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Josef Sudek o el retrato de la bella Praga
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Se la llama la ciudad de las cien cúpulas o donde reside el corazón de Europa. Seguramente en el encanto de sus calles de empedrado con nocturna y mortecina iluminación, la ensoñación permita vislumbrar a Otakar II caminando, aún hoy, por
El fotógrado checo Josef Sudek (Kolín 1896 - Praga 1976) fue uno de ellos, y prácticamente toda su obra temprana gira en torno a esta ciudad. Su labor registrará luego diferentes regiones de Chequia, pero la serie de La Praga panorámica o del Puente de Carlos son joyas que lo sitúan entre los grandes maestros. Allí su nombre se confunde con el de Jan Saudek o el de Josef Koudelka, pero Sudek confiere a sus trabajos una inusual ternura que trasmite al más cotidiano de los objetos.
Un hecho trágico le permitió descubrir su vocación y su talento. Durante
De la búsqueda expresiva durante los primeros años conmueve la serie sobre los veteranos e inválidos de la guerra, donde retrato a muchos compañeros de armas. Confundida con las vanguardias que abrazó la intelectualidad checa de los años 20, la obra del fotógrafo puede definirse dentro de los márgenes de un neo-romanticismo, que no evade la idea de la instantánea como captura del tiempo, reforzando la impresión de fuga de muchos de sus retratos. La dimensión espiritual no está ausente en su obra y en muchos casos plantea profundos interrogantes. Cómo evocar Memorias de ensueños sin detenerse en la fantasmal presencia-ausencia que esconde una silla con vista hacia ninguna parte.
La casa que hoy invita a descubrir su universo privado, en rigor, es una réplica inaugurada hace menos de una década luego de que el fuego consumiera la precaria construcción de madera original. Pero en sus fotografías puede accederse a aquel primigenio refugio, desde donde construye un universo de árboles añosos y ventanas que retratan el correr de las horas. El uso del claroscuro como cualidad natural del ambiente urbano se enfatiza en Atardecer sobre
Con todo, miles de lentes han retratado a la ciudad que enamoró a Mozart, pero si Jan Neruda brindó al mundo el devenir praguense con Cuentos de Malá Strana (Povídky malostranské), lo propio puede afirmarse sobre Sudek y sus retratos, desde el microcosmos de una naturaleza muerta sobre la mesa de madera, con vista a un jardín cuyo follaje infinito no olvida que la iglesia de San Nicolás domina los tejados, hasta que el río Moldava (Vltava) nos invite a pasar a




