Revista Criterio
Iglesia
Nº 2214 » Abril 1998

Psicología y enseñanza de la Iglesia

por Coleman, Gerald D. - Rossetti, Stephen J. · 2 Comentarios 

La Comisión de Matrimonio y Familia de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos publicó el 1º de octubre del año pasado una extensa declaración de cuyo título es Always Our Children: A Pastoral Message to Parents of Homosexual Children and Suggestions for Pastoral Ministries [Siempre nuestros hijos. Mensaje pastoral para los padres de homosexuales y recomendaciones para el ministerio pastoral], previamente aprobada por el comité administrativo de la Conferencia Episcopal el 10 de septiembre del mismo año.

 

The Washington Post, en un artículo de primera plana, destacó la distinción que establece el documento entre la orientación homosexual y los actos homosexuales, estos últimos objetivamente inmorales según la enseñanza de la Iglesia. Asimismo, el diario citó un pasaje significativo: “Por lo general, la orientación homosexual se vivencia como una condición predeterminada, no como el resultado de la libre elección. Así pues, en sí misma dicha orientación no puede considerarse un pecado, puesto que la moral presupone el libre albedrío”.

 

Tal distinción no constituye una novedad. Representa una postura adoptada hace mucho tiempo en la enseñanza moral católica. En efecto, la reciente declaración afirma que “no expone ningún nuevo fundamento teológico” y que no pretende ofrecer una “presentación sistemática de la enseñanza moral de la Iglesia”.

 

El siguiente artículo, si bien fue escrito con anterioridad a la publicación de Always Our Children, complementa el mensaje. Su finalidad es integrar las perspectivas de la enseñanza moral católica y de la psicología contemporánea, con el objeto de brindar un panorama sucinto de las cuestiones que atañen al tema de la homosexualidad. El padre Stephen J. Rossetti, psicólogo y sacerdote de la diócesis de Siracusa, Estado de Nueva York, es el presidente del Instituto San Lucas de Silver Spring, Maryland, un centro terapéutico residencial para miembros del clero y de las órdenes religiosas. Por su parte, Gerald D. Coleman, sacerdote sulpiciano y teólogo, es el presidente y rector del Seminario de San Patricio de Menlo Park, Estado de California.

 

 

 

 

Hoy en día, los psicólogos católicos y los sacerdotes tienen por delante la imperiosa tarea de interpretar e integrar debidamente los hallazgos de la psicología y las enseñanzas de la Iglesia católica. Esa necesidad reviste especial urgencia en el tema de la sexualidad humana y, en particular, en nuestra interpretación de la homosexualidad.

 

A fin de lograr dicha integración, resulta esencial conocer cabalmente las cuestiones sobre las que se ha pronunciado la Iglesia y aquellas acerca de las que no lo ha hecho. Así y todo, existen significativas interpretaciones erróneas de las enseñanzas de la Iglesia respecto de la homosexualidad. Y a raíz de esa mala comprensión, reinan un gran desasosiego y una grave contradicción de opiniones.

 

Hay quienes afirman exponer una posición oficial sobre la homosexualidad cuando, en realidad, citan frases y conceptos aislados que, fuera de contexto, no se corresponden con el sentido global de la enseñanza de la Iglesia. Por otra parte, se encuentran aquellos que rechazan la postura de la Iglesia frente a la homosexualidad, aunque es probable que sus interpretaciones estén tergiversadas en virtud de los conceptos erróneos imperantes. Huelga decir que explicar con claridad el verdadero sentido de la enseñanza de la Iglesia no zanjará en forma definitiva el conflicto de opiniones; sin embargo, puede representar un avance concreto hacia su armonización.

 

Un buen punto de partida es el Catecismo de la Iglesia católica, publicado en 1992 con la aprobación del papa Juan Pablo II. El catecismo ofrece una breve exposición de las posturas de la Iglesia, que hallan sustento en las Escrituras y en la ley natural, respecto de la sexualidad humana (nn. 2331‑33) y de la homosexualidad (nn. 2357‑59). En pocas palabras, diremos que enseña que la sexualidad afecta todos los aspectos de la persona humana; que corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y aceptar su identidad sexual, y que la homosexualidad designa la atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo. Asimismo, precisa que el origen psíquico de la homosexualidad permanece en gran medida inexplicado y que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados, pues cierran el acto sexual al don de la vida y no proceden de una verdadera complementariedad. Finalmente, el catecismo señala que un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales, que dichas personas no eligen su orientación homosexual y que deben ser acogidas con respeto, compasión y delicadeza, si bien los actos homosexuales no pueden recibir aprobación en ningún caso.

 

Esas enseñanzas del catecismo se complementan con otros documentos de la Iglesia. En conjunto, proporcionan una base teológica a partir de la cual es posible edificar una perspectiva católica acerca de la psicología de la homosexualidad.

 

La reducción de las personas a su orientación sexual

 

Tal como lo indica el catecismo, el don de la sexualidad impregna todos los aspectos de la persona humana y, por tanto, posee una importancia vital. Con todo, la tendencia específica de las atracciones sexuales o, en otras palabras, la orientación sexual, no debe considerarse como la característica principal y distintiva de la persona.

 

En su Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales (1986), la Congregación para la Doctrina de la Fe sostiene que la persona humana “no puede ser definida de manera adecuada con una referencia reductiva sólo a su orientación sexual” (n. 16). En el mismo sentido, monseñor Dionigi Tettamanzi, arzobispo de Génova, Italia, expresó en un artículo aparecido en L’Osservatore Romano (14/3/97) que tanto las Escrituras como la Iglesia afirman “el primado de la persona sobre su sexualidad”. Se trata de un discernimiento fundamental que representa tanto un enfoque cristiano como una sólida percepción psicológica.

 

La sexualidad parece haberse convertido en una obsesión para la sociedad occidental. Si bien constituye una parte integral de la persona humana y no puede disociarse de su identidad, es tan sólo una de sus facetas. La Iglesia debe seguir dando testimonio de la presencia de otras realidades, como el espíritu humano y su necesidad de amar y de alcanzar la verdad.

 

Es por ello que creemos que puede conducir a equívocos hablar de “homosexuales” o de “heterosexuales” como si la orientación sexual definiera a la persona. El empleo de tales palabras profundiza el abismo que separa a la gente y, a la vez, reduce las posibilidades de diálogo. De ahí que en el presente artículo nos referiremos a las personas “con orientación homosexual” o bien “con orientación heterosexual”.

 

Pero aun eso resulta demasiado simplista, pues supone que las personas pueden dividirse en dos grupos distintos en función de sus atracciones sexuales. La ciencia de la psicología sugiere, por el contrario, que la orientación sexual es un fenómeno mucho más complejo que no puede resolverse apelando a una simple dicotomía.

 

La realidad indica que la orientación sexual constituye más bien una escala o, mejor, una serie de escalas que comprenden diversos tipos y grados de atracciones. En la edición del 23 de abril de L’Osservatore Romano, el doctor Gianfrancesco Zuanazzi, profesor de psicología del Instituto Juan Pablo II para los estudios sobre el matrimonio y la familia de la Pontificia Universidad de Letrán, plantea lo siguiente: “Entre la homosexualidad exclusiva y la heterosexualidad absoluta existe un continuo que abarca una amplia gama de grados intermedios”. La mente humana tiende a reprimir aquellas atracciones que no son aceptables para la persona o para la sociedad, pese a que de todos modos se encuentran presentes y en determinadas circunstancias pueden aflorar.

 

A fin de ilustrar tales conceptos, tal vez resulte útil una analogía con el color de la piel. Nosotros clasificamos a los afroamericanos como “negros” y a los caucásicos o indoeuropeos como “blancos”. Lo cierto es que no son ni lo uno ni lo otro. En realidad, la piel de la mayoría de los “negros” presenta diversos matices de marrón. En cuanto a los “blancos”, su piel varía entre las gamas del color rosado y el ocre o canela. Sería más exacto, entonces, hablar de “marrones” y de “ocres”. Las clasificaciones de “negros” y “blancos” no hacen más que perpetuar la dicotomía de nuestras razas y tornar más difícil el diálogo. Si reconocemos la plétora de matices que presenta la piel, distinguiremos con mayor claridad el arco iris de colores que engloba a los cuerpos humanos. En síntesis, tanto el color de la piel como la orientación sexual son fenómenos complejos.

 

En su libro Make Your Tomorrow Better [Cómo mejorar el mañana] (1980), el psicólogo Michael Cavanagh introdujo una dimensión adicional en la ya de por sí compleja cuestión de la orientación sexual. Expuso que dicha orientación posee características tanto psicológicas como físicas. Por ejemplo, una persona puede ser al mismo tiempo heterosexual desde el punto de vista psicológico y homosexual en el plano físico. En ese caso, la persona sentiría atracción física hacia otra del mismo sexo y estaría atraída y vinculada emocionalmente a otra persona del sexo opuesto.

 

Por consiguiente, la orientación sexual es un tema complejo que no permite establecer categorías simplistas. La enseñanza católica reconoce la importancia y la complejidad de la sexualidad humana y exhorta a no reducir a las personas a su orientación sexual.

 

Los orígenes de la homosexualidad

 

Existen opiniones encontradas en lo que concierne a los orígenes de la orientación homosexual. Algunos observadores sostienen que la orientación sexual es una elección y, por ende, corresponde estrictamente al orden moral. En la acera de enfrente, se encuentran quienes afirman que tal inclinación es consecuencia de la herencia genética y, por lo tanto, se halla predeterminada desde la concepción. No son pocos los que apuntan hacia factores del desarrollo y sostienen que la orientación homosexual en los niños varones deriva de madres sobreprotectoras y padres abdicantes. Otros, en cambio, arguyen como factores determinantes traumas psicológicos tempranos, tales como el abuso sexual o el rechazo por parte de los pares. Éstas son sólo algunas de las múltiples teorías existentes.

 

Por nuestra parte, recomendamos observar cierta cautela. Una simple teoría difícilmente sirva para explicar cada caso particular de orientación homosexual. Si se realizara un estudio etiológico sobre las tendencias sexuales de un gran número de personas con tal orientación, es probable que se descubran diversas categorías y tipos. Tal vez resultaría más exacto, entonces, hablar de homosexualidades y no de homosexualidad. De ese modo, se distinguirían sus diferentes clases. Con toda probabilidad, existen muchos tipos diferentes de orientación homosexual y numerosas vías para su desarrollo.

 

A todo esto, ¿qué enseña la Iglesia católica acerca de tan compleja cuestión? Podríamos partir de lo que la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual del Concilio Vaticano II (1965) dio en llamar “autonomía legítima… de las ciencias”. El Concilio declaró que las ciencias seglares realizan sus investigaciones con una cierta autonomía y de acuerdo con sus propios principios y su propio método. La Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales de 1986 reconoce también que las ciencias humanas tienen un objeto y un método propios y gozan de legítima autonomía. Esto entraña que la etiología de la orientación sexual no es una cuestión de dogma, sino que corresponde a la investigación científica propia del campo de la psicología. Ninguna interpretación sobre la génesis de la orientación sexual constituye un artículo de fe.

 

Empero, últimamente el magisterio de la Iglesia se ha abocado a estudiar los discernimientos de la psicología y ha ofrecido reflexiones a modo de principios orientadores para los fieles. A título de ejemplo, el catecismo de 1992 señala que “el origen psíquico [de la homosexualidad] permanece en gran medida inexplicado”. No obstante, la Iglesia también rechaza la idea de que la orientación homosexual sea en todos los casos el resultado de una elección. Refiriéndose a las personas con esas tendencias, afirma que “no eligen su condición homosexual”.

 

Asimismo, el documento Principles to Guide Confessors in Questions of Homosexuality [Principios orientadores para los confesores sobre cuestiones relativas a la homosexualidad] (1973), publicado por la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos, señala: “Puede afirmarse con cierta seguridad que un hombre o una mujer no decide volverse homosexual”, sino que descubre que lo es.

 

Esa interpretación de que la “orientación homosexual se descubre, no se elige” llevó a que en su Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, la Congregación para la Doctrina de la Fe precisara que “la particular inclinación de la persona homosexual” no es un pecado en sí (n. 3). Según la teología moral católica, para que exista culpabilidad en los actos debe intervenir el libre albedrío.

 

Cualquiera sea la etiología de la homosexualidad, los psicólogos católicos coinciden con la Iglesia en afirmar que la orientación homosexual en sí misma no constituye un pecado. De todas maneras, se estima improbable que la Iglesia alguna vez apruebe una teoría específica sobre la génesis de la homosexualidad. Así pues, la cuestión de los orígenes permanecerá en el ámbito de la psicología. Los católicos gozan de la libertad de atender a los argumentos de la ciencia y de formar su propio juicio sobre este tema.

 

La distinción entre la orientación y los actos homosexuales

 

La Iglesia establece una distinción entre la orientación y los actos homosexuales. Tal distinción entre un estado o condición existentes y su realización concreta no es nueva en la teología moral católica. Basta recordar que tradicionalmente se ha enseñado que no es pecado tener pensamientos concupiscentes involuntarios. Sí, en cambio, se peca cuando dichos pensamientos se concretan voluntariamente en un comportamiento sexual inmoral.

 

La Iglesia siempre ha calificado los actos homosexuales como objetivamente pecaminosos. El catecismo enseña que “la sexualidad está ordenada al amor conyugal del hombre y de la mujer” (n. 2360) y que esa complementariedad natural está abierta a la transmisión de la vida. En igual tenor, la Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales declara explícitamente que los actos homosexuales no son una opción moralmente aceptable.

 

Al mismo tiempo, la Iglesia no pretende que la gente reniegue de sus inclinaciones sexuales. El catecismo no deja dudas al respecto cuando afirma: “Corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y aceptar su identidad sexual” (2333). Puesto que el catecismo también observa que el número de personas con orientación homosexual es “apreciable”, es dable inferir que establece la necesidad de que dichas personas admitan y acepten su identidad sexual.

 

Sin embargo, muchas personas con orientación homosexual han negado y reprimido sus sentimientos sexuales por temor y por vergüenza. Tal actitud suele denominarse “homofobia internalizada”. Conocemos no pocos casos en los que ese pudor y ese rechazo a aceptar los propios sentimientos homosexuales han conducido a un estilo de vida en extremo disfuncional, en ocasiones concomitante con un comportamiento sexual compulsivo y/o una profunda depresión.

 

En su artículo de L’Osservatore Romano, el doctor Zuanazzi reprueba el concepto de que las personas con orientación homosexual llevarían un mejor estilo de vida si reprimieran sus sentimientos. Critica que tales afectos sean “repelidos al inconsciente” y exhorta a que se efectúe “un examen real de los requerimientos emocionales internos”. Asimismo, admite la dificultad de “armonizar al individuo consigo mismo” sin fomentar el comportamiento homosexual, y al respecto escribe que “el método aquí propuesto presenta dificultades considerables y expone al riesgo de reiterados fracasos, pero en mi opinión es el único método que permite que el paciente alcance su desarrollo como persona humana”.

 

En virtud de nuestra propia experiencia pastoral y clínica, adherimos a la opinión del doctor Zuanazzi. Los profesionales de la salud mental católicos tienen por delante la misión de ayudar a quienes descubren su orientación homosexual para que logren “reconocer y aceptar”, en palabras del catecismo, la realidad de su identidad sexual y, asimismo, de asistir a sus pacientes a fin de que desarrollen los medios espirituales y psicológicos necesarios para vivir en la castidad.

 

Consideramos que el llamamiento a la castidad reviste especial importancia en el servicio pastoral prestado a aquellos que se han comprometido a la vida célibe, aunque no por ello desdeñamos su pertinencia para los demás. Nos permitimos recomendar con firmeza a quienes tienen a su cargo la formación de seminaristas o de miembros de las congregaciones religiosas que velen por que todos los candidatos tengan una cabal percepción de su propia sexualidad antes de que se los admita para recibir el sacramento del orden o hacer los votos definitivos. Esa percepción de la propia sexualidad deberá estar acompañada por los medios espirituales y psicológicos necesarios para vivir el celibato.

 

Uno de esos medios fundamentales es la capacidad de trabar amistades sólidas y enriquecedoras. En el documento Principles to Guide Confessors in Questions of Homosexuality de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos se alienta el “cultivo de una firme amistad con al menos una persona” y se señala que “un homosexual puede mantener una relación duradera con otro homosexual sin recurrir a la expresión genital”. Aconsejamos que dicha capacidad para entablar amistades sólidas con personas de ambos sexos sin que se verifique una expresión genital constituya un requisito primordial para autorizar a los candidatos, cualquiera sea su orientación sexual, a recibir el sacramento del orden o realizar los votos definitivos.

 

Si bien existe una posibilidad cierta de que se produzcan “reiterados fracasos” al reconocer la propia sexualidad sin mantener una actividad genital, tal como indica el doctor Zuanazzi, la compasión y la paciencia de los profesionales de la psicología y de los confesores espirituales pueden convertirse en una fuente de aliento para que las personas perseveren en la senda de la integridad sexual.

 

Estimamos prudente añadir que quienes abrazan el celibato a fin de huir de sus sentimientos homosexuales representan una bomba de tiempo que puede estallar en cualquier momento. No han sido pocos los sacerdotes y religiosos con problemas de conducta sexual que, durante una entrevista clínica sobre su orientación, se mostraron auténticamente confundidos y no supieron cómo responder. Es probable que reprimir la sexualidad aparezca como la salida inmediata más segura, pero predispone a padecer graves problemas en el futuro.

 

Resulta vital para la salud psíquica de toda persona, incluidos los célibes, reconocer con sinceridad los propios sentimientos sexuales y aceptarlos con entereza. Sólo cuando tales sentimientos se reconocen e integran surge la posibilidad concreta de llevar una vida casta y sana. El catecismo dice sabias palabras al exhortar a que cada uno reconozca y acepte su identidad sexual.

 

¿Constituye la orientación homosexual un trastorno?

 

Una de las cuestiones que suscitan mayores polémicas cuando se debate el tema de la homosexualidad es decidir si la orientación misma constituye o no un trastorno. A simple vista, todo indica que a este respecto existe un desacuerdo entre la Asociación Psiquiátrica de los Estados Unidos y la Iglesia católica.

 

La Congregación para la Doctrina de la Fe, en su Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, precisa que “la particular inclinación de la persona homosexual, aunque en sí no sea pecado, constituye sin embargo una tendencia, más o menos fuerte, hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista moral. Por este motivo, la inclinación misma debe ser considerada como objetivamente desordenada”. Dado que la condición homosexual es una tendencia hacia un comportamiento inmoral, la condición misma se juzga como desordenada.

 

En cambio, la Asociación Psiquiátrica de los Estados Unidos ha decidido no calificar la homosexualidad como un trastorno o desorden y la ha eliminado de la edición actual de su Diagnostic and Statistical Manual—DSM‑IV [Manual de diagnóstico y estadísticas]. Dicha edición incluye sólo una referencia indirecta a la anterior categoría de Homosexualidad egodistónica bajo el título “Trastorno sexual no específico”, donde se hace mención de un “malestar persistente y manifiesto frente a la orientación sexual”. Es evidente que ese texto de carácter genérico engloba los casos de personas con orientación heterosexual que sienten un pronunciado malestar por ello. Por lo tanto, según el Diagnostic and Statistical Manual, la orientación homosexual en sí misma no ha de considerarse un trastorno psicológico diagnosticable.

 

A raíz de ambas apreciaciones, algunos han conjeturado que existe un conflicto entre la Asociación Psiquiátrica de los Estados Unidos y la Iglesia católica respecto de si la orientación homosexual en sí es o no un trastorno. Esa inferencia generó una nueva controversia en algunos círculos católicos de profesionales de la salud mental: ¿pueden los psicólogos católicos respetar la enseñanza de la Iglesia y al mismo tiempo desempeñarse con integridad personal en su propia especialidad? Creemos que sí. Y para ello nos basamos en una interpretación más correcta de la enseñanza de la Iglesia.

 

Muchos han interpretado que al calificar la orientación homosexual como “objetivamente desordenada”, la Congregación para la Doctrina de la Fe declara que la orientación misma debe considerarse un trastorno o desorden psicológico diagnosticable. Más aún, se ha sugerido que esa posición es la única que se corresponde con la ortodoxia católica. Por el contrario, nosotros opinamos que la Congregación no tuvo la intención de pronunciarse sobre lo que debería o no incluirse en el Diagnostic and Statistical Manual. Un vademécum que identifica y describe los trastornos psicológicos incumbe exclusivamente al ámbito de la psicología; no se trata de una cuestión de fe y moral católicas.

 

En parte, la confusión estriba en el empleo de los términos “desorden” y “trastorno” en dos contextos distintos y con diferente significado. Cuando los psicólogos utilizar el término “trastorno” o “desorden”, no persiguen pronunciarse acerca del orden ideal de la vida humana conforme a la voluntad de Dios. Asimismo, cuando la Congregación para la Doctrina de la Fe habla de comportamientos “desordenados”, no se refiere a una disfunción psíquica ni procura describir un trastorno psicológico.

 

Antes bien, el documento de la Congregación es una declaración de relevancia filosófica y moral. En su Declaración acerca de ciertas cuestiones de ética sexual (1975), la Sagrada Congregación explica que sus enseñanzas se basan en “principios inmutables fundados sobre los elementos constitutivos y sobre las relaciones esenciales de toda persona humana; elementos y relaciones que trascienden las contingencias históricas” (n. 3). Uno de esos principios inmutables es que la actividad sexual humana está orientada al amor mutuo de un hombre y una mujer unidos por el vínculo del matrimonio, un compromiso abierto a la transmisión de la vida. Tal principio forma parte de la definición misma del matrimonio y la sexualidad que la Iglesia ha elaborado a partir de sus reflexiones sobre las Escrituras, la tradición y la ley natural.

 

Es dentro de ese marco que deben interpretarse las palabras de la Congregación cuando se refiere a la homosexualidad como objetivamente desordenada.

 

¿Padecen un trastorno las personas con orientación homosexual?

 

Con todo, hay quienes se sienten agraviados y concluyen que la Iglesia declara que las personas mismas con orientación homosexual padecen un trastorno o desorden. Creemos que tal conclusión radica en un malentendido.

 

En un importante artículo publicado por America (7/2/87), el arzobispo John R. Quinn abordó este delicado tema. Señalaba que todas las personas tienen inclinaciones desordenadas. Por ejemplo, la inclinación a prejuzgar, a la cobardía o a la hipocresía son ejemplos de tendencias desordenadas. Eso no implica que todo aquel que tenga una inclinación semejante sufra de un trastorno psicológico diagnosticable. Por otra parte, el arzobispo Quinn comentaba que en la Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, la Congregación para la Doctrina de la Fe emite un “juicio filosófico sobre la inclinación u orientación homosexual”, inclinación que no está debidamente ordenada al matrimonio y a la procreación de la vida.

 

¿Acaso esa interpretación es una tergiversación de la verdad? Opinamos que no. El 28 de enero de 1987 el cardenal Joseph Ratzinger, en su condición de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, envió al arzobispo Quinn una carta con motivo de su artículo. En ella, el cardenal expresaba su gratitud por el “cuidadoso análisis” del arzobispo y lo felicitaba por haber extraído del documento de la Congregación las “orientaciones pertinentes” y demostrado “discernimiento y sensibilidad pastorales”. No cabe duda de que el cardenal Ratzinger aprobó la interpretación del arzobispo Quinn.

 

En igual sentido, el doctor Zuanazzi expresa en su artículo para L’Osservatore Romano: “Declaramos que una desviación [la homosexualidad] de la norma sexual [la heterosexualidad] puede coexistir con una función mental sin alteraciones. La homosexualidad no debe considerarse como una enfermedad per se. Sin embargo, una neurosis puede complicar dicha condición en los casos en que la última se vivencie de manera conflictiva o bien presente características compulsivas. Asimismo, debe rechazarse el empleo del término ‘perversión’ debido a su connotación peyorativa”.

 

Corresponde, por consiguiente, a la ciencia de la psicología decidir si la homosexualidad debe clasificarse o no como un trastorno o desorden psicológico. La Asociación Psiquiátrica de los Estados Unidos ha optado prudentemente por no hacerlo. Zuanazzi, en L’Osservatore Romano, ha adoptado la misma posición.

 

Si se consideran las formas compulsivas o egodistónicas como tipos particulares de homosexualidad, entonces resulta plausible clasificar algunas formas de homosexualidad como trastornos psicológicos. Por otra parte, podría argumentarse que si esas formas se juzgan como meros factores que complican la orientación sexual básica de una persona, tal como sostiene el doctor Zuanazzi, la orientación homosexual en sí misma no constituye un trastorno de índole psicológica.

 

Justo es reconocer que algunos autores califican como psicológicamente desordenadas todas las formas de orientación homosexual. Empero, todo indica que ésa no es la conclusión hacia la que apunta la enseñanza católica. Cabe recordar que la misma Iglesia declara que la ciencia de la psicología tiene un objeto y un método propios. Nosotros creemos que la generalidad de los psicólogos católicos, en su afán por ser fieles a la enseñanza de la Iglesia, no están obligados a adherir a ninguna postura psicológica específica favorable o contraria a considerar la homosexualidad como un trastorno psicológico diagnosticable.

 

El problema de la homofobia o la homo-hostilidad

 

Como ya señalamos, la enseñanza católica exhorta a no reducir al ser humano a su orientación sexual. Esta enseñanza hace hincapié tanto en una doctrina fundamental de la fe católica como en un discernimiento de la psicología. Todas las personas fueron creadas “muy bien”, como dice el Libro del Génesis (1,31). Por tanto, todas merecen ser tratadas con respeto.

 

El catecismo aplica esta enseñanza cuando manifiesta que los homosexuales “deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza”. En la Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, la Congregación para la Doctrina de la Fe se expresaba en el mismo sentido: “Es de deplorar con firmeza que las personas homosexuales hayan sido y sean todavía objeto de expresiones malévolas y de acciones violentas”. La Carta condena toda actitud semejante puesto que viola la dignidad intrínseca de la persona.

 

Suele criticarse el uso del término “homofobia” en virtud de que es empleado por los activistas homosexuales para promover su estilo de vida. Es pertinente aclarar que en el presente artículo la utilización de dicho término no persigue avalar posición política alguna. Asimismo, el término tampoco debe aplicarse a aquellos que en forma voluntaria pero adoptando a la vez una actitud compasiva respaldan la enseñanza de la Iglesia acerca de la homosexualidad. Más allá de lo expuesto entendemos, en nuestra condición de profesionales de la psicología y de la teología, que el término capta una cierta realidad psíquica, que tal vez podría denominarse con mayor precisión “homo‑hostilidad”. Por homofobia u homo‑hostilidad nos referimos a un temor excesivo a la homosexualidad, temor que tiene su origen en factores psicológicos y que puede dar lugar a acciones no cristianas y a una discriminación injusta de las personas con orientación homosexual.

 

La homofobia suele ser una consecuencia de la incapacidad de reconocer y aceptar los propios sentimientos sexuales. En otras palabras, no es raro que las personas con orientación heterosexual que tienen una frágil percepción de su sexualidad se sientan amenazadas por la mera existencia de semejantes con orientación homosexual. Dichas personas pueden llegar a oponerse de manera harto combativa a la homosexualidad en procura de afirmar su frágil integración sexual.

 

Por otra parte, existen casos de personas homófobas que, en realidad, poseen considerables sentimientos homosexuales y son incapaces de reconocerlos. Lejos de enfrentar su propia sexualidad, reaccionan en forma negativa y cruel ante los homosexuales, pues rechazan en los otros aquello que no pueden aceptar en ellos mismos.

 

Antes de autorizar a los candidatos al presbiterado a recibir el sacramento del orden o hacer los votos definitivos, es preciso tratar todo signo de homofobia. En la exhortación apostólica Pastores dabo vobis (1992), el papa Juan Pablo II señala que la formación de los sacerdotes se funda en una sólida formación humana (capítulo 5) y destaca que los futuros ministros de la Iglesia deben desarrollar una serie de virtudes en orden a desempeñar su servicio pastoral de manera ecuánime, virtudes como el respeto a toda persona, un profundo sentido de la justicia, una genuina compasión por las gentes y una integridad en el juicio y el comportamiento.

 

La homofobia no es compatible con esa ecuanimidad humana y resulta contraria a la recomendación del documento Human sexuality [La sexualidad humana], publicado por la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos: “Hacemos un llamamiento a todos los cristianos y ciudadanos de buena voluntad para que superen sus propios temores respecto de la homosexualidad y dominen las actitudes hostiles y discriminatorias que ofenden a las personas homosexuales” (p. 55).

 

¿Es posible modificar la orientación homosexual?

 

Algunos profesionales de la psicología afirman que la homosexualidad es una condición reversible. Argumentan que el “verdadero” self es heterosexual y que esa orientación puede recuperarse mediante un tratamiento terapéutico y espiritual. Existen diversos grupos que alegan distintos índices de éxitos logrados a través de las denominadas terapias “de conversión”, algunos de los cuales superan con creces el cincuenta por ciento.

 

Aún resta documentar y aceptar ampliamente los fundamentos y resultados científicos de esas terapias “de conversión”. En palabras del doctor Zuanazzi, “las opiniones sobre la modificación de la orientación sexual se hallan bastante divididas. En general, impera un clima de escepticismo”.

 

Tras examinar los hallazgos psicológicos, la Congregación para la Doctrina de la Fe, en su Declaración acerca de ciertas cuestiones de ética sexual, señala que “se hace una distinción, que no parece infundada” entre diferentes tipos de homosexualidad. Por un lado, se encuentran los “homosexuales cuya tendencia… es transitoria” y por el otro, “aquellos… homosexuales que son irremediablemente tales”. La Congregación da a entender que las tendencias homosexuales “transitorias” pueden modificarse y que aquellas que son “irremediables” se tienen por incurables.

 

De manera coincidente, el doctor Zuanazzi explicó en L’Osservatore Romano que la modificación de la orientación sexual podría ser factible en algunos casos, mas no en todos. “Según mi experiencia clínica, la manifestación efectiva de un impulso heterosexual es bastante excepcional en la verdadera homosexualidad, pero surge con mayor frecuencia en las formas neuróticas y débiles”. Por nuestra parte, tenemos conocimiento de algunos casos de adultos que han afirmado, aparentemente con buenos fundamentos, que gracias a tratamientos terapéuticos y espirituales lograron cambiar su anterior conducta homosexual “débil y neurótica” por un comportamiento heterosexual más sano.

 

Concordamos con el padre John Harvey, fundador de Courage —una organización para homosexuales católicos que deciden vivir en castidad—, cuando dice en The Truth About Homosexuality [La verdad sobre la homosexualidad] (1996) que hoy en día no hay ningún “programa confiable” ni “plan de vida” que garantice la posibilidad de modificar la orientación sexual de una persona. Por lo tanto, “no puede imponerse la obligación de tomar determinadas medidas para lograr el cambio. En estas situaciones debe contemplarse el principio ético fundamental de no imponer un deber a menos que se tenga la seguridad de que tal modificación es efectivamente posible”.

 

Si bien no puede obligarse a nadie a que intente modificar su orientación sexual y tampoco se tiene la certeza de que el cambio sea siquiera posible, algunas personas con orientación homosexual sienten un gran malestar por su condición y tienen una imperiosa necesidad de cambiar. Sería una auténtica obra de caridad cristiana ofrecerles la opción de intentarlo, siempre que exista alguna probabilidad de éxito.

 

Estimamos conveniente, también, que la comunidad clínica católica adopte una actitud receptiva hacia las nuevas terapias. Aunque finalmente acabe demostrándose que las actuales terapias de conversión son ineficaces, el vertiginoso avance de la psicología y de la medicina quizá conduzca al desarrollo de tratamientos terapéuticos más efectivos en el futuro.

 

Sin embargo, recomendamos actuar con prudencia. En el tratamiento de lo que la Congregación para la Doctrina de la Fe denomina orientación homosexual “irremediable”, ofrecer la alternativa de una terapia de conversión puede hacer que el paciente conciba falsas esperanzas que, de verse truncadas por el fracaso de la terapia, agudizarán aún más su sentimiento de culpa. El mismo fracaso puede importar una peligrosa frustración, sobre todo en aquellos pacientes que creen que el éxito de tales tratamientos depende de su propia confianza y predisposición al cambio. Presumimos que en las actuales circunstancias, adoptar las terapias de conversión sin realizar un examen crítico previo puede acarrear resultados clínicos y pastorales perniciosos.

 

De todas maneras, la Iglesia no se ha pronunciado oficialmente sobre la eficacia de las terapias de conversión, y estimamos improbable que lo haga respecto de cualquier otro método terapéutico. Es de suponer que la tarea de comprobar si efectivamente esas psicoterapias consiguen modificar la orientación sexual seguirá siendo competencia de la ciencia.

 

Un llamamiento al diálogo

 

Ha sido nuestra intención resumir, de la manera más clara y abarcadora posible, las enseñanzas de la Iglesia sobre la homosexualidad, así como aplicarlas al campo de la psicología y de la atención pastoral. Creemos que una exposición clara de dichas enseñanzas será de particular provecho para aquellos profesionales que se desempeñan en los ámbitos de la psicología y el ministerio pastoral y, al mismo tiempo, procuran ser fieles a su religión.

 

Asimismo, dicha exposición puede resultar útil para el resto de la comunidad católica. Suponemos que una declaración integral de la enseñanza de la Iglesia acerca de la homosexualidad contribuirá a difundir su aprobación entre la “mayoría silenciosa” de los católicos.

 

Empero, somos conscientes de las dificultades que entraña promover un diálogo sereno en torno de los temas aquí abordados. Esta clase de debates despiertan vehementes pasiones y los artículos como el presente suelen leerse a través del cristal de las ideas preconcebidas sobre las cuestiones que se tratan.

 

No obstante, tras estudiar las enseñanzas de la Iglesia y reflexionar sobre ellas, arribamos a la conclusión de que no respaldan ninguno de los programas propugnados en la actualidad. Por ejemplo, no sustentan de manera acabada los principios de muchos especialistas en terapias de conversión. Por otra parte, si bien la Iglesia enseña que la orientación homosexual es una condición intrínsecamente desordenada, no ha declarado que se trate de un trastorno psicológico. Más aún, no se ha pronunciado en favor de ninguna etiología de la orientación homosexual ni ha emitido valoración alguna acerca de la eficacia de las terapias de conversión.

 

La enseñanza de la Iglesia católica tampoco apoya plenamente a los activistas por los derechos de los homosexuales. Aunque condena la injusta discriminación de que son objeto las personas con orientación homosexual y hace un llamamiento a la compasión y al respeto, desaprueba tanto la legitimidad de los “matrimonios” entre homosexuales como los actos homosexuales.

 

Con todo, es evidente que dentro del marco de tales enseñanzas queda mucho espacio para la investigación y los descubrimientos científicos. Los profesionales católicos son libres de sostener una gran diversidad de opiniones sobre los diferentes aspectos de la homosexualidad: su etiología, su diagnóstico psicológico, la eficacia de los tratamientos y muchas otras cuestiones que competen a la psicología. Es de esperar que esta ciencia no ceje en su empeño de continuar investigando y llenando muchas de las lagunas de nuestros conocimientos. El desarrollo de esta comprensión tornará posible una interpretación más profunda de los discernimientos de las Escrituras y la revelación.

 

Esa comprensión junto con el diálogo entre los psicólogos y los teólogos y, por supuesto, entre todos los cristianos, revisten cardinal importancia. Nos permitimos reiterar el llamamiento de la Iglesia al respeto, la compasión y la delicadeza. Al igual que la sociedad humana, la Iglesia misma se rige con admirable diversidad. Está constituida por hombres y mujeres con orientaciones sexuales diferentes; abarca a personas con necesidad de afirmación y de respeto. Los miembros de la comunidad cristiana tienen el deber de vivir como hermanos. Si no cumplen con ese deber, todo lo que la Iglesia enseñe sobre la homosexualidad será desatendido.

 

  

 


Traducción: CETI - Ana Moreno.

 

Texto original de America, vol. 177, n. 13, nov. 1997.

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Comentarios

2 comentarios to “Psicología y enseñanza de la Iglesia”
  1. javier dice:

    Un artículo muy claro. Sin embargo me saltan preguntas como: ¿la persona que llega a vivir con otra de su mismo sexo y tienen actos homosexuales SOLO entre ellos, tiene el mismo grado de pecado que las que son primiscuas??.
    ¿Se dice que las personas homosexuales deben de vivir en castidad, entonces donde queda el desarrollo de la personalidad si no se siente llamado a la vida casta???

    Gracias por su orientación.

  2. l-alberto dice:

    Muchas gracias y muy claro el artículo. La terapia de conversión la puede realizar hoy por hoy cualquier terapeuta? qué incluiría? empezar a tener relaciones con mujeres que hasta ese momento no se tuvieron? puede el terapeuta inducir a que el paciente visite mujeres o intente conquistas con fines de sexo? Desearía saber una orientación en este tema. Gracias.

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