Revista Criterio
Cultura
Nº 2286 » Septiembre 2003

La luminosa escritura de Marisa Madieri

por Poirier, José María · Comentar 

La escritora Marisa Madieri, quien fuera esposa del conocido ensayista Claudio Magris, nació en la ciudad de Fiume (hoy Croacia) en 1938, en el seno de una familia de lengua italiana, y murió en Trieste en 1996 1.

 

La ciudad de Trieste, antiguo puerto del imperio austro-húngaro, con sus cafés y sus tertulias, constituyó un mundo aparte en el panorama de la literatura italiana, una ventana que se asomaba a la cultura eslava y mitteleuropea. Fue la patria de Italo Svevo (Ettore Schmitz) y de Umberto Saba, entre otros escritores emblemáticos. Allí James Joyce se ganaba la vida enseñando inglés mientras escribía los maravillosos cuentos de Dublinenses, con obsesiva memoria de su ciudad amada y odiada al mismo tiempo.

 

La obra de Madieri –para quien Triestre tuvo también el doloroso aspecto de los campos de refugiados, donde vivió luego de ser obligada a expatriarse al terminar la guerra– es en extremo parca: tres breves libros que en conjunto apenas superan las trescientas páginas. Verde agua es el sobrio relato de algunos recuerdos familiares de infancia y juventud, unido a reflexiones casi meditativas del presente. Todo es cotidiano, simple y ligero. Pero estas virtudes –que elogiaría Calvino– no le impiden a la autora afrontar ese hondo y oscuro fondo que habita en cada uno de nosotros. El claro del bosque, bajo forma de fábula, cuenta la historia de Dafne, una margarita silvestre. La conchiglia (La conchilla marina) reúne seis cuentos muy diversos entre sí 2.

 

Advierto que estoy empezando a escribir sobre Marisa Madieri como si la hubiese conocido personalmente. Apenas tuve ocasión de hablar con Claudio Magris (en Madrid y en Buenos Aires) cuando ella ya había muerto, y me emocionó el recuerdo de este hombre afable y pudoroso que no podía dejar de transmitir sus sentimientos, a pesar del rígido control que acostrumbra imponerse. Acaso sí conocí a Marisa, íntimamente, como lector: encontré en sus páginas la maestría del vivir agradecida a los demás. Concluye así Verde agua, con valor de testamento:

“Junto a una ventana, yo hojeo estas páginas, que de improviso, pequeñas gotas en el océano de lo vivido, me parecen pobres e inadecuadas hasta para transcribir ni siquiera este momento de serenidad.

Fuera, la noche clara, rebosante de estrellas, guarda rostros y palabras que no sabré decir jamás. Gran parte de mi historia se hunde en esta dulce oscuridad, similar quizá a aquella, grande y buena, que me acogerá un día en la paz en la que ya habitan mi padre y mi madre.

Pero no siento tristeza, sólo gratitud. Si he regresado a Ítaca, si en los largos silencios de mi vida han resonado por un instante las notas del vals que los planetas y las estrellas, tan relucientes esta noche, danzan en la odisea de los espacios, siento que debo dar las gracias a una multitud de personas, incluso a las que he olvidado, que al quererme, o simplemente al estar a mi lado, con su presencia fraternal no sólo me han ayudado a vivir sino que son, quizá, mi vida misma”.

 

Algunos críticos hablan de ella como de una “escritora epifánica”, una “escritora de culto”, una “narradora secreta”. Ciertamente es la suya una voz queda, más propia de la confidencia entre amigos que la del discurso para el gran público.

A propósito de la exquisita brevedad casi perfecta de su prosa, recuerdo aquella nota que escribió Cristina Campo –otra originalísima escritora– de sí misma: “escribió poco y le hubiera gustado escribir menos”. La autora de Gli imperdonabili (Los imperdonables) sugiere la borgiana idea de un autor sin obra, un autor sin palabras, todo ser, todo misterioso instrumento del Ser 3. Escribe Madieri: “Necesito tantas cosas para llenar pocas páginas”.

 

***

 

¿Son estas consideraciones crípticas y difíciles? ¿Son oscuras estas frases?

Si así lo fueran, acabo de traicionar sin querer a Marisa Madieri, escritora de excepcional transparencia y de luminosa narrativa.

 

Todo lector, si prepara su espíritu para el encuentro, podrá gozarla y establecer con ella una amistad personal.

 

Madieri tiene la ágil perfección de quien ha sabido esperar años y podar sus páginas con increíble voluntad antes de publicar (Simone de Beauvoir confesaba que era mucho más difícil cortar que escribir). Todo lo dice con una simplicidad que desconcierta y encanta. Todo es vital y sustantivo. Su mirada nunca regala elogios inmerecidos pero tampoco se encierra en la crítica resentida: es capaz de contarse a sí misma y a los demás con hondo conocimiento de la naturaleza humana. No se le escapan los detalles más tiernos ni las zonas de sombra más vergonzantes. Pero, finalmente y sin faltar a la verdad, su literatura redime a los personajes con una suerte de “natural misericordia”. Hay un eco místico en su voz: “Hay algo bueno en envejecer. Se gana serenidad, conciencia y, al mismo tiempo, humildad. Siervo inútil, está escrito en el Evangelio”.

 

Y más adelante, siempre en Verde agua, el 26 de abril de 1983, recordando la indignación que le produjo de chica una injusticia sufrida, anota: “Como si el dolor del mundo entero me hubiese caído de golpe sobre los hombros, todas las lágrimas, acumuladas durante largo tiempo en el fondo de mi corazón en pequeños y duros cristales, se habían disuelto de golpe formando un río impetuoso que me arrastraba. Lloré la muerte de mis abuelos, el encarcelamiento de mi padre, la lejanía de mamá, el exilio y la soledad, la falta de besos, los agujeros en los zapatos, lloré el esfuerzo de crecer y la pena de existir”.

 

Y el 2 de mayo, en la escuela, frente a la estatua de una Virgen cuyo manto celeste la atraía, escribe: “Debía de ser hermoso el Paraíso si era del color de ese manto y estaba adornado de tantas estrellas brillantes como las que enmarcaban el rostro de María”.

 

Al recordar un día feliz de verano frente al mar (el mar constituye un tema clave en la narrativa de Madieri, tanto por su trasparencia como por su oscuro fondo), sólo escribe: Cantar de los Cantares 7, 12. No le dice más al lector sobre ese momento. Deja que vaya a buscar el texto bíblico:

 

“¡Ven, amado mío,

salgamos al campo!

Pasaremos la noche en los poblados…”

 

Al mismo tiempo, la autora busca en la soledad matutina de su casa (cuando marido e hijos no están) el ámbito de la introspección, al estilo del “cuarto propio” de Virginia Wolf: “En el silencio de la casa, cuando durante la mañana me quedo sola, reencuentro la felicidad de pensar, de recorrer el pasado adelante y atrás, de escuchar el fluir del presente”.

 

***

 

¿Quién, como Madieri, puede hablar de la piedra antes indiferente que, luego de conocer las caricias involuntarias de una ardilla, sufre la nostalgia de la vida desde su conmovedora inercia mineral? (El claro del bosque).

 

¿Quién, como ella, al recordar el viejo protagonista a la amada ya muerta de su juventud puede concluir: “Nada había existido antes de nosotros”? (La conchiglia). Habla de la experiencia totalizante y fundante del amor. De un amor recordado con tanta frescura y vitalidad que, después de muchos años, sigue narrándose en tiempo presente.

 

¿Quién, como ella, puede contar la muerte de una flor arrancada? Escribe: “¿Dónde estaba el húmedo y compacto terrón materno? ¿Dónde, el espacio definido y tranquilizador en el que había crecido? ¿Dónde, la clara luz del sol que la calentaba? Todo era de golpe vago, apagado, indescifrable, y estaba inmerso en un presente estancado y viscoso. ¿Era este el final del tiempo?¿Y los frutos y las semillas?”.

 

En Marisa Madieri la simplicidad gana un tono épico, la narrativa une precisión y humorismo, dolorosa inquietud y confiada esperanza, fe y oscuridad.

En su vida, el voluntariado a favor de las madres solteras ocupó muchas de sus energías. Marisa tenía convicciones claras y profundas, pero no amaba la exposición pública, la polémica o la imposición de principios. Reflexiona después de un encuentro: “La desenvoltura, la capciosidad, la superficialidad, con frecuencia bien intencionada, de tantas personas, incluso de las que quiero, sobre el problema del aborto me habían dolido profundamente y más aún mi pobreza de medios e ineptitud para hacer comprensibles las razones de la justicia. Habría querido tener la honda de David y el escudo de Aquiles para defender al último, al olvidado, al pisoteado. Lloré y recé. No es fácil aceptar la propia inadecuación”.

 

Si una cuestión es central en su obra es, como para san Agustín, la del tiempo: “Quisiera un tiempo que no pasa, la hora de la persuasión, porque sé que no me espera nada más hermoso que el presente que vivo. Con frecuencia me perturba pensar en el futuro proteiforme que todo lo acoge y transforma, deteriora y potencia, separa y recompone en formas distintas, como un caleidoscopio”.

Su mirada atenta al pasado familiar tratando de descifrar el misterio de los orígenes recuerda a otra gran escritora compatriota suya, Natalia Ginzburg, la autora de Léxico familiar. Su amor por Tolstoi o por Guimaraes Rosa, su condición de exiliada, su vida en una ciudad de frontera son elementos múltiples para un análisis crítico, largo y enriquecedor. Sirvan estas líneas como estímulo y presentación.

 

                                                                                     

 


1. Criterio presentó la primera obra de Marisa Madieri, con una introducción de Alberto Espezel, en junio de 2001.

 

2. Dos de sus obras, Verde agua y El claro del bosque, han sido editadas en castellano por la editorial Minúscula de Barcelona, en 2000 y 2002 respectivamente, traducidas por la argentina Valeria Bergalli, con posfacios de Claudio Magris y de Ernestina Pellegrini. La conchiglia e altri racconti fue editada por Libri Scheiwiller de Milán en 1998. La primera edición de Verde acqua fue publicada por Einaudi, Turín, en 1987. La primera edición de su segunda obra, La radura (El claro del bosque) es de 1992.

En Buenos Aires la importadora de sus libros es la librería Guadalquivir, Callao y Marcelo T. de Alvear.

 

3. Cristina Campo (1924-1977) tiene su obra reunida en la publicación de Adelphi, Milán 1987. A propósito de esta escritora acaba de aparecer Belinda e il mostro (Vita segreta di Cristina Campo) escrito por Cristina De Stefano, Adelphi, Milán, 2002.

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