Revista Criterio
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Nº 2343 » Noviembre 2008

Josef Sudek o el retrato de la bella Praga

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Se la llama la ciudad “de las cien cúpulas” o donde reside el “corazón de Europa”. Seguramente en el encanto de sus calles de empedrado con nocturna y mortecina iluminación, la ensoñación permita vislumbrar a Otakar II caminando, aún hoy, por la Malá Strana que fundó en el siglo XIII. Evocarla desde la zona del kafkiano castillo que encierra la callecita de los plateros y la torre de Dalibor o desde el Puente de Carlos que permitió intuir la urbe moderna, anima al desvarío: bien podría haber sido una de las nueve musas de la mitología griega. Como lo es hoy de infinidad de artistas enamorados de sus luces y sus sombras.

 

El fotógrado checo Josef Sudek (Kolín 1896 - Praga 1976) fue uno de ellos, y prácticamente toda su obra temprana gira en torno a esta ciudad. Su labor registrará luego diferentes regiones de Chequia, pero la serie de La Praga panorámica o del Puente de Carlos son joyas que lo sitúan entre los grandes maestros. Allí su nombre se confunde con el de Jan Saudek o el de Josef Koudelka, pero Sudek confiere a sus trabajos una inusual ternura que trasmite al más cotidiano de los objetos.

 

Un hecho trágico le permitió descubrir su vocación y su talento. Durante la Primera Guerra Mundial fue enviado al frente italiano, donde la explosión de una granada le arrancó su brazo derecho truncando su profesión de encuadernador. Se dedicó entonces a otra de sus pasiones: la fotografía. Ocupó el primer lugar en la categoría paisaje con su impresión noble mediante la técnica de bromóleo en la exposición de fotografías del Club Checo de Fotógrafos Aficionados de Praga de 1921. Ese mismo año, esperando un reconocimiento inmediato, se presentó en la Escuela Gráfica Estatal pero fue admitido un año más tarde. Como fotógrafo se profesionalizó a finales de la década del ’20; instaló su estudio en Malá Strana, donde funcionó hasta 1958, cuando se mudó a Úvoz.

 

De la búsqueda expresiva durante los primeros años conmueve la serie sobre los veteranos e inválidos de la guerra, donde retrato a muchos compañeros de armas. Confundida con las vanguardias que abrazó la intelectualidad checa de los años 20, la obra del fotógrafo puede definirse dentro de los márgenes de un neo-romanticismo, que no evade la idea de la instantánea como captura del tiempo, reforzando la impresión de fuga de muchos de sus retratos. La dimensión espiritual no está ausente en su obra y en muchos casos plantea profundos interrogantes. Cómo evocar Memorias de ensueños sin detenerse en la fantasmal presencia-ausencia que esconde una silla con vista hacia ninguna parte.

 

La casa que hoy invita a descubrir su universo privado, en rigor, es una réplica inaugurada hace menos de una década luego de que el fuego consumiera la precaria construcción de madera original. Pero en sus fotografías puede accederse a aquel primigenio refugio, desde donde construye un universo de árboles añosos y ventanas que retratan el correr de las horas. El uso del claroscuro como cualidad natural del ambiente urbano se enfatiza en Atardecer sobre la isla Slovanský, donde la iluminación envuelve como un collar de perlas a la pequeña isla, en el centro mismo de la capital del imperio checo. La obra de Sudek es amplia, excede los límites de la panorámica Praga y su famosa serie sobre la desolación en las minas de carbón en la región de Bohemia noroccidental. Paisaje triste es uno de esos fundamentales testimonios que llevaran al autor a afirmar: “Sí, ese paisaje es un poco triste. Pero no me gusta sacar fotos de un paisaje alegre, porque cuando es alegre es siempre igual. A su vez, cuando es triste, tiene mil y una variaciones. Es triste, y más triste, y luego menos triste, y eso es lo que me atrae”.

 

Con todo, miles de lentes han retratado a la ciudad que enamoró a Mozart, pero si Jan Neruda brindó al mundo el devenir praguense con Cuentos de Malá Strana (Povídky malostranské), lo propio puede afirmarse sobre Sudek y sus retratos, desde el microcosmos de una naturaleza muerta sobre la mesa de madera, con vista a un jardín cuyo follaje infinito no olvida que la iglesia de San Nicolás domina los tejados, hasta que el río Moldava (Vltava) nos invite a pasar a la Ciudad Vieja (Staré Mesto), donde el reloj astronómico marque las horas de ese viaje en el tiempo.

 

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