Una escala en el caminar de la unidad

Lejos de Europa, en la que tanto el Obispo de Roma y Papa de la Iglesia Católica como el Patriarca de Moscú y Toda Rusia tienen sus sedes, el encuentro en el aeropuerto de La Habana fue una escala breve pero trascedente en el caminar del ecumenismo.

Nunca antes el papa Francisco, Cirilo I de Moscú ni sus predecesores habían intercambiado un abrazo de hermanos, a diferencia del de Pablo VI y Atenágoras en Jerusalén en enero de 1964, y a lo largo de medio siglo, de sucesivos papas con todos los patriarcas ortodoxos y orientales y los jefes de las distintas confesiones.
Recordemos que la ortodoxia rusa obtuvo su autonomía de Constantinopla en 1589, el patriarcado fue suprimido por Pedro el Grande en 1700 y restaurado recién en 1917. El cristianismo en esas tierras tiene un punto de partida en 988 cuando el príncipe Vladimir de Kiev hizo bautizar a su pueblo a orillas del río Dnieper.
Juan XXIII tuvo la audacia profética de invitar al Patriarcado, incorporado desde 1961 al Consejo Mundial de Iglesias, a enviar observadores al Concilio Vaticano II. La relación allí iniciada tuvo dificultades y tropiezos. Kirill, patriarca desde 2009, fue anteriormente el encargado de las relaciones externas de la Iglesia, por lo que es actor y testigo de mucho de lo andado. Cómo no mencionar en esta oportunidad al metropolita Nikodim de Leningrado, que como encargado de relaciones exteriores había asistido a la misa inaugural del pontificado de Juan Pablo I,fallecido repentinamente en brazos del nuevo y fugaz pontífice, que dijo luego: “Nunca escuché palabras tan hermosas sobre la Iglesia”.
Cabe esperar que no tarden en visitarse Papa y Patriarca en sus respectivas sedes y una renovada confianza y colaboración se desarrolle de ahora en más. “Tenemos un mismo bautismo, los dos somos obispos” resumió con sencillez Francisco, que siendo arzobispo de Buenos Aires había estado muchas veces en la catedral rusa y entablado una fraterna amistad con sus obispos.
Ambos dignatarios conversaron flanqueados por el cardenal Koch, presidente del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, y el metropolita Hilarión, que detenta el cargo que antes tuvieron Kirill y Nikodim y los traductores en un, por citar a Francisco, “coloquio a seis ojos”.
El acto culminó con la firma de una Declaración Común , pero, a diferencia del encuentro de Francisco y Bartolomé en Jerusalén en 2014, no hubo un momento de oración entre ellos –no entraremos a especular sobre el por qué–.
La Declaración, trabajada con ahínco como es fácil advertir, abarca temas relacionados con la vida y misión de las iglesias y la situación del mundo. El punto de partida es la confesión de la fe en Cristo y en la Santísima Trinidad, y lo que en virtud de la tradición del primer milenio es común. Se lamentan las divisiones, heridas y conflictos y reconociendo los muchos obstáculos por las que ambas iglesias están privadas de la comunión eucarística aunque llamadas a dar testimonio común en tiempos de cambio que requieren una respuesta conjunta. Cuestión de matices, en la declaración de Jerusalén ya citada, se recogió el anhelo del cáliz compartido con estas palabras: “Esperamos con impaciencia que llegue el día en el que finalmente participemos juntos en el banquete Eucarístico”. Tampoco se hace mención en la de La Habana de la comisión mixta católica ortodoxa de diálogo, con la que el Patriarcado moscovita ha tenido problemas también por tensiones con el de Constantinopla.
Varios párrafos del documento se dedican,y debe decirse, de manera conmovedora, a la situación de persecución de los cristianos en Irak, Siria, otros lugares de Medio Oriente y de África. La sangre de los mártires, se lee, “es la clave para la unidad de los cristianos”. Pide a la comunidad internacional evitar el desplazamiento de los cristianos de sus hogares por obra del terrorismo y a las luchas civiles. Por una parte, el diálogo interreligioso tiene un lugar expreso, y por otro, la necesidad de buena voluntad para llegar a la mesa de negociación para alcanzar la tan deseada paz.
La Declaración valora la libertad religiosa y el renacimiento sin precedentes de la fe cristiana en Rusia y Europa del Este tras décadas de ateísmo estatal, aunque las preocupaciones ortodoxas por la presencia de otros grupos religiosos que “construyen sobre los cimientos puestos por otros” (la cita es de San Pablo), han llevado a que el estado restrinja esa libertad para diversos grupos religiosos. Si bien tampoco los católicos han estado indemnes de estas limitaciones, la mejoría de la situación se expresa en que hoy “trabajan hombro a hombro” en muchos lugares ya que “no somos competidores sino hermanos”. Al mismo tiempo se remarca que la libertad religiosa sufre allí donde un secularismo agresivo quiere marginar la religión de la esfera pública, y se reivindican las raíces cristianas de Europa, de alguna manera puesta en contraste con la religiosidad de América latina.
La defensa de la vida, frente al aborto, las técnicas de reproducción biomédica y la eutanasia, así como de la familia, fundada en el matrimonio como unión del hombre y la mujer, son objeto de contundentes expresiones. Sin limitarse a ella, la Declaración se refiere a la pobreza extrema por una injusta distribución de los recursos y el drama de millones de refugiados a las puertas de los países ricos.
Ya sobre el final se implora “que Jesucristo, Dios Hombre, Nuestro Señor y Salvador, nos ayude en el anuncio valiente de la verdad de Dios y de la Buena Noticia de salvación” y exhorta a no tener miedo porque nos ha sido prometido el Reino.
Como cuadra a la piedad mariana de las tradiciones católica y ortodoxa, la Declaración concluye con el antiquísimo “Bajo tu amparo, oh Madre de Dios”, mientras agradecen el don de la comprensión mutua.
Como señaló con gracia el Papa, La Habana puede transformarse a este paso en capital de la unidad. Lo cierto es que Raúl Castro, al fin y al cabo un ateo ex alumno de los jesuitas, anotó un tanto nada desdeñable a la política exterior y a su relación con el gobierno ruso, y a la interior también, de su país. Uno no puede, sin embargo, dejar de recordar que este país de nuestro continente vive bajo el totalitarismo y la ausencia de democracia desde hace casi seis décadas. En tal sentido, la frase de la Declaración sobre que la isla es “un símbolo de esperanza del Nuevo Mundo y de los dramáticos acontecimientos de la historia del siglo XX” parece más ajustada a la realidad en su segunda parte que en la primera.
La unidad, decía el Papa en vuelo a México, “se hace caminando, caminando: que al menos el Señor, cuando venga, nos encuentre caminando”. Un caminar de hermanos para “que el mundo crea”. Para concluir, recordamos la metáfora del cardenal Koch ,que adquiere singular actualidad: el despegue del ecumenismo puede ser excitante, el vuelo tedioso o turbulento, pero los pasajeros tienen la tranquilidad (“No tengan miedo”) de que el Espíritu es quien conduce ese avión y son suyos los tiempos y las formas del aterrizaje.

1 PADILLA, Norberto. Impresiones de un viaje a Rusia, nº 1869 (1981); Mil años de fidelidad bautismal, nº 2009 (1988); Alexy II, nuevo Patriarca de Moscú y toda Rusia, nº 2052 (1990); Una nueva etapa para la Iglesia Ortodoxa Rusa, n°2346 (2009).
2 http://w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2016/february/documents/papa-francesco_20160212_dichiarazione-comune-kirill.html
3 Citado por el autor en http://www.revistacriterio.com.ar/bloginst_new/2012/10/01/charladebate-ecumenismo-y-dialogo-interreligioso/

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