Revista Criterio
Sociedad
Nº 2220 » Julio 1998

La tradición africana

por Etsou-Nzabi-Bamungwabi, Fréderic · Comentar 

Todo don implica deber, responsabilidad. “Gratis lo recibisteis, dadlo gratis” (Mt 10,8). Todo el valor, toda la riqueza de un don estriba en haber sido donado. Un don es amado precisamente porque no tiene precio, ha sido dado gratis, de balde. En África, vivimos así la experiencia de la familia como don de amor y don de la vida de Dios a la humanidad. Dones gratuitos que nos recuerdan nuestros deberes, nuestras responsabilidades respecto de la vida, del hombre, de la humanidad. En las tradiciones africanas, la familia sigue siendo la primera fuente de la vida y de los valores de humanidad, pues en la familia recibimos la vida y en ella se adquieren los primeros reflejos de la vida buena con el otro 1 en la sociedad. En la familia aprendemos el respeto a la vida, la acogida del otro y la aceptación mutua, el diálogo, el compartir, antes de vivir todo esto con el mundo exterior. El niño que no ha vivido la buena experiencia del calor familiar animado por el amor de los padres, junto a sus hermanos y hermanas, tendrá dificultad en estructurarse en la vida para llevar una coexistencia pacífica con los otros.

 

En África tradicional, y también hoy en la mayoría de los grupos, cuando un niño viene al mundo, la comunidad de los adultos se esfuerza por integrarlo en la sociedad a través de un cierto número de ritos de paso que los inician en la vida y en los valores nobles de la humanidad: respeto de la vida, de toda vida, también la de seres inferiores como los animales, las plantas, el agua, que constituyen nuestro entorno vital; respeto al otro, incluido el más débil como el minusválido, los enfermos (también los enfermos mentales), los pobres, los ancianos; respeto de los usos y costumbres, como por ejemplo las exigencias concernientes al régimen matrimonial, la veneración de los difuntos antepasados, las exigencias de la paz y de la convivencia fraterna en la comunidad. Todo el sistema de educación se propone vincular al hombre con el hombre a través de múltiples relaciones de solidaridad, con la mira en las exigencias sociales vitales. Toda actitud egocéntrica, toda ansia de éxito personal, se cuentan entre los pecados sociales más graves.

 

Asimismo, además del homicidio que es el atentado objetivo y directo contra la vida, el Negro-Africano considera infracciones morales graves la falta de atención en la acogida, la incitación a la discordia, la envidia, la mentira, el robo, el rencor, la cólera, la injuria, el adulterio, la mala utilización de los bienes de la naturaleza; en resumen, todo lo que pertenece a la vida, es decir, a la persona y a los bienes, a los medios vitales de los hombres, tomados individual y colectivamente. Todo el mundo está llamado a actuar en favor de la felicidad, la vida y la supervivencia de todos.

 

Esto lo debemos a nuestra concepción unitaria de la vida. En efecto, entre los valores nobles de la humanidad que encontramos en las tradiciones africanas, existe esta consideración de la unión vital o unidad de vida que existe entre los miembros de una misma familia, y, más allá de la familia, entre los de un mismo clan y de una misma sociedad. Es el principio de la unión vital y de la participación que se concibe como “una relación de ser y de vida de cada uno con sus descendientes, familia, hermanos y hermanas del clan, sus ascendientes, y con Dios, fuente última de toda vida (…); una relación análoga de cada uno con su patrimonio y sus fondos, con cuanto contiene o produce, con todo aquello en que cree y vive” 2.

 

El principio de unión vital y participación supone la comunión entre todos estos seres, en cuyo centro se halla el hombre. De aquí el significado mismo de la vida humana que se ha de captar en un sentido pleno como “vida integral”, “vida plenamente humana” en su doble dimensión individual y comunitaria, espiritual y física; una vida integral individual y física en cuanto recibida en cada existente, y comunitaria y espiritual en cuanto procedente de una misma y única fuente, Dios 3. Es una vida participada, o sea, que el individuo no vive su vida propia sino la de la familia, la de la comunidad, pues en la concepción africana el ser humano es esencialmente “miembro” y no “fragmento” 4. Ciertamente es un ser autónomo, pero siempre un ser-con-otro.

 

Y precisamente en este “antropocentrismo comunitario” 5 hay que entender la noción de persona humana, que no está encerrada en la de “libertad personal”; que no es decir que esta última no exista o se desconozca en África, sino que la libertad personal es realidad sólo dentro de una vasta red de relaciones familiares, donde el individuo no deja de vivir una existencia independiente y autónoma. Por tanto, sólo desde una perspectiva personalista se comprende nuestra concepción del hombre.

 

De esta consideración resulta que la moral africana es esencialmente antropocéntrica y vital; es decir, el hombre y la vida humana son el criterio de todo juicio moral: es bueno lo que contribuye a la vida, a su promoción, conservación y protección; lo que despliega y aumenta el potencial vital del individuo o la comunidad. Por el contrario, todo acto presupuestamente perjudicial para la vida de los individuos o de la comunidad pasa por malo 6. La moral, como toda la religión, sitúa al hombre en el centro de todo. Por consiguiente, el respeto a la vida es la primera norma que guía los actos humanos. En África Negra tradicional, el homicidio figura también a la cabeza de las faltas graves 7. La vida humana se debía proteger desde que manifestaba un “signo de vida”. Hasta en los casos de concepción extra-matrimonial, el recurso al aborto estaba prohibido. Y cuando esta vida humana venía al mundo, el primer deber era promoverla. El afán por proteger la vida, es decir, la lucha contra la alimentación deficiente, el hábitat mísero, las enfermedades, la ignorancia y la irresponsabilidad, son exigencias de derecho natural en nuestras tradiciones africanas.

 

Antropocéntrica y vital –lo habrán advertido–, nuestra concepción no desemboca en un horizontalismo estrecho. Es una concepción enteramente religiosa, en la que el hombre es el centro, pero siempre en referencia al Creador y a los antepasados. Es una concepción concreta, vivida, una moral social y vital, una moral religiosa donde Dios se revela como el bien soberano hacia el que ascender realizando lo que es bueno. Subir hacia Dios, hacia el Bien, es luchar contra lo que tiende a bajar y deshonrar al hombre, es combatir el mal que atenta contra la vida, contra el hombre. Igualmente todo atentado a la vida y al hombre es deshonor para la misma Fuente de la vida que es Dios y contra los antepasados por cuyo medio recibimos este don.

 

Al encuentro con las otras culturas

 

Tal es nuestra visión del mundo que, para algunos, da al África Negra imagen de paraíso perdido. De aquí el interrogante que alguno de ustedes puede plantearse con razón: ¿Qué ha sido de estas tradiciones africanas hoy, al alba del tercer milenio?

 

En primer lugar se ha de decir que nuestro continente es el que más ha sufrido por choques de culturas y civilizaciones, especialmente de Occidente. Se recibe mucho bien del encuentro de culturas y pueblos, pero se dan también una serie de perjuicios que han desestabilizado nuestra concepción de la vida en lo concerniente a los valores familiares, el respeto a la vida, el sentido de libertad, de vida comunitaria, del “vivir juntos”.

 

En efecto, como bien lo ha indicado Juan Pablo II en su carta publicada para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, el encuentro de pueblos y culturas, favorecido por potentes medios de transporte y comunicación social, está marcado por el dominio de la cultura occidental y los valores predominantes en ella, en detrimento de los valores culturales y religiosos propios de otros pueblos 8. De modo que entre nosotros, en la mayor parte de las ciudades africanas grandes, la belleza de la vida familiar con sus exigencias de fidelidad y de unión de la pareja, se ve amenazada por imágenes de televisión procedentes de los países del Norte. El mismo significado del matrimonio, considerado uno de los símbolos más significativos de nuestras culturas, se derrumba tras los debates y propagandas ideológicas sobre la unión libre, la legitimidad del divorcio y de la poligamia, entre otros temas. En cuanto a la sexualidad, ésta tiende a ser un terreno de libre opinión y permisividad, alentada por la propaganda sobre métodos contraconceptivos, relaciones precoces entre los jóvenes, aborto, con cuantas consecuencias se siguen sobre el equilibrio psicológico de los adolescentes y sobre la fundamental cuestión del respeto a la vida. En muchos países se presenta la práctica del aborto como signo de liberación de la mujer, a consecuencia de la cultura cada vez más patente, de rechazo al niño e incluso a la maternidad como valor vinculado al ser mismo de la mujer.

 

A esto se han de añadir las imágenes de criminalidad y violencia que transmiten los medios de comunicación y cuyos perjuicios son tales que en muchos ambientes en que el niño no tiene siempre la posibilidad de ser iniciado en la lectura de las imágenes, los adolescentes confunden las imágenes de guerra de los noticiarios con las de una película de guerra o violencia que sigue a las informaciones. Desde edad temprana se cultiva en nuestros niños el gusto de la criminalidad, de la muerte. Se mata en ellos la belleza de la vida, el sentido del otro, el ideal de la paz. Y así se desarrolla en África Negra una “cultura de la muerte” 9 contraria a nuestras aspiraciones, a nuestra concepción de la vida. Una cultura de la muerte cuya expresión es sin duda el actual drama de los conflictos tribales y guerras por el poder, que han empañado la imagen de África este último tiempo en Liberia, Somalia, Angola; y los actos de genocidio perpetrados en Ruanda, Burundi, al Este de la República Democrática del Congo. A decir verdad, como todos los pueblos del mundo.

 

África ha sufrido guerras tribales en otros tiempos, pero jamás los africanos se han matado entre ellos como lo hemos visto últimamente. La entrada en el mundo llamado “moderno”, en algunos casos se refleja en las situaciones de violencia que vivimos hoy. Para convencerse de ello basta evaluar la cantidad de armamento pesado que circula en nuestros países, cuando la mayoría no dispone ni siquiera de un pequeño taller para fabricar bombas de gas lacrimógeno ni tampoco sencillos cuchillos de cocina. Formulamos aquí el voto de que la comunidad internacional quiera ayudarnos a salvaguardar nuestro ideal de vida, sobre todo adoptando medidas adecuadas en el terreno de la venta de armas en África y en otros países del Tercer Mundo.

 

En el fondo de toda esta crisis que azota al continente africano y tiene secuelas enormes en la salud de nuestras familias, se encuentra también la noción de libertad tal como la definen las culturas llamadas modernas. Nos es obligado dar constancia en primer lugar de que gracias al movimiento de ideas introducido por los pueblos del Norte a comienzos del siglo XVIII, nuestra época se caracteriza por la conquista de dichos derechos. Desde la Declaración de los Derechos del Hombre por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948 hasta la firma de la Convención de los Derechos del Niño, pasando por la afirmación de los derechos de la mujer, de las minorías étnicas y otros, se debe afirmar que nuestro siglo es el de los derechos. A la vez que nos felicitamos por esta promoción de la dignidad de la persona humana, que ha caracterizado nuestro fin de siglo, reconozcamos también que estos derechos y libertades no siempre han estado bien definidos, y se ha producido una generalización abusiva de los principios sin tener en cuenta muchas veces las particularidades religioso-culturales de cada pueblo.

 

Asimismo, sea la que fuere la situación de la mujer en África Negra, entre nosotros la promoción de los derechos y libertad de la mujer no se define en oposición a los derechos del niño que está por nacer, como muchas veces se entiende en los debates ideológicos sobre el aborto, por ejemplo. Al contrario, en la aceptación de la maternidad como valor intrínseco a su naturaleza femenina, la mujer realiza su verdadera libertad. En nuestras tradiciones africanas, a la mujer se la llama “madre” aunque no tenga hijos. Y lo mismo vale para el niño, que sólo puede realizarse en el seno de la vida familiar. El reconocimiento de los derechos y libertad de los niños no destruye la autoridad paterna. En cuanto al hombre mismo, diremos que es hombre libre sobre todo si cumple su deber de esposo y de padre de familia.

 

Aquí se ve que, al revés de cierta concepción occidental donde la libertad se define como separación, tensión con la autoridad (paterna u otra), nuestra concepción africana se vincula a la concepción cristiana, en la que la libertad se considera un don 10. Precisamente en el seno de la familia y de la comunidad, en el diálogo entre esposos, entre hijos y padres, educadores y educandos, es donde se realiza la libertad verdadera. Fuera de este marco, es sinónimo de servidumbre 11. La verdadera libertad se cumple en la verdad y para el bien. No es la facultad de hacer cualquier cosa, sino que es don de sí, dominio propio y responsabilidad, o sea, iniciativa libre del individuo y deber hacia el otro.

 

Igualmente, siempre nos hemos opuesto a la alianza entre el ideal democrático y cierto relativismo ético que algunos quisieran imponer en África cual signo de tolerancia y respeto mutuo. Reconocemos a la democracia como un valor, pero no debe ser un sucedáneo de la moralidad ni panacea de la inmoralidad; es instrumento y no fin, su credibilidad depende de su conformidad con la ley moral. Por tanto, cuando una mayoría parlamentaria o social decreta la legitimidad de la supresión de la vida humana no nacida aún, por ejemplo, la ley no deja de ser tiránica aunque se la llame democrática. El valor de la democracia se mantiene o desaparece en función de los valores que encarna o promueve, en primer lugar los fundamentales e indispensables de la dignidad de toda persona humana, del respeto a sus derechos intangibles e inalienables, así como el reconocimiento del “bien” común como fin y criterio regulador de la vida política 12.

 

Esto da que pensar y reclama tener conciencia de la fragilidad de toda libertad fundamentada en nuestras propias intuiciones, en nuestro propio yo. Como nos sigue recordando el papa Juan Pablo II, nuestra libertad “necesita ser liberada” por Cristo 13. Es Él la Verdad que nos hace libres (Jn 18, 37). Seguir a Cristo es el cimiento esencial y original de la vida cristiana. El es el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6); es Él la luz del mundo, la luz de la vida (Cfr Jn 8,12). Para las familias cristianas, el Evangelio debe ser el manantial de toda verdad salvífica y de toda regla de vida 14. Pues nos propone adherirnos a la persona de Cristo, compartir su vida y su destino, tener su misma obediencia libre y amorosa a la voluntad de Dios, Padre 15, bien soberano, en quien la regla de obrar bien tiene su fundamento: ¡Ay, los que llaman al mal bien, y al bien mal; que dan oscuridad por luz y luz por oscuridad; que dan amargo por dulce y dulce por amargo!” (Is 5,20).

 

  

 


Fragmentos de la conferencia pronunciada por el autor en el Congreso Teológico-Pastoral “La familia: don y compromiso, esperanza de la humanidad“, Río de Janeiro, 1-3 octubre de 1997.

   

1. Cfr. Paul Ricoeur, Soimoi comme autre, Ed. du Seuil, París 1990, p. 202.

2. Cfr. V. Mulago, La religion traditionnelle des bantu et leur vision du monde, Ed. Faculté de Théologie Catholique de Kinshasa 1980, p.133.

3. Ibíd, p.134.

4. O. Bimwenyi Kweshi, L’Afrique au Synode. Problème de la famille”, en Bulletin de Théologie Africaine, IV,7,1982, 55-73.

5. Cfr. H. Murier, Philosophie de l’Afrique Noire, Saint-Augustin, Estella, Institut Antropos, 1976, pp.36ss.

6. E. Mujinya, Le mal et le fondement dernier de la morale chez les Bantu interlacustes”, en C.R.A., vol. II, n.5, 1969, p.60.

7. Cfr. Tshamalenga Ntumba, La philosophie de la faute dans la tradition Luba”, en Peché, Pénitence et Réconciliation, Actas de la IX Asamblea Teológica de Kinshasa, Kinshasa, F.T.C.K., 1980, p. 138.

8. Juan Pablo II, Mensaje para la XXXIª Jornada Mundial de las Comunicaciones sociales, en L’Osservatore Romano, 6 (11 de febrero, 1997) p.7.

9. Juan Pablo II, EV, n.3.

10. Cfr. A. Gasché, Pour penser, T.l. L’homme, Ed. du Cerf, París 1993, pp. 63-64.

11. Cfr. Juan Pablo II, Carta a las familias, n.5.

12. Id, E.V., n.70.

13. Juan Pablo II, V.S., n. 86; véase también R.H., n. 12.

14. Cfr. Vat II, D.V., n.7.

   15. Cfr. Juan Pablo II, S.V., 19.

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