Revista Criterio
Sociedad
Nº 2228 » Noviembre 1998

¿Es inevitable la fragmentación de la universidad?

por Durand, Julio César · Comentar 

No son pocas las voces que alzándose entre el omnipresente canto de alabanza al triunfo del capitalismo, advierten sobre una posible implosión del sistema. Nuestra sociedad presenta un creciente grado de fragmentación. Más allá del discurso de la globalización y la explosión de las comunicaciones, crecen las distancias entre los protagonistas de la vida social, aumenta el número de excluidos y marginados, se multiplican las diferencias irritantes entre pueblos y países.

 

En la educación superior se está dando una fragmentación similar, que refleja y refuerza la que ocurre en la sociedad en general. Es un fenómeno con raíces epistemológicas y sociológicas 1, que trae como consecuencia una menor capacidad de la universidad para aportar soluciones a los problemas del hombre y servir a la sociedad.

 

Las reformas en los sistemas universitarios –que comenzadas en la década pasada continúan llevándose a la práctica en nuestros días–, lejos de atenuar este movimiento centrífugo, lo están acelerando. La competencia y las leyes del mercado en el sector educativo han alejado aún más la construcción de una auténtica comunidad académica al servicio de toda la sociedad. Si no se da una reflexión profunda y serena, podemos encontrarnos en poco tiempo con sistemas de educación superior ‘reformados’ para estar en sintonía con un mundo globalizado y un sistema de mercado, que la crisis reciente muestra con todas sus limitaciones.

 

El presente artículo pretende contribuir a esa reflexión identificando en primer término las lógicas y valores que impulsan los principales actores de la educación superior, y en segundo lugar presentar consideraciones sobre la naturaleza de la universidad como comunidad vital.

 

Consumidores y productores en la educación superior

 

La institución universitaria con su historia multisecular ha conocido distintas etapas y cambios, conservando sin embargo muchos rasgos inalterables. Entre ellos: su carácter colegiado, o la influencia y participación de los distintos miembros de la comunidad académica en su gobierno y toma de decisiones.

 

Este punto es una manifestación de la autonomía de las universidades, valor fundamental para que su servicio a la sociedad sea eficaz, y que debe defenderse sin caer en banderías políticas. La autonomía institucional puede sin embargo derivar en una especie de ‘autismo’ que impida reconocer los cambios que se van produciendo en el entorno, desacoplando a la universidad del mundo real y dañando así seriamente su prestigio y capacidad de servicio.

 

Las grandes reformas universitarias siempre han supuesto un conflicto en el modo de entender la autonomía. La autonomía que defendían los profesores conservadores a principios de siglo para manejar la universidad a su arbitrio, era muy distinta de la participación de otros sectores universitarios que proponían los reformistas.

 

La autonomía y régimen financiero de las universidades inglesas llevó a Inglaterra a tener el sistema de educación superior más reducido y elitista de Europa. La reforma ‘mercantilista’ de Margaret Thatcher apuntaba a su apertura y popularización, encontrando sin embargo la tenaz oposición de la izquierda académica enquistada en su situación de privilegio.

 

La nueva ley de educación superior argentina, y otras similares en el mundo, establecen mecanismos de evaluación y acreditación que buscan hacer más responsables a las universidades ante la sociedad que las financia y a la que deben servir. Sin embargo ha sido rechazada y resistida por suponer, según algunos, un ataque a la autonomía.

 

Desde una perspectiva socioeconómica, éstos y otros ejemplos manifiestan que en torno a la idea de la autonomía universitaria, y en definitiva en todo lo que hace a la toma de decisiones en las universidades, se pueden identificar dos lógicas y dos conjuntos de valores antagónicos impulsados por sujetos distintos: los productores y los consumidores.

 

Los productores serían los profesores y académicos, los administradores y órganos de gobierno universitario. Sus prioridades serían la maximización de ingresos y recursos, la búsqueda de la calidad y excelencia según se entiende en la comunidad académica, y la obtención del reconocimiento por parte de sus pares y colegas.

 

Por consumidores se debería entender a los estudiantes y sus padres, a los empleadores, a los ciudadanos que pagan sus impuestos y votan a los gobernantes, y en general a los que cargan con la mayor parte de los costos del sistema de educación superior y se enfrentan con sus resultados, al final del proceso educativo. Sus valores y prioridades serían obtener una buena educación y resultados de la investigación con la menor cantidad de recursos posibles, permitiendo conseguir buenos puestos de trabajo a los egresados, y contribuyendo a una mayor eficiencia global del país por una mejora de la calidad de la fuerza laboral. Este tipo de valores es explícitamente propuesto por la Unión Europea en sus documentos sobre la educación superior, y por la mayor parte de los gobiernos que se han propuesto una reforma universitaria recientemente. Se corresponden perfectamente con la lógica del mercado y la globalización cultural: la universidad debe preparar la fuerza laboral del país para que éste tenga una ventaja competitiva y sea protagonista exitoso del nuevo mundo sin fronteras.

 

Según qué grupo domine, la vida académica se regirá por los valores de uno u otro, y las decisiones se tomarán siguiendo la lógica en ellos implicada.

 

En Estados Unidos se dio históricamente un equilibrio entre estas dos lógicas. A la hora de tomar decisiones se daba un peculiar blend entre lo académico y las leyes del mercado, con un resultado muy beneficioso 2. Sin embargo, este equilibrio parece estar perdiéndose 3, creciendo cada vez más el peso de los consumidores: reducción de presupuestos públicos para investigación; asignación de subsidios a los estudiantes y no directamente a las instituciones; creciente rechazo de lo ‘políticamente correcto’ como un esnobismo de los campus; aparición de fuentes alternativas a la universidad para conseguir la capacitación necesaria para un buen puesto de trabajo; contratación de un número creciente de profesores part-time peor pagos, etc.

 

En nuestro país se da el curioso caso de la actitud de los estudiantes que se comportan no como consumidores, sino alineándose con los productores. Para este fenómeno se podrían ensayar distintas justificaciones: desde la influencia de la gratuidad de la educación superior impidiendo tomar conciencia del costo del sistema para la sociedad, hasta la existencia de tramas políticas que deforman las naturales posturas de los actores de la vida universitaria. También cabría distinguir entre el mundo de las universidades estatales, y otro más reducido pero más expuesto a las leyes del mercado, en las instituciones privadas. De todas maneras, en Argentina, los consumidores están fundamentalmente representados en las autoridades que impulsan un cambio hacia una lógica más utilitarista de la educación superior, puesta al servicio del crecimiento económico del país.

 

Siguiendo con el análisis, el enfrentamiento entre los valores que se suponen propugna cada grupo, sólo podría resolverse por la imposición de uno de ellos al conjunto. La concepción mecanicista del poder que subyace en el mundo regido por el mercado, deja de lado el diálogo y la reflexión crítica, la posibilidad de generar espacios compartidos, de intercambios cuyo resultado no sean operaciones de suma cero, sino que, por tratarse de bienes propiamente humanos, al compartirse se expanden y multiplican.

 

Los indicios de la creciente mercantilización de la educación superior nos están diciendo que la lógica de los consumidores va camino de imponerse. Pronto importará más la utilidad del título que el seguir la propia inclinación, la relación costo contra futuros ingresos que el sentido de servicio que cada profesión conlleva. Ante esto los productores deberían ‘ajustarse’ y secundar los nuevos valores: suprimir programas poco ‘rentables’, concentrarse en las carreras que la gente demanda o el país necesita, eliminar investigaciones con pocas probabilidades de generar futuros recursos, etc.

 

Ahora bien, nos podemos preguntar si necesariamente todos estamos obligados a actuar como productores o consumidores: ¿queda lugar para actuar simplemente como seres humanos que quieren estudiar, enseñar, investigar, aprender, compartir, buscar la verdad?

 

La universidad como comunidad

 

La deficiencia mayor de la clasificación en productores y consumidores es la estrechez y determinismo que introduce en el comportamiento de los actores de la vida universitaria. ¿Es real pensar que a los productores no les importa en absoluto el costo del sistema o la utilidad de los programas de estudio para la vida práctica? ¿Todos los jóvenes son tan pragmáticos como para prescindir de los cursos cuya relación costo-beneficio esté por debajo de sus expectativas de ingresos futuros?

 

Es necesario volver a pensar en lo que es realmente central en la universidad: que tenga lugar la educación superior, ese enriquecimiento de las personas y de la sociedad que escapa a las mediciones y cuadros de resultados. Cuando se pierde de vista este fin, es fácil caer en la hipertrofia institucional, con un sistema que vive para sí mismo consumiendo los recursos que otros le ‘deben’ asegurar, o como reacción, buscar una corrección abriéndolo a la ‘saludable influencia del mercado’.

 

Tal como afirmaba Alejandro Llano 4: “Además de desburocratizar las universidades, es preciso desmercantilizarlas. Tanto el Estado como el mercado se rigen por lógicas aplicables a lo cuantitativo y anónimo. Si estas lógicas son las dominantes, el logro de una calidad aceptable exige acumular los recursos materiales y humanos, sin que se logre muchas veces la auténtica simbiosis educativa. Esta empatía o connaturalidad sólo acontece en lo que los sociólogos llaman mundo vital, es decir, en el ámbito de las relaciones interpersonales, de las solidaridades primarias, en las que es posible la cooperación y la amistad. (…) Sólo la lógica de la solidaridad permite acercarse progresivamente a la excelencia.”

 

Es justamente esta preocupación por la excelencia y por mejorar la calidad de la educación superior la que ha impulsado muchas de las reformas actualmente en marcha en el mundo. No parece sin embargo que sea la solidaridad la lógica que las guía, y esto se debe en gran parte a la pérdida del sentido de comunidad en la universidad, algo que no es superfluo o tema para melancólicos recuerdos de épocas mejores, sino punto crucial si se quiere preservar o mejorar una auténtica vida universitaria.

 

No se trata de añorar una universidad llena de orden, uniformidad y pulcritud, que además nunca existió. Es un escapismo que transporta a una Arcadia al estilo del Oxford recordado en Brideshead Revisited de Evelyn Waugh. El mundo académico siempre se ha caracterizado por el debate crítico, los puntos de vista alternativos e incluso divisiones y agrupamientos varios y movibles. Hasta no hace mucho tiempo, estas diferencias no trascendían en gran medida a la sociedad. En nuestra época sin embargo, la ausencia de un sentido de comunidad, y más aún de hechos concretos que la manifiesten, es un problema que repercute más allá de los límites académicos. Si los discursos y lenguajes de los universitarios se resquebrajan y dividen, si los académicos tienen dificultades no sólo para entenderse entre sí, sino hasta para comunicarse, esto tiene consecuencias directas en la sociedad, que ve disminuida su capacidad para enfrentar problemas cada vez más complejos que requieren múltiples enfoques y soluciones. Una pérdida de comunidad entre los académicos termina en una pérdida de sentido de comunidad en la sociedad más amplia que cobija a la universidad.

 

Para los postmodernos, sin embargo, la fragmentación epistemológica y sociológica de la universidad es algo positivo. No existen principios subyacentes o que se puedan aplicar a todos sus integrantes, ni una verdad o razón unificadora. Se podría afirmar que la universidad ha sido una institución postmoderna precursora: desde el siglo pasado que está especializándose y dividiéndose en grupos cada vez más autónomos.

 

El relativismo postmodernista, lejos de liberar a los académicos al legitimar todas las opciones,  priva a la universidad de la actitud crítica que es parte fundamental del proceso educativo. Puede ser útil la actitud postmoderna en cuanto rechaza la imposición desde fuera de una misión para la universidad. Una comunidad auténtica desarrolla y explicita su propia misión, pudiendo así distinguirse de una mera organización.

 

Para superar el ‘todo vale’ de los postmodernos que tantos estragos ya ha causado en muchas instituciones, programas y personas 5, es necesario encontrar principios generales coherentes con la naturaleza de la actividad universitaria y que, a la vez, puedan ser vividos por todos los miembros de esa comunidad. Se trata de un código de comportamiento, o mejor de una ética, que, integrando la estructura profunda de la vida intelectual, constituyan el núcleo de lo que se busca trasmitir a los estudiantes que se incorporan a la universidad.

 

La verdadera cultura académica exige a sus protagonistas sinceridad, comprensibilidad, transmisibilidad, veracidad, honestidad, capacidad de escuchar, disposición para estudiar los problemas desde diferentes puntos de vista, respetar las posiciones de los otros participantes, y persistencia para llegar hasta lo más hondo de los asuntos. Se trata que los estudiantes no sólo tengan información, e incluso las razones o causas de distintos fenómenos, sino que sean capaces de presentar su posición, su visión y sus fundamentos.

 

En este clima, para que la actividad de enseñanza en la universidad contribuya eficazmente a crear un sentido de comunidad, es necesario explicitar en los programas los objetivos de pensamiento independiente y distancia cognitiva que están implicados en el razonamiento que venimos haciendo. Esto supone la utilización de diversas formas de aprendizaje abierto y también la inclusión de una dimensión interdisciplinaria que permita al estudiante una experiencia más amplia que la estrictamente relacionada con su área de especialización. El estudiante no es un mero consumidor de servicios, tiene que integrarse con sus compañeros y profesores, y comprometerse en que tenga lugar lo que es central de la educación superior:  “Enseñar no es una función vital, porque no tiene el fin en sí misma; la función vital es el aprender, porque llegar a conocer es el rendimiento o logro de un viviente racional que llega a ser más, que potencia sus propias capacidades. Nadie puede sustituir al alumno: nadie puede aprender por él, mejor que él, si él no aprende. El protagonista nato de la educación es el estudiante, no el profesor iluminado. Para incrementar la calidad de la enseñanza a quienes hay que mejorar es a los propios alumnos, labor que libremente les compete en primerísimo lugar –y durante toda su vida– a ellos mismos” 6. Podemos recordar aquí la visión de Humboldt que tanto marcó a la universidad alemana: profesores y alumnos comprometidos en el proceso de aprender impulsando el progreso de la ciencia y unidos en la búsqueda de la verdad. El verdadero profesor es el que siempre está aprendiendo, creando un ambiente, la comunidad académica, en la que se incorporan los alumnos para también ellos aprender.

 

Otra dimensión en que se puede trabajar es en la organización del conocimiento y actividad investigadora. Nos podemos preguntar si la agrupación por disciplinas es necesaria o la única posible. El carácter de la división del trabajo académico está en la base de la estructura, departamental o no, que se puede encontrar en la mayor parte de las universidades de hoy. Ha habido ciertamente distintos intentos de organizar el conocimiento con otros criterios. Muchas veces con la aparición de nuevas instituciones, o como en la Universidad de Chicago bajo la dirección de Robert Hutchins y Mortimer Adler en los años 30, y en St. John’s College con el proyecto de Stringfellow Barr y Scott Buchanan 7.

 

Sin embargo, la segmentación del conocimiento es en alguna medida inevitable. La mayoría de los académicos se sienten más cómodos identificándose con un conjunto de ideas y problemas. Quieren y buscan la compañía intelectual de otros con su misma orientación. Pero esto no supone establecer un determinado modo de agrupamiento. El verdadero desafío es cómo mantener abiertas las líneas de comunicación entre las distintas partes de la estructura concreta que se haya establecido. Conseguirlo resulta siempre en beneficio de la vida académica, dado que con frecuencia los desarrollos intelectuales surgen de la importación o migración de ideas de un campo del saber a otros.

 

La estructuración y agrupamiento del conocimiento se refleja también en el establecimiento de relaciones de poder y en la asignación de recursos en la universidad. Por esto se puede afirmar que trabajar para el desarrollo y consolidación de una auténtica comunidad es también un desafío para los directivos institucionales 8.

 

Entre muchos directivos, tanto a nivel del sistema como en el gobierno de cada universidad, predomina en nuestros días el discurso del libre mercado y la competencia. Es un modo de aplicar el ‘divide y vencerás’ para dirigir un sistema o una organización, concentrando el poder en el centro. También es reflejo de la tendencia a manejar la universidad como una empresa, con un estilo más verticalista, en lugar del tradicional y más participativo gobierno colegial académico.

 

Introduciendo una lógica de lucha por los recursos escasos, es difícil que se desarrolle un sentido de comunidad. En cambio impulsando programas conjuntos, desarrollos interdisciplinares, proyectos de investigación con temáticas transversales, etc., se contribuye a crear un clima de trabajo cooperativo, de mayor conocimiento entre las unidades operativas, se favorece la aparición de una conciencia institucional que sobrepasa los límites de la propia especialidad y los intereses de grupo. Por lo tanto, el modo de concebir y ejercitar el trabajo directivo y la administración académica puede contribuir o no a desarrollar un auténtico sentido de comunidad en la universidad.

 

El camino a recorrer para lograr un mínimo de calidad y responsabilidad institucional en la educación superior está sin duda expuesto a incorporar la acción del mercado, con su lógica de productores y consumidores. Si se consigue un adecuado equilibrio, los resultados pueden ser muy positivos, como durante muchos años lo ha sido en Estados Unidos. La clave está en el modo de entender la calidad de lo que supone una verdadera educación superior, sin limitarse a lo que se puede medir y contar.

 

El mercantilismo y la pretensión de gobernar todo desde la economía y las finanzas, suponen un claro peligro para el desarrollo de una sociedad humana abierta a valores más altos que los puramente materiales. La universidad como institución en que tiene lugar la educación superior puede evitar el reduccionismo economicista conservando su dimensión de comunidad, deteniendo la fragmentación que la invade, y fortaleciéndose en las tres dimensiones que hemos comentado.

 

 

 


1. Cfr. R. Barnett, The Idea of Higher Education, Buckingham, SRHE&Open University Press, 1990.

 2. H. Rosovsky, The University. An Owner’s Manual, New York, W. W. Norton, 1990.

 3. K. A. Meyer, Faculty Workload Studies: Perspectives, Needs and Future Directions, ASHE-ERIC Higher Education Report Volume 26, Nº 1, Washington, D.C., The George Washington University, Graduate School of Education and Human Development, 1998.

 4. A. Llano, Ponencia. En Alvarez-Ossorio Lacave, J. (coord.), Calidad Total: La estructura gerencial, a debate. Actas de las XII Jornadas de Gerencia Universitaria, 1993, pág. 67.

 5. A. Bloom, El cierre de la mente moderna, Barcelona, Plaza y Janés, 1989, traducción al castellano de Adolfo Martín. Tít. orig.: The closing of American Mind, Nueva York, Simon and Schuster, 1987.

 6. A. Llano, Discurso en el Acto de Apertura del Año Académico 1994-95, en Universidad de Navarra, Apertura del Curso 1994-95. Memoria del Año Académico 1993-94, Pamplona, 1994, págs. 101-107.

 7. J. A. Giner, La revolución empieza en Harvard y otras crónicas americanas de nuestro tiempo, Pamplona, EUNSA, 1990.

   8.  J. C. Durand, Dirección y liderazgo del departamento académico en la universidad, Pamplona, EUNSA, 1997.

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