Editoriales
Apuntes del día después
por Editorial · Comentar
El Congreso de
La política vernácula tiene la rara virtud de tornar extraordinario lo que debería ser normal. En una república democrática, el debate parlamentario de las grandes decisiones de política económica debería ser algo de rutina, y las medidas en esa materia que pudiera tomar el Poder Ejecutivo, la excepción.
Pues bien, hoy contemplamos, con algún atisbo de esperanza, un pequeño esbozo de regreso a la normalidad: el Congreso debatió política económica. Más allá de la criticable técnica utilizada, en la que el Poder Ejecutivo solicitó la ratificación legislativa de una resolución ministerial con escaso (por no decir nulo) contenido constitucional, rescatamos la actitud del Parlamento de intentar recorrer el camino de la república democrática, a través del debate intenso y el intercambio de ideas. El Poder Ejecutivo utilizó muchos de los recursos a su alcance para imponer su voluntad, presionado por el Partido Justicialista en la figura de su actual presidente, Néstor Kirchner. El Congreso mostró independencia de criterio y finalmente rechazó el pedido de
No es nuestro propósito ahora discutir el angustioso derrotero de las retenciones durante los últimos 130 días, ni su oportunidad y conveniencia económica. No obstante, caben trazarse algunas líneas de análisis que entendemos importantes para el futuro cercano. Una ley del Congreso podría o no resultar inconstitucional; materia tribunalicia finalmente. Hasta tanto, será ley de
En ese contexto, en el que la crisis del campo absorbió la agenda política desde el 11 de marzo pasado, queda el interrogante acerca del día después. Temas que ya hemos tratado en estas páginas: energía en sus más variados aspectos, inflación, gasto público y la injerencia permanente del Poder Ejecutivo en un variopinto muestrario de actividades económicas. Todo ello precisa para su solución de una dosis contundente de legitimidad de ejercicio, que permita la instrumentación de políticas económicas consensuadas, generales y sectoriales, de largo aliento, que quizá en el corto plazo no sean todo lo populares que a cualquier político con mirada corta le gustaría. Esta masa crítica de legitimidad política no se obtiene con soluciones unilaterales tomadas en círculos cerrados de poder, para luego apelar a un arsenal de argumentos de lo más inverosímiles y contradictorios para intentar su posterior justificación.
Los temas mencionados no son menores. La inflación, por tomar uno, es un problema que afecta de manera directa a los que menos tienen, y cuya solución hoy el gobierno no ha comenzado a esbozar porque aún ni siquiera la reconoce (o no le conviene reconocer o no sabe qué hacer). No obstante, los sindicatos aliados al gobierno (valga ahora esta aclaración, en razón de los últimos sucesos) piden y negocian aumentos salariales que en mucho exceden los índices oficiales. Esta manera de hacer política, que tuvo su cenit en la crisis de las retenciones, provoca dinámicas de negación, rechazo y polarización, que intentan esconder las verdaderas dificultades. El resultado de la tristemente célebre resolución 125 demostró la futilidad de esta estrategia.
¿Cómo encauzar la discusión de políticas de estado de largo plazo, en un ambiente con tendencias a la polarización y la crispación generalizada? La pregunta parece huérfana de respuestas, si apelamos al ejemplo de la primera medida importante en materia de política económica que intentó imponer
En el fragor de las discusiones,
Estas ideas, al parecer sencillas, no están suficientemente arraigadas en la sociedad y tampoco en la clase política. La visión plebiscitaria de la nación, en la que la presidenta en ejercicio se considera legitimada para tomar cualquier medida con fundamento en el respaldo popular, genera la creencia también plebiscitaria de que ante el desacuerdo, la manera de oponerse es ganar
Reconstruir la confianza en la política, en el Congreso, en la representación, parece ser el camino a recorrer para solucionar los problemas que hoy tenemos, que exceden en mucho el tema del campo. No obstante, la visión de corto plazo de la mayoría de los actores (oficialismo, oposición e intereses sectoriales) es hoy uno de los mayores obstáculos para esta reconstrucción.
La república democrática, por oposición a la democracia plebiscitaria, requiere de la construcción paciente de consensos en torno de los grandes temas que nos afectan a todos. La institucionalización de tales consensos otorga la legitimidad necesaria para llevarlos adelante en el tiempo.
Los debates recientes en el Congreso parecen ser un primer paso, acaso endeble y frágil. Pero no debemos olvidar que si bien la falta de práctica genera entumecimientos y rigidez, con ejercicio y gimnasia pueden superarse. El desafío es volcar hacia este camino toda nuestra confianza y energía. Soluciones distintas aunque nos cueste reconocerlo no han demostrado eficacia en el pasado.




