Recuerdo de Juana Bignozzi, poeta

Había nacido en 1937 en el barrio porteño de Saavedra, que describía como una periferia muy alejada del centro. Sus padres, ambos obreros, eran anarquistas apasionados. Ella fue alumna ejemplar y muy aplicada. Recordaba a menudo que eran pobres pero que no faltaban en su casa los libros y que frecuentaban el Teatro Colón. La ópera, que su padre amaba, fue también un interés para Juanita, como la conocían amigos y lectores: la voz de Renata Tebaldi aparece en sus versos. La Universidad la decepcionaría, como tantas otras realidades, incluso el Partido Comunista. Participó desde joven de publicaciones e iniciativas literarias de vanguardia y de profundo compromiso social. Integró, con Juan Gelman y otros, el mítico grupo Pan Duro. La poesía, las artes plásticas y la política siempre la cautivaron.
Lectora voraz de ánimo independiente, mente curiosa y fina sensibilidad, vivió durante 30 años en Barcelona con su marido, donde ejercía de traductora (del francés y del italiano) y donde nunca llegó a simpatizar con los catalanes. «Nosotros nos fuimos porque pensamos que iban a gobernar los montoneros -confesó alguna vez Juana-. Nos fuimos para volver en unos años, pero no pudimos. Por eso yo no acepto la palabra exiliada, acepto la palabra desterrada, apátrida. Nosotros dijimos esta fiebre montonera va a pasar, y en dos años o tres volvemos».
Su poesía tiene un tono hondamente existencial y a la vez de amable uso coloquial, como lo expresa en «Soy una mujer sin problemas» de Mujer de cierto orden (1967):
Todos lo saben
y entonces buscan mi compañía para charlar por las noches.
Sin embargo yo conozco a alguien que quiere morir en paz consigo mismo
y me produce estremecimientos, insomnio, soledad,
porque la paz conmigo misma sería una guerra sin fin,
dos o tres asesinatos inevitables y alguna entrega desmedida
que no entra en mis planes.
Sin embargo yo sueño por las noches
con un jardín inmenso donde los muertos se levantan para saludarme;
yo sueño con un hombre que me inquieta y como lo ignora
me habla amigablemente del resto del mundo
y de mis múltiples amores, tan simpáticos,
tan apropiados como tema de conversación.

Su voz, junto a las de Olga Orozco y Alejandra Pizarnik, es una de las más genuinas y asombrosas de la poesía argentina. Algunos de sus libros fueron reseñados en esta revista. CRITERIO también publicó el discurso de Beatriz Sarlo en la Biblioteca Nacional cuando Juanita fue distinguida con la Rosa de Cobre. Así comenzaba Sarlo en exacta síntesis: «Dos palabras vienen casi juntas para evocar el temperamento de Juana Bignozzi: melancolía e indignación. Ambas pertenecen a la gran tradición poética».
Su último libro, exigente y maravilloso, lleva por título Las poetas visitan a Andrea del Sarto. En sus largas estancias en la ciudad de Florencia, Bignozzi admiró la pintura manierista del artista y compartió esos sentimientos con la memoria de la poeta inglesa Elizabeth Barret Browning, cuyos restos descansan en los jardines del cementerio inglés de la capital toscana. En la obra se entrecruzan las voces del pintor y de la poeta, las referencias a la ciudad del Arno y a la calle Corrientes o al barrio de Saavedra. En Regreso a la patria (1989) había escrito estos versos premonitorios:
Yo que moriré vendiendo las joyas
que nunca tuve
extiendo esta mano como si blandiera guante de encaje
que no conoció
porque hizo domésticas tareas
con sentido histórico hartazgo y cierta dignidad
yo que moriré
espero limpia y perfumada y es probable con olor a decencia
no olvidaré el escenario inaugural
donde se encendieron y apagaron las luces
donde creció mi adolescencia y murió mi juventud.
Juanita ha muerto, queda su conmovedora poesía para hacernos menos triste su ausencia.

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