Iglesia
Una economía de comunión
por Calvo, Cristina · Comentar
Esta es una santidad al alcance de todos, un camino posible donde la clave de la vida (relación con Dios y con el prójimo) pasa por el amor. Como otro Cristo cada hombre hace su aporte en los diferentes campos: la ciencia, el arte, la política, la economía…
Históricamente, muchas experiencias económicas surgieron del deseo de amar al prójimo. Basta pensar en la comunión de los bienes entre los primeros cristianos, en las experiencias de las abadías benedictinas o en muchas empresas privadas que nacieron y nacen para ofrecer oportunidades a los desafortunados y de organizaciones non-profit que se ocupan de los últimos de la sociedad.
Lamentablemente, es muy conocida una afirmación del economista D.H. Robertson, según el cual el amor no tiene que ser malgastado en la vida económica, ya que para explicar y prever los comportamientos económicos es suficiente formular hipótesis sobre el self-interest. El stock de amor que poseamos tendría que utilizarse, en cambio, para otras esferas más nobles de la vida (familia, amistad, filantropía). Desde esta perspectiva, por supuesto, se considera al amor como un bien económico: y como todos los bienes, éste es escaso y al ser empleado, se lo consume, por lo tanto… ¡no lo desperdiciemos en la vida económica que no lo necesita!
Esta tesis, que podría parecer casi banal (porque el amor no pueden ser considerado como un bien que se consume sino como una virtud que aumenta con el uso) tiene, en cambio, raíces teóricas profundas y ocupa un lugar de primer plano en la ciencia económica contemporánea.
Antes de la modernidad no era concebible pensar en la persona humana fuera de la comunidad.
¿Por qué hoy la sociedad se plantea la necesidad de humanizar la economía, de situar a la persona en el centro de toda la vida económico-social?
Quiero afrontar un esbozo de respuesta abordando el tema de la dimensión ética y religiosa dentro de las ciencias humanas y, por consiguiente, de la economía.
¿Es necesario considerar esta dimensión? Sí, porque mientras carezcamos de códigos de comportamiento moral en el ámbito económico, estaremos siempre desprovistos y en desventaja cuando llega el momento de traducirlos en términos de programas que impliquen una práctica y un compromiso.
Relación entre dimensión moral y religiosa y economía
¿Cuál es el tipo de relación que existe entre la dimensión ética y religiosa y economía?
Con el desarrollo del pensamiento neopositivista se difunde la tendencia a considerar al saber producido por la economía como un saber libre de funciones orientadoras.
La afirmación del carácter neutral como criterio de demarcación de las ciencias, una vez unido a la idea de que sólo éste último puede decirse rigurosamente racional, lleva a concebir la neutralidad como carácter inherente y esencial a la razón económica. Para ser científico, el economista no podría comprometerse con juicios de valor.
El alejamiento que, de este modo, se produce entre razón y decisión resulta abismal. La razón científica no tiene que meterse con los fines. De aquí la difusión de actitudes relativistas, y hasta escépticas, entre no pocos economistas, incluso entre muchos que se declaran creyentes.
Si se piensa en la economía como en uno de los modos no ciertamente el único de aumentar nuestra capacidad de comprender los acontecimientos del mundo social y de tratar de mejorarlo modificando determinadas cuestiones, el economista no puede autodelimitar su campo de intervención solamente a cuestiones de eficiencia.
Se comprende de qué manera este escepticismo científico fue perjudicial para la comprensión de los nuevos problemas de naturaleza económica en la post-modernidad y, sobre todo, cuánto ha contribuido a que la conciencia moral y religiosa se ejercitara solamente en otros ambientes, como remedio gratuito a la insuficiencia del Estado o del mercado.
Pienso que la contribución específica de la dimensión moral y religiosa, antes que en la inspiración de teorías económicas y antes que en la enunciación de normas morales de comportamiento, se encuentra en la propuesta de un horizonte hermenéutico capaz de provocar cambios en las categorías de pensamiento sobre las cuales se sostiene el actual discurso económico.
Hacia un cambio de ruta
Hoy está muy difundida entre los estudiosos de economía la percepción de que es necesario un radical cambio de ruta, otro modelo, aunque aún no está claro hacia qué dirección moverse.
Las teorías económicas no transmiten solamente resultados de experimentos o de simulaciones; son, de alguna manera, instrumentos de modificación del orden existente. Por ejemplo, si un meteorólogo se equivoca en las previsiones del tiempo, el tiempo no se ve modificado, pero si el economista dice que es racional el comportamiento puramente individualista, su teoría contribuye a crear cada vez más agentes económicos individualistas.
Por eso la economía no puede tener una existencia ajena a los valores.
Reconceptualización del discurso económico
Considero que la contribución más significativa que tal perspectiva puede dar a la reconceptualización del discurso económico radica en la superación del reduccionismo estéril, en el cual se ha estancado gran parte de la manera de hacer teoría económica.
Voy a referirme a algunas formas específicas de este reduccionismo:
1) Las relaciones humanas se redujeron a meras relaciones de intercambio de equivalentes. Sin embargo, el universo económico está formado por diversos mundos, en cada uno de los cuales prevalece un específico tipo de relaciones: conjuntamente con las relaciones de intercambio se encuentran presentes de una manera muy determinante las relaciones de reciprocidad o pro-sociales. Basta citar la sociedad civil, con su economía civil organizada en la economía familiar, la economía popular, los microemprendimientos, las experiencias de autoconsumo, de gestión de micro-créditos, la cooperativa, el mutualismo, hasta verdaderas formas de empresa privada como la banca ética y las empresas sociales.
2) La esfera de la racionalidad se ha reducido a la de la calculabilidad. Esta considera válido sólo lo cuantificable, y entonces no podrían entrar en esta esfera las relaciones interpersonales o pro-sociales como las mencionadas en el punto anterior, es decir, las que se dan entre sujetos social y culturalmente predispuestos a entrar en una red de relaciones reguladas por una lógica distinta de la de intercambio de equivalentes.
3) Una forma de reduccionismo, que en cierto sentido sintetiza las precedentes, y es: la felicidad reducida a la utilidad. ¡Pensar que en los primeros años del siglo XIX la economía era definida como la ciencia de la felicidad! Palmieri, de la Escuela Mediterránea, escribía en 1805: Entre todos los seres, el hombre es lo más útil para el hombre. Él no puede esperar que otros bienes le den lo que solamente puede obtener de sus iguales. Otros economistas como Muratori, Verri, Sismondi escribían: El aumento de la riqueza no es la finalidad de la economía política, sino el medio de la cual ella dispone para tratar de dar a todos la felicidad.
Como se sabe, con la revolución marginalista del 1870, el implante filosófico del utilitarismo entra con fuerza en el discurso económico y… ¡desde entonces permanece allí! La idea en que se sustenta es que lo máximo siempre conduce a lo mejor, lo cual definiría la regla práctica según la cual para ser felices lo que hay que hacer es tratar de maximizar la utilidad.
Pero la utilidad es una propiedad de la relación entre el hombre y una cosa (comprendiendo también al hombre tratado como una cosa), mientras que la felicidad tiene que ver con la relación entre personas. Así, por haber cambiado en el discurso económico la categoría de felicidad por la de utilidad, la economía se ha vuelto la ciencia triste, como hoy en muchos casos se la define. (ver Stefano Zamagni).
¿Qué puedo esperar?
Una de las preguntas fundamentales de la filosofía, según Kant, es: ¿Qué puedo esperar?
El horizonte del utilitarismo es demasiado angosto para que en su interior pueda tener sentido hablar de felicidad y, sin ella, ni siquiera se puede hablar de esperanza.
Aquí está, en definitiva, la explicación de para qué puede servir hoy la perspectiva ética y religiosa en la economía: para recomponer lo que el reduccionismo ha separado y fragmentado.
Toda búsqueda implica responsabilidad y riesgos. En las ciencias sociales éstas son, en primer lugar, morales.
Hoy, en términos de discurso económico, esto significa que el nudo a desatar no es tanto el de la elección de los medios más idóneos para conseguir un fin determinado o prefijado, sino más bien el de la elección del fin mismo entre aquellos posibles.
Si en la economía el problema fuera solamente un problema de elección entre distintos medios escasos, entonces la solución tendría que encontrarse en la técnica económica o ingenierística. Pero cuando el problema, en cambio, es de elección entre fines distintos por ejemplo entre modelos de desarrollo o estilos de vida diferentes el recurso de la técnica, aunque sea la más sofisticada es una condición necesaria pero no ciertamente suficiente. En este caso es inevitable afrontar el núcleo de la cuestión: los valores que son indispensables para el hombre.
Un giro copernicano en las ciencias sociales
¿A qué nos referimos cuando hablamos de que es necesario repensar el núcleo de la cuestión económica en función de la centralidad del hombre como persona y en su dimensión trascendente?
En el surgimiento de un nuevo paradigma no sólo económico-social sino cultural comparable con el giro copernicano que significó una revolución en las ciencias naturales y el paso de la premodernidad a la modernidad.
Copérnico no inventó nada, simplemente puso las cosas en su lugar, dijo que no es la tierra sino el sol el que está en el centro del sistema y, a partir de ahí, cambió toda la visión de las ciencias naturales.
Las ciencias sociales y económicas buscan por todos los medios el paradigma que permita en los comienzos del siglo XXI vencer la cultura del crecimiento de las ambiciones personales, del exceso de autonomía del individuo y de los grupos elitistas que no tienen en cuenta el bien de las demás personas, de la rivalidad crónica que muchas veces genera violencia, de la creciente desproporción entre una franja de personas que se enriquecen de modo injusto y muchas otras relegadas a los márgenes de la miseria.
Si Copérnico, simplemente poniendo las cosas en su lugar, marcó el paso de un momento a otro momento de la historia, también nosotros a pasar de la centralidad del sujeto individual a la centralidad del nosotros ético-histórico podremos marcar un cambio epocal en la refundación de lo ético, lo social, lo político, lo económico según el sentido comunitario y personalista de la vida tal como se concibe en el Evangelio.
La única alternativa frente a la desintegración social es la solidaridad humana en todos los niveles.
Es necesario proponer un programa para la edificación de la integración social que muestre nuevas dimensiones psicológicas, sociales, económicas y también morales y espirituales.
Un programa que no sacralice como únicas alternativas posibles, herramientas tales como ajustes estructurales, flexibilización, primacía del capital financiero, restricciones en el comercio internacional, que al fin y al cabo son simplemente herramientas que pudieron servir en un tiempo y en una coyuntura pero que hay que someter continuamente a examen y evaluar si ayudan a promover la dignidad del hombre, su felicidad que esta sí es clave fundamental de lectura o, por el contrario, aumentan la marginación y la exclusión.
Conclusión
Sugerir una reflexión de este tipo no significa caer en una visión ilusoria y romántica, sino defender un enfoque llamado a movilizar las energías personales por razones de fe en el Dios de la vida y de la providencia y no sólo… sino también en clave de solidaridad humana y, aún más, por eficacia histórica.
La solución humana del problema económico no tendrá su última palabra ni en el sistema, ni en el modelo, sino en el espíritu de solidaridad que seamos capaces de invertir en la humanidad, y a partir de este espíritu buscar una producción concreta del modelo económico, de mayor participación de todos en la riqueza producida por la sociedad.
Es un desafío su puesta en práctica. Exige seriedad, entrenamiento cotidiano, sacrificio.
Y aquí se presenta, con toda su luminosidad y dramatismo, una palabra que el mundo no quiere oír pronunciar porque se la considera absurda, sin sentido.
La cruz: camino de santidad y, para quien no es cristiano, el dolor, el valor del dolor.
No se hace nada bueno, útil, fecundo en el mundo si se desconoce y no se sabe aceptar el esfuerzo, el sufrimiento.
No es broma jugarse la vida por vivir y difundir la solidaridad, la justicia, la paz. Es preciso tener valentía. Un amor más grande, un amor dispuesto a dar la vida.
Se emplee o no el término utopía, lo importante es estar persuadidos de que el hoy de la humanidad nos permite vislumbrar la posibilidad de forjar una situación distinta de la actual; y esto es un deber de cada uno de nosotros, independientemente del lugar que ocupemos en la sociedad.




