Revista Criterio
Iglesia
Nº 2375 » Octubre 2011

Un sano y justo equilibrio en el servicio

por Capdevielle, Enrique F. · 8 Comentarios 

¿Cuál es la misión del diaconado? ¿Por qué, después de mil años de ausencia, el Concilio Vaticano II lo restauró?Todavía se conoce poco, en general. Sin embargo, el diaconado es, en realidad, más antiguo que el propio presbiterado. La primera mención en las Escrituras se remonta al capítulo 6 de Hechos de los Apóstoles. Si bien sólo se puede asignar a este libro una fecha tentativa de composición, los diferentes especialistas, al relacionar el momento de la llegada de Pablo a Roma –aproximadamente durante el año 62– concuerdan en ubicar hacia el año 64 la terminación del libro, es decir, dentro del primer siglo de la era cristiana.

El surgimiento de nuevas necesidades en la comunidad naciente requería de nuevos ministerios (palabra que proviene del latín ministerĭum, servicio, aunque hoy esté muy vapuleada). Es el caso del nacimiento del diaconado, los doce convocaron a algunos otros discípulos y les pidieron que buscaran “siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de Sabiduría” (Hech 6, 3) para encargarles la tarea de asistir a las viudas, a los huérfanos y a los más pobres de la comunidad helenística en la distribución diaria de los alimentos y necesidades básicas. Luego, cuando se consideró oportuno dejar ministros estables en las diferentes comunidades que iban constituyéndose, aparecieron los presbíteros o ancianos.

En la historia de la Iglesia se encuentran muchos santos que eran diáconos: san Esteban –formaba parte del grupo de los siete primeros–; san Lorenzo –hoy considerado patrono de los diáconos–; san Vicente, san Gregorio Magno, san Francisco de Asís, por mencionar algunos. Más tarde, la figura del diácono permanente fue desdibujándose hasta prácticamente desaparecer a lo largo de un período de más de diez siglos.

La restauración

La palabra diácono deriva del latín diacŏnus, y éste del griego: διάκονος, servidor, ministro. El diaconado es un ministerio, un servicio. Ya se han cumplido 45 años desde el momento en que el Concilio Vaticano II restauró el diaconado permanente. En la diócesis de San Isidro ya son más de 30 los diáconos permanentes ordenados y casi 20 los que están en vías de recibir el sacramento. Sin embargo, hay diócesis en la Argentina –y en la mayoría de los países– en las que no han oído hablar del diaconado o lo han hecho muy tangencialmente como peldaño previo a la ordenación presbiteral.

¿Por qué restaurarlo si la Iglesia ha prescindido de él por más de mil años? Tal vez, a primera vista, la respuesta pueda tener que ver con la lamentable escasez de vocaciones sacerdotales y, por ende, por las dificultades para brindar el bautismo, el matrimonio o predicar la Palabra. Si bien no es un argumento menor, reducir el diaconado a ese rol

sería colocarlo en el opaco y endeble podio de un premio consuelo.

Como alguien atinó a decir, el diácono permanente no es un “cura de segunda”, ni tampoco un “acólito de lujo”. Muchas veces hay tendencia a encasillar, clasificar y calificar las distintas funciones y actividades en cualquier ámbito de la vida, y la Iglesia y las parroquias no constituyen la excepción.

Pero el diácono es un instrumento del Señor al servicio de cada comunidad –la pequeña Iglesia– y sobre todo de los más pobres y necesitados, trabajando dentro y con la propia comunidad, sin la cual el ministerio pierde su esencia, su sentido.

Pero el diaconado tampoco es un premio o una distinción. Los diáconos permanentes no son unos “ungidos de Dios” (más aún, en la celebración de la ordenación diaconal no existe el signo de la unción, que sí está presente en el ritual de otros sacramentos como el bautismo, la confirmación y la unción de los enfermos). En realidad expresa una manera, un modo diferente, en algún aspecto –ni mejor, ni peor, simplemente distinto– de caminar en comunidad, anunciando la buena noticia, practicando en todo momento el amor (la caridad), y estando al servicio de los más pobres. En palabras de monseñor Victorino Girardi, obispo de Tilarán, Costa Rica, “la comunidad cristiana toda está en fuerza de su vocación a la fe y por su apostolicidad, en situación de servicio y misión”. Pablo VI recuerda en su encíclica Evangelii nuntiandi que toda comunidad va construyéndose en la medida en que es “evangelizada y evangelizadora” al mismo tiempo. Ese “caminar” anunciando la buena nueva está sustentado para todo cristiano –y no sólo para diáconos y sacerdotes– sobre tres columnas: el misterio, la celebración y la vida. Misterio es la fe, el amor y la esperanza. Es precisamente el misterio de Dios hecho hombre que vino al mundo para salvarnos, para anunciar la buena nueva. Es en ese misterio que nos sumergimos a través de la liturgia de la Palabra y de la Eucaristía: la celebración. Y luego llevamos el misterio celebrado a la vida de cada día, a través de todos los que están en nuestro camino, mediante el amor (caridad), acompañando de muchas maneras diferentes según los carismas y circunstancias de cada uno.

Sobre estas tres columnas se apoyan entonces la acción y la actitud, la vida de todo cristiano. Claro que hay matices y diferencias. Por ejemplo, un ministro extraordinario lleva la comunión a un enfermo que no puede participar de la misa: estará siendo, en ese momento, un nexo particular al llevar el misterio desde la celebración (la Eucaristía) a la vida misma (el enfermo). Así también un diácono permanente, participando en una celebración, puede acercar el misterio de Dios a la vida, siendo medio a través del cual se administra un sacramento como el bautismo o participando como testigo de una manera especial en el matrimonio (porque en éste los ministros son los contrayentes).

En efecto, el gran desafío del diácono permanente es lograr combinar, amalgamar y alternar con sano y justo equilibrio su actividad como padre de familia, su trabajo (ocupación, oficio, profesión) y su ministerio, su servicio. Esa será su misión. El autor es médico veterinario y diácono permanente.

Comentar con mi usuario de Facebook

comentarios en Facebook

Deje su comentario en nuestro sitio Web

Escriba su comentario aquí

Comentarios

8 comentarios to “Un sano y justo equilibrio en el servicio”
  1. Raúl Ernesto Rocha Gutiérrez dice:

    Aunque a los siete cristianos nombrados por la iglesia de Jerusalén para encargarse de “servir a las mesas” (Hechos 6:2) no se los designe con el término “diáconos”, resulta muy cierto que a raíz de que el verbo griego traducido “servir” se trata de “diakoneo” se les considere como los primeros “diáconos” o, por lo menos, como el antecedente más importante de aquellos que son mencionados como uno de los dos grupos de líderes de la iglesia primitiva en Filipenses 1:1. Y acerca de los que se indican claramente los requisitos que deben cumplir en 1 Timoteo 3:8-13. Es así como, de manera similar a cómo los diáconos vinieron a complementar el servicio brindado por los apóstoles en el siglo I frente a la crisis desatada por las fallas presentes en la distribución de los alimentos, en nuestros días es de esperar que complementen el ministerio desarrollado por los sacerdotes católicos y por los pastores evangélicos. Así como que las palabras escritas a los filipenses por el obispo de Esmirna, Policarpo, durante el segundo siglo de la era cristiana (”Misericordiosos, diligentes, procedan en su conducta conforme a la verdad del Señor que se hizo servidor de todos”) y que tan bien recuerda la “Lumen Gentium” al referirse a los diáconos, se hagan carne en aquellos que desarrollan esta función eclesial en la actualidad, sobre todo en la República Argentina, tan necesitada de líderes cristianos que sean de inspiración.
    Raúl Ernesto Rocha Gutiérrez.
    Doctor en Teología
    Magíster en Ciencias Sociales.
    Licenciado y Profesor en Letras.

  2. DIÁCONOS…evangelistas; es decir, que alimentan al pueblo….con la mística y la profecía.
    Discípulos y misioneros…..del siglo XXI.
    Los “los aguadores”.

  3. Gustavo F.Grizzuti dice:

    Creo que una señal del trato injusto hacia los laicos que ejercen el ministerio del diaconado y catequistas es no pagarles como a los sacerdotes, parece que en la iglesia cuando se habla de dinero únicamente lo hace de presbísteros hacia arriba, en definitiva eso, no es más que un síntoma de la reproducción de las clases que origina la división del trabajo capitalista y de la cual la jerarquía se encarga bien de dejar en claro que bienes y dinero sólo para sí (para ellos y de acuerdo a la división clasista jerarquicamente organizada).

    Otra reproducción silenciada es el trato que la iglesia les da a los/as catequistas, muchos en la iglesia creen que aún pueden valerse del trabajo ajeno.

    Atte.
    Gustavo

  4. Graciela Moranchel dice:

    Muy bueno que el autor de la nota, diácono también él, señale el “servicio” a los más pobres y necesitados como la misión fundamental que tienen que cumplir los diáconos en cada comunidad, tal como nos lo recuerda la Palabra de Dios.
    Me parece que donde trabajan diáconos, este aspecto es bastante dejado de lado. Al menos es lo que yo veo en las comunidades en las que participo. Su ministerio se resuelve más que nada en la liturgia. De los pobres y necesitados se ocupan por lo general los laicos más sencillos.
    También es importante dejar en claro, como lo hace Enrique Capdevielle, que este ministerio, al igual que “todos” los ministerios en la Iglesia, no constituye ningún “premio o distinción” que lo pondría en un escalón superior con respecto a los demás carismas eclesiales. Simplemente es un modo diferente de anunciar a Cristo Resucitado, con sus características propias.
    Me parece excelente que resurjan estos antiguos ministerios en las comunidades, siempre y cuando existan para “servir” a los hermanos más pobres, no para ejercer ningún tipo de potestad “fuera de foco” en el Pueblo de Dios. “Servir” es participar de la misión “real” de Cristo. Servir es “reinar” y es también trabajar para la comunión y para el bien de todos.

    Saludos cordiales,

    Graciela Moranchel
    Profesora y Licenciada en Teología Dogmática

  5. Graciela Moranchel dice:

    Muy bueno que el autor de la nota, diácono también él, señale el “servicio” a los más pobres y necesitados como la misión fundamental que tienen que cumplir los diáconos en cada comunidad, tal como nos lo recuerda la Palabra de Dios.
    Me parece que donde trabajan diáconos, este aspecto es bastante dejado de lado. Al menos es lo que yo veo en las comunidades en las que participo. Su ministerio se resuelve más que nada en la liturgia. De los pobres y necesitados se ocupan por lo general los laicos más sencillos.
    También es importante dejar en claro, como lo hace Enrique Capdevielle, que este ministerio, al igual que “todos” los ministerios en la Iglesia, no constituye ningún “premio o distinción” que lo pondría en un escalón superior con respecto a los demás carismas eclesiales. Simplemente es un modo diferente de anunciar a Cristo Resucitado, con sus características propias.
    Me parece excelente que resurjan estos antiguos ministerios en las comunidades, siempre y cuando existan para “servir” a los hermanos más pobres, no para ejercer ningún tipo de potestad “fuera de foco” en el Pueblo de Dios. “Servir” es participar de la misión “real” de Cristo. Servir es “reinar” y es también trabajar para la comunión y para el bien de todos.

    Saludos cordiales,

    Graciela Moranchel
    Profesora y Licenciada en Teología Dogmática

  6. Acerca de la restauración en la Iglesia del diaconado permanente, pienso que ha venido a cubrir las crecientes necesidades de las comunidades cristianas en lo propio del diácono, que es el servicio. Por eso, la imposición de manos del obispo no es en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio.El hecho de que sólo el obispo realice la imposición de manos, da cuenta del vínculo especial del diácono con relación al obispo, en cuanto al desempeño de las tareas de su diaconía.
    Es importante tener presente que el C:Vaticano restauró el diaconado como grado propio y permanente dentro de la jerarquía, el que se puede conferir a varones en edad madura, y aunque estén casados. Pero la constitución Lumen Gentium deja ver que, de conferirse a jóvenes idóneos, “debe mantenerse firme la ley del celibato.”
    En el caso de varones casados, que es lo que estamos acostumbrados a ver, se requiere como bien dice el autor de la nota, un justo equilibrio entre su condición de padre de familia, su ocupación y en algunos casos, ocupaciones, y el desempeño de su diaconía. Por mi parte, añadiría la importancia del rol de la esposa, en cuanto a la comprensión y acompañamiento del esposo en esta participación diaconal en la misión de la Iglesia.
    Gracias. Atentamente.
    Prof. María Teresa Rearte.

  7. Fernandez dice:

    Es curioso que los católicos de hoy nos sumemos al coro modal de la época en que vivinos, porque opinamos si el cura debe tener la posibilidad de casarse o no, de tener hijos naturales o no, si tiene que estar al frente de un ente jurídico-organización llamado parroquias, etc.etc.etc…

    A mi parecer no debemos asustarnos los cambios a producirse según la época, el cual no puede disonar a modo cultural en que Cristo se introdujo en la vida humana, con cuerpo y alma, como cualquier habitante de esta tierra. Lo que sí debemos temer es al habituarnos a no vivir como los primeros cristiano que eran uno, que se amaban reciprocramente. De esta manera era como crecía el número de seguidores de nuestro santo Dios encarnado y no por otra vía.

    Creo que las parroquias podrían ser llevadas adelantes por tres o mas diácolnos que guarden los requisitos buscados en esos primeros siete que sita la nota, donde podrán impartir la catequésis, el bautismo, matrimonio, unción de los enfermos y predicación de la Palabra…

    El sacerdote podrá vivir en comunidades- incluso con el mismo Obispo, para que no esté también él solo- y se dedicará al rezo, a dar retiros, y al seguimiento de sus diáconos con sus respectivas parroquias, donde las visitará para confesar periodicamente a sus parroquianos que vivan en comunidad e instaurar la sagrada consagración del pan, el cual será distribuida oportunamente por los diáconos…

    Logicamente, para ser consagrado deberá elegir antes la virginidad, pero no como obligación sino como algo personal producto del ser elegido por Dios mismo para intimar con él… precioso regalo que tienen muy pocos y que algunos no saben valorar… Y aquellos que desean casarse con una mujer y tener hijos-siempre que quieran- podrán ser diáconos.

    Pienso que debido a la demanda organizacional de la actual ferigresía de nuestra Iglesia Católica, podría ser de esta manera y se acaban todos los problemas actuales de nuestra santa Iglesia con los curas casados, no casados pero deseosos de hacerlo, disidentes, curas con hijos no reconocidos o conocidos, ferigreses burócratas, chupacirios, creyentes inspirados por algún pajarraco y demas yervas que aparezcan.

    El tema pasa por distribuir los bienes y ello se dará cuando los cristianos, a igual que la primera comunidad, se amaban reciprocramente.

    Doy mi humilde visión para resolver los problemas que nos afectan en la vida moderna en que vivimos. No he querido ofender a nadie.

    La vida es corta y todo pasa.

  8. Me parece que los comentarios formulados por la persona que se identifica como “Fernández”, y lo digo con respeto, necesita algunas correcciones.
    -El diácono no es ministro del sacramento de la unción de los enfermos. El ministro es el sacerdote (presbítero y obispo). Y eso incluso se fundamenta en los textos considerados de institución del sacramento.
    -Su diseño de las funciones que asignaría al presbítero parecen un tanto burocráticas y también itinerantes. Además no hay tantos diáconos como para distribuirlos como dice en las parroquias.
    -Disocia la celebración eucarística de la distriución o administración de la Eucaristía. Hay normas litúrgicas al respecto. Excepcionalmente se puede llevar la Eucaristía fuera de la Misa a un enfermo. O se dejan hostias consagradas para distribuir entre los fieles cuando no está el sacerdote. Pero no como esta persona propone.
    -En la diócesis a la que pertenezco hay comunidades sacerdotales; pero cada sacerdote tiene asignada su parroquia.
    -En cuanto a la ley del celibato, que rige para los presbíteros, no se aplica a los varones casados que son ordenados diáconos. Pero si recibieran el diaconado varones jóvenes y solteros, el C.Vat.II ha mantenido para ellos la ley del celibato.
    -El celibato tiene sus fundamentos y su valor, si bien es ley eclesiástica que si la Iglesia quisiera la podría derogar. Pero lo que no entiendo, aún cuando pienso en que no es fácil de cumplir, es el empeño de los laicos por eliminar el celibato sacerdotal.
    -Se ha sobrevalorado la vida de la pareja, la cual puede tener también sus problemas. También sucede que se ha silenciado el sentido y valor de la virtud de la castidad, incluso entre los jóvenes, o las personas casadas. Quisiera añadir que la castidad perfecta, o más claramente la virginidad por el Reino de los Cielos, abrazada por mujeres y varones en la vida consagrada, por los sacerdotes en el celibato, conduce a la configuración con Cristo, que así vivió. Pienso que el sr. o sra. Fernández así lo advierte. Y que como cristianos corresponde que lo sepamos valorar.
    Mi desempeño como profesora me permitió encontrarme con chicas universitarias, que se sentían llamadas a una forma de vida más entregada a Dios. Pero muy solas, porque el ambiente social, cultural, e incluso eclesial, no acompaña mayormente la vocación de las mujeres a la vida consagrada a Dios. En este sentido quiero mencionar que no sólo se ha restaurado el diaconado. Sino también el orden de las vírgenes y de las viudas, etc. Pero hay como un “pansexualismo”, una erotización excesiva, en la cultura, y no se toman en consideración estas opciones vocacionales.
    Gracias. Respetuosamente.
    Prof. María Teresa Rearte

Revista Criterio