Revista Criterio
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Nº 2350 » Julio 2009

Una Europa para todos

por Riccardi, Andrea · Comentar 

riccardi-andreaDiscurso del historiador italiano Andrea Riccardi, fundador de la comunidad de Sant’Egidio, en ocasión de recibir el Premio Carlomagno 2009 en la ciudad alemana de Aquisgrán. 

“Señor Alcalde, permítame hablar en mi lengua, que es también la del Conde de Cavour. Doy las gracias por esta fiesta y por este día inolvidable a todos los que se han reunido hoy en Aquisgrán. No puedo olvidar a sus altezas reales el Gran Duque y la Gran Duquesa de Luxemburgo, al señor Presidente del parlamento europeo, a la señora Ministra de Sanidad y a la señora Ministra de Cooperación de la República Federal, al señor Presidente del land, a los señores embajadores y en especial al embajador de Italia, mi amigo Antonio Puri Purini, a todas las autoridades religiosas, al señor cardenal y sobre todo a los amigos llegados de varias partes de Europa para participar en esta fiesta, a los amigos de la Comunidad de Sant’Egidio de muchos lugares de Europa y al Presidente de la Comunidad. Me siento honrado y emocionado al recibir este Premio, que me coloca en el quincuagésimo lugar de una prestigiosa lista de premiados. Doy las gracias a la Comisión directiva del Premio Carlomagno y a su presidente por el honor que conceden a mi persona, honor que considero –coincidiendo plenamente con el sentido de las laudatio– dirigido sobre todo a la Comunidad de Sant’Egidio. Agradezco las palabras profundas y cariñosas de mi gran amigo Michel Camdessus y también agradezco a Pat Cox su laudatio generosa, rica y penetrante.

Me honra recibir un premio europeo, en una ciudad-encrucijada de encuentros, símbolo de diálogo entre gente diferente. Aquí, en 2003, tal como se ha recordado, Sant’Egidio con el obispo de Aquisgrán, monseñor Mussinghoff, al que saludo con cariño y con profunda amistad, celebró un gran encuentro entre las religiones en el espíritu de la paz. Entonces entendí que el de Aquisgrán es un espíritu europeo, un espíritu de paz y de unidad. Y entonces entendí que el espíritu de Aquisgrán y el espíritu de Asís caminan juntos.


La elección de la Comisión del Premio no ha recaído sobre un político, como suele suceder. Me pregunto sobre los motivos de dicha decisión. Desde 1949, desde su fundación, el Premio se inspira en el lema “libertad, humanismo, paz”. Entre los premiados figura Alcide De Gasperi, un gran compatriota, fundador de la democracia italiana, hombre de fe pero también de grandes sueños en el tiempo oscuro del fascismo y de la guerra. Tras convertirse en líder de la nueva Italia no renunció a soñar. Creía que sólo una Europa unida podía garantizar la libertad y la paz. Él y los demás fundadores consideraban a Europa como un ananké, en griego, una necesidad, un destino histórico.

Sí, destino histórico para los que habían vivido la tragedia de la guerra. Una vez más, una guerra europea había incendiado el mundo entero. Ya Europa no podía destruirse más y no podía destruir más al mundo. El rechazo de la guerra, de una visión sólo nacional de la política, engendró el sueño de la unidad. ¡Se necesitaba algo radicalmente nuevo! Frente a la realidad inimaginable de la Shoa, no bastaban las lógicas de las políticas nacionales. Y precisamente al recordar este drama no puedo dejar de inclinarme ante una laureada con este premio, la señora Simone Weil, testigo de un drama y también de una gran esperanza; tampoco puedo dejar de recordar al querido rabino Broadman.

Entonces se soñó el comienzo de una gran historia. Sí, la unidad como ananké, necesidad de la historia. Hoy, queridos amigos, Europa, rica, mucho más rica que después de la guerra, cuando esta ciudad estaba destruida en un sesenta por ciento, y cuando este palacio no existía, ¿Europa percibe esa misma necesidad? Existe una peligrosa tendencia al localismo, a la fragmentación. Gente que se siente expropiada en un mundo globalizado, siente miedo de Europa. Existe el temor de que Europa quiera imponer sus modelos de vida. Hay desafección frente a instituciones que parecen lejanas, aunque estemos a las puertas del voto europeo. Europa sí, pero como comunidad de vecinos, sin la urgencia de la historia. Una Europa, no pasión o sueño, sino remoto telón de fondo de políticas nacionales y locales. Amigos, no podemos sólo condenar estas actitudes, sino que debemos comprenderlas: hombres y mujeres desarraigados en un mundo globalizado se refugian en su heimat (patria).

Pero nuestra heimat no dura mucho sin Europa. Los pequeños pasos, sin el sabor de Europa, sin capacidad de comunicación con los ciudadanos, no son suficientes. Quedamos atrapados en la crónica de sucesos, en los debates de nuestros países gritados un día y olvidados con rapidez al siguiente. Eso no es historia, sólo es crónica de sucesos. ¿Europa sigue escribiendo la historia o se limita a la crónica de sucesos?

El gran historiador polaco Geremek, que era amigo mío, decía: “la historia es una mezcla de ciencia y de poesía”. El destino europeo debe convertirse en la poesía que inspira el futuro. Esa es la manera de construir la historia. El realista De Gasperi fue un apasionado soñador europeo.

¡Pero no nos engañemos! Aunque no lo parezca, estamos frente a una trágica decisión, que decidirá el próximo siglo europeo. Sin una visión unitaria se producirá aquel desapego de la historia del que habla Benedicto XVI. Quedaremos atrapados en la crónica de sucesos, que llenará periódicos y pequeñas pantallas. Y más aún: Europa correrá el riesgo de salir de la historia.

Nuestros países, por separado, no podrán dominar el impacto de la globalización, con India, con China, civilizaciones, economías, demografías en explosión. Si no nos mantenemos unidos, los países europeos serán quantité négligeable. De ese modo, nuestros valores y nuestras identidades se diluirán en las corrientes de la globalización. Y sería una pérdida para el mundo, para la civilización. Es una ilusión navegar en la historia global desunidos. Si no existe una verdadera unidad europea, no existirán los países europeos en el mundo. Quedará únicamente el recuerdo de antiguas potencias, de páginas gloriosas y de páginas infames. Pero pasadas. Si desaparece la Europa unida se perderán los valores de paz, libertad y humanismo de Europa.

En esta hermosa fiesta y en esta acogedora ciudad, una ciudad en la que me parece ver reinar una acogida mediterránea, esta visión puede parecer catastrófica. En Europa, el norte y el sur se confunden. Esta visión puede parecer catastrófica pero, queridos amigos, ¿no estaremos demasiado acostumbrados a vivir sin visiones? Una poesía, un texto poco conocido de Juan Pablo II, dice: “yo creo que el hombre sufre sobre todo por falta de visión”. Y concluye: “Si sufre por falta de visión, debe abrirse camino entre los signos…”.

El Premio que me ha sido concedido es un pequeño signo que va más allá de mi persona. Comprendo por qué me ha sido concedido. No soy político, no soy hombre de las instituciones. Mi vida está unida a la Comunidad de Sant’Egidio, que es una realidad de hombres y mujeres, de creyentes, de amigos de los pobres, de actores de diálogo entre las religiones y también de diálogo entre laicos y creyentes. Sobre todo es una realidad de las calles, de las ciudades, de las periferias europeas: de Roma a Aquisgrán, a Berlín, a París, a Bruselas, a Kiev y a Nápoles, por citar sólo algunas. Realidad europea, Sant’Egidio siente la pasión de vivir y de actuar fuera de Europa.

Este Premio es para mí un signo, un llamado a los europeos, a los cristianos. La política no se basta por sí sola.

Y ya que hablé de cristianismo, quiero señalar que está lejos de mí la voluntad de confesionalizar el continente. Un gran premiado fue el hermano Roger Shutz, reformado suizo, que en el fragor de la guerra empezó una vida monástica y ecuménica en Taizé, que llegó a convertirse en punto de encuentro para jóvenes europeos y santuario de paz y de fe. Siendo ya anciano, fue asesinado en 2005 mientras rezaba con los jóvenes. Su muerte habla de una vida indefensa, ofrecida a los jóvenes sobre la colina de Taizé. El cristianismo de este hombre y de muchos otros inquieta una conciencia europea cansada y miope.

La fe cristiana –presente en Sant’Egidio– llama a no vivir para uno mismo. Escribe el apóstol Pablo: “Y él murió por todos, a fin de que los que viven no vivan más para sí mismos, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Cor 5, 15). El fuerte llamado al Evangelio de Jesús, que Pablo llevó a Europa, a Grecia, a Roma, inquieta la cultura de vivir para uno mismo. Europa no puede vivir para sí misma. No podemos tener como perspectiva únicamente la expansión económica de nuestra región o, como mucho, de nuestro país. Vivir para uno mismo se convierte en una lógica totalmente mercantil. Una vez pasado el materialismo marxista, el materialismo práctico domina gran parte de las costumbres europeas. Así el furor por el mercado devora los espacios de gratuidad. Asistimos a la crisis de la comunidad, a la crisis de la familia, a la crisis de lo local. Hasta la persecución del propio interés necesita un espíritu, generosidad, visión.

En el siglo XX los países europeos, enfermos de nacionalismo, se han enfrentado en guerras unos con otros. ¡Cuántas vidas perdidas! Es el mayor robo de la historia, decía Settimia Spizzichino, judía romana deportada a Alemania y la única que volvió del campo de concentración. Hoy estamos en otra fase: la cultura de vivir para uno mismo lleva al egoísmo nacional, local, regional, y sobre todo a la ausencia de visiones. Pero a fuerza de vivir para uno mismo, un hombre y una mujer mueren; a fuerza de vivir para uno mismo, se apaga una nación, se apaga una comunidad.

Europa corre el riesgo de vivir un desapego de la historia para aterrizar en la crónica de sucesos. Los europeos, tras haber sido conquistadores del mundo, se han retirado casi asustados. No queremos actuar, tenemos miedo de equivocarnos. Es lo políticamente correcto hoy. No debemos repetir los errores del pasado. Debemos pensar, en el marco de la unidad europea, en un nuevo modo de colocarnos juntos en la historia del mundo.

“Si sufre por falta de visión, debe abrirse camino entre los signos…”, escribía Juan Pablo II. ¿Y no es un signo, queridos amigos, la gran demanda que le llega a Europa de muchas partes del mundo?

En África, en América Latina, durante mis viajes, veo una gran demanda de Europa y un gran interés por sus decisiones. El mundo necesita de Europa, necesita su humanismo, su fuerza razonable, su capacidad de diálogo, sus recursos, su iniciativa económica, su cultura. Schuman, padre fundador, escribía: “Europa unida prefigura la solidaridad universal del futuro”.

Pero Europa fue el origen de dos guerras mundiales. ¿Podrá ser, por el contrario, un paradigma de paz y de solidaridad universal? ¿Podrá contribuir de manera decisiva a la historia de paz y de humanismo del mundo, en lugar de caer en la crónica de sucesos?

Europa tiene una misión histórica. Pienso en África, donde vive, lucha y alberga sus esperanzas al menos la mitad de la Comunidad de Sant’Egidio, que es africana. El presidente de la República italiana, Ciampi, laureado con este premio, ha declarado: “Tenemos ante nosotros un cometido histórico: unir firme y duraderamente el futuro de África y el de Europa”. Una historia dolorosa y rica une a Europa con África. A pesar de ello, muchos países se están retirando de África, que se reduce a ser tierra de los inmigrantes que van hacia Europa. La colaboración para el desarrollo de África, la lucha contra las enfermedades (pienso en el tratamiento contra el sida y en DREAM, del que tan bien ha hablado mi amigo Michel Camdessus), la lucha contra la guerra, son cometidos europeos.

Son la verdadera respuesta al flujo imparable de la emigración, y este flujo no se detendrá en las fronteras o por los controles en el Mediterráneo. Los africanos querrán quedarse en sus países cuando haya un renacimiento económico y de esperanza en África.

Nosotros, europeos, debemos trabajar para que renazca la esperanza y las oportunidades en África. Comparto ampliamente, y hago mío, el sueño del gran presidente senegalés Leopold Senghor, hombre de cultura africana y europea. Su sueño era Euráfrica: dos continentes unidos sobre una base de igualdad, uno que necesita del otro. La primera misión de Europa se llama África. Allí, gana sentido estar juntos.

Europa es un signo de paz en el mundo. Hace sesenta años que vivimos en paz. Europa es una pero múltiple: cuántas distintas lenguas han resonado en esta hermosa aula, tenemos idiomas, tradiciones, culturas, religiones, olores y sabores distintos y diría, incluso, cocinas distintas. Europa, en sus diversidades, si está unida, hace realidad la civilización de la convivencia. Y esa es realmente la civilización que le falta al mundo. Al mundo de la globalización homogeneizante, uniformizante, a ese mundo que reacciona con choques de civilizaciones y de religiones; es la civilización que le falta a una economía sin humanismo y, por tanto, inhumana. La civilización de la convivencia es nuestra respuesta al terrorismo y al fundamentalismo.

Una Europa distinta. Creo que tenemos que recobrar el orgullo, no un orgullo arrogante sino humilde y consciente, el orgullo de nuestra misión. Porque una Europa distinta, unida, encarna la civilización de la convivencia que es la civilización del futuro: sus ingredientes son el diálogo, el respeto de toda libertad y el arte de vivir juntos. “Todos parientes, todos diferentes”; ese es nuestro sueño. Son palabras de Germaine Tillon, que conoció el campo de concentración de Ravensbruck.

Hoy Europa es más necesaria que en el pasado. Sin Europa la globalización hará que seamos irrelevantes y hará irrelevantes nuestros valores. Debemos tener una Europa unida, con su misión, para ser europeos, para no diluirnos, para existir en un mundo grande y terrible, como decía Antonio Gramsci, un italiano, comunista, traicionado por Stalin. Cuanto más unida esté Europa, menos terrible será nuestro mundo.

Europa tiene que ser una pasión, no algo lejano, algo nebuloso. Una pasión porque es una necesidad: ananké. Qué mirada tan corta la de aquellos que observan el futuro de nuestros países atrapados en la crónica de sucesos. El sueño y la visión son más realistas que el realismo, normalmente miope. Juan Pablo II, tal vez el último gran líder europeo, en 1978 lanzó el sueño de una Europa unida desde el Atlántico hasta los Urales. Pareció una utopía y todos reían, aunque no lo hacían desmesuradamente porque se trataba del Papa. Una Alemania unida parecía una utopía, incluso para los políticos de mi país, hasta que cayó el muro. Hoy vemos que Alemania unida es uno de los pilares fundamentales de Europa y de un mundo con más justicia económica y en paz. La historia está llena de sorpresas y se mueve, más de cuanto sabemos, por corrientes profundas del espíritu y por pasiones generosas.

Europa no es un sueño lejano. Queridos amigos, somos más europeos de lo que pensamos; estamos modelados por Europa. Las instituciones europeas –lo sabe el presidente del Parlamento– tienen una gran importancia en los distintos países. El tejido humano y cultural en el que vivimos es europeo. Existe un continuo trasvase. Los jóvenes se mueven a la manera europea. Toda empresa de valor en el continente se mide con este escenario.

De algún modo tenemos que tomar por asalto el palacio del poder y de Europa. Pero no con violencia. Tenemos que hacerlo con la pasión europea y con ideas y visiones. Tenemos que ayudar a la política y a los gobernantes a soñar con una Europa de los pueblos y a que todo el mundo vea a los europeos como un pueblo. Hay prisa. La velocidad dependerá entre otras cosas de la voluntad de los ciudadanos, que deben aprender a mantener alto la bandera de la visión europea. Queridos amigos, las visiones son iconos de la esperanza. Todos necesitamos verla.

Las visiones suscitan la pasión del futuro y nos permiten ver la esperanza. Nosotros, europeos de la calle, podemos hacer mucho. Yo, tras este día de gran honor para con mi persona y para con la Comunidad de Sant’Egidio, tras el protagonismo hermoso de este estupendo día en Aquisgrán, por el que doy de nuevo las gracias, retomo el camino, retomo los términos humildes, cotidianos y modestos de mi vida. Me esfuerzo por ser hombre, por ser europeo. Tal como decía Hilel, maestro judío del tiempo de Jesús: “Cuando falten los hombres, tú, al menos tú, esfuérzate por ser hombre”. ¡Yo lo intentaré! Gracias”.

 

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