Revista Criterio
Sociedad
Nº 2311 » Diciembre 2005

¿Invasiones bárbaras?

por Floria, Carlos · Comentar 

En entrevista reciente (La Nación, 20.11.05), el filósofo francés André Glucksmann afirma que los incendios de autos en Francia no han sido provocados por inmigrantes excluidos ni por sectores islámicos, sino que son un ejemplo clásico del nihilismo destructivo francés.

 

Impresión sorprendente que no debe ser desdeñada, pues quien hoy sería uno de los mejores intérpretes de Clausewitz desentraña los misterios de la violencia y la guerra. Recuerda los argumentos fundamentales de su ensayo sobre la propagación universal del odio: “yo soy, luego yo destruyo; destruyo, luego existo…”, por ello no cree que los sucesos recientes de París y otras ciudades francesas y europeas tengan que ver necesariamente con el fenómeno islámico. Habría entonces una cierta racionalidad en esas revueltas emparentada con las racionalidades de la violencia extrema.

 

Sin embargo, el abordaje de estos fenómenos puede hacerse desde otras laderas: la violencia urbana, la delincuencia, y las representaciones que invitan a ver en la sociedad sólo una entidad amenazada de “destructuración” y en la nación un ser cultural condenado a la descomposición.

 

En la Francia del mundial de fútbol 1998, en un contexto de crecimiento económico y empleo, el triunfo deportivo de los franceses los llevó a la gloria de la autoestima. Paradójicamente se publicaban los discordantes resultados de una investigación conducida por el sociólogo Michel Wieviorka 1 para un programa sobre la violencia y el sentimiento de inseguridad. En medio de un creciente desasosiego, la derecha asociaba sentimiento de inseguridad con violencia objetiva (los llamados rodéos y autos en llamas); y la izquierda moderada, renuente a dejar a la derecha extrema la ocasión para excesos ideológicos, el reconocimiento discreto de la necesidad de replanteo del Estado republicano y algunas de sus concepciones sobre la laicidad, era desplazada paulatinamente hacia un laicismo anacrónico. Tema sensible en el escenario presente de Francia y en el desarrollo de su historia moderna y contemporánea. A medida que la investigación progresaba, la izquierda modificaría sensiblemente su perspectiva y se apropiaría con naturalidad política del tema de la inseguridad. La clase política francesa y el mundo intelectual fueron convergiendo en la necesidad de asociar las dos dimensiones del problema: la realidad objetiva de la violencia ascendente y sus percepciones, necesariamente subjetivas.

 

La violencia urbana en Francia (no era sólo en ella, como se advertirá comparativamente entonces y después) se venía desarrollando desde fines de los años 70. Tres tipos de análisis se fueron imponiendo.

 

El primero consistió en ver en las diferentes expresiones de la violencia marcas de disfunciones sociales e institucionales y, más gravemente, una crisis profunda de la sociedad. Desde esa perspectiva los motines, los incendios de autos, la violencia escolar, las incivilidades y la delincuencia cotidiana denunciaban la incapacidad del sistema entero para funcionar como se esperaba de un Estado articulado y “fuerte” como el francés. Había degradación, panne, bloqueos. Que alentaban en el nacionalismo antiliberal reacciones más o menos racistas y xenófobas, pero a su vez ponían de manifiesto la probabilidad de la declinación general de un modelo social de integración.

 

Un segundo análisis, en cierto modo “clásico”, veía y ve en la violencia contemporánea un medio al servicio de fines, para nada inocentes; una violencia instrumental que lleva a los jóvenes, por ejemplo, a motines, incendios, destrucciones y amenazas, para atraer la atención del periodismo –sobre todo televisivo– con recursos suplementarios sugerentes y conductas asociadas con el tráfico de drogas o disponibles para marcar por intimidación el control de “territorios”.

 

Un tercer abordaje se interesa por el actor de la violencia. Ésta representa demandas, sentidos, deseos de sujetos individuales o colectivos que se manifiestan desbordados. La violencia es acción. El sentido que expone traduce conflictualidades sin canales políticos institucionales de expresión: los sortean si existen o los repudian con acciones y escenarios apropiados para que esas percepciones se hagan patentes. Subjetividades frustradas, colectividades o grupos marginados, excluidos con expresión prohibida. Las conductas violentas de los jóvenes proceden de un reconocimiento de rechazo o de la convicción insoportable de que la sociedad es cerrada –bloqueada diría Michel Crozier–, sorda a demandas sociales que no tienen nada de ilegítimas, incapaz de honrar promesas de igualdad y solidaridad. La violencia deviene aquí un deseo extremo de modificar una situación intolerable en el corto plazo, cuya posibilidad no se debate. Bajo ciertas condiciones –observamos al pasar– aquella violencia puede indicar la gestación de otras conductas no violentas. Pero en este caso deben existir ejemplaridades políticas y sociales que evoquen posibilidades de crear nuevas relaciones, y hacer de la democracia republicana participación responsable y competitiva de personas en la elaboración del destino colectivo, que por lo tanto las incluye.

 

Por supuesto que la ausencia de aquellas ejemplaridades, notables en la gestación de la Europa de posguerra –pensemos en grandes viejos como Adenauer, De Gasperi, Schumann y, luego, De Gaulle–, explican parte de la degradación comprobada. Es verdad que el tema islámico es cuestión; que el multiculturalismo también lo es. Y asimismo la inmigración que Europa recibirá, y puede sospecharse que en el plazo mediano. Pues tan pronto se sobrevuelan los desiertos africanos, se cree percibir desde la altura “ríos de petróleo”, y esos “ríos” son personas, miles caminando por el desierto en dirección a salidas o trampas continentales. Arnold Toynbee, cuya reivindicación recomienda Rafael Braun desde hace tiempo y comparto, diría que es el proletariado externo que amenaza a las antiguas y modernas potencias imperiales, según el notable Estudio de la Historia cuyos magistrales trece volúmenes fueron publicados hace poco más de medio siglo, en 1946.

 

La violencia en Francia es hoy, como lo era en los años 70, un fenómeno aparentemente germinal, una de las variantes de la enfermedad senil de una sociedad industrial en declinación y de instituciones republicanas en crisis en términos de sentido y de pérdida de los sentidos. Lo que no debe impedir observar y tratar con naciones que se “inventan” dentro de naciones antiguas, y que forman parte de la desconcertante deriva del siglo en el que hemos dado apenas unos pasos.

 

 

        


1
. Violence en France. Du Seuil, Paris, 1999. La investigación comenzó en 1996.

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