Cultura
Paul Groussac en la cultura
por Bruno, Paula · Comentar
El nombre de Paul Groussac puede resultar familiar para quienes se hayan acercado a la obra de Jorge Luis Borges: en varios ensayos del célebre escritor argentino resuena el eco de la vida y las acciones de este personaje que, como aquél, ocupó el cargo de director de la Biblioteca Nacional. Así, por ejemplo, se deben a Borges las pintorescas caracterizaciones de Groussac como misionero de Voltaire entre el mulataje y Renán quejoso de su gloria a trasmano.
Pensar en Groussac es un ejercicio que permite dar cuenta de varios fenómenos ligados con la modernización cultural de la Argentina 1. Nacido en 1848 en Toulouse, Francia, se instaló definitivamente en el país en 1866 y emprendió una serie de proyectos tendientes a ordenar la cultura argentina.
En un contexto en el que destacadas figuras políticas e intelectuales emprendían una acción renovadora en todos los ámbitos, ocupó la posición de un hombre de cultura en el sentido amplio del término: fue creador y difusor de diversos escritos, editor y director de destacados emprendimientos culturales, empleado del Estado, polemista y crítico.
Puerto azaroso
Así, es fácil toparse con este letrado a la hora de estudiar los espacios por los que circulaban las elites políticas e intelectuales en el pasaje del siglo XIX al XX. Cabe destacar que el hecho de que el personaje haya nacido en Francia fue constantemente percibido como un plus diferencial prestigioso, tanto por él mismo como por sus contemporáneos. Groussac se encargaba de remarcar que su formación intelectual respondía a parámetros franceses, pese a que, en realidad, había llegado a la Argentina sin ningún título universitario y sólo contaba en su haber con el ciclo del Liceo finalizado y con un breve paso por el colegio dominicano de Sorèze y por la Escuela de Bellas Artes de Toulouse.
Su llegada a Buenos Aires fue más bien azarosa y su destino en estas tierras podría haber sido el de tantos otros inmigrantes europeos. A los 17 años, en 1865, se lanzó a recorrer el mundo y sus ahorros se agotaron al llegar a Burdeos. Allí decidió embarcarse hacia el puerto de Buenos Aires, una ciudad para él desconocida. Una y otra vez Groussac narra en sus textos que al llegar no dominaba el idioma, ni contaba familiares o amigos en la Argentina. Por un tiempo trabajó como cuidador de ganado en San Antonio de Areco, y luego se lanzó nuevamente a la ciudad. Hacia fines de 1860 y principios de 1870, Groussac empezó a ocupar cargos en instituciones educativas de renombre, como el Colegio Modelo del Sud y el Colegio Nacional de Buenos Aires. En ese período también publicó su primer texto en español, que versaba sobre José Espronceda, en la Revista Argentina, dirigida por una figura destacada de la intelectualidad católica: José Manuel Estrada. Luego de la publicación de este escrito, Nicolás Avellaneda, ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública bajo la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento, le ofreció un cargo como profesor en el Colegio Nacional de Tucumán. Allí, el aventurero devenido letrado ocupó el cargo docente asignado, y desenvolvió actividades como periodista y como promotor de campañas de políticos locales. También en su estancia tucumana publicó su primera novela y sus textos pioneros de corte netamente histórico. De docente, pasó a ser Director de Enseñanza de la Provincia y, más tarde, Inspector Nacional de Educación, cargo que lo condujo a conocer diversas provincias argentinas.
Hacia 1880, dos hitos de su trayectoria intelectual delinearon el lugar que ocuparía, en adelante, en el ámbito cultural porteño: por un lado, la publicación de su Estudio Histórico sobre el Tucumán y, por otro, su exposición en el Congreso Pedagógico Internacional realizado en Buenos Aires, aparecida en El Monitor de la Educación Común y en un folleto titulado Estado de la educación común en la República; sus causas; sus remedios. Ambos escritos suscitaron comentarios y críticas que daban cuenta de los ecos de su presencia en el horizonte de la intelectualidad argentina de la época.
En 1883, Groussac regresó a su patria de origen luego de diecisiete años de estadía en Argentina (cinco años en Buenos Aires y doce en Tucumán), dispuesto a conquistar un lugar en el mundo intelectual de la Ciudad Luz. Conoció a destacados literatos franceses de distintas generaciones, pero su intención de ocupar un rol como actor en los escenarios de la capital se diluyó rápidamente ante la realidad vigente en los cenáculos intelectuales y en los salones parisinos, que contaban con normas de sociabilidad bastante rígidas y mucho más pautadas que sus homólogos argentinos. Luego de este viaje signado por el desengaño, Groussac parecía decidido a instalarse en Buenos Aires definitivamente; se dispuso así a renunciar a la consagración en Francia y a lanzarse a la conquista de un espacio de preeminencia en la Argentina. La nacionalidad del personaje era, sin duda, una buena llave de acceso a un ambiente cultural deseoso de europeizarse.
La Biblioteca Nacional
Luego de su regreso a Buenos Aires, en 1884, Groussac estuvo al frente de la dirección de un periódico político, el Sud-América. Publicó allí una novela de fuerte sesgo autobiográfico y se convirtió, desde sus páginas, en paladín del laicismo en pleno contexto de las reformas laicas y secularizadoras propulsadas por la elite política del momento. Concluido su paso por el Sud-América, que le otorgó una visibilidad notable, a comienzos de 1885 fue nombrado Director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, que había pasado a ser jurisdicción de la Nación en 1884 junto al Museo Público y el Archivo General. Una de las primeras medidas ejecutadas por Groussac consistió en hacer un diagnóstico acerca del pasado y del estado actual del repositorio para posteriormente escribir una historia-informe. En el escrito resultante de esta tarea, la Biblioteca Pública aparece pensada como una maqueta, muestra pequeña pero representativa de la cultura y de la dinámica histórica argentina, signada por cataclismos y crisis constantes; y los directores de la biblioteca central, caracterizados en breves semblanzas biográficas, son retratados como portadores de los síntomas de su tiempo. Hasta entonces, los conductores de la institución habían sido, en sintonía con cada etapa política, artífices de los relativos progresos y retrocesos del establecimiento. En el texto de Groussac se percibe la idea de que el país estaba en manos de personalidades políticas capaces de conducirlo por el camino del progreso y de la modernización definitiva, por lo que también el director del reservorio podía hacerse eco de ese clima de época y ordenar definitivamente un espacio considerado clave para el desarrollo intelectual del país.
Groussac fue director de la Biblioteca Nacional desde 1885 hasta 1929, año en que falleció. Durante esos cuarenta y cuatro años cumplió importantes tareas: la confección de catálogos y el ordenamiento del material existente, la realización de un fichero temático de dimensiones considerables (cuyas tarjetas se hallan íntegramente manuscritas por él), la mudanza a un mejor edificio y la creación de una importante sección de copias de documentos que se encontraban en el Archivo de Indias de Sevilla. También bajo su gestión, y a instancias suyas, se dictó la Ley de Depósito Legal de ejemplares. Cada una de las acciones estuvo adecuadamente difundida y Groussac logró que su cargo fuera reconocido y destacado como lo era en Europa.
Organizar la cultura
Si bien ordenar la Biblioteca era una tarea costosa, aunque posible, nuestro personaje no se contentó con ello y emprendió algunas acciones tendientes a modificar y organizar diversas áreas del ambiente cultural argentino. Sus consideraciones sobre las dinámicas culturales fueron recurrentes. La esfera cultural aparece descripta en sus textos como ineficiente, escasamente desarrollada y desprovista de pautas constantes de funcionamiento. Sus representantes son pensados como improvisados u oportunistas dada la inexistencia de tradiciones intelectuales (rasgo reivindicado por el francés a la hora de indicar parámetros en los ámbitos europeos). En su opinión, la ausencia de una tradición cultural explica una y otra vez la inexistencia de bases sólidas para la formación de una cultura argentina. Groussac no reivindicaba positivamente ningún elemento colonial. Desde su perspectiva, nada saludable podía hallarse en el legado español, como tampoco encontraba herencias destacables en los legados que proponía el país, ya independiente. Pero las expectativas de Groussac tampoco estaban depositadas en sus contemporáneos.
Una pregunta ponía en evidencia sus inquietudes: ¿Por qué no penetra en los países de habla española esta noción, al parecer tan sencilla y elemental: que la historia, la filosofía y aun esta pobre literatura representan aplicaciones intelectuales tan exigentes por lo menos, aunque no tan lucrativas, como las del abogado o del médico, no siendo lícito entrarse por sus dominios como en campo sin dueño o predio común? 2. A su vez, a la falta de especialización dentro del ámbito intelectual se sumaba un rasgo extensamente criticado: la superposición de la esfera de la cultura con la política.
Ciertos testimonios, propios y ajenos, evidencian que Groussac se hallaba estrechamente vinculado con conspicuos hombres del mundo político pero que, a su vez, pretendía conservar cierta exterioridad desde la cual resguardar su autonomía de opinión. Así, pese al hecho de haber ocupado cargos públicos, intentó mantenerse distante de la dinámica efectiva de las prácticas políticas. Para él la injerencia de los intelectuales en la escena pública debía estar signada por competencias específicas, y alejada de las lógicas coyunturales y los ritmos fugaces y desordenados de la política. De este modo, la búsqueda y la concesión de la legitimidad de las letras no debía provenir de terrenos ajenos a la cultura, sino que debía desprenderse del ejercicio de intervenciones propiamente intelectuales.
De este modo, los remedios a la falta de consolidación de la cultura argentina no debían buscarse en el pasado, carente de modelos o dotado de paradigmas rudimentarios, ni entre sus propios contemporáneos, pero tampoco en los ámbitos educativos formales. La falta de especialización y de formación real de quienes ejercían tareas intelectuales era una y otra vez la explicación última de los desarreglos visibles en cada uno de los rincones de la aldeana cultura argentina.
Considerando intolerable esta situación de caos cultural y de superposición de roles, no encontraba, sin embargo, soluciones posibles en las otras alternativas disponibles. De hecho, su confianza tampoco recaía sobre la tendencia estética más renovadora de su época: el modernismo, al cual leía como sinónimo de la más exacerbada imitación de los referentes del viejo continente. Tampoco reconocía en él ninguna de las características originales autoproclamadas por su célebre líder nicaragüense, Rubén Darío, considerado más bien como un arrogante que sólo encarnaba una actitud servil frente a los ritmos impuestos por los modelos europeos.
Las soluciones del atraso cultural argentino debían encontrarse en la modernización, encabezada por un solo hombre: el misionero de Voltaire entre el mulataje. Asumiendo su misión, Groussac se convirtió en un articulador cultural que sistemáticamente diseñó y puso en marcha distintas maniobras destinadas a modificar la esfera cultural. Estas operaciones, a su vez, actuaron como prácticas autoconsagratorias que lo posicionaron en un plano de superioridad en relación con el resto de los intelectuales. Desde la Biblioteca Nacional, considerada un lugar clave dentro de un marco cultural sólo escasamente institucionalizado, lanzó algunas acciones que dotaron de visibilidad a sus medidas, con la intención de lograr establecer ciertas pautas especializadas en el mundo de los letrados.
El movimiento autoconsagratorio básico consistió en reforzar la idea de que su extranjería era una marca diferencial indiscutible para circular con tranquilidad y destreza por los terrenos de la cultura argentina. Ser francés era sinónimo de ser portador de la civilización y de la tradición. Groussac se autoproclamaba discípulo de Hippolyte Taine, Ernest Renan y Charles Agustin Sainte-Beuve, pero también continuador de los representantes más destacados del romanticismo francés: Victor Hugo, Alfred de Musset, Augustin Thierry, Prosper de Barante y Jules Michelet (siempre reconocidos como guías intelectuales).
Desde fines del siglo xix el posicionamiento del personaje en el ámbito intelectual estuvo más ligado a una serie de proyectos de sesgo fuertemente personalista. Entre estos, se destacan dos revistas que fundó y dirigió: La Biblioteca (1896-1898) y Anales de la Biblioteca (1900-1915), ambas consideradas espacios de publicación muy importantes. En el caso de La Biblioteca se pueden encontrar escritos de destacados hombres de cultura de la época: Joaquín V. González, Miguel Cané, Rubén Darío, Juan Agustín García (h.), Lucio V. López, Eduardo Schiaffino, Leopoldo Lugones, Bartolomé Mitre, Lucio V. Mansilla, Ernesto Quesada, Luis M. Drago y Antonio Dellepiane, entre otros. La selección de las colaboraciones y las políticas de edición en general estaban bajo la responsabilidad privativa de su director, quien definía las pautas de admisión o rechazo de los textos que engrosarían cada número. Esto lo habilitaba para impulsar o censurar trayectorias y establecer límites entre lo aceptable y lo prescindible en lo que respecta a la cultura en general.
Groussac publicaba numerosos escritos, y la presencia de su pluma rozaba casi la omnipresencia. Se encargaba también de difundir gran cantidad de artículos (sobre todo de carácter histórico).
Con el objetivo de colocarse en un plano de verticalidad en relación a sus contemporáneos, Groussac participó en numerosos debates en periódicos y prestigiosas publicaciones (se destacan las polémicas mantenidas con Miguel Cané, Calixto Oyuela, Manuel Lainez, José Ingenieros, Eduardo Schiaffino, entre otros). Una y otra vez, las publicaciones abrían las puertas a su belicosa pluma, dispuesta a defenestrar con dureza a quienes consideraba letrados improvisados y sin preparación.
Además de fundar empresas editoriales prestigiosas y convertirse en polemista tenaz y temido, Groussac publicó, a lo largo de su trayectoria pública, obras de carácter disímil que ponen en evidencia la multiplicidad de sus intereses. Un núcleo fuerte de sus publicaciones son sus escritos de carácter histórico. Todos ellos abordan temas relacionados con los procesos del pasado argentino y, en algunos casos puntuales, rioplatense o latinoamericano. Debe destacarse también que practicó tempranamente los principios difundidos en Europa a partir de la publicación de manuales metodológicos, como el de Ernst Bernheim (Lehrbuch der historischen Methode und der Gechichtsphilosophie, 1889) y el de Charles Victor Langlois y Charles Seignobos (Introduction aux études historiques, 1898), y estuvo al tanto de los debates mantenidos en los más prestigiosos cenáculos intelectuales acerca del carácter y el estatuto que se le debía otorgar a la Historia como rama del saber. Sus obras históricas más notables son Santiago de Liniers (1907) y Mendoza y Garay (1916). Cuenta además con numerosos ensayos sobre diversos procesos y personajes históricos del Virreinato del Río de la Plata y los tiempos de emancipación, independencia y consolidación de lo que sería la República Argentina. Su producción histórica se inscribe en el contexto en el que diversos intelectuales comenzaron a abordar el problema de la configuración de una nación y tendieron a generar una serie de modelos posibles de identidad nacional. Pese a ello, Groussac se mostró reticente y contrario a todos los ejercicios históricos y literarios proclives a generar una dinámica identitaria o a cumplir un rol a la hora de formar al ser nacional, dado que consideraba a este tipo de funcionalidad de las producciones intelectuales como uno más de los síntomas del subdesarrollo cultural argentino.
Otro núcleo importante de sus textos es el que corresponde a sus ensayos sobre variadas temáticas y sus libros de viajes. Entre estas obras cabe destacar: Del Plata al Niágara (1897), los dos tomos de El viaje intelectual (1904 y 1920) y Los que pasaban (1919). En estas obras se pueden encontrar opiniones e impresiones sobre el avance arrollador de Estados Unidos y sus efectos internacionales, las transformaciones europeas, las nuevas tendencias políticas surgidas en el mundo, las tensiones generadas por los procesos de modernización en Europa y en América (siempre encaradas con una mirada más bien aristocratizante tendiente a remarcar y criticar escenas recurrentes de decadencia, vulgarización y masificación), y el rol de los políticos y los intelectuales en la conducción de sociedades civilizadas y modernas.
A juzgar por los testimonios de sus contemporáneos y de las generaciones intelectuales que lo sucedieron, Groussac supo cultivar su mito de origen y moldear su leyenda. Circulando por el mundo de las letras, sólo escasamente definido en términos institucionales y profesionales, el francés evaluó el terreno y se adjudicó el rol de pionero. Así asumió, entonces, la interpretación de un rol protagónico en un escenario propicio y afirmó que el progreso intelectual del país debía estar conducido por los efectos del trasplante de un emisario de la esencia francesa. Debía llevarse a cabo un proceso de depuración cultural en varios sentidos y se debían buscar las formas de encarar los ritmos de la modernización y la especialización de tareas intelectuales.
Con vistas a estos objetivos, no trazó un plan sistemático ni depositó su confianza en las soluciones más cercanas. Tampoco bregó por la construcción de ámbitos tendientes a formar a hombres de letras ni adhirió a corrientes de pensamiento que se estaban consolidando entre sus contemporáneos. En contrapartida, fortaleció la idea de que sus acciones podían convertirse en fuerza educativa y en ejemplo moralizante único. La mayoría de sus acciones y prédicas estuvieron ligadas a la crítica y a la reprensión. Ponderó recurrentemente algunos rasgos diferenciales de su vida y su obra y convirtió el despacho de la Biblioteca Nacional en decorado privilegiado para la puesta en escena de sus operaciones, que le permitieron convertirse en un personaje de referencia que difícilmente podía ser ignorado por sus contemporáneos: la gran cantidad de debates que entabló a lo largo de su trayectoria y la omnipresencia de su pluma en periódicos y revistas son pruebas suficientes para sugerir que sus palabras no pasaban inadvertidas. Así, este aventurero que se convirtió en un destacado letrado europeo en Argentina, se mostró sistemáticamente preocupado por la modernización cultural del país que lo acogió e intentó articular diversas prácticas culturales e intelectuales para convertirse en un personaje preeminente, y poner algo de orden en lo que él consideraba que era aún una gran aldea con aires de ser una nación moderna.
Notas:
1. Los argumentos expuestos en este escrito se basan en lo ya expuesto por la autora en Paul Groussac. Un estratega intelectual, Fondo de Cultura Económica/UdeSA, Bs. As., 2005 y Travesías intelectuales de Paul Groussac (Estudio preliminar y selección de textos a cargo de Paula Bruno), col. La Ideología Argentina, Editorial de la Universidad Nacional de Quilmes, Bs. As., 2005.
2. Groussac, P.: Escritos de Mariano Moreno, en La Biblioteca, tomo II, Bs. As., 1896, p. 124.
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