de los profesores para la atención pedagógica de estos jóvenes, en procura de que los mejores profesionales orienten la educación de quienes menos tienen.

El buen docente es indispensable para romper el círculo vicioso pobreza-educación de mala calidad. También se le deben asignar recursos económicos suficientes: un adecuado sistema de becas y ayudas asistenciales, vinculados al esfuerzo y la superación académica y sin interferencia de punteros o aparatos políticos; inversión en infraestructura, equipamiento y material didáctico.

***

Como hemos intentado mostrar, en la enseñanza secundaria ha primado el facilismo, la laxitud, la falta de liderazgo y de ejemplaridad política. Transformarla es posible, pero se requiere una nueva visión, acuerdo social a favor del esfuerzo y determinación política. Sin educación de calidad para todos nuestros adolescentes no habrá posibilidades de crecimiento, desarrollo e integración social en la Argentina del siglo XXI. ¿Podemos esperar estos cambios? Ninguna ley educativa por sí misma traerá las soluciones concretas que las escuelas y los alumnos necesitan, porque sólo es una organización que prepara condiciones para que los actores educativos ejerzan su responsabilidad.

La transformación supone modificar nuestra forma de pensar, un cambio cultural. No es sencillo, una educación de calidad, integral y personalizadora para los adolescentes argentinos parece una epopeya, pero si la alcanzamos, valdrá la pena el esfuerzo realizado.

 

El autor es directivo del Colegio Marianista y profesor en la UCA.

Comentarios

2 comentarios to “La escuela secundaria: ¿Dónde está el problema?”
  1. Patricia Carola dice:

    Excelente análisis. Como docente, opino que un mayor compromiso con la Institución educativa y con nuestros adolescentes, resultará fundamental para iniciar el cambio.

  2. baldomero hilario gonzalez dice:

    El compromiso por parte de los maestros siempre está latente, no me cabe la menor duda, por eso nos preparamos y actualizamos constantemente. Considero que el problema está en que no hay una verdadera vinculación entre la Secretaría de Educación con las secciones que rigen cada uno de los planteles educativos.

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