Revista Criterio
Política-Economía
Nº 2318 » Agosto 2006

Democracia y populismo en América latina

por Walker, Ignacio · 1 Comentario 

Tres son, a mi juicio, los princi­pales dilemas que enfrentó América latina en las últimas décadas. El primero, en la década de 1960 y comienzos de la de 1970, fue entre “reforma o revolu­ción”, postulado en términos tan radicales como trágicos, como quedaría demostrado posteriormente. El tema central eran las reformas estructurales de nuestras economías y la vieja cues­tión de la propiedad sobre los medios de producción, todo ello desencadenado principalmente a partir de la revolución cuba­na, en plena Guerra Fría.

 

El segundo, aun más trágico que el anterior y en muchos sentidos su consecuencia, fue entre “democra­cia o dictadura”, característico de los años setenta y ochenta. En este caso, el tema central ya no eran los medios de producción o las reformas estructurales de la economía, sino directamente el régimen político de gobierno (democracia o autoritarismo), en torno a la cuestión central de los derechos humanos como fundamento ético de la democracia.

 

En algún sentido no despreciable, el verdadero dilema que enfrenta América latina, con la reciente ola democratizadora y en el contexto más amplio de la globalización, es entre inclusión y exclusión social. No obstante, este dilema no es específico o priva­tivo de la problemática de la región, por lo que me atrevo a sugerir que el dilema propio que enfrenta nuestra región, a comienzos del siglo veintiuno, es entre “democracia o populismo” y que éste (neopopulismo), a diferencia del populismo de los años treinta y cuarenta, aparece como uno de los principales obstáculos tanto en términos de democratización como de modernización.

 

A lo largo del último siglo, la historia de América latina expresa la búsqueda, más o menos exitosa, de respuestas o alternativas a la crisis oligárquica, con una marcada difi­cultad por sustituir el orden oligárquico por un orden democrático.

 

En esa búsqueda, puede decirse que la respuesta más carac­terística de nuestra región a la crisis oligárquica y los devaneos históricos posteriores, de oleadas de democratización y autori­tarismo, ha sido el populismo. Esta es la única creación verda­deramente latinoamericana. El liberalismo ha sido más bien marginal, más propio de las elites que de los pueblos, ha ido más de la mano del autoritarismo que de la democracia. Esta última se ha dado sólo a tientas, con altibajos, en forma confusa e incon­sistente, más como aspiración que como realidad.

 

El viejo populismo

 

Como sabemos a través de la literatura sobre la materia –aunque tiendo a pensar que la mejor manera de ma­tar al populismo es definirlo–, lo característico del viejo populismo, o modelo “nacional y popular” de las décadas de 1930 y 1940, fue haberse constituido en un intento de respuesta a la crisis oligárquica, adquiriendo la forma de un arreglo institucional basado en una alianza social entre sectores popula­res y medios, alrededor del Estado, concebido como tabla de salvación de los desposeídos y de una estrategia de desarrollo basada en la industrialización. El viejo populismo fue antiimperialista y antioligárquico, más que anticapitalista, tenien­do como núcleo central lo “nacional y popular”. Fue ambiguo respecto de la democracia como régimen político, adquiriendo en algunos casos formas directamente autoritarias (Juan Domingo Perón, en la Argentina y Getulio Vargas, en Brasil), y, en otros, formas más democráticas, como en el caso de los “adecos” en Venezuela, o los “apristas” en Perú. El interés del populismo radicó en la in­corporación de las masas como cues­tión central por resolver, en un esque­ma inclusivo, la mayoría de las veces en formas corporativas y clientelistas.

 

Tal vez una de las expresiones más elocuentes de este viejo populismo la encontramos en aquella famosa car­ta que Juan Domingo Perón dirigie­ra a Carlos Ibáñez del Campo, en 1953, que recoge, mejor que el más sofisticado de los análisis, algunas de las características del viejo populismo latinoamericano: “Mi querido amigo: déle al pueblo, especialmente a los tra­bajadores, todo lo que sea posible. Cuando parezca que ya les ha dado de­masiado, déles más. Todos tratarán de asustarle con el fantasma del colapso económico. Pero todo eso es mentira. No hay nada más elástico que la economía, a la que todos temen tanto porque no la entienden”1.

 

De allí que no deba extrañamos que una de las consecuencias inevi­tables de este concepto tan sui generis de “elasticidad” de la economía, a la vez que un claro legado del modelo populista en América latina haya sido durante un buen tiempo la exis­tencia de ciclos de inflación e hiper­inflación, acompañados de déficits fiscales crónicos.

 

En buena medida, pues, el arreglo institucional del viejo populismo tuvo a la vez aspectos de democratización y de modernización; el primero, en torno a la incorporación social de los nuevos sectores popula­res y medios emergentes, como una de las características de la crisis oligárquica; y el segundo, en torno al proceso de indus­trialización que estuvo en el centro de algunas de las experien­cias más importantes del modelo nacional y popular (típica­mente en la Argentina, Brasil y México).

 

En mi opinión el nuevo populismo (neopopulismo) de nuestros días, asociado y en tensa relación con los fenóme­nos de democratización más recientes en América latina, no tiene elementos ni de uno ni de otro; es decir, ni de democrati­zación ni de modernización. Es más, deseo sugerir que el neopopulismo actual se convierte de alguna manera en uno de los principales obstáculos tanto para la consolida­ción de una democracia estable como para una auténtica moder­nización de nuestras estructuras productivas. En cierto sentido, el nuevo populismo es nuevo de puro viejo, pero sin las condiciones estructurantes de los años treinta y cuaren­ta, en torno de la crisis del predominio oligárquico y el incipien­te proceso de industrialización a que dio lugar.

 

La primera voz de alerta en torno al resurgimiento del populismo en nuestra historia más reciente estuvo asociada a las políticas económicas adoptadas en los primeros procesos de de­mocratización, principalmente en los gobiernos de Raúl Alfonsín, Alan García y José Sarney, en la Argentina, Perú y Brasil, respectivamente. En síntesis, es lo que Alejandro Foxley en al­gún momento llamó el “ciclo populista”: un primer año de ex­pansión fiscal para generar un mayor poder adquisitivo en la población, aprovechando la capacidad ociosa (real o supuesta) de la economía; un segundo año en que hay que pagar la cuenta en términos tanto de inflación como de déficit fiscal; un tercer año con crisis económica transformada en crisis social, con fuer­tes movilizaciones en las calles; y un cuarto año en que la crisis económica y social se convierte en crisis política (en el caso del presidente Alfonsín significó incluso una crisis constitucional con la entrega anticipada del gobierno a su sucesor). Una de las ventajas de Chile en haber sido la última transición en América latina, es haber aprendido, a la luz de estas experiencias de me­diados de los ‘80, lo que no ha­bía que hacer en materia de po­líticas económicas.

 

El neopopulismo de nuestros días es más estructurado que este “ciclo populista” característico de esos años, aunque contie­ne una paradoja: es un populismo, por así decirlo, con cierta responsabilidad fiscal, bas­tante alejado de los procesos de hiperinflación y déficits fiscales crónicos de entonces. Debemos otorgar algún crédito a los economistas en este último aspecto, aunque siempre está por verse cómo enfrentará este nuevo populismo un ciclo económi­co a la baja, de “vacas flacas”, en un escenario, tanto internacio­nal como interno, de mayores restricciones y menor holgura.

 

En todo caso, conviene tener presente que tanto el viejo populismo como el nuevo surgen a partir de ciertas condicio­nes sociales estructurantes, o al menos habilitantes, que lo ha­cen posible. En el caso del nuevo populismo de América lati­na, en nuestra historia más reciente, surge de la extendida rea­lidad de la pobreza, la desigualdad y la desesperanza, expresado en forma más que elocuente en aquel graffiti escrito en un muro de Lima, Perú, y que nos ahorra muchos comentarios: “No más realidades, queremos promesas”. Es esta realidad de privación y exclusión, acompañada de la incapacidad de las elites tradicionales y sus instituciones para responder a las de­mandas sociales, lo que posibilita el surgimiento del nuevo populismo y de su compañera de siempre, la demagogia.

 

Para ser justos y lograr un análisis más equilibrado, es preciso reconocer que detrás de muchas de estas experiencias a las que comúnmente nos referimos como “neopopulismo”, hay una con­tribución o al menos un llamado de atención, o una voz de aler­ta, en cuanto al énfasis en temas sociales emergentes que históri­camente han estado muy sumergidos o camuflados, y que hoy han llegado a constituirse en parte de la agenda pública en la región. Tal es el caso, por ejem­plo, de la realidad de los pueblos indígenas y de los movimientos sociales vinculados, tema que está para quedarse y que constitu­ye otro de los aspectos de esta reacción antioligárquica y antielitista a la que nos referíamos anteriormente como uno de los aspectos del populismo latinoamericano.

 

Democracia o populismo

 

En todo caso, y este es el punto central, una de las características del populismo latinoamericano, tanto del viejo como del nuevo, es su marcada ambigüedad en relación con la democracia representativa como forma política de gobierno. Se podrá hablar de democracias participativas, populistas o plebiscitarias, pero en ningún caso de la forma clásica de la democracia representativa.

 

Es más, el populismo deja al descubierto muchas de las falencias de la democracia llama­da “participativa”. Si el comunis­mo, a lo largo del siglo XX, expuso las falencias de las democracias “po­pulares”, el populismo de nues­tros días exhibe las falencias de las demo­cracias “participativas”. Estas úl­timas, aunque aparentemente dan cuenta de una vieja y senti­da aspiración, como es la participación, terminan por eludir el rol central de las instituciones, y es esa, precisamente, la princi­pal diferencia entre la democracia representativa y la llamada democracia participativa: mientras aquella consiste en el papel central de las instituciones, esta última consiste en “bypasear”, por así decirlo, las instituciones. Mucho más determinante es la identificación entre un líder y las masas, como ocurre con la democracia populista, o el gobierno por simple decreto presi­dencial, bajo alguna fórmula de consulta a las masas, como ocu­rre con la democracia plebiscitaria, todas ellas variantes de la de­mocracia participativa.

 

Y es aquí, precisamente, donde encontramos el antídoto principal al populismo: en las propias instituciones. Como ha escrito Patricio Navia, “los países donde existen formaciones par­tidarias estables y fuertes tienen menos riesgos de experimentar fenómenos populistas”; o, dicho de otro modo, “las experiencias populistas en esos países sólo aparecen asociadas al debilitamiento de los partidos políticos. Así, la existencia de verdaderos partidos políticos es una condición necesaria, [aunque] no suficiente, para evitar la irrupción del populismo”2.

 

Lo que dice Navia en rela­ción con los partidos políticos podría aplicarse a las institucio­nes políticas en general: a ma­yor institucionalización, menor posibilidad de surgimiento o consolidación del populismo, y viceversa. El populismo actúa y florece particularmente cuando no existen mediaciones políti­cas y en condiciones de no institucionalización, general­mente bajo la forma de identi­ficación de un líder personalista y una masa informe. Según Guy Hermet, uno de los principales estudiosos del populismo en América latina, la mejor defi­nición de este fenómeno es la que formuló, hace casi 40 años, Helio Jaguaribe, lo que tiene mucho que ver con el tema que estamos tratando:

“Típico del populismo es (…) el carácter directo de la relación entre las masas y el líder, la au­sencia de mediación de los niveles intermediarios, y también el hecho de que descansa en la espera de una realización rápida de los objetivos prometidos”.

 

Por ello, según Hermet, el núcleo propiamente distintivo del populismo es su relación con el tiempo político en cuanto a las promesas de satisfacción inmediata de las aspiraciones y demandas del pueblo, en un contexto de “impaciencia irreflexiva”, lo que sería incompatible con los tiempos de la política (largos, por definición), producto de la complejidad del ejercicio del gobierno. Así, “el populismo mantiene con el tiempo una relación de simultaneidad, en oposición absoluta con la temporalidad normal de la política”, expresada en aque­lla elocuente expresión de François Mitterrand, de “dar tiempo al tiempo”. De allí la importancia de los partidos y las institu­ciones políticas en general; es decir, la necesidad de afianzar los necesarios niveles de mediación institucional, alejados de todo personalismo mesiánico y demagógico, respetando los ritmos inherentes al funcionamiento de la democracia, caracterizada, según el propio Hermet, “por sus procedimientos orientados ha­cia la deliberación, hacia la confrontación de intereses, en resu­men, hacia una gestión de los conflictos escalonada en el tiempo”3.

 

Es interesante constatar, en todo caso, que a pesar de que detrás de muchas de las percepciones sobre carencias y frustra­ciones en América latina existe un terreno propicio para el florecimiento del populismo, ellas no han conducido a involuciones autoritarias y que, antes bien, la memoria históri­ca relacionada con nuestra experiencia más reciente tiende a afirmar la legitimidad de los procesos democráticos. Como bien señala el informe del PNUD (2004) sobre La democracia en Amé­rica Latina, “los movimientos de oposición no tienden hoy hacia soluciones militares sino hacia líderes populistas que se presentan como ajenos al poder tradicional y que prometen perspectivas innovadoras”. Según dicho informe, lo que resulta consistente con lo que ya se ha dicho, el malestar de nuestros pueblos, en nuestros días, no sería “con” la democracia, sino “en” la demo­cracia.

 

Podría decirse que, porfiadamente, los pueblos se resisten a una involución autoritaria y se mantiene una no despreciable legitimidad de los procesos democráticos en la región.

 

Para concluir, quisiera dejar sugerida la hipótesis de que, si algo explica la estabilidad política y el “excepcionalismo” chile­no, en una perspectiva comparativa, es precisamente haber sido capaces de construir un muro de contención para la tentación populista. La sólida existencia de un sistema de partidos, cuyos orígenes se remontan a la década de 1850, y la existencia de mecanismos constitucionales tales como la ini­ciativa exclusiva del Presidente de la República en materia de impuestos, gasto y previsión, la autonomía de la autoridad fi­nanciera en materias tan importantes como la política moneta­ria, tipo de cambio y tasas de interés, y los quórum especiales para ciertas reformas constitucionales y legales, nos ayudan a explicar esta realidad.

 

 

 


El autor es doctor en Ciencias Políticas, ex ministro de Relaciones Exteriores de Chile.

Texto de Mensaje, junio 2006.

 

1. Citada en Albert Hirschman, “The Turn to Authoritarianism in Latin America and the Search for its Economic Determinants”, en David Collier (comp.), The New Authoritarianism in Latin America, Princeton University Press, New Jersey, 1979, p.65.

2. Patricio Navia, “Partidos políticos como antídoto contra el populismo en América latina”, en Revista de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Católica de Chile (vol. XXIII, núm. 1, 2003), dedicada a “El populismo y las democracias”.

3. Revista de Ciencia Política citada en la nota anterior.

Comentarios

1 comentario to “Democracia y populismo en América latina”
  1. ivan dice:

    alguien sabe en que época se desarrollo el populismo en América latina? si me pueden mandar un maill diciendo en que época se los agradecería

    i.v.i@live.com

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